¿Por qué no te callas? (de Ángel Dámaso Soto)

¿POR QUÉ NO TE CALLAS?

-Ángel Dámaso Soto-

-¡No tira el agua! –me dijo mi mujer, enfadada.
Ella siguió hablando e, incluso, se estuvo lamentando. Yo la escuchaba y me decía a mí mismo: “¿Qué puñeta le pasará a esta mujer? ¡Pero bueno!…”
No me preocupé por sus palabras y seguí escribiendo mi relato. Al cabo de unos minutos se acercó a mí, pero esta vez aun más enfadada. Me dijo que se había roto la dichosa lavadora.
Tampoco era una cosa extraña porque, si no recuerdo mal, debía de tener alrededor de siete u ocho años y todos sabemos que los fabricantes le ponen a todo fecha de caducidad: el negocio del consumismo está a la orden del día y es una verdadera locura.
Mi mujer estaba preocupada, ya no solo por el hecho de que tendría que comprar una lavadora, sino por la cantidad de ropa amontonada que tenía pendiente de lavar.
Sin dejarme ni respirar, me dijo mi señora que me levantara del sillón y me pusiera un abrigo. ¡Uff!… ¡No hacía falta que me dijera ni una palabrita más!
Estuvimos en varias tiendas de electrodomésticos preguntando por las características de éstos cacharros, sin olvidarnos nunca de sus precios y de sus estrellitas.
Eran las ocho de la tarde. A esas horas estaba cansadísimo de recorrer tiendas y de hablar de lavadoras. Entramos en una y, de pronto, pensé: “Ésta es la mía. De aquí no salgo sin comprar la dichosa lavadora”.
Un comercial muy amable nos atendió y nos enumeró las ventajas de unas y otras. En algunas de ellas nos daba diez años de garantía si la posible avería era provocada por un fallo del motor. Otras sólo tenían dos años de garantía si era por defecto de fabricación.
En definitiva, estoy totalmente convencido por la forma de hablar del comercial que nos atendió, que al igual que yo, en su vida había puesto una lavadora.
Mi mujer le preguntó por todo: por el consumo, los tiempos de lavado… que si agua fría y agua caliente… ¡yo qué sé!
Egoístamente, queriendo o sin querer, yo le quise echar una mano a éste buen hombre. Al fin y al cabo, a mí sólo me interesaba comprar una lavadora… Ah, ¡y que llevara las dichosas estrellitas!
Por fin se había producido el milagro: mi mujer se decidió por una lavadora. Era una Samsung.
Yo empecé a recuperar el aliento y hasta el color… Por cierto, era la lavadora más cara; aunque eso no era de extrañar, conociendo a mi mujer.
Todo iba fenomenal, todo iba sobre ruedas, pero de pronto quedé en silencio, quedé perplejo.
No me lo podía creer: el vendedor, como si estuviera ausente, no dio por terminada la operación… ¡Ya había vendido la lavadora!
Tuvo la gran ocurrencia de decir que a él personalmente le gustaba más la marca Fagor. Mi señora me miró pensativa, no me dijo ni pío, ni habló… sólo me cogió del brazo y con suma contundencia le dijo al comercial que se lo iba a pensar y volvería otro día.
Me quedé de piedra. Por qué puñeta no se pudo callar éste puñetero vendedor.

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