Mi Miniyo y yo (de María Jesús Cascales Mayor)

“¡Ostras qué frío!”
La voz no salió de la boca de Ángela, sus labios no se movieron para articular palabra; en todo caso, un leve arqueo de cejas acompañado por la subida de sus hombros para mitigar es escalofrío que la recorrió al sentir el gélido viento que le caló los huesos al salir de su edificio. Esa vocecita estaba en su cabeza, cómodamente instalada y calentita debajo de su melena y abrigada por la gorrita de pana rosa. Miniyo la llamaba Ángela, un ente incorpóreo y obstinado que no callaba casi nunca, e intervenía sin que ella le pidiese opinión, normalmente para fastidiarla. Solo en las ocasiones en que otro ente externo a ellas hacía o decía algo que molestase a Ángela, su Miniyo se ponía frenéticamente en su bando, apuntando argumentos para aniquilar a esa otra persona.

Ángela desplegó su bastón y comenzó decidida a moverlo de derecha a izquierda sincronizado con sus pasos largos y seguros. Había decidido cambiar la ruta. Marta, la técnico de rehabilitación básica de la Once, le había aconsejado un camino más largo porque era mucho más sencillo, con buenas referencias, semáforos sonoros, acera amplia y sin demasiados obstáculos… el trazado era un ángulo recto y en el vértice un ruidoso bar fácil de identificar; una ruta perfecta, pero mucho más larga, los días anteriores la había utilizado sin problema alguno, pero hoy iba retrasada, tenía que intentar algo para no llegar tarde.

-Haré la diagonal, tengo el plano en mi cabeza, es fácil y recuperaré los quince minutos de retraso. No puedo llegar tarde, aún no llevo trabajando ni una semana.

-Eso se piensa antes –interviene la miniyo- ya te lo he dicho yo cuando ha sonado por primera vez el despertados, pero tu a lo tuyo, que cinco minutitos más. Y claro como te pasas hasta las tantas con los correitos y los Chat… ¡Ah! Y el plano no lo veo yo por ninguna parte, así que tú verás, seguro que acabamos perdidísimas, como siempre que te da por investigar nuevos recorridos. Si Marta nos dijo que era el mejor camino, es porque lo era, ese es su trabajo y no te va a decir una cosa por otra.

-Vale ya. Si continúas con tus sermones, al final nos vamos a perder de verdad, necesito estar concentrada.

-Claro, ahora voy a tener yo la culpa, como siempre. ¿Pues sabes que te digo? Que no voy a decir ni mú. Allá te las apañes tu solita, total, yo no tengo prisa ninguna, ni frío tampoco.

Todo iba bien, Ángela plantó una sonrisa en su rostro, en parte porque su miniyo había cerrado el pico y en parte porque no había tenido ningún contratiempo, conseguiría llegar al trabajo con tiempo de sobra y además por un recorrido nuevo. Caminaba a buen ritmo, sin problemas, cuando a lo lejos comenzó a oír un sibilante sonido. Un aspersor. Eso era sin duda. Debía estar regando algún parterre con césped, seguramente. Pero al acercarse al lugar sintió horrorizada que lo que regaba era la acera, el viento disparaba las minúsculas gotitas de agua por todas partes, menos en el sitio adecuado. Tengo que dejarlo atrás rápida o acabaré perdida de agua, mis pantalones rosa palo de pana no podrán salir bien parados.

-La Miniyo interviene rauda: Ya te he dicho yo que eran mejor los pantalones azul oscuro, pero claro, tu ni caso, como siempre.

Apretó el paso y ahora el bastón se movía de derecha a izquierda con más velocidad. Pero por poco tiempo. Algo se interpuso en su camino, bueno en realidad estaba allí ya, pero Ángela no podía verlo.

-¿Y ahora qué?

-Pues un coche. Dijo la miniyo con sonrisa de oreja a oreja. No medirás que es la primera vez que te encuentras un coche atravesado en la acera.

-Pero me estoy mojando y además tengo prisa. Ángela gritó sus palabras, quizá para su Miniyo, quizá para liberar la tensión que le estaba apretando en el pecho. Una voz masculina le contestó como si fuese el destinatario de la cuestión.

-Perdone, lo siento. Pero es que estoy trabajando, ya lo quito, era el momento de dejar el paquete y a dado la casualidad de que ha pasado usted.

-Ja. Y encima te llama de usted, como si fueses una ancianita – Argumenta divertidísima la miniyo.

-Pero me estoy mojando con el maldito aspersor este, podría por favor llevarme al otro lado, si espero a que usted quite su vehículo… voy a terminar empapada. Y el chico la llevó, la cogió por los hombros mientras la empujaba por la ruta adecuada, como si estuviese manipulando uno de sus paquetes de reparto sobre el carrito… La chica no quiso pararse en explicaciones de cómo acompañar a un ciego sin transportarlo como si de un frigorífico se tratase. Ella no tenía tiempo de eso, hoy no. Así que se dejó empujar, hasta que el mozalbete le dijo que ya estaba al otro lado de la furgoneta.

Menos mal. Ya está a ver si puedo continuar sin incidentes, con lo bien que iba, he perdido un par de minutos pero eso no es nada.

Continuó caminando a buen ritmo, contenta de nuevo. Era una chica alegre y resuelta, le costaba poco estar de buen humor. De modo que con la nariz enrojecida por el frío y sonriente continuó, pero continuó poco. Esta vez fue una pared lo que se interpuso en su camino. La avisó de su existencia el bastón y después la tocó con la mano, como si no pudiese creer que hubiese aparecido u muro insalvable en mitad de la acera,

-¿Un edificio? ¿Qué hace aquí un edificio?

-La Miniyo se retorcía de la risa mientras argumentaba con ironía: Pues seguramente lo acabarán de hacer en un par de segundos.

-Déjame pensar, miniyo, me estás poniendo de los nervios. Debe ser que el repartidor ese no me ha dejado en la dirección adecuada, con el lío me he desorientado y…

-Claro –interrumpe la miniyo- aquí todo el mundo tiene la culpa de todo menos tu. Serías capaz hasta de culpar al edificio por ponerse en tu camino.

-No pasa nada, retrocederé un poco hasta la furgoneta y recuperaré la dirección correcta, no es más que un pequeño contratiempo.

Pero la furgoneta ya se había ido, Ángela estaba empezando a sentir calor y no precisamente porque la temperatura exterior a su cuerpo hubiese variado lo más mínimo. Era una sensación que brotaba de alguna parte de su cuerpo y se repartía mezclada con su sangre recorriendo hasta el último rincón de su sistema venoso, arterial e incluso por el linfático, casi sudaba. Su miniyo prefirió permanecer callada, no era un buen momento para intervenir. La que si intervino en la situación fue una amable señora que pasaba en ese momento junto a ellas. Era fácil adivinar que Ángela necesitaba ayuda por sus idas y venidas en todas direcciones intentando, con poca suerte, encontrar alguna referencia que la guiase al camino correcto para salir del oscuro laberinto en que se encontraba presa.

-¿Te puedo ayudar, guapa? Le dijo la dulce ancianita.

-¡Ay, sí! Muchas gracias, me vendría genial. Me he desorientado un poco y… necesitaría que me indicase como llegar a una panadería que debe estar por aquí cerca, pero la verdad es que no sé en qué dirección.

-¿La panadería? Sí, claro, bonita, está muy cerca. Pero a estas horas está cerrada. A mi me gusta comprar el pan en cuanto abren, porque luego está más sobado. Hay gente que pide una y luego cuando la chica la tiene en la mano para meterla en la bolsa, cambian de opinión y entonces la quieren más tostada o más grande o más pequeña o…

-No señora –cortó Ángela- no quiero comprar pan. Lo que pasa es que es una referencia para poder seguir el camino correcto. Desde allí ya se ir sola.

-Bueno, como quieras, pero no abren hasta las nueve y media. Antes, las panaderías era lo primerito que habría en el barrio. O más que abrir, como se pasaban la noche haciendo el pan… pero ahora es todo pan congelado y recalentado, si es que ya ni el pan es pan, porque…

-Sí señora, pero yo no quiero comprar pan. ¿Podría indicarme como llegar a la panadería?

-Hija, allí no venden otra cosa que no sea pan, por no tener no tienen ni magdalenas. Hay otra panadería un poco más…

-No se preocupe señora, usted lléveme a esta que está más cerca, yo solo quiero estar en la puerta para desde allí, poder orientarme hacia donde quiero ir.

-Bueno bonita, pero la vamos a encontrar cerrada, porque no abre hasta las…

-No importa, de verdad señora, usted solo indíqueme como llegar.

-Claro que sí, bonita, si está muy cerca ¿Pero como te lo explico yo?

-Pues dígame si dos calles a la derecha, o una a la izquierda… en fin, como pueda.

La miniyo, apunta: Sí, Sí, tu dile eso y te hará gestos diciendo por allí, donde está el coche rojo a la derecha, por ejemplo.

-Pues –titubea indecisa la buena mujer- Mira, hija, mejor te acompaño, total tengo que esperar a que abra la panadería. Es que yo duermo poco, en la cama, porque en el sofá… no sé que tienen los sofás hija, que es poner el culo en él y ya estoy frita.

Ángela se acomodó, en el brazo derecho de la señora mientras esta hablaba, y le pidió que comenzasen la marcha. Y la comenzaron, pero marcha, lo que se dice marcha, no era. La señora habría perdido seguro de haberse echado una carrerita con las muñecas de famosa. Sus pasos eran tan cortos y tan lentos, que Ángela no tenía claro si avanzaban o retrocedían, por si fuera poco de cuando en cuando, la buena señora interrumpía su monólogo para indicarle la posibilidad de que pisara una ramita o unas cuantas hojas secas en el suelo. Por supuesto que la joven intentó acelerar un poco el paso e insistió a la señora con las mejores palabras que pudo rebuscar en la documentación que miniyo tenía almacenada para estos casos. Pero ni por esas. La buena mujer argumentaba que quería llevarla a la panadería sana y salva, no podría cargar en su conciencia que se torciese un pie, se resbales y cayera o… o algo peor. La calle era toda ella un peligro, decía la abuelita, y más para la gente como vosotros, pobrecitos que no podéis ver. La verdad es que no deberíais ir solos por la calle ¿Bonita, no tienes una madre o algún hermano para que te acompañe?

-Dile que estás sola en el mundo, dijo la miniyo, que eso les gusta mucho a esta gente, así podrá sentir lástima de nosotras y sentirse afortunada de tener ochenta años y conservar su cansada visión de la vida. Eso seguro que le gustará.

-No. Miniyo. Es una buena señora. Tú eres una borde, y quieres que yo también lo sea. Esta mujer simplemente no conoce nuestra realidad, piensa que si no vemos no podemos hacer nada, que dependemos para todo de los demás…

-Miniyo vuelve a interrumpir decidida: ¿Y no es así, verdad? Pues no te veo yo muy independiente ahora mismito, por ejemplo.

-Cállate ya. Me estás poniendo de los nervios, entre la horita que debe ser, tu que no paras y la señora esta que no para de hablar, me estamos volviendo loca.

-¿Sabes lo que te digo? ¿Bonica cómo me has dicho que te llamas? ¿Me estás oyendo?

-Sí, sí, señor a, disculpe. Ángela. Me llamo Ángela ¿Podríamos ir un poquito más rápidas, le aseguro que no me voy a caer, es que llego tarde al trabajo.

-Fíjate, con lo joven y lo guapa que eres y ciega, qué pena hija de verdad!

-¡Toma! Eso para que la defiendas. Exclamó la miniyo súper divertida.

-Señora peor sería que fuese ciega, fea y vieja ¿no?

Y llegaron a la panadería, por fin, a Ángela se le hizo un viaje eterno, se deshizo de la señora como pudo, agradeciéndole infinitamente su ayuda y salió disparada una vez se supo en la puerta de la panadería y perfectamente orientada para llegar al trabajo. La panadería estaba ya en la calle perteneciente al trazado que Marta, la Tr de la Once le había hecho como mejor opción para llegar. Así que ahora ya no podía fallar nada, este era el camino fácil, pero… ¿Cuánto tiempo habría perdido ya?

-No te estreses –apuntó la miniyo- llegar ya no llegamos a tiempo, así que relájate y disfruta el paseo. Igual no te quedan muchos que hacer hasta este trabajo. Una pena, con lo bien que estaba y lo que nos costó encontrarlo.

-Pero te quieres callar, pesada. No creo que por llegar una vez tarde me vayan a echar. Además siempre puedo decir que no me encontraba bien, que esta mañana me ha dado diarrea… que sé yo… cualquier cosa.

-Mira igual ahí si llevas razón, porque con cara de diarrea si vas a llegar, es una pena que a mi nadie me vea aquí encerrada en tu azotea, con lo mona que yo soy, no como tú.

-Déjame tranquila Miniyo, no ves que necesito darme prisa y tengo que ir atenta al recorrido.

-¿Pero si yo no te molesto para nada. Tu a lo tuyo, que yo lo único que digo es que no estoy dispuesta a volver a pasar por lo de los currículos y las entrevistas de trabajo. Porque esa época fue horrible, no había quien te soportara.

-Mira miniyo, si hace falta me doy adrede un cabezazo con una farola para que te calles y así, de paso, tengo una excusa creíble para llegar tarde.

Y llegaron, tarde, pero llegaron, sanas y salvas a la oficina; por suerte solo con unos minutos de retraso sobre el horario previsto.