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mayo 2015 - OJOS REBELDES

Y SIN EMBARGO, SE MUEVE (I: La confianza) [de Francisco Olivencia]

Y sin embargo, se mueve
(I: La confianza)

Francisco Olivencia

Un niño de apenas dos años gateaba por el suelo fresco y limpio de una tarde calurosa de julio. Rodeado de su familia, recorría entre gritos de ánimo y alabanzas todos los rincones de la sala.
Eran años de siesta larga, de reuniones de vecinos ante una sandía refrescada al amparo de la regulación natural de la oscura alacena. Las puertas sin pestillo, abiertas de par en par, invitaban a pasar a los vecinos.
Sólo dos tareas ocupaban a aquellas personas: dar buena cuenta de aquella sandía, por un lado; y hacer que aquel niño sintiese cada vez más ganas, más prisa, por explorar los entresijos de aquel medio que tan agradable se le hacía.
Por debajo de las sillas, por encima de cojines y almohadones, gateaban sus piernecillas como las aspas de un molino de viento. Eran dos brotes de vida en movimiento, un movimiento que se animaba cada vez más por aquellos cánticos reforzantes que, en resumen, estimulaban en modo imperativo: «Corre, explora, haz tuyo y entiende el mundo que te rodea».
Nada podía detener a aquel niño que sonreía inundando de alegría transparente toda la habitación. Esta era la prueba para los adultos: aquel niño era feliz.
De pronto, un llanto seco, hondo, profundo, heló la sonrisa de aquellas personas. Un olor a carne quemada fue la primera pista para la ávida madre. Una colilla encendida bajo la rodilla del chiquillo hizo que la mujer se dirigiera hacia el abuelo con cara de enfado.
Su alzhéimer, sin medios para diagnosticarlo en aquel tiempo, provocó que aquel abuelillo desdentado olvidara nuevamente tirar su cigarro al cenicero.
Era lo malo de que aún existiera la costumbre de fumar en espacios interiores.
La pequeña señal que le dejó la quemadura todavía lo acompaña hoy en la pierna.

Operación ‘Baja Irrevocable’ [de Ginés Bonillo]

Operación ‘Baja Irrevocable’
(¡Lo que hay que oír… para lo que hay que ver!)

Ginés Bonillo

Para una vez que me había abonado a un canal privado de televisión, prometiéndome sesiones interminables de cine y fútbol, no se me ocurrió otra cosa sino quedarme ciego.
Después de un año pagando cuotas absurdamente, decidí rescindir el contrato; así que monté la operación de retirada incondicional con sumo cuidado, sin dejar un detalle a libre disposición que pudiese convertirse en resbaladiza tierra de nadie.
Me preparé a conciencia el discurso para justificar la decisión y, de paso, debilitar el contraataque para el que estará adiestrada la infantería de la empresa que atienda por teléfono en estos casos. Intentaba dejarle al rival el menor número posible de argumentos y cabos sueltos a los que asirse.
Así pues, fui al grano, para no dar tiempo a que surgieran confianzas ni empatías. En alguna ocasión, había terminado comentándole los rasgos fonéticos dialectales del andaluz oriental que detecté de inmediato en mi interlocutora madrileña, que resultó de Málaga apenas avanzó la conversación unos segundos, y un poco más (o unos pocos kilómetros menos…) quedamos para tomar café esa noche. Es un decir. Tal era su destreza… ¡y la mía! Otra vez fui… pero no nos dejemos llevar por las afrutadas ramas y volvamos al asunto principal.
-Buenos días. Deseo –dije del tirón, sin permitirle al infante que me atendió un respiro ni que tomara posiciones, haciendo uso del ataque sorpresa y la táctica envolvente, cortándole las vías de escape- rescindir mi contrato con ustedes. Podría aducir que me he quedado en paro o que han echado a mi mujer del trabajo, que no es igual pero es lo mismo, o que ha fallecido mi padre recientemente (como ha ocurrido, en realidad), que era el abonado, y nos hemos quedado sin su pensión, que nos venía muy bien, o que soy autónomo y no van bien los negocios y que, con esto de la crisis, tengo que reducir los gastos y optimizar los recursos; pero no tengo que inventarme ninguna excusa: es que, por desgracia, me he quedado ciego. Así de simple, no veo nada; así que, ¿para qué quiero la televisión?
-Puedo ofrecerle –respondió el vigoroso comercial, siguiendo al dictado el programa autómata que seguramente tenía instalado en la mente- una oferta que incluya dos nuevos canales de cine y uno de documentales de naturaleza o de historia, como usted prefiera, por el mismo precio que está pagando ahora. ¿Le gusta más la naturaleza o la historia?
Me equivoqué. Esta soldadesca de comerciales Está programada para no oír lo que no le interesa y nunca renuncia a la táctica del contraataque, infiltrándose en las filas contrarias para minarles la retaguardia y cortarles el abastecimiento. Deben de inoculárselo en el ADN durante la fase de instrucción de los cursos de formación que deben de impartirles.
-No, gracias; es que no me interesa, de verdad –y, en ese momento, noté que empezaba a abandonar mi plan, empezaba a ceder a las presiones: había iniciado un intento de justificarme desde la subjetividad de ’la verdad’, estaba claro, como si no tuviera un argumento de peso…y también en ese «de verdad» impulsivo e inconsciente comprendí que empezaba a batirme en retirada, señal inequívoca de peligrosa inferioridad ante el enemigo. El operativo comenzaba a venírseme abajo o, como diría mi abuelo, principiaban a caérseme los palos del ‘chambao’.
-Si quiere–seguía el abnegado soldado-comercial, era evidente el programa autómata que tenía instalado-, puedo ofrecerle quedarse con la oferta que ya tiene a mitad de precio y, además, le incluyo un canal internacional de noticias. ¿No le gustan las noticias?
-Bien, bien –concedí, utilizando la táctica del despiste, antes de pasar al embate directo con ribetes personales, para el cual no está aleccionada (por ahora) esta moderna infantería-, pero… -aquí alargué la pausa como elemento de desconcierto, por aquello de que a la tormenta siempre le precede la calma, y añadí, machacando las palabras, sin realizar una sola sinalefa- ¿usted no ha oído que me he quedado ciego y, por tanto, para qué quiero la televisión? –y mientras tanto, colocaba en la lanzadera de la punta de la lengua el siguiente cartucho, el último que tenía meditado: que estaba planteándome quitar también la luz. ¡Ya puesto!
El señor debió de entender por fin la situación porque reaccionó e intentó animarme:
-¡Ah! Bueno, bueno… no se preocupe usted… ¡No pasa nada! Tampoco es para tanto. ¡Si para lo que hay que ver!
Ahí se perdió el muchacho, por permitir que le aflorase un poco la humanidad de buen samaritano e intentar consolarme, cayendo (para colmo) en el tópico. Yo vi el cielo abierto, es un decir, y aproveché la ocasión para terminar la faena.
-¡¡Pues por eso!! –remaché, y «Te pillé», dije para mí con una satisfacción militar que sólo puede obtenerse mediante una aplicación cotidiana de la agradecida poliorcética.