El reconocimiento (de Félix Mª de Samaniego)

El reconocimiento
-Félix Mª de Samaniego-
(El jardín de Venus, 1780)

Una abadesa, en Córdoba, ignoraba
que en su convento introducido estaba
bajo el velo sagrado
un mancebo, de monja disfrazado;
que el tunante dormía,
para estar más caliente,
cada noche con monja diferente,
y que ellas lo callaban
porque a todas sus fiestas agradaban,
de modo que era el gallo
de aquel santo y purísimo serrallo.
Las cosas más ocultas
mil veces las descubren las resultas
y esto acaeció con las cuitadas monjas,
porque, perdiendo el uso sus esponjas,
se fueron opilando
y de humor masculino el vientre hinchando.
Hizo reparo en ello por delante
su confesor, gilito penetrante,
por su grande experiencia en el asunto,
y, conociendo al punto
que estaban fecundadas
las esposas a Cristo consagradas,
mandó que a toda priesa
bajase al locutorio la abadesa.
Ésta acudió al mandato
por otra vieja monja conducida,
pues la vista perdida
tenía ya del flato;
y al verla, el reverendo,
con un tono tremendo,
la dijo: ¿Cómo así tan descuidada,
sor Telesfora, tiene abandonada
su tropa virginal? Pero mal dije,
pues ya ninguna tiene intacto el dije.
¿No sabe que, en su daño,
hay obra de varón en su rebaño?
Las novicias, las monjas, las criadas…
¿lo diré?, sí: todas están preñadas.
– ¡Miserere mei, Domine!, responde
sor Telesfora. ¿En dónde
estar podemos de parir seguras,
si no bastan clausuras?
Váyase, padre, luego,
que yo hallaré al autor de tan vil juego
entre las monjas. Voy a convocarlas
y con mi propio dedo a registrarlas.
El confesor marchose;
subió sor Telesfora, y publicose
al punto en el convento
de las monjas el reconocimiento.
Ellas, en tanto, buscan presurosas
al joven, y llorosas
el secreto le cuentan
y el temor que por él experimentan.
– ¡Vaya! No hay que encogerse,
él dice. Todo puede componerse,
porque todas estáis de poco tiempo.
Yo me ataré un cordel en la pelleja
que cubre mi caudal cuando está flojo;
veréis que me la cojo
detrás, junto las piernas, y la vieja
cegata, estando atado a la cintura,
no puede tropezar con mi armadura.
Se adoptó el expediente,
se practicó, y las monjas le llevaron
al coro, donde hallaron
la abadesa impaciente
culpando la tardanza.
En fin, para esta danza
en dos filas las puso;
las gafas pone en uso
y, una vela tomando
encendida, las iba remangando.
Una por una, el dedo las metía
y después, “no hay engendro”, repetía.
El mancebo miraba
lo que sor Telesfora destapaba,
y se le iba estirando
el bulto, y el torzal casi estallando;
de modo que, tocándole la suerte
de ser reconocido,
dio un estirón tan fuerte
que el torzal consabido
se rompió y soltó al preso,
al tiempo que lo espeso
del bosque la abadesa lo alumbraba;
y así, cuando para esto se bajaba,
en la nariz llevó tal latigazo
que al terrible porrazo
la vela, la abadesa y los anteojos
en el suelo quedaron por despojos.
– ¡San Abundio me valga!,
ella exclamó. ¡Ninguna de aquí salga,
pues ya, bien a mi costa,
reconozco que hay moros en la costa!
Mientras la levantaron,
al mancebo ocultaron
y en su lugar pusieron
otra monja, la falda remangada,
que, siendo preguntada
de con qué a la abadesa el golpe dieron,
la respondió: Habrá sido
con mi abanico, que se me ha caído.
A que la vieja replicó furiosa:
– ¡Mentira! ¡En otra cosa
podrán papilla darme,
pero no en el olfato han de engañarme,
que yo le olí muy bien cuando hizo el daño,
y era un dánosle hoy de buen tamaño!

Nota

gilito: equivale a ’fraile’.

El tedio de la soledad (de Omar Cabezas)

[«El tedio de la soledad»]

Fragmentos extraídos de
La Montaña es algo más que una inmensa estepa verde (1981)

de Omar CABEZAS

[Nota: ¿Existe un parangón entre la soledad sentida en la montaña y el aislamiento en que sume la ceguera?]

* * *

[Yo sentía con frecuencia, estando en la montaña], ya a los meses de estar en ella, cuando te adaptás y te has convertido ya en un guerrillero, que lo más duro no es la pesadilla del abra, no es lo horrible de la montaña, no es la tortura de la falta de comida, no es la persecución del enemigo, no es que andés el cuerpo sucio, no es que andés hediondo, no es que tengás que estar mojado permanentemente… es la soledad, nada de eso es más duro que la soledad. La soledad es algo horroroso, el sentimiento de soledad es indescriptible, y ahí había mucha soledad… La falta de compañía, de la presencia de una serie de elementos que históricamente el hombre de la ciudad está acostumbrado a tener a su lado, a convivir con ellos, la soledad es el ruido de los carros que se te empieza a olvidar. La soledad por la noche del recuerdo de la luz eléctrica, la soledad de los colores porque la montaña sólo se viste de verde o de colores oscuros y verde es la naturaleza…
¿y el anaranjado qué se hizo?
No hay azul, no hay celeste, no hay morado, lila, no hay esos colores modernos que existen. La soledad de las canciones bonitas que a vos te gustan… la soledad de la mujer… la soledad del sexo, la soledad de la imagen de tu familia, de tu madre, de tus hermanos, la soledad de los compañeros del colegio, la ausencia, la soledad de no ver a los profesores, de no ver a los trabajadores, de no ver a los vecinos, la soledad de los buses de la ciudad, la soledad de no sentir el calor de la ciudad, el polvo… la soledad de no poder ir al cine, aunque vos querrás tener todas esas compañías no podés tenerlas… es una imposición de soledad contra tu propia voluntad, en el sentido de que vos quisieras tener esas cosas pero no podés, porque no podés dejar la guerrilla, porque has llegado a luchar, ha sido la decisión de tu vida. Ese aislamiento, esa soledad es lo más terrible, es lo más duro, es lo que más golpea. La soledad de no poder dar un beso… lo que para un ser humano es no poder acariciar algo… la soledad de no recibir una sonrisa, de que no te acaricien, si hasta los animales se acarician… una culebra ponzoñosa acaricia al macho… un jabalí… un pajarito… los peces de los ríos se acarician.
@@#[…] entonces, esa soledad, esa ausencia del mimo, que nadie te mima, y que a nadie podés mimar… eso es más duro, es más aguijonante que estar siempre mojado, que tener hambre, que tener que ir a buscar leña, que tener que andar peleando con los bejucos para que no se te caiga la leña y volverla a levantar, que limpiarte las nalgas con hojas, nada es más terrible, para mí, pues, que la soledad infinita que vivíamos, y lo peor era que no sabíamos cuánto tiempo íbamos a pasar así. Eso iba desarrollando en nosotros una especie de asimilación forzada de que teníamos que prescindir de todo el pasado, de las caricias, de las sonrisas, de los colores, la compañía de un sorbete, la compañía de un cigarrillo, la compañía del azúcar, porque no había azúcar… un año sin probar azúcar… Te vas resignando… Y por otro lado, si caminás un poquito te caés, aunque estés hecho y derecho, te caés como treinta veces… ya nadie se asusta…
@@# […] la comida es el mayor aliciente, pero te das cuenta que siempre es la misma […]. Aunque cada vez vas dominando el medio… aprendiendo a caminar[…], se nos fue perfeccionando el olfato… los reflejos… nos movíamos como animales. El pensamiento se nos fue curtiendo, puliendo el oído, es decir, nos íbamos revistiendo de la misma dureza del monte, de la dureza de los animales… nos fuimos revistiendo de una corteza de hombres-animales como hombres sin alma, aparentemente… Eramos palo, culebra, jabalíes […].
Así se fue forjando en nosotros un temple que nos hacía soportar el sufrimiento psíquico y físico, fuimos desarrollando una voluntad de granito frente al medio.
[…] Sin embargo, y éste es otro aspecto contradictorio, misterioso, aunque éramos sumamente duros y curtidos, también éramos tiernos aun con toda la vista dura, vos nos tocabas un poquito los ojos y le podías dar vuelta a la pupila, y entonces aparecía otro tipo de mirada. Es decir, nosotros éramos duros por fuera y por dentro, pero también gente muy tierna, muy dulce, éramos cariñosos también.

La aventura de un miope (de Italo Calvino)

La aventura de un miope
-Italo Calvino / 1958-

Amilcare Carruga* aún era joven, no desprovisto de recursos, sin exageradas ambiciones materiales o espirituales; por ende, nada le impedía gozar de la vida. Sin embargo, se dio cuenta de que desde hacía algún tiempo, casi imperceptiblemente, su vida le resultaba insípida. Lo notó en pequeños detalles como, por ejemplo, el mirar a las mujeres. Antes, les echaba la mirada encima, con avidez; ahora las miraba quizá instintivamente, pero pronto le parecía que éstas pasaban como el viento, sin suscitar en él ninguna sensación y entonces bajaba los párpados, con indiferencia. Antes, las ciudades lo exaltaban —viajaba a menudo, pues se dedicaba al comercio—; ahora le provocaban fastidio, confusión, aturdimiento. Viviendo solo, antes le gustaba ir todas las noches al cine; se divertía con cualquier programa. Quien va todas las noches al cine es como si viera una sola película muy larga, en episodios: conoce a todos los actores, incluso las caricaturas y los extras, y el poder reconocerlos se vuelve algo divertido. Pero ahora todas esas caras le parecían desleídas, chatas, anónimas. Se aburría.

Al fin comprendió. Era miope. El oculista le recetó un par de anteojos. Su vida cambió desde ese momento, se convirtió en algo cien veces más rico e interesante que antes.

El simple hecho de ponerse los lentes era siempre emocionante. Cuando se hallaba, digamos, en una parada del tranvía y lo embargaba la tristeza de que todo, personas y objetos a su alrededor, fuera tan genérico, banal y desgastado, y él en medio de un mundo de formas blandas y de colores desvaídos, se ponía los lentes para leer el número del tranvía que llegaba, y entonces todo cambiaba. Las cosas más anodinas, como los postes de luz, se dibujaban entonces con todos sus minuciosos detalles, con líneas muy nítidas, y las caras, las caras desconocidas, se llenaban de pormenores, puntitos de barba, espinillas, matices expresivos antes insospechados; sabía de qué tela estaban hechos los trajes y vestidos, adivinaba el tejido, descubría el desgaste de los bordes. Ver se convertía en un espectáculo, una diversión; no ver esto o aquello, sino sólo el hecho de ver. De ese modo Amilcare Carruga se olvidaba de ver el número de los tranvías, perdía un tren tras otro, o bien abordaba un tren equivocado. Veía tal cantidad de cosas, que era como si ya no viera nada. Hubo de acostumbrarse a ello poco a poco, aprender desde un principio lo que era inútil ver y lo que era necesario.

Las mujeres que encontraba en la calle —quienes se habían reducido a impalpables sombras desenfocadas, las que ahora veía en su exacto juego de oquedades y protuberancias que producen sus cuerpos al moverse bajo los vestidos, pudiendo ahora apreciar la frescura de la piel y el calor contenido de sus miradas—, volvían a ser no sólo objetos de contemplación, sino cuerpos que poseía con la mirada. A veces caminaba sin los lentes (no se los ponía siempre, para no cansarse inútilmente, sino sólo cuando quería ver lejos) y veía perfilarse vagamente un vestido de color vivo frente a él, sobre la acera. Con un gesto ya automático Amilcare sacaba de la bolsa los lentes y se los montaba sobre la nariz. Esta indiscriminada avidez de sensaciones recibía a menudo un castigo: se trataba de una vieja. Amilcare Carruga se volvió más cauto. A veces, por el modo de caminar y por los colores del vestido, alguna mujer le parecía demasiado modesta o insignificante y no se tomaba la molestia de ponerse los lentes; pero cuando llegaban a rozarse e intuía en ella algo que lo atraía sensiblemente, quién sabe qué, creyendo captar en ese instante una mirada de ella, una mirada sostenida que él creía descubrir cuando ella comenzaba a alejarse, se ponía lentes. Pero ya era tarde; había dado vuelta en la esquina, abordado el autobús, o estaba más allá del semáforo, y no hubiera podido reconocerla. Así, mediante la necesidad de los lentes, poco a poco iba aprendiendo a vivir.

Pero el mundo más nuevo que le descubrían los lentes era el de la noche. La ciudad nocturna, envuelta ya en informes nubes de oscuridad y multicolores claridades, le revelaba ahora contornos exactos, relieves, perspectivas; las luces tenían perfiles precisos, los anuncios de neón, hundidos antes en un resplandor confuso, ahora escandían sus letras una por una. Sin embargo, lo bueno de la noche consistía en que los lentes conservaban a esa hora el margen de indeterminación que desaparecía durante el día. A veces, Amilcare Carruga sentía el deseo de ponerse los lentes, pero se daba cuenta de que ya los llevaba puestos; la sensación de plenitud no se equiparaba nunca al de la insatisfacción. La oscuridad era un terreno sin fondo en el cual jamás se cansaba de escarbar. Andando por las calles, recorriendo con la mirada las casas manchadas de ventanas finalmente cuadradas, alzaba los ojos hacia el cielo estrellado: descubría que las estrellas no estaban aplastadas en el fondo del cielo como huevos rotos, sino que eran punzaduras agudísimas de luz que abrían a su alrededor infinitas lejanías.

Estas nuevas preocupaciones acerca de la realidad del mundo externo iban emparejadas con las de lo que él mismo era, originadas por el uso de los lentes. Amilcare Carruga no se daba mucha importancia a sí mismo, pero —como le ocurre con frecuencia a las personas más modestas— estaba muy encariñado con su manera de ser. Sin embargo, el paso de la categoría de los hombres sin lentes a la de los hombres con lentes, parece cualquier cosa, pero se trata de un salto muy grande. No hay que olvidar que cuando se trata de definir a alguien que uno no conoce bien lo primero que se dice: es “el de los lentes”. Y así ese detalle accesorio, que quince días antes era una cosa completamente extraña, se convierte en nuestro primer atributo, se identifica con nuestra propia esencia. A Amilcare le molestaba un poco el hecho de haberse vuelto, de buenas a primeras, en “el de los lentes”. Pero lo más grave de todo esto está en que comience a insinuársenos la duda de que todo lo que tiene que ver con nosotros es puramente accidental, posible de transformación, que uno podría ser completamente distinto y nada importaría; y he aquí que por esta vía puede uno llegar a pensar que da lo mismo existir o no existir, y que la desesperación se halla a un solo paso. Por eso Amilcare, al escoger la montadura para sus lentes, optó instintivamente por la más sutil y minimizadora, nada más que un par de gráciles gafas plateadas que sujetaran los lentes por la parte superior y un puentecillo para unirlos sobre el tabique nasal. Así anduvo contento durante algún tiempo; luego se dio cuenta de que no era feliz. Si de pronto se veía en el espejo con los lentes puestos, experimentaba una viva antipatía por su cara, como si fuera la cara típica de una categoría de personas que le eran totalmente extrañas. Eran precisamente esos anteojos tan discretos y ligeros, casi femeninos, lo que lo hacía parecer más que nunca “el de los lentes”, uno que no hubiera hecho otra cosa en su vida que usar lentes, uno que ni siquiera se da cuenta de que los usa. Esos lentes entraban a formar parte de su vida, se amalgamaban con sus facciones, atenuando cualquier contraste natural entre lo que era su cara —una cara común, pero de cualquier modo una cara— y aquel objeto extraño, un producto de la industria.

No le gustaban; por eso no tardaron en caer al suelo y romperse. Compró otro par. Esta vez orientó su elección en sentido opuesto: escogió un par con montadura de plástico negro, un marco de dos dedos de ancho, dos placas laterales que partían de los pómulos como tapaojos de caballo y dos pesadas palancas que le doblaban los lóbulos de las orejas. Era una especie de antifaz que le tapaba media cara, pero bajo ese artefacto podía sentirse a sí mismo: no cabía duda de que él era una cosa y los anteojos otra muy distinta, completamente separada. Está claro que sólo ocasionalmente los usaba, y que, sin anteojos, era un hombre totalmente distinto. Volvió a sentirse feliz, en la medida que su naturaleza se lo consentía.

En ese tiempo tuvo que ir a V., a causa de ciertos negocios. V. era la ciudad natal de Amilcare Carruga, en la cual había transcurrido toda su juventud. Hacía diez años que la había dejado, y regresaba a ella muy de vez en cuando, en visitas pasajeras y esporádicas. Todo el mundo sabe lo que le sucede a cualquiera que se aleje de un ambiente en que haya vivido mucho tiempo; cómo al regresar a éste, después de largos intervalos de ausencia, se siente desarraigado y le parece que las aceras, los amigos, las charlas de café o lo son todo o pierden toda significación; se les frecuenta día tras día o no es posible ya entrar de nuevo en ese ambiente, y la idea de revisitarlo después de mucho tiempo provoca un cierto remordimiento. Así fue cómo Amilcare había desechado las ocasiones de volver a V., puesto que ocasiones no le habían faltado. En los últimos años, además de la actitud negativa hacia su ciudad natal y del estado de ánimo que lo aquejaba últimamente, era víctima de un sentimiento de desamor y desapego de todas las cosas, lo que identificaba con la progresión de su miopía. Ahora los lentes le proporcionaban un nuevo estado de ánimo y no desaprovecharía la oportunidad de regresar a V.

V. apareció entre sus ojos totalmente distinta a la de sus viajes anteriores. Pero no por los cambios sufridos: claro, la ciudad estaba muy cambiada, con nuevas construcciones por todas partes, tiendas, cafeterías y cines muy distintos a los de antes, una nueva juventud totalmente desconocida y el tráfico mucho mayor. No obstante, todas estas novedades no hacían más que acentuar y destacar lo viejo, permitiendo que Amilcare Carruga volviera a ver la ciudad con los mismos ojos de cuando era un muchacho, como si la hubiera dejado el día anterior. Con los lentes veía una infinidad de detalles insignificantes; por ejemplo, una cierta ventana, un barandal. Es decir, tenía conciencia de verlos, de escogerlos entre todos los demás, mientras que antes solamente los veía. Lo mismo ocurría con las caras: un voceador, un abogado, fulano, zutano y perengano, algunos de ellos avejentados. Amilcare Carruga ya no tenía parientes verdaderos en V.; el círculo de amigos íntimos se había dispersado. Sin embargo, contaba con una gran cantidad de conocidos, lo cual era muy natural en una ciudad tan pequeña —como lo había sido en los tiempos en que allí vivía—, en la cual todos se conocían, por lo menos de vista. La población había aumentado mucho, pues había llegado hasta allí —como en todos los centros privilegiados del Septentrión— una cierta inmigración de meridionales. La mayoría de las caras que veía Amilcare eran de desconocidos; pero precisamente por esto sentía la satisfacción de reconocer a la primera ojeada a los viejos habitantes, y recordaba anécdotas, relaciones, apodos.

V. era una de esas ciudades provincianas en la que no había desaparecido la costumbre de pasear de noche por la calle principal, cosa que no había cambiado desde los tiempos juveniles de Amilcare. Como sucede siempre en estos casos, una de las aceras estaba invadida por un flujo ininterrumpido de personas; la otra, menor. En sus tiempos, por una especie de anticonformismo, Amilcare y sus amigos paseaban siempre por la acera menos frecuentada, y desde allí dirigían miradas, saludos y piropos a las muchachas que caminaban por la acera opuesta. Ahora se sentía como entonces, incluso con una excitación mayor, así que comenzó a pasear por su vieja acera, viendo a toda la gente que pasaba. Ahora no le disgustaba hallar personas conocidas, sino que esto lo divertía sobremanera, y se apresuraba a saludarlas. Le hubiera gustado detenerse a saludarlas. le hubiera gustado detenerse para cruzar algunas palabras con alguien, pero la calle principal de V. estaba hecha de tal modo —con aquellas aceras tan estrechas, el apretujamiento de la gente que empujaba hacia delante y, para colmo, el considerable aumento del tráfico de vehículos—, que ya no era posible caminar un poco por el arroyo de la calle y atravesar por donde se quería. En fin, el paseo se llevaba a cabo con demasiada prisa o con demasiada lentitud, sin libertad de movimientos. Amilcare debía seguir la corriente o remontarla con trabajo y cuando divisaba una cara conocida apenas si tenía tiempo de dirigir un rápido saludo antes de que ésta desapareciera, y se quedaba con la duda de haber sido visto o no.

Vio venir a su encuentro a Corrado Strazza, su condiscípulo y compañero de billar durante muchos años. Amilcare le sonrió y fue a su encuentro agitando la mano. Corrado Strazza seguía caminando, viéndolo, pero con una mirada que parecía traspasarlo, como si Amilcare fuera transparente, y pasó a su lado sin detenerse. ¿Quizá no lo había reconocido? Había pasado algún tiempo, es cierto, pero Amilcare Carruga estaba seguro de no haber cambiado mucho; se había librado de la pinguosidad y de la calvicie hasta entonces, y su fisonomía no presentaba grandes alteraciones. Vio al profesor Cavanna. Amilcare le dirigió un saludo deferente, haciendo una ligera inclinación. En un principio, el profesor bosquejó una especie de saludo, instintivamente, luego se detuvo y miró a su alrededor, como si buscara a otra persona. ¡El mismo profesor Cavanna, famoso fisonomista que era capaz de recordar nombres, caras y calificaciones trimestrales de todos los alumnos que había tenido durante su larga carrera! Finalmente, saludó a Ciccio Corba, el entrenador del equipo de balompié, quien respondió al saludo; sin embargo, éste miró inmediatamente hacia otro lado y se puso a silbar con nerviosismo, como dándose cuenta de haber interceptado el saludo de un desconocido, dirigido a sabe Dios quién.

Amilcare comprendió que nadie lo reconocería. Aquellos lentes, que le hacían visible el resto del mundo, aquellos lentes con la enorme montadura negra, lo convertían en algo invisible. ¿Quién habría pensado que tras esa especie de máscara estaba Amilcare Carruga, ausente de V. desde hacía muchos años, al que nadie pensaba encontrar de un momento a otro? Acababa de formular mentalmente estas conclusiones cuando apareció Isa María Bietti. Era una amiga, con la cual solía pasear y ver escaparates. Amilcare se paró frente a ella, con la intención de decirle: “¡Isa María”, pero las palabras se le anudaron en la garganta.

Isa María lo apartó, levantando un codo, diciéndole a la amiga:

—¡Mira cómo se comportan ahora!

Y siguió caminando.

Ni siquiera Isa María lo había reconocido. Comprendió de improviso que sólo por Isa María Bietti había regresado, que por causa de ella se había alejado de V., que por la misma razón había vivido varios años lejos; que todo, todo lo significaba ella en su vida, y que ahora, finalmente, la había visto de nuevo, pero ella no lo reconoció. Tanta era su emoción, que no reparó en si estaba muy cambiada, gorda, avejentada; si era tan atractiva como antes. Sólo pudo ver que se trataba de Isa María Bietti y que ésta no lo reconoció.

Había llegado al término de la calle del paseo. En la nevería de la esquina la gente daba vuelta y volvía sobre sus pasos por la misma acera. Amilcare Carruga hizo lo mismo. Se quitó los lentes. El mundo volvió a ser una nube insípida, y él caminaba entre toda aquella gente parpadeando de continuo, como extraviado. No es que fuera incapaz de reconocer a alguien, pues en los puntos mejor iluminados siempre estaba a punto de reconocer alguna cara, pero seguía existiendo un margen de duda en la supuesta identificación, lo cual, a fin de cuentas, le importaba muy poco. Alguien saludó; posiblemente lo saludaban a él, pero no vio bien quién era. Luego lo saludaron dos tipos, pasando; quiso contestar al saludo, pero no tenía idea de quiénes eran. Un hombre le gritó desde la otra acera:

—¡Chao, Carrú!

Por la voz, podía ser un tal Stelvi. Con satisfacción, Amilcare vio que lo reconocían, que se acordaban de él. Una satisfacción relativa, porque ni siquiera los veía o no lograba reconocerlos; eran personas que se le confundían en la memoria, personas que, en el fondo, le eran más bien indiferentes: “¡Buenas noches!”, decía, cuando descubría que alguien lo saludaba con un movimiento de mano o una inclinación de cabeza. El que acababa de saludarlo debía ser Bellintusi, Carreti o tal vez Strazza. De ser Strazza, le hubiera gustado detenerse a hablar un poco con él. Pero ya había respondido a su saludo con prisa y, pensándolo bien, era natural que sus relaciones fueran solamente así, consistentes en convencionales y presurosos saludos.

Sus miradas ahora no tenían más que un solo objetivo: reencontrar a Isa María Bietti. Podía localizarla a lo lejos, pues llevaba un abrigo rojo. Durante un trecho Amilcare siguió un abrigo rojo; al pasar a un lado, vio que no era ella. Mientras tanto, había visto pasar dos mujeres con abrigo rojo, en sentido contrario. Ese año estaban de moda los abrigos rojos en media estación. Poco antes, por ejemplo, había visto a Gigina la tabaquera con un abrigo semejante. Lo saludaba ahora una mujer de abrigo rojo, pero Amilcare respondió con frialdad, porque seguramente se trataba de la tabaquera. Luego lo asaltó la duda de que no se tratara de Gigina, ¡sino de Isa María Bietti! ¿Cómo era posible confundir a Isa María con Gigina? Amilcare volvió sobre sus pasos para verificarlo. Encontró a Gigina, era ella, sin duda. Pero ésta venía en dirección contraria a la de él, imposible que hubiera dado la vuelta tan pronto, ¿o por algún motivo no había caminado todo el trecho y había vuelto sobre sus pasos? Si Isa María lo había saludado y él había respondido al saludo con tanta frialdad, todo ese viaje, toda esa espera, todos los años transcurridos eran inútiles. Amilcare iba y venía por aquellas aceras, quitándose y poniéndose los lentes, saludando a todos y recibiendo saludos de nebulosos y anónimos fantasmas.

En uno de los extremos del paseo la calle se prolongaba aún y se llegaba pronto a las afueras de la ciudad. Había una hilera de árboles, una zanja paralela a ésos y el campo. En sus tiempos, solían allí pasear del brazo de la novia al caer la noche; quien no la tenía, llegaba y se sentaba en una banca para oír el canto de los grillos. Amilcare Carruga prosiguió por esa calle; la ciudad se extendía ahora un poco más allá, pero no tanto. Seguían allí las bancas, la zanja y los grillos, como antes. Se sentó. De todo aquel paisaje la noche dejaba solamente en pie unas grandes franjas de sombra. Allí daba lo mismo ponerse o quitarse los lentes. Amilcare Carruga sabía que la exaltación originada por los lentes nuevos era tal vez la última de su vida, una exaltación acabada.

MARIANELA (de Benito Pérez Galdós)

MARIANELA
(Benito Pérez Galdós)

– CAPÍTULO I –
Perdido

Se puso el sol. Tras el breve crepúsculo vino tranquila y oscura la noche, en cuyo negro seno murieron poco a poco los últimos rumores de la tierra soñolienta, y el viajero siguió adelante en su camino, apresurando su paso a medida que avanzaba la noche. Iba por angosta vereda, de esas que sobre el césped traza el constante pisar de hombres y brutos, y subía sin cansancio por un cerro en cuyas vertientes se alzaban pintorescos grupos de guinderos, hayas y robles. (Ya se ve que estamos en el Norte de España.)
Era un hombre de mediana edad, de complexión recia, buena talla, ancho de espaldas, resuelto de ademanes, firme de andadura, basto de facciones, de mirar osado y vivo, ligero a pesar de su regular obesidad, y (dígase de una vez aunque sea prematuro) excelente persona por doquiera que se le mirara. Vestía el traje propio de los señores acomodados que viajan en verano, con el redondo sombrerete, que debe a su fealdad el nombre de hongo, gemelos de campo pendientes de una correa, y grueso bastón que, entre paso y paso, le servía para apalear las zarzas cuando extendían sus ramas llenas de afiladas uñas para atraparle la ropa.
Detúvose, y mirando a todo el círculo del horizonte, parecía impaciente y desasosegado. Sin duda no tenía gran confianza en la exactitud de su itinerario y aguardaba el paso de algún aldeano que le diese buenos informes topográficos para llegar pronto y derechamente a su destino.
-No puedo equivocarme -murmuró-. Me dijeron que atravesara el río por la pasadera… así lo hice. Después que marchara adelante, siempre adelante. En efecto, allá, detrás de mí queda esa apreciable villa, a quien yo llamaría Villafangosa por el buen surtido de lodos que hay en sus calles y caminos… De modo que por aquí, adelante, siempre adelante… (me gusta esta frase, y si yo tuviera escudo no le pondría otra divisa) he de llegar a las famosas minas de Socartes.
Después de andar largo trecho, añadió:
-Me he perdido, no hay duda de que me he perdido… Aquí tienes, Teodoro Golfín, el resultado de tu adelante, siempre adelante. Estos palurdos no conocen el valor de las palabras. O han querido burlarse de ti, o ellos mismos ignoran dónde están las minas de Socartes. Un gran establecimiento minero ha de anunciarse con edificios, chimeneas, ruido de arrastres, resoplido de hornos, relincho de caballos, trepidación de máquinas, y yo no veo, ni huelo, ni oigo nada… Parece que estoy en un desierto… ¡qué soledad! Si yo creyera en brujas, pensaría que mi destino me proporcionaba esta noche el honor de ser presentado a ellas… ¡Demonio!, ¿pero no hay gente en estos lugares?… Aún falta media hora para la salida de la luna. ¡Ah!, bribona, tú tienes la culpa de mi extravío… Si al menos pudiera conocer el sitio donde me encuentro… ¿Pero qué más da? (Al decir esto, hizo un gesto propio del hombre esforzado que desprecia los peligros). Golfín, tú que has dado la vuelta al mundo, ¿te acobardarás ahora?… ¡Ah!, los aldeanos tenían razón: adelante, siempre adelante. La ley universal de la locomoción no puede fallar en este momento.
Y puesta denodadamente en ejecución aquella osada ley, recorrió un kilómetro, siguiendo a capricho las veredas que le salían al paso y se cruzaban y se quebraban en ángulos mil, cual si quisiesen engañarle y confundirle más. Por grande que fuera su resolución e intrepidez, al fin tuvo que pararse. Las veredas, que al principio subían, luego empezaron a bajar, enlazándose; y al fin bajaron tanto, que nuestro viajero hallose en un talud, por el cual sólo habría podido descender echándose a rodar.
-¡Bonita situación! -exclamó sonriendo y buscando en su buen humor lenitivo a la enojosa contrariedad-. ¿En dónde estás, querido Golfín? Esto parece un abismo. ¿Ves algo allá abajo? Nada, absolutamente nada… pero el césped ha desaparecido, el terreno está removido. Todo es aquí pedruscos y tierra sin vegetación, teñida por el óxido de hierro… Sin duda estoy en las minas… pero ni alma viviente, ni chimeneas humeantes, ni ruido, ni un tren que murmure a lo lejos, ni siquiera un perro que ladre… ¿Qué haré?, hay por aquí una vereda que vuelve a subir. ¿Seguirela? ¿Desandaré lo andado?… ¡Retroceder! ¡Qué absurdo! O yo dejo de ser quien soy, o llegaré esta noche a las famosas minas de Socartes y abrazaré a mi querido hermano. Adelante, siempre adelante.
Dio un paso y hundiose en la frágil tierra movediza.
-¿Esas tenemos, señor planeta?… ¿Con que quiere usted tragarme?… Si ese holgazán satélite quisiera alumbrar un poco, ya nos veríamos las caras usted y yo… Y a fe que por aquí abajo no hemos de ir a ningún paraíso. Parece esto el cráter de un volcán apagado… Hay que andar suavemente por tan delicioso precipicio. ¿Qué es esto? ¡Ah! Una piedra; magnífico asiento para echar un cigarro, esperando a que salga la luna.
El discreto Golfín se sentó tranquilamente como podría haberlo hecho en el banco de un paseo; y ya se disponía a fumar, cuando sintió una voz… sí, indudablemente era una voz humana que lejos sonaba, un quejido patético, mejor dicho, melancólico canto, formado de una sola frase, cuya última cadencia se prolongaba apianándose en la forma que los músicos llamaban morendo, y que se apagaba al fin en el plácido silencio de la noche, sin que el oído pudiera apreciar su vibración postrera.
-Vamos -dijo el viajero lleno de gozo-, humanidad tenemos. Ese es el canto de una muchacha; sí, es voz de mujer, y voz preciosísima. Me gusta la música popular de este país… Ahora calla… Oigamos, que pronto ha de volver a empezar… Ya, ya suena otra vez. ¡Qué voz tan bella, qué melodía tan conmovedora! Creeríase que sale de las profundidades de la tierra y que el señor de Golfín, el hombre más serio y menos supersticioso del mundo, va a andar en tratos ahora con los silfos, ondinas, gnomos, hadas y toda la chusma emparentada con la loca de la casa… Pero, si no me engaña el oído, la voz se aleja… La graciosa cantora se va… ¡Eh! Muchacha, aguarda, detén el paso.
La voz, que durante breve rato había regalado con encantadora música el oído del hombre extraviado, se iba perdiendo en la inmensidad tenebrosa, y a los gritos de Golfín, el canto extinguiose por completo. Sin duda la misteriosa entidad gnómica, que entretenía su soledad subterránea cantando tristes amores, se había asustado de la brusca interrupción del hombre, huyendo a las más hondas entrañas de la tierra, donde moran, avaras de sus propios fulgores, las piedras preciosas.
-Esta es una situación divina -murmuró Golfín, considerando que no podía hacer mejor cosa que dar lumbre a su cigarro-. No hay mal que cien años dure. Aguardemos fumando. Me he lucido con querer venir solo y a pie a las minas de Socartes. Mi equipaje habrá llegado primero, lo que prueba de un modo irrebatible las ventajas del adelante, siempre adelante.»
Moviose entonces ligero vientecillo, y Teodoro creyó sentir pasos lejanos en el fondo de aquel desconocido o supuesto abismo que ante sí tenía. Puso atención y no tardó en adquirir la certeza de que alguien andaba por allí. Levantándose, gritó:
-Muchacha, hombre, o quien quiera que seas, ¿se puede ir por aquí a las minas de Socartes?
No había concluido, cuando oyose el violento ladrar de un perro, y después una voz de hombre, que dijo:
-Choto, Choto, ven aquí.
-¡Eh! -gritó el viajero-. Buen amigo, muchacho de todos los demonios, o lo que quiera que seas, sujeta pronto ese perro, que yo soy hombre de paz!
-¡Choto, Choto!
Golfín vio que se le acercaba un perro negro y grande; mas el animal, después de gruñir junto a él, retrocedió llamado por su amo. En tal punto y momento, el viajero pudo distinguir una figura, un hombre, que inmóvil y sin expresión, cual muñeco de piedra, estaba en pie a distancia como de diez varas más abajo de él, en una vereda trasversal que aparecía irregularmente trazada por todo lo largo del talud. Este sendero y la humana figura detenida en él llamaron vivamente la atención de Golfín, que dirigiendo gozosa mirada al cielo, exclamó:
-¡Gracias a Dios!, al fin salió esa loca. Ya podemos saber dónde estamos. No sospechaba yo que tan cerca de mí existiera esta senda… Pero si es un camino… ¡Hola!, amiguito, ¿puede usted decirme si estoy en las minas de Socartes?
-Sí, señor, estas son las minas de Socartes, aunque estamos un poco lejos del establecimiento.
La voz que esto decía era juvenil y agradable, y resonaba con las simpáticas inflexiones que indican una disposición a prestar servicios con buena voluntad y cortesía. Mucho gustó al doctor oírla, y más aún observar la dulce claridad que, difundiéndose por los espacios antes oscuros, hacía revivir cielo y tierra, cual si se los sacara de la nada.
-Fiat lux -dijo descendiendo-. Me parece que acabo de salir del caos primitivo. Ya estamos en la realidad… Bien, amiguito, doy a usted gracias por las noticias que me ha dado y las que aún ha de darme… Salí de Villamojada al ponerse el sol. Dijéronme que adelante, siempre adelante…
-¿Va usted al establecimiento? -preguntó el misterioso joven, permaneciendo inmóvil y rígido, sin mirar al doctor, que ya estaba cerca.
-Sí, señor; pero sin duda equivoqué el camino.
-Esta no es la entrada de las minas. La entrada es por la pasadera de Rabagones, donde está el camino y el ferro-carril en construcción. Por allá hubiera usted llegado en diez minutos al establecimiento. Por aquí tardaremos más, porque hay bastante distancia y muy mal camino. Estamos en la última zona de explotación, y hemos de atravesar algunas galerías y túneles, bajar escaleras, pasar trincheras, remontar taludes, descender el plano inclinado; en fin, recorrer todas las minas de Socartes desde un extremo, que es este, hasta el otro extremo, donde están los talleres, los hornos, las máquinas, el laboratorio y las oficinas.
-Pues a fe mía que ha sido floja mi equivocación -dijo Golfín riendo.
-Yo le guiaré a usted con mucho gusto, porque conozco estos sitios perfectamente.
Golfín, hundiendo los pies en la tierra, resbalando aquí y bailoteando más allá, tocó al fin el benéfico suelo de la vereda, y su primera acción fue examinar al bondadoso joven. Breve rato estuvo el doctor dominado por la sorpresa.
-Usted… -murmuró.
-Soy ciego, sí, señor -añadió el joven-; pero sin vista sé recorrer de un cabo a otro las minas de Socartes. El palo que uso me impide tropezar, y Choto me acompaña, cuando no lo hace la Nela, que es mi lazarillo. Con que sígame usted y déjese llevar.

– CAPÍTULO II –
Guiado

-¿Ciego de nacimiento? -dijo Golfín con vivo interés que no era sólo inspirado por la compasión.
-Sí, señor, de nacimiento -repuso el ciego con naturalidad. No conozco el mundo más que por el pensamiento, el tacto y el oído. He podido comprender que la parte más maravillosa del universo es esa que me está vedada. Yo sé que los ojos de los demás no son como estos míos, sino que por sí conocen las cosas; pero este don me parece tan extraordinario, que ni siquiera comprendo la posibilidad de poseerlo.
-Quién sabe… -manifestó Teodoro- ¿pero qué es esto que veo, amigo mío, qué sorprendente espectáculo es este?
El viajero, que había andado algunos pasos junto a su guía, se detuvo asombrado de la fantástica perspectiva que se ofrecía ante sus ojos. Hallábase en un lugar hondo, semejante al cráter de un volcán, de suelo irregular, de paredes más irregulares aún. En los bordes y en el centro de la enorme caldera, cuya magnitud era aumentada por el engañoso claro-oscuro de la noche, se elevaban figuras colosales, hombres disformes, monstruos volcados y patas arriba, brazos inmensos desperezándose, pies truncados, desparramadas figuras semejantes a las que forma el caprichoso andar de las nubes en el cielo; pero quietas, inmobles, endurecidas. Era su color el de las momias, un color terroso tirando a rojo; su actitud la del movimiento febril sorprendido y atajado por la muerte. Parecía la petrificación de una orgía de gigantescos demonios; y sus manotadas, los burlones movimientos de sus desproporcionadas cabezas habían quedado fijos como las inalterables actitudes de la escultura. El silencio que llenaba el ámbito del supuesto cráter era un silencio que daba miedo. Creeríase que mil voces y aullidos habían quedado también hechos piedra, y piedra eran desde siglos de siglos.
-¿En dónde estamos, buen amigo? -dijo Golfín-. Esto es una pesadilla.
-Esta zona de la mina se llama la Terrible -repuso el ciego indiferente al estupor de su compañero de camino-. Ha estado en explotación hasta que hace dos años se agotó el mineral de calamina. Hoy los trabajos se hacen en otras zonas que hay más arriba. Lo que a usted le maravilla son los bloques de piedra que llaman cretácea y de arcilla ferruginosa endurecida que han quedado después de sacado el mineral. Dicen que esto presenta un golpe de vista sublime, sobre todo a la luz de la luna. Yo de nada de eso entiendo.
-Espectáculo asombroso, sí -dijo el forastero deteniéndose en contemplarlo-, pero que a mí antes me causa espanto que placer, porque lo asocio al recuerdo de mis neuralgias. ¿Sabe usted lo que me parece? Me parece que estoy viajando por el interior de un cerebro atacado de violentísima jaqueca. Estas figuras son como las formas perceptibles que afecta el dolor cefalálgico, confundiéndose con los terroríficos bultos y sombrajos que engendra la fiebre.
-¡Choto, Choto, aquí! -dijo el ciego-. Caballero, mucho cuidado ahora, que vamos a entrar en una galería.
En efecto, Golfín vio que el ciego, tocando el suelo con su palo, se dirigía hacia una puertecilla estrecha, cuyo marco eran tres gruesas vigas.
El perro entró primero olfateando la negra cavidad. Siguole el ciego con la impavidez de quien vive en perpetuas tinieblas. Teodoro fue detrás, no sin experimentar cierta repugnancia instintiva hacia la importuna excursión bajo la tierra.
-Es pasmoso -dijo- que usted entre y salga por aquí sin tropiezo.
-Me he criado en estos sitios y los conozco como mi propia casa. Aquí se siente frío; abríguese usted si tiene con qué. No tardaremos mucho en salir.
Iba palpando con su mano derecha la pared, formada de vigas perpendiculares. Después dijo:
-Cuide usted de no tropezar en los carriles que hay en el suelo. Por aquí se arrastra el mineral de las pertenencias de arriba. ¿Tiene usted frío?
-Diga usted, buen amigo -interrogó el doctor festivamente-. ¿Está usted seguro de que no nos ha tragado la tierra? Este pasadizo es un esófago. Somos pobres bichos que hemos caído en el estómago de un gran insectívoro. ¿Y usted, joven, se pasea mucho por estas amenidades?
-Mucho paseo por aquí a todas horas, y me agrada extraordinariamente. Ya hemos entrado en la parte más seca. Esto es arena pura… Ahora vuelve la piedra… Aquí hay filtraciones de agua sulfurosa; por aquí una capa de tierra, en que se encuentran conchitas de piedra… También hay capas de pizarra: esto llaman esquistos… ¿Oye usted cómo canta el sapo? Ya estamos cerca de la boca. Allí se pone ese holgazán todas las noches. Le conozco; tiene una voz ronca y pausada.
-¿Quién, el sapo?
-Sí, señor. Ya nos acercamos al fin.
-En efecto; allá veo como un ojo que nos mira. Es la claridad de la boca.
Cuando salieron, el primer accidente que hirió los sentidos del doctor, fue el canto melancólico que había oído antes. Oyolo también el ciego; volviose bruscamente y dijo sonriendo con placer y orgullo:
-¿La oye usted?
-Antes oí esa voz y me agradó sobremanera. ¿Quién es la que canta?…
En vez de contestar, el ciego se detuvo, y dando al viento la voz con toda la fuerza de sus pulmones, gritó:
-¡Nela!… ¡Nela!
Ecos sonorosos, próximos los unos, lejanos otros, repitieron aquel nombre.
El ciego, poniéndose las manos en la boca en forma de bocina, gritó:
-No vengas, que voy allá. ¡Espérame en la herrería… en la herrería!
Después, volviéndose al doctor, le dijo:
-La Nela es una muchacha que me acompaña; es mi lazarillo. Al anochecer volvíamos juntos del prado grande… hacía un poco de fresco. Como mi padre me ha prohibido que ande de noche sin abrigo, metime en la cabaña de Romolinos, y la Nela corrió a mi casa a buscarme el gabán. Al poco rato de estar en la cabaña, acordeme de que un amigo había quedado en esperarme en casa; no tuve paciencia para aguardar a la Nela, y salí con Choto. Pasaba por la Terrible, cuando le encontré a usted… Pronto llegaremos a la herrería. Allí nos separaremos, porque mi padre se enoja cuando entro tarde en casa, y ella le acompañará a usted hasta las oficinas.
-Muchas gracias, amigo mío.
El túnel les había conducido a un segundo espacio más singular que el anterior. Era una profunda grieta abierta en el terreno, a semejanza de las que resultan de un cataclismo; pero no había sido abierta por las palpitaciones fogosas del planeta, sino por el laborioso azadón del minero. Parecía el interior de un gran buque náufrago, tendido sobre la playa, y a quien las olas hubieran quebrado por la mitad, doblándole en un ángulo obtuso. Hasta se podían ver sus descarnados costillajes, cuyas puntas coronaban en desigual fila una de las alturas. En la concavidad panzuda distinguíanse grandes piedras, como restos de carga maltratados por las olas; y era tal la fuerza pictórica del claro-oscuro de la luna, que Golfín creyó ver, entre mil despojos de cosas náuticas, cadáveres medio devorados por los peces, momias, esqueletos, todo muerto, dormido, semi-descompuesto y profundamente tranquilo, cual si por mucho tiempo morara en la inmensa sepultura del mar.
La ilusión fue completa cuando sintió rumor de agua, un chasquido semejante al de las olas mansas cuando juegan en los huecos de una peña o azotan el esqueleto de un buque náufrago.
-Por aquí hay agua -dijo a su compañero.
-Ese ruido que usted siente -replicó el ciego deteniéndose- y que parece… ¿cómo lo diré? ¿no es verdad que parece ruido de gárgaras, como el que hacemos cuando nos curamos la garganta?
-Exactamente. ¿Y dónde está ese buche de agua? ¿Es algún arroyo que pasa?
-No, señor. Aquí, a la izquierda, hay una loma. Detrás de ella se abre una gran boca, una sima, un abismo cuyo fin no se sabe. Se llama la Trascava. Algunos creen que va a dar al mar por junto a Ficóbriga. Otros dicen que por el fondo de él corre un río que está siempre dando vueltas y más vueltas, como una rueda, sin salir nunca fuera. Yo me figuro que será como un molino. Algunos dicen que hay allá abajo un resoplido de aire que sale de las entrañas de la tierra, como cuando silbamos, el cual resoplido de aire choca contra un chorro de agua, se ponen a reñir, se engrescan, se enfurecen y producen ese hervidero que oímos de fuera.
-¿Y nadie ha bajado a esa sima?
-No se puede bajar sino de una manera.
-¿Cómo?
-Arrojándose a ella. Los que han entrado no han vuelto a salir, y es lástima, porque nos hubieran dicho qué pasaba allá dentro. La boca de esa caverna hállase a bastante distancia de nosotros; pero hace dos años los mineros, cavando en este sitio, descubrieron una hendidura en la peña, por la cual se oye el mismo hervor de agua que por la boca principal. Esta hendidura debe comunicar con las galerías de allá dentro, donde está el resoplido que sube y el chorro que baja. De día podrá usted verla perfectamente, pues basta trepar un poco por las piedras del lado izquierdo, para llegar hasta ella. Hay un cómodo asiento. Algunas personas tienen miedo de acercarse; pero la Nela y yo nos sentamos allí muy a menudo a oír cómo resuena la voz del abismo. Y efectivamente, señor, parece que nos hablan al oído. La Nela dice y jura que oye palabras, que las distingue claramente. Yo, la verdad, nunca he oído palabras; pero sí un murmullo como soliloquio o meditación, que a veces parece triste, a veces alegre, a veces colérico, a veces burlón.
-Pues yo no oigo sino ruido de gárgaras -dijo el doctor riendo.
-Así parece desde aquí… Pero no nos retardemos, que es tarde. Prepárese usted a pasar otra galería.
-¿Otra?
-Sí, señor. Y ésta, al llegar a la mitad se divide en dos. Hay después un laberinto de vueltas y revueltas, porque se hicieron galerías que después quedaron abandonadas, y aquello está como Dios quiere. Choto, adelante.
Choto se metió por un agujero, como hurón que persigue al conejo, y siguiéronle el doctor y su guía, que tentaba con su palo el tortuoso, estrecho y lóbrego camino. Nunca el sentido del tacto había tenido más delicadeza y finura, prolongándose desde la epidermis humana hasta un pedazo de madera insensible. Avanzaron, describiendo primero una curva, después ángulos y más ángulos, siempre entre las dos paredes de tablones húmedos y medio podridos.
-¿Sabe usted a lo que me parece esto? -dijo el doctor, conociendo que los símiles agradaban a su guía-. Pues se me parece a los pensamientos del hombre perverso. Parece que somos la intuición del malo, cuando penetra en su conciencia para verse en toda su fealdad.
Creyó Golfín que se había expresado en lenguaje poco inteligible para el ciego; mas éste probole lo contrario, diciendo:
-Para el que posee ese reino desconocido de la luz, estas galerías deben de ser tristes; pero yo, que vivo en tinieblas, hallo aquí cierta conformidad de la tierra con mi propio ser. Yo ando por aquí como usted por la calle más ancha. Si no fuera porque unas veces es escaso el aire y otras la humedad excesiva, preferiría estos lugares subterráneos a todos los demás lugares que conozco.
-Esto es la idea de la meditación.
-Yo siento en mi cerebro un paso, un agujero lo mismo que este por donde voy, y por él corren mis ideas desarrollándose magníficamente.
-¡Oh! ¡cuán lamentable cosa es no haber visto nunca la bóveda azul del cielo en pleno día! -exclamó el doctor con espontaneidad suma-. Dígame usted, ¿este conducto donde las ideas de usted se desarrollan magníficamente, no se acaba nunca?
-Ya, ya pronto estaremos fuera… ¿Dice usted que la bóveda del cielo…? ¡Ah! Ya me figuro que será una concavidad armoniosa, a la cual parece que podremos alcanzar con las manos, sin poder hacerlo realmente.
Al decir esto, salieron; Golfín, respirando con placer y fuerza, como el que acaba de soltar un gran peso, exclamó mirando al cielo:
-Gracias a Dios que os vuelvo a ver, estrellitas del firmamento. Nunca me habéis parecido más lindas que en este instante.
-Al pasar -dijo el ciego, alargando su mano que mostraba una piedra- he cogido este pedazo de caliza cristalizada; ¿sostendrá usted que estos cristalitos que mi tacto halla tan bien cortados, tan finos, y tan bien pegados los unos a los otros no son una cosa muy bella? Al menos a mí me lo parece.
Diciéndolo, desmenuzaba los cristales.
-Amigo querido -dijo Golfín con emoción y lástima- es verdaderamente triste que usted no pueda conocer que ese pedruzco no merece la atención del hombre, mientras esté suspendido sobre nuestras cabezas el infinito rebaño de maravillosas luces que llenan la bóveda del cielo.
El ciego volvió su rostro hacia arriba, y dijo con profunda tristeza:
-¿Es verdad que existís, estrellas?
-Dios es inmensamente grande y misericordioso -observó Golfín, poniendo su mano sobre el hombro de su acompañante-. Quién sabe, quién sabe, amigo mío… Se han visto, se ven todos los días casos muy raros.
Mientras esto decía, le miraba de cerca, tratando de examinar a la escasa claridad de la noche las pupilas del joven. Fijo y sin mirada, el ciego volvía sonriendo su rostro hacia donde sonaba la voz del doctor.
-No tengo esperanza -murmuró.
Habían salido a un sitio despejado. La luna, más clara a cada rato, iluminaba praderas ondulantes y largos taludes, que parecían las escarpas de inmensas fortificaciones. A la izquierda y a regular altura vio el doctor un grupo de blancas casas en el mismo borde de la vertiente.
-Aquí a la izquierda -dijo el ciego- está mi casa. Allá arriba… ¿sabe usted? Aquellas tres casas es lo que queda del lugar de Aldeacorba de Suso: lo demás ha sido expropiado en diversos años para beneficiar el terreno; todo aquí debajo es calamina. Nuestros padres vivían sobre miles de millones sin saberlo.
Esto decía, cuando se vino corriendo hacia ellos una muchacha, una niña, una chicuela, de ligerísimos pies y menguada estatura.
-Nela, Nela -dijo el ciego-. ¿Me traes el abrigo?
-Aquí está -repuso la muchacha poniéndole un capote sobre los hombros.
-¿Ésta es la que cantaba?… ¿Sabes que tienes una preciosa voz?
-¡Oh! -exclamó el ciego con candoroso acento de encomio -canta admirablemente-. Ahora, Mariquilla, vas a acompañar a este caballero hasta las oficinas. Yo me quedo en casa. Ya siento la voz de mi padre que baja a buscarme. Me reñirá de seguro… ¡Allá voy, allá voy!
-Retírese usted pronto, amigo -dijo Golfín estrechándole la mano-. El aire es fresco y puede hacerle daño. Muchas gracias por la compañía. Espero que seremos amigos, porque estaré aquí algún tiempo… Yo soy hermano de Carlos Golfín, el ingeniero de estas minas.
-¡Ah!… ya… D. Carlos es muy amigo de mi padre y mío: le espera a usted desde ayer.
-Llegué esta tarde a la estación de Villamojada… dijéronme que Socartes estaba cerca y que podía venirme a pie. Como me gusta ver el paisaje y hacer ejercicio, y como me dijeron que adelante, siempre adelante, eché a andar, mandando mi equipaje en un carro. Ya ve usted cómo me perdí… pero no hay mal que por bien no venga… le he conocido a usted y seremos amigos, quizás muy amigos… Vaya, adiós; a casa pronto, que el fresco de Setiembre no es bueno. Esta señora Nela tendrá la bondad de acompañarme.
-De aquí a las oficinas no hay más que un cuarto de hora de camino… poca cosa… Cuidado no tropiece usted en los rails; cuidado al bajar el plano inclinado. Suelen dejar los vagonetes sobre la vía… y con la humedad, la tierra está como jabón… Adiós, caballero y amigo mío. Buenas noches.
Subió por una empinada escalera abierta en la tierra y cuyos peldaños estaban reforzados con vigas. Golfín siguió adelante, guiado por la Nela. Lo que hablaron ¿merecerá capítulo aparte? Por si acaso, se lo daremos.

– CAPÍTULO III –
Un diálogo que servirá de exposición

-Aguarda, hija, no vayas tan a prisa -dijo Golfín deteniéndose- déjame encender un cigarro.
Estaba tan serena la noche, que no necesitó emplear las precauciones que generalmente adoptan contra el viento los fumadores. Encendido el cigarro, acercó la cerilla al rostro de la Nela, diciendo con bondad:
-A ver, enséñame tu cara.
Mirábale la muchacha con asombro, y sus negros ojuelos brillaron con un punto rojizo, como chispa, en el breve instante que duró la luz del fósforo. Era como una niña, pues su estatura debía contarse entre las más pequeñas, correspondiendo a su talle delgadísimo y a su busto mezquinamente constituido. Era como una jovenzuela, pues sus ojos no tenían el mirar propio de la infancia, y su cara revelaba la madurez de un organismo en que ha entrado o debido entrar el juicio. A pesar de esta desconformidad, era admirablemente proporcionada, y su pequeña cabeza remataba con cierta gallardía el miserable cuerpecillo. Alguien decía que era una mujer mirada con vidrio de disminución; alguno que era una niña con ojos y expresión de adolescente. No conociéndola, se dudaba si era un asombroso progreso o un deplorable atraso.
-¿Qué edad tienes tú? -preguntole Golfín sacudiendo los dedos para arrojar el fósforo, que empezaba a quemarle.
-Dicen que tengo diez y seis años -replicó la Nela, examinando a su vez al doctor.
-¡Diez y seis años! Atrasadilla estás, hija. Tu cuerpo es de doce, a lo sumo.
-¡Madre de Dios! Si dicen que yo soy como un fenómeno -manifestó ella en tono de lástima de sí misma.
-¡Un fenómeno! -repitió Golfín poniendo su mano sobre los cabellos de la chica-. Podrá ser. Vamos, guíame.
La Nela comenzó a andar resueltamente sin adelantarse mucho, antes bien, cuidando de ir siempre al lado del viajero, como si apreciara en todo su valor la honra de tan noble compañía. Iba descalza: sus pies, ágiles y pequeños denotaban familiaridad consuetudinaria con el suelo, con las piedras, con los charcos, con los abrojos. Vestía una falda sencilla y no muy larga, denotando en su rudimentario atavío, así como en la libertad de sus cabellos sueltos y cortos, rizados con nativa elegancia, cierta independencia más propia del salvaje que del mendigo. Sus palabras, al contrario, sorprendieron a Golfín por lo recatadas y humildes, dando indicios de un carácter formal y reflexivo. Resonaba su voz con simpático acento de cortesía, que no podía ser hijo de la educación, y sus miradas eran fugaces y momentáneas, como no fueran dirigidas al suelo o al cielo.
-Dime -le preguntó Golfín- ¿tú vives en las minas? ¿Eres hija de algún empleado de esta posesión?
-Dicen que no tengo madre ni padre.
-¡Pobrecita! Tú trabajarás en las minas…
-No, señor. Yo no sirvo para nada -replicó sin alzar del suelo los ojos.
-Pues a fe que tienes modestia.
Teodoro se inclinó para mirarle el rostro. Este era delgado, muy pecoso, todo salpicado de menudas manchitas parduzcas. Tenía pequeña la frente, picudilla y no falta de gracia la nariz, negros y vividores los ojos; pero comúnmente brillaba en ellos una luz de tristeza. Su cabello dorado-oscuro había perdido el hermoso color nativo por la incuria y su continua exposición al aire, al sol y al polvo. Sus labios apenas se veían de puro chicos, y siempre estaban sonriendo; pero aquella sonrisa era semejante a la imperceptible de algunos muertos cuando han dejado de vivir pensando en el cielo. La boca de la Nela, estéticamente hablando, era desabrida, fea; pero quizás podía merecer elogios, aplicándole el verso de Polo de Medina: «es tan linda su boca que no pide». En efecto; ni hablando, ni mirando, ni sonriendo revelaba aquella miserable el hábito degradante de la mendicidad callejera.
Golfín le acarició el rostro con su mano, tomándolo por la barba y abarcándolo casi todo entre sus gruesos dedos.
-¡Pobrecita! -exclamó-. Dios no ha sido generoso contigo. ¿Con quién vives?
-Con el señor Centeno, capataz de ganado en las minas.
-Me parece que tú no habrás nacido en la abundancia. ¿De quién eres hija?
-Dicen que mi madre vendía pimientos en el mercado de Villamojada. Era soltera. Me tuvo un día de Difuntos, y después se fue a criar a Madrid.
-¡Vaya con la buena señora! -murmuró Teodoro con malicia-. Quizás no tenga nadie noticia de quién fue tu papá.
-Sí, señor -replicó la Nela con cierto orgullo-. Mi padre fue el primero que encendió las luces en Villamojada.
-¡Cáspita!
-Quiero decir que cuando el Ayuntamiento puso por primera vez faroles en las calles -dijo la muchacha, dando a su relato la gravedad de la historia-, mi padre era el encargado de encenderlos y limpiarlos. Yo estaba ya criada por una hermana de mi madre, que era también soltera, según dicen. Mi padre había reñido con ella… Dicen que vivían juntos… todos vivían juntos… y cuando iba a farolear me llevaba en el cesto, junto con los tubos de vidrio, las mechas, la aceitera… Un día dicen que subió a limpiar el farol que hay en el puente; puso el cesto sobre el antepecho, yo me salí fuera y caíme al río.
-¡Y te ahogaste!
-No, señor; porque caí sobre piedras. ¡Divina Madre de Dios! Dicen que antes de eso era yo muy bonita.
-Sí; indudablemente eras muy bonita -afirmó el forastero con el alma inundada de bondad-. Y todavía lo eres… Pero dime otra cosa. ¿Hace mucho tiempo que vives en las minas?
-Dicen que hace tres años. Dicen que mi madre me recogió después de la caída. Mi padre cayó enfermo, y como mi madre no le quiso asistir, porque era malo, él fue al hospital donde dicen que se murió. Entonces vino mi madre a trabajar a las minas. Dicen que un día la despidió el jefe porque había bebido mucho aguardiente…
-Y tu madre se fue… Vamos, ya me interesa esa señora. Se fue…
-Se fue a un agujero muy grande que hay allá arriba -dijo Nela, deteniéndose ante el doctor y dando a su voz el tono más patético- y se metió dentro.
-¡Canario! ¡Vaya un fin lamentable! Supongo que no habrá vuelto a salir.
-No, señor -replicó la Nela con naturalidad-. Allí dentro está.
-Después de esa catástrofe, pobre criatura -dijo Golfín con cariño-, has quedado trabajando aquí. Es un trabajo muy penoso el de la minería. Tú estás teñida del color del mineral; estás raquítica y mal alimentada. Esta vida destruye las naturalezas más robustas.
-No, señor, yo no trabajo. Dicen que yo no sirvo ni puedo servir para nada.
-Quita allá, tonta, tú eres una alhaja.
-Que no señor -dijo Nela insistiendo con energía-. Si no puedo trabajar. En cuanto cargo un peso pequeño, me caigo al suelo. Si me pongo a hacer alguna cosa difícil en seguida me desmayo.
-Todo sea por Dios… Vamos, que si cayeras tú en manos de personas que te supieran manejar, ya trabajarías bien.
-No, señor -repitió la Nela con tanto énfasis como si se elogiara-; si yo no sirvo más que de estorbo.
-¿De modo que eres una vagabunda?
-No, señor, porque acompaño a Pablo.
-¿Y quién es Pablo?
-Ese señorito ciego, a quien usted encontró en la Terrible. Yo soy su lazarillo desde hace año y medio. Le llevo a todas partes; nos vamos por esos campos paseando.
-Parece buen muchacho ese Pablo.
La Nela se detuvo otra vez mirando al doctor. Con el rostro resplandeciente de entusiasmo, exclamó:
-¡Madre de Dios! Es lo mejor que hay en el mundo. ¡Pobre amito mío! Sin vista tiene él más talento que todos los que ven.
-Me gusta tu amo. ¿Es de este país?
-Sí, señor, es hijo único de D. Francisco Penáguilas, un caballero muy bueno y muy rico que vive en las casas de Aldeacorba.
-Dime ¿y a ti por qué te llaman la Nela? ¿Qué quiere decir eso?
La muchacha alzó los hombros. Después de una pausa, repuso:
-Mi madre se llamaba la señá María Canela; pero le decían Nela. Dicen que este es nombre de perra. Yo me llamo María.
-Mariquita.
-María Nela me llaman y también La Hija de la Canela. Unos me dicen Marianela, y otros nada más que la Nela.
-¿Y tu amo, te quiere mucho?
-Sí, señor, es muy bueno. Él dice que ve con mis ojos, porque como le llevo a todas partes y le digo cómo son todas las cosas…
-Todas las cosas que no puede ver.
El forastero parecía muy gustoso de aquel coloquio.
-Sí, señor; yo le digo todo. Él me pregunta cómo es una estrella, y yo se la pinto de tal modo hablando, que para él es lo mismito que si la viera. Yo le explico todo, cómo son las yerbas, las nubes, el cielo, el agua y los relámpagos, las veletas, las mariposas, el humo, los caracoles, el cuerpo y la cara de las personas y de los animales. Yo le digo lo que es feo y lo que es bonito, y así se va enterando de todo.
-Veo que no es flojo tu trabajo. ¡Lo feo y lo bonito! Ahí es nada… ¿Te ocupas de eso?… Dime, ¿sabes leer?
-No, señor. Si yo no sirvo para nada.
Decía esto en el tono más convincente, y el gesto de que acompañaba su firme protesta parecía añadir: «Es usted un majadero en suponer que yo sirvo para algo.»
-¿No verías con gusto que tu amito recibía de Dios el don de la vista?
La muchacha no contestó nada. Después de una pausa, dijo:
-¡Divino Dios! Eso es imposible.
-Imposible no, aunque difícil.
-El ingeniero director de las minas ha dado esperanzas al padre de mi amo.
-¿D. Carlos Golfín?
-Sí, señor. D. Carlos tiene un hermano médico que cura los ojos, y, según dicen, da vista a los ciegos, arregla a los tuertos y les endereza los ojos a los bizcos.
-¡Qué hombre más hábil!
-Sí, señor; y como ahora el médico anunció a su hermano que iba a venir, su hermano le escribió diciéndole que trajera las herramientas para ver si le podía dar vista a Pablo.
-¿Y ha venido ya ese buen hombre?
-No, señor: como anda siempre allá por las Américas y las Inglaterras, parece que tardará en venir. Pero Pablo se ríe de esto y dice que no le dará ese hombre lo que la Virgen Santísima le negó desde el nacer.
-Quizás tenga razón… Pero dime, ¿estamos ya cerca?… porque veo chimeneas que arrojan un humo más negro que el del infierno, y veo también una claridad que parece de fragua.
-Sí, señor, ya llegamos. Aquellos son los hornos de la calcinación, que arden día y noche. Aquí enfrente están las máquinas de lavado, que no trabajan sino de día; a mano derecha está el taller de composturas y allá abajo, a lo último de todo, las oficinas.
En efecto; el lugar aparecía a los ojos de Golfín como lo describía Marianela. Esparciéndose el humo por falta de aire, envolvía en una como gasa oscura y sucia todos los edificios, cuyas masas negras señalábanse confusa y fantásticamente sobre el cielo iluminado por la luna.
-Más hermoso es esto para verlo una vez que para vivir aquí -indicó Golfín apresurando el paso-. La nube de humo lo envuelve todo, y las luces forman un disco borroso, como el de la luna en noches de bochorno. ¿En dónde están las oficinas?
-Allá: ya pronto llegamos.
Después de pasar por delante de los hornos, cuyo calor obligole a apretar el paso, el doctor vio un edificio tan negro y ahumado como todos los demás. Verlo y sentir los gratos sonidos de un piano teclado con verdadero frenesí musical, fue todo uno.
-Música tenemos. Conozco las manos de mi cuñada.
-Es la señorita Sofía, que toca -afirmó María.
Claridad de alegres habitaciones lucía en los huecos, y el balcón principal estaba abierto. Veíase en él una pequeña ascua: era la lumbre de un cigarro. Antes que el doctor llegase, aquella ascua cayó, describiendo una perpendicular y dividiéndose en menudas y saltonas chispas; era que el fumador había arrojado la colilla.
-Allí está el fumador sempiterno -gritó el doctor con acento del más vivo cariño-. ¡Carlos, Carlos!
-¡Teodoro! -contestó una voz en el balcón.
Calló el piano, como un ave cantora que se asusta del ruido. Sonaron pasos en la casa. El doctor dio una moneda de plata a su guía y corrió hacia la puerta.

– CAPÍTULO IV –
La familia de piedra

Menudeando el paso y saltando sobre los obstáculos que hallaba en su camino, la Nela se dirigió a la casa que está detrás de los talleres de maquinaria y junto a las cuadras donde rumiaban pausada y gravemente las sesenta mulas del establecimiento. Era la morada del señor Centeno de moderna construcción, si bien nada elegante ni aun cómoda. Baja de techo, pequeña para albergar en sus tres piezas a los esposos Centeno, a los cuatro hijos de los esposos Centeno, al gato de los esposos Centeno, y, por añadidura, a la Nela, la casa, no obstante, figuraba en los planos de vitela de aquel gran establecimiento ostentando orgullosa, como otras muchas, este letrero: Vivienda de capataces.
En lo interior el edificio servía para probar prácticamente un aforismo que ya conocemos, por haberlo visto enunciado por la misma Marianela; es, a saber, que ella, Marianela, no servía más que de estorbo. En efecto; allí había sitio para todo: para los esposos Centeno, para las herramientas de sus hijos, para mil cachivaches de cuya utilidad no hay pruebas inconcusas, para el gato, para el plato en que comía el gato, para la guitarra de Tanasio, para los materiales que el mismo empleaba en componer garrotes (cestas), para media docena de colleras viejas de mulas, para la jaula del mirlo, para los dos peroles inútiles, para un altar en que la de Centeno ponía a la Divinidad ofrenda de flores de trapo y unas velas seculares, colonizadas por las moscas; para todo absolutamente, menos para la hija de la Canela. Frecuentemente se oía:
-¡Que no he de dar un paso sin tropezar con esta condenada Nela!…
También se oía esto:
-Vete a tu rincón… ¡Qué criatura! Ni hace ni deja hacer a los demás.
La casa constaba de tres piezas y un desván. Era la primera, a más de comedor y sala, alcoba de los Centenos mayores. En la segunda dormían las dos señoritas, que eran ya mujeres, y se llamaban la Mariuca y la Pepina. Tanasio, el primogénito, se agasajaba en el desván, y Celipín, que era el más pequeño de la familia y frisaba en los doce años, tenía su dormitorio en la cocina, la pieza más interna, más remota, más crepuscular, más ahumada y más inhabitable de las tres que componían la morada Centenil.
La Nela, durante los largos años de su residencia allí, había ocupado distintos rincones, pasando de uno a otro conforme lo exigía la instalación de mil objetos que no servían sino para robar a los seres vivos su último pedazo de suelo habitable. En cierta ocasión (no conocemos la fecha con exactitud), Tanasio, que era tan imposibilitado de piernas como de ingenio, y se había dedicado a la construcción de cestas de avellano, puso en la cocina, formando pila, hasta media docena de aquellos ventrudos ejemplares de su industria. Entonces la de la Canela volvió tristemente sus ojos en derredor, sin hallar sitio donde albergarse; pero la misma contrariedad sugiriole repentina y felicísima idea, que al instante puso en ejecución. Metiose bonitamente en una cesta, y así pasó la noche en fácil y tranquilo sueño. Indudablemente aquello era bueno y cómodo: cuando tenía frío, tapábase con otra cesta. Desde entonces, siempre que había garrotes grandes, no careció de estuche en que encerrarse. Por eso decían en la casa: «Duerme como una alhaja».
Durante la comida, y entre la algazara de una conversación animada sobre el trabajo de la mañana, oíase una voz que bruscamente decía: «Toma». La Nela recogía una escudilla de manos de cualquier Centeno grande o chico, y se sentaba contra el arca a comer sosegadamente. También solía oírse al fin de la comida la voz áspera y becerril del señor Centeno diciendo a su esposa en tono de reconvención: «Mujer, que no has dado nada a la pobre Nela». A veces acontecía que la Señana (este nombre se había formado de señora Ana) moviera la cabeza para buscar con los ojos, por entre los cuerpos de sus hijos, algún objeto pequeño y lejano, y que al mismo tiempo dijera: «Pues qué, ¿estaba ahí? Yo pensé que también hoy se había quedado en Aldeacorba».
Por las noches, después de cenar, rezaban el rosario. Tambaleándose como sacerdotisas de Baco, y revolviendo sus apretados puños en el hueco de los ojos, la Mariuca y la Pepina se iban a sus lechos, que eran cómodos y confortantes, paramentados con abigarradas colchas. Poco después oíase un roncante dúo de contraltos aletargados que duraba sin interrupción hasta el amanecer.
Tanasio subía al alto aposento y Celipín se acurrucaba sobre haraposas mantas, no lejos de las cestas donde desaparecía la Nela.
Acomodados así los hijos, los padres permanecían un rato en la pieza principal, y mientras Centeno, sentándose estiradamente junto a la mesilla y tomando un periódico, hacía mil muecas y visajes que indicaban el atrevido intento de leerlo, la Señana sacaba del arca una media repleta de dinero, y después de contado y de añadir o quitar algunas piezas, lo volvía a poner cuidadosamente en su sitio. Sacaba después diferentes líos de papel que contenían monedas de oro, y trasegaba algunas piezas de uno en otro apartadijo. Entonces solían oírse frases sueltas como éstas:
-He tomado treinta y dos reales para el refajo de la Mariuca… A Tanasio le he puesto los seis reales que se le quitaron… Sólo nos faltan once duros para los quinientos…
O como estas:
-«Señores diputados que dijeron sí…» «Ayer celebró una conferencia», etc.
Los dedos de Señana sumaban, y el de Sinforoso Centeno seguía tembloroso y vacilante los renglones, para poder guiar su espíritu por aquel laberinto de letras.
Aquellas frases iban poco a poco resolviéndose en palabras sueltas, después en monosílabos; oíase un bostezo, otro, y al fin todo quedaba en plácido silencio, después de extinguida la luz, a cuyo resplandor había enriquecido sus conocimientos el capataz de mulas.
Una noche, después que todo calló, dejose oír ruido de cestas en la cocina. Como allí había alguna claridad, porque jamás se cerraba la madera del ventanillo, Cilipín Centeno, que no dormía aún, vio que las dos cestas más altas, colocadas una contra otra, se separaban abriéndose como las conchas de un bivalvo. Por el hueco aparecieron la narizilla y los negros ojos de la Nela.
-Celipín, Celipinillo -dijo esta, sacando también su mano-. ¿Estás dormido?
-No, despierto estoy. Nela, pareces una almeja. ¿Qué quieres?
-Toma, toma esta peseta que me dio esta noche un caballero, hermano de D. Carlos… ¿Cuánto has juntado ya?… Este sí que es regalo. Nunca te había dado más que cuartos.
-Dame acá; muchas gracias Nela -dijo el muchacho incorporándose para tomar la moneda-. Cuarto a cuarto, ya me has dado al pie de treinta y dos reales… Aquí lo tengo en el seno, muy bien guardadito en el saco que me diste. ¡Eres una real moza!
-Yo no quiero para nada el dinero. Guárdalo bien, porque si la Señana te lo descubre, creerá que es para vicios y te pegará con el palo grande.
-No, no es para vicios, no es para vicios -dijo el chico con energía, oprimiéndose el seno con una mano, mientras sostenía su cabeza en la otra- es para hacerme hombre de provecho, Nela, para hacerme hombre de pesquis, como muchos que conozco. El domingo, si me dejan ir a Villamojada, he de comprar una cartilla para aprender a leer, ya que aquí no quieren enseñarme. ¡Córcholis! Aprenderé solo. ¡Ay!, Nela, dicen que D. Carlos era hijo de uno que barría las calles en Madrid. Él solo, solito él, con la ayuda de Dios, aprendió todo lo que sabe.
-Puede que pienses tú hacer lo mismo, bobo.
-¡Córcholis! Puesto que mis padres no quieren sacarme de estas condenadas minas, yo me buscaré otro camino; sí, ya verás quién es Celipín. Yo no sirvo para esto, Nela. Deja tú que tenga reunida una buena cantidad, y verás, verás, cómo me planto en la villa y allí o tomo el tren para irme a Madrid, o un vapor que me lleve a las islas de allá lejos, o me meto a servir con tal que me dejen estudiar.
-¡Madre de Dios divino! ¡Qué calladas tenías esas picardías! -dijo la Nela abriendo más las conchas de su estuche y echando fuera toda la cabeza.
-¿Pero tú me tienes por bobo?… ¡Ay! Nelilla, estoy rabiando. Yo no puedo vivir así, yo me muero en las minas. ¡Córcholis! Paso las noches llorando, y me muerdo las manos, y… no te asustes, Nela, ni me creas malo por lo que voy a decirte: a ti sola te lo digo.
-¿Qué?
-Que no quiero a mi madre ni a mi padre como los debiera querer.
-Ea, pues si haces eso, no te vuelvo a dar un real. Celipín, por amor de Dios, piensa bien lo que dices.
-No lo puedo remediar. Ya ves cómo nos tienen aquí. ¡Córcholis! No somos gente, sino animales. A veces se me pone en la cabeza que somos menos que las mulas, y yo me pregunto si me diferencio en algo de un borrico… Coger una cesta llena de mineral y echarla en un vagón; empujar el vagón hasta los hornos; revolver con un palo el mineral que se está lavando. ¡Ay!… (al decir esto los sollozos cortaban la voz del infeliz muchacho). ¡Cór… córcholis!, el que pase muchos años en este trabajo, al fin se ha de volver malo, y sus sesos serán de calamina… No, Celipín no sirve para esto… Les digo a mis padres que me saquen de aquí y me pongan a estudiar, y responden que son pobres y que yo tengo mucha fantesía. Nada, nada, no somos más que bestias que ganamos un jornal… ¿Pero tú no me dices nada?
La Nela no respondió… Quizás comparaba la triste condición de su compañero con la suya propia, hallando esta infinitamente más aflictiva.
-¿Qué quieres tú que yo te diga? -replicó al fin-. Como yo no puedo ser nunca nada, como yo no soy persona, nada te puedo decir… Pero no pienses esas cosas malas, no pienses eso de tus padres.
-Tú lo dices por consolarme; pero bien ves que tengo razón… y me parece que estás llorando.
-Yo no.
-Sí; tú estás llorando.
-Cada uno tiene sus cositas que llorar -repuso María con voz sofocada-. Pero es muy tarde, Celipe, y es preciso dormir.
-Todavía no… ¡córcholis!
-Sí, hijito. Duérmete y no pienses en esas cosas malas. Buenas noches.
Cerráronse las conchas de almeja y todo quedó en silencio.
Se ha declamado mucho contra el positivismo de las ciudades, plaga que entre las galas y el esplendor de la cultura, corroe los cimientos morales de la sociedad; pero hay una plaga más terrible, y es el positivismo de las aldeas, que petrifica millones de seres, matando en ellos toda ambición noble y encerrándoles en el círculo de una existencia mecánica, brutal y tenebrosa. Hay en nuestras sociedades enemigos muy espantosos, a saber: la especulación, el agio, la metalización del hombre culto, el negocio; pero sobre éstos descuella un monstruo que a la callada destroza más que ninguno: es la codicia del aldeano. Para el aldeano codicioso no hay ley moral, ni religión, ni nociones claras del bien; todo esto se resuelve en su alma con supersticiones y cálculos groseros, formando un todo inexplicable. Bajo el hipócrita candor, se esconde una aritmética parda que supera en agudeza y perspicacia a cuanto idearon los matemáticos más expertos. Un aldeano que toma el gusto a los ochavos y sueña con trocarlos en plata para convertir después la plata en oro, es la bestia más innoble que puede imaginarse; porque tiene todas las malicias y sutilezas del hombre y una sequedad de sentimientos que espanta. Su alma se va condensando, hasta no ser más que un graduador de cantidades. La ignorancia, la rusticidad, la miseria en el vivir completan esta abominable pieza, quitándole todos los medios de disimular su descarnado interior. Contando por los dedos, es capaz de reducir a números todo el orden moral, la conciencia y el alma toda.
La Señana y el señor Centeno, que habían hallado al fin, después de mil angustias, su pedazo de pan en las minas de Socartes, reunían, con el trabajo de sus cuatro hijos un jornal que les habría parecido fortuna de príncipes en los tiempos en que andaban de feria en feria vendiendo pucheros. Debe decirse, tocante a las facultades intelectuales del señor Centeno, que su cabeza, en opinión de muchos, rivalizaba en dureza con el martillo-pilón montado en los talleres; no así tocante a las de Señana, que parecía mujer de muchísimo caletre y trastienda, y gobernaba toda la casa como gobernaría el más sabio príncipe sus Estados. Ella apandaba bonitamente el jornal de su marido y de sus hijos, que era una hermosa suma, y cada vez que había cobranza, parecíale que entraba por las puertas de su casa el mismo Jesús Sacramentado; tal era el gusto que la vista de las monedas le producía.
La Señana daba muy pocas comodidades a sus hijos en cambio de la hacienda que con las manos de ellos iba formando; pero como no se quejaban de la degradante miseria en que vivían; como no mostraban nunca pujos de emancipación ni anhelo de otra vida mejor y más digna de seres inteligentes, la Señana dejaba correr los días. Muchos pasaron antes que sus hijas durmieran en camas; muchísimos antes que cubrieran sus lozanas carnes con vestidos decentes. Dábales de comer sobria y metódicamente, haciéndose partidaria en esto de los preceptos higiénicos más en boga; pero la comida en su casa era triste, como un pienso dado a seres humanos.
En cuanto al pasto intelectual, la Señana creía firmemente que con la erudición de su esposo el señor Centeno, adquirida en copiosas lecturas, tenía bastante la familia para merecer el dictado de sapientísima, por lo cual no trató de atiborrar el espíritu de sus hijos con las rancias enseñanzas que se dan en la escuela. Si los mayores asistieron a ella, el más pequeño viose libre de maestros, y engolfado vivía durante doce horas diarias en el embrutecedor trabajo de las minas, con lo cual toda la familia navegaba ancha y holgadamente por el inmenso piélago de la estupidez.
Las dos hembras, Mariuca y Pepina no carecían de encantos, siendo los principales su juventud y su robustez. Una de ellas leía de corrido; la otra no, y en cuanto a conocimientos del mundo, fácilmente se comprende que no carecería de algunos rudimentos quien vivía entre risueño coro de ninfas de distintas edades y procedencias, ocupadas en un trabajo mecánico y con boca libre. Mariuca y Pepina eran muy apechugadas, muy derechas, fuertes y erguidas como amazonas. Vestían falda corta, mostrando media pantorrilla y el carnoso pie descalzo, y sus rudas cabezas habrían lucido mucho sosteniendo un arquitrabe como las mujeres de la Caria. El polvillo de la calamina que las teñía de pies a cabeza, como a los demás trabajadores de las minas, dábales aire de colosales figuras de barro crudo.
Tanasio era un hombre apático. Su falta de carácter y de ambición rayaban en el idiotismo. Encerrado en las cuadras desde su infancia, ignorante de toda travesura, de toda contrariedad, de todo placer, de toda pena, aquel joven, que ya había nacido dispuesto a ser máquina, se convirtió poco a poco en la herramienta más grosera. El día en que semejante ser tuviera una idea propia, se cambiaría el orden admirable de todas las cosas, por el cual ninguna piedra puede pensar.
Las relaciones de esta prole con su madre, que era la gobernadora de toda la familia, eran las de una docilidad absoluta por parte de los hijos y de un dominio soberano por parte de la Señana. El único que solía mostrar indicios de rebelión era el chiquitín. La Señana, en sus cortos alcances, no comprendía aquella aspiración diabólica a dejar de ser piedra. ¿Por ventura había existencia más feliz y ejemplar que la de los peñascos? No admitía, no, que fuera cambiada, ni aun por la de canto rodado. Y Señana amaba a sus hijos; ¡pero hay tantas maneras de amar! Ella les ponía por encima de todas las cosas, siempre que se avinieran a trabajar perpetuamente en las minas, a amasar en una sola artesa todos sus jornales, a obedecerla ciegamente y a no tener aspiraciones locas, ni afán de lucir galas, ni de casarse antes de tiempo, ni de aprender diabluras, ni de meterse en sabidurías, porque los pobres -decía- siempre habían de ser pobres y como pobres portarse, y no querer parlanchinear como los ricos y gente de la ciudad, que estaba toda comida de vicios y podrida de pecados.
Hemos descrito el trato que tenían en casa de Centeno los hijos para que se comprenda el que tendría la Nela, criatura abandonada, sola, inútil, incapaz de ganar jornal, sin pasado, sin porvenir, sin abolengo, sin esperanza, sin personalidad, sin derecho a nada más que al sustento. Señana se lo daba, creyendo firmemente que su generosidad rayaba en heroísmo. Repetidas veces dijo para sí al llenar la escudilla de la Nela: -¡Qué bien me gano mi puestecico en el cielo!
Y lo creía como el Evangelio. En su cerrada mollera no entraban ni podían entrar otras luces sobre el santo ejercicio de la caridad; no comprendía que una palabra cariñosa, un halago, un trato delicado y amante que hicieran olvidar al pequeño su pequeñez, al miserable su miseria, son heroísmos de más precio que el bodrio sobrante de una mala comida. ¿Por ventura no se daba lo mismo al gato? Y este al menos oía las voces más tiernas. Jamás oyó la Nela que se la llamara michita, monita, ni que le dijeran re-preciosa, ni otros vocablos melosos y conmovedores con que era obsequiado el gato.
Jamás se le dio a entender a la Nela que había nacido de criatura humana, como los demás habitantes de la casa. Nunca fue castigada; pero ella entendió que este privilegio se fundaba en la desdeñosa lástima que inspiraba su menguada constitución física, y de ningún modo en el aprecio de su persona. Nunca se le dio a entender que tenía un alma pronta a dar ricos frutos si se la cultivaba con esmero, ni que llevaba en sí, como los demás mortales, ese destello del eterno saber que se nombra inteligencia humana, y que de aquel destello podían salir infinitas luces y lumbre bienhechora. Nunca se le dio a entender que en su pequeñez fenomenal llevaba en sí el germen de todos los sentimientos nobles y delicados, y que aquellos menudos brotes podían ser flores hermosísimas y lozanas, sin más cultivo que una simple mirada de vez en cuando. Nunca se le dio a entender que tenía derecho, por el mismo rigor de la Naturaleza al criarla, a ciertas atenciones de que pueden estar exentos los robustos, los sanos, los que tienen padres y casa propia; pero que corresponden por jurisprudencia cristiana al inválido, al pobre, al huérfano y al desheredado.
Por el contrario, todo le demostraba su semejanza con un canto rodado, el cual ni siquiera tiene forma propia, sino aquella que le dan las aguas que lo arrastran y el puntapié del hombre que lo desprecia. Todo le demostraba que su jerarquía dentro de la casa era inferior a la del gato, cuyo lomo recibía las más finas caricias, y a la del mirlo que saltaba en su jaula.
Al menos, de estos no se dijo nunca con cruel compasión: «Pobrecita, mejor cuenta le hubiera tenido morirse».

– CAPÍTULO V –
Trabajo. Paisaje. Figura

El humo de los hornos que durante toda la noche velaban respirando con bronco resoplido se plateó vagamente en sus espirales más remotas; apareció risueña claridad por los lejanos términos y detrás de los montes, y poco a poco fueron saliendo sucesivamente de la sombra los cerros que rodean a Socartes, los inmensos taludes de tierra rojiza, los negros edificios. La campana del establecimiento gritó con aguda voz: «Al trabajo», y cien y cien hombres soñolientos salieron de las casas, cabañas, chozas y agujeros. Rechinaban los goznes de las puertas; de las cuadras salían pausadamente las mulas, dirigiéndose solas al abrevadero, y el establecimiento, que poco antes semejaba una mansión fúnebre alumbrada por la claridad infernal de los hornos, se animaba moviendo sus miles de brazos.
El vapor principió a zumbar en las calderas del gran automóvil, que hacía funcionar a un tiempo los aparatos de los talleres y el aparato de lavado. El agua, que tan principal papel desempeñaba en esta operación, comenzó a correr por las altas cañerías, de donde debía saltar sobre los cilindros. Risotadas de mujeres y ladridos de hombres que venían de tomar la mañana, precedieron a la faena; y al fin empezaron a girar las cribas cilíndricas con infernal chillido; el agua corría de una en otra, pulverizándose, y la tierra sucia se atormentaba con vertiginoso voltear, rodando y cayendo de rueda en rueda, hasta convertirse en fino polvo achocolatado. Sonaba aquello como mil mandíbulas de dientes flojos que mascaran arena; parecía molino por el movimiento mareante; kaleidoscopio, por los juegos de la luz, del agua y de la tierra; enorme sonajero, de innúmeros cachivaches compuesto, por el ruido. No se podía fijar la atención, sin sentir vértigo, en aquel voltear incesante de una infinita madeja de hilos de agua, ora claros y transparentes, ora teñidos de rojo por la arcilla ferruginosa; ni cabeza humana que no estuviera hecha a tal espectáculo, podría presenciar el feroz combate de mil ruedas dentadas que sin cesar se mordían unas a otras, y de ganchos que se cruzaban royéndose, y de tornillos que, al girar, clamaban con lastimero quejido pidiendo aceite.
El lavado estaba al aire libre. Las correas de transmisión venían zumbando desde el departamento de la máquina. Otras correas se pusieron en movimiento, y entonces oyose un estampido rítmico, un horrísono compás, a la manera de gigantescos pasos o de un violento latido interior de la madre tierra. Era el gran martillo-pilón del taller, que había empezado a funcionar. Su formidable golpe machacaba el hierro como blanda pasta, y esas formas de ruedas, ejes y raíles, que nos parecen eternas por lo duras, empezaban a desfigurarse, torciéndose y haciendo muecas, como rostros afligidos. El martillo, dando porrazos uniformes, creaba formas nuevas tan duras como las geológicas, que son obra laboriosa de los siglos. Se parecen mucho, sí, las obras de la fuerza a las de la paciencia.
Hombres negros, que parecían el carbón humanado, se reunían en torno a los objetos de fuego que salían de las fraguas, y cogiéndolos con aquella prolongación incandescente de los dedos a quien llaman tenazas, los trabajaban. ¡Extraña escultura la que tiene por genio al fuego y por cincel al martillo! Las ruedas y ejes de los millares de vagonetes, las piezas estropeadas del aparato de lavado, recibían allí compostura y eran construidos los picos, azadas y carretillas. En el fondo del taller las sierras hacían chillar la madera, y aquel mismo hierro, educado en el trabajo por el fuego, destrozaba las generosas fibras del árbol arrancado a la tierra.
También afuera las mulas habían sido enganchadas a los largos trenes de vagonetes. Veíaselas pasar arrastrando tierra inútil para verterla en los taludes, o mineral para conducirlo al lavadero. Cruzábanse unos con otros aquellos largos reptiles, sin chocar nunca. Entraban por la boca de las galerías, siendo entonces perfecta su semejanza con los resbaladizos habitantes de las húmedas grietas, y cuando en las oscuridades del túnel relinchaba la indócil mula, creeríase que los saurios disputaban chillando. Allá en lo último, en las más remotas cañadas, centenares de hombres golpeaban con picos la tierra para arrancarle, pedazo a pedazo, su tesoro. Eran los escultores de aquellas caprichosas e ingentes figuras que permanecían en pie, atentas, con gravedad silenciosa, a la invasión del hombre en las misteriosas esferas geológicas. Los mineros derrumbaban aquí, horadaban allá, cavaban más lejos, rasguñaban en otra parte, rompían la roca cretácea, desbarataban las graciosas láminas de pizarra samnita y esquistosa, despreciaban la caliza arcillosa, apartaban la limonita y el oligisto, destrozaban la preciosa dolomía, revolviendo incesantemente hasta dar con el silicato de zinc, esa plata de Europa, que, no por ser la materia de que se hacen las cacerolas, deja de ser grandiosa fuente de bienestar y civilización. Sobre ella ha alzado Bergia el estandarte de su grandeza moral y política. ¡Oh! La hojalata tiene también su epopeya.
El cielo estaba despejado; el sol derramaba libremente sus rayos, y la vasta pertenencia de Socartes resplandecía con súbito tono rojo. Rojas eran las peñas esculturales, rojo el mineral precioso, roja la tierra inútil acumulada en los largos taludes, semejantes a babilónicas murallas; rojo el suelo, rojos los carriles y los vagones, roja toda la maquinaria, roja el agua, rojos los hombres y las mujeres que trabajaban en toda la extensión de Socartes. El color subido de ladrillo era uniforme, con ligeros cambiantes, y general en todo; en la tierra y las casas, en el hierro y en los vestidos. Las mujeres ocupadas en lavar parecían una pléyade de equívocas ninfas de barro ferruginoso crudo. Por la cañada abajo, en dirección al río, corría un arroyo de agua encarnada. Creeríase que era el sudor de aquel gran trabajo de hombres y máquinas, del hierro y de los músculos.
La Nela salió de su casa. También ella, a pesar de no trabajar en las minas, estaba teñida ligeramente de rojo, porque el polvo de la tierra calaminífera no perdona a nadie. Llevaba en la mano un mendrugo de pan que le había dado la Señana para desayunarse, y, comiéndoselo, marchaba aprisa, sin distraerse con nada, formal y meditabunda. No tardó en pasar más allá de los edificios, y después de subir el plano inclinado, subió la escalera labrada en la tierra, hasta llegar a las casas de la barriada de Aldeacorba. La primera que se encontraba era una primorosa vivienda infanzona, grande, sólida, alegre, restaurada y pintada recientemente, con cortafuegos de piedra, aleros labrados y ancho escudo circundado de follaje granítico. Antes faltara en ella el escudo que la parra, cuyos sarmientos cargados de hoja parecían un bigote que aquella tenía en el lugar correspondiente de su cara, siendo las dos ventanas los ojos, el escudo la nariz y el largo balcón la boca, siempre riendo. Para que la personificación fuera completa, salía del balcón una viga destinada a sujetar la cuerda de tender ropa, y con tal accesorio la casa con rostro estaba fumándose un cigarro puro. Su tejado era en figura de gorra de cuartel y tenía una ventana de bohardilla que parecía una borla. La chimenea no podía ser más que una oreja. No era preciso ser fisonomista para comprender que aquella casa respiraba paz, bienestar y una conciencia tranquila.
Dábale acceso un patiecillo circundado de tapias y al costado derecho tenía una hermosa huerta. Cuando la Nela entró, salían las vacas que iban a la pradera. Después de cambiar algunas palabras con el gañán, que era un mocetón formidable… así como de tres cuartas de alto y de diez años de edad… dirigiose a un señor obeso, bigotudo, entrecano, encarnado, de simpático rostro y afable mirar, de aspecto entre soldadesco y campesino, el cual apareció en mangas de camisa, con tirantes, y mostrando hasta el codo los velludos fornidos brazos. Antes que la muchacha hablara, el señor de los tirantes volviose adentro y dijo:
-Hijo mío, aquí tienes a la Nela.
Salió de la casa un joven, estatua del más excelso barro humano, grave, derecho, con la cabeza inmóvil y los ojos clavados y fijos en sus órbitas, como lentes expuestos en un muestrario. Su cara parecía de marfil, contorneada con exquisita finura; mas teniendo su tez la suavidad de la de una doncella, era varonil en gran manera, y no había en sus facciones parte alguna ni rasgo que no tuviese aquella perfección soberana con que fue expresado hace miles de años el pensamiento helénico. Aun sus ojos, puramente escultóricos porque carecían de vista, eran hermosísimos, grandes y rasgados. Desvirtuábalos su fijeza y la idea de que tras aquella fijeza estaba la noche. Falto del don que constituye el núcleo de la expresión humana, aquel rostro de Antinoo ciego poseía la fría serenidad del mármol, convertido por el genio y el cincel en estatua y por la fuerza vital en persona. Un soplo, un rayo de luz, una sensación bastarían para animar la hermosa piedra, que teniendo ya todas las galas de la forma, carecía tan sólo de la conciencia de su propia belleza, la cual emana de la facultad de conocer la belleza exterior.
Parecía tener veinte años, y su cuerpo sólido y airoso, con admirables proporciones construido, era digno en todo de la sin igual cabeza que sustentaba. Jamás se vio incorrección más lastimosa de la Naturaleza, que la que tan acabado tipo de la humana forma representaba, recibiendo por una parte admirables dones y siendo privado por otra de la facultad que más comunica al hombre con sus semejantes y con el maravilloso conjunto de todo lo creado. Era tal la incorrección, que aquellos prodigiosos dones quedaban como inútiles, del mismo modo que si al ser creadas todas las cosas hubiéralas dejado el Hacedor a oscuras, para que no pudieran recrearse en sus propios encantos. Para que la imperfección ¡ira de Dios! Fuese más manifiesta, había recibido el joven portentosa luz interior, un entendimiento de primer orden. Esto y carecer de la facultad de percibir la idea visible, que es la forma, siendo al mismo tiempo divino como un ángel, hermoso como un hombre y ciego como un vegetal, era fuerte cosa ciertamente. No comprendemos ¡ay!, el secreto de estas horrendas incorrecciones. Si lo comprendiéramos, se abrirían para nosotros las puertas que ocultan primordiales misterios del orden moral y del orden físico; comprenderíamos el inmenso misterio de la desgracia, del mal, de la muerte, y podríamos medir la perpetua sombra que sin cesar sigue al bien y a la vida.
Don Francisco Penáguilas, padre del joven, era un hombre más que bueno, era inmejorable, superiormente discreto, bondadoso, afable, honrado y magnánimo, no falto de instrucción. Nadie le aborreció jamás; era el más respetado de todos los labradores ricos del país, y más de una cuestión se arregló por la mediación, siempre inteligente, del señor de Aldeacorba de Suso. La casa en que le hemos visto fue su cuna. Había estado de joven en América, y al regresar a España sin fortuna, había entrado a servir en la Guardia civil. Retirado a su pueblo natal, donde se dedicaba a la labranza y a la ganadería, heredó regular hacienda, y en la época de nuestra historia acababa de heredar otra muy grande.
Su esposa, que era andaluza, había muerto en edad muy temprana, dejándole un solo hijo, que desde el nacer demostró hallarse privado en absoluto del más precioso de los sentidos. Esto fue la pena más aguda que amargó los días del buen padre. ¿Qué le importaba allegar riqueza y ver que la fortuna favorecía sus intereses y sonreía en su casa? ¿Para quién era esto? Para quien no podía ver ni las gordas vacas, ni las praderas risueñas, ni las repletas trojes, ni la huerta cargada de frutas. D. Francisco hubiera dado sus ojos a su hijo, quedándose él ciego el resto de sus días, si esta especie de generosidades fuesen practicables en el mundo que conocemos; pero como no lo son, no podía D. Francisco dar realidad al noble sentimiento de su corazón, sino proporcionando al desgraciado joven todo cuanto pudiera hacerle agradable la oscuridad en que vivía. Para él eran todos los cuidados y los infinitos mimos y delicadezas cuyo secreto pertenece a las madres, y algunas veces a los padres, cuando faltan aquellas. Jamás contrariaba a su hijo en nada que fuera para su consuelo y entretenimiento en los límites de lo honesto y moral. Divertíale con cuentos y lecturas; tratábale con solícito esmero, atendiendo a su salud, a sus goces legítimos, a su instrucción y a su educación cristiana, porque el señor de Penáguilas, que era un si es no es severo de principios, decía: «No quiero que mi hijo sea ciego dos veces».
Viéndole salir, y que la Nela le acompañaba fuera, díjoles cariñosamente:
-No os alejéis hoy mucho. No corráis… Adiós.
Miroles desde la portalada hasta que dieron vuelta a la tapia de la huerta. Después entró, porque tenía que hacer varias cosas; escribir una esquela a su hermano Manuel, ordeñar una vaca, podar un árbol y ver si había puesto la gallina pintada.

– CAPÍTULO VI –
Tonterías

Pablo y Marianela salieron al campo, precedidos de Choto, que iba y volvía gozoso y saltón, moviendo la cola y repartiendo por igual sus caricias entre su amo y el lazarillo de su amo.
-Nela -dijo Pablo-, hoy está el día muy hermoso. El aire que corre es suave y fresco, y el sol calienta sin quemar. ¿A dónde vamos?
-Echaremos por estos prados adelante -replicó la Nela, metiendo su mano en una de las faltriqueras de la americana del mancebo-. ¿A ver qué me has traído hoy?
-Busca bien y encontrarás algo -dijo Pablo riendo.
-¡Ah, Madre de Dios! Chocolate crudo… ¡y poco que me gusta el chocolate crudo!… nueces… una cosa envuelta en un papel… ¿qué es? ¡Ah! ¡Madre de Dios!, un dulce… ¡Dios Divino!, ¡pues a fe que me gusta poco el dulce! ¡Qué rico está! En mi casa no se ven nunca estas comidas ricas, Pablo. Nosotros no gastamos lujo en el comer. Verdad que no lo gastamos tampoco en el vestir. Total, no lo gastamos en nada.
-¿A dónde vamos hoy? -repitió el ciego.
-A donde quieras, niño de mi corazón -repuso la Nela, comiéndose el dulce y arrojando el papel que lo envolvía-. Pide por esa boca, rey del mundo.
Los negros ojuelos de la Nela brillaban de contento, y su cara de avecilla graciosa y vivaracha multiplicaba sus medios de expresión, moviéndose sin cesar. Mirándola se creía ver un relampagueo de reflejos temblorosos, como los que produce la luz sobre la superficie del agua agitada. Aquella débil criatura, en la cual parecía que el alma estaba como prensada y constreñida dentro de un cuerpo miserable, se ensanchaba y crecía maravillosamente al hallarse sola con su amo y amigo. Junto a él tenía espontaneidad, agudeza, sensibilidad, gracia, donosura, fantasía. Al separarse, parece que se cerraban sobre ella las negras puertas de una prisión.
-Pues yo digo que iremos a donde tú quieras -observó el ciego-. Me gusta obedecerte. Si te parece bien, iremos al bosque que está más allá de Saldeoro. Esto, si te parece bien.
-Bueno, bueno, iremos al bosque -exclamó la Nela, batiendo palmas-. Pero como no hay prisa, nos sentaremos cuando estemos cansados.
-Y que no es poco agradable aquel sitio donde está la fuente ¿sabes, Nela?, y donde hay unos troncos muy grandes, que parecen puestos allí para que nos sentemos nosotros, y donde se oyen cantar tantos, tantísimos pájaros, que es aquello la gloria.
-Pasaremos por donde está el molino de quien tú dices que habla, mascullando las palabras como un borracho. ¡Ay, qué hermoso día y qué contenta estoy!
-¿Brilla mucho el sol, Nela? Aunque me digas que sí, no lo entenderé, porque no sé lo que es brillar.
-Brilla mucho, sí, señorito mío. Y a ti ¿qué te importa eso? El sol es muy feo. No se le puede mirar a la cara.
-¿Por qué?
-Por que duele.
-¿Qué duele?
-La vista. ¿Qué sientes tú cuando estás alegre?
-¿Cuando estoy libre, contigo, solos los dos en el campo?
-Sí.
-Pues siento que me nace dentro del pecho una frescura, una suavidad dulce…
-¡Ahí te quiero ver! ¡Madre de Dios! Pues ya sabes cómo brilla el sol.
-Con frescura.
-No, tonto.
-¿Pues con qué?
-Con eso.
-Con eso; ¿y qué es eso?
-Eso -afirmó nuevamente la Nela, con acento de la más firme convicción.
-Ya veo que esas cosas no se pueden explicar. Antes me formaba yo idea del día y de la noche. ¿Cómo? Verás: era de día, cuando hablaba la gente; era de noche, cuando la gente callaba y cantaban los gallos. Ahora no hago las mismas comparaciones. Es de día, cuando estamos juntos tú y yo; es de noche, cuando nos separamos.
-¡Ay, divina Madre de Dios! -exclamó la Nela, echándose atrás las guedejas que le caían sobre la frente-. A mí, que tengo ojos, me parece lo mismo.
-Voy a pedirle a mi padre que te deje vivir en mi casa, para que no te separes de mí.
-Bien, bien -dijo María batiendo palmas otra vez.
Y diciéndolo, se adelantó saltando algunos pasos y recogiendo con extrema gracia sus faldas, empezó a bailar.
-¿Qué haces, Nela?
-¡Ah!, niño mío, estoy bailando. Mi contento es tan grande, que me han entrado ganas de bailar.
Pero fue preciso saltar una pequeña cerca, y la Nela ofreció su mano al ciego.
Después de pasar aquel obstáculo, siguieron por una calleja tapizada en sus dos rústicas paredes de lozanas hiedras y espinos. La Nela apartaba las ramas para que no picaran el rostro de su amigo, y al fin, después de bajar gran trecho, subieron una cuesta por entre frondosos castaños y nogales. Al llegar arriba, Pablo dijo a su compañera:
-Si no te parece mal, sentémonos aquí. Siento pasos de gente.
-Son los aldeanos que vuelven del mercado de Homedes. Hoy es miércoles. El camino real está delante de nosotros. Sentémonos aquí antes de entrar en el camino real.
-Es lo mejor que podemos hacer. Choto, ven aquí.
Los tres se sentaron.
-Si está esto lleno de flores… -dijo la Nela-. ¡Madre!, ¡qué guapas!
-Cógeme un ramo. Aunque no las veo, me gusta tenerlas en mi mano. Se me figura que las oigo.
-Eso sí que es gracioso.
-Paréceme que teniéndolas en mi mano me dan a entender… no puedo decirte cómo… que son bonitas. Dentro de mí hay una cosa, no puedo decirte qué, una cosa que responde a ellas. ¡Ay! Nela, se me figura que por dentro yo veo algo.
-¡Oh!, sí, lo entiendo… como que todo los tenemos dentro. El sol, las yerbas, la luna y el cielo grande y azul, lleno siempre de estrellas; todo, todo lo tenemos dentro; quiero decir que además de las cosas divinas que hay fuera, nosotros llevamos otras dentro. Y nada más… Aquí tienes una flor, otra, otra, seis: todas son distintas. ¿A que no sabes tú lo que son las flores?
-Pues las flores -dijo el ciego, algo confuso, acercándolas a su rostro- son… unas como sonrisillas que echa la tierra… La verdad, no sé mucho del reino vegetal.
-Madre Divinísima, ¡qué poca ciencia! -exclamó María, acariciando las manos de su amigo-. Las flores son las estrellas de la tierra.
-Vaya un disparate. ¿Y las estrellas, qué son?
-Las estrellas son las miradas de los que se han ido al cielo.
-Entonces las flores…
-Son las miradas de los que se han muerto y no han ido todavía al cielo -afirmó la Nela, con la convicción y el aplomo de un doctor-. Los muertos son enterrados en la tierra. Como allá abajo no pueden estar sin echar una miradilla a la tierra, echan de sí una cosa que sube en forma y manera de flor. Cuando en un prado hay muchas flores es porque allá… en tiempos de atrás, enterraron en él muchos difuntos.
-No, no -replicó Pablo con seriedad-. No creas desatinos. Nuestra religión nos enseña que el espíritu se separa de la carne y que la vida mortal se acaba. Lo que se entierra, Nela, no es más que un despojo, un barro inservible que no puede pensar, ni sentir, ni tampoco ver.
-Eso lo dirán los libros, que según dice la Señana, están llenos de mentiras.
-Eso lo dicen la fe y la razón, querida Nela. Tu imaginación te hace creer mil errores. Poco a poco yo los iré destruyendo, y tendrás ideas buenas sobre todas las cosas de este mundo y del otro.
-¡Ay, ay, con el doctorcillo de tres por un cuarto!… Ya… cuando has querido hacerme creer que el sol está quieto y que la tierra da vueltas a la redonda!… ¡Cómo se conoce que no lo ves! ¡Madre del Señor! Que me muera en este momento, si la tierra no se está más quieta que un peñón, y el sol va corre que corre. Señorito mío, no se la eche de tan sabio, que yo he pasado muchas horas de noche y de día mirando al cielo, y sé cómo está gobernada toda esa máquina… La tierra está abajo, toda llena de islitas grandes y chicas. El sol sale por allá y se esconde por allí. Es el palacio de Dios.
-¡Qué tonta!
-¿Y por qué no ha de ser así? ¡Ay! Tú no has visto el cielo en un día claro: hijito, parece que llueven bendiciones… Yo no creo que pueda haber malos, no, no los puede haber, si vuelven la cara hacia arriba y ven aquel ojazo que nos está mirando.
-Tu religiosidad, querida Nelilla, está llena de supersticiones. Yo te enseñaré ideas mejores.
-No me han enseñado nada -dijo María con inocencia- pero yo, cavila que cavilarás, he ido sacando de mi cabeza muchas cosas que me consuelan, y así cuando me ocurre una buena idea, digo: «esto debe de ser así, y no de otra manera». Por las noches, cuando me voy sola a mi casa, voy pensando en lo que será de nosotros cuando nos muramos, y en lo mucho que nos quiere a todos la Virgen Santísima.
-Nuestra madre amorosa.
-¡Nuestra madre querida! Yo miro al cielo y la siento encima de mí como cuando nos acercamos a una persona y sentimos el calorcillo de su respiración. Ella nos mira de noche y de día por medio de… no te rías… por medio de todas las cosas hermosas que hay en el mundo.
-¿Y esas cosas hermosas…?
-Son sus ojos, tonto. Bien lo comprenderías si tuvieras los tuyos. Quien no ha visto una nube blanca, un árbol, una flor, el agua corriendo, un niño, el rocío, un corderito, la luna paseándose tan maja por los cielos, y las estrellas, que son las miradas de los buenos que se han muerto…
-Mal podrán ir allá arriba si se quedan debajo de tierra echando flores.
-¡Miren el sabihondo! Abajo se están mientras se van limpiando de pecados; que después suben volando arriba. La Virgen les espera. Sí, créelo, tonto. Las estrellas, ¿qué pueden ser sino las almas de los que ya están salvos? ¿Y no sabes tú que las estrellas9 bajan? Pues yo, yo misma las he visto caer así, así, haciendo una raya. Sí, señor, las estrellas bajan cuando tienen que decirnos alguna cosa.
-¡Ay, Nela! -exclamó Pablo vivamente-. Tus disparates, con serlo tan grandes, me cautivan y embelesan, porque revelan el candor de tu alma y la fuerza de tu fantasía. Todos esos errores responden a una disposición muy grande para conocer la verdad, a una poderosa facultad tuya, que sería primorosa si estuvieras auxiliada por la razón y la educación… Es preciso que tú adquieras un don precioso de que yo estoy privado; es preciso que aprendas a leer.
-¡A leer!… ¿Y quién me ha de enseñar?
-Mi padre. Yo le rogaré a mi padre que te enseñe. Ya sabes que él no me niega nada. ¡Qué lástima tan grande que vivas así! Tu alma está llena de preciosos tesoros. Tienes bondad sin igual y fantasía seductora. De todo lo que Dios tiene en su esencia absoluta te dio a ti parte muy grande. Bien lo conozco; no veo lo de fuera, pero veo lo de dentro, y todas las maravillas de tu alma se me han revelado desde que eres mi lazarillo… ¡Hace año y medio! Parece que fue ayer cuando empezaron nuestros paseos… No, hace miles de años que te conozco. ¡Porque hay una relación tan grande entre lo que tú sientes y lo que yo siento!… Has dicho ahora mil disparates, y yo, que conozco algo de la verdad acerca del mundo y de la religión, me he sentido conmovido y entusiasmado al oírte. Se me antoja que hablas dentro de mí.
-¡Madre de Dios! -exclamó la Nela, cruzando las manos-. ¿Tendrá eso algo que ver con lo que yo siento?
-¿Qué?
-Que estoy en el mundo para ser tu lazarillo, y que mis ojos no servirían para nada si no sirvieran para guiarte y decirte cómo son todas las hermosuras de la tierra.
El ciego irguió su cuello repentina y vivísimamente, y extendiendo sus manos hasta tocar el cuerpecillo de su amiga, exclamó con afán:
-Dime, Nela, ¿y cómo eres tú?
La Nela no dijo nada. Había recibido una puñalada.

– CAPÍTULO VII –
Más tonterías

Habían descansado. Siguieron adelante, hasta llegar a la entrada del bosque que hay más allá de Saldeoro. Detuviéronse entre un grupo de viejos nogales, cuyos troncos y raíces formaban en el suelo una serie de escalones, con musgosos huecos y recortes tan apropiados para sentarse, que el arte no los hiciera mejor. Desde lo alto del bosque corría un hilo de agua, saltando de piedra en piedra, hasta dar con su fatigado cuerpo en un estanquillo que servía de depósito para alimentar el chorro de que se abastecían los vecinos. Enfrente el suelo se deprimía poco a poco, ofreciendo grandioso panorama de verdes colinas pobladas de bosques y caseríos, de praderas llanas donde pastaban con tranquilidad vagabunda centenares de reses. En el último término dos lejanos y orgullosos cerros que eran límite de la tierra, dejaban ver en un largo segmento azul purísimo del mar. Era un paisaje cuya contemplación revelaba al alma sus excelsas relaciones con lo infinito.
Sentose Pablo en el tronco de un nogal, apoyando su brazo izquierdo en el borde del estanque. Alzaba la derecha mano para coger las ramas que descendían hasta tocar su frente, por la cual pasaba a ratos, con el mover de las hojas, un rayo de sol.
-¿Qué haces, Nela? -dijo el muchacho después de una pausa, no sintiendo ni los pasos, ni la voz, ni la respiración de su compañera-. ¿Qué haces? ¿Dónde estás?
-Aquí -replicó la Nela, tocándole el hombro-. Estaba mirando el mar.
-¡Ah! ¿Está muy lejos?
-Allá se ve por los cerros de Ficóbriga.
-Grande, grandísimo, tan grande, que se estará mirando todo un día sin acabarlo de ver, ¿no es eso?
-No se ve sino un pedazo como el que coges dentro de la boca cuando le pegas una mordida a un pan.
-Ya, ya comprendo. Todos dicen que ninguna hermosura iguala a la del mar, por causa de la sencillez que hay en él… Oye, Nela, lo que voy a decirte… ¿Pero qué haces?
La Nela, agarrando con ambas manos la rama del nogal, se suspendía y balanceaba graciosamente.
-Aquí estoy, señorito mío. Estaba pensando que por qué no nos daría Dios a nosotras las personas alas para volar como los pájaros. ¡Qué cosa más bonita que hacer zas, y remontarnos y ponernos de un vuelo en aquel pico que está allá entre Ficóbriga y el mar!…
-Si Dios no nos ha dado alas; en cambio nos ha dado el pensamiento, que vuela más que todos los pájaros, porque llega hasta el mismo Dios… Dime tú, ¿para qué querría yo alas de pájaro, si Dios me hubiera negado el pensamiento?
-Pues a mí me gustaría tener las dos cosas. Y si tuviera alas, te cogería en mi piquito para llevarte por esos mundos y subirte a lo más alto de las nubes.
El ciego alargó su mano hasta tocar la cabeza de la Nela.
-Siéntate junto a mí. ¿No estás cansada?
-Un poquitín -replicó ella, sentándose y apoyando su cabeza con infantil confianza en el hombro de su amo.
-Respiras fuerte, Nelilla; tú estás muy cansada. Es de tanto volar… Pues lo que te iba a decir, es esto: Hablando del mar me hiciste recordar una cosa que mi padre me leyó anoche. Ya sabes que desde la edad en que tuve uso de razón, acostumbra mi padre leerme todas las noches distintos libros de ciencia y de historia, de artes y de entretenimiento. Esas lecturas y estos paseos se puede decir que son mi vida toda. Diome el Señor, para compensarme de la ceguera, una memoria feliz, y gracias a ella he sacado algún provecho de las lecturas; pues aunque éstas han sido sin método, yo al fin y al cabo he logrado poner algún orden en las ideas que iban entrando en mi entendimiento. ¡Qué delicias tan grandes las mías al entender el orden admirable del Universo, el concertado rodar de los astros, el giro de los átomos pequeñitos, y después las leyes, más admirable aún, que gobiernan nuestra alma! También me ha recreado mucho la historia, que es un cuento verdadero de todo lo que los hombres han hecho antes de ahora; resultando, hija mía, que siempre han hecho las mismas maldades y las mismas tonterías, aunque no han cesado de mejorarse, acercándose todo lo posible, mas sin llegar nunca, a las perfecciones que sólo posee Dios. Por último, me ha leído mi padre cosas sutiles y un poco hondas para ser penetradas de pronto; pero que suspenden y enamoran cuando se medita en ellas. Es lectura que a él no le agrada, por no comprenderla, y que a mí me ha cansado también unas veces, deleitándome otras. Pero no hay duda que cuando se da con un autor que sepa hablar con claridad, esas materias son preciosas. Contienen ideas sobre las causas y los efectos, sobre la razón de todo lo que pensamos y el modo como lo pensamos, y enseñan la esencia de todas las cosas.
La Nela parecía no comprender ni una sola palabra de lo que su amigo decía; pero atendía profundamente abriendo la boca. Para apoderarse de aquellas esencias y causas de que su amo le hablaba, abría el pico como el pájaro que acecha el vuelo de la mosca que quiere cazar.
-Pues bien -añadió él- anoche leyó mi padre unas páginas sobre la belleza. Hablaba el autor de la belleza, y decía que era el resplandor de la bondad y de la verdad, con otros muchos conceptos ingeniosos y tan bien traídos y pensados, que daba gusto oírlos.
-Ese libro -dijo la Nela queriendo demostrar suficiencia- no será como uno que tiene padre Centeno, que llaman… Las mil y no sé cuántas noches.
-No es eso, tontuela; habla de la belleza en absoluto… ¿no entenderás esto de la belleza ideal?… tampoco lo entiendes… porque has de saber que hay una belleza que no se ve ni se toca, ni se percibe con ningún sentido.
-Como, por ejemplo, la Virgen María -interrumpió la Nela- a quien no vemos ni tocamos, porque las imágenes no son ella misma, sino su retrato.
-Estás en lo cierto: así es. Pensando en esto, mi padre cerró el libro, y él decía una cosa y yo otra. Hablamos de la forma y mi padre me dijo: «Desgraciadamente tú no puedes comprenderla». Yo sostuve que sí; dije que no había más que una sola belleza y que esa había de servir para todo.
La Nela, poco atenta a cosas tan sutiles, había cogido de las manos de su amigo las flores, y combinaba sus risueños colores.
-Yo tenía una idea sobre esto -añadió el ciego con mucha energía- una idea con la cual estoy encariñado desde hace algunos meses. Sí, lo sostengo, lo sostengo… No, no me hacen falta los ojos para esto. Yo le dije a mi padre: «Concibo un tipo de belleza encantadora, un tipo que contiene todas las bellezas posibles; ese tipo es la Nela». Mi padre se echó a reír y me dijo que sí.
La Nela se puso como amapola y no supo responder nada. Durante un breve instante de terror y ansiedad, creyó que el ciego la estaba mirando.
-Sí, tú eres la belleza más acabada que puede imaginarse -añadió Pablo con calor-. ¿Cómo podría suceder que tu bondad, tu inocencia, tu candor, tu gracia, tu imaginación, tu alma celestial y cariñosa que ha sido capaz de alegrar mis tristes días; cómo podría suceder, cómo, que no estuviese representada en la misma hermosura?… Nela, Nela -añadió balbuciente y con afán-. ¿No es verdad que eres muy bonita?
La Nela calló. Instintivamente se había llevado las manos a la cabeza, enredando entre sus cabellos las florecitas medio ajadas que había cogido antes en la pradera.
-¿No respondes?… Es verdad que eres modesta. Si no lo fueras, no serías tan repreciosa como eres. Faltaría la lógica de las bellezas, y eso no puede ser. ¿No respondes?…
-Yo… -murmuró la Nela con timidez, sin dejar de la mano su tocado- no sé… dicen que cuando niña era muy bonita… Ahora…
-Y ahora también.
María, en su extraordinaria confusión, pudo hablar así:
-Ahora… ya sabes tú que las personas dicen muchas tonterías… se equivocan también… a veces el que tiene más ojos ve menos.
-¡Oh! ¡Qué bien dicho! Ven acá: dame un abrazo.
La Nela no pudo acudir pronto, porque habiendo conseguido sostener entre sus cabellos una como guirnalda de florecillas, sintió vivos deseos de observar el efecto de aquel atavío en el claro cristal del agua. Por primera vez desde que vivía se sintió presumida. Apoyándose en sus manos, asomose al estanque.
-¿Qué haces, Mariquilla?
-Me estoy mirando en el agua, que es como un espejo -replicó con la mayor inocencia, delatando su presunción.
-Tú no necesitas mirarte. Eres hermosa como los ángeles que rodean el trono de Dios.
El alma del ciego llenábase de entusiasmo y fervor.
-El agua se ha puesto a temblar -dijo la Nela- y no me veo bien, señorito. Ella tiembla como yo. Ya está más tranquila, ya no se mueve… Me estoy mirando… ahora.
-¡Qué linda eres! Ven acá, niña mía -añadió el ciego, extendiendo sus brazos.
-¡Linda yo! -dijo ella llena de confusión y ansiedad-. Pues esa que veo en el estanque no es tan fea como dicen. Es que hay también muchos que no saben ver.
-Sí, muchos.
-¡Si yo me vistiese como se visten otras!… -exclamó la Nela con orgullo.
-Te vestirás.
-¿Y ese libro dice que yo soy bonita? -preguntó la Nela apelando a todos los recursos de convicción.
-Lo digo yo, que poseo una verdad inmutable -exclamó el ciego, llevado de su ardiente fantasía.
-Puede ser -observó la Nela, apartándose de su espejo pensativa y no muy satisfecha- que los hombres sean muy brutos y no comprendan las cosas como son.
-La humanidad está sujeta a mil errores.
-Así lo creo -dijo Mariquilla, recibiendo gran consuelo con las palabras de su amigo-. ¿Por qué han de reírse de mí?
-¡Oh!, miserable condición de los hombres -exclamó el ciego, arrastrado al absurdo por su delirante entendimiento-. El don de la vista puede causar grandes extravíos… aparta a los hombres de la posesión de la verdad absoluta… y la verdad absoluta dice que tú eres hermosa, hermosa sin tacha ni sombra alguna de fealdad. Que me digan lo contrario, y les desmentiré… Váyanse ellos a paseo con sus formas. No… la forma no puede ser la máscara de Satanás puesta ante la faz de Dios. ¡Ah!, ¡menguados!, ¡a cuántos desvaríos os conducen vuestros ojos! Nela, Nela, ven acá, quiero tenerte junto a mí y abrazar tu preciosa cabeza.
María corrió a arrojarse en los brazos de su amigo.
-Chiquilla bonita -exclamó este, estrechándola de un modo delirante contra su pecho- ¡te quiero con toda mi alma!
La Nela no dijo nada. En su corazón lleno de casta ternura, se desbordaban los sentimientos más hermosos. El joven, palpitante y conturbado, la abrazó más fuerte diciéndole al oído:
-Te quiero más que a mi vida. Ángel de Dios, quiéreme o me muero.
María se soltó de los brazos de Pablo, y este cayó en profunda meditación. A la fenomenal mujer una fuerza poderosa, irresistible, la impulsaba a mirarse en el espejo del agua. Deslizándose suavemente llegó al borde, y vio allá sobre el fondo verdoso su imagen mezquina, con los ojuelos negros, la tez pecosa, la naricilla picuda, aunque no sin gracia, el cabello escaso y la movible fisonomía de pájaro. Alargó su cuerpo sobre el agua para verse el busto, y lo halló deplorablemente desairado. Las flores que tenía en la cabeza se cayeron al agua, haciendo temblar la superficie, y con la superficie, la imagen. La hija de la Canela sintió como si arrancaran su corazón de raíz, y cayó hacia atrás murmurando:
-¡Madre de Dios!, ¡qué feísima soy!
-¿Qué dices, Nela? Me parece que he oído tu voz.
-No decía nada, niño mío… Estaba pensando… sí, pensaba que ya es hora de volver a tu casa. Pronto será hora de comer.
-Sí, vamos, comerás conmigo, y esta tarde saldremos otra vez. Dame la mano, no quiero que te separes de mí.
Cuando llegaron a la casa, D. Francisco Penáguilas estaba en el patio, acompañado de dos caballeros. Marianela reconoció al ingeniero de las minas y al individuo que se había extraviado en la Terrible la noche anterior.
-Aquí están -dijo- el señor ingeniero y su hermano, el caballero de anoche.
Miraban los tres hombres con visible interés al ciego que se acercaba.
-Hace rato que te estamos esperando, hijo mío -dijo el padre tomando a su hijo de la mano y presentándole al doctor.
-Entremos -dijo el ingeniero.
-¡Benditos sean los hombres sabios y caritativos! -exclamó el padre, mirando a Teodoro-. Pasen ustedes, señores. Que sea bendito el instante en que ustedes entran en mi casa.
-Veamos este caso -murmuró Golfín.
Cuando Pablo y los dos hermanos entraron, D. Francisco se volvió hacia Mariquilla, que se había quedado en medio del patio inmóvil y asombrada, y le dijo con bondad:
-Mira, Nela, más vale que te vayas. Mi hijo no puede salir esta tarde.
Y luego, como viese que no se marchaba, añadió:
-Puedes pasar a la cocina. Dorotea te dará alguna chuchería.

– CAPÍTULO VIII –
Prosiguen las tonterías

Al día siguiente, Pablo y su guía salieron de la casa a la misma hora del anterior; mas como estaba encapotado el cielo y soplaba un airecillo molesto que amenazaba convertirse en vendaval, decidieron que su paseo no fuera largo. Atravesando el prado comunal de Aldeacorba, siguieron el gran talud de las minas por Poniente con intención de bajar a las excavaciones.
-Nela, tengo que hablarte de una cosa que te hará saltar de alegría -dijo el ciego, cuando estuvieron lejos de la casa-. ¡Nela, yo siento en mi corazón un alborozo!… Me parece que el Universo, las ciencias todas, la historia, la filosofía, la Naturaleza, todo eso que he aprendido, se me ha metido dentro y se está paseando por mí… es como una procesión. Ya viste aquellos caballeros que me esperaban ayer…
-D. Carlos y su hermano, el que encontramos anoche.
-El cual es un famoso sabio, que ha corrido por toda la América, haciendo maravillosas curas… Ha venido a visitar a su hermano… Como D. Carlos es tan buen amigo de mi padre, le ha rogado que me examine… ¡Qué cariñoso y qué bueno es! Primero estuvo hablando conmigo; preguntome varias cosas y me contó otras muy chuscas y divertidas. Después díjome que me estuviese quieto: sentí sus dedos en mis párpados… Al cabo de un gran rato dijo unas palabras que no entendí: eran palabras de medicina. Mi padre no me ha leído nunca nada de Medicina. Acercáronme después a una ventana. Mientras me observaba con no sé qué instrumento, ¡había en la sala un silencio!… El doctor dijo después a mi padre: «Lo intentaremos». Decían otras cosas en voz muy baja para que no pudiera yo entenderlas, y creo que también hablaban por señas. Cuando se retiraron mi padre me dijo: «Hijo de mi alma, no puedo ocultarte la alegría que hay dentro de mí. Ese hombre, ese ángel de Dios, me ha dado esperanza, muy poca esperanza; pero la esperanza parece que se agarra más, cuando más chica es. Quiero echarla de mí diciéndome que es imposible, no, no, casi imposible, y ella… pegada como una lapa…» Así me habló mi padre. Por su voz conocí que lloraba… ¿Qué haces, Nela, estás bailando?
-No, estoy aquí a tu lado.
-Como otras veces te pones a bailar desde que te digo una cosa alegre… ¿Pero hacia dónde vamos hoy?
-El día está feo. Vámonos hacia la Trascava, que es sitio abrigado, y después bajaremos al Barco y a la Terrible.
-Bien, como tú quieras… ¡Ay! Nela, compañera mía, si fuese verdad, si Dios quisiera tener piedad de mí y me concediera el placer de verte… Aunque sólo durara un día mi vista, aunque volviera a cegar al siguiente, ¡cuánto se lo agradecería!
La Nela no decía nada. Después de mostrar exaltada alegría, meditaba con los ojos fijos en el suelo.
-Se ven en el mundo cosas muy extrañas -añadió Pablo- y la misericordia de Dios tiene así… ciertos exabruptos, lo mismo que su cólera. Vienen de improviso, después de largos tormentos y castigos, lo mismo que aparece la ira después de felicidades que parecían seguras y eternas, ¿no te parece?
-Sí, lo que tú esperas será -dijo la Nela con aplomo.
-¿Por qué lo sabes?
-Me lo dice mi corazón.
-¡Te lo dice tu corazón! ¿Y por qué no han de ser ciertos estos avisos? -manifestó Pablo con ardor-. Sí, las almas escogidas pueden en casos dados presentir un suceso. Yo lo he observado en mí, pues como el ver no me distrae del examen de mí mismo, he notado que mi espíritu me susurraba cosas incomprensibles. Después ha venido un acontecimiento cualquiera, y he dicho con asombro: «Yo sabía algo de esto».
-A mí me pasa lo mismo -repuso la Nela-. Ayer me dijiste tú que me querías mucho. Cuando fui a mi casa, iba diciendo para mí: «Es cosa rara, pero yo sabía algo de esto».
-Es maravilloso, chiquilla mía -cómo están acordadas nuestras almas. Unidas por la voluntad, no les falta más que un lazo. Ese lazo lo tendrán si yo adquiero el precioso sentido que me falta. La idea de ver no se determina en mi pensamiento si antes no acaricio en él la idea de quererte más. La adquisición de este sentido no significa para mí otra cosa más que el don de admirar de un modo nuevo lo que ya me causa tanta admiración como amor… Pero se me figura que estás triste hoy.
-Sí que lo estoy… y si he de decirte la verdad, no sé por qué… Estoy muy alegre y muy triste, las dos cosas a un tiempo. Hoy está tan feo el día… Valiera más que no hubiese día, y que fuera noche siempre.
-No, no, déjalo como está. Noche y día, si Dios quiere que yo sepa al fin diferenciaros, ¡cuán feliz seré!… ¿Por qué nos detenemos?
-Estamos en un lugar peligroso. Apartémonos a un lado para tomar la vereda.
-¡Ah!, la Trascava. Este césped resbaladizo va bajando hasta perderse en la gruta. El que cae en ella no puede volver a salir. Apartémonos, Nela; no me gusta este sitio.
-Tonto, de aquí a la entrada de la cueva hay mucho que andar. ¡Y qué bonita está hoy!
La Nela, deteniéndose y deteniendo a su compañero por el brazo, observaba la boca de la sima que se abría en el terreno en forma parecida a la de un embudo. Finísimo césped cubría las vertientes de aquel pequeño cráter cóncavo y profundo. En lo más hondo, una gran peña oblonga se extendía sobre el césped entre malezas, hinojos, zarzas, juncos y cantidad inmensa de pintadas florecillas. Parecía una gran lengua. Junto a ella se adivinaba, más bien que se veía, un hueco, un tragadero, oculto por espesas yerbas, como las que tuvo que cortar D. Quijote cuando se descolgó dentro de la cueva de Montesinos.
La Nela no se cansaba de mirar.
-¿Por qué dices que está bonita esa horrenda Trascava? -le preguntó su amigo.
-Porque hay en ella muchas flores. La semana pasada estaban todas secas; pero han vuelto a nacer, y está aquello que da gozo verlo. ¡Madre de Dios! Hay muchos pájaros posados allí y muchísimas mariposas que están cogiendo miel en las flores… Choto, Choto, ven aquí, no espantes a los pobres pajaritos.
El perro, que había bajado, volvió gozoso llamado por la Nela, y la pacífica república de pajarillos volvió a tomar posesión de sus estados.
-A mí me causa horror este sitio -dijo Pablo, tomando del brazo a la muchacha-. Y ahora ¿vamos hacia las minas? Sí, ya conozco este camino. Estoy en mi terreno. Por aquí vamos derechos al Barco… Choto, anda delante; no te enredes en mis piernas.
Descendían por una vereda escalonada. Pronto llegaron a la concavidad formada por la explotación minera. Dejando la verde zona vegetal, habían entrado bruscamente en la zona geológica, zanja enorme, cuyas paredes, labradas por el barreno y el pico, mostraban una interesante estratificación, cuyas diversas capas ofrecían en el corte los más variados tonos y los materiales más diversos. Era aquel el sitio que a Teodoro Golfín le había parecido el interior de un gran buque náufrago, comido de las olas, y su nombre vulgar justificaba esta semejanza. Pero de día se admiraban principalmente las superpuestas cortezas de la estratificación, con sus vetas sulfurosas y carbonatadas, sus sedimentos negros, sus lignitos, donde yace el negro azabache, sus capas de tierra ferruginosa que parece amasada con sangre, sus grandes y regulares láminas de roca, quebradas en mil puntos por el arte humano, y erizadas de picos, cortaduras y desgarrones. Era aquello como una herida abierta en el tejido orgánico y vista con microscopio. El arroyo de aguas saturadas de óxido de hierro que corría por el centro, parecía un chorro de sangre.
¿En dónde está nuestro asiento? -preguntó el señorito de Penáguilas-. Vamos a él. Allí no nos molestará el aire.
Desde el fondo de la gran zanja subieron un poco por escabroso sendero, abierto entre rotas piedras, tierra y matas de hinojo, y se sentaron a la sombra de enorme peña agrietada, que presentaba en su centro una larga hendija. Más bien eran dos peñas, pegada la una a la otra, con irregulares bordes, como dos gastadas mandíbulas que se esfuerzan en morder.
-¡Qué bien se está aquí! -dijo Pablo-. A veces suele salir una corriente de aire por esa gruta; pero hoy no siento nada. Lo que se siente es el gorgoteo10 del agua allá dentro en las entrañas de la Trascava.
-Calladita está hoy -observó la Nela-. ¿Quieres echarte?
-Pues mira que has tenido una buena idea. Anoche no he dormido, pensando en lo que mi padre me dijo, en el médico, en mis ojos… Toda la noche estuve sintiendo una mano que entraba en mis ojos y abría en ellos una puerta cerrada y mohosa.
Diciendo esto sentose sobre la piedra, poniendo su cabeza sobre el regazo de la Nela.
-Aquella puerta -prosiguió- que estaba allá en lo más íntimo de mi sentido, abriose, como te he dicho, dando paso a una estancia donde estaba encerrada la idea que me persigue. ¡Ay, Nela de mi corazón, chiquilla idolatrada, si Dios quisiera darme ese don que me falta!… Con él me creería el más feliz de los hombres, yo, que casi lo soy ya sólo con tenerte por amiga y compañera de mi vida. Para que los dos seamos uno solo, me falta muy poco; sólo me falta verte y recrearme en tu belleza, con ese placer de la vista que no puedo comprender aún, pero que concibo de una manera vaga. Tengo la curiosidad del espíritu, pero la de los ojos me falta. Supóngola como una nueva manera del amor que te tengo. Yo estoy lleno de tu belleza; pero hay algo en ella que no me pertenece todavía.
-¿No oyes? -dijo la Nela de improviso, demostrando interés por cosa muy distinta de lo que su amigo decía.
-¿Qué?
-Aquí dentro… ¡La Trascava!… está hablando.
¡Supersticiosa! El agua no habla, querida Nela. ¿Qué lenguaje ha de saber un chorro de agua? Sólo hay dos cosas que hablan, chiquilla mía; esas dos cosas son la lengua y la conciencia.
-Y la Trascava -observó la Nela, palideciendo- es un murmullo, un sí, sí, sí… A ratos oigo la voz de mi madre, que dice clarito: «Hija mía, ¡qué bien se está aquí!»
-Es tu imaginación. También la imaginación habla; me olvidé de decirlo. La mía a veces se pone tan parlanchina, que tengo que mandarla callar. Su voz es chillona, atropellada, inaguantable; así como la de la conciencia es grave, reposada, convincente; y lo que dice no tiene refutación.
-Ahora parece que llora… Se va poquito a poco perdiendo la voz -dijo la Nela, atenta a lo que oía.
De pronto salió por la gruta una ligera ráfaga de aire.
-¿No has notado que ha echado un gran suspiro?… Ahora se vuelve a oír la voz: habla bajo, y me dice al oído muy bajito, muy bajito…
-¿Qué te dice?
-Nada -replicó bruscamente María, después de una pausa-. Tú dices que son tonterías. Tendrás razón.
-Ya te quitaré yo de la cabeza esos pensamientos absurdos -dijo el ciego, tomándole la mano-. Hemos de vivir juntos toda la vida. ¡Oh, Dios mío! Si no he de adquirir la facultad de que me privaste al nacer, ¿para qué me has dado esperanzas? Infeliz de mí si no nazco de nuevo en manos del doctor Golfín. Porque esta será nacer otra vez. ¡Y qué nacimiento! ¡Qué nueva vida! Chiquilla mía, juro por la idea de Dios que tengo dentro de mí, clara, patente, inmutable, que tú y yo no nos separaremos jamás por mi voluntad. Yo tendré ojos, Nela, tendré ojos para poder recrearme en tu celestial hermosura, y entonces me casaré contigo. ¡Serás mi esposa querida… serás la vida de mi vida, el recreo y el orgullo de mi alma! ¿No dices nada a esto?
La Nela oprimió contra sí la hermosa cabeza del joven. Quiso hablar, pero su emoción no se lo permitía.
-Y si Dios no quiere otorgarme ese don -añadió el ciego- tampoco te separarás de mí, también serás mi mujer, a no ser que te repugne enlazarte con un ciego. No, no, chiquilla mía, no quiero imponerte un yugo tan penoso. Encontrarás hombres de mérito que te amarán y que podrán hacerte feliz. Tu extraordinaria bondad, tus nobles prendas, tu seductora belleza, que ha de cautivar los corazones y encender el más puro amor en cuantos te traten, asegúrante un porvenir risueño. Yo te juro que te querré mientras viva, ciego o con vista, y que estoy dispuesto a jurarte delante de Dios un amor grande, insaciable, eterno. ¿No me dices nada?
-Sí; que te quiero mucho, muchísimo -dijo la Nela, acercando su rostro al de su amigo-. Pero no te afanes por verme. Quizás no sea yo tan guapa como tú crees.
Diciendo esto, la Nela había rebuscado en su faltriquera y sacado un pedazo de cristal azogado, resto inútil y borroso de un fementido espejo que se rompiera en casa de la Señana la semana anterior. Mirose en él; mas por causa de la pequeñez del vidrio, érale forzoso mirarse por partes, sucesiva y gradualmente, primero un ojo, después la frente. Alejándolo, pudo abarcar la mitad del conjunto. ¡Ay! ¡Cuán triste fue el resultado de sus investigaciones! Guardó el espejillo, y gruesas lágrimas brotaron de sus ojos.
-Nela, sobre mi frente ha caído una gota. ¿Acaso llueve?
-Sí, niño mío, parece que llueve -dijo la Nela sollozando.
-No, es que lloras. Pues has de saber que me lo decía el corazón. Tú eres la misma bondad; tu alma y la mía están unidas por un lazo misterioso y divino: no se pueden separar, ¿verdad? Son dos partes de una misma cosa, ¿verdad?
-Verdad.
-Tus lágrimas me responden más claramente que cuanto pudieras decir. ¿No es verdad que me querrás mucho lo mismo si me dan vista que si continúo privado de ella?
-Lo mismo, sí, lo mismo -dijo la Nela con vehemencia y turbación.
-¿Y me acompañarás?…
-Siempre, siempre.
-Oye tú -exclamó el ciego con amoroso arranque- si me dan a escoger entre no ver y perderte, prefiero…
-Prefieres no ver… ¡Oh! ¡Madre de Dios divino, qué alegría tengo dentro de mí!
-Prefiero no ver con los ojos tu hermosura, porque yo la veo dentro de mí clara como la verdad que proclamo interiormente. Aquí dentro estás, y tu persona me seduce y enamora más que todas las cosas.
-Sí, sí, sí -afirmó la Nela con desvarío- yo soy hermosa, soy muy hermosa.
-Oye tú -exclamó el ciego con amoroso arranque- tengo un presentimiento… sí, un presentimiento. Dentro de mí parece que está Dios hablándome y diciéndome que tendré ojos, que te veré, que seremos felices… ¿No sientes tú lo mismo?
-Yo… El corazón me dice que me verás… pero me lo dice partiéndoseme.
-Veré tu hermosura ¡qué felicidad! -exclamó el ciego con la expresión delirante que era propia de él en ciertos momentos-. Pero si ya la veo; si la veo dentro de mí, clara como la verdad que proclamo y que me llena todo…
-Sí, sí, sí… -repitió la Nela con desvarío, espantados los ojos, trémulos los labios-. Yo soy hermosa, soy muy hermosa.
-Bendita seas tú…
-¡Y tú! -añadió ella besándole en la frente-. ¿Tienes sueño?
-Sí, principio a tener sueño. No he dormido anoche. Estoy tan bien aquí…
-Duérmete, niño…
Principió a cantar como se canta a los niños para que se duerman. Poco después Pablo dormía. La Nela oyó de nuevo la voz de la Trascava, diciéndole:
-Hija mía… aquí, aquí.

– CAPÍTULO IX –
Los Golfines

Teodoro Golfín no se aburría en Socartes. El primer día después de su llegada pasó largas horas en el laboratorio con su hermano, y en los siguientes recorrió de un cabo a otro las minas, examinando y admirando las distintas cosas que allí había, que ya pasmaban por la grandeza de las fuerzas naturales, ya por el poder y brío del arte de los hombres. Por las noches, cuando todo callaba en el industrioso Socartes, quedando sólo en actividad los bullidores hornos, el buen doctor que era muy entusiasta músico, se deleitaba oyendo tocar el piano a su cuñada Sofía, esposa de Carlos Golfín y madre de varios chiquillos que se habían muerto.
Los dos hermanos se profesaban el más vivo cariño. Nacidos en la clase más humilde, habían luchado solos en edad temprana por salir de la ignorancia y de la pobreza, viéndose a punto de sucumbir diferentes veces; mas tanto pudo en ellos el impulso de una voluntad heroica, que al fin llegaron jadeantes a la ansiada orilla, dejando atrás las turbias olas en que se agita en constante estado de naufragio el grosero vulgo.
Teodoro, que era el mayor, fue médico antes que Carlos ingeniero. Ayudó a éste con todas sus fuerzas mientras el joven lo necesitara, y cuando le vio en camino, tomó el que anhelaba su corazón aventurero, yéndose a América. Allá trabajó juntamente con otros afamados médicos europeos, adquiriendo bien pronto fama y dinero. Hizo un viaje a España, tornó al Nuevo Mundo, vino más tarde para regresar al poco tiempo. En cada una de estas excursiones daba la vuelta a Europa para apropiarse los progresos de la ciencia oftálmica que cultivaba.
Era un hombre de facciones bastas, moreno, de fisonomía tan inteligente como sensual, labios gruesos, pelo negro y erizado, mirar centelleante, naturaleza incansable, constitución fuerte, si bien algo gastada por el clima americano. Su cara grande y redonda, su frente huesuda, su melena rebelde, aunque corta, el fuego de sus ojos, sus gruesas manos, habían sido motivo para que dijeran de él: «es un león negro». En efecto parecía un león, y como el rey de los animales, no dejaba de manifestar a cada momento la estimación en que a sí mismo se tenía. Pero la vanidad de aquel hombre insigne era la más disculpable de todas las vanidades, pues consistía en sacar a relucir dos títulos de gloria, a saber: su pasión por la cirugía y la humildad de su origen. Hablaba por lo general incorrectamente, por ser incapaz de construir con gracia y elegancia las oraciones. Eran sus frases rápidas y entrecortadas conforme a la emisión de su pensamiento, que era una especie de emisión eléctrica. Muchas veces Sofía, al pedirle su opinión sobre cualquier cosa, decía: «A ver lo que piensa de esto la Agencia Havas».
-Nosotros -solía decir Teodoro- aunque descendemos de las yerbas del campo, que es el más bajo linaje que se conoce, nos hemos hecho árboles corpulentos… ¡Viva el trabajo y la iniciativa del hombre!…
Yo creo que los Golfines, aunque aparentemente venimos de maragatos, tenemos sangre inglesa en nuestras venas… Hasta nuestro apellido parece que es de pura casta sajona. Yo lo descompondría de este modo: Gold, oro… to find, hallar… Es, como si dijéramos, buscador de oro… He aquí que mientras mi hermano lo busca en las entrañas de la tierra, yo lo busco en el interior maravilloso de ese universo en abreviatura que se llama el ojo humano.
En la época de esta veraz historia venía de América por la vía de New-York Liverpool, y según decía, su expatriación había cesado definitivamente; pero no le creían, por haber dicho lo mismo en otras ocasiones y haber hecho todo lo contrario.
Su hermano Carlos era un bendito, hombre muy pacífico, estudioso, esclavo de su deber, apasionado por la mineralogía y la metalurgia hasta poner a estas dos mancebas cien codos más altas que su mujer. Por lo demás, ambos cónyuges vivían en conformidad completa, o como decía Teodoro, en estado isomórfico, porque cristalizaban en un mismo sistema. En cuanto a él, siempre que se hablaba de matrimonio, decía riendo:
-El matrimonio sería para mí una Epigenesis o cristal pseudomórfico; es decir, un sistema de cristalización que no me corresponde.
Sofía era una excelente señora de regular belleza, cada día reducida a menor expresión, por una tendencia lamentable a la obesidad. Le habían dicho que la atmósfera de carbón de piedra enflaquecía, y por eso había ido a vivir a las minas, con propósito de pasar en ellas todo el año. Por lo demás, aquella atmósfera saturada de polvo de calamina y de humo causábale no poco disgusto. No tenía hijos vivos, y su principal ocupación consistía en tocar el piano y en organizar asociaciones benéficas de señoras para socorros domiciliarios y sostenimiento de hospitales y escuelas. En Madrid, y durante buena porción de años, su actividad había hecho prodigios, ofreciendo ejemplos dignos de imitación a todas las almas aficionadas a la caridad. Ella, ayudada de dos o tres señoras de alto linaje, igualmente amantes del prójimo, había logrado celebrar más de veinte funciones dramáticas, otros tantos bailes de máscaras, seis corridas de toros y dos de gallos, todo en beneficio de los pobres.
En el número de sus vehemencias, que solían ser pasajeras, contábase una que quizás no sea tan recomendable como aquella de socorrer a los menesterosos, y consistía en rodearse de perros y gatos, poniendo en estos animales un afecto que al mismo amor se parecía. Últimamente, y cuando residía en el establecimiento de Socartes, tenía un toy terrier que por encargo le había traído de Inglaterra Ulises Bull, jefe del taller de maquinaria. Era un galguito fino y elegante, delicado y mimoso como un niño. Se llamaba Lili, y había costado en Londres doscientos duros.
Los Golfines paseaban en los días buenos; en los malos tocaban el piano o cantaban, pues Sofía tenía cierto chillido que podía pasar por canto en Socartes. El ingeniero segundo tenía voz de bajo profundo, Teodoro también era bajo profundo, Carlos allá se iba; de modo que armaban una especie de coro de sacerdotes, en el cual descollaba la voz de Sofía como una sacerdotisa a quien van a llevar al sacrificio. Todas las piezas que se cantaban eran, o si no lo eran lo parecían, de sacerdotes sacrificadores y sacerdotisa sacrificada.
En los días de paseo solían merendar en el campo. Una tarde (a últimos de Setiembre y seis días después de la llegada de Teodoro a las minas) volvían de su excursión en el orden siguiente: Lili, Sofía, Teodoro, Carlos. La estrechez del sendero no les permitía caminar de dos en dos. Lili llevaba su manta o gabancito azul con las iniciales de su ama. Sofía apoyaba en su hombro el palo de la sombrilla, y Teodoro llevaba en la misma postura su bastón, con el sombrero en la punta. Gustaba mucho de pasear con la deforme cabeza al aire. Pasaban al borde de la Trascava, cuando Lili, desviándose del sendero con la elástica ligereza de sus patillas como alambres, echó a correr césped abajo por la vertiente del embudo. Primero corría, después resbalaba. Sofía dio un grito de terror. Su primer movimiento, dictado por un afecto que parecía materno, fue correr detrás del animal, tan cercano al peligro; pero su esposo la contuvo, diciendo:
-Deja que se lleve el demonio a Lili, mujer; él volverá. No se puede bajar, porque este césped es muy resbaladizo.
-¡Lili, Lili!…-gritaba Sofía, esperando que sus amantes ayes detendrían al animal en su camino de perdición, trayéndole al de la virtud.
Las voces más tiernas no hicieron efecto en el revoltoso ánimo de Lili, que seguía bajando. A veces miraba a su ama, y con sus expresivos ojuelos negros parecía decirle: «Señora, por el amor de Dios, no sea usted tan tonta».
Lili se detuvo en la gran peña blanquecina, agujereada, muzgosa, que en la boca misma del abismo estaba, como encubriéndola. Fijáronse allí todos los ojos, y al punto observaron que se movía un objeto. Creyeron de pronto ver un animal dañino que se ocultaba detrás de la peña, pero Sofía lanzó un nuevo grito, el cual antes era de asombro que de terror, y dijo:
-Si es la Nela… Nela, ¿qué haces ahí?
Al oír su nombre, la muchacha se mostró toda turbada y ruborosa.
-¿Qué haces ahí, loca? -repitió la dama-. Coge a Lili y tráemelo… ¡Válgame Dios, lo que inventa esta criatura! Miren dónde se ha ido a meter. Tú tienes la culpa de que Lili haya bajado… ¡Qué cosas le enseñas al animalito! Por tu causa es tan mal criado y tan antojadizo.
-Esa muchacha es de la piel de Barrabás -dijo D. Carlos a su hermano-. Mira dónde se ha ido a poner.
Mientras esto se decía en el borde de la Trascava, la Nela había emprendido allá abajo la persecución de Lili, el cual, más travieso y calavera en aquel día que en ningún otro de su monótona existencia, huía de las manos de la chicuela. Gritábale la dama, exhortándole a ser juicioso y formal; pero él, poniendo en olvido las más vulgares nociones del deber, empezó a dar brincos y a mirar con descaro a su ama, como diciéndole: «Señora, ¿quiere usted irse a paseo y dejarme en paz?»
Al final Lili dio con su elegante cuerpo en medio de las zarzas que cubrían la boca de la cueva, y allí la mantita de que iba vestido fuele de grandísimo estorbo. El animal, viéndose imposibilitado de salir de entre la maleza, empezó a ladrar pidiendo socorro.
-¡Que se me pierde, que se me mata! -exclamó gimiendo Sofía-. Nela, Nela, si me lo sacas, te doy un perro grande; sácalo… ve con cuidado… Agárrate bien.
La Nela se deslizó intrépidamente, poniendo su pie sobre las zarzas y robustos hinojos que tapaban el abismo; y sosteniéndose con una mano en las asperezas de la peña, alargó la otra hasta pillar el rabo de Lili, con lo cual le sacó del aprieto en que estaba. Acariciando al animal, subió triunfante a los bordes del embudo.
-Tú, tú, tú tienes la culpa -díjole Sofía de mal talante, aplicándole tres suaves coscorrones- porque si no te hubieras metido allí… Ya sabes que va tras de ti donde quiera que te encuentra… ¡Qué buena pieza!
Y luego, besando al descarriado animal y administrándole dos nalgadas, después de cerciorarse de que no había padecido nada de fundamento en su estimable persona, le arregló la mantita, que se le había puesto por montera, y lo entregó a Nela, diciéndole:
-Toma, llévalo en brazos, porque estará cansado, y estas largas caminatas pueden hacerle daño. Cuidado… Anda delante de nosotros… Cuidado, te repito… Mira que voy detrás observando lo que haces.
Púsose de nuevo en marcha la familia, precedida por la Nela. Lili miraba a su ama por encima del hombro de la Nela, y parecía decirle: «¡Ay, señora; pero qué boba es usted!»
Teodoro Golfín no había dicho nada durante el conmovedor peligro del hermoso Lili, pero cuando se pusieron en marcha por la gran pradera, donde los tres podían ir al lado uno de otro sin molestarse, el doctor dijo a la mujer de su hermano:
-Estoy pensando, querida Sofía, que ese animal te ocupa demasiado. Es verdad que un perro que cuesta doscientos duros no es un perro como otro cualquiera. Yo me pregunto por qué has empleado el tiempo y el dinero en hacerle un gabán a ese señorito canino, y no se te ha ocurrido comprarle unos zapatos a la Nela.
-¡Zapatos a la Nela! -exclamó Sofía riendo-. Y yo pregunto: ¿para qué los quiere?… Tardaría dos días en romperlos. Podrás reírte de mí todo lo que quieras… bien, yo comprendo que cuidar mucho a Lili es una extravagancia… pero no podrás acusarme de falta de caridad… Alto ahí… eso sí que no te lo permito (al decir esto tomaba un tono muy serio con evidente expresión de orgullo). Y en lo de saber practicar la caridad con prudencia y tino, tampoco creo que me eche el pie adelante persona alguna… No consiste, no, la caridad en dar sin ton ni son, cuando no existe la seguridad de que la limosna ha de ser bien empleada. ¡Si querrás darme lecciones!… Mira, Teodoro, que en eso sé tanto como tú en el tratado de los ojos.
-Sí, ya sé, ya sé, querida, que has hecho maravillas. No me cuentes otra vez lo de las funciones dramáticas, bailes y corridas de toros organizadas por tu ingenio para alivio de los pobres, ni lo de las rifas, que poniendo en juego grandes sumas, han servido en primer lugar para dar de comer a unos cuantos holgazanes, quedando sólo para los enfermos un resto de poca monta. Todo eso sólo me prueba las singulares costumbres de una sociedad que no sabe ser caritativa sino bailando, toreando y jugando a la lotería… No hablemos de eso: ya conozco estas heroicidades y las admiro: también eso tiene su mérito, y no poco. Pero tú y tus amigas rara vez os acercáis a un pobre para saber de su misma boca la causa de su miseria… ni para observar qué clase de miseria le aqueja, pues hay algunas tan extraordinarias, que no se alivian con la fácil limosna del ochavo… ni tampoco con el mendrugo de pan…
-Ya tenemos a nuestro filósofo en campaña -dijo Sofía con mal humor-. ¿Qué sabes tú lo que yo he hecho ni lo que he dejado de hacer?
-No te enfades, querida -replicó Golfín-; todos mis argumentos van a parar a un punto, y es que debías haberle comprado zapatos a la Nela.
-Pues mira, mañana mismo se los he de comprar.
-No, porque esta misma noche se los compraré yo. No se meta usted en mis dominios, señora.
-¡Eh!… Nela -gritó Sofía, viendo que la muchacha estaba a larga distancia-. No te alejes mucho; que te vea yo para saber lo que haces.
-¡Pobre criatura! -dijo Carlos-. ¡Quién ha de decir que eso tiene diez y seis años!
-Atrasadilla está. ¡Qué desgracia! -exclamó Sofía-. Y yo me pregunto, ¿para qué permite Dios que tales criaturas vivan?… Y me pregunto también, ¿qué es lo que se puede hacer por ella? Nada, nada más que darle de comer, vestirla hasta cierto punto… Ya se ve… rompe todo lo que le ponen encima. Ella no puede trabajar, porque se desmaya; ella no tiene fuerzas para nada. Saltando de piedra en piedra, subiéndose a los árboles y jugando y enredando todo el día y cantando como los pájaros, cuanto se le pone encima conviértese pronto en jirones…
-Pues yo he observado en la Nela -dijo Carlos- algo de inteligencia y agudeza de ingenio bajo aquella corteza de candor y salvaje rusticidad. No, señor, la Nela no es tonta ni mucho menos. Si alguien se hubiera tomado el trabajo de enseñarle alguna cosa, habría aprendido mejor quizás que la mayoría de los chicos. ¿Qué creen ustedes? La Nela tiene imaginación; por tenerla y carecer hasta de la enseñanza más rudimentaria, es sentimental y supersticiosa.
-Eso es, se halla en la situación de los pueblos primitivos -dijo Teodoro-. Está en la época del pastoreo.
-Ayer precisamente -añadió Carlos- pasaba yo por la Trascava y la vi en el mismo sitio donde la hemos hallado hoy. La llamé, hícela salir, le pregunté qué hacía en aquel sitio, y con la mayor sencillez del mundo me contestó que estaba hablando con su madre… Tú no sabes que la madre de la Nela se arrojó por esa sima.
-Es decir, que se suicidó -dijo Sofía-. Era una mujer de mala vida y peores ideas, según he oído contar. Carlos no estaba aquí todavía; pero nos han dicho que se embriagaba como un fogonero. Y yo me pregunto: ¿Esos seres tan envilecidos que terminan una vida de crímenes con el mayor de todos, que es el suicidio, merecen la compasión del género humano? Hay cosas que horripilan; hay personas que no debieran haber nacido, no señor, y Teodoro podrá decir todas las sutilezas que quiera, pero yo me pregunto…
-No, no te preguntes nada, hermana querida -dijo vivamente Teodoro-. Yo te responderé que el suicida merece la más viva, la más cordial compasión. En cuanto a vituperio, échesele encima todo el que haya disponible, pero al mismo tiempo… bueno será indagar qué causas le llevaron a tan horrible extremo de desesperación… yo observaría si la sociedad no le ha dejado abierta, desamparándole en absoluto, la puerta de ese abismo horrendo que le llama…
-¡Desamparado de la sociedad! Hay algunos que lo están… -dijo Sofía con impertinencia-. La sociedad no puede amparar a todos. Mira la estadística, Teodoro; mírala y verás la cifra de pobres… Pero si la sociedad desampara a alguien, ¿para qué sirve la religión?
-Refiérome al miserable desesperado que reúne a todas las miserias la miseria mayor, que es la ignorancia… El ignorante envilecido y supersticioso sólo posee nociones vagas y absurdas de la divinidad… Lo desconocido, lejos de detenerle, le impulsa más a cometer su crimen… Rara vez hará beneficios la idea religiosa al que vegeta en estúpida ignorancia. A él no se acerca amigo inteligente, ni maestro, ni sacerdote. No se le acerca sino el juez que ha de mandarle a presidio… Es singular el rigor con que condenáis vuestra propia obra -añadió con vehemencia, enarbolando el palo en cuya punta tenía su sombrero-. Estáis viendo delante de vosotros, al pie mismo de vuestras cómodas casas, a una multitud de seres abandonados, faltos de todo lo que es necesario a la niñez, desde los padres hasta los juguetes… les estáis viendo, sí… nunca se os ocurre infundirles un poco de dignidad, haciéndoles saber que son seres humanos, dándoles las ideas de que carecen; no se os ocurre ennoblecerles, haciéndoles pasar del bestial trabajo mecánico al trabajo de la inteligencia; les veis viviendo en habitaciones inmundas, mal alimentados, perfeccionándose cada día en su salvaje rusticidad, y no se os ocurre extender un poco hasta ellos las comodidades de que estáis rodeados… ¡Toda la energía la guardáis luego para declamar contra los homicidios, los robos y el suicidio, sin reparar que sostenéis escuela permanente de estos tres crímenes!
-No sé para qué están ahí los asilos de beneficencia -dijo agriamente Sofía-. Lee la estadística, Teodoro, léela, y verás el número de desdichados… Lee la estadística…
-Yo no leo la estadística, querida hermana, ni me hace falta para nada tu estadística. Buenos son los asilos; pero no, no bastan para resolver el gran problema que ofrece la orfandad. El miserable huérfano, perdido en las calles y en los campos, desamparado de todo cariño personal y amparado sólo por las corporaciones, rara vez llena el vacío que forma en su alma la carencia de familia… ¡oh!, vacío donde debían estar, y rara vez están, la nobleza, la dignidad y la estimación de sí mismo. Sobre este tema tengo una idea, es una idea mía; quizás os parezca un disparate.
-Dínosla.
-El problema de la orfandad y de la miseria infantil no se resolverá nunca en absoluto, como no se resolverán tampoco sus compañeros los demás problemas sociales; pero habrá un alivio a mal tan grande cuando las costumbres, apoyadas por las leyes… por las leyes; ya veis que esto no es cosa de juego, establezcan que todo huérfano, cualquiera que sea su origen… no reírse… tenga derecho a entrar en calidad de hijo adoptivo en la casa de un matrimonio acomodado que carezca de hijos. Ya se arreglarían las cosas de modo que no hubiera padres sin hijos, ni hijos sin padres.
-Con tu sistema -dijo Sofía- ya se arreglarían las cosas de modo que nosotros fuésemos padres de la Nela.
-¿Por qué no? -repuso Teodoro- Entonces no gastaríamos doscientos duros en comprar un perro, ni estaríamos todo el santo día haciendo mimos al señorito Lili.
-¿Y por qué han de estar exentos de esa graciosa ley los solteros ricos? ¿Por qué no han de cargar ellos también con su huérfano, como cada hijo de vecino?
-No me opongo -dijo el doctor, mirando al suelo-. ¿Pero qué es esto?… ¡sangre!
Todos miraron al suelo, donde se veían de trecho en trecho pequeñas manchas de sangre.
-¡Jesús!… -exclamó Sofía, apartando los ojos-. Si es la Nela. Mira cómo se ha puesto los pies.
-Ya se ve… Como tuvo que meterse entre las zarzas para coger a tu dichoso Lili. Nela, ven acá.
La Nela, cuyo pie derecho estaba ensangrentado, se acercó cojeando.
-Dame al pobre Lili -dijo Sofía, tomando el canino de manos de la vagabunda-. No vayas a hacerle daño. ¿Te duele mucho? ¡Pobrecita! Eso no es nada. ¡Oh, cuánta sangre!… No puedo ver eso.
Sensible y nerviosa, Sofía se volvió de espaldas, acariciando a Lili.
-A ver, a ver qué es eso -dijo Teodoro, tomando a la Nela en sus brazos y sentándola en una piedra de la cerca inmediata.
Poniéndose sus lentes, le examinó el pie.
-Es poca cosa; dos o tres rasguños… Me parece que tienes una espina dentro… ¿Te duele?… Sí, aquí está la pícara… Aguarda un momento. Sofía, echa a andar, si te molesta ver una operación quirúrgica.
Mientras Sofía daba algunos pasos para poner su precioso sistema nervioso a cubierto de toda alteración, Teodoro Golfín sacó su estuche, del estuche unas pinzas, y en un santiamén extrajo la espina.
-¡Bien por la mujer valiente! -dijo, observando la serenidad de la Nela-. Ahora vendemos el pie.
Con su pañuelo vendó el pie herido. Marianela trató de andar. Carlos le daba la mano.
-No, no; ven acá -dijo Teodoro, tomando a Marianela por los brazos.
Con rápido movimiento levantola en el aire y la sentó sobre su hombro derecho.
-Si no estás segura, agárrate a mis cabellos; son fuertes. Ahora, lleva tú el palo con el sombrero.
-¡Qué facha! -exclamó Sofía, muerta de risa al verlos venir-. Teodoro con la Nela al hombro, y luego el palo con el sombrero de Gessler…

– CAPÍTULO X –
Historia de dos hijos del pueblo

-Aquí tienes, querida Sofía -dijo Teodoro- un hombre que sirve para todo. Este es el resultado de nuestra educación, ¿verdad, Carlos? Como no hemos sido criados con mimos; como desde nuestra más tierna infancia nos acostumbramos a la idea de que no había nadie inferior a nosotros… Los hombres que se forman solos, como nosotros nos formamos; los que, sin ayuda de nadie, ni más amparo que su voluntad y noble ambición, han logrado salir triunfantes en la lucha por la existencia… sí ¡demonio!, estos son los únicos que saben cómo se ha de tratar a un menesteroso. No te cuento diversos hechos de mi vida, atañederos a esto del prójimo como a ti mismo, por no caer en el feo pecado de la propia alabanza y por temor de causar envidia a tus rifas y a tus bailoteos filantrópicos. Quédese esto aquí.
-Cuéntalos, cuéntalos otra vez, Teodoro.
-No, no… todo eso debe callarse; así lo manda la modestia. Confieso que no poseo en alto grado esta virtud preciosa; yo no carezco de vanidades, y entre ellas tengo la vanidad de haber sido mendigo, de haber pedido limosna de puerta en puerta, de haber andado descalzo con mi hermanito Carlos y dormir con él en los huecos de las puertas, sin amparo, sin abrigo, sin familia. Yo no sé qué extraordinario rayo de energía y de voluntad vibró dentro de mí. Tuve una inspiración. Comprendí que delante de nuestros pasos se abrían dos sendas: la del presidio, la de la gloria. Cargué en mis hombros a mi pobre hermanito, lo mismo que hoy cargo a la Nela, y dije: «Padre nuestro que estás en los cielos, sálvanos»… Ello es que nos salvamos. Yo aprendí a leer y enseñé a leer a mi hermano. Yo serví a diversos amos, que me daban de comer y me permitían ir a la escuela. Yo guardaba mis propinas; yo compré una hucha… Yo reuní para comprar libros… Yo no sé cómo entré en los Escolapios; pero ello es que entré, mientras mi hermano se ganaba su pan haciendo recados en una tienda de ultramarinos…
-¡Qué cosas tienes! -exclamó Sofía muy desazonada, porque no gustaba de oír aquel tema-. Y yo me pregunto: ¿a qué viene el recordar tales niñerías? Además, tú las exageras mucho.
-No exagero nada -dijo Teodoro, con brío-. Señora, oiga usted y calle… Voy a poner cátedra de esto… Oíganme todos los pobres, todos los desamparados, todos los niños perdidos… Yo entré en los Escolapios como Dios quiso; yo aprendí como Dios quiso… Un bendito padre diome buenos consejos y me ayudó con sus limosnas… Sentí afición a la medicina… ¿Cómo estudiarla sin dejar de trabajar para comer? ¡Problema terrible!… Querido Carlos, ¿te acuerdas de cuando entramos los dos a pedir trabajo en una barbería de la antigua calle de Cofreros?… Nunca habíamos cogido una navaja en la mano; pero era preciso ganarse el pan afeitando… Al principio ayudábamos… ¿te acuerdas, Carlos?… Después empuñamos aquellos nobles instrumentos… La flebotomía fue nuestra salvación. Yo empecé a estudiar la anatomía. ¡Ciencia admirable, divina! Tanto era el trabajo escolástico, que tuve que abandonar la barbería de aquel famoso maestro Cayetano… El día en que me despedí, él lloraba… Diome dos duros y su mujer me obsequió con unos pantalones viejos de su esposo… Entré a servir de ayuda de cámara. Dios me protegía dándome siempre buenos amos. Mi afición al estudio interesó a aquellos benditos señores, que me dejaban libre todo el tiempo que podían. Yo velaba estudiando. Yo estudiaba durmiendo. Yo deliraba, y limpiando la ropa repasaba en la memoria las piezas del esqueleto humano… Me acuerdo que el cepillar la ropa de mi amo me servía para estudiar la miología… Limpiando una manga, decía: «músculo deltoides, bíceps, gran supinador, cubital», y en los pantalones: «músculos glúteos, psoas, gemelos, tibial, etc…» En aquella casa dábanme sobras de comida, que yo llevaba a mi hermano, habitante en casa de unos dignos ropavejeros. ¿Te acuerdas, Carlos?
-Me acuerdo -dijo Carlos con emoción-. Y gracias que encontré quien me diera casa por un pequeño servicio de llevar cuentas. Luego tuve la dicha de tropezar con aquel coronel retirado, que me enseñó las matemáticas elementales.
-Bueno: no hay guiñapo que no saquen ustedes hoy a la calle -observó Sofía.
-Mi hermano me pedía pan -añadió Teodoro- y yo le respondía: «¿Pan has dicho?, toma matemáticas…» Un día mi amo me dio entradas para el teatro de la Cruz; llevé a mi hermano y nos divertimos mucho; pero Carlos cogió una pulmonía… ¡Obstáculo terrible, inmenso! Esto era recibir un balazo al principio de la acción… Pero no, ¿quién desmaya?, adelante… a curarle se ha dicho. Un profesor de la Facultad, que me había tomado gran cariño, se prestó a curarle.
-Fue milagro de Dios que me salvara en aquel cuchitril inmundo, almacén de trapo viejo, de hierro viejo y de cuero viejo.
-Dios estaba con nosotros… bien claro se veía… Habíase puesto de nuestra parte… ¡Oh, bien sabía yo a quién me arrimaba! -prosiguió Teodoro, con aquella elocuencia nerviosa, rápida, ardiente, que era tan suya como las melenas negras y la cabeza de león-. Para que mi hermano tuviera medicinas fue preciso que yo me quedara sin ropa. No pueden andar juntas la farmacopea y la indumentaria. Receta tras receta, el enfermo consumió mi capa, después mi levita… mis calzones se convirtieron en píldoras… Pero mis amos no me abandonaban… volví a tener ropa y mi hermano salió a la calle. El médico me dijo: «que vaya a convalecer al campo…» Yo medité… ¿Campo dijiste? Que vaya a la escuela de Minas. Mi hermano era gran matemático. Yo le enseñé la química… pronto se aficionó a los pedruscos, y antes de entrar en la escuela, ya salía al campo de San Isidro a recoger guijarros… Yo seguía adelante en mi navegación por entre olas y huracanes… Cada día era más médico. Un famoso operador me tomó por ayudante; dejé de ser criado… Empecé a servir a la ciencia… mi amo cayó enfermo; asistile como una hermana de la Caridad… Murió, dejándome un legado… ¡cosa graciosa! Consistía en un bastón, una máquina para hacer cigarrillos, un cuerno de caza y cuatro mil reales en dinero. ¡Una fortuna!… Mi hermano tuvo libros, yo ropa, y cuando me vestí de gente, empecé a tener enfermos. Parece que la humanidad perdía la salud sólo por darme trabajo… ¡Adelante, siempre adelante!… Pasaron años, años… al fin vi desde lejos el puerto de refugio después de grandes tormentas… Mi hermano y yo bogábamos sin gran trabajo… ya no estábamos tristes… Dios sonreía dentro de nosotros. ¡Bien por los Golfines!… Dios les había dado la mano. Yo empecé a estudiar los ojos y en poco tiempo dominé la catarata; pero yo quería más… Gané algún dinero; pero mi hermano consumía bastante… Al fin Carlos salió de la escuela… ¡Vivan los hombres valientes!… Después de dejarle colocado en Riotinto, con un buen sueldo, me marché a América. Yo había sido una especie de Colón, el Colón del trabajo; y una especie de Hernán Cortés; yo había descubierto en mí un Nuevo Mundo, y después de descubrirlo, lo había conquistado.
-Alábate, pandero -dijo Sofía riendo.
-Si hay héroes en el mundo, tú eres uno de ellos -afirmó Carlos, demostrando gran admiración por su hermano.
-Prepárese usted ahora, señor semi-Dios -dijo Sofía- a coronar todas sus hazañas haciendo un milagro, que milagro será dar la vista a un ciego de nacimiento… Mira, allí sale D. Francisco a recibirnos.
Avanzando por lo alto del cerro que limita las minas del lado de Poniente, habían llegado a Aldeacorba y a la casa del señor de Penáguilas, que echándose el chaquetón a toda prisa, salió al encuentro de sus amigos. Caía la tarde.

– CAPÍTULO XI –
El patriarca de Aldeacorba

-Ya la están ordeñando -dijo antes de saludarles-. Supongo que todos tomarán leche. ¿Cómo va ese valor, doña Sofía?… ¿Y usted, D. Teodoro?… ¡Buena carga se ha echado a cuestas! ¿Qué tiene María Canela?… una patita mala. ¿De cuándo acá gastamos esos mimos?
Entraron todos en el patio de la casa. Oíanse los graves mugidos de las vacas que acababan de entrar en el establo, y este rumor, unido al grato aroma campesino del heno que los mozos subían al pajar, recreaba dulcemente los sentidos y el ánimo.
El médico sentó a la Nela en un banco de piedra en un banco de piedra, y ella, paralizada por el respeto, no se atrevía a hacer movimiento alguno y miraba a su bienhechor con asombro.
-¿En dónde está Pablo? -preguntó el ingeniero.
-Acaba de bajar a la huerta -replicó el señor de Penáguilas, ofreciendo una rústica silla a Sofía-. Mira, Nela, ve y acompáñale.
-No, no quiero que ande todavía -objetó Teodoro, deteniéndola-. Además va a tomar leche con nosotros.
-¿No quiere usted ver a mi hijo esta tarde? -preguntó el señor de Penáguilas.
-Con el examen de ayer me basta -replicó Golfín-. Puede hacerse la operación.
-¿Con éxito?
-¡Ah! ¡Con éxito!… eso no se puede decir. ¡Cuán gran placer sería para mí dar la vista a quien tanto la merece! Su hijo de usted posee una inteligencia de primer orden, una fantasía superior, una bondad exquisita. Su absoluto desconocimiento del mundo visible hace resaltar más aquellas grandiosas cualidades… se nos presentan solas, admirablemente sencillas, con todo el candor y el encanto de las grandes creaciones de la Naturaleza, donde no ha entrado el arte de los hombres. En él todo es idealismo, un idealismo grandioso, enormemente bello. Es como un yacimiento colosal, como el mármol en las canteras… No conoce la realidad… vive la vida interior, la vida de ilusión pura… ¡Oh! ¡Si pudiéramos darle vista!… A veces me digo: «si al darle la vista le convertiremos de ángel en hombre…» Problema y duda tenemos aquí… Pero hagámosle hombre; ese es el deber de la ciencia; traigámosle del mundo de las ilusiones a la esfera de la realidad, y entonces, dado su poderoso pensar, será verdaderamente inteligente y discreto; entonces sus ideas serán exactas y tendrá el don precioso de apreciar en su verdadero valor todas las cosas.
Sacaron los vasos de leche blanca, espumosa, tibia, rebosando de los bordes con hirviente oleada. Ofreció Penáguilas el primero a Sofía, y los caballeros se apoderaron de los otros dos. Teodoro Golfín dio el suyo a la Nela, que abrumada de vergüenza se negaba a tomarlo.
-Vamos, mujer -dijo Sofía- no seas mal criada: toma lo que te dan.
-Otro vaso para el Sr. D. Teodoro -dijo D. Francisco al criado.
Oyose enseguida el rumorcillo de los menudos chorros que salían de la estrujada ubre.
-Y tendrá la apreciación justa de todas las cosas -dijo D. Francisco, repitiendo esta frase del doctor, la cual había hecho no poca impresión en su espíritu-. Ha dicho usted, señor D. Teodoro, una cosa admirable. Y ya que de esto hablamos, quiero confiarle las inquietudes que hace días tengo. Sentareme también.
Acomodose D. Francisco en un banco que a la mano tenía. Teodoro, Carlos y Sofía se habían sentado en sillas traídas de la casa, y la Nela continuaba en el banco de piedra. La leche que acababa de tomar le había dejado un bigotillo blanco en su labio superior.
-Pues decía, Sr. D. Teodoro, que hace días me tiene inquieto el estado de exaltación en que se halla mi hijo: yo lo atribuyo a la esperanza que le hemos dado… Pero hay más, hay más. Ya sabe usted que acostumbro leerle diversos libros. Creo que ha enardecido demasiado su pensamiento con mis lecturas, y que se ha desarrollado en él una cantidad de ideas superior a la capacidad del cerebro de un hombre que no ve. No sé si me explico bien.
-Perfectamente.
-Sus cavilaciones no acaban nunca. Yo me asombro de oírle y del meollo y agudeza de sus discursos. Creo que su sabiduría está llena de mil errores por la falta de método y por el desconocimiento del mundo visible.
-No puede ser de otra manera.
-Pero lo más raro es que, arrastrado por su imaginación potente, la cual es como un Hércules atado con cadenas dentro de un calabozo y que forcejea por romper hierros y muros…
-Muy bien, muy bien dicho.
-Su imaginación, digo, no puede contenerse en la oscuridad de sus sentidos, y viene a este nuestro mundo de luz y quiere suplir con sus atrevidas creaciones la falta de sentido de la vista. Pablo posee un espíritu de indagación asombroso; pero este espíritu de investigación es un valiente pájaro con las alas rotas. Hace días que está delirante, no duerme, y su afán de saber raya en locura. Quiere que a todas horas le lea libros nuevos, y a cada pausa hace las observaciones más agudas con una mezcla de candor que me hace reír. Afirma y sostiene grandes absurdos, y vaya usted a contradecirle… Temo mucho que se me vuelva maniático; que se desquicie su cerebro… ¡Si viera usted cuán triste y caviloso se me pone a veces!… Y coge un tema, y dale que le darás, no lo suelta en una semana. Hace días que no sale de un tema tan gracioso como original. Ha dado en sostener que la Nela es bonita.
Oyéronse risas, y la Nela se quedó como púrpura.
-¡Que la Nela es bonita! -exclamó Teodoro cariñosamente-. Pues sí que lo es.
-Ya lo creo, y ahora que tiene su bigote blanco -dijo Sofía.
-Pues sí que es guapa -repitió Teodoro, tomándole la cara-. Sofía, dame tu pañuelo… Vamos, fuera ese bigote.
Teodoro devolvió a Sofía su pañuelo después de afeitar a la Nela. Díjole a esta D. Francisco que fuese a acompañar al ciego, y cojeando entró en la casa.
-Y cuando le contradigo -añadió el señor de Aldeacorba- mi hijo me contesta que el don de la vista quizás altere en mí ¡qué disparate más gracioso!, la verdad de las cosas.
-No le contradiga usted y suspenda por ahora absolutamente las lecturas. Durante algunos días ha de adoptar un régimen de tranquilidad absoluta. Hay que tratar al cerebro con grandes miramientos antes de emprender una operación de esta clase.
-Si Dios quiere que mi hijo vea -dijo el señor de Penáguilas con fervor- le tendré a usted por el más grande, por el más benéfico de los hombres. La oscuridad de sus ojos es la oscuridad de mi vida: esa sombra negra ha hecho tristes mis días, entenebreciéndome el bienestar material que poseo. Soy rico: ¿de qué me sirven mis riquezas? Nada de lo que él no pueda ver es agradable para mí. Hace un mes he recibido la noticia de haber heredado una gran fortuna… ya sabe usted, Sr. D. Carlos, que mi primo Faustino ha muerto en Matamoros. No tiene hijos; le heredamos mi hermano Manuel y yo… Esto es echar margaritas a puercos, y no lo digo por mi hermano, que tiene una hija preciosa ya casadera; dígolo por este miserable que no puede hacer disfrutar a su único hijo las delicias honradas de una buena posición.
Siguió a estas palabras un largo silencio, sólo interrumpido por el cariñoso mugido de las vacas en el cercano establo.
-Para él -añadió el patriarca de Aldeacorba con profunda tristeza- no existe el goce del trabajo, que es el primero de todos los goces. No conociendo las bellezas de la Naturaleza, ¿qué significan para él la amenidad del campo ni las delicias de la agricultura? Yo no sé cómo Dios ha podido privar a un ser humano de admirar una res gorda, un árbol cuajado de peras, un prado verde, y de ver apilados los frutos de la tierra y de repartir su jornal a los trabajadores y de leer en el cielo el tiempo que ha de venir. Para él no existe más vida que una cavilación febril. Su vida solitaria ni aun tendrá el consuelo de la familia, porque cuando yo me muera ¿qué familia tendrá el pobre ciego? Ni él querrá casarse, ni habrá mujer de punto que con él se despose, a pesar de sus riquezas, ni yo le aconsejaré tampoco que tome estado. Así es que cuando el señor D. Teodoro me ha dado esperanza… he visto el cielo abierto; he visto una especie de Paraíso en la tierra… he visto un joven y alegre y sencillo matrimonio; he visto ángeles, nietecillos alrededor de mí; he visto mi sepultura embellecida con las flores de la infancia, con las tiernas caricias que aun después de mi última hora subsistirán acompañándome debajo de la tierra… Ustedes no comprenden esto; no saben que mi hermano Manuel, que es más bueno que el buen pan, luego que ha tenido noticia de mis esperanzas, ha empezado a hacer cálculos y más cálculos… Vean ustedes lo que me dice… (Sacó varias cartas que revolvió breve rato sin dar con la que buscaba)… En resumidas cuentas, él está loco de contento, y me ha dicho: «Casaré a mi Florentina con tu Pablito, y aquí tienes colocado a interés compuesto el medio millón de pesos del primo Faustino…» Me parece que veo a Manolo frotándose las manos y dando zancajos como es su costumbre cuando tiene una idea feliz. Les espero a él y a su hija de un momento a otro: vienen a pasar conmigo el 4 de octubre y a ver en qué para esta tentativa de dar luz a mi hijo…
Iba avanzando mansamente la noche y los cuatro personajes rodeábanse de una sombra apacible. La casa empezaba a humear, anunciando la grata cena de aldea. El patriarca, que parecía la expresión humana de aquella tranquilidad melancólica, volvió a tomar la palabra, diciendo:
-La felicidad de mi hermano y la mía dependen de que yo tenga un hijo que ofrecer por esposo a Florentina, que es tan guapa como la Madre de Dios, como la Virgen María Inmaculada según la pintan cuando viene el ángel a decirle: «el Señor es contigo…» Mi ciego no servirá para el caso… pero mi hijo Pablo con vista será la realidad de todos mis sueños y la bendición de Dios entrando en mi casa.
Callaron todos, hondamente impresionados por la relación tan patética como sencilla del bondadoso padre. Este llevó a sus ojos la mano basta y ruda, endurecida por el arado, y se limpió una lágrima:
-¿Qué dices tú a eso, Teodoro? -preguntó Carlos a su hermano.
-No digo más sino que he examinado a conciencia este caso, y que no encuentro motivos suficientes para decir: «no tiene cura», como han dicho los médicos famosos a quienes ha consultado nuestro amigo. Yo no aseguro la curación; pero no la creo imposible. El examen catóptrico que hice ayer no me indica lesión retiniana ni alteración de los nervios de la visión. Si la retina está bien, todo se reduce a quitar de en medio un tabique importuno… El cristalino, volviéndose opaco y a veces duro como piedra, es el que nos hace estas picardías. Si todos los órganos desempeñaran su papel como les está mandado… Pero allí, en esa república del ojo, hay muchos holgazanes que se atrofian…
-De modo que todo queda reducido a una simple catarata congénita -dijo el patriarca con afán.
-¡Oh, no, señor; si fuera eso sólo, seríamos felices! Bastaba decretar la cesantía de ese funcionario que tan mal cumple su obligación… Le mandan que dé paso a la luz, y en vez de hacerlo, se congestiona, se altera, se endurece, se vuelve opaco como una pared. Hay algo más, Sr. D. Francisco. El iris tiene fisura. La pupila necesita que pongamos la mano en ella. Pero de todo eso me río yo, si cuando tome posesión de ese ojo por tanto tiempo dormido, entro en él y encuentro la coroides y la retina en buen estado. Si por el contrario después que aparte el cristalino, entro con la luz en mi nuevo palacio recién conquistado, y me encuentro con una amaurosis total… Si fuera incompleta, habríamos ganado mucho; pero si es general… Contra la muerte del aparato nervioso de la visión no podemos nada. Nos está prohibido meternos en las honduras de la vida… ¿Qué hemos de hacer? Paciencia. El caso presente ha llamado extraordinariamente mi atención: hay síntomas de que los aposentos interiores no están mal. Su Majestad la retina se halla quizás dispuesta a recibir los rayos lumínicos que se le quieran presentar. Su Alteza el humor vítreo probablemente no tendrá novedad. Si la larguísima falta de ejercicio en sus funciones le ha producido algo de glaucoma… una especie de tristeza… ya trataremos de arreglarle. Todo estará muy bien allá en la cámara regia… Pero pienso otra cosa. La fisura y la catarata permiten comúnmente que entre un poco de claridad, y nuestro ciego no percibe claridad alguna. Esto me ha hecho cavilar… Verdad es que las capas corticales están muy opacas… los obstáculos que halla la luz son muy fuertes… Allá veremos, D. Francisco. ¿Tiene usted valor?
-¿Valor? ¡Que si tengo valor! -exclamó don Francisco con cierto énfasis.
-Se necesita mucho valor para afrontar el caso siguiente…
-¿Cuál?
-Que su hijo de usted sufra una operación dolorosa, y después se quede tan ciego como antes… Yo dije a usted: «La imposibilidad no está demostrada, ¿hago la operación?»
-Y yo respondí, y ahora respondo: «Hágase la operación, y cúmplase la voluntad de Dios. Adelante.»
-¡Adelante! Ha pronunciado usted mi palabra.
Levantose D. Francisco y estrechó entre sus dos manos la de Teodoro, tan parecida a la zarpa de un león.
-En este clima la operación puede hacerse en los primeros días de Octubre -dijo Golfín-. Mañana fijaremos el tratamiento a que debe sujetarse el paciente… Y nos vamos, que se siente fresco en estas alturas.
Penáguilas ofreció a sus amigos casa y cena, mas no quisieron estos aceptar. Salieron todos, juntamente con la Nela, a quien Teodoro quiso llevar consigo, y también salió D. Francisco para hacerles compañía hasta el establecimiento.
Convidados del silencio y belleza de la noche, fueron departiendo sobre cosas agradables; unas relativas al rendimiento de las minas, otras a las cosechas del país. Cuando los Golfines entraron en su casa, volviose a la suya don Francisco solo y triste, andando despacio y con la vista fija en el suelo. Pensaba en los terribles días de ansiedad y de esperanza, de sobresalto y dudas que iban a venir. Por el camino encontró a Choto y ambos subieron lentamente la escalera de palo. La luna alumbraba bastante, y la sombra del patriarca subía delante de él quebrándose en los peldaños y haciendo como unos dobleces que saltaban de escalón en escalón. El perro iba a su lado. No teniendo D. Francisco otro ser a quien fiar los pensamientos que abrumaban su cerebro, dijo así:
-Choto, ¿qué sucederá?

– CAPÍTULO XII –
El doctor Celipín

El señor Centeno, después de recrear su espíritu en las borrosas columnas del Diario, y la Señana, después de gustar el más embriagador deleite sopesando lo contenido en el calcetín, se acostaron. Habían marchado también los hijos a reposar sobre sus respectivos colchones. Oyose en la sala una retahíla que parecía oración o romance de ciego; oyéronse bostezos, sobre los cuales trazaba cruces el perezoso dedo… La familia de piedra dormía.
Cuando la casa fue el mismo Limbo, oyose en la cocina rumorcillo como de alimañas que salen de sus agujeros para buscarse la vida. Las cestas se abrieron y Celipín oyó estas palabras:
-Celipín, esta noche sí que te traigo un buen regalo; mira.
Celipín no podía distinguir nada; pero alargando su mano tomó de la de María dos duros como dos soles, de cuya autenticidad se cercioró por el tacto, ya que por la vista difícilmente podía hacerlo, quedándose pasmado y mudo.
-Me los dio D. Teodoro -añadió la Nela- para que me comprara unos zapatos. Como yo para nada necesito zapatos, te los doy, y así pronto juntarás aquello.
-¡Córcholis!, ¡que eres más buena que María Santísima!… Ya poco me falta, Nela, y en cuanto apande media docena de reales… ya verán quién es Celipín.
-Mira, hijito, el que me ha dado ese dinero andaba por las calles pidiendo limosna cuando era niño, y después…
-¡Córcholis! ¡Quién lo había de decir!… D. Teodoro… ¡Y ahora tiene más dinero!… Dicen que lo que tiene no lo cargan seis mulas.
-Y dormía en las calles y servía de criado y no tenía calzones… en fin, que era más pobre que las ratas. Su hermano D. Carlos vivía en una casa de trapo viejo.
-¡Jesús! ¡Córcholis! Y qué cosas se ven por esas tierras… Yo también me buscaré una casa de trapo viejo.
-Y después tuvo que ser barbero para ganarse la vida y poder estudiar.
-Miá tú… yo tengo pensado irme derecho a una barbería… Yo me pinto solo para rapar… ¡Pues soy yo poco listo en gracia de Dios! Desde que yo llegue a Madrid, por un lado rapando y por otro estudiando, he de aprender en dos meses toda la ciencia. Miá tú, ahora se me ha ocurrido que debo tirar para médico… Sí, médico, que echando una mano a este pulso, otra mano al otro, se llena de dinero el bolsillo.
-D. Teodoro -dijo la Nela- tenía menos que tú, porque tú vas a tener cinco duros, y con cinco duros parece que todo se ha de venir a la mano. Aquí de los hombres guapos. Don Teodoro y D. Carlos eran como los pájaros que andan solos por el mundo. Ellos con su buen gobierno se volvieron sabios. D. Teodoro leía en los muertos y D. Carlos leía en las piedras, y así los dos aprendieron el modo de hacerse personas cabales. Por eso es D. Teodoro tan amigo de los pobres. Celipín, si me hubieras visto esta tarde cuando me llevaba al hombro… Después me dio un vaso de leche y me echaba unas miradas11 como las que se echan a las señoras.
-Todos los hombres listos somos de ese modo -observó Celipín con petulancia-. Verás tú qué fino y galán voy a ser yo cuando me ponga mi levita y mi sombrero de una tercia de alto. Y también me calzaré las manos con eso que llaman guantes, que no pienso quitarme nunca como no sea sino para tomar el pulso… Tendré un bastón con una porra dorada y me vestiré… eso sí, en mis carnes no se pone sino paño fino… ¡Córcholis! Te vas a reír cuando me veas.
-No pienses todavía en esas cosas de remontarte mucho, que eres más pelado que un huevo -le dijo ella-. Vete poquito a poquito; hoy me aprendo esto, mañana lo otro. Yo te aconsejo que antes de aprender eso de curar a los enfermos, debes aprender a escribir para que pongas una carta a tu madre pidiéndole perdón y diciéndole que te has ido de tu casa para afinarte, hacerte como D. Teodoro y ser un médico muy cabal.
-Calla, mujer… ¿Pues qué creías que la escritura no es lo primero?… Deja tú que yo coja una pluma en la mano y verás qué rasgueos de letras y qué perfiles finos para arriba y para abajo, como la firma de D. Francisco Penáguilas… ¡Escribir!, a mí con esas… a los cuatro días verás qué cartas pongo… Ya las oirás leer y verás qué concéitos los míos y qué modo aquel de echar retólicas que os dejen bobos a todos. ¡Córcholis! Nela, tú no sabes que yo tengo mucho talento. Lo siento aquí dentro de mi cabeza, haciéndome burumbum, burumbum, como el agua de la caldera de vapor… Como que no me deja dormir, y pienso que es que todas las ciencias se me entran aquí, y andan dentro volando a tientas como los murciélagos y diciéndome que las estudie. Todas, todas las ciencias las he de aprender, y ni una sola se me ha de quedar… Verás tú…
-Pues debe de haber muchas. Pablo Penáguilas que las sabe todas, me ha dicho que son muchas y que la vida entera de un hombre no basta para una sola.
-Ríete tú de eso… Ya me verás a mí…
-Y la más bonita de todas es la de D. Carlos… Porque mira tú que eso de coger una piedra y hacer con ella latón. Otros dicen que hacen plata y también oro. Aplícate a eso, Celipillo.
-Desengáñate, no hay saber como ese de cogerle a uno la muñeca y mirarle la lengua, y decir al momento en qué hueco del cuerpo tiene aposentado el maleficio… Dicen que don Teodoro le saca un ojo a un hombre y le pone otro nuevo, con el cual ve como si fuera ojo nacido… Miá tú que eso de ver un hombre que se está muriendo, y con mandarle tomar, pongo el caso, media docena de mosquitos guisados un lunes con palos de mimbre cogidos por una doncella que se llame Juana, dejarle bueno y sano, es mucho aquel… Ya verás, ya verás cómo se porta D. Celipín el de Socartes. Te digo que se ha de hablar de mí hasta en la Habana.
-Bien, bien -dijo la Nela con alegría-: pero mira que has de ser buen hijo, pues si tus padres no quieren enseñarte es porque ellos no tienen talento, y pues tú lo tienes, pídele por ellos a la Santísima Virgen y no dejes de mandarles algo de lo mucho que vas a ganar.
-Eso sí lo haré. Miá tú, aunque me voy de la casa, no es que quiera mal a mis padres, y ya verás como dentro de poco tiempo ves venir un mozo de la estación cargado que se revienta con unos grandes paquetes; y ¿qué será? Pues refajos para mi madre y mis hermanas y un sombrero alto para mi padre. A ti puede que te mande también un par de pendientes.
-Muy pronto regalas -dijo la Nela sofocando la risa-. ¡Pendientes para mí!…
-Pero ahora se me está ocurriendo una cosa. ¿Quieres que te la diga? Pues es que tú debías venir conmigo, y siendo dos, nos ayudaríamos a ganar y a aprender. Tú también tienes talento, que eso del pesquis a mí no se me escapa, y bien podías llegar a ser señora, como yo caballero. ¡Qué me había de reír si te viera tocando el piano como doña Sofía!
-¡Qué bobo eres! Yo no sirvo para nada. Si fuera contigo sería un estorbo para ti.
-Ahora dicen que van a dar vista a don Pablo, y cuando él tenga vista nada tienes tú que hacer en Socartes. ¿Qué te parece mi idea?… ¿No respondes?
Pasó algún tiempo sin que la Nela contestara nada. Preguntó de nuevo Celipín, sin obtener respuesta.
-Duérmete, Celipín -dijo al fin la de las cestas-. Yo tengo mucho sueño.
-Como mi talento me deje dormir, a la buena de Dios.
Un minuto después se veía a sí mismo en figura semejante a la de D. Teodoro Golfín, poniendo ojos nuevos en órbitas viejas, claveteando piernas rotas y arrancando criaturas a la muerte, mediante copiosas tomas de mosquitos guisados un lunes con palos de mimbre cogidos por una doncella. Viose cubierto de riquísimos paños, con las manos aprisionadas en guantes olorosos y arrastrado en coche, del cual tiraban cisnes, que no caballos, y llamado por reyes o solicitado de reinas, por honestas damas requerido, alabado de magnates y llevado en triunfo por los pueblos todos de la tierra.

– CAPÍTULO XIII –
Entre dos cestas

La Nela cerró sus conchas para estar más sola. Sigámosla; penetremos en su pensamiento. Pero antes conviene hacer algo de historia.
Habiendo carecido absolutamente de instrucción en su edad primera; habiendo carecido también de las sugestiones cariñosas que enderezan el espíritu de un modo seguro al conocimiento de ciertas verdades, habíase formado Marianela en su imaginación poderosa un orden de ideas muy singular, una teogonía extravagante y un modo rarísimo de apreciar las causas y los efectos de las cosas. La idea de Teodoro Golfín era exacta al comparar el espíritu de Nela con los pueblos primitivos. Como en éstos, dominaba en ella el sentimiento y la fascinación de lo maravilloso; creía en poderes sobrenaturales, distintos del único y grandioso Dios, y veía en los objetos de la Naturaleza personalidades vagas que no carecían de modos de comunicación con los hombres.
A pesar de esto, la Nela no ignoraba completamente el Evangelio. Jamás le fue bien enseñado; pero había oído hablar de él. Veía que la gente iba a una ceremonia que llamaban misa, tenía idea de un sacrificio sublime; mas sus nociones no pasaban de aquí. Habíase acostumbrado a respetar, en virtud de un sentimentalismo contagioso, al Dios crucificado; sabía que aquello debía besarse; sabía además algunas oraciones aprendidas de rutina; sabía que todo aquello que no se poseía debía pedirse a Dios; pero nada más. El horrible abandono en que había estado su inteligencia hasta el tiempo de su amistad con el señorito de Penáguilas era causa de esto. Y la amistad con aquel ser extraordinario, que desde su oscuridad exploraba con el valiente ojo de su pensamiento infatigable los problemas de la vida, había llegado tarde. En el espíritu de la Nela estaba ya petrificado lo que podremos llamar su filosofía, hechura de ella misma, un no sé qué de paganismo y de sentimentalismo, mezclados y confundidos. Debemos añadir que María, a pesar de vivir tan fuera del elemento común en que todos vivimos, mostraba casi siempre buen sentido y sabía apreciar sesudamente las cosas de la vida, como se ha visto en los consejos que daba a Celipín. La grandísima valía de su alma explica esto.
La más notable tendencia de su espíritu era la que la impulsaba con secreta pasión a amar la hermosura física, donde quiera que se encontrase. No hay nada más natural, tratándose de un ser criado en soledad profunda bajo el punto de vista de la sociedad y de la ciencia, y en comunicación abierta y constante, en trato familiar, digámoslo así, con la Naturaleza, poblada de bellezas imponentes o graciosas, llena de luz y colores, de murmullos elocuentes y de formas diversas. Pero Marianela había mezclado con su admiración el culto, y siguiendo una ley, propia también del estado primitivo, había personificado todas las bellezas que adoraba en una sola, ideal y con forma humana. Esta belleza era la Virgen María, adquisición hecha por ella en los dominios del Evangelio, que tan imperfectamente poseía. La Virgen María no habría sido para ella el ideal más querido, si a sus perfecciones morales no reuniera todas las hermosuras, guapezas y donaires del orden físico, si no tuviera una cara noblemente hechicera y seductora, un semblante humano y divino al mismo tiempo, que a ella le parecía resumen y cifra de toda la luz del mundo, de toda la melancolía y paz sabrosa de la noche, de la música de los arroyos, de la gracia y elegancia de todas las flores, de la frescura del rocío, de los suaves quejidos del viento, de la inmaculada nieve de las montañas, del cariñoso mirar de las estrellas y de la pomposa majestad de las nubes cuando gravemente discurren por la inmensidad del cielo.
La persona de Dios representábasele terrible y ceñuda, más propia para infundir respeto que cariño. Todo lo bueno venía de la Virgen María, y a la Virgen debía pedirse todo lo que han menester las criaturas. Dios reñía y ella sonreía. Dios castigaba y ella perdonaba. No es esta última idea tan rara para que llame la atención. Casi rige en absoluto a las clases menesterosas y rurales de nuestro país.
También es común en éstas, cuando se junta un gran abandono a una gran fantasía, la fusión que hacía la Nela entre las bellezas de la Naturaleza y aquella figura encantadora que resume en sí casi todos los elementos estéticos de la idea cristiana. Si a la soledad en que vivía la Nela hubieran llegado menos nociones cristianas de las que llegaron; si su apartamiento del foco de ideas hubiera sido absoluto, su paganismo habría sido entonces completo habría adorado la Luna, los bosques, el fuego, los arroyos, el sol.
Esta era la Nela que se crió en Socartes, y así llegó a los quince años. Desde esta fecha su amistad con Pablo y sus frecuentes coloquios con quien poseía tantas y tan buenas nociones, modificaron algo su modo de pensar; pero la base de sus ideas no sufrió alteración. Continuaba dando a la hermosura física cierta soberanía augusta; seguía llena de supersticiones y adorando en la Santísima Virgen como un compendio de todas las bellezas naturales; haciendo de esta persona la ley moral, y rematando su sistema con las más extrañas ideas respecto a la muerte y la vida futura.
Encerrándose en sus conchas, Marianela habló así:
-Madre de Dios y mía, ¿por qué no me hiciste hermosa? ¿Por qué cuando mi madre me tuvo no me miraste desde arriba?… Mientras más me miro más fea me encuentro. ¿Para qué estoy yo en el mundo?, ¿para qué sirvo?, ¿a quién puedo interesar?, a uno solo, Señora y madre mía, a uno solo que me quiere porque no me ve. ¿Qué será de mí cuando me vea y deje de quererme?… porque ¿cómo es posible que me quiera viendo este cuerpo chico, esta figurilla de pájaro, esta tez pecosa, esta boca sin gracia, esta nariz picuda, este pelo descolorido, esta persona mía que no sirve sino para que todo el mundo le dé con el pie. ¿Quién es la Nela? Nadie. La Nela sólo es algo para el ciego. Si sus ojos nacen ahora y los vuelve a mí y me ve, caigo muerta… Él es el único para quien la Nela no es menos que los gatos y los perros. Me quiere como quieren los novios a sus novias, como Dios manda que se quieran las personas… Señora madre mía, ya que vas a hacer el milagro de darle vista, hazme hermosa a mí o mátame, porque para nada estoy en el mundo. Yo no soy nada ni nadie más que para uno solo… ¿Siento yo que recobre la vista? No, eso no, eso no. Yo quiero que vea. Daré mis ojos porque él vea con los suyos; daré mi vida toda. Yo quiero que D. Teodoro haga el milagro que dicen. ¡Benditos sean los hombres sabios! Lo que no quiero es que mi amo me vea, no. Antes que consentir que me vea, ¡Madre mía!, me enterraré viva; me arrojaré al río… Sí, sí; que se trague la tierra mi fealdad. Yo no debía haber nacido…
Y luego, dando una vuelta en la cesta, proseguía:
-Mi corazón es todo para él. Este cieguito que ha tenido el antojo de quererme mucho, es para mí lo primero del mundo después de la Virgen María. ¡Oh! ¡Si yo fuese grande y hermosa; si tuviera el talle, la cara y el tamaño… sobre todo el tamaño de otras mujeres; si yo pudiese llegar a ser señora y componerme!… ¡Ay!, entonces mi mayor delicia sería que sus ojos se recrearan en mí… Si yo fuera como las demás, siquiera como Mariuca… ¡qué pronto buscaría el modo de instruirme, de afinarme, de ser una señora!… ¡Oh! ¡Madre y reina mía, lo único que tengo me lo vas a quitar!… ¿Para qué permitiste que le quisiera yo y que él me quisiera a mí? Esto no debió ser así:
Y derramando lágrimas y cruzando los brazos, añadió medio vencida por el sueño:
-¡Ay! ¡Cuánto te quiero, niño de mi alma! Quiéreme mucho, a la Nela, a la pobre Nela que no es nada… Quiéreme mucho… Déjame darte un beso en tu preciosísima cabeza… pero no abras los ojos, no me mires… ciérralos, así, así.

– CAPÍTULO XIV –
De cómo la Virgen María se apareció a la Nela

Los pensamientos que huyen cuando somos vencidos por el sueño, suelen quedarse en acecho para volver a ocuparnos bruscamente cuando despertamos. Así ocurrió a Mariquilla, que habiéndose quedado dormida con los pensamientos más raros acerca de la Virgen María, del ciego, y de su propia fealdad, que ella deseaba ver trocada en pasmosa hermosura, con ellos mismos despertó cuando los gritos de la Señana la arrancaron de entre sus cestas. Desde que abrió los ojos, la Nela hizo su oración de costumbre a la Virgen María; pero aquel día la oración fue una retahíla compuesta de la retahíla ordinaria de las oraciones y de algunas piezas de su propia invención, resultando un discurso que si se escribiera habría de ser curioso. Entre otras cosas, la Nela dijo:
«Anoche te me has aparecido en sueños, Señora, y me prometiste que hoy me consolarías. Estoy despierta y me parece que todavía te estoy mirando y que tengo delante tu cara, más linda que todas las cosas guapas y hermosas que hay en el mundo».
Al decir esto, la Nela revolvía sus ojos con desvarío en derredor de sí… Observándose a sí misma de la manera vaga que podía hacerlo, pensó de este modo: -A mí me pasa algo.
-¿Qué tienes, Nela?, ¿qué te pasa, chiquilla? -le dijo la Señana, notando que la muchacha miraba con atónitos ojos a un punto fijo del espacio-. ¿Estás viendo visiones, marmota?
La Nela no respondió porque estaba su espíritu ocupado en platicar consigo mismo, diciéndose:
-¿Qué es lo que yo tengo?… No puede ser maleficio, porque lo que tengo dentro de mí no es la figura feísima y negra del demonio malo, sino una cosa celestial, una cara, una sonrisa y un modo de mirar que, o yo estoy tonta, o son de la misma Virgen María en persona. Señora y madre mía, ¿será verdad que hoy vas a consolarme?… ¿Y cómo me vas a consolar? ¿Qué te he pedido anoche?
-¡Eh!… chiquilla -gritó la Señana con voz desapacible, como el más destemplado sonido que puede oírse en el mundo-. Ven a lavarte esa cara de perro.
La Nela corrió. Había sentido en su espíritu un sacudimiento como el que produce la repentina invasión de una gran esperanza. Mirose en la trémula superficie del agua, y al instante sintió que su corazón se oprimía.
-Nada… -murmuró- tan feíta como siempre. La misma figura de niña con alma y años de mujer.
Después de lavarse, sobrecogiéronla las mismas extrañas sensaciones que había experimentado antes, al modo de congojas placenteras. Marianela, a pesar de su escasa experiencia, tuvo tino para clasificar aquellas sensaciones en el orden de los presentimientos.
-Pablo y yo -pensó- hemos hablado de lo que se siente cuando va a venir una cosa alegre o triste. Pablo me ha dicho también que poco antes de los temblores de tierra se siente una cosa particular, y las personas sienten una cosa particular… y los animales sienten también una cosa particular… ¿Irá a temblar la tierra?
Arrodillándose tentó el suelo.
-No sé… pero algo va a pasar. Que es una cosa buena no puedo dudarlo… La Virgen me dijo anoche que hoy me consolaría… ¿Qué es lo que tengo?… ¿Esa Señora celestial anda alrededor de mí? No la veo, pero la siento, está detrás, está delante.
Pasó por junto a las máquinas de lavado en dirección al plano inclinado y miraba con despavoridos ojos a todas partes. No veía más que las figuras de barro crudo que se agitaban con gresca infernal en medio del áspero bullicio de las cribas cilíndricas, pulverizando el agua y humedeciendo el polvo. Más adelante, cuando se vio sola, se detuvo, y poniéndose el dedo en la frente y clavando los ojos en el suelo con la vaguedad que imprime a aquel sentido la duda, se hizo esta pregunta:
-¿Pero yo estoy alegre o estoy triste?»
Miró después al cielo, admirándose de hallarlo lo mismo que todos los días (y era aquél de los más hermosos) y avivó el paso para llegar pronto a Aldeacorba de Suso. En vez de seguir la cañada de las minas para subir por la escalera de palo, se apartó de la hondonada por el regato que hay junto al plano inclinado, con objeto de subir a las praderas y marchar después derecha y por camino llano a Aldeacorba. Este camino era más bonito y por eso lo prefería casi siempre. Había callejas pobladas de graciosas y aromáticas flores, en cuya multitud pastaban rebaños de abejas y mariposas; había grandes zarzales llenos del negro fruto que tanto apetecen los chicos; había grupos de guinderos, en cuyos troncos se columpiaban las madreselvas, y había también corpulentas encinas, grandes, anchas, redondas, hermosas, oscuras, que parece se recreaban contemplando su propia sombra.
La Nela seguía andando despacio, inquieta de lo que en sí misma pasaba y de la angustia deliciosa que la embargaba. Su imaginación fecunda supo al fin hallar la fórmula más propia para expresar aquella obsesión, y recordando haber oído decir: Fulano o Zutano tiene los demonios en el cuerpo, ella dijo: -«Yo tengo los ángeles en el cuerpo… Virgen María, tú estás hoy conmigo. Esto que siento son las carcajadas de tus ángeles que juegan dentro de mí. Tú no estás lejos, te veo y no te veo, como cuando vemos con los ojos cerrados».
La Nela cerraba los ojos y los volvía a abrir. Habiendo pasado junto a un bosque, dobló el ángulo del camino para llegar a un sitio donde se extendía un gran bardo de zarzas, las más frondosas, las más bonitas y crecidas de todo aquel país. También se veían lozanos helechos, madreselvas, parras vírgenes y otras plantas de arrimo, que se sostenían unas a otras por no haber allí grandes troncos. La Nela sintió que las ramas se agitaban a su derecha; miró… ¡Cielos divinos! Allí estaba dentro de un marco de verdura la Virgen María Inmaculada, con su propia cara, sus propios ojos, que al mirar ponían en sí mismos toda la hermosura del cielo. La Nela se quedó muda, petrificada, y con una sensación que era al mismo tiempo el fervor y el espanto. No pudo dar un paso, ni gritar, ni moverse, ni respirar, ni apartar sus ojos de aquella aparición maravillosa.
Había aparecido entre el follaje, mostrando completamente todo su busto y cara. Era, sí, la auténtica imagen de aquella escogida doncella de Nazareth, cuya perfección moral han tratado de expresar por medio de la forma pictórica los artistas de diez y ocho siglos, desde San Lucas hasta los contemporáneos. La humanidad ha visto esta sacra persona con distintos ojos, ora con los de Alberto Dürer12, ora con los de Rafael Sanzio, o bien con los de Van Eick13 o Bartolomé Murillo. Aquella que a la Nela se apareció era según el modo Rafaelesco, que es el más sobresaliente de todos, si se atiende a que la perfección de la belleza humana se acerca más que ningún otro recurso artístico a la expresión de la divinidad. El óvalo de su cara era menos angosto que el del tipo sevillano, ofreciendo la graciosa redondez del tipo itálico. Sus ojos de admirables proporciones, eran la misma serenidad unida a la gracia, a la armonía, con un mirar tan distinto de la frialdad como del extremado relampagueo de los ojos andaluces. Sus cejas eran delicada hechura del más fino pincel y trazaban un arco sutil y delicioso. En su frente no se concebían el ceño del enfado ni las sombras de la tristeza, y sus labios un poco gruesos, dejaban ver al sonreír los más preciosos dientes que han mordido manzana del Paraíso. Sin querer hemos ido a parar a nuestra madre Eva, cuando tan lejos está la que dio el triunfo a la serpiente de la que aplastó su cabeza; pero la consideración de las distintas maneras de la belleza humana conduce a estos y a otros más lamentables contrasentidos. Para concluir el imperfecto retrato de aquella visión divina que dejó desconcertada y como muerta a la pobre Nela, diremos que su tez era de ese color de rosa tostado, o más bien moreno encendido que forma como un rubor delicioso en el rostro de aquellas divinas imágenes, ante las cuales se extasían lo mismo los siglos devotos que los impíos.
Pasado el primer instante de estupor, lo que primero fue observado por Marianela, causándole gran confusión, fue que la bella Virgen tenía una corbata azul en su garganta, adorno que ella no había visto jamás en las Vírgenes soñadas ni en las pintadas. Inmediatamente observó también que los hombros y el pecho de la divina mujer se cubrían con un vestido, en el cual todo era semejante a los que usan las mujeres del día. Pero lo que más turbó y desconcertó a la pobre muchacha fue ver que la gentil imagen estaba cogiendo moras de zarza… y comiéndoselas.
Empezaba a hacer los juicios a que daba ocasión esta extraña conducta de la Virgen, cuando oyó una voz varonil y chillona que decía:
-¡Florentina, Florentina!
-Aquí estoy, papá; aquí estoy comiendo moras silvestres.
-¡Dale!… ¿Y qué gusto le encuentras a las moras silvestres?… ¡Caprichosa!… ¿no te he dicho que eso es más propio de los chicuelos holgazanes del campo que de una señorita criada en la buena sociedad?… criada en la buena sociedad?
La Nela vio acercarse con grave paso al que esto decía. Era un hombre de edad madura, mediano de cuerpo, algo rechoncho, de cara arrebolada y que parecía echar de sí rayos de satisfacción como el sol los echa de luz; pequeño de piernas, un poco largo de nariz, y magnificado con varios objetos decorativos, entre los cuales descollaba una gran cadena de reloj y un fino sombrero de fieltro de alas anchas.
-Vamos, mujer -dijo cariñosamente el señor D. Manuel Penáguilas, pues no era otro-, las personas decentes no comen moras silvestres ni dan esos brincos. ¿Ves?, te has estropeado el vestido… no lo digo por el vestido, que así como se te compró ese, se te comprará otro… dígolo porque la gente que te vea podrá creer que no tienes más ropa que la puesta.
La Nela, que comenzaba a ver claro, observó los vestidos de la señorita de Penáguilas. Eran buenos y ricos; pero su figura expresaba a maravilla la transición no muy lenta del estado de aldeana al de señorita rica. Todo su atavío, desde el calzado a la peineta, era de señorita de pueblo en día del santo patrono titular. Mas eran tales y tan supinos los encantos naturales de Florentina, que ningún accidente comprendido en las convencionales reglas de la elegancia podía oscurecerlos. No podía negarse, sin embargo, que su encantadora persona estaba pidiendo a gritos una rústica saya, un cabello en trenzas y al desgaire, con aderezo de amapolas, un talle en justillo, una sarta de corales, en suma, lo que el pudor y el instinto de presunción hubieran ideado por sí, sin mezcla de ninguna invención cortesana.
Cuando la señorita se apartaba del zarzal, D. Manuel acertó a ver a la Nela a punto que esta había caído completamente de su burro, y dirigiéndose a ella, gritó:
-¡Oh!… ¿aquí estás tú?… Mira, Florentina, esta es la Nela… recordarás que te hablé de ella. Es la que acompaña a tu primito… a tu primito. ¿Y qué tal te va por estos barrios?…
-Bien, Sr. D. Manuel. ¿Y usted, cómo está? -repuso Mariquilla, sin apartar los ojos de Florentina.
-Yo tan campante, ya ves tú. Esta es mi hija. ¿Qué te parece?
Florentina corría detrás de una mariposa.
-Hija mía, ¿a dónde vas?, ¿qué es eso? -dijo el padre, visiblemente contrariado-. ¿Te parece bien que corras de ese modo detrás de un insecto como los chiquillos vagabundos?… Mucha formalidad, hija mía. Las señoritas criadas entre la buena sociedad no hacen eso… no hacen eso…
D. Manuel tenía la costumbre de repetir la última frase de sus párrafos o discursos.
-No se enfade usted, papá -repitió la joven, regresando después de su expedición infructuosa hasta ponerse al amparo de las alas del sombrero paterno-. Ya sabe usted que me gusta mucho el campo y que me vuelvo loca cuando veo árboles, flores, praderas. Como en aquella triste tierra de Campó donde vivimos no hay nada de esto…
-¡Oh! No hables mal de Santa Irene de Campó, una villa ilustrada, donde se encuentran hoy muchas comodidades y una sociedad distinguida. También han llegado allá los adelantos de la civilización… de la civilización. Andando a mi lado juiciosamente puedes admirar la Naturaleza; yo también la admiro sin hacer cabriolas como los volatineros. A las personas educadas entre una sociedad escogida se las conoce sólo por el modo de andar y por el modo de contemplar los objetos todos. Eso de estar diciendo a cada instante: «¡ah!, ¡oh!… ¡qué bonito!… ¡Mire usted, papá!», señalando a un helecho, a un roble, a una piedra, a un espino, a un chorro de agua, no es cosa de muy buen gusto… Creerán que te has criado en algún desierto… Con que anda a mi lado… La Nela nos dirá por dónde volveremos a casa, porque a la verdad, yo no sé dónde estamos.
-Tirando a la izquierda por detrás de aquella casa vieja -dijo la Nela- se llega muy pronto… Pero aquí viene el Sr. D. Francisco.
En efecto, apareció D. Francisco gritando:
-Que se enfría el chocolate…
-Qué quieres, hombre… Mi hija estaba tan deseosa de retozar por el campo, que no ha querido esperar, y aquí nos tienes de mata en mata como cabritillos… de mata en mata como cabritillos.
-A casa, a casa. Ven tú también, Nela, para que tomes chocolate -dijo Penáguilas, poniendo su mano sobre la cabeza de la vagabunda-. ¿Qué te parece mi sobrina?… Vaya que es guapa… Florentina, después que toméis chocolate, la Nela os llevará a pasear a entrambos, a Pablo y a ti, y verás todas las hermosuras del país, las minas, el bosque, el río…
Florentina dirigió una mirada cariñosa a la infeliz criatura, que a su lado parecía hecha expresamente por la Naturaleza para hacer resaltar más la perfección y magistral belleza de algunas de sus obras.
Al llegar a la casa esperábalos la mesa con las jícaras donde aún hervía el espeso licor guayaquileño y un montoncillo de rebanadas de pan. También estaba en expectativa la mantequilla, puesta entre hojas de helechos, sin que faltaran algunas pastas y golosinas. Los vasos transparente y fresca agua reproducían en su convexo cristal estas bellezas gastronómicas, agrandándolas.
-Hagamos algo por la vida -dijo D. Francisco, sentándose.
-Nela -indicó Pablo- tú también tomarás chocolate.
No lo había dicho, cuando Florentina ofreció a Marianela el jicarón con todo lo demás que en la mesa había. Resistíase a aceptar el convite; mas con tanta bondad y con tan graciosa llaneza insistió la señorita de Penáguilas, que no hubo más que decir. Miraba de reojo D. Manuel a su hija, cual si no se hallara completamente satisfecho de los progresos de ella en el arte de la buena educación, porque una de las partes principales de esta consistía, según él, en una fina apreciación de los grados de urbanidad con que debía obsequiarse a las diferentes personas según su posición, no dando a ninguna ni más ni menos de lo que le correspondía con arreglo al fuero social; y de este modo quedaban todos en su lugar y la propia dignidad se sublimaba, conservándose en el justo medio de la cortesía, el cual estriba en no ensoberbecerse demasiado delante de los ricos, ni humillarse demasiado delante de los pobres… ni humillarse demasiado delante de los pobres…
Luego que fue tomado el chocolate, don Francisco dijo:
-Váyase fuera toda la gente menuda. Hijo mío, hoy es el último día que D. Teodoro te permite salir fuera de casa. Los tres pueden ir a paseo, mientras mi hermano y yo vamos a echar un vistazo al ganado… Pájaros, a volar.
No necesitaron que se les rogara mucho. Convidados de la hermosura del día, volaron los jóvenes al campo.

– CAPÍTULO XV –
Los tres

Estaba la señorita de pueblo muy gozosa en medio de las risueñas praderas sin la enojosa traba de las pragmáticas sociales de su señor padre, y así, en cuanto se vio a regular distancia de la casa, empezó a correr alegremente y a suspenderse de las ramas de los árboles que a su alcance estaban, para balancearse ligeramente en ellas. Tocaba con las yemas de sus dedos las moras silvestres, y cuando las hallaba maduras cogía tres, una para cada boca.
-Esta para ti, primito -decía poniéndosela en la boca- y esta para ti, Nela. Dejaré para mí la más chica.
Al ver cruzar los pájaros a su lado no podía resistir movimientos semejantes a una graciosa pretensión de volar, y decía: «¿A dónde irán ahora esos bribones?» De todos los robles cogía una rama y abriendo la bellota para ver lo que había dentro, la mordía, y al sentir su amargor, arrojábala lejos. Un botánico atacado del delirio de las clasificaciones no hubiera coleccionado con tanto afán como ella todas las flores bonitas que le salían al paso, dándole la bienvenida desde el suelo con sus carillas de fiesta. Con lo recolectado en media hora adornó todos los ojales de la americana de su primo, los cabellos de la Nela, y por último, sus propios cabellos.
-A la primita -dijo Pablo- le gustará ver las minas. Nela, ¿no te parece que bajemos?
-Sí, bajemos… Por aquí, señorita.
-Pero no me hagan pasar por túneles, que me da mucho miedo. Eso sí que no lo consiento -dijo Florentina, siguiéndoles-. Primo, ¿tú y la Nela paseáis mucho por aquí?… Esto es precioso. Aquí viviría yo toda mi vida… ¡Bendito sea el hombre que te va a dar la facultad de gozar de todas estas preciosidades!
-¡Dios lo quiera! Mucho más hermosas me parecerán a mí, que jamás las he visto, que a vosotras que estáis saciadas de verlas… No creas tú, Florentina, que yo no comprendo las bellezas; las siento en mí de tal modo, que casi, casi suplo con mi pensamiento la falta de la vista.
-Eso sí que es admirable… Por más que digas -replicó Florentina- siempre te resultarán algunos buenos chascos cuando abras los ojos.
-Podrá ser -dijo el ciego, que aquel día estaba muy lacónico.
La Nela no estaba lacónica sino muda.
Cuando se acercaron a la concavidad de la Terrible, Florentina admiró el espectáculo sorprendente que ofrecían las rocas cretáceas, subsistentes en medio del terreno después de arrancado el mineral. Comparolo a grandes grupos de bollos, pegados unos a otros por el azúcar; después de mirarlo mucho por segunda vez, comparolo a una gran escultura de perros y gatos que se habían quedado convertidos en piedra en el momento más crítico de una encarnizada reyerta.
-Sentémonos en esta ladera -dijo- y veremos pasar los trenes con mineral, y además veremos esto que es muy curioso. Aquella piedra grande que está en medio tiene su gran boca, ¿no la ves, Nela?, y en la boca tiene un palillo de dientes; es una planta que se ha nacido sola. Parece que se ríe mirándonos, porque también tiene ojos; y más allá hay una con joroba, y otra que fuma en pipa, y dos que se están tirando de los pelos, y una que bosteza, y otra que duerme la mona, y otra que está boca abajo sosteniendo con los pies una catedral, y otra que empieza en guitarra y acaba en cabeza de perro, con una cafetera por gorro.
-Todo eso que dices, primita -observó el ciego- me prueba que con los ojos se ven muchos disparates, lo cual indica que ese órgano tan precioso sirve a veces para presentar las cosas desfiguradas, cambiando los objetos de su natural forma en otra postiza y fingida; pues en lo que tienes delante de ti no hay confituras, ni gatos, ni hombres, ni palillos de dientes, ni catedrales, ni borrachos, ni cafeteras, sino simplemente rocas cretáceas y masas de tierra caliza embadurnadas con óxido de hierro. De la cosa más sencilla hacen tus ojos un berenjenal.
-Tienes razón, primo. Por eso digo yo que nuestra imaginación es la que ve y no los ojos. Sin embargo, éstos sirven para enterarnos de algunas cositas que los pobres no tienen y que nosotros podemos darles.
Diciendo esto tocaba el vestido de la Nela.
-¿Por qué esta bendita Nela no tiene un traje mejor? -añadió la señorita de Penáguilas-. Yo tengo varios y le voy a dar uno, y además otro, que será nuevo.
Avergonzada y confusa, Marianela no alzaba los ojos.
-Es cosa que no comprendo… ¡que algunos tengan tanto y otros tan poco!… Me enfado con papá cuando le oigo decir palabrotas contra los que quieren que se reparta por igual todo lo que hay en el mundo. ¿Cómo se llaman esos tipos, Pablo?
-Esos serán los socialistas, los comunistas -replicó el joven sonriendo.
-Pues esa es mi gente. Soy partidaria de que haya reparto y de que los ricos den a los pobres todo lo que tengan de sobra… ¿Por qué esta pobre huérfana ha de estar descalza y yo no?… Ni aun se debe permitir que estén desamparados los malos, cuanto más los buenos… Yo sé que la Nela es muy buena, me lo has dicho tú anoche, me lo ha dicho también tu padre… No tiene familia, no tiene quien mire por ella. ¿Cómo se consiente que haya tanta y tanta desgracia? A mí me quema el pan la boca cuando pienso que hay muchos que no lo prueban. ¡Pobre Mariquita, tan buena y tan abandonada!… ¡Es posible que hasta ahora no la haya querido nadie, ni nadie le haya dado un beso, ni nadie le haya hablado como se habla a las criaturas!… Se me parte el corazón de pensarlo.
Marianela estaba atónita y petrificada de asombro, lo mismo que en el primer instante de la aparición. Antes había visto a la Virgen Santísima, ahora la escuchaba.
-Mira tú, huerfanilla -añadió la Inmaculada- y tú, Pablo, óyeme bien: yo quiero socorrer a la Nela, no como se socorre a los pobres que se encuentran en un camino, sino como se socorrería a un hermano que nos halláramos de manos a boca… ¿No dices tú que ella ha sido tu mejor compañera, tu lazarillo, tu guía en las tinieblas? ¿No dices que has visto con sus ojos y has andado con sus pasos? Pues la Nela me pertenece; yo me entiendo con ella. Yo me encargo de vestirla, de darle todo lo que una persona necesita para vivir decentemente, y le enseñaré mil cosas para que sea útil en una casa. Mi padre dice que quizás, quizás me tenga que quedar a vivir aquí para siempre. Si es así, la Nela vivirá conmigo; conmigo aprenderá a leer, a rezar, a coser, a guisar; aprenderá tantas cosas, que será como yo misma. ¿Qué pensáis?, pues sí, y entonces no será la Nela, sino una señorita. En esto no me contrariará mi padre. Además, anoche me ha dicho: «Florentinilla, quizás, quizás dentro de poco, no mandaré yo en ti; obedecerás a otro dueño…» Sea lo que Dios quiera, tomo a la Nela por mi amiga. ¿Me querrás mucho?… Como has estado tan desamparada, como vives lo mismo que las flores de los campos, tal vez no sepas ni siquiera agradecer; pero yo te lo he de enseñar… ¡te he de enseñar tantas cosas!…
Marianela, que mientras oía tan nobles palabras había estado resistiendo con mucho trabajo los impulsos de llorar, no pudo al fin contenerlos, y después de hacer pucheros durante un minuto, rompió en lágrimas. El ciego, profundamente pensativo, callaba.
-Florentina -dijo al fin- tu lenguaje no se parece al de la mayoría de las personas. Tu bondad es enorme y entusiasta como la que ha llenado de mártires la tierra y poblado de santos el cielo.
-¡Qué exageración! -dijo Florentina riendo.
Poco después de esto la señorita se levantó para coger una flor que desde lejos había llamado su atención.
-¿Se fue? -preguntó Pablo.
-Sí -replicó la Nela, enjugando sus lágrimas.
-¿Sabes una cosa, Nela?… Se me figura que mi prima ha de ser algo bonita. Cuando llegó anoche a las diez… sentí hacia ella grandísima antipatía… No puedes figurarte cuánto me repugnaba. Ahora se me antoja, sí, se me antoja que debe ser algo bonita.
La Nela volvió a llorar.
-¡Es como los ángeles! -exclamó entre un mar de lágrimas-. Es como si acabara de bajar del cielo. En ella cuerpo y alma son como los de la Santísima Virgen María.
-¡Oh!, no exageres -dijo Pablo con inquietud-. No puede ser tan hermosa como dices… ¿Crees que yo, sin ojos, no comprendo dónde está la hermosura y dónde no?
-No, no; no puedes comprender… ¡qué equivocado estás!
-Sí, sí… no puede ser tan hermosa -manifestó el ciego, poniéndose pálido y revelando la mayor angustia-. Nela, amiga de mi corazón; ¿no sabes lo que mi padre me ha dicho anoche?… Que si recobro la vista me casaré con Florentina.
La Nela no respondió nada. Sus lágrimas silenciosas corrían sin cesar, resbalando por su tostado rostro y goteando sobre sus manos. Pero ni aun por su amargo llanto podían conocerse las dimensiones de su dolor. Sólo ella sabía que era infinito.
-Ya sé por qué lloras tanto -dijo el ciego estrechando las manos de su compañera-. Mi padre no se empeñará en imponerme lo que es contrario a mi voluntad. Para mí no hay más mujer que tú en el mundo. Cuando mis ojos vean, si ven, no habrá para ellos otra hermosura más que la tuya celestial; todo lo demás será sombras y cosas lejanas que no fijarán mi atención. ¿Cómo es el semblante humano, Dios mío? ¿De qué modo se retrata el alma en las caras? Si la luz no sirve para enseñarnos lo real de nuestro pensamiento, ¿para qué sirve? Lo que es y lo que se siente, ¿no son una misma cosa? La forma y la idea ¿no son como el calor y el fuego? ¿Pueden separarse? ¿Puedes dejar tú de ser para mí el más hermoso, el más amado de todos los seres de la tierra cuando yo me haga dueño de los inmensos dominios de la forma?
Florentina volvió. Hablaron algo más; pero después de lo que hemos escrito, nada de cuanto dijeron es digno de ser transmitido al lector.

– CAPÍTULO XVI –
La promesa

En los siguientes días no pasó nada; mas vino uno en el cual ocurrió un hecho asombroso, capital, culminante. Teodoro Golfín, aquel artífice sublime en cuyas manos el cuchillo del cirujano era el cincel del genio, había emprendido la corrección de una delicada hechura de la Naturaleza. Intrépido y sereno, había entrado con su ciencia y su experiencia en el maravilloso recinto cuya construcción es compendio y abreviado resumen de la inmensa arquitectura del Universo. Era preciso hacer frente a los más grandes misterios de la vida, interrogarlos y explorar las causas que impedían a los ojos de un hombre el conocimiento de la realidad visible.
Para esto había que trabajar con ánimo resuelto, rompiendo uno de los más delicados organismos, la córnea; apoderarse del cristalino y echarlo fuera, respetando la hialoides y tratando con la mayor consideración al humor vítreo; ensanchar por medio de un corte las dimensiones de la pupila, y examinar por inducción o por medio de la catóptrica el estado de la cámara posterior.
Pocas palabras siguieron a esta atrevida expedición por el interior de un mundo microscópico, empresa no menos colosal que la medida de las distancias de los astros en las infinitas magnitudes del espacio. Mudos y espantados estaban los individuos de la familia que el caso presenciaban. Cuando se espera la resurrección de un muerto o la creación de un mundo no se está de otro modo. Pero Golfín no decía nada concreto, sus palabras eran:
-Contractibilidad de la pupila… retina sensible… algo de estado pigmentario… nervios llenos de vida.
Pero el fenómeno sublime, el hecho, el hecho irrecusable, la visión, ¿dónde estaba?
-A su tiempo se sabrá -dijo Teodoro, empezando la delicada operación del vendaje-. Paciencia.
Y su fisonomía de león no expresaba desaliento ni triunfo; no daba esperanza, ni la quitaba. La ciencia había hecho todo lo que sabía. Era un simulacro de creación, como otros muchos que son gloria y orgullo del siglo XIX. En presencia de tanta audacia la Naturaleza, que no permite sean sorprendidos sus secretos, continuaba muda y reservada.
El paciente fue incomunicado con absoluto rigor. Sólo su padre le asistía. Ninguno de la familia podía verle.
Iba la Nela a preguntar por el enfermo cuatro o cinco veces; pero no pasaba de la portalada, aguardando allí hasta que salieran el Sr. D. Manuel, su hija o cualquiera otra persona de la casa. La señorita, después de darle prolijas noticias y de pintar la ansiedad en que estaba toda la familia, solía pasear un poco con ella. Un día quiso Florentina que Marianela le enseñara su casa, y bajaron a la morada de Centeno, cuyo interior causó no poco disgusto y repugnancia a la señorita, mayormente cuando vio las cestas que a la huérfana servían de cama.
-Pronto ha de venir la Nela a vivir conmigo -dijo Florentina, saliendo a toda prisa de aquella caverna-, y entonces tendrá una cama como la mía y vestirá y comerá lo mismo que yo.
Absorta se quedó al oír estas palabras la señora de Centeno, así como la Mariuca y la Pepina, y no les ocurrió sino que a la miserable huérfana abandonada le había salido algún padre rey o príncipe, como se contaba en los cuentos y romances.
Cuando estuvieron solas Florentina dijo a María:
-Ruégale a Dios de día y de noche que conceda a mi querido primo ese don que nosotros poseemos y de que él ha carecido. ¡En qué ansiedad tan grande vivimos! Con su vista vendrán mil felicidades y se remediarán muchos males. Yo he hecho a la Virgen una promesa sagrada: he prometido que si da la vista a mi primo he de recoger al pobre más pobre que encuentre, dándole todo lo necesario para que pueda olvidar completamente su pobreza, haciéndole enteramente igual a mí por las comodidades y el bienestar de la vida. Para esto no basta vestir a una persona, ni sentarla delante de una mesa donde haya sopa y carne. Es preciso ofrecerle también aquella limosna que vale más que todos los mendrugos y que todos los trapos imaginables, y es la consideración, la dignidad, el nombre. Yo daré a mi pobre estas cosas, infundiéndole el respeto y la estimación de sí mismo. Ya he escogido a mi pobre, María; mi pobre eres tú. Con todas las voces de mi alma le he dicho a la Santísima Virgen que si devuelve la vista a mi primo, haré de ti una hermana: serás en mi casa lo mismo que soy yo, serás mi hermana.
Diciendo esto la Virgen estrechó con amor entre sus brazos la cabeza de la Nela y diole un beso en la frente.
Es absolutamente imposible describir los sentimientos de la vagabunda en aquella culminante hora de su vida. Un horror instintivo la alejaba de la casa de Aldeacorba, horror con el cual se confundía la imagen de la señorita de Penáguilas, como las figuras que se nos presentan en una pesadilla; y al mismo tiempo sentía nacer en su alma admiración y simpatía considerables hacia aquella misma persona… A veces creía con pueril inocencia que era la Virgen María en esencia y presencia. De tal modo comprendía su bondad que creía estar viendo, como el interior de un hermoso paraíso abierto, el alma de Florentina, llena de pureza, de amor, de bondades, de pensamientos discretos y consoladores. La Nela tenía la rectitud suficiente para adoptar y asimilarse al punto la idea de que no podría aborrecer a su improvisada hermana. ¿Cómo aborrecerla, si se sentía impulsada espontáneamente a amarla con todas las energías de su corazón? La aversión, la repulsión eran como un sedimento que al fin de la lucha debía quedar en el fondo para descomponerse al cabo y desaparecer, sirviendo sus elementos para alimentar la admiración y el respeto hacia la misma amiga bienhechora. Pero si desaparecía la aversión, no así el sentimiento que la había causado, el cual, no pudiendo florecer por sí ni manifestarse solo, con el exclusivismo avasallador que es condición propia de tales afectos, prodújole un aplanamiento moral que trajo consigo la más amarga tristeza. En casa de Centeno observaron que la Nela no comía, que parecía más parada que de costumbre, que permanecía en silencio y sin movimiento como una estatua larguísimos ratos, que hacía mucho tiempo que no cantaba de noche ni de día. Su incapacidad para todo había llegado a ser absoluta, y habiéndola mandado Tanasio por tabaco a la Primera de Socartes, sentose en el camino y allí se estuvo todo el día.
Una mañana, cuando habían pasado ocho días después de la operación, fue a casa del ingeniero jefe, y Sofía le dijo:
-¡Albricias, Nela! ¿No sabes las noticias que corren? Hoy han levantado la venda a Pablo… Dicen que ve algo, que ya tiene vista… Ulises, el jefe de taller, lo acaba de decir… Teodoro no ha venido aún, pero Carlos ha ido allá; pronto sabremos si es verdad.
Quedose la Nela al oír esto más muerta que viva, y cruzando las manos exclamó así:
-¡Bendita sea la Virgen Santísima, que es quien lo ha hecho!… Ella, ella sola es quien lo ha hecho.
-¿Te alegras?… Ya lo creo: ahora la señorita Florentina cumplirá su promesa -dijo Sofía en tono de mofa-. Mil enhorabuenas a la señora doña Nela… Ahí tienes tú como cuando menos se piensa se acuerda Dios de los pobres. Esto es como una lotería… ¡qué premio gordo, Nelilla!… Y puede que no seas agradecida… no, no lo serás… No he conocido a ningún pobre que tenga agradecimiento. Son soberbios, y mientras más se les da, más quieren… Ya es cosa hecha que Pablo se casará con su prima: es buena pareja; los dos son guapos chicos; y ella no parece tonta… y tiene una cara preciosa, ¡qué lástima de cara y de cuerpo con aquellos vestidos tan horribles!… No, no, si necesito vestirme, no me traigan acá a la modista de Santa Irene de Campó.
Esto decía cuando entró Carlos. Su rostro resplandecía de júbilo.
-¡Triunfo completo! -gritó desde la puerta-. Después de Dios, mi hermano Teodoro.
-¿Es cierto?…
-Como la luz del día… Yo no lo creí… ¡Pero qué triunfo Sofía! ¡Qué triunfo! No hay para mí gozo mayor que ser hermano de mi hermano… Es el rey de los hombres… Si es lo que digo: después de Dios, Teodoro.

– CAPÍTULO XVII –
Fugitiva y meditabunda

La estupenda y gratísima nueva corrió por todo Socartes. No se hablaba de otra cosa en los hornos, en los talleres, en las máquinas de lavar, en el plano inclinado, en lo profundo de las excavaciones y en lo alto de los picos, al aire libre y en las entrañas de la tierra. Añadíanse interesantes comentarios: que en Aldeacorba se creyó por un momento que don Francisco Penáguilas había perdido la razón; que D. Manuel Penáguilas pensaba celebrar el regocijado suceso dando un banquete a todos cuantos trabajaban en las minas, y finalmente, que D. Teodoro era digno de que todos los ciegos habidos y por haber le pusieran en las niñas de sus ojos.
La Nela no se atrevía a ir a la casa de Aldeacorba. Una secreta fuerza poderosa la alejaba de ella. Anduvo vagando todo el día por los alrededores de la mina, contemplando desde lejos la casa de Penáguilas, que le parecía transformada. En su alma se juntaba a un gozo extraordinario una como vergüenza de sí misma; a la exaltación de un afecto noble la insoportable comezón, digámoslo así, del amor propio más susceptible.
Halló una tregua a las congojosas batallas de su alma en la madre soledad, que tanto había contribuido a la formación de su carácter, y en la contemplación de las hermosuras de la Naturaleza, que siempre le facilitaba extraordinariamente la comunicación de su pensamiento con la divinidad. Las nubes del cielo y las flores de la tierra hacían en su espíritu efecto igual al que hacen en otros la pompa de los altares, la elocuencia de los oradores cristianos y las lecturas de sutiles conceptos místicos. En la soledad del campo pensaba ella y decía mentalmente mil cosas, sin sospechar que eran oraciones.
Mirando a Aldeacorba, decía:
-No volveré más allá… Ya acabó todo para mí… Ahora, ¿de qué sirvo yo?
En su rudeza pudo observar que el conflicto en que estaba su alma provenía de no poder aborrecer a nadie. Por el contrario, érale forzoso amar a todos, al amigo y al enemigo, y así como los abrojos se trocaban en flores bajo la mano milagrosa de una mártir cristiana, la Nela veía que sus celos y su despecho se convertían graciosamente en admiración y gratitud. Lo que no sufría metamorfosis era aquella pasioncilla que antes llamamos vergüenza de sí misma, y que la impulsaba a eliminar su persona de todo lo que pudiera ocurrir en lo sucesivo en Aldeacorba. Era aquello como un aspecto singular del mismo sentimiento que en los seres educados y civilizados se llama amor propio, por más que en ella revistiera los caracteres del desprecio de sí misma; pero la filiación de aquel sentimiento con el que tan grande parte tiene en las acciones del hombre culto, se reconocía en que estaba basado como éste en la dignidad más puntillosa. Si Marianela usara ciertas voces habría dicho:
-Mi dignidad no me permite aceptar el atroz desaire que voy a recibir. Puesto que Dios quiere que sufra esta humillación, sea; pero no he de asistir a mi destronamiento. Dios bendiga a la que por ley natural va a ocupar mi puesto; pero no tengo valor para sentarla yo misma en él.
No pudiendo expresarse así, su rudeza expresaba la misma idea de este otro modo:
-No vuelvo más a Aldeacorba… No consentiré que me vea… Huiré con Celipín, o me iré con mi madre. Ahora yo no sirvo para nada.
Pero mientras esto decía, parecíale muy desconsolador renunciar al divino amparo de aquella celestial Virgen que se le había aparecido en lo más negro de su vida extendiendo su manto para abrigarla. ¡Ver realizado lo que tantas veces había visto en sueños palpitando de gozo, y tener que renunciar a ello!… ¡Sentirse llamada por una voz cariñosa, que le ofrecía amor fraternal, hermosa vivienda, consideración, nombre, bienestar, y no poder acudir a este llamamiento, inundada de gozo, de esperanza, de gratitud!… ¡Rechazar la mano celestial que la sacaba de aquella sentina de degradación y miseria para hacer de la vagabunda una persona, y elevarla de la jerarquía de los animales domésticos a la de los seres más respetados y queridos!…
-¡Ay! -exclamó clavándose los dedos como garras en el pecho-. No puedo, no puedo… Por nada del mundo me presentaré en Aldeacorba. ¡Virgen de mi alma, ampárame… Madre mía, ven por mí!…
Al anochecer marchó a su casa. Por el camino encontró a Celipín con un palito en la mano y en la punta del palo la gorra.
-Nelilla -le dijo el chico- ¿no es verdad que así se pone el Sr. D. Teodoro? Ahora pasaba por la charca de Hinojales y me miré en el agua. ¡Córcholis!, me quedé pasmado, porque me vi con la mesma figura que D. Teodoro Golfín… Cualquier día de esta semanita nos vamos a ser médicos y hombres de provecho… Ya tengo juntado lo que quería. Verás como nadie se ríe del señor Celipín.
Tres días más estuvo la Nela fugitiva, vagando por los alrededores de las minas, siguiendo el curso del río por sus escabrosas riberas o internándose en el sosegado apartamiento del bosque de Saldeoro. Las noches pasábalas entre sus cestas sin dormir. Una noche dijo tímidamente a su compañero de vivienda:
-¿Cuándo, Celipín?
Y Celipín contestó con la gravedad de un expedicionario formal:
-Mañana.
Los dos aventureros levantáronse al rayar el día y cada cual fue por su lado: Celipín a su trabajo, la Nela a llevar un recado que le dio Señana para la criada del ingeniero. Al volver encontró dentro de la casa a la señorita Florentina que la esperaba. Quedose María al verla sobrecogida y temerosa, porque adivinó con su instintiva perspicacia, o más bien con lo que el vulgo llama corazonada, el objeto de aquella visita.
-Nela, querida hermana -dijo la señorita con elocuente cariño-. ¿Qué conducta es la tuya?… ¿Por qué no has parecido por allá en todos estos días?… Ven, Pablo desea verte… ¿No sabes que ya puede decir «quiero ver tal cosa»? ¿No sabes que ya mi primo no es ciego?
-Ya lo sé -dijo Nela, tomando la mano que la señorita le ofrecía y cubriéndola de besos.
-Vamos allá, vamos al momento. No hace más que preguntar por la señora Nela. Hoy es preciso que estés allí cuando D. Teodoro le levante la venda… Es la cuarta vez… El día de la primera prueba… ¡qué día!, cuando comprendimos que mi primo había nacido a la luz, casi nos morimos de gozo. La primera15 cara que vio fue la mía… Vamos.
María soltó la mano de la Virgen Santísima.
-¿Te has olvidado de mi promesa sagrada -añadió ésta- o creías que era broma? ¡Ay!, todo me parece poco para demostrar a la Madre de Dios el gran favor que nos ha hecho… Yo quisiera que en estos días nadie estuviera triste en todo lo que abarca el Universo; quisiera poder repartir mi alegría, echándola a todos lados, como echan los labradores el grano cuando siembran; quisiera poder entrar en todas las habitaciones miserables y decir: «ya se acabaron vuestras penas; aquí traigo yo remedio para todos». Esto no es posible, esto sólo puede hacerlo Dios. Ya que mis fuerzas no pueden igualar a mi voluntad, hagamos bien lo poco que podemos hacer… y se acabaron las palabras, Nela. Ahora despídete de esta choza, di adiós a todas las cosas que han acompañado a tu miseria y a tu soledad. También se tiene cariño a la miseria, hija.
Marianela no dijo adiós a nada, y como en la casa no estaba a la sazón ninguno de sus simpáticos habitantes, no fue preciso detenerse por ellos. Florentina salió llevando de la mano a la que sus nobles sentimientos y su cristiano fervor habían puesto a su lado en el orden de la familia, y la Nela se dejaba llevar sintiéndose incapaz de oponer resistencia. Pensaba ella que una fuerza sobrenatural le tiraba de la mano y que iba fatal y necesariamente conducida, como las almas que los brazos de un ángel trasportan al cielo.
Aquel día tomaron el camino de Hinojales, que es el mismo donde la vagabunda vio a Florentina por primera vez. Al entrar en la calleja la señorita dijo a su amiga:
-¿Por qué no has ido a casa? Mi tío decía que tienes modestia y una delicadeza natural que es lástima no haya sido cultivada. ¿Tu delicadeza te impedía venir a reclamar lo que por la misericordia de Dios habías ganado? No hay más sino que tiene razón mi tío… ¡Cómo estaba aquel día el pobre señor!… decía que ya no le importaba nada morirse… ¿Ves tú?, todavía tengo los ojos encarnados de tanto llorar. Es que anoche mi tío, mi padre y yo no dormimos; estuvimos formando proyectos de familia y haciendo castillos en el aire toda la noche… ¿Por qué callas?, ¿por qué no dices nada?… ¿No estás tú también alegre como yo?
La Nela miró a la señorita, oponiendo débil resistencia a la dulce mano que la conducía.
-Sigue… ¿qué tienes? Me miras de un modo particular, Nela.
Así era, en efecto; los ojos de la abandonada, vagando con extravío de uno en otro objeto, tenían al fijarse en la Virgen Santísima el resplandor del espanto.
-¿Por qué tiembla tu mano? -preguntó la señorita-, ¿estás enferma? Te has puesto más pálida que una muerta y das diente con diente. Si estás enferma yo te curaré, yo misma. Desde hoy tienes quien se interese por ti y te mime y te haga cariños… No seré yo sola, pues Pablo te estima… me lo ha dicho. Los dos te querremos mucho, porque él y yo seremos como uno solo… Desea verte. Figúrate si tendrá curiosidad quien nunca ha visto… pero no creas… como tiene tanto entendimiento y una imaginación que, según parece, le ha anticipado ciertas ideas que no poseen comúnmente los ciegos, desde el primer instante supo distinguir las cosas feas de las bonitas. Un pedazo de lacre encarnado le agradó mucho y un pedazo de carbón le pareció horrible. Admiró la hermosura del cielo y se estremeció con repugnancia al ver una rana. Todo lo que es bello le produce un entusiasmo que parece delirio: todo lo que es feo le causa horror y se pone a temblar como cuando tenemos mucho miedo. Yo no debí parecerle mal, porque exclamó al verme: «¡Ay, prima mía, qué hermosa eres! ¡Bendito sea Dios que me ha dado esta luz con que ahora te siento!»
La Nela tiró suavemente de la mano de Florentina y soltola después, cayendo al suelo como un cuerpo que pierde súbitamente la vida. Inclinose sobre ella la señorita, y con cariñosa voz le dijo:
-¿Qué tienes?… ¿Por qué me miras así?
Clavaba la huérfana sus ojos con terrible fijeza en el rostro de la Virgen Santísima; pero no brillaban, no, con expresión de rencor, sino con una como congoja suplicante, a la manera de la postrer mirada del moribundo que con los ojos pide misericordia a la imagen de Dios, creyéndola Dios mismo.
-Señora -murmuró la Nela- yo no la aborrezco a usted, no… no la aborrezco… Al contrario, la quiero mucho, la adoro.
Diciéndolo, tomó el borde del vestido de Florentina, y llevándolo a sus secos labios lo besó ardientemente.
-¿Y quién puede creer que me aborreces? -dijo la de Penáguilas llena de confusión-. Ya sé que me quieres. Pero me das miedo… levántate.
-Yo la quiero a usted mucho, la adoro -repitió Marianela besando los pies de la señorita- pero no puedo, no puedo…
-¿Qué no puedes?… Levántate, por amor de Dios.
Florentina extendió sus brazos para levantarla; pero sin necesidad de ser sostenida, la Nela levatose de un salto, y poniéndose rápidamente a bastante distancia, exclamó bañada en lágrimas:
-No puedo, señorita mía, no puedo.
-¿Qué?… ¡por Dios y la Virgen!… ¿qué te pasa?
-No puedo ir allá.
Y señaló la casa de Aldeacorba, cuyo tejado se veía a lo lejos entre los árboles.
-¿Por qué?
-La Virgen Santísima lo sabe -replicó la Nela con cierta decisión-. Que la Virgen Santísima la bendiga a usted.
Haciendo una cruz con los dedos se los besó. Juraba. Florentina dio un paso hacia ella. María comprendiendo aquel movimiento de cariño, corrió velozmente hacia la señorita, y apoyando su cabeza en el seno de ella, murmuró entre gemidos:
-¡Por Dios!… ¡déme usted un abrazo!
Florentina la abrazó tiernamente. Entonces, apartándose con un movimiento, o mejor dicho, con un salto ligero, flexible y repentino, la mujer o niña salvaje subió a un matorral cercano. La yerba parecía que se apartaba para darle paso.
-Nela, hermana mía -gritó con angustia Florentina.
-Adiós, niña de mis ojos -dijo la Nela mirándola por última vez.
Y desapareció entre el ramaje. Florentina sintió el ruido de la yerba, atendiendo a él como atiende el cazador a los pasos de la presa que se le escapa; después todo quedó en silencio y no se oía sino el sordo monólogo de la naturaleza campestre en mitad del día, un rumor que parece el susurro de nuestras propias ideas al extenderse irradiando por lo que nos rodea. Florentina estaba absorta, paralizada, muda, afligidísima, como el que ve desvanecerse la más risueña ilusión de su vida. No sabía qué pensar de aquel suceso, ni su bondad inmensa, que incapacitaba frecuentemente su discernimiento, podía explicárselo.
Largo rato después hallábase en el mismo sitio, con la cabeza inclinada sobre el pecho, las mejillas encendidas y los celestiales ojos mojados de llanto, cuando acertó a pasar Teodoro Golfín, que de la casa de Aldeacorba con tranquilo paso venía. Grande fue el asombro del doctor al ver a la señorita sola y con aquel interesante aparato de pena y desconsuelo, que lejos de mermar su belleza, la acrecentaba.
-¿Qué tiene la niña? -exclamó con interés muy vivo-. ¿Qué es eso, Florentina?
-Una cosa terrible, Sr. D. Teodoro -replicó la señorita de Penáguilas, secando sus lágrimas-. Estoy pensando, estoy considerando qué cosas tan malas hay en el mundo.
-¿Y cuáles son esas cosas malas, señorita?… Donde está usted, ¿puede haber alguna?
-Cosas perversas; pero entre todas hay una que es la más perversa de todas.
-¿Cuál?
-La ingratitud, Sr. Golfín.
Y mirando tras de la cerca de zarzas y helechos dijo:
-Por allí se ha escapado.
Subió a lo más elevado del terreno para alcanzar a ver más lejos.
-No la distingo por ninguna parte.
-Ni yo -exclamó riendo el médico-. El señor D. Manuel me ha dicho que se dedica usted a la caza de mariposas. Efectivamente esas pícaras son muy ingratas al no dejarse coger por usted.
-No es eso… Contaré a usted si va hacia Aldeacorba.
-No voy, sino que vengo, preciosa señorita; pero porque usted me cuente alguna cosa, cualquiera que sea, volveré con mucho gusto. Volvamos a Aldeacorba: ya soy todo oídos.

– CAPÍTULO XVIII –
La Nela se decide a partir

La Nela estuvo vagando sola todo el día, y por la noche rondó la casa de Aldeacorba, acercándose a ella todo lo que le era posible sin peligro de ser descubierta. Cuando sentía rumor de pasos alejábase prontamente como un ladrón. Bajó a la hondonada de la Terrible, cuyo pavoroso aspecto de cráter le agradaba en aquella ocasión, y después de discurrir por el fondo contemplando los gigantes de piedra que en su recinto se elevaban como personajes congregados en un circo, trepó a uno de ellos para descubrir las luces de Aldeacorba. Allí estaban, brillando en el borde de la mina, sobre la oscuridad del cielo y de la tierra. Después de mirarlas como si nunca en su vida hubiera visto luces, salió de la Terrible y subió hacia la Trascava. Antes de llegar a ella sintió pasos, detúvose, y al poco rato vio que por el sendero adelante venía con resuelto andar el señor de Celipín. Traía un pequeño lío pendiente de un palo puesto al hombro, y su marcha como su ademán demostraban firme resolución de no parar hasta medir con sus piernas toda la anchura de la tierra.
-Celipe… ¿a dónde vas? -le preguntó la Nela, deteniéndole.
-Nela… ¿tú por estos barrios?… Creíamos que estabas en casa de la señorita Florentina, comiendo jamones, pavos y perdices a todas horas y bebiendo limonada con azucarillos. ¿Qué haces aquí?
-¿Y tú, a dónde vas?
-¿Ahora salimos con eso? ¿Para qué me lo preguntas si lo sabes? -replicó el chico, requiriendo el palo y el lío-. Bien sabes que voy a aprender mucho y a ganar dinero… ¿No te dije que esta noche?… pues aquí me tienes, más contento que unas Pascuas, aunque algo triste, cuando pienso lo que padre y madre van a llorar… Mira, Nela, la Virgen Santísima nos ha favorecido esta noche, porque padre y madre empezaron a roncar más pronto que otras veces, y yo, que ya tenía hecho el lío, me subí al ventanillo, y por el ventanillo me eché fuera… ¿Vienes tú o no vienes?
-Yo también voy -dijo la Nela con un movimiento repentino, asiendo el brazo del intrépido viajero.
-Tomaremos el tren, y en el tren iremos hasta donde podamos -dijo Celipín con generoso entusiasmo-. Y después pediremos limosna hasta llegar a los Madriles del Rey de España; y una vez que estemos en los Madriles del Rey de España, tú te pondrás a servir en una casa de marqueses y condeses y yo en otra, y así mientras yo estudie tú podrás aprender muchas finuras. ¡Córcholis!, de todo lo que yo vaya aprendiendo te iré enseñando a ti un poquillo, un poquillo nada más, porque las mujeres no necesitan tantas sabidurías como nosotros los señores médicos.
Antes de que Celipín acabara de hablar, los dos se habían puesto en camino, andando tan a prisa cual si estuvieran viendo ya las torres de los Madriles del Rey de España.
-Salgámonos del sendero -dijo Celipín, dando pruebas en aquella ocasión de un gran talento práctico- porque si nos ven nos echarán mano y nos darán un buen pie de paliza.
Pero la Nela soltó la mano de su compañero de aventuras, y sentándose en una piedra, murmuró tristemente:
-Yo no voy.
-Nela… ¡qué tonta eres! Tú no tienes como yo un corazón del tamaño de esas peñas de la Terrible -dijo Celipín con fanfarronería-. ¡Recórcholis!, ¿a qué tienes miedo? ¿Por qué no vienes?
-Yo… ¿para qué?
-¿No sabes que dijo D. Teodoro que los que nos criamos aquí nos volvemos piedras?… Yo no quiero ser una piedra, yo no.
-Yo… ¿para qué voy? -dijo la Nela con amargo desconsuelo-. Para ti es tiempo, para mí es tarde.
La Nela dejó caer la cabeza sobre su pecho y por largo rato permaneció insensible a la seductora verbosidad del futuro Hipócrates. Al ver que iba a franquear el lindero de aquella tierra donde había vivido y donde dormía su madre el eterno sueño, se sintió arrancada de su suelo natural. La hermosura del país, con cuyos accidentes se sentía unida por una especie de parentesco, la escasa felicidad que había gustado en él, la miseria misma, el recuerdo de su amito y de las gratas horas de paseo por el bosque y hacia la fuente de Saldeoro, los sentimientos de admiración o de simpatía, de amor o de gratitud que habían florecido en su alma en presencia de aquellas mismas flores, de aquellas mismas nubes, de aquellos árboles frondosos, de aquellas peñas rojas, y como asociados a la belleza, al desarrollo, a la marcha y a la constancia de aquellas mismas partes de la Naturaleza, eran otras tantas raíces morales, cuya violenta tirantez, al ser arrancadas, producíala vivísimo dolor.
-Yo no me voy -repitió.
Y Celipín hablaba, hablaba, cual si ya, subiendo milagrosamente hasta el pináculo de su carrera, perteneciese a todas las Academias creadas y por crear.
-¿Entonces vuelves a casa? -preguntole al ver que su elocuencia era tan inútil como la de aquellos centros oficiales del saber.
-No.
-¿Vas a la casa de Aldeacorba?
-Tampoco.
-Entonces ¿te vas al pueblo de la señorita Florentina?
-No, tampoco.
-Pues entonces ¡córcholis, recórcholis!, ¿a dónde vas?
La Nela no contestó nada: seguía mirando con espanto al suelo, como si en él estuvieran los pedazos de la cosa más bella y más rica del mundo, que se acababa de caer y romperse.
-Pues entonces, Nela -dijo Celipín, fatigado de sus largos discursos- yo te dejo y me voy, porque pueden descubrirme… ¿Quieres que te dé una peseta, por si se te ofrece algo esta noche?
-No, Celipín, no quiero nada… Vete, tú serás hombre de provecho… Pórtate bien y no te olvides de Socartes, ni de tus padres.
El viajero sintió una cosa impropia de varón tan formal y respetable, sintió que le venían ganas de llorar; mas sofocando aquella emoción importuna, dijo:
-¿Cómo me he de olvidar a Socartes?… Pues no faltaba más… No me olvidaré de mis padres ni de ti, que me has ayudado a esto… Adiós, Nelilla… Siento pasos.
Celipín enarboló su palo con una decisión que probaba cuán templada estaba su alma para afrontar los peligros del mundo; pero su intrepidez no tuvo objeto, porque era un perro el que venía.
-Es Choto -dijo Nela temblando.
-Agur -murmuró Celipín, poniéndose en marcha.
Desapareció entre las sombras de la noche.
La geología había perdido una piedra y la sociedad había ganado un hombre.
La Nela sintió escalofríos al verse acariciada por Choto. El generoso animal, después de saltar alrededor de ella, gruñendo con tanta expresión que faltaba muy poco para que sus gruñidos fuesen palabras, echó a correr con velocidad suma hacia Aldeacorba. Creeríase que corría tras una pieza de caza; pero al contrario de ciertos oradores, el buen Choto ladrando hablaba.
A la misma hora Teodoro Golfín salía de la casa de Penáguilas. Llegose a él Choto y le dijo atropelladamente no sabemos qué. Era como una brusca interpelación pronunciada entre los bufidos del cansancio y los ahogos del sentimiento. Golfín, que sabía muchas lenguas, era poco fuerte en la canina, y no hizo caso. Pero Choto dio unas cuarenta vueltas en torno de él, soltando de su espumante boca, unos al modo de insultos que después parecían voces cariñosas y después amenazas. Teodoro se detuvo entonces prestando atención al cuadrúpedo. Viendo Choto que se había hecho entender un poco, echó a correr en dirección contraria a la que llevaba Golfin. Este le siguió murmurando: -Pues vamos allá.
Choto regresó corriendo como para cerciorarse de que era seguido, y después volvió a alejarse. Como a cien metros de Aldeacorba Golfín creyó sentir una voz humana, que dijo:
-¿Qué quieres, Choto?
Al punto sospechó que era la Nela quien hablaba. Detuvo el paso, prestó atención colocándose a la sombra de una haya, y no tardó en descubrir una figura que, apartándose de la pared de piedra, andaba despacio. La sombra de las zarzas no permitía descubrirla bien. Despacito siguiola a bastante distancia, apartándose de la senda y andando sobre el césped para no hacer ruido. Indudablemente era ella. Conociola perfectamente cuando entró en terreno claro, donde no oscurecían el suelo árboles ni zarzas.
La Nela avanzó después más rápidamente. Al fin corría. Golfín corrió también. Después de un rato de esta desigual marcha, la Nela se sentó en una piedra. A sus pies se abría el cóncavo hueco de la Trascava, sombrío y espantoso en la oscuridad de la noche. Golfín esperó y con paso muy quedo acercose más. Choto estaba frente a la Nela, echado sobre los cuartos traseros, derechas las patas delanteras, y mirándola como una esfinge. La Nela miraba hacia abajo… De pronto empezó a descender rápidamente, más bien resbalando que corriendo. Como un león se abalanzó Teodoro a la sima, gritando con voz de gigante:
-¡Nela! ¡Nela!
Miró y no vio nada en la negra boca. Oía, sí, los gruñidos de Choto que corría por la vertiente en derredor, describiendo espirales, cual si le arrastrara un líquido tragado por la espantosa sima. Trató de bajar Teodoro y dio algunos pasos cautelosamente. Volvió a gritar, y una voz le contestó desde abajo: -Señor…
-Sube al momento.
No recibió contestación.
-¡Que subas!
Al poco rato dibujose la figura de la vagabunda en lo más hondo que se podía ver del horrible embudo. Choto, después de husmear el tragadero de la Trascava, subía describiendo las mismas espirales. La Nela subía también, pero muy despacio. Detúvose, y entonces se oyó su voz que decía débilmente: -¿Señor?…
-Que subas te digo… ¿Qué haces ahí?
La Nela subió otro poco.
-Sube pronto… tengo que decirte una cosa.
-¿Una cosa?…
-Una cosa, sí; una cosa tengo que decirte.
La Nela subió y Teodoro no se creyó triunfante hasta que pudo asir fuertemente su mano para llevarla consigo.

– CAPÍTULO XIX –
Domesticación

Anduvieron breve rato los dos sin decir nada. Teodoro Golfín, con ser sabio, discreto y locuaz, sentíase igualmente torpe que la Nela, ignorante de suyo y muy lacónica por costumbre. Seguíale sin hacer resistencia, y él acomodaba su paso al de la mujer-niña, como hombre que lleva un chico a la escuela. En cierto paraje del camino donde había tres enormes piedras blanquecinas y carcomidas que parecían huesos de gigantescos animales, el doctor se sentó, y poniendo delante de sí en pie a la Nela, como quien va a pedir cuentas de travesuras graves, tomole ambas manos y seriamente le dijo:
-¿Qué ibas a hacer allí?
-¿Yo… dónde?
-Allí. Bien comprendes lo que quiero decirte. Responde claramente, como se responde a un confesor o a un padre.
-Yo no tengo padre -replicó la Nela con ligero acento de rebeldía.
-Es verdad; pero figúrate que lo soy yo, y responde. ¿Qué ibas a hacer allí?
-Allí está mi madre -le fue respondido de una manera hosca.
-Tu madre ha muerto. ¿Tú no sabes que los que se han muerto están en el otro mundo o no están en ninguna parte?
-Está allí -afirmó la Nela con aplomo, volviendo tristemente los ojos al punto indicado.
-Y tú pensabas ir con ella, ¿no es eso?, es decir, que pensabas quitarte la vida.
-Sí, señor; eso mismo.
-¿Y tú no sabes que tu madre cometió un gran crimen al darse la muerte y que tú cometerías otro igual imitándola? ¿A ti no te han enseñado esto?
-No me acuerdo de si me han enseñado tal cosa. Si yo me quiero matar ¿quién me lo puede impedir?
-Pero tú misma, sin auxilio de nadie, ¿no comprendes que a Dios no puede agradar que nos quitemos la vida?… ¡Pobre criatura abandonada a tus sentimientos naturales sin instrucción, ni religión, sin ninguna influencia afectuosa y desinteresada que te guíe!… ¿Qué ideas tienes de Dios, de la otra vida, del morir?… ¿De dónde has sacado que tu madre está allí?… ¿A unos cuantos huesos sin vida, llamas tu madre?… ¿Crees que ella sigue viviendo, pensando y amándote dentro de esa caverna? ¿Nadie te ha dicho que las almas una vez que sueltan su cuerpo jamás vuelven a él? ¿Ignoras que las sepulturas, de cualquier forma que sean, no encierran más que polvo, descomposición y miseria?… ¿Cómo te figuras tú a Dios? ¿Como un señor muy serio que está allá arriba con los brazos cruzados, dispuesto a tolerar que juguemos con nuestra vida y a que en lugar suyo pongamos espíritus, duendes y fantasmas que nosotros mismos hacemos?… Tu amo, que es tan discreto, ¿no te ha dicho jamás estas cosas?
-Sí me las ha dicho; pero como ya no me las ha de decir…
-Pero como ya no te las ha de decir ¿atentas a tu vida? Dime, tonta, arrojándote a ese agujero ¿qué bien pensabas tú alcanzar?, ¿pensabas estar mejor?
-Sí, señor.
-¿Cómo?
-No sintiendo nada de lo que ahora siento, sino otras cosas mejores, y juntándome con mi madre.
-Veo que eres más tonta que hecha de encargo -dijo Golfín riendo-. Ahora vas a ser franca conmigo. ¿Tú me quieres mal?
-No, señor, yo no quiero mal a nadie, y menos a usted que ha sido tan bueno conmigo y que ha dado la vista a mi amo.
-Bien: pero eso no basta: yo no sólo deseo que me quieras bien, sino que tengas confianza en mí, y me confíes tus cosillas. A ti te pasan cosillas muy curiosas, picarona, y todas me las vas a decir, todas. Verás como no te pesa; verás como soy un buen confesor.
La Nela sonrió con tristeza. Después bajó la cabeza, y doblándose sus piernas, cayó de rodillas.
-No, tonta, así estás mal. Siéntate junto a mí; ven acá -dijo Golfín cariñosamente sentándola a su lado-. Se me figura que estabas rabiando por encontrar una persona a quien poder decirle tus secretos. ¿No es verdad? ¡Y no hallabas ninguna! Efectivamente estás demasiado sola en el mundo… Vamos a ver, Nela, dime ante todo, ¿por qué… pon mucha atención… por qué se te puso en la cabeza quitarte la vida?
La Nela no contestó nada.
-Yo te conocí gozosa y al parecer satisfecha de la vida, hace algunos días. ¿Por qué de la noche a la mañana te has vuelto loca?…
-Quería ir con mi madre -repuso la Nela, después de vacilar un instante-. No quería vivir más. Yo no sirvo para nada. ¿De qué sirvo yo? ¿No vale más que me muera? Si Dios no quiere que me muera, me moriré yo misma por mi misma voluntad.
-Esa idea de que no sirves para nada es causa de grandes desgracias para ti, ¡infeliz criatura! ¡Maldito sea el que te la inculcó o los que te la inculcaron, porque son muchos!… Todos son igualmente responsables del abandono, de la soledad y de la ignorancia en que has vivido. ¡Que no sirves para nada! ¡Sabe Dios lo que hubieras sido tú en otras manos! Eres una personilla delicada, muy delicada, quizás de inmenso valor; pero ¡qué demonio!, pon un arpa en manos toscas… ¿qué harán?, romperla… Porque tu constitución débil no te permita romper piedra y arrastrar tierra como esas bestias en forma humana que se llaman Mariuca y Pepina, ¿se ha de afirmar que no sirves para nada? ¿Acaso hemos nacido para trabajar como los animales?… ¿No tendrás tú inteligencia, no tendrás tú sensibilidad, no tendrás mil dotes preciosas que nadie ha sabido cultivar? No: tú sirves para algo, aún podrás servir para mucho si encuentras una mano hábil que te sepa manejar.
La Nela, profundamente impresionada con estas palabras, que entendió por intuición, fijaba sus ojos en el rostro duro, expresivo e inteligente de Teodoro Golfín. Asombro y reconocimiento llenaban su alma.
-Pero en ti no hay un misterio solo -añadió el león negro-. Ahora se te ha presentado la ocasión más preciosa para salir de tu miserable abandono, y la has rechazado. Florentina, que es un ángel de Dios, ha querido hacer de ti una amiga y una hermana; no conozco un ejemplo de virtud y de bondad como las suyas… ¿y tú qué has hecho?… huir de ella como una salvaje… ¿Es esto ingratitud o algún otro sentimiento que no comprendemos?
-No, no, no -replicó la Nela con aflicción- yo no soy ingrata. Yo adoro a la señorita Florentina… Me parece que no es de carne y hueso como nosotros y que no merezco ni siquiera mirarla…
-Pues, hija, eso podrá ser verdad, pero tu comportamiento no quiere decir sino que eres ingrata, muy ingrata.
-No, no soy ingrata -exclamó la Nela, ahogada por los sollozos-. Bien me lo temía yo… sí, me lo temía… yo sospechaba que me creerían ingrata, y esto es lo único que me ponía triste cuando me iba a matar… Como soy tan bruta, no supe pedir perdón a la señorita por mi fuga, ni supe explicarle nada…
-Yo te reconciliaré con la señorita… yo, si tú no quieres verla más, me encargo de decirle y de probarle que no eres ingrata. Ahora descúbreme tu corazón y dime todo lo que sientes y la causa de tu desesperación. Por grande que sea el abandono en que una criatura viva, por grande que sean su miseria y su soledad, no se arranca la vida sino cuando hay un motivo muy poderoso para aborrecerla.
-Sí, señor, eso mismo pienso yo.
-¿Y tú la aborreces?…
Nela estuvo callada un momento. Después cruzando los brazos, dijo con vehemencia:
-No, señor, yo no la aborrezco, sino que la deseo.
-¡A buena parte ibas a buscarla!
-Yo creo que después que uno se muere tiene todo lo que aquí no puede conseguir… Si no, ¿por qué nos está llamando la muerte a todas horas? Yo tengo sueños, y soñando veo felices y contentos a todos los que se han muerto.
-¿Tú crees en lo que sueñas?
-Sí, señor. Y miro los árboles y las peñas que estoy acostumbrada a ver desde que nací, y en su cara…
-¡Hola, hola!… ¿también los árboles y las peñas tienen cara?…
-Sí, señor… Para mí todas las cosas hermosas ven y hablan… Por eso cuando todas me han dicho: «ven con nosotras; muérete y vivirás sin pena»…
¡Qué lástima de fantasía! -murmuró Golfín-. Alma enteramente pagana.
Y luego añadió en voz alta:
-Si deseas la vida, ¿por qué no aceptaste lo que Florentina te ofrecía? Vuelvo al mismo tema.
-Porque… porque… porque la señorita Florentina no me ofrecía sino la muerte -dijo la Nela con energía.
-¡Qué mal juzgas su caridad! Hay seres tan infelices que prefieren la vida vagabunda y miserable, a la dignidad que poseen las personas de un orden superior. Tú te has acostumbrado a la vida salvaje en contacto directo con la Naturaleza, y prefieres esta libertad grosera a los afectos más dulces de una familia. ¿Has sido tú feliz en esta vida?
-Empezaba a serlo…
-¿Y cuándo dejaste de serlo?
Después de larga pausa, la Nela contestó:
-Cuando usted vino.
-¡Yo!… ¿Qué males he traído?
-Ninguno: no ha traído sino grandes bienes.
-Yo he devuelto la vista a tu amo -dijo Golfín, observando con atención de fisiólogo el semblante de la Nela-. ¿No me agradeces esto?
-Mucho, sí, señor; mucho -replicó ella, fijando en el doctor sus ojos llenos de lágrimas.
Golfín sin dejar de observarla, ni perder el más ligero síntoma facial que pudiera servir para conocer los sentimientos de la mujer-niña, habló así:
-Tu amo me ha dicho que te quiere mucho. Cuando era ciego, lo mismo que después que tiene vista, no ha hecho más que preguntar por la Nela. Se conoce que para él todo el Universo está ocupado por una sola persona, la Nela; que la luz que se le ha permitido gozar no sirve para nada, si no sirve para ver a la Nela.
-¡Para ver a la Nela!, ¡pues no verá a la Nela!… ¡la Nela no se dejará ver! -exclamó ella con brío.
-¿Y por qué?
-Porque es muy fea… Se puede querer a la hija de la Canela cuando se tienen los ojos cerrados; pero cuando se abren los ojos y se ve a la señorita Florentina, no se puede querer a la pobre y enana Marianela.
-Quién sabe…
-No puede ser… No puede ser -afirmó la vagabunda con la mayor energía.
-Eso es un capricho tuyo… No puedes decir si agradas o no a tu amo mientras no lo pruebes. Yo te llevaré a la casa…
-¡No quiero, que no quiero!, gritó ella levantándose de un salto, y poniéndose frente a Teodoro, que se quedó absorto al ver su briosa apostura y el fulgor de sus ojuelos negros, señales ambas cosas de un carácter decidido.
-Tranquilízate, ven acá -le dijo con dulzura-. Hablaremos… Es verdad que no eres muy bonita… pero no es propio de una joven discreta apreciar tanto la hermosura exterior. Tienes un amor propio excesivo, mujer.
Y sin hacer caso de las observaciones del doctor, la Nela, firme en su puesto como lo estaba en su tema, pronunció solemnemente esta sentencia:
-No debe haber cosas feas… Ninguna cosa fea debe vivir.
-Pues mira, hijita, si todos los feos tuviéramos la obligación de quitarnos de en medio, ¡cuán despoblado se quedaría el mundo! ¡Pobre y desgraciada tontuela! Esa idea que me has dicho no es nueva. Tuviéronla personas que vivieron hace siglos, personas de fantasía como tú, que vivían en la Naturaleza como tú, y que como tú carecían de cierta luz que a ti te falta por tu ignorancia y abandono, y a ellas porque aún esa luz no había venido al mundo… Es preciso que te cures de esa manía; es preciso que te hagas cargo de que hay una porción de dones más estimables que el de la hermosura, dones del alma que ni son ajados por el tiempo, ni están sujetos al capricho de los ojos. Búscalos en tu alma y los encontrarás. No te pasará lo que con tu hermosura, que por mucho que en el espejo la busques, jamás la hallarás. Busca aquellos dones preciosos, cultívalos, y cuando los veas bien grandes y florecidos, no temas; ese afán que sientes se calmará. Entonces te sobrepondrás fácilmente a la situación desairada en que te ves, y elevándote tendrás una hermosura que no admirarán quizás los ojos, pero que a ti misma te servirá de recreo y orgullo.
Estas sensatas palabras o no fueron entendidas o no fueron aceptadas por la Nela, que, ocultándose otra vez junto a Golfín, le miraba atentamente. Sus ojos pequeñitos, que a los más hermosos ganaban en elocuencia, parecían decir: -¿Pero a qué viene todas esas sabidurías, señor pedante?
-Aquí -continuó Golfín, gozando extremadamente con aquel asunto, y dándole a pesar suyo un tono de tesis psicológica- hay una cuestión principal y es…
La Nela le había adivinado y se cubrió el rostro con las manos.
-No tiene nada de extraño; al contrario, es muy natural lo que te pasa. Tienes un temperamento sentimental, imaginativo; has llevado con tu amo la vida libre y poética de la Naturaleza siempre juntos, en inocente intimidad. Él es discreto hasta no más, y guapo como una estatua… Parece la belleza ciega hecha para recreo de los que tienen vista. Además su bondad y la grandeza de su corazón cautivan y enamoran. No es extraño que te haya cautivado a ti, que eres niña casi mujer, o una mujer que parece niña. ¿Le quieres mucho, le quieres más que a todas las cosas de este mundo?…
-Sí, sí, señor -repuso la chicuela sollozando.
-¿No puedes soportar la idea de que te deje de querer?
-No, no, señor.
-Él te ha dicho palabras amorosas y te ha hecho juramentos…
-¡Oh!, sí, sí, señor. Me dijo que yo sería su compañera por toda la vida, y yo lo creí…
-¿Por qué no ha de ser verdad?…
-Me dijo que no podría vivir sin mí, y que aunque tuviera vista me querría mucho siempre. Yo estaba contenta, y mi fealdad, mi pequeñez y mi facha ridícula no me importaban, porque él no podía verme, y allá en sus tinieblas me tenía por bonita… Pero después…
-Después… -murmuró Golfín traspasado de compasión-. Ya veo que yo tengo la culpa de todo.
-La culpa no… porque usted ha hecho una buena obra. Usted es muy bueno… Es un bien que él haya sanado de sus ojos… Yo me digo a mí misma que es un bien… pero después de esto, yo debo quitarme de en medio… porque él verá a la señorita Florentina y la comparará conmigo… y la señorita Florentina es como los ángeles, y yo… compararme con ella es como si un pedazo de espejo roto se comparara con el sol… ¿Para qué sirvo yo? Yo soñé que no debía haber nacido, ¿para qué nací?… ¡Dios se equivocó!, hízome una cara fea, un cuerpecillo chico y un corazón muy grande, ¿de qué me sirve este corazón muy grande? De tormento nada más. ¡Ay!, si yo no le sujetara, él se empeñaría en aborrecer mucho; pero el aborrecimiento no me gusta, yo no sé aborrecer, y antes que llegar a saber lo que es eso, quiero enterrar mi corazón para que no me atormente más.
-Te atormenta con los celos, con el sentimiento de verte humillada. ¡Ay! Nela, tu soledad es grande. No puede salvarte ni el saber que no posees, ni la familia que te falta, ni el trabajo que desconoces. Dime, la protección de la señorita Florentina ¿qué sentimientos ha despertado en ti?…
-¡Miedo!… ¡vergüenza! -exclamó la Nela con temor, abriendo mucho sus ojuelos-. ¡Vivir con ellos, viéndoles a todas horas… porque se casarán, el corazón me ha dicho que se casarán; yo he soñado que se casarán!…
-Pero Florentina es muy buena, te amaría mucho…
-Yo la quiero también; pero no en Aldeacorba -dijo la de la Canela con exaltación y desvarío-. Ha venido a quitarme lo que es mío… porque era mío, sí, señor… Florentina es como la Virgen María… yo le rezaría, sí, señor, le rezaría; pero no quiero que me quite lo que es mío… y me lo quitará, ya me lo ha quitado… ¿A dónde voy yo ahora, qué soy, ni de qué valgo? Todo lo perdí, todo, y quiero irme con mi madre.
La Nela dio algunos pasos; pero Golfín, como fiera que echa la zarpa, la detuvo fuertemente por la muñeca. Haciendo esto observó el agitado pulso de la vagabunda.
-Ven acá -le dijo-. Desde este momento, que quieras que no, te hago mi esclava. Eres mía y no has de hacer sino lo que yo te mande. ¡Pobre criatura, formada de sensibilidad ardiente, de imaginación viva, de candidez y de superstición, eres una admirable persona nacida para todo lo bueno; pero desvirtuada por el estado salvaje en que has vivido, por el abandono y la falta de instrucción, pues careces hasta de la más elemental! ¡En qué donosa sociedad vivimos, que se olvida hasta este punto de sus deberes y deja perder de este modo un ser preciosísimo!… Ven acá, que no has de separar de mí; te tomo, te cazo, esa es la palabra, te cazo con trampa en medio de los bosques, fierecita silvestre, y voy a ensayar en ti un sistema de educación… Veremos si sé tallar este hermoso diamante… ¡Ah!, ¡cuántas cosas ignoras! Yo te descubriré un nuevo mundo en tu alma, te haré ver mil asombrosas maravillas que hasta ahora no has conocido, aunque de todas ellas has de tener tú una idea confusa, una idea vaga. ¿No sientes en tu pobre alma?… ¿cómo te lo diré?, el brotecillo, el pimpollo de una virtud que es la más preciosa y la madre de todas, la humildad, una virtud por la cual gozamos extraordinariamente ¡mira tú qué cosa tan rara!, al vernos inferiores a los demás? Gozamos, sí, al ver que otros están por encima de nosotros. ¿No sientes también la abnegación, por la cual nos complacemos en sacrificarnos por los demás y hacernos pequeñitos para que los demás sean grandes? Tú aprenderás esto, aprenderás a poner tu fealdad a los pies de la hermosura, a contemplar con serenidad y alegría los triunfos ajenos, a cargar de cadenas ese gran corazón tuyo, sometiéndolo por completo, para que jamás vuelva a sentir envidia ni despecho, para que ame a todos por igual, poniendo por encima de todos a los que te han causado daño.
«Entonces serás lo que debes ser por tu natural condición y por las cualidades que posees desde el nacer. ¡Infeliz!, has nacido en medio de una sociedad cristiana, y ni siquiera eres cristiana; vive tu alma en aquel estado de naturalismo poético, sí, esa es la palabra y te la digo aunque no la entiendas… en aquel estado en que vivieron pueblos de que apenas queda memoria. Los sentidos y las pasiones te gobiernan, y la forma es uno de tus dioses más queridos. Para ti han pasado en vano diez y ocho siglos consagrados a la sublimación del espíritu. Y esta sociedad egoísta que ha permitido tal abandono, ¿qué nombre merece? Te ha dejado crecer en la soledad de unas minas, sin enseñarte una letra, sin hacerte conocer las conquistas más preciosas de la inteligencia, las verdades más elementales que hoy gobiernan al mundo; ni siquiera te ha llevado a una de esas escuelas de primeras letras, donde no se aprende casi nada; ni siquiera te ha dado la imperfectísima instrucción religiosa de que ella se envanece. Apenas has visto una iglesia más que para presenciar ceremonias que no te han explicado; apenas sabes recitar una oración que no entiendes; no sabes nada del mundo, ni de Dios, ni del alma… Pero todo lo sabrás; tú serás otra, dejarás de ser la Nela, yo te lo prometo, para ser una señorita de mérito, una mujer de bien.»
No puede afirmarse que la Nela entendiera el anterior discurso, pronunciado por Golfín con tal vehemencia y brío que olvidó un instante la persona con quien hablaba. Pero la vagabunda sentía una fascinación extraña, y las ideas de aquel hombre penetraban dulcemente en su alma hallando fácil asiento en ella. Parece que se efectuaba sobre la tosca muchacha el potente y fatal dominio que la inteligencia superior ejerce sobre la inferior. Triste y silenciosa recostó su cabeza sobre el hombro de Teodoro.
-Vamos allá -dijo este súbitamente.
La Nela tembló toda. Golfín observó el sudor de su frente, el glacial frío de sus manos, la violencia de su pulso; pero lejos de cejar en su idea por causa de esta dolencia física, afirmose más en ella, repitiendo:
-Vamos, vamos; aquí hace frío.
Tomó de la mano a la Nela. El dominio que sobre ella ejercía era ya tan grande, que la muchacha se levantó tras él y dieron juntos algunos pasos. Después la Nela se detuvo y cayó de rodillas.
-¡Oh!, señor -exclamó con espanto- no me lleve usted.
Estaba pálida y descompuesta con señales de una espantosa alteración física y moral. Golfín le tiró del brazo. El cuerpo desmayado de la vagabunda no se elevaba del suelo por su propia fuerza. Era preciso tirar de él como de un cuerpo muerto.
Hace días -dijo Golfín- que en este mismo sitio te llevé sobre mis hombros porque no podías andar. Esta noche será lo mismo.
Y la levantó en sus brazos. La ardiente respiración de la mujer-niña le quemaba el rostro. Iba decadente, roja y marchita, como una planta que acaba de ser arrancada del suelo, dejando en él las raíces. Al llegar a la casa de Aldeacorba Golfín sintió que su carga se hacía menos pesada. La Nela erguía su cuello, elevaba las manos con ademán de desesperación; pero callaba.
Entró. Todo estaba en silencio. Una criada salió a recibirle, y a instancias de Teodoro condújole sin hacer ruido a la habitación de la señorita Florentina.
Hallábase esta sola, alumbrada por una luz que ya agonizaba, de rodillas en el suelo y apoyando sus brazos en el asiento de una silla, en actitud de orar devota y recogidamente. Alarmose al ver entrar a un hombre tan a deshora en su habitación, y a su fugaz alarma sucedió el asombro, observando la carga que Golfín sobre sus robustos hombros traía.
La sorpresa no permitió a la señorita de Penáguilas usar de la palabra cuando Teodoro, depositando cuidadosamente su carga sobre un sofá, le dijo:
-Aquí la traigo… ¿qué tal?, ¿soy buen cazador de mariposas?

– CAPÍTULO XX –
El nuevo mundo

Retrocedamos algunos días.
Cuando Teodoro Golfín levantó por primera vez el vendaje de Pablo Penáguilas, este dio un grito de espanto. Sus movimientos todos eran de retroceso. Extendía las manos como para apoyarse en un punto y retroceder mejor. El espacio iluminado era para él como un inmenso abismo en el cual se suponía próximo a caer. El instinto de conservación obligábale a cerrar los ojos. Excitado por Teodoro, por su padre y los demás de la casa, que sentían la ansiedad más honda, miró de nuevo; pero el temor no disminuía. Las imágenes entraban, digámoslo así, en su cerebro violenta y atropelladamente con una especie de brusca embestida, de tal modo que él creía chocar contra los objetos. Las montañas lejanas se le figuraban hallarse al alcance de su mano, y los objetos y personas que le rodeaban los veía cual si rápidamente cayeran sobre sus ojos.
Teodoro Golfín observaba estos fenómenos con la más viva curiosidad, porque era aquél el segundo caso de curación de ceguera congénita que había presenciado. Los demás no se atrevían a manifestar alegría; de tal modo les confundía y pasmaba la perturbada inauguración de las funciones ópticas en el afortunado paciente. Pablo experimentaba una alegría delirante. Sus nervios y su fantasía hallábanse horriblemente excitados, por lo cual Teodoro juzgó prudente obligarle al reposo. Sonriendo le dijo:
-Por ahora ha visto usted bastante. No se pasa de la ceguera a la luz, no se entra en los soberanos dominios del sol como quien entra en un teatro. Es este un nacimiento en que hay también mucho dolor.
Más tarde el joven mostró deseos tan vehementes de volver a ejercer su nueva facultad preciosa, que Teodoro consintió en abrirle un resquicio del mundo visible.
-Mi interior -dijo Pablo, explicando su impresión primera- está inundado de hermosura, de una hermosura que antes no conocía. ¿Qué cosas fueron las que entraron en mí llenándome de terror? La idea del tamaño, que yo no concebía sino de una manera imperfecta, se me presentó clara y terrible, como si me arrojaran desde las cimas más altas a los abismos más profundos. Todo esto es bello y grandioso, aunque me hace estremecer. Quiero ver repetidas esas sensaciones sublimes. Aquella extensión de hermosura que contemplé me ha dejado anonadado: era una cosa serena y majestuosamente inclinada hacia mí como para recibirme. Yo veía el Universo entero corriendo hacia mí y estaba sobrecogido y temeroso… El cielo era un gran vacío atento, no lo expreso bien… era el aspecto de una cosa extraordinariamente dotada de expresión. Todo aquel conjunto de cielo y montañas me observaba y hacia mí corría… pero todo era frío y severo en su gran majestad. Enséñenme una cosa delicada y cariñosa… la Nela, ¿en dónde está la Nela?
Al decir esto, Golfín, descubriendo nuevamente sus ojos a la luz y auxiliándoles con anteojos hábilmente graduados, le ponía en comunicación con la belleza visible.
-¡Oh! Dios mío… ¿esto que veo es la Nela? -exclamó Pablo con entusiasta admiración.
-Es tu prima Florentina.
-¡Ah! -dijo el joven lleno de confusión-. Es mi prima… Yo no tenía idea de una hermosura semejante… Bendito sea el sentido que permite gozar de esta luz divina. Prima mía, eres como una música deliciosa, eso que veo me parece la expresión más clara de la armonía… ¿Y la Nela dónde está?
-Tiempo tendrás de verla -dijo D. Francisco lleno de gozo-. Sosiégate ahora.
-¡Florentina, Florentina! -repitió el ciego con desvarío-. ¿Qué tienes en esa cara que parece la misma idea de Dios puesta en carnes? Estás en medio de una cosa que debe de ser el sol. De tu cara salen unos como rayos… al fin puedo tener idea de cómo son los ángeles… y tu cuerpo, tus manos, tus cabellos vibran mostrándome ideas preciosísimas… ¿qué es esto?
-Principia a hacerse cargo de los colores -murmuró Golfín-. Quizás vea los objetos rodeados con los colores del iris. Aún no posee bien la adaptación a las distancias.
-Te veo dentro de mis propios ojos -añadió Pablo-. Te fundes con todo lo que pienso, y tu persona visible es para mí como un recuerdo. ¿Un recuerdo de qué? Yo no he visto nada hasta ahora… ¿Habré vivido antes de esta vida? No lo sé; pero yo tenía noticias de esos tus ojos. Y tú, padre, ¿dónde estás? ¡Ah!, ya te veo. Eres tú… se me representa contigo el amor que te tengo… ¿Pues y mi tío?… Ambos os parecéis mucho… ¿En dónde está el bendito Golfín?
-Aquí… en la presencia de su enfermo -dijo Teodoro presentándose-. Aquí estoy más feo que Picio… Como usted no ha visto aún leones ni perros de Terranova, no tendrá idea de mi belleza… Dicen que me parezco a aquellos nobles animales.
-Todos son buenas personas -dijo Pablo con gran candor-; pero mi prima a todos les lleva inmensa ventaja… ¿Y la Nela?, por Dios, ¿no traen a la Nela?
Dijéronle que su lazarillo no parecía por la casa, ni podían ellos ocuparse en buscarla16, lo que le causó grandísima pena. Procuraron calmarle, y como era de temer un acceso de fiebre, le acostaron, incitándole a dormir. Al día siguiente era grande su postración, pero de todo triunfó su naturaleza enérgica. Pidió que le enseñaran un vaso de agua y al verlo dijo:
-Parece que estoy bebiendo el agua sólo con verla.
Del mismo modo se expresó con respecto a otros objetos, los cuales hacían viva impresión en su fantasía. Golfín después de tratar de remediar la aberración de esfericidad por medio de lentes, que fue probando uno tras otro, principió a ejercitarle en la distinción y combinación de los colores; pero el vigoroso entendimiento del joven propendía siempre a distinguir la fealdad de la hermosura. Distinguía estas dos ideas en absoluto, sin que influyera nada en él ni la idea de utilidad, ni aun la de bondad. Pareciole encantadora una mariposa que extraviada entró en su cuarto. Un tintero le parecía horrible, a pesar de que su tío le demostró con ingeniosos argumentos, que servía para poner la tinta de escribir… la tinta de escribir. Entre una estampa del Crucificado y otra de Galatea navegando sobre una concha con escolta de tritones y ninfas, prefirió esta última, lo que hizo mal efecto en Florentina, que prometió enseñarle a poner las cosas sagradas cien codos por encima de las profanas. Observaba las caras con la más viva atención, y la maravillosa concordancia de los accidentes faciales con el lenguaje le pasmaba en extremo. Viendo a las criadas y a otras mujeres de Aldeacorba, manifestó el más vivo desagrado, porque eran o feas o insignificantes; y es que la hermosura de su prima convertía en adefesios a todas las demás mujeres. A pesar de esto, deseaba verlas a todas. Su curiosidad era una fiebre intensa que de ningún modo podía calmarse. Cada vez era mayor su desconsuelo por no ver a la Nela; pero en tanto rogaba a Florentina que no dejase de acompañarle un momento.
El tercer día le dijo Golfín:
-Ya se ha enterado usted de gran parte de las maravillas del mundo visible. Ahora es preciso que vea su propia persona.
Trajeron un espejo y Pablo se miró en él.
-Este soy yo… -dijo con loca admiración-. Trabajo me cuesta el creerlo… ¿Y cómo estoy dentro de esta agua dura y quieta? ¡Qué cosa tan admirable es el vidrio! Parece mentira que los hombres hayan hecho esta atmósfera de piedra… Por vida mía que no soy feo… ¿no es verdad, prima? ¿Y tú, cuando te miras aquí, sales tan guapa como eres? No puede ser. Mírate en el cielo trasparente y allí verás tu imagen. Creerás que ves a los ángeles cuando te veas a ti misma.
A solas con Florentina, y cuando esta le prodigaba a prima noche las atenciones y cuidados que exige un enfermo, Pablo le decía:
-Prima mía, mi padre me ha leído aquel pasaje de nuestra historia, cuando un hombre llamado Cristóbal Colón descubrió el Mundo Nuevo, jamás visto por hombre alguno de Europa. Aquel navegante abrió los ojos del mundo conocido para que viera otro más hermoso. No puedo figurármelo a él sino como a un Teodoro Golfín, y a la Europa como a un gran ciego para quien la América y sus maravillas fueron la luz. Yo también he descubierto un Nuevo Mundo. Tú eres mi América, tú eres aquella primera isla hermosa donde puso su pie el navegante. Faltole ver el continente con sus inmensos bosques y ríos. A mí también me quedará por ver quizás lo más hermoso…
Después cayó en profunda meditación, y al cabo de ella preguntó:
-¿En dónde está la Nela?
-No sé qué le pasa a esa pobre muchacha -dijo Florentina-. No quiere verte sin duda.
-Es vergonzosa y muy modesta -replicó Pablo-. Teme molestar a los de casa. Florentina, en confianza te diré que la quiero mucho. Tú la querrás mucho también. Deseo ardientemente ver a esa buena compañera y amiga mía.
-Yo misma iré a buscarla mañana.
-Sí, sí… pero no estés mucho tiempo fuera. Cuando no te veo, estoy muy solo… Me he acostumbrado a verte, y estos tres días me parecen siglos de felicidad… No me robes ni un minuto. Decíame anoche mi padre que después de verte a ti no debo tener curiosidad de ver a mujer ninguna.
-¡Qué tontería! -dijo la señorita ruborizándose-. Hay otras mucho más guapas que yo…
-No, no, todos dicen que no -afirmó Pablo con vehemencia, y dirigía su cara vendada hacia la primita, como si al través de tantos obstáculos quisiera verla aún-. Antes me decían eso y yo no lo quería creer; pero después que tengo conciencia del mundo visible y de la belleza real, lo creo, sí, lo creo. Eres un tipo perfecto de hermosura; no hay más allá, no puede haberlo… Dame tu mano. El primo estrechó ardientemente entre sus manos la de la señorita.
-Ahora me río yo -añadió él- de mi ridícula vanidad de ciego, de mi necio empeño de apreciar sin vista el aspecto de las cosas… Creo que toda la vida me durará el asombro que me produjo la realidad… ¡La realidad! El que no la posee es un idiota… Florentina, yo era un idiota.
-No, primo; siempre fuiste y eres muy discreto… Pero no excites ahora tu imaginación… Pronto será hora de dormir. D. Teodoro ha mandado que no se te dé conversación a esta hora, porque te desvelas… Si no te callas me voy.
-¿Es ya de noche?
-Sí, es de noche.
-Pues sea de noche o de día, yo quiero hablar -afirmó Pablo, inquieto en su lecho, sobre el cual reposaba vestido y muy excitado-. Con una condición me callo, y es que no te vayas de mi lado y de tiempo en tiempo des una palmada en la cama, para saber yo que estás ahí.
-Bueno, así lo haré, y ahí va la primer fe de vida -dijo Florentina, dando una palmada en la cama.
-Cuando te siento reír, parece que respiro un ambiente fresco y perfumado, y todos mis sentidos antiguos se ponen a reproducirme tu persona de distintos modos. El recuerdo de tu imagen subsiste en mí de tal manera que vendado te estoy viendo lo mismo.
-¿Vuelve la charla?… Que llamo a D. Teodoro -dijo la señorita jovialmente.
-No… estate quieta. Si no puedo callar… si callara, todo lo que pienso, todo lo que siento y lo que veo aquí dentro de mi cerebro me atormentaría17 más… ¡Y quieres tú que duerma!… ¡Dormir! Si te tengo aquí dentro, Florentina, dándome vueltas en el cerebro y volviéndome loco… Padezco y gozo lo que no se puede decir, porque no hay palabras para decirlo. Toda la noche la paso hablando contigo y con la Nela… ¡la pobre Nela!, tengo curiosidad de verla, una curiosidad muy grande.
-Yo misma iré a buscarla mañana… Vaya, se acabó la conversación. Calladito, o me marcho.
-Quédate… Hablaré conmigo mismo… Ahora voy a repetir las cosas que te dije anoche, cuando hablábamos solos los dos… voy a recordar lo que tú me dijiste…
-¿Yo?
-Es decir, las cosas que yo me figuraba oír de tu boca… Silencio, señorita de Penáguilas… yo me entiendo solo con mi imaginación.
Al día siguiente cuando Florentina se presentó delante de su primo, le dijo:
-Traía a Mariquilla y se me escapó. ¡Qué ingratitud!
-¿Y no la has buscado?
-¿Dónde?… ¡Huyó de mí! Esta tarde saldré otra vez y la buscaré hasta que la encuentre.
-No, no salgas -dijo Pablo vivamente-. Ella parecerá, ella vendrá sola.
-Parece loca.
-¿Sabe que tengo vista?
-Yo misma se lo he dicho. Pero sin duda ha perdido el juicio. Dice que yo soy la Santísima Virgen y me besa el vestido.
-Es que le produces a ella el mismo efecto que a todos. La Nela es tan buena… ¡Pobre muchacha! Es preciso protegerla, Florentina, protegerla, ¿no te parece?
-Es una ingrata -dijo Florentina con tristeza.
-¡Ah!, no lo creas. La Nela no puede ser ingrata. Es muy buena… yo la aprecio mucho… Es preciso que me la busquen y me la traigan aquí.
-Yo iré.
-No, no, tú no -dijo prontamente Pablo, tomando la mano de su prima-. La obligación de usted, señorita sin juicio, es acompañarme. Si no viene pronto el señor Golfín a levantarme la venda y ponerme los vidrios, yo me la levantaré solo. Desde ayer no te veo, y esto no se puede sufrir, no, no se puede sufrir… ¿Ha venido D. Teodoro?
-Abajo está con tu padre y el mío. Pronto subirá. Ten paciencia; pareces un chiquillo de escuela.
Pablo se incorporó con desvarío.
-¡Luz, luz!… Es una iniquidad que le tengan a uno tanto tiempo a oscuras. Así no se puede vivir… yo me muero. Necesito mi pan de cada día, necesito la función de mis ojos… Hoy no te he visto, prima, y estoy loco por verte. Tengo una sed rabiosa de verte. ¡Viva la realidad!… Bendito sea Dios que te crió, mujer hechicera, compendio de todas las bellezas… Pero si después de criar la hermosura, no hubiera criado Dios los corazones, ¡cuán tonta sería su obra!… ¡Luz, luz!
Subió Teodoro y le abrió las puertas de la realidad, inundando de gozo su alma. Después pasó el día tranquilo, hablando de cosas diversas. Hasta la noche no volvió a fijar la atención en un punto de su vida, que parecía alejarse y disminuir y borrarse, como las naves que en un día sereno se pierden en el horizonte. Como quien recuerda un hecho muy antiguo, Pablo dijo:
-¿No ha parecido la Nela?
Díjole Florentina que no, y hablaron de otra cosa.
Aquella noche sintió Pablo a deshora ruido de voces en la casa. Creyó oír la voz de Teodoro Golfín, la de Florentina y la de su padre. Después se durmió tranquilamente, siguiendo durante su sueño atormentado por las imágenes de todo lo que había visto y por los fantasmas de lo que él mismo se imaginaba. Su sueño, que principió dulce y tranquilo, fue después agitado y angustioso, porque en el profundo seno de su alma, como en una caverna recién iluminada, luchaban las hermosuras y fealdades del mundo plástico, despertando pasiones, enterrando recuerdos y trastornando su alma toda. Al día siguiente, según promesa de Golfín, le permitirían levantarse y andar por la casa.

– CAPÍTULO XXI –
Los ojos matan

La habitación destinada a Florentina en Aldeacorba era la más alegre de la casa. Nadie había vivido en ella desde la muerte de la señora de Penáguilas; pero D. Francisco, creyendo a su sobrina digna de alojarse allí, arregló la estancia con pulcritud y ciertos primores elegantes que no se conocían en vida de su esposa. Daba el balcón al Mediodía y a la huerta, por lo cual la estancia hallábase diariamente inundada de gratos olores y de luz, y alegrada por el armonioso charlar de los pájaros. Florentina, en los pocos días de su residencia allí, había dado a la habitación el molde, digámoslo así, de su persona. Diversas cosas y partes de aquella daban a entender la clase de mujer que allí vivía, así como el nido da a conocer el ave. Si hay personas que de un palacio hacen un infierno, hay otras que para convertir una choza en palacio no tienen más que meterse en ella.
Era aquel día tempestuoso (y decimos aquel día, porque no sabemos qué día era: sólo sabemos que era un día). Había llovido toda la mañana. Después había aclarado el cielo, y por último, sobre la atmósfera húmeda y blanca apareció majestuoso un arco iris. El inmenso arco apoyaba uno de sus pies en los cerros de Ficóbriga, junto al mar, y el otro en el bosque de Saldeoro. Soberanamente hermoso en su sencillez, era tal que a nada puede compararse, como no sea a la representación absoluta y esencial de la forma. Es un arco iris como el resumen, o mejor dicho, principio y fin de todo lo visible.
En la habitación estaba Florentina, no ensartando perlas ni bordando rasos con menudos hilos de oro, sino cortando un vestido con patrones hechos de Imparciales y otros periódicos. Hallábase en el suelo, en postura semejante a la que toman los chicos revoltosos cuando están jugando, y ora sentada sobre sus pies, ora de rodillas, no daba paz a las tijeras. A su lado había un montón de pedazos de lana, percal, madapolán y otras telas que aquella mañana había hecho traer a toda prisa de Villamojada, y corta por aquí, recorta por allá, Florentina hacía mangas, faldas y cuerpos. No eran un modelo de corte, ni había que fiar mucho en la regularidad de los patrones, obra también de Florentina; pero ella, reconociendo los defectos de las piezas, pensaba que en aquel arte la buena intención salva el resultado. Su excelente padre le había dicho aquella mañana al comenzar la obra:
-Por Dios, Florentinilla, parece que ya no hay modistas en el mundo. No sé qué me da de ver a una señorita de buena sociedad arrastrándose por esos suelos de Dios con tijeras en la mano… Eso no está bien. No me agrada que trabajes para vestirte a ti misma, ¿y me ha de agradar que trabajes para las demás?… ¿para qué sirven las modistas?… ¿para qué sirven las modistas, eh?
-Esto lo haría cualquier modista mejor que yo -repuso Florentina riendo- pero entonces no lo haría yo, señor papá; y precisamente quiero hacerlo yo misma.
Después Florentina se quedó sola, no, no se quedó sola, porque en el testero principal de la alcoba, entre la cama y el ropero, había un sofá de forma antigua, y sobre el sofá dos mantas una sobre otra. En uno de los extremos asomaba entre almohadas una cabeza reclinada con abandono. Era un semblante desencajado y anémico. Dormía. Su sueño era un letargo inquieto que se interrumpía a cada instante con violentas sacudidas y terrores. Sin embargo, parecía estar más sosegada cuando al medio día volvió a entrar en la pieza el padre de Florentina, acompañado de Teodoro Golfín.
Golfín se dirigió al sofá, y aproximando su cara observó la de la Nela.
-Parece que su sueño es ahora más tranquilo -dijo-. No hagamos ruido.
-¿Qué le parece a usted mi hija? -dijo don Manuel riendo-. ¿No ve usted las tareas que se da?… Sea usted imparcial, Sr. D. Teodoro, ¿no hay motivos para que me incomode? Francamente, cuando no hay necesidad de tomarse una molestia, ¿por qué se ha de tomar? Muy enhorabuena que mi hija dé al prójimo todo lo que yo le señalo para que lo gaste en alfileres; pero esto, esta manía de ocuparse ella misma en bajos menesteres… en bajos menesteres…
-Déjela usted -replicó Golfín, contemplando a la señorita de Penáguilas con cierto arrobamiento-. Cada uno, Sr. D. Manuel, tiene su modo especial de gastar alfileres.
-No me opongo yo a que en sus caridades llegue hasta el despilfarro, hasta la bancarrota -dijo D. Manuel paseándose pomposamente por la habitación con las manos en los bolsillos-. ¿Pero no hay otro medio mejor de hacer caridades? Ella ha querido dar gracias a Dios por la curación de mi sobrino… muy bueno es esto, muy evangélico… pero veamos… pero veamos.
Detúvose ante la Nela para obsequiarla con sus miradas.
-¿No habría sido más razonable -añadió- que en vez de meternos en la casa a esta pobre muchacha, hubiera organizado mi hijita una de esas útiles solemnidades que se estilan en la corte, y en las cuales sabe mostrar sus buenos sentimientos lo más selecto de la sociedad? ¿Por qué no te ocurrió celebrar una rifa? Entre los amigos hubiéramos colocado todos los billetes reuniendo una buena suma que podrías destinar a los asilos de Beneficencia. Podías haber formado una sociedad con todo el señorío de Villamojada y su término, o con todo el señorío de Santa Irene de Campó, y celebrar juntas y reunir mucho dinero… ¿Qué tal? También pudiste idear una corrida de toretes. Yo me hubiera encargado de lo tocante al ganado y lidiadores… ¡Oh! Anoche hemos estado hablando acerca de esto la señora doña Sofía y yo… Aprende, aprende de esa señora. A ella deben los pobres qué sé yo cuántas cosas. ¿Pues y las muchas familias que viven de la administración de las rifas? ¿Pues y lo que ganan los cómicos con estas funciones? ¡Oh!, los que están en el Hospicio no son los únicos pobres. Me dijo Sofía que en los bailes de máscaras dados este invierno sacaron un dineral. Verdad que se llevaron gran parte la empresa del gas, el alquiler del teatro, los empleados… pero a los pobres les llegó su pedazo de pan… O si no, hija mía, lee la estadística… o si no, hija mía, lee la estadística.
Florentina se reía, y no hallando mejor contestación que repetir una frase de Teodoro Golfín, dijo a su padre:
-Cada uno tiene su modo de gastar alfileres.
-Señor D. Teodoro -indicó con desabrimiento D. Manuel- convenga usted en que no hay otra como mi hija.
-Sí, en efecto -manifestó Teodoro con intención profunda, contemplando a la joven- no hay otra como Florentina.
-Con todos sus defectos -dijo el padre acariciando a la señorita- la quiero más que a mi vida. Esta pícara vale más oro que pesa… Vamos a ver ¿qué te gusta más, Aldeacorba de Suso o Santa Irene de Campó?
-No me disgusta Aldeacorba.
-¡Ah!, picarona… ya veo el rumbo que tomas… Bien, me parece bien. ¿Saben ustedes que a estas horas mi hermano le está echando un sermón a su hijo? Cosas de familia: de esto ha de salir algo bueno. Mire usted, D. Teodoro, cómo se pone mi hija; ya tiene en su cara todas las rosas de Mayo. Voy a ver lo que dice mi hermano… a ver lo que dice mi hermano.
Retirose el buen hombre. Teodoro se acercó a la Nela para observarla de nuevo.
-¿Ha dormido anoche? -preguntó a Florentina.
-Poco. Toda la noche la oí suspirar y llorar. Esta noche tendrá una buena cama, que he mandado traer de Villamojada. La pondré en ese cuartito que está junto al mío.
-¡Pobre Nela! -exclamó el médico-. No puede usted figurarse el interés que siento por esta infeliz criatura. Alguien se reirá de esto; pero no somos de piedra. Lo que hagamos para enaltecer a este pobre ser y mejorar su condición, entiéndase hecho en pro de una parte no pequeña del género humano. Como la Nela hay muchos miles de seres en el mundo. ¿Quién los conoce?, ¿dónde están? Están perdidos en los desiertos sociales… que también hay desiertos sociales; están en lo más oscuro de las poblaciones, en lo más solitario de los campos, en las minas, en los talleres. Frecuentemente pasamos junto a ellos y no les vemos… Les damos limosna sin conocerles… No podemos fijar nuestra atención en esa miserable parte de la sociedad. Al principio creí que la Nela era un caso excepcional; pero no, he meditado, he recordado y he visto que es un caso de los más comunes. Este es un ejemplo del estado a que vienen los seres moralmente organizados para el bien, para el saber, para la virtud y que por su abandono y apartamiento no pueden desarrollar las fuerzas de su alma. Viven ciegos del espíritu, como Pablo Penáguilas ha vivido ciego del cuerpo teniendo vista.
Florentina, vivamente impresionada, parecía haber comprendido las observaciones de Golfín.
-Aquí la tiene usted -añadió este-. Posee una fantasía preciosa, sensibilidad viva; sabe amar con ternura y pasión; tiene su alma aptitud maravillosa para todo aquello que del alma depende; pero al mismo tiempo está llena de las supersticiones más groseras; sus ideas religiosas son vagas, monstruosas, equivocadas; sus ideas morales no tienen más guía que el sentido natural. No tiene más educación que la que ella misma se ha dado, como planta que se fecunda con sus propias hojas secas. Nada debe a los demás. Durante su niñez no ha oído ni una lección, ni un amoroso consejo, ni una santa homilía. Se guía por ejemplos que aplica a su antojo. Su criterio es suyo, propiamente suyo. Como tiene imaginación y sensibilidad, como su alma se ha inclinado desde el principio a adorar algo, ha adorado la Naturaleza lo mismo que los pueblos primitivos. Sus ideales son naturalistas, y si usted no me entiende bien, querida Florentina, se lo explicaré mejor en otra ocasión.
«Su espíritu da a la forma, a la belleza una preferencia sistemática. Todo su ser, sus afectos todos giran en derredor de esta idea. Las preeminencias y las altas dotes del espíritu son para ella una región confusa, una tierra apenas descubierta, de la cual no se tienen sino noticias vagas por algún viajero náufrago. La gran conquista evangélica, que es una de las más gloriosas que ha hecho nuestro espíritu, apenas llega a sus oídos como un rumor… es como una sospecha semejante a la que los pueblos asiáticos tienen del saber europeo, y si no me entiende usted bien, querida Florentina, más adelante se lo explicaré mejor…
»Pero ella está hecha para realizar en poco tiempo grandes progresos y ponerse al nivel de nosotros. Alúmbresele un poco y recorrerá con paso gigantesco los siglos… está muy atrasada, ve poco; pero teniendo luz andará. Esa luz no se la ha dado nadie hasta ahora, porque Pablo Penáguilas, por su ignorancia de la realidad visible, contribuía sin quererlo a aumentar sus errores. Ese idealista exagerado y loco no es el mejor maestro para un espíritu de esta clase. Nosotros enseñaremos la verdad a esta pobre criatura, resucitado ejemplar de otros siglos; le haremos conocer las dotes del alma; la traeremos a nuestro siglo; daremos a su espíritu una fuerza que no tiene; sustituiremos su naturalismo y sus rudas supersticiones con una noble conciencia cristiana. Aquí tenemos un admirable campo, una naturaleza primitiva, en la cual ensayaremos la enseñanza de los siglos; haremos rodar el tiempo sobre ella con las múltiples verdades descubiertas; crearemos un nuevo ser, porque esto, querida Florentina (no lo interprete usted mal), es lo mismo que crear un nuevo ser, y si usted no lo entiende, en otra ocasión se lo explicaré mejor.»
Florentina, a pesar de no ser sabihonda, algo creyó entender de lo que en su original estilo había dicho Golfín. También ella iba a hacer sus observaciones sobre aquel tema; pero en el mismo instante despertó la Nela. Sus ojos se revolvieron temerosos observando toda la estancia, después se fijaron alternativamente en las dos personas que la contemplaban.
-¿Nos tienes miedo? -le dijo Florentina dulcemente.
-No señora, miedo no -balbució la Nela-. Usted es muy buena. El Sr. D. Teodoro también.
-¿No estás contenta aquí? ¿Qué temes?
Golfín le tomó una mano.
-Háblanos con franqueza -le dijo- ¿a cuál de los dos quieres más, a Florentina o a mí?
La Nela no contestó. Florentina y Golfín sonreían; pero ella guardaba una seriedad taciturna.
-Oye una cosa, tontuela -prosiguió el médico-. Ahora has de vivir con uno de nosotros. Florentina se queda aquí, yo me marcho. Decídete por uno de los dos. ¿A cuál escoges?
Marianela dirigió sus miradas de uno a otro semblante, sin dar contestación categórica. Por último se detuvieron en el rostro de Golfín.
-Se me figura que soy yo el preferido… Es una injusticia, Nela; Florentina se va a enojar.
La pobre enferma sonrió entonces, y extendiendo una de sus débiles manos hacia la señorita de Penáguilas, murmuró:
-No quiero que se enoje.
Al decir esto, María se quedó lívida; alargó su cuello, sus ojos se desencajaron. Su oído prestaba atención a un rumor terrible. Había sentido pasos.
-¡Viene! -exclamó Golfín, participando del terror de su enferma.
-Es él -dijo Florentina, apartándose del sofá y corriendo hacia la puerta.
Era él. Pablo había empujado la puerta y entraba despacio, marchando en dirección recta, por la costumbre adquirida durante su larga ceguera. Venía riendo, y sus ojos, libres de la venda que él mismo se había levantado, miraban hacia adelante. No habiéndose familiarizado aún con los movimientos de rotación del ojo, apenas percibía las imágenes laterales. Podría decirse de él, como de muchos que nunca fueron ciegos de los ojos, que sólo veía lo que tenía delante.
-Primita -dijo avanzando hacia ella-. ¿Cómo no has ido a verme hoy?, yo vengo a buscarte. Tu papá me ha dicho que estás haciendo trajes para los pobres. Por eso te perdono.
Florentina no supo qué contestar. Estaba contrariada. Pablo no había visto al doctor ni a la Nela. Florentina para alejarle del sofá, se había dirigió hacia el balcón, y recogiendo algunos trozos de tela, se había sentado en ademán de ponerse a trabajar. Bañábala la risueña luz del sol, coloreando espléndidamente su costado izquierdo y dando a su hermosa tez moreno-rosa el realce más encantador. Brillaba entonces su belleza como personificación hechicera de la misma luz. Su cabello en desorden, su vestido suelto llevaban al último grado la elegancia natural de la gentil doncella, cuya actitud casta y noble superaba a las más perfectas concepciones del arte.
-Primito- dijo contrayendo ligeramente el hermoso entrecejo- D. Teodoro no te ha dado todavía permiso para quitarte hoy la venda. Eso no está bien.
-Me lo dará después -replicó el mancebo riendo-. No me puede suceder nada. Me encuentro bien. Y si algo me sucede algo, no me importa. No, no me importa quedarme ciego otra vez después de haberte visto.
-¡Qué bueno estaría eso!… -dijo Florentina en tono de reprensión.
-Estaba en mi cuarto solo; mi padre había salido, después de hablarme de ti… Tú ya sabes lo que me ha dicho…
-No, no sé nada -replicó la joven, fijando sus ojos en la costura.
-Pues yo sí lo sé… Mi padre es muy razonable. Nos quiere mucho a los dos… Cuando mi padre salió, levanteme la venda y miré al campo… Vi el arco iris y me quedé asombrado, mudo de admiración y de fervor religioso… No sé por qué aquel sublime espectáculo, para mí desconocido hasta hoy, me dio la idea más perfecta de la armonía del mundo… No sé por qué, al mirar la perfecta unión de sus colores, pensaba en ti… No sé por qué, viendo el arco iris, dije: «yo he sentido antes esto en alguna parte…» Me produjo sensación igual a la que sentí al verte, Florentina de mi alma. El corazón no me cabía en el pecho: yo quería llorar… lloré mucho y las lágrimas cegaron por un instante mis ojos. Te llamé, no me respondiste… Cuando mis ojos pudieron ver de nuevo, el arco iris había desaparecido… Salí para buscarte, creí que estabas en la huerta… bajé, subí, y aquí estoy… Te encuentro tan maravillosamente hermosa que me parece que nunca te he visto bien hasta hoy… nunca hasta hoy, porque ya he tenido tiempo de comparar… He visto muchas mujeres… todas son horribles junto a ti… Si me cuesta trabajo creer que hayas existido durante mi ceguera… No, no, lo que me ocurre es que naciste en el momento en que se hizo la luz dentro de mí, que te creó mi pensamiento en el instante de ser dueño del mundo visible… Me han dicho que no hay ninguna criatura que a ti se compare. Yo no lo quería creer; pero ya lo creo, lo creo como creo en la luz.
Diciendo esto puso una rodilla en tierra. Alarmada y ruborizada Florentina dejó de prestar atención a la costura.
-Primo… ¡por Dios!… -murmuró.
-Prima… ¡por Dios! -exclamó Pablo con entusiasmo candoroso- ¿por qué eres tú tan bonita?… Mi padre es muy razonable… no se puede oponer nada a su lógica ni a su bondad… Florentina, yo creí que no podía quererte; yo creí posible querer a otra más que a ti… ¡Qué necedad! Gracias a Dios que hay lógica en mis afectos… Mi padre, a quien he confesado mis errores, me ha dicho que yo amaba a un monstruo… Ahora puedo decir que idolatro a un ángel. El estúpido ciego ha visto ya y al fin presta homenaje a la verdadera hermosura… pero yo tiemblo… ¿no me ves temblar? Te estoy viendo y no deseo más que poder cogerte y encerrarte dentro de mi corazón, abrazándote y apretándote contra mi pecho… fuerte, muy fuerte.
Pablo, que había puesto las dos rodillas en tierra, se abrazaba a sí mismo.
-Yo no sé lo que siento -añadió con turbación, torpe la lengua, pálido el rostro-. Cada día descubro un nuevo mundo, Florentina. Descubrí el de la luz, descubro hoy otro… ¿Es posible que tú, tan hermosa, tan divina, seas para mí? ¡Prima, prima mía, esposa de mi alma!
Parecía que iba a caer al suelo desvanecido. Florentina hizo ademán de levantarse. Pablo le tomó una mano; después, retirando él mismo la ancha manga que lo cubría, besole el brazo con vehemente ardor, contando los besos.
-Uno, dos, tres, cuatro… ¡Yo me muero!
-Quita, quita -dijo Florentina, poniéndose en pie, y haciendo levantar tras ella a su primo-. Señor doctor, ríñale usted.
Teodoro gritó:
-¡Pronto… esa venda en los ojos, y a su cuarto, joven!
Confuso volvió el joven su rostro hacia aquel lado. Tomando la visual recta vio al doctor junto al sofá de paja cubierto de mantas.
-¿Está usted ahí, Sr. Golfín? -dijo acercándose en línea recta.
-Aquí estoy -repuso Golfín seriamente. Creo que debe usted ponerse la venda y retirarse a su habitación. Yo le acompañaré.
-Me encuentro perfectamente… Sin embargo, obedeceré… Pero antes déjenme ver esto.
Observaba la manta y entre las mantas una cabeza cadavérica y de aspecto muy desagradable. En efecto, parecía que la nariz de la Nela se había hecho más picuda, sus ojos más chicos, su boca más insignificante, su tez más pecosa, sus cabellos más ralos, su frente más angosta. Con los ojos cerrados, el aliento fatigoso, entreabiertos los cárdenos labios, la infeliz parecía hallarse en la postrera agonía, síntoma inevitable de la muerte.
-¡Ah! -dijo Pablo- mi tío me dijo que Florentina había recogido una pobre… ¡Qué admirable bondad!… Y tú, infeliz muchacha, alégrate, has caído en manos de un ángel… ¿Estás enferma? En mi casa no te faltará nada… Mi prima es la imagen más hermosa de Dios… Esta pobrecita está muy mala, ¿no es verdad, doctor?
-Sí -dijo Golfín-, le conviene estar sola y no oír hablar.
-Pues me voy.
Pablo alargó una mano hasta tocar aquella cabeza que le parecía la expresión más triste de la miseria y desgracia humanas. Entonces la Nela movió los ojos y los fijó en su amo. Pablo se creyó Pablo mirado desde el fondo de un sepulcro; tanta era la tristeza y el dolor que en aquella mirada había. Después la Nela sacó de entre las mantas una mano flaca, tostada y áspera y tomó la mano del señorito de Penáguilas, quien al sentir su contacto se estremeció de pies a cabeza y lanzó un grito en que toda su alma gritaba.
Hubo una pausa angustiosa, una de esas pausas que preceden a las catástrofes del espíritu, como para hacerlas más solemnes.
Con voz temblorosa, que en todos produjo trágica emoción, la Nela dijo:
-Sí, señorito mío, yo soy la Nela.
Lentamente y como si moviera un objeto de mucho peso, llevó a sus secos labios la mano del señorito y le dio un beso… después un segundo beso… y al dar el tercero, sus labios resbalaron inertes sobre la piel del mancebo.
Después callaron todos. Callaban mirándola. El primero que rompió la palabra fue Pablo, que dijo:
-Eres tú… ¡Eres tú!…
Después le ocurrieron muchas cosas, pero no pudo decir ninguna. Era preciso para ello que hubiera descubierto un nuevo lenguaje, así como había descubierto dos nuevos mundos, el de la luz, y el del amor por la forma. No hacía más que mirar, mirar y hacer memoria de aquel tenebroso mundo en que había vivido, allá donde quedaban perdidos entre la bruma sus pasiones, sus ideas y sus errores de ciego.
Florentina se acercó derramando lágrimas, para examinar el rostro de la Nela, y Golfín que la observaba como hombre y como sabio, pronunció estas lúgubres palabras.
-¡La mató! ¡Maldita vista suya!
Y después mirando a Pablo con severidad le dijo:
-Retírese usted.
-Morir… morirse así sin causa alguna… Esto no puede ser -exclamó Florentina con angustia, poniendo la mano sobre la frente de la Nela-. ¡María!… ¡Marianela!
La llamó repetidas veces, inclinada sobre ella, mirándola como se mira y como se llama desde los bordes de un pozo a la persona que se ha caído en él y se sumerge en las hondísimas y negras aguas.
-No responde -dijo Pablo con terror.
Golfín tentaba aquella vida próxima a su extinción y observó que bajo su tacto aún latía la sangre.
Pablo se inclinó sobre ella, acercó sus labios al oído de la moribunda y gritó:
-¡Nela, Nela, amiga querida!
Entonces ella se agitó, abrió los ojos, movió las manos. Parecía que había vuelto desde muy lejos. Al ver que las miradas de Pablo se clavaban en ella con observadora curiosidad, hizo un movimiento de vergüenza y terror, y quiso ocultar su pobre rostro como se oculta un crimen.
-¿Qué es lo que tiene? -exclamó Florentina con ardor-. D. Teodoro, no es usted hombre si no la salva… Si no la salva usted es usted un charlatán.
La insigne joven parecía colérica en fuerza de ser caritativa.
-¡Nela! -repitió Pablo, traspasado de dolor y no repuesto del asombro que le había producido la vista de su lazarillo-. Parece que me tienes miedo. ¿Qué te he hecho yo?
La enferma alargó entonces sus manos, tomó la de Florentina y la puso sobre su pecho; tomó después la de Pablo y la puso también sobre su pecho. Después las apretó allí desarrollando un poco de fuerza. Sus ojos hundidos les miraban; pero su mirada era lejana, venía de allá abajo, de algún hoyo profundo y oscuro. Hay que decir como antes que miraba desde el lóbrego hueco de un pozo que a cada instante era más hondo. Su respiración fue de pronto muy fatigosa. Suspiró varias veces, oprimiendo sobre su pecho con más fuerza las manos de los dos jóvenes.
Teodoro puso en movimiento toda la casa; llamó y gritó; hizo traer medicinas, poderosos revulsivos, y trató de suspender el rápido descenso de aquella vida.
-Difícil es -exclamó- detener una gota de agua que resbala, que resbala ¡ay!, por la pendiente abajo y está ya a dos pulgadas del Océano; pero lo intentaré.
Mandó retirar a todo el mundo. Sólo Florentina quedó en la estancia. ¡Ah!, los revulsivos potentes, los excitantes nerviosos mordiendo el cuerpo desfallecido para irritar la vida, hicieron estremecer los músculos de la infeliz enferma; pero a pesar de esto se hundía más a cada instante.
-Es una crueldad -dijo Teodoro con desesperación, arrojando la mostaza y los excitantes- es una crueldad lo que estamos haciendo. Echamos perros al moribundo para que el dolor de las mordidas le haga vivir un poco más. Afuera todo eso.
-¿No hay remedio?
-El que mande Dios.
-¿Qué mal es este?
-La muerte -vociferó con cierta inquietud delirante, impropia de un médico.
-¿Pero qué mal le ha traído la muerte?
-La muerte.
-No me explico bien. Quiero decir que de qué…
-¡De muerte! No sé si pensar que ha muerto de vergüenza, de celos, de despecho, de tristeza, de amor contrariado. ¡Singular patología! No, no sabemos nada… sólo sabemos cosas triviales.
-¡Oh!, ¡qué médicos!
-Nosotros no sabemos nada. Conocemos algo de la superficie.
-¿Esto qué es?
-Parece una meningitis fulminante.
-¿Y qué es eso?
-Cualquier cosa… ¡La muerte!
-¿Es posible que se muera una persona sin causa conocida, casi sin enfermedad?… ¿Señor Golfín, qué es esto?
-¿Lo sé yo acaso?
-¿No es usted médico?
-De los ojos, no de las pasiones.
-¡De las pasiones! -exclamó hablando con la moribunda-. Y a ti, pobre criatura, ¿qué pasiones te matan?
-Pregúntelo usted a su futuro esposo.
Florentina se quedó absorta, estupefacta.
-¡Infeliz! -exclamó con ahogado sollozo-. ¿Puede el dolor moral matar de esta manera?
-Cuando yo la recogí en la Trascava, estaba ya consumida por una fiebre espantosa.
-Pero eso no basta ¡ay!, no basta.
-Usted dice que no basta. Dios, la Naturaleza dicen que sí.
-Si parece que ha recibido una puñalada.
-Recuerde usted lo que han visto hace poco estos ojos que se van a cerrar para siempre. Considere usted que la amaba un ciego y que ese ciego ya no lo es, y la ha visto… ¡la ha visto!… ¡la ha visto!, lo cual es como un asesinato.
-¡Oh!, ¡qué horroroso misterio.
-No, misterio no -gritó Teodoro con cierto espanto- es el horrendo desplome de las ilusiones, es el brusco golpe de la realidad, de esa niveladora implacable que se ha interpuesto al fin entre esos dos nobles seres. ¡Yo he traído esa realidad, yo!
-¡Oh!, ¡qué misterio! -repitió Florentina, que no comprendía bien por el estado de su ánimo.
-Misterio no, no -volvió a decir Teodoro, más agitado a cada instante- es la realidad pura, la desaparición súbita de un mundo de ilusiones. La realidad ha sido para él nueva vida, para ella ha sido dolor y asfixia, ha sido la humillación, la tristeza, el desaire, el dolor, los celos… ¡la muerte!
-Y todo por…
-¡Todo por unos ojos que se abren a la luz… a la realidad!… No puedo apartar esta palabra de mi mente. Parece que la tengo escrita en mi cerebro con letras de fuego.
-Todo por unos ojos… ¿Pero el dolor puede matar tan pronto?… ¡casi sin dar tiempo a ensayar un remedio!
-No sé -replicó Teodoro inquieto, confundido, aterrado, contemplando aquel libro humano de caracteres oscuros, en los cuales la vista científica no podía descifrar la leyenda misteriosa de la muerte y la vida.
-¡No sabe! -dijo Florentina con desesperación-. Entonces ¿para qué es médico?
-No sé, no sé, no sé -exclamó Teodoro, golpeándose el cráneo melenudo con su zarpa de león-. Sí, una cosa sé, y es que no sabemos más que fenómenos superficiales. Señora, yo soy un carpintero de los ojos nada más.
Después fijó los suyos con atención profunda en aquello que fluctuaba entre persona y cadáver, y con acento de amargura exclamó:
-¡Alma! ¿qué pasa en ti?
Florentina se echó a llorar.
-¡El alma -murmuró, inclinando su cabeza sobre el pecho- ya ha volado!
-No -dijo Teodoro, tocando a la Nela-. Aún hay aquí algo; pero es tan poco, que parece ha desaparecido ya su alma y han quedado sus suspiros.
-¡Dios mío!… -exclamó la de Penáguilas, empezando una oración.
-¡Oh!, ¡desgraciado espíritu! -murmuró Golfín-. Es evidente que estaba muy mal alojado…
Los dos la observaron muy de cerca.
-Sus labios se mueven -gritó Florentina.
-Habla.
Sí, los labios de la Nela se movieron. Había articulado una, dos, tres palabras.
-¿Qué ha dicho?
-¿Qué ha dicho?
Ninguno de los dos pudo comprenderlo. Era sin duda el idioma con que se entienden los que viven la vida infinita.
Después sus labios no se movieron más. Estaban entreabiertos y se veía la fila de blancos dientecillos. Teodoro se inclinó, y besando la frente de la Nela, dijo así con firme acento:
-Mujer, has hecho bien en dejar este mundo.
Florentina se echó a llorar, murmurando con voz ahogada y temblorosa:
-Yo quería hacerla feliz, y ella no quiso serlo.

– CAPÍTULO XXII –
Adiós

¡Cosa rara, inaudita! La Nela que nunca había tenido cama, ni ropa, ni zapatos, ni sustento, ni consideración, ni familia, ni nada propio, ni siquiera nombre, tuvo un magnífico sepulcro que causó no pocas envidias entre los vivos de Socartes. Esta magnificencia póstuma fue la más grande ironía que se ha visto en aquellas tierras calaminíferas. La señorita Florentina, consecuente con sus sentimientos generosos, quiso atenuar la pena de no haber podido socorrer en vida a la Nela, con la satisfacción de honrar sus pobres despojos después de la muerte. Algún positivista empedernido, criticóla por esto; pero nosotros vemos en tan desusado hecho una prueba más de la delicadeza de su alma.
Cuando la enterraron, los curiosos que fueron a verla ¡esto sí que es inaudito y raro! la encontraron casi bonita; al menos así lo decían. Fue la única vez que recibió adulaciones.
Los funerales se celebraron con pompa, y los clérigos de Villamojada abrieron tamaña boca al ver que se les daba dinero por echar responsos a la hija de la Canela. Era estupendo, fenomenal que un ser cuya importancia social había sido casi casi semejante a la de los insectos, fuera causa de encender muchas luces, de tender muchos paños y de poner roncos a sochantres y sacristanes. Esto, a fuerza de ser extraño, rayaba en lo chistoso. No se habló de otra cosa en seis meses.
La sorpresa y… dígase de una vez, la indignación de aquellas buenas muchedumbres llegaron a su colmo cuando vieron que por el camino adelante venían dos carros cargados con enormes piezas de piedra blanca y fina. ¡Ah! En el entendimiento de la Señana se verificaba una espantosa confusión de ideas, un verdadero cataclismo intelectual, un caos, al considerar que aquellas piedras blancas y finas eran el sepulcro de la Nela. Si ante la Señana volara un buey o discurriera su marido, ya no le llamaría la atención.
Revolvieron los libros parroquiales de Villamojada, porque era preciso que después de muerta tuviera un nombre fijo la que se había pasado sin él en vida, como lo prueba esta misma historia, donde se la nombra de distintos modos. Hallado aquel requisito indispensable para figurar en los archivos de la muerte, la magnífica piedra sepulcral que se ostentaba orgullosa en medio de las rústicas cruces del cementerio de Aldeacorba tenía grabados estos renglones:
R. I. P.
MARÍA MANUELA TÉLLEZ
RECLAMOLA EL CIELO
EN 12 DE OCTUBRE DE 186…
Una guirnalda de flores primorosamente tallada en el mármol coronaba esta inscripción. Algunos meses después, cuando ya Florentina y Pablo Penáguilas se habían casado y cuando (dígase la verdad, porque la verdad es antes que todo)… cuando nadie en Aldeacorba de Suso se acordaba ya de la Nela, fueron viajando por aquellos países unos extranjeros de esos que llaman turistas, y luego que vieron el soberbio túmulo de mármol alzado en el cementerio por la piedad religiosa y el afecto sublime de una ejemplar mujer, se quedaron embobados de admiración, y sin más averiguaciones escribieron en su cartera de apuntes estas observaciones, que con el título de Sketches from Cantabria publicó más tarde un periódico inglés.
«Lo que más sorprende en Aldeacorba es el espléndido sepulcro erigido en el cementerio, sobre la tumba de una ilustre joven, célebre en aquel país por su hermosura. Doña Mariquita Manuela Téllez perteneció a una de las familias más nobles y acaudaladas de Cantabria, la familia de Téllez Girón y de Trastamara. De un carácter espiritual, poético y algo caprichoso, tuvo el antojo (take a fancy) de andar por los caminos tocando la guitarra y cantando odas de Calderón, y se vestía de andrajos para confundirse con la turba de mendigos, buscones, trovadores, toreros, frailes, hidalgos, gitanos y muleteros, que en las kermesas forman esa abigarrada plebe española que subsiste y subsistirá siempre, independiente y pintoresca, a pesar de los rails y de los periódicos que han empezado a introducirse en la península occidental. El abad de Villamojada lloraba hablándonos de los caprichos, de las virtudes y de la belleza de la aristocrática ricahembra, la cual sabía presentarse en los saraos, fiestas y cañas de Madrid con el porte (deportment) más aristocrático. Es incalculable el número de bellos romanceros, sonetos y madrigales compuestos en honor de esta gentil doncella por todos los poetas españoles.»
Bastome leer esto para comprender que los dignos reporters habían visto visiones. Traté de averiguar la verdad, y de la verdad que averigüé resultó este libro.
Despidámonos para siempre de esta tumba, de la cual se ha hablado en El Times. Volvamos los ojos hacia otro lado, busquemos a otro ser, rebusquémosle, porque es tan chico que apenas se ve, es un insecto imperceptible, más pequeño sobre la faz del mundo que el philloxera en la breve extensión de la viña. Al fin le vemos; allí está, pequeño, mezquino, atomístico. Pero tiene alientos y logrará ser grande. Oíd su historia, que es de las más interesantes…
Pues señor…
Pero no: este libro no le corresponde. Acoged bien el de Marianela y a su debido tiempo se os dará el de Celipín.

FIN DE «MARIANELA»

MALPOCADO (de Ramón del Valle-Inclán)

Malpocado

Ramón del Valle Inclán

Esta fue la mía andanza
sin ventura.
(Macías)

La vieja más vieja de la aldea camina con su nieto de la mano, por un sendero de verdes orillas triste y desierto, que parece aterido bajo la luz del alba. Camina encorvada y suspirante, dando consejos al niño, que llora en silencio.
-Ahora que comienzas a ganarlo, has de ser humildoso, que es ley de Dios.
-Sí, señora, sí…
-Has de rezar por quien te hiciere bien y por el alma de sus difuntos.
-Sí, señora, sí…
-En la feria de San Gundián, si logras reunir para ello, has de comprarte una capa de juncos, que las lluvias son muchas.
-Sí, señora, sí…
Y la abuela y el niño van anda, anda, anda…
La soledad del camino hace más triste aquella salmodia infantil, que parece un voto de humildad, de resignación y de pobreza, hecho al comenzar la vida. La vieja arrastra penosamente las madreñas, que choclean en las piedras del camino, y suspira bajo el mantelo que lleva echado por la cabeza. El nieto llora y tiembla de frío; va vestido de harapos. Es un zagal albino, con las mejillas asoleadas y pecosas: lleva trasquilada sobre la frente, como un siervo de otra edad, la guedeja lacia y pálida, que recuerda las barbas del maíz.
En el cielo lívido del amanecer aún temblaban algunas estrellas mortecinas. Un raposo que viene huido de la aldea atraviesa corriendo el sendero. Óyese lejano el ladrido de los perros y el canto de los gallos… Lentamente el sol comienza a dorar la cumbre de los montes; brilla el rocío sobre la yerba, revolotean en torno de los árboles con tímido aleteo los pájaros nuevos que abandonan el nido por vez primera; ríen los arroyos, murmuran las arboledas, y aquel camino de verdes orillas, triste y desierto, despiértase como viejo camino de geórgicas. Rebaños de ovejas suben por la falda del monte; mujeres cantando vuelven de la fuente; un aldeano de blancas guedejas pica la yunta de sus bueyes, que se detienen mordisqueando en los vallados; es un viejo patriarcal; desde larga distancia deja oír su voz.
-¿Vais para la feria de Barbanzón?
-Vamos para San Amedio, buscando amo para el rapaz.
-¿Qué tiempo tiene?
-El tiempo de ganarlo. Nueve años hizo por el mes de Santiago.
Y la abuela y el nieto van anda, anda, anda…
Bajo aquel sol amable que luce sobre los montes, cruza por los caminos la gente de las aldeas. Un chalán asoleado y brioso trota con alegre fanfarria de espuelas y de herraduras; viejas labradoras de Cela y Lestrove van para la feria con gallinas, con lino, con centeno. Allá, en la hondonada, un zagal alza los brazos para asustar a las cabras, que se gallardean encaramadas en los peñascales. La abuela y el nieto se apartan para dejar paso al señor arcipreste de Lestrove, que se dirige a predicar en una fiesta de aldea.
-¡Santos y buenos días nos dé Dios!
El señor arcipreste refrena su yegua, de andadura mansa y doctoral.
-¿Vais de feria?
-¡Los pobres no tenemos qué hacer en la feria! Vamos a San Amedio buscando amo para el rapaz.
-¿Ya sabe la doctrina?
-Sabe, sí, señor. La pobreza no quita el ser cristiano.
Y la abuela y el nieto van anda, anda, anda…
En una lejanía de niebla azul divisan los cipreses de San Amedio, que se alzan en torno del santuario, obscuros y pensativos, con las cimas mustias ungidas por un reflejo dorado y matinal. En la aldea ya están abiertas todas las puertas, y el humo indeciso y blanco que sube de los hogares se disipa en la luz, como salutación de paz. La abuela y el nieto llegan al atrio. Sentado en la puerta, un ciego pide limosna y levanta al cielo los ojos que parecen dos ágatas blanquecinas.
-¡Santa Lucía bendita vos conserve la amable vista y salud en el mundo para ganarlo!… ¡Dios vos otorgue qué dar y qué tener!… ¡Salud y suerte en el mundo para ganarlo!… ¡Tantas buenas almas del Señor como pasan, no dejarán al pobre un bien de caridad!…
Y el ciego tiende hacia el camino la palma seca y amarillenta. La vieja se acerca con su nieto de la mano y murmura tristemente:
¡Somos otros pobres, hermano!… Dijéronme que buscabas un criado…
-Dijéronte verdad. Al que tenía enantes abriéronle la cabeza en la romería de Santa Baya de Cela. ¡Está que loquea!
-Yo vengo con mi nieto.
-Vienes bien.
El ciego extiende sus brazos palpando en el aire.
-Llégate, rapaz.
La vieja empuja al niño, que tiembla como una oveja acobardada y mansa ante aquel viejo hosco, envuelto en un roto capote de soldado. La mano amarillenta y pedigüeña del ciego se posa sobre los hombros del niño, anda a tientas por la espalda, corre a lo largo de las piernas.
-¿No te cansarás de andar con las alforjas a cuestas?
-No, señor; estoy hecho a eso.
-Para llenarlas hay que correr muchas puertas. ¿Tú conoces bien los caminos de las aldeas?
-Donde no conozca, pregunto.
-En las romerías, cuando yo eche una copla, tú tienes que responderme con otras. ¿Sabrás?
-En aprendiendo, sí, señor.
-Ser criado de ciego es acomodo que muchos quisieran.
-Sí, señor, sí.
-Puesto que has venido, vamos hasta el Pazo de Cela. Allí hay caridad. En este paraje no se recoge una triste limosna.
El ciego se incorpora entumecido y apoya la mano en el hombro del niño, que contempla tristemente el largo camino y la campiña verde y húmeda, que sonríe en la paz de la mañana, con el caserío de las aldeas disperso y los molinos lejanos, desapareciendo bajo el emparrado de las puertas, y las montañas azules, y la nieve en las cumbres. A lo largo del camino, un zagal anda encorvado segando yerba, y la vaca de trémulas y rosadas ubres pace mansamente arrastrando el ronzal.
El ciego y el niño se alejan lentamente, y la abuela murmura, enjugándose los ojos:
-¡Malpocado, nueve años y gana el pan que come!… ¡Alabado sea Dios!

El Liberal, 1902

Miguel Strogoff (Julio Verne)

ÍNDICE
PRIMERA PARTE
1. Una fiesta en el Palacio Nuevo
2. Rusos y tártaros
3. Miguel Strogoff
4. De Moscú a Nijni-Novgorod
5. Un decreto en dos artículos
6. Hermano y hermana
7. Descendiendo por el Volga
8. Remontando el Kama
9. En tarenta noche y día
10. Una tempestad en los montes Urales
11. Viajeros en apuros
12. Una provocación
13. Sobre todo, el deber
14. Madre e hijo
15. Los pantanos de la Baraba
16. El último esfuerzo
17. Versos y canciones
SEGUNDA PARTE
1. Un campamento tártaro
2. Una actitud de Alcide Jolivet
3. Golpe por golpe
4. La entrada triunfal
5. ¡Abre bien los ojos! ¡Ábrelos!
6. Un amigo en la gran ruta
7. El paso del Yeniséi
8. Una liebre atraviesa el camino
9. En la estepa
10. El Baikal y el Angara
11. Entre dos orillas
12. Irkutsk
13. Un correo del Zar
14. La noche del 5 al 6 de octubre
15. Conclusión

PRIMERA PARTE

UNA FIESTA EN EL PALACIO NUEVO
-Señor, un nuevo mensaje.
-¿De dónde viene?
-De Tomsk.
-¿Está cortada la comunicación más allá de esta ciudad?
-Sí, señor; desde ayer.
-General, envíe un mensaje cada hora a Tomsk para que me tengan al corriente de cuanto ocurra.
-A sus órdenes, señor -respondió el general Kissoff.
Este diálogo tenía lugar a las dos de la madrugada, cuando la fiesta que se celebraba en el Palacio Nuevo estaba en todo su esplendor.
Durante aquella velada, las bandas de los regimientos de Preobrajensky y de Paulowsky no habían cesado de interpretar sus polcas, mazurcas, chotis y valses escogidos entre lo mejor de sus repertorios.
Las parejas de bailadores se multiplicaban hasta el infinito a través de los espléndidos salones de Palacio, construido a poca distancia de la «Vieja casa de Piedra», donde tantos dramas terribles se habían desarrollado en otros tiempos y cuyos ecos parecían haber despertado aquella noche para servir de tema a los corrillos.
El Gran Mariscal de la Corte estaba, por otra parte, bien secundado en sus delicadas funciones, ya que los grandes duques y sus edecanes, los chambelanes de servicio y los oficiales de Palacio, cuidaban personalmente de animar los bailes. Las grandes duquesas, cubiertas de diamantes y las damas de la Corte, con sus vestidos de gala, rivalizaban con las señoras de los altos funcionarios, civiles y militares de la «antigua ciudad de las blancas piedras». Así, cuando sonó la señal del comienzo de la polonesa, todos los invitados de alto rango tomaron parte en el paseo cadencioso que, en este tipo de solemnidades, adquiere el rango de una danza nacional; la mezcla de los largos vestidos llenos de encajes y de los uniformes cuajados de condecoraciones ofrecía un aspecto indescriptible bajo la luz de cien candelabros, cuyo resplandor quedaba multiplicado por el reflejo de los espejos.
El aspecto era deslumbrante.
Por otra parte, el Gran Salón, el más bello de todos los que poseía el Palacio Nuevo, era, para este cortejo de altos personajes y damas espléndidamente ataviadas, un marco digno de la magnificencia. La rica bóveda, con sus dorados bruñidos por la pátina del tiempo, era como un firmamento estrellado. Los brocados de los cortinajes y visillos, llenos de soberbios pliegues, empurpurábanse con los tonos cálidos que se quebraban centelleantes en los ángulos de las pesadas telas.
A través de los cristales de las vastas vidrieras que rodeaban la bóveda, la luz que iluminaba los salones, tamizada por un ligero vaho, se proyectaba en el exterior como un incendio rasgando bruscamente la noche que, desde hacía varias horas, envolvía el fastuoso palacio.
Este contraste atraía la atención de los invitados que sin estar absortos por el baile se acercaban a los alféizares de las ventanas, desde donde se apreciaban algunos campanarios, confusamente difuminados en la sombra, pero que perfilaban, aquí y allá, sus enormes siluetas. Por debajo de los contorneados balcones se veía también a numerosos centinelas marcar el paso rítmicamente, con el fusil sobre el hombro y cuyo puntiagudo casco parecía culminar en un penacho de llamas bajo los efectos del chorro de fuego recibido del interior. Oíanse también las patrullas que marcaban el paso sobre la grava, con mayor ritmo que los propios danzarines sobre el encerado de los salones.
De vez en cuando, el alerta de los centinelas se repetía de puesto en puesto, y un toque de trompeta, mezclándose con los acordes de las bandas, lanzaba sus claras notas en medio de la armonía general.
Más lejos todavía, frente a la fachada y sobre los grandes conos de luz que proyectaban las ventanas de Palacio, las masas sombrías de algunas embarcaciones se deslizaban por el curso del río cuyas aguas, iluminadas a trechos por la luz de algunos faroles, bañaban los primeros asientos de las terrazas. El principal personaje del baile, anfitrión de la fiesta y con el cual el general Kissoff había tenido atenciones reservadas únicamente a los soberanos, iba vestido con el uniforme de simple oficial de la guardia de cazadores. Esto no constituía afectación por su parte, antes reflejaba la habitud de un hombre poco sensible a las exigencias del boato. Su vestimenta contrastaba con los soberbios trajes que se entrecruzaban a su alrededor y era esa misma la que lucía la mayoría de las veces entre su escolta de georgianos, cosacos y lesghienos, deslumbrantes escuadrones espléndidamente ataviados con los brillantes uniformes del Cáucaso.
Este personaje, de elevada estatura, afable apariencia y fisonomía apacible, pero con aspecto de preocupación en aquellos momentos, iba de un grupo a otro, pero hablando poco y no parecía prestar más que una vaga atención tanto a las alegres conversaciones de los jóvenes invitados como a las frases graves de los altos funcionarios o de los miembros del cuerpo diplomático, que representaban a los principales gobiernos de Europa. Dos o tres de estos perspicaces políticos -psicólogos por naturaleza- habían observado en el rostro de su anfitrión una sombra de inquietud, cuyo motivo se les escapaba, pero que ninguno de ellos se permitió interrogarle al respecto. En cualquier caso, la intención del oficial de la guardia de cazadores era, sin lugar a dudas, la de no turbar con su secreta preocupación aquella fiesta en ningún momento y como era uno de esos raros soberanos de los que casi todo el mundo acostumbra acatar hasta sus pensamientos, el esplendor del baile no decayó ni un solo instante.
Mientras tanto, el general Kissoff esperaba a que aquel oficial, al que acababa de comunicar el mensaje transmitido desde Tomsk, le diera orden de retirarse; pero éste permanecía silencioso. Había cogido el telegrama y, al leerlo, su rostro se ensombreció todavía más. Su mano se deslizó involuntariamente hasta apoyarse en la empuñadura de su espada, para elevarse a continuación, a la altura de los ojos, cubriéndoselos. Se hubiera dicho que le hería la luz y buscaba la oscuridad para concentrarse mejor en sí mismo.
-¿Así que, desde ayer, estamos incomunicados con mi hermano, el Gran Duque? -dijo el oficial, después de atraer al general Kissoff junto a una ventana.
-Incomunicados, señor; y es de temer que los despachos no puedan atravesar la frontera siberiana.
-Pero, las tropas de las provincias de Amur, Yakutsk y Transballkalia, ¿habrán recibido la orden de partir inmediatamente hacia Irkutsk?
-Esta orden ha sido transmitida en el último mensaje que ha podido llegar más allá del lago Baikal.
-¿Estamos en comunicación constante con los gobiernos de Yeniseisk Omsk, Semipalatinsk y Tobolsk desde el comienzo de la invasión?
-Sí, señor; nuestros despachos llegan hasta ellos y tenemos la certeza de que, en estos momentos, los tártaros no han avanzado más allá del Irtiche y del Obi.
-¿No se tiene ninguna noticia del traidor Ivan Ogareff ?
-Ninguna -respondió el general Kissoff-. El jefe de policía no está seguro de si ha atravesado o no la frontera.
-¡Que se transmitan inmediatamente sus señas a Nijni-Novgorod, Perm, Ekaterinburgo, Kassimow, Tiumen, Ichim, Omsk, Elamsk, Kolivan, Tomsk y a todas las estaciones telegráficas con las que todavía mantenemos comunicación!
-Las órdenes de Vuestra Majestad serán ejecutadas al instante -respondió el general Kissoff.
-No digas una palabra de todo esto.
El general hizo un gesto de respetuosa adhesión y, después de una profunda reverencia, se confundió entre el gentío y abandonó el Palacio sin que nadie reparase en su partida.
En cuanto al oficial, permaneció pensativo durante algunos instantes, pero cuando decidió mezclarse entre los militares y políticos que formaban grupos en varios puntos de los salones, su rostro había recuperado el aspecto habitual.
Sin embargo, los graves acontecimientos que habían motivado la conversación anterior no eran tan secretos como el oficial de la guardia de cazadores y el general Kissoff creían. Si bien es verdad que no se hablaba de ello ni oficialmente, ya que las lenguas, siguiendo «órdenes oficiales» no podían desatarse, algunos altos personajes habían sido informados más o menos extensamente sobre los acontecimientos que se desarrollaban más allá de la frontera. Pero lo que ignoraban era que, cerca de ellos, dos personajes desconocidos hasta para los miembros del cuerpo diplomático, y que no lucían uniforme ni condecoración alguna que les distinguiera entre los invitados a aquella recepción del Palacio Nuevo, conversaban en voz baja y parecían haber recibido información muy precisa.
¿Cómo? ¿Por qué medio? ¿Gracias a qué estratagemas sabían estos dos simples mortales lo que tantos altos personajes apenas sospechaban? No era tan fácil de precisar. ¿Poseían el don de adivinar o de prevenir? ¿Tenían un sexto sentido que les permitía ver más allá de los estrechos horizontes a los que está limitada la mirada humana? ¿Tenían un olfato particular para captar las noticias más secretas? ¿Se había transformado su naturaleza gracias a ese hábito que era ya connatural en ellos? Casi podía afirmarse.
Estos dos hombres, inglés uno y francés el otro, eran ambos altos y delgados. Éste, moreno como un provenzal. Aquél, rubio como un caballero de Lancashire. El inglés, calmoso, frío, flemático, parco en sus gestos y en sus palabras, parecía no hablar ni gesticular sino a impulsos de un estímulo que operaba a intervalos regulares. El galo, por el contrario, vivo, petulante, expresándose a la vez con los labios, ojos y manos, tenía mil maneras de hacerse entender, mientras que su interlocutor no parecía poseer más que una, inmutable y estereotipada, postura.
Lo contradictorio entre estas dos personalidades habría sorprendido hasta al menos observador de los hombres; pero un fisonomista, observando un poco a estos dos extranjeros, habría determinado rápidamente la particularidad fisiológica que caracterizaba a cada uno de ellos diciendo que el francés era «todo ojos» y el inglés «todo oídos».
En efecto; el hábito de la observación había agudizado singularmente su vista. La sensibilidad de su retina era tan fulminante como la de los prestidigitadores, que reconocen una carta nada más que con un rápido movimiento en un corte de baraja, o por cualquier marca, imperceptible para otra persona. Este francés poseía, pues, en el más alto grado, lo que se llama «memoria visual.»
El inglés, por el contrario, estaba especialmente preparado para oír y captar cualquier sonido. Cuando su aparato auditivo había percibido el tono de una voz, no lo olvidaba jamás y, al cabo de diez o veinte años, lo podía reconocer entre mil. Sus orejas no tenían, ciertamente, la facultad de orientarse como las de los animales dotados de grandes pabellones auditivos; pero, ya que los sabios han dejado constancia de que las orejas humanas no son totalmente inmóviles, se hubiera podido decir que las del referido inglés se enderezaban, torcían o inclinaban en busca de sonidos, de manera poco ostensible para un naturalista.
Es preciso observar que esta perfección de la vista y oído de estos dos hombres les servía maravillosamente en sus tareas. El inglés era corresponsal del Daily Telegraph y el francés lo era del… De cuál o de qué periódicos era corresponsal, él no lo decía jamás.
Y cuando alguien se lo preguntaba, respondía que era corresponsal de su «prima Magdalena». En el fondo, este francés, bajo su apariencia de frivolidad, era sumamente perspicaz y astuto. Pese a que hablaba un poco a tontas y a locas, puede que para camuflar mejor su deseo de oír, no se extravertía jamás. Su misma locuacidad era como un mutismo y resultaba, si cabe, más cerrado, más discreto que su compañero del Daily Telegraph. Si ambos asistían a esta fiesta dada en el Palacio Nuevo la noche del 15 al 16 de julio, era en calidad de periodistas y con el único propósito de informar a sus lectores.
Huelga decir que estos dos hombres amaban apasionadamente la misión que la vida les había encomendado; disfrutaban lanzándose como hurones a la caza de la más insignificante noticia, sin que nada ni nadie les amedrentase ni les hiciera desistir en su empeño. Poseían una imperturbable sangre fría y la espartana bravura de los hombres de su profesión. Verdaderos jockeys de carreras de obstáculos de la información, saltaban vallas, atravesaban ríos y sorteaban todos los obstáculos con el ardor incomparable de los purasangre, que se matan por llegar a la meta los primeros.
Además, sus periódicos no les regateaban el dinero -el más seguro, rápido y perfecto elemento de información conocido hasta hoy-. Pero había que reconocer también en su honor que jamás fomentaban sensacionalismo y que únicamente se ocupaban en asuntos político-sociológicos.
En resumen, hacían lo que viene llamándose desde hace varios años «el gran reportaje político-militar. » Siguiéndoles de cerca veremos que la mayoría de las veces tenían una singular manera de interpretar los hechos y, sobre todo, sus consecuencias, poseyendo cada uno de ellos su «propia opinión». Pero, al fin y al cabo, como jugaban limpio, tenían dinero abundante y no lo regateaban dada la ocasión, nadie les criticaba.
El periodista francés se llamaba Alcide Jolivet. Harry Blount era el nombre del inglés. Acababan de saludarse por primera vez, en esta fiesta del Palacio Nuevo, de la cual tenían que informar a sus lectores por encargo expreso de sus respectivos periódicos. Las diferencias de carácter, unidas a una cierta competencia profesional, eran motivos suficientes para que no reinase entre ellos una mutua simpatía, sin embargo, no sólo no trataron de evadir el encuentro, sino que cada uno de ellos puso al otro al corriente de las noticias del momento. Eran, después de todo, dos profesionales que cazaban en el mismo predio y con las mismas reservas; así, la pieza que a uno se le escapaba podía ser abatida por el otro. Por su propio interés, les convenía estar «a tiro».
Aquella noche estaban los dos al acecho y, efectivamente, algo flotaba en el ambiente.
-Aunque se trate de falsos rumores -se decía Alcide Jolivet- conviene cazarlos.
Cada uno de los dos periodistas buscó charlar intencionadamente con el otro durante el baile, momentos después de la partida del general Kissoff, y procuraron sondearse mutuamente.
-A todas luces, señor, es una fiesta encantadora -dijo Alcide Jolivet, con sus aires de simpatía, creyendo que debía entrar en conversación con esta frase tan típicamente francesa.
-Yo ya he telegrafiado que es sencillamente espléndida -respondió Harry Blount con estas palabras, reservadas especialmente para expresar la admiración de un ciudadano del Reino Unido.
-Sin embargo -añadió Alcide Jolivet- he creído que debía advertir también a mí prima…
-¿A su prima? -preguntó Harry Blount a su colega, en tono de sorpresa.
-Sí -respondió Alcide Jolivet-, a mi prima Magdalena… Es a ella a quien envío mis crónicas. A mi prima le gusta estar bien informada y con rapidez… Por eso he creído que debía advertirle que durante esta fiesta una especie de nube parece ensombrecer la frente del Soberano.
-Pues a mí me ha parecido que estaba. radiante -respondió Harry Blount, queriendo disimular su propio pensamiento respecto a este asunto.
-Y, naturalmente, lo habrá hecho usted «resplandecer» en las columnas del Daily Telegraph.
-Exactamente.
-¿Recuerda usted, señor Blount -dijo Alcide Jolivet-, lo que ocurrió en Zaket en 1812?
-Lo recuerdo como si lo hubiera presenciado -respondió el periodista inglés.
-Entonces -prosiguió Alcide Jolivet- sabrá usted que en medio de una fiesta que se celebraba en honor del zar Alejandro, se le anunció que Napoleón acababa de franquear el Niemen con la vanguardia del ejército francés. Sin embargo, el Zar no abandonó la fiesta, pese a la gravedad de la noticia, que podía costarle el Imperio, ni dejó entrever ningún atisbo de inquietud…
-De la misma manera que nuestro anfitrión no ha mostrado ninguna cuando el general Kissoff le ha notificado que acaba de ser cortada la comunicación entre la frontera y el gobierno de Irkutsk.
-¡Ah! ¿Conocía usted este detalle?
-Sí, lo conocía.
-Pues a mí me sería difícil desconocerlo, ya que con mi último cable ha llegado hasta Udinsk -dijo Alcide Jolivet con aire satisfecho.
-Y el mío hasta Krasnoiarsk solamente -respondió Harry Blount con no menos satisfacción.
-Entonces ¿sabrá usted que han sido transmitidas órdenes a las tropas de Nikolaevsk?
-Sí, señor, al mismo tiempo que se ha telegrafiado una orden de concentración a los cosacos del gobierno de Tobolsk.
-Nada tan cierto, señor Blount; conocía también esos detalles. Y puede estar seguro de que mi querida prima sabrá rápidamente alguna otra cosa.
-Como también lo sabrán los lectores del Daily Telegrapb, señor Jolivet.
-¡Claro! ¡Cuando se ve todo lo que ocurre…
-¡Y cuando se oye todo lo que se dice … !
-Toda una interesante campaña a seguir, señor Blount.
-La seguiré, señor Jolivet.
-Entonces, es posible que nos encontremos en algún terreno menos seguro que el encerado de este salón.
-Menos seguro, si, pero…
-¡Pero también menos resbaladizo! -respondió Alcide Jolivet, sujetando a su colegaen el momento en que perdía el equilibrio, al dar unos pasos hacia atrás:
Después de esto, los dos corresponsales se separaban, contentos de saber cada uno de ellos que el otro no le aventajaba en cuanto a noticias se refiriese. En efecto, estaban empatados.
En aquel momento se abrieron las puertas de las salas contiguas al Gran Salón, donde aparecían ricas mesas admirablemente servidas y cargadas profusamente de preciosas porcelanas y vajillas de oro. Sobre la grada central, reservada a príncipes, princesas y miembros del cuerpo diplomático, resplandecía un centro de mesa de precio incalculable, procedente de una fábrica londinense, y, alrededor de esta obra maestra de orfebrería, centelleaban mil piezas de la más admirable vajilla que saliera jamás de las manufacturas de Sèvres.
Los invitados empezaron a dirigirse hacia las mesas donde estaba preparada la cena.
En aquel instante, el general Kissoff, que acababa de entrar, se acercó apresuradamente al oficial de la guardia de cazadores.
-¿Qué ocurre? -preguntó éste, con la misma ansiedad con que lo había hecho la primera vez.
-Los telegramas no pasan de Tomsk, señor.
-¡Un correo, rápido!
El oficial abandonó el Gran Salón y quedó esperando en otra pieza del Palacio Nuevo. Era un vasto gabinete de trabajo, sencillamente amueblado en roble y situado en un ángulo de la residencia. Colgadas de sus paredes se veían, entre otras telas, algunos cuadros firmados por Horacio Vemet.
El oficial abrió la ventana con ansiedad, como si el aire escaseara en sus pulmones y salió al gran balcón para respirar el aire puro de aquella hermosa noche de julio. Ante sus ojos, bañado por la luz de la luna, se perfilaba un recinto fortificado en el cual se elevaban dos catedrales, tres palacios y un arsenal. Alrededor de este recinto se distinguían hasta tres ciudades distintas: Kiltdi-Gorod, Beloï-Gorod y Zemlianoï-Gorod, inmensos barrios europeo, tártaro y chino, que dominaban las torres, los campanarios, los minaretes, las cúpulas de trescientas iglesias, cuyos verdes domos estaban coronados por cruces plateadas. Las aguas de un pequeño río, de curso sinuoso, reflejaban los rayos de la luna. Todo este conjunto formaba un curioso mosaico de diverso colorido que se enmarcaba en un vasto cuadro de diez leguas.
Este río era el Moskova; la ciudad era Moscú; el recinto amurallado era el Kremln, y el oficial de la guardia de cazadores que con los brazos cruzados y el ceño fruncido oía vagamente el murmullo que salía del Palacio Nuevo de la vieja ciudad moscovita, era el Zar.

2. RUSOS Y TÁRTAROS
Si el Zar había abandonado tan inopinadamente los salones del Palacio Nuevo en un momento en que la fiesta dedicada a las autoridades civiles y militares y a los principales personajes de Moscú estaba en pleno apogeo, era porque graves acontecimientos estaban desarrollándose más allá de la frontera de los Urales. Ya no cabía ninguna duda. Una formidable invasión estaba amenazando con sustraer las provincias siberianas al dominio ruso. La Rusia asiática, o Siberia, cubre una superficie de quinientas sesenta mil leguas, pobladas por unos dos millones de habitantes. Se extiende desde los Urales, que la separan de la Rusia europea, hasta la costa del Pacífico. Limita al sur con el Turquestán y el Imperio chino, a través de una frontera bastante indefinida, y en el norte limita con el océano Glacial, desde el mar de Kara hasta el estrecho de Behring. Está formada por los gobiernos o provincias de Tobolsk, Yeniseisk, Irkutsk, Omsk y Yakutsk; comprende los distritos de Okotsk y Kamtschatka y posee también los países kirguises y chutches, cuyos pueblos están también sometidos en la actualidad a la dominación moscovita.
Esta inmensa extensión de estepas, que comprende más de ciento diez grados de oeste a este, es, a la vez, una tierra de deportación de criminales y de exilio para aquellos que han sido condenados a la expulsión. La autoridad suprema de los zares está representada en este inmenso país por dos gobernadores generales. Uno reside en Irkutsk, capital de la Siberia oriental. El otro en Tobolsk, capital de la Siberia occidental. El río Tchuna, afluente del Yenisei, separa ambas Siberias.
Ningún ferrocarril surca todavía estas planicies, algunas de las cuales son verdaderamente fértiles, ni facilita la explotación de los yacimientos de minerales preciosos que convierten a esas inmensas extensiones siberianas en más ricas por su subsuelo que por su superficie. Se viaja en diligencias o en carros durante el verano, y en trineo durante el invierno.
Un solo sistema de comunicaciones, el telegráfico, une los límites este y oeste de Siberia, a través de un cable que mide más de ocho mil verstas de longitud (8.536 kilómetros). Más allá de los Urales pasa por Ekaterinburgo, Kassimow, Ichim, Tiumen, Omsk, Elamsk, KoliVan, Tomsk, Krasnoiarsk, Nijni-Udinsk, Irkutsk, Verkne-Nertschink, Strelink, Albacine, Blagowstensk, Radde, Orlomskaya, Alexandrowskoe y Nikolaevsk. Cada palabra transmitida de uno a otro extremo del cable vale seis rublos y diecinueve kopeks. De Irkutsk parte un ramal de línea que va hasta Kiatka, en la frontera mongol y, desde allí, a treinta kopeks por palabra, se transmiten telegramas a Pekín en catorce días.
Ha sido esta línea, tendida entre Ekaterinburgo y Nikolaevsk, la que acaba de ser cortada, primeramente más allá de Tomsk y, algunas horas después, entre Tomsk y Kolivan. Por eso el Zar, al escuchar al general Kissoff cuando se presentó a él por segunda vez, sólo dio por respuesta una orden: «Un correo rápido.» Hacía sólo unos instantes que el Zar permanecía inmóvil frente a la ventana de su gabinete cuando los ujieres abrieron de nuevo la puerta, por la que entró el jefe superior de policía.
-Pasa, general -dijo el Zar con gravedad- y dime lo que sepas acerca de Ivan Ogareff.
-Es un hombre extremadamente peligroso, señor -respondió el jefe superior de policía.
-¿Tenía el grado de coronel?
-Sí, señor.
-¿Era un jefe inteligente?
-Muy inteligente, pero imposible de dominar y de una ambición tan desenfrenada que no retrocede ante nada ni ante nadie. Pronto se metió en intriga secretas y fue por lo que Su Alteza, el Gran Duque lo degradó y más tarde envió exiliado a Siberia.
-¿En qué época?
-Hace dos años. Después de seis meses de exilio fue perdonado por Vuestra
Majestad y volvió a Rusia.
-¿Y desde esa época no ha vuelto a Siberia?
-Sí, señor. Volvió; pero esta vez voluntariamente -respondió el jefe superior de policía, añadiendo en voz baja-: hubo un tiempo, señor, en que (cuan do se iba a Siberia) ya no se regresaba.
-Siberia, mientras yo viva, es y será un país de que se vuelva.
El Zar tenía sobrados motivos para pronunciar estas palabras con verdadero orgullo, ya que había demostrado muy a menudo, con su clemencia, que la justicia rusa sabía perdonar.
El jefe superior de policía no respondió, pero era evidente que no se mostraba partidario de las medias tintas. Según él, todo hombre que atraviesa los Urales conducido por la policía, no debía volverlos a franquear; el que esto no ocurriera así en el nuevo reinado, él lo deploraba sinceramente. ¡Cómo! ¡No más condenas a perpetuidad por otros crímenes que los del derecho común! ¡Exilados políticos regresando de Tobolsk, Yakutsk, Irkutsk! En realidad, el jefe superior de policía, acostumbrado a las decisiones autocráticas de los ucases, que no perdonaban jamás, no podía admitir esta forma de gobernar. Pero se calló, esperando a que el Zar le hiciera más preguntas. Éstas no se hicieron esperar.
-¿Ivan Ogareff -preguntó el Zar- no ha vuelto por segunda vez a Rusia, después de ese viaje a las provincias siberianas, cuyo verdadero motivo desconocemos?
-Ha vuelto.
-¿Y, después de su regreso, la policía ha perdido su pista?
-No, señor, porque un condenado no se convierte en verdadero peligro más que el día en que se le indulta.
El ceño del Zar se frunció por un instante, haciendo temer al jefe superior de policía que había ido demasiado lejos, pese a que el empecinamiento que mostraba en sus ideas era, al menos, igual a la devoción que sentía por su soberano. Pero el Zar, desdeñando estos indirectos reproches respecto a su política interior, contínuo con sus concisas preguntas.
-últimamente, ¿dónde estaba Ivan Ogareff ?
-En el gobierno de Perm.
-¿En qué ciudad?
-En el mismo Perm.
-¿ Qué hacía?
-Al parecer, no tenía ninguna ocupación y su conducta no levantaba sospecha alguna.
-¿No estaba bajo la vigilancia de la policía?
-No, señor.
-¿Cuándo abandonó Perm?
-Hacia el mes de marzo.
-¿Para ir a … ?
-Se ignora.
-¿Y desde entonces, no se sabe qué ha sido de él? -Nada, señor.
-Pues bien, yo lo sé -respondió el Zar-. He recibido algunos avisos anónimos que no han pasado por las manos de la policía y, a juzgar por los hechos que se están desarrollando más allá de la frontera, tengo motivos para creer que son exactos.
-¿Quiere decir, señor, que Ivan Ogareff tiene algo que ver con la invasión tártara?
-Exactamente. Y voy a ponerte al corriente de lo que ignoras. Ivan Ogareff, después de abandonar Perm, ha pasado los Urales y se ha internado en Siberia, entre las estepas kirguises, intentando allí, no sin éxito, sublevar a la población nómada. Se dirigió después hacia el sur, hacia el Turquestán libre, y en los khanatos de Bukhara, Khokhand y Kunduze ha encontrado jefes dispuestos a lanzar sus hordas tártaras sobre las provincias siberianas, provocando una invasión general del Imperio ruso en Asia. El movimiento fomentado secretamente acaba de estallar como un rayo y ahora tenemos cortadas las vías de comunicación entre Siberia oriental y Siberia occidental.
Además, Ivan Ogareff, ansiando vengarse, quiere atentar contra la vida de mi hermano. El Zar iba excitándose mientras hablaba y cruzaba la estancia con pasos nerviosos. El jefe superior de policía no respondió nada, pero se decía a sí mismo que, en los tiempos en que un emperador de Rusia no perdonaba jamás a un exilado, los proyectos de Ivan Ogareff no hubieran podido realizarse. Transcurrieron algunos instantes de silencio, después de los cuales el jefe superior de policía se acercó al Zar, que se había dejado caer en un sillón, diciéndole:
-Vuestra Majestad habrá dado, sin duda, las órdenes necesarias para que la invasión sea rechazada inmediatamente.
-Sí -respondió el Zar-. El último mensaje que ha podido llegar a Nijni-Udinsk ordenaba poner en movimiento a las tropas de los gobiernos de Yeniseisk, Irkutsk y Yakutsk y las de las provincias de Amur y del lago Baikal. Al mismo tiempo, los regimientos de Perm y Nijni-Novgorod y los cosacos de la frontera se dirigen a marchas forzadas hacia los Urales, pero, desgraciadamente, transcurrirán varias semanas antes de que se encuentren frente a las columnas tártaras.
-Y el hermano de Vuestra Majestad, Su Alteza el Gran Duque, aislado en estos momentos en el gobierno de Irkutsk, ¿no ha tomado más contactos directos con Moscú?
-No.
-Pero, gracias a los últimos mensajes, debe conocer las medidas que ha tomado Vuestra Majestad y qué refuerzos puede esperar de los gobiernos más cercanos al de Irkutsk.
-Lo sabe -respondió el Zar-, pero lo que ignora es que Ivan Ogareff, al mismo tiempo que el papel de rebelde, se dispone a desempeñar el de traidor, y mi hermano tiene en él un encarnizado enemigo personal. La primera gran desgracia de Ivan Ogareff se debe a mi hermano y, lo que es peor, no conoce a este hombre. El proyecto de Ivan Ogareff es entrar en Irkutsk con nombre falso, ofrecer sus servicios al Gran Duque y ganarse su confianza. Así, cuando los tártaros cerquen la ciudad, él la entregará, franqueándoles la entrada y con ella a mi hermano, cuya vida estará directamente amenazada. Éstos son los informes que tengo; esto es lo que ignora mi hermano y que necesita saber.
-Pues bien, señor, un correo inteligente, con coraje…
-Lo estoy esperando.
-Y que actúe con rapidez -agregó el jefe de policía- porque, permitidme que lo recalque, señor, no hay tierra más propicia a las rebeliones que Siberia.
-¿Quieres decir que los exiliados políticos harán causa común con los invasores?
-gritó el Zar, perdiendo su dominio ante la insinuación del jefe superior de policía.
-Perdóneme Vuestra Majestad… -respondió, balbuceando, el interlocutor del Zar, pues era evidente que ése había sido el pensamiento que había atravesado por su mente inquieta y desconfiada.
-¡Yo supongo mayor patriotismo en los exiliados! -replicó el Zar.
-Hay otros condenados, aparte de los políticos, en Siberia -respondió el jefe superior de policía.
-¡Los criminales! ¡Oh, general, a ésos los dejo de tu cuenta! ¡Son el desecho del género humano! ¡No pertenecen a ningún país! Además, la sublevación, y mucho menos la invasión, no va contra el Emperador, sino contra Rusia, contra este país al que los exiliados no han perdido la esperanza de volver… ¡y al que volverán! ¡No, un ruso no se unirá jamás a un tártaro para debilitar, ni siquiera por una sola hora, el poderío de Moscú!
El Zar tenía sus razones para creer en el patriotismo de aquellos a quienes su política momentáneamente había alejado. La clemencia (que era la base de su justicia cuando podía controlarla personalmente) y la dulcificación tan considerable que había adoptado en la aplicación de los ucases, le garantizaban que no podía equivocarse. Pero, aun sin que estos poderosos elementos apoyasen la invasión tártara, las circunstancias no podían ser más graves, porque era de temer que una gran parte de la población kirguise se uniera a los invasores.
Los kirguises se dividen en tres hordas: la grande, la pequeña y la mediana, y cuentan alrededor de cuatrocientas mil «tiendas», o sea, unos dos millones de almas. De estas diversas tribus, unas son independientes y otras reconocen la soberanía, ya sea de Rusia, ya sea de los khanatos de Khiva, Khokhand y Bukhara, es decir, de los más terribles jefes del Turquestán. La horda más rica, la mediana, es, al mismo tiempo, la más numerosa y sus campamentos ocupan todo el espacio comprendido entre los cursos del Sara-Su, Irtiche e Ichim superior, el lago Hadisang y el Aksakal. La horda grande, que ocupa las comarcas al este de la mediana, se extiende hasta los gobiernos de Omsk y de Tobolsk. Por tanto, si estas poblaciones kirguises se sublevaran, significaría la invasión de la Rusia asiática y, por tanto, la separación de Siberia al este del Yenisei.
Ciertamente, los kirguises son verdaderos novatos en el arte de la guerra y constituyen más bien una banda de rateros nocturnos y asaltantes de caravanas que una formación de tropas regulares. Por eso ha dicho Levchine que «un frente cerrado o un cuadro de buena infantería podría resistir a una masa de kirguises diez veces más numerosa y un solo cañón provocaría en ellos una verdadera carnicería». Pero para ello es necesario que ese cuadro de buena infantería llegue al país sublevado y que los cañones se trasladen desde los parques de las provincias rusas hasta lugares alejados dos o tres mil verstas. Aparte, salvo la ruta directa que une Ekaterinburgo con Irkutsk, las estepas, frecuentemente pantanosas, no son fácilmente practicables, y pasarían varias semanas antes de que las tropas rusas se encontraran en condiciones para enfrentarse a las hordas tártaras.
Omsk es el centro de la organización militar de Siberia occidental, encargada de mantener sumisas a las poblaciones kirguises. Allí se encuentran los límites de estos nómadas, no sometidos totalmente y que se han sublevado en más de una ocasión, por lo que al Ministerio de la Guerra no le faltaban motivos para temer que Omsk se viera ya seriamente amenazada. La línea de colonias militares, es decir, de puestos de cosacos que se escalonan desde Omsk hasta Semipalatinsk, era de temer que hubiera sido cortada en varios puntos. Además, posiblemente los grandes sultanes que gobiernan aquellos distritos kirguises habían aceptado voluntariamente la dominación de los tártaros, musulmanes como ellos, que aportarían a la lucha el rencor provocado por la servidumbre a que estaban sometidos y el antagonismo de las religiones griega y musulmana. Porque desde hace mucho tiempo, los tártaros del Turquestán y, principalmente, los de los khanatos de Bukhara, Khokhand y Kunduze, buscaban, tanto por la fuerza como por la persuasión, sustraer a las hordas kirguises de la dominación moscovita.
Pero digamos algo sobre los tártaros. Pertenecen principalmente a dos razas distintas: la caucásica y la mongol. La raza caucásica, que según Abel de Rémusat «se considera en Europa el prototipo de la belleza de nuestra especie porque de ella proceden todos los pueblos de esta parte del mundo», reúne bajo una misma denominación a los turcos y a los indígenas de puro origen persa. La raza puramente mongólica comprende, en cambio, a los mongoles, manchúes y tibetanos. Los tártaros que amenazaban el Imperio ruso eran de raza caucásica y habitaban principalmente el Turquestán, extenso país dividido en diferentes estados, gobernados por khanes, de cuyo nombre procedía la denominación de khanatos. Los principales khanatos son los de Bukhara, Khiva, Khokhand, Kunduze, etc.
En la época a que nos referimos, el khanato más importante era el de Bukhara. Rusia había tenido que enfrentarse varias veces con sus jefes que, por interés personal y por imponerles otro yugo, habían mantenido la independencia de los kirguises contra la dominación moscovita. Su jefe actual, Féofar-Khan, seguía las huellas de sus predecesores. El khanato de Bukhara se extiende de norte a sur entre los paralelos 37 y 40, y de este a oeste entre los 61 y 66 grados de longitud, es decir, sobre la superficie de unas diez mil leguas cuadradas. Este estado cuenta con una población de dos millones y medio de habitantes, un ejército de sesenta mil hombres, que se triplicaban en tiempos de guerra, y treinta mil soldados de caballería. Es un país rico, con una producción variada en ganadería, agricultura y minería y engrandecido considerablemente por la anexión de los territorios de Balk, Aukoi y Meimaneh. Posee diecinueve grandesciudades, entre las que se encuentran Bukhara, rodeada de una muralla flanqueada por torres, que mide más de ocho millas inglesas; ciudad gloriosa que fue cantada por Avicena y otros sabios del siglo X, está considerada como el centro del saber musulmán y es una de las ciudades más célebres del Asia central; Samarcanda (donde se encuentra la tumba de Tamerlan) posee el célebre palacio donde se guarda la piedra azul sobre la que ha de venir a sentarse todo nuevo khan que suba al poder y está defendida por una ciudadela extremadamente fortificada; Karschi, con su triple recinto, situada en un oasis envuelto por un pantano lleno de tortugas y lagartos, es casi impenetrable; Chardjui, defendida por una población de más de veinte mil almas y, finalmente, Katta-Kurgan, Nurata, Dyzah, Paikanda, Karakul, Kuzar, etc., forman un conjunto de ciudades difíciles de someter. El khanato de Bukhara, protegido por sus montañas y rodeado por sus estepas es, por tanto, un estado verdaderamente temible y Rusia iba a verse obligada a oponerle fuerzas importantes.
El ambicioso y feroz Féofar-Khan, que gobernaba entonces ese rincón de Tartaria apoyado por otros khanes, principalmente los de Khokhand y Kunduze, guerreros crueles y rapaces, dispuestos siempre a lanzarse a las empresas más gratas al instinto tártaro, y ayudado por los jefes que mandaban las hordas de Asia central, se había puesto a la cabeza de esta invasión, de la que Ivan Ogareff era el verdadero cerebro.
Este traidor, impulsado tanto por su insensata ambición como por su odio, había organizado el movimiento de los invasores de forma que cortase la gran ruta siberiana.
¡Estaba loco si, de verdad, creía debilitar el Imperio moscovita! Bajo su inspiración, el Emir -éste era el título que tomaban los khanes de Bukhara- había lanzado sus hordas más allá de la frontera rusa, invadiendo el gobierno de Semipalatinsk, en donde los cosacos, poco numerosos en ese punto, habían tenido que retroceder ante ellas.
Había avanzado luego más allá del lago Baljax, arrastrando a su paso a la población kirguise, saqueando, asolando, enrolando a los que se sometían, apresando a los que ofrecían resistencia, iba trasladándose de una ciudad a otra, seguido de toda la impedimenta típica de un soberano oriental (lo que podría llamarse su casa civil,mujeres y esclavas), todo ello con la audacia de un moderno Gengis-Khan.
¿Dónde se encontraba en este momento? ¿Hasta dónde habían llegado sus soldados a la hora en que la noticia de la invasión llegó a Moscú? ¿Hasta qué lugar de Siberia habían tenido que retroceder las tropas rusas? Imposible saberlo. Las comunicaciones estaban interrumpidas. El cable, entre Kolivan y Tomsk, ¿había sido cortado por unas avanzadillas del ejército tártaro, o era el grueso de las fuerzas quien había llegado hasta las provincias de Yeniseisk? ¿Estaba en llamas toda la baja Siberia occidental? ¿Se extendía ya la sublevación hasta las regiones del este? No podía decirse. El único agente que no teme ni al frío ni al calor, al que no detienen las inclemencias del invierno ni los rigores del verano; que vuela con la rapidez del rayo: la corriente eléctrica no podía circular a través de la estepa, ni era posible advertir al Gran Duque, encerrado en Irkutsk, sobre el grave peligro que le amenazaba por la traición de Ivan Ogareff.
Únicamente un correo podría reemplazar a la corriente eléctrica, pero ese hombre necesitaba tiempo para franquear las cinco mil doscientas verstas (5.523 kilómetros) que separan Moscú de Irkutsk. Para atravesar las filas de los sublevados e invasores, necesitaba desplegar una inteligencia y un coraje sobrehumanos. Pero con esas cualidades se va lejos.
«¿ Encontraré tanta inteligencia y tal corazón? », se preguntaba el Zar.

3. MIGUEL STROGOFF
Poco después se abrió el gabinete imperial y un ujier anunció al general Kissoff.
-¿Y el correo? -le preguntó con impaciencia el Zar.
-Está ahí, señor -respondió el general Kissoff
-¿Has encontrado ya al hombre que necesitamos?
-Respondo de él ante Vuestra Majestad.
-¿Estaba de servicio en Palacio?
-Sí, señor.
-¿Lo conoces?
-Personalmente. Varias veces ha desempeñado con éxito misiones difíciles.
-¿En el extranjero?
-En la misma Siberia.
-¿De dónde es?
-De Omsk. Es siberiano.
-¿Tiene sangre fría, inteligencia, coraje … ?
-Sí, señor. Tiene todo lo necesario para triunfar allí donde otros fracasarían.
-¿Su edad?
-Treinta años.
-¿Es fuerte?
-Puede soportar hasta los extremos límites del frío, hambre, sed y fatiga.
-¿Tiene un cuerpo de hierro?
-Sí, señor.
-¿Y su corazón?
-De oro, señor.
-¿ Cómo se llama?
-Miguel Strogoff.
-¿Está dispuesto a partir?
-Espera en la sala de guardia las órdenes de Vuestra Majestad.
-Que pase -dijo el Zar.
Instantes después, el correo Miguel Strogoff entraba en el gabinete imperial. Miguel Strogoff era alto de talla, vigoroso, de anchas espaldas y pecho robusto. Su poderosa cabeza presentaba los hermosos caracteres de la raza caucásica y susmiembros, bien proporcionados, eran como palancas dispuestas mecánicamente para efectuar a la perfección cualquier esfuerzo. Este hermoso y robusto joven, cuando estaba asentado en un sitio, no era fácil de desplazar contra su voluntad, ya que cuando afirmaba sus pies sobre el suelo, daba la impresión de que echaba raíces. Sobre su cabeza, de frente ancha, se encrespaba una cabellera abundante, cuyos rizos escapaban por debajo de su casco moscovita. Su rostro, ordinariamente pálido, se modificaba únicamente cuando se aceleraba el batir de su corazón bajo la influencia de una mayor rapidez en la circulación arterial. Sus ojos, de un azul oscuro, de mirada recta, franca, inalterable, brillaban bajo el arco de sus cejas, donde unos músculos superficiales levemente contraídos denotaban un elevado valor -el valor sin cólera de los héroes, según expresión de los psicólogos- y su poderosa nariz, de anchas ventanas, dominaba una boca simétrica con sus labios salientes propios de los hombres generosos y buenos.
Miguel Strogoff tenía el temperamento del hombre decidido, de rápidas soluciones, que no se muerde las uñas ante la incertidumbre ni se rasca la cabeza ante la duda y quejamás se muestra indeciso.
Sobrio de gestos y de palabras, sabía permanecer inmóvil como un poste ante un superior; pero cuando caminaba, sus pasos denotaban gran seguridad y una notable firmeza en sus movimientos, exponentes de su férrea voluntad y de la confianza que tenía en sí mismo. Era uno de esos hombres que agarran siempre las ocasiones por los pelos; figura un poco forzada pero que lo retrataba de un solo trazo.
Vestía uniforme militar parecido al de los oficiales de la caballería de cazadores en campaña: botas, espuelas, pantalón semiceñido, pelliza bordada en pieles y adornada con cordones amarillos sobre fondo oscuro. Sobre su pecho brillaban una cruz y varias medallas. Pertenecía al cuerpo especial de correos del Zar y entre esta elite de hombres tenía el grado de oficial. Lo que se notaba particularmente en sus ademanes, en su fisonomía, en toda su persona (y que el Zar comprendió al instante), era que se trataba de un «ejecutor de órdenes». Poseía, pues, una de las cualidades más reconocidas en Rusia -según la observación del célebre novelista Turgueniev-, y que conducía a las más elevadas posiciones del Imperio moscovita.
En verdad, si un hombre podía llevar a feliz término este viaje de Moscú a Irkutsk a través de un territorio invadido, superar todos los obstáculos y afrontar todos los peligros de cualquier tipo, era, sin duda alguna, Miguel Strogoff, en el cual concurrían circunstancias muy favorables para llevar a cabo con éxito el proyecto, ya que conocía admirablemente el país que iba a atravesar y comprendía sus diversos idiomas, no sólo por haberlo recorrido, sino porque él mismo era siberiano.
Su padre, el anciano Pedro Strogoff, fallecido diez años antes, vivía en la ciudad de Omsk, situada en el gobierno de este mismo nombre, donde su madre, Marfa Strogoff, seguía residiendo. En ese lugar, entre las salvajes estepas de las provincias de Omsk, fue donde el bravo cazador siberiano educó «con dureza» a su hijo Miguel, según expresión popular. La verdadera profesión de Pedro Strogoff era la de cazador. Y tanto en verano como en invierno, bajo los rigores de un calor tórrido o de un frío que sobrepasaba muchas veces los cincuenta grados bajo cero, recorría la dura planicie, las espesuras de maleza y abedules o los bosques de abetos, tendiendo sus trampas, acechando la caza menor con el fusil y la mayor con el cuchillo. La caza mayor era nada menos que el oso siberiano, temible y feroz animal de igual talla que sus congéneres de los mares glaciales. Pedro Strogoff había cazado más de treinta y nueve osos, lo cual indica que igualmente el número cuarenta había caído bajo su cuchillo.
Pero si hemos de creer la leyenda que circula entre los cazadores rusos, todos aquellos que hayan muerto treinta y nueve osos han sucumbido ante el número cuarenta.
Sin embargo, Pedro Strogoff había traspasado esa fatídica cifra sin recibir un solo rasguño.
Desde entonces, Miguel, que tenía once años de edad, no dejó de acompañar a su padre, llevando la ragatina, es decir, la horquilla para acudir en su ayuda cuando sólo iba armado con un cuchillo. A los catorce años Miguel Strogoff mató su primer oso sin ayuda de nadie, lo cual no era poca cosa; pero, además, después de desollarlo, arrastró la piel del gigantesco animal hasta la casa de sus padres, distante muchas verstas, lo cual revelaba que el muchacho poseía un vigor poco común.
Este género de vida le fue muy provechoso y así, cuando llegó a la edad de hombre hecho, era capaz de soportarlo todo: frío, calor, hambre, sed y fatiga. Era, como el yakute de las tierras septentrionales, de hierro. Podía permanecer veinticuatro horas sin comer, diez noches consecutivas sin dormir y sabía construirse un refugio en plena estepa, allí donde otros quedarían a merced de los vientos.
Dotado de sentidos extremadamente finos, guiado por unos instintos de Delaware en medio de la blanca planicie, cuando la niebla cubría todo el horizonte, aun cuando se encontrase en las más altas latitudes (allí donde la noche polar se prolonga durante largos días), encontraba su camino donde otros no hubieran podido orientar sus pasos.
Su padre le había puesto al corriente de todos sus secretos y las más imperceptibles señales, como: proyección de las agujas del hielo, disposición de las pequeñas ramas de los árboles, emanaciones que le llegaban de los últimos límites del horizonte, pisadas sobre la hierba de los bosques, sonidos vagos que cruzaban el aire, lejanos ruidos, vuelo de los pájaros en la atmósfera brumosa y otros mil detalles que eran fieles jalones para quien supiera reconocerlos. Y Miguel Strogoff había aprendido a guiarse por ellos. Templado en las nieves como el acero de Damasco en las aguas sirias, tenía, además, una salud de hierro, como había dicho el general Kissoff y, lo que no era menos cierto, un corazón de oro.
La única pasión de Miguel Strogoff era su madre, la vieja Marfa, que jamás había querido abandonar la casa de los Strogoff, a orillas del Irtiche, en Omsk, donde el viejo cazador y ella habían vivido juntos tanto tiempo. Cuando su hijo partió de allí fue un duro golpe para ella, pero se tranquilizó con la promesa que le hizo de volver siempre que tuviera una oportunidad; promesa que fue escrupulosamente cumplida.
Cuando Miguel Strogoff contaba veinte años, decidieron que entrase al servicio personal del emperador de Rusia, en el cuerpo de correos del Zar. El joven siberiano, audaz, inteligente, activo y de buena conducta, tuvo la oportunidad de distinguirse especialmente con ocasión de un viaje al Cáucaso, a través de un país difícil, hostigado por unos turbulentos sucesores de Samil. Posteriormente volvió a distinguirse en una misión que le llevó hasta Petropolowsky, en Kamtschatka, el límite oriental de la Rusia asiática. Durante estos largos viajes desplegó tan maravillosas dotes de sangre fría, prudencia y coraje que le valieron la aprobación y protección de sus superiores, quienes le ascendieron con rapidez.
En cuanto a los permisos que le correspondían una vez realizadas tan lejanas misiones, jamás olvidó consagrarlos a su anciana madre, aunque estuviera separado de ella por miles de verstas y el invierno hubiese convertido los caminos en rutas impracticables. Sin embargo, Miguel Strogoff, recién llegado de una misión en el sur del imperio, por primera vez había dejado de visitar a su madre.
Varios días antes se le había concedido el permiso reglamentarlo y estaba haciendo los preparativos para el viaje, cuando se produjeron los sucesos que ya conocemos.
Miguel Strogoff fue, pues, llamado a presencia del Zar ignorando totalmente lo que el Emperador esperaba de él.
El Zar, sin dirigirle la palabra, lo miró durante algunos instantes con su penetrante mirada, mientras Miguel Strogoff permanecía absolutamente inmóvil. Después, el Zar, satisfecho sin duda de este examen, se acercó de nuevo a su mesa y, haciendo una seña al jefe superior de policía para que se sentara ante ella, le dictó en voz baja una carta que sólo contenía algunas líneas.
Redactada la carta, el Zar la releyó con extrema atención y la firmó, anteponiendo a su nombre las palabras bytpo semou, que significan «así sea», fórmula sacramental de los emperadores rusos.
La carta, introducida en un sobre, fue cerrada y sellada con las armas imperiales y el Zar, levantándose, hizo ademán a Miguel Strogoff para que se acercara.
Miguel Strogoff avanzó algunos pasos y quedó nuevamente inmóvil, presto a responder.
El Zar volvió a mirarle cara a cara y le preguntó escuetamente:
-¿Tu nombre?
-Miguel Strogoff, señor.
-¿Tu grado?
-Capitán del cuerpo de correos del Zar.
-¿Conoces Siberia?
-Soy siberiano.
-¿Dónde has nacido?
-En Omsk.
-¿Tienes parientes en Omsk?
-Sí, señor.
-¿Qué parientes?
-Mi anciana madre.
El Zar interrumpió un instante su serie de preguntas. Después, mostrando la carta que tenía en la mano, dijo:
-Miguel Strogoff; he aquí una carta que te confío para que la entregues personalmente al Gran Duque y a nadie más que a él.
-La entregaré, señor.
-El Gran Duque está en Irkutsk.
-Iré a Irkutsk.
-Pero tendrás que atravesar un país plagado de rebeldes e invadido por los tártaros, quienes tendrán mucho interés en interceptar esta carta.
-Lo atravesaré.
-Desconfiarás, sobre todo, de un traidor llamado Ivan Ogareff, a quien es probable que encuentres en tu camino.
-Desconfiaré.
-¿Pasarás por Omsk?
-Está en la ruta, señor.
-Si ves a tu madre, corres el riesgo de ser reconocido. Es necesario que no la veas.
Miguel Strogoff tuvo unos instantes de vacilación, pero dijo:
-No la veré.
-Júrame que por nada confesaras quien eres ni adónde vas.
-Lo juro.
-Miguel Strogoff -agregó el Zar, entregando el pliego al joven correo-, toma esta carta, de la cual depende la salvación de toda Siberia y puede que también la vida del Gran Duque, mi hermano.
-Esta carta será entregada a Su Alteza, el Gran Duque.
-¿Así que pasarás, a todo trance?
-Pasaré o moriré.
-Es preciso que vivas.
-Viviré y pasaré -respondió Miguel Strogoff.
El Zar parecía estar satisfecho con la sencilla y reposada seguridad con que le había contestado Miguel Strogoff.
-Vete, pues, Miguel Strogoff -dijo-. Vete, por Dios, por Rusia, por mi hermano y
por mí.
Miguel Strogoff, saludando militarmente, salió del gabinete imperial y, algunos instantes después, abandonaba el Palacio Nuevo.
-Creo que has acertado, general -dijo el Zar.
-Yo también lo creo, señor -respondió el general Kissoff-, y Vuestra Majestad puede estar seguro de que Miguel Strogoff hará todo cuanto le sea posible a un hombre valiente y decidido.
-Es todo un hombre, en efecto – dijo el Zar.

4. DE MOSCÚ A NIJNI-NOVGOROD
La distancia que Miguel Strogoff tenía que franquear entre Moscú e Irkutsk era de cinco mil doscientas verstas (5.523 kilómetros). Cuando la línea telegráfica aún no existía entre los montes Urales y la frontera oriental de Siberia, el servicio de despachos oficiales se hacía mediante correos, el más rápido de los cuales empleaba dieciocho días en recorrer la distancia de Moscú a Irkutsk. Pero esto era una excepción y lo general era que para atravesar la Rusia asiática se emplease, ordinariamente, de cuatro a cinco semanas, aunque todos los medios de transporte estaban a disposición de estos emisarios del Zar.
Como hombre que no temía al frío ni a la nieve, Miguel Strogoff hubiera preferido viajar durante la ruda estación invernal, que permite organizar un servicio de trineos en toda la extensión del recorrido. De esta manera, las dificultades que entraña el empleo de diversos medios de locomoción quedaban, en parte, disminuidas sobre aquellas inmensas estepas cubiertas de nieve, ya que hay menos cursos de agua que atravesar y el trineo se desliza fácilmente sobre aquel manto helado. Ciertos fenómenos atmosféricos de esta época son temibles, como la persistencia e intensidad de las nieblas, el frío extremado, además de las largas y terribles ventiscas, cuyos torbellinos lo envuelven todo y hacen desaparecer caravanas enteras. Ocurre también que los lobos, acosados por el hambre, cubren a millares las llanuras. Pero era preferible correr esos riesgos porque, con la crudeza del invierno, los invasores tártaros se verían obligados a acantonarse en las ciudades, sus Merodeadores no correrían por la estepa, todo movimiento de tropas sería impracticable y Miguel Strogoff podría pasar más fácilmente. Pero él no había podido elegir su tiempo ni su hora y debía aceptar las circunstancias para partir, cualesquiera que fueran.
Ésta era la situación que Miguel Strogoff apreció claramente, preparándose para afrontarla. Además, no se encontraba en las condiciones habituales de un correo del Zar, ya que era preciso que nadie sospechara esta circunstancia mientras realizara su viaje, porque en un país invadido, los espías abundan y él sabía que su misión era muy comprometida.
Por eso el general Kissoff se limitó a entregarle una importante suma de dinero para el viaje, e, incluso, el medio de facilitárselo hasta cierto punto, pero sin entregarle ninguna orden escrita en la que constara que estaba al servicio del Emperador, «Sésamo» que abría todas las puertas; entrególe únicamente un podaroshna.
Este podaroshna, extendido a nombre de Nicolás Korpanoff, comerciante domiciliado en Irkutsk, autorizaba a su titular para hacerse acompañar en caso necesario por una o varias personas, y era valedero hasta en los casos en que el gobierno moscovita prohibía a sus súbditos abandonar el territorio ruso. El podaroshna es una autorización para tomar caballos de posta, pero Miguel Strogoff no podía emplearlo más que en las ocasiones en que poseer este documento no le hiciera sospechoso, es decir, que únicamente podía hacer uso de él mientras estuviera en territorio europeo. En resumen, cuando se encontrase en Siberia, es decir, cuando atravesara las provincias sublevadas, no podría actuar como dueño de las paradas de posta, ni hacerse entregar caballos con preferencia a cualquier otro, ni requisar medios de transporte para su uso personal. Miguel Strogoff no debía olvidar esto: él no era un correo, sino un simple comerciante llamado Nicolás Korpanoff, que iba de Moscú a Irkutsk y, como a tal, sometido a todas las eventualidades de un viaje ordinario.
Pasar desapercibido, con más o menos rapidez, pero pasar. Tal debía ser su programa.
Treinta años atrás, la escolta de un viajero importante no comprendía menos de doscientos cosacos a caballo, doscientos infantes, veinticinco jinetes baskires, trescientos camellos, cuatrocientos caballos, veinticinco carros, dos lanchas transportables y dos cañones. Tal era el material necesario para un viaje por Siberia.
Pero él, Miguel Strogoff, no tenía cañones, ni jinetes, ni infantes, ni bestias de carga. Iría, si podía, en coche o a caballo; si no había más remedio, iría a pie.
Las primeras mil cuatrocientas verstas (1.493 kilómetros), que comprendían la distancia entre Moscú y la frontera rusa, no debían ofrecer dificultad alguna.
Ferrocarriles, diligencias, buques a vapor y caballos de refresco en todas las paradas, estaban a disposición de todo el mundo y, por consiguiente, a la merced del correo del Zar.
Aquella mañana del 16 de julio, desprovisto de su uniforme, portando un saco de viaje sobre sus espaldas y ataviado con un simple traje ruso compuesto de túnica ceñida al talle, cinturón tradicional de mujik, anchos calzones y botas cinchadas al jarrete, Miguel Strogoff se dirigió a la estación para tomar el primer tren que le conviniera.
No llevaba ningún tipo de armas, al menos ostensiblemente; pero bajo su cinturón se ocultaba un revólver y en su bolsillo una especie de machete, de esos que tienen tanto de puñal como de alfanje y con los cuales un cazador siberiano sabe destripar a un oso tan limpiamente que no deteriora en lo más mínimo su preciosa piel. La estación de Moscú estaba a rebosar de viajeros y es que las estaciones de los ferrocarriles rusos son lugares de reunión muy frecuentados, tanto por los que parten como por los que son simples espectadores de la partida de trenes. Se toma como una pequeña bolsa de noticias.
El tren en el que tomó asiento Miguel Strogoff debía llevarle hasta Nijni-Novgorod, en donde, por aquella época, se detenía el ferrocarril que, enlazando Moscú con San Petersburgo, debía proseguir hasta la frontera rusa. Esto significaba un trayecto de unas cuatrocientas verstas (426 kilómetros), que el tren franqueaba en una decena de horas.
Una vez en Nijni-Novgorod, Miguel Strogoff tomaría, según las circunstancias, la ruta terrestre o uno de los buques a vapor del Volga, con el fin de llegar a los Urales lo antes posible. Se acomodó, pues, en su rincón, como digno burgués a quien no inquieta demasiado la marcha de sus negocios y busca matar el tiempo durmiendo. Pero como no iba solo en el compartimiento, no durmió más que con un ojo y escuchó con los dos oídos.
Sus vecinos, como la mayor parte de los viajeros que transportaba el tren, eran mercaderes que se dirigían a la célebre feria de Nijni-Novgorod; conjunto necesariamente heterogéneo, compuesto por judíos, turcos, cosacos, rusos, georgianos, calmucos y otros, pero casi todos ellos hablando la lengua nacional.
En efecto, el rumor de la sublevación de las hordas kirguises y de la invasión tártara había trascendido algo y los viajeros que el azar le destinó como compañeros de viaje lo comentaban con cierta circunspección. Se discutía, pues, los pros y contras de los graves acontecimientos que se desarrollaban más allá de los Urales, y los comerciantes temían que el gobierno ruso se hubiera visto obligado a tomar medidas restrictivas, sobre todo en las provincias limítrofes con la frontera, con lo cual se resentiría el comercio.
Naturalmente, estos egoístas no consideraban la guerra, es decir, la represión de la revuelta y la lucha contra la invasión, más que bajo el punto de vista de sus intereses particulares amenazados. La sola presencia de un simple soldado uniformado hubiera sido suficiente para contener las lenguas de estos mercaderes, pues ya se sabe cuán grande es la importancia que se da al uniforme en Rusia. Pero en el compartimiento ocupado por Miguel Strogoff, nada hacía sospechar la presencia de un militar, y el correo del Zar, viajando de incógnito, no era de los hombres que se traicionan. Limitábase, pues, a escuchar.
-Se afirma que el té de las caravanas está en alza -dijo un persa, que se identificaba por su gorro forrado de astracán y su oscura túnica de anchos pliegues, rozada por el uso.
-¡Oh! El té no ha de temer la baja -respondió un viejo judío, de gesto ceñudo-. El que se encuentre en el mercado de Nijni-Novgorod se expenderá fácilmente por el oeste, pero, desgraciadamente, no ocurrirá lo mismo con los tapices de Bukhara.
-¡Cómo! ¿Está usted esperando algún envío de Bukhara? -preguntó el persa.
-No, pero sí lo espero de Samarcanda, y no está menos expuesto. ¡Cuenta con las expediciones de un país en el que se han sublevado todos los khanes desde Khiva hasta la frontera china!
-¡Bueno! -respondió el persa-. Si no llegan los tapices, supongo que tampoco llegarán las letras de cambio.
-¡Y los beneficios, Dios de Israel! ¿No significan nada para usted? -exclamó el pequeño judío.
-Tiene razón -dijo otro viajero-. Los artículos de Asia central corren el peligro de escasear en el mercado. Y ocurrirá lo mismo con los tapices de Samarcanda, las lanas, sebos y chales de Oriente.
-¡Pues tenga cuidado, padrecito! -respondió un viajero ruso de aspecto socarrón-.
¡No vaya usted a engrasar horriblemente los chales si los mezcla con los sebos!
-¡No es cosa de risa! -respondió el comerciante, a quien no parecían gustarle mucho esta clase de bromas.
-Aunque nos tiremos de los pelos y nos rasguemos las vestiduras no haremos cambiar el curso de los acontecimientos. ¡Y menos el de las mercancías! -respondió el viajero.
-¡Bien se ve que no es comerciante! -hizo observar el judío.
-No, a fe mía, digno descendiente de Abraham. No vendo lúpulo, ni edredón, ni miel, ni cera, ni cañamones, ni carne salada, ni caviar, ni lana, ni madera, ni cintas, ni cáñamo, ni lino, ni marroquinería, ni..
-Pero, ¿compra usted? -preguntó el persa, cortando la retahíla del viajero.
-Lo menos posible, y sólo para mi consumo particular -respondió éste, guiñándole un ojo.
-¡Es un bufón! -dijo el judío dirigiéndose al persa.
-¡O un espía! -respondió éste bajando la voz.
-No nos fiemos y hablemos lo menos posible. La policía no es precisamente blanda en los tiempos que corren y uno no sabe nunca al lado de quién viaja.
En el otro rincón del compartimiento se hablaba un poco menos de las transacciones mercantiles y un poco más de la invasión tártara y sus funestas consecuencias.
-Los caballos de Siberia van a ser requisados -dijo un viajero- y las comunicaciones entre las distintas provincias de Asia central se harán bien difíciles.
-¿Es cierto -pregunto su vecino- que los kirguises de la horda mediana han hecho causa común con los tártaros?
-Eso se dice -respondió el viajero, bajando la voz-, pero quién puede presumir de saber algo en este país.
-He oído hablar de concentraciones de tropas en la frontera. Los cosacos del Don se han reunido en el curso del Volga y se les va a enfrentar con los kirguises sublevados.
-Si los kirguises han descendido por el curso del Irtiche, la ruta a Irkutsk no debe de ser muy segura -respondió el vecino-. Además, ayer intenté enviar un telegrama a Krasnoiarsk y no pudo pasar. Me temo que las columnas tártaras hayan aislado la Siberia oriental.
-En suma, padrecito -replicó el primer interlocutor-, estos comerciantes tienen razón al estar inquietos por sus negocios y por sus pedidos. Después de requisar los caballos se requisarán los barcos, los coches y todos los medios de transporte, hasta que llegue el momento en que no se pueda dar un paso en toda la extensión del Imperio.
-Me temo que la feria de Nijni-Novgorod no termine tan brillantemente como comenzó -respondió el segundo interlocutor, moviendo la cabeza-, pero la seguridad y la integridad del territorio ruso está ante todo. ¡Los negocios no son más que negocios!
Si en este compartimiento el tema de las conversaciones no variaba mucho, tampoco era distinto en los otros coches que componían el tren; Pero en todas partes un buen observador hubiera advertido la extrema prudencia en el planteamiento de las impresiones que intercambiaban. Cuando alguna vez se adentraban en el terreno de los hechos, jamás llegaban a insinuar las intenciones del gobierno moscovita, ni siquiera a apreciarlas.
Esto fue justamente advertido por uno de los pasajeros que iban en el vagón de cabeza. Este viajero, evidentemente extranjero, lo miraba todo con ojos bien abiertos y no paraba de hacer preguntas a las cuales sólo se le respondía con evasivas. A cada instante sacaba la cabeza fuera de la ventanilla, de la que tenía el cristal bajado, con vivo desagrado de sus vecinos, y no perdía detalle del paisaje de la derecha; preguntaba el nombre de las más insignificantes localidades, su situación, cuál era su comercio, su industria, el número de sus habitantes, el nivel medio de vida de cada sexo, etc.; y todo lo iba anotando en un bloc ya sobrecargado de citas.
Era el corresponsal Alcide Jolivet, que si hacía tantas preguntas insignificantes era porque entre tantas respuestas como provocaba, esperaba sorprender algún hecho interesante para su prima. Pero, naturalmente, se le tomó por un espía y delante de él no se decía ni una sola palabra que tuviera relación con los acontecimientos del día.
Viendo, pues, que no podría averiguar nada sobre la invasión tártara, escribió en su bloc: «Viajeros, de una discreción absoluta. En materia política, muy duros de gatillo.» Y mientras Alcide Jolivet anotaba minuciosamente todas sus impresiones sobre el viaje, su colega, que había embarcado en el mismo tren y con igual motivo, estaba entregado a idéntico trabajo de observación en otro compartimiento. Ninguno de lodos había visto al otro aquel día en la estación de Moscú e ignoraban recíprocamente que iban a visitar el teatro de la guerra. Únicamente que Harry Blount, hablando poco y escuchando mucho, no había inspirado a sus compañeros de viaje la desconfianza que Alcide Jolivet con sus preguntas. De manera que no le habían tomado por un espía y sus vecinos, sin apurarse, conversaban ante él, llegando a veces más lejos de lo que su circunspección natural les hubiera debido permitir. Por tanto, el corresponsal del Daily Telegraph había podido comprobar hasta qué punto los acontecimientos preocupaban a los hombres de negocios que se dirigían a Nijni-Novgorod y la amenaza que pesaba sobre los intercambios comerciales con Asia central; por lo que no dudó en anotar en su bloc esta justa observación: «Los viajeros, extremadamente inquietos. Sólo se habla de la guerra, y con una libertad que asombra entre el Vístula y el Volga.»
Los lectores del Daily Telegraph no podían estar menos informados que la prima de Alcide Jolivet. Además, como Harry Blount iba sentado en la parte izquierda del tren y no se había fijado más que en esta mitad del paisaje, sin molestarse en contemplar una sola vez el de la derecha, formado por amplias planicies, no tuvo ningún reparo en apuntar en su bloc, con todo su aplomo británico: «Paisaje montañoso entre Moscú y Wladimir.»
Sin embargo, era evidente que el gobierno moscovita, en presencia de tan graves eventualidades, estaba tomando severas medidas hasta en el interior del Imperio. La sublevación no había franqueado la frontera siberiana, pero en estas provincias del Volga vecinas del país de los kirguises, eran de temer desagradables influencias.
En efecto, la policía no había encontrado aún la pista de Ivan Ogareff, el traidor que había provocado una intervención extranjera para vengar sus rencores particulares y parecía haberse reunido con Féofar-Khan, o puede que intentara fomentar la revuelta en el gobierno de Nijni-Novgorod que, en esta época del año, encerraba una población compuesta por elementos tan diversos. ¿No habría entre tantos persas, armenios y calmucos que afluían al gran mercado, agentes suyos encargados de provocar un movimiento interior? Todas las hipótesis eran posibles en un país como Rusia.
Este vasto imperio, que tiene una extensión de doce millones de kilómetros cuadrados, no puede tener la homogeneidad de los estados de Europa occidental. Entre los diversos pueblos que lo componen, forzosamente han de existir diferencias que van más allá de los simples matices autóctonos. El territorio ruso en Europa, Asia y América, se extiende desde los 15 grados de longitud este hasta los 133 de longitud oeste, es decir, a lo largo de cerca de 200 grados (unas 2.500 leguas) y desde el paralelo 38 al 81 de latitud norte, o sea, 43 grados (unas 1.000 leguas). Cuenta con setenta millones de habitantes que hablan treinta lenguas distintas. La raza eslava es, sin duda, la dominante y comprende, además de los rusos, a los polacos, lituanos y curlandeses, y si a ellos añadimos los fineses, estonianos, lapones, chesmiros, chubaches, permios, alemanes, griegos, tártaros, las tribus caucasianas, las hordas mongoles, los calmucos, samoyedos, kamchadalas y aleutios, se comprenderá que la unidad de tan vasto estado es difícil de mantener y no podía ser más que obra del tiempo, ayudado por la sagacidad de los gobernantes.
Sea como fuere, Ivan Ogareff había sabido, hasta entonces, escabullirse de las pesquisas de la policía y, probablemente, debía de haberse unido a los ejércitos tártaros. Pero en cada estación donde se detenía el tren, se presentaban inspectores de policía que revisaban a todos los pasajeros y les sometían a minuciosa identificación, pues tenían orden expresa del jefe superior de policía de buscar a Ivan Ogareff. El Gobierno, en efecto, creía saber que el traidor aún no, había tenido tiempo de abandonar la Rusia europea. Cuando un viajero parecía sospechoso, tenía que identificarse en el puesto de policía y el tren volvía a ponerse en marcha sin ninguna inquietud por el que quedaba atrás.
Con la policía rusa, excesivamente expeditiva, es inútil razonar. Sus miembros ostentan graduaciones militares. No hay más remedio que obedecer sin rechistar las órdenes de un soberano que tiene potestad para encabezar sus ucases con la fórmula:
«Nos, por la gracia de Dios, Emperador y Autócrata de todas las Rusias, de Moscú, Kiev, Wladimir y Novgorod; Zar de Kazan, de Astrakán; Zar de Polonia, Zar de Siberia, Zar del Quersoneso Táurico; Señor de Pskof; Gran Príncipe de Smolensko, de Lituania, de Volinia, de Podolla y Finlandia; Príncipe de Estonia, de Livonia, de Curlandia y de Semigalia, de Bialistok, de Karella, de Iugria, de Perm, de Viatka, de Bulgaria y de muchos otros países; Señor y Gran Príncipe del territorio de Nijni-Novgorod, de Chernigof, de Riazan, de Polotosk, de Rostof, de Jaroslav, de Bielozersk, de Udoria, de Obdoria, de Kondinia, de Vitepsk, de Mstislaf; dominador de las regiones hiperbóreas; Señor de los países de Iveria, de Kartalinia, de Gruzinia, de Kabardinia y de Armenia; Señor hereditario y soberano de los príncipes cherquesos, de los de las montañas y otros; Heredero de Noruega; Duque de Schlewig-Holstein, de Stormarn, de Dittmarsen y de Holdenburg.» ¡Poderoso soberano, en verdad, aquel cuyo emblema es un águila de dos cabezas que sostiene un cetro y un globo, rodeada de los escudos de Novgorod, Wladimir, Kiev, Kazan, Astrakán y Siberia, y que está envuelta por el collar de la Orden de San Andrés y rematada con una corona real!
En cuanto a Miguel Strogoff, lo tenía todo en regla y quedaba al abrigo de cualquier medida de la policía.
En la estación de Wladimir el tren se detuvo durante algunos minutos, los cuales le bastaron al corresponsal del Daily Telegraph para hacer una semblanza extremadamente completa, en su doble aspecto físico y moral de esta vieja capital rusa.
En la estación de Wladimir subieron al tren nuevos pasajeros, entre ellos una joven que entró en el compartimiento de Miguel Strogoff. Ante el correo del Zar había un asiento vacío que ocupó la joven, después de depositar todo su equipaje. Después, con los ojos bajos, sin haber echado una mirada a los compañeros de viaje que le destinó el azar, se dispuso para un trayecto que debía durar aún algunas horas.
Miguel Strogoff no pudo impedir fijarse atentamente en su nueva vecina. Como se encontraba sentada de espaldas al sentido de la marcha, él le ofreció su asiento, por si lo prefería, pero la joven rehusó dándole las gracias con una leve reverencia. La muchacha debía de tener entre dieciséis y diecisiete años. Su cabeza, verdaderamente hermosa, representaba al tipo eslavo en toda su pureza; raza de rasgos severos, que la destinaban a ser más bella que bonita en cuanto el paso de los años fijaran definitivamente sus facciones. Se cubría con una especie de pañuelo que dejaba escapar con profusión sus cabellos, de un rubio dorado. Sus ojos eran oscuros, de mirada aterciopelada e infinitamente dulce; su nariz se pegaba a unas mejillas delgadas y pálidas por unas aletas ligeramente móviles; su boca estaba finamente trazada, pero daba la impresión de que la sonrisa había desaparecido de ella desde hacía mucho tiempo.
Era alta y esbelta, a juzgar por lo que dejaba apreciar el abrigo ancho y modesto que la cubría. Aunque era todavía una niña, en toda la pureza de la expresión, el desarrollo de su despejada frente y la limpieza de rasgos de la parte inferior de su rostro, daban la impresión de una gran energía moral, detalle que no escapó a Miguel Strogoff.
Evidentemente, esta joven debía de haber sufrido ya en el pasado, y su porvenir, sin duda, no se le presentaba de color de rosa; pero parecía no menos cierto que debía de haber luchado y que estaba dispuesta a seguir luchando contra las dificultades de la vida. Su voluntad debía de ser vivaz, constante, hasta en aquellas circunstancias en que un hombre estaría expuesto a flaquear o a encolerizarse.
Tal era la impresión que, a primera vista, daba esta jovencita. A Miguel Strogoff, dotado él mismo de una naturaleza enérgica, tenía que llamarle la atención el carácter de aquella fisonomía, y, teniendo siempre buen cuidado de que su persistente mirada no la importunase lo más mínimo, observó a su vecina con cierta atención.
El atuendo de la joven viajera era, a la vez, de una modestia y una limpieza extrema. Saltaba a la vista que no era rica, pero se buscaría vanamente en su persona cualquier señal de descuido.
Todo su equipaje consistía en un saco de cuero, cerrado con llave, que sostenía sobre sus rodillas por falta de sitio donde colocarlo.
Llevaba una larga pelliza de color oscuro, liso, que se anudaba graciosamente a su cuello con una cinta azul. Bajo esta pelliza llevaba una media falda, oscura también, cubriendo un vestido que le caía hasta los tobillos, cuyo borde inferior estaba adornado con unos bordados poco llamativos. Unos botines de cuero labrado, con suelas reforzadas, como si hubieran sido preparadas en previsión de un largo viaje, calzaban sus pequeños pies.
Miguel Strogoff, por ciertos detalles, creyó reconocer en aquel atuendo el corte habitual de los vestidos de Livonia y pensó que su vecina debía de ser originaria de las provincias bálticas. Pero ¿adónde iba esta muchacha, sola, a esa edad en que el apoyo de un padre o de una madre, la protección de un hermano, son, por así decirlo, obligados? ¿Venía, recorriendo tan largo trayecto, de las provincias de la Rusia occidental? ¿Se dirigía únicamente a Nijni-Novgorod, o proseguiría más allá de las fronteras orientales del Imperio? ¿La esperaba algún pariente o algún amigo a la llegada del tren? Por el contrario, ¿ no sería lo más probable que al descender del tren se encontrase tan sola en la ciudad como en el compartimiento, en donde nadie -debía de pensar ella parecía hacerle caso? Todo era probable.
Efectivamente, en la manera de comportarse aquella joven viajera, quedaban visiblemente reflejados los hábitos que se van adquiriendo en la soledad. La forma de entrar en el compartimiento y de prepararse para él, viaje; la poca agitación que produjo en su derredor, el cuidado que puso en no molestar a nadie; todo ello denotaba la costumbre que tenía de estar sola y no contar más que consigo misma.
Miguel Strogoff la observaba con interés, pero como él mismo era muy reservado, no buscó la oportunidad de entablar conversación con ella, pese a que habían de transcurrir muchas horas antes de que el tren llegase a Nijni-Novgorod.
Solamente en una ocasión, el vecino de la joven -aquel comerciante que tan imprudentemente mezclaba el sebo con los chales- se había dormido y amenazaba a su vecina con su gruesa cabeza, basculando de un hombro al otro; Miguel Strogoff lo despertó con bastante brusquedad para hacerle comprender que era conveniente que se mantuviera más erguido.
El comerciante, bastante grosero por naturaleza, murmuró algunas palabras contra «esa gente que se mete en lo que no le importa», pero Miguel Strogoff le lanzó una mirada tan poco complaciente que el dormilón volvióse del lado opuesto, librando a la joven viajera de tan incómoda vecindad, mientras ella miraba al joven durante unos instantes, reflejando un mudo y modesto agradecimiento en su mirada.
Pero tenía que presentarse otra circunstancia que daría a Miguel Strogoff la medida exacta del carácter de la joven.
Doce verstas antes de llegar a la estación de Nijni-Novgorod, en una brusca curva de vía, el tren experimentó un choque violentísimo y después, durante unos minutos, rodó por la pendiente de un terraplén.
Viajeros más o menos volteados, gritos, confusión, desorden general en los vagones, tales fueron los efectos inmediatos ante el temor de que se hubiera producido un grave accidente; así, incluso antes de que el tren se detuviera, las puertas de los vagones quedaron abiertas y los aterrorizados viajeros no tenían más que un pensamiento: abandonar los coches y buscar refugio fuera de la vía.
Miguel Strogoff pensó al instante en su vecina, pero, mientras los otros viajeros del compartimiento se precipitaban fuera del vagón, gritando y empujándose, la joven permaneció tranquilamente en su sitio, con el rostro apenas alterado por una ligera palidez.
Ella esperaba. Miguel Strogoff también.
Ella no había hecho ningún movimiento para salir del vagón.
Miguel Strogoff no se movió tampoco.
Ambos permanecieron impasibles.
«Una naturaleza enérgica», pensó Miguel Strogoff. Mientras, el peligro había desaparecido. La rotura del tope del vagón de equipajes había provocado, primero el choque, después la parada del tren, pero poco había faltado para que descarrilara, precipitándose desde el terraplén al fondo de un barranco. El accidente ocasionó una hora de retraso, pero al fin, despejada la vía, el tren reemprendió la marcha y a las ocho y media de la tarde llegaban a la estación de Nijni-Novgorod.
Antes de que nadie pudiera bajar de los vagones, los inspectores de policía coparon las portezuelas examinando a los viajeros. Miguel Strogoff mostró su podaroshna extendido a nombre de Nicolás Korpanoff, y no tuvo dificultad alguna. En cuanto a los otros pasajeros del compartimiento, todos ellos con destino a Nijni-Novgorod, no despertaron sospechas, afortunadamente para ellos.
La joven presentó, no un pasaporte, ya que el pasaporte no se exige en Rusia, sino un permiso acreditado por un sello particular y que parecía ser de una especial naturaleza. El inspector lo leyó con atención y después de examinar minuciosamente el sello que contenía, le preguntó:
-¿Eres de Riga?
-Sí -respondió la joven.
-¿Vas a Irkutsk?
-Sí.
¿Por qué ruta?
-Por la ruta de Perm.
-Bien -respondió el inspector-, pero cuida de que te refrenden este permiso en la
oficina de policía de Nijni-Novgorod.
La joven hizo un gesto de asentimiento.
Oyendo estas preguntas y respuestas, Miguel Strogoff experimentó un sentimiento de sorpresa y piedad al mismo tiempo. ¡Cómo! ¡Esta muchacha, sola, por los caminos de la lejana Siberia en donde a los peligros habituales se sumaban ahora los riesgos de un país invadido y sublevado! ¿Cómo llegará a Irkutsk? ¿ Qué será de ella … ?
Finalizada la inspección, las puertas de los vagones quedaron abiertas, pero, antes de que Miguel Strogoff hubiera podido iniciar un movimiento hacia la muchacha, ésta había descendido del vagón, desapareciendo entre la multitud que llenaba los andenes de la estación.

5. UN DECRETO EN DOS ARTÍCULOS
Nijni-Novgorod, o Novgorod la Baja, situada en la confluencia del Volga y del Oka, es la capital del gobierno de este nombre. Era allí donde Miguel Strogoff debía abandonar la línea férrea, que en esta época no se prolongaba más allá de esta ciudad.
Así pues, a medida que avanzaba, los medios de comunicación se volvían menos rápidos, a la vez que más inseguros.
Nijni-Novgorod, que en tiempos ordinarios no contaba más que de treinta a treinta y cinco mil habitantes, albergaba ahora más de trescientos mil, o sea, que su población se había decuplicado. Este crecimiento era debido a la célebre feria que se celebraba dentro de sus muros durante un período de tres semanas. En otros tiempos había sido Makariew quien se había beneficiado de esta concurrencia de comerciantes; pero desde 1817, la feria había sido trasladada a Nijni-Novgorod.
La ciudad, bastante triste habitualmente, presentaba entonces una animación extraordinaria. Diez razas diferentes de comerciantes, europeos o asiáticos, confraternizaban bajo la influencia de las transacciones comerciales.
Aunque la hora en que Miguel Strogoff salió de la estación era ya avanzada, se velan aun grandes grupos de gente en estas dos ciudades que, separadas por el curso del Volga, constituyen Nijni-Novgorod, la más alta de las cuales, edificada sobre una rocaescarpada, está defendida por uno de esos fuertes llamados kreml en Rusia.
Si Miguel Strogoff se hubiese visto obligado a permanecer en Nijni-Novgorod, difícilmente hubiera encontrado hotel o ni siquiera posada un tanto conveniente porque todo estaba lleno. Sin embargo, como no podía marchar inmediatamente porque le era necesario tomar el buque a vapor del Volga, debía encontrar cualquier albergue. Pero antes quería conocer la hora exacta de salida del vapor, por lo que se dirigió a las oficinas de la compañía propietaria de los buques que hacen el servicio entre Nijni-Novgorod y Perm.
Allí, para su disgusto, se enteró de que el Cáucaso -éste era el nombre del buque- no salía hacia Perrn hasta el día siguiente al mediodía. ¡Tenía que esperar diecisiete horas!
Era desagradable para un hombre con tanta prisa, pero no tuvo más remedio que resignarse. Y fue lo que hizo, porque él no se disgustaba jamás sin motivo.
Además, en las circunstancias actuales, ningún coche, talega o diligencia, berlina o cabriolé de posta ni veloz caballo, le hubiera conducido tan rápido, bien sea a Perm o a Kazan. Por ello más valía esperar la partida del vapor, que era más rápido que ningún otro medio de transporte de los que podía disponer y que le haría recuperar el tiempo perdido.
He aquí, pues, a Miguel Strogoff, paseando por la ciudad y buscando, sin impacientarse demasiado, un albergue donde pasar la noche. Pero no se hubiera preocupado mucho si no fuera por el hambre que le pisaba los talones, y probablemente hubiera deambulado hasta la mañana siguiente por las calles de Nijni-Novgorod. Por eso, lo que se proponía encontrar era, más que una cama, una buena cena, pero encontró ambas cosas en la posada Ciudad de Constantinopla.
El posadero le ofreció una habitación bastante aceptable, no muy llena de muebles, pero en la que no faltaban ni la imagen de la Virgen ni las de algunos iconos, enmarcadas en tela dorada. Inmediatamente le fue servida la cena, teniendo suficiente con un pato con salsa agria y crema espesa, pan de cebada, leche cuajada, azúcar en polvo mezclado con canela y una jarra de kwass, especie de cerveza muy común en Rusia. No le hizo falta más para quedar saciado. Y, por supuesto, se sació mucho más que su vecino de mesa que en su calidad de «viejo creyente» de la secta de los Raskolniks, con voto de abstinencia, apartaba las patatas de su plato y se guardaba mucho de ponerle azúcar a su té.
Terminada su cena, Miguel Strogoff, en lugar de subir a su habitación, reemprendió maquinalmente su paseo a través de la ciudad. Pero pese a que el largo crepúsculo se prolongaba todavía, las calles iban quedándose, poco a poco, desiertas, reintegrándose cada cual a su alojamiento.
¿Por qué Miguel Strogoff no se había metido en la cama como era lo lógico después de toda una jornada pasada en el tren? ¿Pensaba en aquella joven livoniana que durante algunas horas había sido su compañera de viaje? No teniendo nada mejor que hacer, pensaba en ella. ¿Creía que, perdida en esta tumultuosa ciudad, estaba expuesta a cualquier insulto? Lo temía, y tenía sus razones para temerlo. ¿Esperaba, pues, encontrarla y, en caso necesario, convertirse en su protector? No. Encontrarla era difícil y en cuanto a protegerla… ¿Con qué derecho?
« ¡Sola -se decía-, sola en medio de estos nómadas! ¡Y los peligros presentes no son nada comparados con los que le esperan! ¡Siberia! ¡Irkutsk! Lo que yo voy a intentar por Rusia y por el Zar ella lo va a hacer por… ¿Por quién? ¿Por qué? ¡Y tieneautorización para traspasar la frontera! ¡Con todo el país sublevado y bandas tártaras corriendo por las estepas … !»
Miguel Strogoff se detuvo para reflexionar durante algunos instantes.
«Sin duda -pensó- la intención de viajar la tuvo antes de la invasión. Puede ser que ignore lo que está pasando… Pero no; los mercaderes comentaron delante de ella los disturbios que hay en Siberia y ella no pareció asombrarse… Ni siquiera ha pedido una explicación… Lo sabía y sin embargo continúa… ¡Pobre muchacha! ¡Ha de tener motivos muy poderosos! Pero por valiente que sea -y lo es mucho, sin duda-, sus fuerzas la traicionarán durante el viaje porque, aun sin tener en cuenta los peligros y las dificultades, no podrá soportar las fatigas y nunca conseguirá llegar a Irkutsk … »
Mientras reflexionaba, Miguel Strogoff no cesaba de caminar al albur, pero como conocía perfectamente la ciudad, no tendría dificultad alguna en encontrar el camino de la pensión.
Después de haber deambulado durante una hora fue a sentarse en un banco adosado a la fachada de una gran casa de madera que se levantaba en medio de otras muchas que rodeaban una vasta plaza.
Estaba sentado hacía unos cinco minutos cuando una mano se apoyó fuertemente en su hombro.
-¿Qué haces aquí? -le preguntó con voz ruda un hombre de elevada estatura al que no había visto venir.
-Estoy descansando -le respondió Miguel Strogoff.
-¿Es que tienes la intención de pasar aquí la noche? -replicó el hombre.
-Sí, si ello me interesa -contestó Miguel Strogoff con un tono demasiado acre para pertenecer a un simple comerciante, que es lo que él debía ser.
-Acércate para que te vea -dijo el hombre.
Miguel Strogoff, acordándose que debía ser prudente antes que nada, retrocedió instintivamente.
-No hay ninguna necesidad de que me veas -respondió.
Y con toda su sangre fría, interpuso entre él y su interlocutor una distancia de unos diez pasos.
Observándolo bien, le pareció entonces que se las había con uno de esos bohemios que uno se encuentra en todas las ferias y con los cuales hay que evitar cualquier tipo de relación. Después, mirándolo más atentamente a través de las sombras que comenzaban a espesarse, distinguió cerca de la casa un gran carretón, morada habitualy ambulante de los cíngaros o gitanos que acuden en Rusia como un hormiguero allá donde hay algunos kopeks a ganar.
Mientras tanto, el bohemio había dado dos o tres pasos adelante y se preparaba para interpelar más directamente a Miguel Strogoff, cuando se abrió la puerta de la casa y apareció una mujer, apenas visible entre las sombras, la cual avanzó vivamente y, en un lenguaje rudo que Miguel Strogoff identificó como una mezcolanza de mongol y siberiano, dijo:
-¿Otro espía? Déjalo y vente a cenar. El papluka está esperando.
Miguel Strogoff no pudo evitar sonreírse por la calificación que le aplicaba la mujer, precisamente a él, que temía sobremanera a los espías.
El hombre, en el mismo lenguaje, pero empleando un acento muy distinto al de la mujer, respondió algunas palabras que venían a decir, poco más o menos:
-Tienes razón, Sangarra. Por lo demás, mañana nos habremos ido.
-¿Mañana? -replicó a media voz la mujer, con un tono que denotaba cierta sorpresa.
-Sí, Sangarra, mañana -respondió el bohemio- y es el mismo Padre el que nos envía… adonde queremos ir.
Y después de esto, hombre y mujer entraron en la casa, cerrando cuidadosamente la puerta tras ellos.
«¡Bueno! -se dijo Miguel Strogoff-. Si estos bohemios tienen interés en que no les entienda, tendría que aconsejarles que empleasen otra lengua para hablar delante de mí! »
En su calidad de siberiano y por haber pasado toda su infancia en la estepa, Miguel Strogoff -como queda dicho- comprendía casi todos los idiomas empleados desde Tartaria al océano Glacial. En cuanto al preciso significado de las palabras de los bohemios, no se preocupó demasiado por averiguarlo. ¿Qué interés podía tener para él?
Como era ya hora avanzada, Miguel Strogoff decidió volverse al albergue con la intención de descansar un poco. Siguiendo el curso del Volga, en donde las aguas desaparecen bajo las sombras de innumerables embarcaciones, encontró fácilmente la forma de orientarse para volver a la pensión. Aquella aglomeración de carretones y casas ocupaba, precisamente, la vasta plaza donde se celebraba cada año el principal mercado de Nijni-Novgorod, lo cual explicaba la afluencia de tal cantidad de saltimbanquis y bohemios que acudían de todas partes del mundo.
Una hora más tarde, Miguel Strogoff dormía con sueño algo agitado, en una de esas camas rusas que tan duras parecen a los extranjeros. El día siguiente, 17 de julio, sería su gran día.
Las cinco horas que le quedaban aún por pasar en Nijni-Novgorod le parecían un siglo. ¿Qué podía hacer para ocupar la mañana, como no fuese deambular por las calles como la víspera? Una vez tomado su desayuno, arreglado el saco y visado su podaroshna en la oficina de policía, no tenía nada más que hacer hasta la hora de la partida. Pero como no estaba acostumbrado a levantarse después que el sol, se vistió, colocó cuidadosamente la carta con las armas imperiales en el fondo de un bolsillo practicado en el forro de la túnica, apretó el cinturón sobre ella, cerró el saco de viaje y echándoselo sobre los hombros salió de la posada. Como no quería volver a la Ciudad de Constantinopla, liquidó su cuenta, contando con almorzar a orillas del Volga, cerca del embarcadero.
Para mayor seguridad, Miguel Strogoff volvió a presentarse en las oficinas de la compañía para reafirmarse de que el Cáucaso partía a la hora que le habían anunciado.
Un pensamiento le vino entonces a la mente por primera vez. Ya que la joven livoniana había de tomar la ruta de Perm, era muy posible que tuviera el proyecto de embarcar también en el Cáucaso, con lo que no tendrían más remedio que hacer el viaje juntos. La ciudad alta, con su kremln, cuyo perímetro medía dos verstas y era muy parecido al de Moscú, estaba muy abandonada en aquella ocasión; ni siquiera el gobernador vivía allí. Sin embargo, la ciudad baja estaba excesivamente animada.
Miguel Strogoff, después de atravesar el Volga por un puente de madera guardado por cosacos a caballo, llegó al emplazamiento en donde la víspera se había tropezado con el campamento de bohemios. La feria de Nijni-Novgorod se montaba un poco en las afueras de la ciudad y ni siquiera la feria de Leipzig podía rivalizar con ella. En una vasta explanada situada más allá del Volga se levanta el palacio provisional del gobernador general, que tiene la orden de residir allí mientras dura la feria, ya que a causa de la variada gama de elementos que a ella concurrían, necesitaba una vigilancia especial.
Esta explanada estaba ahora llena de casas de madera, simétricamente dispuestas, de forma que dejaban entre ellas avenidas bastante amplias como para que pudiera circular libremente la multitud. Una aglomeración de casas de todas formas y tamaños constituía un barrio aparte y en cada una de estas aglomeraciones se practicaba un género determinado de comercio. Había el barrio de los herreros, el de los cueros, el de la madera, el de las lanas, el de los pescados secos, etc. Algunas de estas casas estaban construidas con materiales de alta fantasía, como ladrillos de té, bloques de carne salada, etc., es decir, con las muestras de aquellos artículos que los propietarios ofrecían a los compradores con esa singular forma de reclamo tan poco americana. En esas avenidas bañadas en toda su extensión por el sol, que había salido antes de las cuatro, la afluencia de gente era ya considerable. Rusos, siberianos, alemanes, griegos, cosacos, turcos, indios, chinos; mezcla extraordinaria de europeos y asiáticos comentando, discutiendo, perorando y traficando. Todo lo que se pueda comprar y vender parecía estar reunido en esa plaza. Porteadores, caballos, camellos, asnos, barcas, carros, todo vehículo que pudiera servir para el transporte estaba acumulado sobre el campo de la feria. Cueros, piedras preciosas, telas de seda, cachemires de la India, tapices turcos, armas del Cáucaso, tejidos de Esmirna o de Ispahan, armaduras de Tiflis, té, bronces europeos, relojes de Suiza, terciopelos y sedas de Lyon, algodones ingleses, artículos para carrocerías, frutas, legumbres, minerales de los Urales, malaquitas, lapislázuli, perfumes, esencias, plantas medicinales, maderas, alquitranes, cuerdas, cuernos, calabazas, sandías, etc. Todos los productos de la India, de China, de Persia, los de las costas del mar Caspio y mar Negro, de América y de Europa, estaban reunidos en aquel punto del globo.
Había un movimiento, una excitación, un barullo y un griterío indescriptibles y la expresividad de los indígenas de clase inferior iba pareja con la de los extranjeros, que no les cedían terreno sobre ningún punto. Había allí mercaderes de Asia central que habían empleado todo un año para atravesar tan inmensas llanuras escoltando sus mercancías, y los cuales no volverían a ver sus tiendas o sus despachos hasta dentro de otro año. En fin, la importancia de la feria de Nijni-Novgorod era tal que la cifra de las transacciones no bajaba de los cien millones de rublos.
Aparte, en las plazas de los barrios de esta ciudad improvisada, había una aglomeración de vividores de toda clase: saltimbanquis y acróbatas, que ensordecían con el ruido de sus orquestas y las vociferaciones de sus reclamos; bohemios llegados de las montañas que decían la buenaventura a los bobalicones de entre un público en continua renovación; cíngaros o gitanos -nombre que los rusos dan a los egipcios, que son los antiguos descendientes de los coptos-, cantando sus más animadas canciones y bailando sus danzas más originales; actores de teatrillos de feria que representaban obras de Shakespeare, muy apropiadas al gusto de los espectadores, que acudían en tropel. Después, a lo largo de las avenidas, domadores de osos que paseaban en plena libertad a sus equilibristas de cuatro patas; casas de fieras que retumbaban con los roncos rugidos de los animales, estimulados por el látigo acerado o por la vara del domador; en fin, en medio de la gran plaza central, rodeados por un cuádruple círculo de desocupados admiradores, un coro de «remeros del Volga», sentados en el suelo como si fuera el puente de sus embarcaciones simulaban la acción de remar bajo la batuta de un director de orquesta, verdadero timonel de su buque imaginario.
Por encima de la multitud, una nube de pájaros se escapaba de las jaulas en que habían sido transportados. ¡Costumbre bizarra y hermosa! Según una tradición muy arraigada en la feria de Nijni-Novgorod, a cambio de algunos kopeks caritativamente ofrecidos por buenas personas, los carceleros abrían las puertas a sus prisioneros y éstos volaban a centenares, lanzando sus pequeños y alegres trinos.
Tal era el aspecto que ofrecía la explanada y así permanecería durante las seis semanas que ordinariamente duraba la feria de Nijni-Novgorod. Después de este ensordecedor período, el inmenso barullo desaparecería como por encanto, y la ciudad alta reemprendería su carácter oficial, la ciudad baja volvería a su monotonía ordinaria y de esta enorme afluencia de comerciantes pertenecientes a todos los lugares de Europa y Asia central, no quedaría ni un solo vendedor con algo que vender, ni un solo comprador que buscase alguna cosa que comprar.
Conviene precisar que, esta vez al menos, Francia e Inglaterra estaban cada una representada en el gran mercado de Nijni-Novgorod por uno de los productos más distinguidos de la civilización moderna: los señores Harry Blount y Alcide Jolivet.
En efecto, los dos corresponsales habían venido en busca de impresiones que pudieran servirles en provecho de sus lectores y ocupaban de la mejor forma las horas que les quedaban libres, ya que ellos también embarcaban en el Cáucaso.
En el campo de la feria se encontraron precisamente uno y otro, pero no se mostraron muy sorprendidos, ya que un mismo instinto debía conducirles tras la misma pista; pero esta vez no entablaron conversación y limitáronse a cruzar un saludo bastante frío.
Alcide Jolivet, optimista por naturaleza, parecía creer que todo iba sobre ruedas y, como el azar le había proporcionado por suerte para él mesa y albergue, había anotado en su bloc algunas frases particularmente favorables para la ciudad de Nijni-Novgorod. Por el contrario, Harry Blount, después de haber buscado inútilmente un sitio para cenar, había tenido que dormir a la intemperie, por lo que su apreciación de las cosas tenía un muy distinto punto de vista y trenzaba un artículo demoledor contra una ciudad en la cual los hoteles se niegan a recibir a los viajeros que no piden otra cosa que dejarse despellejar «moral y materialmente».
Miguel Strogoff, con una mano en el bolsillo y sosteniendo con la otra su larga pipa de madera de cerezo, parecía el más indiferente y el menos impaciente de los hombres. Sin embargo, en una cierta contracción de sus músculos superficiales, un observador hubiera reconocido fácilmente que tascaba el freno.
Desde hacía unas dos horas deambulaba por las calles de la ciudad para volver, invariablemente, al campo de la feria. Circulando entre los diferentes grupos, observó que una real inquietud embargaba a todos los comerciantes llegados de los lugares vecinos de Asia. Las transacciones se resentían visiblemente. Que los bufones, saltimbanquis y equilibristas hicieran gran barullo frente a sus barracas se comprendía, ya que estos pobres diablos no tenían nada que perder en ninguna operación comercial, pero los negociantes dudaban en comprometerse con los traficantes de Asia central, sabiendo a todo el país turbado por la invasión tártara.
También había otro síntoma que debía ser señalado. En Rusia el uniforme militar aparece en cualquier ocasión. Los soldados se mezclan voluntariamente entre el gentío y, precisamente en Nijni-Novgorod durante el período de la feria, los agentes de la policía están ayudados habitualmente por numerosos cosacos que, con la lanza sobre el hombro, mantienen el orden en esta aglomeración de trescientos mil extranjeros. Sin embargo, aquel día, los cosacos u otras clases de militares, estaban ausentes del gran mercado. Sin duda, en previsión de una partida inmediata, estaban concentrados en sus cuarteles.
Pero, mientras no se veía un soldado por ninguna parte, no ocurría así con los oficiales ya que, desde la víspera, los ayudas de campo con destino en el Palacio del gobernador se habían lanzado en todas direcciones, todo lo cual constituía un movimiento desacostumbrado que sólo podía explicarse dada la gravedad de los acontecimientos. Los correos se multiplicaban por todos los caminos de la provincia, ya hacia Wladimir, ya hacia los montes Urales. El cambio de despachos telegráficos entre Moscú y San Petersburgo era incesante. La situación de Nijni-Novgorod, no lejos de la frontera siberiana, exigla evidentemente serias precauciones. No se podía olvidar que en el siglo XIV la ciudad había sido tomada dos veces por los antecesores de estos tártaros que ahora la ambición de Féofar-Khan lanzaba a través de las estepas kirguises.
Un alto personaje, no menos ocupado que el gobernador general, era el jefe de policía. Sus agentes y él mismo, encargados de mantener el orden, de atender las reclamaciones, de velar por el cumplimiento de los reglamentos, no descansaban un instante. Las oficinas de la administración, abiertas día y noche, se veían asediadas incesantemente, tanto por los habitantes de la ciudad como por los extranjeros, europeos o asiáticos.
Miguel Strogoff se encontraba precisamente en la plaza central cuando se extendió el rumor de que el jefe de policía acababa de ser llamado urgentemente al palacio del gobernador general. Un importante mensaje, se decía, había motivado esta llamada. El jefe de policía se presentó, pues, en el palacio del gobernador y enseguida, como por un presentimiento general, la noticia circulaba entre la gente; contra toda previsión y contra toda costumbre, iba a ser tomada una medida grave.
Miguel Strogoff escuchaba cuanto se decía para, en caso de necesidad, sacar provecho de las noticias.
-¡Se va a cerrar la frontera! -gritaba uno.
-¡El regimiento de Nijni-Novgorod acababa de recibir orden de marcha! –respondía otro.
-¡Se dice que los tártaros amenazan Tomsk!
-¡Aquí llega el jefe de policía! -se oyó gritar por todas partes.
Súbitamente se produjo un gran barullo que fue disminuyendo poco a poco hasta que fue sustituido por un silencio absoluto. Todos presentían que el gobernador iba a dar algún comunicado grave.
El jefe de policía, precedido por sus agentes, acababa de abandonar el palacio del gobernador general. Un destacamento de cosacos le acompañaba e iba abriendo paso entre la multitud a fuerza de golpes, violentamente dados y pacientemente recibidos. El jefe de policía llegó al centro de la plaza y todo el mundo pudo ver que tenía un despacho en la mano.
«DECRETO DEL GOBERNADOR DE NIJNI-NOVGOROD
»Artículo primero. Prohibido a todo individuo de nacionalidad rusa abandonar la provincia, bajo ningún concepto.
»Artículo segundo. Se da la orden a todos los extranjeros de origen asiático de abandonar la provincia en el plazo máximo de veinticuatro horas.»

6. HERMANO Y HERMANA
Estas medidas, tan funestas para los intereses privados, estaban justificadas por las circunstancias.
«Prohibido a todo individuo de nacionalidad rusa abandonar la provincia bajo ningún concepto.» Si Ivan Ogareff se encontraba aún en la provincia, esto le impediría, o le impondría serias dificultades al menos, reunirse con Féofar-Khan, con lo que el terrible jefe tártaro contaría con un gran auxiliar.
« Orden a todos los extranjeros de origen asiático de abandonar la provincia en el plazo máximo de veinticuatro horas.» Esto significaba alejar en bloque a los traficantes venidos de Asia central, así como a las tribus de bohemios, egipcios y gitanos, que tienen más o menos afinidad con las poblaciones tártaras o mongoles y a los cuales había reunido la feria. Por cada persona era de temer un espía, por lo que su expulsión era aconsejable, dado el estado de cosas.
Pero se comprende fácilmente que estos dos artículos hicieron el efecto de dos rayos abatiéndose sobre la ciudad de Nijni-Novgorod, necesariamente más amenazada y más perjudicada que ninguna otra.
Así pues, los nacionales que tenían negocios que les reclamaban más allá de la frontera siberiana no podían dejar la provincia, momentáneamente al menos. El tono del primer artículo era serio. No admitía excepciones. Todo interés privado debía sacrificarse ante el interés general. En cuanto al segundo artículo del decreto, la orden de expulsión era, asimismo, inapelable. No concernía a otros extranjeros que a los de origen asiático, pero éstos no tenían más remedio que empaquetar sus mercancías y reemprender la ruta que acababan de recorrer. En cuanto a todos los saltimbanquis, cuyo número era considerable, tenían cerca de mil verstas que recorrer antes de llegar a la frontera más próxima y para ellos esto significaba la miseria a corto plazo.
Inmediatamente se elevó un clamor de protesta contra esta insólita medida, un grito de desesperación que fue prontamente reprimido por los cosacos y los agentes de policía. Casi al instante comenzó el desmantelamiento de la vasta explanada. Se plegaron las telas tendidas delante de las barracas; los teatrillos de feria se desarmaron; cesaron los bailes y las canciones; se desmontaron los tenderetes; se apagaron las fogatas; se descolgaron las cuerdas de los equilibristas; los viejos caballos que arrastraban aquellas viviendas ambulantes fueron sacados de las cuadras para ser enjaezados a las mismas. Agentes y soldados, con el látigo o la fusta en la mano, estimulaban a los rezagados y derribaban algunas de las tiendas, incluso antes de que los pobres bohemios hubieran tenido tiempo de abandonarlas. Evidentemente, bajo la influencia de tales medidas, antes de la llegada de la tarde, la plaza de Nijni-Novgorod estaría totalmente evacuada y al tumulto del gran mercado le sucedería el silencio del desierto.
Es preciso repetir todavía, porque se trataba de una agravación obligada de las medidas, que a estos nómadas a los que les afectaba directamente el decreto de expulsión, les estaban también prohibidas las estepas siberianas y no tendrían más remedio que dirigirse hacia el sur del mar Caspio, bien a Persia, a Turquía o a las planicies del Turquestán.
Los puestos del Ural y de las montañas que forman como una prolongación de este río sobre la frontera rusa, no podían traspasarlos. Tenían, pues, ante ellos, un millar de verstas que se verían obligados a atravesar, antes de pisar suelo libre. En el momento en que el jefe de policía acabó la lectura del decreto, por la mente de Miguel Strogoff cruzó instintivamente un pensamiento:
«¡Singular coincidencia -pensó- entre este decreto que expulsa a los extranjeros originarios de Asia y las palabras que se cruzaron anoche entre los dos bohemios de raza gitana! “Es el Padre mismo quien nos envía adonde queremos ir”. dijo el hombre. Pero “el Padre” ¡es el Emperador! ¡No se le designa de otra forma entre el pueblo! ¿Cómo estos bohemios podían prever la medida tomada contra ellos?, ¿cómo la conocían con anticipación y dónde quieren ir? ¡He aquí gente sospechosa a la cual el decreto del gobernador parece serle más útil que perjudicial! »
Pero estas reflexiones, seguramente exactas, fueron cortadas por otra que ocuparía todo el ánimo de Miguel Strogoff. Y olvidó a los gitanos, sus sospechosos propósitos y hasta la extraña coincidencia que resultaba de la publicación del decreto… El recuerdo de la joven livoniana se le presentó súbitamente.
-¡Pobre niña! -exclamo como a pesar suyo no podrá atravesar la frontera…
En efecto, la joven había nacido en Riga, era livoniana y, por consecuencia, de nacionalidad rusa y no podía, por tanto, abandonar el territorio ruso. El permiso que se le había extendido antes de las nuevas medidas, evidentemente ya no era válido. Todos los caminos de Siberia le estaban inexorablemente cerrados y, cualquiera que fuese el motivo que la conducía a Irkutsk, ahora le estaba totalmente prohibido.
Este pensamiento preocupó vivamente a Miguel Strogoff, el cual se decía, aunque muy vagamente al principio, que sin descuidar nada de lo que su importante misión exigía de él, quizá le fuera posible servir de alguna ayuda a esta valiente muchacha. La idea le agradó. Conocedor de los peligros que él mismo, siendo hombre enérgico y vigoroso, tenía personalmente que afrontar en un país del cual conocía perfectamente todas las rutas, no tenía más remedio que pensar en que estos peligros serían infinitamente más temibles para una joven. Ya que iba a Irkutsk, tenía que seguir su misma ruta, viéndose obligada a atravesar las hordas de invasores, como él mismo iba a intentar conseguir. Sí. por otra parte, ella no tenía a su disposición más que los recursos necesarios para un viaje en circunstancias ordinarias, ¿cómo podría llevarlo a cabo en unas condiciones que las circunstancias habían hecho, no solamente peligrosas, sino tan costosas?
«¡Pues bien! -se dijo, ya que toma la ruta de Perm, es casi imposible que no la encuentre. Así podré velar por ella sin que se dé cuenta, y como me da la impresión de que tiene tanta prisa como yo por llegar a Irkutsk, no, me ocasionará ningún retraso.»
Pero un pensamiento sugiere otro y no había pensado hasta entonces que en la hipótesis de que pudiera realizar esta buena acción, recibiría un buen servicio. Una idea nueva acababa de nacer en su mente y la cuestión se presentó ante él bajo otro aspecto.
«De hecho -se dijo- yo puedo tener más necesidad de ella que ella de mí. Su presencia no me será perjudicial y me servirá para alejar de mí las sospechas, ya que un hombre corriendo solo a través de la estepa puede fácilmente ser tenido por un correo del Zar. Si, por el contrario, me acompaña esta joven, puedo tranquilamente pasar ante los ojos de todos como el Nicolás Korpanoff de mi podaroshna. Es, pues, necesario que me acompañe. ¡Es preciso encontrarla! ¡No es probable que desde ayer por la tarde haya conseguido encontrar un coche para abandonar Nijni-Novgorod! ¡A buscarla, pues, y que Dios me guíe! »
Miguel Strogoff abandonó la gran plaza de Nijni-Novgorod, en donde el tumulto provocado por la ejecución de las medidas prescritas había llegado a su punto álgido. Recriminaciones de los extranjeros proscritos, gritos de los agentes y cosacos que la emprendían a golpes con ellos… Era un barullo indescriptible. La joven que buscaba no podía estar allí. Eran las nueve de la mañana. El vapor no partía hasta el mediodía, por tanto, Miguel Strogoff disponía de unas dos horas para encontrar a aquella que quería convertir en su compañera de viaje.
Atravesó de nuevo el Volga y recorrió otra vez los barrios de la otra orilla, donde la multitud era bastante menos considerable. Puede decirse que revisó calle por calle de la ciudad alta y baja, entró en las iglesias, refugio natural de todo aquel que llora, de todo el que sufre y en ninguna parte encontró a la joven livoniana.
-Y, sin embargo -se repetía- no puede haber abandonado todavía Nijni-Novgorod. ¡Continuemos buscando!
Miguel Strogoff continuó errando durante dos horas sin pararse en ninguna parte ni sentir la fatiga; obedecía a un sentimiento imperioso que no le permitía reflexionar. Pero fue en vano.
Le pasó entonces por la imaginación que podía ser que la joven no conociera el decreto, circunstancia improbable, ya que un golpe como ése no podía asestarse sin ser conocido por todo el mundo. Además, interesada evidentemente por conocer cualquier noticia proveniente de Siberia, ¿cómo podía ignorar las medidas tomadas por el gobernador y que tan directamente la afectaban?
Pero, en fin, si ella las desconocía, estaría a aquellas horas en el embarcadero y allí, cualquier insoportable agente le negaría sin miramientos el pasaje. Era necesario verla antes a cualquier precio, para que gracias a él evitara tal contrariedad. Pero fueron vanos todos sus esfuerzos y estaba perdiendo toda esperanza de encontrarla. Eran entonces las once. Miguel Strogoff, aunque en cualquier otra circunstancia no era necesario, fue a presentar su podaroshna a la oficina del jefe de policía. El decreto no podía, evidentemente, afectarle, ya que esta circunstancia estaba prevista, pero quería asegurarse de que nada se opondría a su partida de la ciudad.
Tuvo, pues, que volver a la otra orilla del Volga, en donde se encontraban las oficinas del jefe de policía. Allí había gran afluencia de gente porque aunque los extranjeros tenían que abandonar el país, estaban igualmente sometidos a las formalidades de rigor.
Sin esta precaución cualquier ruso más o menos comprometido en el movimiento tártaro hubiera podido, gracias a cualquier ardid, pasar la frontera, lo que pretendía evitar el decreto. Se les expulsaba, pero necesitaban un permiso de salida.
Así, pues, saltimbanquis, bohemios, cíngaros, gitanos, mezclados con los comerciantes persas, turcos, hindúes, turquestanos y chinos, llenaban el patio y las oficinas de la policía.
Todos se apresuraban, ya que los medios de transporte iban a estar singularmente solicitados por tal multitud de expulsados y los que llegasen tarde corrían el riesgo de no poder cumplir con el plazo fijado, lo cual les expondría a la brutal intervención de los agentes del gobernador.
Miguel Strogoff, gracias al vigor de sus codos, pudo atravesar el patio, aunque entrar en la oficina y llegar hasta la ventanilla de los empleados era una hazaña realmente difícil. Sin embargo, unas palabras dichas al oído de un agente y la entrega de unos oportunos rublos fueron suficientes para abrirle paso.
El agente, después de introducirle a la sala de espera, fue a avisar a un funcionario de más categoría. No tardaría, pues, Miguel Strogoff, en estar en regla con la policía y libre de movimientos.
Mientras esperaba, miró a su alrededor y… ¿qué vio? Allí, sobre un banco, echada más que sentada, una joven, presa de muda desesperación, aunque no pudo apenas distinguir su rostro porque únicamente su perfil se dibujaba sobre la pared. Miguel Strogoff no se había equivocado. Acababa de reconocer a la joven livoniana. Desconociendo el decreto del gobernador, había venido a la oficina del jefe de policía para hacerse visar su permiso… Pero se le había negado el visado. Sin duda estaba autorizada para ir a Irkutsk, pero el decreto era formal y anulaba todas las autorizaciones anteriores, por lo que los caminos de Siberia se le habían cerrado.
Miguel Strogoff, dichoso por haberla encontrado al fin, se acercó a ella. La joven lo miró un instante y sus ojos brillaron por un momento al volver a ver a su compañero de viaje. Se levantó instintivamente de su asiento y, como un náufrago que se agarra a su única tabla de salvación, iba a pedirle ayuda… En aquel momento, el agente tocó la espalda de Miguel Strogoff.
-El jefe de policía le espera -dijo.
-Bien -respondió Miguel Strogoff.
Y, sin dirigir una sola palabra a la que tanto había estado buscando, sin prevenirla con algún gesto que podría haberlos comprometido a los dos, siguió al agente a través de los grupos compactos de gente. La joven livoniana, viendo desaparecer al único que podía acudir en su ayuda, se dejó caer nuevamente sobre el banco.
Aún no habían transcurrido tres minutos cuando reapareció Miguel Strogoff acompañado por un agente. Llevaba en la mano su podaroshna que le franqueaba las rutas de Siberia.
Se acercó entonces a la joven livoniana y, tendiéndole la mano, le dijo:
-Hermana…
¡Ella comprendió y se levantó, como si una súbita inspiración no le hubiera permitido dudar!
-Hermana -prosiguió Miguel Strogoff- tenemos autorización para continuar nuestro viaje a Irkutsk. ¿Vienes conmigo?
-Te sigo, hermano -respondió la joven enlazando su mano con la de Miguel Strogoff.
Y juntos abandonaron las oficinas de la policía.
7. DESCENDIENDO POR EL VOLGA
Poco antes del mediodía, la campana del vapor atraía al embarcadero a una gran cantidad de gente, ya que allí acudieron los que partían y los que hubieran querido partir. Las calderas del Cáucaso tenían la presión suficiente. Su chimenea dejaba escapar una ligera columna de humo, mientras que el extremo del tubo de escape y las tapaderas de las válvulas se coronaban de vapor blanco.
No es necesario decir que la policía vigilaba la partida del Cáucaso y se mostraba implacable con aquellos viajeros que no reunían las condiciones exigidas para abandonar la ciudad. Numerosos cosacos iban y venían por el muelle, prestos para acudir en ayuda de los agentes, aunque no tuvieron necesidad de intervenir, ya que las cosas se desarrollaron sin incidentes.
A la hora fijada sonó el último golpe de campana, se largaron amarras, las poderosas ruedas del vapor golpearon el agua con sus palas articuladas y el Cáucaso navegó entre las dos ciudades que constituyen Nijni-Novgorod. Miguel Strogoff y la joven livoniana habían tomado pasaje en el Cáucaso, embarcando sin ninguna dificultad. Ya se sabe que el podaroshna librado a nombre de Nicolás Korpanoff autorizaba a este negociante a hacerse acompañar durante su viaje a Siberia. Eran un hermano y una hermana los que viajaban bajo la garantía de la policía imperial.
Ambos, sentados a popa, miraban alejarse la ciudad, tan agitada por el decreto del gobernador.
Miguel Strogoff no había dicho ni una palabra a la joven y ella tampoco le había preguntado nada. Él esperaba a que hablase ella si lo creía conveniente. Ella tenía deseos de abandonar la ciudad en la que, sin la intervención de su providencial protector, hubiera quedado prisionera. No decía nada, pero su mirada reflejaba su agradecimiento.
El Volga, el Rha de los antiguos, está considerado como el río más caudaloso de toda Europa y su curso no es inferior a las cuatro mil verstas (4.300 kilómetros). Sus aguas, bastante insalubres en la parte superior, quedan purificadas en Nijni-Novgorod gracias a las del Oka, afluente que procede de las provincias centrales de Rusia.
Se ha comparado justamente el conjunto de canales y ríos rusos a un árbol gigantesco cuyas ramas se extienden por todas las partes del Imperio. El Volga forma el tronco de este árbol, el cual tiene sus raíces en las setenta desembocaduras que se extienden sobre el litoral del mar Caspio. Es navegable desde Rief, ciudad del gobierno de Tver, es decir, a lo largo de la mayor parte de su curso.
Los buques de la compañía que hacía el servicio entre Perm y Nijni-Novgorod recorren bastante rápidamente las trescientas cincuenta verstas (373 kilómetros) que separan esta última ciudad de Kazan. Es cierto que estos buques sólo tienen que descenderla corriente del Volga, la cual aumenta en unas dos millas por hora la velocidad propia del vapor. Pero cuando se llega a la confluencia del Kama algo más debajo de Kazan, se ven obligados a remontar la corriente de aquel afluente hasta la ciudad de Perm. Por ello, aunque las máquinas del Cáucaso eran poderosas, su velocidad no llegaba más que a las dieciséis verstas por hora y contando con una hora de parada en Kazan, el viaje de Nijni-Novgorod a Perm duraría alrededor de sesenta a sesenta y dos horas.
El buque de vapor estaba en buenas condiciones y los pasajeros, según sus recursos, ocupaban tres clases diferentes de pasaje. Miguel Strogoff había podido conseguir dos de primera clase para que la joven pudiera retirarse a la suya y aislarse cuando quisiera El Cáucaso iba atestado de pasajeros de todas las categorías. Había entre ellos un cierto número de traficantes asiáticos que habían considerado que lo más prudente era salir cuanto antes de Nijni-Novgorod. En la parte del buque reservada a primera clase iban armenios con sus largos vestidos, tocados con una especie de mitra; judíos identificables por sus bonetes cónicos; acomodados chinos con sus trajes tradicionales, largos y de color azul, violeta o negro, abiertos por delante y por detrás y cubiertos por una túnica de anchas mangas, cuyo corte es parecido al de las que usan los popes; turcos portando todavía su turbante nacional; hindúes, con su bonete cuadrado y un cordón en la cintura (algunos de los cuales se designaban con el nombre de shikarpuris), que tenían en sus manos todo el tráfico de Asia central; en fin, los tártaros, calzando botas adornadas con cintas multicolores y el pecho lleno de bordados. Todos estos negociantes habían tenido que dejar en la bodega y en el puente sus abultados bagajes, cuyo transporte les debía de costar caro ya que, según el reglamento, cada persona no tenía derecho más que a un peso de veinte libras.
En la proa del Cáucaso se agrupaban los pasajeros en mayor número, no solamente extranjeros, sino también aquellos rusos a los que el decreto no prohibía trasladarse a otras ciudades de la provincia.
Allí había mujiks, tocados con gorros o casquetes y portando camisas a cuadros pequeños bajo sus bastas pellizas; campesinos del Volga, con pantalón azul metido dentro de las botas, camisa de algodón de color rosa atada por medio de un cordón y casquete chato o bonete de fieltro. Se veían también mujeres vestidas con ropas de algodón floreado, con delantales de vivos colores y pañuelos de seda roja sobre la cabeza. Éstos constituían principalmente el pasaje de tercera clase a los que, por suerte para ellos, la perspectiva de un largo viaje de retorno no preocupaba demasiado. Esta parte del puente estaba muy concurrida y por eso los pasajeros de popa no se aventuraban demasiado a transitar entre aquellos grupos tan heterogéneos que tenían señalado su sitio delante de los tambores.
Entretanto, el Cáucaso desfilaba a toda máquina entre las orillas del Volga, cruzándose con numerosos buques que los remolcadores arrastraban remontando la corriente del Volga y que transportaban toda clase de mercancías con destino a Nijni-Novgorod. Pasaban trenes cargados de madera, largos como esas interminables hileras de sargazos del Atlántico y chalanas cargadas a tope con el agua llegándoles hasta la borda. Todos ellos hacían un viaje inútil ya que la feria acababa de ser suspendida en sus comienzos.
Las orillas del Volga, salpicadas por la estela del buque, coronábanse con numerosas bandadas de patos salvajes que huían lanzando gritos ensordecedores. Un poco más lejos, sobre aquellas secas llanuras bordeadas de alisos, sauces y tilos, se esparcían algunas vacas de color rojo oscuro, rebaños de ovejas de lana parda y piaras de cerdos blancos y negros. Algunos campos, sembrados de trigo y centeno, se extendían hasta los últimos planos de ribazos a medio cultivar pero que, en suma, no ofrecían ninguna particularidad digna de atención. En estos paisajes monótonos, el lápiz de un dibujante que hubiera buscado algún motivo pintoresco, no habría encontrado nada digno de reproducir.
Dos horas después de la partida del Cáucaso, la joven livoniana se dirigió a Miguel Strogoff, diciéndole:
-¿Tú vas a Irkutsk, hermano?
-Sí, hermana -respondió el joven-. Llevamos la misma ruta y, por tanto, por donde yo pase, pasaras tú.
-Mañana, hermano, sabrás por qué he dejado las orillas del Báltico para ir más allá de los Urales.
-No te pregunto nada, hermana.
-Lo sabrás todo -respondió la joven, cuyos labios esbozaron una triste sonrisa-. Una hermana no debe ocultar nada a su hermano. Pero hoy no podría… La fatiga y la desesperación me tienen destrozada.
-¿Quieres descansar en tu camarote? -preguntó Miguel Strogoff.
-Sí… sí… hasta mañana…
-Ven, pues…
Dudaba en terminar la frase, como si hubiera querido acabarla con el nombre de su compañera, el cual ignoraba todavía.
-Nadia -le dijo la muchacha tendiéndole la mano.
-Ven, Nadia -respondió Miguel Strogoff- y dispón con entera libertad de tu hermano Nicolás Korpanoff.
Y la condujo al camarote que había reservado para ella, situado en el salón de popa. Miguel Strogoff volvió al puente, ávido de noticias que pudieran modificar su itinerario y se mezcló entre los grupos de pasajeros, escuchando pero sin tomar parte en las conversaciones. Aparte de que si el azar quería que alguien le preguntase y se viera en la obligación de responder, se identificaría como el comerciante Nicolás Korpanoff, al que el Cáucaso llevaba en viaje de vuelta a la frontera, porque no quería que nadie sospechase que tenía un permiso especial para viajar por Siberia. Los extranjeros que el vapor transportaba no podían, evidentemente, hablar de los acontecimientos del día, del decreto y sus consecuencias, porque aquellos pobres diablos, apenas recuperados de las fatigas de un viaje a través de Asia central, no osaban exteriorizar de ninguna manera su cólera y su desespero. Un miedo con mezcla de respeto los enmudecía. Además, era probable que hubieran embarcado secretamente en el Cáucaso inspectores de policía encargados de vigilar a los pasajeros y, por tanto, más valía contener la lengua. La expulsión, después de todo, siempre era mejor que el confinamiento en una fortaleza. Así pues, entre aquellos grupos, o se guardaba silencio, o se hablaba con tanta prudencia que no se podía sacar de ellos nada provechoso.
Pero si Miguel Strogoff no tenía nada que aprender en aquel sitio ya que, como no lo conocían, hasta algunas bocas se cerraban al verle pasar, sus oídos recibieron los ecos de una voz poco preocupada de ser o no ser oída.
El hombre que tan alegremente se expresaba hablaba en ruso, pero con acento extranjero, y su interlocutor le respondía en la misma lengua, pero notándose claramente que tampoco era su propio idioma.
-¿Cómo? -decía el primero-. ¿Usted, en este barco, mi querido colega? ¿Usted, a quien vi en la fiesta imperial en Moscú y sólo entreví en Nijni-Novgorod?
-Yo mismo -respondió secamente el segundo personaje.
-Pues bien, francamente, no esperaba verme seguido por usted tan pronto ni tan de cerca.
-¡Yo no le sigo a usted, señor, le precedo!
-¿Me precede? ¡Me precede! Digamos que marchamos paralelamente, llevando el mismo paso, como soldados en una parada militar y que, si usted quiere podemos convenir, provisionalmente al menos, que ninguno de los dos adelantará al otro.
-Todo lo contrario. Pasaré delante de usted.
-Eso lo veremos allá, cuando estemos en el escenario de la guerra; pero hasta entonces ¡qué diablos!, seamos amigos de ruta. Más tarde tendremos muchas ocasiones de ser rivales.
-Enemigos.
-¡Sea, enemigos! ¡Tiene usted, querido colega, tal precisión al hablar que me es particularmente agradable! ¡Con usted sabe, al menos, a qué atenerse uno!
-¿Hay algo de malo en ello?
-Nada hay de malo. Pero a mi vez, le quiero pedir permiso para precisar nuestra reciproca situación.
-Precise.
-Usted va a Perm… como yo.
-Como usted.
-Y, probablemente, desde Perm se dirigirá a Fkaterinburgo, ya que ésta es la mejor ruta y la más segura para franquear los montes Urales.
-Probablemente.
-Una vez traspasada la frontera, estaremos en Siberia, es decir, en plena invasión.
-Estaremos.
-Pues bien, entonces y solamente entonces será el momento de decir: «Cada uno para sí, y Dios para … »
-Dios para mí.
-¡Dios sólo para usted! ¡Muy bien! Pero ya que tenemos a la vista unos ocho días neutros y como no lloverán noticias durante el viaje, seamos amigos hasta el momento de convertirnos en rivales.
-Enemigos.
-¡Sí! ¡Justamente, enemigos! Pero hasta entonces, pongámonos de acuerdo y no nos devoremos mutuamente. Yo le prometo guardar para mí todo lo que pueda ver…
-Y yo todo lo que pueda oír.
-¿Está dicho?
-Dicho está.
-Hela aquí.
Y la mano del primer interlocutor, es decir, cinco dedos ampliamente abiertos, estrecharon vigorosamente los dos dedos que flemáticamente le tendió el segundo.
-A propósito -dijo el primero-, esta mañana he podido telegrafiar a mi prima hasta el texto del decreto, después de las diez y diecisiete.
-Y yo lo he mandado a mi Daily Telegraph después de las diez y trece.
-¡Bravo, señor Blount!
-¡Muy bien, señor Jolivet!
-Me tomaré la revancha.
-Será difícil.
-Lo intentaré, al menos.
Diciendo esto, el corresponsal francés saludó familiarmente al corresponsal inglés, el cual, inclinando la cabeza, le devolvió el saludo con toda su ritual seriedad británica. A estos dos cazadores de noticias, el decreto del gobernador no les afectaba, ya que no eran ni rusos ni extranjeros de origen asiático. Si habían dejado Nijni-Novgorod, continuando adelante, era porque les impulsaba el mismo instinto; de ahí que hubieran tomado idéntico medio de locomoción y siguieran la misma ruta hasta las estepas siberianas. Compañeros de viaje, amigos o enemigos, tenían por delante ocho días antes de que se «levantase la veda» Y entonces, que ganara el más hábil. Alcide Jolivet había hecho los primeros avances y, aunque a regañadientes, Harry Blount los había aceptado. Sea como fuere, aquel día el francés, siempre abierto y algo locuaz, y el inglés, siempre cerrado, comieron juntos en la misma mesa y bebieron un Cliquot auténtico a seis rublos la botella, generosamente elaborado con la savia fresca de los abedules de las cercanías.
Miguel Strogoff, al oír hablar de esta forma a Alcide Jolivet y Harry Blount, pensó:
-He aquí dos curiosos e indiscretos personajes a los que probablemente volveré a encontrar por el camino. Me parece prudente mantenerlos a distancia. La joven livoniana no fue a comer. Dormía en su camarote y Miguel Strogoff no quiso despertarla. Llegó la tarde y aún no había reaparecido sobre el puente del Cáucaso.
El largo crepúsculo impregnó toda la atmósfera de un frescor que los pasajeros buscaban ávidamente, después del agobiante calor del día. Con la tarde bien avanzada, la mayor parte de los pasajeros aún no deseaban volver a los salones o camarotes y tendidos en los bancos respiraban con delicia un poco de la brisa que levantaba la velocidad del buque. El cielo, en esta época del año y en estas latitudes, apenas se oscurecía entre la tarde y la mañana, y dejaba al timonel la luz suficiente para orientar el barco entre las numerosas embarcaciones que descendían o remontaban el Volga. Sin embargo, como había luna nueva, entre las once y las dos de la madrugada, oscureció un poco más y casi todos los pasajeros dormían entonces, reinando un silencio roto únicamente por el ruido de las paletas que golpeaban el agua a intervalos regulares.
Una cierta inquietud mantenía desvelado a Miguel Strogoff, el cual iba y venía por la popa del vapor. Sin embargo, una de las veces llegó más allá de la sala de máquinas, donde se encuentra la parte del barco reservada a los pasajeros de segunda y tercera clase.
Allí dormían no solamente sobre los bancos, sino también sobre los fardos, cajas y hasta sobre las planchas del puente. Los marineros de la sala de máquinas eran los únicos que estaban despiertos y se mantenían de pie sobre el puente de proa. Dos luces, una verde y otra roja, proyectadas por los faroles de situación del buque, enviaban por babor y estribor algunos rayos oblicuos sobre los flancos del vapor. Era necesaria cierta atención para no pisar a los durmientes, caprichosamente tendidos aquí y allá. Para la mayor parte de los mujiks, habituados a acostarse sobre el duro suelo, las planchas del puente debían serles más que suficientes, pero habrían acogido de mala manera a quien les despertase con un puntapié o un pisotón.
Miguel Strogoff, pues, ponía toda su atención en no molestar a nadie y, mientras iba hacia el otro extremo del buque, no tenía otra idea que la de combatir el sueño con un paseo un poco más largo. Había llegado ya a la parte anterior del puente y subía por la escalerilla del puente de proa, cuando oyó voces cerca de él que le hicieron detenerse. Las voces parecían venir de un grupo de pasajeros que estaban envueltos en mantas y chales, por lo que era imposible reconocerlos en la sombra, pero a veces ocurría que la chimenea del vapor, en medio de las volutas de humo, se empenachaba de llamas rojizas cuyas chispas parecían correr entre el grupo, como si millares de lentejuelas quedaran súbitamente alumbradas por un rayo de luz.
Miguel Strogoff iba a continuar cuando distinguió más claramente algunas palabras, pronunciadas en aquella extraña lengua que había oído la noche anterior en el campo de la feria.
Instintivamente pensó escuchar, protegido por la sombra del puente que le impedía ser descubierto. Pero era imposible que pudiera distinguir a los pasajeros que sostenían la conversación. Por tanto, se dispuso a aguzar el oído.
Las primeras palabras que captó no tenían ninguna importancia, al menos para él, pero le permitieron reconocer precisamente las dos voces del hombre y la mujer que había conocido en Nijni-Novgorod, por lo que multiplicó su atención. No era de extrañar, en efecto, que estos gitanos a los que había sorprendido en plena conversación, expulsados como todos sus congéneres, viajaran a bordo del Cáucaso. Fue un acierto el ponerse a escuchar, porque hasta sus oídos llegaron claramente esta pregunta y esta respuesta, hechas en idioma tártaro:
-Se dice que ha salido un correo de Moscú a Irkutsk.
-Eso se dice, Sangarra, pero ese correo llegará demasiado tarde o no llegará. Miguel Strogoff tembló imperceptiblemente al oír esta respuesta que le aludía tan directamente. Intentó asegurarse de si el hombre y la mujer que acababan de hablar eran los que él suponía, pero las sombras eran entonces demasiado espesas y no los pudo reconocer.
Algunos instantes después, Miguel Strogoff, sin ser descubierto, volvió a popa y cogiéndose la cabeza entre las manos trató de reflexionar. Se hubiera podido creer que estaba soñando.
Pero no dormía ni tenía intención de dormir. Reflexionaba sobre esto con viva aprensión:
-¿Quién sabe mi partida y quién tiene, por tanto, interés por conocerla?

8. REMONTANDO EL KAMA
Al día siguiente, 18 de julio, a las seis y cuarenta de la mañana, el Cáucaso llegaba al embarcadero de Kazan, separado siete verstas (siete kilómetros y medio) de la ciudad.
Kazan, situada en la confluencia del Volga y del Kazanka, es una importante capital del gobierno y del arzobispado griego, al mismo tiempo que gran centro universitario.
La variada población de esta ciudad estaba compuesta por cheremisos, mordvianos, chuvaches, volsalcos, vigulitches y tártaros, entre los cuales estos últimos eran los que habían conservado más especialmente su carácter asiático.
A pesar de que la ciudad estaba bastante alejada del desembarcadero, una multitud se apretujaba sobre el muelle a la espera de noticias. El gobernador de la provincia había publicado un decreto idéntico al de su colega de Nijni-Novgorod. Se veían tártaros vestidos con su caftán de mangas cortas y tocados con sus tradicionales bonetes de largas borlas que recuerdan las de Pierrot; otros, envueltos en una larga hopalanda y cubiertos con un pequeño casquete, parecían judíos polacos y mujeres con el pecho cubierto de baratijas, la cabeza coronada por diademas en forma de media luna, formaban diversos grupos que discutían entre sí.
Oficiales de policía mezclados entre la multitud y algunos cosacos con su lanza a punto guardaban el orden y se encargaban de hacer sitio a los pasajeros que descendían y a los que embarcaban, no sin antes haber examinado minuciosamente a ambas categorías de pasajeros, que estaban compuestos, por una parte, por los asiáticos afectados por el decreto de expulsión y, por la otra, mujiks que con sus familias se detenían en Kazan.
Miguel Strogoff miraba con aire indiferente ese ir y venir propio de todos los embarcaderos a los que se aproxima cualquier vapor. El Cáucaso haría escala en Kazan durante una hora, que era el tiempo necesario para proveerse de combustible. La idea de desembarcar no pasó por su imaginación, ya que no quería dejar sola a la joven livoniana, que aún no había reaparecido sobre el puente.
Los dos periodistas se habían levantado con el alba, como correspondía a todo diligente cazador, y bajaron a la orilla del río mezclándose entre la multitud, cada uno por su lado. Miguel Strogoff vio, por una parte a Harry Blount, con el bloc en la mano, dibujando algunos tipos y tomando nota de algunas observaciones; por la otra, Alcide Jolivet se contentaba con hablar, seguro de que su memoria no podía fallarle nunca.
Por toda la frontera oriental de Rusia había corrido el rumor de que la sublevación y la invasión tomaban caracteres considerables. Las comunicaciones entre Siberia y el Imperio eran ya extremadamente difíciles. Esto fue lo que Miguel Strogoff, sin haberse movido del puente, oyó decir a los nuevos pasajeros.
Estas noticias le causaban verdadera inquietud y excitaban el imperioso deseo que tenía de estar más allá de los Urales para juzgar por sí mismo la gravedad de la situación y tomar las medidas necesarias para hacer frente a cualquier eventualidad. Iba ya a pedir más precisos detalles a cualquiera de los indígenas de Kazan, cuando su mirada fue a fijarse de golpe en otro punto.
Entre los viajeros que abandonaban el Cáucaso Miguel Strogoff reconoció a la tribu de gitanos que la víspera se encontraba todavía en el campo de la feria de Nijni-Novgorod. Sobre el puente del vapor se encontraban el viejo bohemio y la mujer que le había calificado de espía. Con ellos, y sin duda bajo sus órdenes, desembarcaban también una veintena de bailarinas y cantantes, de quince a veinte años, envueltas en unas malas mantas que cubrían sus carnes llenas de lentejuelas.
Estas vestimentas, iluminadas entonces por los primeros rayos de sol, le hicieron recordar aquel efecto singular que había observado durante la noche. Era toda esta lentejuela bohemia lo que brillaba en la sombra, cuando la chimenea del vapor vomitaba sus llamaradas.
«Evidentemente -se dijo- esta tribu de gitanos, después de permanecer bajo el puente durante el día, han ido a agazaparse bajo el puente durante la noche. ¿Pretendían pasar lo más desapercibidos posible? Esto no entra, desde luego, entre las costumbres de su raza. »
Miguel Strogoff no dudó ya de que aquellas palabras que tan directamente le aludieron habían partido de este grupo invisible, iluminado de vez en cuando por las luces de a bordo, y que las habían cambiado el hombre y la mujer, a la que él había dado el nombre mongol de Sangarra.
Con movimiento instintivo se acercó al portalón del vapor, en el instante en que la tribu de bohemios iba a desembarcar para no volver.
Allí estaba el vicio bohemio, en una humilde actitud, poco en consonancia con la desvergüenza natural en sus congéneres. Se hubiera dicho que intentaba evitar hasta las miradas más que atraerlas. Su lamentable sombrero, tostado por todos los soles del mundo, inclinábase profundamente sobre su arrugado rostro. Su encorvada espalda se cubría con una vieja túnica en la que se arrebujaba, pese al calor que hacía. Bajo aquel miserable atuendo hubiera sido muy difícil apreciar su talla y su figura.
Cerca de él, la gitana Sangarra, exhibiendo una soberbia pose, morena de piel, alta, bien formada, con magníficos ojos y cabellos dorados, aparentaba tener unos treinta años.
Varias de las jóvenes bailarinas eran francamente bonitas y tenían el aspecto característico de su raza netamente acusado. Las gitanas son generalmente atrayentes y más de uno de esos grandes señores rusos, que se dedican a rivalizar en extravagancias con los ingleses, no han dudado en escoger esposa entre estas bohemias.
Una de las cantantes tarareaba una canción de ritmo extraño, cuyos primeros versos podían traducirse así:
El coral brilla sobre mi piel morena.
Y la aguja de oro en mi moño.
Voy a buscar fortuna
Al país de…
La alegre joven continuó su canción, pero Miguel Strogoff ya no pudo oír nada más.
Parecióle entonces que la gitana Sangarra lo miraba de una forma especialmente insistente. Se hubiera dicho que quería grabar sus rasgos en la memoria, de forma que ya no se le borraran.
«¡He aquí una gitana descarada! -se dijo Miguel Strogoff-. ¿Me habrá reconocido como el hombre al que calificó de espía en Nijni-Novgorod? Estos condenados gitanos tienen ojos de gato. Ven claramente a través de la oscuridad y bien podría saber … »
Miguel Strogoff estuvo a punto de seguir a Sangarra y su tribu, pero se contuvo. «No -pensó-, nada de imprudencias. Si hago detener a ese viejo decidor de buenaventuras y su banda, me expongo a revelar mi incógnito. Además, ya han desembarcado y antes de que hayan traspasado la frontera yo ya estaré lejos de los Urales. Bien pueden tomar la ruta de Kazan a Ichim, pero no ofrece ninguna seguridad, aparte de que una tarenta tirada por buenos caballos siempre adelantará al carro de unos bohemios. ¡Entonces, tranquilízate, amigo Korpanoff ! »
En aquel momento, además, Sangarra y el viejo gitano acababan de desaparecer entre la multitud.
Si a Kazan se la llama justamente «la puerta de Asia» y esta ciudad está considerada como el centro de todo el tránsito comercial con Siberia y Bukhara es porque de allí parten las dos rutas que atraviesan los montes Urales. Miguel Strogoff había elegido muy juiciosamente la que pasa por Perm, Ekaterinburgo y Tiumen, que es la gran ruta de postas, mantenidas a costa del Estado, y que se prolonga desde Ichim a Irkutsk.
Existía una segunda ruta -la que Miguel Strogoff acababa de aludir-, que evita el pequeño rodeo por Perm, que unía igualmente Kazan con Ichim, pasando Porjelabuga, Menzelinsk, Birsk, Zlatouste, en donde abandona Europa, Chelabinsk, Chadrinsk y Kurgana. Puede que esta ruta fuera un poco más corta que la otra, pero su pequeña ventaja quedaba notablemente disminuida por la ausencia de paradas de posta, el mal estado del terreno y la escasez de pueblos. Miguel Strogoff pensaba con razón que no podía haber hecho mejor elección y si, como parecía probable, los bohemios seguíanesta segunda ruta de Kazan a Ichim, tenía todas las probabilidades de llegar antes que ellos.
Una hora después, la campana anunciaba la salida del Cáucaso, llamando a los nuevos pasajeros y avisando a los que ya viajaban en él. Eran las siete de la mañana y el barco ya había concluido la carga de combustible; las planchas de las calderas vibraban bajo la presión del vapor. El buque estaba preparado para largar amarras y los viajeros que iban de Kazan a Perm ocupaban ya sus respectivos lugares a bordo.
En aquel momento, Miguel Strogoff observó que de los dos periodistas únicamente Harry Blount se encontraba a bordo.
¿Iba, pues, Alcide Jolivet a quedarse en tierra?
Pero en el instante mismo en que se soltaban las amarras, apareció Alcide Jolivet a todo correr. El buque había comenzado la maniobra y la pasarela estaba quitada y puesta sobre el muelle, pero el periodista francés no se arredró y, sin dudarlo uninstante, saltó con la ligereza de un clown, yendo a parar sobre la cubierta del Cáucaso, casi en brazos de su colega.
-Ya creí que el Cáucaso iba a partir sin usted -le dijo éste, mitad en serio, mitad en broma.
-¡Bah! -respondió Alcide Jolivet-. Les hubiera alcanzado aunque para ello tuviera que fletar un buque a expensas de mi prima, o correr de posta en posta a veinte kopeks por versta y por caballo. ¿Qué quiere usted? El telégrafo está lejos del muelle.
-¿A ido usted a telégrafos? -preguntó Harry Blount apretando los labios.
-Sí; he ido -respondió Alcide Jolivet con su más amable sonrisa.
-¿Y funciona todavía hasta Kolivan?
-Esto lo ignoro, pero puedo asegurarle, por ejemplo, que funciona de Kazan a París.
-¿Ha mandado usted un telegrama… a su prima?
-Con todo entusiasmo.
-¿Es que ha sabido usted algo?
-Escuche, padrecito, por hablar como los rusos -respondió Alcide Jolivet-, soy un buen muchacho y no quiero ocultarle nada. Los tártaros, con Féofar-Khan a la cabeza, han traspasado Semipalatinsk y descienden por el curso del Irtiche. ¡Aproveche la noticia!
¡Cómo! Una noticia tan grave y Harry Blount la desconocía. Sin embargo, su rival, que la había captado probablemente de alguno de los habitantes de Kazan, la había transmitido ya a París. ¡El periódico inglés estaba atrasado de noticias! Harry Blount, cruzando sus manos en la espalda, fue a sentarse a popa del buque, sin decir ni una sola palabra.
Hacia las diez de la mañana, la joven livoniana abandonó su camarote para subir a cubierta.
Miguel Strogoff se dirigió hacia ella con la mano extendida.
-Mira, hermana -le dijo, después de haberla conducido hasta la proa del barco.
Y, efectivamente, el lugar valía la pena ser contemplado con atención.
En aquel momento, el Cáucaso llegaba a la confluencia del Volga con el Kama y era allí donde abandonaban el gran río, después de descender su curso durante más de cuatrocientas verstas, para remontar el importante afluente a lo largo de un recorrido de cuatrocientas sesenta verstas (490 kilómetros).
En aquel lugar se mezclaban las aguas de las dos corrientes, que tenían distinta tonalidad, y el Kama prestaba desde la orilla izquierda el mismo servicio que el Oka desde la derecha cuando atravesaba Nijni-Novgorod, desinfectándolo con sus limpias aguas.
Allí se ensanchaba ampliamente el Kama, y sus orillas, llenas de bosques, eran realmente bellas. Algunas velas blancas animaban sus aguas, impregnadas de rayos solares. Las costas, pobladas de alisos, de sauces y, a trechos, de grandes encinas, cerraban el horizonte con una línea armoniosa, que la resplandeciente luz del mediodía hacía confundir con el cielo en ciertos puntos.
Pero las bellezas naturales no parecían distraer, ni por un instante, los pensamientos de la joven livoniana. No tenía más que una preocupación: finalizar el viaje; y el Kama no era más que un camino para llegar a ese final. Sus ojos brillaban extraordinariamente mirando hacia el este, como si con su mirada quisiera atravesar ese impenetrablehorizonte.
Nadia había dejado su mano en la de su compañero, volviéndose de repente hacia él, para decirle:
-¿A qué distancia nos encontramos de Moscú?
-A novecientas verstas -le respondió Miguel Strogoff.
-¡Novecientas sobre siete mil! -murmuró la joven.
Unos toques de campana anunciaron a los pasajeros la hora del desayuno. Nadia siguió a Miguel Strogoff al restaurante, pero no toco siquiera los entremeses que les sirvieron aparte, consistentes en caviar, arenques cortados a trocitos y aguardiente decenteno anisado, que servían para estimular el apetito, siguiendo la costumbre de los países del norte, tanto en Rusia como en Suecia y Noruega. Nadia comió poco, como una joven pobre cuyos recursos son muy limitados y Miguel Strogoff creyó que debía contentarse con el mismo menú que iba a comer su compañera, es decir, un poco de kulbat, especie de pastel hecho con yemas de huevos, arroz y carne picada; lombarda rellena con caviar y té por toda bebida.
La comida no fue, pues, ni larga ni cara y antes de veinte minutos se habían levantado ambos de la mesa, volviendo juntos a la cubierta del Cáucaso.
Se sentaron en la popa y Nadia, bajando la voz para no ser oída más que por él, le dijo sin más preámbulos:
-Hermano; me llamo Nadia Fedor y soy hija de un exiliado político. Mi madre murió en Riga hace apenas un mes y voy a Irkutsk para unirme a mi padre y compartir su exilio.
-También yo voy a Irkutsk -respondió Miguel Strogoff- y consideraré como un favor del cielo el dejar a Nadia Fedor, sana y salva, en manos de su padre.
-Gracias, hermano -respondió Nadia.
Miguel Strogoff le explicó entonces que él había obtenido un podaroshna especial para ir a Siberia y que por parte de las autoridades rusas, nada dificultaría su marcha.
Nadia no le preguntó nada más. Ella no veía más que una cosa en aquel encuentro providencial con el joven bueno y sencillo: el medio de llegar junto a su padre.
-Yo tenía -le dijo ella- un permiso que me autorizaba ir a Irkutsk; pero el decreto del gobernador de Nijni-Novgorod lo anuló y sin ti, hermano, no hubiera podido dejar la ciudad en la que me encontraste y en la cual, con toda seguridad, hubiera muerto.
-¿Y sola, Nadia, sola te aventurabas a atravesar las estepas siberianas?
-Era mi deber, hermano.
-¿Pero no sabes que el país está sublevado e invadido y queda convertido casi en infranqueable?
-Cuando dejé Riga no se tenían aún noticias de la invasión tártara -respondió la joven-. Fue en Moscú donde me puse al corriente de los acontecimientos.
-¿Y, a pesar de ello, continuaste el viaje?
-Era mi deber.
Esta frase resumía todo el valeroso carácter de la muchacha. Era su deber y Nadia no vacilaba en cumplirlo.
Después le habló de su padre. Wassili Fedor era un médico muy apreciado en Riga donde ejercía con éxito su profesión y vivía dichoso con los suyos. Pero al ser descubierta su asociación a una sociedad secreta extranjera, recibió orden de partir hacia Irkutsk y los mismos policías que le comunicaron la orden de deportación, le condujeron sin demora más allá de la frontera.
Wassili Fedor no tuvo más que el tiempo necesario para abrazar a su esposa, ya bastante enferma por entonces, y a su hija, que iba a quedar sin apoyo, y partió, llorando por los dos seres que amaba.
Desde hacía dos años, vivía en la capital de la Siberia oriental y allí, aunque casi sin provecho, había continuado ejerciendo su profesión de médico. No obstante, hubiera sido todo lo dichoso que puede ser un exiliado, si su esposa y su hija hubieran estado cerca de él. Pero la señora Fedor, ya muy debilitada, no pudo abandonar Riga; veinte meses después de la marcha de su marido, moría en brazos de su hija, a la que dejaba sola y casi sin recursos. Nadia Fedor solicitó y obtuvo fácilmente la autorización del gobernador ruso para reunirse con su padre en Irkustk y escribió al autor de sus días comunicándole su partida. Apenas tenía con qué subsistir durante el viaje, pero no dudó en emprenderlo. Ella haría lo que pudiera… y Dios haría el resto.
Mientras tanto, el Cáucaso remontaba la corriente del río. Llegó la noche y el aire se impregnó de un delicioso frescor. La chimenea del vapor lanzaba millares de chispas de madera de pino y el murmullo de las aguas, rotas por la quilla del barco, se mezclaba con los aullidos de los lobos que infestaban las sombras de la orilla derecha del Kama.

9. EN TARENTA NOCHE Y DÍA
Al día siguiente, 19 de julio, el Cáucaso llegaba al desembarcadero de Perm, última estación de su servicio por el Kama.
Este gobierno, cuya capital es Perm, es uno de los más vastos del Imperio ruso, penetrando en Siberia después de atravesar los Urales. Canteras de mármol, salinas, yacimientos de platino y de oro, minas de carbón, se explotan en gran escala en su territorio.
Aunque se espera que Perm, por su situación, se convierta en una ciudad de primer orden, ahora es poco atrayente, sucia y fangosa y ofrece pocos recursos. Para aquellos que van de Rusia a Siberia, esta falta de confort les es indiferente, porque van provistos con todo lo necesario; pero aquellos que llegan de los territorios de Asia central, después de un largo y agotador viaje, agradecerían, sin duda, que la primera ciudad europea del Imperio estuviese mejor aprovisionada.
Los viajeros que llegan a Perm venden sus vehículos, más o menos deteriorados por la larga travesía a través de las planicies siberianas. Y es allí también en donde los que van de Europa a Asia compran su coche si es verano o sus trineos en invierno, antes de emprender un viaje de varios meses a través de las estepas.
Miguel Strogoff había planeado ya su programa de viaje y sólo tenía que ejecutarlo. Existe un servicio de correos que franquea con bastante rapidez la cordillera de los Urales, pero dadas las circunstancias, este servicio estaba desorganizado. De todos modos, Miguel Strogoff, que quería hacer un viaje rápido sin depender de nadie, no hubiera tomado el correo y hubiese comprado un coche, corriendo con él de posta en posta, activando por medio de na vodku suplementarios el celo de los postillones que en el país eran llamados yemschiks.
Desgraciadamente, a causa de las medidas tomadas contra los extranjeros de origen asiático, un gran número de viajeros había abandonado ya Perm y, por consiguiente, los medios de transporte eran extremadamente escasos. Miguel Strogoff no tuvo más remedio que contentarse con lo que los demás habían desechado. En cuanto a conseguir caballos, el correo del Zar, mientras no llegase a Siberia, podía tranquilamente exhibir su podaroshna y los encargados de las postas le atenderían con preferencia; pero una vez fuera de la Rusia europea, no podía contar más que con el poder de los rublos.
Pero ¿en qué clase de vehículo iba a enganchar los caballos? ¿A una telega o a una tarenta?
La telega no es más que un auténtico carro descubierto, de cuatro ruedas, en cuya confección no interviene ningún otro material más que la madera. Ruedas, ejes, tornillos, caja y varas, eran de madera de los vecinos bosques y para el ajuste de las diversas piezas de que se compone la telega se emplean gruesas cuerdas. Nada más primitivo, ni más incómodo, pero también nada más fácil de reparar si se produce algún accidente en ruta, ya que los abetos son abundantes en la frontera rusa y los ejes pueden encontrarse ya cortados prácticamente en cualquier bosque. Es con telegas como se hace el correo extraordinario conocido con el nombre de perekladnoï, para las cuales cualquier camino es bueno, aunque a veces ocurre que se rompen las ligaduras que unen las distintas piezas y, mientras el tren trasero queda atascado en cualquier bache de la carretera, el delantero continúa adelante sobre las otras dos ruedas. Pero este resultado se considera poco satisfactorio.
Miguel Strogoff se hubiera visto obligado a viajar con una telega, si no hubiese tenido la suerte de encontrar una tarenta.
Este vehículo no es que sea el último grito del progreso de la industria carrocera; como a la telega, le faltan las ballestas; la madera, en sustitución del hierro, no escasea; pero sus cuatro ruedas, separadas ocho o nueve pies, le aseguran cierta estabilidad en aquellas carreteras llenas de baches y a menudo desniveladas. Un guardabarro protege a los viajeros del lodo del camino y una capota, que puede cerrarse herméticamente, convierte el vehículo en un agradable protector contra el riguroso calor y las borrascas violentas del verano. La tarenta es, además, tan sólida y fácil de reparar como la telega y no está tan expuesta a dejar su tren trasero en el camino.
A pesar de todo, para descubrir esta tarenta, Miguel Strogoff tuvo que buscar minuciosamente, y era probable que en toda la ciudad no hubiera otra, pero no por eso dejó de regatear el precio, por pura fórmula, para mantenerse en su papel de Nicolás Korpanoff, simple comerciante de Irkutsk. Nadia había seguido a su compañero en esta carrera a la búsqueda de un vehículo porque, pese a que los fines de sus respectivos viajes eran diferentes, ambos tenían los mismos deseos de llegar y, por tanto, de partir de Perm. Se hubiera dicho que estabananimados por una misma voluntad.
-Hermana -dijo Miguel Strogoff-, hubiera querido encontrar para ti algún vehículo más confortable.
-¡Y me dices esto a mí, hermano, que hubiera ido a pie si hubiese sido necesario, para reunirme con mi padre!
-No dudo de tu coraje, Nadia, pero hay fatigas físicas que una mujer no puede soportar.
-Las soportaré sean cuales fueren -respondió la joven-. Y si oyes escaparse de mis labios una sola queja, déjame en el camino y sigue solo tu viaje.
Media hora más tarde, tras la presentación de su podaroshna, tres caballos de posta estaban enganchados a la tarenta. Estos animales, cubiertos de pelo, parecían osos levantados sobre sus patas. Eran pequeños y nerviosos, de pura raza siberiana.
El postillón los había enganchado colocando el más grande entre dos largas varas que llevaban en su extremo anterior un cerco llamado duga, cargado de penachos y campanillas, y los otros dos sujetos simplemente con cuerdas a los estribos de la tarenta, sin arneses, y por toda rienda unos bramantes.
Ni Miguel Strogoff ni la joven livoniana llevaban equipajes. Las exigencias de rapidez en uno y los modestos recursos en la otra les impedían cargarse de bultos. En estas condiciones esto era una gran ventaja, porque la tarenta no hubiera podido con los equipajes o con los viajeros, porque no estaba construida más que para llevar dos personas, sin contar el yemschik, quien tendría que sostenerse en su asiento por un milagro de equilibrio.
El yemschik se relevaba en cada parada. El que les tenía que conducir durante la primera etapa del viaje era siberiano, como sus caballos, y no menos peludo que ellos, con cabellos largos cortados a escuadra sobre la frente, sombrero de alas levantadas, cinturón rojo y capote con galones cruzados sobre botones en los que tenía grabada la marca imperial.
Al llegar con sus atalajes había lanzado una mirada inquisidora sobre los viajeros de la tarenta. ¡Sin equipaje! «¿Dónde diablos lo habrían puesto?», pensó, al ver su apariencia tan poco acomodada, haciendo un gesto muy significativo.
-¡Cuervos! -dijo, sin preocuparse de ser oído o no-. ¡Cuervos a seis kopeks la versta!
-¡No! ¡águilas! -respondió Miguel Strogoff, que comprendía perfectamente el argot
de los yemschiks- ¡águilas, comprendes, a nueve kopeks por versta y la propina!
Les respondió un alegre restallido de látigo. El «cuervo», en el argot de los postillones rusos es el viajero tacaño o indigente, que en las paradas no paga los caballos más que a dos o tres kopeks por versta; el «águila» es el viajero que no retrocede ante los precios elevados y que da generosas propinas. Por eso el cuervo no podía tener la pretensión de volar tan rápidamente como el ave imperial.
Nadia y Miguel Strogoff ocuparon inmediatamente sus sitios en la tarenta, llevando un paquete con provisiones que ocupaba poco sitio y que les permitiría, en caso de retraso, aguantar hasta su llegada a la casa de posta, que, bajo la vigilancia del Estado, eran muy bien atendidas. Bajaron la capota para preservarse del insoportable calor y, al mediodía, la tarenta, tirada por sus tres caballos, abandonaba Perm en medio de una nube de polvo.
La manera de sostener el ritmo de las caballerías adoptada por el postillón, hubiera llamado la atención de cualquier otro viajero que, sin ser ruso o siberiano, no estuviera acostumbrado a esta forma de conducir. Efectivamente, el caballo del centro, regulador de la marcha, un poco más grande que los otros dos, sostenía imperturbablemente, cualesquiera que fuesen las irregularidades del terreno, un trote largo y de una perfecta regularidad. Los otros dos animales parecían no conocer otro tipo de marcha que el galope, meneándose con mil fantasías muy divertidas. El yemschik no los castigaba, únicamente los estimulaba con los restallidos de su látigo en el aire. ¡Pero qué epítetos les prodigaba cuando se comportaban como bestias dóciles y concienzudas! ¡Cuántos nombres de santos les aplicaba! El bramante que le servía de guía no le hubiera sido de mucha utilidad con animales medio fogosos, pero las palabras na pravo, a la derecha, y na levo, a la izquierda, dichas con voz gutural, producían mejores efectos que la brida o el bridón.
¡Y qué amables interpelaciones surgían en tales ocasiones!
-¡Caminad palomas mías! ¡Caminad, gentiles golondrinas! ¡Volad, mis pequeñospichones! ¡ánimo, mi primito de la izquierda! ¡Empuja, mi padrecito de la derecha!
Pero cuando el ritmo de la marcha descendía, ¡qué expresiones insultantes les dirigía y que parecían ser comprendidas por los susceptibles animales!
-¡Camina, caracol del diablo! ¡Maldita seas, babosa! ¡Te despellejaré viva, tortuga, y te condenarás en el otro mundo!
Sea como fuere, con esta manera de conducir, que exigla más solidez de garganta que vigor en los brazos del yemschik, la tarenta volaba sobre la carretera y devoraba de doce a catorce verstas por hora.
A Miguel Strogoff, habituado a esta clase de vehículos y a esta forma de conducir, no le molestaban ni los sobresaltos ni los vaivenes. Sabía que un vehículo ruso no evita los guijarros, ni los hoyos, ni los baches, ni los árboles derribados sobre la carretera, ni las zanjas del camino. Estaba hecho a todo esto. Pero su compañera corría el peligro de lastimarse con los golpes de la tarenta, pero no se quejaba.
Durante los primeros instantes del viaje, Nadia, llevada así a toda velocidad, permanecía callada. Después, obsesionada siempre con el mismo pensamiento, dijo:
-He calculado que debe de haber una distancia de trescientas verstas entre Perm y Ekaterinburgo, hermano. ¿Me equivoco?
-Estás en lo cierto, Nadia -respondió Miguel Strogoff- y cuando hayamos llegado a Ekaterinburgo nos encontraremos al pie mismo de los Urales en su vertiente opuesta.
-¿Cuánto durará la travesía de las montañas?
-Cuarenta y ocho horas, ya que viajaremos noche y día. Y digo noche y día, Nadia, porque no puedo pararme ni un solo instante y es preciso que marche a Irkutsk sin descanso.
-Yo no te retrasaré ni una hora, hermano. Viajaremos noche y día.
-Bien, Nadia. Entonces, si la invasión tártara nos deja libre el paso, antes de veinte días habremos llegado.
-¿Tú has realizado ya antes este viaje? -preguntó Nadia.
-Varias veces.
-En invierno hubiéramos llegado con más rapidez y con mayor seguridad. ¿No es así?
-Sí, sobre todo, con mucha más rapidez. Pero habrías sufrido mucho con el frío y la nieve.
-¡Qué importa! El invierno es el amigo de los rusos.
-Sí, Nadia, pero hace falta un temperamento a toda prueba para resistir tal y tanta amistad. Yo he visto muchas veces, en las estepas siberianas, llegar la temperatura a más de cuarenta grados bajo cero. He sentido, pese a mi vestido de piel de reno, que se me helaba el corazón, mis brazos se retorcían, mis pies se helaban bajo mis triples calcetines de lana. He visto los caballos de mi trineo cubiertos por un caparazón de hielo y fijárseles el vaho de su respiración en las narices. He visto el aguardiente de mi cantimplora convertido en una piedra tan dura que mi cuchillo no podía cortar… Pero mi trineo volaba como un huracán; no había obstáculos en la llanura nivelada y blanca en todo lo que podía abarcar la vista. Ningún curso de agua en el que tuviera que buscar un vado. Ningún lago que hubiera que atravesar en barca. Por todas partes hielo duro, camino libre y paso asegurado. ¡Pero a costa de cuántos sufrimientos, Nadia! ¡Sólo podrían decirlo aquellos que no han vuelto y cuyos cadáveres están cubiertos por la nieve!
-Sin embargo, tú has vuelto, hermano –dijo Nadia.
-Sí, pero yo soy siberiano y desde niño, cuando acompañaba a mi padre en sus cacerías, me acostumbré a estas duras pruebas. Pero tú, Nadia, cuando me has dicho que el invierno no te habría detenido, que irías sola, dispuesta a luchar contra las terribles inclemencias del clima siberiano, me ha parecido verte perdida en la nieve y caída para no levantarte más.
-¿Cuántas veces has atravesado la estepa durante el invierno?
-Tres veces, Nadia, cuando iba a Omsk.
-¿Y qué ibas a hacer en Omsk?
-Ver a mi madre, que me esperaba.
-¡Y yo voy a Irkutsk, en donde me espera mi padre! Voy a llevarle las últimas palabras de mi madre, lo cual quiere decir, hermano, que nada me hubiera impedido partir.
-Eres una muchacha muy valiente, Nadia -le respondió Miguel Strogoff-, y el mismo Dios te hubiera guiado.
Durante esta jornada la tarenta fue conducida con rapidez por los yemschiks que se iban relevando en cada posta. Las águilas de las montañas no hubieran encontrado su nombre deshonrado por estas «águilas» de las carreteras. El alto precio pagado porcada caballo y la largueza de las propinas recomendaban especialmente a los viajeros.
Es probable que los encargados de las postas encontrasen extraño que, después de la publicación de los decretos, un joven y su hermana, evidentemente rusos los dos, pudieran correr libremente a través de Siberia, cerrada a todos los demás, pero cuyos papeles estaban en regla y, por tanto, tenían derecho a pasar. Así pues, los mojones iban quedando rápidamente tras de la tarenta.
Miguel Strogoff y Nadia no eran los únicos que seguían la ruta de Perm a Ekaterinburgo, ya que desde las primeras paradas, el correo del Zar había observado que un coche les precedía; pero como los caballos no les faltaban, no se preocupó demasiado.
Durante aquella jornada, las pocas paradas que hizo la tarenta se realizaron únicamente para que los viajeros comieran. En las paradas de posta se encuentra alojamiento y comida, pero, además, cuando faltan las paradas, las casas de los campesinos rusos ofrecen siempre hospitalidad. En esas aldeas, casi todas iguales, con su capilla de paredes blancas y techumbre verde, el viajero puede llamar a cualquier puerta y todas le serán abiertas. Aparecerá el mujik sonriente, y tenderá la mano a su huésped; le ofrecerá el pan y la sal y pondrá el samovar al fuego; el viajero se encontrará como en su casa. Si es necesario, el resto de la familia se mudará de casa para hacerle sitio. Cuando llega un extranjero, es pariente de todos, porque es «aquel que Dios envía».
Al llegar la noche, Miguel Strogoff, guiado por un cierto instinto, preguntó al encargado de la posta cuántas horas de ventaja les llevaba el vehículo que les precedía.
-Dos horas, padrecito -respondió el encargado.
-¿Es una berlina?
-No, una telega.
-¿Cuántos viajeros?
-Dos.
-¿Van a buena marcha?
-¡Como águilas!
-¡Que enganchen enseguida!
Miguel Strogoff y Nadia, decididos a no detenerse ni un momento, viajaron toda la noche.
El tiempo continuaba apacible, pero se notaba que la atmósfera iba volviéndose pesada y cargándose de electricidad. Ninguna nube interceptaba la luz de las estrellas, pero parecía que una especie de bochorno empezaba a levantarse del suelo. Era de temer que alguna tempestad se desencadenase en las montañas, y allí son terribles.
Miguel Strogoff, habituado a reconocer los síntomas atmosféricos, presentía una próxima lucha de los elementos que le tenía preocupado. La noche transcurrió sin incidentes y pese a los saltos que daba la tarenta, Nadia pudo dormir durante algunas horas. La capota, a medio levantar, permitía respirar un poco de aire que los pulmones buscaban ávidamente en aquella atmósfera asfixiante.
Miguel Strogoff veló toda la noche, desconfiando de los yemschiks que se dormían muy a menudo sobre sus asientos, y ni una hora se perdió entre las paradas y la carretera.
Al día siguiente, 20 de julio, hacia las ocho de la mañana, los primeros perfiles de los montes Urales se dibujaron hacia el este.
Sin embargo, esta importante cordillera que separa la Rusia europea de Siberia se encontraba todavía a una distancia bastante considerable y no podían contar con llegar allí antes del fin de la jornada. El paso de las montañas deberían hacerlo, necesariamente, durante la noche.
El cielo estuvo cubierto durante todo el día y la temperatura fue, por consiguiente, bastante más soportable, pero el tiempo se presentaba extremadamente borrascoso.
En aquellas condiciones hubiera sido quizá más prudente no aventurarse por las montañas durante la noche, y es lo que hubiera hecho Miguel Strogoff de haber podido detenerse; pero cuando en la última parada el yemschik le hizo observar los truenos que resonaban en el macizo montañoso, se limitó a decirle:
-Una telega nos precede siempre, ¿verdad?
-Sí.
-¿Qué ventaja lleva ahora sobre nosotros?
-Alrededor de una hora.
-Adelante, pues, y habrá triple propina si llegamos a Ekaterinburgo mañana por la mañana.

10. UNA TEMPESTAD EN LOS MONTES URALES
Los montes Urales se extienden sobre una longitud de más de tres mil verstas (3.200 kilómetros), entre Europa y Asia. Tanto la denominación de Urales, que es de origen tártaro, como la de Poyas, que es su nombre en ruso, ambas son correctas ya que estas dos palabras significan «cintura» en las lenguas respectivas. Naciendo en el litoral del mar ártico, van a morir sobre las orillas del Caspio.
Tal era la frontera que Miguel Strogoff debía franquear para pasar de Rusia a Siberia y, como se ha dicho, tomando la ruta que va de Perm a Ekaterinburgo, situada en la vertiente oriental de los Urales, había elegido la más adecuada, por ser la más fácil y segura y la que se emplea para el tránsito de todo el comercio con el Asia central.
Era suficiente toda una noche para atravesar las montañas, si no sobrevenía ningún accidente. Desgraciadamente, los primeros fragores de los truenos anunciaban una tormenta que el estado de la atmósfera daba a entender que sería temible. La tensión eléctrica era tal que no podía resolverse más que por un estallido violento de los elementos.
Miguel Strogoff procuró que su compañera se instalase lo mejor posible, por lo que la capota, que podría ser arrancada fácilmente por una borrasca, fue asegurada más sólidamente por medio de cuerdas que se cruzaban por encima y por detrás. Se reforzaron los tirantes de los caballos y, para mayor precaución, el cubo de las ruedas se rellenó de paja, tanto para asegurar su solidez como para reducir los choques, difíciles de evitar en una noche oscura. Los ejes de los dos trenes, que iban simplemente sujetos a la caja de la tarenta por medio de clavijas, fueron empalmados por medio de un travesaño de madera que aseguraron con pernos y tornillos. Este travesaño hacía el papel de la barra curva que sujeta los dos ejes de las berlinas suspendidas sobre cuellos de cisne.
Nadia ocupó su sitio en el fondo de la caja y Miguel Strogoff se sentó cerca de ella. Delante de la capota, completamente abatida, colgaban dos cortinas de cuero que, en cierta medida, debían proteger a los viajeros contra la lluvia y el viento. Dos grandes faroles lucían fijados en el lado izquierdo del asiento del yemschik, y lanzaban oblicuamente unos débiles haces de luz muy poco apropiados para iluminar la ruta.
Pero eran las luces de posición del vehículo, y si no disipaban la oscuridad, al menos podían impedir el ser abordados por cualquier otro carruaje que circulara en dirección contraria.
Como se ve, habían tornado todas las precauciones, pues cualquiera que fuese, toda medida de seguridad era poca ante aquella noche tan amenazadora.
-Nadia, ya estamos preparados -dijo Miguel Strogoff.
-Partamos, pues -respondió la joven.
Se dio la orden al yemschik y la tarenta se puso en movimiento, remontando las primeras pendientes de los Urales. Eran las ocho de la tarde y el sol iba a ocultarse.
Pese a que el crepúsculo se prolonga mucho en esas latitudes, había ya mucha oscuridad. Enormes masas de nubes parecían envolver la bóveda celeste, pero ningún viento las desplazaba. Sin embargo, aunque parecían inmóviles desde un extremo al otro del horizonte, no ocurría lo mismo respecto al cénit y nadir, pues la distancia que las separaba del suelo iba disminuyendo visiblemente. Algunas de sus bandas resplandecían con una especie de luz fosforescente, describiendo aparentes arcos de sesenta a ochenta grados, cuyas zonas parecían aproximarse poco a poco al suelo, como una red que quisiera cubrir las montañas. Parecía como si un huracán más fuerte las lanzase desde lo alto hacia abajo.
La ruta ascendía hacia aquellas grandes nubes, muy densas, y que estaban ya llegando a su grado máximo de condensación. Dentro de poco, ruta y nubes se confundirían y si entonces no se resolvían en lluvia, la niebla sería tan densa que la tarenta no podría avanzar sin riesgo de caer en algún precipicio.
Sin embargo, la cadena de los Urales no tiene una altitud media muy notable, ya que su pico más alto no sobrepasa los cinco mil pies. Las nieves eternas son inexistentes, ya que las que el invierno siberiano deposita en sus cimas se funden totalmente durante el sol del verano. Las plantas y los árboles llegan a todas partes de la cordillera. La explotación de las minas de hierro y cobre y los yacimientos de piedras preciosas necesitan la intervención de un número considerable de obreros, por lo que se encuentran frecuentemente poblaciones llamadas zavody, y el camino, abierto a través de los grandes desfiladeros, es bastante practicable para los carruajes de posta.
Pero lo que es fácil durante el buen tiempo y a pleno sol, ofrece dificultades y peligros cuando los elementos luchan violentamente entre sí y el viajero se ve envuelto en la lucha. Miguel Strogoff sabía, por haberlo ya comprobado, qué era una tormenta en plena montaña, y con razón consideraba que es tan temible como las ventiscas que durante el invierno se desencadenan con incomparable violencia.
Como no llovía aún, Miguel Strogoff había levantado las cortinas que protegían el interior de la tarenta y miraba ante él, observando los lados de la carretera, que la luz vacilante de los faroles poblaba de fantásticas siluetas. Nadia, inmóvil, con los brazos cruzados, miraba también, pero sin inclinarse, mientras que su compañero, con medio cuerpo fuera de la caja, interrogaba a la vez al cielo y a la tierra.
La atmósfera estaba absolutamente tranquila, pero con una calma amenazante. Ni una partícula de aire permitía alentar. Se hubiera dicho que la naturaleza, medio sofocada, había dejado de respirar, y que sus pulmones, es decir esas nubes lúgubres y densas, atrofiados por alguna causa, no iban a funcionar más. El silencio hubiera sido absoluto de no ser por los chirridos de las ruedas de la tarenta, que aplastaban la grava del camino; el gemido de los cubos y ejes del vehículo; la respiración fatigada de los caballos, a los que faltaba el aliento, y el chasquido de sus herraduras sobre los guijarros, a los que sacaban chispas en cada golpe. El camino estaba absolutamente desierto. La tarenta no se había cruzado con ningún peatón, caballista ni vehículo en aquellos estrechos desfiladeros de los Urales, a causa de esta noche tan amenazante. Ni un fuego de carbonero en los bosques, ni un campamento de mineros en las canteras en explotación, ni una cabaña perdida entre la espesura. Era preciso tener razones poderosas que no permiten vacilación ni retraso, para atreverse a emprender la travesía de la cordillera en esas condiciones. Pero Miguel Strogoff no había dudado. No le estaba permitido vacilar porque empezaba a preocuparle seriamente quiénes serían los viajeros que ocupaban la telega que les precedía y qué grandes razones podían tener para comportarse tan imprudentemente.
Miguel Strogoff quedó a la expectativa durante algún tiempo. Hacia las once, los relámpagos comenzaron a iluminar el cielo y ya no cesaron de hacerlo. A la luz de los rápidos resplandores se veían aparecer y desaparecer las siluetas de los pinos, que se agrupaban en diversos puntos de la ruta. Cuando la tarenta bordeaba el camino, profundas gargantas podían percibirse a uno y otro lado, iluminadas por la luz de las descargas eléctricas. De vez en cuando, un deslizamiento más grave de la tarenta indicaba que estaban atravesando un puente construido con maderos apenas encuadrados, tendido sobre algún barranco, en cuyo fondo parecía retumbar el trueno. Además, el espacio no tardó en llenarse de monótonos zumbidos que se volvían más graves a medida que subían cada vez más hacia las alturas. A estos ruidos diversos se mezclaban los gritos y las interjecciones del yemschzk, tan pronto alabando como insultando a las pobres bestias, más fatigadas por la pesadez del aire que por la pendiente del camino. Las campanillas de las varas no podían animarles ya más y por momentos se les doblaban las patas.
-¿A qué hora llegaremos a la cima? -Preguntó Miguel Strogoff al yemschik.
-A la una de la madrugada… ¡si llegamos! -respondió éste moviendo la cabeza.
-Dime, amigo, no es ésta tu primera tormenta en la montaña, ¿verdad?
-No, ¡y quiera Dios que no sea la última!
-¿Tienes miedo?
-No tengo miedo, pero te repito que has cometido un error al querer partir.
-Mayor error hubiera cometido de haberme quedado.
-¡Vamos, pues, pichones míos! -replicó el yemschik, como hombre que no estaba allí para discutir, sino para obedecer.
En aquel momento se dejó oír un estruendo lejano, como si un millar de silbidos agudos y ensordecedores atravesaran la atmósfera calmada hasta aquel momento. A la luz de un relámpago deslumbrador, al que siguió el estallido de un terrible trueno, Miguel Strogoff vio grandes pinos que se torcían en una cima. El viento empezaba a desatarse, pero no agitaba todavía más que las altas capas de la atmósfera. Algunos ruidos secos indicaban que ciertos árboles, viejos o mal enraizados, no habían podido resistir los primeros ataques de la borrasca. Un alud de troncos arrancados atravesó la carretera, rebotando formidablemente en las rocas y perdiéndose en las profundidades del abismo de la izquierda, unos doscientos pasos delante de la tarenta. Los caballos se detuvieron momentáneamente.
-¡Adelante, mis hermosas palomas! -gritó el yemschik, mezclando los estallidos de su látigo con los ruidos de la tormenta.
Miguel Strogoff tomó la mano de Nadia y le preguntó:
-¿Duermes, hermana?
-No, hermano.
-¡Estate dispuesta a todo. He aquí la tormenta!
-Estoy dispuesta.
Miguel Strogoff no tuvo más que el tiempo justo para cerrar las cortinas de cuero de la tarenta. La tormenta llegaba como una furia.
El yemschik, saltando de su asiento, se lanzó a la cabeza de los caballos para mantenerlos firmes, porque un inmenso peligro amenazaba todo el atelaje. En efecto, la tarenta, inmóvil, se encontraba en una curva del camino por la que desembocaba la borrasca y era preciso mantenerla de cara al huracán para que no volcase y cayera al precipicio que franqueaba la izquierda de la carretera. Los caballos, rechazados por las ráfagas del viento, se encabritaban, sin que el conductor pudiera calmarlos. A las interpelaciones amigables les sucedían las calificaciones insultantes.
Nada se conseguía. Las desgraciadas bestias, cegadas por las descargas eléctricas y espantadas por el estallido incesante de los rayos, comparable a las detonaciones de la artillería, amenazaban con romper las cuerdas y escapar. El yemschik no era ya dueño de la situación.
En aquel momento, Miguel Strogoff se lanzó de un salto fuera de la tarenta, acudiendo en su ayuda. Dotado de una fuerza poco común, se hizo con el gobierno de los caballos, no sin un gran esfuerzo.
Pero el huracán redoblaba entonces su furia. La ruta, en aquel lugar, se ensanchaba en forma de embudo y hacía que la borrasca se arremolinara con mayor violencia, como hubiera penetrado en las mangas de ventilación de los barcos. Al mismo tiempo, un alud de piedras y troncos de árboles comenzaba a rodar desde lo alto de los taludes.
-¡No podemos quedarnos aquí! -dijo Miguel Strogoff.
-¡No nos quedaremos por mucho tiempo! -gritó el yemschik, asustado, recurriendo a todas sus fuerzas para compensar la violencia del viento-.¡El huracán nos enviará pronto a la falda de la montaña por el camino más corto!
-¡Sujeta el caballo de la derecha, cobarde! -respondió Miguel Strogoff-. ¡Yo respondo del de la izquierda!
Un nuevo asalto de la borrasca le interrumpió y él y el conductor tuvieron que arrojarse al suelo para no ser arrastrados, pero el vehículo, pese a sus esfuerzos y los de los caballos que se mantenían cara al viento, retrocedió vanas varas y, sin duda, se hubiera precipitado fuera del camino de no ser por un tronco que lo frenó.
-¡No tengas miedo, Nadia! -le gritó Miguel Strogoff.
-No tengo miedo -respondió la muchacha, sin que su voz reflejase la menor emoción.
Las ráfagas de la tormenta habían cesado un instante y el fragor de los truenos, después de haber franqueado aquel recodo, se perdía en las profundidades del desfiladero.
-¿Quieres volver atrás? -preguntó el yemschik.
-¡No; es preciso continuar la subida! ¡Hay que atravesar este recodo! ¡Más arriba tendremos el abrigo del talud!
-¡Pero los caballos se niegan a continuar!
-¡Haz como yo y empújales hacia delante!
-¡Va a volver la borrasca!
-¿Vas a obedecer?
-¡Tú lo quieres!
-¡Es el Padre quien lo ordena! -respondió Miguel Strogoff, quien invocó por primera vez el nombre del Emperador, ese nombre todopoderoso en tres partes del mundo.
-¡Vamos, pues, mis golondrinas! -gritó el yemschik, sujetando el caballo de la derecha, mientras Miguel Strogoff hacía otro tanto con el de la izquierda. Los caballos, así sujetos, reemprendieron penosamente la marcha. No podían inclinarse hacia los costados, y el caballo de varas, no estando empujado por los flancos, podía conservar el centro del camino; pero hombres y bestias, bajo la fuerza de las ráfagas de aire, no podían dar tres pasos adelante sin retroceder uno o dos. Resbalaban, caían, se levantaban. De este modo, el vehículo estaba en continuo peligro de volcar. Y si la capota no hubiera estado tan sólidamente sujeta, la tarenta se hubiera desmantelado al primer golpe.
Miguel Strogoff y el yemschik emplearon más de dos horas en lograr remontar aquella parte del camino, que tendría media versta de largo como máximo, y que estaba tan directamente expuesta a la furia de la borrasca. El peligro entonces no estaba solamente en el formidable huracán que luchaba contra e atelaje y sus dos conductores, sino que, sobre todo estaba en los aludes de piedras y troncos derribados que la montaña despedía y arrojaba sobre ellos. De pronto, bajo el resplandor de un relámpago, se percibió uno de esos bloques de granito, moviéndose con creciente rapidez y rodando en la dirección de la tarenta. El yemschik lanzó un grito.
Miguel Strogoff, con un vigoroso golpe de látigo, quiso hacer avanzar a los caballos, pero éstos no respondieron. ¡Unos pasos solamente y el alud pasaría por detrás del vehículo!
Miguel Strogoff, en una fracción de segundo, vio la tarenta deshecha y a su compañera aplastada. Comprendió que no tenía tiempo de arrancarla del vehículo! Entonces, arrojándose a la parte trasera, colocó la espalda bajo el eje y afirmó los pies en el suelo y en aquel instante de inmenso Peligro encontró fuerzas sobrehumanas para hacer avanzar algunos pies el pesado coche.
La enorme piedra, al pasar, rozó el pecho del joven cortándole la respiración, como si hubiera sido una bala de cañón, y machacó las piedras de la carretera, arrancándoles chispas con el bloque.
-¡Hermano! -gritó Nadia, espantada, al ver la escena a la luz de los relámpagos.
-¡Nadia! -respondió Miguel Strogoff-. ¡Nadia, no temas nada … !
-¡No es por mí por quien podría temer!
-¡Dios está con nosotros, hermana!
-¡Conmigo, hermano, bien seguro, porque te ha puesto en mi camino! -susurró la joven.
El avance de la tarenta, debido al esfuerzo de Miguel Strogoff, no debía desaprovecharse. Fue este descanso dado a los caballos lo que permitió que éstos reemprendieran de nuevo la dirección. Arrastrados, por así decirlo, por los dos hombres, remontaron la ruta hasta una estrecha garganta, orientada de norte a sur, en donde quedaba al abrigo de los asaltos directos de la tormenta. El talud de la derecha hacía una especie de codo, debido al saliente de una enorme roca que ocupaba el centro de un ventisquero. El viento, pues, no formaba remolinos, y el sitio era sostenible, mientras que en la circunferencia de aquel centro, ni hombres ni bestias hubieran podido resistir. Y, en efecto, algunos abetos cuya extremidad superior sobrepasaba la altura de la roca, fueron arrancados en un abrir y cerrar de ojos, como si una gigantesca guadaña hubiera nivelado el talud a ras de las ramas. La tormenta estaba entonces en toda su furia. Los relámpagos iluminaban el desfiladero y los estallidos de los truenos eran continuos. El suelo, estremecido por aquellos golpes de borrasca, parecía temblar, como si el macizo de los Urales estuviera sometido a una trepidación general.
Afortunadamente, la tarenta había quedado protegida en una profunda sinuosidad que la borrasca no podía atacar directamente. Pero no estaba tan bien defendida como para que algunas contracorrientes oblicuas, desviadas por algunos salientes del talud, no la empujaran con violencia, haciéndola golpearse contra la pared rocosa, con peligro de quebrarse en mil pedazos. Nadia tuvo que abandonar el sitio que ocupaba y Miguel Strogoff, después de buscar a la luz de uno de los faroles, descubrió una excavación, debida al pico de algún minero, en donde pudo refugiarse la joven en espera de poder reemprender el viaje.
En ese momento -era la una de la madrugada-, comenzó a caer la lluvia, y las ráfagas, hechas de agua y viento, adquirieron una violencia extrema, que no apagaron, sin embargo, los fuegos del cielo. Esta complicación hacía imposible continuar la marcha. Cualquiera que fuese, pues, la impaciencia de Miguel Strogoff, y era muy grande, no tuvo más remedio que dejar transcurrir lo más duro de la tormenta. Habían llegado ya a la garganta misma que franquea la ruta de Perm a Ekaterinburgo; no había otra cosa que hacer más que descender; pero descender las estribaciones de los Urales, en aquellas condiciones, sobre un suelo cruzado por mil torrentes bajando de la montaña, en medio de los torbellinos de aire y agua, era sencillamente jugarse la vida y precipitarse al abismo.
-Esperar es grave -dijo Miguel Strogoff- pero significa, sin duda, evitar más largos retrasos. La violencia de la tormenta me hace pensar que no durará ya mucho. Hacia las tres comenzará a clarear el día y la bajada, que no podemos arriesgarnos a hacer en la oscuridad, será, si no fácil, al menos posible después de la salida del sol.
-Esperemos, hermano -respondió Nadia-; pero si retrasas la partida que no sea por evitar una fatiga o un peligro.
-Nadia, ya sé que estás decidida a todo, pero al comprometernos ambos, yo arriesgo algo más que mi vida y la tuya; faltaría a la misión, al deber que tengo que cumplir antes que nada.
-¡Un deber … ! -murmuró Nadia.
En aquel momento un violento relámpago desgarró el cielo y pareció, por decirlo así, que la lluvia se volatilizaba; se oyó un golpe seco; el aire se impregnó de un olor sulfuroso, casi asfixiante, y un grupo de grandes pinos, alcanzados por la descarga eléctrica, se inflamaban como una antorcha gigantesca a veinte pasos de la tarenta. El yemschik, arrojado al suelo por una especie de choque en retroceso, se levantó afortunadamente sin heridas.
Después, cuando los primeros estampidos del trueno se fueron perdiendo en las profundidades de la montaña, Miguel Strogoff sintió la mano de Nadia apretar fuertemente la suya y oyó que murmuraba estas palabras en su oído:
-¡Gritos, hermano! ¡Escucha!

11. VIAJEROS EN APUROS
Efectivamente, durante aquel breve intervalo de calma, oyéronse gritos hacia la parte superior del camino y a una distancia bastante próxima de la sinuosidad que protegía la tarenta.
Era como una llamada desesperada, evidentemente lanzada por algún pasajero en peligro. Miguel Strogoff escuchó con atención.
El yemschik escuchó también, pero moviendo la cabeza, como si le pareciera imposible responder a esa llamada.
-¡Son viajeros que piden socorro! -gritó Nadia.
-¡Si no cuentan más que con nosotros … ! -respondió el yemschik.
-¿Por qué no? -gritó Miguel Strogoff-. ¿No debemos hacer nosotros lo que ellos harían en parecidas circunstancias?
-¡Pero no irá usted a arriesgar el carruaje y los caballos … !
-¡Iré a pie! -respondió Miguel Strogoff interrumpiendo al yemschik.
-Yo te acompañaré, hermano –dijo la joven livoniana.
-No, Nadia, quédate aquí; el yemschik permanecerá a tu lado. No quiero dejarlo solo…
-Me quedaré -respondió Nadia.
-Ocurra lo que ocurra, no abandones este refugio.
-Me encontrarás donde estoy.
Miguel Strogoff apretó la mano de su compañera y, franqueando la vuelta del talud, desapareció en seguida entre las sombras.
-Tu hermano ha cometido un error –dijo el yemschzk a la joven.
-Mi hermano tiene razón -respondió simplemente Nadia.
Mientras tanto, Miguel Strogoff remontaba el camino con rapidez. Si tenía grandes deseos de socorrer a los que así gritaban, también tenía gran impaciencia por conocer a aquellos viajeros a los que la tormenta no les había impedido aventurarse por las montañas, y estaba seguro de que se trataba de la telega que les había precedido desde el principio.
La lluvia había cesado, pero la borrasca redoblaba su violencia. Los gritos, llevados por las corrientes de aire, se distinguían cada vez más. Desde el sitio donde Miguel Strogoff había dejado a Nadia, no se podía ver lo sinuoso que era el camino porque la luz de los relámpagos sólo iluminaba los salientes del talud, que tapaban el camino. Las ráfagas, chocando bruscamente con todos aquellos ángulos, formaban remolinos difíciles de atravesar, por lo que era necesaria la fuerza poco común de Miguel Strogoff para resistirlas.
Pero era evidente que los viajeros que hacían oír sus gritos no estaban muy lejos, aunque el correo del Zar todavía no podía distinguirlos, sea porque habían ido a parar fuera de la carretera o porque la oscuridad lo impedía, pero las palabras llegaban con bastante claridad a sus oídos.
He aquí lo que oyó y que no dejó de producirle cierta sorpresa:
-¡Zopenco! ¿Vas a volver?
-¡Te haré azotar en la próxima parada!
-¿Oyes, postillón del diablo? ¡Eh!
-¿Así es como le conducen a uno en este país?
-¿Y eso es lo que llaman una telega?
-¡Eh! ¡Triple bruto! ¡Sigue marchando y no se para! ¡Aún no se ha dado cuenta de que nos ha dejado en el camino!
-¡Tratarme así, a mí, un inglés acreditado! ¡Me quejaré a la embajada y haré que lo encierren!
El que así hablaba estaba verdaderamente encolerizado pero, de golpe, le pareció a Miguel Strogoff que el segundo interlocutor tomaba partido por la situación y estalló en carcajadas, inesperadas en medio de aquella escena, a las que siguieron estas palabras:
-¡Decididamente esto es demasiado chistoso!
-¡Se atreve usted a reírse! -exclamó agriamente el ciudadano del Reino Unido.
-Cierto, querido colega, y de todo corazón. ¡Y le invito a usted a que haga otro tanto! ¡Palabra de honor que no había visto esto jamás! ¡Es demasiado chistoso … ! ¡Nunca lo había visto…!
En aquel momento, un violento trueno retumbó en el desfiladero con un estruendo espantoso, que venía multiplicado por los ecos de las montañas en una grandiosa proporción. Después, cuando el ruido se extinguió, la voz alegre continuó diciendo:
-¡Sí, extraordinariamente chistoso! ¡Esto, desde luego, no ocurriría en Francia!
-¡Ni en Inglaterra! -respondió el inglés.
Sobre el camino, iluminado entonces por los relámpagos, Miguel Strogoff vio a dos viajeros, a unos veinte pasos de él, sentados uno junto al, otro en el banco trasero de un singular vehículo, que parecía profundamente atascado en algún bache. Se acercó a ellos, mientras uno reía y el otro rezongaba, y reconoció a los dos corresponsales de periódicos que habían embarcado en el Cáucaso y viajado con él desde Nijni-Novgorod a Perm.
-¡Eh, buenos días, señor! -gritó el francés-. ¡Encantado de verle, en estas circunstancias! Permítame presentarle a mi íntimo enemigo, el señor Blount.
El reportero inglés saludó y parecía que iba, a su vez, a presentar a su colega, Alcide Jolivet, conforme a las reglas de la etiqueta, pero Miguel Strogoff dijo:
-Es inútil, señores, ya nos conocemos. Hemos ya viajado juntos por el Volga.
-¡Ah, muy bien! ¡Perfectamente, señor…
-Nicolás Korpanoff, comerciante de Irkutsk -respondió Miguel Strogoff-. Pero ¿quieren ponerme al corriente sobre la aventura que les ha ocurrido, tan chistosa para uno y tan lamentable para el otro?
-Le hago a usted juez, señor Korpanoff -respondió Alcide Jolivet-. Imagínese usted que nuestro postillón ha seguido la ruta con el tren delantero de su infernal vehículo, dejándonos plantados sobre el tren trasero de ese absurdo carruaje. ¡La peor mitad de una telega para dos, sin guía y sin caballos! ¡No es absoluta y superlativamente chistoso!
-¡No del todo! -respondió el inglés.
-¡Sí, colega! ¡Usted no sabe tomarse las cosas por su lado bueno!
-¿Y cómo, quiere decirnos, podremos continuar el viaje? -preguntó Harry Blount.
-Nada más fácil -respondió Alcide Jolivet-. Va usted a engancharse a lo que nos queda del carruaje; yo tomaré las riendas, le llamaré mi pequeño pichón como un verdadero yemschik, y usted marchará como un verdadero caballo de posta.
-Señor Jolivet -respondió el inglés-, esta broma ya se pasa de la raya y…
-Tenga calma, colega. Cuando se canse yo le reemplazaré y usted tendrá derecho a llamarme caracol asmático y tortuga pesada, si no le conduzco a velocidad infernal. Alcide Jolivet decía todas estas cosas con tan buen humor que Miguel Strogoff no pudo reprimir una sonrisa.
-Señores -les dijo- hay algo mejor que hacer. Nosotros hemos llegado hasta aquí, la garganta superior de la cordillera de los Urales y, por consiguiente, no nos queda más que descender las pendientes de las montañas. Mi carruaje está a unos quinientos pasos más atrás; les prestaré uno de mis caballos, lo engancharán a la caja de su telega y mañana, si no se produce ningún accidente, llegaremos juntos a Ekaterinburgo.
-¡Señor Korpanoff -respondió Alcide Jolivet-, esa es una proposición que parte de un corazón generoso!
-Agrego, señores, que si no les invito a que suban a mi tarenta es porque sólo tiene dos plazas y están ya ocupadas por mi hermana y por mí -aclaró Miguel Strogoff.
-Nuevamente gracias, señor -respondió Alcide Jolivet-, pero mi colega y yo iríamos hasta el fin del mundo con su caballo y nuestra media telega.
-¡Señor -continuó Harry Blount-, aceptamos su generosa oferta! ¡En cuanto a ese yemschik … !
-¡Oh! Crea que no es ésta la primera vez que ocurre semejante cosa –respondió Miguel Strogoff.
-¿Pero por qué no vuelve? Él sabe perfectamente que nos ha dejado atrás. ¡El miserable!
-¿Él? ¡Ni se ha enterado!
-¿Cómo? ¿Ignora que su telega se ha partido en dos?
-Sí. Y conducirá su tren delantero con la mejor buena fe del mundo hasta Ekaterinburgo.
– ¡Cuando yo le decía, colega, que esto era de lo más chistoso!… -exclamó Alcide Jolivet.
-Señores, si quieren seguirme -dijo Miguel Strogoff-, nos reuniremos con mi carruaje y…
-Pero, ¿y la telega? -observó el inglés.
-No tema usted que eche a volar, querido Blount -replicó Alcide Jolivet-. Mírela qué bien arraigada está en el suelo. Tanto, que si la dejamos aquí en la primavera próxima le saldrán hojas.
-Vengan, pues, señores, y traeremos aquí la tarenta -dijo Miguel Strogoff. El francés y el inglés descendieron de la banqueta del fondo, convertida de esa forma en asiento delantero, y siguieron a Miguel Strogoff. Mientras caminaban, Alcide Jolivet, siguiendo su costumbre, iba conversando con todo su buen humor, que ningún contratiempo podía alterar.
-A fe mía, señor Korpanoff, que nos saca usted de un buen atolladero.
-Yo no he hecho más de lo que hubiera hecho cualquier otro en mis circunstancias, señores. Si los viajeros no nos ayudáramos entre nosotros, no habría más remedio que eliminar las rutas.
-Como compensación, señor, si va usted lejos en la estepa, es posible que nos encontremos de nuevo y…
Alcide Jolivet no preguntaba de una manera formal a Miguel Strogoff adónde iba, pero este, no queriendo disimular, respondió con rapidez:
-Voy a Omsk, señores.
-Pues el señor Blount y yo -prosiguió Alcide Jolivet- vamos un poco adelante, allá donde puede ser que encontremos una bala, pero también, con toda seguridad, noticias que atrapar.
-¿Van a las provincias invadidas? -preguntó Miguel Strogoff con cierto apresuramiento.
-Precisamente, señor Korpanoff, y es probable que no volvamos a encontrarnos.
-En efecto, señor -respondió Miguel Strogoff-, yo soy muy poco amante de los tiros de fusil y golpes de lanza y de naturaleza demasiado pacífica para aventurarme por los sitios donde se combate.
-Desolador, señor, desolador. Y, verdaderamente, no podremos sino lamentar el separarnos tan pronto. Pero al dejar Ekaterinburgo puede ser que nuestra buena estrella quiera que viajemos todavía juntos durante algunos días.
-¿Se dirigen ustedes a Omsk? -preguntó Miguel Strogoff, después de reflexionar unos instantes.
-Todavía no sabemos nada -replicó Alcide Jolivet-. Pero lo más probable es que vayamos directamente hasta Ichim y, una vez allí, obraremos según los acontecimientos.
-Pues bien, señores -dijo Miguel Strogoff-, iremos juntos hasta Ichim.
Miguel Strogoff hubiera preferido, evidentemente, viajar solo, pero no podía hacerlo sin que se hiciera sospechoso al buscar separarse de dos viajeros que iban a seguir la misma ruta que él. Por tanto, ya que Alcide Jolivet y su compañero tenían intención de pararse en Ichim sin continuar inmediatamente hasta Omsk, no había ningún inconveniente en que hicieran juntos esta parte del viaje.
-Así pues, queda convenido -repitió Miguel Strogoff-. Haremos juntos el viaje.
Después, con tono más indiferente, preguntó:
-¿Saben con certeza hasta dónde han llegado los tártaros? -preguntó.
-Le aseguro, señor, que no sabemos más que lo que se decía en Perm, -respondió Alcide Jolivet-. Los tártaros de Féofar-Khan han invadido toda la provincia de Semipalatinsk y hace algunos días que están descendiendo el curso del Irtyche a marchas forzadas. Será preciso que se dé prisa si quiere llegar a Omsk antes que ellos.
-En efecto -respondió Miguel Strogoff.
-Se decía también que el coronel Ogareff había conseguido pasar la frontera disfrazado y que no podía tardar en reunirse con el jefe tártaro en el mismo centro del país sublevado.
-Pero ¿cómo lo han sabido? -preguntó Miguel Strogoff-, ya que todas estas noticias, más o menos verídicas, le interesaban directamente.
-Como se saben todas las cosas -respondió Alcide Jolivet-, las trae el aire.
-¿Pero tiene serios motivos para pensar que el coronel Ogareff está en Siberia?
-Hasta he oído decir que había debido de tomar la ruta de Kazan a Ekaterinburgo.
-¡Ah! ¿Sabía todo eso, señor Jolivet? -preguntó entonces Harry Blount, al cual sacó de su mutismo la observación del corresponsal francés.
-Lo sabía -respondió Alcide Jolivet.
-¿Y sabía también que iba disfrazado de bohemio? -preguntó de nuevo el inglés.
-Lo sabía exactamente al mandar el mensaje a mi prima -respondió sonriente Alcide Jolivet.
-¿De bohemio? -había repetido casi involuntariamente Miguel Strogoff, que se acordó de la presencia del viejo gitano en Nijni-Novgorod, su viaje a bordo del Cáucaso y su desembarco en Kazan.
-No ha perdido su tiempo en Kazan -hizo observar el inglés a Alcide Jolivet con tono seco.
-No, querido colega, y mientras el Cáucaso se aprovisionaba, yo hacía lo mismo.
Miguel Strogoff ya no escuchaba las réplicas que se daban entre sí Harry Blount y Alcide Jolivet; recordaba la tribu de bohemios, al viejo gitano, al que no había podido ver la cara; a la extraña mujer que le acompañaba; la mirada tan singular que había lanzado sobre él; intentaba rememorar todos los detalles de aquel encuentro, cuando se oyó una detonación cerca de ellos.
-¡Adelante, señores! -gritó Miguel Strogoff.
-¡Cáscaras! Para ser un digno negociante que huye de las balas, corre muy aprisa al lugar de donde salen -se dijo Alcide Jolivet.
Y, seguido de Harry Blount, que no era hombre de los que se quedan atrás, se precipitó tras los pasos de Miguel Strogoff. Algunos instantes después los tres hombres estaban en el saliente bajo el cual se abrigaba la tarenta en una vuelta del camino.
El grupo de pinos incendiados por un rayo ardía todavía. El camino estaba desierto, pero Miguel Strogoff no se había equivocado. Hasta él había llegado el disparo de un arma de fuego.
De pronto, un formidable rugido se dejó oír y una segunda detonación estalló en la otra parte de talud.
-¡Un oso! -gritó Miguel Strogoff, que no podía confundir el rugido de estos animales- ¡Nadia! ¡Nadia!
Desenvainando el puñal que llevaba bajo el cinturón, Miguel Strogoff dio un formidable salto, precipitándose en la gruta donde la joven había prometido permanecer. Los pinos, devorados por el fuego, iluminaban la escena con toda claridad. En el momento en que llegó Miguel Strogoff al lugar en que estaba la tarenta, una enorme masa retrocedía hacia él.
Era un oso de gran tamaño al cual la tempestad, sin duda, había expulsado de los bosques que erizaban esta parte de los Urales y había venido a buscar refugio en aquella excavación, que era seguramente su retiro habitual, ocupado ahora por Nadia.
Dos de los caballos, espantados por la presencia de la enorme bestia, habían roto las cuerdas emprendiendo la huida, y el yemschik, sin pensar en otra cosa que en sus caballos, se lanzó en su persecución, dejando a la joven sola en presencia del oso.
La valiente Nadia no había perdido la cabeza. El animal, que no la había visto aún, atacó al tercer caballo del atelaje y Nadia, abandonando la sinuosidad en la que se había agazapado, corrió hacia la tarenta y tomando uno de los revólveres de Miguel Strogoff se fue valientemente sobre el oso haciendo fuego a bocajarro.
El animal, ligeramente herido en la espalda, se revolvió contra la joven, la cual intentaba evitarlo dando vueltas a la tarenta, en donde el caballo intentaba romper sus ligaduras. Pero con los caballos perdidos en las montañas, el viaje estaba comprometido, por lo que Nadia se fue de cara al oso y, con una sangre fría sorprendente, en el mismo momento en que las garras del animal se iban a abatir sobre ella, hizo fuego por segunda vez.
Ésta era la segunda detonación que acababa de escuchar Miguel Strogoff a algunos pasos de él. Pero ya estaba allí y de un salto se interpuso entre el oso y la joven. Su brazo no hizo más que un solo movimiento de abajo arriba y la enorme bestia, abierta en canal, cayó al suelo como una masa inerte.
Aquélla fue una buena demostración del famoso golpe de cuchillo de los cazadores siberianos, que tienen especial cuidado en no estropear las preciosas pieles de oso, pues tienen un precio muy alto.
-¿No estás herida, hermana? -dijo Miguel Strogoff, precipitándose hacia la muchacha.
-No, hermano -respondió Nadia.
En aquel momento aparecieron los dos periodistas. Alcide Jolivet se lanzó a la cabeza del caballo y es preciso creer que tenía una muñeca sólida, porque consiguió dominarlo. Su compañero y él habían presenciado la rápida maniobra de Miguel Strogoff.
-¡Diablos! -gritó Alcide Jolivet-. Para ser un simple negociante, señor Korpanoff, maneja usted primorosamente el cuchillo de cazador.
-Muy primorosamente -agregó Harry Blount.
-En Siberia, señores -respondió Miguel Strogoff- nos vemos obligados a hacer un poco de todo.
Alcide Jolivet miró entonces al joven.
Visto a plena luz, con el cuchillo sangrante en la mano, con su alta talla, su aire resuelto, el pie puesto sobre el oso que acababa de despellejar, Miguel Strogoff era una imagen realmente hermosa.
-¡Gallardo mozo! -pensó Alcide Jolivet.
Y avanzando respetuosamente con su sombrero en la mano, fue a saludar a la joven. Nadia hizo una ligera inclinación. Alcide Jolivet, volviéndose hacia su compañero, dijo:
-¡Digna hermana de su hermano! ¡Si yo fuera oso no me enfrentaría a esta terrible y encantadora pareja!
Harry Blount, estirado como un palo, permanecía, con el sombrero en la mano, a cierta distancia. La desenvoltura de su colega tenía como efecto el remarcar todavía más su rigidez habitual.
En ese momento reapareció el yemschik, que había logrado apoderarse de los dos caballos y lanzó una mirada de sentimiento sobre el magnífico animal, tendido en el suelo, que debía quedar abandonado a las aves de rapiña. Después fue a ocuparse de reenganchar las caballerías. Miguel Strogoff le puso en antecedentes de la situación de los dos viajeros y de su proyecto de cederles un caballo de la tarenta.
-Como gustes -respondió el yemschik-. Sólo nos faltaba ahora dos coches en vez de uno.
-¡Bueno, amigo -contestó Alcide Jolivet, que comprendió la insinuación-, se te pagará el doble!
-¡Adelante, pues, tortolitos míos!
Nadia había subido de nuevo al carruaje y Miguel Strogoff y sus dos compañeros seguían a pie.
Con las primeras luces del alba, la tarenta estaba junto a la telega, y ésta se encontraba concienzudamente empotrada hasta la mitad de las ruedas. Se comprendía, pues, que con semejante golpe se hubiera producido la separación de los dos trenes del vehículo.
Eran las tres de la madrugada y la borrasca estaba ya menguando en intensidad, el viento ya no soplaba con tanta violencia a través del desfiladero y así les sería posible continuar el camino.
Uno de los caballos de los costados de la tarenta fue enganchado con la ayuda de cuerdas a la caja de la telega, en cuyo banco volvieron a ocupar su sitio los dos periodistas y los vehículos se pusieron en movimiento. El resto del camino no ofrecía dificultad alguna, pues sólo tenían que descender las pendientes de los Urales.
Seis horas después, los dos vehículos, siguiéndose de cerca, llegaron a Ekaterinburgo, sin que fuera de destacar ningún incidente en esta segunda parte del viaje. Al primer individuo que vieron los dos periodistas en la casa de postas fue al yemschik, que parecía esperarles.
Aquel digno ruso tenía, verdaderamente, una buena figura, y, sin embarazo ninguno, sonriente, se acercó hacia los viajeros y les tendió la mano reclamando su propina. La verdad obliga a decir que el furor de Harry Blount estalló con una violencia tan británica, que si el yemschik no hubiera logrado retroceder prudentemente, un puñetazo dado según todas las reglas del boxeo hubiera pagado su na vodku en pleno rostro.
Alcide Jolivet, viendo la cólera de su compañero, se retorcía de risa, como quizá no lo había hecho nunca.
-¡Pero si tiene razón, este pobre diablo! -gritó-. ¡Está en su derecho, mi querido colega! ¡No es culpa suya si no hemos encontrado el medio de seguirle!
Y sacando algunos kopeks de su bolsillo, se los dio al yemschik diciéndole:
-¡Toma, amigo. Si no los has ganado no ha sido culpa tuya!
Esto redobló la indignación de Harry Blount, quien quería hacer procesar a aquel empleado de postas.
-¡Un Proceso en Rusia! -exclamó Alcide Jolivet-. Si las cosas no han cambiado, compadre, no verá usted el final. ¿No conoce la historia de aquella ama de cría que reclamó doce meses de amamantamiento a la familia de su pupilo?
-No la conozco -respondió Harry Blount.
-¿Y no sabe qué era el bebé cuando terminó el juicio en el que ganó la causa el ama de cría?
-¿Qué era, si puede saberse?
-Coronel de la guardia de húsares. Al oír esta respuesta se pusieron todos a reír.
Alcide Jolivet, encantado de su éxito, sacó el carnet de notas de su bolsillo y, sonriente, escribió esta anotación, destinada a figurar en el diccionario moscovita:
«Telega: carruaje ruso de cuatro ruedas a la salida y dos ruedas a la llegada. »

12. UNA PROVOCACION
Ekaterinburgo, geográficamente, es una ciudad asiática, porque está situada más allá de los montes Urales, sobre las últimas estribaciones de la cordillera; sin embargo, depende del gobierno de Perm y, por tanto, está comprendida dentro de una de las grandes divisiones de la Rusia europea. Esta usurpación administrativa debía de tener su razón de ser, porque es como un pedazo de Siberia que queda entre las garras rusas.
Ni Miguel Strogoff ni los dos corresponsales debían tener inconvenientes en encontrar medios de locomoción en una ciudad tan importante, que había sido fundada en 1723. En Ekaterinburgo se constituyó la primera casa de moneda del Imperio; allí está concentrada la dirección general de las minas. Esta ciudad es, pues, un centro industrial importante, en medio de un país en el que abundan las fábricas metalúrgicas y otras explotaciones donde se purifican el platino y el oro.
En esta época había crecido mucho la población de Ekaterinburgo. Rusos o siberianos, amenazados todos por la invasión de los tártaros, afluían a ella huyendo de las provincias ya invadidas por las hordas de Féofar-Khan y, principalmente, de los países kirguises, que se extienden del sudoeste del Irtyche hasta la frontera con el Turquestán.
Si los medios de locomoción habían de ser escasos para llegar a Ekaterinburgo, por el contrario, abundaban para abandonar la ciudad. En la coyuntura actual, los viajeros se cuidarían mucho de aventurarse por las rutas de Siberia.
Con la ayuda de este concurso de circunstancias, a Harry Blount y Alcide Jolivet les resultó fácil encontrar con qué reemplazar la media telega que, bien que mal, les había traído hasta Ekaterinburgo. En cuanto a Miguel Strogoff, como la tarenta le pertenecía y no había sufrido ningún desperfecto durante el viaje a través de los montes Urales, le bastaba con enjaezar de nuevo tres buenos caballos para volver rápidamente sobre la ruta de Irkutsk.
Hasta Tiumen y quizás hasta Novo-Zaimskoë, esta ruta debía de ser bastante accidentada, ya que se desliza todavía sobre las caprichosas ondulaciones del terreno que dan nacimiento a las primeras pendientes de los montes Urales. Pero después de la etapa de Novo-Zaimskoë, comenzaba la inmensa estepa, que se extiende hasta las proximidades de Krasnolarsk sobre un espacio de alrededor de mil setecientas verstas (1.815 kilómetros).
Como se sabe, era en Ichim donde los dos corresponsales tenían la intención de detenerse, es decir, a seiscientas verstas de Ekaterinburgo. Allí, según se desarrollasen los acontecimientos, se internarían en las regiones invadidas, bien juntos o bien por separado, siguiendo su instinto, que les iba a llevar sobre una u otra pista.
Ahora bien, este camino de Ekaterinburgo a Ichim, que se prolonga hacia Irkutsk, era el único que podía tomar Miguel Strogoff, pero él no corría detrás de la noticia y, por el contrario, quería evitar atravesar un país devastado por los invasores, por lo que estaba dispuesto a no detenerse en ningún lugar.
-Señores -dijo a sus nuevos compañeros-, me satisface mucho hacer en su compañía esta parte del viaje, pero debo prevenirles que me es extraordinariamente urgente nuestra llegada a Omsk, ya que mi hermana y yo vamos a reunirnos con nuestra madre y quién sabe si no llegaremos antes de que los tártaros hayan invadido la ciudad. No me detendré, por tanto, más que el tiempo necesario para cambiar los caballos, y viajaré noche y día.
-Nosotros nos proponemos también hacer lo mismo -respondió Harry Blount.
-Sea, pero no pierdan ni un instante. Alquilen o compren un carruaje…
-Cuyo tren trasero pueda llegar a Ichim al mismo tiempo que el de delante –precisó Alcide Jolivet.
Media hora después, el diligente francés había encontrado, fácilmente por demás, una tarenta, muy parecida a la de Miguel Strogoff, en la cual se instalaron enseguida su compañero y él.
Miguel Strogoff y Nadia ocuparon los asientos de su vehículo y, al mediodía, los dos carruajes abandonaban juntos Ekaterinburgo. ¡Nadia se encontraba, por fin, en Siberia, sobre la larga ruta que conduce a Irkutsk! ¿Cuáles debían ser entonces los pensamientos de la joven livoniana? Tres rápidos caballos la conducían, a través de esta tierra de exilio hacia donde su padre estaba condenado a vivir, puede que por mucho tiempo, tan lejos de su tierra natal. Apenas veía circular por delante de sus ojos aquellas largas estepas que por unos momentos le habían estado prohibidas, porque su mirada iba más allá del horizonte, tras el cual buscaba la faz del exiliado. Nada observaba del paisaje que estaban atravesando a una velocidad de quince verstas a la hora; nada de aquellas comarcas de la Siberia occidental, tan diferentes de las comarcas del este. Aquí, en efecto, apenas había campos cultivados; el suelo era pobre, al menos en su superficie, pero en sus entrañas encerraba hierro, cobre, platino y oro. Por todas partes se veían instalaciones industriales, pero ninguna granja agrícola. ¿Cómo iban a encontrar brazos para cultivar el suelo, para arar los campos, para recoger las cosechas, cuando era más productivo excavar en las minas a golpe de pico? Aquí el campesino ha dejado su sitio al minero.
El pico se ve por todas partes mientras que el arado no se ve en ninguna. El pensamiento de Nadia, sin embargo, abandonó las lejanas provincias de lago Baikal y se fijó entonces en su situación presente. Se desdibujó un poco la imagen de su padre y vio la de su generoso compañero, a quien había conocido por primera vez sobre el ferrocarril de Wladimir, donde un providencial designio había hecho que lo encontrara. Se acordaba de sus atenciones durante el viaje, de su llegada a las oficinas de policía de Nijni-Novgorod y la forma tan sencilla con que se había dirigido a ella llamándola hermana; su dedicación a ella durante todo el viaje por el Volga y, en fin, todo lo que había hecho en esa terrible noche de tormenta en los Urales, por defender su vida con peligro de la propia.
Nadia pensaba en Miguel Strogoff y daba gracias a Dios por haberla puesto en la ruta de aquel valiente protector, aquel amigo discreto y generoso. Se sentía segura cerca de él, y bajo su mirada. Un verdadero hermano no hubiera hecho más por ella. Nadia no temía ningún obstáculo y veía ahora con certeza la llegada a su destino.
En cuanto a Miguel Strogoff, hablaba poco y reflexionaba mucho. Por su parte, daba gracias a Dios por haberle proporcionado este encuentro con Nadia; al mismo tiempo que el medio para disimular su verdadera identidad tenía una buena acción que hacer. La intrépida calma de la joven complacía a su alma generosa. ¿Que no era de verdad su hermana? Sentía tanto respeto como afecto por su bella y heroica compañera y presentía que era poseedora de uno de esos puros y extraños corazones con los cuales siempre se puede contar.
Sin embargo, desde que pisaron el suelo siberiano, los verdaderos peligros habían comenzado para Miguel Strogoff. Si los dos periodistas no se equivocaban, Ivan Ogareff había ya traspasado la frontera, por tanto era necesario proceder con el máximo de precauciones. Las circunstancias habían cambiado ahora, porque los espías tártaros debían de inundar las provincias siberianas, y si desvelaban su incognito, si reconocían su calidad de correo del Zar, significaría el final de su misión y de su propia vida. Miguel Strogoff, al hacerse estas reflexiones, notaba el peso de la responsabilidad que pesaba sobre él.
Mientras las cosas se desarrollaban así en el primer vehículo, ¿qué ocurría en el segundo? Nada de extraordinario. Alcide Jolivet hablaba en frases sueltas y Harry Blount respondía con monosílabos. Cada uno enfocaba las cosas a su manera y tomaba nota sobre los incidentes del viaje; incidentes que, por otra parte, fueron poco variados durante esta primera parte de su marcha por Siberia.
En cada parada, los dos corresponsales descendían del vehículo e iban al encuentro de Miguel Strogoff, pero Nadia no bajaba de la tarenta como no fuese para alimentarse; cuando era preciso comer o cenar en una de las paradas de posta, la muchacha se sentaba en la mesa y permanecía siempre en una actitud reservada, sin mezclarse en las conversaciones.
Alcide Jolivet, sin salirse jamás de los límites de la cortesía, no dejaba de mostrarse obsequioso con la joven livoniana, a la cual encontraba encantadora. Admiraba la silenciosa energía que mostraba para sobrellevar las fatigas de un viaje hecho en tan duras condiciones. Estas paradas forzosas no complacían demasiado a Miguel Strogoff, que hacía todo lo posible por abreviarlas, excitando a los jefes de posta, estimulando a los yemschiks y dando prisa para que el atelaje de los vehículos se hiciera con rapidez. Terminada rápidamente la comida, demasiado para Harry Blount, que era un comedor metódico, iniciaban de nuevo la marcha y los periodistas se deslizaban como águilas, ya que pagaban principescamente y, como decía Alcide Jolivet, «en águilas de Rusia».
No es necesario decir que Harry Blount no cruzaba una sola palabra directamente con Nadia. Y éste era uno de los pocos temas de conversación que no buscaba discutir con su compañero. Este honorable gentleman no tenía por costumbre hacer dos cosas al mismo tiempo. Habiéndole preguntado en cierta ocasión Alcide Jolivet cuál podría ser la edad de la joven livoniana, respondió, con la mayor seriedad del mundo y entrecerrando los ojos:
-¿Qué joven livoniana?
-¡Pardiez! ¡La hermana de Nicolás Korpanoff
-¿Es su hermana?
-¡No! ¡Es su abuela! -replicó Alcide Jolivet, desarmado ante tanta indiferencia-. ¿Qué edad le supone usted?
-Si la hubiera visto nacer, lo sabría -respondió Harry Blount simplemente, como hombre que no quiere comprometerse. El país que en aquellos momentos cruzaban las dos tarentas estaba casi desierto. El tiempo era bastante bueno y como el cielo estaba semicubierto, la temperatura era más soportable. Con dos vehículos mejor acondicionados, no hubieran podido lamentarse del viaje, porque iban como las berlinas de posta en Rusia, es decir, con una maravillosa velocidad.
Pero el abandono en que parecía el país era debido a las actuales circunstancias. En los campos se veían pocos o ningún campesino siberiano, con sus rostros pálidos y graves, a los cuales una viajera ha comparado acertadamente con los campesinos castellanos, a los que se parecen en todo menos en el ceño. Aquí y allí se distinguían algunos poblados ya evacuados, lo que indicaba la proximidad de las tropas tártaras.
Los habitantes, llevándose consigo los rebaños de ovejas, sus camellos y sus caballos, habían ido a refugiarse en las planicies del norte. Algunas tribus nómadas kirguises de la gran horda, que habían permanecido fieles, también habían trasladado sus tiendas más allá del Irtyche o del Obi, para sustraerse a las depredaciones de los invasores. Afortunadamente el cambio de posta continuaba haciéndose regularmente, igual que el servicio telegráfico, hasta los puntos en que el cable había sido cortado. A cada parada, los encargados de la posta enjaezaban los caballos en condiciones reglamentarias y en cada estación telegráfica, los encargados del telégrafo, sentados frente a sus ventanillas, transmitían los mensajes que se les confiaban sin más retraso que el que provocaban los mensajes oficiales. Alcide Jolivet y Harry Blount pudieron transmitir extensas crónicas a sus respectivos periódicos.
Hasta aquí, el viaje de Miguel Strogoff se llevaba a cabo en condiciones satisfactorias, sin sufrir retraso alguno, y si lograba salvar la cabeza de puente que los tártaros de Féofar-Khan habían establecido un poco antes de Krasnoiarsk, tenía muchas probabilidades de llegar a Irkutsk antes que los invasores, empleando el mínimo tiempo conocido hasta entonces.
Al día siguiente de haber abandonado Ekaterinburgo, las dos tarentas alcanzaron la pequeña ciudad de Tuluguisk a las siete de la mañana, después de haber franqueado una distancia de doscientas veinte verstas sin incidentes dignos de mención. Allí, los viajeros consagraron media hora al desayuno. Una vez terminado, reemprendieron la marcha con una velocidad que sólo podía explicar la promesa de un puñado de kopeks.
El mismo día, 22 de julio, a la una de la tarde, las dos tarentas llegaban a Tiumen, sesenta verstas más allá de Tuluguisk. Tiumen, cuya población normal es de diez mil habitantes, contaba a la sazón con el doble. Esta ciudad, primer centro industrial que los rusos establecieron en Siberia, cuenta con notables fábricas metalúrgicas y de fundición, y no había presentado jamás una animación como aquélla. Los dos corresponsales fueron inmediatamente a la caza de noticias. Aquellas que daban los fugitivos siberianos sobre el teatro de la guerra no eran precisamente tranquilizadoras.
Se decía, entre otras cosas, que el ejército de Féofar-Khan se aproximaba rápidamente al valle del Ichim y se confirmaba que el jefe tártaro se reuniría pronto con el coronel Ivan Ogareff, si no había ya ocurrido, con lo cual se sacaba la conclusión de que las operaciones en el este de Siberia tomarían mayor actividad. En cuanto a las tropas rusas, había sido necesario llamarlas principalmente de las provincias europeas, las cuales, encontrándose tan lejos, aún no habían podido oponerse a la invasión. Mientras tanto, los cosacos del gobierno de Tobolsk se dirigían hacia Tomsk a marchas forzadas, con la esperanza de cortar el avance de las columnas tártaras. A las ocho de la tarde, llegaron a Yalutorowsk, después de que las dos tarentas hubieran devorado setenta y cinco verstas más.
Se hizo rápidamente el cambio de caballos y, a la salida de la ciudad, viéronse obligados a atravesar el río Tobol en un transbordador. Sobre aquel apacible curso era fácil la operación, la cual tendrían que repetir más de una vez en su recorrido y, seguramente, en condiciones mucho menos favorables.
A medianoche, después de otras cincuenta y cinco verstas de viaje, llegaron a Novo-Saimsk, abandonando, por fin, el suelo ligeramente accidentado por montículos cubiertos de árboles, que constituían las últimas estribaciones de los montes Urales. Aquí comenzaba verdaderamente lo que se llama la estepa siberiana, que se prolonga hasta los alrededores de Krasnoiarsk. Es una planicie sin límites, una especie de vasto desierto herboso, en cuyo horizonte se confunde el cielo y la tierra en una circunferencia tan perfecta que se hubiera dicho que estaba trazada a compás. Esta estepa no presentaba a su mirada otros accidentes que el perfil de los postes telegráficos situados a cada lado de la ruta y cuyos cables la brisa hacía vibrar como las cuerdas de un arpa. La misma carretera no se distinguía del resto de la planicie más que por la nube de ligero polvo que las tarentas levantaban a su paso. Sin esta cinta blanquecina, que se prolongaba hasta perderse de vista, hubieran podido creerse en pleno desierto. Miguel Strogoff y sus compañeros se lanzaron a través de la estepa con mayor velocidad aún; los caballos, excitados por el yemschik y sin que ningún obstáculo se interpusiera en su camino, devoraban las distancias. Las tarentas corrían directamente hacia Ichim, en donde los dos corresponsales se detendrían si ningún inconveniente modificaba su itinerario.
Alrededor de doscientas verstas separaban Novo-Saimsk de la ciudad de Ichim y, al día siguiente, antes de las ocho de la tarde, podían haberla ya franqueado, a condición de que no perdieran ni un solo instante. Los yemschiks pensaban que si los viajeros no eran grandes señores o altos funcionarios, eran dignos de serlo, aunque sólo fuera por las espléndidas propinas que entregaban.
Al día siguiente, 23 de julio, en efecto, las dos tarentas no se encontraban más que a treinta verstas de Ichim. En aquel momento Miguel Strogoff distinguió sobre la ruta, apenas visible a causa de las nubes de polvo, un vehículo que precedía al suyo. Pero como sus caballos estaban menos fatigados, corrían con una velocidad mucho mayor y no tardarían en darles alcance. No era una tarenta ni una telega, sino una poderosa berlina de posta que debía de haber hecho ya un largo viaje. Su postillón no tenía más remedio que mantener el galope de los caballos a fuerza de golpes de látigo y de injurias. Aquella berlina no había pasado, ciertamente, por Novo-Saimsk, sino que debía de haber seguido el camino de Irkutsk por cualquier ruta perdida en la estepa. Miguel Strogoff y sus compañeros, viendo aquella berlina que corría hacia Ichim, no tuvieron más que un pensamiento: pasarle delante y llegar antes que ellos a la parada, con el fin de asegurarse los caballos disponibles. Por tanto, dieron instrucciones a los yemschiks y no tardaron en ponerse en línea con la berlina. Fue Miguel Strogoff quien llegó primero a su altura, en el mismo momento en que una cabeza se asomó por la portezuela del vehículo.
Miguel Strogoff no tuvo tiempo de observarla, pero al pasar, pese a la velocidad, oyó claramente una palabra, pronunciada con una imperiosa voz que se dirigió a él:
-¡Deténgase!
No se paró, sino todo lo contrario, y la berlina fue dejada atrás por las dos tarentas. Se produjo entonces una carrera de velocidad, porque los caballos de la berlina, excitados sin duda por la presencia y el ritmo de los caballos que les adelantaban, encontraron fuerzas para mantenerse a su ritmo durante algunos minutos. Los tres vehículos estaban envueltos por nubes de polvo. De aquellas nubes blanquecinas se escapaban, como una descarga de cohetes, los restallidos de los látigos, mezclados con gritos de excitación y de cólera.
Pero pronto Miguel Strogoff y sus compañeros sacaron ventaja; una ventaja que podía ser muy importante si la parada de postas estaba poco surtida de caballos, porque era muy fácil que el encargado de la posta no pudiera suministrar caballos de repuesto a tres vehículos en tan corto espacio de tiempo.
Media hora después, la berlina quedaba atrás, convertida en un punto apenas visible en el horizonte de la estepa. Eran las ocho de la tarde cuando las dos tarentas llegaron a la parada de posta, situada a la entrada de Ichim.
Las noticias de la invasión empeoraban por momentos. La ciudad estaba directamente amenazada por la vanguardia de las columnas tártaras y, desde hacía dos días, las autoridades habían tenido que replegarse sobre Tobolsk y en Ichim no había quedado ni un funcionario ni un soldado.
Miguel Strogoff, en cuanto llegó a la parada, pidió rápidamente para él los caballos. Había hecho bien en adelantar a la berlina, porque únicamente quedaban tres caballos de refresco que fueron rápidamente enganchados. El resto de los caballos estaban cansados a causa de algún largo viaje. El encargado de la posta dio la orden de enganchar rápidamente.
En cuanto a los dos corresponsales, a los que pareció bien el quedarse en Ichim, no tenían ya por qué preocuparse del medio de transporte e hicieron guardar su vehículo. Diez minutos después de la llegada, Miguel Strogoff fue advertido de que la tarenta estaba lista para partir.
-Bien -respondió.
Después, dirigiéndose a los dos periodistas les dijo-
-Señores, ya que se quedan en Ichim, ha llegado el momento de separarnos.
-¿Cómo, señor Korpanoff; no se quedan en Ichim ni siquiera una hora? –dijo Alcide Jolivet.
-No, señor. Deseo abandonar la parada antes de la llegada de la berlina que hemos adelantado.
-¿Teme que aquellos viajeros le disputen los caballos?
-Intento, sobre todo, evitar cualquier dificultad.
-Entonces, señor Korpanoff -continuó Alcide Jolivet- no nos queda más que darle las gracias una vez más por el servicio que nos ha prestado y dejar constancia del placer que ha significado viajar en su compañía.
-Es posible que nos encontremos en Omsk dentro de algunos días -precisó Harry Blount.
-Es posible, en efecto, ya que voy allí directamente -respondió Miguel Strogoff.
-¡Pues bien! ¡Buen viaje, señor Korpanoff, y que Dios le guarde de las telegas! –dijo entonces Alcide Jolivet.
Los dos corresponsales tendieron la mano hacia Miguel Strogoff con la intención de estrechársela lo más cordialmente posible, cuando en aquellos momentos se oyó el ruido de un carruaje.
Casi inmediatamente se abrió la puerta y apareció un hombre. Era el viajero de la berlina, individuo de aspecto militar, de una cuarentena de años, alto robusto, de poderosa cabeza, anchas espaldas y unos espesos mostachos que se unían a sus rojas patillas. Llevaba un uniforme sin insignias, un sable de caballería cruzado a la cintura y en la mano un látigo de mango corto.
-Caballos -pidió con el tono imperioso de un hombre acostumbrado a mandar.
-No tengo caballos disponibles -respondió e encargado de la posta, inclinándose.
-Los necesito inmediatamente.
-Es imposible.
-¿Qué caballos son esos que acaban de ser enganchados en la tarenta que he visto a la puerta de la parada?
-Pertenecen a este viajero -respondió el encargado, señalando a Miguel Strogoff.
-¡Que los desenganchen … ! -gritó el viajero con un tono que no admitía réplica.
Miguel Strogoff avanzó entonces, diciendo:
-Estos caballos han sido contratados por mí.
-¡Me importa poco! ¡Los necesito! ¡Venga, pronto, no tengo tiempo que perder!
-Yo tampoco tengo tiempo que perder -respondió Miguel Strogoff, que quería mantener la calma y hacía esfuerzos por contenerse. Nadia estaba cerca de él, calmada también, pero secretamente inquieta por aquella escena que hubiera sido preferible evitar.
-¡Basta! -espetó el viajero y, después, dirigiéndose al encargado dijo, en tono amenazante-: ¡Que los desenganchen y que los coloquen en mi berlina!
El encargado de la posta, muy embarazado, no sabía a quién obedecer y miraba a Miguel Strogoff porque encontraba evidente que tenía el derecho a oponerse a las injustas exigencias del viajero.
Miguel Strogoff dudó un instante. No quería hacer uso de su podaroshna porque hubiera llamado la atención, pero tampoco quería ceder los caballos porque retrasaría su viaje y, sin embargo, no podía enzarzarse en una pelea que podría comprometer su misión.
Los dos periodistas lo miraban, prestos a intervenir si él pedía su ayuda.
-Mis caballos se quedarán en mi coche -dijo Miguel Strogoff sin elevar el tono de voz, como convenía a un simple comerciante de Irkutsk.
El viajero avanzó hacia él, le puso rudamente la mano en el hombro y gritó:
-¡Cómo es eso! ¿No quieres cederme los caballos?
-No -respondió Miguel Strogoff.
-¡Está bien! ¡Serán para aquel de nosotros que quede en disposición de continuar el viaje! ¡Defiéndete porque no te voy a dar cuartel!
Y diciendo esto, el viajero tiró de su sable, poniéndose en guardia. Nadia se puso rápidamente delante de Miguel Strogoff y Harry Blount y Alcide Jolivet avanzaron hacia él.
-No me batiré -dijo sencillamente Miguel Strogoff, el cual, para contenerse mejor, cruzó los brazos sobre el pecho.
-¿No vas a batirte?
-No.
-¿Y después de esto? -gritó el viajero.
Y antes de que pudieran contenerlo golpeó el hombro de Miguel Strogoff con el mango de su látigo. Ante este insulto, Miguel Strogoff palideció horriblemente y sus manos se elevaron completamente abiertas, como si quisiera triturar entre ellas a aquel brutal personaje.
Pero con un supremo esfuerzo, volvió a ser dueño de sí mismo. ¡Un duelo! ¡Era más que un retraso! ¡Podía significar el fracaso de su misión! ¡Era mejor perder algunas horas … ! ¡Sí, pero tragarse tamaña afrenta!
-¿Te batirás ahora, cobarde? -repitió el viajero añadiendo la grosería a la brutalidad.
-¡No! -respondió Miguel Strogoff, sin moverse, mirando al viajero fijamente a los ojos.
-¡Los caballos, al instante! -dijo éste entonces, saliendo de la sala.
El encargado de la posta le siguió rápidamente, encogiéndose de hombros, después de haber examinado a Miguel Strogoff con aire poco aprobatorio. El efecto que este incidente produjo en los periodistas no podía redundar en ventaja de Miguel Strogoff. Su descontento era manifiesto. ¡Este robusto joven se dejaba golpear de esa manera, sin intentar vengar tamaño insulto!
Limitáronse, pues, a saludar y se retiraron.
Alcide Jolivet le dijo a Harry Blount:
-Jamás hubiera creído eso de un hombre que se enfrenta tan valerosamente con un oso de los Urales. ¿Será verdad que el valor se manifiesta en sus horas y con sus formas? ¡No entiendo nada! ¡Quizá lo que nos hace falta a nosotros es haber sido siervos alguna vez!
Un instante después, un ruido de ruedas y el estallido de un látigo indicaban que la berlina, tirada por los caballos de la tarenta, dejaba rápidamente la parada de posta. Nadia, impasible, y Miguel Strogoff, estremecido todavía por la cólera, se quedaron solos en la sala de la parada de posta.
El correo del Zar, con los brazos siempre cruzados sobre el pecho, se sentó. Se hubiera dicho que era una estatua. No obstante, un rubor que no debía de ser el de la vergüenza, había reemplazado a la palidez de su rostro. Nadia no dudó que tenían que existir grandes razones para que un hombre como aquél soportara tal humillación.
Yendo hacia él, pues, como él fue hacia ella en las oficinas de la policía de Nijni-Novgorod, le dijo:
-Tu mano, hermano.
Y, al mismo tiempo, con sus dedos, con un gesto casi maternal, le enjugó una lágrima que estaba a punto de caer de los ojos de su compañero.

13. SOBRE TODO, EL DEBER
Nadia había adivinado que un móvil secreto dirigía todos los actos de Miguel Strogoff y que éste, por razones que ella desconocía, no era dueño de su persona, que no tenía el derecho de disponer de sí mismo y que, en estas circunstancias, acababa de inmolarse heroicamente aguantando el resentimiento de una mortal injuria en aras de su deber.
Nadia no pedía ninguna explicación a Miguel Strogoff. La mano que acababa de tenderle, ¿no respondía a todo cuanto él hubiera podido decirle? Miguel Strogoff permaneció mudo durante toda la tarde. El encargado de la posta no podía proporcionarle caballos frescos hasta el día siguiente por la mañana y tenían que pasar toda la noche entera en la parada. Nadia aprovechó la ocasión para reposar un poco y le fue preparada una habitación.
La joven hubiera preferido, sin duda, no dejar a su compañero, pero presentía que él tenía necesidad de estar solo y se dispuso a dirigirse a la habitación que le habían preparado.
-Hermano… -murmuro.
Miguel Strogoff la interrumpió con un gesto. La joven, exhalando un suspiro, salió de la sala.
Miguel Strogoff no se acostó. No hubiera podido dormir ni una sola hora. En el sitio que había sido golpeado por el látigo del brutal viajero, sentía como una quemadura.
Cuando terminó sus oraciones de la tarde, murmuró:
-¡Por la patria y por el Padre!
Entonces experimentó un insoportable deseo de saber quién era el hombre que le había golpeado, de dónde venía y adónde iba. En cuanto a los rasgos de su rostro, estaban tan bien grabados en su memoria que no los olvidarla jamás.
Miguel Strogoff llamó al encargado de la posta.
Éste era un siberiano chapado a la antigua que se presentó enseguida mirando al joven un poco por encima del hombro y esperó a ser interrogado.
-¿Eres del país? -le preguntó Miguel Strogoff.
-Sí.
-¿Conoces al hombre que ha tomado mis caballos?
-No.
-¿No lo has visto jamás?
-Jamás.
-¿Quién crees tú que es?
-Un señor que sabe hacerse obedecer.
La mirada de Miguel Strogoff penetró como un puñal en el corazón del siberiano, pero la vista del encargado de la posta no se bajó.
-¡Te permites juzgarme! -le gritó Miguel Strogoff.
-Sí -respondió el siberiano-, porque hay cosas que no se reciben sin devolverlas, aunque uno sea un simple comerciante.
-¿Los latigazos?
-Los latigazos, joven. Tengo edad y fuerza para decírtelo.
Miguel Strogoff se acercó al encargado y le colocó sus poderosas manos en los hombros.
Después, con una voz especialmente calmosa, le dijo:
-Vete, amigo mío, vete. Te mataría.
El encargado de la posta esta vez había comprendido.
-Me gusta más así -murmuró.
Y se retiró sin agregar una sola palabra.
Al día siguiente, 24 de julio, a las ocho de la mañana estaban enganchados a la tarenta tres poderosos caballos. Miguel Strogoff y Nadia ocuparon su sitio y pronto desapareció en una curva de la ruta de la ciudad de Ichim, de la que ambos debían guardar tan terrible recuerdo.
En las diversas paradas en donde tuvieron que detenerse, Miguel Strogoff comprobó que la berlina les precedía siempre sobre la ruta de Irkutsk y que el viajero, con tanta prisa como ellos, atravesaba la estepa sin perder ni un instante. A las cuatro de la tarde, después de recorrer setenta y cinco verstas, llegaron a la estación de Abatskaia, en donde tuvieron que atravesar el curso del río Ichim, uno de los principales afluentes del Irtyche.
Este paso fue bastante más difícil que el del Tobol, porque la corriente del Ichim era bastante rápida en aquel lugar. Durante el invierno siberiano, todos los cursos de agua de la estepa, con una capa de hielo de varios pies de espesor, eran fácilmente vadeables y los viajeros los atravesaban casi sin darse cuenta, porque su lecho desaparece bajo el inmenso manto blanco que recubre uniformemente la estepa, pero en verano, las dificultades para franquear los ríos pueden ser grandes.
Efectivamente, tuvieron que emplear dos horas para atravesar el Ichim, lo cual exasperó a Miguel Strogoff, tanto más cuanto que los bateleros le dieron inquietantes noticias de la invasión tártara.
He aquí lo que decían:
Algunos exploradores de Féofar-Khan habían hecho su aparición sobre ambas orillas del Ichim inferior, en las comarcas meridionales del gobierno de Tobolsk. Omsk estaba muy amenazada. Se hablaba de un encuentro que había tenido lugar entre las tropas siberianas y tártaras, sobre la frontera de las grandes hordas kirguises, el cual había terminado con la derrota de los rusos, cuyas tropas eran demasiado débiles en ese punto. A consecuencia de ello había tenido que replegarse el resto de las fuerzas Y, por consiguiente, se había procedido a la evacuación general de los campesinos de la provincia. Se relataban horribles atrocidades cometidas por los invasores: pillaje, robo, incendios, asesinatos. Era el sistema de guerrear de los tártaros. Las gentes iban huyendo a medida que avanzaba la vanguardia de Féofar-Khan. Ante este abandono de los pueblos y, aldeas, el mayor temor de Miguel Strogoff era no encontrar ningún medio de transporte. Tenía, pues, una extrema necesidad de llegar a Omsk. Podía ser que a la salida de la ciudad consiguiera tomar la delantera a las tropas tártaras que descendían por el valle del Irtyche y encontrar de nuevo la ruta libre hasta Irkutsk.
En aquel mismo lugar donde la tarenta acababa de franquear el río es en donde se termina lo que en el lenguaje militar se denomina «la cadena de Ichim», cadena de torres o fortines de madera, que se extienden desde la frontera sur de Siberia sobre un espacio de alrededor de cuatrocientas verstas (427 kilómetros). Antaño, estos fortines estaban ocupados por destacamentos de cosacos que se encargaban de proteger aquellas comarcas, tanto contra los kirguises como contra los tártaros. Pero, abandonados desde que el gobierno moscovita creyó que estas hordas estaban reducidas a una sumisión absoluta, ahora, cuando hubieran sido tan necesarias, no servían para nada. La mayor parte de los fortines habían sido reducidos a cenizas y las humaredas, que los bateleros hicieron observar a Miguel Strogoff, arremolinándose por encima del horizonte meridional, indicaban la proximidad de la vanguardia tártara.
En cuanto el transbordador depositó la tarenta sobre la orilla opuesta del Ichim, el vehículo reanudó su ruta por la estepa a toda velocidad. Eran las siete de la tarde. El cielo estaba cubierto y ya habían caído varios chaparrones que tuvieron la virtud de eliminar el polvo y hacer el camino más cómodo. Miguel Strogoff, desde la parada de Ichim, estaba taciturno, sin embargo estaba siempre atento para preservar a Nadia de esta carrera sin tregua ni reposo, pero la joven no se lamentaba nunca. Hubiera querido darles alas a los caballos. Algo le decía que su compañero tenía más urgencia aún que ella por llegar a Irkutsk. ¡Y cuántas verstas les separaban aún de esta ciudad!
Le vino entonces al pensamiento que si Omsk estaba invadida por los tártaros, la madre de Miguel Strogoff, que vivía en esta ciudad, corría grandes peligros que debían inquietar extremadamente a su hijo, lo cual era más que suficiente para explicar su impaciencia por llegar a su lado.
Nadia creyó, pues, que debía hablar de la vieja Marfa, de lo sola que debía encontrarse en medio de tan graves acontecimientos.
-¿No has recibido ninguna noticia de tu madre desde el comienzo de la invasión? –le preguntó.
-Ninguna, Nadia. La última carta que me escribió data ya de dos meses atrás, pero me daba buenas noticias. Marfa es una mujer enérgica, una vieja siberiana. Pese a su edad conserva toda su fuerza moral. Sabe sufrir.
-Yo iré a verla, hermano -dijo Nadia con viveza-. Ya que tú me das el nombre de hermana, yo soy la hija de Marfa.
Y como Miguel Strogoff no respondiera, continuó:
-Puede ser que tu madre haya podido salir de Omsk…
-Es posible, Nadia -respondió Miguel Strogoff-, y hasta espero que haya llegado a Tobolsk. La vieja Marfa aborrece a los tártaros, conoce la estepa y no tiene miedo; yo espero que haya cogido su bastón para descender por la orilla del Irtyche. No hay un lugar de la provincia que no conozca. ¡Cuántas veces ha recorrido el país con mi viejo padre, y cuántas veces yo mismo, siendo niño, los he seguido en sus correrías a través del desierto siberiano! Sí, Nadia, yo espero que mi madre haya abandonado Omsk.
-Y cuándo la verás?
-La veré… a la vuelta.
-Sin embargo, si tu madre está en Omsk, perderás alguna hora para ir a abrazarla, supongo.
-No iré a abrazarla.
-¿No la verás?
-No, Nadia… -respondió Miguel Strogoff, suspirando, comprendiendo que no podía continuar respondiendo a las preguntas de la joven.
-¡Y dices que no! ¡Ah, hermano! ¿Qué razones pueden hacer que renuncies a ver a tu madre si está en Omsk?
-¿Qué razones, Nadia? ¡Tú me preguntas qué razones! -gritó Miguel Strogoff con una voz profundamente alterada, que hizo estremecer a la joven-. Pues las mismas razones que me han hecho pasar por cobarde ante aquel miserable que…
No pudo acabar la frase.
-Cálmate, hermano -dijo Nadia con su voz más dulce-, yo no sé más que una cosa. Y ni siquiera la sé, ¡la siento! Y es que un sentimiento domina ahora toda tu conducta: un sagrado deber, si es que puede haber alguno, más poderoso que el que ata a un hijo con su madre.
Nadia se calló y, desde ese momento, evitó todo tipo de conversación que pudiera referirse a la particular situación de Miguel Strogoff. Él tenía algún secreto que guardar y ella lo respetaba.
Al día siguiente, 25 de julio, a las tres de la madrugada, la tarenta llegó a la parada de posta de Tiukalinsk, después de haber franqueado una distancia de ciento veinte verstas desde el paso del Ichim.
Se cambiaron rápidamente los caballos, pero, por primera vez, el yemschik puso algunas dificultades para partir, afirmando que destacamentos de tártaros batían la estepa y que tanto los viajeros como los caballos y el vehículo serían una buena presa para esos saqueadores.
Miguel Strogoff no tuvo más remedio que aumentar el valor del yemschik a base de dinero, ya que en esta ocasión, como en otras, no quiso hacer uso de su podaroshna. Los últimos decretos habían llegado por telégrafo y eran conocidos en Siberia, por lo que un ruso que estuviera tan especialmente dispensado de obedecer aquellas disposiciones hubiera llamado la atención general, lo cual quería evitar el correo del Zar a toda costa. En cuanto a las dudas del yemschik, puede que estuviera haciendo comedia y especulando con la impaciencia de los viajeros, o puede que tuviera realmente razón al temer que aquélla era una aventura arriesgada. Al fin, la tarenta emprendió la marcha, y lo hizo con tanta diligencia que a las tres de la tarde habían recorrido ochenta verstas y se encontraban en Kulatsinskoë. Una hora después se encontraban en la orilla del Irtyche, a sólo una veintena de verstas de Omsk.
El Irtyche es un extenso rio que constituye una de las principales arterias siberianas cuyas aguas atraviesa Asia hacia el norte. Nace en los montes Altai y se dirige oblicuamente de sudeste a noroeste, yendo a desembocar en el Obi, después de un recorrido de cerca de siete mil verstas.
En aquella época del año, que es la de la crecida de todos los ríos de la baja Siberia, el nivel de las aguas del Irtyche era excesivamente alto. Por consiguiente, la corriente era violenta, casi torrencial, y hacía que su paso fuese bastante difícil. Un nadador, por bueno que fuera, no hubiera podido franquearlo, y la travesía en transbordador ofrecía algunos peligros.
Pero estos peligros, como otros, no podían detenerlos ni un instante, y Miguel Strogoff y Nadia estaban decididos a afrontarlos cualesquiera que fuesen. Sin embargo, el correo del Zar propuso a su joven compañera intentar atravesar el río él solo con el carruaje y los caballos, porque el peso de todo el atelaje convertiría el transbordador en un poco peligroso, y después, una vez depositados los caballos y el vehículo en la otra orilla, volvería a por Nadia.
Pero la joven rehusó porque esto significaba un retraso de una hora y no quería que su seguridad personal fuera la causa de ningún retraso. Las orillas estaban inundadas y el transbordador no podía acercarse demasiado, porlo que el embarque del vehículo se hizo con muchas dificultades, pero después de media hora de esfuerzos consiguieron embarcar la tarenta y los tres caballos. Miguel Strogoff, Nadia y el yemschik se instalaron también y comenzaron la travesía. Durante los primeros minutos todo fue bien. La corriente del Irtyche, cortada en laparte superior por un largo entrante de la orilla, formaba un remanso que el transbordador atravesó fácilmente. Los dos bateleros daban impulso con sus largos bicheros, que manejaban con gran destreza; pero a medida que avanzaban, el lecho del río se hacía más profundo y no podían apoyar las pértigas en su hombro para empujar, porque apenas si sobresalían un palmo de la superficie del agua, lo cual hacía que su empleo fuera penoso e insuficiente.
Miguel Strogoff y Nadia, sentados en la popa del transbordador, temiendo siempre cualquier retraso, miraban con cierta inquietud la maniobra de los bateleros.
-¡Atención! -gritó uno de ellos a su compañero.
Este grito estaba motivado por la nueva dirección que tomaba el transbordador con una excesiva velocidad; dominado por la corriente del río estaba descendiendo rápidamente el curso. Era, pues, necesario, situarlo de forma que pudiera atravesar la corriente, y para ello había que emplear los bicheros a todo rendimiento y, con este propósito, apoyaron los extremos de éstos en una especie de escotaduras abiertas debajo de las bandas, consiguiendo poner el transbordador en sentido oblicuo y fueron ganando poco a poco la otra orilla.
Los dos bateleros, hombres vigorosos, estimulados además por la promesa de una elevada paga, no dudaron en llevar a buen fin aquella difícil travesía del Irtyche. Pero no contaban con un incidente que era difícil de predecir, y ni su celo ni su habilidad podían hacer nada contra esta circunstancia. El transbordador se encontraba en el centro de la corriente, a igual distancia de ambas orillas, descendiendo con una velocidad de unas dos verstas por hora, cuando Miguel Strogoff se levantó mirando corriente arriba.
Por la corriente bajaban varios barcos con gran rapidez, ya que a la acción de las aguas se unía la fuerza de los remos con los que iban dotados. El rostro de Miguel Strogoff se contrajo de golpe, escapándosele una exclamación.
-¿Qué sucede? -preguntó la joven. Pero antes de que Miguel Strogoff hubiera tenido tiempo de responderle, uno de los bateleros lanzó una exclamación de espanto:
-¡Los tártaros! ¡Los tártaros!
Eran, en efecto, barcas cargadas de soldados que descendían rápidamente por el Irtyche y antes de que hubieran transcurrido varios minutos habrían alcanzado el transbordador, demasiado pesado para huir de ellos.
Los bateleros, aterrorizados por esta aparición, lanzaron gritos de desespero, abandonando los bicheros.
-¡Valor, amigos míos! -gritó Miguel Strogoff-. ¡Valor! ¡Cincuenta rublos para vosotros si estamos en la orilla derecha antes de que nos alcancen esas barcas! Los bateleros, reanimados por estas palabras, reemprendieron la maniobra y continuaron luchando contra la corriente, pero era evidente que no podrían evitar el abordaje de los tártaros.
¿Pasarían de largo sin inquietarlos? Era poco probable. Por el contrario, debía temerse todo de estos salteadores.
-No tengas miedo, Nadia -dijo Miguel Strogoff-, pero prepárate a todo.
-Estoy preparada -respondió Nadia.
-¿Hasta a arrojarte al río cuando te lo diga?
-Cuando tú me lo digas.
-Ten confianza en mí, Nadia.
-Tengo confianza.
Las barcas tártaras no estaban más que a una distancia de unos cien pies. Llevaban un destacamento de soldados bukharianos que iban a hacer un reconocimiento sobre Omsk.
El transbordador se encontraba todavía a dos cuerpos de la orilla. Los bateleros redoblaron sus esfuerzos. Miguel Strogoff se unió a ellos y cogió un bichero que maniobraba con una fuerza sobrehumana. Si conseguían desembarcar la tarenta y lanzarse a todo galope, tendrían muchas probabilidades de escapar de los tártaros, que no tenían monturas.
¡Pero tantos esfuerzos debían resultar inútiles!
-¡Saryn na kitchu! -gritaron los soldados de la primera barca.
Miguel Strogoff reconoció el grito de guerra de los piratas tártaros, al cual debía contestarse arrojándose boca abajo. Pero como nadie obedeció esta intimación, los soldados hicieron una descarga de la que resultaron mortalmente heridos dos caballos. En aquel momento se produjo un choque. Las barcas habían abordado el transbordador de través.
-¡Ven, Nadia! -gritó Miguel Strogoff, presto a lanzarse al río.
La joven iba a seguirle cuando Miguel Strogoff, herido por un golpe de lanza, fue arrojado al agua. Lo arrastró la corriente, agitando la mano un instante por encima de las aguas, y desapareció.
Nadia había lanzado un grito, pero antes de que hubiera tenido tiempo de arrojarse al agua en seguimiento de Miguel Strogoff, fue apresada por los tártaros y depositada en una de sus barcas. Un instante después, los bateleros habían sido muertos a golpes de lanza y el transbordador iba a la deriva, mientras los tártaros continuaban descendiendo el curso del Irtyche.

14. MADRE E HIJO
Omsk es la capital oficial de la Siberia occidental, pese a que no es la ciudad más importante del gobierno de ese mismo nombre, ya que Tomsk es más populosa y más extensa, pero es en Omsk en donde reside el gobernador general de esta primera mitad de la Rusia asiática. Propiamente hablando, Omsk se compone de dos ciudades distintas, una que está únicamente habitada por las autoridades y los funcionarios, y la otra en donde viven especialmente los comerciantes siberianos, aunque es una ciudad poco comercial. Consta de una población de diez a trece mil habitantes y está defendida por un recinto flanqueado por bastiones, pero estas fortificaciones son de tierra y le prestan una protección muy insuficiente. Esto lo sabían muy bien los tártaros, que intentaron apoderarse de ella a viva fuerza, lo cual consiguieron después de varios días de asedio. La guarnición de Omsk, reducida a dos mil hombres, había resistido valientemente, pero superada por las tropas del Emir, había ido cediendo poco a poco la ciudad comercial, para refugiarse en la ciudad alta. Allí, el gobernador general, sus oficiales y soldados se habían atrincherado, convirtiendo aquel barrio de Omsk en una ciudadela, después de haber almenado las casas y las iglesias y, hasta entonces, se mantenían bien en esa especie de kremln improvisado, sin gran esperanza de recibir refuerzos a tiempo.
En efecto, las tropas tártaras que descendían el curso del Irtyche recibían cada día nuevos refuerzos y, lo que era más grave, estaban entonces dirigidos por un oficial traidor a su país, pero hombre de gran valía y de una audacia a toda prueba. Era el coronel Ivan Ogareff.
Este hombre, terrible como cualquiera de los jefes tártaros a los que impulsaba adelante, era un militar instruido. Él mismo tenía en sus venas un poco de sangre mongol por parte de su madre, que era de origen asiático, y amaba el engaño, complaciéndose en imaginar estratagemas y no reparaba en medios cuando se trataba de sorprender algún secreto o de tender alguna trampa.
Bribón por naturaleza, empleaba gustosamente los más viles artificios, convirtiéndose en mendigo si se terciaba la ocasión, o adoptando con gran perfección todas las formas y todos los modales. Además, era cruel y hubiera hecho de verdugo si se presentara la oportunidad. Féofar-Khan tenía en él un lugarteniente digno de secundarle en aquella salvaje guerra.
Cuando Miguel Strogoff llegó a las orillas del Irtyche, Ivan Ogareff era ya dueño de Omsk y estrechaba el cerco de la ciudad alta ya que tenía prisa por reunirse en Tomsk con el grueso de las fuerzas tártaras, que acababan de concentrarse allí. Tomsk, en efecto, había sido tomada por Féofar-Khan hacía varios días, y desde allí, los invasores, dueños ya de la Siberia central, debían marchar sobre Irkutsk. Esta ciudad era el verdadero objetivo de Ivan Ogareff.
El plan del traidor era ganarse la confianza del Gran Duque bajo un nombre falso y, cuando considerase llegado el momento, entregar la ciudad y el Gran Duque a lo tártaros.
Dueños de tal ciudad y de tal rehén, toda la Rusia asiática debía caer en manos de los invasores.
Ahora bien, como ya se sabe, el Zar tenía conocimiento de ese complot y para frustrarlo era por lo que había confiado a Miguel Strogoff la importante misión de que era portador. De ahí las severas instrucciones que se le habían dado al joven correo para que pasase las comarcas invadidas con el mayor incógnito. Esta misión la había ejecutado fielmente hasta el momento, pero ¿podría llevarla ahora adelante?
La herida que había recibido Miguel Strogoff no era mortal. Nadando, evitando ser visto, alcanzó la orilla derecha del río en donde cayó desvanecido entre unos cañaverales. Cuando recobró el conocimiento se encontraba en la cabaña de un campesino que lo había recogido y cuidado, y al cual debía él estar todavía vivo. Pero ¿cuánto tiempo hacía que era huésped de aquel bravo siberiano? No lo podía decir. Cuando abrió los ojos vio una bondadosa figura barbuda que le miraba compasivamente inclinada sobre él. Iba a preguntarle dónde se encontraba cuando el campesino le previno, diciéndole:
-No hables, padrecito, no hables. Estás todavía demasiado débil. Yo te diré dónde estás y todo lo que ha ocurrido desde que te recogí en mi cabaña. Y el campesino le contó a Miguel Strogoff los diversos incidentes de la lucha que había tenido lugar; el ataque de las barcas tártaras, el pillaje de la tarenta, la masacre de los bateleros…
Miguel Strogoff ya no le escuchaba y llevó su mano a sus vestiduras, palpando la carta imperial que aún conservaba consigo sobre su pecho. Respiró tranquilizándose, pero no era eso todo:
-¡La joven que me acompañaba! -dijo.
-No la han matado -respondió el campesino, saliendo al paso de la inquietud que leía en los ojos de su huésped-. La metieron en una de sus barcas y continuaron descendiendo por el Irtyche. Es una prisionera que irá a reunirse con tantas otras que han conducido a Tomsk.
Miguel Strogoff no pudo responder. Apoyó la mano sobre el pecho para frenar los latidos de su corazón.
Pero, pese a tan duras pruebas, el sentimiento del deber dominaba su alma entera y preguntó:
-¿Dónde estoy?
-Sobre la ribera derecha del Irtyche, a sólo cinco verstas de Omsk -respondió el campesino.
-¿Qué clase de herida he recibido, que me ha postrado de este modo? ¿Ha sido un disparo de arma de fuego?
-No, ha sido un golpe de lanza en la cabeza, que ya ha cicatrizado -respondió el campesino-. Después de algunos días de reposo, padrecito, podrás continuar la ruta. Caíste al río, pero los tártaros no te tocaron ni te registraron, y tu bolsa está todavía en tu bolsillo.
Miguel Strogoff tendió la mano al campesino y después, con un supremo esfuerzo, se enderezó en la cama diciéndole:
-Amigo, ¿cuánto tiempo llevo en tu cabaña?
-Desde hace tres días.
-¡Tres días perdidos!
-Tres días durante los cuales has estado sin conocimiento.
-¿Puedes venderme un caballo?
-¿Quieres partir?
-Al instante.
-No tengo caballo ni carruaje, padrecito. ¡Allí por donde los tártaros pasan no queda nada!
-Bien, pues iré a pie hasta Omsk a buscar un caballo.
-Unas horas de reposo todavía y estarás en mejores condiciones para continuar el viaje.
-Ni una hora.
-Vamos, entonces -respondió el campesino, comprendiendo que no podría luchar contra la voluntad de su huésped-. Yo mismo te conduciré. Todavía hay un gran número de rusos en Omsk y podrás pasar desapercibido.
-¡Amigo -le dijo Miguel Strogoff-, ¡que el cielo recompense todo lo que estás haciendo por mí!
-¡Una recompensa! ¡Sólo los locos la esperan en la tierra! -respondió el campesino.
Miguel Strogoff abandonó la cabaña; pero cuando quiso iniciar la marcha sintió tal desvanecimiento, que seguramente hubiera caído a tierra de no ser por la ayuda del campesino, sin embargo su gran voluntad hizo que se recuperara prontamente. Sentía en su cabeza el golpe de lanza que había recibido y que afortunadamente había sido amortiguado por el gorro de pieles con que se cubría, pero siendo poseedor de la energía que le caracterizaba, no era hombre para dejarse abatir por tan poca cosa. Un solo pensamiento cruzaba por su mente: aquella lejana Irkutsk a la que tenía necesidad de llegar. Pero antes era preciso atravesar Omsk sin detenerse.
-¡Que Dios proteja a mi madre y a Nadia! -murmuró-. Ahora no tengo derecho a pensar en ellas.
Miguel Strogoff y el campesino llegaron pronto al barrio comercial de Omsk y, aunque estaba ocupado militarmente, no tuvieron dificultad de entrar en él. La muralla de tierra había sido destruida por muchos sitios, por cuyas brechas entraron los merodeadores que seguían a los ejércitos de Féofar-Khan. En el interior de Omsk, por sus calles y plazas, había un verdadero hormiguero de soldados tártaros; pero era fácil apreciar que una mano de hierro les imponía una disciplina a la que no estaban acostumbrados. Efectivamente, no circulaban solos, sino en grupos armados, prestos a repeler en todo momento cualquier agresión. En la plaza mayor, transformada en campamento guardado por numerosos centinelas, dos mil soldados tártaros vivaqueaban ordenadamente. Los caballos, sujetos a estacas, permanecían siempre ensillados, dispuestos a partir a la primera orden. Omsk no podía ser más que una parada provisional para esta caballería tártara que debía sin duda preferir las ricas llanuras de la Siberia oriental, en donde las ciudades son más opulentas, las campiñas más fértiles y, por consiguiente, el pillaje más fructífero.
Por encima de la ciudad comercial se levantaba el barrio alto, el cual Ivan Ogareff había intentado asaltar varias veces, siendo bravamente rechazado en todas las ocasiones y no habiendo conseguido todavía reducirlo. Sobre sus aspilleradas murallas ondeaba aún la bandera nacional con los colores de Rusia. Miguel Strogoff y su guía saludaron esta bandera con legítimo orgullo. El correo del Zar conocía perfectamente la ciudad de Omsk y, siempre en pos de su guía, evitaba las calles más frecuentadas. No es que temiera ser reconocido, ya que en toda la ciudad únicamente su madre podía llamarlo por su verdadero nombre, pero había jurado no verla y no la vería. Por eso deseaba con todo su corazón que se encontrará refugiada en algún tranquilo lugar de la estepa.
Afortunadamente, el campesino conocía a un encargado de posta el cual, pagándole bien, no se negaría a alquilar o vender un carruaje o un caballo. Quedaba la dificultad de abandonar la ciudad, pero las brechas practicadas en la muralla podían facilitar la salida de Miguel Strogoff.
El campesino conducía, pues, a su huésped directamente a la parada cuando, en una calle estrecha, Miguel Strogoff se detuvo de pronto y retrocedió hasta esconderse detrás de una esquina.
-¿Qué te pasa? -le preguntó vivamente el campesino, sorprendido de aquel brusco movimiento.
-¡Silencio! -se limitó a decir Miguel Strogoff, llevando un dedo a sus labios.
En aquel momento, un destacamento de tártaros desembocaba de la plaza mayor y entraba en la calle por la que circulaban Miguel Strogoff y su compañero.
A la cabeza del destacamento, compuesto por una veintena de jinetes, marchaba un oficial vestido con un simple uniforme. Pese a que su mirada iba de un lado a otro, no podía haber visto a Miguel Strogoff, que se había batido rápidamente en retirada. El destacamento iba a un buen trote por la estrecha calle sin que el oficial ni su escolta hicieran caso de los habitantes del lugar, los cuales apenas tenían tiempo de echarse a un lado, lanzando gritos medio ahogados a los que respondían inmediatamente los soldados con golpes de lanza, por lo que la calle estuvo despejado en un instante.
Cuando la escolta hubo desaparecido, Miguel Strogoff se volvió hacia el campesino, preguntando:
-¿Quién es ese oficial?
Y mientras hacía esta pregunta su rostro se quedó pálido como el de un muerto.
-Es Ivan Ogareff -respondió el campesino con una voz baja que respiraba odio.
-¡Él! -gritó Miguel Strogoff, lanzando esta palabra con un tono de rabia que no pudo disimular.
Acababa de reconocer en aquel oficial al viajero que le había humillado en la parada de Ichim.
Pero repentinamente se iluminó su espíritu. Aquel viajero, al que apenas había entrevisto, le recordaba al mismo tiempo al viejo gitano cuyas palabras había sorprendido en el mercado de Nijni-Novgorod.
Miguel Strogoff no se equivocaba, aquellos dos hombres eran la misma persona. Vestido de gitano y mezclado entre la tribu de Sangarra, Ivan Ogareff había podido abandonar la provincia de Nijni-Novgorod, en donde había ido a buscar afiliados a su maldita obra entre los numerosos extranjeros que del Asia central concurrían a la feria.
Sangarra y sus gitanas, verdaderos espías a sueldo, debían serle absolutamente fieles. Era él quien por la noche, sobre el campo de la feria, había pronunciado aquella extraña frase cuyo significado podía Miguel Strogoff comprender ahora. Era él quien viajaba a bordo del Cáucaso con toda la tribu de gitanos y era también él quien, siguiendo otra ruta de Kazan a Ichim a través de los Urales, había llegado a Omsk, convirtiéndose en dueño de la ciudad.
Apenas debía de hacer tres días que Ivan Ogareff había llegado a Omsk, por lo que, sin su funesto encuentro en Ichim y sin los acontecimientos que le retuvieron tres días en la orilla del Irtyche, Miguel Strogoff le hubiera adelantado en la ruta de Irkutsk. ¡Quién sabe cuántas desgracias se hubieran podido evitar!
En todo caso, Miguel Strogoff debía evitar más que nunca el encuentro con Ivan Ogareff para no ser reconocido. Cuando llegase el momento de encontrarse cara a cara, ya sabría buscarlo, aunque se hubiera convertido en dueño de toda Siberia.
El campesino y él reemprendieron la marcha a través de la ciudad, llegando a la parada de posta. Abandonar Omsk a través de una de las brechas de la muralla no iba a ser muy difícil por la noche. En cuanto a encontrar un vehículo que reemplazase la tarenta, fue imposible, ya que no había ninguno para alquilar ni vender. Pero ¿qué necesidad tenía él ahora de un carruaje? Un caballo le era más que suficiente y, afortunadamente, pudo agenciarse uno. Era un animal resistente, apto para soportar grandes fatigas y al cual, Miguel Strogoff, que era un buen jinete, podía sacar buen partido.
El caballo fue pagado a alto precio y algunos minutos más tarde estaba dispuesto para la partida.
Eran entonces las cuatro de la tarde.
Miguel Strogoff, obligado a esperar a la noche para franquear la muralla pero no queriendo dejarse ver por la ciudad, se quedó en la parada de posta haciéndose servir algunos alimentos.
La sala común estaba abarrotada de gente. Igual que pasaba en las estaciones rusas, los habitantes de estas ciudades, ansiosos de noticias, iban a buscarlas a las paradas de posta. Se hablaba de la próxima llegada de un cuerpo de tropas moscovita, no a Omsk, sino a Tomsk, destinado a reconquistar esta ciudad de las garras de Féofar-Khan. Miguel Strogoff prestaba gran atención a todo cuanto se decía, pero sin mezclarse en ninguna conversación.
De pronto, oyó un grito que le hizo estremecer; un grito que le llegó al alma, cuyas dos palabras fueron lanzadas en su oído:
-¡Hijo mío!
¡Su madre, la vieja Marfa, estaba ante él! ¡Le sonreía, temblando de emoción, y tendiendo sus brazos!
Miguel Strogoff se levantó e iba a arrojarse hacia ella cuando el pensamiento del deber y el peligro que aquel lamentable encuentro encerraba para él y para su madre le detuvieron enseguida, y tal fue su dominio de sí mismo, que ni un solo músculo de su cara se contrajo.
Una veintena de personas se encontraban reunidas en la sala común y entre ellas podía ser que hubiera algún espía, aparte de que en la ciudad se sabía de sobras que el hijo de Marfa Strogoff pertenecía al cuerpo de correos del Zar.
Miguel Strogoff no se movió.
-¡Miguel! -gritó su madre.
-¿Quién es usted, mi buena señora? -preguntó Miguel Strogoff, balbuceando más que pronunciando las palabras.
-¿Quién soy, preguntas, hijo mío? ¿Es que no reconoces a tu madre?
-Se equivoca usted… -respondió Miguel Strogoff fríamente-. Quizás alguna
semejanza…
La vieja Marfa se acercó a él y mirándolo fijamente a los ojos le dijo:
-¿Tú no eres el hijo de Pedro y Marfa Strogoff
Miguel Strogoff hubiera dado su vida por poder estrechar fuertemente a su madre entre sus brazos.. Pero si cedía era su fin, el de ella, de su misión y de su juramento… Dominándose completamente, cerró los ojos para no ver la irreprimible angustia que reflejaba la mirada venerable de su madre y retiró sus manos para no tenderlas hacia aquellas otras que le buscaban temblorosamente.
-Yo no sé, realmente, qué es lo que quiere usted decir, buena mujer –respondió Miguel Strogoff, retrocediendo algunos pasos.
-¡Miguel! -gritó aún la mujer.
-¡Yo no me llamo Miguel! ¡No he sido nunca su hijo! ¡Yo soy Nicolás Korpanoff, comerciante de Irkutsk!
Y bruscamente abandonó la sala, mientras re sonaban unas palabras pronunciadas tras él por última vez:
-¡Hijo mío! ¡Hijo mío!
Miguel Strogoff, haciendo un esfuerzo supremo, se había marchado, sin ver a su vieja madre que se dejaba caer casi inerte sobre un banco. Pero en el momento en que el encargado se precipitó hacia ella para socorrerla, la anciana se levantó. Una súbita revelación había entrado en su espíritu. ¡Ella, renegada por su hijo! ¡Esto no era posible! En cuanto a que ella pudiera equivocarse, era más imposible todavía. Era evidente que el que acababa de ver era su hijo y si él no la había reconocido es que no había querido, que no debía reconocerla, que tenía terribles razones para comportarse de aquella manera. Entonces, reprimiendo sus sentimientos maternales, no tuvo más que un pensamiento: «¿ Lo habré perdido sin querer?»
-¡Estoy loca! -dijo a los que la interrogaban-. ¡Mis ojos me han engañado! ¡Ese joven no es mi hijo! ¡No tenía su voz! ¡No pensemos más en ello porque acabaré viéndolo en todas partes!
Pero menos de diez minutos después, un oficial tártaro se presentaba en la parada de posta.
-¿Marfa Strogoff ? -preguntó.
-Soy yo -respondió la anciana mujer, con tono calmoso y la mirada tan tranquila que los testigos de la escena que acababan de presenciar no la hubieran reconocido.
-Ven conmigo -dijo el oficial.
Marfa Strogoff siguió con paso seguro al oficial tártaro, abandonando la casa de postas.
Algunos minutos después se encontraba en el vivac de la plaza mayor, ante la presencia de Ivan Ogareff, el cual tuvo inmediato conocimiento de todos los detalles de la escena.
Ivan Ogareff, suponiendo la verdad, había querido interrogar él mismo a la anciana siberiana.
-¿Tu nombre? -preguntó con tono rudo.
-Marfa Strogoff.
-¿Tú tienes un hijo?
-Sí.
-¿Es correo del Zar?
-Sí.
-¿Dónde está?
-En Moscú.
-¿Tienes noticias suyas?
-No.
-¿Desde cuándo?
-Desde hace dos meses.
-¿Quién era, pues, aquel joven al que hace unos instantes has llamado hijo en la parada de posta?
-Un joven siberiano al que he confundido con él -respondió Marfa Strogoff-. Es la décima vez que creo encontrar a mi hijo desde que la ciudad está llena de extranjeros. Creo verlo por todas partes.
-¿Así que aquel joven no es Miguel Strogoff?
-No es Miguel Strogoff.
-¿Sabes, vieja, que puedo hacerte torturar hasta que digas toda la verdad?
-He dicho la verdad y la tortura no hará cambiar en nada mis palabras.
-¿Ese siberiano no era Miguel Strogoff? -preguntó nuevamente Ivan Ogareff.
-¡No! ¡No era él! -respondió nuevamente también Marfa Strogoff-. ¿Cree que por nada del mundo renegaría de un hijo como el que Dios me ha dado? Ivan Ogareff miró malignamente a la anciana, la cual no bajó la vista. No dudaba que había reconocido a su hijo en aquel siberiano y que si él había renegado de su madre entonces, y su madre renegaba de él a su vez, era por un motivo gravísimo.
Para Ivan Ogareff, pues, no había ninguna duda de que el pretendido Nicolás Korpanoff era Miguel Strogoff, correo del Zar camuflado bajo un nombre falso y encargado de una misión cuyo conocimiento le era capital. Por ello dio la orden inmediata de que se iniciara su persecución. Después, volviéndose hacia Marfa Strogoff, dijo:
-Que esta mujer sea conducida a Tomsk.
Y mientras los soldados la apresaban con brutalidad, murmuró entre dientes:
-Cuando llegue el momento, ya sabré hacer hablar a esta vieja bruja.
15. LOS PANTANOS DE LA BARABA
Miguel Strogoff había obrado con acierto al abandonar tan bruscamente la parada, porque las órdenes de Ivan Ogareff habían sido transmitidas enseguida a todos los puntos de la ciudad, y sus señas enviadas a todos los encargados de las postas, con el fin de que no pudiera salir de Omsk. Pero, en aquellos momentos, el correo del Zar había ya franqueado una de las brechas de la muralla y su caballo corría por la estepa y, si no era perseguido inmediatamente, tenía muchas probabilidades de escapar.
Era el 29 de julio, a las ocho de la tarde, cuando Miguel Strogoff abandonó Omsk. Esta ciudad se encontraba a poco más de medio camino entre Moscú e Irkutsk, y, si quería adelantarse a las columnas tártaras, tenía que llegar allí en menos de diez días. Evidentemente, el deplorable azar que le había puesto en presencia de su madre había revelado su identidad, e Ivan Ogareff no podía ignorar que un correo del Zar acababa de atravesar Omsk dirigiéndose hacia Irkutsk. Los mensajes que llevaba este correo debían ser de una importancia extrema y Miguel Strogoff sabía que harían todo lo posible por apoderarse de él.
Pero lo que no podía saber es que Marfa Strogoff estaba en manos de Ivan Ogareff y que era ella quien iba a pagar, puede que con su vida, el impulso que no había podido detener al encontrarse de pronto en presencia de su hijo. Y afortunadamente no lo sabía porque, ¿hubiera podido resistir esta nueva prueba?
Miguel Strogoff estimulaba a su caballo, comunicándole toda la impaciencia febril que le devoraba y no le pedía más que una cosa, que le llevara rápidamente hasta la próxima parada en donde pudiera obtener un caballo más rápido.
A medianoche había franqueado setenta verstas y llegaba a la estación de Kulikovo, pero allí, tal como temía, no se encontraban caballos ni carruajes, porque algunos destacamentos tártaros habían pasado por aquella gran ruta de la estepa y lo habían robado y requisado todo, tanto en las poblaciones como en las casas de posta. Miguel Strogoff apenas pudo conseguir algún alimento para él y para su caballo.
Le interesaba, por tanto, conservar y cuidar el que tenía, porque no sabía cuándo podría reemplazarlo.
Mientras tanto, quería dejar la mayor distancia posible entre él y los jinetes que Ivan Ogareff debía de haber lanzado en su persecución, por lo cual resolvió seguir adelante y, después de una hora de reposo, reemprendió su carrera a través de la estepa. Hasta entonces, afortunadamente, las condiciones atmosféricas habían favorecido el viaje del correo del Zar. La temperatura era soportable y la noche, muy corta en esa época, estaba iluminada por esa media claridad de la luna que, tamizándose a través de algunas nubes, hacía la ruta muy practicable.
Miguel Strogoff iba, pues, adelante, sin ninguna duda, sin ninguna vacilación. Pese a los dolorosos pensamientos que le obsesionaban, había conservado una extrema lucidez de espíritu y marchaba hacia su objetivo, como si éste fuese visible en el horizonte.
Cuando se detenía en algún recodo del camino, era para dejar tomar aliento durante unos instantes a su caballo. Entonces, echando pie a tierra, libraba de su peso al animal y aprovechaba para poner el oído en el suelo y escuchar si algún galope se propagaba por la superficie de la estepa. Cuando se había asegurado de que no se oían ruidos sospechosos, continuaba la marcha hacia delante.
¡Ah, si todas estas comarcas siberianas estuvieran invadidas por la noche polar, y esa noche durara varios meses! ¡Lo deseaba con toda vehemencia porque podía atravesarla con mucha mayor seguridad!
El 30 de julio, a las nueve de la mañana, pasó por la estación de Turumoff, encontrándose con la región pantanosa de la Baraba.
Allí, las dificultades naturales podían ser extremadamente graves. Miguel Strogoff lo sabía, pero también sabía que podría sobrellevarlas.
Estos vastos Pantanos de la Baraba se extienden de norte a sur desde el paralelo sesenta al cincuenta y dos, y sirven de depósito a todas las aguas fluviales que no encuentran salida ni hacia el Obi ni hacia el Irtyche. El suelo de esta vasta depresión es totalmente arcilloso y, por consecuencia, permeable, de tal forma que las aguas se acumulan, haciendo que esta región sea muy difícil de atravesar durante la estación cálida.
No obstante, el camino hacia Irkutsk pasa por allí, en medio de estas lagunas, estanques, lagos y pantanos, donde el sol provoca emanaciones malsanas que convierten este camino, además de fatigoso, en terriblemente peligroso para el viajero. En invierno, cuando el frío solidifica todo líquido; cuando la nieve ha nivelado el suelo y condensado las miasmas, los trineos pueden deslizarse impunemente sobre la dura corteza de la Baraba, y los cazadores frecuentan con asiduidad aquellas comarcas tan abundantes en caza, a la busca de martas, cebellinas y esos preciosos zorros cuya piel es tan buscada. Pero durante el verano, los pantanos se vuelven fangosos, pestilentes y hasta impracticables cuando el nivel de las aguas ha crecido demasiado.
Miguel Strogoff lanzó su caballo en medio de una pradera de turba, en la que ya se notaba la falta de la hierba baja de la estepa, de la que se alimentan exclusivamente los inmensos rebaños siberianos. No se trataba de una pradera sin límites, sino una especie de inmenso vivero de vegetales arborescentes.
La hierba se elevaba entonces a cinco o seis pies de altura e iba dejando su sitio a las plantas acuáticas, a las cuales la humedad, ayudada por el calor estival daba proporciones gigantescas.
Eran principalmente juncos y butomos, que formaban una red inextricable, una impenetrable espesura adornada por miles de flores que llamaban la atención por la viveza de su colorido, entre las cuales brillaban las azucenas y los lirios, cuyos perfumes se mezclaban con las cálidas emanaciones que el sol evaporaba. Miguel Strogoff, galopando entre aquella espesura de juncos, no podía ser visto desde los pantanos que bordeaban el camino. Los grandes matorrales se elevaban por encima de él y su paso únicamente estaba señalado por el vuelo de las innumerables aves acuáticas que se levantaban sobre las orillas del camino y se extendían por las profundidades del cielo en grupos escandalosos.
No obstante, la ruta estaba claramente trazada; aquí avanzaba directamente entre la espesa maleza de plantas acuáticas; allá rodeaba las orillas sinuosas de grandes estanques, algunos de los cuales tenían varias verstas de longitud y de anchura y casi merecían el nombre de lagos. En otros lugares no era posible evitar las aguas pantanosas y atravesaba el camino, no sobre puentes, sino sobre inseguras plataformas apoyadas sobre lechos de arcilla, cuyos maderos temblaban como débiles planchas colocadas sobre un abismo. Algunas de estas plataformas se prolongaban por espacio de doscientos o trescientos pies y más de una vez, los viajeros, al menos los de las tarentas, habían experimentado un mareo parecido al que provoca la mar. Miguel Strogoff corría siempre, sobre suelo duro o sobre suelo que temblaba bajo sus pies; corría sin detenerse nunca, saltando por encima de la brechas abiertas en la podrida madera; pero por rápidos que fueran, caballo y jinete no podían protegerse de las picaduras de los mosquitos que infestaban aquel pantanoso país. Los viajeros que se ven obligados a atravesar la Baraba durante el verano tienen la precaución de proveerse de caretas de crin, a las cuales va unida una cota de malla de un alambre muy fino que les cubre los hombros. Pero pese a estas precauciones, es raro que consigan atravesar los pantanos sin tener la cara, el cuello y las manos acribillados por puntitos rojos. La atmósfera parece estar allí erizada de agujas y hasta podría creerse que una de aquellas antiguas armaduras de caballero no sería suficiente para protegerse contra los dardos de aquellos dípteros. Es aquél un funesto país que el hombre disputa, pagando alto precio, a las típulas, a los mosquitos, a los maringuinos, a los tábanos e incluso a millares y millares de insectos microscópicos que no son visibles a simple vista, pero cuyas intolerables picaduras, a las que nunca se acostumbraban los cazadores siberianos más endurecidos, se hacen sentir claramente. El caballo de Miguel Strogoff, asaeteado por estos venenosos insectos, saltaba como si le clavasen en los ijares las puntas de mil espuelas y, acometido por una furiosa rabia, se encabritaba y se lanzaba a toda velocidad, devorando verstas y más verstas con la rapidez de un tren expreso, sacudiendo sus flancos con su cola y buscando en la rapidez de su carrera un alivio para tal suplicio.
Era necesario ser tan buen jinete como Miguel Strogoff para no ser derribado por las reacciones del caballo, con sus bruscas paradas y los saltos que daba para librarse de los aguijones de los insectos.
Pero el correo del Zar se había vuelto, por así decirlo, insensible al dolor físico, como si se encontrase bajo la influencia de una anestesia permanente, no viviendo más que para el deseo de llegar a su meta, costara lo que costase, y no veía más que una cosa en aquella carrera insensata: que la ruta iba quedando rápidamente detrás de él. ¿Quién hubiera podido creer que en aquellos lugares de la Baraba, tan malsanos durante la estación calurosa, pudiera encontrar refugio población alguna?
Sin embargo, así era. Algunos caseríos siberianos aparecían de tarde en tarde entre los juncos gigantescos. Hombres, mujeres, niños y viejos, cubiertos con pieles de animales y ocultando el rostro bajo vejigas untadas de pez, guardaban sus rebaños de enflaquecidos carneros; pero para preservar a estos animales de los ataques de los insectos, los resguardaban bajo el humo de hogueras de madera verde, que alimentaban noche y día y cuyo acre olor se propagaba lentamente por encima de la inmensa marisma.
Cuando Miguel Strogoff notaba que su caballo estaba rendido de fatiga, a punto de abatirse, se paraba en uno de estos miserables caseríos y allí, olvidándose de sus propias fatigas, frotaba él mismo las picaduras del pobre animal con grasa caliente, según la costumbre siberiana; después, le daba una buena ración de forraje, y sólo cuando lo había curado y alimentado, se preocupaba un poco de sí mismo, reponiendo sus fuerzas comiendo un poco de pan y carne acompañado con algunos vasos de kwais. Una hora más tarde, dos a lo sumo, reemprendía a toda velocidad la interminable ruta hacia Irkutsk.
De esta forma, Miguel Strogoff franqueó noventa verstas desde Turumoff, insensible a toda fatiga, llegaba a Elamsk a las cuatro de la tarde del 30 de julio. Allí fue necesario darle una noche de reposo al caballo, porque el vigoroso animal no hubiera podido continuar por más tiempo el viaje.
En Elamsk, como en todas partes, no existía ningún medio de transporte, por la misma razón que en los pueblos precedentes faltaba toda clase de caballos y carruajes. Esta pequeña ciudad, que los tártaros no habían visitado todavía, estaba casi enteramente despoblada, ya que era fácil que fuese invadida por el sur y, sin embargo, era muy difícil que recibiera refuerzos por el norte. Así, parada de posta, oficina de policía y residencia del gobernador habían sido abandonadas por orden de la superioridad, y los funcionarios por su parte y los habitantes por otra, todos los vecinos que estaban en condiciones de emigrar habían decidido refugiarse en Kamsk, en el centro de la Baraba.
Miguel Strogoff tuvo, pues, que resignarse a pasar la noche en Elamsk, para dar reposo a su caballo durante unas doce horas. Se acordaba de las instrucciones que se le habían dado en Moscú: «Atravesar Siberia de incógnito, llegar cuanto antes a Irkutsk, pero con precaución, sin sacrificar el resultado de la misión a la rapidez del viaje.» Por consiguiente, tenía que conservar el único medio de transporte que le quedaba.
Al día siguiente dejó Elamsk en el momento en que, diez verstas más atrás, en el camino de la Baraba, aparecían los primeros exploradores tártaros, por lo que se lanzó de nuevo a través de aquella pantanosa
La ruta era llana, lo cual hacía más fácil la marcha, pero muy sinuosa, lo que prolongaba el camino; sin embargo, era imposible dejarla para correr en línea recta a través de aquella infranqueable red de estanques y pantanos.
Al otro día, primero de agosto, Miguel Strogoff pasó, al mediodía, por la aldea de Spaskoë, ciento veinte verstas más allá, y dos horas más tarde se detenía en la de Pokrowskoë.
Allí tuvo que perder también, por un reposo que era forzoso, todo el resto del día y la noche entera; pero reemprendió la marcha al día siguiente por la mañana, corriendo siempre a través de aquel suelo inundado, y el 2 de agosto, a las cuatro de la tarde, después de una etapa de setenta y cinco verstas, llegaba a Kamsk.
El país había cambiado. Esta pequeña ciudad de Kamsk es como una isla, habitable y sana, en medio de tan inhóspitas comarcas. Ocupa el centro mismo de la Baraba y merced a los saneamientos realizados y a la canalización del río Tom, afluente del Irtyche que pasa por Kamsk, las pestilentes marismas se habían transformado en ricos terrenos de pasto. Sin embargo, aquellas mejoras no habían conseguido desarraigar por completo las fiebres que, sobre todo en otoño, hacían peligrosa la estancia en la ciudad. Pero así y todo, era un refugio para los habitantes de la Baraba cuando las fiebres palúdicas les arrojaban del resto de la provincia.
La emigración provocada por la invasión tártara no había despoblado todavía la pequeña ciudad de Kamsk. Sus habitantes creían probablemente estar seguros en el centro de la Baraba o, al menos, pensaban tener tiempo de huir si se encontraban directamente amenazados.
Miguel Strogoff, pese a sus deseos, no pudo obtener ninguna noticia en aquel lugar. Antes al contrario, hubiera sido el gobernador el que se hubiese dirigido a él para conocer nuevas noticias, de haber sabido cuál era la verdadera identidad del pretendido comerciante de Irkutsk. Kamsk, en efecto, por su misma situación, parecía encontrarse al margen del mundo siberiano y de los graves acontecimientos que se desarrollaban. Miguel Strogoff no se dejó ver ni poco ni mucho. Pasar desapercibido no le bastaba: hubiera querido ser invisible. La experiencia del pasado le volvía más desconfiado para el presente y el porvenir. Así pues, se mantuvo apartado, poco deseoso de recorrer las calles del lugar, no queriendo abandonar el albergue en el cual habíase detenido.
Habría podido encontrar un vehículo en Kamsk que fuera más cómodo que el caballo que llevaba desde Omsk; pero después de pararse a reflexionar, temió que la compra de una tarenta atrajese la atención hacia él y, hasta que hubiera traspasado las líneas ocupadas ahora por los tártaros, que cortaban Siberia siguiendo el valle del Irtyche, no quería arriesgarse a provocar sospechas.
Además, para llevar a cabo la difícil travesía de la Baraba; para huir a través de los pantanos, en caso de que algún peligro le amenazara directamente; para distanciarse de los jinetes lanzados en su persecución; para arrojarse, si era necesario, entre la más densa espesura de los juncos, un caballo era, evidentemente, mejor que un carruaje.
Más allá de Tomsk, en el mismo Krasnoiarsk, aquel importante centro de la Siberia occidental, Miguel Strogoff ya vería lo que convenía hacer.
En cuanto a su caballo, ni siquiera había tenido el pensamiento de cambiarlo por otro. Se había acostumbrado ya a aquel valiente animal y sabía lo que podía dar de sí. Había tenido mucha suerte al comprarlo en Omsk, y el campesino que le había conducido a la parada de postas le había hecho un gran servicio. Pero si Miguel Strogoff se había ya acostumbrado al caballo, éste parecía que poco a poco iba acostumbrándose a las fatigas de semejante viaje, y a condición de que se le reservara algunas horas de reposo, su jinete podía esperar que le conduciría más allá de las provincias invadidas.
Durante la tarde y la noche del 2 al 3 de agosto, Miguel Strogoff permaneció confinado en su albergue, sito en la entrada de la ciudad, por lo que era poco frecuentado y estaba al abrigo de inoportunos curiosos.
Rendido por la fatiga, se acostó después de haber cuidado de que a su caballo no le faltase nada; pero no pudo dormir más que con un sueño intermitente. Demasiados recuerdos, demasiadas inquietudes le asaltaban a la vez. Las imágenes de su anciana madre y de su joven e intrépida compañera, que habían quedado detrás de él, sin protección, pasaban alternativamente por su mente y se confundían a menudo en un solo pensamiento.
Después su recuerdo volvía a la misión que había jurado cumplir, y cuya importancia iba haciéndose cada vez más patente desde su salida de Moscú. La invasión era extremadamente grave y la complicidad de Ivan Ogareff la hacía más temible todavía. Cuando su mirada se posaba sobre la carta revestida con el sello imperial –aquella carta que sin duda contenía el remedio para tantos males; la salvación de aquel país desolado por la guerra-, Miguel Strogoff sentía en su interior un deseo feroz de lanzarse a través de la estepa; de franquear a vuelo de pájaro la distancia que le separaba de Irkutsk; de ser un águila para elevarse por encima de los obstáculos; de ser un huracán para atravesar el aire con una velocidad de cien verstas a la hora; de llegar, al fin, frente al Gran Duque y gritarle: «Alteza, de parte de Su Majestad, el Zar.»
Al día siguiente por la mañana, a la seis, Miguel Strogoff reemprendió el camino con intención de recorrer en esta jornada las ochenta verstas que separan Kamsk de la aldea de Ubinsk. Al cabo de unas veinte verstas, encontró de nuevo los pantanos de la Baraba que ninguna derivación desecaba ya y el suelo quedaba a menudo sumergido bajo un pie de agua. El camino era allí difícil de reconocer, pero gracias a su extrema prudencia, ningún incidente interrumpió su marcha.
Miguel Strogoff llegó a Ubinsk y dejó reposar a su caballo durante toda la noche, porque quería, en la jornada siguiente, recorrer sin desmontar las cien verstas que separan Ubinsk de lkulskoë. Partió, pues, al alba, pero, desgraciadamente, en esta parte de la Baraba el suelo era cada vez más detestable. Efectivamente, entre Ubinsk y Kamakova, las lluvias, muy copiosas unas semanas antes, habían depositado las aguas en aquella estrecha depresión como sobre una cuenca impermeable. No había solución de continuidad en aquellos estanques, pantanos y lagos. Uno de estos lagos -lo suficientemente considerable como para merecer esa denominación geográfica-, el Chang -nombre chino-, tuvo que bordearlo Miguel Strogoff a lo largo de veinte verstas y a costa de grandes esfuerzos y dificultades extremas, lo cual ocasionó retrasos que toda la impaciencia del correo del Zar no podía impedir. Había hecho bien en no tomar un vehículo en Kamsk, porque su caballo pasaba por lugares por los que ningún carruaje hubiera podido pasar.
A las nueve de la tarde, Miguel Strogoff llegaba a lkulskoë, en donde se detuvo toda la noche. En esa aldea perdida en la Baraba no se tenía absolutamente ninguna noticia sobre la guerra y es que, por su misma naturaleza, esta parte de la provincia quedaba dentro de la bifurcación que formaban las dos columnas tártaras que avanzaban una sobre Omsk y la otra sobre Tomsk, por eso había escapado hasta aquel momento de los horrores de la invasión.
Pero las dificultades de aquella inhóspita naturaleza iban, al fin, a terminarse, ya que si no sobrevenía ningún retraso, al día siguiente acabaría de atravesar la Baraba, y después de las ciento veinticinco verstas que aún le separaban de Kolyvan, volvería a encontrar una ruta mucho más practicable.
Al llegar a esta importante aldea, se encontraría a igual distancia de Tomsk y, posiblemente, siguiendo el consejo de las circunstancias, se decidiría por rodear esta ciudad que, si las noticias eran exactas, estaba ocupada por Féofar-Khan.
Pero si aquellas aldeas, tales como Ikulskoë y Karguinsk, que atravesaría al día siguiente, estaban tranquilas gracias a que su situación geográfica no era apropiada para que pudieran maniobrar las columnas tártaras, ¿podía temer Miguel Strogoff que en las ricas márgenes del Obi, si no tenía que enfrentarse con las dificultades de la naturaleza, tendría que enfrentarse con el hombre? Era verosímil.
No obstante, si era necesario, no dudaría en lanzarse fuera de la ruta de Irkutsk y viajar entonces, a través de la estepa, con evidente riesgo de encontrarse sin recursos, ya que por allí, efectivamente, no habían caminos trazados, ni ciudades, ni aldeas. Apenas si se encuentran algunas aldeas perdidas o simples cabañas habitadas por gente muy pobre y muy hospitalaria, sin duda, pero que apenas posee lo necesario Sin embargo, no dudaría ni un instante.
Al fin, hacia las tres y media de la tarde, después de haber pasado la estación de Kargatsk, Miguel Strogoff dejó las últimas depresiones de la Baraba y el suelo duro y seco del territorio siberiano sonaba de nuevo bajo los cascos de su caballo.
Había dejado Moscú el 15 de julio. Aquel día pues, 5 de agosto, habían transcurrido ya veinte jornadas desde su partida, incluyendo las setenta hora,, perdidas en las orillas del Irtyche.
Mil quinientas verstas le separaban todavía de Irkutsk.

16. EL ÚLTIMO ESFUERZO
Miguel Strogoff tenía razón al temer algún mal encuentro en aquellas planicies que se prolongaban más allá de la Baraba, porque los campos, hollados por los cascos de los caballos, mostraban claramente que los tártaros habían pasado por allí, y de aquellos bárbaros podía decirse lo mismo que se dice de los turcos: «Por allá por donde pasa el turco, no vuelve a crecer la hierba.»
El correo del Zar debía, pues, tomar las más minuciosas precauciones para atravesar aquellas comarcas. Algunas columnas de humo que se elevaban por encima del horizonte indicaban que todavía ardían las aldeas y los caseríos. Aquellos incendios ¿habían sido provocados por la vanguardia de las fuerzas tártaras, o el ejército del Emir había llegado ya a los últimos límites de la provincia? ¿Se encontraba Féofar-Khan personalmente en el gobierno del Yeniseisk? Miguel Strogoff no lo sabía y no podía decidir nada mientras no estuviera seguro sobre este punto. ¿Estaba el país tan abandonado que no encontraría un solo siberiano a quien dirigirse?
Miguel Strogoff anduvo dos verstas sobre una ruta absolutamente desierta, buscando con la mirada, a derecha e izquierda, alguna casa que no hubiera sido abandonada, pero todas las que visitó estaban completamente vacías.
Finalmente distinguió una cabaña entre los árboles que todavía humeaba y, al aproximarse, vio, a algunos pasos de los restos de la casa, a un anciano rodeado de niños que lloraban y una mujer, joven todavía, que sin duda debía de ser su hija y madre de los pequeños, arrodillada sobre el suelo y contemplando con mirada extraviada aquella escena de desolación. Estaba amamantando a un niño de pocos
meses, al que pronto le faltaría hasta la leche. ¡Todo eran ruinas y miseria alrededor de esta desgraciada familia!
Miguel Strogoff se dirigió hacia el anciano con voz grave:
-¿Puedes responderme?
-Habla -contestó el viejo.
-¿Han pasado por aquí los tártaros?
-Sí, puesto que mi casa está ardiendo.
-¿Eran un ejército o un destacamento?
-Un ejército, puesto que por lejos que alcance tu vista, todos los campos están devastados.
-¿Iba comandado Por el Emir?
-Por el Emir, puesto que las aguas del Obi se han teñido de rojo.
-¿Y Féofar-Khan ha entrado en Tomsk?
-Sí.
-¿Sabes si los tártaros se han apoderado de Kolyvan?
-No, puesto que Kolyvan no está ardiendo.
-Gracias, amigo. ¿Puedo hacer algo por ti y por los tuyos?
-Nada.
-Hasta la vista.
-Adiós.
Y Miguel Strogoff, después de depositar veinticinco rublos sobre las rodillas de la desgraciada mujer, que ni siquiera tuvo fuerzas para dar las gracias, montó de nuevo sobre su caballo y reemprendió la marcha que por un instante había interrumpido.
Ahora ya sabía que debía evitar pasar a todo trance por Tomsk. Dirigirse a Kolyvan, adonde los tártaros aún no habían llegado, todavía era posible y lo que debía hacer en esta ciudad era reavituallarse para una larga etapa y lanzarse fuera de la ruta de Irkutsk, dando un rodeo para no pasar por Tomsk, después de haber franqueado el Obi. No había otro camino a seguir.
Una vez decidido este nuevo itinerario, Miguel Strogoff no dudó ni un instante, e imprimiendo a su caballo una marcha rápida y regular, siguió la ruta directa que le llevaba a la orilla izquierda del Obi, del que le separaban aún cuarenta verstas.
¿Encontraría un transbordador para poder atravesar el río, o los tártaros habrían destruido todo tipo de embarcaciones, viéndose obligado a atravesar el río a nado? Ya lo resolvería.
En cuanto al caballo, muy agotado ya, después de pedirle que empleara el resto de sus fuerzas en esta etapa, Miguel Strogoff intentaría cambiarlo por otro en Kolyvan.
Sentía el que dentro de poco el pobre animal se quedaría sin su dueño. Kolyvan debía ser, pues, como un nuevo punto de partida, porque a partir de esta ciudad su viaje se efectuaría en unas nuevas condiciones. Mientras recorriese el país devastado, las dificultades serían grandes todavía, pero si después de evitar Tomsk podía reemprender la marcha por la ruta de Irkutsk a través de la provincia de Yeniseisk, que los invasores no habían desolado todavía, esperaba llegar al final de su viaje en pocos días.
Después de una calurosa jornada, llegó el atardecer y, a medianoche, una profunda oscuridad envolvía la estepa. El viento, que había desaparecido al ponerse el sol, dejaba la atmósfera en una calma absoluta. Únicamente dejaban oírse sobre la desierta ruta el galope del caballo y algunas palabras con las que su dueño le animaba. En medio de aquellas tinieblas era preciso poner una atención extrema para no lanzarse fuera del camino, bordeado de estanques y de pequeñas corrientes de agua, tributarias del Obi.
Miguel Strogoff avanzó tan rápidamente como le era posible, pero con una cierta circunspección, confiando tanto en su excelente vista, que penetraba las sombras, como en la prudencia de su caballo, cuya sagacidad le era sobradamente conocida.
En aquel momento, Miguel Strogoff, habiendo puesto pie a tierra para cerciorarse de la dirección exacta que tomaba el camino, creyó oír un murmullo confuso que procedía del oeste. Era como el ruido de una cabalgata lejana sobre la tierra reseca. No había duda. A una o dos verstas detrás de él se producía una cierta cadencia de pasos que golpeaban regularmente el suelo.
Miguel Strogoff escuchó con mayor atención, después de haber puesto su oído en el eje mismo del camino.
-Es un destacamento de jinetes que vienen por la ruta de Omsk -se dijo-. Marchan a paso rápido, porque el ruido aumenta. ¿Serán rusos o tártaros?
Miguel Strogoff escuchó todavía.
-Sí, estos jinetes vienen a todo galope. ¡Estarán aquí antes de diez minutos! Mi caballo no podrá mantener la distancia. Si son rusos, me uniré a ellos, pero si son tártaros, es preciso evitarlos. ¿Pero cómo? ¿Dónde puedo esconderme en esta estepa?
Miguel Strogoff miró a su alrededor y su penetrante mirada descubrió una masa confusamente perfilada en las sombras, a un centenar de pasos delante de él, a la derecha del camino.
-Allí hay una espesura -se dijo-, aunque buscar refugio es exponerme a ser apresado si los jinetes la registran; no tengo elección. ¡Aquí están! ¡aquí están!
Instantes después, Miguel Strogoff, llevando a su caballo por la brida, llegaba a un pequeño bosque de maleza, al cual tuvo acceso por una vereda. Aquí y allá, completamente desprovista de árboles, discurría aquella senda entre barrancos y estanques, separados por matas de juncos y brezos nacientes. A ambos lados, el terreno era absolutamente impracticable y el destacamento debía pasar forzosamente por delante de aquel bosquecillo, ya que seguía la gran ruta hacia Irkutsk.
Miguel Strogoff buscó la protección de la maleza, pero apenas se había internado unos cuarenta pasos cuando se vio detenido por una corriente de agua que encerraba la espesura en un recinto semicircular. Las sombras eran tan espesas que el correo del Zar no corría ningún peligro de ser visto, a menos que el bosquecillo fuera minuciosamente registrado. Condujo, pues, su caballo hasta la orilla del riachuelo y, después de atarlo a un árbol, volvió al lindero del bosque para cerciorarse de a qué bando pertenecían los jinetes.
Apenas acababa de agazaparse detrás de la maleza, cuando un resplandor bastante confuso, del que se destacaban aquí y allá algunos puntos brillantes, apareció entre las sombras.
-¡Antorchas! -se dijo.
Y retrocedió vivamente, deslizándose como un felino, hasta ocultarse en la parte más densa de la espesura.
A medida que iban aproximándose al bosquecillo, el paso de los caballos comenzaba a hacerse más lento. ¿Registrarían aquellos jinetes la ruta, con la intención de observar hasta los más pequeños detalles?
Miguel Strogoff debió de temerlo y retrocedió hasta la orilla del curso de agua, dispuesto a sumergirse si era preciso.
El destacamento, al llegar a la altura de aquella espesura, se detuvo. Los jinetes descabalgaron. Eran alrededor de una cincuentena y diez de ellos llevaban antorchas que iluminaban la ruta en una amplia extensión.
Por ciertos preparativos, Miguel Strogoff se dio cuenta de que por una fortuna inesperada, el destacamento no iba a registrar la espesura, sino que iba a vivaquear en aquel lugar para dar reposo a los caballos y permitir a los hombres que tomaran algún alimento.
Efectivamente, los caballos fueron desensillados y comenzaron a pastar por la espesa hierba que tapizaba el suelo. En cuanto a los jinetes, se tendieron a lo largo del camino y comenzaron a repartirse la comida que llevaban en sus mochilas.
Miguel Strogoff conservaba toda su sangre fría y deslizándose entre los matorrales, intentó ver y oír.
Era un destacamento que procedía de Omsk y estaba compuesto por jinetes usbecks, raza dominante en Tartaria, cuyo tipo se asemeja sensiblemente al mongol. Estos hombres, bien constituidos, de una talla superior a la media, de rasgos duros y salvajes, estaban cubiertos con un talpak, especie de gorro de piel de carnero negra, e iban calzados con botas amarillas de tacón alto, cuyas puntas se dirigían hacia arriba, como los zapatos de la Edad Media. Su pelliza era de indiana y estaba guateada con algodón crudo, sujetándola a la cintura mediante un cinturón de cuero con pintas rojas. Sus armas defensivas eran un escudo y las ofensivas estaban constituidas por un sable curvo, un largo cuchillo y un fusil de mecha suspendido del arzón de la silla. Una capa de fieltro de colores brillantes cubría sus espaldas.
Los caballos, que pastaban con toda libertad por los linderos de la espesura, eran de raza usbecka, como los jinetes que los montaban. Esta circunstancia podía distinguirse perfectamente a la luz de las antorchas que proyectaban una viva claridad sobre el nramaje de la maleza.
Estos animales, un poco más pequeños que el caballo turcomano, pero dotados de una notable fortaleza, son bestias de fondo que no conocen otro tipo de marcha que el galope.
El destacamento estaba mandado por un pendjabaschi, es decir, un comandante de cincuenta hombres, que tenía bajo sus órdenes a un deh-baschzi, simple jefe de diez hombres. Estos dos oficiales llevaban un casco y una media cota de malla y el distintivo que indicaba su grado eran unas pequeñas trompetas colgadas del arzón de su silla.
El pendja-baschi había tenido que dejar reposar a sus hombres, que estaban fatigados a causa de una larga marcha. Conversando con su subordinado mientras iban y venían, fumando sendos cigarrillos de beng, hoja de cáñamo que constituye la base del hachís, del que los asiáticos hacen tan gran uso, paseaban por el bosque, de manera que Miguel Strogoff, sin ser visto, podía captar su conversación y comprenderla, ya que se expresaban en lengua tártara.
Ya desde las primeras palabras que llegaron a los oídos del fugitivo, la atención de Miguel Strogoff se sobreexcitó.
Efectivamente, era a él a quien se estaban refiriendo.
-Este correo no puede habernos sacado tanta ventaja -decía el pendja-baschi- y, por otra parte, es absolutamente imposible que haya tomado otra ruta que la de la Baraba.
-¿Quién sabe si ni siquiera ha abandonado Omsk? -respondió el deb-bascbi-. Puede ser que todavía esté escondido en alguna casa de la ciudad.
-Se dice que es natural del país; un siberiano y, por tanto, debe de conocer estas comarcas; puede que haya salido de la ruta de Irkutsk para volver a ella más tarde.
-Pero entonces le habremos adelantado -respondió el pendja-baschi- porque hemos salido de Omsk menos de una hora después de su partida y hemos seguido el camino más corto con los caballos a todo galope. Por tanto, o se ha quedado en Omsk o llegaremos a Tomsk antes que él para cortarle la retirada y, en cualquiera de los dos casos, no llegará a Irkutsk.
-¡Es una mujer fuerte, aquella vieja siberiana que es, evidentemente, su madre! –dijo el deh-baschi.
Al oír esta frase, el corazón de Miguel Strogoff aceleró sus latidos y pareció que fuera a romperse.
-Sí -respondió el pendja-baschi-, continúa sosteniendo que aquel pretendido comerciante no es su hijo, pero ya es demasiado tarde. El coronel Ogareff no se ha dejado engañar y, tal como ha dicho, ya sabrá hacer hablar a esa vieja bruja cuando llegue el momento.
Cada una de estas palabras era como una puñalada que se asestara a Miguel Strogoff.
¡Había sido identificado como correo del Zar! ¡Un destacamento de caballería, lanzado en su persecución no podía dejar de cortarle la ruta! Y, ¡supremo dolor!, ¡su madre estaba en manos de los tártaros y el cruel Ivan Ogareff se vanagloriaba de que la haría hablar cuando quisiera!
Miguel Strogoff sabía perfectamente que la enérgica siberiana no hablaría nunca y eso le costaría la vida.
No creía ya que pudiera odiar a Ivan Ogareff más de lo que lo había odiado hasta aquel instante, pero, sin embargo, una nueva oleada de odio le subió al corazón.
¡El infame que había traicionado a su país, amenazaba ahora con torturar a su madre! Los dos oficiales continuaron conversando y Miguel Strogoff creyó entender que en los alrededores de Kolyvan era inminente un enfrentamiento entre las tropas tártaras y las moscovitas, que habían llegado procedentes del norte.
Un pequeño cuerpo del ejército ruso, compuesto por unos dos mil hombres, había aparecido sobre el curso inferior del Obi, dirigiéndose hacia Tomsk a marchas forzadas.
Si era cierto, este cuerpo de tropas gubernamentales iba a encontrarse con el grueso de las fuerzas de Féofar-Khan y sería inevitablemente aniquilado, quedando toda laruta de Irkutsk en poder de los invasores.
En cuanto a lo que se refería a él mismo, por algunas palabras del pendja-baschi, Miguel Strogoff supo que habían puesto precio a su cabeza y que se había dado orden de capturarlo, vivo o muerto.
Tenía, pues, necesidad imperiosa de adelantar al destacamento de jinetes usbecks sobre la ruta de Irkutsk y dejar de por medio el río Obi. Pero para ello era necesariohuir antes de que levantaran el campamento.
Tomada esta resolución, Miguel Strogoff se preparó para ejecutarla. El alto en el camino del destacamento no podía prolongarse mucho porque el pendja-baschi no tenía intención de permitir a sus hombres más de una hora de descanso, aunque sus caballos no pudieran ser cambiados en Omsk por otros de refresco y debían de estar, por tanto, tan fatigados como el de Miguel Strogoff, por las mismas razones de tan largo viaje.
No había, pues, ni un instante que perder. Era la una de la madrugada y necesitaba aprovechar la oscuridad de la noche, que pronto sería invadida por las luces del alba, para abandonar el bosquecillo y lanzarse de nuevo sobre la ruta.
Pero aunque le favoreciera la noche, el éxito de la huida, en aquellas condiciones, parecía casi imposible.
Miguel Strogoff no quería dejar ningún cabo suelto. Tomó el tiempo necesario para reflexionar y sopesar minuciosamente los factores que tenía en contra con el fin de mejorar las condiciones a su favor.
De la disposición del terreno sacó las siguientes conclusiones: no podía escapar por la parte de atrás del soto, formado por un arco de maleza cuya cuerda era el camino principal; el curso de agua que rodeaba este arco era, no solamente profundo, sino bastante ancho y muy fangoso; grandes matas de juncos hacían absolutamente impracticable el paso de este curso; bajo aquellas turbias aguas se presentía un fondo cenagoso sobre el que los pies no podían encontrar ningún punto de apoyo; además, más allá del curso de agua, el suelo estaba cubierto de matorrales y difícilmente se prestaba a las maniobras de una rápida huida; una vez dada la alarma, Miguel Strogoff sería perseguido tenazmente y pronto rodeado, cayendo irremisiblemente en manos de los jinetes tártaros.
No había, pues, más que un camino practicable; uno sólo, y éste era la gran ruta. Lo que Miguel Strogoff debía intentar era llegar hasta ella rodeando el lindero del bosque y, sin llamar la atención, franquear un cuarto de versta antes de ser descubierto, pidiendo a su caballo que empleara lo que le quedaba de energía y vigor y que no cayera muerto de agotamiento antes de llegar a la orilla del Obi; después, bien con una barca, o a nado si no había ningún otro medio de transporte, atravesar este importante río.
Su energía y su coraje se decuplicaban cuando se encontraba cara al peligro. Con aquella huida iba su vida, la misión que se le había encomendado, el honor de su país y puede que la salvación de su propia madre.
No podía dudar y puso manos a la obra.
El tiempo apremiaba porque ya se producían ciertos movimientos entre los hombres del destacamento. Algunos jinetes iban y venían por el camino, frente al lindero del bosque; otros estaban todavía echados al pie de los árboles, pero los caballos iban reuniéndose poco a poco en la parte central del soto.
Miguel Strogoff tuvo, en principio, la intención de apoderarse de algunos de aquellos caballos, pero se dijo, con razón, que debían de estar tan cansados como el suyo y que, por tanto, más valía confiar en éste, que tan seguro era y tan buenos servicios le había prestado hasta aquel momento.
El enérgico animal, escondido tras altas malezas de brezo, había escapado a las miradas de los jinetes usbecks, ya que éstos no se habían adentrado hasta el límite extremo del bosquecillo.
Miguel Strogoff, deslizándose sobre la hierba, se aproximó a su caballo, que estaba acostado sobre el suelo. Le acarició con la mano y le habló con dulzura para hacer que se levantara sin ruido alguno.
En aquel momento se produjo una circunstancia favorable: las antorchas, completamente consumidas, se apagaron, y la oscuridad se hizo aún más profunda, sobre todo en aquellos lugares que estaban cubiertos de maleza.
Después de ponerle el bocado al caballo, aseguró la cincha de la silla, apretó la correa de los estribos y comenzó a llevar al caballo de la brida con toda lentitud.
El inteligente animal, como si hubiera comprendido lo que de él se esperaba, siguió a su dueño dócilmente, sin que se le escapase el más ligero relincho, pese a lo cual, algunos caballos usbecks, levantaron sus cabezas y se dirigieron, poco a poco, hacia los linderos de la espesura.
Miguel Strogoff llevaba su revólver en la mano derecha, presto a volarle la cabeza al primer jinete tártaro que se le aproximara. Pero, afortunadamente, no fue dada la alarma y pudo alcanzar el ángulo que formaba el bosque por la parte derecha, encontrándose de nuevo sobre el duro suelo de la ruta.
La intención de Miguel Strogoff, para evitar ser visto, era no montar sobre el caballo hasta que se encontrara a una prudente distancia de la espesura; cuando hubiese conseguido llegar a una curva del camino que se encontraba a unos doscientos pasos de allí.
Desgraciadamente, en el momento en que Miguel Strogoff iba a franquear el lindero del bosque, el caballo de alguno de los jinetes, al olfatearlo, relinchó y se lanzó al galope por el camino.
Su propietario se precipitó en su seguimiento para detenerle, pero al percibir una silueta que se destacaba con las primeras luces del amanecer, gritó:
-¡Alerta!
Al oír este grito, todos los hombres del destacamento se precipitaron sobre sus caballos para lanzarse a la ruta. Miguel Strogoff no tuvo más remedio que montar y lanzarse a todo galope.
Los dos oficiales se pusieron a dar órdenes, gritando y arengando a sus hombres, pero en aquel momento el correo del Zar ya había iniciado su carrera. Se oyó entonces una detonación y Miguel Strogoff sintió que una bala atravesaba su pelliza.
Sin volver la cabeza ni responder al ataque, picó espuelas y, franqueando el lindero del bosquecillo de un formidable salto, se lanzó a rienda suelta en dirección al Obi.
Los caballos de los jinetes usbecks estaban desensillados y podía, por tanto, tomar una cierta ventaja sobre sus perseguidores; pero no podían tardar mucho en lanzarse tras sus pasos. Efectivamente, menos de dos minutos después de haber abandonado el bosquecillo, oyó el galope de varios caballos que, poco a poco, iban ganando terreno. La luz del alba comenzaba a clarear el día y los objetos se hacían visibles en un radio mayor.
Miguel Strogoff, volviendo la cabeza, se apercibió que un jinete se le iba acercando rápidamente.
Se trataba del deh-baschi. Este oficial, contando con un magnífico caballo, iba a la cabeza de los perseguidores y amenazaba con alcanzar al fugitivo.
Sin pararse, Miguel Strogoff dirigió hacia él su revólver y mirándole sólo un instante,
con pulso seguro, apretó el gatillo.
El oficial usbeck, alcanzado en pleno pecho, rodó por el suelo.
Pero los otros jinetes le seguían de cerca y, sin prestar atención al estado del deh-baschi, excitados por sus propias vociferaciones, hundiendo las espuelas en los flancos de sus caballos, iban acortando poco a poco la distancia que les separaba de Miguel Strogoff.
Durante una media hora, sin embargo, el correo del Zar pudo mantenerse fuera del alcance de las armas tártaras, pero notaba que su caballo se agotaba por momentos y, a cada instante, temía que tropezara con cualquier obstáculo y cayera para no levantarse más.
El día era ya bastante claro, aunque el sol no había aparecido por encima del horizonte. A una distancia de poco más de dos verstas, se distinguía una pálida línea bordeada por árboles bastante espaciados entre sí. Era el Obi, que discurría de sudoeste a noreste casi al mismo nivel del suelo, cuyo valle estaba formado por la misma estepa siberiana.
Los jinetes tártaros dispararon varias veces sus fusiles contra Miguel Strogoff, pero sin alcanzarle, y varias veces también el correo del Zar se vio obligado a descargar su revólver contra algunos de los jinetes que se acercaban demasiado a él. Cada vez que su revólver vomitó fuego, un usbeck rodó por el suelo, en medio de los gritos de rabia de sus compañeros.
Pero esta persecución no podía acabar más que con desventaja para Miguel Strogoff, porque su caballo estaba ya reventado.
Sin embargo, consiguió llevar a su jinete hasta la orilla del río. Sobre el Obi, absolutamente desierto, no había una sola barca ni un transbordador que le pudiera servir para atravesar la corriente.
-¡Valor, mi buen caballo! -gritó Miguel Strogoff-. ¡Vamos! ¡Un último esfuerzo!
Y se precipitó al río, que en aquel lugar debía de tener una media versta de anchura. Aquella corriente tan rápida era extremadamente difícil de remontar y el caballo de Miguel Strogoff no hacía pie en ninguna parte. Sin ningún punto de apoyo, no había más remedio que atravesar a nado aquellas aguas, tan rápidas como las de un torrente.
Afrontarlas era, por parte de Miguel Strogoff, un verdadero alarde de valor. Los jinetes se habían parado en la orilla, dudando en adentrarse en la corriente.
En ese momento, el pendja-baschi, tomando su fusil, miro con rencor al fugitivo, que se encontraba ya en medio de la corriente, y disparo contra él. El caballo de Miguel Strogoff, herido en un flanco, se hundió bajo su dueño.
Éste no tuvo más que el tiempo justo de desembarazarse de los estribos en el mismo momento en que el pobre animal desaparecía bajo las aguas del río. Después, sumergiéndose para evitar la lluvia de balas que hendían el agua a su alrededor, consiguió llegar a la orilla derecha del río, desapareciendo entre los cañaverales que crecían en la margen del Obi.

17. VERSOS Y CANCIONES
Miguel Strogoff se encontraba ya relativamente seguro, aunque su situación continuaba siendo terrible.
Ahora que aquel valiente animal que tan fielmente le había servido acababa de encontrar la muerte entre las aguas del río, ¿cómo podría él continuar el viaje? Tenía que proseguir a pie, sin víveres, en un país arruinado por la invasión, batido por los exploradores del Emir y encontrándose todavía a una distancia considerable del final de su viaje.
-¡Por el Cielo! -gritó, haciendo desaparecer todas las razones de desánimo que acababan de embargar su espíritu-. ¡Llegaré! ¡Dios proteja a la santa Rusia!
Miguel Strogoff se encontraba entonces fuera del alcance de los jinetes tártaros. Éstos no se habían atrevido a perseguirle a través del río y, por tanto, debían de creer que se había ahogado porque, tras su desaparición bajo las aguas, no habían podido verle llegar a la orilla derecha del Obi.
Pero el correo del Zar, deslizándose entre los gigantescos cañaverales de la orilla, había alcanzado la parte más elevada de la margen, aunque con muchas dificultades, ya que un espeso limo depositado durante la época de los desbordamientos de las aguas la hacía poco practicable.
Una vez sobre terreno más sólido, Miguel Strogoff se paró para meditar lo que le convenía hacer.
Lo que quería, en primer lugar, era evitar la localidad de Tomsk, ocupada por los tártaros, no obstante, le era preciso llegar a algún caserío o alguna casa de postas para agenciarse algún caballo. Una vez en posesión del animal, se lanzaría fuera de los caminos controlados por las fuerzas tártaras y no volvería a recuperar la ruta de Irkutsk hasta llegar a los alrededores de Krasnoiarsk.
A partir de este punto, si se apresuraba, podía aún encontrar el camino libre y descender hacia el sudeste por las provincias del lago Balkal.
A continuación, Miguel Strogoff comenzó a buscar una orientación. Dos verstas más adelante, siguiendo el curso del Obi, se veía una pequeña ciudad, pintorescamente elevada sobre un ligero promontorio del suelo, y algunas iglesias con cúpulas bizantinas, pintadas de verde y oro, perfilaban sus siluetas sobre el fondo gris del cielo.
Era Kolyvan, adonde iban a refugiarse durante el verano los funcionarios y empleados de Kamsk y otras ciudades, para huir del clima malsano de la Baraba.
Kolyvan, según las noticias que el correo del Zar había podido conseguir, no debía de estar aún en manos de los invasores. Las tropas tártaras, divididas en dos columnas, habíanse dirigido por la izquierda hacia Omsk y por la derecha hacia Tomsk, descuidando la parte del país que quedaba entre ambas.
El propósito, simple y lógico, de Miguel Strogoff, era llegar a Kolyvan antes que los jinetes tártaros, que, remontando la orilla izquierda del Obi, hubieran alcanzado la ciudad. Allí, pagando diez veces su valor, se procuraría nuevas ropas y un caballo y volvería sobre la ruta de Irkutsk, a través de la estepa meridional.
Eran las tres de la madrugada y los alrededores de Kolyvan, en una calma absoluta, parecían completamente abandonados.
Evidentemente, la población campesina, huyendo de los invasores, a los que no podían oponerse, habían emigrado hacia el norte, refugiándose en las provincias del Yeniseisk.
Miguel Strogoff se dirigía a paso rápido hacia Kolyvan, cuando llegaron hasta él lejanas detonaciones.
Se paró, distinguiendo netamente unos sordos ruidos que atravesaban las capas de la atmósfera y una crepitación cuyo origen no podía escapársele al correo del Zar.
-¡Son cañones! ¡Y descargas de fusilería! -se dijo-. ¿El pequeño cuerpo de ejército ruso se enfrenta ya con los tártaros? ¡Quiera el Cielo que llegue antes que ellos a Kolyvan!
Miguel Strogoff no se equivocaba.
Muy pronto se fue acentuando poco a poco el ruido de las detonaciones, y tras él, sobre la parte izquierda de Kolyvan, los vapores se condensaban por encima del horizonte; y no eran nubes de humo, sino las grandes columnas blanquecinas muy claramente perfiladas que producen las descargas de artillería.
Sobre la izquierda del Obi, los jinetes usbecks que perseguían a Miguel Strogoff se detuvieron a esperar el resultado de la batalla entre aquellas desiguales fuerzas.
Por esta parte, Miguel Strogoff no tenía nada que temer, de manera que apresuró su marcha hacia la ciudad.
Sin embargo, las detonaciones se intensificaban, aproximándose sensiblemente. No se trataba de un ruido confuso, sino de cañonazos disparados uno tras otro. Al mismo tiempo la humareda, empujada por el viento, se elevaba en el aire, haciendo evidente que los combatientes se desplazaban con rapidez hacia el sur.
Kolyvan iba a ser, con toda seguridad, atacada por su parte septentrional.
Pero ¿intentaban las tropas rusas defenderla contra los tártaros o, por el contrario, lo que pretendían era recuperarla porque estaba en manos de las fuerzas de Féofar-Khan?
Era imposible saberlo, y ello sumergía a Miguel Strogoff en un mar de dudas.
No se encontraba más que a una media versta de Kolyvan cuando una gran llamarada se produjo entre las casas de la ciudad y el campanario de una iglesia se derrumbó en medio de un torrente de polvo y llamas.
¿Se desarrollaba la batalla dentro del mismo Kolyvan?
Así debió de creerlo Miguel Strogoff y, siendo evidente que rusos y tártaros estaban batiéndose por las calles de la ciudad, se detuvo un instante.
¿No era mejor, aunque tuviera que ir a pie, dirigirse hacia el sur y el este, llegar a cualquier pueblecito, como Diachinsk, u otro cualquiera, y agenciarse allí a cualquier precio un caballo?
Era la única salida que tenía y, enseguida, abandonando la orilla del Obi, Miguel Strogoff se dirigió rápidamente hacia la derecha de la ciudad de Kolyvan.
En ese momento, las detonaciones eran extremadamente violentas. Muy Pronto las llamas se elevaron por encima de la parte izquierda de la ciudad y el incendio devoraba todo un barrio.
Miguel Strogoff corría a través de la estepa, buscando la protección de los árboles diseminados por el campo, cuando un destacamento de caballería tártara apareció por la derecha.
Era evidente que no podía continuar huyendo en aquella dirección, porque los jinetes avanzaban rápidamente hacia la ciudad y le hubiera sido imposible escapar.
De pronto, en un ángulo de un frondoso grupo de árboles, vio una casa aislada, a la cual le era posible llegar antes de ser descubierto.
Miguel Strogoff, pues, no tenía otra cosa que hacer más que correr, esconderse, y pedir que le proporcionaran algún alimento, pues sus fuerzas estaban agotadas y tenía necesidad de reponerlas.
Se dirigió precipitadamente hacia la casa, que estaba a una media versta de distancia, y al aproximarse la identificó como una estación telegráfica. Dos cables se extendían en dirección oeste-este y un tercero estaba tendido hacia Kolyvan.
Era de suponer que, en aquellas circunstancias, la estación estaría abandonada, pero al menos Miguel Strogoff podría refugiarse en ella y esperar la caída de la noche, si no tenía más remedio, para lanzarse de nuevo a través de la estepa, batida por los exploradores tártaros en toda su extensión.
Lanzose, pues, hacia la puerta, abriéndola de un violento empujón.
Sólo una persona se hallaba en la sala donde se hacían las transmisiones telegráficas.
Era un empleado calmoso, flemático, indiferente a todo cuanto sucedía fuera de allí.
Fiel a su estación, esperaba detrás de su ventanilla a que el público llegase a solicitar sus servicios.
Miguel Strogoff, al verlo, corrió hacia él, preguntándole con voz apagada por la fatiga:
-¿Qué sabe usted?
-Nada -respondió el empleado, sonriendo.
-¿Son los rusos y los tártaros quienes combaten?
-Eso se dice.
-Pero ¿quiénes son los vencedores?
-Lo ignoro…
Tanta tranquilidad en medio de aquellas terribles circunstancias, tanta indiferencia, apenas podía creerse.
-¿No está cortada la comunicación? -preguntó Miguel Strogoff.
-Está cortada entre Kolyvan y Krasnoiarsk, pero todavía funciona entre Kolyvan y la frontera rusa.
-¿Para el Gobierno?
-Para el Gobierno cuando lo juzga conveniente. Para el público cuando paga… Son diez kopeks por palabra. Cuando quiera, señor…
Miguel Strogoff iba a gritarle a este extraño empleado que él no tenía ningún mensaje que transmitir, que no pedía más que un poco de pan y agua, cuando la puerta de la casa se abrió violentamente.
Miguel Strogoff, creyendo que la estación había sido invadida por los tártaros, se apresuró a saltar por la ventana, cuando vio que en la sala solamente habían entrado dos hombres que no tenían ninguna semejanza con los soldados tártaros.
Uno de ellos llevaba en la mano un despacho escrito a lápiz y, adelantándose al otro, se precipitó hacia la ventanilla del impasible empleado de telégrafos.
En aquellos dos hombres Miguel Strogoff reconoció, con la sorpresa que es de suponer, a los dos personajes en quienes menos pensaba y a los que no creía encontrar ya nunca más.
Eran los corresponsales Harry Blount y Alcide Jolivet, que ya no eran compañeros de viaje, sino enemigos, ahora que operaban sobre el campo de batalla.
Habían salido de Ichim solamente unas horas después de la partida de Miguel Strogoff, y si habían llegado a Kolyvan antes que él era porque había perdido tres días a orillas del Irtyche.
Ahora, después de haber presenciado ambos la batalla que acababan de librar rusos y tártaros frente a la ciudad, saliendo de Kolyvan en el momento en que la lucha se extendía por sus calles, se habían precipitado hacia la estación telegráfica, con el fin de enviar a Europa sus mensajes rivales, disputándose uno al otro la primacía de los acontecimientos.
Miguel Strogoff se apartó de en medio, retirándose a un rincón en sombras, desde donde, sin ser visto, podría escuchar, porque era evidente que los periodistas le proporcionarían noticias que le eran necesarias para saber si debía entrar en Kolyvan o no.
Harry Blount, más rápido que su colega, había tomado posesión de la ventanilla y tendía su mensaje al empleado, mientras Alcide Jolivet, contrariamente a su costumbre, pateaba de impaciencia.
-Son diez kopeks por palabra -dijo el empleado al tomar el despacho del inglés.
Harry Blount depositó sobre el pequeño mostrador un puñado de rublos, bajo la mirada estupefacta de su colega.
-Bien -dijo el empleado.
Y con la mayor sangre fría del mundo, comenzó a telegrafiar el siguiente despacho:
Daily Telegraph, Londres. De Kolyvan, gobierno de Omsk, Siberia, 6 de agosto.
Enfrentamiento de las tropas rusas y tártaras…
Esta lectura era hecha en alta voz, por lo que Miguel Strogoff oyó perfectamente lo que el corresponsal inglés transmitía a un periódico londinense.
Tropas rusas rechazadas con grandes pérdidas. Tártaros entrado hoy mismo en Kolyvan…
Con estas palabras terminaba el mensaje.
-¡Me toca a mí ahora! -gritó Alcide Jolivet, que quería transmitir el despacho dirigido a su prima en el faubourg Montmartre.
Pero el periodista inglés no tenía intención de abandonar la ventanilla, para poder ir transmitiendo las noticias a medida que se desarrollaban los acontecimientos. Por tanto, no cedió el sitio a su colega.
-¡Pero usted ya ha terminado! -gritó Alcide Jolivet.
-No he terminado aún -respondió tranquilamente Harry Blount.
Y continuó escribiendo una serie de frases que iba entregando al empleado con toda rapidez, mientras leía en voz alta sin perder su impasibilidad.
Al principio, Dios creó el Cielo y la Tierra…
Harry Blount telegrafiaba los versículos de la Biblia, para dejar pasar el tiempo sin tener que ceder el sitio a su rival. Aquello costaría a su periódico sus buenos millares de rublos, pero sería el primero en estar informado de los acontecimientos. ¡Que esperase Francia!
Se concibe el furor de Alcide Jolivet, que en cualquier otra circunstancia hubiera encontrado que aquélla era una buena jugada, pero en aquella ocasión incluso quería obligar al empleado de telégrafos a aceptar su mensaje, con preferencia al de su colega.
-El señor está en su derecho -respondió tranquilamente el empleado, señalando a Harry Blount y sonriendo con aires de la mayor amabilidad.
Pero continuó transmitiendo al Daily Telegraph los primeros versículos de las Sagradas Escrituras.
Mientras el empleado operaba, Harry Blount se acercaba tranquilamente a la ventana y observaba con los prismáticos cuanto ocurría en los alrededores de Kolyvan, con el fin de completar sus informaciones.
Dos iglesias están ardiendo. El incendio parece extenderse hacia la derecha. La Tierra era informe y estaba desnuda; las tinieblas cubrían la faz del abismo…
Alcide Jolivet sentía un feroz deseo de estrangular al honorable corresponsal del Daily Telegraph.
Interpeló nuevamente al empleado, el cual, siempre impasible, le respondió:
-Está en su derecho, señor… Está en su derecho… A diez kopeks por palabra.
Y telegrafió la siguiente noticia que le fue facilitada por Harry Blount:
Fugitivos rusos huyen de la ciudad. Y Dios dijo:
hágase la luz. Y la luz fue hecha…
Alcide Jolivet estaba literalmente rabiando.
Mientras tanto, Harry Blount había vuelto junto a la ventana, pero esta vez, distraído sin duda por el interés del espectáculo que tenía ante sus ojos, prolongó su observación demasiado tiempo y cuando el empleado de telégrafos hubo transmitido el tercer versículo de la Biblia, Alcide Jolivet se apresuró a llegar hasta la ventanilla, sin hacer ruido y, tal como había hecho su colega, después de depositar nuevamente un respetable fajo de rublos sobre la tablilla, entregó su despacho, el cual el empleado leyó en voz alta:
Madeleine Jolivet,
10, Faubourg-Montmartre (París)
De Kolyvan, gobierno de Omsk, Siberia, 6 de agosto.
Fugitivos huyendo de la ciudad. Rusos derrotados. Persecución encarnizada de la caballería tártara…
Y cuando Harry Blount volvió de la ventana, oyó a Alcide Jolivet que completaba su telegrama, tarareando con voz burlona:
Hay un hombrecito, vestido todo de gris, en París…
Pareciéndole una irreverencia el mezclar lo sagrado con lo profano, como había hecho su colega, Alcide Jolivet sustituía los versículos de la Biblia por un alegre refrán de Beranger.
-¡Ah! -gritó Harry Blount.
-Es la vida… -respondió Alcide Jolivet.
Mientras tanto, la situación se agravaba en los alrededores de Kolyvan. La batalla se aproximaba y las detonaciones estallaban con extrema violencia.
En aquel momento, una explosión conmocionó la estación telegráfica; un obús acababa de hacer impacto en uno de los muros, derribándolo en medio de nubes de polvo que invadieron la sala de transmisiones.
Alcide Jolivet acababa entonces de escribir sus versos:
rechoncho como una manzana,
que, sin contar con un ochavo…
pero se paró, se precipitó sobre un obús y, tomándolo con las dos manos, lo lanzó por la ventana antes de que estallase, volviendo tranquilamente a ocupar su sitio delante de la ventanilla. Ésta fue tarea que realizó en cuestión de segundos.
Cinco segundos más tarde, el obús estalló fuera de la estación telegráfica.
Pero, continuando transmitiendo su mensaje con la mayor sangre fría del mundo.
Alcide Jolivet escribió:
Obús del seis ha hecho saltar la pared de la
estación telegráfica. Esperamos otros del mismo
calibre…
Para Miguel Strogoff no existía ninguna duda de que los rusos habían sido derrotados por los tártaros. Su último recurso era, pues, lanzarse a través de la estepa meridional.
Pero en aquel momento se oyó una terrible descarga de fusilería, disparada de muy cerca de la estación telegráfica, y una lluvia de balas hizo añicos los cristales de la ventana.
Harry Blount, herido en la espalda, se desplomó.
Alcide Jolivet iba, en aquel momento, a transmitir una noticia suplementaria:
Harry Blount, corresponsal del Daily Telegraph, caído a mi lado, herido por casco de metralla… cuando el impasible empleado le dijo con su inalterable calma:
-Señor, la comunicación está cortada.
Y, abandonando su ventanilla, tomó tranquilamente su sombrero, limpiándolo con la manga y, siempre sonriente, salió por una pequeña puerta que Miguel Strogoff no había visto.
La estación telegráfica fue entonces invadida por soldados tártaros, sin que el correo del Zar ni los periodistas tuvieran tiempo de batirse en retirada.
Alcide Jolivet, con su inútil mensaje en la mano, se había precipitado hacia Harry Blount, tendido en el suelo y, con todo su noble coraje, lo había cargado sobre su espalda, con la intención de salir huyendo con su compañero.
¡Pero era ya demasiado tarde!
Ambos cayeron prisioneros y, al mismo tiempo que ellos, Miguel Strogoff, sorprendido de improviso en el momento en que iba a saltar por la ventana, cayó en manos de los tártaros.

SEGUNDA PARTE

1. UN CAMPAMENTO TÁRTARO
A una jornada de camino de Kolyvan, algunas verstas más allá de la aldea de Diachinsk, se extiende una vasta planicie que dominan algunos árboles gigantescos, principalmente pinos y cedros.
Esta parte de la estepa está ordinariamente ocupada, durante la estación estival, por pastores siberianos, que encuentran en ella pasto suficiente para alimentar a sus numerosos ganados; pero en estos días se hubiera buscado vanamente uno solo de estos pobladores nómadas de la estepa.
Esto no quería decir que la planicie estuviera desierta. Por el contrario, presentaba una gran animación.
Allí, efectivamente, se levantaban las tiendas de las tropas tártaras; allí acampaba Féofar-Khan, el feroz Emir de Bukhara, y allí era adonde al día siguiente, 7 de agosto, habían sido conducidos los prisioneros hechos por los tártaros en Kolyvan, después del desastre sufrido por el pequeño cuerpo de ejército ruso.
De aquellos cerca de dos millares de soldados rusos que se habían enfrentado a las dos columnas enemigas, apoyadas a la vez en Omsk y en Tomsk, no habían quedado con vida más que unos pocos centenares.
Los acontecimientos iban, pues, de mal en peor, y el gobierno imperial parecía estar verdaderamente comprometido más allá de la frontera de los Urales.
Momentáneamente, al menos, así era, pero era de esperar que las tropas rusas respondieran, más pronto o más tarde, a la agresión de aquellas hordas invasoras. De todas formas, la invasión había ya alcanzado el centro de Siberia y, a través de las comarcas sublevadas, iba a extenderse, bien a las provincias del este, bien a las del oeste. Irkutsk estaba ahora aislada y cortadas todas las comunicaciones con Europa. Si las fuerzas de los gobiernos de Amur y de la provincia de Irkutsk no llegaban a tiempo para reforzar a su reducida e insuficiente guarnición, esta capital de la Rusia asiática caería irremisiblemente en manos de los tártaros y, antes de que hubiera podido ser recuperada, el Gran Duque, hermano del Emperador, habría sido víctima de la venganza de Ivan Ogareff.
¿Qué había sido de Miguel Strogoff? ¿Había al fin sucumbido bajo el peso de las pruebas por las que había atravesado? ¿Se daba por vencido ante la serie de desgracias que le habían ido siempre persiguiendo después de su aventura en Ichim? ¿Consideraba perdida la partida, fallida su misión y en la imposibilidad de cumplir la orden que le habían encomendado sus superiores?
Miguel Strogoff era uno de esos hombres que no se detienen mientras les quede vida. Por el momento aún vivía y no había sido herido, conservaba la carta imperial y no había sido descubierta su identidad. Se encontraba, sin duda, entre aquella innumerable cantidad de prisioneros a los que los tártaros arrastraban tras de sí como si se tratase de un vil rebaño; pero, al aproximarse a Tomsk, se iba también acercando a Irkutsk y, fuera como fuese, iba siempre por delante de Ivan Ogareff.
«¡Llegaré! », se repetía.
Y desde los acontecimientos de Kolyvan, toda su vida estaba concentrada en este único pensamiento: ¡Verse libre!
¿Cómo escaparía, sin embargo, de los soldados del Emir? Cuando llegase el momento, ya vería.
El campamento de Féofar-Khan presentaba un soberbio espectáculo. Innumerables tiendas, hechas de piel, de fieltro o de tela de seda, brillaban bajo los rayos del sol. Los altos penachos que coronaban sus cónicas cúpulas, se balanceaban entre una nube de gallardetes y estandartes multicolores. De entre estas tiendas, las más ricas pertenecían a los seides y a los khodjas, que son los personajes más importantes del khanato. Un
pabellón especial, adornado con una cola de caballo cuyo mástil sobresalía por encima de una serie de palos pintados de rojo y blanco, artísticamente conjuntados, indicaban el alto rango de los jefes tártaros. Extendiéndose hasta el infinito se levantaban millares de tiendas turcorromanas, que reciben el nombre de karaoy y que habían sido transportadas a lomo de camellos.
El campo contenía al menos ciento cincuenta mil soldados, entre infantes y jinetes, reunidos bajo la denominación común de alamanos. Entre ellos, y como tipos más principales del Turquestán, distínganse inmediatamente aquellos tadjiks de regulares rasgos, piel blanca, estatura elevada y ojos y cabellos negros que constituían el grueso del ejército tártaro y cuyos khanatos de Khokhand y Kunduze, de donde eran oriundos, habían aportado un contingente casi igual que el de Bukhara. Entre estos tadjiks se mezclaban otros componentes de las diversas razas que residen en el Turquestán, o que son originarios de los países lindantes, estos otros hombres eran usbecks, de baja estatura y pelo rojizo, semejantes a los que se habían lanzado en persecución de Miguel Strogoff, kirguises, de rostro achatado como el de los kalmucos, revestidos con cotas de malla, armados unos con lanza, arco y flechas de fabricación asiática y otros con un sable, fusil de mecha y el tchakan, pequeña hacha de mango corto cuya herida es siempre mortal. Había mongoles de talla mediana, cabellos negros y atados en una trenza que les caía sobre la espalda, cara redonda, tez curtida, ojos hundidos y vivos y barbilampiños, que vestían ropas de mahón azul guarnecidas con piel negra, ajustadas al cuerpo mediante cinturones de cuero con hebilla de plata, calzados con botas adornadas con vistosas trencillas y cuya cabeza cubrían con gorros de seda, adornados con tres cintas que ondeaban tras ellos. Por último, veíanse también a los afganos, de piel curtida, árabes de tipo primitivo de las bellas razas semíticas, y turcomanos, a cuyos ojos parecían faltarles los párpados. Todo este conglomerado estaba alistado bajo la bandera del Emir; bandera de los incendiarios y devastadores.
Además de estos soldados libres, había también un cierto número de soldados esclavos, principalmente persas, que iban mandados por oficiales del mismo origen y que, ciertamente, no eran los menos estimados en el ejército de Féofar-Khan.
Aparte de todos estos soldados, había numerosos judíos encargados de los servicios domésticos, que llevaban la ropa ceñida al cuerpo con una cuerda y cubrían su cabeza con pequeños bonetes de paño oscuro, porque tenían prohibido llevar el clásico turbante. Mezclados con todos estos grupos de hombres, había unos centenares de los llamados kalendarios, especie de religiosos mendicantes, que vestían ropas hechas jirones, recubiertas con pieles de leopardo.
Con esta descripción se puede tener una idea bastante completa de la enorme aglomeración de tribus diversas, todas ellas comprendidas bajo la denominación de ejército tártaro.
Cincuenta mil de esos soldados iban a caballo y los animales no ofrecían una menor variedad que los hombres. Entre ellos, sujetos de diez en diez a dos cuerdas paralelas, con la cola atada y la grupa cubierta por una red de seda negra, distinguíanse los caballos turcomanos, de patas finas, cuerpo largo, pelo brillante y cuello elegante; los usbecks, que son bestias de gran resistencia; los khokhandianos, que transportan, además del jinete, dos tiendas y toda una batería de cocina; los kirguises, de colores claros, llegados de las orillas del río Emba, donde son cazados a lazo por los tártaros, lazo que recibe el nombre de arcane; y muchos otros, producto de los cruces de razas, que eran de menor calidad.
Las bestias de carga contábanse por millares. Eran camellos de pequeña talla, pero bien constituidos, pelo largo y crin espesa cayéndoles sobre el cuello; animales dóciles y mucho más fáciles de aparejar que el dromedario; nars de una sola jiba, de pelaje rojo como el fuego, ensortijado en forma de bucles, y asnos, rudos para el trabajo, cuyas carnes son muy estimadas por los tártaros y forman parte de su alimentación.
Sobre todo aquel conjunto de hombres y bestias; sobre toda aquella inmensa aglomeración de tiendas, grandes grupos de pinos y cedros proyectaban una sombra fresca, atravesada aquí y allá por algunos rayos de sol. Nada más pintoresco que aquel cuadro, en cuya realización el más violento de los coloristas hubiera empleado todos los colores de su paleta.
Cuando los prisioneros que los tártaros hicieron en Kolyvan llegaron frente a las tiendas de Féofar-Khan y de los grandes dignatarios del khanato, los tambores se pusieron a batir, extendiendo sus sones por todo el campamento. Sonaron las trompetas y a estos sonidos, ya de por sí ensordecedores, se mezclaron las descargas de fusilería y de los cañones del calibre cuatro y seis, con sus graves detonaciones, que formaban la artillería del Emir.
La instalación de Féofar-Khan era puramente militar, pues lo que pudiéramos llamar su casa civil, su harén y el de sus aliados, había sido instalado en Tomsk, ahora ya en poder de los tártaros. Una vez levantado el campo, Tomsk iba a convertirse en la residencia del Emir hasta el momento en que pudiera trasladarse a la capital de la Siberia oriental.
La tienda de Féofar-Khan dominaba a las vecinas. Revestida de amplias cortinas de brillante seda, suspendidas de cordones con borlas de oro, y coronada con espesos penachos que el viento agitaba, estaba situada en el centro de una amplia planicie, cercada por una especie de valla de magníficos abedules y gigantescos pinos.
Delante de la tienda había una mesa de laca con incrustaciones de piedras preciosas, y abierto encima de ella estaba el Corán, libro sagrado de los musulmanes, cada una de cuyas hojas era una lámina de oro finamente labrada. Esta maravillosa obra de arte ostentaba en su cubierta el escudo tártaro en el que campeaban las armas del Emir.
Alrededor de aquel espacio despejado, se elevaban en semicírculo las tiendas de los altos funcionarios de Bukhara. En ellas residía el jefe de la caballeriza, que tenía el honor de seguir a caballo al Emir hasta la entrada de su palacio; el halconero mayor; el huscbbegui, portador del sello real; el toptschi-baschi, jefe supremo de la artillería; el khodja, presidente del Consejo, que recibe el beso del príncipe y puede presentarse ante él sin cinturón; el cheikh-ulislam, jefe de los ulemas, representante de los sacerdotes; el cazi-askev, quien, en ausencia del Emir, juzga todas las diferencias que se suscitan entre los militares y, finalmente, el jefe supremo de los astrólogos, cuya misión es consultar a las estrellas cada vez que el Khan piensa trasladarse de un sitio a otro.
Cuando los prisioneros llegaron al campamento, el Emir se encontraba en su tienda, pero no se dejó ver. Esta circunstancia fue favorable, sin duda, porque una palabra suya, un solo gesto, podía haber ocasionado una sangrienta ejecución. Féofar-Khan se mantuvo retirado, en aquel tipo de aislamiento que forma parte del majestuoso rito de los monarcas orientales, a quienes más se admira y sobre todo se teme, cuanto menos se dejan ver.
En cuanto a los prisioneros, iban a ser encerrados en cualquier lugar, maltratados, alimentados apenas y expuestos a todas las inclemencias del tiempo, en espera de que Féofar-Khan resolviera.
Entre todos aquellos desgraciados, Miguel Strogoff era el más dócil y el más paciente. Se dejaba conducir porque lo llevaban adonde él quería ir y por supuesto, en mejores condiciones para su seguridad que si se encontrara libre en el camino de Kolyvan a Tomsk. Escapar antes de haber llegado a esta ciudad era exponerse a caer nuevamente en manos de los invasores, que eran dueños de la estepa. El límite más oriental ocupado hasta entonces por los ejércitos enemigos no estaba situado más allá del meridiano ochenta y dos, que pasa por Tomsk, y por tanto, cuando el correo del Zar consiguiera franquear este meridiano, contaba con estar fuera de la zona invadida, pudiendo atravesar el Yenisei sin peligro llegando a Krasnoiarsk antes de que Féofar-Khan invadiera la provincia.
«Una vez hayamos llegado a Tomsk -se repetía continuamente Miguel Strogoff para reprimir algunos movimientos de impaciencia que a menudo le asaltaban-, en pocos minutos me pondré fuera del alcance de la vanguardia tártara, y con solo doce horas que gane a Féofar-Khan, serán doce horas ganadas también a Ivan Ogareff, que mebastarán para llegar antes que éste a Irkutsk.»
Lo que Miguel Strogoff temía, por encima de todo, era encontrarse en presencia de Ivan Ogareff en el campamento tártaro porque, además de que se exponía a ser reconocido, presentía, por una especie de intuición, que a quien más le interesaba tomar la delantera era a aquel traidor. Comprendía, además, que al reunirse las tropas de Ivan Ogareff con las de Féofar-Khan, se completarían los efectivos del ejército invasor y que, tan pronto como se llevase a cabo esta reunión, todas las fuerzas enemigas marcharían masivamente contra la capital de la Siberia oriental.
Todos sus temores estaban, por tanto, dirigidos hacia ese lado y trataba de escuchar con toda atención para ver si algún toque de trompeta anunciaba la llegada del lugar teniente del Emir.
A estos pensamientos se unía el recuerdo de su madre y de Nadia, prisionera una en Omsk y la otra transportada sobre una de las barcas del Irtyche y, sin duda, ahora una cautiva más, como Marfa Strogoff. ¡Y no podía hacer nada por ellas! ¿Las volvería a ver algún día? Ante esta pregunta, a la que no osaba responderse, se le oprimía dolorosamente el corazón a Miguel Strogoff.
Harry Blount y Alcide Jolivet habían sido conducidos al campamento tártaro al mismo tiempo que Miguel Strogoff y muchos otros prisioneros. Su compañero de viaje en otros tiempos, hecho prisionero a la vez que ellos en la estación telegráfica, sabía que estaban encerrados, como él, en aquel estrecho recinto vigilado por numerosos centinelas, pero no había hecho intención de acercarse a ellos. En aquellos momentos, al menos, le importaba muy poco lo que pudieran pensar de él después de los sucesos de la parada de posta de Ichim. Por otra parte, quería estar solo para obrar con entera libertad en caso necesario, por lo que procuró mantenerse retirado permanecer a la escucha.
Alcide Jolivet, desde que su compañero había caído herido a su lado, no había cesado de prodigarle sus cuidados.
Durante el trayecto de Kolyvan hasta el campamento, es decir, durante varias horas de marcha, Harry Blount, apoyado en su rival, había podido seguir al convoy de prisioneros.
Habían querido hacer valer su calidad de súbditos francés e inglés, pero de nada les sirvió frente a aquellos bárbaros que sólo respondían con golpes de lanza o de sable.
El periodista inglés tuvo, pues, que seguir la suerte de todos los demas y esperar a reclamar más tarde para obtener satisfacciones sobre semejante trato.
El trayecto, de todas formas, fue doloroso para él porque su herida le hacía sufrir y, sin la asistencia de Alcide Jolivet puede que no hubiera podido llegar al campamento.
El corresponsal francés, que no abandonaba nunca su filosofía práctica, había reconfortado física y moralmente a su colega por medio de todos los recursos que tenía a su alcance. Su primer cuidado, cuando se vio definitivamente encerrado en el campamento, fue inspeccionar la herida de Harry Blount, despojándole hábilmente de las ropas que le molestaban y comprobando, afortunadamente, que la metralla solamente había rozado la espalda, provocando una herida superficial.
-No es nada -dijo-, una simple rozadura. Después de dos o tres curas, querido colega, quedará como nuevo.
-¿Pero, esas curas … ?
-Las haré yo mismo.
-¿Tiene usted algo de médico?
-¡Todos los franceses somos un poco médicos!
Hecha esta afirmación, Alcide Jolivet desgarró su pañuelo haciendo tiras con uno de los pedazos y compresas con el otro, sacó agua de un pozo situado en el centro del recinto, lavó la herida que, por fortuna, no era grave y sujetó hábilmente las tiras mojadas en el hombro de Harry Blount.
-Le curaré con agua -dijo-. Este líquido es todavía el sedante más eficaz que se conoce para el tratamiento de las heridas y el que más se emplea ahora. ¡Los médicos han tardado seis mil años en descubrir esto! ¡Sí! ¡Seis mil años, en cifras redondas!
-Le estoy muy agradecido, señor Jolivet -respondió Harry Blount, tendiéndose sobre un lecho de hojas secas que, a modo de cama, le había preparado su compañero.
-¡Bah! ¡No vale la pena! Usted, en mi lugar, habría hecho lo mismo por mí.
-Yo no sé nada… -respondió un poco ingenuamente Harry Blount.
-¡No bromee! ¡Todos los ingleses son generosos!
-Sin duda, pero los franceses…
-Pues sí, los franceses son buenos; un poco bestias, si usted quiere, pero se les disculpa porque son franceses. Pero no hablemos de eso y, si quiere hacerme caso, no hablemos de nada. El reposo le es ahora absolutamente necesario.
Pero Harry Blount no tenía ningún deseo de callarse. Si el herido debía, por prudencia, guardar reposo, el corresponsal del Daily Telegraph no era hombre que se limitase sólo a escuchar.
-Señor Jolivet -preguntó-. ¿Cree usted que nuestros últimos mensajes habrán podido traspasar la frontera?
-¿Por qué no? -respondió Alcide Jolivet-. Le aseguro que en estos momentos, mi bien amada prima sabe ya lo ocurrido en Kolyvan.
-¿Cuántos ejemplares de sus noticias tira su prima? -preguntó Harry Blount quien, por primera vez, le hizo esta pregunta directa a su colega.
-¡Bueno! -respondió riendo Alcide Jolivet-. Mi prima es una persona muy discreta y no le gusta que se hable de ella y se desesperaría si supiera que turbaba el sueño del que tiene usted tanta necesidad.
-No quiero dormir -respondió Harry Blount-. ¿Qué debe de pensar su prima de los acontecimientos de Rusia?
-Que, por el momento, parecen ir por mal camino. ¡Pero, bah! El gobierno moscovita es poderoso y no puede ser verdaderamente inquietado por una invasión de bárbaros. Siberia no se les escapará de las manos.
-¡La excesiva ambición ha perdido a los más grandes imperios! -sentenció Harry Blount, que no estaba exento de unos ciertos «celos ingleses» hacia las pretensiones rusas en Asia central.
-¡Oh! ¡No hablemos de política! -gritó Alcide Jolivet-. ¡Lo prohíbe la Facultad de Medicina! ¡No hay nada peor para las heridas de la espalda!… a menos que le sirva de somnífero.
-Hablemos entonces de lo que tenemos que hacer -respondió Harry Blount-. Señor Jolivet, yo no tengo ninguna intención de permanecer indefinidamente prisionero de los tártaros.
-¡Ni yo, pardiez!
-¿Nos escaparemos a la primera ocasión?
-Sí, si no hay ningún otro medio de recuperar la libertad.
-¿Conoce usted algún otro medio? -preguntó Harry Blount, mirando a su compañero.
-¡Por supuesto! Nosotros no somos beligerantes, sino neutrales, y nos reclamarán nuestros gobiernos.
-¿Reclamar a este bruto de Féofar-Khan?
-No, él no entendería nada. Pero sí su lugarteniente, el coronel Ivan Ogareff.
-¡Es un bribón!
-Sin duda, pero es un bribón ruso y sabe que no puede bromear con los derechos de la gente, aparte de que no tiene ningún interés en retenernos, sino al contrario. Únicamente que pedirle cualquier cosa a ese caballero no me hace ninguna gracia.
-Pero ese caballero no está en el campamento Al menos yo no lo he visto –agregó Harry Blount
-Vendrá. No puede faltar a la cita. Tiene necesidad de reunirse con Féofar-Khan. Siberia está cortada en dos y seguramente el ejército del Emir no espera más que reunirse con Ivan Ogareff para lanzarse sobre la ciudad de Irkutsk.
-¿Qué haremos una vez que estemos libres?
-Una vez libres, continuaremos nuestra campaña siguiendo a los tártaros hasta el momento en que los acontecimientos nos permitan pasar al bando opuesto. ¡No es preciso abandonar la partida qué diablos! No hemos hecho más que comenzar. Usted, colega, ha tenido la suerte de ser herido al servicio del Daily Telegraph, mientras que yo todavía no he recibido nada estando al servicio de mi prima. Vamos, vamos…
-Bueno -murmuró Alcide Jolivet-, ya se está durmiendo. Varias horas de sueño y algunas compresas de agua fresca y no será necesario nada más para poner de pie a un inglés. ¡Esta gente está hecha de hojalata!
Y mientras Harry Blount dormía, Alcide Jolivet vigilaba su sueño, después de sacar su bloc y cargarlo de notas, decidido a compartirlas con su colega para mayor satisfacción de los lectores del Daily Telegrapb. Los acontecimientos les habían unido y no tenían por qué envidiarse.
Así pues, lo que más temía Miguel Strogoff era lo que más deseaban precisamente los dos periodistas con todo su vivo interés: la llegada de Ivan Ogareff
A los dos hombres podía, efectivamente, serles de utilidad, porque, una vez reconocida su calidad de corresponsales inglés y francés, nada había más probable que el que fueran puestos en libertad. El lugarteniente del Emir haría entrar a éste en razón, seguramente, aunque éste no hubiera dudado en tratar como simples espías a los dos periodistas.
El interés de Alcide Jolivet y Harry Blount era, pues, contrario al del correo del Zar, el cual había comprendido la situación y tenía otra razón que sumar a muchas otras de las que tenía para evitar el encontrarse con sus anteriores compañeros de viaje. Por ello tenía que arreglárselas de forma que no lo viesen.
Pasaron cuatro días durante los cuales no cambió el estado de la situación. Los prisioneros no oyeron ni una sola palabra que hiciera alusión a un posible levantamiento del campamento tártaro. Continuaban siendo severamente vigilados y si hubiesen intentado escapar les hubiera sido imposible atravesar el cordón de infantes y jinetes que les guardaban noche y día.
En cuanto a la comida que les daban, apenas era suficiente. Dos veces al día les echaban un pedazo de intestino de cabra asado sobre carbones y unas porciones de ese queso llamado krut, fabricado con leche agria de oveja, el cual, mojado con leche de burra, constituye el plato kirguís conocido comúnmente con el nombre de kumyss. Y esto era todo lo que comían.
Aparte de esto, el tiempo se puso detestable y se produjeron grandes perturbaciones atmosféricas que amenazaban borrascas de lluvia.
Aquellos desgraciados, sin ningún abrigo, tuvieron que soportar aquellas inclemencias malsanas sin que nada se hiciese para atenuar sus miserias. Alguno de los heridos, mujeres y niños, murieron, y los mismos prisioneros tuvieron que enterrar sus cadáveres porque los guardianes ni siquiera se molestaban en darles sepultura. Durante estas duras pruebas, Alcide Jolivet y Miguel Strogoff se multiplicaron, cada uno por un lado, prestando cuantos servicios podían prestar. Menos acobardados que muchos otros, fuertes y vigorosos, resistían mejor la situación y con sus consejos y sus cuidados, se hicieron imprescindibles para aquellos que sufrían y se desesperaban.
¿Cuánto iba a durar aquel estado de cosas? ¿Féofar-Khan, satisfecho de sus primeros éxitos, quería esperar algún tiempo antes de lanzarse sobre Irkutsk? Era de temer, pero no fue así como ocurrió. El acontecimiento tan deseado por Alcide Jolivet y Harry Blount, y tan temido para Miguel Strogoff, se produjo en la mañana del 12 de agosto.
Ese día sonaron las trompetas, doblaron los tambores y se oyeron descargas de fusilería. Una enorme nube de polvo se levantó a lo largo de la ruta de Kolyvan.
Ivan Ogareff, seguido por varios millares de hombres, hizo su entrada en el campamento tártaro.

2. UNA ACTITUD DE ALCIDE JOLIVET
Ivan Ogareff llevaba al Emir todo un cuerpo de ejército. Aquellos jinetes e infantes formaban parte de la columna que se había apoderado de Omsk. Ivan Ogareff no había podido reducir la ciudad alta, en la cual -según se recordará- habían buscado refugio el gobernador de la provincia y su guarnición, por lo que estaba decidido a seguir adelante, sin retrasar las operaciones que debían culminar con la conquista de la Siberia oriental. Por eso, después de apostar una fuerte guarnición en Omsk y reunir las hordas, que habían sido reforzadas en ruta por los vencedores de Kolyvan, vino a reunirse con el ejército del Emir.
Los soldados de Ivan Ogareff quedaron en los puestos avanzados del campamento, sin recibir orden de acampar. El proyecto de su jefe era, sin duda, no detenerse, sino seguir adelante y alcanzar, en el menor plazo posible, la ciudad de Tomsk, centro importante que estaba destinado a convertirse en el puesto de partida de las operaciones futuras de los invasores.
Al mismo tiempo que sus soldados, Ivan Ogareff conducía un convoy de prisioneros rusos y siberianos capturados en Omsk y en Kolyvan. Estos nuevos desgraciados no fueron conducidos al encercado general porque era demasiado pequeño ya para los prisioneros que contenía, por lo que quedaron en los puestos avanzados del campamento, sin abrigo y casi sin comida.
¿Qué destino reservaba Féofar-Khan a estos infortunados? ¿Los internaría en Tomsk para diezmarlos con una de esas sangrientas ejecuciones, tan familiares a los jefes tártaros? Éste era uno de los secretos del caprichoso Emir.
Aquel cuerpo de ejército había salido de Omsk arrastrando tras de sí a la multitud demendigos, merodeadores, comerciantes y bohemios que forman la retaguardia de todo ejército en marcha. Aquella gente vivía a costa del lugar que atravesaban y a sus espaldas dejaban pocas cosas que saquear.
La necesidad de seguir adelante era para asegurar el aprovisionamiento de las columnas expedicionarias, ya que toda la región comprendida entre los cursos del Ichim y del Obl estaba terriblemente devastada y no ofrecía recurso alguno. Las tropas tártaras dejaban tras de sí un auténtico desierto y los propios rusos tendrían que atravesarlo con muchas dificultades.
Entre aquellos innumerables bohemios llegados de las provincias del oeste, figuraba la tribu de gitanos que había acompañado a Miguel Strogoff hasta Perm y entre ellos estaba Sangarra. Esta espía salvaje, alma condenada de Ivan Ogareff, no dejaba nunca a su dueño. Se les ha visto a los dos preparando sus maquinaciones en la misma Rusia, en el gobierno de Nijni-Novgorod; después de la travesía de los Urales, se habían separado sólo por unos días, porque Ivan Ogareff tenía que llegar rápidamente a Ichim, mientras que Sangarra y su tribu se dirigieron a Omsk por el sur de la provincia.
Se comprenderá fácilmente cuál era la ayuda que aportaba aquella mujer a Ivan Ogareff. Con sus compañeras penetraba en todos los sitios, escuchaba y lo transmitía todo. Ivan Ogareff estaba al corriente de todo cuanto ocurría hasta en el corazón de las provincias invadidas. Eran cien ojos y cien oídos siempre abiertos para servir a su casa. Además, pagaba con largueza aquel espionaje que le proporcionaba magnífico provecho.
Sangarra estuvo una vez comprometida en un grave asunto y fue salvada por el oficial ruso. Jamás olvidó cuanto le debía y por eso vivía entregada a él en cuerpo y alma. Cuando Ivan Ogareff entró por la vía de la traición, había comprendido la misión específica que podía desempeñar aquella mujer. Cualquier orden que se le diera, era prontamente ejecutada por Sangarra. Un instinto inexplicable, mucho más fuerte que el agradecimiento, la había impulsado a hacerse esclava del traidor, a quien venía ligada desde los tiempos de su exilio en Siberia. Sangarra, confidente y cómplice, mujer sin patria y sin familia, había puesto su vida vagabunda al servicio de los invasores que Ivan Ogareff iba a lanzar sobre Siberia. A la prodigiosa astucia natural de su raza, unía una feroz energía que no conocía ni el perdón ni la piedad. Era una salvaje digna de compartir el wigwan de un apache o la choza de un andamíano.
Desde su llegada a Omsk con sus gitanas, ya no le había separado ni un instante de Ivan Ogareff. Sabía la circunstancia que había enfrentado a Miguel y Marfa Strogoff y estaba al corriente de los temores de Ivan Ogareff sobre el paso de un correo del Zar. Los conocía y participaba de ellos, siendo capaz de torturar a la prisionera Marfa Strogoff con todo el refinamiento de un piel roja para arrancarle su secreto.
Pero aún no había llegado la hora en que Ivan Ogareff quería enfrentarse a la vieja siberiana. Sangarra debía aguardar, y esperaba, sin perder de vista a Marfa Strogoff, fijándose en sus menores gestos, en sus palabras, observándola día y noche, buscando escuchar que la palabra «hijo» se escapara de su boca, pero hasta entonces había sido frustrada por la inalterable impasibilidad de Marfa Strogoff, la cual ignoraba que fuera objeto de tal espionaje.
Mientras tanto, a los primeros toques de corneta, los jefes de la caballería del Emir y de la artillería tártara, seguidos por una brillante escolta de jinetes usbecks, se trasladaron a la entrada del campamento para recibir a Ivan Ogareff.
Llegados a su presencia, le rindieron los más grandes honores invitándole a que les acompañará hasta la tienda de Féofar-Khan.
Ivan Ogareff, imperturbable como siempre, respondió fríamente a las deferencias de que fue objeto por parte de los altos funcionarios enviados a su encuentro. Iba vestido muy sencillamente, pero, por una especie de descarada bravata, lucía aún el uniforme de oficial ruso.
En el momento en que tiraba de las riendas del caballo para obligarlo a atravesar el recinto del campamento, Sangarra, pasando entre los jinetes de la escolta, se aproximó a él y permaneció inmóvil.
-¿Nada? -preguntó Ivan Ogareff.
-Nada.
-Ten paciencia.
-¿Se acerca la hora en que obligarás a hablar a la vieja?
-Se acerca, Sangarra.
-¿Cuándo hablará la vieja?
-Cuando lleguemos a Tomsk.
-¿Y cuándo llegaremos?
-Dentro de tres días…
Los grandes ojos negros de Sangarra adquirieron un extraordinario brillo, retirándose con paso tranquilo.
Ivan Ogareff oprimió los flancos de su caballo y, seguido por su estado mayor de oficiales tártaros, se dirigió hacia la tienda del Emir.
Féofar-Khan esperaba a su lugarteniente. El Consejo, formado por el guardador del sello real, el kodja y algunos otros altos funcionarios, había tomado ya asiento en la tienda.
Ivan Ogareff descendió del caballo, entró y se encontró frente al Emir. Féofar-Khan era un hombre de cuarenta años, alto de estatura, rostro bastante pálido, ojos salientes y fisonomía feroz. Una barba negra, dividida en pequeños bucles, caía sobre su pecho. Con su traje de campaña, cota de mallas de oro y plata; tahalí cuajado de resplandecientes piedras preciosas; la vaina de su sable curvo como un yatagán, cubierta de joyas brillantes; botas con espuelas de oro y casco coronado por un penacho de diamantes que despedían mil fulgores, Féofar ofrecía a la vista el aspecto, más extraño que imponente, de un Sardanápalo tártaro, soberano indiscutido que dispone a su capricho de la vida y la hacienda de sus súbditos; cuyo poder no tiene límites y al cual, por privilegio especial, se da en Bukhara la calificación de Emir.
En el momento en que apareció Ivan Ogareff, los grandes dignatarios permanecieron sentados sobre sus cojines festoneados de oro; pero Féofar-Khan se levantó del rico diván que ocupaba en el fondo de la tienda, en donde el suelo desaparecía bajo una espesa alfombra bukharlana.
El Emir se aproximó a Ivan Ogareff y le dio un beso, cuyo significado no dejaba lugar a dudas, ya que con él le convertía en jefe del Consejo y le situaba temporalmente por encima del kodja.
Después, Féofar, dirigiéndose a Ivan Ogareff, dijo:
-No tengo nada que preguntarte. Habla, pues, Ivan. Aquí no encontrarás más que oídos dispuestos a escucharte.
-Takhsir -respondió Ivan Ogareff-, he aquí lo que tengo que comunicarte.
Ivan Ogareff se expresaba en tártaro y daba a sus frases esa enfática entonación que
distingue a las lenguas orientales.
-Takhstr, no hay tiempo para palabras inútiles. Lo que he hecho a la cabeza de tus tropas, lo sabes de sobras. Las líneas del Ichim y del Irtyche están en nuestro poder y los jinetes turcomanos pueden bañar sus caballos en esas aguas que ahora se han convertido en tártaras. Las hordas kirguises se han sublevado ante la llamada de Féofar-Khan y la principal ruta de Siberia te pertenece desde Ichim hasta Tomsk.
Puedes dirigir tus columnas tanto hacia el oriente, en donde se levanta el sol, como hacia el occidente, en donde se pone.
-¿Y si marcho con el sol? -preguntó el Emir, el cual escuchaba sin que su mirada traicionara ninguno de sus pensamientos.
-Marchar con el sol -respondió Ivan Ogareff- es lanzarte hacia Europa; es conquistar rápidamente las provincias siberianas de Tobolsk hasta los Urales.
-¿Y si voy contra la dirección de la antorcha celeste?
-Significa someter a la dominación tártara, con Irkutsk, las más ricas comarcas del Asia central.
-Pero ¿y los ejércitos del sultán de Petersburgo? -dijo Féofar-Khan, designando al Emperador de Rusia con este caprichoso título.
-No tienes nada que temer ni por el levante ni por el poniente -respondió Ivan Ogareff-. La invasión ha sido rápida y antes de que el ejército ruso haya podido acudir en su socorro, Irkutsk o Tobolsk habrán caído en tu poder. Las tropas del Zar han sido aplastadas en Kolyvan, como lo serán allá donde los tuyos luchen con los insensatos soldados de occidente.
-¿Y qué consejo te inspira tu devoción a la causa tártara? -preguntó el Emir, después de unos instantes de silencio.
-Mi consejo -respondió vivamente Ivan Ogareff- es que marchemos en dirección contraria al sol. Que las hierbas de las estepas orientales sean pasto de los caballos turcomanos. Mi consejo es que tomemos Irkutsk, la capital de las provincias del este y, con ella, el rehén cuya posesión vale toda una comarca. Es preciso que, en defecto del Zar, caiga en nuestras manos el Gran Duque, su hermano.
Aquél era el supremo resultado que perseguía Ivan Ogareff. Escuchándolo, se le hubiera podido tomar por uno de esos crueles descendientes de Stepan Razine, el célebre pirata que arrasó la Rusia meridional en el siglo XVIII. ¡Apoderarse del Gran Duque y maltratarlo sin piedad, era la más plena satisfacción que podía dar a su odio! Además, la caída de Irkutsk pondría inmediatamente bajo la dominación tártara a toda la Siberia oriental.
-Así se hará, Ivan -respondió Féofar.
-¿Cuáles son tus órdenes, Takhsir?
-Hoy mismo, nuestro cuartel general será trasladado a Tomsk.
Ivan Ogareff se inclinó y, seguido por el huschbegui, se retiró para hacer ejecutar las órdenes del Emir.
En el momento en que iba a montar a caballo, con el fin de alcanzar los puestos avanzados del campamento, se produjo un tumulto a una cierta distancia, en la parte del campo destinado a los prisioneros. Se dejaron oír unos gritos y sonaron algunos tiros de fusil. ¿Era una tentativa de revuelta o de evasión que iba a ser rápidamente reprimida?
Ivan Ogareff y el huschbegui dieron algunos pasos adelante y, casi inmediatamente, dos hombres a los que los soldados no pudieron detener, aparecieron ante ellos. El buschbegui, sin pedir información, hizo un gesto que era una orden de muerte, y la cabeza de aquellos prisioneros iba a rodar por los suelos cuando Ivan Ogareff dijo algunas palabras que detuvieron el sable que ya se levantaba sobre sus cráneos.
El ruso había comprendido que aquellos prisioneros eran extranjeros y dio orden de que los acercaran a él.
Eran Harry Blount y Alcide Jolivet.
Desde la llegada de Ivan Ogareff al campamento, habían pedido ser conducidos a su presencia, pero los soldados rechazaron su petición. De ahí la lucha, tentativa de fuga y tiros de fusil que, afortunadamente, no alcanzaron a los dos periodistas, pero su castigo no se hubiera hecho esperar de no haber sido por la intervención del lugarteniente del Emir.
Éste examinó durante unos instantes a los dos prisioneros, los cuales le eran absolutamente desconocidos. Sin embargo, estaban presentes en la escena que tuvo lugar en la parada de posta de Ichim, en la cual Miguel Strogoff fue golpeado por Ivan Ogareff; pero el brutal viajero no prestó atención a las personas que se encontraban entonces en la sala de espera.
Harry Blount y Alcide Jolivet, por el contrario, le reconocieron perfectamente y el francés dijo a media voz:
-¡Toma! Parece que el coronel Ogareff y aquel grosero personaje de Ichim son la misma persona.
Y agregó al oído de su compañero:
-Expóngale nuestro asunto, Blount. Hágame ese favor, porque me disgusta ver un coronel ruso en medio de estos tártaros y, aunque gracias a él mi cabeza está todavía sobre mis hombros, mis ojos se volverían con desprecio si le mirase a la cara.
Dicho esto, Alcide Jolivet tomo una actitud de la más completa y altanera indiferencia. ¿Ivan Ogareff comprendió lo que la actitud del prisionero tenía de insultante para él? En cualquier caso, no lo dio a entender.
-¿Quiénes son ustedes, señores? -preguntó en ruso con un tono muy frío, pero exento de su habitual rudeza.
-Dos corresponsales de periódicos, inglés y francés -respondió lacónicamente Harry Blount.
-¿Tendrán, sin duda, documentos que les permitan establecer su identidad?
-He aquí dos cartas que nos acreditan, en Rusia, ante las cancillerías inglesa y francesa.
Ivan Ogareff tomó las cartas que le entregó Harry Blount y las leyó con atención, diciendo después:
-¿Piden autorización para seguir nuestras operaciones militares en Siberia?
-Pedimos la libertad, eso es todo –respondió secamente el corresponsal inglés.
-Son ustedes libres, señores -respondió Ivan Ogareff-, y siento curiosidad por leer sus crónicas en el Daily Telegraph.
-Señor -contestó Harry Blount con su más imperturbable flema-, cuesta seis peniques por número, además del franqueo.
Y, dicho esto, Harry Blount se volvió hacia su compañero, el cual pareció aprobar completamente su respuesta.
Ivan Ogareff no pestañeó y, montando en su caballo, se puso a la cabeza de su escolta, desapareciendo enseguida en una nube de polvo.
-Y bien, señor Jolivet, ¿qué piensa de Ivan Ogareff, general en jefe de las fuerzas tártaras? -preguntó Harry Blount.
-Pienso, querido colega, que ese huschbegui tuvo un gesto muy hermoso cuando ordenó que no nos cortaran la cabeza.
Fuera cual fuese el motivo que hubiera tenido Ivan Ogareff para tratar de aquella manera a los dos corresponsales, el caso es que estaban libres y que podían recorrer a su gusto el teatro de la guerra. Así que su intención era no abandonar la partida.
Aquella especie de antipatía que les enfrentaba en otro tiempo se había convertido en una amistad sincera. Unidos por las circunstancias, no deseaban ya separarse y las mezquinas cuestiones de rivalidad profesional estaban enterradas para siempre. Harry Blount no podía olvidar lo que debía a su compañero, el cual no se lo recordaba en ninguna ocasión y, en suma, aquel acercamiento, al facilitar las operaciones necesarias para los reportajes, redundaría en beneficio de sus lectores.
-Y ahora -preguntó Harry Blount-, ¿qué vamos a hacer de nuestra libertad?
-¡Abusar, pardiez! -respondió Alcide Jolivet-. Irnos tranquilamente a Tomsk a ver lo que pasa.
-¿Hasta el momento, que espero sea pronto, en que podamos unirnos a cualquier cuerpo de ejército ruso?
-¡Usted lo ha dicho, mi querido Blount! No es preciso tartarizarse demasiado. El buen papel es todavía para aquellos cuyos ejércitos llevan la civilización, y es evidente que los pueblos de Asia central lo tienen todo que perder y absolutamente nada que ganar en esta invasión. Pero los rusos responderán bien. No es más que cuestión de tiempo.
Sin embargo, la llegada de Ivan Ogareff, que acababa de dar la libertad a Alcide Jolivet y Harry Blount, era, por el contrario, un grave peligro para Miguel Strogoff. Si el destino ponía al correo del Zar en presencia de Ivan Ogareff, éste no dejaría de reconocerlo como el viajero al que tan brutalmente había golpeado en la parada de posta de Ichim y, aunque Miguel Strogoff no respondió al insulto como hubiera hecho en cualquier otra circunstancia, atraería la, atención sobre él, todo lo cual dificultaba la ejecución de sus proyectos.
Ahí estaba el aspecto desagradable que significaba la presencia de Ivan Ogareff. No obstante, una feliz circunstancia que provocó su llegada fue la orden dada de levantar aquel mismo día el campamento y trasladar a Tomsk el cuartel general.
Esto significaba el cumplimiento del más vivo deseo de Miguel Strogoff. Su intención, como se sabe, era llegar a Tomsk confundido entre el resto de los prisioneros; es decir, sin riesgo de caer en manos de los exploradores que hormigueaban en las inmediaciones de aquella importante ciudad. Sin embargo, a causa de la llegada de Ivan Ogareff y ante el temor de ser reconocido por él, debió de preguntarse si no le convendría renunciar a aquel primer proyecto e intentar huir durante el viaje.
Miguel Strogoff iba, sin duda, a decidirse por esta segunda solución, cuando supo que Féofar-Khan e Ivan Ogareff habían partido ya hacia la ciudad, al frente de algunos millares de jinetes.
-Esperaré, pues -se dijo-, a menos que se me presente alguna ocasión excepcional para huir. Las oportunidades malas son numerosas más acá de Tomsk, mientras que más allá crecerán las buenas, ya que en varias horas habré traspasado los puestos más avanzados de los tártaros hacia el este. ¡Tres días de paciencia aún y que Dios venga en mi ayuda!
Efectivamente, era un viaje de tres días el que los prisioneros, bajo la vigilancia de un numeroso destacamento de tártaros, debía hacer a través de la estepa. Ciento cincuenta verstas separaban el campamento de la ciudad y el viaje era fácil para los soldados del Emir, que tenían abundancia de todo, pero muy penoso para aquellos desgraciados, debilitados ya por las privaciones. Más de un cadáver jalonaría aquella ruta siberiana.
A las dos de la tarde de aquel 12 de agosto, con una temperatura muy elevada y bajo un cielo sin nubes, el toptschi-baschi dio la orden de partir.
Alcide Jolivet y Harry Blount, después de comprar dos caballos, habían tomado ya la ruta de Tomsk, en donde la lógica de los acontecimientos iba a reunir a los principales protagonistas de esta historia.
Entre los numerosos prisioneros que Ivan Ogareff había conducido al campamento tártaro, había una anciana mujer cuya taciturnidad hasta parecía aislarla en medio detodos aquellos que compartían su desgracia. Ni una sola queja salía de sus labios. Se hubiera dicho que era la imagen del dolor. Aquella mujer, casi siempre inmóvil, más estrechamente vigilada que ningún otro prisionero, era, sin que ella pareciera darse cuenta, observada por la gitana Sangarra. Pese a su edad, había tenido que seguir a pie al convoy de prisioneros, sin que nada atenuara sus miserias.
Sin embargo, algún providencial designio había situado a su lado a un ser valiente, caritativo, hecho para comprenderla y asistirla. Entre sus compañeros de infortunio había una joven, notable por su belleza y por su impasividad, que no cedía en nada a la de la anciana siberiana, que parecía haberse impuesto la tarea de velar por ella. Ninguna palabra habían cruzado las dos cautivas, pero la joven se encontraba siempre cerca de la anciana, en todos los momento en que su ayuda podía serle útil.
Marfa Strogoff no había aceptado enseguida, sin desconfiar, los cuidados que le prodigaba aquella desconocida. Sin embargo, poco a poco, la evidente rectitud de la mirada de la joven, su reserva y la misteriosa simpatía que un dolor común establece entre los que sufren iguales infortunios, habían hecho desvanecer la frialdad altanera de Marfa Strogoff.
Nadia -porque era ella-, había podido así, sin conocerla, dar a la madre los cuidados y atenciones que había recibido del hijo. Su instintiva bondad la había inspirado doblemente porque al socorrer a la anciana, aseguraba a su juventud y belleza la protección de la edad de la vieja prisionera. En medio de aquella multitud de infelices a los que los sufrimientos habían agriado el carácter, el grupo silencioso que formaban las dos mujeres, una de las cuales parecía la abuela y la otra la nieta, imponía a todos cierto respeto.
Nadia, después de ser arrojada por los exploradores tártaros sobre una de sus barcas, fue conducida a Omsk. Retenida como prisionera en la ciudad, participó de la suerte de todos los que la columna de Ivan Ogareff había capturado hasta entonces y, por consecuencia de la propia suerte de Marfa Strogoff.
De no haber sido tan enérgica, Nadia hubiera sucumbido a aquel doble golpe que acababa de recibir. La interrupción de su viaje y la muerte de Miguel Strogoff la habían, a la vez, desesperado y enardecido. Alejada quizá para siempre de su padre, después de tantos esfuerzos para hallarle y, para colmo de dolor, separada del intrépido compañero al que el mismo Dios parecía haber puesto en su camino para conducirla hasta el final, lo había perdido todo de repente y en un mismo golpe.
La imagen de Miguel Strogoff, cayendo ante sus ojos víctima de un golpe de lanza y desapareciendo en las aguas del Irtyche, no abandonaba su pensamiento. ¿Cómo había podido morir así un hombre como aquél? ¿Para quién reservaba Dios sus milagros si un hombre tan justo, al que a ciencia cierta impulsaba un noble deseo, había podido ser tan miserablemente detenido en su marcha? Algunas veces la cólera superaba a su dolor y cuando le venía a la memoria la escena de la afrenta tan extrañamente sufrida por su compañero en la parada de posta de Ichim, su sangre hervía a borbotones.
«¿Quién vengará a ese muerto que no puede vengarse a sí mismo?», se decía.
Y, dirigiéndose a Dios con todo su corazón, exclamaba:
-¡Señor, haz que sea yo quien lo vengue!
¡Si al menos, antes de morir, Miguel Strogoff le hubiera confiado su secreto! ¡Si aun siendo mujer, casi niña, ella hubiera podido llevar a buen fin la tarea interrumpida de este hermano que Dios no hubiera debido darle, puesto que tan pronto se lo había quitado … !
Absorta en estos pensamientos, se comprende que Nadia se volviera insensible a las miserias de su cautiverio.
Fue entonces cuando el azar, sin que ella lo hubiera sospechado, la había reunido con Marfa Strogoff. ¿Cómo podía imaginar que aquella anciana mujer, prisionera como ella, fuera la madre de su compañero, el cual no había sido nunca para ella más que el comerciante Nicolás Korpanoff? Y, por su parte, ¿cómo Marfa Strogoff habría podido adivinar que un lazo de gratitud unía a aquella joven con su hijo?
Lo que impresionó a Nadia y a Marfa Strogoff fue la especie de secreta conformidad en la manera con que cada una, por su parte, soportaba su dura condición. Esa indiferencia estoica de la vieja mujer hacia los dolores materiales de su vida cotidiana, el desprecio por los sufrimientos corporales, Marfa no podía superarlos más que por un dolor moral igual al suyo. Eso era lo que pensó Nadia y no se equivocó. Fue, pues, una simpatía instintiva por aquella parte de sus miserias que Marfa Strogoff no mostraba jamás, lo que impulsó enseguida a Nadia hacia ella. Esa forma de soportar sus males iba en armonía con el alma valiente de la joven, por eso no le ofreció sus servicios, sino que se los dio. Marfa no tuvo que rehusarlos ni aceptarlos.
En los trozos en que el camino se hacía difícil, allí estaba Nadia para ayudarla con sus brazos. A las horas de la distribución de víveres, la anciana no se movía, pero la joven compartía con ella su escaso alimento y fue así como aquel penoso viaje fue de mutuo consuelo, tanto para una como para la otra.
Gracias a su joven compañera, Marfa Strogoff pudo seguir en el convoy de prisioneros, sin ser atada al arzón de una silla como tantos otros desgraciados, arrastrados así sobre ese camino de dolor.
-Que Dios te recompense, hija mía, de lo que haces por mis viejos años -le dijo una vez Marfa Strogoff, y éstas fueron, durante algún tiempo, las únicas palabras que se cruzaron entre las dos infortunadas mujeres.
Durante aquellos días (que les parecieron largos como siglos), la anciana y la joven parecía lógico que se sintieran impulsadas a comentar entre ellas su recíproca situación.
Pero Marfa Strogoff, por una circunspección fácil de comprender, no había hablado, y aun con mucha brevedad, más que sobre sí misma. No había hecho ninguna alusión ni a su hijo ni al funesto encuentro que les había puesto cara a cara.
Nadia, por su parte, también permaneció, si no muda, sin pronunciar ninguna palabra inútil. Sin embargo, un día, sintiendo que estaba delante de un alma sencilla y noble, su corazón se desbordó y contó a la anciana, sin ocultar ningún detalle, todos los acontecimientos, tal como habían sucedido desde su salida de Wladimir hasta la muerte de Nicolás Korpanoff. Lo que dijo de su joven compañero interesó vivamente a la anciana siberiana.
-¡Nicolás Korpanoff ! -dijo-. Háblame de ese Nicolás. No sé más que era un hombre, uno sólo entre toda la juventud de estos tiempos, en el que no me extraña una conducta tal. ¿Nicolás Korpanoff era su verdadero nombre? ¿Estás segura, hija mía?
-¿Por qué tenía que engañarme sobre este punto si no lo había hecho en ningún otro? -respondió Nadia.
Sin embargo, impulsada por una especie de presentimiento, Marfa Strogoff dirigía a Nadia pregunta tras pregunta.
-¿Dijiste que era intrépido, hija mía? ¡Has demostrado que lo era!
-¡Sí, intrépido! -respondió Nadia.
« ¡Así se hubiera portado mi hijo! », repetía Marfa Strogoff para sí.
Después continuó la conversación:
-Me has dicho también que nada le detenía, que nada le acobardaba, que era dulce en su misma fortaleza, que tenías en él tanto como un hermano y que ha velado por ti como una madre…
-¡Sí, sí! -dijo Nadia-. ¡Hermano, hermana, madre, lo ha sido todo para mí!
-¿También, un león defendiéndote?
-¡Un león de verdad! ¡Sí, un león, un héroe!
«Mi hijo, mi hijo», pensaba la anciana siberiana.
-Pero, sin embargo, me has dicho que soportó una terrible afrenta en esa casa de postas de Ichim.
-La soportó -respondió Nadia bajando la cabeza.
-¿La soportó? -murmuró Marfa Strogoff estremeciéndose.
-¡Madre, madre! -gritó Nadia-. ¡No lo condene! ¡Tenía un secreto. Un secreto del cual sólo Dios, a estas horas, es juez!
-¿Y en aquel momento de humillación, le despreciaste? -preguntó Marfa, levantando la cabeza y mirando a Nadia como si hubiera querido leer hasta en lo más profundo de su alma.
-¡Le admiré sin comprenderlo! -respondió la joven-. ¡Nunca le vi tan digno de respeto!
La anciana calló unos instantes.
-¿Era alto? -preguntó después.
-Muy alto.
-Y muy guapo, ¿no es así? Vamos, habla, hija mía.
-Era muy guapo -respondió Nadia, enrojeciendo.
-¡Era mi hijo! ¡Te digo que era mi hijo! -grito la anciana abrazando a la joven.
-¡Tu hijo! ¡Tu hijo! -exclamó Nadia, confusa.
-¡Vamos! -dijo Marfa-. ¡Termina, hija mía! ¿Tu compañero, tu amigo, tu protector, tenía madre? ¿No te habló nunca de su madre?
-¿De su madre? -replicó Nadia-. Me hablaba de su madre a menudo, como yo le hablaba de mi padre; siempre, todos los días. ¡Él adoraba a su madre!
-¡Nadia, Nadia! ¡Acabas de contarme la historia de mi hijo! -dijo la anciana, agregando impetuosamente-. ¿No debía ver en Omsk a esa madre a la que tanto dices que adoraba?
-No -respondió la joven-, no debía verla.
-¿No? -gritó la anciana-. ¿Te atreves a decirme que no?
-Lo he dicho, pero me falta añadir que, por motivos muy poderosos que yo desconozco, comprendí que Nicolás Korpanoff debía atravesar el país en el más absoluto secreto. Para él era una cuestión de vida o muerte, más aún, un compromiso de deber y de honor.
-Una cuestión de deber, en efecto; de imperioso deber -dijo Marfa Strogoff-, de esos deberes a los que se sacrifica todo; de esos que, para llevarlos a cabo, se rechaza todo, hasta la alegría de dar un beso, que puede ser el último, a su vieja madre. Todo lo que no sabes, Nadia, todo lo que ni yo misma sabía, lo sé ahora. ¡Tú me lo has hecho comprender todo! Pero la luz que has hecho penetrar hasta lo más profundo de las tinieblas de mi corazón, esa luz, yo no puedo hacer que entre en el tuyo. El secreto de mi hijo, Nadia, ya que él no te lo ha revelado, es preciso que yo se lo guarde. ¡Perdóname, Nadia! ¡El bien que me has hecho no te lo puedo devolver!
-Madre, yo no le pregunto nada -replicó Nadia.
Todo quedaba, de este modo, explicado para la vieja siberiana; todo, hasta la inexplicable conducta de su hijo cuando la vio en el albergue de Omsk, en presencia de los testigos de su encuentro. Ya no existía la menor duda de que el compañero de la joven era Miguel Strogoff, al que una misión secreta, algún importante mensaje secreto que tenía que llevar a través de las comarcas invadidas, le obligaba a ocultar su calidad de correo del Zar.
«¡Ah, mi valeroso niño! -pensó Marfa Strogoff-. ¡No, note traicionaré y las torturas no podrán arrancarme jamás que fue a ti a quien vi en Omsk!»
Marfa Strogoff habría podido, con una sola palabra, pagar a Nadia toda la devoción que le había demostrado. Hubiera podido decirle que su compañero Nicolás Korpanoff o, lo que era lo mismo, Miguel Strogoff, no había muerto entre las aguas del Irtyche, ya que varios días después de aquel incidente, ella lo había encontrado y le había hablado…
Pero se contuvo y guardó silencio, limitándose a decir:
-¡Espera, hija mía! ¡La desgracia no se cebará siempre sobre ti! ¡Tengo el presentimiento de que verás a tu padre y, tal vez aquel que te dio el nombre de hermana no haya muerto! ¡Dios no puede permitir que haya perecido tan noble compañero … ! ¡Espera, hija mía, espera! ¡Haz como yo! ¡El luto que llevo no es por mi hijo!

3. GOLPE POR GOLPE
Tal era entonces la situación de Marfa Strogoff y de Nadia, la una junto a la otra. La vieja siberiana lo había comprendido todo; y si la joven ignoraba que su añorado compañero aún vivía, por lo menos sabía quién era la mujer a la que había tenido por madre y le daba las gracias a Dios por haberle dado la alegría de poder reemplazar al lado de la prisionera al hijo que había perdido.
Pero lo que ninguna de las dos podía saber es que Miguel Strogoff, cogido prisionero en Kolyvan, formaba parte del mismo convoy y que le llevaban a Tomsk como a ellas. Los prisioneros que trajera consigo Ivan Ogareff quedaron unidos a los que el Emir tenía ya en el campamento tártaro. Esos desgraciados, rusos o siberianos, militares o civiles, constituían varios millares y formaban una columna que se extendía sobre una longitud de varias verstas. Entre ellos los había que eran considerados más peligrosos y fueron esposados y sujetos a una larga cadena. Había también mujeres y niños atados o suspendidos de los pomos de las sillas de montar, y despiadadamente arrastrados a través del camino. Se les conducía como un rebaño. Los jinetes encargados de su escolta les obligaban a guardar cierto orden y un ritmo de marcha, por lo que muchos de los que quedaban rezagados caían para no levantarse más.
Como consecuencia de esta disposición en la marcha, resultó que Miguel Strogoff,que iba en las primeras filas de los que habían salido del campamento tártaro, es decir, entre los prisioneros hechos en Kolyvan, no podía mezclarse con los prisioneros llegados de Omsk y situados en último lugar. De ahí que no podía suponer la presencia de su madre y de Nadia en el convoy, como ellas no podían sospechar la suya.
El viaje desde el campamento a Tomsk, hecho en aquellas condiciones, bajo el látigo de los soldados, mortal para muchos de los prisioneros, se hacía terrible para todos. Se iba a atravesar la estepa por una ruta más polvorienta todavía, después del paso del Emir y su vanguardia.
Se dio orden de marcha con rapidez y los descansos eran pocos y muy cortos.
Aquellas ciento cincuenta verstas que debían franquear bajo un sol abrasador, por muy rápidamente que fueran recorridas, tenían que parecerles interminables. La comarca que se extiende sobre la derecha del Obi hasta la base de las estribaciones de los montes Sayansk, cuya orientación es de norte a sur, es una comarca muy estéril. Apenas algunos raquíticos y abrasados arbustos rompen de vez en cuando la monotonía de la inmensa planicie. No hay cultivos porque todo es secano y, sin embargo, el agua es lo que más falta hacía a los prisioneros, sedientos por una marcha tan penosa.
Para encontrar una corriente de agua hubiera sido necesario desviarse unas cincuentaverstas hacia el este, hasta el pie mismo de las estribaciones, que determinan la partición de las cuencas del Obi y el Yenisei. Allá discurre el Tom, pequeño afluente del Obi, que pasa por Tomsk antes de perderse en una de las grandes arterias del norte. Allí hubieran tenido agua abundante, una estepa menos árida y una temperatura menos agobiante. Pero los jefes del convoy de prisioneros habían recibido órdenes estrictas de dirigirse a Tomsk por el camino más corto, porque el Emir temía que algunas columnas rusas que pudieran descender de las provincias del norte les atacasen por el flanco, cortándoles el camino. La gran ruta siberiana no costea las orillas del Tom, al menos en la parte comprendida entre Kolyvan y un pequeño pueblo llamado Zabediero, por lotanto, era preciso seguir esta gran ruta sin acercarse al sitio donde pudiera aplacarse la sed.
Es inútil insistir sobre los sufrimientos de los desgraciados prisioneros. Varios centenares de ellos cayeron sobre la estepa y sus cadáveres debían quedar allí hasta que los lobos, llegado el invierno, devoraran sus últimos restos.
Del mismo modo que Nadia estaba siempre presta a socorrer a la anciana siberiana, Miguel Strogoff, libre de movimientos, prestaba a sus compañeros de infortunio, más débiles que él, todos los cuidados que la situación le permitía.
Daba ánimos a unos, sostenía a otros, se multiplicaba, iba y venía hasta que la lanza de algún soldado le obligaba a volver al sitio que se le había asignado en la fila. ¿Por qué no intentaba la huida? Había decidido, después de pensarlo detenidamente, no lanzarse por la estepa hasta que fuese segura para él, y se había empeñado en la idea de ir hasta Tomsk a expensas del Emir y, decididamente, tenía razón. Viendo los numerosos destacamentos que batían la llanura sobre ambos flancos del convoy, tanto hacia el sur como hacia el norte, era evidente que no hubiese podido recorrer dos verstas sin ser capturado de nuevo. Los jinetes tártaros pululaban por todas partes. Muchas veces hasta parecía que salieran de la tierra semejantes a esos insectos dañinos que la lluvia hace aparecer sobre el suelo como un hormiguero. Además, la huida en esas condiciones hubiera sido extremadamente difícil, si no imposible, porque los soldados de la escolta desplegaban una estrecha vigilancia, ya que se jugaban la cabeza si escapaba alguno de los prisioneros.
Al fin, el 15 de agosto, a la caída de la tarde, el convoy llegaba al pueblecito de Zabediero, a una treintena de verstas de Tomsk. A partir de aquel lugar, la ruta seguía el curso del Tom.
El primer impulso de los prisioneros hubiera sido el precipitarse en las aguas del río, pero los guardianes no les permitieron romper filas hasta que estuviera organizada la parada. Pese a que la corriente del Tom era casi torrencial en esa época, podía favorecer la huida de algunos audaces o desesperados, por lo que fueron tomadas las más severas medidas de vigilancia. Con barcas requisadas en Zabediero se formó una barrera de obstáculos imposible de franquear. En cuanto a la línea del campamento, apoyada en las primeras casas del pueblo, quedaba guardada por un cordón de centinelas igualmente impenetrable.
Miguel Strogoff, que en aquellos momentos habría podido pensar en lanzarse a la estepa, comprendió, después de haber estudiado detenidamente la situación, que sus proyectos de fuga eran casi inejecutables en aquellas condiciones y, no queriendo comprometerse en nada, esperó.
Los prisioneros debían acampar la noche entera a orillas del Tom. Efectivamente, el Emir había aplazado hasta el día siguiente la instalación de sus tropas en la ciudad de Tomsk, decidiendo una fiesta militar que señalara la inauguración del cuartel general tártaro en esta importante ciudad. Féofar-Khan ocupaba ya la fortaleza, pero su ejército vivaqueaba en los alrededores, esperando el momento de hacer su entrada solemne.
Ivan Ogareff dejó al Emir en Tomsk, adonde ambos habían llegado la víspera, volviendo al campamento de Zabediero. Desde este punto debía partir al día siguiente la retaguardia del ejército tártaro. Tenía dispuesta una casa para que pasase la noche y, al amanecer, al frente de sus jinetes e infantes, se dirigía hacia Tomsk, en donde el Emir quería recibirle con la pompa que es habitual entre los soberanos asiáticos.
Cuando, por fin, quedó organizada la parada, los prisioneros, destrozados por los tres días de viaje y víctimas de ardiente sed, pudieron apagarla y reposar un poco. El sol ya se había ocultado, aunque el horizonte todavía estaba iluminado por las luces del crepúsculo, cuando Nadia, sosteniendo a Marfa Strogoff, llegó a la orilla del Tom. Hasta entonces ninguna había podido abrirse paso entre las filas de los que se agolpaban para beber.
La vieja siberiana se inclinó sobre la fresca corriente y Nadia, con el cuenco de su ano, llevó el agua a los labios de Marfa, bebiendo luego a su vez. La anciana y la joven encontraron gran alivio con aquellas aguas bienhechoras.
De pronto, Nadia, en el momento en que iba a retirarse de la orilla, se enderezó y un grito involuntario se escapó de sus labios.
¡Allí estaba Miguel Strogoff, a sólo unos pasos de ella! ¡Era él! ¡Todavía podía verle bajo las últimas luces del crepúsculo!
El grito de Nadia hizo estremecer al correo del Zar… Pero tuvo bastante dominio sobre sí mismo como para no pronunciar ni una sola palabra que pudiera comprometerle.
¡Sin embargo, al mismo tiempo que a Nadia, había reconocido a su madre! Miguel Strogoff, ante este inesperado encuentro, temiendo no ser dueño de sí mismo, llevó la mano a los ojos y se alejó de aquel lugar en seguida.
Nadia se había lanzado instintivamente a su encuentro, pero la anciana murmuró unas palabras a su oído:
-¡Quieta, hija mía!
-¡Es él! -respondió Nadia con la voz rota por la emoción-. ¡Vive, madre! ¡Es él!
-Es mi hijo -replicó Marfa Strogoff-, es Miguel Strogoff y ya ves que no he dado el menor paso hacia él. ¡Imítame, hija mía!
Miguel Strogoff acababa de experimentar una de las más violentas emociones que le fuera dado sentir a un hombre. Su madre y Nadia estaban allí… Las dos prisioneras que casi se confundían en su corazón, Dios las había puesto una junto a la otra en este común infortunio. ¿Sabía Nadia, pues, quién era él? No, porque había visto el gesto de Marfa Strogoff deteniéndola en el momento en que iba a lanzarse hacia él. Su madre había comprendido y guardaba el secreto.
Durante aquella noche Miguel Strogoff estuvo veinte veces tentado de reunirse con su madre, pero comprendió que debía resistir a ese inmenso deseo de estrecharla entre sus brazos, de apretar una vez más las manos de su joven compañera entre las suyas.
La menor imprudencia podía perderlo. Además, había jurado no ver a su madre… y no la vería voluntariamente. Una vez que hubieran llegado a Tomsk, ya que no podía huir aquella misma noche, se lanzaría a través de la estepa sin siquiera haber abrazado a los dos seres que resumían toda su vida y a los cuales dejaba expuestos a todos los peligros.
Miguel Strogoff esperaba, pues, que este nuevo encuentro en el campamento de Zabediero no trajese funestas consecuencias ni para su madre ni para él. Pero no sabía que ciertos detalles de esa escena, pese a lo rápidamente que se había desarrollado, fueron captados por Sangarra, la espía de Ivan Ogareff.
La gitana estaba allí, a pocos pasos, espiando, como siempre, a la vieja siberiana sin que ésta lo sospechara. No había podido ver a Miguel Strogoff, que ya había desaparecido cuando ella se volvió; pero el gesto de la madre reteniendo a Nadia no le había pasado desapercibido y un especial brillo de los ojos de Marfa se lo había dicho todo.
No albergaba ninguna duda de que el hijo de Marfa Strogoff, el correo del Zar, se encontraba en aquel momento en el campamento de Zabediero, entre los numerosos prisioneros de Ivan Ogareff.
Sangarra no lo conocía, pero sabía que estaba allí. No intentó siquiera descubrirlo porque hubiera sido imposible en las sombras de la noche y entre aquella multitud de prisioneros.
En cuanto a continuar espiando a Nadia y Marfa Strogoff, era inútil, puesto que era evidente que las dos mujeres se mantendrían alerta y sería imposible captarles cualquier palabra o gesto que pudiera comprometer al correo del Zar.
La gitana no tuvo más que un pensamiento: prevenir a Ivan Ogareff. Y, con esta intención, abandonó enseguida el campamento.
Un cuarto de hora después llegaba a Zabediero y era introducida en la casa que ocupaba el lugarteniente del Emir.
Ivan Ogareff la recibió inmediatamente.
-¿Qué deseas de mí, Sangarra? -le preguntó.
-El hijo de Marfa Strogoff está en el campamento -respondió Sangarra.
-¿Prisionero?
-Prisionero.
-¡Ah! –exclamó Ivan Ogareff-. Yo sabré…
-Tú no sabrás nada -le cortó la gitana-, porque ni siquiera lo conoces.
-¡Pero lo conoces tú! ¡Tú lo has visto, Sangarra!
-No lo he visto, pero su madre se ha traicionado con un movimiento que me lo ha revelado todo.
-¿No te equivocas?
-No.
-Tú sabes la importancia que para mí tiene la detención del correo -dijo Ivan Ogareff-. Si la carta que le entregaron en Moscú llegara a Irkutsk, si consigue llevarla alGran Duque, éste estará sobre aviso y no podré llegar hasta él. ¡Es preciso que consiga esa carta a cualquier precio! ¡Ahora vienes a decirme que el portador de esa carta esta en mi poder! ¡Te lo repito, Sangarra, ¿no te equivocas?!
Ivan Ogareff había hablado con gran vehemencia. Su emoción evidenciaba la gran importancia que concedía a la posesión de la carta imperial, pero Sangarra no se sintió turbada en ningún momento por la insistencia del lugarteniente del Emir al repetirle su pregunta.
-No me equivoco, Ivan -respondió.
-¡Pero, Sangarra, en este campamento hay varios millares de prisioneros y tú dices que no conoces a Miguel Strogoff !
-No -replicó la gitana, cuya mirada se impregno de una salvaje alegría-, yo no lo conozco, pero su madre sí. Ivan, será preciso hacerla hablar.
-¡Mañana hablará! -exclamó Ivan Ogareff.
Después, tendió su mano a la gitana, la cual la besó, sin que en este gesto de respeto, habitual en las razas del norte, hubiera nada de servil. Sangarra volvió al campamento para situarse junto al lugar que ocupaba Nadia y Marfa Strogoff, y pasó la noche observando a ambas mujeres. La anciana y la joven no pudieron dormir, pese a que la fatiga les abrumaba, porque las inquietudes las mantenían desveladas ¡Miguel Strogoff había sido hecho prisionero como ellas! ¿Lo sabía Ivan Ogareff y, si no lo sabía, no acabaría enterándose? Nadia no tenía otro pensamiento que el de que su compañero, a quien había llorado como muerto, aún vivía. Pero Marfa Strogoff veía más allá en el futuro y, si era sincera consigo mismo, tenía sobrados motivos para temer por la seguridad de su hijo.
Sangarra, que, amparándose en las sombras se había deslizado hasta situarse justo detrás de las dos mujeres, se quedó allí durante varias horas aguzando el oído. Pero nada pudo oír, porque un instintivo sentimiento de prudencia hizo que Nadia y Marfa no intercambiaran ni una sola palabra.
Al día siguiente, 16 de agosto, alrededor de las diez de la mañana, sonaron las trompetas en los linderos del campamento» y los soldados tártaros se apresuraron a tomar inmediatamente sus armas.
Ivan Ogareff, después de salir de Zabediero, llegaba al campamento en medio de su numeroso estado mayor de oficiales tártaros. Su mirada era más sombría que de costumbre y su gesto indicaba estar poseído de una sorda cólera que sólo buscaba una oportunidad para estallar.
Miguel Strogoff, perdido entre un grupo de prisioneros, vio pasar a aquel hombre y tuvo el presentimiento de que iba a producirse alguna catástrofe, porque Ivan Ogareff sabía ya que Marfa Strogoff era madre de Miguel Strogoff, capitán del cuerpo de correos del Zar.
Ivan Ogareff llegó al centro del campamento, descendió de su caballo y los jinetes de su escolta formaron un amplio círculo a su alrededor. En aquel momento, Sangarra se le acercó murmurándole:
-No tengo nada nuevo que decirte, Ivan.
Ivan Ogareff respondió dando una breve orden a uno de sus oficiales. Enseguida, las filas de prisioneros fueron brutalmente recorridas por los soldados. Aquellos desgraciados, estimulados a golpes de látigo o empujados a punta de lanza, tuvieron que levantarse con toda rapidez y formar en la circunferencia del campamento. Un cuádruple cordón de infantes y jinetes dispuestos tras ellos hacía imposible cualquier tentativa de evasión.
Pronto se hizo el silencio y, a una señal de Ivan Ogareff, Sangarra se dirigió hacia el grupo entre el cual se encontraba Marfa Strogoff.
La anciana la vio venir y comprendió lo que iba a pasar. Una sonrisa desdeñosa apareció en sus labios; después, inclinándose hacia Nadia, le dijo en voz baja:
-¡Tú no me conoces, hija mía! Ocurra lo que ocurra y por dura que fuese la prueba, no digas una palabra ni hagas ningún gesto. Se trata de él, y no de mí.
En ese momento, Sangarra, después de haberla mirado por unos instantes, puso su mano sobre el hombro de la anciana.
-¿Qué quieres de mí? -le preguntó Marfa Strogoff.
-Ven -respondió Sangarra.
Y, empujándola con la mano, la condujo frente a Ivan Ogareff, en el centro de aquel espacio cerrado. Marfa Strogoff, al encontrarse cara a cara con Ivan Ogareff, enderezó el cuerpo, cruzó los brazos y esperó.
-Tú eres Marfa Strogoff, ¿no es cierto? -preguntó el traidor.
-Sí -respondió la anciana con calma.
-¿Rectificas lo que me contestaste cuando te interrogué en Omsk, hace tres días?
-No.
-¿Así pues, ignoras que tu hijo, Miguel Strogoff, correo del Zar, ha pasado por Omsk?
-Lo ignoro.
-Y el hombre en el que creíste reconocer a tu hijo en la parada de posta ¿no era él? ¿No era tu hijo?
-No era mi hijo.
-¿Y no lo has visto después, entre los prisioneros?
-No.
Tras esta respuesta, que denotaba una inquebrantable resolución de no confesar nada, un murmullo se levantó entre la multitud de prisioneros. Ivan Ogareff no pudo contener un gesto de amenaza.
-¡Escucha! -gritó a Marfa Strogoff-. ¡Tu hijo está aquí y tú vas a señalarlo inmediatamente!
-No.
-¡Todos estos hombres, capturados en Omsk y en Kolyvan, van a desfilar ante ti y si no señalas a Miguel Strogoff recibirás tantos golpes de knut como hombres hayan desfilado!
Ivan Ogareff había comprendido que, cualesquiera que fuesen sus amenazas y las torturas a que sometiera a la anciana, la indomable siberiana no hablaría. Para descubrir al correo del Zar contaba, pues, no con ella, sino con el mismo Miguel Strogoff. No creía posible que cuando madre e hijo se encontraran frente a frente, dejara de traicionarles algún movimiento irresistible.
Ciertamente, si sólo hubiera querido apoderarse de la carta imperial, le bastaba con dar orden de que se registrara a todos los prisioneros; pero Miguel Strogoff podía haberla destruido, no sin antes informarse de su contenido y, si no era reconocido, podía llegar a Irkutsk, desbaratando los planes de Ivan Ogareff. No era únicamente la carta lo que necesitaba el traidor, sino también a su mismo portador.
Nadia lo había oído todo y ahora ya sabía qué era Miguel Strogoff y por qué había querido atravesar las provincias invadidas sin ser reconocido.
Cumpliendo la orden de Ivan Ogareff, los prisioneros desfilaron uno a uno por delante de Marfa Strogoff, la cual permanecía inmóvil como una estatua y cuya mirada expresaba la más completa indiferencia. Su hijo se encontraba en las últimas filas y cuando le tocó el turno de pasar delante de su madre, Nadia cerró los ojos para no verlo.
Miguel Strogoff permanecía aparentemente impasible, pero las palmas de sus manos sangraban a causa de las uñas que se habían clavado en ellas. ¡Ivan Ogareff había sido vencido por la madre y el hijo!
Sangarra, situada cerca de él, no pronunció más que dos palabras:
-¡El knut!
-¡Sí! -gritó Ivan Ogareff, que no era dueño de sí mismo-. ¡El knut para esta vieja bruja! ¡Hasta que muera!
Un soldado tártaro, llevando en la mano ese terrible instrumento de tortura, se acercó lentamente a Marfa Strogoff.
El knut está compuesto por una serie de tiras de cuero, en cuyos extremos llevan varios alambres retorcidos. Se estima que una condena a ciento veinte de estos latigazos equivale a una condena de muerte. Marfa Strogoff lo sabía; pero sabía también que ninguna tortura le haría hablar y estaba dispuesta a sacrificar su vida.
Marfa Strogoff, asida por dos soldados, fue puesta de rodillas. Su ropa fue rasgada para dejar al descubierto la espalda y delante de su pecho, a solo unas pulgadas, colocaron un sable. En el caso de que el dolor la hiciera flaquear, aquella afilada punta atravesaría su pecho.
El tártaro que iba a actuar de verdugo estaba de pie a su lado. Esperaba.
-¡Va! –dijo Ivan Ogareff.
El látigo rasgó el aire…
Pero antes de que hubiera golpeado, una poderosa mano lo había arrancado de las manos del tártaro.
¡Allí estaba Miguel Strogoff! ¡Aquella horrible escena le había hecho saltar! Si en la parada de Ichim se había contenido cuando el látigo de Ivan Ogareff lo había golpeado, ahora, al ver que su madre iba a ser azotada, no había podido dominarse. Ivan Ogareff había triunfado.
-¡Miguel Strogoff! -gritó.
Después, avanzando hacia él, dijo:
-¡Ah! ¡El hombre de Ichim!
-¡El mismo! -exclamó Miguel Strogoff.
Y levantando el knut, cruzó con él la cara de Ivan Ogareff.
-¡Golpe por golpe! -dijo.
-¡Bien dado! -gritó la voz de un espectador que, afortunadamente para él, se perdió entre la multitud.
Veinte soldados se lanzaron sobre Miguel Strogoff con la intención de matarlo, pero Ivan Ogareff, al que se le había escapado un grito de rabia y de dolor, los contuvo con un gesto.
-¡Este hombre está reservado a la justicia del Emir! ¡Que se le registre!
La carta con el escudo imperial fue encontrada en el pecho de Miguel Strogoff, el cual no había tenido tiempo de destruirla, y fue entregada a Ivan Ogareff.
El espectador que había pronunciado las palabras « ¡Bien dado! », no era otro que Alcide Jolivet. Él y su colega se habían detenido en el campamento, siendo testigos de la escena.
– ¡Pardiez! -dijo Alcide Jolivet-. ¡Estos hombres del norte son gente ruda! ¡Debemos una reparación a nuestro compañero de viaje, porque Korpanoff, o Strogoff, la merece! ¡Hermosa revancha del asunto de Ichim!
-Sí, revancha -respondió Harry Blount-, pero Strogoff es hombre muerto. En su propio interés hubiera hecho mejor no acordándose tan pronto.
-¿Y dejar morir a su madre bajo el knut?
-¿Cree usted que tanto ella como su hermana correrán mejor suerte con su comportamiento?
-Yo no creo nada; yo no sé nada -respondió Alcide Jolivet-. ¡únicamente sé lo que yo hubiera hecho en su lugar! ¡Qué cicatriz! ¡Qué diablos, es necesario que a uno le hierva la sangre alguna vez! ¡Dios nos habría puesto agua en las venas, en lugar de sangre, si nos hubiera querido conservar siempre imperturbables ante todo!
-¡Bonito incidente para una crónica! -dijo Harry Blount-. Si Ivan Ogareff quisiera comunicamos el contenido de la carta…
Ivan Ogareff, después de manchar la carta con la sangre que le cubría el rostro, había roto el sello y la leyó y releyó largamente, como si hubiera querido penetrar todo su contenido.
Terminada la lectura, dio órdenes para que Miguel Strogoff fuera estrechamente agarrotado y conducido a Tomsk con los otros prisioneros, tomó el mando de las tropas acampadas en Zabediero y, al ruido ensordecedor de los tambores y trompetas, se dirigió hacia la ciudad donde esperaba el Emir.

4. LA ENTRADA TRIUNFAL
Tomsk, fundada en 1604, casi en el corazón mismo de las provincias siberianas, es una de las más importantes ciudades de la Rusia asiática. Tobolsk, situada por encima del paralelo sesenta, e Irkutsk, que se levanta más allá del meridiano cien, han visto crecer Tomsk a sus expensas.
Sin embargo, Tomsk, como queda dicho, no es la capital de esta importante provincia, sino que es en Omsk en donde reside el gobernador general y todos los elementos oficiales.
Pese a ello, Tomsk es la ciudad más importante de este territorio, que limita con los montes Altai, es decir, en la frontera china del país de los jalcas. Desde las pendientes de estas montañas son incesantemente transportados hasta el valle del Tom cargamentos de platino, oro, plata, cobre y plomo aurífero. Siendo tan rico el país, la ciudad también lo es, porque es el centro de estas fructíferas explotaciones. De ahí el lujo de sus mansiones, de sus mobiliarios y de sus costumbres, que puede rivalizar con las más grandes capitales de Europa.
Es una ciudad de millonarios enriquecidos por el pico y la pala que, si no tiene el honor de ser la residencia de los representantes del Zar, tiene el consuelo de contar con los más importantes hombres de negocios que residen en la ciudad concesionaria de minas más importantes del gobierno imperial.
Antiguamente Tomsk pasaba por estar situada en el fin del mundo, y si se quería ir a ella había que hacer todo un largo viaje. Pero en la actualidad esto no es más que un simple paseo, cuando el país no está hollado por las plantas de los invasores. Pronto será construido el ferrocarril que la enlazará con Perm, atravesando la cadena de los Urales.
¿Es bonita la ciudad? Hay que convenir en que los viajeros no están de acuerdo con este punto de vista. La señora de Bourboulon, que permaneció varios días en ella durante su viaje desde Shanghái a Moscú, la describe como una ciudad poco pintoresca. Si nos atenemos a su descripción, ésta es una ciudad insignificante, con viejas casas de piedra y ladrillo, con calles estrechas y muy diferentes de las que se encuentran ordinariamente en las ciudades siberianas más importantes; sucios barrios donde se amontonan particularmente los tártaros y en los cuales pululan con toda tranquilidad los borrachos, «cuya embriaguez es apática, como la de todos los pueblos del norte».
El viajero Henri Russel-Killough, sin embargo, se declara entusiasta admirador de Tomsk. ¿Será a causa de que la visitó en pleno invierno, cuando la ciudad está bajo su manto de nieve, y la señora Bourboulon la visitó durante el verano? Podría ser, lo cual confirmaría la opinión de que ciertos países fríos no pueden apreciarse en toda su belleza más que durante la estación fría, como ciertos países cálidos, durante la estación calurosa.
Sea como fuere, el señor Russel-Killough afirmó positivamente que Tomsk no es solamente la más hermosa ciudad de Siberia, sino una de las más hermosas ciudades del mundo, con sus casas de columnas y peristilos, sus aceras de madera, sus calles largas y regulares y sus quince magníficas iglesias que se reflejan en las aguas del Tom, más largo que ningún río de Francia.
La verdad está seguramente en el término medio de las dos opiniones. Tomsk cuenta con una población de veinticinco mil habitantes y está pintorescamente situada sobre una amplia colina, cuyo declive es bastante áspero.
Pero la ciudad más hermosa del mundo se convierte en la más fea cuando se ve ocupada por invasores. ¿Quién hubiera querido admirarla en esta época? Defendida únicamente por varios batallones de cosacos a pie, que residen allí permanentemente, no había podido resistir los ataques de las columnas del Emir. Una cierta parte de su población, que es de origen tártaro, no había acogido desfavorablemente a esas hordas de tártaros como ellos y, en estos momentos, Tomsk no parecía ser más rusa o más siberiana que en el caso de que hubiera sido trasladada al centro de los khanatos de Khokhand o de Bukhara.
Era, pues, en Tomsk donde el Emir iba a recibir a sus tropas victoriosas. Una fiesta con cantos, danzas y fantasías, seguida de una ruidosa orgía, iba a celebrarse en honor de estas tropas.
El teatro elegido para la ceremonia, dispuesto siguiendo el gusto asiático, era un vasto anfiteatro situado sobre una parte de la colina, que domina a un centenar de pies el curso del Tom. Todo este horizonte, con su amplia perspectiva de elegantes mansione y de iglesias con sus ventrudas cúpulas, los numerosos meandros del río y los bosques sumergidos en la cálida bruma, aparecía todo dentro de un admirable cuadro de verdor que le proporcionaban algunos soberbios grupos de pinos y de gigantescos cedros.
A la izquierda del anfiteatro se había levantado una especie de brillante decorado, representando un palacio de bizarra arquitectura -sin duda, imitaba algún espécimen de esos monumentos bukharlanos, semimoriscos y semitártaros-, colocado provisionalmente sobre anchas terrazas. Por encima de ese palacio, en la punta de los minaretes de que estaba erizado por todas partes, entre las ramas más altas de los árboles que daban sombra al anfiteatro, revoloteaban a centenares las cigüeñas domésticas que habían llegado de Bukhara siguiendo al ejército tártaro.
Estas terrazas estaban reservadas para la corte del Emir, los khanes aliados suyos, los grandes dignatarios de los khanatos y los harenes de cada uno de estos soberanos del Turquestán.
De estas sultanas, cuya mayor parte no son más que esclavas compradas en los mercados de Transcaucasia o Persia, unas tenían el rostro descubierto y otras llevaba un velo que las ocultaba a todas las miradas, pero todas iban vestidas con un lujo extremo.
Sus elegantes túnicas, cuyas mangas recogidas hacia atrás anudábanse a la manera del puf europeo, dejaban ver sus brazos desnudos, cuajados de brazaletes unidos por cadenas de piedras preciosas, y sus diminutas manos, en cuyos dedos brillaban las uñas pintadas con jugo de henneb. Al menor movimiento de sus túnicas, unas de seda, comparables por su suavidad a las telas de araña, y otras de flexible aladja, que es un tejido de algodón a rayas estrechas, percibíase el fru-fru tan agradable a los oídos de los orientales. Bajo estos vestidos llevaban brillantes faldas de brocado que cubrían el pantalón de seda, sujeto un poco más arriba de sus finas botas, de graciosas formas y bordadas de perlas. Algunas de las mujeres que no iban cubiertas con velos mostraban sus cabellos hermosamente trenzados, que escapaban de sus turbantes de colores variados, ojos admirables, dientes magníficos y tez brillante, cuya belleza acrecentaba la negrura de sus cejas, unidas por un ligero tinte artificial y sus párpados pintados con lápiz.
Al pie de las terrazas, abrigadas por estandartes y orifiamas, vigilaba la guardia personal del Emir, con su doble sable curvado pendiendo de la cadera, puñal en la cintura y lanza de diez pies de longitud en la mano. Algunos de estos tártaros llevaban bastones blancos y otros eran portadores de enormes alabardas, adornadas con cintas de plata y oro.
En todo el contorno, hasta los últimos planos de este vasto anfiteatro, sobre los escarpados taludes cuya base bañaba el Tom, se amontonaba una multitud cosmopolita, compuesta por todos los elementos oriundos de Asia central. Allí estaban los usbecks con sus grandes gorros de piel de oveja negra, su barba roja, sus ojos grises y sus arkaluk, especie de túnica cortada a la moda tártara; allí se encontraban los turcomanos, vestidos con su traje nacional, consistente en pantalón ancho de color claro, dormán y manto de piel de camello, gorro rojo, cónico o plano, botas altas de cuero de Rusia y el puñal suspendido de la cintura por medio de una correa; allí, cerca de sus dueños, agrupábanse las mujeres turcomanas que, llevando en los cabellos postizos de pelo de cabra en forma de trenzas, dejaban ver bajo la djuba rayada en azul, púrpura y verde la camisa abierta, y mostraban sus piernas adornadas con cintas de colores, entrecruzadas desde las rodillas hasta los chanclos de cuero; y, como si todos los pueblos de la frontera ruso-china se hubiesen levantado a la voz del Emir, veíanse también allí manchúes con la frente y las sienes rasuradas, los cabellos trenzados, las túnicas largas, camisa de seda ajustada al cuerpo por medio de un cinturón y gorros ovales de satén de color cereza, bordados en negro y con franjas rojas, y, con ellos, los admirables tipos de las mujeres manchúes, coquetonamente adornadas con flores artificiales prendidas con agujas de oro y mariposas delicadamente posadas sobre sus negras cabelleras. Completaban aquella multitud invitada a la fiesta tártara numerosos mongoles, bukharianos, persas y chinos del Turquestán.
Únicamente los siberianos faltaban a esta recepción dada por los invasores. Los que no habían podido huir estaban confinados en sus casas, con el temor de que Féofar-Khan ordenase el pillaje de la ciudad como digno remate a esta ceremonia triunfal.
A las cuatro, el Emir hizo su entrada en la plaza, bajo el ensordecedor ruido de las trompetas, de los tambores y las descargas de artillería y fusilería. Féofar montaba sobre su caballo favorito, que ostentaba en la cabeza un penacho de diamantes.
El Emir se había puesto su traje de guerra y a su lado marchaban los khanes de Khokhand y de Kunduze, los grandes dignatarios de los khanatos y todo su numeroso estado mayor. En ese momento hizo su aparición sobre la terraza la favorita de Féofar, la reina, si esta calificación puede darse a los sultanes de los estados bukharianos. Pero, reina o esclava, esta mujer de origen persa era admirablemente bella. Contrariamente a la costumbre mahometana y, seguramente, por capricho del Emir, llevaba el rostro descubierto. Su cabellera, Partida en cuatro partes, acariciaba sus hombros de brillante blancura, apenas cubiertos con un velo de seda laminado en oro que, por detrás, iba sujeto y por encima de la cintura sobresalía el pirahn, camisa del mismo tejido que se abría graciosamente subiendo alrededor de su cuello; pero desde la cabeza a los pies, calzados con pantuflas persas, era tal la profusión de joyas, tomanes de oro enhebrados en hilos de plata, rosarios de turquesas firuzehs extraídas de las célebres minas de Elburz, collares de cornalinas, de ágatas, de esmeraldas, de ópalos y de zafiros que llevaba sobre su corpiño y su falda, que parecía que estas prendas estaban tejidas con piedras preciosas. En cuanto a los millares de diamantes que brillaban en su cuello, brazos, manos, cintura y pies, millones de rublos no hubieran bastado para pagar su valor y, a la intensidad de los fulgores que despedían, se hubiera podido creer que en el interior de cada uno de ellos, una corriente eléctrica provocaba un arco voltaico hecho de rayo de sol.
El Emir y los khanes pusieron pie a tierra, al igual que los dignatarios que componían su cortejo, ocupando todos ellos su sitio en una magnífica tienda elevada en el centro de la primera terraza. Delante de la tienda, como siempre, el Corán estaba sobre la mesa sagrada.
El lugarteniente de Féofar-Khan no se hizo esperar y, antes de las cinco, los sones de las trompetas anunciaron su llegada.
Ivan Ogareff -el «cariacuchillado», como ya se le llamaba-, vistiendo esta vez uniforme de oficial tártaro, llegó a caballo frente a la tienda del Emir. Iba acompañado por una parte de los soldados del campamento de Zabediero, que situaron a los lados de la plaza, en medio de la cual no quedaba más que el espacio justo reservado a los espectáculos.
En el rostro del traidor se veía una ancha cicatriz que cruzaba oblicuamente su mejilla de parte a parte. Ivan Ogareff presentó al Emir a sus principales oficiales y Féofar-Khan, sin apartarse de la frialdad que constituía el fondo de su rango, los acogió de manera que quedaron satisfechos del recibimiento.
Esa fue, al menos, la impresión de Harry Blount y Alcide Jolivet, los dos inseparables que ahora se habían asociado para la caza de noticias.
Después de haber dejado Zabediero, habían llegado a Tomsk con toda rapidez. Su proyecto era abandonar cuanto antes la compañía de los tártaros y unirse a cualquier cuerpo de ejército ruso lo más pronto posible y, si podían, llegar con ellos hasta Irkutsk.
Lo que habían visto de la invasión, sus incendios, pillaje y muertes, les había horrorizado profundamente y sentían el deseo de encontrarse entre las filas del ejército siberiano.
Sin embargo, Alcide Jolivet había hecho comprender a su colega que no podían abandonar Tomsk sin tomar algunas notas sobre aquella entrada triunfal de las tropas tártaras -aunque sólo fuera para satisfacer la curiosidad de su prima-, y Harry Blount se decidió a quedarse durante unas horas; pero la misma tarde debían partir ambos para volver sobre la ruta de Irkutsk y, bien montados como iban, esperaban adelantarse a los exploradores del Emir.
Alcide Jolivet y Harry Blount estaban, pues, mezclados entre la multitud y miraban la forma de no perderse ningún detalle de una fiesta que les proporcionaría motivo para una buena crónica. Admiraron la magnificencia de Féofar-Khan, sus mujeres, sus oficiales, su guardia y toda esa pompa oriental, de la que las ceremonias europeas no pueden dar ni una ligera idea. Pero se volvieron con desprecio cuando Ivan Ogareff se presentó ante el Emir y esperaron, con cierta impaciencia, a que la fiesta comenzase.
-Lo ve usted, mi querido Blount –dijo Alcide Jolivet-, hemos venido demasiado pronto, como buenos burgueses que velan por su dinero. Todo esto no es más que un levantamiento de telón y hubiera sido de mejor gusto llegar en el momento que comenzase el ballet.
-¿Qué ballet? -preguntó Harry Blount.
-¡El ballet obligatorio, pardiez! Pero creo que va a levantarse el telón.
Alcide Jolivet hablaba como si se encontrase en la ópera y, sacando sus gemelos se preparó a observar, como buen entendido, a las primeras figuras de la troupe de Féofar.
Pero una penosa ceremonia iba a proceder a las diversiones. En efecto, el triunfo del vencedor no podía ser completo sin la humillación pública de los vencidos, por lo que varios centenares de prisioneros, conducidos a latigazos por los soldados, fueron obligados a desfilar delante de Féofar-Khan y sus aliados, antes de ser encerrados con el resto de sus compañeros en la cárcel de la ciudad.
Entre aquellos prisioneros figuraba, en primera fila, Miguel Strogoff, que iba especialmente custodiado por un pelotón de soldados. Su madre y Nadia estaban también allí.
La vieja siberiana, siempre tan enérgica cuando se trataba de sus propios sufrimientos, tenía ahora el rostro horriblemente pálido. Esperaba alguna horrible escena, porque su hijo no había sido conducido ante el Emir sin una razón determinada. Temía por él. Ivan Ogareff había sido golpeado públicamente con el knut que ya se había levantado sobre ella y no era hombre que perdonase las ofensas. Su venganza no tendría piedad. Algún insoportable suplicio, habitual en los bárbaros de Asia central, amenazaba con certeza a Miguel Strogoff. Si Ivan Ogareff había impedido que lo mataran los soldados que se habían lanzado sobre él, era porque sabía muy bien lo que hacía reservándole a la justicia del Emir.
Además, madre e hijo no habían podido hablarse después de la funesta escena del campamento de Zabediero, porque les mantenían implacablemente separados el uno del otro. Esto agravaba aún más sus penas, las cuales se hubieran suavizado de haber podido vivir juntos unos pocos días de cautiverio. Marfa Strogoff hubiera querido pedir perdón a su hijo por todo el mal que le había causado involuntariamente, ya que se acusaba a sí misma de no haber sabido dominar sus sentimientos maternales. ¡Si hubiera sabido contenerse en Omsk, en aquella parada de posta, cuando se encontró cara a cara con él, Miguel Strogoff hubiera pasado sin ser reconocido y cuántas desgracias hubieran evitado!
Y Miguel Strogoff pensaba, por su parte, que si su madre estaba allí, era para que sufriera también su propio suplicio. ¡Puede que, como a él, le estuviera reservada una espantosa muerte!
En cuanto a Nadia, se preguntaba qué podía hacer para salvar a uno y otra; cómo poder ayudar al hijo y a la madre. No sabía qué cosa imaginar, pero presentía vagamente que antes que nada debía evitar llamar la atención sobre ella. ¡Era preciso disimular, hacerse pequeña! Puede que entonces pudiera romper la red que aprisionaba al león. En cualquier caso, si se le presentara cualquier ocasión, intentaría aprovecharla aunque tuviera que sacrificar su vida por el hijo de Marfa Strogoff.
Mientras tanto, la mayor parte de los prisioneros acababa de desfilar por delante del Emir y, al pasar por delante de él, cada uno de los cautivos había tenido que postrarse, clavando la frente en el suelo en señal de servidumbre. ¡La esclavitud comenzaba por la humillación! Cuando alguno de aquellos infortunados era demasiado lento al inclinarse, las rudas manos de los guardias les lanzaban violentamente contra el suelo.
Alcide Jolivet y su compañero no podían presenciar parecido espectáculo sin experimentar una verdadera indignación.
-¡Es infame! ¡Vámonos! -dijo Alcide Jolivet.
-¡No! -respondió Harry Blount-. ¡Es preciso verlo todo!
-¡Verlo todo … ! ¡Ah! -gritó de pronto Alcide Jolivet, agarrando el brazo de su compañero.
-¿Qué le pasa? -preguntó Harry Blount.
-¡Mire, Blount! ¡Es ella!
-¿Ella?
-¡La hermana de nuestro compañero de viaje! ¡Sola y prisionera! ¡Es preciso salvarla!
-Conténgase -respondió Harry Blount fríamente-. Nuestra intervención en favor de esta joven podría serle más perjudicial todavía.
Alcide Jolivet, que ya estaba presto para lanzarse, se detuvo, y Nadia, que no les había visto porque llevaba el rostro medio velado por sus cabellos, pasó por delante del Emir sin llamar su atención.
Después de Nadia llegó Marfa Strogoff y, como no se lanzó al suelo con suficiente rapidez, los guardias la empujaron brutalmente.
Marfa Strogoff cayó al suelo. Su hijo tuvo un movimiento tan terrible que los soldados que le guardaban apenas pudieron dominarlo.
Pero la vieja Marfa se levantó y ya iba a retirarse cuando intervino Ivan Ogareff, diciendo:
-¡Que se quede esta mujer!
En cuanto a Nadia, fue devuelta entre la multitud de prisioneros sin que la mirada de Ivan Ogareff se posara sobre ella.
Miguel Strogoff fue entonces empujado delante del Emir y allí se quedó de pie, sin bajar la vista.
-¡La frente a tierra! -le gritó Ivan Ogareff.
-¡No! -respondió Miguel Strogoff.
Dos guardias quisieron obligarle a inclinarse, pero fueron ellos los que se vieron lanzados contra el suelo por la fuerza de aquel robusto joven.
Ivan Ogareff avanzó hacia Miguel Strogoff, diciéndole:
-¡Vas a morir!
-¡Yo moriré -respondió fieramente Miguel Strogoff-, pero tu rostro de traidor, Ivan, llevará para siempre la infamante marca del knut!
Ivan Ogareff, al oír esta respuesta, palideció intensamente.
-¿Quién es este prisionero? -preguntó el Emir con una voz que por su calma era
todavía más amenazadora.
-Un espía ruso -respondió Iva’n Ogareff.
Al hacer de Miguel Strogoff un espía ruso, sabía que la sentencia dictada contra él sería terrible.
Miguel Strogoff se había lanzado sobre Ivan Ogareff, pero los soldados lo retuvieron.
El Emir hizo entonces un gesto ante el cual se inclinó toda la multitud. Después, a una señal de su mano, le llevaron el Corán; abrió el libro sagrado y puso un dedo sobre una de las páginas.
Para el pensamiento de aquellos orientales, era el destino, o mejor aún, el mismo Dios, quien iba a decidir la suerte de Miguel Strogoff. Los pueblos de Asia central dan el nombre de fal a esta práctica. Después de haber interpretado el sentido del versículo que había tocado el dedo del juez, aplicaban la sentencia, cualquiera que fuese.
El Emir había dejado su dedo apoyado sobre la página del Corán. El jefe de los ulemas, aproximándose, leyó en voz alta un versículo que terminaba con estas palabras.
«Y no verá más las cosas de la tierra.»
-Espía ruso -dijo Féofar-Khan-, has venido para ver lo que pasa en un campamento tártaro ¡Pues abre bien los ojos! ¡ábrelos!

5. «¡ABRE BIEN LOS OJOS! ¡ABRELOS!»
Miguel Strogoff, con las manos atadas, era mantenido frente al trono del Emir, al pie de la terraza.
Su madre, vencida al fin por tantas torturas físicas y morales, se había desplomado, no osando mirar ni escuchar nada.
«¡Abre bien los ojos! ¡ábrelos!», había dicho Féofar-Khan, tendiendo el amenazador dedo hacia Miguel Strogoff.
Sin duda, Ivan Ogareff, que estaba al corriente de las costumbres tártaras, había comprendido el significado de aquellas palabras, porque sus labios se habían abierto durante un instante con una cruel sonrisa. Después, había ido a situarse tras Féofar– Khan.
Un toque de trompetas se dejó oír enseguida. Era la señal de que comenzaba el espectáculo.
– ¡He aquí el ballet! -dijo Alcide Jolivet a Harry Blount-, pero contrariamente a todas las costumbres, estos bárbaros lo dan antes del drama.
Miguel Strogoff tenía la orden de mirar y miro.
Una nube de bailarinas irrumpió entonces en la plaza y empezaron a sonar los acordes de diversos instrumentos tártaros. La dutara, especie de mandolina de mango largo de madera de moral, con dos cuerdas de seda retorcida y acordadas por cuartas; el kobize, violoncelo abierto en su parte anterior, guarnecido de crines de caballo, que un arco hacía vibrar; la tschibizga, flauta larga, de caña, y trompetas, tambores y batintines, unidos a la voz gutural de los cantores, formando una armonía extraña a la que se agregaron también los acordes de una orquesta aérea, compuesta por una docena de cometas que, suspendidas por cuerdas que partían de su centro, sonaban al impulso de la brisa, como arpas eólicas.
Enseguida comenzaron las danzas.
Las bailarinas eran todas de origen persa y, como no estaban sometidas a esclavitud, ejercían su profesión libremente. Antes figuraban con carácter oficial en las ceremonias de la corte de Teherán, pero desde el advenimiento al trono de la familia reinante estaban casi desterradas del reino y se veían obligadas a buscar fortuna en otras partes.
Vestían su traje nacional y, como adorno, llevaban profusión de joyas. De sus orejas pendían, balanceándose, pequeños triángulos de oro con largos colgantes; aros de plata con esmaltes negros rodeaban sus cuellos; sus brazos y piernas estaban ceñidos por ajorcas, formadas por una doble hilera de piedras preciosas; y ricas perlas, turquesas y coralinas pendían de los extremos de las largas trenzas de sus cabellos. El cinturón que les oprimía el talle iba sujeto con un brillante broche, parecido a las placas de las grandes cruces europeas.
Unas veces solas y otras por grupos, ejecutaron muy graciosamente varias danzas.
Llevaban el rostro descubierto pero, de vez en cuando, lo cubrían con un ligero velo, de tal manera que hubiera podido decirse que una nube de gasa pasaba sobre todos aquellos ojos brillantes, como el vapor por un cielo tachonado de luminosas estrellas.
Algunas de estas persas llevaban, a modo de echarpe, un tahalí de cuero bordado en perlas, del que pendía un pequeño saco en forma triangular, con la punta hacia abajo, que ellas abrían en determinados momentos para sacar largas y estrechas cintas de seda de color escarlata y en las cuales podían leerse, en letras bordadas, algunos versículos del Corán.
Estas cintas, que las bailarinas se pasaban de unas a otras, formaban un círculo en el que penetraban otras bailarinas y, al pasar por delante de cada uno de los versículos, practicaban el precepto que contenía, ya postrándose en tierra, ya dando un ligero salto, como para ir a tomar asiento entre las huríes del cielo de Mahoma.
Pero lo más notable, que sorprendió a Alcide Jolivet, fue que aquellas persas se mostraban, en lugar de fogosas, indolentes. Les faltaba entusiasmo y, tanto por el género de las danzas como por su ejecución, recordaban más a las apacibles y decorosas bayaderas de la India que a las apasionadas almeas de Egipto.
Terminada esta primera parte de la fiesta, oyose una voz que, con grave entonación, dijo:
-¡Abre bien los ojos! ¡ábrelos!
El hombre que repetía las palabras del Emir era un tártaro de elevada estatura, ejecutor de los altos designios de Féofar-Khan. Se había situado detrás de Miguel Strogoff y llevaba en la mano un sable de hoja larga y curvada, una de esas hojas damasquinadas, que han sido templadas por los célebres armeros de Karschi o de Hissar.
Cerca de él, los guardias habían trasladado un trípode sobre el que se asentaba un recipiente en donde ardían, sin producir humo, algunos carbones. La ligera ceniza que los coronaba no era debida más que a la incineración de alguna sustancia resinosa y aromática, mezcla de olíbano y benjuí, que, de vez en cuando, se echaba sobre su superficie.
Mientras tanto, las persas fueron inmediatamente sustituidas por otro grupo de bailarinas, de raza muy diferente, que Miguel Strogoff reconoció enseguida.
Y hay que creer que los dos periodistas también las reconocieron, porque Harry Blound dijo a su colega:
-¡Son las gitanas de Nijni-Novgorod!
-¡Las mismas! -exclamó Alcide Jolivet-. Imagino que a estas espías deben de reportarles más beneficios sus ojos que sus piernas.
Al considerarlas agentes al servicio del Emir, Alcide Jolivet no se equivocaba.
Al frente de las gitanas figuraba Sangarra, soberbia en su extraño y pintoresco vestido, que realzaba más aún su belleza.
Sangarra no bailó, pero situóse como una intérprete de mímica en medio de sus bailarinas, cuyos fantasiosos pasos tenían el ritmo de todos los países europeos que su raza recorre: Bohemia, Egipto, Italia y España. Se animaban al sonido de los platillos que repiqueteaban en sus brazos y a los aires de los panderos, especie de tambores que golpeaban con los dedos.
Sangarra, sosteniendo uno de esos panderos en su mano, no cesaba de hacerlo sonar, excitando a su grupo de verdaderas coribantes.
Entonces avanzó un gitanillo, de unos quince años, llevando en la mano una cítara, cuyas dos cuerdas hacía vibrar por un simple movimiento de sus uñas, y empezó a cantar. Una bailarina que se había colocado junto a él, permaneció inmóvil escuchando; pero cuando el gitano entonó el estribillo de esta extraña canción de ritmo tan bizarro, reemprendía su interrumpida danza, haciendo sonar cerca de él su pandero y sus platillos.
Después del último estribillo, las bailarinas envolvieron al gitano en los mil repliegues de su danza.
En ese momento, una lluvia de oro salió de las manos del Emir y de sus aliados, de las manos de los oficiales de todo grado y, al ruido de las monedas que golpeaban los cimbales de las danzarinas, se mezclaban todavía los últimos sones de las cítaras y los tamboriles.
-¡Pródigos como ladrones! -dijo Alcide Jolivet al oído de su compañero.
Era, en efecto, dinero robado el que caía a puñados, porque mezclados con los tomanes y cequies tártaros, llovían también los ducados y rublos moscovitas.
Después, se hizo el silencio durante un instante y la voz del ejecutor, poniendo su mano en el hombro de Miguel Strogoff, repitió las palabras cuyo eco se volvía cada vez más siniestro:
-¡Abre bien los ojos! ¡ábrelos!
Pero, esta vez, Alcide Jolivet observó que el ejecutor no tenía ya su sable en la mano.
Mientras tanto, el sol se abatía ya tras el horizonte y una penumbra comenzaba a invadir la campiña. La mancha de pinos y cedros se iba haciendo más negra por momentos, y las aguas del Tom, oscurecidas en la lejanía, se confundían con las primeras brumas. La sombra no podía tardar en adueñarse del anfiteatro que dominaba la ciudad.
Pero, en aquel instante, varios centenares de esclavos, llevando antorchas encendidas, invadieron la plaza. Conducidas por Sangarra, las gitanas y las persas reaparecieron frente al trono del Emir y dieron mayor realce, por el contraste, a sus danzas de tan diversos géneros. Los instrumentos de la orquesta tártara se desataron en una salvaje armonía, acompañada por los gritos guturales de los cantantes. Las cometas, bajadas a tierra, reemprendieron el vuelo, elevándose en toda una constelación de luces multicolores, y sus cuerdas, bajo la fresca brisa, vibraron con mayor intensidad en medio de la aérea iluminación.
Después de esto, un escuadrón de tártaros vino a mezclarse a las danzarinas, con su uniforme de guerra, para comenzar una fantasía pedestre que produjo el más extraño efecto.
Los soldados, con sus sables desenvainados y empuñando largas pistolas, ejecutaron una sarta de ejercicios, atronando el aire al disparar continuamente sus armas de fuego, cuyas detonaciones apagaban los sonidos de los tambores, de los panderos y de las cítaras. Las armas, cargadas con pólvora coloreada, según la moda china, con algún ingrediente metálico, lanzaban llamaradas rojas, verdes y azules, por lo que habría podido decirse que todo aquel grupo se agitaba en medio de unos fuegos de artificio.
En cierta manera, aquella diversión recordaba la cibística de los antiguos, especie de danza militar cuyos corifeos maniobraban bajo las puntas de las espadas y puñales, y cuya tradición es posible que haya sido legada a los pueblos de Asia central; pero la cibística tártara era más bizarra aún a causa de los fuegos de colores que serpenteaban sobre las cabezas de las bailarinas, las lentejuelas de cuyos vestidos semejaban puntos ígneos. Era como un caleidoscopio de chispas, cuyas combinaciones variaban hasta el infinito a cada movimiento de la danza.
Por avezado que estuviera un periodista parisiense en los especiales efectos de la decoración de los escenarios modernos, Alcide Jolivet no pudo reprimir un ligero movimiento de cabeza que, entre Montmartre y la Madeleine, hubiera querido decir:
«No está mal, no está mal.»
Después, de pronto, como a una señal, apagáronse aquellos fuegos de fantasía, cesaron las danzas y desaparecieron las bailarinas. La ceremonia había terminado y únicamente las antorchas iluminaban el anfiteatro que unos instantes antes estaba cuajado de luces.
A una señal del Emir, Miguel Strogoff fue empujado al centro de la plaza.
-Blount -dijo Alcide Jolivet a su compañero-. ¿Es que se queda usted a ver el final de todo esto?
-Por nada del mundo -le respondió Harry Blount.
-¿Supongo que los lectores del Daily Telegraph no son aficionados a los detalles de una ejecución al estilo tártaro?
-No más que su prima.
-¡Pobre muchacho! -prosiguió Alcide Jolivet, mirando a Miguel Strogoff-. ¡Este valiente soldado merecía morir en el campo de batalla!
-¿Podemos hacer algo para salvarlo? -dijo Harry Blount.
-No podemos hacer nada.
Los dos periodistas se acordaban de la generosa conducta de Miguel Strogoff hacia ellos, y ahora sabían por qué clase de pruebas había tenido que atravesar, siendo esclavo de su deber y, sin embargo, entre aquellos tártaros que no conocen la piedad, no podían hacer nada por él.
Poco deseosos de asistir al suplicio reservado a ese desafortunado, volvieron a la ciudad.
Una hora más tarde, galopaban sobre la ruta de Irkutsk y entre las tropas rusas iban a intentar seguir lo que Alcide Jolivet denominaba «la campaña de la revancha».
Mientras tanto, Miguel Strogoff estaba de pie, mirando altivamente al Emir o despreciativamente a Ivan Ogareff. Esperaba la muerte y, sin embargo, se hubiera buscado vanamente en él un síntoma de debilidad.
Los espectadores, que permanecían aún en los alrededores de la plaza, así como el estado mayor de Féofar-Khan, para quienes el suplicio no era más que una atracción más de la fiesta, esperaban a que la ejecución se cumpliese. Después, satisfecha su curiosidad, toda esta horda de salvajes iría a sumergirse en la embriaguez.
El Emir hizo un gesto y Miguel Strogoff, empujado por los guardias, se aproximó a la terraza y entonces, en aquella lengua tártara que el correo del Zar comprendía, dijo:
-¡Tú, espía ruso, has venido para ver! ¡Pero estás viendo por última vez! ¡Dentro de un instante, tus ojos se habrán cerrado para toda luz!
¡No era, pues, a la muerte, sino a la ceguera, a lo que había sido condenado Miguel Strogoff! ¡Perder la vista era, si cabe, mucho más terrible que perder la vida! El desgraciado estaba condenado a quedar ciego.
Sin embargo, al oír la sentencia pronunciada por el Emir, Miguel Strogoff no mostró ningún signo de debilidad. Permaneció impasible, con sus grandes ojos abiertos, como si hubiera querido concentrar toda su vida en la última mirada. Suplicar a aquellos feroces hombres era inútil y, además, indigno de él. Ni siquiera pasó por su pensamiento. Su imaginación se concentró en su misión fracasada irrevocablemente, en su madre, en Nadia, a las que no volvería a ver. Pero no dejó que la emoción que sentía se exteriorizase.
Después, el sentimiento de una venganza por cumplir invadió todo su ser y volviéndose hacia Ivan Ogareff, le dijo con voz amenazadora:
-¡Ivan! ¡Ivan el traidor, la última amenaza de mis ojos será para ti!
Ivan Ogareff se encogió de hombros.
Pero Miguel Strogoff se equivocaba; no era mirando a Ivan Ogareff como iban a cerrarse para siempre sus ojos.
Marfa Strogoff acababa de aparecer frente a él.
.¡Madre mía! -gritó-. ¡Sí, sí! ¡Para ti será mi última mirada, y no para este miserable!
¡Quédate ahí, frente a mí! ¡Que vea tu rostro bienamado! ¡Que mis ojos se cierren mirándote … !
La vieja siberiana, sin pronunciar ni una palabra avanzó …
.¡Apartad a esa mujer! -gritó Ivan Ogareff.
Dos soldados apartaron a Marfa Strogoff, la cual retrocedió, pero permaneció de pie, a unos pasos de su hijo.
Apareció el verdugo. Esta vez llevaba su sable desnudo en la mano, pero este sable, al rojo vivo, acababa de retirarlo del rescoldo de carbones perfumados que ardían en el recipiente.
¡Miguel Strogoff iba a ser cegado, siguiendo la costumbre tártara, pasándole una lámina ardiendo por delante de los ojos!
El correo del Zar no intentó resistirse. ¡Para sus ojos no existía nada más que su madre, a la que devoraba con la mirada! ¡Toda su vida estaba en esta última visión!
Marfa Strogoff, con los ojos desmesuradamente abiertos, con los brazos extendidos hacia él, lo miraba…
La lámina incandescente pasó por delante de los ojos de Miguel Strogoff.
Oyose un grito de desesperación y la vieja Marfa cayó inanimada sobre el suelo. Miguel Strogoff estaba ciego.
Una vez ejecutada su orden, el Emir se retiró con todo su cortejo. Pronto sobre la plaza no quedaron más que Ivan Ogareff y los portadores de las antorchas.
¿Quería, el miserable, insultar todavía más a su víctima y, después del ejecutor, darle el tiro de gracia?
Ivan Ogareff se aproximó a Miguel Strogoff, el cual, al oírlo que iba hacia él, se enderezó.
El traidor sacó de su bolsillo la carta imperial, la abrió y, con toda su cruel ironía, la puso delante de los ojos apagados del correo del Zar, diciendo:
-¡Lee ahora, Miguel Strogoff, lee, y ve a contar a Irkutsk todo lo que hayas leído! ¡El verdadero correo del Zar es, ahora, Ivan Ogareff!
Dicho esto, cerró la carta, introduciéndola en el bolsillo y después, sin volverse, abandonó la plaza, seguido por los portadores de las antorchas.
Miguel Strogoff se quedó solo, a algunos pasos de su madre inanimada, puede que muerta.
A lo lejos, se podían oír los gritos, los cantos, todos los ruidos de la orgía que se desarrollaba. Tomsk brillaba de iluminación como una ciudad en fiesta.
Miguel Strogoff aguzó el oído. La plaza estaba silenciosa y como desierta.
Arrastrándose, tanteando, hacia el lugar en donde su madre había caído, encontró su mano y se inclinó hacia ella, y aproximando su cara a la suya, escuchó los latidos de su corazón. Después, parecía como si le hablase en voz baja.
¿Vivía la vieja Marfa todavía y entendió lo que le dijo su hijo?
En cualquier caso, no hizo ningún movimiento.
Miguel Strogoff besó su frente y sus cabellos blancos.
Después se levantó y, tanteando con los pies, intentaba también guiarse extendiendo sus manos, caminando, poco a poco, hacia el extremo de la plaza.
De pronto, apareció Nadia.
Fue directamente hacia su compañero y con un puñal que llevaba consigo, cortó las ligaduras que sujetaban los brazos de Miguel Strogoff.
Éste, estando ciego, no sabía quién le liberaba de sus ataduras, porque Nadia no había pronunciado ninguna palabra.
Pero de pronto dijo:
-¡Hermano!
-¡Nadia, Nadia! -murmuró Miguel Strogoff.
-¡Ven, hermano! -respondió Nadia-. Mis ojos serán los tuyos a partir de ahora. ¡Yo te conduciré a Irkutsk!

6. UN AMIGO EN LA GRAN RUTA
Media hora después, Miguel Strogoff y Nadia habían abandonado la ciudad de Tomsk.
Un cierto número de prisioneros pudo escapar aquella noche de manos de los tártaros, porque oficiales y soldados, embrutecidos por el alcohol, habían relajado inconscientemente la severa vigilancia mantenida en el campamento de Zabediero y durante la marcha del convoy.
Nadia, después de ser conducida con los demás prisioneros, pudo huir y llegar al anfiteatro en el momento en que Miguel Strogoff era conducido a presencia del Emir.
Allí, mezclada entre la multitud, lo había visto todo, pero no se le escapó un solo grito cuando el sable, al rojo vivo, pasó ante los ojos de su compañero. Tuvo la fuerza suficiente para permanecer inmóvil y muda. Una providencial inspiración le dijo que reservara su libertad para guiar al hijo de Marfa Strogoff a la meta que había jurado alcanzar. Su corazón, por un momento, dejó de latir cuando la vieja siberiana cayó desmayada, pero un pensamiento le devolvió toda su energía:
« ¡Yo seré el lazarillo de este ciego! », se dijo.
Después de la partida de Ivan Ogareff, Nadia permaneció escondida entre las sombras. Había esperado a que la multitud desalojara el anfiteatro en el que Miguel Strogoff, abandonado como un ser miserable del que nada puede temerse, había quedado solo. Le vio arrastrarse hasta su madre, inclinarse hacia ella, besarle la frente y después levantarse y huir tanteando…
Unos instantes después, ella y él, cogidos de la mano, habían descendido del escarpado talud y, siguiendo la margen del Tom hasta el límite de la ciudad, habían franqueado una brecha del recinto. La ruta de Irkutsk era la única que se dirigía hacia el este. No podía equivocarse.
Nadia hacía caminar rápidamente a Miguel Strogoff porque era posible que al día siguiente, después de algunas horas de orgía, los exploradores del Emir se lanzaran de nuevo por la estepa, cortando toda comunicación. Interesaba, pues, adelantarse a ellos y llegar a Krasnoiarsk, a quinientas verstas (533 kilómetros) de Tomsk y no abandonar la gran ruta más que en caso imprescindible. Lanzarse fuera de la ruta trazada era lanzarse hacia la incertidumbre y lo desconocido; era la muerte a breve plazo.
¿Cómo pudo Nadia soportar la fatiga de aquella noche del 16 al 17 de agosto? ¿Cómo encontró la fortaleza física necesaria para recorrer tan larga etapa? ¿Cómo sus pies, sangrando por una marcha forzada, pudieron conducirla? Es casi incomprensible. Pero no es menos cierto que al día siguiente, doce horas después de su partida de Tomsk, Miguel Strogoff y ella se encontraban en el villorrio de Semilowskoe, habiendo recorrido cincuenta verstas.
Miguel Strogoff no había pronunciado ni una sola palabra. No era Nadia quien sujetaba su mano, sino que era él quien retuvo la de su compañera durante toda la noche; pero gracias a aquella mano que le guiaba únicamente con sus estremecimientos, había podido marchar a paso ordinario.
Semilowskoe estaba casi enteramente abandonado. Los habitantes, temerosos de los tártaros, habían huido a la provincia de Yeniseisk. Apenas dos o tres casas estaban todavía habitadas. Todo lo que la ciudad podía contener de útil o valioso había sido transportado sobre carretas.
Sin embargo, Nadia tenía necesidad de hacer allí un alto de algunas horas porque ambos estaban necesitados de alimento y de reposo.
La joven condujo, pues, a su compañero hacia un extremo del pueblo, donde había una casa vacía con la puerta abierta y entraron en ella. Un banco de madera se hallaba en el centro de la habitación, cerca de ese fogón que es común en todas las viviendas siberianas, y se sentaron en él.
Nadia miró entonces detenidamente la cara de su compañero ciego, como no la había mirado nunca hasta ese momento. En su mirada había mucho más que agradecimiento, mucho más que piedad. Si Miguel Strogoff hubiera podido verla, habría leído en su hermosa y desolada mirada la expresión de una devoción y una ternura infinitas.
Los párpados del ciego, quemados por la hoja incandescente, tapaban a medias sus ojos, absolutamente secos. La esclerótica estaba ligeramente plegada y como encogida; la pupila, singularmente agrandada; el iris parecía tener un azul más pronunciado que anteriormente; las cejas y las pestañas habían quedado socarradas en parte; pero, al menos en apariencia, la mirada tan penetrante del joven no parecía haber sufrido ningún cambio. Si no veía, si su ceguera era completa, era porque la sensibilidad del nervio óptico había sido radicalmente destruida por el calor del acero.
En ese momento, Miguel Strogoff extendió las manos preguntando:
-¿Estás aquí, Nadia?
-Sí -respondió la joven-, estoy a tu lado y no te dejaré nunca, Miguel.
Al oír su nombre, pronunciado por Nadia por primera vez, Miguel Strogoff se estremeció. Comprendió que su compañera lo sabía todo; lo que él era y los lazos que le unían a la vieja Marfa.
-Nadia –dijo-, va a ser necesario que nos separemos…
-¿Separarnos? ¿Y eso por qué, Miguel?
-No quiero ser un obstáculo en tu viaje. Tu padre te espera en Irkutsk y es necesario que te reúnas con él.
-¡Mi padre, Miguel, me maldeciría si te abandonara después de lo que has hecho por mí!
-¡Nadia, Nadia! -respondió Miguel Strogoff, apretando la mano que la joven había puesto sobre la suya-. ¿Quieres, pues, renunciar a ir a Irkutsk?
-Miguel -replicó la joven-, tú tienes más necesidad de mí que mi padre. ¿Renuncias tú a ir a Irkutsk?
-¡Jamás! -gritó Miguel Strogoff con un tono que denotaba que no había perdido nada de su energía.
-Pero, sin embargo, no tienes la carta…
-¡La carta que Ivan Ogareff me ha robado… ¡Pues bien! ¡Sabré pasar sin ella! ¿No me han tratado ellos de espía? ¡Pues me comportaré como un espía! ¡Diré en Irkutsk todo lo que he visto, todo lo que he oído y te juro por Dios vivo que el traidor me encontrará un día cara a cara! Pero es preciso que llegue antes que él a Irkutsk.
-¿Y hablas de separarnos, Miguel?
-Nadia, aquellos miserables me han dejado sin nada.
-¡Me quedan algunos rublos y mis ojos! ¡Puedo ver por ti, Miguel, y te conduciré allá, porque tú solo nunca llegarías!
-¿Y cómo iremos?
-A pie.
-¿Cómo viviremos?
-Mendigando.
-Partamos, Nadia.
-Vamos, Miguel.
Los dos jóvenes no se daban ya el nombre de hermano y hermana. En su miseria común, se sentían más estrechamente unidos uno al otro. Juntos dejaron la casa, después de haber descansado unas horas. Nadia, recorriendo las calles del poblado, se había procurado algunos pedazos de tchornekhleb, especie de pan hecho de cebada, y un poco de esa aguamiel, conocida en Rusia con el nombre de meod.
Esto no le había costado nada, porque Nadia había comenzado su tarea de mendigo. El pan y la aguamiel habían aplacado, bien que mal, el hambre y la sed de Miguel Strogoff. Nadia le había reservado la mayor parte de esta insuficiente comida y Miguel comía los pedazos de pan que su compañera le daba, uno tras otro, bebiendo en la cantimplora que ella llevaba a sus labios.
-¿Comes tú, Nadia? -preguntó él varias veces.
-Sí, Miguel -respondía siempre la joven, que se contentaba con los restos que dejaba su compañero.
Miguel y Nadia abandonaron Semilowskoe y reemprendieron el penoso camino hacia Irkutsk. La joven resistía enérgicamente tanta fatiga, pero si Miguel Strogoff la hubiera visto, puede que no hubiera tenido coraje para seguir adelante. Pero como Nadia no se quejaba, ni lanzaba ningún suspiro, Miguel Strogoff marchaba con una rapidez que no era capaz de reprimir. ¿Pero, por qué? ¿Podía esperar aún adelantarse a los tártaros?
Iba a pie, sin dinero y estaba ciego, y si Nadia, su único guía, le faltase, no tendría más remedio que acostarse sobre uno de los lados de la ruta y morir miserablemente. Pero si finalmente, a fuerza de energía llegaban a Krasnolarsk, aún no estaba todo perdido, puesto que el gobernador, al que se daría a conocer, no dudaría en proporcionarle los medios necesarios para llegar a Irkutsk.
Miguel Strogoff caminaba, pues, absorto en sus pensamientos y hablaba poco. Teniendo cogida la mano de Nadia, ambos estaban en comunicación incesante. Les parecía que no había necesidad de palabras para intercambiar sus pensamientos. De vez en cuando Miguel Strogoff decía:
-Háblame, Nadia.
-¿Para qué, Miguel? ¿No son los mismos nuestros pensamientos? -respondía la joven, procurando que su voz no delatara ninguna fatiga.
Pero algunas veces, como si su corazón dejase de latir por un instante, sus piernas se debilitaban, su paso se hacía más lento, su brazo se estiraba y se quedaba atrás. Miguel Strogoff se paraba entonces, y fijaba sus ojos sobre la pobre muchacha como si intentase verla a través de la oscuridad que llevaba consigo. Su pecho se hinchaba y sosteniendo más fuertemente a su compañera, continuaba adelante.
Sin embargo, en medio de las miserias que no les daban tregua, una circunstancia afortunada iba a producirse, evitando a ambos muchas fatigas.
Hacía alrededor de dos horas que habían salido de Semilowskoe, cuando Miguel Strogoff se paró preguntando:
-¿Está desierta la ruta?
-Absolutamente desierta -respondió Nadia.
-¿No oyes ningún ruido detrás de nosotros?
-Sí.
-Si son tártaros, es preciso que nos ocultemos Obsérvalo bien.
-¡Espera, Miguel! -respondió Nadia, retrocediendo un poco y situándose unos pasos hacia la derecha.
Miguel Strogoff quedó solo por unos instantes escuchando atentamente. Nadia volvió casi enseguida, diciendo:
-Es una carreta que va conducida por un joven
-¿Va solo?
-Solo.
Miguel Strogoff dudó por un momento. ¿Debía esconderse? ¿Debía, por el contrario, intentar la suerte de encontrar sitio en ese vehículo, si no por él, por ella? Él se contentaría con apoyar únicamente una mano en la carreta, incluso la empujaría en caso de necesidad, porque sus piernas estaban muy lejos de fallarle, pero presentía que Nadia, arrastrada a pie desde la travesía del Obi, es decir, desde hacía ocho días, había llegado al final de sus fuerzas. Esperó, pues.
La carreta no tardó en llegar al recodo de la ruta. Era un vehículo bastante deteriorado, pero podía transportar tres personas, lo que en el país recibe el nombre de kibitka.
Normalmente una kzbitka está tirada por tres caballos, pero aquélla era arrastrada por uno solo, de largo pelo y larga cola, cuya sangre mongol le aseguraba vigor y coraje. La conducía un muchacho que tenía a su lado un perro.
Nadia reconoció que este joven era ruso. Tenía una expresión dulce y flemática que inspiraba confianza y no parecía desde luego, el hombre más apresurado del mundo. Iba a paso tranquilo, para no cansar al caballo, y, al verle, no se hubiera podido creer que marchaba sobre una ruta que los tártaros podían cortar de un momento a otro. Nadia, manteniendo a Miguel Strogoff cogido de la mano, se apartó a un lado del camino.
La kibitka se detuvo y el conductor miró a la joven sonriendo.
-¿Adónde vais vosotros de esta manera? -preguntó, poniendo ojos redondos como platos.
El sonido de aquella voz le era familiar a Miguel Strogoff y fue sin duda suficiente para reconocer al conductor de la kibitka y tranquilizarse, ya que su frente se distendió enseguida.
-¡Bueno! ¿Adónde vais? -repitió el joven, dirigiéndose más de lleno a Miguel Strogoff.
-Vamos a Irkutsk -respondió éste.
-¡Oh! ¡No sabes, padrecito, que hay verstas y verstas todavía hasta Irkutsk!
-Lo sé.
-¿Y vas a pie?
-A pie.
-Tú, bueno, ¿pero la señorita … ?
-Es mi hermana -dijo Miguel Strogoff, que creyó prudente devolver ese calificativo a Nadia.
-¡Sí, tu hermana, padrecito! ¡Pero créeme que no podrá llegar jamás a Irkutsk!
-Amigo -respondió Miguel Strogoff aproximándose-, los tártaros nos han despojado de todo cuanto teníamos y no me queda un solo kopek que ofrecerte; pero si quieres poner a mi hermana a tu lado, yo te seguiré a pie, correré si es necesario y no te haré perder ni una hora…
-¡Hermano! -gritó Nadia-. ¡No quiero! ¡No quiero! ¡Señor, mi hermano está ciego!
-¡Ciego! -respondió el joven, conmovido.
-¡Los tártaros le han quemado los ojos! -dijo, tendiendo sus manos como implorando piedad.
-¿Quemado los ojos? ¡Oh! ¡Pobre padrecito! Yo voy a Krasnoiarsk. ¿Por qué no montas con tu hermana en la kibitka? Estrechándonos un poco cabremos los tres. Además, mi perro no pondrá inconveniente en ir a pie. Pero voy despacio para no cansar a mi caballo.
-¿Cómo te llamas, amigo? -preguntó Miguel Strogoff.
-Me llamo Nicolás Pigassof.
-Es un nombre que no olvidaré nunca -respondió el correo del Zar.
-Bien, pues sube, padrecito ciego. Tu hermana estará cerca de ti, en la parte de atrás de la carreta. Yo iré delante para conducir. Hay ahí un buen montón de corteza de abedul y paja de cebada. Estaréis como en un nido. ¡Vamos, Serko, déjanos sitio!
El perro se apeó sin hacerse de rogar. Era un animal de raza siberiana, de pelo gris y talla pequeña, con una gruesa y bondadosa cabeza, que parecía estar muy compenetrado con su dueño.
Miguel Strogoff y Nadia, en un instante, estuvieron instalados en la kibitka y el correo del Zar extendió sus manos como buscando las de Nicolás Pigassof.
-¡Aquí están mis manos, si quieres estrecharlas! -dijo Nicolás-. ¡Aquí están, padrecito! ¡Estréchalas todo lo que te plazca!
La kibitka reanudó la marcha. El caballo, al que Nicolás no golpeaba nunca, iba a paso de andadura. Si Miguel Strogoff no iba a ganar en rapidez, al menos le ahorraba a Nadia nuevas fatigas.
Era tal el estado de agotamiento de la joven que, al sentirse balanceada por el monótono movimiento de la kzbitka, cayó en una completa postración. Miguel Strogoff y Nicolás la acostaron sobre el follaje de abedul, acomodándola lo mejor que les fue posible.
El compasivo muchacho estaba profundamente conmovido por el estado de la joven, y si Miguel Strogoff no derramó ninguna lágrima fue porque la hoja del sable al rojo vivo le había quemado los lacrimales.
-Es muy linda -dijo Nicolás.
-Sí -respondió Miguel Strogoff.
-¡Quieren ser fuertes, padrecito, valientes, pero en el fondo, son tan frágiles estas muchachas! ¿Venís de muy lejos?
-Sí.
-¡Pobres! ¡Debieron de hacerte mucho daño, los tártaros, cuando te quemaron los ojos!
-Mucho daño -respondió el correo del Zar, volviéndose hacia Nicolás como si hubiera querido verle.
-¿No lloraste?
-Sí.
-¡Yo también hubiera llorado! ¡Pensar que ya no verás más a los seres queridos! ¡Claro que ellos te ven a ti! ¡Esto siempre puede ser un consuelo!
-Sí, puede serlo. Dime, amigo. ¿No me has visto tú en ninguna parte? –preguntó Miguel Strogoff.
-¿A ti, padrecito? No, jamás.
-Es que tu voz no me es desconocida.
-¡Veamos! -respondió Nicolás, sonriendo-. ¡Dices que conoces mi voz! ¡Puede que lo que quieras saber es de dónde vengo! ¡Pues yo te lo diré! Vengo de Kolyvan.
-¿De Kolyvan? -dijo Miguel Strogoff-. Entonces fue allí donde nos encontramos. ¿No estabas tú en la estación telegráfica?
-Puede ser -respondió Nicolás-, yo estaba allí. Era el encargado de transmitir los telegramas.
-¿Te quedaste hasta el último momento?
-¡Claro! ¡Es, sobre todo en esos momentos, cuando se debe estar!
-¿Estuviste el día en que un inglés y un francés se pelearon, dinero en mano, paraocupar el primer puesto de la ventanilla, y que el inglés transmitió los primeros versículos de la Biblia?
-Es posible, padrecito, pero no me acuerdo.
-¡Cómo! ¿No te acuerdas?
-Yo no leo nunca los telegramas que transmito. Mi deber es olvidarlos y, para ello, lo mejor es ignorarlos.
Esta respuesta de Nicolás Pigassof lo definía. Mientras tanto, la kibitka continuaba caminando a su aire lento, que Miguel Strogoff hubiera querido hacer más rápido, pero Nicolás y su caballo estaban acostumbrados a un ritmo de marcha que ni uno ni otro hubieran podido abandonar. El caballo andaba durante tres horas seguidas y descansaba una. Y así, noche y día. Durante los altos en el camino, el caballo pastaba y los viajeros comían en compañía del fiel Serko. El carruaje estaba aprovisionado por lo menos para veinte personas y Nicolás, generosaente, había puesto todas las reservas a disposición de sus dos huéspedes, a quienes consideraba como hermanos.
Después de una jornada de reposo, Nadia recobró en parte sus fuerzas. Nicolás velaba para que estuviera lo más cómoda posible. El viaje se hacía en unas condiciones soportables, lentamente, sin duda, pero con regularidad. Ocurría a menudo que, durante la noche, Nicolás se dormía y roncaba con tal convicción que ponía de manifiesto la tranquilidad de su conciencia. En aquellas ocasiones, si hubiera podido ver, hubiese visto las manos de Miguel Strogoff tomando las bridas del caballo y hacerle caminar a paso más rápido, con gran asombro de Serko que, sin embargo, no decía nada.
Después, cuando Nicolás se despertaba, el trote se convertía inmediatamente en el paso anterior, pero la kibitka ya había ganado al menos unas cuantas verstas sobre su velocidad reglamentaria.
De este modo atravesaron el río Ichimsk, los pueblos de Ichimskoe, Berlkylskoe, Kuskoe, el río Mariinsk, el pueblo del mismo nombre, Bogostowlskoe y, finalmente, el Tchula, pequeño río que separaba la Siberia occidental de la oriental. La ruta discurríatan pronto a través de inmensos paramos, que ofrecían un vasto horizonte a las miradas, como a través de interminables y tupidos bosques de abetos, de los que parecía que no iban a salir jamás.
Todo estaba desierto. Los pueblos habían quedado casi enteramente abandonados. Los campesinos huyeron más allá del Yenisei, confiando en que este gran río pudiera frenar el avance de los tártaros.
El 22 de agosto, la kibitka llegó al pueblo de Atchinsk, a trescientas ochenta verstas de Tomsk. Les separaban aún de Krasnoiarsk ciento veinte verstas. No se había presentado ningún incidente durante los seis días que viajaban los tres juntos, durante los cuales cada uno había conservado su actitud; uno siempre con su inalterable calma y los otros dos, inquietos, deseando que llegara el momento en que su compañero se separase de ellos.
Puede decirse que Miguel Strogoff veía el paisaje por el que atravesaban, por los ojos de Nicolás y Nadia. Ambos jóvenes se turnaban para explicarle los sitios por donde pasaba la kibitka y siempre sabía si estaban en medio de un bosque o en una planicie, si se veía alguna cabaña en la estepa, o si algún siberiano aparecía en el horizonte.
Nicolás no callaba ni un momento. Le gustaba conversar y, cualquiera que fuese su manera de ver las cosas, era agradable escucharle. Un día, Miguel Strogoff le preguntó qué tiempo hacía.
-Bastante bueno, padrecito -respondió-, pero son los últimos días de verano. El otoño es corto en Siberia y muy pronto sufriremos los primeros fríos del invierno. ¿Es posible que los tártaros piensen acantonarse durante la estación fría?
Miguel Strogoff movió la cabeza en señal de duda.
¿No lo crees, padrecito? -respondió Nicolás-. ¿Piensas que avanzarán hacia Irkutsk?
-Temo que así sea -respondió Miguel Strogoff.
-Sí… Tienes razón. Tienen con ellos un sujeto maldito que no les dejará que se enfríen por el camino. ¿Has oído hablar de Ivan Ogareff?
-Sí.
-¿Sabes que no está bien eso de traicionar a su patria?
-No… No está bien… -respondió Miguel Strogoff, que deseaba permanecer impasible.
-Padrecito -continuó Nicolás-, encuentro que te indignas bastante cuando hablo ante ti de Ivan Ogareff. ¡Tu corazón de ruso debe de saltar cuando se pronuncia ese nombre!
-Créeme, amigo, le odio yo más de lo que tú podrás odiarle nunca -dijo Miguel Strogoff.
-¡Eso no es posible! -respondió Nicolás-. ¡No, no es posible! ¡Cuando pienso en Ivan Ogareff, en el daño que ha hecho a nuestra santa Rusia, me domina la cólera, y si lo tuviera delante de mí.
-¿Qué harías … ?
-Yo creo que lo mataría.
-Estoy seguro -respondió tranquilamente Miguel Strogoff.

7. EL PASO DEL YENISEI
El 25 de agosto, a la caída de la tarde, la kibitka llegaba a la vista de Krasnoiarsk. El viaje desde Tomsk había durado ocho días y si no pudo hacerse más rápidamente, pese a los esfuerzos de Miguel Strogoff, era porque Nicolás había dormido poco. De ahí la imposibilidad de activar la marcha del caballo, el cual, guiado por otras manos, no hubiera tardado más de sesenta horas en hacer ese mismo recorrido. Afortunadamente, todavía no se veía ningún tártaro. Los exploradores no habían aparecido sobre la ruta que acababa de recorrer la kibitka, lo cual era bastante inexplicable. Evidentemente, era preciso que algo grave hubiera ocurrido para impedir que las tropas del Emir se lanzaran sin retardo sobre Irkutsk.
Esta circunstancia, efectivamente, se había producido. Un nuevo cuerpo de ejército ruso, reunido a toda prisa en el gobierno de Yeniseisk, había marchado sobre Tomsk con el fin de intentar recuperar la ciudad, pero eran unas fuerzas demasiado débiles para enfrentarse contra todas las fuerzas que el Emir tenía allí concentradas, y se habían visto obligados a batirse en retirada.
Féofar-Khan tenía bajo su mando, contando a sus propias tropas y las de los khanatos de Khokhand y de Kunduze, doscientos cincuenta mil hombres, a los que el gobierno ruso todavía no estaba en situación de oponer una resistencia eficiente. La invasión, pues, no parecía que iba a ser detenida de inmediato y toda aquella masa de tártaros podían marchar sobre Irkutsk.
La batalla de Tomsk había tenido lugar el 22 de agosto, lo cual ignoraba Miguel Strogoff y explicaba por qué la vanguardia del Emir no había aparecido todavía por Krasnoiarsk el día 25.
Pero, por otra parte, aunque Miguel Strogoff no podía conocer los últimos acontecimientos que se habían desarrollado después de su partida, al menos sabía que llevaba varios días de ventaja a los tártaros, por lo que no debía desesperar de llegar antes que ellos a Irkutsk, todavía distante unas ochocientas cincuenta verstas (900 kilómetros).
Además, confiaba que en Krasnolarsk, población que contaba con unos doce mil habitantes, no le iban a faltar los medios de transporte. Ya que Nicolás tenía que quedarse en esta ciudad, sería preciso reemplazarlo por un guía y sustituir la kibitka por otro vehículo más rápido.
Miguel Strogoff, después de dirigirse al gobernador de la ciudad y de haber establecido su identidad -cosa que no le sería difícil-, no dudaba de que éste pondría a su disposición los medios necesarios para llegar a Irkutsk lo más rápidamente posible. En ese caso, no tendría otro deber que dar las gracias al valiente Nicolás Pigassof y reanudar la marcha inmediatamente con Nadia, a la cual no quería dejar antes de haberla puesto en manos de su padre.
Sin embargo, si Nicolás había resuelto quedarse en Krasnoiarsk era a condición, como había dicho, de encontrar un empleo.
Efectivamente, este empleado modelo, después de haberse quedado en la estación telegráfica hasta el último momento, intentaba ponerse de nuevo a disposición de la Administración, repitiéndose a sí mismo que no quería tocar un sueldo que no hubiera antes ganado.
Así que, en caso de que sus servicios no fueran útiles en Krasnoiarsk, caso de que estuviera todavía en comunicación telegráfica con Irkutsk, se proponía desplazarse a la estación de Udinsk o, en caso preciso, hasta la misma capital de Siberia. En este caso, pues, continuaría el viaje con los dos hermanos, los cuales no podrían encontrar un guía más seguro ni un amigo más devoto.
La kibitka se encontraba ya solamente a una media versta de Krasnoiarsk y a derecha e izquierda se veían numerosas cruces de madera que se levantaban a ambos lados del camino en las proximidades de la ciudad.
Eran las siete de la tarde y sobre el claro del cielo se perfilaban las siluetas de las iglesias y de las casas construidas sobre la alta pendiente de las márgenes del Yenisei. Las aguas del río reflejaban las últimas luces del crepúsculo.
La kibitka se paró.
-¿Dónde estamos, hermana? -preguntó Miguel Strogoff.
-A una media versta de las primeras casas -respondió Nadia.
-¿Es ésta una ciudad dormida? -continuó Miguel Strogoff—–. No oigo ni un solo ruido.
-Y yo no veo brillar ni una sola luz en las sombras, ni una sola columna de humo elevarse en el aire -continuó Nadia.
-¡Singular ciudad! ¡No se oye ningún ruido y se acuesta temprano!
Miguel Strogoff tuvo un presentimiento de mal augurio. No había comunicado a Nadia las esperanzas que había depositado sobre Krasnolarsk, en donde esperaba encontrar los medios para proseguir con seguridad el viaje. ¡Temía tanto recibir, una vez más, una decepción! Pero Nadia había adivinado su pensamiento, aunque no comprendía del todo por qué su compañero tenía tanta prisa por llegar a Irkutsk, ahora que no tenía en su poder la carta imperial. Un día, hasta le había preguntado sobre este particular.
-He jurado ir a Irkutsk -se contentó responderle.
Pero, para cumplir su misión, aún tenía que encontrar un medio rápido de transporte en Krasnolarsk.
-Bien, amigo -dijo a Nicolás-. ¿Por qué no avanzamos?
-Es que temo despertar a los habitantes de la ciudad, con el ruido de mi carreta.
Y, con un ligero golpe de látigo, Nicolás estimuló a su caballo. Serko lanzó algunos ladridos y la kibitka recorrió al trote corto el camino que se adentraba en Krasnoiarsk. Diez minutos después entraban en la calle principal.
¡La ciudad estaba desierta! En aquella «Atenas del norte», como la ha llamado la señora Bourboulon, no había ni un solo ateniense; ni uno solo de sus carruajes, tan brillantemente enjaezados, recorría las calles espaciosas y limpias; ni un solo paseante andaba por las aceras, construidas en la base de las magníficas casas de madera, de aspecto monumental. Ni un solo siberiano, vestido a la última moda francesa, se paseaba por su admirable parque, levantado entre un bosque de abedules, que se extiende hasta la orilla del Yenisei. La gran campana de la catedral estaba muda; los esquilones de las demás iglesias guardaban silencio, siendo raro, sin embargo, que una ciudad rusa no esté llena del sonido de sus campanas. Esto era el abandono completo.
¡No había un solo ser viviente en esta ciudad, poco antes tan animada!
El último mensaje que habíase recibido del gabinete del Zar antes de la interrupción de las comunicaciones contenía la orden al gobernador, a la guarnición y habitantes, cualquiera que fuese su raza y condición, de abandonar Krasnoiarsk, llevándose consigo cualquier objeto que tuviera algún valor o que pudiera servir de alguna utilidad a los invasores, yendo a refugiarse a Irkutsk. Y la misma orden había sido transmitida a todos los pueblos de la provincia.
El gobierno moscovita quería dejar un desierto frente a los invasores. Estas órdenes, a lo Rostopschin, nadie soñó en discutirlas ni un solo instante, siendo ejecutadas inmediatamente, por lo que no había quedado ni un ser viviente en Krasnolarsk.
Miguel Strogoff, Nadia y Nicolás recorrieron silenciosamente las calles de la ciudad, experimentando una involuntaria sensación de estupor. Ellos solos producían los únicos ruidos que se dejaban oír en aquella ciudad muerta. Miguel Strogoff no dejaba traslucir los sentimientos que experimentaba en aquel instante; pero le fue imposible dominar un movimiento de rabia por la mala suerte que le perseguía, haciendo que fallasen una vez más sus esperanzas.
-¡Dios mío! -exclamó Nicolás-. ¡jamás ganaré mi sueldo en este desierto!
-Amigo -dijo Nadia-. Tendrás que reemprender la marcha con nosotros.
-Es preciso, realmente -respondió Nicolás-. El telégrafo debe de funcionar todavía entre Udinsk e Irkutsk, y allí… ¿Nos vamos, padrecito?
-Esperemos a mañana -le respondió Miguel Strogoff.
-Tienes razón -respondió Nicolás-. Hemos de atravesar el Yenisei y es preciso ver…
-¡Ver! -murmuró Nadia, pensando en su compañero ciego.
Nicolás, comprendiendo el sentido de la expresión de Nadia se volvió hacia Miguel Strogoff, diciéndole:
-Perdón, padrecito. ¡Ay! ¡Es verdad que para ti, la noche y el día son la misma cosa!
-No tienes nada que reprocharte, amigo -respondió Miguel Strogoff, pasando la mano por sus ojos-, porque teniéndote a ti de guía puedo valerme aún. Tómate algunas horas de descanso y que las aproveche también Nadia. ¡Mañana será otro día!
Miguel Strogoff, Nadia y Nicolás no tuvieron que buscar mucho tiempo para encontrar un sitio donde alojarse. Todas las puertas estaban abiertas, pero no encontraron más que algunos montones de follaje. A falta de otra cosa mejor, el caballo tuvo que contentarse con este escaso pienso. En cuanto a las provisiones de la kibitka, todavía no se habían agotado y cada uno tomó su ración. Después de haber dicho sus oraciones de rodillas, delante de un modesto icono de la Panaghia suspendida de la pared e iluminada por los últimos destellos de una lámpara, Nicolás y la joven se durmieron, mientras que Miguel Strogoff velaba porque no podía dormir.
Al día siguiente, 26 de agosto, antes del alba, la kibitka había sido atelada de nuevo y atravesaba el parque de abedules que conducía a la orilla del Yenisei.
Miguel Strogoff estaba muy preocupado. ¿Cómo se las apañarían para atravesar el río si, como era lo más probable, habían sido destruidos todos los transbordadores y todas las embarcaciones, con el fin de entorpecer la marcha de los tártaros? Él conocía el Yenisei, porque lo había franqueado ya varias veces, y sabía que su anchura es muy considerable y los rápidos son violentos en ese doble curso que ha abierto entre las islas.
En circunstancias normales, mediante transbordadores especialmente equipados para el transporte de viajeros, coches y caballos, el pasaje del Yenisei exige un lapso de tres horas y únicamente con grandes dificultades, los transbordadores alcanzan la orilla derecha. Ahora, en ausencia de toda clase de embarcación, ¿cómo podrá la kibitka llegar de una orilla a otra?
« ¡Pasaré como sea! », se repetía Miguel Strogoff.
Comenzaba a clarear el día cuando llegaron a la orilla izquierda del río, en el mismo sitio donde terminaba una de las grandes alamedas del parque. En aquel lugar, las márgenes dominaban el Yenisei a un centenar de pies por encima de su curso y, por tanto, se le podía observar en una vasta extensión.
-¿Veis alguna barca? -preguntó Miguel Strogoff, moviendo visiblemente sus ojos de un lado a otro, empujado, sin duda, por la mecánica de la costumbre, como si hubiera podido ver con ellos.
-Apenas es de día, hermano -dijo Nadia-. Sobre el río todavía hay una bruma espesa y aún no pueden distinguirse las aguas.
-Pero las oigo rugir -respondió Miguel Strogoff.
Efectivamente, de las capas inferiores de aquella niebla, salía un sordo tumulto de corrientes y contracorrientes que se entrechocaban. Las aguas, muy abundantes en esa época del año, debían de discurrir con la violencia de un torrente. Los tres se pusieron a escuchar, esperando a que desapareciera aquella cortina de brumas. El sol remontaba con rapidez el horizonte y sus primeros rayos no tardarían en disipar aquellos vapores.
-¿Bien? -preguntó Miguel Strogoff.
-Las brumas comienzan a disiparse, hermano, y la luz del día ya penetra en ellas.
-¿Todavía no ves el nivel de las aguas, hermana?
-Todavía no.
-Un poco de paciencia, padrecito –dijo Nicolás-. ¡Todo esto va a desaparecer! ¡Ya el viento empieza a soplar y comienza a disipar la niebla! Las colinas altas de la orilla derecha ya dejan ver sus hileras de árboles. ¡Todo se va! ¡Todo vuela! ¡Los hermosos rayos de sol han condensado este montón de brumas! ¡Ah, qué hermoso espectáculo, mi pobre ciego, y qué desgracia que no puedas contemplarlo!
-¿Ves alguna barca? -preguntó Miguel Strogoff.
-No veo ninguna -respondió Nicolás.
-¡Mira bien, amigo, tanto sobre esta orilla como sobre la opuesta, mira bien todo lo lejos que pueda alcanzar tu vista, un barco, un transbordador, una cáscara de nuez! Nicolás y Nadia se agarraron a los últimos árboles del acantilado, colgándose casi sobre el curso del río, pero abarcando, de esta forma,-un inmenso campo de acción para sus miradas. El Yenisei, en ese lugar, no mide menos de versta y media de ancho y forma dos brazos casi de las mismas dimensiones cada uno, por los que circula el agua con rapidez, y entre los cuales se levantan varias islas pobladas de sauces, olmos y álamos, semejando otros tantos buques verdes anclados en el río. Más allá se dibujaban las altas colinas de la orilla oriental, coronadas de bosques y cuyas cimas se empurpuraban ahora con las luces del día. Hacia arriba y hacia abajo, el Yenisei se escapaba hasta perderse de vista. Aquel admirable panorama ofrecíase a las miradas en un perímetro de cincuenta verstas.
Pero no había una sola embarcación, ni sobre la orilla izquierda ni sobre la derecha, ni en las márgenes de las islas. Ciertamente, si los tártaros no traían consigo el material necesario para construir un puente de barcos, su marcha hacia Irkutsk se vería frenada durante cierto tiempo, frente a esta barrera del Yenisei.
-Me acuerdo -le dijo entonces Miguel Strogoff-, que más arriba, junto a las últimas casas de Krasnoiarsk, hay un pequeño embarcadero que sirve de refugio a las barcas. Amigo, remontemos el curso del río y miráis si se han dejado olvidada alguna embarcación sobre la orilla.
Nicolás se lanzó hacia la dirección señalada y Nadia, llevando a Miguel Strogoff de la mano, lo guiaba a paso rápido. ¡Una barca, un bote lo suficientemente grande para transportar la kibitka, cualquier cosa, ya que si había llegado hasta aquí, no dudaría en intentar la travesía del río!
Veinte minutos después, los tres habían llegado al pequeño muelle del embarcadero, en donde las últimas casas llegaban casi al nivel de las aguas. Aquello parecía una especie de aldea situada por debajo de Krasnoiarsk.
Pero sobre la playa no había una sola embarcación, ni un bote en la estacada que servía de embarcadero, ni siquiera había el material necesario para construir una balsa que bastara para transportar tres personas.
Miguel Strogoff interrogó a Nicolás, pero el joven dio la descorazonadora respuesta de que la travesía del río le parecía absolutamente impracticable.
-¡Pasaremos! -respondió Miguel Strogoff.
Y continuaron buscando, registrando las casas próximas que estaban asentadas sobre la margen del río, abandonadas como todas las demás. No tenían otra cosa que hacer más que empujar la puerta, pero se trataba de cabañas de gente pobre, que estaban enteramente vacías. Nicolás registraba una y Nadia otra, y hasta el mismo Miguel Strogoff intentaba reconocer con el tacto cualquier objeto que pudiera serles de utilidad.
Nicolás y la joven, cada uno por su lado, habían registrado vanamente y se disponían a abandonar su búsqueda, cuando oyeron que les llamaban, alcanzando ambos la orilla y viendo a Miguel Strogoff que les esperaba en el umbral de una puerta.
-¡Venid! -les gritó.
Nicolás y Nadia se apresuraron a ir hacia él y seguidamente, entraron en la casa.
-¿Qué es esto? -preguntó Miguel Strogoff, tocando con la mano un montón de objetos que estaban arrinconados en la cabaña.
-Son odres -respondió Nicolás-, y hay, a fe mía, media docena.
-¿Están llenos?
-Sí, llenos de kumyss, y nos vienen a propósito para renovar nuestras provisiones.
El kumyss es una bebida elaborada con leche de yegua o de camello, revitalizante y hasta embriagadora, y Nicolás se felicitaba por haberla encontrado.
-Pon uno aparte y vacía todos los demás -le dijo Miguel Strogoff.
-Al instante, padrecito.
-He aquí lo que nos ayudará a atravesar el Yenisei.
-¿Y la balsa?
-Será la misma kibitka, que es bastante ligera para flotar. Además, la sostendremos con los odres, así como al caballo.
-¡Bien pensado! -dijo Nicolás-, Y con la ayuda de Dios, llegaremos a buen puerto… ¡Aunque no en línea recta, porque la corriente es rápida!
-¡Qué importa! -le respondió Miguel Strogoff-. Lo primero es pasar. Después ya encontraremos la ruta de Irkutsk en la otra parte del río.
-Manos a la obra –dijo Nicolás, que comenzó a vaciar los odres y a transportarlos hasta la kibitka.
Reservaron un odre lleno de kumyss y los otros, después de vaciados, llenos de aire de nuevo y cerrados cuidadosamente, los emplearon como flotadores. Dos de los odresfueron atados a los flancos del caballo destinados a sostener al animal en la superficie del agua y otros dos situados entre las barras y las ruedas, tenían por misión asegurar la línea de flotación de la caja, la cual se transformaba, de esta forma, en una balsa.
La operación quedó pronto terminada.
-¿No tendrás miedo, Nadia? -preguntó Miguel Strogoff.
-No, hermano -respondió la joven.
-¿Y tú, amigo?
-¿Yo? -gritó Nicolás-. ¡Por fin realizo uno de mis sueños: navegar en carreta!
La orilla del río, en aquel lugar, formaba una pendiente suave, favorable para el lanzamiento de la kibitka al agua. El caballo la arrastró hasta la misma orilla y pronto el aparejo flotaba sobre la superficie del río. Serko se echó al agua valientemente, siguiendo a nado a la carreta.
Los tres pasajeros, que se habían descalzado por precaución, se sostenían de pie
sobre la caja, pero gracias a los odres, el agua no les llegaba siquiera a los tobillos.
Miguel Strogoff llevaba las riendas del caballo y, según las indicaciones que le iba suministrando Nicolás, dirigía oblicuamente al animal, pero sin exigirle grandes esfuerzos, porque no quería hacerle luchar contra la corriente.
Mientras la kibitka siguió el curso de las aguas, todo fue bien y al cabo de varios minutos habían dejado atrás los barrios de Krasnolarsk, pero cuando empezaron a desviarse hacia el norte, se puso en evidencia que llegarían a la otra orilla muy alejados de la ciudad. Pero esto importaba poco.
La travesía del Yenisei se hubiera realizado, pues, sin grandes dificultades, hasta con aquel aparejo tan imperfecto, si la corriente hubiera sido regular. Pero, desgraciadamente, aquellas tumultuosas aguas estaban cruzadas en su superficie por muchos torbellinos y pronto la kibitka, pese al vigor que empleaba Miguel Strogoff para hacer que se desviara, fue irremisiblemente arrastrada hacia uno de aquellos vórtices.
El peligro se hizo mucho mayor porque la carreta ya no oblicuaba hacia la orilla oriental, sino que daba vueltas con extrema rapidez, inclinándose hacia el centro del torbellino como un jinete en la pista de un circo. Su velocidad era excesiva y el caballo apenas podía mantener la cabeza fuera de la superficie del agua, corriendo el peligro de morir ahogado. Serko se había visto obligado a subir a la kibitka para encontrar un punto de apoyo.
Miguel Strogoff comprendió lo que pasaba, al sentirse empujado siguiendo una línea circular que se estrechaba poco a poco y del que no podrían salir. No dijo ni una sola palabra, pero sus ojos hubieran querido ver el peligro para evitarlo más fácilmente…
¡Pero no podían ver!
Nadia estaba también callada. Sus manos, asidas con fuerza al vehículo, la sostenían contra los movimientos desordenados del aparato, el cual se inclinaba más y más hacia el centro del vórtice.
En cuanto a Nicolás, ¿es que no comprendía la gravedad de la situación? ¿Era flema, desprecio al peligro, coraje o indiferencia? ¿No tenía valor la vida para él y, siguiendo la expresión de los orientales, pensaba que era una «parada de cinco días» que de grado o por fuerza, hay que dejar al sexto? En cualquier caso, su risueño rostro no se nubló ni un instante.
La kibitka estaba, pues, atrapada por aquel torbellino y el caballo había llegado al final de sus fuerzas. De pronto, Miguel Strogoff, deshaciéndose de las ropas que podían molestarle, se lanzó al agua; después, empuñando las riendas con brazo vigoroso, le dio al caballo un impulso tal, que logró empujarlo fuera del radio de atracción, recuperando, enseguida, el curso de la rápida corriente, derivando de nuevo la kibitka con toda velocidad.
-¡Hurra! -gritó Nicolás.
Dos horas después de haber dejado el embarcadero, la kibitka había atravesado el primer brazo del río y alcanzaba la orilla de una isla, unas seis verstas más abajo de su punto de partida.
Allí, el caballo arrastró la carreta sobre tierra firme y dejaron que el valiente animal se tomara una hora de reposo. Después, atravesando la isla en toda su anchura, a cubierto de los hermosos abedules, la kibitka se encontró en el borde del otro brazo del río, algo más pequeño que el anterior.
Esta travesía resultó mucho más fácil porque ningún torbellino rompía el curso de las aguas en este segundo lecho, pero la corriente era tan rápida que no lograron alcanzar la orilla derecha más que después de un recorrido de cinco verstas. Se habían desviado, pues, un total de once verstas.
Estos grandes cursos de agua del territorio siberiano, sobre los cuales todavía no se ha levantado ningún puente, son los más serios obstáculos con que se enfrentan las comunicaciones. Todos ellos habían sido más o menos funestos para Miguel Strogoff.
Sobre el Irtyche, el transbordador que le conducía con Nadia había sido atacado por los tártaros. En el Obi, después de morir su caballo, herido por una bala, había podido escapar de milagro de los jinetes que le perseguían. En definitiva, el paso del Yenisei era todavía el que se había realizado con mayor fortuna.
-¡Esto no hubiera sido tan divertido -exclamó Nicolás, cuando ya se encontraban sobre la orilla derecha del río-, si no hubiese sido tan difícil!
-Lo que para nosotros no ha sido más que difícil, puede que sea imposible para los tártaros.

8. UNA LIEBRE ATRAVIESA EL CAMINO
Miguel Strogoff podía, al fin, creer que la ruta hacia Irkutsk estaba libre. Se había adelantado a los tártaros, retenidos en Tomsk, y cuando los soldados del Emir llegaran a Krasnoiarsk, sólo encontrarían una ciudad totalmente abandonada y sin ningún medio de comunicación inmediato entre las dos orillas del Yenisei, lo que retardaría unos días más su partida, hasta que montasen un puente de barcas, lo cual era difícil, lento y laborioso.
Por primera vez desde su funesto encuentro con Ivan Ogareff en Ichim, el correo del Zar se sentía menos inquieto y podía esperar que ya no surgieran nuevos obstáculos hasta el final del viaje.
La kibtika, después de circular oblicuamente hacia el sur durante una quincena de verstas, encontró y volvió a tomar el largo camino abierto en la estepa. La ruta era buena y esta parte entre Krasnoiarsk e Irkutsk, se considera como la mejor de todo su recorrido. En ella hay menos baches y los viajeros disfrutan de las extensas sombras que les protegen de los ardientes rayos del sol, gracias a los bosques de pinos y de cedros que algunas veces cubren su recorrido por espacio de cien verstas. Ésta no es la inmensa estepa cuya línea circular se confunde en el horizonte con el cielo. Tan rico país estaba ahora vacío, y con todos sus pueblos abandonados.
No se veía ni un solo campesino siberiano, entre los cuales predomina la raza eslava. Era un desierto; como se sabe, un desierto por orden superior. El tiempo era bueno, y el aire ya era fresco durante las noches, que se hacía más cálido, pero ya con muchas dificultades, bajo los rayos del sol. Efectivamente, llegaban los primeros días de septiembre y en esta región, de latitud elevada, el arco descrito por el sol se acorta visiblemente en el horizonte. El otoño es de poca duración, pese a que esta porción del territorio siberiano no está situada más que por encima del paralelo cincuenta y cinco, que es el mismo de Edimburgo y de Copenhague. Algunos años, el invierno sucedía inopinadamente al verano y estos duros inviernos de la Rusia asiática (en los que el termómetro baja hasta la temperatura de congelación del mercurio) son tan rigurosos, que por aquellos lugares se considera una temperatura soportable la que marca alrededor de los veinte grados centígrados bajo cero.
El tiempo favorecía, pues, a los viajeros. No había tormentas ni lluvias. El calor era moderado y las noches frescas. La salud de Nadia y de Miguel Strogoff era perfecta y, desde que habían dejado Tomsk, iban recuperándose poco apoco de sus fatigas pasadas.
En cuanto a Nicolas Pigassof, jamás se había encontrado mejor. Para él aquello era un paseo más que un viaje; una excursión agradable en la que empleaba sus vacaciones de funcionario sin destino.
«¡Decididamente -se decía- esto es mucho mejor que permanecer doce horas diarias sentado en una silla manejando el transmisor! »
Mientras tanto, Miguel Strogoff había conseguido de Nicolás que imprimiera un paso más rápido a su caballo. Para hacerle llegar a este resultado, le había contado que Nadia y él iban a reunirse con su padre, exiliado en Irkutsk, y que tenían grandes deseos de llegar. Ciertamente, era preciso no cansar al caballo, porque lo más probable era que no encontrasen otro con que cambiarlo; pero dejándole descansar frecuentemente -por ejemplo, cada quince verstas-, podrían tranquilamente franquea sesenta verstas cada veinticuatro horas. Además, el caballo era vigoroso y, por su misma raza, muy apto para soportar grandes fatigas, y como el rico pasto no le faltaría a lo largo de toda la ruta, porque la hierba era abundante y buena, había la posibilidad de pedirle un mayor rendimiento en su trabajo.
Nicolás se rindió ante estas razones. Se había sentido emocionado por la situación de aquellos dos jóvenes, que iban a compartir el exilio de su padre. Lo encontraba tan patético que, con aquella sonrisa tan suya, dijo a Nadia:
-¡Bondad divina! ¡Qué alegría tendrá el señor Korpanoff cuando sus ojos os contemplen y cuando sus brazos se abran para recibiros! ¡Si llego hasta Irkutsk, lo cual me parece ya lo más probable, me prometéis que estaré presente en esta entrevista! ¿No es así?
Después, dándose un golpe en la frente, continúo:
-¡Pero, ahora que pienso, qué dolor experimentará también cuando vea que su hijo mayor está ciego! ¡Ah! ¡Está todo bien complicado en este mundo!
Como consecuencia de todo esto, el resultado fue que la kibitka marchaba con mayor velocidad y, cumpliéndose los cálculos de Miguel Strogoff, recorrían de diez a doce verstas por hora.
Merced a esto, el 28 de agosto los viajeros pasaban por el poblado de Balaisk, a ochenta verstas de Krasnoiarsk, y el 29, por el de Ribinsk, a cuarenta verstas de Balaisk.
Al día siguiente, treinta y cinco verstas más allá, llegaban a Kamsk, población ya mucho más importante, bañada por el río que lleva su mismo nombre, pequeño afluente del Yenisei que desciende de los montes Sayansk. Kamsk, sin embargo, no es una gran ciudad, pero sí un pueblo importante cuyas casas de madera están pintorescamente agrupadas alrededor de una plaza, dominada por el alto campanario de su catedral, cuya cruz dorada resplandece bajo los rayos del sol.
Casas vacías, e iglesia desierta. Ni una parada, ni un albergue habitado, ni un caballo en las cuadras, ni un animal doméstico suelto por la estepa. Las órdenes del gobierno moscovita eran ejecutadas con absoluto rigor. Todo aquello que no había podido ser transportado, fue destruido.
A la salida de Kamsk, Miguel Strogoff hizo saber a Nicolás y Nadia que sólo encontrarían una pequeña ciudad de cierta importancia, Nijni-Udinsk, antes de llegar a Irkutsk. Nicolás respondió que ya lo sabía, tanto más cuanto que esta pequeña ciudad contaba con una estación telegráfica. Por eso, s, Nijni-Udinsk estaba abandonada como Kamsk, no tendría más remedio que buscar trabajo en la capital de Siberia oriental.
La kibitka pudo vadear, sin demasiada dificultad, el pequeño río que corta la ruta más allá de Kamsk y entre el Yenisei y uno de sus grandes tributarios, el Angara, que riega Irkutsk, ya no había que temer el obstáculo de ningún gran curso de agua, más que, tal vez, el Dinka. El viaje, pues, no podía experimentar retrasos por parte alguna. Desde Kamsk al poblado más próximo, la etapa era muy larga, alrededor de ciento treinta verstas.
No es preciso decir que las paradas reglamentarias se cumplieron religiosamente, «sin lo cual -decía Nicolás-, el caballo hubiera reclamado justamente». Habían convenido que este resistente animal descansaría cada quince verstas y en todos los contratos, aunque sea con bestias, deben observarse sus cláusulas. Después de haber franqueado el pequeño río Biriusa, la kibitka llegaba a Biriusinsk, en la mañana del 4 de septiembre.
Allí, afortunadamente, Nicolás, que veía disminuir las provisiones, tuvo la suerte deencontrar un horno abandonado con una docena de pogatchas, especie de bollos preparados con grasa de carnero, y una gran cantidad de arroz cocido en agua. Estas provisiones uniéronse a la reserva de kumyss encontrada en Krasniarsk y con ellas la kibitka estaba suficientemente aprovisionada.
Después de un alto conveniente, reemprendieron la ruta al mediodía del 5 de septiembre. La distancia hasta Irkutsk ya no era más que de quinientas verstas y nada señalaba detrás de ellos la llegada de la vanguardia tártara. Miguel Strogoff pensó, con fundamento, que en lo sucesivo ya no encontraría más obstáculos en su viaje y que, con ocho días más, estarla en presencia del Gran Duque.
A la salida de Biriusinsk, una liebre atravesó el camino, treinta pasos delante de la carreta.
-¡Ah! -dijo Nicolás.
-¿Qué tienes, amigo? -preguntó Miguel Strogoff, como ciego al que el menor ruido pone en guardia.
-¿No has visto … ? -dijo Nicolás, cuyo sonriente rostro se había ensombrecido súbitamente.
Después, continuó:
-¡Ah, no! ¡No has podido verlo y eso es una suerte para ti, padrecito!
-Yo tampoco he visto nada -dijo Nadia.
-¡Tanto mejor, tanto mejor! ¡Pero yo… yo sí lo he visto!
-¿Pero qué es lo que has visto? -preguntó Miguel Strogoff.
-¡Una liebre que acaba de cruzarse en nuestro camino! -respondió Nicolás.
En Rusia, cuando una liebre cruza la ruta de un viajero, la superstición popular ve en ello la señal de una desgracia próxima.
Miguel Strogoff comprendió la agitación de su compañero, aunque él no compartía de ninguna manera esta credulidad respecto a las desgracias que podían acarrear las liebres cruzadas en el camino, por lo que intentó tranquilizarle diciéndole:
-No hay nada que temer, amigo.
-¡Nada para ti y para ella, ya lo sé, padrecito, pero sí para mí! -respondió Nicolás, continuando-: ¡Es el destino!
Y volvió a poner al trote a su caballo. Sin embargo, a despecho de tan malos augurios, la jornada transcurrió sin ningún incidente.
Al día siguiente, 6 de septiembre, al mediodía, la kibitka hizo alto en el poblado deAlsalevsk, tan desierto como toda la comarca de su alrededor. Allí, en el suelo de una de las casas, Nadia encontró dos de esos cuchillos de hoja sólida que sirven a los cazadores siberianos, y dio uno a Miguel Strogoff, guardándose el otro para ella, escondiéndolo entre sus vestiduras.
La kibitka se encontraba sólo a unas setenta y cinco verstas de Nijni-Udinsk.Nicolás, durante estas dos jornadas, no pudo recuperar su buen humor habitual. El mal presagio le había afectado mucho más de lo que podía creerse, porque él, que hasta entonces no había podido permanecer callado ni una hora, se encerraba a menudo en un mutismo del que Nadia le sacaba con grandes esfuerzos. Estos síntomas eran, verdaderamente, los de un espíritu muy apesadumbrado, lo cual se explica cuando se trata de hombres pertenecientes a las razas del norte, cuyos supersticiosos antepasados habían sido los fundadores de la mitología septentrional.
A partir de Ekaterinburgo, la ruta de Irkutsk sigue casi paralelamente al grado de latitud cincuenta y cinco, pero al salir de Biriusinsk se inclina francamente hacia el sudeste, cortando a través el meridiano cien, toma el camino más corto para llegar a la capital de Siberia oriental, atravesando las últimas estribaciones de los montes Sayansk, los cuales no son más que una derivación de la gran cordillera Altai, visible a una distancia de doscientas verstas.
La kibitka corría sobre esta ruta. ¡Sí, corría! Lo cual manifestaba la prisa que tenía Nicolás por llegar, ya que no evitaba el cansar a su caballo. Con toda su resignación fatalista, no se creería seguro hasta encontrarse tras las murallas de Irkutsk. Muchos rusos hubieran pensado como él y más de uno, tirando de las riendas de su caballo, lo hubiera hecho volver atrás después del paso de la liebre por su misma ruta. Sin embargo, algunas observaciones que hizo Nicolás, cuya exactitud comprobó Nadia, transmitiéndoselas a Miguel Strogoff, hacían temer que sus dificultades no habían terminado aún.
Efectivamente, el territorio atravesado desde Krasnoiarsk había sido respetado y sus condiciones naturales estaban intactas, pero ahora los bosques tenían señales de fuego de hierro y las praderas que se extendían a los costados de la ruta estaban devastadas, todo lo cual evidenciaba que un considerable ejército había pasado por allí.
Treinta verstas antes de llegar a Nijni-Udinsk, los indicios de la devastación reciente no podían ser más claros y era imposible atribuirlos a otros que no fueran los tártaros. No solamente los campos estaban hollados por los cascos de los caballos, sino que los bosques se veían talados a golpe de hacha y las casas esparcidas a lo largo del camino no solamente estaban vacías, sino que unas aparecían demolidas en parte y otras medio incendiadas y en sus paredes podía verse el impacto de las balas.
Se concibe cuáles serían las inquietudes de Miguel Strogoff. No cabía duda de que algún cuerpo de ejército tártaro había atravesado esta parte de la ruta y, sin embargo, era imposible que fuesen soldados del Emir, porque no habrían podido adelantarse a él sin que los hubiera localizado. Pero, entonces ¿quiénes eran estos nuevos invasores y a través de qué camino perdido en la estepa habían alcanzado la ruta de Irkutsk? ¿A qué nuevos enemigos iba a enfrentarse el correo del Zar?
Miguel Strogoff no comunicó sus temores a Nicolás ni a Nadia para no inquietarles. Estaba resuelto a continuar su ruta, mientras un obstáculo infranqueable no les detuviera. Más tarde ya vería qué es lo que convenía hacer. Durante la jornada siguiente, el paso reciente de un contingente importante de jinetes e infantes se hacía cada vez más manifiesto. Unas humaredas se levantaban por encima del horizonte. La kibitka iba con toda precaución porque algunas casas de los pueblos abandonados ardían todavía y el incendio no parecía haber sido provocado más de veinticuatro horas antes.
En la jornada del 8 de septiembre, la kzbitka se paró y el caballo se negaba a seguir adelante. Serko ladraba escandalosamente.
-¿Qué ocurre? -preguntó Miguel Strogoff.
-¡Un cadáver! -respondió Nicolás, lanzándose fuera de la carreta.
Era el cadáver de un mujik, horriblemente mutilado y frío ya. Nicolás se santiguó y después, ayudado por Miguel Strogoff, trasladaron el cadáver a un lado de la carretera. Hubieran querido darle sepultura decente, enterrarlo profundamente con el fin de que los animales carnívoros de la estepa no pudieran devorar sus miserables restos, pero Miguel Strogoff no quiso perder tiempo.
-¡Partamos, amigo, partamos! -exclamó-. ¡No podemos perder ni una sola hora!
Y la kibitka reanudó su marcha. Además, si Nicolás hubiese querido rendir el postrer tributo a todos los cadáveres que iban a encontrar a partir de entonces sobre la gran ruta siberiana, no le hubiera sido posible hacerlo. En las proximidades de Nijni-Udinsk, fueron por veintenas los cuerpos sin vida extendidos sobre el suelo.
Era preciso, por lo tanto, continuar su camino hasta el momento en que fuera manifiestamente imposible no caer en manos de los invasores.
El itinerario, pues, no fue modificado y pudieron ver cómo la devastación y las ruinas se acumulaban en cada pueblo. Todas estas aldeas, cuyos nombres indican que han sido fundadas por exiliados polacos, eran víctimas de horribles pillajes e incendios.
La sangre de las víctimas aún chorreaba, pero no podía saberse en qué condiciones se habían desarrollado aquellos lamentables acontecimientos, porque no quedaba un solo ser vivo para contarlo.
Aquel día, hacia las cuatro de la tarde, Nicolás señaló hacia el horizonte los altos campanarios de las iglesias de Nijni-Udinsk, que estaban coronados por altas columnas de vapor, que no eran precisamente nubes.
Nicolás y Nadia miraban y comunicaban a Miguel Strogoff el resultado de sus observaciones. Era preciso tomar una decisión. Si la ciudad estaba abandonada, podían atravesarla sin riesgo, pero si por alguna causa inexplicable estaba ocupada por los tártaros, se imponía un rodeo al precio que fuera.
-Avancemos con prudencia -dijo Miguel Strogoff-, pero avancemos.
Recorrieron todavía una versta.
-¡No son nubes, son humaredas! -gritó Nadia- ¡Hermano, han incendiado la ciudad! Efectivamente, el incendio era demasiado visible. Las llamaradas aparecían entre vapores de humo y los torbellinos de fuego se hacían cada vez más espesos al elevarse hacia el cielo. Sin embargo, no se veían fugitivos. Era probable que los incendiarios encontrasen la ciudad abandonada y la estaban incendiando. Pero ¿se trataba de tropas tártaras? ¿Serían rusos que obedecían las órdenes del Gran Duque? ¿Había querido el Gobierno del Zar que desde Krasnoiarsk y el Yenisei ninguna ciudad ni pueblo pudiera ofrecer cobijo a los invasores? En lo que concernía a Miguel Strogoff, ¿qué debía hacer, detenerse o continuar la ruta?
Estaba indeciso pero, no obstante, después de haber sopesado los pros y los contras, pensó que cualesquiera que fuesen las fatigas de un viaje, por la estepa, sin un camino trazado, era preferible que arriesgarse a caer por segunda vez en manos de los tártaros. Iba, pues, a proponer a Nicolás abandonar la gran ruta y, si no era absolutamente preciso, no recuperarla hasta haber franqueado Nijni-Udinsk, cuando se oyó un disparo, proveniente de la derecha. Silbó una bala y el caballo, herido en la cabeza, cayó muerto.
En el mismo instante, una docena de jinetes se lanzaron al galope por la ruta, rodearon la carreta y Miguel Strogoff, Nadia y Nicolás, sin que tuvieran tiempo de darse cuenta de lo que pasaba, fueron hechos prisioneros y conducidos rápidamente hacia Nijni-Udinsk.
Miguel Strogoff, pese a este inesperado ataque, no había perdido su sangre fría. No pudiendo ver a sus enemigos, tampoco podía soñar en defenderse, pero aunque hubiese podido usar sus ojos, no lo hubiera intentado, porque significaba ir hacia una muerte cierta. Pero, si no veía, oía, o podía escuchar lo que decían los soldados y comprenderlos.
Efectivamente, por la lengua en que hablaban, reconoció que eran tártaros y, según sus palabras, procedían del ejército de invasores. Lo que Miguel Strogoff supo, tanto por la conversación que mantenían en aquel momento ante él, como por los fragmentos de frases que pudo captar más tarde, era que estos soldados no estaban directamente bajo las órdenes del Emir, detenido más allá del Yenisei, sino que formaban parte de una tercera columna, especialmente compuesta por tártaros de los khanatos de Khokhand y de Kunduze, con la cual el ejército de Féofar-Khan debía reunirse en los alrededores de Irkutsk.
Por consejo de Ivan Ogareff, y con el fin de asegurar el éxito de la invasión en las provincias del este, esta columna, después de haber franqueado la frontera del gobierno de Semipalatinsk y pasando por el sur del lago Balkach, había costeado la base de los montes Altai. Saqueando y asolando, bajo el mando de un oficial del khanato de Kunduze, había llegado al curso alto del Yenisei. Allí, previendo la orden que el Zar diera a Krasnolarsk, para facilitar la travesía del río a las tropas del Emir, este oficial había lanzado a la corriente del Yenisei una flotilla que, bien como embarcaciones o bien como material para un puente, permitirían a Féofar-Khan lanzarse sobre la ruta de Irkutsk en la margen derecha del río.
Después, esta tercera columna había descendido hasta el valle del Yenisei, siguiendo la falda de las montañas, y volvió a alcanzar la ruta a la altura de Alsalevsk. De ahí que, a partir de esta pequeña ciudad, se acumulasen aquella espantosa cantidad de ruinas que era el telón de fondo de todas las guerras de los tártaros.
Nijni-Udinsk acababa de sufrir la suerte común y aquella columna de cincuenta mil tártaros la había ya abandonado para ir a tomar posiciones frente a Irkutsk. El ejército del Emir no debería tardar en darles alcance.
Tal era, por esas fechas, la grave situación frente a la que se encontraba esta parte de la Siberia oriental, completamente aislada, y los defensores de su capital, relativamente poco numerosos.
Esto fue, pues, lo que averiguó Miguel Strogoff: la llegada frente a Irkutsk de una tercera columna de invasores y su próxima reunión con las tropas del Emir y de Ivan Ogareff. Por consiguiente, el asedio de Irkutsk y, seguidamente, su rendición, no era más que cuestión de tiempo, quizá de un corto plazo.
Se comprende los graves pensamientos que asaltaban a Miguel Strogoff, el cual desistiría de su empeño si a lo largo de tantas vicisitudes hubiera perdido todo su coraje y todas sus esperanzas. Pero nada de eso había ocurrido, sino que sus labios no murmuraron otra palabra que la siguiente:
-¡Llegaré!
Media hora después del ataque de los jinetes tártaros, Miguel Strogoff, Nicolás y Nadia entraban en Nijni-Udinsk. El fiel perro les seguía de lejos. Pero los tres prisioneros no debían permanecer en esta ciudad, que estaba en llamas y abandonada por todos sus moradores.
Fueron obligados a montar sobre caballos y conducidos con rapidez; Nicolás, resignado como siempre; Nadia, siempre con la confianza puesta en Miguel Strogoff y éste, aparentemente indiferente, pero presto a aprovechar la primera ocasión que se presentara para escapar.
Los tártaros se habían dado cuenta de que uno de los prisioneros era ciego y s natural barbarie les sugirió la idea de burlarse del desafortunado. Para ello iban a todo galope, pero como el caballo de Miguel Strogoff no iba guiado por nadie más que por él, iba al albur, haciendo falsos movimientos que llevaban el desorden al destacamento, prodigando contra el correo del Zar injurias y brutalidades que herían el corazón de la joven y llenaban de indignación a Nicolás. Pero nada podían hacer, porque no hablaban la lengua tártara y, además, cualquier intervención suya hubiera sido brutalmente reprimida.
Esos soldados, pronto encontraron un refinamiento para su crueldad y tuvieron la idea de cambiar el caballo de Miguel Strogoff por otro que estuviera ciego. La excusa para el cambio la dieron las palabras de uno de los jinetes, al cual Miguel Strogoff había oído decir:
-¡Puede que no esté ciego, este ruso!
Esto sucedía a sesenta verstas de Nijni-Udinsk, entre los pueblos de Tatán y Chibarlinskos.
Montaron, pues, a Miguel Strogoff sobre otro caballo y poniendo irónicamente las riendas en sus manos, excitaron al caballo a golpes de látigo, pedradas y gritos hasta que le lanzaron al galope.
El animal, no pudiendo ver porque estaba ciego como su jinete, al no ser mantenido en línea recta, tan pronto tropezaba contra un árbol como se lanzaba fuera de la ruta, pudiendo producirse un choque o una caída que tuviera funestas consecuencias.
Miguel Strogoff no protestaba ni dejó escapar una sola queja. Su caballo se cayó y esperó tranquilamente a que vinieran a volverlo a montar. Efectivamente, le pusieron en la silla, continuando aquel juego sangriento.
Nicolás, ante aquellos malos tratos, no pudo contenerse y quiso correr en socorro de su compañero, pero fue detenido brutalmente.
El juego se hubiera prolongado por largo tiempo, con gran jolgorio de los tártaros, si un accidente más grave no le hubiera puesto fin.
En cierto momento, en la jornada del 10 de septiembre, el caballo ciego se desbocó y corrió derecho hacia un precipicio, de una profundidad de treinta a cuarenta pies, que bordeaba la ruta.
Nicolás quiso lanzarse en su seguimiento, pero fue detenido. El caballo iba sin guía y se precipitó en el barranco con su jinete.
Nadia y Nicolás dieron un grito de espanto… Debieron de creer que su desgraciado compañero se había destrozado en la caída.
Cuando acudieron a levantarle, Miguel Strogoff pudo ponerse de pie sin ninguna herida, pero el desafortunado caballo se había roto dos piernas y estaba fuera de servicio.
Los tártaros lo dejaron morir allí mismo, sin siquiera darle el tiro de gracia. Miguel Strogoff fue atado a la silla de uno de los jinetes, teniendo que seguir a pie al destacamento.
¡Aun así, no salió de sus labios una sola queja ni una protesta! Marchó con paso rápido, casi sin notar los tirones de la cuerda que le sujetaba al caballo. Era siempre el «hombre de hierro» del que el general Kissof había hablado al Zar.
Al día siguiente, 11 de septiembre, el destacamento franqueaba la población de Chibarlinskoe.
Entonces se produjo un incidente que debía traer graves consecuencias. Había llegado ya la noche y los jinetes tártaros, habiendo hecho un alto, bebieron bastante encontrándose más o menos borrachos cuando fueron a reanudar la marcha.
Nadia, que hasta entonces y como por un milagro, había sido respetada por los soldados tártaros, fue insultada de pronto y sin que mediara ninguna palabra por uno de ellos.
Miguel Strogoff no había podido ver ni oír nada, pero Nicolás vio todos los pormenores.
Entonces, con toda la tranquilidad que le caracterizaba y sin haber reflexionado el alcance de su acción, Nicolás fue derecho hacia el soldado y, antes de que éste pudiera hacer ningún movimiento para detenerlo, se apoderó de una pistola que llevaba en las cartucheras de la silla y la descargó a bocajarro contra el soldado que acababa de insultar a la joven.
Al ruido de la detonación, el oficial que mandaba el destacamento se apresuró a acudir enseguida.
Los jinetes iban a hacer pedazos al desgraciado Nicolás, pero entre ellos y la víctima se interpuso el oficial, el cual dio orden de que se le agarrotase. Así lo hicieron y, poniéndole atravesado sobre su caballo partió al destacamento al galope.
La cuerda que ataba a Miguel Strogoff había sido roída por él y, al recibir el inesperado tirón que dio el caballo tártaro, guiado por un jinete medio borracho, se rompió, sin que el soldado lanzado a una rápida carrera, se diera cuenta.
Miguel Strogoff y Nadia se encontraron solos en medio de la ruta.

9. EN LA ESTEPA
Miguel Strogoff y Nadia estaban, pues, libres y solos una vez más, como lo estuvieron durante el trayecto desde Perm hasta las orillas del Irtyche. ¡Pero cómo habían cambiado las condiciones del viaje! Entonces, una confortable tarenta con sus caballos frecuentemente cambiados y abundantes paradas de posta bien surtidas les aseguraban la rapidez del viaje. Ahora iban a pie y ante toda imposibilidad de procurarse medios de locomoción, sin recursos e ignorando de qué modo podrían subvenir a sus más elementales necesidades. ¡Y todavía les quedaban cuatrocientas verstas de viaje! Además, Miguel Strogoff no veía más que a través de los ojos de Nadia.
En cuanto a ese amigo que les había dado el destino, acababan de perderle en las más funestas circunstancias.
Miguel Strogoff se había dejado caer sobre uno de los lados del camino y Nadia, de pie, esperaba una palabra de él para reemprender la marcha.
Eran las diez de la noche y hacía tres horas y media que el sol se había ocultado tras el horizonte. No había a la vista ni una casa, ni una choza. Los últimos tártaros se perdían ya en la lejanía. Miguel Strogoff y Nadia estaban, pues, absolutamente solos.
-¿Qué harán con nuestro amigo? -gritó la joven-. ¡Pobre Nicolás! ¡Nuestro encuentro le ha sido fatal!
Miguel Strogoff no respondió.
-Miguel -continuó Nadia-. ¿No sabes que te ha defendido cuando se burlaban de ti los tártaros, y arriesgó su vida por mí?
Miguel Strogoff permanecía callado, inmóvil, con la cabeza apoyada sobre las manos.
¿En qué pensaba? ¿Aunque no le respondía, había oído las palabras de la joven?
Sí, las había oído, puesto que cuando Nadia dijo:
-¿Adónde he de llevarte, Miguel?
-¡A Irkutsk! -respondió.
-¿Por la gran ruta?
-Sí, Nadia.
Miguel Strogoff seguía siendo el hombre que había jurado llegar hasta el final de su viaje. Seguir la gran ruta era ir por el camino más corto. Si la vanguardia de Féofar-Khan aparecía, tendría tiempo de lanzarse a través de la estepa.
Nadia tomó la mano de Miguel Strogoff y emprendieron el camino.
Al día siguiente por la mañana, 12 de septiembre, hacían una corta parada los dos jóvenes, veinte verstas más lejos del lugar de los recientes sucesos en el pueblo de Tulunovskoe. La villa estaba incendiada y desierta.
Durante toda la noche, Nadia intentó encontrar el cadáver de Nicolás, por si acaso había sido abandonado sobre la ruta, pero fue en vano que buscase entre los cadáveres que encontraban por el camino, porque su desafortunado amigo no apareció.
¿No le tendrían reservado aquellos bárbaros algún cruel suplicio cuando llegasen a Irkutsk?
Nadia se encontraba agotada por el hambre, así como su compañero, pero tuvo la buena suerte de encontrar, en una casa de la villa, una cierta cantidad de carne seca y de sukbaris, pedazos de pan que, secos por la evaporación pueden conservar indefinidamente sus cualidades nutritivas. Miguel Strogoff y la joven cargaron con todo lo que podían transportar, asegurando así la comida para varias jornadas y, en cuanto al agua, no tenían por qué preocuparse en aquellas comarcas regadas por mil pequeños afluentes del Angara.
Se pusieron otra vez en camino. Miguel Strogoff iba siempre a paso regular, regulado por el paso lento de su compañera. Nadia, no queriendo quedarse atrás, forzaba su marcha. Afortunadamente, su compañero no podía ver el estado miserable en que se encontraba reducida.
Sin embargo, Miguel Strogoff lo presentía.
-Estás al cabo de tus fuerzas, mi pobre niña -le decía de vez en cuando.
-No -respondía ella.
-Cuando ya no puedas más, yo te llevaré, Nadia.
-Sí, Miguel.
Durante aquel día fue preciso atravesar el Oka, pero su curso era vadeable y no ofrecía ninguna dificultad.
El cielo estaba encapotado y la temperatura era soportable; pero era de temer que lloviese, lo cual hubiera aumentado sus miserias.
Efectivamente, cayeron algunos chaparrones, pero por fortuna fueron de poca duración.
Caminaban siempre igual, cogidos de la mano y hablando poco. Se detenían dos veces al día y reposaban durante seis horas por la noche. En unas cabañas abandonadas, Nadia encontró algunos pedazos más de esa carne seca, tan abundante en el país, que no cuesta más que a dos kopeks y medio la libra.
Pero contrariamente a lo que podía ser la esperanza de Miguel Strogoff, no había una sola bestia de carga en toda la comarca. Los caballos y camellos fueron muertos o transportados a otros lugares. No tenían más remedio que continuar a pie la travesía de esta interminable estepa.
Las huellas de la tercera columna tártara que se dirigía hacia Irkutsk eran bien visibles. Aquí un caballo muerto, allá un carruaje abandonado. Los cadáveres de los desdichados siberianos iban jalonando también la ruta, principalmente a la entrada y salida de las poblaciones. Nadia, dominando su repugnancia, revisaba todos los cadáveres.
Pero, en suma, el peligro no estaba delante, sino atrás. La vanguardia del más importante ejercito del Emir, mandado por Ivan Ogareff, podía hacer de un momento a otro. Las barcas transportadas al Yenisei inferior debían de haber llegado ya a Krasnoiarsk y habrían servido para atravesar rápidamente el río. El camino, a partir de allí, estaba ya libre para los invasores, porque ningún cuerpo de ejército ruso podía barrerlos entre Krasnoiarsk y el lago Baikal. Miguel Strogoff, pues, esperaba la llegada de los exploradores tártaros.
Nadia, en cada parada, subía a algún promontorio o a cualquier sitio elevado y miraba atentamente hacia el oeste, pero ninguna nube de polvo señalaba todavía la aparición de tropas a caballo.
Después, reanudaban la marcha y cuando Miguel Strogoff notaba que era él quien arrastraba a Nadia, hacía más lento su paso. Hablaban poco y únicamente Nicolás era el objeto de sus conversaciones. La joven recordaba todo lo que había significado para ellos aquel compañero de unos días.
Cuando le respondía, Miguel Strogoff intentaba dar a Nadia alguna esperanza, de la que no había trazas en sí mismo, porque sabía perfectamente que el infortunado muchacho no podía escapar a una muerte cierta.
Un día, Miguel Strogoff dijo a la joven.
-No me hablas nunca de mi madre, Nadia.
¡Su madre! ¡Nadia no quería hablarle de ella! ¿Por qué aumentar su dolor? ¿Había muerto la vieja siberiana? ¿No había dado su hijo el último beso al cadáver de su madre, caído sobre el anfiteatro de Tomsk?
-¡Háblame de ella, Nadia! -suplicó, sin embargo, Miguel Strogoff- ¡Me dará tanta dicha!
Entonces, Nadia hizo lo que ni siquiera había intentado hasta entonces. Le contó todo lo que les había sucedido a Marfa y a ella desde su encuentro en Omsk, donde ambas se habían visto por primera vez, explicando cómo un extraño instinto la había impulsado hacia la anciana prisionera, sin conocerla, prodigándole sus cuidados y recibiendo de la vieja siberiana una mayor firmeza para afrontar la situación. Miguel Strogoff, para ella, en aquella época, era todavía Nicolás Korpanoff.
-¡Lo que hubiera debido ser siempre! -respondió Miguel Strogoff con la frente ensombrecida.
Y al cabo de un rato, agrego:
-¡He faltado a mi promesa, Nadia! ¡Había jurado que no verla a mi madre!
-¡Pero tú no has intentado verla, Miguel! -respondió Nadia-. ¡Fue el azar quien te puso en su presencia!
-Había jurado que, ocurriera lo que ocurriese, no me descubriría!
-¡Miguel, Miguel! ¿Viendo el látigo levantado sobre Marfa Strogoff, cómo podías resistirlo? ¡No! ¡No hay promesa ni juramento alguno que pueda impedir a un hijo ayudar a su madre!
-He faltado a mi juramento, Nadia -insistió Miguel Strogoff-. ¡Que Dios y el Padre me perdonen!
-Miguel -dijo entonces la joven-, tengo que hacerte una pregunta. No me respondas, si crees que no debes responderme. De ti nada puede herirme.
-Habla, Nadia.
-¿Por qué, ahora que la carta del Zar no está en tu poder, tienes tanta prisa por llegar a Irkutsk?
Miguel Strogoff apretó más fuertemente la mano de su compañera, pero no contestó.
-¿Conocías el contenido de la carta antes de abandonar Moscú? -siguió preguntando Nadia.
-No, no lo conocía.
-¿Debo pensar, Miguel, que te empuja a Irkutsk únicamente el deseo de dejarme en manos de mi padre?
-No, Nadia -respondió con gravedad Miguel Strogoff-. Te engañaría si te dejara creer que es así. Voy allí porque mi deber me ordena ir. En cuanto a conducirte a Irkutsk, ¿no eres tú quien me conduce a mí ahora? ¿No veo por tus ojos? ¿No es tu mano la que me guía? ¿ No has devuelto centuplicados los servicios que te haya podido hacer? Ignoro si la mala suerte dejará de abrumarnos, pero si algún día tú me das las gracias por haberte dejado en manos de tu padre, yo te las daré por haberme conducido a Irkutsk.
-¡Pobre Miguel! -respondió Nadia emocionada-. ¡No hables así! ¡Ésta no es la respuesta que yo te pido! Miguel, ¿por qué tienes tanta prisa por llegar a Irkutsk?
-Porque es preciso que esté allí antes de que Ivan Ogareff se haga llamar Miguel
Strogoff.
-¿Pese a todo?
-¡Pese a todo, llegaré!
Al pronunciar estas últimas palabras, Miguel Strogoff no hablaba únicamente así por odio al traidor. Pero Nadia comprendió que su compañero no se lo decía todo porque no se lo podía decir.
El 15 de septiembre, tres días más tarde, ambos llegaron a la aldea de Kuitunskoe, a sesenta verstas de Tulunovskoe. La joven caminaba con grandes sufrimientos, sostenida apenas por sus doloridos pies. Pero resistía y no tenía más que un pensamiento:
«Puesto que no puede verme, seguiré caminando hasta que me caiga.»
Por otra parte, ningún obstáculo se les había presentado en esta parte de su viaje; ningún peligro tuviéron que afrontar esos últimos días de la ruta, desde la partida de los tártaros. únicamente muchas fatigas.
Así transcurrieron esos tres días, en los que se hizo bien patente que la tercera columna de invasore avanzaban rápidamente hacia el este, lo cual era fácilmente reconocible por las ruinas que dejaban tras su paso, las cenizas que ya no humeaban y los cadáveres descompuestos que yacían esparcidos por el suelo.
Nada se veía aún hacia el oeste. La vanguardia del Emir no aparecía por parte alguna.
Miguel Strogoff llegó a hacerse las más inverosímiles suposiciones para explicar ese retraso. ¿Los rusos, con un contingente suficiente, amenazaban recuperar Tomsk o Krasnolarsk? ¿Aislada de las otras, la tercera columna estaba en peligro de verse cortada? Si era así, le sería fácil al Gran Duque defender Irkutsk, y el tiempo ganado en una invasión era camino adelantado para rechazarla.
Miguel Strogoff se dejaba llevar por esas esperanzas, pero bien pronto comprendía que eran quiméricas, y no contaba más que consigo mismo, como si la seguridad del Gran Duque hubiera estado únicamente en sus manos.
Sesenta verstas separaban Kultunskoe de Kimiteiskoe, pequeña población situada a poca distancia del Dinka, tributarlo del Angara. El correo del Zar pensaba con cierto temor en el obstáculo que significaba este afluente, de cierta importancia, situado en su camino. Ni soñar encontrarse con algún transbordador o alguna barca, y se acordaba, por haberlo atravesado en otros tiempos más afortunados, que era muy difícil de vadear. Pero una vez franqueado aquel obstáculo, ningún río y ningún afluente interponíase ya en su camino y, después de recorrer otras doscientas treinta verstas, se hallarían en Irkutsk.
Fueron precisos tres días para llegar a Kimilteiskoe. Nadia no podía ya con sus piernas. Cualquiera que fuese su fortaleza moral, su fuerza física iba a derrumbarse.
Pero Miguel Strogoff no se daba perfecta cuenta de esto.
Si no hubiera estado ciego, Nadia le hubiera dicho:
-Vete, Miguel, déjame en cualquier cabaña y llega a Irkutsk, cumple con tu misión.
Ve a ver a mi padre y dile dónde estoy, dile que le espero y los dos juntos sabréis encontrarme. Vete. No tengo miedo.
Me esconderé de los tártaros. Me conservaré para ti y para él. Vete, Miguel, ya no puedo más…
Varias veces, Nadia había tenido que detenerse y entonces Miguel Strogoff la tomaba en sus brazos y, no teniendo que preocuparse de la fatiga de la joven, desde el momento en que la llevaba él, andaba más rápidamente con su infatigable paso.
El 18 de septiembre, a las diez de la noche, llegaron por fin a Kimilteiskoe. Desde lo alto de una colina, Nadia percibió en el horizonte una línea menos oscura que el resto del paisaje. Era el Dinka, en cuyas aguas se reflejaban algunos relámpagos sin trueno que iluminaban de vez en cuando el cielo.
Nadia condujo a su compañero a través de la arruinada población. Las cenizas de las hogueras estaban ya frías y era lógico pensar que los tártaros habían pasado por allí por lo menos cinco o seis días antes.
Al llegar a las últimas casas, Nadia se dejó caer sobre un banco de piedra.
-¿Hacemos un alto ahora? -le preguntó Miguel Strogoff.
-Ya es de noche, Miguel -respondió Nadia-. ¿No quieres descansar un poco?
-Hubiese querido atravesar antes el Dinka -respondió Miguel Strogoff-. Hubiera querido dejar entre nosotros y la vanguardia del Emir este río, ¡pero tú no puedes ya ni arrastrarte, pobre Nadia!
-Vamos, Miguel -respondió Nadia, tomando la mano de su compañero y siguiendo adelante.
A dos o tres verstas de allí, el Dinka cortaba la ruta de Irkutsk. Este último esfuerzo que le pedía su compañero no podía la joven dejar de llevarlo a cabo; marcharon, pues, ambos, a la luz de los relámpagos. Atravesaban entonces un desierto sin límites, en medio del cual se perdía el pequeño río. Ni un árbol, ni un montículo sobresalían en esta vasta planicie, en donde recomenzaba la gran estepa siberiana.
No soplaba la más ligera brisa y la calma era tan absoluta que el más leve ruido hubiera podido propagarse a una distancia infinita.
De pronto, Miguel Strogoff y Nadia se detuvieron, como si sus pies se hubieran quedado aprisionados en alguna grieta del suelo.
-¿Has oído? -preguntó Nadia.
Después, un lamento se dejó oír. Era un grito desesperado, como la última llamada a la vida de un ser humano agonizante.
-¡Nicolás, Nicolás! -gritó la joven, impulsada por algún siniestro pensamiento.
Miguel Strogoff, que escuchaba, movió la cabeza.
-¡Ven, Miguel, ven! -dijo Nadia.
Y la joven, que hacía un momento apenas podía arrastrar sus pies, encontró que de pronto sus fuerzas volvían a ella bajo el empuje de a violenta excitación.
-¿Hemos salido del camino? -preguntó Miguel Strogoff, al sentir bajo sus pies una tupida hierba, en lugar del polvoriento camino.
-Sí… Sí, es preciso… -respondió Nadia-. ¡El grito ha partido de allá, de la derecha!
Unos minutos después estaban solo a una media versta de la orilla del río.
Dejóse oír un ladrido que, aunque más débil, venía, ciertamente, de muy cerca.
Nadia se detuvo.
-¡Sí! -dijo Miguel Strogoff-. ¡Es Serko quien ladra! ¡Ha seguido a su dueño!
-¡Nicolás! -gritó la joven.
Pero su llamada no obtuvo respuesta. únicamente algunas aves de rapiña tendieron el vuelo y desaparecieron en las alturas.
Miguel aguzaba el oído y Nadia miraba tratando de penetrar en las sombras de esta planicie, impregnada de efluvios luminosos, que centelleaban como hielo, pero no vio nada ni a nadie.
Y, sin embargo, se oyó nuevamente una voz que esta vez gritaba con tono lastimoso:
«¡Miguel! »…
Inmediatamente, un perro ensangrentado saltó hacia Nadia. Era Serko.
¡Nicolás no podía estar lejos! ¡Solamente él había podido murmurar el nombre de Miguel! ¿Dónde estaba? Nadia ya no tenía ni fuerzas para llamarlo.
Miguel Strogoff, arrastrándose por el suelo, buscaba con la mano.
De pronto, Serko lanzó un nuevo ladrido y se precipitó sobre una gigantesca ave que se había posado en tierra.
Era un buitre que, cuando Serko se lanzó sobre él, levantó el vuelo, pero casi inmediatamente volvió a la carga, atacando al perro… ¡Éste ladró todavía al buitre…
Pero un formidable picotazo se abatió sobre su cabeza y, esta vez, Serko cayó sin vida sobre el suelo!
Al mismo tiempo, un grito de horror se escapó de la garganta de Nadia.
-¡Allí… Allí!
¡Una cabeza sobresalía del suelo! La joven hubiera tropezado con ella de no ser por la intensa claridad que el cielo proyectaba sobre la estepa.
Nadia cayó arrodillada al lado de aquella cabeza.
Nicolás, enterrado hasta el cuello según la atroz costumbre de los tártaros, había sido abandonado en la estepa para que muriera de hambre y sed, o víctima de las dentelladas de los lobos o de los picotazos de las aves de rapiña. Era un suplicio horrible para la víctima, que estaba aprisionada en el suelo, cuya tierra había sido apretada a su alrededor, no pudiéndola remover porque sus brazos estaban atados al cuerpo, como los de un cadáver en su ataúd. Vivía en un molde de arcilla que no podía romper y no podía hacer otra cosa que implorar la llegada de la muerte, que tardaba demasiado en venir.
Allí era donde los tártaros habían enterrado a su prisionero hacía ya tres días… Tres días llevaba Nicolás esperando aquel socorro que llegaba demasiado tarde.
Los buitres habían distinguido esta cabeza destacarse a ras del suelo y el perro había tenido que defender a su dueño contra las feroces aves.
Miguel Strogoff, valiéndose de su cuchillo, empezó a remover la tierra para desenterrar a aquel vivo.
Los ojos de Nicolás, cerrados hasta aquel momento, se abrieron.
Reconociendo a Miguel y a Nadia, murmuró:
-¡Adiós, amigos! ¡Estoy contento de haberos vuelto a ver! ¡Rezad por mí … !
Éstas fueron sus últimas palabras.
Miguel Strogoff continuó removiendo el suelo que, al haber sido tan fuertemente apretado, tenía la dureza de la roca, consiguiendo al fin retirar el cuerpo del infortunado. Comprobó si su corazón aún latía… Pero ya había dejado de existir.
Quiso entonces enterrarlo, para que no quedase expuesto sobre la estepa, en aquel agujero en donde había estado enterrado en vida, y lo alargó y amplió, de manera que pudiera ser enterrado muerto. El fiel Serko sería colocado al lado de su dueño…
En aquel momento se produjo un gran tumulto sobre la gran ruta, a una distancia de media versta.
Miguel Strogoff escuchó.
Por el ruido, había reconocido que un destacamento de jinetes avanzaba hacia el Dinka.
-¡Nadia, Nadia! -dijo en voz baja.
Al oír su voz, Nadia dejó de rezar y se enderezó.
-¡Mira, mira! -le dijo el joven.
-¡Los tártaros! -murmuró Nadia.
Era, en efecto, la vanguardia del Emir, que desfilaba con toda rapidez hacia Irkutsk.
-¡No me impedirán que lo entierre! –dijo Miguel Strogoff en tono resuelto.
Y continuó su trabajo.
Muy pronto, el cuerpo de Nicolás, con las manos cruzadas sobre el pecho, fue acostado en la tumba.
Miguel Strogoff y Nadia, arrodillados, rezaron durante media hora por aquel pobre muchacho, inofensivo y bueno, que había pagado con la vida su devoción hacia ellos.
-¡Ahora -dijo Miguel Strogoff, acabando de apretar la tierra sobre el cadáver-, los lobos de la estepa ya no podrán devorarlo!
Después extendió su mano amenazadora hacia la tropa de jinetes que pasaba, diciendo:
-¡En marcha, Nadia!
Miguel Strogoff no podía seguir caminando por la gran ruta, que estaba ya ocupada por los tártaros, y tenía que andar a través de la estepa, dando un rodeo para llegar a Irkutsk.
No tenía ya que preocuparse por la travesía del Dinka.
Nadia no podía dar un paso, pero podía ver por él, así que, tomándola en sus brazos, se adentró hacia el sudoeste de la provincia.
Le quedaban todavía por recorrer doscientas verstas. ¿Cómo las anduvo? ¿Cómo no sucumbió a tantas fatigas? ¿Cómo pudieron alimentarse en ruta? ¿Con qué sobrehumana energía llegó a remontar las primeras estribaciones de los montes Sayansk? Ni Nadia ni él hubieran podido decirlo.
Sin embargo, doce días después, el 2 de octubre, a las seis de la tarde, una inmensa lámina de agua se extendía a los pies de Miguel Strogoff.
Era el lago Baikal.

10. EL BAIKAL Y EL ANGARA
El lago Baikal está situado a mil setecientos pies por encima del nivel del mar. Tiene una longitud de alrededor de novecientas verstas y una anchura de cien. Su profundidad es desconocida. Según la señora Bourboulon, aseguran los marineros que navegan por este lago que quiere que se le llame «señora mar», porque cuando se oye llamar «señor lago», se enfurece enseguida.
Sin embargo, según una leyenda que corre por esta comarca, ningún ruso se ha ahogado jamás en sus aguas.
Este inmenso depósito de agua dulce, alimentado por más de trescientos ríos, está encerrado en un magnífico circuito de montañas volcánicas. No tiene otra salida para sus aguas que el río Angara, que después de pasar por Irkutsk, va a desembocar en el Yenisei, un poco más arriba de la ciudad de Yeniseisk.
En cuanto a los montes que lo circundan, son un brazo de los Tunguzes, que derivan del vasto sistema orográfico de la cordillera Altai.
En esta época los fríos ya se dejan sentir. En cuanto llega a este territorio, sometido a unas condiciones climatológicas tan particulares, el otoño parece que queda anulado por un precoz invierno.
Eran los primeros días de octubre y el sol ya se escondía por detrás del horizonte a las cinco de la tarde, bajando la temperatura de las largas noches por debajo de los cero grados. Las primeras nieves, que no desaparecerían hasta el verano, ya teñían de blanco las cimas vecinas del Baikal. Durante el invierno siberiano, este mar interior, con una capa de hielo de varios pies de espesor, se veía cruzado continuamente por los trineos de los correos y de las caravanas.
Bien sea porque se le falta al respeto llamándole «señor lago», o por cualquier otra razón más meteorológica, el Baikal está sujeto a violentas tempestades y sus olas, rápidas como las de todos los mediterráneos, son muy temidas por las balsas, los barcos y los vapores que lo atraviesan durante el verano.
Miguel Strogoff acababa de llegar al extremo sudoeste del lago, llevando a Nadia, de la que podía decirse que toda su vida se concentraba en los ojos. ¿Qué podían esperarlos dos en aquella parte salvaje de la provincia, como no fuera morir de agotamiento y de inanición? Y, sin embargo, ¿qué quedaba por recorrer de aquel largo camino de seis mil verstas, para que el correo del Zar llegase a su destino? Nada más que sesenta verstas desde el lago hasta la desembocadura del Angara y ochenta verstas desde allí hasta Irkutsk. En total, ciento cuarenta verstas que significaban tres días de recorrido a pie para un hombre fuerte y vigoroso.
-Era todavía Miguel Strogoff ese hombre?
Sin duda, el cielo no quería someterlo a esta prueba y la fatalidad que se cernía sobre él parecía querer abandonarlo por un instante. Ese extremo del Balkal, esa porción de la estepa que crecía desierta y que, en realidad, lo era en todo tiempo, no lo estaba entonces.
Unos cincuenta individuos se encontraban reunidos en el ángulo que forma el extremo sudoeste del lago.
Cuando Miguel Strogoff desembocó por el desfiladero de las montañas llevando en brazos a Nadia, ésta los había visto enseguida.
La joven debió de temer por un instante que fuera un destacamento de tártaros enviado para patrullar las orillas del lago Balkal, en cuyo caso, la huida sería imposible.
Pero se tranquilizó pronto y gritó:
-¡Rusos!
Después de este último esfuerzo, los párpados de la joven se cerraron y su cabeza
cayó sobre el pecho de Miguel Strogoff.
Habían sido vistos y varios de aquellos rusos corrían hacia ellos, conduciendo al ciego y a la joven a la orilla de una pequeña playa en la que había amarrada una balsa.
La balsa iba a partir.
Estos rusos eran fugitivos de diversa condición, a los que un interés común había reunido en esta parte del Baikal. Empujados por los tártaros, intentaban refugiarse en Irkutsk y, no pudiendo llegar por tierra, ya que los invasores habían tomado posiciones frente a la ciudad, en las dos orillas del Angara, esperaban llegar descendiendo el curso del río, que atravesaba Irkutsk.
Este proyecto hizo estremecer el corazón de Miguel Strogoff. Iba a jugar su última carta; pero tuvo la suficiente fortaleza para disimular, porque quería guardar su incógnito más severamente que en ninguna ocasión.
El plan de los fugitivos era muy sencillo. Utilizarían la corriente de la orilla superior del Baikal hasta la desembocadura del Angara, para llegar a la salida del lago y desde ese punto hasta Irkutsk serían arrastrados por la rápida corriente del río, que discurre con una velocidad de diez a doce verstas por hora, pudiendo estar a las puertas de la ciudad en día y medio.
En aquel lugar no se encontraba ni una sola embarcación y fue preciso suplirla por una balsa o, mejor dicho, por un tren de troncos que construyeron, parecido a los que descienden habitualmente por los ríos siberianos. Un bosque de pinos que se elevaba sobre la orilla les había proporcionado el material necesario para aquel aparejo flotante.
Los troncos, atados entre sí con ramas de mimbre, formaban una plataforma sobre la que podían aposentarse cómodamente cien personas.
A esta balsa fueron conducido Nadia y Miguel Strogoff.
La joven había vuelto ya en sí y, después de comer junto con su compañero las provisiones que les proporcionaron aquellos fugitivos, se acostó sobre un lecho de hojarasca, quedando enseguida profundamente dormida.
Miguel Strogoff no dijo nada de lo ocurrido en Tomsk a los que le interrogaron, haciéndose pasar por un habitante de Krasnoiarsk que no había podido llegar a Irkutsk antes de que las tropas del Emir se hicieran dueñas de la orilla izquierda del Dinka; agregando que muy probablemente el grueso de las fuerzas tártaras ya había tomado posiciones frente a la capital de Siberia.
No podían, pues, perder ni un instante. Además, el frío se hacía cada vez más intenso y la temperatura, durante la noche, caía por debajo de los cero grados, habiéndose formado ya algunos hielos sobre la superficie del Baikal. La balsa podía maniobrar fácilmente sobre las aguas del lago, pero no ocurriría lo mismo en la corriente del Angara, en el caso de que los témpanos comenzaran a entorpecer su curso.
Por toda esta serie de razones, era preciso que los fugitivos iniciaran la marcha cuanto antes.
A las ocho de la tarde se largaron amarras y, bajo la acción de la corriente, la balsa siguió la línea del litoral. Grandes pértigas manejadas por aquellos robustos mujiks bastaban para rectificar su rumbo cuando era preciso.
Un viejo marinero del Baikal había tomado el mando. Era un hombre de unos sesenta y cinco años, curtido por las brisas del lago, con una espesa y larga barba blanca cayéndole sobre el pecho; cubría su cabeza, de aspecto grave y austero, con un gorro de piel, y vestía una larga y amplia hopalanda ajustada a la cintura, que le llegaba hasta los tacones.
El taciturno anciano, sentado a popa, daba las órdenes por señas y no pronunció ni diez palabras en diez horas. Por otra parte, toda maniobra se reducía a mantener la balsa dentro de la corriente que bordeaba el lago a lo largo del litoral, sin adentrarse en su interior.
Se ha dicho ya que en la balsa se encontraban rusos de distinta condición. Efectivamente, a los campesinos indígenas, hombres, mujeres, ancianos y niños, se habían unido tres peregrinos, sorprendidos por la invasión durante su viaje, algunos monjes y un pope.
Los peregrinos llevaban su báculo y su calabaza colgando de la cintura e iban salmodiando con voz plañidera. Uno venía de Ukrania, otro del mar Amarillo y un tercero de las provincias de Finlandia. Este último, de avanzada edad, llevaba un pequeño cepillo, cerrado con un candado, colgando de la cintura, como si hubiera estado sujeto al pilar de una iglesia. De las limosnas que recogiera durante su largo y fatigoso viaje, nada era para él, que ni siquiera poseía la llave de ese candado, el cual no se abriría hasta su vuelta.
Los monjes venían del norte del Imperio. Hacía tres meses que salieron de la ciudad de Arkhangel, a la que ciertos viajeros, han atribuido el aspecto de cualquier ciudad oriental. Habían visitado ya las Islas Santas, cerca de la costa de Carelia; el convento de Solovetsk; el convento de Troitsa y los de San Antonio y San Teodosio en Kiev, la antigua ciudad favorita de los jagallones; el monasterio de Simeonof, en Moscú; el de Kazan, así como su iglesia de los Viejos Creyentes, y volvían a Irkutsk con su hábito, su capuchón y los vestidos de sarga.
En cuanto al pope, era un sencillo cura de aldea; uno de esos seiscientos mil pastores del pueblo con que cuenta el Imperio ruso. Iba tan miserablemente vestido como los propios campesinos, y es que, en verdad, no era más acomodado que cualquiera de ellos, porque no teniendo ni rango ni poder en la Iglesia, precisaba trabajar como cualquiera de ellos su pedazo de tierra, aparte de bautizar, casar y enterrar. Había podido sustraer a su mujer e hijos de las brutalidades de los tártaros, enviándolos a las Provincias del norte. Él había quedado en su parroquia hasta el último momento; después se vio obligado a huir, pero al encontrar cerrada la ruta de Irkutsk no le quedó más remedio que dirigirse al lago Baikal.
Estos religiosos, agrupados en la proa de la balsa, rezaban a intervalos regulares, elevando la voz en medio de la silenciosa noche y, al final de cada versículo de sus oraciones, sus labios entonaban el Slava Bogu (Gloria a Dios).
Durante esta parte de la navegación no se produjo ningún incidente. Nadia había quedado sumergida en un profundo sopor y Miguel Strogoff velaba su sueño al lado de la joven. Sólo a largos intervalos le asaltaba el sueño y, aun así, su pensamiento estaba siempre despierto.
Al llegar el día, la balsa, frenada por una violenta brisa contraria a la dirección de la corriente, se encontraba todavía a cuarenta verstas de la desembocadura del Angara.
Probablemente no podrían llegar allí antes de las tres o las cuatro de la tarde. Pero eso no constituía ningún inconveniente, antes al contrario, porque los fugitivos descenderían por el río durante la noche y, ocultos entre las sombras, podrían pasar más fácilmente desapercibidos y llegar a Irkutsk.
El único temor que manifestó varias veces el viejo marinero era el relativo a la formación de bloques de hielo sobre la superficie de las aguas. La noche había sido extremadamente fría y se veían numerosos témpanos deslizarse hacia el oeste bajo el impulso del viento. Éstos no eran de temer porque no podían desviarse hacia el Angara, ya que habían sobrepasado su desembocadura. Pero cabía pensar que si se originaban en las partes orientales del lago, podrían venir arrastrados por la corriente y deslizarse entre las dos orillas del río. Esto podía acarrearles dificultades y posibles retrasos; puede que hasta algún insuperable obstáculo detuviera la balsa.
Miguel Strogoff tenía, pues, un inmenso interés en saber cuál era el estado del lago y si los témpanos aparecían en gran número. Nadia se había ya despertado y contestaba a las incesantes preguntas del correo del Zar, dándole cuenta de cuanto ocurría sobre la superficie de las aguas.
Pero mientras el intenso frío iba formando bloques de hielo, otros curiosos fenómenos se producían en la superficie del Balkal. Unos magníficos surtidores de agua hirviente brotaban de algunos de esos pozos artesianos que la naturaleza había abierto en el mismo lecho del río. Los chorros de agua caliente se elevaban a gran altura, empenachándose de vapores irisados por los rayos del sol, que el frío condensaba casi al instante. Este curioso espectáculo hubiera ciertamente maravillado a cualquier turista que hubiese viajado en plena paz y por puro placer sobre las aguas de este mar siberiano.
A las cuatro de la tarde, el viejo marinero señaló la desembocadura del Angara, entre las altas rocas graníticas del litoral. Podía distinguirse sobre la orilla derecha el pequeño puerto de Livenitchnaia, su iglesia y unas pocas casas edificadas sobre la orilla. Pero para agravar las circunstancias, los primeros hielos procedentes del este derivaban ya entre las orillas del Angara y, por consecuencia, descendían hacia Irkutsk.
Sin embargo, su número no podía ser todavía lo suficientemente capaz como para obstruir el río, ni el frío lo bastante intenso como para aumentar su tamaño.
La balsa llegó al pequeño puerto y se detuvo. El viejo marinero había decidido hacer un alto de una hora con el fin de realizar algunas operaciones indispensables. Los troncos estaban desunidos y amenazaban separarse, por lo que era imprescindible volverse a atar sólidamente a fin de que pudieran resistir la rápida corriente del Angara.
Durante el verano, el puerto de Livenitchnala es una estación de llegada Y salida para los viajeros del Baikal, según se dirijan a Klakhta, última ciudad de la frontera ruso-china, o regresen de ella.
Es, pues, un puerto muy frecuentado por los buques de vapor y por los pequeños barcos de cabotaje del lago.
Pero en estos momentos Livenitchnaia estaba abandonada. Sus habitantes no podían quedarse allí porque se exponían a las depredaciones de los tártaros, que recorrían ya las dos orillas del Angara. Habían enviado a Irkutsk la flotilla de barcos que pasan ordinariamente el invierno en su puerto y, cargados con todo lo que podían transportar, se habían refugiado a tiempo en la capital de Siberia oriental.
El viejo marinero, pues, no esperaba recoger nuevos fugitivos en el puerto de Livenitchnaia, sin embargo, en el momento en que se aproximaban a la orilla, dos individuos salieron corriendo de una casa deshabitada, con toda la rapidez que les permitían sus piernas.
Nadia, sentada en popa, miraba distraídamente.
De pronto se le escapó un grito y tomó la mano de Miguel Strogoff que, al notar el sobresalto de la muchacha, levantó la cabeza.
-¿Qué tienes, Nadia? -preguntó.
-Nuestros dos compañeros de viaje, Miguel.
-¿El inglés y el francés que encontramos en el desfiladero de los Urales?
-Sí.
Miguel Strogoff se estremeció, porque corría peligro de ser desvelado el severo incógnito del que no quería salir.
Efectivamente, no era a Nicolás Korpanoff a quien Alcide Jolivet y Harry Blount iban a ver ahora, sino al verdadero Miguel Strogoff, correo del Zar.
Desde que se separaron en la parada de Ichim, se había tropezado dos veces con los periodistas. La primera en el campamento de Zabediero, cuando cruzó la cara de Ivan Ogareff con un golpe de knut, y la segunda en Tomsk, cuando fue condenado por el Emir. Sabían, por consiguiente, a qué atenerse respecto a su verdadera personalidad.
Miguel Strogoff tomó rápidamente una decisión.
-Nadia -dijo-, cuando hayan embarcado los dos extranjeros, ruégales que se sitúen a mi lado.
Eran, efectivamente, Harry Blount y Alcide Jolivet, a quienes no el azar, sino la fuerza de los acontecimientos, había empujado hasta Livenitchnala, como había empujado también a Miguel Strogoff y a Nadia.
Dijeron que, después de haber asistido a la entrada de los tártaros en Tomsk, marcharon de allí antes de la salvaje ejecución con que iba a terminar la fiesta. No dudaban, pues, que su antiguo compañero de viaje había sido condenado a muerte e ignoraban que la sentencia del Emir había sido que le quemaran los ojos.
Los dos personajes se habían agenciado sendos caballos, saliendo de Tomsk aquella misma tarde, con el bien decidido propósito de fechar sus próximas crónicas desde los campamentos rusos de la Siberia oriental.
Alcide Jolivet y Harry Blount se dirigieron a marchas forzadas hacia Irkutsk.
Esperaban tomarle la suficiente ventaja a Féofar-Khan y, ciertamente, lo hubiesen conseguido de no impedírselo la inopinada aparición de esa tercera columna, llegada de las comarcas del sur por el valle del Yenisei. Como Miguel Strogoff y Nadia, encontraron el camino cortado antes de llegar al río Dinka, viéndose en la necesidad de desviarse hasta el Baikal.
Cuando llegaron a Livenitchnaia encontraron el puerto completamente abandonado, pero como era imposible entrar en Irkutsk por ningún otro camino, porque la ciudad estaba completamente rodeada por el ejército tártaro, cuando llegó la balsa ya llevaban allí tres embarazosos días, sin saber qué decisión tomar.
Los fugitivos les comunicaron sus proyectos y como ciertamente tenían bastantes probabilidades de que pudieran pasar desapercibidos durante la noche hasta llegar a Irkutsk, intentaron la aventura.
Alcide Jolivet se puso inmediatamente en contacto con el viejo marinero y le pidió pasaje para él y para su compañero, ofreciéndole pagar el precio que se les exigiera, fuera cual fuese.
-Aquí no se paga -le respondió con gravedad el marinero-, se arriesga la vida. Eso es todo.
Los dos periodistas embarcaron y Nadia les vio dirigirse hacia la proa de la balsa.
Harry Blount era siempre el inglés frío que apenas le dirigió la palabra durante todo el tiempo que estuvieron juntos en la travesía de los montes Urales.
Alcide Jolivet parecía estar un poco más serio que de costumbre. Hay que convenir que su seriedad estaba sobradamente justificada por las circunstancias.
El francés se había ya instalado en la proa de la balsa cuando notó que una mano se apoyaba en su hombro. Se volvió y reconoció a Nadia, la hermana de aquel que era, no
Nicolás Korpanoff, sino Miguel Strogoff, correo del Zar.
Iba a escapársele un grito de sorpresa cuando la joven llevó un dedo a sus labios, indicándole silencio.
-Vengan -les dijo Nadia.
Y, con aire de indiferencia, haciendo a Harry Blount una señal para que le siguiera, se fueron tras la joven.
Pero si la sorpresa de los periodistas había sido grande al encontrarse con Nadia sobre la balsa, su asombro no tuvo límites cuando reconocieron a Miguel Strogoff, al que no creían vivo.
Cuando se le aproximaron, el correo del Zar permaneció completamente inmóvil.
Alcide Jolivet se volvió hacia la joven.
-No les puede ver, señores –dijo Nadia-. Los tártaros le quemaron los ojos. Mi pobre hermano está ciego.
Un vivo sentimiento de piedad se reflejó en los rostros de Alcide Jolivet y su compañero.
Segundos después estaban ambos sentados junto a Miguel Strogoff, estrechando su mano y esperando a que hablara.
-Señores -dijo Miguel Strogoff en voz baja-, ustedes no deben saber quién soy ni qué he venido a hacer en Siberia. Les pido que mantengan mi secreto. ¿Me lo prometen?
-Por mi honor -respondió Alcide Jolivet.
-Por mi fe de caballero -agregó Harry Blount.
-¿Podemos serle útiles en algo? -preguntó el francés-. ¿Quiere usted que le ayudemos a cumplir su misión?
-Prefiero llevarla a cabo solo -respondió Miguel Strogoff.
-¡Pero esos miserables le han quemado los ojos! —dijo Alcide Jolivet.
-Tengo a Nadia y sus ojos me bastan.
Media hora más tarde, la balsa, después de haber largado amarras del puerto de Livenitchnaia, se introducía en el río.
Eran las cinco de la tarde y estaba cerrándose la noche. Sería una noche muy oscura y, sobre todo, muy fría, porque la temperatura estaba ya por debajo de los cero grados.
Alcide Jolivet y Harry Blount habían prometido guardar el secreto a Miguel Strogoff, pero, sin embargo, no le abandonaron. Estuvieron conversando en voz baja y el ciego completó las noticias que tenía con las que pudieron proporcionarle los dos periodistas, con lo que pudo hacerse una idea bastante exacta de la situación.
Era cierto que los tártaros rodeaban Irkutsk y que las tres columnas invasoras se habían reunido ya. No podía dudarse de que el Emir e Ivan Ogareff estuvieran frente a la capital.
Pero ¿por qué mostraba el correo del Zar tanta prisa por llegar a Irkutsk, ahora que ya no podía entregar al Gran Duque la carta imperial y el hermano del Zar ni siquiera le conocía?
Alcide Jolivet y Harry Blount no comprendieron esto más de lo que lo comprendía Nadia.
Por lo demás, no se habló del pasado hasta el momento en que Alcide Jolivet creyó que era un deber decir a Miguel Strogoff:
-Nosotros le debemos nuestras excusas por no haberle estrechado la mano cuando nos despedimos en la parada de Ichim.
-Estaban en su derecho al creerme un cobarde.
-En cualquier caso -agregó Alcide Jolivet-, azotó usted magníficamente la cara de ese miserable. ¡Llevará la marca mucho tiempo!
-No, no mucho tiempo -contestó sencillamente Miguel Strogoff.
Media hora después de la salida de Livenitchnaia, Alcide Jolivet y Harry Blount estaban al corriente de las duras pruebas por las que habían tenido que atravesar
Miguel Strogoff y su supuesta hermana. No Podían hacer otra cosa que admirar sin reservas aquella energía y aquel valor, que únicamente quedaban igualados por la devoción de la muchacha.
Pensaron de Miguel Strogoff exactamente lo mismo que había dicho de él el Zar, en Moscú: «En verdad, es un hombre.»
La balsa se deslizaba con rapidez entre los bloques de hielo que arrastraba la corriente del Angara.
Un panorama móvil se desplazaba lateralmente sobre las dos orillas del río y por una ilusión óptica parecía que era aquel aparejo flotante el que estaba inmóvil ante la sucesión de pintorescas vistas. Aquí las altas fallas graníticas, extrañamente perfiladas; allá abruptos desfiladeros por donde discurría algún río torrencial; algunas veces, un largo portalón con una ciudad humeante todavía; después, unos amplios bosques de pinos que proyectaban brillantes llamaradas. Pero si los tártaros habían dejado huellas de su paso por todas partes, no se les veía aún, ya que esperaban agruparse más estrechamente en los alrededores de Irkutsk.
Durante este tiempo los peregrinos continuaron rezando en voz baja y el viejo marinero, esquivando los bloques de hielo que se les echaban encima, mantenía imperturbable la balsa en el centro de la rápida corriente.

11. ENTRE DOS ORILLAS
Tal como era de prever, dado el estado del tiempo, una profunda oscuridad envolvía toda la comarca a las ocho de la tarde. Era luna nueva y, por tanto, el disco dorado no aparecía en el horizonte. Desde el centro del río las orillas eran invisibles y los acantilados se confundían a poca altura con las espesas nubes que apenas se desplazaban.
Algunas ráfagas de aire, que venían a veces del este, parecían expirar en el estrecho valle del Angara.
La oscuridad favorecía en gran medida los proyectos de los fugitivos. En efecto, aunque los puestos avanzados de los tártaros estuvieran escalonados sobre ambas orillas, la balsa tenía muchas probabilidades de pasar desapercibida.
Tampoco era verosímil que los asediadores hubieran bloqueado el río más arriba de Irkutsk, porque sabían que los rusos no podían recibir ninguna ayuda proveniente del sur de la provincia.
No obstante, dentro de poco sería la misma naturaleza la que estableciera esa barrera, cuando el frío cimentase los hielos acumulados entre las dos orillas. A bordo de la balsa reinaba un absoluto silencio.
Las voces de los peregrinos no se habían dejado oír desde que se adentraron en el curso del río. Todavía rezaban, pero sus rezos sólo eran murmullos que en forma alguna podían llegar hasta la orilla.
Los fugitivos, tendidos sobre la plataforma, apenas rompían con sus cuerpos la línea horizontal del agua. El viejo marinero, acostado en proa cerca de sus hombres, se ocupaba únicamente de apartar los bloques de hielo, maniobra que hacía en el más completo silencio.
Estos bloques a la deriva, si no llegaban más adelante a constituir un obstáculo infranqueable, favorecían a los fugitivos. Efectivamente, el aparejo, aislado sobre las aguas libres del río, hubiera corrido un serio peligro, caso de ser localizado incluso a través de la espesa oscuridad, mientras que de esta forma podía confundirse con esas masas móviles de todos los tamaños y formas, y el rumor que producía la rotura de los bloques al chocar entre ellos cubría cualquier otro ruido sospechoso.
A través de la atmósfera se propagaba un frío que hacía sufrir cruelmente a los fugitivos, quienes sólo podían abrigarse con unas cuantas ramas de abedul. Se apretaban unos contra otros con el fin de soportar mejor la baja temperatura, que durante aquella noche llegaría a los diez grados bajo cero. El poco viento que soplaba, enfriado al atravesar las montañas del este, mordía las carnes.
Miguel Strogoff y Nadia, tendidos en popa, soportaban los crecientes sufrimientos sin formular una queja. Alcide Jolivet y Harry Blount, situados junto a ellos, resistían como mejor podían aquellos primeros asaltos del invierno siberiano. Ni unos ni otros hablaban ahora, ni siquiera en voz baja. Por lo demás, la situación les absorbía por completo. A cada instante podía producirse un incidente, sobrevenir un peligro, hasta una catástrofe de la que no saldrían indemnes.
Miguel Strogoff, siendo un hombre que esperaba llegar pronto al final de su largo viaje, parecía estar singularmente tranquilo. Además, hasta en las más graves coyunturas, su energía no le había abandonado jamás. Entreveía ya el momento en que podría, por fin, permitirse pensar en su madre, en Nadia y en sí mismo. No temía másque una última desgracia: que la balsa fuese totalmente detenida por una barrera de hielo antes de haber llegado a Irkutsk. No pensaba más que en esto pero, por lo demás, estaba absolutamente decidido, si no había más remedio, a intentar cualquier supremo golpe de audacia.
Nadia, gracias al efecto bienhechor de varias horas de reposo, había recuperado susfuerzas físicas, que el sufrimiento había podido quebrantar algunas veces, sin haber nunca abatido su energía moral. Pensaba también que en el caso de que Miguel Strogoff hiciera un nuevo esfuerzo para llegar a su meta, ella tenía que estar con él para guiarle.
Pero, a medida que iban acercándose a Irkutsk, la imagen de su padre se dibujaba con mayor nitidez en su espíritu. Lo veía en la ciudad sitiada, lejos de los seres queridos, pero -y de esto Nadia no abrigaba ninguna duda- luchando contra los invasores con todo el ardor de su patriotismo.
Por fin, si el cielo les favorecía, dentro de pocas horas estaría en sus brazos, transmitiéndole las últimas palabras de su madre, y ya nada les separaría jamás. Si el exilio de Wassili Fedor no había de acabarse, su hija se quedaría exiliada con él. Pero, por un impulso natural irreprimible, el pensamiento de Nadia se volvió hacia aquel al que ella debía el poder ver a su padre, a ese generoso compañero, ese «hermano» el cual, una vez rechazados los tártaros, regresaría a Moscú y puede que ya no volviera a verlo… En cuanto a Alcide Jolivet y Harry Blount, no tenían más que un mismo y único pensamiento: que la situación era extremadamente dramática y que, bien descrita, les iba a proporcionar una de las crónicas más interesantes.
El inglés pensaba, pues, en los lectores del Daily Telegraph, y el francés en los de su prima Magdalena, pero en el fondo, ambos estaban visiblemente emocionados.
«¡Tanto mejor! -pensaba Alcide Jolivet-. ¡Es necesario conmoverse para conmover! ¡Creo que hay un célebre verso a propósito para esto, pero, al diablo si sé … ! Y sus ejercitados ojos trataban de penetrar las sombras que envolvían el río. Sin embargo, grandes resplandores rompían a veces las tinieblas e iluminaban los grandes macizos de las orillas, dándoles un fantástico aspecto. Se trataba de algún bosque en llamas o de alguna ciudad todavía ardiendo, siniestra representación de los cuadros del día en contraste con la noche.
El Angara se iluminaba entonces de una margen a la otra y los hielos se convertían en otros tantos espejos que reflejaban la luz de las llamas en todas direcciones y de todos los colores, desplazándose siguiendo los caprichos de la corriente. La balsa, confundida con uno de esos cuerpos flotantes, pasaba desapercibida. El peligro no estaba allí.
Pero un peligro de otra naturaleza amenazaba a los fugitivos. Éstos no podían preverlo y, sobre todo, no podían hacer nada por evitarlo. Fue a Alcide Jolivet a quien el azar eligió para localizarlo; véase en qué circunstancias:
El periodista estaba acostado sobre la parte derecha de la balsa, habiendo dejado quesu mano rozase la superficie del agua. De pronto, fue sorprendido por la impresión que le produjo el contacto de la corriente en su superficie. Parecía ser de consistencia viscosa, como si se tratase de aceite mineral.
Alcide Jolivet, corroborando con el olfato lo que había sentido con el tacto, ya no se equivocaba. ¡Era, con seguridad, una capa de nafta líquida que la corriente arrastraba sobre la superficie del agua!
¿Flotaba realmente la balsa sobre esta sustancia tan eminentemente combustible? ¿De dónde procedía la nafta? ¿Había sido derramada en la superficie del Angara por un fenómeno natural, o debía servir como ingenio destructor puesto en práctica por los tártaros? ¿Querían incendiar Irkutsk por unos medios que las leyes de la guerra no justificaban jamás entre naciones civilizadas?
Tales fueron las preguntas que se hizo Alcide Jolivet, pero creyó que no debía poner al corriente de este incidente a nadie más que a Harry Blount, y ambos estuvieron de acuerdo en que no debían alarmar a sus compañeros de viaje revelándoles el nuevo peligro que les amenazaba.
Como se sabe, el subsuelo de Asia central es como una esponja impregnada de hidrocarburos líquidos. En el puerto de Bakú, sobre la frontera persa; en la península de Abcheron, sobre el mar Caspio; en Asia Menor; en China; en Yug-Hyan y en el Birman, los yacimientos de aceites minerales brotan a millares en la superficie de los terrenos. Es el «país del aceite», parecido al que lleva ese mismo nombre en Norteamérica.
Durante ciertas fiestas religiosas, principalmente en Bakú, los indígenas, adoradores del fuego, lanzan a la superficie del mar la nafta líquida, que flota gracias a que tiene una densidad inferior a la del agua. Después, una vez que llega la noche, cuando la manchamineral se ha esparcido por el Caspio, la inflaman para admirar aquel incomparable espectáculo de un océano de fuego ondulado a impulsos de la brisa.
Pero lo que en Bakú no es más que una diversión, en las aguas del Angara sería un mortal desastre si, intencionadamente o por imprudencia, una chispa inflamara el aceite, el incendio se propagaría más allá de Irkutsk.
En cualquier caso, sobre la balsa no era de temer ninguna imprudencia pero sí que había que temer los incendios que se propagaban por las dos orillas del Angara, porque bastaba que una brasa o una chispa cayera en el río para incendiar aquella corriente de nafta.
Se comprende los temores de Alcide Jolivet y Harry Blount, los cuales, en presencia de aquel nuevo peligro se preguntaban si no sería preferible acercar la balsa a una de las orillas, desembarcar y esperar los acontecimientos.
-En cualquier caso -dijo Alcide Jolivet-, cualquiera que sea el peligro, yo sé de uno que no va a desembarcar.
Al decir esto aludía a Miguel Strogoff. Mientras tanto, la balsa se deslizaba rápidamente entre los bloques de hielo, cuyo número aumentaba cada vez más.
Hasta entonces no habían divisado ningún destacamento tártaro sobre las márgenes del Angara, lo que indicaba que la balsa no había llegado todavía a la altura de los puestos más avanzados. Sin embargo, hacia las diez de la noche, Harry Blount creyó distinguir numerosos cuerpos negros que se movían en la superficie de los témpanos. Aquellas sombras saltaban de un bloque a otro y se aproximaban rápidamente.
-¡Tártaros! -pensó.
Y deslizándose hacia el viejo marinero, situado en proa, le mostró aquel sospechoso movimiento.
-No son más que lobos –dijo-. Los prefiero a los tártaros, pero será preciso que nos defendamos, y sin hacer ruido.
En efecto, los fugitivos tuvieron que luchar contra esos feroces carniceros a los que el hambre y el frío lanzaban a través de la provincia. Los lobos habían olido a los fugitivos de la balsa y pronto los atacaron.
Se veían precisados a luchar contra esas bestias, pero no podían emplear armas de fuego, porque las posiciones tártaras podían encontrarse muy cerca de allí. Las mujeres y los niños se agruparon en el centro de la balsa, y los hombres, unos armados con pértigas, otros con cuchillos y la mayor parte con palos, se vieron obligados a rechazar a los asaltantes. Ellos no dejaban oír un solo grito, pero los aullidos de los lobos desgarraban el aire.
Miguel Strogoff no había querido permanecer inactivo y se había tendido en el costado de la balsa atacado por la jauría de carniceros. Sacando su cuchillo, cada vez que un lobo se ponía a su alcance, su mano sabía hundirle la hoja en la garganta.
Harry Blount y Alcide Jolivet no permanecieron pasivos y desplegaron una gran actividad, secundados con todo coraje por sus compañeros balsistas.
Toda esta matanza de lobos se desarrollaba en silencio, aunque varios de los fugitivos no habían podido evitar graves mordeduras de los atacantes. Sin embargo, la lucha no parecía tener un final inmediato. La jauría de lobos se renovaba sin cesar, por lo que era preciso que la orilla derecha del Angara estuviera infestada de esos animales.
-¡Esto no terminará nunca! -dijo Alcide Jolivet.
Y, de hecho, media hora después del comienzo del asalto, los lobos corrían a centenares por encima de los bloques de hielo.
Los fugitivos, extenuados por el cansancio, se debilitaban visiblemente y estaban perdiendo la batalla. En ese momento, un grupo de diez lobos de gran tamaño, enfurecidos por la cólera y el hambre, con los ojos brillantes como ascuas en la sombra, invadieron la plataforma de la balsa. Alcide Jolivet y su compañero se lanzaron en medio de aquellos temibles animales, y Miguel Strogoff, arrastrándose hacia ellos, iba ya a intervenir en la desigual lucha cuando, de pronto, se produjo un cambio de frente.
En varios segundos, los lobos hubieron abandonado, no sólo la balsa, sino también los bloques de hielo esparcidos por el río. Todos, aquellos cuerpos negros se dispersaron y pronto se hizo patente que habían alcanzado la orilla derecha del río a toda velocidad.
Es que los lobos necesitan las tinieblas para actuar y en aquel momento, una intensa claridad iluminaba todo el curso del Angara.
Se trataba de la iluminación de un inmenso incendio. La villa de Poshkavsk ardía enteramente. Esta vez los tártaros estaban allí, rematando su obra. A partir de aquel punto, ocupaban las dos orillas del río hasta Irkutsk.
Los fugitivos llegaban, por tanto, a la zona más peligrosa de su travesía, y todavía se encontraban a treinta verstas de la capital.
Eran las once y media de la noche y la balsa continuaba deslizándose en medio de los hielos, con los cuales se confundía totalmente; pero de vez en cuando llegaban hasta ella grandes chorros de luz, por lo que los fugitivos tuvieron que aplastarse contra la plataforma, no permitiéndose el menor movimiento que pudiera traicionarlos. El incendio del pueblecito se operaba con una violencia extraordinaria. Sus casas, hechas de madera de pino, ardían como teas y eran ciento cincuenta las que ardían a la vez. A las crepitaciones del incendio se mezclaban los aullidos de los tártaros. El viejo marinero, tomando como punto de apoyo los témpanos cercanos a la balsa, había conseguido acercarla hacia la orilla derecha, separándola a una distancia de tres o cuatrocientos pies de las playas encendidas de Poshkavsk.
Sin embargo, los fugitivos eran muchas veces iluminados por las llamas, y podían serlocalizados si los incendiarios no hubiesen estado tan absortos en la destrucción de la Villa. Pero se comprenderá cuáles debían de ser los temores de Alcide Jolivet y Harry Blount, cuando pensaban en aquel líquido combustible sobre el que flotaba la balsa.
Porque, efectivamente, grandes haces de chispas salían disparadas de las casas, cada una de las cuales era un verdadero horno ardiendo. En medio de las columnas de humo, las chispas se remontaban en el aire hasta alturas de quinientos o seiscientos pies. Sobre la orilla derecha, expuesta de frente a esta hoguera, los árboles y los acantilados aparecían como inflamados. Por tanto, bastaba que una chispa cayera sobre la superficie del Angara, para que el incendio se propagase sobre las aguas y llevara el desastre de una a otra orilla. Esto significaba, en breve plazo, la destrucción de la balsa y la muerte de quienes transportaba.
Pero, afortunadamente, la débil brisa de la noche no era suficientemente fuerte de ese lado, sino que soplaba con más fuerza del este y proyectaba las llamas y las chispas hacia la parte izquierda. Era, pues, posible que los fugitivos lograran escapar a este nuevo peligro.
Efectivamente, dejaron atrás la población en llamas. Poco a poco fue desapareciendo el estallido del incendio y disminuyó el ruido de las crepitaciones, ocultándose las últimas luces por detrás de los altos acantilados que se elevaban en una brusca curva del Angara.
Era alrededor de medianoche las sombras espesas volvieron a proteger la balsa. Sobre las dos orillas del río iban y venían los tártaros, a los que no podían ver, pero sí oír. Las hogueras de los puestos avanzados brillaban extraordinariamente. Sin embargo, cada vez se hacía más necesario maniobrar con precisión en medio de los hielos que se iban estrechando.
El viejo marinero se puso de pie y los campesinos tomaron sus pértigas. Todos tenían alguna tarea que realizar porque la conducción de la balsa se volvía más difícil por momentos, al obstruirse visiblemente el curso del río.
Miguel Strogoff se deslizó hasta la proa. Alcide Jolivet le siguió. Ambos hombres escucharon lo que decían el viejo marinero y sus hombres:
-¡Vigila por la derecha!
.¡Los hielos se condensan a la izquierda!
-¡Aguanta! ¡Aguanta con la pértiga!
-¡Antes de una hora estaremos bloqueados…
-¡Dios no lo quiera! -respondió el viejo marinero-. Contra su voluntad no hay nada que hacer
-¿Ha oído usted? -preguntó Alcide Jolivet.
-Sí -respondió Miguel Strogoff-, pero Dio está con nosotros.
Sin embargo, la situación se agravaba cada vez más. Si la balsa quedaba detenida por el camino, los fugitivos no solamente no llegarían a Irkutsk, sino que se verían obligados a abandonar el aparejo flotante, el cual, aplastado por los témpanos no tardaría en desaparecer bajo sus pies. Las cuerdas de mimbre se romperían, los troncos de pino, separados violentamente se incrustarían bajo aquella dura costra y los desgraciados no tendrían otro refugio que los mismos bloques de hielo. Después, una vez que llegase el día, serían localizados por los tártaros y masacrados sin piedad.
Miguel Strogoff volvió a popa en donde Nadia le esperaba y, aproximándose a la joven, tomó su mano y le hizo la eterna pregunta:
-¿Estás dispuesta, Nadia?
A la cual ella respondió, como siempre:
-Estoy dispuesta.
Durante algunas verstas todavía, la balsa continuó deslizándose en medio de los hielos flotantes. Si el Angara se estrechaba, se formaría una barrera y, consecuentemente, sería imposible seguir deslizándose por la corriente. La deriva ya se hacía muy lentamente, porque a cada instante se producían choques o tenían que dar rodeos; aquí tenían que evitar un abordaje y allá pasar por una estrechura, todo lo cual significaba inquietantes retrasos.
Efectivamente, no quedaba más que algunas horas de oscuridad y si los fugitivos no estaban en Irlutsk antes de las cinco de la madrugada, debían perder todas las esperanzas de llegar jamás.
Pero, pese a cuantos esfuerzos se realizaron, a la una y media la balsa chocó contra una barrera y se detuvo definitivamente. Los bloques de hielo que arrastraba el agua se precipitaban sobre la balsa, aprisionándola contra aquel obstáculo, y la inmovilizaron como si hubiera encallado en un arrecife.
En aquel lugar el Angara se estrechaba y su lecho quedaba reducido a la mitad de la anchura normal. Allí, los hielos se habían acumulado poco a poco, soldándose unos a otros bajo la doble influencia de la presión, que era muy considerable, y del frío, que había redoblado su intensidad.
Quinientos pasos más adelante, el lecho del río se ensancha de nuevo y los bloque, desprendiéndose lentamente de aquel campo helado, continuaban derivando haciaIrkutsk. Es probable, pues, que sin ese estrechamiento de las orillas no se formara la barrera y la balsa hubiese podido continuar descendiendo por la corriente. Pero la desgracia era irreparable y los fugitivos debían abandonar toda esperanza de llegar a su meta.
Si hubieran tenido a su disposición los útiles que emplean ordinariamente los balleneros para abrirse canales a través de los hielos; si hubieran podido cortar ese campo helado hasta el punto donde se ensancha de nuevo el río, es posible que aún hubiera llegado a tiempo. Pero no tenían sierras, ni picos, ni herramienta alguna que les permitiera romper aquella corteza, dura como el cemento.
¿Qué partido tomar?
En ese momento se oyeron descargas de fusil procedentes de la orilla derecha del Angara y una lluvia de balas alcanzó la balsa. Evidentemente, los desgraciados fugitivos habían sido localizados, porque otras detonaciones comenzaron a tronar desde la orilla izquierda.
Los fugitivos, cogidos entre dos fuegos, se convirtieron en el blanco de los tártaros y algunos de ellos fueron heridos, pese a que en medio de la oscuridad, las armas tenían que ser disparadas necesariamente al albur.
-Ven, Nadia -murmuró Miguel Strogoff al oído de la joven.
Sin hacer observación alguna, «dispuesta a todo», Nadia tomó la mano de Miguel Strogoff.
-Se trata de atravesar la barrera -le dijo en voz baja-, pero que nadie nos vea abandonar la balsa.
Nadia obedeció. Miguel Strogoff y ella se deslizaron con rapidez por la superficie helada del rio, amparándose en la profunda oscuridad que reinaba, únicamente rota en algunos puntos por los disparos de los tártaros.
La joven se arrastraba delante del correo del Zar. Las balas hacían impacto alrededor de ellos, como una violenta granizada que crepitaba sobre el hielo, cuya superficie escabrosa y erizada de vivas aristas les dejaba las manos ensangrentadas, pero ellos continuaban avanzando.
Diez minutos más tarde llegaban al extremo inferior de la barrera, en donde las aguas del Angara volvían a discurrir libremente. Algunos bloques se desprendían, poco a poco, reemprendiendo el curso del río, y deslizándose hacia Irkutsk.
Nadia comprendió lo que quería intentar Miguel Strogoff y se dirigió a uno de aquellos bloques que sólo estaba unido a la barrera por una estrecha lengua.
-Ven -dijo Nadia.
Miguel Strogoff y Nadia oían los disparos, los gritos de desesperación, los aullidos de los tártaros, que se dejaban oír río arriba. Después, poco a poco, aquellos gritos de profunda angustia y de feroz alegría, se fueron apagando en la lejanía.
-¡Pobres compañeros! -murmuró Nadia.
Durante media hora, la corriente arrastró rápidamente el bloque de hielo que transportaba a Miguel Strogoff y Nadia. A cada momento temían que se hundiera bajo ellos, pero aquella improvisada balsa seguía en la superficie, deslizándose por el centro de la corriente, de forma que no les sería necesario imprimirle una dirección oblicua hasta que tuvieran que acercarse a los muelles de Irkutsk.
Miguel Strogoff, con los dientes apretados y el oído atento, no pronunciaba una sola palabra. ¡Nunca había estado tan cerca del objetivo y presentía que iba a alcanzarlo … ! A la derecha brillaban las luces de Irkutsk y a la izquierda las hogueras del campamento tártaro. Miguel Strogoff no se encontraba más que a media versta de la ciudad.
-¡Por fin! -murmuró.
Pero, de pronto, Nadia lanzó un grito. Al oírlo, Miguel Strogoff se enderezó sobre el bloque, haciéndolo balancearse. Su mano señaló hacia lo alto del curso del Angara; su rostro, iluminado por reflejos azulados, adquirió un siniestro aspecto y, entonces, como si sus ojos se hubieran abierto de nuevo a la luz, gritó:
-¡Ah! ¡Dios mismo está contra nosotros!

12. IRKUTSK
Irkutsk, capital de Siberia oriental, es una ciudad que, en tiempos normales, está poblada por unos treinta mil habitantes. Una margen bastante alta que se levanta sobre la orilla derecha del Angara sirve de asiento a sus iglesias, a las que domina una catedral, y sus casas, dispuestas en un pintoresco desorden. Contemplada a cierta distancia, desde lo alto de las montañas que se elevan a una veintena de verstas sobre la gran ruta siberiana, con sus cúpulas, sus campanarios, sus agujas, esbeltas como minaretes, y sus domos, ventrudos como tibores japoneses, la ciudad tiene aspecto un tanto oriental.
Pero a los ojos del viajero, esta impresión desaparece desde el mismo instante en que traspasa la entrada de la ciudad. Entonces, Irkutsk, mitad bizantina, mitad china, se convierte en totalmente europea, con sus calles pavimentadas con macadán, bordeadas de aceras atravesadas por canales y sombreadas por gigantescos abedules; por sus casas de piedra y de madera, algunas de las cuales tienen varios pisos; por los numerosos carruajes que circulan por ella, no sólo tarentas y telegas, sino berlinas y calesas; y, en fin, por toda la categoría de sus habitantes, muy al corriente de todos los progresos de la civilización, a los que no resultan extrañas las más modernas modas procedentes de París.
En esta época, Irkutsk estaba abarrotada de gente a causa de todos los refugiados siberianos de la provincia, aunque abuntiaban las reservas de todo tipo, por el depósito de los innumerables mercaderes que realizan sus intercambios comerciales entre China, Asia central y Europa. No había, pues, nada que temer al admitir a los campesinos del valle del Angar, a los mongoles-kalkas, a los tunguzes y a los burets, dejando un desierto entre los invasores y la ciudad.
Irkutsk es la residencia del gobernador general de Siberia oriental. Por debajo de él se encuentra el gobierno civil, en cuyas manos se concentra la administración de la provincia, el jefe de policía, muy atareado siempre en una ciudad en la que abundan los exiliados políticos, y, finalmente, el alcalde, jefe de los mercaderes, persona muy considerada por su inmensa fortuna y por la influencia que ejerce sobre sus administrados.
La guarnición de Irkutsk estaba compuesta entonces por un regimiento de cosacos a pie, que contaba alrededor de dos mil hombres, y por un cuerpo permanente de gendarmes, que llevan casco y uniforme azul con galones plateados.
Además, como ya se sabe, a causa de unas especiales circunstancias, el hermano del Zar se encontraba en la ciudad desde el comienzo de la invasión. Vamos a precisar estas circunstancias. Un viaje de importancia política había llevado al Gran Duque a esas lejanas provincias de Asia central.
El Gran Duque, después de haber recorrido las principales ciudades siberianas, viajando más como militar que como príncipe, sin ningún aparato oficial, acompañado de sus oficiales y escoltado por un destacamento de cosacos, se había trasladado hasta las comarcas que están más allá del Baikal. Nikolaevsk, la última ciudad rusa situada en el litoral del mar de Okhotsk, había sido honrada con su visita.
Una vez llegado hasta los confines del inmenso Imperio, el Gran Duque regresaba a Irkutsk, desde donde contaba con reemprender la ruta de regreso a Europa, cuando llegaron las noticias de la invasión tan amenazadora como inesperada. Se dio prisa por llegar a la ciudad, pero cuando llegó, las comunicaciones con Rusia iban a quedar inmediatamente interrumpidas. Recibió todavía algunos mensajes de Petersburgo y de Moscú, y hasta pudo contestarlos, pero después el hilo quedó cortado en las circunstancias que ya conocemos. Irkutsk estaba aislada del resto del mundo.
El Gran Duque no podía hacer otra cosa que organizar la resistencia, a cuya tarea se entregó con la seguridad y la sangre fría de las que había dado muestra en innumerables ocasiones.
Las noticias de la caída de Ichim, Omsk y Tomsk, sucesivamente, habían llegado a Irkutsk. Era preciso, pues, salvar de la ocupación, al precio que fuera, a la capital de la Siberia oriental. No se podía confiar en recibir refuerzos inmediatos. Las escasas tropas diseminadas por las provincias del Amur y el gobierno de Irkutsk no podían llegar en suficiente número para detener a las columnas tártaras. Por lo tanto, era necesario poner la ciudad en condiciones de resistir un sitio de cierta duración.
Los trabajos comenzaron el día en que Tomsk cayó en manos de los invasores y, al mismo tiempo que recibía esta noticia, el Gran Duque supo que el Emir de Bukhara, junto con los khanatos aliados, dirigía personalmente el movimiento; pero lo que ignoraba era que el lugarteniente del cabecilla de aquellos bárbaros fuera Ivan Ogareff, un oficial ruso al que él mismo había degradado y al que no conocía personalmente.
Inmediatamente, tal como queda dicho, los habitantes de la provincia de Irkutsk, recibieron la orden de abandonar pueblos y ciudades. Los que no se refugiaron en la capital, tuvieron que trasladarse a la parte opuesta del lago Balkal, donde probablemente no llegarían los estragos de la invasión.
Fueron requisadas las cosechas de trigo y de forrajes, con destino al abastecimiento de la capital, y este último baluarte del poderío moscovita en el Extremo Oriente quedó en condiciones para resistir el asedio durante algún tiempo.
Irkutsk, fundada en 1611, está situada en la confluencia del Irkut y del Angara, sobre la orilla derecha de este río. Dos puentes de madera suspendidos sobre pilotes, dispuestos de forma que se abrían a toda la anchura del canal para facilitar las necesidades de la navegación, unen la ciudad con los suburbios que se levantan sobre la orilla izquierda.
Por este lado, la defensa era fácil. Los suburbios fueron desalojados por sus habitantes y los puentes destruidos. El paso del Angara, muy ancho en ese lugar, no hubiera sido posible bajo el fuego de los sitiados.
Pero el río podía ser franqueado más arriba y más abajo de la ciudad y, por consiguiente, Irkutsk corría el riesgo de ser atacada por la parte este, donde no se levanta ninguna muralla que la proteja.
Todos los brazos disponibles se ocuparon, noche y día, en los trabajos de fortificación. El Gran Duque se encontró con una población dedicada ardorosamente a esta tarea y que más tarde derrochó coraje en la defensa de la ciudad. Soldados, comerciantes, exiliados y campesinos, todos se entregaron a la tarea de salvación común, y ocho días antes de que los tártaros aparecieran sobre el Angara, quedaban levantadas unas murallas de tierra y cavada una fosa que fue inundada por las aguas del Angara, cruzándose entre la escarpa y la contraescarpa. La ciudad ya no podía ser conquistada por un simple golpe de mano, sino que era necesario atacarla y asediarla.
La tercera columna tártara, que había llegado remontando el valle del Yenisei, apareció frente a Irkutsk el 24 de septiembre, ocupando inmediatamente los suburbios abandonados, cuyas casas habían sido demolidas con el fin de que no dificultasen la acción de la artillería del Gran Duque que, por desgracia, era insuficiente. Los tártaros se organizaron, pues, mientras esperaban la llegada de las otras dos columnas, mandadas por el Emir y sus aliados.
La reunión de los distintos cuerpos se operó el 25 de septiembre en el campamento del Angara, y todo el ejército, salvo las guarniciones dejadas en las principales ciudades conquistadas, se concentró bajo el mando de Féofar-Khan.
El paso del Angara fue considerado por Ivan Ogareff como impracticable, al menos frente a Irkutsk; pero una buena parte de las tropas atravesaron el río varias verstas más abajo, sobre puentes de barcas dispuestas al efecto. El Gran Duque no intentó siquiera oponerse, porque no hubiera conseguido otra cosa que entorpecer la operación, pero no impedirla, al no tener a su disposición artillería de campaña. Con mucho sentido de la prudencia, pues, quedó encerrado en el interior de Irkutsk.
Los tártaros ocuparon la orilla derecha del río; después se remontaron hacia la ciudad, incendiando a su paso la residencia veraniega del gobernador general, situada en unos bosques que dominan el curso del Angara desde lo alto de la margen. Los invasores fueron a tomar definitivamente sus posiciones para el asedio, después de haber rodeado completamente Irkutsk.
Ivan Ogareff, hábil ingeniero, era, ciertamente, capaz de dirigir las operaciones de un asedio regular; pero tenía escasez de medios materiales necesarios para operar con rapidez. Por eso había confiado sorprender Irkutsk, meta de todos sus esfuerzos. Las cosas, como se ve, se le habían puesto de forma muy diferente a como contaba que se presentasen. Por una parte, la batalla de Tomsk había retrasado la marcha del ejército; por otra, la rapidez que el Gran Duque imprimió a los trabajos de defensa.
Estas dos razones eran suficientes para hacer tambalear sus proyectos al encontrarse en la necesidad de plantear un asedio en toda regla.
Sin embargo, por inspiración suya, el Emir intentó por dos veces tomar la ciudad a costa de un gran sacrificio de hombres, lanzando en masa a sus soldados contra los puntos que consideraba más débiles de las fortificaciones improvisadas. Pero ambos asaltos fueron rechazados con coraje.
El Gran Duque y sus oficiales no dejaron de exponerse en esta ocasión, poniéndose a la cabeza de la población en las murallas, donde burgueses y campesinos cumplieron admirablemente con su deber.
En el segundo asalto los tártaros consiguieron forzar una de las puertas del recinto, teniendo lugar una lucha cuerpo a cuerpo en el comienzo de la gran calle Bolchaia, de dos verstas de longitud, que va a desembocar en la orilla del Angara; pero los cosacos, los gendarmes y los ciudadanos civiles, les opusieron tan tenaz resistencia, que los tártaros se vieron obligados a volver a sus posiciones y esperar otra oportunidad.
Fue entonces cuando Ivan Ogareff pensó lograr, apelando a la traición, lo que no había podido conseguir por la fuerza. Se sabe que su proyecto era penetrar en la ciudad, llegar hasta el Gran Duque, captarse su confianza y, llegado el momento, abrir una de las puertas a los sitiadores. Una vez hecho esto, saciaría su venganza en el hermano del Zar.
La gitana Sangarra, que le había seguido hasta e campamento del Angara, le impulsó a que pusiera en ejecución su proyecto. Efectivamente, decidió llevarlo a cabo sin retraso. Las tropas rusas del gobierno de lakutsk marchaban ya sobre Irkutsk. Estas tropas estaban concentradas en el curso superior del río Lena, desde donde remontaban el valle del Angara. Antes de seis días habrían llegado a las puertas de la ciudad, por lo que antes de ese plazo, Irkutsk tenía que haber sido tomada a traición. Ivan Ogareff ya no dudó.
La noche del 2 de octubre se celebró un consejo de guerra en el palacio del gobernador general, donde residía el Gran Duque. Este palacio, levantado en un extremo de la calle Bolchala, domina el curso del río en un amplio sector de su recorrido. A través de las ventanas de la fachada principal, se percibía perfectamente todo el movimiento del campamento tártaro. Una artillería de mayor alcance que la de los tártaros hubiera hecho inhabitable este palacio.
El Gran Duque, el general Voranzoff, gobernador de la ciudad y el alcalde y jefe de los comerciantes, a los que se sumaba un cierto número de oficiales de alta graduación, acababan de adoptar diversas resoluciones.
-Señores -dijo el Gran Duque-, ustedes conocen exactamente nuestra situación. Abrigo la firme esperanza de que podremos mantenernos firmes hasta que lleguen las tropas de Iakutsk. Entonces rechazaremos perfectamente a las hordas tártaras y no seré yo quien impida que paguen cara la invasión del territorio moscovita.
-Vuestra Alteza sabe que puede contar con toda la población de Irkutsk -dijo el general Voranzoff.
-Sí, general -respondió el Gran Duque-, y rindo homenaje a su patriotismo. Gracias a Dios todavía no ha sido víctima de los horrores de la epidemia y el hambre y creo que conseguirá escapar; pero mientras tanto sólo puedo admirar su coraje en la defensa de las murallas. Recuerde bien mis palabras, señor alcalde, porque quiero que las transmita literalmente.
-Doy las gracias a Vuestra Alteza, en nombre de la ciudad -respondió el alcalde, continuando-. Me atrevo a preguntar a Vuestra Alteza qué plazo máximo de tiempo concede hasta la llegada de las tropas de socorro.
-Seis días como máximo, señores -respondió el Gran Duque-. Esta mañana ha conseguido entrar en la ciudad un hábil y valiente emisario y me ha comunicado que cincuenta mil rusos avanzan a marchas forzadas bajo las órdenes del general Kisselef.
Hace dos días estaban en las orillas del Lena, en Kirensk, y ahora, ni el frío ni la nieve les impedirán llegar. Cincuenta mil hombres pertenecientes a tropas escogidas, atacando a los tártaros por el flanco, nos librarán pronto del asedio.
-Agregaré -dijo el alcalde- que el día en que Vuestra Alteza ordene una salida, estaremos preparados para ejecutar sus órdenes.
-Bien, señores. Esperemos a que la vanguardia de nuestras fuerzas aparezca por las alturas y aplastaremos a los invasores -dijo el Gran Duque, volviéndose después hacia el general Voranzoff, añadiendo-: Mañana visitaremos los trabajos de la orilla derecha.
El Angara baja lleno de témpanos que no tardarán en cimentarse, en cuyo caso los tártaros puede que consiguieran pasar el río.
-Permitidme Vuestra Alteza que haga una observación –dijo el alcalde.
-Hacedla, señor.
-He visto más de una vez bajar la temperatura a treinta o cuarenta grados bajo cero y el Angara siempre ha arrastrado trozos de hielo, sin congelarse enteramente. Esto se debe, sin duda, a la rapidez de su curso. Si los tártaros no disponen de otros medios para franquear el río, yo puedo garantizar a Vuestra Alteza que ellos no entrarán así en Irkutsk.
El gobernador general confirmó las palabras de alcalde.
-Es una afortunada circunstancia –dijo el Gran Duque-. No obstante, estaremos preparados par, afrontar cualquier eventualidad.
Volviéndose entonces hacia el jefe de policía, le preguntó:
-¿No tiene usted nada que decirme, señor…?
-He de hacer llegar a Vuestra Alteza una súplica que se le dirige por mediación mía.
-¿Dirigida por … ?
-Los exiliados, de los que, como Vuestra Alteza sabe, hay quinientos en la ciudad. , Los exilados políticos, repartidos por toda la provincia, quedaban concentrados en Irkutsk desde el comienzo de la invasión. Obedeciendo la orden de refugiarse en la ciudad, abandonando los lugares donde ejercían diversas profesiones, unos de médicos, otros de profesores, bien en el Instituto, en la Escuela Japonesa o en la Escuela de Navegación. Desde el primer momento el Gran Duque, confiando como el Zar en su patriotismo, los había armado, encontrando en ellos unos valientes defensores.
-¿Qué piden los exiliados? -preguntó el Gran Duque.
-Piden la autorización de Vuestra Alteza para formar un cuerpo de elite, que sea situado a la cabeza de la primera salida -respondió el jefe de policía.
-Sí -dijo el Gran Duque, embargado por una emoción que no intentó disimular-. ¡Estos exilados son rusos y tienen derecho a luchar por su país!
-Creo poder afirmar -agregó el gobernador general- que Vuestra Alteza no tendrá mejores soldados.
-Pero necesitan un jefe. ¿Quién va a ser? -preguntó el Gran Duque.
-Les gustaría que Vuestra Alteza nombrase a uno de ellos que se ha distinguido en diversas ocasiones.
-¿Es ruso?
-Sí, de las provincias bálticas.
-¿Se llama … ?
-Wassili Fedor.
Este exiliado era el padre de Nadia. Como se sabe, Wassili Fedor ejercía en Irkutsk su profesión de médico. Era un hombre bondadoso e instruido, dotado de un gran valor y del más sincero patriotismo. Todo el tiempo que le dejaba libre su dedicación a los enfermos y heridos lo empleaba en organizar la resistencia. Fue él quien unió a sus compañeros de exilio en una acción común. Los exiliados, hasta entonces mezclados entre las filas de la población, se habían comportado de tal forma que llamaron la atención del Gran Duque. En varias salidas habían pagado con su sangre la deuda contraída con la santa Rusia.
¡Santa, en verdad, y amada por sus hijos!
Wassili Fedor se había portado heroicamente y su nombre había sido citado en varias ocasiones, pero nunca pidió gracias ni favores y cuando los ex ¡liados de Irkutsk tuvieron el pensamiento de formar un cuerpo de elite, él mismo ignoraba que tuvieran la intención de elegirle su jefe.
Cuando el jefe de policía hubo pronunciado el nombre, el Gran Duque respondió que no le era desconocido.
-En efecto -dijo el general Voranzoff-, Wassili Fedor es un hombre con gran valor y coraje. Es muy grande la influencia que ejerce entre sus compañeros.
-¿Desde cuándo está en Irkutsk?
-Desde hace dos años.
-¿Y su conducta … ?
-Su conducta -dijo el jefe de policía-, es la de un hombre sometido a las leyes especiales que lo rigen.
-General -dijo el Gran Duque-, ¿quiere presentármelo inmediatamente? Las órdenes del Gran Duque fueron ejecutadas enseguida, y no había transcurrido ni media hora cuando Wassili Fedor era introducido en su presencia.
Era un hombre de unos cuarenta años a lo sumo, de fisonomía severa y triste. Se notaba en él que toda su vida se resumía en una palabra: lucha, y que había luchado y sufrido. Sus rasgos recordaban extraordinariamente los de Nadia Fedor.
A él, más que a ningún otro, la invasión tártara lo había herido en su más querido afecto y arruinado su suprema esperanza de padre, exiliado a ocho mil verstas de su ciudad natal.
Una carta le había llevado la noticia de la muerte de su esposa y, al mismo tiempo, la partida de su hija, que había obtenido autorización para reunirse con él en Irkutsk. Nadia debía haber salido de Riga el 10 de julio y la invasión se produjo el 15. Si en esa época Nadia había pasado la frontera. ¿Qué podía haber sido de ella en medio de los invasores? Se concibe que este desgraciado padre estuviera devorado por la inquietud, ya que desde aquellas fechas no tenía ninguna noticia de su hija.
Wassili Fedor, una vez en presencia del Gran Duque, se inclinó y esperó a ser interrogado.
-Wassili Fedor -le dijo el Gran Duque-, tus compañeros de exilio han pedido formar un cuerpo de elite. ¿Ignoran que en esta clase de cuerpos es preciso saber morir hasta el último hombre?
-No lo ignoran -respondió Wassili Fedor.
-Te quieren a ti por jefe.
-¿A mí, Alteza?
-¿Consientes ponerte al frente de ellos?
-Sí, si el bien de Rusia lo precisa.
-Comandante Fedor -dijo el Gran Duque-, tú ya no eres un exiliado.
-Gracias, Alteza, pero ¿puedo mandar a los que todavía lo son?
-¡Ya no lo son!
¡Lo que acababa de otorgar el hermano del Zar era el perdón para sus compañeros de exilio, ahora ya sus compañeros de armas! Wassili Fedor estrechó con emoción la mano que le tendió el Gran Duque y salió de palacio.
Éste, volviéndose hacia sus oficiales, dijo sonriendo:
-El Zar no dejará de aceptar la letra de perdón que he girado a su cargo. Nos hacen falta héroes que defiendan la capital de Siberia y acabo de hacerlos.
Era, efectivamente, un acto de justicia y de buena política este perdón tan generosamente otorgado a los exiliados de Irkutsk.
La noche había llegado ya, y a través de las ventanas del palacio del gobernador general brillaban las hogueras del campamento de los tártaros, que con sus resplandores iluminaban más allá de la orilla del Angara.
El río arrastraba numerosos bloques de hielo, algunos de los cuales quedaban detenidos en su deslizarse sobre las aguas por los pilotes de los antiguos puentes de madera.
Los que la corriente mantenía en el canal derivaban con extrema rapidez. Era evidente, como había observado el alcalde, que el Angara difícilmente se helaría en toda su superficie. El peligró, pues, estaba conjurado por aquella parte, no debiendo preocupar a los defensores.
Acababan de dar las diez de la noche y ya iba el Gran Duque a despedir a sus oficiales, retirándose a sus habitaciones, cuando se produjo un revuelo fuera de palacio. Casi al instante, se abrió la puerta del salón, apareciendo un ayudante de campo del
Gran Duque, el cual, dirigiéndose hacia él, le dijo:
-¡Alteza, un correo del Zar!

13. UN CORREO DEL ZAR
Un movimiento simultáneo impulsó a todos los miembros del Consejo hacia la puerta entreabierta del salón: ¡Un correo del Zar había llegado a Irkutsk!
Si los oficiales hubieran reflexionado por un instante la improbabilidad de este hecho, lo hubieran tomado, ciertamente, como por un imposible.
El Gran Duque se dirigió con impaciencia hacia su ayudante de campo, diciéndole:
-¡El correo!
Entró un hombre. Tenía el aspecto de estar abrumado por la fatiga. Llevaba un vestido de campesino siberiano, usado, hecho jirones, y en el cual se apreciaban agujeros practicados por el impacto de las balas. Un gorro moscovita le cubría la cabeza y una cuchillada, mal cicatrizada aún, le cruzaba la mejilla. Este hombre, evidentemente, había hecho un largo y penoso camino. Su calzado, completamente destrozado, indicaba que había tenido que recorrer a pie una parte del viaje.
-¿Su Alteza, el Gran Duque? -preguntó al entrar.
El Gran Duque fue hacia él.
-¿Tú eres correo del Zar? -preguntó.
-Sí, Alteza.
-¿Vienes…?
-De Moscú.
-¿Cuándo saliste de Moscú?
-El 15 de julio.
-¿Cómo te llamas?
-Miguel Strogoff.
Era Ivan Ogareff. Había usurpado el nombre y la condición de aquel al que creía reducido a la impotencia. Ni el Gran Duque ni nadie le conocía en Irkutsk y ni siquiera había tenido necesidad de cambiar sus rasgos, y como estaba en condiciones de poder probar su pretendida personalidad, nadie dudaría de él.
Venía, pues, a precipitar el desarrollo del drama de la invasión apelando a la traición y al asesinato.
Después de la respuesta de Ivan Ogareff, el Gran Duque hizo un gesto y todos sus oficiales se retiraron. El falso Miguel Strogoff y él quedaron solos en el salón. El Gran Duque miró a Ivan Ogareff durante algunos instantes, con extrema atención.
Después le preguntó:
-¿Estabas en Moscú el 15 de julio?
-Sí, Alteza , y en la noche del 14 al 15, vi a su Majestad, el Zar, en el Palacio Nuevo.
-¿Traes una carta del Zar?
-Aquí está.
Ivan Ogareff entregó al Gran Duque la carta imperial, reducida a dimensiones casi microscópicas.
-¿Esta carta la recibiste en tal estado? -preguntó el Gran Duque, extrañado.
-No, Alteza, pero tuve que romper el sobre con el fin de ocultarla mejor a los soldados del Emir.
-¿Has estado prisionero de los tártaros?
-Sí, Alteza, durante varios días -respondió Ivan Ogareff-, por eso, habiendo salido de Moscú el 15 de julio, no he llegado a Irkutsk hasta el 2 de octubre, después de setenta y nueve días de viaje.
El Gran Duque tomó la carta, la desplegó y reconoció la firma del Zar, precedida de la fórmula sacramental escrita de su propia mano. No había, pues, ninguna duda sobre la autenticidad de la carta ni sobre la identidad del correo. Si su feroz fisonomía había inspirado, de pronto, desconfianza en el Gran Duque, esta desconfianza desapareció enseguida.
El Gran Duque permaneció callado durante algunos instantes, leyendo atentamente la carta con el fin de captar perfectamente todo su sentido. A continuación, tomó de nuevo la palabra.
-Miguel Strogoff, ¿conoces el contenido de esta carta? -preguntó.
-Sí, Alteza. Podía verme forzado a destruirla para que no cayera en manos de los tártaros y, si llegaba ese caso, quería transmitir su texto exacto a Vuestra Alteza.
-¿Sabes que esta carta nos conmina a morir antes que rendir la ciudad?
-Lo sé.
-¿Sabes también que en ella se indican los movimientos de tropas que han sido combinados para detener la invasión?
-Sí, Alteza, pero esos movimientos no han tenido éxito.
-¿Qué quieres decir?
-Quiero decir que Ichim, Omsk, Tomsk, por no citar más que las ciudades importantes de las dos Siberias, han sido sucesivamente ocupadas por los soldados de Féofar-Khan.
-¿Pero ha habido combates? ¿Se han enfrentado nuestros cosacos con los tártaros?
-Varias veces, Alteza.
-¿Y han sido rechazados?
-Eran unas fuerzas insuficientes.
-¿Dónde han tenido lugar esos encuentros?
-En Kolyvan, en Tomsk…
Hasta aquí, Ivan Ogareff no había dicho más que la verdad, pero con la intención de desmoralizar a los defensores de Irkutsk, exagerando las ventajas obtenidas por las tropas del Emir, añadió:
-Y por tercera vez en Krasnolarsk.
-¿Y en esta última escaramuza … ? -preguntó el Gran Duque, apretando los dientes tan fuertemente que apenas dejó salir las palabras.
-Fue mucho más que una escaramuza, Alteza, fue una batalla -respondió Ivan Ogareff.
-¿Una batalla?
-Veinte mil rusos, llegados de las provincias fronterizas y del gobierno de Tobolsk, lucharon contra ciento cincuenta mil tártaros y, pese a su valor, fueron aniquilados.
-¡Mientes! -gritó el Gran Duque, intentando vanamente contener su cólera.
-¡Digo la verdad, Alteza! -respondió fríamente Ivan Ogareff– ¡Estuve presente en la batalla de Krasnolarsk y fue allí donde caí prisionero!
El Gran Duque consiguió calmarse y con una seña dio a entender a Ivan Ogareff que no dudaba de la veracidad de sus palabras.
-¿Qué día tuvo lugar la batalla de Krasnoiarsk?
-El 22 de septiembre.
-¿Y ahora, todas las fuerzas tártaras están concentradas alrededor de Irkutsk?
-Todas.
-¿En cuánto las valoras?
-En unos cuatrocientos mil hombres.
Nueva exageración de Ivan Ogareff, al evaluar los efectivos de los tártaros, que pretendía el mismo fin.
-¿No debo esperar refuerzos de las provincias del oeste? -preguntó el Gran Duque.
-No, Alteza, al menos antes de que finalice el invierno.
-¡Pues bien, Miguel Strogoff, escucha esto: aunque no me llegue ninguna ayuda del este ni del oeste y aunque esos bárbaros fuesen seiscientos mil, jamás rendiré Irkutsk! Ivan Ogareff entornó ligeramente los párpados, como si el traidor quisiera decir que el hermano del Zar no contaba con la traición.
El Gran Duque, de temperamento nervioso, apenas había conseguido conservar la calma al conocer tan desastrosas noticias. Iba y venía por el salón, bajo la mirada de Ivan Ogareff, que le contemplaba como a presa reservada para su venganza.
Se detenía delante de las ventanas, miraba hacia las hogueras del campamento tártaro, intentaba percibir los sonidos, cuya mayor parte provenía de los choques de los bloques de hielo arrastrados por la corriente del Angara.
Se pasó así un cuarto de hora, sin formular ninguna pregunta. Después, volviendo a desplegar la carta, releyó un pasaje y dijo:
-¿Sabes, Miguel Strogoff, que en esta carta se habla de un traidor del que tengo que prevenirme?
-Sí, Alteza.
-Ha de intentar entrar en Irkutsk bajo un disfraz, captar mi confianza y después, llegado el momento, entregar la ciudad a los tártaros.
-Sé todo eso, Alteza, y también sé que Ivan Ogareff ha jurado vengarse personalmente del hermano del Zar.
-Pero ¿por qué?
-Se dice que este oficial fue condenado por Vuestra Alteza a una humillante degradación.
-Sí… ya me acuerdo… ¡Pero lo merecía, ese miserable, que ahora ha traicionado a su país conduciendo una invasión de bárbaros!
-Su Majestad, el Zar -respondió Ivan Ogareff- quería, por encima de todo, que Vuestra Alteza fuera advertido de los criminales proyectos de Ivan Ogareff contra vuestra persona.
-Sí… La carta me informa…
-Su Majestad me dijo personalmente que durante mi viaje por Siberia tenía que desconfiar, sobre todo, de ese traidor.
-¿Has tropezado con él?
-Sí, Alteza, después de la batalla de Krasnoiarsk. Si hubiera podido sospechar que era portador de una carta dirigida a Vuestra Alteza en la que se descubrían sus proyectos, no me habría perdonado.
-¡Sí, hubieras estado perdido! -respondió el Gran Duque-. ¿Y cómo has podido escapar?
-Lanzándome al Irtyche.
-¿Cómo has entrado en Irkutsk?
-Gracias a una salida que se ha efectuado esta misma noche para rechazar a un destacamento tártaro. Me he mezclado entre los defensores de la ciudad y he podido darme a conocer, haciendo que se me condujera inmediatamente ante Vuestra Alteza.
-Bien, Miguel Strogoff -respondió el Gran Duque-. Has mostrado valor y celo en esta difícil misión. No te olvidaré. ¿Quieres pedirme algún favor?
-Ninguno, Alteza, a no ser el de batirme a vuestro lado -respondió Ivan Ogareff.
-Sea, Miguel Strogoff. Quedas desde hoy agregado a mi persona y te alojarás en Palacio.
-¿Y si, conforme a su intención, Ivan Ogareff se presenta ante Vuestra Alteza con nombre falso?
-Le desenmascararemos gracias a ti y haré que muera a golpes de knut. Puedes retirarte.
Ivan Ogareff acababa de desempeñar con éxito su indigno papel. El Gran Duque le había dado plena y enteramente su confianza; podía abusar de ella donde y cuando le conviniera. Habitaría en el mismo palacio y estaría al corriente del secreto de las operaciones de defensa. Tenía, pues, la situación en sus manos. Nadie en Irkutsk le conocía; nadie podía arrancarle su máscara. Estaba resuelto a poner manos a la obra sin retraso.
En efecto, el tiempo apremiaba, porque era preciso que la ciudad cayera antes de la llegada de las tropas rusas del norte y del este, lo cual era cuestión de pocos días.
Una vez dueños de Irkutsk, los tártaros no la perderían fácilmente y, en caso de verse obligados a abandonar la ciudad, no sería sin antes haberla arrasado hasta los cimientos y sin que rodara la cabeza del Gran Duque a los pies de Féofar-Khan.
Ivan Ogareff, teniendo toda clase de facilidades para ver, observar y disponer, se preocupó al día siguiente de visitar las defensas.
Por todas partes fue acogido con cordiales felicitaciones por parte de oficiales, soldados y civiles. Para ellos, el correo del Zar era como el lazo que había venido a atarles al Imperio.
Ivan Ogareff contó, con ese aplomo que nunca le faltaba, las falsas peripecias de su viaje. Después, hábilmente y sin insistir demasiado al principio, habló de la gravedad de la situación, exagerando los éxitos de los tártaros, tal como había hecho ante el Gran Duque, así como el número de las fuerzas de que disponían aquellos bárbaros.
De dar crédito a sus palabras, los refuerzos que se esperaban, si llegaban, serían insuficientes, y era de temer que una batalla librada bajo los muros de Irkutsk tuviera resultados tan funestos como las de Kolyvan, Tomsk y Krasnoiarsk.
Ivan Ogareff no prodigaba estas aviesas insinuaciones, sino que tenía buen cuidado de hacer que penetraran poco a poco en el ánimo de los defensores de Irkutsk. Daba la impresión de que no respondía más que cuando se le apremiaba a preguntas y como si fuera a pesar suyo. En todo caso, siempre añadía que era preciso defenderse hasta el último hombre y hacer volar la ciudad antes que rendirla.
Con esta labor de zapa, hubiera podido causar mucho daño de no ser porque la guarnición y la población de Irkutsk eran demasiado patriotas para dejarse amilanar. De entre aquellos soldados y aquellos ciudadanos, cercados en una ciudad aislada en el extremo del mundo asiático, no hubo uno solo que pensara en la capitulación. El desprecio de los rusos por aquellos bárbaros no tenía límites.
De todas formas le supuso el papel odioso que estaba desempeñando Ivan Ogareff, porque nadie podía adivinar que el pretendido correo del Zar fuese un traidor.
Las naturales circunstancias hicieron que desde su llegada a Irkutsk se establecieran frecuentes contactos entre Ivan Ogareff y uno de los más valientes defensores de la ciudad, Wassili Fedor.
Se sabe qué inquietudes devoraban a aquel desgraciado padre. Si su hija, Nadia Fedor, había abandonado Rusia en la fecha señalada, en su última carta enviada desde Riga, ¿qué le habría ocurrido? ¿Estaba todavía intentando atravesar las comarcas invadidas, o ya había caído prisionera hacía tiempo? Wassili Fedor no encontraba tregua en su dolor más que cuando tenía ocasión de batirse con los tártaros, pero, con gran disgusto suyo, las ocasiones no se presentaban muy frecuentemente.
Por lo tanto, cuando se enteró de la inesperada llegada del correo del Zar, tuvo el presentimiento de que éste podría darle noticias de su hija. Probablemente no era más que una esperanza quimérica, pero se agarró a ella. ¿No había estado el correo del Zar prisionero de los tártaros como probablemente lo estaba Nadia?
Wassill Fedor fue al encuentro de Ivan Ogareff, el cual aprovechó la ocasión para entrar en franco contacto con el comandante. ¿Pensaba el renegado explotar esa circunstancia? ¿Juzgaba a todos los hombres por el mismo rasero? ¿Creía que un ruso incluso un exiliado político, podía ser lo bastante miserable como para traicionar a su país?
Sea como fuere, Ivan Ogareff respondió con una cortesía hábilmente fingida a los intentos del acercamiento del padre de Nadia. Éste, al día siguiente de la llegada del pretendido correo, se dirigió al palacio del gobernador general y allí dio a conocer a Ivan Ogareff las circunstancias en las cuales su hija había debido de salir de la Rusia europea, exponiéndole cuáles eran sus inquietudes.
Ivan Ogareff no conocía a Nadia, pese a que se habían encontrado en la parada de postas de Ichim el día en que ella iba todavía con Miguel Strogoff. Pero entonces había prestado tan poca atención a la joven como a los dos periodistas que se encontraban también allí. No podía, pues, dar a Wassili Fedor ninguna noticia de su hija.
-¿En qué época -preguntó Ivan Ogareff debió de salir su hija del territorio ruso?
-Casi al mismo tiempo que usted -respondió Wassili Fedor.
-Yo salí de Moscú el 15 de julio.
-Nadia debió de salir también por esas fechas. Su carta me lo aseguraba formalmente.
-¿Estaba en Moscú el 15 de julio?
-En esa fecha, seguramente sí.
-Pues bien… -respondió Ivan Ogareff; y después, recapacitando, agregó-: Pero no… Me equivoco… Iba a confundir las fechas. Desgraciadamente es muy probable que haya podido traspasar la frontera y no le queda a usted más que una esperanza, y es que se haya quedado esperando noticias de la invasión.
Wassili Fedor bajó la cabeza. Conocía a Nadia y sabía perfectamente que nada le impediría continuar.
Ivan Ogareff, con aquellas palabras, acababa de cometer gratuitamente un acto de verdadera crueldad. Con otras palabras, podía haber tranquilizado a Wassili Fedor, pese a que Nadia había pasado la frontera en las circunstancias que conocemos; Wassili Fedor, al relacionar la fecha en que su hija se encontraba en Nijni-Novgorod con la del decreto que prohibía la salida, hubiera llegado, sin duda, a la conclusión de que Nadia no había podido quedar expuesta a los peligros de la invasión porque, pese a ella, continuaba todavía en el territorio europeo del Imperio.
Ivan Ogareff, obedeciendo a su naturaleza de hombre que no se conmovía por los sufrimientos ajenos, podía haber dicho estas otras palabras, pero no las dijo… Wassili Fedor, con el corazón partido, se retiró. Después de aquella entrevista se había disipado su última esperanza.
Durante los dos días que siguieron, el 3 y 4 de octubre, el Gran Duque interrogó varias veces al pretendido Miguel Strogoff, haciéndole repetir todo lo que se había hablado en el gabinete imperial del Palacio Nuevo. Ivan Ogareff se había preparado para afrontar cualquier cuestión que se le planteara, por lo que respondió a todo sin vacilación alguna.
No ocultó, intencionadamente, que el Gobierno del Zar había sido sorprendido completamente por la invasión y que la sublevación fue preparada en el mayor secreto; que los tártaros eran ya dueños de la línea del Obi cuando llegaron a Moscú las primeras noticias de la invasión y que, finalmente, nada se había decidido en las provincias rusas para mandar a Siberia las tropas necesarias para rechazar a los invasores.
Después, Ivan Ogareff, enteramente libre de movimientos, comenzó a estudiar Irkutsk, el estado de las fortificaciones y sus puntos débiles, con el fin de aprovechar ulteriormente sus observaciones, en el caso de que cualquier eventualidad le impidiera consumar su traición.
Se detuvo a examinar particularmente la puerta de Bolchaia, que era lo que quería librar a las fuerzas tártaras.
Por la noche se acercó por dos veces a la explanada de la puerta y, sin temor a ser descubierto por los sitiadores, cuyos puestos más avanzados se hallaban a menos de una versta de las murallas, se paseó por el glacis. Sabía perfectamente que no se exponía a ningún peligro y que hasta había sido reconocido, porque distinguió una sombra que se deslizaba hasta el pie de las murallas.
Sangarra, arriesgando su vida, venía a ponerse en comunicación con Ivan Ogareff. Los sitiados, por otra parte, desde hacía dos días gozaban de una tranquilidad a la que no les habían acostumbrado los tártaros desde el comienzo del asedio. Era por orden de Ivan Ogareff. El lugarteniente de Féofar-Khan había querido que se suspendiera toda tentativa de tomar la ciudad por asalto. Por eso desde su llegada a Irkutsk, la artillería había quedado completamente muda. Esperaba, además, que así se relajaría la estrecha vigilancia de los sitiados. En cualquier caso, en los puestos avanzados, varios millares de tártaros se mantenían preparados para lanzarse contra la puerta, que estaría desguarnecida de defensores en el instante en que Ivan Ogareff les diera la señal de actuar.
Sin embargo, no podía demorarse ese momento, porque era preciso terminar el asedio antes de que las tropas rusas llegaran a la vista de Irkutsk.
Ivan Ogareff tomó su decisión y aquella misma noche, desde lo alto del glacis, cayó un papel en manos de Sangarra.
El traidor había resuelto entregar Irkutsk la noche siguiente, 5 de octubre, a las dos de la madrugada.

14. LA NOCHE DEL 5 AL 6 DE OCTUBRE
El plan de Ivan Ogareff había sido combinado con el mayor cuidado y, salvo circunstancias imponderables, debía tener éxito. Era preciso que la puerta de Bolchaia estuviera libre de defensores en el momento en que la abriera. Por lo tanto, era indispensable que en aquel momento, la atención de los mismos se dirigiera hacia otro punto de la ciudad. Para ello había combinado con el Emir una serie de acciones que dispersaran la atención de los defensores.
Estas acciones debían llevarse a cabo por el lado de los suburbios de Irkutsk, hacia arriba y hacia abajo del río, sobre su orilla derecha.
El ataque contra los dos puntos debía realizarse con la mayor meticulosidad y, al mismo tiempo, se llevaría a cabo una tentativa de atravesar el Angara sobre la orilla izquierda. La puerta de Bolchaia, probablemente, quedaría casi abandonada, mientras que los puestos avanzados simularían levantar el campo.
Era el 5 de octubre. Antes de veinticuatro horas, la capital de Siberia oriental debía caer en manos del Emir y el Gran Duque, en poder de Ivar Ogareff.
Durante el día se produjo un movimiento desacostumbrado en el campamento tártaro del Angara. Desde las ventanas del palacio y desde las casas de la orilla derecha, podían distinguirse perfectamente los importantes preparativos que se estaban llevando a cabo en la orilla opuesta. Numerosos destacamentos tártaros convergían hacia el campamento y venían a reforzar las tropas del Emir. Eran los ataques convenidos que se estaban preparando de manera ostensible.
Además, Ivan Ogareff no ocultó al Gran Duque que era de temer un ataque por ese lado. Sabía, según dijo, que se llevaría a cabo un asalto por arriba y por abajo de la ciudad, aconsejando al Gran Duque reforzar esos dos puestos más directamente amenazados.
Los preparativos observados venían en apoyo de las recomendaciones hechas por Ivan Ogareff y era urgente tenerlas en cuenta. Así que, después de un consejo de guerra que se reunió con urgencia en el palacio, se dieron órdenes de que se concentrara la defensa sobre la orilla derecha del Angara y en los extremos de la ciudad, en donde las murallas de tierra iban a apoyarse sobre el río.
Era esto precisamente lo que quería Ivan Ogareff. Evidentemente, no cogitaba con que la puerta de Bolchaia quedara completamente desguarnecida de defensores, pero
confiaba en que sólo hubiera un pequeño número de ellos. Además, iba a imprimir a los asaltos una importancia tal que el Gran Duque se vería obligado a oponerles todas las fuerzas disponibles.
En efecto, un incidente de una gravedad excepcional, imaginado por Ivan Ogareff, debía ayudar poderosamente a la ejecución de sus proyectos.
Aunque Irkutsk no fuera atacada por los dos puntos alejados de la puerta de Bolchaia y por la orilla derecha del Angara, este incidente hubiera sido suficiente, por si solo, para emplear a fondo a todos los defensores, precisamente allá en donde Ivan Ogareff quería atraerlos, porque iba a provocar una espantosa catástrofe.
Por tanto, todas las precauciones quedaban tomadas para que a la hora indicada, la puerta de Bolchaia estuviera libre de defensores, entregándola a los millares de tártaros que esperaban cubiertos en los espesos bosques del este.
Durante esta jornada, la guarnición y la población civil de Irkutsk se mantuvieron constantemente alerta.
Estaban tomadas todas las medidas que exigía un ataque inminente en los puntos respetados hasta entonces. El Gran Duque y el general Voranzoff visitaron los puestos que, por orden suya, habían sido reforzados.
El cuerpo especial de Wassili Fedor ocupaba el norte de la ciudad, pero con la orden de acudir allí donde el peligro fuera más inminente. La orilla derecha del Angara quedaba reforzada con la poca artillería de que se disponía.
Con estas medidas, tomadas a tiempo gracias a las recomendaciones de Ivan Ogareff, hechas tan oportunamente, se esperaba que el ataque no tuviera éxito. En ese caso, los tártaros, momentáneamente desmoralizados, tardarían varios días en hacer cualquier otra tentativa de asaltar la ciudad. Entretanto, las tropas que el Gran Duque esperaba podían llegar de un momento a otro. La salvación o la pérdida de Irkutsk estaban, pues, pendientes de un hilo.
Ese día, el sol, que había salido a las seis y veinte de la mañana, se ponía a las cinco y cuarenta de la tarde, después de haber trazado su arco diurno por encima del horizonte durante once horas. El crepúsculo se resistiría a dejar paso a la noche durante dos horas todavía. Después, el espacio se llenaría de tinieblas porque grandes nubes se inmovilizarían en el aire, no permitiendo que la luna hiciera su aparición.
Esta profunda oscuridad iba a favorecer los proyectos de Ivan Ogareff.
Desde hacía varios días, un frío extremado preludiaba los rigores del invierno siberiano y, aquella noche, se dejaba sentir más intensamente todavía.
Los soldados apostados sobre la orilla derecha del Angara, forzados a no revelar su presencia, no habían podido encender hogueras, por lo que sufrían cruelmente con este terrible descenso de la temperatura. Varios pies por debajo de ellos pasaban los hielos que eran arrastrados por la corriente del río. Durante el día se les había visto, en hileras apretadas, derivar rápidamente entre las dos orillas.
Esta circunstancia observada por el Gran Duque y sus oficiales había sido considerada como favorable, porque era evidente que si el lecho del río se obstruía, el paso se haría impracticable, porque los tártaros no podrían maniobrar con balsas ni barcas. En cuanto a admitir que pudieran atravesar el río sobre el hielo, era de todo punto imposible, pues la barrera recientemente formada no ofrecería suficiente consistencia al paso de una columna de asalto.
Esta favorable circunstancia para los defensores de Irkutsk hubiera debido ser indeseable para Ivan Ogareff. Pero no era así, porque el traidor sabía perfectamente que los tártaros no intentarían pasar el Angara y que, al menos por ese lado, la tentativa no sería más que un simulacro.
No obstante, hacia las diez de la noche, se modificó sensiblemente el estado del río, con gran sorpresa de los asediados, y ahora en desventaja para ellos. El paso, impracticable hasta aquel momento, de golpe se hizo posible. El lecho del Angara quedo libre; Los hielos que se deslizaban en número creciente desde hacía varios días desaparecieron aguas abajo y apenas cinco o seis bloques quedaron ocupando entonces el espacio comprendido entre las dos orillas. Pero no presentaban la estructura de los bloques que se forman en condiciones normales y bajo la influencia de un frío intenso.
No eran más que simples pedazos arrancados a algún glaciar, cuyas aristas, netamente cortadas, no presentaban rugosidades. Los oficiales rusos que constataron esta modificación en las condiciones del río, la dieron a conocer al Gran Duque.
Aquello no tenía otra explicación de que en alguna parte, más arriba, en una zona más estrecha del Angara, los hielos debían de haberse acumulado hasta formar una barrera.
Ya se sabe que así era, efectivamente.
El paso del Angara estaba, pues, abierto a los asaltantes, viéndose los rusos en la necesidad de estrechar la vigilancia más que nunca.
Hasta medianoche no se produjo ningún incidente. Por la parte este, más allá de la puerta de Bolchaia, la calma era absoluta. Ni una sola hoguera había encendida en los frondosos bosques que en el horizonte se confundían con las nubes.
En el campamento del Angara había una gran agitación que era atestiguada por el continuo desplazamiento de luces.
A una versta por arriba y por abajo del punto donde la escarpa iba a apoyarse sobre la margen del río, se podía oír un sordo murmullo que probaba que los tártaros estaban de pie, esperando una señal cualquiera para entrar en acción.
Todavía transcurrió una hora sin que se produjera la nueva novedad.
Iban a dar las dos de la madrugada en las campanas de la catedral de Irkutsk y ningún movimiento había mostrado aún las intenciones hostiles de los asaltantes.
El Gran Duque y sus oficiales se preguntaban si no habían sido inducidos a error y si realmente entraba en los planes de los tártaros el intentar sorprender la ciudad. Las noches precedentes no habían gozado, ni mucho menos, de tanta tranquilidad. Las descargas estallaban frecuentemente en dirección a los puestos avanzados y los obuses rasgaban el aire. Sin embargo, esta noche no ocurría nada.
El Gran Duque, el general Voranzoff y su ayudante de campo, pues, esperaban, dispuestos a dar las órdenes según las circunstancias.
Se sabe que Ivan Ogareff ocupaba una habitación del palacio. Era una amplia sala situada en el piso bajo, cuyas ventanas daban a una terraza lateral. Bastaba cruzar esa terraza para dominar el curso del Angara.
Una profunda oscuridad reinaba en la sala. Ivan Ogareff, de pie, cerca de una ventana, esperaba que llegase el momento de actuar. Evidentemente, la señal no podía darla nadie más que él. Una vez dada, cuando la mayor parte de los defensores de Irkutsk hubieran sido llamados a los puntos abiertamente atacados, tenía el proyecto de salir del palacio para ir a cumplir su obra.
Esperaba, pues, en las tinieblas, como una fiera dispuesta a lanzarse sobre su presa.
Sin embargo, algunos minutos antes de las dos, el Gran Duque pidió que Miguel Strogoff -era el único nombre que podía darle a Ivan Ogareff- fuese llevado a su presencia. Un ayudante de campo se acercó a la habitación cuya puerta estaba cerrada y llamó…
Ivan Ogareff, inmóvil cerca de la ventana e invisible en las sombras, se guardó muy bien de responder.
El ayudante comunicó al Gran Duque que el correo del Zar no se encontraba en Palacio en aquel momento.
Dieron las dos. Era el momento de iniciar el asalto convenido con los tártaros, los cuales estaban ya preparados.
Ivan Ogareff abrió la ventana de su habitación, cruzó la terraza y fue a apostarse en el ángulo norte de la misma.
Por debajo de él, entre las sombras, pasaban las agua del Angara, que rugían al chocar contra las aristas de los pilares.
Ivan Ogareff sacó un fósforo del bolsillo, lo encendió y prendió fuego a un puñado de estopa impregnado en pólvora, el cual lanzó al agua.
¡Los torrentes de aceite mineral que flotaban sobre la superficie del Angara habían sido arrojados por orden de Ivan Ogareff!
Más arriba de Irkutsk, entre el pueblo de Poshkarsk y la ciudad, estaban en explotación varios yacimientos de nafta. Ivan Ogareff había decidido emplear este terrible medio para llevar el incendio a la capital, por lo que se apoderó de las incalculables reservas acumuladas en los depósitos de combustible líquido que había allí, siendo suficiente demoler un muro para que se derramara a borbotones.
Esto había sido realizado durante la noche, varias horas antes, y es por lo que la balsa que transportaba al verdadero correo del Zar, a Nadia y los demás fugitivos, flotaba sobre una corriente de aceite mineral.
A través de las brechas abiertas en los depósitos que contenían millones de metros cúbicos, la nafta se había precipitado como un torrente y, siguiendo la pendiente natural del terreno, se había esparcido sobre la superficie del río, donde su densidad le permitía flotar.
¡Así era como entendía la guerra Ivan Ogareff!
Aliado de los tártaros, se comportaba como ellos. ¡Y contra sus propios compatriotas!
La estopa cayó sobre las aguas del Angara y, en un instante, como si la corriente hubiera sido de alcohol, todo el río se inflamó arriba y abajo con la rapidez de un rayo.
Volutas de llamas azuladas se retorcían, deslizándose entre las dos orillas. Espesos vapores de humo negro se elevaban por encima de ellas. Los pocos témpanos que iban a la deriva, rodeados por el fuego, se fundían como la cera sobre la superficie de un horno, y el agua, vaporizada, se escapaba en el aire con un silbido ensordecedor.
En ese mismo momento estalló el fuego de fusilería en el norte y en el sur de la ciudad. Las baterías del campamento del Angara disparaban sin tregua. Varios millares de tártaro se lanzaron al asalto de las fortificaciones. Las balsas de la orilla, hechas de madera, ardían por todas partes. Una inmensa claridad disipó las sombras de la noche.
-¡Al fin! —dijo Ivan Ogareff.
Tenía motivos para aplaudirse. El asalto que había sido imaginado era terrible. Los defensores de Irkutsk se encontraban entre el ataque de los tártaros y el desastre del incendio. Sonaron las campanas y toda persona que estuviera en condiciones se dirigió a los puntos atacados y a las casas que devoraba el fuego y que amenazaba con extenderse por toda la ciudad.
La puerta de Bolchaia estaba casi libre. Apenas si habían quedado algunos defensores que, por inspiración del traidor y para que los acontecimientos que iban a producirse pudieran ser explicados dejándole a él al margen (siendo atribuidos al odio político), esos pocos defensores habían sido escogidos entre el pequeño cuerpo de exiliados.
Ivan Ogareff volvió a entrar en su habitación, ahora brillantemente iluminada por las llamas del Angara, que sobrepasaban la balaustrada de la terraza, disponiéndose a abandonar el palacio.
Pero, apenas había abierto la puerta, cuando una mujer, con las ropas destrozadas y el cabello en completo desorden, se precipitó dentro de la habitación.
-¡Sangarra! -gritó Ivan Ogareff en el primer momento de sorpresa, no imaginando que aquella mujer pudiera ser otra que la gitana.
Pero no era Sangarra, sino Nadia.
En el momento en que, estando refugiada sobre el bloque de hielo, la joven había lanzado un grito al ver propagarse el incendio sobre la corriente del Angara, Miguel Strogoff la había tomado en sus brazos y se había lanzado con ella al agua para buscar en las profundidades del río un abrigo contra las llamas.
Como se sabe, el bloque de hielo que los transportaba no se encontraba más que a una treintena de brazas del primer muelle, más arriba de Irkutsk.
Después de haber nadado bajo las aguas, Miguel Strogoff consiguió llegar al muelle con Nadia.
¡Al fin había llegado al final de su viaje! ¡Estaba en Irkutsk!
-¡Al palacio del gobernador! -dijo a Nadia.
Menos de diez minutos después, ambos llegaban a la entrada del palacio, cuyos asientos de piedra eran lamidos por las llamas del Angara que, sin embargo, no podían incendiarlo.
Más allá ardían las casas situadas cerca de la orilla.
Miguel Strogoff y Nadia entraron sin ninguna dificultad en el palacio, abierto a todo el mundo. En medio de la confusión general, nadie reparaba en ellos, pese a que su aspecto era lamentable.
Una multitud de oficiales acudía en busca de órdenes y los soldados corrían a ejecutarlas, llenando la gran sala del piso bajo. Allí, Miguel Strogoff y la joven, en un brusco remolino de la multitud, se vieron separados.
Nadia, perdida, corrió a través de las salas bajas, llamando a su compañero y pidiendo ser conducida ante el Gran Duque.
Frente a ella se abrió una puerta que daba a una habitación inundada de luz. Entró en ella y se encontró, inopinadamente, cara a cara con aquel que había visto en Ichim y más tarde en Tomsk; cara a cara con aquel que un instante más tarde, con su mano criminal, entregaría la ciudad a los invasores.
-¡Ivan Ogareff ! -gritó Nadia.
Al oír pronunciar su nombre, el miserable se estremeció, porque si alguien le conocía, todos sus planes se vendrían abajo. No tenía más que una cosa por hacer: matar a quien acababa de pronunciar su nombre, fuera quien fuese.
Ivan Ogareff se lanzó sobre Nadia, pero la joven con un cuchillo en la mano, se apoyó contra la pared decidida a defenderse.
-¡Ivan Ogareff! -gritó de nuevo Nadia, sabiendo perfectamente que este nombre atraería en su socorro a quien lo oyese.
-¡Ah! ¡Te callarás! –dijo el traidor.
-¡Ivan Ogareff! -gritó por tercera vez la intrépida joven, con una voz a la que el odio redoblaba la potencia.
Ebrio de furia, Ivan Ogareff sacó un puñal de su cintura, lanzándose sobre Nadia, acorralándola en una esquina de la sala.
Se disponía a asesinarla cuando el miserable, levantado del suelo por una fuerza irresistible, fue a rodar por tierra.
-¡Miguel! -gritó Nadia.
Era Miguel Strogoff.
El correo del Zar había oído las llamadas de Nadia. Guiado por su voz había llegado hasta la habitación, entrando por la puerta que permanecía entreabierta.
-¡No temas, Nadia! -dijo, interponiéndose entre ella e Ivan Ogareff.
-¡Ah! -gritó la joven-. ¡Ten mucho cuidado, hermano! ¡El traidor está armado y ve claro … !
Ivan Ogareff se había levantado, y creyendo que podía dar buena cuenta del ciego, se lanzó sobre Miguel Strogoff.
Pero, con una mano, el ciego asió el brazo del traidor y con la otra desvió su arma, lanzándolo de nuevo al suelo.
Ivan Ogareff, pálido de furor y de rabia, se acordó que llevaba una espada y, desenvainándola, volvió a la carga.
Había reconocido también a Miguel Strogoff. ¡Un ciego! ¡Se enfrentaba, en suma, con un ciego! ¡Tenía la partida ganada!
Nadia, espantada por el peligro que amenazaba a su compañero en una lucha tan desigual, se lanzó hacia la puerta en busca de ayuda.
-¡Cierra la puerta, Nadia! -dijo Miguel Strogoff-. ¡No llames a nadie y déjame hacer!
¡El correo del Zar no tiene hoy nada que temer de ese miserable! ¡Que venga a mí, si se atreve, lo espero!
Mientras tanto, Ivan Ogareff, que se había revuelto sobre sí mismo como un tigre, no pronunció ninguna palabra. Hubiera querido sustraer al oído del ciego el ruido de sus pasos, hasta el de su respiración. Quería abatirle antes de que hubiera advertido su proximidad. El traidor no buscaba la lucha, sino que iba a asesinar a aquel al que había robado el nombre.
Nadia, aterrorizada y confiada a la vez, contemplaba con una muda admiración la terrible escena. Parecía que la calma de Miguel Strogoff la hubiera tranquilizado súbitamente.
Por toda arma el correo del Zar no tenía más que su cuchillo siberiano, y no veía a su adversario, armado con una espada. Esto era cierto. ¿Pero, por qué gracia del cielo parecía dominar al traidor desde una altura increíble? ¿Cómo, casi sin moverse, hacía siempre frente a la punta de la espada?
Ivan Ogareff espiaba con visible ansiedad a su extraño adversario. Esa calma sobrehumana lo intimidaba. En vano hacía llamadas a su razón repitiéndose que en un combate tan desigual toda la ventaja estaba de su parte. Esa inmovilidad del ciego le helaba. Había escogido con la mirada el sitio donde iba a herir a su víctima… y lo había encontrado. ¿Qué le impedía terminar de una vez?
Finalmente, dio un salto, dirigiendo una estocada al pecho del correo del Zar. Un movimiento imperceptible del cuchillo del ciego paro el golpe. Miguel Strogoff no había sido tocado y, fríamente, sin mostrar desafío, espero un segundo ataque.
Un sudor helado rodaba por la frente de Ivan Ogareff. Retrocedió un paso y se lanzó de nuevo al ataque. Pero obtuvo el mismo resultado que la primera vez. Un simple movimiento del largo cuchillo bastó para desviar la inútil espada del traidor.
Éste, ciego de rabia y de terror en presencia de aquella estatua viviente, fijó su aterrorizada mirada en los ojos totalmente abiertos del ciego. Esos ojos parecían leer hasta el fondo de su alma y, sin embargo, no veían, no podían ver; esos ojos ejercían sobre él una espantosa fascinación.
De pronto, Ivan Ogareff dio un grito. Inesperadamente, la luz se había hecho en su cerebro.
-¡Ve! -gritó-. ¡Ve!
Y como una fiera que trata de volver a su cubil, paso a paso, aterrorizado, retrocedió hasta el fondo de la sala.
Entonces, la estatua viviente se animó; el ciego marchó directamente hacia Ivan Ogareff y, situándose frente a él, dijo:
-¡Sí, veo! ¡Veo la señal con la que te marqué, cobarde traidor! ¡Veo el sitio en donde voy a hundirte el cuchillo! ¡Defiende tu vida! ¡Es un duelo lo que me digno ofrecerte!
¡El cuchillo me basta contra tu espada!
-¡Ve! -se dijo Nadia-. Dios misericordioso, ¿es esto posible?
Ivan Ogareff se vio perdido. Pero con un esfuerzo de voluntad, recobró valor y se lanzó, con la espada por delante, contra su impasible enemigo.
Las dos hojas se cruzaron, pero el cuchillo de Miguel Strogoff, manejado por esa mano de cazador siberiano, hizo volar la espada en dos pedazos y el miserable, con el corazón atravesado, cayó sin vida al suelo.
En ese momento se abrió la puerta, empujada desde fuera, y el Gran Duque, acompañado por varios oficiales, entró en la estancia que había pertenecido a Ivan Ogareff.
-¿Quién ha matado a este hombre? -preguntó.
-Yo -respondió Miguel Strogoff.
Uno de los oficiales apoyó su revólver contra la sien del correo del Zar, dispuesto a hacer fuego.
-¿Tu nombre? -preguntó el Gran Duque, antes de dar la orden de que se le volara la cabeza.
-Alteza -respondió Miguel Strogoff-. ¿Por qué no preguntáis antes el nombre del que está tendido a vuestros pies?
-¡A este hombre le conozco yo! ¡Es un servidor de mi hermano, un correo del Zar!
-¡Este hombre, Alteza, no es un correo del Zar! ¡Es Ivan Ogareff!
-¿Ivan Ogareff? -gritó el Gran Duque.
-¡Sí, Ivan el traidor!
-Entonces ¿quién eres tú?
-Miguel Strogoff.
15. CONCLUSION
Miguel Strogoff no estaba, no había estado nunca ciego. Un fenómeno puramente humano, a la vez físico y moral, había neutralizado la acción de la lámina incandescente que el ejecutor de Féofar-Khan había pasado por delante de sus ojos.
Se recordará que en el momento del suplicio, Marfa Strogoff estaba allí, tendiendo las manos hacia su hijo. Miguel Strogoff la miraba como un hijo puede mirar a su madre cuando es por última vez.
Subiéndole del corazón a los ojos, las lágrimas que su valor trataba en vano de reprimir se habían acumulado bajo sus párpados y, al volatilizarse sobre la córnea, le habían salvado la vista. La capa de vapor formada por sus lágrimas, al interponerse entre el sable al rojo vivo y sus pupilas, había sido suficiente para anular la acción del calor. Es un efecto idéntico al que se produce cuando un obrero fundidor, después de haber mojado en agua su mano, la hace atravesar impunemente un chorro de metal fundido.
Miguel Strogoff comprendió inmediatamente el peligro que corría si daba a conocer su secreto, fuera a quien fuese. Presentía el partido que, por el contrario, podía sacar a esta situación para lograr el cumplimiento de sus proyectos.
Le dejaron libre porque lo creían ciego. Era preciso, pues, ser ciego, serlo para todos, incluso para Nadia, y que ningún gesto, en ningún momento, hiciera dudar de la veracidad de su ceguera. Su resolución estaba tomada y hasta debía arriesgar la misma vida para dar a todo el mundo la prueba de esta ceguera. Ya se sabe cómo la arriesgó.
Únicamente su madre conocía la verdad, porque él se lo había dicho al oído en lamisma plaza de Tomsk cuando, inclinado sobre ella en la oscuridad, la cubría de besos.
Se comprende, pues, que cuando Ivan Ogareff con ironía situó la carta delante de sus ojos, que creía ciegos, Miguel Strogoff la había podido leer, descubriendo los odiosos proyectos del traidor. De ahí la energía que desplegaba durante la segunda parte del viaje; y por tanto, esa indestructible voluntad de llegar a Irkutsk y transmitir el mensaje de viva voz. ¡Sabía que la ciudad iba a ser entregada y que la vida del Gran Duque estaba amenazada! La salvación del hermano del Zar y de Siberia estaba, pues, todavía en sus manos.
En pocas palabras contaron toda esta historia al Gran Duque y Miguel Strogoff dijo también -¡y con qué emoción!-, la parte que Nadia había desempeñado en los acontecimientos.
-¿Quién es esta joven? -preguntó el Gran Duque.
-La hija del exiliado Wassili Fedor -respondió Miguel Strogoff.
-La hija del comandante Fedor ha dejado de ser la hija de un exiliado -dijo el Gran
Duque-. ¡Ya no hay exiliados en Irkutsk!
Nadia, menos fuerte en la alegría de lo que había sido en el dolor, cayó de rodillas delante del Gran Duque, el cual la levantó con una mano, mientras tendía la otra a Miguel Strogoff.
Una hora después, Nadia estaba en brazos de su padre.
Miguel Strogoff, Nadia y Wassili Fedor estaban reunidos y unos y otros pudieron expansionar su felicidad.
Los tártaros fueron rechazados en su doble ataque contra la ciudad. Wassili Fedor, con su pequeña tropa, había aplastado a los primeros asaltantes que se presentaron ante la puerta de Bolchaia, confiando en que les sería abierta. El padre de Nadia, por un instintivo presentimiento, se había obstinado en quedarse entre los defensores.
Al mismo tiempo que los tártaros eran rechazados, los asediados habían dominado el incendio porque la nafta líquida se había consumido rápidamente sobre la superficie del Angara, y las llamas, concentradas en las casas de la orilla, habían respetado los otros barrios de la ciudad.
Antes de que se hiciera de día, las tropas de Féofar-Khan habían regresado a sus campamentos, dejando gran número de muertos alrededor de las fortificaciones.
Entre esos muertos estaba la gitana Sangarra, que había intentado vanamente reunirse con Ivan Ogareff.
Durante dos días los sitiadores no intentaron ningún nuevo asalto. Estaban desmoralizados por la muerte de Ivan Ogareff. Este hombre era el alma de la invasión y únicamente él, con sus intrigas urdidas durante largo tiempo, había tenido bastante influencia sobre los khanes y sus hordas para lanzarlos a la conquista de la Rusia asiática.
Sin embargo, los defensores de Irkutsk permanecieron en guardia porque el asedio continuaba.
Pero el 17 de octubre, desde las primeras luces del alba, retumbó un tiro de cañón desde las alturas que rodean Irkutsk.
Era el ejército de socorro que llegaba a las órdenes del general Kisselef y, de esta forma, señalaba al Gran Duque su presencia.
Los tártaros no esperaron mucho tiempo. No querían tentar la suerte en una batalla que se librase bajo los muros de Irkutsk y levantaron inmediatamente el campamento del Angara.
Por fin, Irkutsk había sido salvada.
Con los primeros soldados rusos llegaron dos amigos de Miguel Strogoff. Eran los inseparables Blount y Jolivet. Lograron llegar a la orilla derecha del Angara deslizándose por la barrera de hielo, pudiendo escapar, así como los otros fugitivos, antes de que las llamas del río llegaran a la balsa, lo cual fue reflejado por Alcide Jolivet en su bloc, de esta forma:
«Nos faltó poco para acabar como un limón en una ponchera.»
Su alegría fue grande al encontrar sanos y salvos a Nadia y Miguel Strogoff y, sobre todo, cuando supieron que su antiguo compañero no estaba ciego, lo cual indujo a Harry Blount a escribir en su bloc de notas la observación siguiente:
«El hierro al rojo vivo puede ser insuficiente para eliminar la sensibilidad del nervio óptico. ¡Hay que modificar el sistema! »
Después, los dos corresponsales, bien instalados en Irkutsk, se ocuparon en poner en orden sus impresiones del viaje. Como consecuencia, se enviaron a Londres y París dos interesantes crónicas relativas a la invasión tártara y que, cosa rara, no se contradecían en nada más que en pequeños detalles sin importancia.
Por lo demás, la campaña fue funesta para el Emir y sus aliados. Esta invasión, inútil como todas las que intentan atacar al coloso ruso, les dio malos resultados. Pronto se encontraron cortados por las tropas del Zar, que recuperaron sucesivamente todas las ciudades ocupadas. Además, el invierno fue terrible y de esas hordas, diezmadas por el frío, sólo una pequeña parte consiguió volver a las estepas de Tartaria.
La ruta de Irkutsk a los montes Urales estaba, pues, libre. El Gran Duque tenía deseos de volver a Moscú, pero retrasó su viaje para asistir a una tierna ceremonia que tuvo lugar varios días después de la entrada de las tropas rusas.
Miguel Strogoff había ido al encuentro de Nadia y delante de su padre le dijo:
-Nadia, todavía eres mi hermana; cuando dejaste Riga para venir a Irkutsk, ¿dejaste atrás algún otro recuerdo que no fuera el de tu madre?
-No -respondió Nadia-, ninguno y de ninguna clase.
-Así, ¿ninguna parte de tu corazón quedó allí?
-Ninguna, hermano.
-Entonces, Nadia -dijo Miguel Strogoff-, yo no creo que Dios, al hacer que nos conociéramos y que atravesáramos juntos tan duras pruebas, haya querido otra cosa que el que nos uniéramos para siempre.
-¡Ah! -exclamó Nadia, cayendo en los brazos de Miguel Strogoff.
Y volviéndose hacia Wassill Fedor, dijo enrojeciendo:
-¡Padre mío!
-Nadia -respondió Wassili Fedor-, mi mayor alegría será llamaros a los dos hijos míos.
La ceremonia del casamiento tuvo lugar en la catedral de Irkutsk. Fue muy sencilla en sus detalles y hermosa por la concurrencia de toda la población, tanto militar como civil, que quería testimoniar su profundo agradecimiento a los dos jóvenes, cuya odisea ya se había convertido en legendaria.
Alcide Jolivet y Harry Blount asistían, naturalmente, al casamiento, del cual querían dar cuenta a sus lectores.
-¿No experimenta usted deseos de imitarles? -preguntó Alcide Jolivet a su colega.
-¡Pche … ! -respondió Harry Blount-. ¡Si tuviera, como usted, una prima … !
-¡Mi prima no está en condiciones de casarse! -respondió riendo Alcide Jolivet.
-Tanto mejor -agregó Harry Blount-, porque se habla de las dificultades que van a surgir entre Londres y Pekín. ¿Es que no tiene usted deseos de saber qué pasa por allá?
-¡Pardiez, mi querido Blount! ¡Iba a proponérselo! -gritó Alcide Jolivet.
Y así fue como los dos inseparables se fueron a China.
Algunos días después de la ceremonia, Miguel y Nadia Strogoff, acompañados por Wassili Fedor, reemprendieron la ruta de Europa. El camino de dolor de la ida fue un camino de felicidad a la vuelta. Viajaban con extrema velocidad en uno de esos trineos que se deslizan como expresos sobre las estepas heladas de Siberia.
Sin embargo, cuando llegaron a las orillas del Dinka, antes de Birskoe, se detuvieron un día entero.
Miguel Strogoff encontró el sitio en donde habían enterrado al pobre Nicolás.
Plantaron una cruz en la tumba y Nadia rezó por última vez sobre los restos del humilde y heroico amigo al que ninguno de los dos olvidaría jamás.
En Omsk, la vieja Marfa les esperaba en la pequeña casa de los Strogoff y la anciana apretó con pasión entre sus brazos a aquella que en su interior había ya llamado hija cientos de veces. La valiente siberiana tuvo, aquel día, el derecho de reconocer a su hijo y de mostrarse orgullosa de él.
Después de pasar algunos días en Omsk, Miguel y Nadia Strogoff regresaron a Europa y, como Wassili Fedor fijó su residencia en San Petersburgo, ni su hijo ni su hija volvieron a separarse de él más que cuando iban a visitar a su vieja madre.
El joven correo fue recibido por el Zar, el cual lo agrego especialmente a su escolta y le impuso la Cruz de San Jorge.
Más adelante, Miguel Strogoff llegó a una alta situación en el Imperio. Pero no es la historia de sus éxitos, sino la de sus sufrimientos, la que merecía ser contada.
FIN