Prodigios en ojo siempre ajeno (de Ginés Bonillo)

Prodigios en ojo siempre ajeno

-Ginés Bonillo-

“[…] una señora monja, parienta del Corregidor, que le mandaba con el pie; y que una lavandera del monasterio de la tal monja tenía una hija que era grandísima amiga de una hermana de un fraile muy familiar y conocido del confesor de la dicha monja, la cual lavandera lavaba la ropa en casa. Y, como ésta pida a su hija, que sí pedirá, hable a la hermana del fraile que hable a su hermano que hable al confesor, y el confesor a la monja y la monja guste de dar un billete (que será cosa fácil) para el corregidor, donde le pida encarecidamente mire por el negocio de Tomás, sin duda alguna se podrá esperar buen suceso.” (Cervantes, La ilustre fregona)

Otra situación tan repetida como imperecedera, sin fecha de caducidad a la vista, la representan los buenos samaritanos que, con la mejor intención del mundo, para dar ánimos y esperanzas, ofrecen ejemplos de curaciones tanto menos creíbles cuanto más se aproximan a lo milagroso. Historias que circulan como las leyendas urbanas, sin lugar ni fecha, anónimas y atemporales.
Así, me contaba un día una amiga de mi amiga Montserrat lo que le había sucedido a la madre de una cuñada de un primo de un vecino del apartamento que tienen para vacaciones de verano unos conocidos suyos (conocidos, por si alguien ya ha perdido el hilo, de la que mi amiga Montserrat dice que es amiga suya y su marido, que también es conocido mío.
En fin, que cuentan que la madre de alguien, para abreviar las letras, tenía problemas graves de visión, por lo que estaba muy preocupada. Dicen que fue a un oftalmólogo en Barcelona, quien le recomendó que se operara cuanto antes, de inmediato, sin perderse en interminables listas de espera.
Dicen que la señora parece que no se conformó con aquel diagnóstico y pensó solicitar una segunda opinión profesional. Por ello, cuentan que acudió a otro oftalmólogo en Madrid.
-Me han dicho en Barcelona que tengo que operarme lo antes posible, que la operación cuesta 4360€, pero que no me garantizan los resultados –dicen que resumió la señora.
-Yo no digo –cuentan que respondió el oculista- que operándose no se solucione su problema, pero… si usted fuese mi madre, yo le recetaría un colirio para echárselo tres veces al día y una pomada para ponérsela por las noches, y vendría a ver los resultados dentro de un mes.
Así lo hizo la mujer –aseguraba la amiga de Montserrat- y cuentan que al mes, cuando volvió al médico madrileño, dicen que se había curado. ¡Con un colirio y una pomada!
Yo imaginaba, casi desde el principio, la resolución del caso. Son los inconvenientes de haber sufrido ya diecisiete operaciones entre los dos ojos, sin concederme la ciencia el favor de un mínimo prodigio en ojo propio; y de golpear a diario cientos de obstáculos –incluidos los automóviles cuyos conductores muy sutilmente aparcan sobrepasando el bordillo, ¡ellos más listos que nadie!- con el bastón blanco en las aceras impracticables de mi ciudad (como decimos todos de nuestras ciudades).
-¿Cómo se llama el oftalmólogo? –pregunté sin muchas esperanzas, sabiendo que el prodigio se quedaría en ojo ajeno.
-¿Y el colirio y la pomada? –inquirió muy interesada, disimulando el sarcasmo que solo yo sabía detectar, mi mujer.
-¡Ay, chica, yo ahora desconozco esos detalles!

Ratones colorados (de Ginés Bonillo)

Ratones coloraos

A Miguel Antolín,
por su labor de concienciación.

Nada más ingresar como afiliado, tras la pertinente sesión con la psicóloga, las clases de rehabilitación, el asesoramiento legal con vistas a mi ineludible jubilación… en la entrevista con el asistente social para informarnos acerca de las diversas medidas legales a nuestro alcance tendentes a facilitarnos en lo posible un mejor desenvolvimiento dentro de la nueva vida que teníamos que afrontar, nos aconsejó, entre otras cuestiones, que solicitáramos la tarjeta de minusvalía (o el eufemismo de moda en el presente del lector) para las plazas de aparcamiento reservadas para ello en vías públicas, supermercados, etc.
Nos pareció bien. Yo siempre había mirado con cierta envidia aquellas plazas sensiblemente más anchas que las con frecuencia estrechas destinadas al común de los mortales; próximas a las puertas de entrada a los establecimientos y, sobre todo, vacías, dos o tres plazas amplias vacías. ¡Idiota de mí! ¡Desear la suerte de las feas! No podía yo suponer entonces las ventajas de pertenecer al mayoritario grupo del común de los mortales.
Nos concedieron la tarjeta de inmediato. Nos explicaron las condiciones para su uso: aunque la tarjeta no porta ninguna identificación particular que revele el nombre del titular (por la ley de protección de datos personales) ni la matrícula del automóvil (para permitir que el titular pueda cambiar de vehículo), sólo puede usarse en un coche que en ese momento esté siendo utilizado por el titular de la tarjeta. En caso de pérdida o deterioro, se puede solicitar otra.
Al principio la usábamos poco, pues por la ciudad nos movemos a pie; y en otros lugares no suele haber problemas de aparcamiento.
La teníamos en casa y las pocas veces que podríamos haberla utilizado no la llevábamos encima, por lo que mirábamos de nuevo con envidia, y ahora con rabia justificada, las apetitosas plazas vacías.
Poco después, nos acostumbramos a dejar la tarjeta en nuestro coche; pero, como a veces me llevaba aquí o allá mi hija Clara en su coche, con frecuencia olvidábamos la tarjeta en el otro, con lo que estábamos en las mismas del principio. Alguien, no importa quién, pues el género humano da para todo, propuso la feliz idea de que dijésemos que habíamos extraviado la tarjeta para que nos diesen otra y, así, poder tener una en cada coche. De esta forma, no tendríamos que andar con la tarjeta de aquí para allá, amén de que nunca se nos olvidaría.
No acabó de gustarme la idea, puesto que suponía mentir; pero pensé que el fin razonable justificaba la pequeña mentira.
Tras unos minutos desagradables ante la funcionaria de turno, que nos miraba con mal disimulada suspicacia (y con razón), mintiendo acerca de cómo habríamos perdido la tarjeta (que ni nosotros mismos nos lo explicábamos), pensando que la señora estaría diciéndose: “¡Otros listos! Se creen que me engañan”… nos concedieron la segunda tarjeta. ¡Una vez pasado, valió la pena el rato de vergüenza! Se acabaron las miradas mezcla de envidia y rabia.
A partir de entonces ganamos en comodidad: fuésemos en el coche que fuésemos, siempre teníamos a mano una de las tarjetas; y estábamos despreocupados porque tampoco teníamos que pensar en qué coche estaría y si debíamos cambiarla de vehículo o no era necesario.
Con el paso del tiempo, cada día se fue haciendo más difícil encontrar en la calle o en los aparcamientos una plaza para minusválidos libre. No sé si los que proliferamos al cabo del tiempo fuimos los discapacitados con tarjeta o las tarjetas sin discapacitado. O es que los ayuntamientos van diezmando las plazas objeto de la envidia, que no creo. Pero sé de algún supermercado que ha enviado, aprovechando una mínima reforma, estas plazas al final del aparcamiento y al sol. Pensarán que a los discapacitados nos viene bien hacer ejercicio y tomar el sol. ¡Oh, excelsa y bienintencionada generosidad alemana!
De la progresiva escasez de plazas para discapacitados me percaté una tarde de fina lluvia, pero lluvia al fin y al cabo. ¡Quién iba a decirlo!, cuando todo el mundo ya sabe que en Almería casi nunca llueve. Puede parecerle a alguien extraño pero sí: llovía, y aquella fina lluvia nos recordaba la tarde ya remota, del siglo pasado, en que nos conocimos.
Aquella tarde de fina lluvia, la de la nueva centuria, mi mujer propuso que fuésemos al centro a tomarnos algo en la cafetería en que nos conocimos y hablamos por primera vez, de cosas tan transcendentes que ahora ninguno de los dos recuerda, mientras yo pensaba: “Con esta muchacha yo me liaba la manta a la cabeza en serio” y ella, según dice (no sé si por darme gusto), pensaba algo parecido: “Este muchacho me vendría muy bien a mí”.
-Además –añadió, para animarme-, enfrente de la cafetería han puesto dos plazas de aparcamiento para minusválidos que nos van a venir de perlas.
Media hora después, cuando llegamos frente a la cafetería, mi mujer lanzó varias imprecaciones -cuya literalidad no es conveniente plasmar- antes de soltar a los cuatro vientos, urbi et orbi:
-¡¡Pues no están ocupadas las dos plazas!! ¡Esto sí que es mala suerte!… Después voy a ver si tienen los dos tarjeta o alguno es un listo.
Nos vimos obligados a malaparcar en las proximidades de la calle Cita, a quince minutos a pie de la cafetería; que, para el caso, podríamos haber ido andando desde la casa. Cuando llegamos a la puerta de la cafetería, medio mojados -sobre todo yo que, intentando esquivar una bolsa de plástico, me había metido de lleno en un par de charcos, y que recibía el desagüe de una de las varillas del paraguas en un brazo sin notarlo hasta no tener remedio la cosa… mi mujer exclamó toda colérica:
-¡¡La mato!! ¡Cuando la pille, la mato! ¡Pero si uno de los coches de las plazas de minusválidos es el de tu hija! ¿Y con quién está, porque contigo no?… Boy a comprobar si el otro tiene tarjeta.
En efecto, ambos tenían bien visibles las tarjetas sobre los salpicaderos.
-Y este coche deportivo –me preguntó retóricamente- verde chillón, que pasa tan desapercibido, 1111 PIL (de “pillo”), ¿no es del niño de tu amiga Silvia?
-¿Qué Silvia? –pregunté a mi vez.
-Tu compañera de la ONCE.
-Ah, sí: de Nico. Menudo cachondeo con la matrícula: 11 11. ¿Por qué?
-Porque es el otro coche –dijo ella algo más tranquila- y tiene la tarjeta. Lo mismo está Silvia con su hijo en la cafetería.
Entramos algo recompuestos con la ilusión de tomarnos un café con Silvia.
-¡¡Serán sinvergüenzas!! –dijo mi mujer-. Si están los dos juntos…
Y, efectivamente, allí estaban los dos, Nico y Clarita, derramando cabelleras rubias en la misma mesita, o mejor dicho, en el mismo cantito de mesa, que les sobraban dos tercios largos, manteniéndola en difícil equilibrio, haciéndole casi zozobrar, ajenos a las infusiones que reposaban ya frías en las tazas, ni más acarameladitos ellos.
Allí estaban los dos. Quienes no estábamos éramos ni Silvia ni yo. ¡A saber a cuántas cuadras tendrían que aparcar Silvia y Javier, su marido, si decidieran tomarse un café en La Colonial, donde también se conocieron, intuyo que en un cantito de mesa también, pero cuando bastan sus ojos para sentirse en el cielo los enamorados… y la imagen me hizo sonreír, mientras no pude reprimir un estruendoso estornudo.
-¡Eso es por la niñica! –concluye mi mujer.
-¿El qué?
-El resfriado que vas a pillar. ¿No querías tener una hija?
-Claro que quería tener una hija.
-¡Pues toma hija!

ADENDA:
Un trabajo bien hecho, abordado en su día por alguno de los máximos dirigentes se vio coronado con la obtención para los invidentes -y sus acompañantes… cuando “acompañan”, claro- de la tarjeta de discapacidad para hacer uso legítimo de las plazas de aparcamiento reservadas a tal efecto. ¡Qué importa si lo consiguió después de un fin de semana de caza gloriosa o al alba de una noche inolvidable, iniciada con una cena opípara y remachada con un postre a la altura…!, como insinúan algunos. (Siempre hay gente dada a la hipérbole y la maledicencia: ¿Acaso no son inescrutables los caminos del Señor?).
Las ventajas de esas diligencias bien hechas las recibimos los discapacitados visuales y eso es lo que cuenta; y se consiguió porque por fin alguien con capacidad de decisión comprendió que los ciegos, aunque por principio no conduzcamos, alguien tiene que conducir por nosotros. Y porque alguien con decisión tuvo que ocuparse de hacerle comprender algo tan sencillo al sujeto con capacidad de decisión.
¡Lástima que, como siempre, el mal uso que de forma egoísta llevan a cabo algunos empañe el funcionamiento adecuado del sistema! Pero de eso, la culpa exclusiva la tienen esos usuarios que se otorgan derechos subsidiarios aprovechando que “el Tajo pasa por Toledo”.

ZAPATASTROS (de Ginés Bonillo)

Zapatastros

Ginés Bonillo

No es porque fuese lunes, que lo era; ni menos -creo- porque los lunes sean gafes, como sostenía don Gabriel, que quizá lo sean. Si hiciese una lista de lunes fatídicos… ¡Claro que si todos hiciésemos otra de martes! ¡Y de miércoles, jueves, viernes…! ¡Y de eneros, febreros…! ¡Y de años pares, años impares, bisiestos…!
Todo empezó en el desayuno, muy temprano para empezar, pienso ahora. Sin percatarme, porque si me hubiese percatado sería otra cosa… Pero no fue así. Fue sin percatarme como le eché mi azúcar al café del director, que esperaba diluir la artimaña de la pastillita de sacarina antes de recorrer el aparato digestivo de tan emérito anfitrión.
A pesar de sus dulces quejas, por un día le alegré el café al director gracias al renglón torcido del azucarillo; en cambio, a mí empezó a encorvárseme con el sabor plasticoso de la sacarina. Porque quise ser consecuente y me empeñé en tomar su sacarina en mi leche con cacao, por aquello de estar a las duras y a las maduras.
Ya en clase terminó de coronarse la mañana. Tenía examen con un grupo de segundo curso. Cuando llegué, los alumnos ya habían separado sus mesas cuanto habían podido, explotando al máximo el espacio del aula (como les tenía dicho). Por mi parte, conocedor del género, eché un vistazo y enderecé algunas filas sospechosamente torcidas, pues algunos alumnos siempre perdían en estas ocasiones el sentido de la línea recta y la equidistancia en favor de una mayor vecindad con aquellos otros con buenas notas.
Repartí el folio de examen y empecé a dar vueltas por la clase, aburrido, a la espera de que los mismos de siempre solicitasen mi colaboración para rellenar su examen a medias, quiero decir entre los dos.
-La nota, luego, la repartimos entre los dos –decía yo para frenar un poco el asedio de los mismos de siempre.
Cada alumno repetía sus gestos de costumbre ante los exámenes. Unos frotaban el bolígrafo entre las manos al comprobar que se sabían las preguntas y exclamaban: “¿Gracias, profe! Me las sé todas. Sabía que iba a poner la formación de palabras y la novela realista”. “Estaba segura de que el texto iba a ser de Larra”, afirmaba por lo bajo alguna alumna con entusiasmo. Otros miraban con resentimiento el folio una y otra vez y, después, a mí, y se lamentaban: “¡Ha puesto justo las que me he dejado!”
-¡Mala suerte! Siempre os pasa igual. El próximo día os pregunto qué os vais a dejar, para no ponerlo –respondía yo con sorna mal disimulada.
A la vista de semejantes expresiones, ora de alegría, ora de enfado, y antes de que las cosas pasasen a mayores, con el consiguiente aumento del barullo, yo siseaba y gesticulaba con la mano en el aire en señal de que se dedicasen a escribir en vez de hablar.
Con el tiempo, mediado el examen, surgía de vez en cuando cierto murmullo entrecortado de vocecillas agónicas que siempre me recordaba el trapicheo sordo que se traen los escarabajos, grillos zapateros, marranicas y otros animalejos de calaña similar en el césped del jardín en las noches tranquilas de verano.
Yo, para sorprender, cambiaba de táctica y cada vez actuaba de manera diferente. Aquel día se me ocurrió dar un taconazo contundente en el suelo, uno solo. Tuvo su efecto y cesó el susurro de inmediato. Estaba claro que alguien había captado el mensaje.
Al poco surcó la tranquilidad del aula un nuevo gorjeo impreciso. Yo respondí con un nuevo taconazo, esta vez con el otro pie, por aquello de repartir con equidad el trabajo de todos los miembros. Y creí notar un sonido diferente al producido con el primer taconazo. Pensé que no podía ser cuestión del suelo golpeado, sino impresión mía.
Cesó el leve gorjeo adolescente: de nuevo se había completado el acto de comunicación no verbal. Me satisfizo el resultado, pero la diferencia del sonido de ambos zapateos no se me iba de la mente, así que volví a dar un taconazo con el zapato derecho y, a continuación, otro con el izquierdo.
Varias alumnas levantaron la vista al instante, miraron en rededor y exclamaron también bajito:
-¡Profe, si ahora no está hablando nadie!
No agradecí su gesto de buena voluntad, porque yo seguía en lo mío. Y es que, en efecto, no cabía duda: existía una diferencia de sonido evidente.
-¿Habéis notado la diferencia? Pregunté en voz alta, sin percatarme de la causa.
Algunos alumnos, los que ocupaban las mesas más próximas, me miraron con indiferencia. Solo uno, pelirrojo y muy vivaracho, dijo, sin mostrar mucho interés:
-Profe, es que los zapatos que lleva son diferentes.
-¡Ajá! Por fin alguien se da cuenta –dije disimulando mi propia sorpresa.
Al entregar su examen la última alumna, me dio la clave lingüística de la situación:
-Profe, digo yo que hoy más que zapatos lleva usted “zapatastros”, si existe la palabra. Pero, ¿podría existir, no? Y podría ocupar una casilla vacía en la lengua.
-Por supuesto, la palabra tiene sentido… y responde al sistema de la lengua. Para que triunfe, solo es necesario actualizarla en el habla, como tú has hecho, y que los demás hablantes la acepten y se divulgue.
Al día siguiente, después de preguntar por las notas del examen, los alumnos se dividieron entre los que pensaban que yo llevaba desparejados los zapatos para comprobar si se daban cuentan y los que defendían que, con las prisas, simplemente me había equivocado al ponérmelos. Los dejé con la duda, ¡cómo confesarles que mezclé un zapato negro con otro marrón al vestirme con la luz apagada para no molestar a mi mujer con migrañas… y –peor aún- que las cataratas medicamentosas que sufría yo desde hacía dos meses bordaron el resto! Pero todo ello le permitió a una de las alumnas más brillantes poner en práctica con gran ingenio la formación de palabras en español.
Claro que mis compañeros de desayuno, incluyendo desde el dulcificado director a los camareros, tampoco notaron el cambiazo. O nadie le dio mayor importancia. ¡Qué poco veíamos ya todos! O, acaso, ¡qué poco nos fijábamos a aquellas alturas en los detalles intranscendentes!