UNA ESPINA
Hubo razón para gritar, llorar y qué sé más. Ese fuerte dolor lo asumí con miedo. Me engañé a mí mismo porque callaba y otorgaba. Difícil de olvidar: tampoco podría. En tan solo un instante me cambiaron mis señas de identidad.
Todos se interesaban, pero yo me quejaba de lo que menos me importaba. Esa sensación que yo tenía parecía real. No quise hablar, solo cerraba los ojos, soñando que cuando los abriera pudiera ver como los demás.