Mis primeros pasos. Volver a empezar (de María del Carmen Herrero)

Mis primeros pasos
(Volver a empezar)

María del Carmen Herrero

Aunque hoy todo parezca muy lejano, esta historia que necesito compartir se inició hace poco más de un año, exactamente en el mes de noviembre de 2002. Por aquellas fechas, llegó a mi localidad una Exposición itinerante de la ONCE. Dado que yo formo parte de dicha Institución por mis problemas de visión, no dudé en acudir a visitarla acompañada por mi hijo Juanjo. Allí pude conocer a los responsables de la muestra, y fueron ellos, precisamente quienes me brindaron la feliz idea del “perro guía”. Una idea que, ya de vuelta a casa, se convirtió en el centro de la conversación entre ambos, sembrando una extraña luz que de forma intermitente brillaba en mi corazón. El primer paso estaba dado. Desde aquel mismo instante empecé a madurar el sueño de una oportunidad impensable hasta hace poco, la de poder moverme sola, sin depender de ninguna otra persona, por el pueblo en el que resido desde hace más de 30 años.

Así, temerosa, pero llena de esperanza, me dispuse a cumplimentar el primero de los trámites para lograr ese objetivo instalado en mi cabeza, y ese no era otro que acudir a mi agencia de la ONCE para cursar la correspondiente solicitud. Era otro paso más que me llenaba de incertidumbre ante lo desconocido. Y aunque he de confesar mi total ignorancia sobre los procedimientos y requisitos que conllevaba, nada podía ya detenerme. De tal manera que todo siguió su curso, y tras los pertinentes informes médicos y psicológicos que requirieron un tiempo necesario, llegó al fin la respuesta que colmaba todos mis anhelos. El soñado viaje a Rochester, ciudad donde se erigía la Escuela de perros-guía, se hacía realidad. Y en la espera, impaciente y deseosa de partir hacia un destino más incierto que nunca, un sinfín de sentimientos confusos anidaban en mi interior, ocultos por la esperanza y ese sexto sentido que una y otra vez me hacía sentir que todo iba a acabar felizmente. Por ello, cuando llegué al aeropuerto y me encontré a los otros integrantes de la clase 04-05, supe que iba a ser así. Los temores y vacilaciones anteriores se disiparon y uno a uno fui saludando a los compañeros. Además de Bárbara, nuestra intérprete, allí estaban José Antonio, Miguel, Yolanda, Denisse y Cristina, mis nuevos amigos. Todos nos encontrábamos eufóricos y dispuestos a emprender el viaje cuanto antes. La “aventura americana• comenzaba y ya no había vuelta atrás…

La llegada a la Escuela Leader Dogs for the Blinds fue especialmente emotiva. El cansancio y la tensión acumulados durante el viaje desaparecieron sin dejar rastro, y el interés por conocer la Escuela y su entorno produjeron en mí tal hechizo que todo se me antojaba maravilloso, especialmente el personal de la casa y los entrenadores, gente encantadora, cuyo buen talante y ganas de agradar, allanaron sobremanera ese primer y fundamental contacto. En cierta forma, anunciaba cómo iba a ser la estancia allí. Tan intensa, tan cargada de actividades, de emociones, tan enriquecedora, que no había lugar ni tiempo para el desaliento, la tristeza o la morriña por los seres queridos dejados atrás. He de confesar que si tuviera que referirme al tiempo pasado en la Escuela, sólo podría calificarlo como una de las épocas más dichosas de mi vida, tan plena e intensa que, en ocasiones, ni siquiera me atrevía a llamar por teléfono a casa con la frecuencia debida por miedo a romper ese fino equilibrio que sólo podía experimentarse estando allí y viviendo esa situación.

Los tres primeros días llevamos a cabo un entrenamiento muy peculiar. Wendy, nuestra entrenadora, hacía de perro-guía tirando del arnés, al tiempo que nos enseñaba las órdenes básicas y nos preparábamos para el momento crucial en que conoceríamos a nuestro perro. Una espera dulce y difícil, en la que no dejábamos de acosarla, preguntándole sin cesar cómo sería nuestro perro-guía auténtico. Pero el día más esperado, el 29 de octubre, llegó, finalmente. Nos levantamos muy temprano y las horas transcurrían con la lentitud habitual en las esperas importantes. La hora convenida era a las cuatro de la tarde. En ese momento se haría la asignación a cada uno de nosotros de nuestro “leader dog”. Debido a que la ceremonia de entrega no era en grupo, sino individual, todos nos hallábamos en nuestras habitaciones, aguardando nerviosos e impacientes el momento del encuentro. Entretanto, para aliviar la tensa espera, los compañeros y yo no dejábamos de comunicarnos por teléfono cualquier novedad, cualquier movimiento o sospecha de lo que ocurría en el exterior, por intranscendente que pudiese parecer, lo que aumentaba la solidaridad y aliviaba la espera.
Al fin, unos golpes suaves en la puerta de la habitación me produjeron un ligero estremecimiento. El corazón latía desbocado y amenazaba con saltar hacia el lugar donde sonaron los toques de atención. El ritual convenido había empezado. Así que corrí hacia la puerta con la correa en la mano -más tarde, me enteraría de que había sido la primera en recibir mi “leader dog”- y abría la puerta. Allí se encontraba mi entrenadora, Wendy, acompañada de Bárbara, mi intérprete. La primera sonrió al verme y dijo:
– Es una chica. Se llama Vonnie. Es de raza Golden Retriever. Pesa 53 libras y nació el 30 de mayo de 2002.

De repente, una sofocante e inesperada sensación de ahogo me embargó y enrojecí sin acertar siquiera a saber dónde colocar las manos. Un nudo en la garganta me impedía pronunciar palabra alguna y unas lágrimas enormes delataban la emoción de aquel instante. ¡Tanto tiempo preparándome para mantener la compostura y cuando llegaba el momento reaccionaba de este modo! Así que, liberada ya de cualquier formalidad y no pudiéndome contener más, sólo acerté a decir “my God” y lloré largamente. Luego, tras unos minutos que me parecieron eternos, volvieron Wendy y Bárbara, pero esta vez con Vonnie, haciéndome solemnemente la entrega. Yo no sabía qué decir. Un mar de sentimientos me envolvía. Aturdida y confusa por tanta emoción desatada, y sabedora de estar ante un momento crucial en mi vida, no quería olvidar lo más importante, el que se me estaba haciendo entrega de una hermosa criatura que iba a ser parte de mí y que el sentido de la más elemental responsabilidad me comprometía dulcemente en su cuidado y atención.

A partir de entonces, la Escuela cambió por completo y las jornadas se sucedían unas a otras bajo el constante entrenamiento, mañana y tarde, con nuestros “leader dogs”. Paso a paso, avanzábamos en el mutuo conocimiento y en una mayor compenetración. Vonnie y yo convivíamos las veinticuatro horas del día y en el único momento en que la dejaba sola, al ducharme, encendía el televisor y le ponía algún programa de dibujos animados para que notara menos mi ausencia. El trabajo era tan intenso y apretado que cuando vinimos a darnos cuenta el curso estaba finalizando. ¡ No podía creerlo! ¡Con qué rapidez había transcurrido todo! Me parecía estar aún familiarizándome con las personas, con los olores, aprendiendo a moverme por las estancias y, sin embargo, el curso se consumía sin remisión. En aquel momento comencé a ser consciente de la formidable experiencia, del cúmulo de anécdotas vividas, de las vivencias compartidas, del aprendizaje interior, de la solidaria generosidad que liga a las personas ante un mismo reto, del cariño inexcusable que te ata para siempre a todos los que han hecho posible esta realidad y a los que directamente la han compartido, superando, junto a ti, las dificultades, y gozando de una convivencia inolvidable. Por ello, era inevitable la aparición de una nostalgia que iba amontonando recuerdos imborrables como el de aquellos dos domingos que salimos de compras por la ciudad. Uno de ellos fuimos a almorzar fuera de la Escuela. Nos dieron todas las explicaciones necesarias para encontrar el restaurante, pero aun así nos extraviamos no podíamos localizarlo. Después de dar vueltas y más vueltas al mismo edificio con los bastones blancos desplegados y sin hallar la entrada, pero con nuestro sentido del humor intacto y dispuesto a lo que hiciera falta, un amable señor se apiadó al fin de nosotros y amablemente nos acompañó al lugar que buscábamos. Tan sólo nos habíamos equivocado de edificio. Todavía hoy hemos de agradecerle no seguir dando vueltas al primero. Otro episodio memorable fue el de aquel día, casi expirando el curso, en el que teníamos que hacer un ejercicio consistente en abandonarnos por parejas en un punto desconocido de la población, teniendo que volver solos a la casa de la Escuela con el único auxilio de unas pistas que nos habían proporcionado para orientarnos. Lo cierto es que no era muy difícil conseguirlo, pero mi acompañante me propuso disfrutar plenamente del paseo sin pensar en el regreso, con lo que terminamos perdiendo el rastro de las pistas y absolutamente desorientados. Tuvo que salir hasta la entrenadora en nuestra búsqueda y aunque no se trataba de ninguna competición, ni qué decir tiene que llegamos los últimos, con el consiguiente jolgorio y las bromas del resto de los compañeros.

Y, finalmente, el adiós, la partida de la Escuela, ese último recodo del camino, tan importante o más que los anteriores. La vuelta a casa, tras un tiempo de desacostumbrada separación, no fue lo idílica ni tranquila que esperaba. Mi familia estaba expectante por conocer a Vonnie y ello hizo seguramente que me volcara en exceso sobre mi “leader dog”. Afortunadamente para mí, cuento con el apoyo, la comprensión y generosidad de toda mi familia que, también en esa ocasión, supo estar por encima de cualquier circunstancia que empañara lo esencial: la recepción a quien a partir de entonces se erigía en un miembro más de la misma, con todos los derechos y obligaciones que ello comporta.

El recuerdo del encuentro de Vonnie con Eduardo, mi marido, fue sencillamente inolvidable. Él aguardaba nuestra llegada y cuando nos vio a las dos juntas por primera vez, la emoción le embargó de tal modo que fue incapaz de articular palabra alguna. Pero es que, además, Vonnie saltó a sus brazos como si intuyera lo que acontecía en el interior de todos nosotros. Aún hoy me resulta difícil describir aquella escena por la intensidad y ternura que me evoca. Pero lo importante es lo que ha ido sucediendo desde entonces hasta hoy, pues con su trabajo y carácter, Vonnie ha conseguido que nos preguntemos cómo podíamos vivir antes sin ella. Ha conquistado el corazón de todos ellos exactamente igual que consiguió el mío, con la entrega y el esfuerzo generoso en su trabajo provoca la admiración de quienes la rodean o la ven actuar en cualquier lugar. Además es lista, cariñosa y paciente. A ello hay que sumarle la belleza que atesora: su pelo, lacio y suave; sus enormes ojos, mis ojos; las orejas, siempre alerta; la robustez de sus extremidades; la figura.

Una estampa preciosa ante la que es difícil permanecer impasible, y cuya imagen me hace a veces dudar sobre si todo esto no es un sueño del que no tardaré en despertar y lamentarme. Pero no, cuando eso ocurre extiendo mi brazo y allí aparece Vonnie y, con ella, toda la Escuela Leader Dogs for the Blinds, el Lions Club y su admirable potencial humano, el voluntariado, los entrenadores, y todo el personal entregado a la noble y generosa tarea de conseguirnos unos nuevos ojos, una nueva mirada, un nuevo punto de vista, una nueva visión que disipe la niebla que envuelve toda pesadilla, mostrando a todos ellos, allí, con una sonrisa tan ancha que hay que estar ciego para no verla. De cualquier manera, ese no es mi caso, porque yo cumplí mi sueño y no sólo les veo, sino que los conservo aquí, en este corazón con el que también es necesario mirar de vez en cuando al iris de la vida para saber qué nos depara.

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