Una barra de pan y una botella de vino (de Ginés Bonillo)

Una barra de pan y una botella de vino
(Sólo son dos segundos)

Ginés Bonillo

Hay sugerencias que no se discuten, simplemente se acatan. Por lo demás, la experiencia le dice a uno cuándo una propuesta alcanza el grado de orden (diplomática). El postizo “cariño” que adorna la oferta ratifica la sospecha.
-¿Vamos –sugiere/propone/decreta con dulzura, eso sí, tu mujer- un momento al supermercado, cariño? Es un segundo, solo voy a comprar una barra de pan y una botella de vino; me acompañas y, de paso, te da un poco el aire y tomas el sol.
-¡Vino! ¿Qué celebramos? –pregunto con buen ánimo.
-¡Humor no te falta!… Que no se te olvide echar el sombrero.
-¿Para traernos la compra?
-No, para el sol.
-¡No quieres -replico- que me dé el sol!
-Sí –aclara ella-, pero no en la mollera. ¡Y no empieces ya, que es muy temprano y tengo muchas cosas en la cabeza!
Uno no sabe qué pensar, si es para bien o para mal, pero tenemos el supermercado a tiro de piedra de la casa. A los cinco minutos dejamos atrás el calor centelleante del aparcamiento y nos traspasa la cortina de aire polar que intenta cauterizar el bienestar artificial de los 18º del interior de los 36º del fuego exterior.
-¿No coges –digo yo- un carro? Mira que luego empiezas a echar cosas y la cesta pesa mucho y va hecha un ocho. Además, así puedo ir yo cogido.
-No, si es un momento –afirma ella-; ¿no te digo que voy a comprar nada y menos?
-Eso dices siempre –comento a media voz.
-Toma –me dice poniéndome una cesta entre los dedos- y así llevas algo en las manos.
-Para eso quería el carro -aclaro.
Pero ella no me oye, va a lo suyo, inmersa en su tejemaneje. Y, cogido de su codo, noto que gira a la derecha en vez de seguir recto para entrar al supermercado.
-¿A dónde vamos? –interrogo.
-Necesito -responde- sacar dinero del cajero automático.
-¿Ves? ¡Ya empezamos a dar vueltas! –le reprocho.
-¡Hay que ver cómo sois los hombres! Todo os molesta. Si son dos segundos…
Diez minutos después (que no comprendo cómo puede tardar tanto alguna gente en teclear una contraseña dos veces y dar una orden tan simple como seleccionar y pulsar “Reintegro”) llegó nuestro turno.
-¿Sabes? –dice, y presiento que empieza a articular su plan invasivo-. Debería aprovechar para comprar el fascículo de esta semana de la casita de muñecas en el quiosco de prensa.
6,95 € y otros diez minutos nos costó la broma de la septuagésima octava (78ª) pieza de la colección.
-¿Y cuántas entregas son? –se me ocurre preguntar por curiosidad
-Ciento treinta.
-¡Coño! –proferí en voz alta-. Si vale la dichosa casita tanto como un apartamento de verdad.
-¡Sí, igual! –dice ella, irónica.
-Pues con un poco más, da casi para la entrada –digo, sin dar mi brazo a torcer.
-¡Anda, calla! Es un cortijo andaluz antiguo, precioso: trae hasta las tejillas del tejado y las teselas de la piscina.
-Muy mal -replico-: los cortijos andaluces no tenían piscinas, sino albercas o balsas; y esperemos que no tenga goteras, porque dónde vamos a comprar tejillas si hacen falta luego…
-¡Desde luego –dice ella- que cuando no quieres… no hay forma! Eres único.
-¿Es que no tengo razón?
Por fin traspasamos las barreras automáticas que dan acceso al supermercado. Nada más entrar se pasa por delante de la sección de ropa. Supongo que lo tienen todo planificado: que quieres un disco de música, tienes que pasar por la droguería; que necesitas un cartón de leche, te interponen la sección de jardinería; que buscas la fruta y verdura, te obligan a atravesar el calzado o los productos de limpieza, el rollo del papel higiénico (ya sabemos)…
-Ya que estamos aquí-dice mi mujer, como quien no quiere la cosa-, ¿por qué no te pruebas un polillo para ir luego a la playa?
-Pero –le digo- si nosotros no somos muy playeros…
-Da igual. Luego decimos de ir y no tienes nada decente que ponerte. Además, están de oferta. ¿Lo prefieres azulillo turquesa, verde pistacho, verde prado o rojo teja?
-¿Y no hay amarillo? –sugiero, en un intento de torpedear la compra, evadiéndome del polo.
-No, hay de lo que te he dicho y punto –responde ella.
-El turquesa mismo –respondo con desinterés.
-Los turquesas los veo muy pequeños todos. Me parece que no quedan de tu talla.
-Los números medianos se agotan al momento. No sé cómo no hacen más medianos –comenta a mi izquierda una señora que también rebusca entre los polos y se marcha.
-¡“Números”, “números”! –suelta mi mujer-. ¡“Números” son los del calzado! ¡La ropa va por “tallas”, no por “números”! Esta es de los que dicen “pintalabios” en vez de “barra de labios”, como los niños. ¡Qué falta de educación! Si la gente supiera que esas cosas suenan como un petardo en el oído.
-Pues el pistacho mismo –digo, intentando interrumpir la retahíla de improperios que lanza mi mujer cada vez que oye algo mal dicho, cosa demasiado habitual.
-Los pistachos que quedan son muy grandes para ti.
-Bueno –respondo-, no pasa nada; el rojo mismo vale.
-Ese color –comenta ella- no me gusta para ir a la playa.
-Bueno –vuelvo a decir-, no importa mucho; el otro mismo.
-El único verde prado que queda de tu talla tiene un defecto en el costado al coserlo y, además, no acaba de convencerme.
-No importa -añado-, ¿ves cómo no entraba en mis planes comprarme hoy nada? Se hace justicia.
-¿Y un bañador? –sugiere ella-. ¿Por qué no te compras un bañador, que los que tienes ya tienen varios años y están feíllos? Luego va la gente de punto en blanco y tú de pena.
-Como si a mí me importara mucho eso –señalo, y aprovecho la ocasión para descargar mi furia contra la superficialidad de mucha gente de hoy-. O como si a ellos, con todo su golpe de punto en blanco, no se los fuesen a comer los gusanos, entrándoles en fila y a empujones por la nariz y saliéndoles rechonchos y hermosos por el ombligo. Además, A quien le parezca mal… que se vaya al juzgado de guardia. ¡A ver si algún juez le admite la querella.
-¿Qué trabajo –insiste ella- te cuesta elegir dos o tres bañadores y probártelos?
-Sí, para que pase igual que con los polillos…
-No seas negativo… -comenta ella, intentando convencerme.
– Si no es por ser negativo, pero ¿es que tengo que comprarme algo? Cómprate tú lo que quieras y a mí déjame en paz, que yo solo venía a que me diera un poco el aire, ¿recuerdas?
-Pues tú pierdes –dice ella-, para ti es… Ahora que me acuerdo, ¡a ver si han traído el hilo dental que le gusta a la niña!
En ese instante bordeamos la jardinería pero, como mi mujer no pierde ocasión para ir fijándose en todo (que parece que tiene antenas), las ve. Y me había escapado de los polillos y los bañadores, por los pelos; pero sé que del resto no podría escaparme así como así. ¡Temo que la cuota de suerte del día se ha agotado con los polillos!
-Mira –dice ella -, ya han puesto las pastillas para encender la chimenea. Por eso luego, en invierno, cuando de verdad hacen falta, no hay forma de encontrar. ¡Voy a aprovechar para comprar dos o tres cajas!
Yo empiezo la cuenta mentalmente: “Uno de quince, por lo menos; o mientras quepa en la cesta», dije.
-¡Ay –exclama, como si surgiera de golpe-, mira ya que estamos aquí, voy a echar un par de cosillas!
El par de cosillas son dos latas de atún, dos de maíz y un frasco de espárragos.
«Cuatro de quince», digo.
-¿Dónde tendrán –la oigo mascullar- el otro tomate frito, que este no me gusta? ¿Por qué no pueden tenerlos juntos?
-Para hacerte dar vueltas –le respondo- y que acabes comprando lo que no tenías pensado Son estrategias de venta del mercado capitalista.
-Pues a mí que no me tonteen. Anda que tardo yo mucho en mandarlos a tomar viento o peor.
-¿Y qué? –señalo con desgana-. Todos los supermercados a los que vayas son iguales.
A la vuelta de la estantería, la oigo decir satisfecha:
-Aquí está.
Siento caer el frasco en la cesta y digo: «Cinco de quince. Un tercio».
-Voy a echar un manojo de zanahorias, que las de ayer estaban chuchurrías y no quise llevarme. ¿Tú quieres que nos llevemos unos jínjoles? A ti te gustan mucho.
-¡Jínjoles! Sí –digo, con toda la intención y mi mujer capta el retintín con que lo he dicho.
-No sé por qué digo “jínjoles” -dice, entrando al trapo-, cuando yo siempre he dicho “azofaifas”. Ya me has pegado tu forma de hablar. ¡Me da una rabia! Y no es “jínjoles”.
-Que sepas que “azofaifas” es lo que menos es –comento yo-; en todo caso, “azufaifas”.
Su respuesta la descarga contra la cesta: un manojo de zanahorias y dos quilos de jínjoles/azufaifas (condesciendo). Y yo contabilizo: «Siete de quince».
-¿Echamos -pregunta- media sandía?
-Cómo vas a echar media sandía si nos vamos mañana de viaje. ¿Te vas a comer media sandía hoy?
-tiene muy buena pinta –insiste, empeñada en llevarse media sandía- y volvemos en dos días. En el frigorífico aguanta.
-Que no eches la sandía –digo, un tanto enfadado-. ¿Tanta necesidad tenemos de sandía? Aquí aguanta mejor.
-Es verdad -reconoce- que no tenemos necesidad de sandía… Pero un trozo de queso del curado que me llevé la última vez, sí. Y voy a aprovechar que has venido tú para llevarme una bolsa de patatas ojo de perdiz. Y a ver si encuentro masa para empanadillas.
-Esas papas tendrán buena vista, ¿no? –caigo en el chiste fácil.
Mi mujer (ella a lo suyo) ni me oye. Unos minutos después noto que la cesta recibe el impacto de la bolsa de patatas, el queso y la masa y sumo: «Diez de quince. Dos tercios y ni nombrar el pan y el vino».
-Que no se me olvide –me advierte ella- echar salmorejo y algunos helados.
-¿No ibas a comprar pan y vino? –le recuerdo.
-Sí, voy por el vino. Tú espérame aquí, son dos segundos. Sola voy más rápido.
¡Dos segundos!, no. Diez minutos después… aunque no sé por qué me extraño, si siempre es igual. Después de treinta años debería conocer ya los segundos de mi mujer.
-el vino –dice, dejando todo en la cesta-, un botellín de malta que he encontrado por casualidad y una bolsa de pipas Tijuana a la barbacoa picante, que a la niña le gustan mucho y, para cuando venga de pasar el verano en casa de tus padres, no tiene.
«Trece de quince. Dos para el pleno. Hoy me quedo corto», murmuro.
-Cógete –propone ella, ya entusiasmada y en plena faena-, vamos a ver si hay del desodorante tuyo y pañuelos de papel para mí.
Unas estanterías más allá: primero, al frente; y, luego, a la izquierda…
-¡Cada dos por tres –rezonga para sí (dudo que sea para mí), pero en voz alta- cambian las cosas de sitio!… Espera aquí, no te muevas. Ahora vengo.
«¿Moverme?, como si pensara yo ponerme a comprar también», pienso.
Otros diez o doce minutos parado y empiezo a sentir cansadas las piernas.
-te he cogido –dice a modo de aterrizaje- desodorante neutro, ¿lo prefieres, no?
-Sí –mascullo.
-Y, de paso, he echado limpiacristales, pañuelos de papel y una esponja de baño para mí.
«Diecisiete ya. ¡Iluso de mí!», dije. Y algo debió de oír, porque me preguntó:
-¿Qué dices ahora?
-Nada, cosas mías.
-¡Ay, llevo –habla como para sí- un mes diciendo que tengo que comprar palillos de dientes, alfileres para el tendedero y dos pilas para el reloj de la cocina! Cógete, vamos. Son dos segundos.
-¡Alfileres, alfileres! -exclamo-. ¿De dónde habréis sacado el nombre para las pinzas de tender la ropa?
-En Almería –me espeta- siempre han sido alfileres. Y pienso seguir llamándolos alfileres toda la vida… te pongas como te pongas y diga lo que diga la Real Academia.
Con los palillos, los alfileres/pinzas y las pilas, ya cuesta trabajo mover la cesta. Y yo contabilizo: «¡Veinte! Y el pan perdido en combate. ¡Solo llevamos el cincuenta por ciento de lo que íbamos a comprar en principio y la cesta está llena! Como hasta llegar al pan eche otro tanto como hasta el vino…»
-¿Sabes –pregunta, imagino que para justificar la compra- qué nos falta desde hace unos meses?
-¿Qué? –pregunto extrañado, sin la menor idea.
-Sal yodada. ¿No dices que es recomendable usar sal yodada para el tiroides?
-Eso oí en un documental.
-Voy a ver si hay. Espérame aquí. No tardo, son dos segundos.
Empezaba a desesperarme. Todos sabemos, a estas alturas, ya cuántos minutos tienen los dos segundos de mi mujer: de dos horas para arriba.
-Aquí está –comenta eufórica- la sal. Y también he echado espaguetis y unas costillillas de lechal para la cena.
«Veintitrés y sigue». La cesta está colmada.
-¿Qué te dije –pregunta con decisión- que no se me olvidara?
-Salmorejo y helados –contesto con resignación-, pero en la cesta no cabe ni un alfiler de los míos.
Los llevo yo –afirma ni más resuelta- en las manos. Ponte en la fila, que yo vengo en dos segundos.
-¿Dos segundos dices? –le digo, intentando con mi tono que solo sea un segundo.
-Perdemos más hablando -replica- que en ir.
Debe de ser uno de los momentos en que más nervios sufro: cuando me deja en la cola de la caja y se va por ahí, a saber qué hacer y a saber cuándo volver… y a saber cuánto avanza la cola y yo parado como un pasmarote allí en medio, y a saber cuánta gente mirándome y preguntándose “¿Qué le pasa a este tío?”, sin captar mi realidad a pesar del bastón blanco delator. Por suerte, esta vez tarda un segundo y medio.
-Ya estoy –dice, con aplomo-. He cogido dos cartones de salmorejo y helados de ron con pasas. ¡Ah, y una lima para las uñas!
-Ya decía yo… ¿Y el pan, que es por lo que hemos venido?
-¡Da igual! –añade con naturalidad-. Bajo ahora y lo compro en la cruasantería del barrio.
«¡No me lo puedo creer!», pienso, aunque no despego los labios.
Pasamos por la caja: 80 €. ¡Y solo habíamos comprado una de las dos cosas que pensábamos comprar! No comprendo cómo pueden gastarse 80€ en dos segundos y, menos aun, ¡que quepan en una cesta! Menos mal que siempre desciende el IPC los años electorales.
Ya fuera del supermercado, en el pasillo principal que lo separa de las tiendas contiguas, dice mi mujer:
-Tendría que mirar un bolso en la tienda.
-Si tiene que ser hoy… -comento con notable resignación y más retintín.
-Pues sí, porque un día por otro, nunca me lo compro.
Otros diez o doce minutos… (perdón, seamos coherentes con mi mujer) ¡dos segundos! comparando bolsos en el escaparate, para al final concluir:
-No acaba de convencerme ninguno, lo dejo para otro día… ¿Y tú no querías comprarte un sombrero panamá para la feria?
-¡¡¡No!!! ¡Y la cesta la llevas tú!