Ratones colorados (de Ginés Bonillo)

Ratones coloraos

A Miguel Antolín,
por su labor de concienciación.

Nada más ingresar como afiliado, tras la pertinente sesión con la psicóloga, las clases de rehabilitación, el asesoramiento legal con vistas a mi ineludible jubilación… en la entrevista con el asistente social para informarnos acerca de las diversas medidas legales a nuestro alcance tendentes a facilitarnos en lo posible un mejor desenvolvimiento dentro de la nueva vida que teníamos que afrontar, nos aconsejó, entre otras cuestiones, que solicitáramos la tarjeta de minusvalía (o el eufemismo de moda en el presente del lector) para las plazas de aparcamiento reservadas para ello en vías públicas, supermercados, etc.
Nos pareció bien. Yo siempre había mirado con cierta envidia aquellas plazas sensiblemente más anchas que las con frecuencia estrechas destinadas al común de los mortales; próximas a las puertas de entrada a los establecimientos y, sobre todo, vacías, dos o tres plazas amplias vacías. ¡Idiota de mí! ¡Desear la suerte de las feas! No podía yo suponer entonces las ventajas de pertenecer al mayoritario grupo del común de los mortales.
Nos concedieron la tarjeta de inmediato. Nos explicaron las condiciones para su uso: aunque la tarjeta no porta ninguna identificación particular que revele el nombre del titular (por la ley de protección de datos personales) ni la matrícula del automóvil (para permitir que el titular pueda cambiar de vehículo), sólo puede usarse en un coche que en ese momento esté siendo utilizado por el titular de la tarjeta. En caso de pérdida o deterioro, se puede solicitar otra.
Al principio la usábamos poco, pues por la ciudad nos movemos a pie; y en otros lugares no suele haber problemas de aparcamiento.
La teníamos en casa y las pocas veces que podríamos haberla utilizado no la llevábamos encima, por lo que mirábamos de nuevo con envidia, y ahora con rabia justificada, las apetitosas plazas vacías.
Poco después, nos acostumbramos a dejar la tarjeta en nuestro coche; pero, como a veces me llevaba aquí o allá mi hija Clara en su coche, con frecuencia olvidábamos la tarjeta en el otro, con lo que estábamos en las mismas del principio. Alguien, no importa quién, pues el género humano da para todo, propuso la feliz idea de que dijésemos que habíamos extraviado la tarjeta para que nos diesen otra y, así, poder tener una en cada coche. De esta forma, no tendríamos que andar con la tarjeta de aquí para allá, amén de que nunca se nos olvidaría.
No acabó de gustarme la idea, puesto que suponía mentir; pero pensé que el fin razonable justificaba la pequeña mentira.
Tras unos minutos desagradables ante la funcionaria de turno, que nos miraba con mal disimulada suspicacia (y con razón), mintiendo acerca de cómo habríamos perdido la tarjeta (que ni nosotros mismos nos lo explicábamos), pensando que la señora estaría diciéndose: “¡Otros listos! Se creen que me engañan”… nos concedieron la segunda tarjeta. ¡Una vez pasado, valió la pena el rato de vergüenza! Se acabaron las miradas mezcla de envidia y rabia.
A partir de entonces ganamos en comodidad: fuésemos en el coche que fuésemos, siempre teníamos a mano una de las tarjetas; y estábamos despreocupados porque tampoco teníamos que pensar en qué coche estaría y si debíamos cambiarla de vehículo o no era necesario.
Con el paso del tiempo, cada día se fue haciendo más difícil encontrar en la calle o en los aparcamientos una plaza para minusválidos libre. No sé si los que proliferamos al cabo del tiempo fuimos los discapacitados con tarjeta o las tarjetas sin discapacitado. O es que los ayuntamientos van diezmando las plazas objeto de la envidia, que no creo. Pero sé de algún supermercado que ha enviado, aprovechando una mínima reforma, estas plazas al final del aparcamiento y al sol. Pensarán que a los discapacitados nos viene bien hacer ejercicio y tomar el sol. ¡Oh, excelsa y bienintencionada generosidad alemana!
De la progresiva escasez de plazas para discapacitados me percaté una tarde de fina lluvia, pero lluvia al fin y al cabo. ¡Quién iba a decirlo!, cuando todo el mundo ya sabe que en Almería casi nunca llueve. Puede parecerle a alguien extraño pero sí: llovía, y aquella fina lluvia nos recordaba la tarde ya remota, del siglo pasado, en que nos conocimos.
Aquella tarde de fina lluvia, la de la nueva centuria, mi mujer propuso que fuésemos al centro a tomarnos algo en la cafetería en que nos conocimos y hablamos por primera vez, de cosas tan transcendentes que ahora ninguno de los dos recuerda, mientras yo pensaba: “Con esta muchacha yo me liaba la manta a la cabeza en serio” y ella, según dice (no sé si por darme gusto), pensaba algo parecido: “Este muchacho me vendría muy bien a mí”.
-Además –añadió, para animarme-, enfrente de la cafetería han puesto dos plazas de aparcamiento para minusválidos que nos van a venir de perlas.
Media hora después, cuando llegamos frente a la cafetería, mi mujer lanzó varias imprecaciones -cuya literalidad no es conveniente plasmar- antes de soltar a los cuatro vientos, urbi et orbi:
-¡¡Pues no están ocupadas las dos plazas!! ¡Esto sí que es mala suerte!… Después voy a ver si tienen los dos tarjeta o alguno es un listo.
Nos vimos obligados a malaparcar en las proximidades de la calle Cita, a quince minutos a pie de la cafetería; que, para el caso, podríamos haber ido andando desde la casa. Cuando llegamos a la puerta de la cafetería, medio mojados -sobre todo yo que, intentando esquivar una bolsa de plástico, me había metido de lleno en un par de charcos, y que recibía el desagüe de una de las varillas del paraguas en un brazo sin notarlo hasta no tener remedio la cosa… mi mujer exclamó toda colérica:
-¡¡La mato!! ¡Cuando la pille, la mato! ¡Pero si uno de los coches de las plazas de minusválidos es el de tu hija! ¿Y con quién está, porque contigo no?… Boy a comprobar si el otro tiene tarjeta.
En efecto, ambos tenían bien visibles las tarjetas sobre los salpicaderos.
-Y este coche deportivo –me preguntó retóricamente- verde chillón, que pasa tan desapercibido, 1111 PIL (de “pillo”), ¿no es del niño de tu amiga Silvia?
-¿Qué Silvia? –pregunté a mi vez.
-Tu compañera de la ONCE.
-Ah, sí: de Nico. Menudo cachondeo con la matrícula: 11 11. ¿Por qué?
-Porque es el otro coche –dijo ella algo más tranquila- y tiene la tarjeta. Lo mismo está Silvia con su hijo en la cafetería.
Entramos algo recompuestos con la ilusión de tomarnos un café con Silvia.
-¡¡Serán sinvergüenzas!! –dijo mi mujer-. Si están los dos juntos…
Y, efectivamente, allí estaban los dos, Nico y Clarita, derramando cabelleras rubias en la misma mesita, o mejor dicho, en el mismo cantito de mesa, que les sobraban dos tercios largos, manteniéndola en difícil equilibrio, haciéndole casi zozobrar, ajenos a las infusiones que reposaban ya frías en las tazas, ni más acarameladitos ellos.
Allí estaban los dos. Quienes no estábamos éramos ni Silvia ni yo. ¡A saber a cuántas cuadras tendrían que aparcar Silvia y Javier, su marido, si decidieran tomarse un café en La Colonial, donde también se conocieron, intuyo que en un cantito de mesa también, pero cuando bastan sus ojos para sentirse en el cielo los enamorados… y la imagen me hizo sonreír, mientras no pude reprimir un estruendoso estornudo.
-¡Eso es por la niñica! –concluye mi mujer.
-¿El qué?
-El resfriado que vas a pillar. ¿No querías tener una hija?
-Claro que quería tener una hija.
-¡Pues toma hija!

ADENDA:
Un trabajo bien hecho, abordado en su día por alguno de los máximos dirigentes se vio coronado con la obtención para los invidentes -y sus acompañantes… cuando “acompañan”, claro- de la tarjeta de discapacidad para hacer uso legítimo de las plazas de aparcamiento reservadas a tal efecto. ¡Qué importa si lo consiguió después de un fin de semana de caza gloriosa o al alba de una noche inolvidable, iniciada con una cena opípara y remachada con un postre a la altura…!, como insinúan algunos. (Siempre hay gente dada a la hipérbole y la maledicencia: ¿Acaso no son inescrutables los caminos del Señor?).
Las ventajas de esas diligencias bien hechas las recibimos los discapacitados visuales y eso es lo que cuenta; y se consiguió porque por fin alguien con capacidad de decisión comprendió que los ciegos, aunque por principio no conduzcamos, alguien tiene que conducir por nosotros. Y porque alguien con decisión tuvo que ocuparse de hacerle comprender algo tan sencillo al sujeto con capacidad de decisión.
¡Lástima que, como siempre, el mal uso que de forma egoísta llevan a cabo algunos empañe el funcionamiento adecuado del sistema! Pero de eso, la culpa exclusiva la tienen esos usuarios que se otorgan derechos subsidiarios aprovechando que “el Tajo pasa por Toledo”.