El pueblecito (de Ángel Dámaso Soto)

EL PUEBLECITO
-Ángel Dámaso Soto-

Hacía un frío de mil demonios. Por otra parte, se encontraba un poco irritado porque había olvidado cambiar las escobillas del limpiaparabrisas el sábado anterior.

Lo cierto es que en Almería suele hacer mucho viento cualquier día del año, pero lo que es llover… no llueve ni en sueños.

¡Vaya sorpresa se llevó esa mañana! Porque no es precisamente que estuviera lloviendo -¡qué puñetas!-… lo que estaba era diluviando.

Con muchísima precaución, con su auto llegó a ese lugar, o mejor dicho llegó a ese pueblecito, nombre que con los años ha tomado ese bonito lugar.

Sin perder tiempo alguno aparcó su automóvil y se puso en contacto con su presunto nuevo cliente, que esperaba en el bar de la plaza Mayor.

Después de los mutuos saludos de cortesía, ocuparon una mesa, solicitándole al camarero una botella de Rioja, eso sí, debía ir acompañada de un buen plato de queso con jamón. Ese primer trago de vino fue más que suficiente para aliviar el frío que sentían sus huesos.

Por otra parte, a ese supuesto cliente no lo conocía de nada, tan sólo tenía buenas referencias por un amigo común.

El motivo de tal reunión era evidente: pretendía venderle para el negocio que tenía ese señor una envasadora.

Cuando empezó a hablar del tema ocurrió algo curioso, su propio instinto de vendedor le hizo recapacitar… –“No, no, no”, se dijo en voz baja-. Intuyó que no iba por buen camino.

Comprendió, como todo buen vendedor, que necesitaba urgentemente de estrategias, ya que no habían pasado dos minutos de conversación, y ya estaba notando que éste señor no estaba interesado por su maquinaria. Fue entonces cuando su instinto de vendedor hizo su trabajo.

Con gran maestría desvió la conversación y, con suma habilidad, provocó que su trabajo de comercial lo hiciera el cliente.

En modo alguno intentó venderle su producto, todo lo contrario: Juan, que era el nombre de su pretendido cliente, se lo debía comprar a él.

La verdad es que el resultado es el mismo, pero es muy diferente, aunque a más de uno le cueste entenderlo.

El negocio iba viento en popa: todo estaba saliendo según lo previsto.

Durante éste tiempo estuvo ajeno a todo aquello que no estuviera relacionado con su objetivo prioritario…que no era otro que vender su maquinaria.

Su falta de atención fue precisamente el motivo que originó algo gracioso, que a la vez le hizo pasar un mal rato.

Juan, su ya nuevo cliente, tenía dos manos ortopédicas. Aun así, este señor se manejaba en cierto modo bastante bien.

La copa de vino la cogía con mucha facilidad e, incluso, el jamón y el queso lo pinchaba con un tenedor que magistralmente utilizaba.

En definitiva, era un señor que había sido capaz de romper sus propias barreras, y de barreras precisamente no quiero hablar…De otras barreras también yo sé hoy mucho: ¡Casi na!

Continuaré con la historia.

Fue de pronto cuando su estimado cliente se levantó de la mesa, se dirigió a él y le pidió que por favor le acompañara a los servicios. Sin querer ni poder evitarlo, su cara cambió de color, sus piernas empezaron a temblar, empezó incluso a tartamudear. Juan le miró extrañado y sin mediar palabra empezó a reír. Jamás había visto reír tanto a nadie. Se dirigió al camarero y le pidió urgentemente un vaso de agua temiéndose lo peor. Al cabo de unos minutos, se calmó. Juan le sonrió diciéndole que no se preocupara, tan sólo necesitaba que le abriera la puerta del aseo, solo eso y nada más… Tras una larga carcajada, le dijo que lo demás lo podía hacer él.

El reconocimiento (de Félix Mª de Samaniego)

El reconocimiento
-Félix Mª de Samaniego-
(El jardín de Venus, 1780)

Una abadesa, en Córdoba, ignoraba
que en su convento introducido estaba
bajo el velo sagrado
un mancebo, de monja disfrazado;
que el tunante dormía,
para estar más caliente,
cada noche con monja diferente,
y que ellas lo callaban
porque a todas sus fiestas agradaban,
de modo que era el gallo
de aquel santo y purísimo serrallo.
Las cosas más ocultas
mil veces las descubren las resultas
y esto acaeció con las cuitadas monjas,
porque, perdiendo el uso sus esponjas,
se fueron opilando
y de humor masculino el vientre hinchando.
Hizo reparo en ello por delante
su confesor, gilito penetrante,
por su grande experiencia en el asunto,
y, conociendo al punto
que estaban fecundadas
las esposas a Cristo consagradas,
mandó que a toda priesa
bajase al locutorio la abadesa.
Ésta acudió al mandato
por otra vieja monja conducida,
pues la vista perdida
tenía ya del flato;
y al verla, el reverendo,
con un tono tremendo,
la dijo: ¿Cómo así tan descuidada,
sor Telesfora, tiene abandonada
su tropa virginal? Pero mal dije,
pues ya ninguna tiene intacto el dije.
¿No sabe que, en su daño,
hay obra de varón en su rebaño?
Las novicias, las monjas, las criadas…
¿lo diré?, sí: todas están preñadas.
– ¡Miserere mei, Domine!, responde
sor Telesfora. ¿En dónde
estar podemos de parir seguras,
si no bastan clausuras?
Váyase, padre, luego,
que yo hallaré al autor de tan vil juego
entre las monjas. Voy a convocarlas
y con mi propio dedo a registrarlas.
El confesor marchose;
subió sor Telesfora, y publicose
al punto en el convento
de las monjas el reconocimiento.
Ellas, en tanto, buscan presurosas
al joven, y llorosas
el secreto le cuentan
y el temor que por él experimentan.
– ¡Vaya! No hay que encogerse,
él dice. Todo puede componerse,
porque todas estáis de poco tiempo.
Yo me ataré un cordel en la pelleja
que cubre mi caudal cuando está flojo;
veréis que me la cojo
detrás, junto las piernas, y la vieja
cegata, estando atado a la cintura,
no puede tropezar con mi armadura.
Se adoptó el expediente,
se practicó, y las monjas le llevaron
al coro, donde hallaron
la abadesa impaciente
culpando la tardanza.
En fin, para esta danza
en dos filas las puso;
las gafas pone en uso
y, una vela tomando
encendida, las iba remangando.
Una por una, el dedo las metía
y después, «no hay engendro», repetía.
El mancebo miraba
lo que sor Telesfora destapaba,
y se le iba estirando
el bulto, y el torzal casi estallando;
de modo que, tocándole la suerte
de ser reconocido,
dio un estirón tan fuerte
que el torzal consabido
se rompió y soltó al preso,
al tiempo que lo espeso
del bosque la abadesa lo alumbraba;
y así, cuando para esto se bajaba,
en la nariz llevó tal latigazo
que al terrible porrazo
la vela, la abadesa y los anteojos
en el suelo quedaron por despojos.
– ¡San Abundio me valga!,
ella exclamó. ¡Ninguna de aquí salga,
pues ya, bien a mi costa,
reconozco que hay moros en la costa!
Mientras la levantaron,
al mancebo ocultaron
y en su lugar pusieron
otra monja, la falda remangada,
que, siendo preguntada
de con qué a la abadesa el golpe dieron,
la respondió: Habrá sido
con mi abanico, que se me ha caído.
A que la vieja replicó furiosa:
– ¡Mentira! ¡En otra cosa
podrán papilla darme,
pero no en el olfato han de engañarme,
que yo le olí muy bien cuando hizo el daño,
y era un dánosle hoy de buen tamaño!

Nota

gilito: equivale a ’fraile’.