Sin palabras (de Ángel Dámaso Soto)

SIN PALABRAS

Ángel Dámaso Soto

Lo tenía todo preparado y meditado. Sólo cumplía con su trabajo. Se presentó como toda buena comercial.
No quise que perdiera el tiempo y desde el primer momento, tras su presentación, intenté por todos los medios decirle que no estaba interesado.
Pero ella no dejaba hueco para mi intervención, así que la dejé hablar y hablar durante un buen rato. Pensé colgar el auricular. Hubiera querido interrumpirla pero, por educación, la dejé… de todos modos, estoy seguro de que no lo hubiera podido conseguir porque parecía extasiada con sus propias palabras. De no ser por la distancia física que nos separaba, le hubiera ofrecido hasta un vaso de agua.
Me habló de las ventajas que podía tener: disponía de tres modelos en stock (uno blanco, otro azul y un tercero de color negro), llevaban de fábrica todos los extras (incluido las llantas de aleación), el de color negro llevaba los asientos de piel, los otros dos de terciopelo…
Quise intervenir pero ella pasó a explicarme la financiación. Por un momento pensé que me hablaba una grabación.
Por fin se detuvo y sin mediar palabra me dijo que el próximo sábado a las diez de la mañana podría conducir el coche de mis sueños. Su intuición le decía que seguro que accedería a comprar el Audi negro, pues tenía referencias de que ese era mi color favorito.
Me quedé durante unos segundos sin palabras, no me salían, las tenía atrapadas, hacía más de una hora que hubieran querido salir en orden y ahora se peleaban entre ellas…
Respiré profundamente y le comenté a mi supuesta vendedora que no estaba interesado, que hacía ya dos años que no conducía. Ella, como un torbellino, me oía pero no me escuchaba, no le daba sentido a mis palabras, seguía erre que erre. Me estaba sacando de quicio y ésta vez si la callé, se lo pedí por favor, le dije que no tenía coche y menos facultades para poder conducir.
Volvió a ignorarme, no me oía. No tuve más remedio que colgar el auricular.
No habían pasado quince segundos cuando el teléfono volvió a sonar, era ella. No me lo podía creer: me recriminó que le hubiera cortado la llamada.
Esta vez no la dejé hablar: con tono suave pero con mucha claridad le dije que era invidente.
Esta vez debió de entenderme porque la llamada se cortó y no volvió a sonar el teléfono. Por fin me oyó.