El tedio de la soledad (de Omar Cabezas)

[«El tedio de la soledad»]

Fragmentos extraídos de
La Montaña es algo más que una inmensa estepa verde (1981)

de Omar CABEZAS

[Nota: ¿Existe un parangón entre la soledad sentida en la montaña y el aislamiento en que sume la ceguera?]

* * *

[Yo sentía con frecuencia, estando en la montaña], ya a los meses de estar en ella, cuando te adaptás y te has convertido ya en un guerrillero, que lo más duro no es la pesadilla del abra, no es lo horrible de la montaña, no es la tortura de la falta de comida, no es la persecución del enemigo, no es que andés el cuerpo sucio, no es que andés hediondo, no es que tengás que estar mojado permanentemente… es la soledad, nada de eso es más duro que la soledad. La soledad es algo horroroso, el sentimiento de soledad es indescriptible, y ahí había mucha soledad… La falta de compañía, de la presencia de una serie de elementos que históricamente el hombre de la ciudad está acostumbrado a tener a su lado, a convivir con ellos, la soledad es el ruido de los carros que se te empieza a olvidar. La soledad por la noche del recuerdo de la luz eléctrica, la soledad de los colores porque la montaña sólo se viste de verde o de colores oscuros y verde es la naturaleza…
¿y el anaranjado qué se hizo?
No hay azul, no hay celeste, no hay morado, lila, no hay esos colores modernos que existen. La soledad de las canciones bonitas que a vos te gustan… la soledad de la mujer… la soledad del sexo, la soledad de la imagen de tu familia, de tu madre, de tus hermanos, la soledad de los compañeros del colegio, la ausencia, la soledad de no ver a los profesores, de no ver a los trabajadores, de no ver a los vecinos, la soledad de los buses de la ciudad, la soledad de no sentir el calor de la ciudad, el polvo… la soledad de no poder ir al cine, aunque vos querrás tener todas esas compañías no podés tenerlas… es una imposición de soledad contra tu propia voluntad, en el sentido de que vos quisieras tener esas cosas pero no podés, porque no podés dejar la guerrilla, porque has llegado a luchar, ha sido la decisión de tu vida. Ese aislamiento, esa soledad es lo más terrible, es lo más duro, es lo que más golpea. La soledad de no poder dar un beso… lo que para un ser humano es no poder acariciar algo… la soledad de no recibir una sonrisa, de que no te acaricien, si hasta los animales se acarician… una culebra ponzoñosa acaricia al macho… un jabalí… un pajarito… los peces de los ríos se acarician.
@@#[…] entonces, esa soledad, esa ausencia del mimo, que nadie te mima, y que a nadie podés mimar… eso es más duro, es más aguijonante que estar siempre mojado, que tener hambre, que tener que ir a buscar leña, que tener que andar peleando con los bejucos para que no se te caiga la leña y volverla a levantar, que limpiarte las nalgas con hojas, nada es más terrible, para mí, pues, que la soledad infinita que vivíamos, y lo peor era que no sabíamos cuánto tiempo íbamos a pasar así. Eso iba desarrollando en nosotros una especie de asimilación forzada de que teníamos que prescindir de todo el pasado, de las caricias, de las sonrisas, de los colores, la compañía de un sorbete, la compañía de un cigarrillo, la compañía del azúcar, porque no había azúcar… un año sin probar azúcar… Te vas resignando… Y por otro lado, si caminás un poquito te caés, aunque estés hecho y derecho, te caés como treinta veces… ya nadie se asusta…
@@# […] la comida es el mayor aliciente, pero te das cuenta que siempre es la misma […]. Aunque cada vez vas dominando el medio… aprendiendo a caminar[…], se nos fue perfeccionando el olfato… los reflejos… nos movíamos como animales. El pensamiento se nos fue curtiendo, puliendo el oído, es decir, nos íbamos revistiendo de la misma dureza del monte, de la dureza de los animales… nos fuimos revistiendo de una corteza de hombres-animales como hombres sin alma, aparentemente… Eramos palo, culebra, jabalíes […].
Así se fue forjando en nosotros un temple que nos hacía soportar el sufrimiento psíquico y físico, fuimos desarrollando una voluntad de granito frente al medio.
[…] Sin embargo, y éste es otro aspecto contradictorio, misterioso, aunque éramos sumamente duros y curtidos, también éramos tiernos aun con toda la vista dura, vos nos tocabas un poquito los ojos y le podías dar vuelta a la pupila, y entonces aparecía otro tipo de mirada. Es decir, nosotros éramos duros por fuera y por dentro, pero también gente muy tierna, muy dulce, éramos cariñosos también.

Cien años de soledad [de Gabriel García Márquez]

Gabriel García Márquez

 

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[«La ceguera de Úrsula»]

 

 

En el aturdimiento de los últimos años, Úrsula había dispuesto de muy escasas treguas para atender a la formación papal de José Arcadio, cuando éste tuvo que ser preparado a las volandas para irse al seminario. Meme, su hermana, repartida entre la rigidez de Fernanda y las amarguras de Amaranta, llegó casi al mismo tiempo a la edad prevista para mandarla al colegio de las monjas donde harían de ella una virtuosa del clavicordio. Úrsula se sentía atormentada por graves dudas acerca de la eficacia de los métodos con que había templado el espíritu del lánguido aprendiz de Sumo Pontífice, pero no le echaba la culpa a su trastabillante vejez ni a los nubarrones que apenas le permitían vislumbrar el contorno de las cosas, sino a algo que ella misma no lograba definir pero que concebía confusamente como un progresivo desgaste del tiempo. «Los años de ahora ya no vienen como los de antes», solía decir, sintiendo que la realidad cotidiana se le escapaba de las manos. Antes, pensaba, los niños tardaban mucho para crecer. No había sino que recordar todo el tiempo que se necesitó para que José Arcadio, el mayor, se fuera con los gitanos, y todo lo que ocurrió antes de que volviera pintado como una culebra y hablando como un astrónomo, y las cosas que ocurrieron en la casa antes de que Amaranta y Arcadio olvidaran la lengua de los indios y aprendieran el castellano. Había que ver las de sol y sereno que soportó el pobre José Arcadio Buendía bajo el castaño, y todo lo que hubo que llorar su muerte antes de que llevaran moribundo a un coronel Aureliano Buendía que después de tanta guerra y después de tanto sufrir por él, aún no cumplía cincuenta años. En otra época, después de pasar todo el día haciendo animalitos de caramelo, todavía le sobraba tiempo para ocuparse de los niños, para verles en el blanco del ojo que estaban necesitando una pócima de aceite de ricino. En cambio, ahora, cuando no tenía nada que hacer y andaba con José Arcadio acaballado en la cadera desde el amanecer hasta la noche, la mala clase del tiempo le había obligado a dejar cosas a medias. La verdad era que Úrsula se resistía a envejecer aun cuando ya había perdido la cuenta de su edad, y estorbaba por todos lados, y trataba de meterse en todo, y fastidiaba a los forasteros con la preguntadora de si no habían dejado en la casa, por los tiempos de la guerra, un San José de yeso para que lo guardara mientras pasaba la lluvia. Nadie supo a ciencia cierta cuándo empezó a perder la vista. Todavía en sus últimos años, cuando ya no podía levantarse de la cama, parecía simplemente que estaba vencida por la decrepitud, pero nadie descubrió que estuviera ciega. Ella lo había notado desde antes del nacimiento de José Arcadio. Al principio creyó que se trataba de una debilidad transitoria, y tomaba a escondidas jarabe de tuétano y se echaba miel de abeja en los ojos, pero muy pronto se fue convenciendo de que se hundía sin remedio en las tinieblas, hasta el punto de que nunca tuvo una noción muy clara del invento de la luz eléctrica, porque cuando instalaron los primeros focos sólo alcanzó a percibir el resplandor. No se lo dijo a nadie, pues habría sido un reconocimiento público de su inutilidad. Se empeñó en un callado aprendizaje de las distancias de las cosas, y de las voces de la gente, para seguir viendo con la memoria cuando ya no se lo permitieran las sombras de las cataratas. Más tarde había de descubrir el auxilio imprevisto de los olores, que se definieron en las tinieblas con una fuerza mucho más convincente que los volúmenes y el color, y la salvaron definitivamente de la vergüenza de una renuncia. En la oscuridad del cuarto podía ensartar la aguja y tejer un ojal, y sabía cuándo estaba la leche a punto de hervir, Conoció con tanta seguridad el lugar en que se encontraba cada cosa, que ella misma se olvidaba a veces de que estaba ciega. En cierta ocasión, Fernanda alborotó la casa porque había perdido su anillo matrimonial, y Úrsula lo encontró en una repisa del dormitorio de los niños. Sencillamente, mientras los otros andaban descuidadamente por todos lados, ella los vigilaba con sus cuatro sentidos para que nunca la tomaran por sorpresa, y al cabo de algún tiempo descubrió que cada miembro de la familia repetía todos los días, sin darse cuenta, los mismos recorridos, los mismos actos, y que casi repetía las mismas palabras a la misma hora. Sólo cuando se salían de esa meticulosa rutina corrían el riesgo de perder algo. De modo que cuando oyó a Fernanda consternada porque había perdido el anillo, Úrsula recordó que lo único distinto que había hecho aquel día era asolear las esteras de los niños porque Meme había descubierto una chinche la noche anterior. Como los niños asistieron a la limpieza, Úrsula pensó que Fernanda había puesto el anillo en el único lugar en que ellos no podían alcanzarlo: la repisa. Fernanda, en cambio, lo buscó únicamente en los trayectos de su itinerario cotidiano, sin saber que la búsqueda de las cosas perdidas está entorpecida por los hábitos rutinarios, y es por eso que cuesta tanto trabajo encontrarlas. La crianza de José Arcadio ayudó a Úrsula en la tarea agotadora de mantenerse al corriente de los mínimos cambios de la casa. Cuando se daba cuenta de que Amaranta estaba vistiendo a los santos del dormitorio, fingía que le enseñaba al niño las diferencias de los colores. -Vamos a ver -le decía-, cuéntame de qué color está vestido San Rafael Arcángel. En esa forma, el niño le daba la información que le negaban sus ojos, y mucho antes de que él se fuera al seminario ya podía Úrsula distinguir por la textura los distintos colores de la ropa de los santos. A veces ocurrían accidentes imprevistos. Una tarde estaba Amaranta bordando en el corredor de las begonias, y Úrsula tropezó con ella. -Por el amor de Dios -protestó Amaranta-, fíjese por donde camina. -Eres tú -dijo Úrsula-, la que estás sentada donde no debe ser. Para ella era cierto. Pero aquel día empezó a darse cuenta de algo que nadie había descubierto, y era que en el transcurso del año el sol iba cambiando imperceptiblemente de posición, y quienes se sentaban en el corredor tenían que ir cambiando de lugar poco a poco y sin advertirlo. A partir de entonces, Úrsula no tenía sino que recordar la fecha para conocer el lugar exacto en que estaba sentada Amaranta. […]