Los pájaros intrusos (de Ginés Bonillo)

Los pájaros intrusos

Ginés Bonillo

A mi mujer, compañía nata,
También en los planteamientos;
Y cómplice en lo demás.

Aquellos pájaros no los había oído nunca. Ni visto.

Debían de ser algunos de los exóticos que se escaparon años atrás de una tienda de animales del vecino centro comercial y como se instalaron de okupas en el supermercado anexo -causando molestias y, sobre todo, daños en los artículos a la venta (algo tendrían que comer y en algo tendrían que entretenerse todo el día) y estragos en la limpieza del local, pues no debían de saber los pobres animales que los humanos (en su progresiva desnaturalización) han determinado que ciertas necesidades fisiológicas se cumplan en la intimidad y en cuartos especialmente acondicionados para ello- y dado asimismo que los empleados del supermercado no lograban atraparlos para reducirlos, el encargado decidió indultarlos–aprovechando que concurría por esas fechas la celebración de la Semana Santa, aunque no fuese Málaga- y concederles la libertad plena, puesto que desde hacía unos días ya gozaban de un anticipo.

Unos años después de la sonada fuga alada (que recogieron hasta los periódicos), y con todos los árboles grandes de la ciudad generosamente alfombrados de pegajosas cagadas de pájaro, estábamos mi mujer y yo en el instituto, esta vez como padres. Ese día de finales de junio acudimos los padres a que el tutor de nuestros hijos nos diera el boletín con las notas finales del curso y, de paso, nos transmitiera algunos comentarios e instrucciones sobre los menores con vistas al período vacacional.

Nos hallábamos en un pasillo de la segunda planta, ante el departamento de Lengua y Literatura (que tan buenos recuerdos me traía, pues en años ya lejanos había trabajado en él), y dudábamos dónde se encontraba el departamento de Geografía e Historia, donde –al parecer- el tutor estaba recibiendo a los padres.

Ante la falta de certeza, mi mujer decidió bajar a conserjería a preguntar. Yo me quedé solo, apoyado en la pared, con la consigna de que no me moviera de allí, que ella venía en un momento, en dos segundos (o eso me dijo).

Al poco, nada más irse, porque las cosas tienen la costumbre de ocurrir cuando me quedo solo, oí hacia mi izquierda un canto que nunca había oído. Un canto parecido a un silbido, un “¡fufufiífu!”, que asocié al esquema del pie latino tertius paeon, aunque barajé la posibilidad de que se tratase de una combinación de un pie pírrico y un troqueo, cargando el acento en la sílaba larga. ¡Fufufiífu!

De inmediato pensé que se trataba de un pájaro que, aprovechando alguna ventana abierta a fin de mitigar el calor de la época, se había colado en el instituto. No sería la primera vez. Me vinieron a la mente tantas ocasiones en clase… Un gorrión, una paloma…

En cierta ocasión fue un murciélago que andaría despistado con el cambio horario (era abril)… Semanas después se descubriría que unos cuantos -probablemente, según los alumnos, familia o colegas- habían hecho de la caja de la persiana su confortable dormitorio. El murciélago en cuestión se invitó esa mañana a clase y levantó en décimas de segundo una ola de emociones en los tiernos pechos adolescentes que no lograrían en dos días los dulces lamentos de Salicio y Nemoroso (ni siquiera comentados por El Brocense o Fernando de Herrera), ni los mejores versos de Virgilio, Ovidio y Horacio juntos… aquel quiróptero curioso levantó tal espanto sincero en unos cuantos alumnos y la algarabía en el resto que no había forma –ya lo sabía yo desde el primer momento- de recuperar el orden en quince minutos (por lo menos).

-¡Tenemos un invitado, profe! –gritaba en estos casos algún alumno, cuya alegre entonación denotaba más entusiasmo que temor, tocando a rebato y, tras dar la voz de alarma general, señalaba al intruso, el cual oteaba tan extraño horizonte para él desde el excelente mirador que le proporcionaba la caja de la persiana.

-¿Qué es, qué es? –preguntaba rápidamente alguno con la curiosidad e interés que rara vez mostraba en clase. Solo con los textos ambiguos…

-¡Un pájaro! –aclaraba a grito pelado alguien, como si tuviese al lado un león hambriento o una boa constrictor en actitud de peligrosa inquina.

-¡Es que quiere aprender lengua, profe! –apuntaba otra, soltando su gracia.

-¡Es que es una murciélaga y le gusta la poesía de Bécquer! –era la apuesta de otro.

-¡Poesía –declamaba alguien desde otra esquina de la clase- eres tú, murciélaga mía!

-¡Vamos…! –interrumpía yo, con poca convicción.

-¿A dónde, don Julián? –respondía a coro media clase, reproduciendo una anécdota que yo les había contado el primer día de curso sobre un viejo profesor mío; sin prever que, con ello, yo también acabaría siendo víctima de la misma broma por parte del adorable hato imberbe.

La bestezuela, quizá poco acostumbrada a semejante barullo, miraba y remiraba, a diestra y siniestra, se sacudía las alas, encogía el espinazo, doblaba la cabeza y, al final, decidió echar un vistazo más de cerca por el aula, agitando de nuevo los ánimos de los ya de por sí propensos adolescentes.

-¡Eees Dráaa cuuu laaa –vociferó, sílaba a sílaba y con tono cavernoso, la chica más vivaracha; para a continuación, de forma atropellada y veloz, exclamar:- yvieneaportí-Quinito! -con lo cual, salvo tres o cuatro audaces, la mayoría –encabezada por el susodicho Quinito, que no parecía muy animoso que se supiera (y menos desde ese día)- salió corriendo despavorida, tal si llevara cada uno un cohete en el culo, hacia el pasillo, chillando descosidos… como si les fuera la vida en ello o los persiguiera el mismo príncipe empalador de Valaquia. Para mí, que aquellos alumnos apuntaban al bachillerato de Artes Escénicas.

-Tened cuidado, no os vaya a comer… –decía yo en estos casos, resignado, sabiendo por experiencia que la clase de ese día ya era poco menos que capital perdido.

Mientras tanto, los tres o cuatro decididos abrían alguna ventana para, después de haber realizado el asustado animal cuatro vuelos rasantes desde la pizarra a la caja de las persianas y viceversa, devolverlo a la libertad plena de la calle.

Aquel día de finales de junio me recreaba en estos recuerdos cuando, en cuestión de segundos, oí que al primer ¡fufufiífu! le respondía otro ¡fufufiífu! que procedía de la derecha.

“¡Cucha, si hay dos pájaros! –pensé-. Esto es el calor… que se meten aquí buscando el consuelo de la sombra!”

Poco después cantó al frente y más cerca otro ¡fufufiífu!, que ya no supe a quién le respondía, si es que respondía, o si tal vez preguntaba… porque todos los ¡fufufiífus! eran iguales, un único canto monocorde, uniforme y uniformado, sin variaciones, sin chispa, sin gracia. Y luego, ahora por la izquierda, pero a mi lado, se oyó otro canto de los que nunca había oído, ni visto; y por la derecha, pero allá a lo lejos, otro ¡fufufiífu!, o es que se había alejado el primero… Dudé, ya no sabía qué pensar. ¡Fufufiífu!… ¡fufufiífu! se oía por todas partes. Estábamos rodeados. Yo, porque he aprendido a ser tranquilo, y espero a que lleguen las cosas… por si acaso no llegan.

“¡Jóder! ¡Esto está lleno de pájaros!” -pensé.

Menos mal que enseguida llegó mi mujer con la confirmación de que el tutor recibía en el departamento de Historia, no en el de Lengua. Mientras nos dirigíamos al otro departamento, sonaron otros cinco o seis ¡fufufiífus! y pensé que eran muchos pájaros para que les permitiesen permanecer allí. Entonces le dije a mi mujer:

-Oye, mira a ver que son todos esos pájaros que se oyen por todos lados… ¿Qué pájaros son?

-¿Pájaros? –dijo ella, cuyo tono daba a entender su incertidumbre al respecto-. Yo no veo pájaros por ninguna parte.

-Pues yo no paro de oír pájaros… -y exterioricé en voz alta mi pensamiento tal como surgía:- ¡Joóoder! Pues sí que tienen que estar mal los profesores…

-¿Por qué? -inquirió mi mujer, sospechando que yo debía de estar maquinando alguna idea nueva.

-Porque, con la reducción de las nóminas a los funcionarios por esto de la crisis y los recortes de los últimos años, que muy eufemísticamente llaman ajustes y quitar grasa, cuando lo que están haciendo es descarnar a los menos carnados… ¡no habrán sido capaces los profesores, para sacarse un sobresueldo, de montar en el instituto un criadero de pájaros para luego venderlos por las tardes!

-¡Qué cosas tienes! Eres temible. Lo que a ti no se te ocurra…

-Tú dirás lo que quieras, pero yo sigo oyendo pájaros cada dos por tres: ¡fufufiífu!, ¡fufufiífu!, ¡fufufiífu!

-¡Déjalo ya! -exclamó ella-, que me vas a volver loca con tanto ¡fufufiífu!

-Lo dejo, pero yo sigo oyendo los pájaros… -me atreví a decir solo en voz muy baja.

Llegamos frente al departamento de Historia y seguían sonando por doquier los dichosos ¡fufufiífus!; y a mi mujer se le debió de encender una luz:

-¡Ah! Ya sé: es algo de los teléfonos móviles, una señal de algo…

-¡No habrán puesto los profesores una tienda de móviles en el instituto! –pregunté sin poder creérmelo.

-Son móviles que lleva la gente –dijo mi mujer-. ¡Cómo van a poner una tienda en el instituto! ¿Ves cómo lo que no se te ocurra a ti no se le ocurre a nadie? –añadió, con retintín.

-Pues tampoco sería tan extraño… ¡Se ven a diario tantas cosas raras!

-Tu –me susurró al oído mi mujer-, porque no lo ves… Pero si vieras el montón de gente que está esperando como nosotros, y cada cual está con su móvil ahí tiquitiqui-tiquitiqui, embebidos en la pantalla, absortos del mundo, como zombis, que se chocan contigo por el pasillo y ni piden disculpas. Son adictos irremediables, y luego se quejan de los niños…

-Pues, sí. Porque los niños, al menos, tienen la excusa de que son adolescentes y están a medio formar, pero los padres son adultos…

-Adultos –me interrumpió ella- por el DNI, pero ¿tú crees que muchos de ellos están acabados de formar?

-Pues si no están, tarde han esperado.

-Ese silbido, ¡fufufiífu!, es la señal de que le han enviado un whatsapp –comentó la voz sugerente de una muchacha que, intuí, formaba parte también de la fila, para recoger el boletín de notas de algún hermano o hermana menor.

-¡Ya decía yo! ¡No pueden estar tan mal los profesores! –dije con alivio.

Tanto la risa irónica de mi mujer como la de la muchacha me dieron a entender que ambas pensaban lo mismo de mí y de mis ocurrencias.

-La gente –continuó queda la muchacha con sus razonamientos- está chiflada, yo no sé qué piensan.

-Pero ¿tú crees que piensan? –sugirió mi mujer, sin tapujos.

-¿Pensar?… Ni piensan, ni hablan, ni oyen –respondió, a media voz pero tajante, la muchacha-; la gente se ha convertido en simples terminales de las redes sociales, y aquí les traigan pienso para los pollos. Creo que somos los únicos que no estamos con el móvil en las manos y ahí empeñados en tiquitiqui-tiquitiqui, tiquitiqui que te crió…

-Pero si estamos hablando de ellos a su lado y ni se enteran.

-Porque yo tengo móvil –explicó la muchacha-, pero sé usarlo. Para un uso adecuado, el móvil es muy útil, es estupendo; pero el problema es que la gente lo ha tomado como un juguete y el móvil, si no eres inteligente, es muy adicto, es una droga mental que te engancha como cualquier droga física.

-La gente es idiota –prorrumpió una voz masculina rotunda que surgió por mi izquierda, despachándose a gusto-, así de claro; y quien se pique… ajos come. Parece mentira la cantidad de adultos que son peor que los niños, que se supone que no tienen uso de razón: Les ponen el caramelo delante y ahí están todo el día enganchados, chupa que chupa, como los tontos, alienados, esnifando pantalla por los ojos. Y, lo bueno es que se creen más modernos que nadie por eso, por estar a la última en las nuevas tecnologías…

-Que están a la última –rectificó la muchacha- es lo que les hacen creer, ¡pobres ignorantes!, sin darse cuenta de que la última a la que estamos todos es la última que quieren o les interesa que estemos a los de arriba. Y nosotros somos peleles en sus manos, pollos a los que echarles su ración de pienso diaria para que vivamos con la sensación de felicidad.

-Pues sí: Creo que fue Marx, o Feuerbach, quien decía que la religión es el opio del pueblo; y ahora resulta que el opio del pueblo de hoy son los móviles.

-No sé –opiné yo- si los de arriba los utilizan como opio para el pueblo; pero como sacarina, por lo menos… ¡seguro!

-Me adhiero a la idea: sí, los móviles son la sacarina del pueblo –sentenció la muchacha.

-opio, sacarina o pienso… es lo mismo: ¡Zarandajas! ¡Menudo sacarinazo! Porque los móviles se han convertido en una epidemia –señaló mi mujer.

-¿Una epidemia? ¡Son una plaga!, que no sé qué es peor –remachó la muchacha.

-Usted –me atreví a preguntarle al señor al intuir cierta sintonía-, ¿no tiene móvil?

-Sí, pero me lo dejo en el trabajo, que es para lo que lo tengo. Fuera del trabajo es mi vida, y en mi vida privada no permito que entren sandeces ni tonterías.

-Me alegro, ya somos cuatro sin adicción. Todavía hay esperanza.

-No se crea todo lo que dicen los medios interesados–dijo él-, por suerte somos más de cuatro.

La conversación había logrado abstraerme de las decenas de ¡fufufiífus! Que sonaban por todas partes, campando a sus anchas… ¡fufufiífu!

¡Fufufiífu!

¡Fufufiífu!

¡Fufufiífu!

-¡Vamos (¡fufufiífu!), que nos toca (¡fufufiífu!)…! –oí a la vez que una mano familiar me oprimía el brazo. ¡Fufufiífu!

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