Memoria de Montejícar (de Ana Redondo Valdivia)

Memoria de Montejícar

(y DOS)

 

Todo el pueblo en la boda

 

Antes, cuando mis tías, las bodas eran en las casas: hacían una canasta o dos de galletas y de roscos y compraban dos o tres garrafas de vino y eso era la boda.

En las bodas, lo invitaras o no, allí todo el pueblo iba. Luego, el que tenía, lo celebraba en un bar grande que había. Y las viejas llevaban una faltriquera y se guardaban todas las galletas, las almendras peladillas, todo eso.

Antes tampoco se iba de viaje de novios. Como mucho se iba unos días a Granada lo más lejos, a una pensión. Ni hoteles ni nada. Y cuando se casaban algunos y se quedaban en su misma casa, se juntaban todos los mozuelos del pueblo allí en la puerta a ver si escuchaban algo. ¡Era un cachondeo! Toda la juventud iba a la puerta a ver si sentían algo.

 

Cencerradas a los viudos

 

Cuando se casaba o juntaba una viuda le daban la cencerrá, que era que, cuando estaban durmiendo por la noche, todas las noches les daban la cencerrá para no dejarlos tranquilos. Iban los mozuelos con cencerros y cogían muchas latas y las ponían en una guita, con cazuelas y almireces tocando, pin-pin-pin, toda la noche un jaleo que no los dejaban dormir.

 

Necesidades verídicas

 

En aquel tiempo había muchas necesidades en toda España y casi toda la gente vivía así. Puedo contar muchas cosas.

Había una familia que era muy pobre y a un hijo se le perdió un zapato en el río. La madre no tenía para comprarle otros zapatos. Entonces la madre cogió y con una tela que se llamaba lienzo de ese muy fuerte le hizo como una bolsa, como una talega, se la ataba a los pies con una cuerda y así andaba. Por eso le decían «el niño de la talega» porque llevaba los pies con dos trozos de trapo muy recio porque no tenía zapatos.

Había uno que era tonto, pobrecillo, y fue a la mili. Lo llevó su padre a Guadix, porque tenían que presentarlo para la mili. Y entonces dijo: «Papa, que me estoy cagando». Lo llevaron a un váter y entonces dijo: «Papa, ¡que yo no cago en la cazuela! Que yo no quiero en la cazuela cagar, que yo quiero cagar en el cubo que tiene mi mama en el pajar».

Como no tenían váter, él no había visto un váter en su vida y, cuando lo vio blanco, decía que era una cazuela de guisar.

Todo lo que estoy contando son cosas verídicas, no son chistes. Porque mi abuela y mi madre, que murió con noventa y tantos años, me contaban muchas cosas.

Había una familia que eran todos muy pequeñillos, el padre, los hijos todos muy pequeñillos. Vivían en un cortijillo. Y sembraban, y tenían dos caballos para arar, que eran los caballos más grandes que ellos, yo no sé cómo se podían subir.

Cuando venían al pueblo, todos traían el mismo sombrero y la misma chaqueta. La chaqueta era para todos, para el padre, para el hijo, para el otro, para todos. Todos venían con la chaqueta los domingos al pueblo, o cuando venían a comprar algo, con la misma chaquetilla, porque les venía bien a todos la chaquetilla y el sombrerillo. Venían ellos tan resultantes, pero no podían venir todos a la vez, solo uno.

No tenían camas ni nada, eran muy pobres. Dormían en fardos de farfollas. Eran pobres y muy chiquitillos, pero muy trabajadores. Trabajaban unos terrenillos que tenían y con eso vivían.

Otra muchacha de familia muy pobre, con muchos hermanos y sin dinero… era muy presumida, pero muy pequeñilla. Era mozuelilla y le gustaba ir arreglada. Pero no tenía zapatos de tacón, ni para pintarse, ni nada.

Buscaba unas piedras así como tacones y se las metía en los zapatos para que parecieran tacones y fuera más alta. Una piedra planilla, pero fíjate lo tierna que estaría. Los labios se los pintaba con el cartón de una caja de medias que vendían, que le llamaban Eugenia de Montijo, y que la caja era roja. Mojaba el cartón en agua y se daba por los labios para que se le pusieran rojos e iba tan contenta.

Y como antes le gustaban a todo el mundo muy hermosas, la que era muy delgadilla, que no tenía tetas, hablando en claro y español, se metía como unos fajoncillos que había debajo del sujetador para que la armara, porque antes no había sujetadores rellenos. Una fue a un baile y entonces se metió unos fajones y, bailando, se le cayó un fajón al suelo y se le quebró: se quedó con una teta sí y otra no.

Una mujer que tenía alzhéimer y el síndrome de Diógenes que dicen ahora, que antes no se sabía, iba por la calle con una bolsa recogiendo todos los papeles de la calle, porque decía que eran billetes y los metía en un arca que tenía, en un arcón metía todos los papeles que se encontraba por el pueblo.

Otro, pobrecillo, ya con veinte años, ¡más guapo que era!, llevaba una caja de cartón e iba con una guita arrastrándola, como si fuera un carrillo, por la calle. A todo el que se encontraba le decía: «Primo, primo; dame un cigarro». Le gustaba mucho fumar. Y la gente le daba cigarros, porque era muy bueno y la gente lo quería mucho.

Iba a la fábrica de harina todos los días y el dueño, que era bueno, le daba un duro. ¡Un duro antes…! Iba a por el jornal, decía: «Que vengo por el jornal» y luego se lo llevaba a su madre. Y venía con su cajilla de cartón, con los palillos y todo lo que se encontraba por el camino. Y llegaba y decía: «Mama, que ya vengo de trabajar, que te traigo el jornal». Y todos los días le daba un duro. Y se echó una novia y le decían: «¿Tienes novia?» y decía: «Sí», y le decían: «Y ¿qué le has visto?» y decía: «¡El pandero de cuatro libras!».

Había unos que también estaban muy mal y tenían a un hijo que estaba malo y allí a los niños por las mañanas era leche con café, pero café de ese de cebada. Y a uno que estaba malillo, la madre le echó un muslo de pollo con caldo y le puso muchas sopas. Y otro hermano dice: «Mama, ¿esto para quién es?». Estaban todos esmayaícos.

La madre le contestó: «esto es para el hermanico, que está malillo» y él le dijo: «Madre mía, ¡qué soponcios!», queriendo decir que eran muy grandes. Entonces le dijo la madre: «Bueno, pero hoy había más y te he guardado otro platico igual para ti». Y, cuando vio su plato, dijo: «¡Huy, mama, vaya sopilinas, qué chicas!». ¡Fíjate!

 

La ropa, hecha por las madres

 

Hemos pasado mucho en los pueblos. Y yo medio era una privilegiada, porque no he tenido hermanos, he sido sola y, entonces, entre mi madre y mi abuela me compraban zapatillos y cosas. Yo no era de las que iban mal. Mi madre me hacía los jerséis y de todo, con las agujas de punto. Yo no era de las que iban sin ropa.

Porque había algunos que se tenían que acostar, lavarle la ropa y secársela en el fuego, en la lumbre, para a otro día vestirlo.

Antes los sujetadores nos los hacían las madres con tela, eran para sujetar nada más, no como ahora, que realzan. Antes se ponían lana, o trapos o fajoncillos.

Las combinaciones, las sayas como les decían, nos las hacían las madres con un encajillo abajo, de tela, todo lo hacían de tela. No había dinero para comprar cosas. ¡Pero si es que tampoco había cosas!

Había refajos, porque hacía mucho frío en invierno. Y había como una saya, pero era de punto, como un vestido ahora de verano, pero en punto, que te lo ponías debajo del vestido para que te abrigara. Porque tampoco había pantalones, era nada más que faldas y calcetines de aquellos que había hasta la rodilla. Y zapatos de goma, que cuando llovía ibas andando e ibas haciendo flin flin flin.

 

Expresiones populares

 

Entonces decían: «Madre, mi hija ha hecho una cachirolá, pero que ha metido una de embodrios», o sea, que había hecho una comida muy grande y le había echado verduras y cosas de esas, a lo mejor habichuelas verdes o habas o cosas de esas. Y decían: «Con los embodrios que le ha echado a la cachilorá, ¡quién se va a comer todo eso!». Eso se escuchaba de las ancianas, porque antiguamente ponían un cocido y solamente le echaban un hueso y un trozo de manteca, si había carne, y si no, pues no había carne.

Cuando uno era muy pobre, que pasaba hambre, o se había quedado en la ruina, decían: «Ese se ha quedado escuchando donde guisan».

Allí todo el mundo se conoce por el apodo, por el nombre no se conoce a nadie. Y hay un «Juan Cagueta», «el Despingucho», «la de Coño-Coño», «el Carrizo» y sus hijos «los Zambombillas», «Pasoslargos», «los Mellaos», «la Pitra», «el Larizo», «Tragabolas», «el Pichicas», «las Emparrillás», que quiere decir ‘que no tienen dinero’, aunque eran ricas, pero se ve que no se gastaban ni andando… ¡Fíjate!

 

MEMORIA DE MONTEJÍCAR (de Ana Redondo Valdivia)

MEMORIA DE MONTEJÍCAR

(UNO)

-Ana Redondo Valdivia

 

Montejícar

 

Yo nací en Montejícar, un pueblo de la provincia de Granada, a sesenta quilómetros de la capital y otros sesenta de Jaén, a medio camino. El pueblo era pequeño, un pueblo pobre, de tierra, que la gente toda trabajaba en el campo. Había olivos, almendros y se sembraba mucho trigo, cebada y una cosa que se llama yeros o berza (para que comieran las cabras), garbanzos y cosas de esas, cosas de secano.

Había terrenos al lado del río para sembrar hortalizas, pero era casi todo montaña, de secano. Al río le llaman de la Fuente Cabra, que va al río Guadahortuna. Hay un nacimiento y un caño de agua, que está cayendo siempre, de día y de noche. Allí había unos pilones que es donde bebían los caballos, los burros, las cabras… todo eso.

Era un pueblo normal, de trabajadores, pero había algunos riquillos que tenían muchas tierras. Iban todos los hombres a la plaza, a buscar trabajo, y entonces le decían: «Tú te vienes conmigo, tú conmigo, tú conmigo…». Trabajaban así: iban a la plaza y les salía trabajo a los hombres para un día, para dos, para tres, para lo que fuera. Decían: «Vamos a segar la cebada, vamos a cortar olivos, vamos a esto… y así».

Se levantaban muy temprano, venían corriendo y ya la mujer o la madre le tenía preparada la talega con la comida. Antes no había cestas ni bolsos, era una talega de tela. Le echaban un trocillo de chorizo, salchichón, un huevo cocido, lo que había… Y se iban a trabajar hasta la noche, que volvían.

En Montejícar había una escuela y un colegio de monjas, las monjas de Cristo Rey estaban allí. Ya las han quitado. También había cine y una iglesia muy grande, de san Andrés, que es preciosa, parece una catedral, porque es de piedra por dentro. Y luego hay una ermita en todo lo alto, la Virgen de la Cabeza, que está en un cerro y es la patrona del pueblo. La bajan en mayo, para rezarle el rosario, y luego en las fiestas, que hacen moros y cristianos. Antes eran con caballos, pero ahora como no hay tantos caballos, van andando. Se visten y pelean en la plaza con las espadas. Y eso todos los años. Yo me acuerdo de pequeña que me llevaba mi madre, y sigue la tradición esa.

 

Juegos en la calle

 

Mi madre me tuvo a mí en 1947, ya con treinta y tantos años. Y recuerdo que los niños estábamos todo el día en la calle, jugando, en los ríos, en las pozas.

Dinero teníamos muy poco, nada. En las fiestas a lo mejor nos daban una peseta para los columpios. Nos montábamos en los columpios con dos reales y los otros dos reales eran para un helado y eso era lo que nos daban las abuelas o… Porque yo me quedé con un año sin padre y a mi madre no le quedó pensión ni nada, nada; y se tuvo que ir a la casa de mis abuelos hasta que yo tuve tres años y entonces, cuando ya tuve tres años mi madre se puso a trabajar.

Mis abuelos no tenían mucho, pero ellos nunca han pasado hambre ni nada. Siempre tenían sus conejillos, sus gallinas, su marranillo para la matanza.

Tenía un primo hermano de mi misma edad y era muy traviesillo, porque se iba a los huertos a jugar, y yo siempre me iba con él, porque éramos de la misma edad, y siempre estábamos jugando. En los árboles atábamos cuerdas y hacíamos meceores.

Una vez iba una niña de estas ricas con un helado muy grande y nosotros estábamos locos por un helado y ¿qué hicimos? Se lo quitamos y nos metimos en un portal y entre los dos nos lo comimos. ¡Fíjate!

En invierno jugábamos en las casas, porque allí nevaba mucho. En invierno había veces que llegaba a medio metro la nieve. Ya no pasa, pero antes… =tener que hacer con una pala un carril para poder ir a las tiendas o por agua! Ahora ya porque hay agua y todo; pero cuando yo era pequeña no había agua en las casas ni nada.

 

Cargada con un niño gordo a la escuela

 

Con trece años me fui a Granada a trabajar, a cuidar a unos niños del médico del pueblo. Mi madre estaba de cocinera con el médico; y entonces él le dijo: «Me voy a llevar a tu Anilla para que juegue con los niños» y mi madre le dijo: «Si mi niña tiene trece años, si no sabe hacer nada» y él: «No, si no es para hacer nada; si es para que juegue con los niños».

Así que me fui con ellos y mi primer sueldo fue de trescientas pesetas al mes, por cuidar a los niños. Estaban en el pueblo, pero tenían en Granada un chalé y a veces se iban allí y yo me quería ir porque iban a Motril a la playa y yo no había visto nunca la playa. La primera vez que vi la playa fue con trece años.

Cuando estábamos en el pueblo, yo tenía que llevar al niño al colegio y el niño pesaba más que yo, y lo tenía que llevar en brazos. Entonces no había coches de niños. Era un niño muy gordo y yo con trece años… ¡Ya ves! Yo me echaba al niño a la cintura. Me lo espatarraba en la cadera como si fuera un saco de paja, una pierna para un lado y la otra para el otro, así en la cadera. Si no, no podía con él. Allí estuve hasta que ya me busqué un trabajo.

 

Paseos para acá, paseos para allá… y bailes

 

La forma de divertirse entonces era ir desde la iglesia hasta donde paraban unas alsinas que iban todos los días a Granada a llevar gente, en la Calle del Medio que le llaman, desde la iglesia hasta las alsinas… paseos para acá, paseos para allá. Comprábamos pipas, comprábamos cacahuetes, caramelillos, lo que había… y para acá y para allá, paseando y esa era la diversión.

Cuando mi madre era joven, los bailes los hacían en las casas. Eran guitarras, acordeones y mandurrias. Pero cuando yo fui mozuelilla los hacían en una verbena, un salón grande, y en las fiestas y el día de la Virgen, en navidad siempre venían orquestas y eran tres días de verbena, de bailar. Había una verbena con conjuntos que tocaban y las niñas bailaban.

Había como un patio muy grande y todas las madres sentadas allí fuera tomando una cerveza, un vino o lo que fuera, y las niñas dentro, pero por los cristales nos veían bailar.

También en la plaza traían conjuntos y bailes, y todos los viejos y todo el mundo bailando. Los bailes eran agarraos, agarraítos, bien lentos, las canciones que había por aquellos tiempos: Los Sírex, Fórmula V, Los Pekenikes… Los que eran muy tímidos, que les daba vergüenza pedir a las niñas, se ponían en la barra, vaso de vino va y vaso de vino viene hasta que se emborrachaban.

Además del baile, en la calle ponían casetas de tiro, churros con chocolate, turrón, vinillos… Después traían al Bombero torero, pero cuando yo solo había el baile en la plaza y se acabó

 

Esperando en las esquinas

 

Para los noviajes, cuando yo era jovencilla, los muchachos se ponían en las esquinas esperando a que salieras a algún mandado para ir contigo, porque las madres no nos dejaban. Entonces, se ponían en la esquina hasta que salías; cuando salías pues detrás de ti a ver dónde ibas. Así se intentaban conquistar, porque en la casa hasta que no éramos mayores no dejaban.

 

Con una silla al cine y un gato al circo

 

Cuando yo era pequeña iba al cine con mis primas. Pero siempre venía una mayor, una madre o una hermana mayor. Solas no nos dejaban ir.

El cine no era muy grande y cuando había película famosa teníamos que llevarnos una silla de casa, porque si era una película bonita iba toda la gente y faltaban sillas, no había. ¡Como no había otra cosa nada más que el cine!, que echaba solo el jueves y el domingo.

Cuando a la plaza venía circo, todo el mundo tenía que llevarse también una silla de su casa. El circo venía una vez al año, pero circos de estos sin animales ni nada, circos de estos de acrobacias, por escaleras, que cantaban, de payasos… cosas de esas. Que no eran circos de trapecios ni nada de eso.

Una vez vino un circo, que le llamaban «Circo Monumental», a Guadahortuna, que está a diez quilómetros de Montejícar, y era un circo muy grande, que eso en los pueblos pequeños no los ponen. Pero venían de Jaén y pararon a descansar y vino una furgoneta a nuestro pueblo anunciando que actuaban.

Toda la gente fuimos andando al circo, diez quilómetros andando para allá y otros diez para acá, porque el circo traía muchos animales. Y como valía dinero entrar, el que no tenía dinero llevaba un gato y lo dejaban entrar gratis, para echárselo a los leones. Eso ya está prohibido, pero entonces los gatos que estaban por las calles pasaban peligro. Si le llevabas un gato no te cobraban la entrada. ¡fíjate!