Tu palabra tiene el arte (de Jesús Orta Ruiz, Indio Naborí)

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

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 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

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 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

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 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

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Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

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 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

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 conmovido por mis dos

 

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Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

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 Solo así puedo mirarte

 

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Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

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Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

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 Solo así puedo mirarte

 

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Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

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 de verte sin escucharte.

 

 

 

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Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

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 Solo así puedo mirarte

 

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Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

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 Solo así puedo mirarte

 

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Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

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Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

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 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

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 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

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 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

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 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

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Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

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 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

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 conmovido por mis dos

 

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 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

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 de verte sin escucharte.

 

 

 

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 me hiciera nuevas pupilas

 

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Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

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Tu palabra tiene el arte

 

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Tu palabra tiene el arte

 

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Tu palabra tiene el arte

 

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Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

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Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

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Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

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Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

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 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

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Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

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Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

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 Háblame, que no hay manera

 

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 Solo así puedo mirarte

 

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Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

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 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

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Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

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 Háblame, que no hay manera

 

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 Solo así puedo mirarte

 

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Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

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 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

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Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

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 Háblame, que no hay manera

 

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 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

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 linternas de rotas pilas,

 

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 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

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Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

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Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

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Tu palabra tiene el arte

 

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 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

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 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

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 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

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 linternas de rotas pilas,

 

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Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

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 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

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 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

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 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Informe sobre ciegos (de Ernesto Sábato)

Informe sobre ciegos

(Primeros capítulos)

 

-Ernesto Sabato-

 

I

 

¿Cuándo empezó esto que ahora va a terminar con mi asesinato? Esta feroz lucidez que ahora tengo es como un faro y puedo aprovechar un intensísimo haz hacia vastas regiones de mi memoria: veo caras, ratas en un granero, calles de Buenos Aires o Argel, prostitutas y marineros; muevo el haz y veo cosas más lejanas: una fuente en la estancia, una bochornosa siesta, pájaros y ojos que pincho con un clavo. Tal vez ahí, pero quién sabe: puede ser mucho más atrás, en épocas que ahora no recuerdo, en períodos remotísimos de mi primera infancia. No sé. ¿Qué importa, además?

    Recuerdo perfectamente, en cambio, los comienzos de mi investigación sistemática (la otra, la inconsciente, acaso la más profunda, ¿cómo puedo saberlo?). Fue un día de verano del año 1947, al pasar frente a la Plaza Mayo, por la calle San Martín, en la vereda de la Municipalidad. Yo venía abstraído, cuando de pronto oí una campanilla, una campanilla como de alguien que quisiera despertarme de un sueño milenario. Yo caminaba, mientras oía la campanilla que intentaba penetrar en los estratos más profundos de mi conciencia: la oía pero no la escuchaba. Hasta que de pronto aquel sonido tenue pero penetrante y obsesivo pareció tocar alguna zona sensible de mi yo, algunos de esos lugares en que la piel del yo es finísima y de sensibilidad anormal: y desperté sobresaltado, como ante un peligro repentino y perverso, como si en la oscuridad hubiese tocado con mis manos la piel helada de un reptil. Delante de mí, enigmática y dura, observándome con toda su cara, vi a la ciega que allí vende baratijas. Había cesado de tocar su campanilla; como si sólo la hubiese movido para mí, para despertarme de mi insensato sueño, para advertir que mi existencia anterior había terminado como una estúpida etapa preparatoria, y que ahora debía enfrentarme con la realidad. Inmóvil, con su rostro abstracto dirigido hacia mí, y yo paralizado como por una aparición infernal pero frígida, quedamos así durante esos instantes que no forman parte del tiempo sino que dan acceso a la eternidad. Y luego, cuando mi conciencia volvió a entrar en el torrente del tiempo, salí huyendo.

    De ese modo empezó la etapa final de mi existencia.

    Comprendí a partir de aquel día que no era posible dejar transcurrir un solo instante más y que debía iniciar ya mismo la exploración de aquel universo tenebroso.

    Pasaron varios meses, hasta que en un día de aquel otoño se produjo el segundo encuentro decisivo. Yo estaba en plena investigación, pero mi trabajo estaba retrasado por una inexplicable abulia, que ahora pienso era seguramente una forma falaz del pavor a lo desconocido.

    Vigilaba y estudiaba los ciegos, sin embargo.

    Me había preocupado siempre y en varias ocasiones tuve discusiones sobre su origen, jerarquía, manera de vivir y condición zoológica. Apenas comenzaba por aquel entonces a esbozar mi hipótesis de la piel fría y ya había sido insultado por carta y de viva voz por miembros de las sociedades vinculadas con el mundo de los ciegos. Y con esa eficacia, rapidez y misteriosa información que siempre tienen las logias y sectas secretas; esas logias y sectas que están invisiblemente difundidas entre los hombres y que, sin que uno lo sepa y ni siquiera llegue a sospecharlo, nos vigilan permanentemente, nos persiguen, deciden nuestro destino, nuestro fracaso y hasta nuestra muerte. Cosa que en grado sumo pasa con la secta de los ciegos, que, para mayor desgracia de los inadvertidos, tienen a su servicio hombres y mujeres normales: en parte engañados por la Organización; en parte, como consecuencia de una propaganda sensiblera y demagógica; y, en fin, en buena medida, por temor a los castigos físicos y metafísicos que se murmura reciben los que se atreven a indagar en sus secretos. Castigos que, dicho sea de paso, tuve por aquel entonces la impresión de haber recibido ya parcialmente y la convicción de que los seguiría recibiendo, en forma cada vez más espantosa y sutil; lo que, sin duda a causa de mi orgullo, no tuvo otro resultado que acentuar mi indignación y mi propósito de llevar mis investigaciones hasta las últimas instancias.

    Si fuera un poco más necio podría acaso jactarme de haber confirmado con esas investigaciones la hipótesis que desde muchacho imaginé sobre el mundo de los ciegos, ya que fueron las pesadillas y alucinaciones de mi infancia las que me trajeron la primera revelación. Luego, a medida que fui creciendo, fue acentuándose mi prevención contra esos usurpadores, especie de chantajistas morales que, cosa natural, abundan en los subterráneos, por esa condición que los emparenta con los animales de sangre fría y piel resbaladiza que habitan en cuevas, cavernas, sótanos, viejos pasadizos, caños de desagües, alcantarillas, pozos ciegos, grietas profundas, minas abandonadas con silenciosas filtraciones de agua; y algunos, los más poderosos, en enormes cuevas subterráneas, a veces a centenares de metros de profundidad, como se puede deducir de informes equívocos y reticentes de espeleólogos y buscadores de tesoros; lo suficientemente claros, sin embargo, para quienes conocen las amenazas que pesan sobre los que intentan violar el gran secreto.

    Antes, cuando era más joven y menos desconfiado, aunque estaba convencido de mi teoría, me resistía a verificarla y hasta a enunciarla, porque esos prejuicios sentimentales que son la demagogia de las emociones me impedían atravesar las defensas levantadas por la secta, tanto más impenetrables como más sutiles e invisibles, hechas de consignas aprendidas en las escuelas y los periódicos, respetadas por el gobierno y la policía, propagadas por las instituciones de beneficencia, las señoras y los maestros. Defensas que impiden llegar hasta esos tenebrosos suburbios donde los lugares comunes empiezan a ralear más y más, y en los que empieza a sospecharse la verdad.

    Muchos años tuvieron que transcurrir para que pudiera sobrepasar las defensas exteriores. Y así, paulatinamente, con una fuerza tan grande y paradojal como la que en las pesadillas nos hace marchar hacia el horror, fui penetrando en las regiones prohibidas donde empieza a reinar la oscuridad metafísica, vislumbrando aquí y allá, al comienzo indistintamente, como fugitivos y equívocos fantasmas, luego con mayor y aterradora precisión, todo un mundo de seres abominables.

    Ya contaré cómo alcancé ese pavoroso privilegio y cómo después de años de búsqueda y de amenazas pude entrar en el recinto donde se agita una multitud de seres, de los cuales los ciegos comunes son apenas su manifestación menos impresionante.

 

 

II

 

Recuerdo muy bien aquel 14 de junio: día frígido y lluvioso. Vigilaba el comportamiento de un ciego que trabaja en el subterráneo a Palermo: un hombre más bien bajo y sólido, morocho, sumamente vigoroso y muy mal educado; un hombre que recorre los coches con una violencia apenas contenida, ofreciendo ballenitas, entre una compacta masa de gente aplastada. En medio de esa multitud, el ciego avanza violenta y rencorosamente, con una mano extendida donde recibe los tributos que, con sagrado recelo, le ofrecen los infelices oficinistas, mientras en la otra mano guarda las ballenitas simbólicas: pues es imposible que nadie pueda vivir de la venta real de esas varillas, ya que alguien puede necesitar un par de ballenitas por año y hasta por mes: pero nadie, ni loco ni millonario, puede comprar una decena por día. De modo que, como es lógico, y todo el mundo así lo comprende, las ballenitas son meramente simbólicas, algo así como la enseña del ciego, una suerte de patente de corso que los distingue del resto de los mortales, además de su célebre bastón blanco.

    Vigilaba, pues, la marcha de los acontecimientos dispuesto a seguir a ese individuo hasta el fin para confirmar de una vez por todas mi teoría. Hice innumerables viajes entre Plaza Mayo y Palermo, tratando de disimular mi presencia en las terminales, porque temía despertar sospechas de la secta y ser denunciado como ladrón o cualquier otra idiotez semejante en momentos en que mis días eran de un valor incalculable. Con ciertas precauciones, pues, me mantuve en estrecho contacto con el ciego y cuando por fin realizamos el último viaje de la una y media, precisamente aquel 14 de junio, me dispuse a seguir al hombre hasta su guarida.

    En la terminal de Plaza Mayo, antes de que el tren hiciera su último viaje hasta Palermo, el ciego descendió y se encaminó hacia la salida que da a la calle San Martín.

    Empezamos a caminar por esa calle hacia Cangallo.

    En esa esquina dobló hacia el Bajo.

    Tuve que extremar mis precauciones, pues en la noche invernal y solitaria no había más transeúntes que el ciego y yo, o casi. De modo que lo seguí a prudente distancia, teniendo en cuenta el oído que tienen y el instinto que les advierte cualquier peligro que aceche sus secretos.

    El silencio y la soledad tenían esa impresionante vigencia que tienen siempre de noche en el barrio de los Bancos. Barrio mucho más silencioso y solitario, de noche, que cualquier otro; probablemente por contraste, por el violento ajetreo de esas calles durante el día; por el ruido, la inenarrable confusión, el apuro, la inmensa multitud que allí se agita durante las horas de Oficina. Pero también, casi con certeza, por la soledad sagrada que reina en esos lugares cuando el Dinero descansa. Una vez que los últimos empleados y gerentes se han retirado, cuando se ha terminado con esa tarea agotadora y descabellada en que un pobre diablo que gana cinco mil pesos por mes maneja cinco millones, y en que verdaderas multitudes depositan con infinitas precauciones pedazos de papel con propiedades mágicas que otras multitudes retiran de otras ventanillas con precauciones inversas. Proceso todo fantasmal y mágico pues, aunque ellos, los creyentes, se creen personas realistas y prácticas, aceptan ese papelucho sucio donde, con mucha atención, se puede descifrar una especie de promesa absurda, en virtud de la cual un señor que ni siquiera firma con su propia mano se compromete, en nombre del Estado, a dar no sé qué cosa al creyente a cambio del papelucho. Y lo curioso es que a este individuo le basta con la promesa, pues nadie, que yo sepa, jamás ha reclamado que se cumpla el compromiso; y todavía más sorprendente, en lugar de esos papeles sucios se entrega generalmente otro papel más limpio pero todavía más alocado, donde otro señor promete que a cambio de ese papel se le entregará al creyente una cantidad de los mencionados papeluchos sucios: algo así como una locura al cuadrado. Y todo en representación de Algo que nadie ha visto jamás y que dicen yace depositado en Alguna Parte, sobre todo en los Estados Unidos, en grutas de Acero. Y que toda esta historia es cosa de religión lo indican en primer término palabras como créditos y fiduciario.

    Decía, pues, que esos barrios, al quedar despojados de la frenética muchedumbre de creyentes, en horas de la noche quedan más desiertos de gente que ningún otro, pues allí nadie vive de noche, ni podría vivir, en virtud del silencio que domina y de la tremenda soledad de los gigantescos halls de los templos y de los grandes sótanos donde se guardan los increíbles tesoros. Mientras duermen ansiosamente, con píldoras y drogas, perseguidos por pesadillas de desastres financieros, los poderosos hombres que controlan esa magia. Y también por la obvia razón de que en esos barrios no hay alimentos, no hay nada que permita la vida permanente de seres humanos o siquiera de ratas o cucarachas; por la extremada limpieza que existe en esos reductos de la nada, donde todo es simbólico y a lo más papeloso; y aun esos papeles, aunque podrían representar cierto alimento para polillas y otros bichos pequeños, son guardados en formidables recintos de acero, invulnerables a cualquier raza de seres vivientes.

    En medio, pues, del silencio total que impera en el barrio de los Bancos, seguí al ciego por Cangallo hacia el Bajo. Sus pasos resonaban apagadamente e iban tomando a cada instante una personalidad más secreta y perversa.

    Así descendimos hasta Leandro Alem y, después de atravesar la avenida, nos encaminamos hacia la zona del puerto.

    Extremé mi cautela; por momentos pensé que el ciego podía oír mis pasos y hasta mi agitada respiración.

    Ahora el hombre caminaba con una seguridad que me pareció aterradora, pues descartaba la trivial idea de que no fuera verdaderamente ciego.

    Pero lo que me asombró y acentuó mi temor es que de pronto tomase nuevamente hacia la izquierda, hacia el Luna Park. Y digo que me atemorizó porque no era lógico, ya que, si ése hubiese sido su plan desde el comienzo, no había ningún motivo para que, después de cruzar la avenida, hubiese tomado hacia la derecha. Y como la suposición de que el hombre se hubiera equivocado de camino era radicalmente inadmisible, dada la seguridad y rapidez con que se movía, restaba la hipótesis (temible) de que hubiese advertido mi persecución y que estuviera intentando despistarme. O lo que era infinitamente peor, tratando de prepararme una celada.

(del libro Sobre héroes y tumbas)

 

La flor del lililá (Cuento popular)

La flor del lililá

Había una vez un rey, que de tanto llorar la pérdida de su amada, se le secaron las lágrimas, y se quedó ciego. Los médicos dijeron que sólo la flor de Lililá podría curarlo. Pero nadie sabía dónde estaba esa flor. El rey mandó entonces a sus tres hijos a buscar la flor por todas partes y les dijo que aquél que se la trajera heredaría su corona.
Salió el hijo mayor en su caballo, y encontró por el camino a una pobre vieja que le pidió pan. Y él le dijo de muy malos modos:
– ¡Apártate de mi camino vieja bruja!
Siguió adelante pero pronto halló la desgracia. Se cansó de andar de un lado para otro sin llegar a ningún sitio, y cuando quiso volver atrás ya era demasiado tarde.
Al ver que no regresaba, salió en su caballo el de en medio a buscara a la flor. También se encontró con la misma pobre vieja yal pedirle pan, su respuesta fue idéntica:
– ¡Apártate de mi camino vieja bruja!
El bosque sin caminos se lo tragó como al primero.
Al ver que sus hermanos no llegaban, cogió el más pequeño su caballo y salió a probar suerte. Se encontró con la misma pobre vieja, que le pidió pan, y el muchacho le dio una hogaza entera. La vieja le preguntó:
– ¿Qué andas buscando, hijo?
– La flor de Lililá, para curar a mi padre enfermo.
La vieja sacó un huevo y le dijo:
– En el camino encontrarás una enorme piedra negra. Estrella el huevo contra ella y se abrirá un hermoso jardín donde está la flor. Pero has de tener cuidado porque lo guarda un león. Si tiene los ojos abiertos es que está dormido, y podrás pasar; pero si el león tiene los ojos cerrados es que está despierto.
Al día siguiente, el príncipe encontró la piedra negra. Estrelló el huevo y un hermoso jardín se abrió ante sus ojos, donde estaba la flor de lililá, que era blanca y resplandeciente y olía a gloria. El león tenía los ojos abiertos; podía pasar. Y cuando las yemas de sus dedos fueron a tocar el tallo, la flor se desprendió y se acostó en su mano.
Ya de regreso se encontró con sus dos hermanos. Se pusieron muy contentos al saber que el pequeño llevaba la flor de Lililá. Pero luego pensaron que si lo mataban y le quitaban la flor, ellos se repartirían el reino. Y aquella noche de luna llena, con un cuchillo tan frío como el hielo, los dos hermanos lo mataron, le quitaron la flor y lo enterraron. Pero…, un dedo quedó fuera, y de este dedo creció una caña y un pastor que la vio, la cortó, y se hizo una flauta. Al tocarla sonó una canción que decía así:
«Pastorcillo, no me toques,
ni me dejes de tocar,
que me han muerto mis hermanos,
por la flor de Lililá.”
El pastorcillo siguió tocando y llegó al pueblo. Entonces la canción llegó a oídos del rey, que ya había recuperado la vista con la flor, y mandó llamar al pastorcillo. Le pidió la flauta para tocarla y la canción dijo:
«Padre mío no me toques,
que tendré que denunciar
que me han muerto mis hermanos,
por la flor de Lililá.»
Y el rey entonces comprendió lo que había pasado. Fue corriendo al lugar donde el pastor había cortado la caña y desenterró a su hijo que resucitó. El rey, abrazado a su hijo, pronunció estas palabras
– He aquí a mi heredero. Esta es mi voluntad: ¡Que mis dos hijos traidores, vayan al destierro!

El reconocimiento (de Félix Mª de Samaniego)

El reconocimiento
-Félix Mª de Samaniego-
(El jardín de Venus, 1780)

Una abadesa, en Córdoba, ignoraba
que en su convento introducido estaba
bajo el velo sagrado
un mancebo, de monja disfrazado;
que el tunante dormía,
para estar más caliente,
cada noche con monja diferente,
y que ellas lo callaban
porque a todas sus fiestas agradaban,
de modo que era el gallo
de aquel santo y purísimo serrallo.
Las cosas más ocultas
mil veces las descubren las resultas
y esto acaeció con las cuitadas monjas,
porque, perdiendo el uso sus esponjas,
se fueron opilando
y de humor masculino el vientre hinchando.
Hizo reparo en ello por delante
su confesor, gilito penetrante,
por su grande experiencia en el asunto,
y, conociendo al punto
que estaban fecundadas
las esposas a Cristo consagradas,
mandó que a toda priesa
bajase al locutorio la abadesa.
Ésta acudió al mandato
por otra vieja monja conducida,
pues la vista perdida
tenía ya del flato;
y al verla, el reverendo,
con un tono tremendo,
la dijo: ¿Cómo así tan descuidada,
sor Telesfora, tiene abandonada
su tropa virginal? Pero mal dije,
pues ya ninguna tiene intacto el dije.
¿No sabe que, en su daño,
hay obra de varón en su rebaño?
Las novicias, las monjas, las criadas…
¿lo diré?, sí: todas están preñadas.
– ¡Miserere mei, Domine!, responde
sor Telesfora. ¿En dónde
estar podemos de parir seguras,
si no bastan clausuras?
Váyase, padre, luego,
que yo hallaré al autor de tan vil juego
entre las monjas. Voy a convocarlas
y con mi propio dedo a registrarlas.
El confesor marchose;
subió sor Telesfora, y publicose
al punto en el convento
de las monjas el reconocimiento.
Ellas, en tanto, buscan presurosas
al joven, y llorosas
el secreto le cuentan
y el temor que por él experimentan.
– ¡Vaya! No hay que encogerse,
él dice. Todo puede componerse,
porque todas estáis de poco tiempo.
Yo me ataré un cordel en la pelleja
que cubre mi caudal cuando está flojo;
veréis que me la cojo
detrás, junto las piernas, y la vieja
cegata, estando atado a la cintura,
no puede tropezar con mi armadura.
Se adoptó el expediente,
se practicó, y las monjas le llevaron
al coro, donde hallaron
la abadesa impaciente
culpando la tardanza.
En fin, para esta danza
en dos filas las puso;
las gafas pone en uso
y, una vela tomando
encendida, las iba remangando.
Una por una, el dedo las metía
y después, «no hay engendro», repetía.
El mancebo miraba
lo que sor Telesfora destapaba,
y se le iba estirando
el bulto, y el torzal casi estallando;
de modo que, tocándole la suerte
de ser reconocido,
dio un estirón tan fuerte
que el torzal consabido
se rompió y soltó al preso,
al tiempo que lo espeso
del bosque la abadesa lo alumbraba;
y así, cuando para esto se bajaba,
en la nariz llevó tal latigazo
que al terrible porrazo
la vela, la abadesa y los anteojos
en el suelo quedaron por despojos.
– ¡San Abundio me valga!,
ella exclamó. ¡Ninguna de aquí salga,
pues ya, bien a mi costa,
reconozco que hay moros en la costa!
Mientras la levantaron,
al mancebo ocultaron
y en su lugar pusieron
otra monja, la falda remangada,
que, siendo preguntada
de con qué a la abadesa el golpe dieron,
la respondió: Habrá sido
con mi abanico, que se me ha caído.
A que la vieja replicó furiosa:
– ¡Mentira! ¡En otra cosa
podrán papilla darme,
pero no en el olfato han de engañarme,
que yo le olí muy bien cuando hizo el daño,
y era un dánosle hoy de buen tamaño!

Nota

gilito: equivale a ’fraile’.

El tedio de la soledad (de Omar Cabezas)

[«El tedio de la soledad»]

Fragmentos extraídos de
La Montaña es algo más que una inmensa estepa verde (1981)

de Omar CABEZAS

[Nota: ¿Existe un parangón entre la soledad sentida en la montaña y el aislamiento en que sume la ceguera?]

* * *

[Yo sentía con frecuencia, estando en la montaña], ya a los meses de estar en ella, cuando te adaptás y te has convertido ya en un guerrillero, que lo más duro no es la pesadilla del abra, no es lo horrible de la montaña, no es la tortura de la falta de comida, no es la persecución del enemigo, no es que andés el cuerpo sucio, no es que andés hediondo, no es que tengás que estar mojado permanentemente… es la soledad, nada de eso es más duro que la soledad. La soledad es algo horroroso, el sentimiento de soledad es indescriptible, y ahí había mucha soledad… La falta de compañía, de la presencia de una serie de elementos que históricamente el hombre de la ciudad está acostumbrado a tener a su lado, a convivir con ellos, la soledad es el ruido de los carros que se te empieza a olvidar. La soledad por la noche del recuerdo de la luz eléctrica, la soledad de los colores porque la montaña sólo se viste de verde o de colores oscuros y verde es la naturaleza…
¿y el anaranjado qué se hizo?
No hay azul, no hay celeste, no hay morado, lila, no hay esos colores modernos que existen. La soledad de las canciones bonitas que a vos te gustan… la soledad de la mujer… la soledad del sexo, la soledad de la imagen de tu familia, de tu madre, de tus hermanos, la soledad de los compañeros del colegio, la ausencia, la soledad de no ver a los profesores, de no ver a los trabajadores, de no ver a los vecinos, la soledad de los buses de la ciudad, la soledad de no sentir el calor de la ciudad, el polvo… la soledad de no poder ir al cine, aunque vos querrás tener todas esas compañías no podés tenerlas… es una imposición de soledad contra tu propia voluntad, en el sentido de que vos quisieras tener esas cosas pero no podés, porque no podés dejar la guerrilla, porque has llegado a luchar, ha sido la decisión de tu vida. Ese aislamiento, esa soledad es lo más terrible, es lo más duro, es lo que más golpea. La soledad de no poder dar un beso… lo que para un ser humano es no poder acariciar algo… la soledad de no recibir una sonrisa, de que no te acaricien, si hasta los animales se acarician… una culebra ponzoñosa acaricia al macho… un jabalí… un pajarito… los peces de los ríos se acarician.
@@#[…] entonces, esa soledad, esa ausencia del mimo, que nadie te mima, y que a nadie podés mimar… eso es más duro, es más aguijonante que estar siempre mojado, que tener hambre, que tener que ir a buscar leña, que tener que andar peleando con los bejucos para que no se te caiga la leña y volverla a levantar, que limpiarte las nalgas con hojas, nada es más terrible, para mí, pues, que la soledad infinita que vivíamos, y lo peor era que no sabíamos cuánto tiempo íbamos a pasar así. Eso iba desarrollando en nosotros una especie de asimilación forzada de que teníamos que prescindir de todo el pasado, de las caricias, de las sonrisas, de los colores, la compañía de un sorbete, la compañía de un cigarrillo, la compañía del azúcar, porque no había azúcar… un año sin probar azúcar… Te vas resignando… Y por otro lado, si caminás un poquito te caés, aunque estés hecho y derecho, te caés como treinta veces… ya nadie se asusta…
@@# […] la comida es el mayor aliciente, pero te das cuenta que siempre es la misma […]. Aunque cada vez vas dominando el medio… aprendiendo a caminar[…], se nos fue perfeccionando el olfato… los reflejos… nos movíamos como animales. El pensamiento se nos fue curtiendo, puliendo el oído, es decir, nos íbamos revistiendo de la misma dureza del monte, de la dureza de los animales… nos fuimos revistiendo de una corteza de hombres-animales como hombres sin alma, aparentemente… Eramos palo, culebra, jabalíes […].
Así se fue forjando en nosotros un temple que nos hacía soportar el sufrimiento psíquico y físico, fuimos desarrollando una voluntad de granito frente al medio.
[…] Sin embargo, y éste es otro aspecto contradictorio, misterioso, aunque éramos sumamente duros y curtidos, también éramos tiernos aun con toda la vista dura, vos nos tocabas un poquito los ojos y le podías dar vuelta a la pupila, y entonces aparecía otro tipo de mirada. Es decir, nosotros éramos duros por fuera y por dentro, pero también gente muy tierna, muy dulce, éramos cariñosos también.

La aventura de un miope (de Italo Calvino)

La aventura de un miope
-Italo Calvino / 1958-

Amilcare Carruga* aún era joven, no desprovisto de recursos, sin exageradas ambiciones materiales o espirituales; por ende, nada le impedía gozar de la vida. Sin embargo, se dio cuenta de que desde hacía algún tiempo, casi imperceptiblemente, su vida le resultaba insípida. Lo notó en pequeños detalles como, por ejemplo, el mirar a las mujeres. Antes, les echaba la mirada encima, con avidez; ahora las miraba quizá instintivamente, pero pronto le parecía que éstas pasaban como el viento, sin suscitar en él ninguna sensación y entonces bajaba los párpados, con indiferencia. Antes, las ciudades lo exaltaban —viajaba a menudo, pues se dedicaba al comercio—; ahora le provocaban fastidio, confusión, aturdimiento. Viviendo solo, antes le gustaba ir todas las noches al cine; se divertía con cualquier programa. Quien va todas las noches al cine es como si viera una sola película muy larga, en episodios: conoce a todos los actores, incluso las caricaturas y los extras, y el poder reconocerlos se vuelve algo divertido. Pero ahora todas esas caras le parecían desleídas, chatas, anónimas. Se aburría.

Al fin comprendió. Era miope. El oculista le recetó un par de anteojos. Su vida cambió desde ese momento, se convirtió en algo cien veces más rico e interesante que antes.

El simple hecho de ponerse los lentes era siempre emocionante. Cuando se hallaba, digamos, en una parada del tranvía y lo embargaba la tristeza de que todo, personas y objetos a su alrededor, fuera tan genérico, banal y desgastado, y él en medio de un mundo de formas blandas y de colores desvaídos, se ponía los lentes para leer el número del tranvía que llegaba, y entonces todo cambiaba. Las cosas más anodinas, como los postes de luz, se dibujaban entonces con todos sus minuciosos detalles, con líneas muy nítidas, y las caras, las caras desconocidas, se llenaban de pormenores, puntitos de barba, espinillas, matices expresivos antes insospechados; sabía de qué tela estaban hechos los trajes y vestidos, adivinaba el tejido, descubría el desgaste de los bordes. Ver se convertía en un espectáculo, una diversión; no ver esto o aquello, sino sólo el hecho de ver. De ese modo Amilcare Carruga se olvidaba de ver el número de los tranvías, perdía un tren tras otro, o bien abordaba un tren equivocado. Veía tal cantidad de cosas, que era como si ya no viera nada. Hubo de acostumbrarse a ello poco a poco, aprender desde un principio lo que era inútil ver y lo que era necesario.

Las mujeres que encontraba en la calle —quienes se habían reducido a impalpables sombras desenfocadas, las que ahora veía en su exacto juego de oquedades y protuberancias que producen sus cuerpos al moverse bajo los vestidos, pudiendo ahora apreciar la frescura de la piel y el calor contenido de sus miradas—, volvían a ser no sólo objetos de contemplación, sino cuerpos que poseía con la mirada. A veces caminaba sin los lentes (no se los ponía siempre, para no cansarse inútilmente, sino sólo cuando quería ver lejos) y veía perfilarse vagamente un vestido de color vivo frente a él, sobre la acera. Con un gesto ya automático Amilcare sacaba de la bolsa los lentes y se los montaba sobre la nariz. Esta indiscriminada avidez de sensaciones recibía a menudo un castigo: se trataba de una vieja. Amilcare Carruga se volvió más cauto. A veces, por el modo de caminar y por los colores del vestido, alguna mujer le parecía demasiado modesta o insignificante y no se tomaba la molestia de ponerse los lentes; pero cuando llegaban a rozarse e intuía en ella algo que lo atraía sensiblemente, quién sabe qué, creyendo captar en ese instante una mirada de ella, una mirada sostenida que él creía descubrir cuando ella comenzaba a alejarse, se ponía lentes. Pero ya era tarde; había dado vuelta en la esquina, abordado el autobús, o estaba más allá del semáforo, y no hubiera podido reconocerla. Así, mediante la necesidad de los lentes, poco a poco iba aprendiendo a vivir.

Pero el mundo más nuevo que le descubrían los lentes era el de la noche. La ciudad nocturna, envuelta ya en informes nubes de oscuridad y multicolores claridades, le revelaba ahora contornos exactos, relieves, perspectivas; las luces tenían perfiles precisos, los anuncios de neón, hundidos antes en un resplandor confuso, ahora escandían sus letras una por una. Sin embargo, lo bueno de la noche consistía en que los lentes conservaban a esa hora el margen de indeterminación que desaparecía durante el día. A veces, Amilcare Carruga sentía el deseo de ponerse los lentes, pero se daba cuenta de que ya los llevaba puestos; la sensación de plenitud no se equiparaba nunca al de la insatisfacción. La oscuridad era un terreno sin fondo en el cual jamás se cansaba de escarbar. Andando por las calles, recorriendo con la mirada las casas manchadas de ventanas finalmente cuadradas, alzaba los ojos hacia el cielo estrellado: descubría que las estrellas no estaban aplastadas en el fondo del cielo como huevos rotos, sino que eran punzaduras agudísimas de luz que abrían a su alrededor infinitas lejanías.

Estas nuevas preocupaciones acerca de la realidad del mundo externo iban emparejadas con las de lo que él mismo era, originadas por el uso de los lentes. Amilcare Carruga no se daba mucha importancia a sí mismo, pero —como le ocurre con frecuencia a las personas más modestas— estaba muy encariñado con su manera de ser. Sin embargo, el paso de la categoría de los hombres sin lentes a la de los hombres con lentes, parece cualquier cosa, pero se trata de un salto muy grande. No hay que olvidar que cuando se trata de definir a alguien que uno no conoce bien lo primero que se dice: es “el de los lentes”. Y así ese detalle accesorio, que quince días antes era una cosa completamente extraña, se convierte en nuestro primer atributo, se identifica con nuestra propia esencia. A Amilcare le molestaba un poco el hecho de haberse vuelto, de buenas a primeras, en “el de los lentes”. Pero lo más grave de todo esto está en que comience a insinuársenos la duda de que todo lo que tiene que ver con nosotros es puramente accidental, posible de transformación, que uno podría ser completamente distinto y nada importaría; y he aquí que por esta vía puede uno llegar a pensar que da lo mismo existir o no existir, y que la desesperación se halla a un solo paso. Por eso Amilcare, al escoger la montadura para sus lentes, optó instintivamente por la más sutil y minimizadora, nada más que un par de gráciles gafas plateadas que sujetaran los lentes por la parte superior y un puentecillo para unirlos sobre el tabique nasal. Así anduvo contento durante algún tiempo; luego se dio cuenta de que no era feliz. Si de pronto se veía en el espejo con los lentes puestos, experimentaba una viva antipatía por su cara, como si fuera la cara típica de una categoría de personas que le eran totalmente extrañas. Eran precisamente esos anteojos tan discretos y ligeros, casi femeninos, lo que lo hacía parecer más que nunca “el de los lentes”, uno que no hubiera hecho otra cosa en su vida que usar lentes, uno que ni siquiera se da cuenta de que los usa. Esos lentes entraban a formar parte de su vida, se amalgamaban con sus facciones, atenuando cualquier contraste natural entre lo que era su cara —una cara común, pero de cualquier modo una cara— y aquel objeto extraño, un producto de la industria.

No le gustaban; por eso no tardaron en caer al suelo y romperse. Compró otro par. Esta vez orientó su elección en sentido opuesto: escogió un par con montadura de plástico negro, un marco de dos dedos de ancho, dos placas laterales que partían de los pómulos como tapaojos de caballo y dos pesadas palancas que le doblaban los lóbulos de las orejas. Era una especie de antifaz que le tapaba media cara, pero bajo ese artefacto podía sentirse a sí mismo: no cabía duda de que él era una cosa y los anteojos otra muy distinta, completamente separada. Está claro que sólo ocasionalmente los usaba, y que, sin anteojos, era un hombre totalmente distinto. Volvió a sentirse feliz, en la medida que su naturaleza se lo consentía.

En ese tiempo tuvo que ir a V., a causa de ciertos negocios. V. era la ciudad natal de Amilcare Carruga, en la cual había transcurrido toda su juventud. Hacía diez años que la había dejado, y regresaba a ella muy de vez en cuando, en visitas pasajeras y esporádicas. Todo el mundo sabe lo que le sucede a cualquiera que se aleje de un ambiente en que haya vivido mucho tiempo; cómo al regresar a éste, después de largos intervalos de ausencia, se siente desarraigado y le parece que las aceras, los amigos, las charlas de café o lo son todo o pierden toda significación; se les frecuenta día tras día o no es posible ya entrar de nuevo en ese ambiente, y la idea de revisitarlo después de mucho tiempo provoca un cierto remordimiento. Así fue cómo Amilcare había desechado las ocasiones de volver a V., puesto que ocasiones no le habían faltado. En los últimos años, además de la actitud negativa hacia su ciudad natal y del estado de ánimo que lo aquejaba últimamente, era víctima de un sentimiento de desamor y desapego de todas las cosas, lo que identificaba con la progresión de su miopía. Ahora los lentes le proporcionaban un nuevo estado de ánimo y no desaprovecharía la oportunidad de regresar a V.

V. apareció entre sus ojos totalmente distinta a la de sus viajes anteriores. Pero no por los cambios sufridos: claro, la ciudad estaba muy cambiada, con nuevas construcciones por todas partes, tiendas, cafeterías y cines muy distintos a los de antes, una nueva juventud totalmente desconocida y el tráfico mucho mayor. No obstante, todas estas novedades no hacían más que acentuar y destacar lo viejo, permitiendo que Amilcare Carruga volviera a ver la ciudad con los mismos ojos de cuando era un muchacho, como si la hubiera dejado el día anterior. Con los lentes veía una infinidad de detalles insignificantes; por ejemplo, una cierta ventana, un barandal. Es decir, tenía conciencia de verlos, de escogerlos entre todos los demás, mientras que antes solamente los veía. Lo mismo ocurría con las caras: un voceador, un abogado, fulano, zutano y perengano, algunos de ellos avejentados. Amilcare Carruga ya no tenía parientes verdaderos en V.; el círculo de amigos íntimos se había dispersado. Sin embargo, contaba con una gran cantidad de conocidos, lo cual era muy natural en una ciudad tan pequeña —como lo había sido en los tiempos en que allí vivía—, en la cual todos se conocían, por lo menos de vista. La población había aumentado mucho, pues había llegado hasta allí —como en todos los centros privilegiados del Septentrión— una cierta inmigración de meridionales. La mayoría de las caras que veía Amilcare eran de desconocidos; pero precisamente por esto sentía la satisfacción de reconocer a la primera ojeada a los viejos habitantes, y recordaba anécdotas, relaciones, apodos.

V. era una de esas ciudades provincianas en la que no había desaparecido la costumbre de pasear de noche por la calle principal, cosa que no había cambiado desde los tiempos juveniles de Amilcare. Como sucede siempre en estos casos, una de las aceras estaba invadida por un flujo ininterrumpido de personas; la otra, menor. En sus tiempos, por una especie de anticonformismo, Amilcare y sus amigos paseaban siempre por la acera menos frecuentada, y desde allí dirigían miradas, saludos y piropos a las muchachas que caminaban por la acera opuesta. Ahora se sentía como entonces, incluso con una excitación mayor, así que comenzó a pasear por su vieja acera, viendo a toda la gente que pasaba. Ahora no le disgustaba hallar personas conocidas, sino que esto lo divertía sobremanera, y se apresuraba a saludarlas. Le hubiera gustado detenerse a saludarlas. le hubiera gustado detenerse para cruzar algunas palabras con alguien, pero la calle principal de V. estaba hecha de tal modo —con aquellas aceras tan estrechas, el apretujamiento de la gente que empujaba hacia delante y, para colmo, el considerable aumento del tráfico de vehículos—, que ya no era posible caminar un poco por el arroyo de la calle y atravesar por donde se quería. En fin, el paseo se llevaba a cabo con demasiada prisa o con demasiada lentitud, sin libertad de movimientos. Amilcare debía seguir la corriente o remontarla con trabajo y cuando divisaba una cara conocida apenas si tenía tiempo de dirigir un rápido saludo antes de que ésta desapareciera, y se quedaba con la duda de haber sido visto o no.

Vio venir a su encuentro a Corrado Strazza, su condiscípulo y compañero de billar durante muchos años. Amilcare le sonrió y fue a su encuentro agitando la mano. Corrado Strazza seguía caminando, viéndolo, pero con una mirada que parecía traspasarlo, como si Amilcare fuera transparente, y pasó a su lado sin detenerse. ¿Quizá no lo había reconocido? Había pasado algún tiempo, es cierto, pero Amilcare Carruga estaba seguro de no haber cambiado mucho; se había librado de la pinguosidad y de la calvicie hasta entonces, y su fisonomía no presentaba grandes alteraciones. Vio al profesor Cavanna. Amilcare le dirigió un saludo deferente, haciendo una ligera inclinación. En un principio, el profesor bosquejó una especie de saludo, instintivamente, luego se detuvo y miró a su alrededor, como si buscara a otra persona. ¡El mismo profesor Cavanna, famoso fisonomista que era capaz de recordar nombres, caras y calificaciones trimestrales de todos los alumnos que había tenido durante su larga carrera! Finalmente, saludó a Ciccio Corba, el entrenador del equipo de balompié, quien respondió al saludo; sin embargo, éste miró inmediatamente hacia otro lado y se puso a silbar con nerviosismo, como dándose cuenta de haber interceptado el saludo de un desconocido, dirigido a sabe Dios quién.

Amilcare comprendió que nadie lo reconocería. Aquellos lentes, que le hacían visible el resto del mundo, aquellos lentes con la enorme montadura negra, lo convertían en algo invisible. ¿Quién habría pensado que tras esa especie de máscara estaba Amilcare Carruga, ausente de V. desde hacía muchos años, al que nadie pensaba encontrar de un momento a otro? Acababa de formular mentalmente estas conclusiones cuando apareció Isa María Bietti. Era una amiga, con la cual solía pasear y ver escaparates. Amilcare se paró frente a ella, con la intención de decirle: “¡Isa María”, pero las palabras se le anudaron en la garganta.

Isa María lo apartó, levantando un codo, diciéndole a la amiga:

—¡Mira cómo se comportan ahora!

Y siguió caminando.

Ni siquiera Isa María lo había reconocido. Comprendió de improviso que sólo por Isa María Bietti había regresado, que por causa de ella se había alejado de V., que por la misma razón había vivido varios años lejos; que todo, todo lo significaba ella en su vida, y que ahora, finalmente, la había visto de nuevo, pero ella no lo reconoció. Tanta era su emoción, que no reparó en si estaba muy cambiada, gorda, avejentada; si era tan atractiva como antes. Sólo pudo ver que se trataba de Isa María Bietti y que ésta no lo reconoció.

Había llegado al término de la calle del paseo. En la nevería de la esquina la gente daba vuelta y volvía sobre sus pasos por la misma acera. Amilcare Carruga hizo lo mismo. Se quitó los lentes. El mundo volvió a ser una nube insípida, y él caminaba entre toda aquella gente parpadeando de continuo, como extraviado. No es que fuera incapaz de reconocer a alguien, pues en los puntos mejor iluminados siempre estaba a punto de reconocer alguna cara, pero seguía existiendo un margen de duda en la supuesta identificación, lo cual, a fin de cuentas, le importaba muy poco. Alguien saludó; posiblemente lo saludaban a él, pero no vio bien quién era. Luego lo saludaron dos tipos, pasando; quiso contestar al saludo, pero no tenía idea de quiénes eran. Un hombre le gritó desde la otra acera:

—¡Chao, Carrú!

Por la voz, podía ser un tal Stelvi. Con satisfacción, Amilcare vio que lo reconocían, que se acordaban de él. Una satisfacción relativa, porque ni siquiera los veía o no lograba reconocerlos; eran personas que se le confundían en la memoria, personas que, en el fondo, le eran más bien indiferentes: “¡Buenas noches!”, decía, cuando descubría que alguien lo saludaba con un movimiento de mano o una inclinación de cabeza. El que acababa de saludarlo debía ser Bellintusi, Carreti o tal vez Strazza. De ser Strazza, le hubiera gustado detenerse a hablar un poco con él. Pero ya había respondido a su saludo con prisa y, pensándolo bien, era natural que sus relaciones fueran solamente así, consistentes en convencionales y presurosos saludos.

Sus miradas ahora no tenían más que un solo objetivo: reencontrar a Isa María Bietti. Podía localizarla a lo lejos, pues llevaba un abrigo rojo. Durante un trecho Amilcare siguió un abrigo rojo; al pasar a un lado, vio que no era ella. Mientras tanto, había visto pasar dos mujeres con abrigo rojo, en sentido contrario. Ese año estaban de moda los abrigos rojos en media estación. Poco antes, por ejemplo, había visto a Gigina la tabaquera con un abrigo semejante. Lo saludaba ahora una mujer de abrigo rojo, pero Amilcare respondió con frialdad, porque seguramente se trataba de la tabaquera. Luego lo asaltó la duda de que no se tratara de Gigina, ¡sino de Isa María Bietti! ¿Cómo era posible confundir a Isa María con Gigina? Amilcare volvió sobre sus pasos para verificarlo. Encontró a Gigina, era ella, sin duda. Pero ésta venía en dirección contraria a la de él, imposible que hubiera dado la vuelta tan pronto, ¿o por algún motivo no había caminado todo el trecho y había vuelto sobre sus pasos? Si Isa María lo había saludado y él había respondido al saludo con tanta frialdad, todo ese viaje, toda esa espera, todos los años transcurridos eran inútiles. Amilcare iba y venía por aquellas aceras, quitándose y poniéndose los lentes, saludando a todos y recibiendo saludos de nebulosos y anónimos fantasmas.

En uno de los extremos del paseo la calle se prolongaba aún y se llegaba pronto a las afueras de la ciudad. Había una hilera de árboles, una zanja paralela a ésos y el campo. En sus tiempos, solían allí pasear del brazo de la novia al caer la noche; quien no la tenía, llegaba y se sentaba en una banca para oír el canto de los grillos. Amilcare Carruga prosiguió por esa calle; la ciudad se extendía ahora un poco más allá, pero no tanto. Seguían allí las bancas, la zanja y los grillos, como antes. Se sentó. De todo aquel paisaje la noche dejaba solamente en pie unas grandes franjas de sombra. Allí daba lo mismo ponerse o quitarse los lentes. Amilcare Carruga sabía que la exaltación originada por los lentes nuevos era tal vez la última de su vida, una exaltación acabada.

MARIANELA (de Benito Pérez Galdós)

MARIANELA
(Benito Pérez Galdós)

– CAPÍTULO I –
Perdido

Se puso el sol. Tras el breve crepúsculo vino tranquila y oscura la noche, en cuyo negro seno murieron poco a poco los últimos rumores de la tierra soñolienta, y el viajero siguió adelante en su camino, apresurando su paso a medida que avanzaba la noche. Iba por angosta vereda, de esas que sobre el césped traza el constante pisar de hombres y brutos, y subía sin cansancio por un cerro en cuyas vertientes se alzaban pintorescos grupos de guinderos, hayas y robles. (Ya se ve que estamos en el Norte de España.)
Era un hombre de mediana edad, de complexión recia, buena talla, ancho de espaldas, resuelto de ademanes, firme de andadura, basto de facciones, de mirar osado y vivo, ligero a pesar de su regular obesidad, y (dígase de una vez aunque sea prematuro) excelente persona por doquiera que se le mirara. Vestía el traje propio de los señores acomodados que viajan en verano, con el redondo sombrerete, que debe a su fealdad el nombre de hongo, gemelos de campo pendientes de una correa, y grueso bastón que, entre paso y paso, le servía para apalear las zarzas cuando extendían sus ramas llenas de afiladas uñas para atraparle la ropa.
Detúvose, y mirando a todo el círculo del horizonte, parecía impaciente y desasosegado. Sin duda no tenía gran confianza en la exactitud de su itinerario y aguardaba el paso de algún aldeano que le diese buenos informes topográficos para llegar pronto y derechamente a su destino.
-No puedo equivocarme -murmuró-. Me dijeron que atravesara el río por la pasadera… así lo hice. Después que marchara adelante, siempre adelante. En efecto, allá, detrás de mí queda esa apreciable villa, a quien yo llamaría Villafangosa por el buen surtido de lodos que hay en sus calles y caminos… De modo que por aquí, adelante, siempre adelante… (me gusta esta frase, y si yo tuviera escudo no le pondría otra divisa) he de llegar a las famosas minas de Socartes.
Después de andar largo trecho, añadió:
-Me he perdido, no hay duda de que me he perdido… Aquí tienes, Teodoro Golfín, el resultado de tu adelante, siempre adelante. Estos palurdos no conocen el valor de las palabras. O han querido burlarse de ti, o ellos mismos ignoran dónde están las minas de Socartes. Un gran establecimiento minero ha de anunciarse con edificios, chimeneas, ruido de arrastres, resoplido de hornos, relincho de caballos, trepidación de máquinas, y yo no veo, ni huelo, ni oigo nada… Parece que estoy en un desierto… ¡qué soledad! Si yo creyera en brujas, pensaría que mi destino me proporcionaba esta noche el honor de ser presentado a ellas… ¡Demonio!, ¿pero no hay gente en estos lugares?… Aún falta media hora para la salida de la luna. ¡Ah!, bribona, tú tienes la culpa de mi extravío… Si al menos pudiera conocer el sitio donde me encuentro… ¿Pero qué más da? (Al decir esto, hizo un gesto propio del hombre esforzado que desprecia los peligros). Golfín, tú que has dado la vuelta al mundo, ¿te acobardarás ahora?… ¡Ah!, los aldeanos tenían razón: adelante, siempre adelante. La ley universal de la locomoción no puede fallar en este momento.
Y puesta denodadamente en ejecución aquella osada ley, recorrió un kilómetro, siguiendo a capricho las veredas que le salían al paso y se cruzaban y se quebraban en ángulos mil, cual si quisiesen engañarle y confundirle más. Por grande que fuera su resolución e intrepidez, al fin tuvo que pararse. Las veredas, que al principio subían, luego empezaron a bajar, enlazándose; y al fin bajaron tanto, que nuestro viajero hallose en un talud, por el cual sólo habría podido descender echándose a rodar.
-¡Bonita situación! -exclamó sonriendo y buscando en su buen humor lenitivo a la enojosa contrariedad-. ¿En dónde estás, querido Golfín? Esto parece un abismo. ¿Ves algo allá abajo? Nada, absolutamente nada… pero el césped ha desaparecido, el terreno está removido. Todo es aquí pedruscos y tierra sin vegetación, teñida por el óxido de hierro… Sin duda estoy en las minas… pero ni alma viviente, ni chimeneas humeantes, ni ruido, ni un tren que murmure a lo lejos, ni siquiera un perro que ladre… ¿Qué haré?, hay por aquí una vereda que vuelve a subir. ¿Seguirela? ¿Desandaré lo andado?… ¡Retroceder! ¡Qué absurdo! O yo dejo de ser quien soy, o llegaré esta noche a las famosas minas de Socartes y abrazaré a mi querido hermano. Adelante, siempre adelante.
Dio un paso y hundiose en la frágil tierra movediza.
-¿Esas tenemos, señor planeta?… ¿Con que quiere usted tragarme?… Si ese holgazán satélite quisiera alumbrar un poco, ya nos veríamos las caras usted y yo… Y a fe que por aquí abajo no hemos de ir a ningún paraíso. Parece esto el cráter de un volcán apagado… Hay que andar suavemente por tan delicioso precipicio. ¿Qué es esto? ¡Ah! Una piedra; magnífico asiento para echar un cigarro, esperando a que salga la luna.
El discreto Golfín se sentó tranquilamente como podría haberlo hecho en el banco de un paseo; y ya se disponía a fumar, cuando sintió una voz… sí, indudablemente era una voz humana que lejos sonaba, un quejido patético, mejor dicho, melancólico canto, formado de una sola frase, cuya última cadencia se prolongaba apianándose en la forma que los músicos llamaban morendo, y que se apagaba al fin en el plácido silencio de la noche, sin que el oído pudiera apreciar su vibración postrera.
-Vamos -dijo el viajero lleno de gozo-, humanidad tenemos. Ese es el canto de una muchacha; sí, es voz de mujer, y voz preciosísima. Me gusta la música popular de este país… Ahora calla… Oigamos, que pronto ha de volver a empezar… Ya, ya suena otra vez. ¡Qué voz tan bella, qué melodía tan conmovedora! Creeríase que sale de las profundidades de la tierra y que el señor de Golfín, el hombre más serio y menos supersticioso del mundo, va a andar en tratos ahora con los silfos, ondinas, gnomos, hadas y toda la chusma emparentada con la loca de la casa… Pero, si no me engaña el oído, la voz se aleja… La graciosa cantora se va… ¡Eh! Muchacha, aguarda, detén el paso.
La voz, que durante breve rato había regalado con encantadora música el oído del hombre extraviado, se iba perdiendo en la inmensidad tenebrosa, y a los gritos de Golfín, el canto extinguiose por completo. Sin duda la misteriosa entidad gnómica, que entretenía su soledad subterránea cantando tristes amores, se había asustado de la brusca interrupción del hombre, huyendo a las más hondas entrañas de la tierra, donde moran, avaras de sus propios fulgores, las piedras preciosas.
-Esta es una situación divina -murmuró Golfín, considerando que no podía hacer mejor cosa que dar lumbre a su cigarro-. No hay mal que cien años dure. Aguardemos fumando. Me he lucido con querer venir solo y a pie a las minas de Socartes. Mi equipaje habrá llegado primero, lo que prueba de un modo irrebatible las ventajas del adelante, siempre adelante.»
Moviose entonces ligero vientecillo, y Teodoro creyó sentir pasos lejanos en el fondo de aquel desconocido o supuesto abismo que ante sí tenía. Puso atención y no tardó en adquirir la certeza de que alguien andaba por allí. Levantándose, gritó:
-Muchacha, hombre, o quien quiera que seas, ¿se puede ir por aquí a las minas de Socartes?
No había concluido, cuando oyose el violento ladrar de un perro, y después una voz de hombre, que dijo:
-Choto, Choto, ven aquí.
-¡Eh! -gritó el viajero-. Buen amigo, muchacho de todos los demonios, o lo que quiera que seas, sujeta pronto ese perro, que yo soy hombre de paz!
-¡Choto, Choto!
Golfín vio que se le acercaba un perro negro y grande; mas el animal, después de gruñir junto a él, retrocedió llamado por su amo. En tal punto y momento, el viajero pudo distinguir una figura, un hombre, que inmóvil y sin expresión, cual muñeco de piedra, estaba en pie a distancia como de diez varas más abajo de él, en una vereda trasversal que aparecía irregularmente trazada por todo lo largo del talud. Este sendero y la humana figura detenida en él llamaron vivamente la atención de Golfín, que dirigiendo gozosa mirada al cielo, exclamó:
-¡Gracias a Dios!, al fin salió esa loca. Ya podemos saber dónde estamos. No sospechaba yo que tan cerca de mí existiera esta senda… Pero si es un camino… ¡Hola!, amiguito, ¿puede usted decirme si estoy en las minas de Socartes?
-Sí, señor, estas son las minas de Socartes, aunque estamos un poco lejos del establecimiento.
La voz que esto decía era juvenil y agradable, y resonaba con las simpáticas inflexiones que indican una disposición a prestar servicios con buena voluntad y cortesía. Mucho gustó al doctor oírla, y más aún observar la dulce claridad que, difundiéndose por los espacios antes oscuros, hacía revivir cielo y tierra, cual si se los sacara de la nada.
-Fiat lux -dijo descendiendo-. Me parece que acabo de salir del caos primitivo. Ya estamos en la realidad… Bien, amiguito, doy a usted gracias por las noticias que me ha dado y las que aún ha de darme… Salí de Villamojada al ponerse el sol. Dijéronme que adelante, siempre adelante…
-¿Va usted al establecimiento? -preguntó el misterioso joven, permaneciendo inmóvil y rígido, sin mirar al doctor, que ya estaba cerca.
-Sí, señor; pero sin duda equivoqué el camino.
-Esta no es la entrada de las minas. La entrada es por la pasadera de Rabagones, donde está el camino y el ferro-carril en construcción. Por allá hubiera usted llegado en diez minutos al establecimiento. Por aquí tardaremos más, porque hay bastante distancia y muy mal camino. Estamos en la última zona de explotación, y hemos de atravesar algunas galerías y túneles, bajar escaleras, pasar trincheras, remontar taludes, descender el plano inclinado; en fin, recorrer todas las minas de Socartes desde un extremo, que es este, hasta el otro extremo, donde están los talleres, los hornos, las máquinas, el laboratorio y las oficinas.
-Pues a fe mía que ha sido floja mi equivocación -dijo Golfín riendo.
-Yo le guiaré a usted con mucho gusto, porque conozco estos sitios perfectamente.
Golfín, hundiendo los pies en la tierra, resbalando aquí y bailoteando más allá, tocó al fin el benéfico suelo de la vereda, y su primera acción fue examinar al bondadoso joven. Breve rato estuvo el doctor dominado por la sorpresa.
-Usted… -murmuró.
-Soy ciego, sí, señor -añadió el joven-; pero sin vista sé recorrer de un cabo a otro las minas de Socartes. El palo que uso me impide tropezar, y Choto me acompaña, cuando no lo hace la Nela, que es mi lazarillo. Con que sígame usted y déjese llevar.

– CAPÍTULO II –
Guiado

-¿Ciego de nacimiento? -dijo Golfín con vivo interés que no era sólo inspirado por la compasión.
-Sí, señor, de nacimiento -repuso el ciego con naturalidad. No conozco el mundo más que por el pensamiento, el tacto y el oído. He podido comprender que la parte más maravillosa del universo es esa que me está vedada. Yo sé que los ojos de los demás no son como estos míos, sino que por sí conocen las cosas; pero este don me parece tan extraordinario, que ni siquiera comprendo la posibilidad de poseerlo.
-Quién sabe… -manifestó Teodoro- ¿pero qué es esto que veo, amigo mío, qué sorprendente espectáculo es este?
El viajero, que había andado algunos pasos junto a su guía, se detuvo asombrado de la fantástica perspectiva que se ofrecía ante sus ojos. Hallábase en un lugar hondo, semejante al cráter de un volcán, de suelo irregular, de paredes más irregulares aún. En los bordes y en el centro de la enorme caldera, cuya magnitud era aumentada por el engañoso claro-oscuro de la noche, se elevaban figuras colosales, hombres disformes, monstruos volcados y patas arriba, brazos inmensos desperezándose, pies truncados, desparramadas figuras semejantes a las que forma el caprichoso andar de las nubes en el cielo; pero quietas, inmobles, endurecidas. Era su color el de las momias, un color terroso tirando a rojo; su actitud la del movimiento febril sorprendido y atajado por la muerte. Parecía la petrificación de una orgía de gigantescos demonios; y sus manotadas, los burlones movimientos de sus desproporcionadas cabezas habían quedado fijos como las inalterables actitudes de la escultura. El silencio que llenaba el ámbito del supuesto cráter era un silencio que daba miedo. Creeríase que mil voces y aullidos habían quedado también hechos piedra, y piedra eran desde siglos de siglos.
-¿En dónde estamos, buen amigo? -dijo Golfín-. Esto es una pesadilla.
-Esta zona de la mina se llama la Terrible -repuso el ciego indiferente al estupor de su compañero de camino-. Ha estado en explotación hasta que hace dos años se agotó el mineral de calamina. Hoy los trabajos se hacen en otras zonas que hay más arriba. Lo que a usted le maravilla son los bloques de piedra que llaman cretácea y de arcilla ferruginosa endurecida que han quedado después de sacado el mineral. Dicen que esto presenta un golpe de vista sublime, sobre todo a la luz de la luna. Yo de nada de eso entiendo.
-Espectáculo asombroso, sí -dijo el forastero deteniéndose en contemplarlo-, pero que a mí antes me causa espanto que placer, porque lo asocio al recuerdo de mis neuralgias. ¿Sabe usted lo que me parece? Me parece que estoy viajando por el interior de un cerebro atacado de violentísima jaqueca. Estas figuras son como las formas perceptibles que afecta el dolor cefalálgico, confundiéndose con los terroríficos bultos y sombrajos que engendra la fiebre.
-¡Choto, Choto, aquí! -dijo el ciego-. Caballero, mucho cuidado ahora, que vamos a entrar en una galería.
En efecto, Golfín vio que el ciego, tocando el suelo con su palo, se dirigía hacia una puertecilla estrecha, cuyo marco eran tres gruesas vigas.
El perro entró primero olfateando la negra cavidad. Siguole el ciego con la impavidez de quien vive en perpetuas tinieblas. Teodoro fue detrás, no sin experimentar cierta repugnancia instintiva hacia la importuna excursión bajo la tierra.
-Es pasmoso -dijo- que usted entre y salga por aquí sin tropiezo.
-Me he criado en estos sitios y los conozco como mi propia casa. Aquí se siente frío; abríguese usted si tiene con qué. No tardaremos mucho en salir.
Iba palpando con su mano derecha la pared, formada de vigas perpendiculares. Después dijo:
-Cuide usted de no tropezar en los carriles que hay en el suelo. Por aquí se arrastra el mineral de las pertenencias de arriba. ¿Tiene usted frío?
-Diga usted, buen amigo -interrogó el doctor festivamente-. ¿Está usted seguro de que no nos ha tragado la tierra? Este pasadizo es un esófago. Somos pobres bichos que hemos caído en el estómago de un gran insectívoro. ¿Y usted, joven, se pasea mucho por estas amenidades?
-Mucho paseo por aquí a todas horas, y me agrada extraordinariamente. Ya hemos entrado en la parte más seca. Esto es arena pura… Ahora vuelve la piedra… Aquí hay filtraciones de agua sulfurosa; por aquí una capa de tierra, en que se encuentran conchitas de piedra… También hay capas de pizarra: esto llaman esquistos… ¿Oye usted cómo canta el sapo? Ya estamos cerca de la boca. Allí se pone ese holgazán todas las noches. Le conozco; tiene una voz ronca y pausada.
-¿Quién, el sapo?
-Sí, señor. Ya nos acercamos al fin.
-En efecto; allá veo como un ojo que nos mira. Es la claridad de la boca.
Cuando salieron, el primer accidente que hirió los sentidos del doctor, fue el canto melancólico que había oído antes. Oyolo también el ciego; volviose bruscamente y dijo sonriendo con placer y orgullo:
-¿La oye usted?
-Antes oí esa voz y me agradó sobremanera. ¿Quién es la que canta?…
En vez de contestar, el ciego se detuvo, y dando al viento la voz con toda la fuerza de sus pulmones, gritó:
-¡Nela!… ¡Nela!
Ecos sonorosos, próximos los unos, lejanos otros, repitieron aquel nombre.
El ciego, poniéndose las manos en la boca en forma de bocina, gritó:
-No vengas, que voy allá. ¡Espérame en la herrería… en la herrería!
Después, volviéndose al doctor, le dijo:
-La Nela es una muchacha que me acompaña; es mi lazarillo. Al anochecer volvíamos juntos del prado grande… hacía un poco de fresco. Como mi padre me ha prohibido que ande de noche sin abrigo, metime en la cabaña de Romolinos, y la Nela corrió a mi casa a buscarme el gabán. Al poco rato de estar en la cabaña, acordeme de que un amigo había quedado en esperarme en casa; no tuve paciencia para aguardar a la Nela, y salí con Choto. Pasaba por la Terrible, cuando le encontré a usted… Pronto llegaremos a la herrería. Allí nos separaremos, porque mi padre se enoja cuando entro tarde en casa, y ella le acompañará a usted hasta las oficinas.
-Muchas gracias, amigo mío.
El túnel les había conducido a un segundo espacio más singular que el anterior. Era una profunda grieta abierta en el terreno, a semejanza de las que resultan de un cataclismo; pero no había sido abierta por las palpitaciones fogosas del planeta, sino por el laborioso azadón del minero. Parecía el interior de un gran buque náufrago, tendido sobre la playa, y a quien las olas hubieran quebrado por la mitad, doblándole en un ángulo obtuso. Hasta se podían ver sus descarnados costillajes, cuyas puntas coronaban en desigual fila una de las alturas. En la concavidad panzuda distinguíanse grandes piedras, como restos de carga maltratados por las olas; y era tal la fuerza pictórica del claro-oscuro de la luna, que Golfín creyó ver, entre mil despojos de cosas náuticas, cadáveres medio devorados por los peces, momias, esqueletos, todo muerto, dormido, semi-descompuesto y profundamente tranquilo, cual si por mucho tiempo morara en la inmensa sepultura del mar.
La ilusión fue completa cuando sintió rumor de agua, un chasquido semejante al de las olas mansas cuando juegan en los huecos de una peña o azotan el esqueleto de un buque náufrago.
-Por aquí hay agua -dijo a su compañero.
-Ese ruido que usted siente -replicó el ciego deteniéndose- y que parece… ¿cómo lo diré? ¿no es verdad que parece ruido de gárgaras, como el que hacemos cuando nos curamos la garganta?
-Exactamente. ¿Y dónde está ese buche de agua? ¿Es algún arroyo que pasa?
-No, señor. Aquí, a la izquierda, hay una loma. Detrás de ella se abre una gran boca, una sima, un abismo cuyo fin no se sabe. Se llama la Trascava. Algunos creen que va a dar al mar por junto a Ficóbriga. Otros dicen que por el fondo de él corre un río que está siempre dando vueltas y más vueltas, como una rueda, sin salir nunca fuera. Yo me figuro que será como un molino. Algunos dicen que hay allá abajo un resoplido de aire que sale de las entrañas de la tierra, como cuando silbamos, el cual resoplido de aire choca contra un chorro de agua, se ponen a reñir, se engrescan, se enfurecen y producen ese hervidero que oímos de fuera.
-¿Y nadie ha bajado a esa sima?
-No se puede bajar sino de una manera.
-¿Cómo?
-Arrojándose a ella. Los que han entrado no han vuelto a salir, y es lástima, porque nos hubieran dicho qué pasaba allá dentro. La boca de esa caverna hállase a bastante distancia de nosotros; pero hace dos años los mineros, cavando en este sitio, descubrieron una hendidura en la peña, por la cual se oye el mismo hervor de agua que por la boca principal. Esta hendidura debe comunicar con las galerías de allá dentro, donde está el resoplido que sube y el chorro que baja. De día podrá usted verla perfectamente, pues basta trepar un poco por las piedras del lado izquierdo, para llegar hasta ella. Hay un cómodo asiento. Algunas personas tienen miedo de acercarse; pero la Nela y yo nos sentamos allí muy a menudo a oír cómo resuena la voz del abismo. Y efectivamente, señor, parece que nos hablan al oído. La Nela dice y jura que oye palabras, que las distingue claramente. Yo, la verdad, nunca he oído palabras; pero sí un murmullo como soliloquio o meditación, que a veces parece triste, a veces alegre, a veces colérico, a veces burlón.
-Pues yo no oigo sino ruido de gárgaras -dijo el doctor riendo.
-Así parece desde aquí… Pero no nos retardemos, que es tarde. Prepárese usted a pasar otra galería.
-¿Otra?
-Sí, señor. Y ésta, al llegar a la mitad se divide en dos. Hay después un laberinto de vueltas y revueltas, porque se hicieron galerías que después quedaron abandonadas, y aquello está como Dios quiere. Choto, adelante.
Choto se metió por un agujero, como hurón que persigue al conejo, y siguiéronle el doctor y su guía, que tentaba con su palo el tortuoso, estrecho y lóbrego camino. Nunca el sentido del tacto había tenido más delicadeza y finura, prolongándose desde la epidermis humana hasta un pedazo de madera insensible. Avanzaron, describiendo primero una curva, después ángulos y más ángulos, siempre entre las dos paredes de tablones húmedos y medio podridos.
-¿Sabe usted a lo que me parece esto? -dijo el doctor, conociendo que los símiles agradaban a su guía-. Pues se me parece a los pensamientos del hombre perverso. Parece que somos la intuición del malo, cuando penetra en su conciencia para verse en toda su fealdad.
Creyó Golfín que se había expresado en lenguaje poco inteligible para el ciego; mas éste probole lo contrario, diciendo:
-Para el que posee ese reino desconocido de la luz, estas galerías deben de ser tristes; pero yo, que vivo en tinieblas, hallo aquí cierta conformidad de la tierra con mi propio ser. Yo ando por aquí como usted por la calle más ancha. Si no fuera porque unas veces es escaso el aire y otras la humedad excesiva, preferiría estos lugares subterráneos a todos los demás lugares que conozco.
-Esto es la idea de la meditación.
-Yo siento en mi cerebro un paso, un agujero lo mismo que este por donde voy, y por él corren mis ideas desarrollándose magníficamente.
-¡Oh! ¡cuán lamentable cosa es no haber visto nunca la bóveda azul del cielo en pleno día! -exclamó el doctor con espontaneidad suma-. Dígame usted, ¿este conducto donde las ideas de usted se desarrollan magníficamente, no se acaba nunca?
-Ya, ya pronto estaremos fuera… ¿Dice usted que la bóveda del cielo…? ¡Ah! Ya me figuro que será una concavidad armoniosa, a la cual parece que podremos alcanzar con las manos, sin poder hacerlo realmente.
Al decir esto, salieron; Golfín, respirando con placer y fuerza, como el que acaba de soltar un gran peso, exclamó mirando al cielo:
-Gracias a Dios que os vuelvo a ver, estrellitas del firmamento. Nunca me habéis parecido más lindas que en este instante.
-Al pasar -dijo el ciego, alargando su mano que mostraba una piedra- he cogido este pedazo de caliza cristalizada; ¿sostendrá usted que estos cristalitos que mi tacto halla tan bien cortados, tan finos, y tan bien pegados los unos a los otros no son una cosa muy bella? Al menos a mí me lo parece.
Diciéndolo, desmenuzaba los cristales.
-Amigo querido -dijo Golfín con emoción y lástima- es verdaderamente triste que usted no pueda conocer que ese pedruzco no merece la atención del hombre, mientras esté suspendido sobre nuestras cabezas el infinito rebaño de maravillosas luces que llenan la bóveda del cielo.
El ciego volvió su rostro hacia arriba, y dijo con profunda tristeza:
-¿Es verdad que existís, estrellas?
-Dios es inmensamente grande y misericordioso -observó Golfín, poniendo su mano sobre el hombro de su acompañante-. Quién sabe, quién sabe, amigo mío… Se han visto, se ven todos los días casos muy raros.
Mientras esto decía, le miraba de cerca, tratando de examinar a la escasa claridad de la noche las pupilas del joven. Fijo y sin mirada, el ciego volvía sonriendo su rostro hacia donde sonaba la voz del doctor.
-No tengo esperanza -murmuró.
Habían salido a un sitio despejado. La luna, más clara a cada rato, iluminaba praderas ondulantes y largos taludes, que parecían las escarpas de inmensas fortificaciones. A la izquierda y a regular altura vio el doctor un grupo de blancas casas en el mismo borde de la vertiente.
-Aquí a la izquierda -dijo el ciego- está mi casa. Allá arriba… ¿sabe usted? Aquellas tres casas es lo que queda del lugar de Aldeacorba de Suso: lo demás ha sido expropiado en diversos años para beneficiar el terreno; todo aquí debajo es calamina. Nuestros padres vivían sobre miles de millones sin saberlo.
Esto decía, cuando se vino corriendo hacia ellos una muchacha, una niña, una chicuela, de ligerísimos pies y menguada estatura.
-Nela, Nela -dijo el ciego-. ¿Me traes el abrigo?
-Aquí está -repuso la muchacha poniéndole un capote sobre los hombros.
-¿Ésta es la que cantaba?… ¿Sabes que tienes una preciosa voz?
-¡Oh! -exclamó el ciego con candoroso acento de encomio -canta admirablemente-. Ahora, Mariquilla, vas a acompañar a este caballero hasta las oficinas. Yo me quedo en casa. Ya siento la voz de mi padre que baja a buscarme. Me reñirá de seguro… ¡Allá voy, allá voy!
-Retírese usted pronto, amigo -dijo Golfín estrechándole la mano-. El aire es fresco y puede hacerle daño. Muchas gracias por la compañía. Espero que seremos amigos, porque estaré aquí algún tiempo… Yo soy hermano de Carlos Golfín, el ingeniero de estas minas.
-¡Ah!… ya… D. Carlos es muy amigo de mi padre y mío: le espera a usted desde ayer.
-Llegué esta tarde a la estación de Villamojada… dijéronme que Socartes estaba cerca y que podía venirme a pie. Como me gusta ver el paisaje y hacer ejercicio, y como me dijeron que adelante, siempre adelante, eché a andar, mandando mi equipaje en un carro. Ya ve usted cómo me perdí… pero no hay mal que por bien no venga… le he conocido a usted y seremos amigos, quizás muy amigos… Vaya, adiós; a casa pronto, que el fresco de Setiembre no es bueno. Esta señora Nela tendrá la bondad de acompañarme.
-De aquí a las oficinas no hay más que un cuarto de hora de camino… poca cosa… Cuidado no tropiece usted en los rails; cuidado al bajar el plano inclinado. Suelen dejar los vagonetes sobre la vía… y con la humedad, la tierra está como jabón… Adiós, caballero y amigo mío. Buenas noches.
Subió por una empinada escalera abierta en la tierra y cuyos peldaños estaban reforzados con vigas. Golfín siguió adelante, guiado por la Nela. Lo que hablaron ¿merecerá capítulo aparte? Por si acaso, se lo daremos.

– CAPÍTULO III –
Un diálogo que servirá de exposición

-Aguarda, hija, no vayas tan a prisa -dijo Golfín deteniéndose- déjame encender un cigarro.
Estaba tan serena la noche, que no necesitó emplear las precauciones que generalmente adoptan contra el viento los fumadores. Encendido el cigarro, acercó la cerilla al rostro de la Nela, diciendo con bondad:
-A ver, enséñame tu cara.
Mirábale la muchacha con asombro, y sus negros ojuelos brillaron con un punto rojizo, como chispa, en el breve instante que duró la luz del fósforo. Era como una niña, pues su estatura debía contarse entre las más pequeñas, correspondiendo a su talle delgadísimo y a su busto mezquinamente constituido. Era como una jovenzuela, pues sus ojos no tenían el mirar propio de la infancia, y su cara revelaba la madurez de un organismo en que ha entrado o debido entrar el juicio. A pesar de esta desconformidad, era admirablemente proporcionada, y su pequeña cabeza remataba con cierta gallardía el miserable cuerpecillo. Alguien decía que era una mujer mirada con vidrio de disminución; alguno que era una niña con ojos y expresión de adolescente. No conociéndola, se dudaba si era un asombroso progreso o un deplorable atraso.
-¿Qué edad tienes tú? -preguntole Golfín sacudiendo los dedos para arrojar el fósforo, que empezaba a quemarle.
-Dicen que tengo diez y seis años -replicó la Nela, examinando a su vez al doctor.
-¡Diez y seis años! Atrasadilla estás, hija. Tu cuerpo es de doce, a lo sumo.
-¡Madre de Dios! Si dicen que yo soy como un fenómeno -manifestó ella en tono de lástima de sí misma.
-¡Un fenómeno! -repitió Golfín poniendo su mano sobre los cabellos de la chica-. Podrá ser. Vamos, guíame.
La Nela comenzó a andar resueltamente sin adelantarse mucho, antes bien, cuidando de ir siempre al lado del viajero, como si apreciara en todo su valor la honra de tan noble compañía. Iba descalza: sus pies, ágiles y pequeños denotaban familiaridad consuetudinaria con el suelo, con las piedras, con los charcos, con los abrojos. Vestía una falda sencilla y no muy larga, denotando en su rudimentario atavío, así como en la libertad de sus cabellos sueltos y cortos, rizados con nativa elegancia, cierta independencia más propia del salvaje que del mendigo. Sus palabras, al contrario, sorprendieron a Golfín por lo recatadas y humildes, dando indicios de un carácter formal y reflexivo. Resonaba su voz con simpático acento de cortesía, que no podía ser hijo de la educación, y sus miradas eran fugaces y momentáneas, como no fueran dirigidas al suelo o al cielo.
-Dime -le preguntó Golfín- ¿tú vives en las minas? ¿Eres hija de algún empleado de esta posesión?
-Dicen que no tengo madre ni padre.
-¡Pobrecita! Tú trabajarás en las minas…
-No, señor. Yo no sirvo para nada -replicó sin alzar del suelo los ojos.
-Pues a fe que tienes modestia.
Teodoro se inclinó para mirarle el rostro. Este era delgado, muy pecoso, todo salpicado de menudas manchitas parduzcas. Tenía pequeña la frente, picudilla y no falta de gracia la nariz, negros y vividores los ojos; pero comúnmente brillaba en ellos una luz de tristeza. Su cabello dorado-oscuro había perdido el hermoso color nativo por la incuria y su continua exposición al aire, al sol y al polvo. Sus labios apenas se veían de puro chicos, y siempre estaban sonriendo; pero aquella sonrisa era semejante a la imperceptible de algunos muertos cuando han dejado de vivir pensando en el cielo. La boca de la Nela, estéticamente hablando, era desabrida, fea; pero quizás podía merecer elogios, aplicándole el verso de Polo de Medina: «es tan linda su boca que no pide». En efecto; ni hablando, ni mirando, ni sonriendo revelaba aquella miserable el hábito degradante de la mendicidad callejera.
Golfín le acarició el rostro con su mano, tomándolo por la barba y abarcándolo casi todo entre sus gruesos dedos.
-¡Pobrecita! -exclamó-. Dios no ha sido generoso contigo. ¿Con quién vives?
-Con el señor Centeno, capataz de ganado en las minas.
-Me parece que tú no habrás nacido en la abundancia. ¿De quién eres hija?
-Dicen que mi madre vendía pimientos en el mercado de Villamojada. Era soltera. Me tuvo un día de Difuntos, y después se fue a criar a Madrid.
-¡Vaya con la buena señora! -murmuró Teodoro con malicia-. Quizás no tenga nadie noticia de quién fue tu papá.
-Sí, señor -replicó la Nela con cierto orgullo-. Mi padre fue el primero que encendió las luces en Villamojada.
-¡Cáspita!
-Quiero decir que cuando el Ayuntamiento puso por primera vez faroles en las calles -dijo la muchacha, dando a su relato la gravedad de la historia-, mi padre era el encargado de encenderlos y limpiarlos. Yo estaba ya criada por una hermana de mi madre, que era también soltera, según dicen. Mi padre había reñido con ella… Dicen que vivían juntos… todos vivían juntos… y cuando iba a farolear me llevaba en el cesto, junto con los tubos de vidrio, las mechas, la aceitera… Un día dicen que subió a limpiar el farol que hay en el puente; puso el cesto sobre el antepecho, yo me salí fuera y caíme al río.
-¡Y te ahogaste!
-No, señor; porque caí sobre piedras. ¡Divina Madre de Dios! Dicen que antes de eso era yo muy bonita.
-Sí; indudablemente eras muy bonita -afirmó el forastero con el alma inundada de bondad-. Y todavía lo eres… Pero dime otra cosa. ¿Hace mucho tiempo que vives en las minas?
-Dicen que hace tres años. Dicen que mi madre me recogió después de la caída. Mi padre cayó enfermo, y como mi madre no le quiso asistir, porque era malo, él fue al hospital donde dicen que se murió. Entonces vino mi madre a trabajar a las minas. Dicen que un día la despidió el jefe porque había bebido mucho aguardiente…
-Y tu madre se fue… Vamos, ya me interesa esa señora. Se fue…
-Se fue a un agujero muy grande que hay allá arriba -dijo Nela, deteniéndose ante el doctor y dando a su voz el tono más patético- y se metió dentro.
-¡Canario! ¡Vaya un fin lamentable! Supongo que no habrá vuelto a salir.
-No, señor -replicó la Nela con naturalidad-. Allí dentro está.
-Después de esa catástrofe, pobre criatura -dijo Golfín con cariño-, has quedado trabajando aquí. Es un trabajo muy penoso el de la minería. Tú estás teñida del color del mineral; estás raquítica y mal alimentada. Esta vida destruye las naturalezas más robustas.
-No, señor, yo no trabajo. Dicen que yo no sirvo ni puedo servir para nada.
-Quita allá, tonta, tú eres una alhaja.
-Que no señor -dijo Nela insistiendo con energía-. Si no puedo trabajar. En cuanto cargo un peso pequeño, me caigo al suelo. Si me pongo a hacer alguna cosa difícil en seguida me desmayo.
-Todo sea por Dios… Vamos, que si cayeras tú en manos de personas que te supieran manejar, ya trabajarías bien.
-No, señor -repitió la Nela con tanto énfasis como si se elogiara-; si yo no sirvo más que de estorbo.
-¿De modo que eres una vagabunda?
-No, señor, porque acompaño a Pablo.
-¿Y quién es Pablo?
-Ese señorito ciego, a quien usted encontró en la Terrible. Yo soy su lazarillo desde hace año y medio. Le llevo a todas partes; nos vamos por esos campos paseando.
-Parece buen muchacho ese Pablo.
La Nela se detuvo otra vez mirando al doctor. Con el rostro resplandeciente de entusiasmo, exclamó:
-¡Madre de Dios! Es lo mejor que hay en el mundo. ¡Pobre amito mío! Sin vista tiene él más talento que todos los que ven.
-Me gusta tu amo. ¿Es de este país?
-Sí, señor, es hijo único de D. Francisco Penáguilas, un caballero muy bueno y muy rico que vive en las casas de Aldeacorba.
-Dime ¿y a ti por qué te llaman la Nela? ¿Qué quiere decir eso?
La muchacha alzó los hombros. Después de una pausa, repuso:
-Mi madre se llamaba la señá María Canela; pero le decían Nela. Dicen que este es nombre de perra. Yo me llamo María.
-Mariquita.
-María Nela me llaman y también La Hija de la Canela. Unos me dicen Marianela, y otros nada más que la Nela.
-¿Y tu amo, te quiere mucho?
-Sí, señor, es muy bueno. Él dice que ve con mis ojos, porque como le llevo a todas partes y le digo cómo son todas las cosas…
-Todas las cosas que no puede ver.
El forastero parecía muy gustoso de aquel coloquio.
-Sí, señor; yo le digo todo. Él me pregunta cómo es una estrella, y yo se la pinto de tal modo hablando, que para él es lo mismito que si la viera. Yo le explico todo, cómo son las yerbas, las nubes, el cielo, el agua y los relámpagos, las veletas, las mariposas, el humo, los caracoles, el cuerpo y la cara de las personas y de los animales. Yo le digo lo que es feo y lo que es bonito, y así se va enterando de todo.
-Veo que no es flojo tu trabajo. ¡Lo feo y lo bonito! Ahí es nada… ¿Te ocupas de eso?… Dime, ¿sabes leer?
-No, señor. Si yo no sirvo para nada.
Decía esto en el tono más convincente, y el gesto de que acompañaba su firme protesta parecía añadir: «Es usted un majadero en suponer que yo sirvo para algo.»
-¿No verías con gusto que tu amito recibía de Dios el don de la vista?
La muchacha no contestó nada. Después de una pausa, dijo:
-¡Divino Dios! Eso es imposible.
-Imposible no, aunque difícil.
-El ingeniero director de las minas ha dado esperanzas al padre de mi amo.
-¿D. Carlos Golfín?
-Sí, señor. D. Carlos tiene un hermano médico que cura los ojos, y, según dicen, da vista a los ciegos, arregla a los tuertos y les endereza los ojos a los bizcos.
-¡Qué hombre más hábil!
-Sí, señor; y como ahora el médico anunció a su hermano que iba a venir, su hermano le escribió diciéndole que trajera las herramientas para ver si le podía dar vista a Pablo.
-¿Y ha venido ya ese buen hombre?
-No, señor: como anda siempre allá por las Américas y las Inglaterras, parece que tardará en venir. Pero Pablo se ríe de esto y dice que no le dará ese hombre lo que la Virgen Santísima le negó desde el nacer.
-Quizás tenga razón… Pero dime, ¿estamos ya cerca?… porque veo chimeneas que arrojan un humo más negro que el del infierno, y veo también una claridad que parece de fragua.
-Sí, señor, ya llegamos. Aquellos son los hornos de la calcinación, que arden día y noche. Aquí enfrente están las máquinas de lavado, que no trabajan sino de día; a mano derecha está el taller de composturas y allá abajo, a lo último de todo, las oficinas.
En efecto; el lugar aparecía a los ojos de Golfín como lo describía Marianela. Esparciéndose el humo por falta de aire, envolvía en una como gasa oscura y sucia todos los edificios, cuyas masas negras señalábanse confusa y fantásticamente sobre el cielo iluminado por la luna.
-Más hermoso es esto para verlo una vez que para vivir aquí -indicó Golfín apresurando el paso-. La nube de humo lo envuelve todo, y las luces forman un disco borroso, como el de la luna en noches de bochorno. ¿En dónde están las oficinas?
-Allá: ya pronto llegamos.
Después de pasar por delante de los hornos, cuyo calor obligole a apretar el paso, el doctor vio un edificio tan negro y ahumado como todos los demás. Verlo y sentir los gratos sonidos de un piano teclado con verdadero frenesí musical, fue todo uno.
-Música tenemos. Conozco las manos de mi cuñada.
-Es la señorita Sofía, que toca -afirmó María.
Claridad de alegres habitaciones lucía en los huecos, y el balcón principal estaba abierto. Veíase en él una pequeña ascua: era la lumbre de un cigarro. Antes que el doctor llegase, aquella ascua cayó, describiendo una perpendicular y dividiéndose en menudas y saltonas chispas; era que el fumador había arrojado la colilla.
-Allí está el fumador sempiterno -gritó el doctor con acento del más vivo cariño-. ¡Carlos, Carlos!
-¡Teodoro! -contestó una voz en el balcón.
Calló el piano, como un ave cantora que se asusta del ruido. Sonaron pasos en la casa. El doctor dio una moneda de plata a su guía y corrió hacia la puerta.

– CAPÍTULO IV –
La familia de piedra

Menudeando el paso y saltando sobre los obstáculos que hallaba en su camino, la Nela se dirigió a la casa que está detrás de los talleres de maquinaria y junto a las cuadras donde rumiaban pausada y gravemente las sesenta mulas del establecimiento. Era la morada del señor Centeno de moderna construcción, si bien nada elegante ni aun cómoda. Baja de techo, pequeña para albergar en sus tres piezas a los esposos Centeno, a los cuatro hijos de los esposos Centeno, al gato de los esposos Centeno, y, por añadidura, a la Nela, la casa, no obstante, figuraba en los planos de vitela de aquel gran establecimiento ostentando orgullosa, como otras muchas, este letrero: Vivienda de capataces.
En lo interior el edificio servía para probar prácticamente un aforismo que ya conocemos, por haberlo visto enunciado por la misma Marianela; es, a saber, que ella, Marianela, no servía más que de estorbo. En efecto; allí había sitio para todo: para los esposos Centeno, para las herramientas de sus hijos, para mil cachivaches de cuya utilidad no hay pruebas inconcusas, para el gato, para el plato en que comía el gato, para la guitarra de Tanasio, para los materiales que el mismo empleaba en componer garrotes (cestas), para media docena de colleras viejas de mulas, para la jaula del mirlo, para los dos peroles inútiles, para un altar en que la de Centeno ponía a la Divinidad ofrenda de flores de trapo y unas velas seculares, colonizadas por las moscas; para todo absolutamente, menos para la hija de la Canela. Frecuentemente se oía:
-¡Que no he de dar un paso sin tropezar con esta condenada Nela!…
También se oía esto:
-Vete a tu rincón… ¡Qué criatura! Ni hace ni deja hacer a los demás.
La casa constaba de tres piezas y un desván. Era la primera, a más de comedor y sala, alcoba de los Centenos mayores. En la segunda dormían las dos señoritas, que eran ya mujeres, y se llamaban la Mariuca y la Pepina. Tanasio, el primogénito, se agasajaba en el desván, y Celipín, que era el más pequeño de la familia y frisaba en los doce años, tenía su dormitorio en la cocina, la pieza más interna, más remota, más crepuscular, más ahumada y más inhabitable de las tres que componían la morada Centenil.
La Nela, durante los largos años de su residencia allí, había ocupado distintos rincones, pasando de uno a otro conforme lo exigía la instalación de mil objetos que no servían sino para robar a los seres vivos su último pedazo de suelo habitable. En cierta ocasión (no conocemos la fecha con exactitud), Tanasio, que era tan imposibilitado de piernas como de ingenio, y se había dedicado a la construcción de cestas de avellano, puso en la cocina, formando pila, hasta media docena de aquellos ventrudos ejemplares de su industria. Entonces la de la Canela volvió tristemente sus ojos en derredor, sin hallar sitio donde albergarse; pero la misma contrariedad sugiriole repentina y felicísima idea, que al instante puso en ejecución. Metiose bonitamente en una cesta, y así pasó la noche en fácil y tranquilo sueño. Indudablemente aquello era bueno y cómodo: cuando tenía frío, tapábase con otra cesta. Desde entonces, siempre que había garrotes grandes, no careció de estuche en que encerrarse. Por eso decían en la casa: «Duerme como una alhaja».
Durante la comida, y entre la algazara de una conversación animada sobre el trabajo de la mañana, oíase una voz que bruscamente decía: «Toma». La Nela recogía una escudilla de manos de cualquier Centeno grande o chico, y se sentaba contra el arca a comer sosegadamente. También solía oírse al fin de la comida la voz áspera y becerril del señor Centeno diciendo a su esposa en tono de reconvención: «Mujer, que no has dado nada a la pobre Nela». A veces acontecía que la Señana (este nombre se había formado de señora Ana) moviera la cabeza para buscar con los ojos, por entre los cuerpos de sus hijos, algún objeto pequeño y lejano, y que al mismo tiempo dijera: «Pues qué, ¿estaba ahí? Yo pensé que también hoy se había quedado en Aldeacorba».
Por las noches, después de cenar, rezaban el rosario. Tambaleándose como sacerdotisas de Baco, y revolviendo sus apretados puños en el hueco de los ojos, la Mariuca y la Pepina se iban a sus lechos, que eran cómodos y confortantes, paramentados con abigarradas colchas. Poco después oíase un roncante dúo de contraltos aletargados que duraba sin interrupción hasta el amanecer.
Tanasio subía al alto aposento y Celipín se acurrucaba sobre haraposas mantas, no lejos de las cestas donde desaparecía la Nela.
Acomodados así los hijos, los padres permanecían un rato en la pieza principal, y mientras Centeno, sentándose estiradamente junto a la mesilla y tomando un periódico, hacía mil muecas y visajes que indicaban el atrevido intento de leerlo, la Señana sacaba del arca una media repleta de dinero, y después de contado y de añadir o quitar algunas piezas, lo volvía a poner cuidadosamente en su sitio. Sacaba después diferentes líos de papel que contenían monedas de oro, y trasegaba algunas piezas de uno en otro apartadijo. Entonces solían oírse frases sueltas como éstas:
-He tomado treinta y dos reales para el refajo de la Mariuca… A Tanasio le he puesto los seis reales que se le quitaron… Sólo nos faltan once duros para los quinientos…
O como estas:
-«Señores diputados que dijeron sí…» «Ayer celebró una conferencia», etc.
Los dedos de Señana sumaban, y el de Sinforoso Centeno seguía tembloroso y vacilante los renglones, para poder guiar su espíritu por aquel laberinto de letras.
Aquellas frases iban poco a poco resolviéndose en palabras sueltas, después en monosílabos; oíase un bostezo, otro, y al fin todo quedaba en plácido silencio, después de extinguida la luz, a cuyo resplandor había enriquecido sus conocimientos el capataz de mulas.
Una noche, después que todo calló, dejose oír ruido de cestas en la cocina. Como allí había alguna claridad, porque jamás se cerraba la madera del ventanillo, Cilipín Centeno, que no dormía aún, vio que las dos cestas más altas, colocadas una contra otra, se separaban abriéndose como las conchas de un bivalvo. Por el hueco aparecieron la narizilla y los negros ojos de la Nela.
-Celipín, Celipinillo -dijo esta, sacando también su mano-. ¿Estás dormido?
-No, despierto estoy. Nela, pareces una almeja. ¿Qué quieres?
-Toma, toma esta peseta que me dio esta noche un caballero, hermano de D. Carlos… ¿Cuánto has juntado ya?… Este sí que es regalo. Nunca te había dado más que cuartos.
-Dame acá; muchas gracias Nela -dijo el muchacho incorporándose para tomar la moneda-. Cuarto a cuarto, ya me has dado al pie de treinta y dos reales… Aquí lo tengo en el seno, muy bien guardadito en el saco que me diste. ¡Eres una real moza!
-Yo no quiero para nada el dinero. Guárdalo bien, porque si la Señana te lo descubre, creerá que es para vicios y te pegará con el palo grande.
-No, no es para vicios, no es para vicios -dijo el chico con energía, oprimiéndose el seno con una mano, mientras sostenía su cabeza en la otra- es para hacerme hombre de provecho, Nela, para hacerme hombre de pesquis, como muchos que conozco. El domingo, si me dejan ir a Villamojada, he de comprar una cartilla para aprender a leer, ya que aquí no quieren enseñarme. ¡Córcholis! Aprenderé solo. ¡Ay!, Nela, dicen que D. Carlos era hijo de uno que barría las calles en Madrid. Él solo, solito él, con la ayuda de Dios, aprendió todo lo que sabe.
-Puede que pienses tú hacer lo mismo, bobo.
-¡Córcholis! Puesto que mis padres no quieren sacarme de estas condenadas minas, yo me buscaré otro camino; sí, ya verás quién es Celipín. Yo no sirvo para esto, Nela. Deja tú que tenga reunida una buena cantidad, y verás, verás, cómo me planto en la villa y allí o tomo el tren para irme a Madrid, o un vapor que me lleve a las islas de allá lejos, o me meto a servir con tal que me dejen estudiar.
-¡Madre de Dios divino! ¡Qué calladas tenías esas picardías! -dijo la Nela abriendo más las conchas de su estuche y echando fuera toda la cabeza.
-¿Pero tú me tienes por bobo?… ¡Ay! Nelilla, estoy rabiando. Yo no puedo vivir así, yo me muero en las minas. ¡Córcholis! Paso las noches llorando, y me muerdo las manos, y… no te asustes, Nela, ni me creas malo por lo que voy a decirte: a ti sola te lo digo.
-¿Qué?
-Que no quiero a mi madre ni a mi padre como los debiera querer.
-Ea, pues si haces eso, no te vuelvo a dar un real. Celipín, por amor de Dios, piensa bien lo que dices.
-No lo puedo remediar. Ya ves cómo nos tienen aquí. ¡Córcholis! No somos gente, sino animales. A veces se me pone en la cabeza que somos menos que las mulas, y yo me pregunto si me diferencio en algo de un borrico… Coger una cesta llena de mineral y echarla en un vagón; empujar el vagón hasta los hornos; revolver con un palo el mineral que se está lavando. ¡Ay!… (al decir esto los sollozos cortaban la voz del infeliz muchacho). ¡Cór… córcholis!, el que pase muchos años en este trabajo, al fin se ha de volver malo, y sus sesos serán de calamina… No, Celipín no sirve para esto… Les digo a mis padres que me saquen de aquí y me pongan a estudiar, y responden que son pobres y que yo tengo mucha fantesía. Nada, nada, no somos más que bestias que ganamos un jornal… ¿Pero tú no me dices nada?
La Nela no respondió… Quizás comparaba la triste condición de su compañero con la suya propia, hallando esta infinitamente más aflictiva.
-¿Qué quieres tú que yo te diga? -replicó al fin-. Como yo no puedo ser nunca nada, como yo no soy persona, nada te puedo decir… Pero no pienses esas cosas malas, no pienses eso de tus padres.
-Tú lo dices por consolarme; pero bien ves que tengo razón… y me parece que estás llorando.
-Yo no.
-Sí; tú estás llorando.
-Cada uno tiene sus cositas que llorar -repuso María con voz sofocada-. Pero es muy tarde, Celipe, y es preciso dormir.
-Todavía no… ¡córcholis!
-Sí, hijito. Duérmete y no pienses en esas cosas malas. Buenas noches.
Cerráronse las conchas de almeja y todo quedó en silencio.
Se ha declamado mucho contra el positivismo de las ciudades, plaga que entre las galas y el esplendor de la cultura, corroe los cimientos morales de la sociedad; pero hay una plaga más terrible, y es el positivismo de las aldeas, que petrifica millones de seres, matando en ellos toda ambición noble y encerrándoles en el círculo de una existencia mecánica, brutal y tenebrosa. Hay en nuestras sociedades enemigos muy espantosos, a saber: la especulación, el agio, la metalización del hombre culto, el negocio; pero sobre éstos descuella un monstruo que a la callada destroza más que ninguno: es la codicia del aldeano. Para el aldeano codicioso no hay ley moral, ni religión, ni nociones claras del bien; todo esto se resuelve en su alma con supersticiones y cálculos groseros, formando un todo inexplicable. Bajo el hipócrita candor, se esconde una aritmética parda que supera en agudeza y perspicacia a cuanto idearon los matemáticos más expertos. Un aldeano que toma el gusto a los ochavos y sueña con trocarlos en plata para convertir después la plata en oro, es la bestia más innoble que puede imaginarse; porque tiene todas las malicias y sutilezas del hombre y una sequedad de sentimientos que espanta. Su alma se va condensando, hasta no ser más que un graduador de cantidades. La ignorancia, la rusticidad, la miseria en el vivir completan esta abominable pieza, quitándole todos los medios de disimular su descarnado interior. Contando por los dedos, es capaz de reducir a números todo el orden moral, la conciencia y el alma toda.
La Señana y el señor Centeno, que habían hallado al fin, después de mil angustias, su pedazo de pan en las minas de Socartes, reunían, con el trabajo de sus cuatro hijos un jornal que les habría parecido fortuna de príncipes en los tiempos en que andaban de feria en feria vendiendo pucheros. Debe decirse, tocante a las facultades intelectuales del señor Centeno, que su cabeza, en opinión de muchos, rivalizaba en dureza con el martillo-pilón montado en los talleres; no así tocante a las de Señana, que parecía mujer de muchísimo caletre y trastienda, y gobernaba toda la casa como gobernaría el más sabio príncipe sus Estados. Ella apandaba bonitamente el jornal de su marido y de sus hijos, que era una hermosa suma, y cada vez que había cobranza, parecíale que entraba por las puertas de su casa el mismo Jesús Sacramentado; tal era el gusto que la vista de las monedas le producía.
La Señana daba muy pocas comodidades a sus hijos en cambio de la hacienda que con las manos de ellos iba formando; pero como no se quejaban de la degradante miseria en que vivían; como no mostraban nunca pujos de emancipación ni anhelo de otra vida mejor y más digna de seres inteligentes, la Señana dejaba correr los días. Muchos pasaron antes que sus hijas durmieran en camas; muchísimos antes que cubrieran sus lozanas carnes con vestidos decentes. Dábales de comer sobria y metódicamente, haciéndose partidaria en esto de los preceptos higiénicos más en boga; pero la comida en su casa era triste, como un pienso dado a seres humanos.
En cuanto al pasto intelectual, la Señana creía firmemente que con la erudición de su esposo el señor Centeno, adquirida en copiosas lecturas, tenía bastante la familia para merecer el dictado de sapientísima, por lo cual no trató de atiborrar el espíritu de sus hijos con las rancias enseñanzas que se dan en la escuela. Si los mayores asistieron a ella, el más pequeño viose libre de maestros, y engolfado vivía durante doce horas diarias en el embrutecedor trabajo de las minas, con lo cual toda la familia navegaba ancha y holgadamente por el inmenso piélago de la estupidez.
Las dos hembras, Mariuca y Pepina no carecían de encantos, siendo los principales su juventud y su robustez. Una de ellas leía de corrido; la otra no, y en cuanto a conocimientos del mundo, fácilmente se comprende que no carecería de algunos rudimentos quien vivía entre risueño coro de ninfas de distintas edades y procedencias, ocupadas en un trabajo mecánico y con boca libre. Mariuca y Pepina eran muy apechugadas, muy derechas, fuertes y erguidas como amazonas. Vestían falda corta, mostrando media pantorrilla y el carnoso pie descalzo, y sus rudas cabezas habrían lucido mucho sosteniendo un arquitrabe como las mujeres de la Caria. El polvillo de la calamina que las teñía de pies a cabeza, como a los demás trabajadores de las minas, dábales aire de colosales figuras de barro crudo.
Tanasio era un hombre apático. Su falta de carácter y de ambición rayaban en el idiotismo. Encerrado en las cuadras desde su infancia, ignorante de toda travesura, de toda contrariedad, de todo placer, de toda pena, aquel joven, que ya había nacido dispuesto a ser máquina, se convirtió poco a poco en la herramienta más grosera. El día en que semejante ser tuviera una idea propia, se cambiaría el orden admirable de todas las cosas, por el cual ninguna piedra puede pensar.
Las relaciones de esta prole con su madre, que era la gobernadora de toda la familia, eran las de una docilidad absoluta por parte de los hijos y de un dominio soberano por parte de la Señana. El único que solía mostrar indicios de rebelión era el chiquitín. La Señana, en sus cortos alcances, no comprendía aquella aspiración diabólica a dejar de ser piedra. ¿Por ventura había existencia más feliz y ejemplar que la de los peñascos? No admitía, no, que fuera cambiada, ni aun por la de canto rodado. Y Señana amaba a sus hijos; ¡pero hay tantas maneras de amar! Ella les ponía por encima de todas las cosas, siempre que se avinieran a trabajar perpetuamente en las minas, a amasar en una sola artesa todos sus jornales, a obedecerla ciegamente y a no tener aspiraciones locas, ni afán de lucir galas, ni de casarse antes de tiempo, ni de aprender diabluras, ni de meterse en sabidurías, porque los pobres -decía- siempre habían de ser pobres y como pobres portarse, y no querer parlanchinear como los ricos y gente de la ciudad, que estaba toda comida de vicios y podrida de pecados.
Hemos descrito el trato que tenían en casa de Centeno los hijos para que se comprenda el que tendría la Nela, criatura abandonada, sola, inútil, incapaz de ganar jornal, sin pasado, sin porvenir, sin abolengo, sin esperanza, sin personalidad, sin derecho a nada más que al sustento. Señana se lo daba, creyendo firmemente que su generosidad rayaba en heroísmo. Repetidas veces dijo para sí al llenar la escudilla de la Nela: -¡Qué bien me gano mi puestecico en el cielo!
Y lo creía como el Evangelio. En su cerrada mollera no entraban ni podían entrar otras luces sobre el santo ejercicio de la caridad; no comprendía que una palabra cariñosa, un halago, un trato delicado y amante que hicieran olvidar al pequeño su pequeñez, al miserable su miseria, son heroísmos de más precio que el bodrio sobrante de una mala comida. ¿Por ventura no se daba lo mismo al gato? Y este al menos oía las voces más tiernas. Jamás oyó la Nela que se la llamara michita, monita, ni que le dijeran re-preciosa, ni otros vocablos melosos y conmovedores con que era obsequiado el gato.
Jamás se le dio a entender a la Nela que había nacido de criatura humana, como los demás habitantes de la casa. Nunca fue castigada; pero ella entendió que este privilegio se fundaba en la desdeñosa lástima que inspiraba su menguada constitución física, y de ningún modo en el aprecio de su persona. Nunca se le dio a entender que tenía un alma pronta a dar ricos frutos si se la cultivaba con esmero, ni que llevaba en sí, como los demás mortales, ese destello del eterno saber que se nombra inteligencia humana, y que de aquel destello podían salir infinitas luces y lumbre bienhechora. Nunca se le dio a entender que en su pequeñez fenomenal llevaba en sí el germen de todos los sentimientos nobles y delicados, y que aquellos menudos brotes podían ser flores hermosísimas y lozanas, sin más cultivo que una simple mirada de vez en cuando. Nunca se le dio a entender que tenía derecho, por el mismo rigor de la Naturaleza al criarla, a ciertas atenciones de que pueden estar exentos los robustos, los sanos, los que tienen padres y casa propia; pero que corresponden por jurisprudencia cristiana al inválido, al pobre, al huérfano y al desheredado.
Por el contrario, todo le demostraba su semejanza con un canto rodado, el cual ni siquiera tiene forma propia, sino aquella que le dan las aguas que lo arrastran y el puntapié del hombre que lo desprecia. Todo le demostraba que su jerarquía dentro de la casa era inferior a la del gato, cuyo lomo recibía las más finas caricias, y a la del mirlo que saltaba en su jaula.
Al menos, de estos no se dijo nunca con cruel compasión: «Pobrecita, mejor cuenta le hubiera tenido morirse».

– CAPÍTULO V –
Trabajo. Paisaje. Figura

El humo de los hornos que durante toda la noche velaban respirando con bronco resoplido se plateó vagamente en sus espirales más remotas; apareció risueña claridad por los lejanos términos y detrás de los montes, y poco a poco fueron saliendo sucesivamente de la sombra los cerros que rodean a Socartes, los inmensos taludes de tierra rojiza, los negros edificios. La campana del establecimiento gritó con aguda voz: «Al trabajo», y cien y cien hombres soñolientos salieron de las casas, cabañas, chozas y agujeros. Rechinaban los goznes de las puertas; de las cuadras salían pausadamente las mulas, dirigiéndose solas al abrevadero, y el establecimiento, que poco antes semejaba una mansión fúnebre alumbrada por la claridad infernal de los hornos, se animaba moviendo sus miles de brazos.
El vapor principió a zumbar en las calderas del gran automóvil, que hacía funcionar a un tiempo los aparatos de los talleres y el aparato de lavado. El agua, que tan principal papel desempeñaba en esta operación, comenzó a correr por las altas cañerías, de donde debía saltar sobre los cilindros. Risotadas de mujeres y ladridos de hombres que venían de tomar la mañana, precedieron a la faena; y al fin empezaron a girar las cribas cilíndricas con infernal chillido; el agua corría de una en otra, pulverizándose, y la tierra sucia se atormentaba con vertiginoso voltear, rodando y cayendo de rueda en rueda, hasta convertirse en fino polvo achocolatado. Sonaba aquello como mil mandíbulas de dientes flojos que mascaran arena; parecía molino por el movimiento mareante; kaleidoscopio, por los juegos de la luz, del agua y de la tierra; enorme sonajero, de innúmeros cachivaches compuesto, por el ruido. No se podía fijar la atención, sin sentir vértigo, en aquel voltear incesante de una infinita madeja de hilos de agua, ora claros y transparentes, ora teñidos de rojo por la arcilla ferruginosa; ni cabeza humana que no estuviera hecha a tal espectáculo, podría presenciar el feroz combate de mil ruedas dentadas que sin cesar se mordían unas a otras, y de ganchos que se cruzaban royéndose, y de tornillos que, al girar, clamaban con lastimero quejido pidiendo aceite.
El lavado estaba al aire libre. Las correas de transmisión venían zumbando desde el departamento de la máquina. Otras correas se pusieron en movimiento, y entonces oyose un estampido rítmico, un horrísono compás, a la manera de gigantescos pasos o de un violento latido interior de la madre tierra. Era el gran martillo-pilón del taller, que había empezado a funcionar. Su formidable golpe machacaba el hierro como blanda pasta, y esas formas de ruedas, ejes y raíles, que nos parecen eternas por lo duras, empezaban a desfigurarse, torciéndose y haciendo muecas, como rostros afligidos. El martillo, dando porrazos uniformes, creaba formas nuevas tan duras como las geológicas, que son obra laboriosa de los siglos. Se parecen mucho, sí, las obras de la fuerza a las de la paciencia.
Hombres negros, que parecían el carbón humanado, se reunían en torno a los objetos de fuego que salían de las fraguas, y cogiéndolos con aquella prolongación incandescente de los dedos a quien llaman tenazas, los trabajaban. ¡Extraña escultura la que tiene por genio al fuego y por cincel al martillo! Las ruedas y ejes de los millares de vagonetes, las piezas estropeadas del aparato de lavado, recibían allí compostura y eran construidos los picos, azadas y carretillas. En el fondo del taller las sierras hacían chillar la madera, y aquel mismo hierro, educado en el trabajo por el fuego, destrozaba las generosas fibras del árbol arrancado a la tierra.
También afuera las mulas habían sido enganchadas a los largos trenes de vagonetes. Veíaselas pasar arrastrando tierra inútil para verterla en los taludes, o mineral para conducirlo al lavadero. Cruzábanse unos con otros aquellos largos reptiles, sin chocar nunca. Entraban por la boca de las galerías, siendo entonces perfecta su semejanza con los resbaladizos habitantes de las húmedas grietas, y cuando en las oscuridades del túnel relinchaba la indócil mula, creeríase que los saurios disputaban chillando. Allá en lo último, en las más remotas cañadas, centenares de hombres golpeaban con picos la tierra para arrancarle, pedazo a pedazo, su tesoro. Eran los escultores de aquellas caprichosas e ingentes figuras que permanecían en pie, atentas, con gravedad silenciosa, a la invasión del hombre en las misteriosas esferas geológicas. Los mineros derrumbaban aquí, horadaban allá, cavaban más lejos, rasguñaban en otra parte, rompían la roca cretácea, desbarataban las graciosas láminas de pizarra samnita y esquistosa, despreciaban la caliza arcillosa, apartaban la limonita y el oligisto, destrozaban la preciosa dolomía, revolviendo incesantemente hasta dar con el silicato de zinc, esa plata de Europa, que, no por ser la materia de que se hacen las cacerolas, deja de ser grandiosa fuente de bienestar y civilización. Sobre ella ha alzado Bergia el estandarte de su grandeza moral y política. ¡Oh! La hojalata tiene también su epopeya.
El cielo estaba despejado; el sol derramaba libremente sus rayos, y la vasta pertenencia de Socartes resplandecía con súbito tono rojo. Rojas eran las peñas esculturales, rojo el mineral precioso, roja la tierra inútil acumulada en los largos taludes, semejantes a babilónicas murallas; rojo el suelo, rojos los carriles y los vagones, roja toda la maquinaria, roja el agua, rojos los hombres y las mujeres que trabajaban en toda la extensión de Socartes. El color subido de ladrillo era uniforme, con ligeros cambiantes, y general en todo; en la tierra y las casas, en el hierro y en los vestidos. Las mujeres ocupadas en lavar parecían una pléyade de equívocas ninfas de barro ferruginoso crudo. Por la cañada abajo, en dirección al río, corría un arroyo de agua encarnada. Creeríase que era el sudor de aquel gran trabajo de hombres y máquinas, del hierro y de los músculos.
La Nela salió de su casa. También ella, a pesar de no trabajar en las minas, estaba teñida ligeramente de rojo, porque el polvo de la tierra calaminífera no perdona a nadie. Llevaba en la mano un mendrugo de pan que le había dado la Señana para desayunarse, y, comiéndoselo, marchaba aprisa, sin distraerse con nada, formal y meditabunda. No tardó en pasar más allá de los edificios, y después de subir el plano inclinado, subió la escalera labrada en la tierra, hasta llegar a las casas de la barriada de Aldeacorba. La primera que se encontraba era una primorosa vivienda infanzona, grande, sólida, alegre, restaurada y pintada recientemente, con cortafuegos de piedra, aleros labrados y ancho escudo circundado de follaje granítico. Antes faltara en ella el escudo que la parra, cuyos sarmientos cargados de hoja parecían un bigote que aquella tenía en el lugar correspondiente de su cara, siendo las dos ventanas los ojos, el escudo la nariz y el largo balcón la boca, siempre riendo. Para que la personificación fuera completa, salía del balcón una viga destinada a sujetar la cuerda de tender ropa, y con tal accesorio la casa con rostro estaba fumándose un cigarro puro. Su tejado era en figura de gorra de cuartel y tenía una ventana de bohardilla que parecía una borla. La chimenea no podía ser más que una oreja. No era preciso ser fisonomista para comprender que aquella casa respiraba paz, bienestar y una conciencia tranquila.
Dábale acceso un patiecillo circundado de tapias y al costado derecho tenía una hermosa huerta. Cuando la Nela entró, salían las vacas que iban a la pradera. Después de cambiar algunas palabras con el gañán, que era un mocetón formidable… así como de tres cuartas de alto y de diez años de edad… dirigiose a un señor obeso, bigotudo, entrecano, encarnado, de simpático rostro y afable mirar, de aspecto entre soldadesco y campesino, el cual apareció en mangas de camisa, con tirantes, y mostrando hasta el codo los velludos fornidos brazos. Antes que la muchacha hablara, el señor de los tirantes volviose adentro y dijo:
-Hijo mío, aquí tienes a la Nela.
Salió de la casa un joven, estatua del más excelso barro humano, grave, derecho, con la cabeza inmóvil y los ojos clavados y fijos en sus órbitas, como lentes expuestos en un muestrario. Su cara parecía de marfil, contorneada con exquisita finura; mas teniendo su tez la suavidad de la de una doncella, era varonil en gran manera, y no había en sus facciones parte alguna ni rasgo que no tuviese aquella perfección soberana con que fue expresado hace miles de años el pensamiento helénico. Aun sus ojos, puramente escultóricos porque carecían de vista, eran hermosísimos, grandes y rasgados. Desvirtuábalos su fijeza y la idea de que tras aquella fijeza estaba la noche. Falto del don que constituye el núcleo de la expresión humana, aquel rostro de Antinoo ciego poseía la fría serenidad del mármol, convertido por el genio y el cincel en estatua y por la fuerza vital en persona. Un soplo, un rayo de luz, una sensación bastarían para animar la hermosa piedra, que teniendo ya todas las galas de la forma, carecía tan sólo de la conciencia de su propia belleza, la cual emana de la facultad de conocer la belleza exterior.
Parecía tener veinte años, y su cuerpo sólido y airoso, con admirables proporciones construido, era digno en todo de la sin igual cabeza que sustentaba. Jamás se vio incorrección más lastimosa de la Naturaleza, que la que tan acabado tipo de la humana forma representaba, recibiendo por una parte admirables dones y siendo privado por otra de la facultad que más comunica al hombre con sus semejantes y con el maravilloso conjunto de todo lo creado. Era tal la incorrección, que aquellos prodigiosos dones quedaban como inútiles, del mismo modo que si al ser creadas todas las cosas hubiéralas dejado el Hacedor a oscuras, para que no pudieran recrearse en sus propios encantos. Para que la imperfección ¡ira de Dios! Fuese más manifiesta, había recibido el joven portentosa luz interior, un entendimiento de primer orden. Esto y carecer de la facultad de percibir la idea visible, que es la forma, siendo al mismo tiempo divino como un ángel, hermoso como un hombre y ciego como un vegetal, era fuerte cosa ciertamente. No comprendemos ¡ay!, el secreto de estas horrendas incorrecciones. Si lo comprendiéramos, se abrirían para nosotros las puertas que ocultan primordiales misterios del orden moral y del orden físico; comprenderíamos el inmenso misterio de la desgracia, del mal, de la muerte, y podríamos medir la perpetua sombra que sin cesar sigue al bien y a la vida.
Don Francisco Penáguilas, padre del joven, era un hombre más que bueno, era inmejorable, superiormente discreto, bondadoso, afable, honrado y magnánimo, no falto de instrucción. Nadie le aborreció jamás; era el más respetado de todos los labradores ricos del país, y más de una cuestión se arregló por la mediación, siempre inteligente, del señor de Aldeacorba de Suso. La casa en que le hemos visto fue su cuna. Había estado de joven en América, y al regresar a España sin fortuna, había entrado a servir en la Guardia civil. Retirado a su pueblo natal, donde se dedicaba a la labranza y a la ganadería, heredó regular hacienda, y en la época de nuestra historia acababa de heredar otra muy grande.
Su esposa, que era andaluza, había muerto en edad muy temprana, dejándole un solo hijo, que desde el nacer demostró hallarse privado en absoluto del más precioso de los sentidos. Esto fue la pena más aguda que amargó los días del buen padre. ¿Qué le importaba allegar riqueza y ver que la fortuna favorecía sus intereses y sonreía en su casa? ¿Para quién era esto? Para quien no podía ver ni las gordas vacas, ni las praderas risueñas, ni las repletas trojes, ni la huerta cargada de frutas. D. Francisco hubiera dado sus ojos a su hijo, quedándose él ciego el resto de sus días, si esta especie de generosidades fuesen practicables en el mundo que conocemos; pero como no lo son, no podía D. Francisco dar realidad al noble sentimiento de su corazón, sino proporcionando al desgraciado joven todo cuanto pudiera hacerle agradable la oscuridad en que vivía. Para él eran todos los cuidados y los infinitos mimos y delicadezas cuyo secreto pertenece a las madres, y algunas veces a los padres, cuando faltan aquellas. Jamás contrariaba a su hijo en nada que fuera para su consuelo y entretenimiento en los límites de lo honesto y moral. Divertíale con cuentos y lecturas; tratábale con solícito esmero, atendiendo a su salud, a sus goces legítimos, a su instrucción y a su educación cristiana, porque el señor de Penáguilas, que era un si es no es severo de principios, decía: «No quiero que mi hijo sea ciego dos veces».
Viéndole salir, y que la Nela le acompañaba fuera, díjoles cariñosamente:
-No os alejéis hoy mucho. No corráis… Adiós.
Miroles desde la portalada hasta que dieron vuelta a la tapia de la huerta. Después entró, porque tenía que hacer varias cosas; escribir una esquela a su hermano Manuel, ordeñar una vaca, podar un árbol y ver si había puesto la gallina pintada.

– CAPÍTULO VI –
Tonterías

Pablo y Marianela salieron al campo, precedidos de Choto, que iba y volvía gozoso y saltón, moviendo la cola y repartiendo por igual sus caricias entre su amo y el lazarillo de su amo.
-Nela -dijo Pablo-, hoy está el día muy hermoso. El aire que corre es suave y fresco, y el sol calienta sin quemar. ¿A dónde vamos?
-Echaremos por estos prados adelante -replicó la Nela, metiendo su mano en una de las faltriqueras de la americana del mancebo-. ¿A ver qué me has traído hoy?
-Busca bien y encontrarás algo -dijo Pablo riendo.
-¡Ah, Madre de Dios! Chocolate crudo… ¡y poco que me gusta el chocolate crudo!… nueces… una cosa envuelta en un papel… ¿qué es? ¡Ah! ¡Madre de Dios!, un dulce… ¡Dios Divino!, ¡pues a fe que me gusta poco el dulce! ¡Qué rico está! En mi casa no se ven nunca estas comidas ricas, Pablo. Nosotros no gastamos lujo en el comer. Verdad que no lo gastamos tampoco en el vestir. Total, no lo gastamos en nada.
-¿A dónde vamos hoy? -repitió el ciego.
-A donde quieras, niño de mi corazón -repuso la Nela, comiéndose el dulce y arrojando el papel que lo envolvía-. Pide por esa boca, rey del mundo.
Los negros ojuelos de la Nela brillaban de contento, y su cara de avecilla graciosa y vivaracha multiplicaba sus medios de expresión, moviéndose sin cesar. Mirándola se creía ver un relampagueo de reflejos temblorosos, como los que produce la luz sobre la superficie del agua agitada. Aquella débil criatura, en la cual parecía que el alma estaba como prensada y constreñida dentro de un cuerpo miserable, se ensanchaba y crecía maravillosamente al hallarse sola con su amo y amigo. Junto a él tenía espontaneidad, agudeza, sensibilidad, gracia, donosura, fantasía. Al separarse, parece que se cerraban sobre ella las negras puertas de una prisión.
-Pues yo digo que iremos a donde tú quieras -observó el ciego-. Me gusta obedecerte. Si te parece bien, iremos al bosque que está más allá de Saldeoro. Esto, si te parece bien.
-Bueno, bueno, iremos al bosque -exclamó la Nela, batiendo palmas-. Pero como no hay prisa, nos sentaremos cuando estemos cansados.
-Y que no es poco agradable aquel sitio donde está la fuente ¿sabes, Nela?, y donde hay unos troncos muy grandes, que parecen puestos allí para que nos sentemos nosotros, y donde se oyen cantar tantos, tantísimos pájaros, que es aquello la gloria.
-Pasaremos por donde está el molino de quien tú dices que habla, mascullando las palabras como un borracho. ¡Ay, qué hermoso día y qué contenta estoy!
-¿Brilla mucho el sol, Nela? Aunque me digas que sí, no lo entenderé, porque no sé lo que es brillar.
-Brilla mucho, sí, señorito mío. Y a ti ¿qué te importa eso? El sol es muy feo. No se le puede mirar a la cara.
-¿Por qué?
-Por que duele.
-¿Qué duele?
-La vista. ¿Qué sientes tú cuando estás alegre?
-¿Cuando estoy libre, contigo, solos los dos en el campo?
-Sí.
-Pues siento que me nace dentro del pecho una frescura, una suavidad dulce…
-¡Ahí te quiero ver! ¡Madre de Dios! Pues ya sabes cómo brilla el sol.
-Con frescura.
-No, tonto.
-¿Pues con qué?
-Con eso.
-Con eso; ¿y qué es eso?
-Eso -afirmó nuevamente la Nela, con acento de la más firme convicción.
-Ya veo que esas cosas no se pueden explicar. Antes me formaba yo idea del día y de la noche. ¿Cómo? Verás: era de día, cuando hablaba la gente; era de noche, cuando la gente callaba y cantaban los gallos. Ahora no hago las mismas comparaciones. Es de día, cuando estamos juntos tú y yo; es de noche, cuando nos separamos.
-¡Ay, divina Madre de Dios! -exclamó la Nela, echándose atrás las guedejas que le caían sobre la frente-. A mí, que tengo ojos, me parece lo mismo.
-Voy a pedirle a mi padre que te deje vivir en mi casa, para que no te separes de mí.
-Bien, bien -dijo María batiendo palmas otra vez.
Y diciéndolo, se adelantó saltando algunos pasos y recogiendo con extrema gracia sus faldas, empezó a bailar.
-¿Qué haces, Nela?
-¡Ah!, niño mío, estoy bailando. Mi contento es tan grande, que me han entrado ganas de bailar.
Pero fue preciso saltar una pequeña cerca, y la Nela ofreció su mano al ciego.
Después de pasar aquel obstáculo, siguieron por una calleja tapizada en sus dos rústicas paredes de lozanas hiedras y espinos. La Nela apartaba las ramas para que no picaran el rostro de su amigo, y al fin, después de bajar gran trecho, subieron una cuesta por entre frondosos castaños y nogales. Al llegar arriba, Pablo dijo a su compañera:
-Si no te parece mal, sentémonos aquí. Siento pasos de gente.
-Son los aldeanos que vuelven del mercado de Homedes. Hoy es miércoles. El camino real está delante de nosotros. Sentémonos aquí antes de entrar en el camino real.
-Es lo mejor que podemos hacer. Choto, ven aquí.
Los tres se sentaron.
-Si está esto lleno de flores… -dijo la Nela-. ¡Madre!, ¡qué guapas!
-Cógeme un ramo. Aunque no las veo, me gusta tenerlas en mi mano. Se me figura que las oigo.
-Eso sí que es gracioso.
-Paréceme que teniéndolas en mi mano me dan a entender… no puedo decirte cómo… que son bonitas. Dentro de mí hay una cosa, no puedo decirte qué, una cosa que responde a ellas. ¡Ay! Nela, se me figura que por dentro yo veo algo.
-¡Oh!, sí, lo entiendo… como que todo los tenemos dentro. El sol, las yerbas, la luna y el cielo grande y azul, lleno siempre de estrellas; todo, todo lo tenemos dentro; quiero decir que además de las cosas divinas que hay fuera, nosotros llevamos otras dentro. Y nada más… Aquí tienes una flor, otra, otra, seis: todas son distintas. ¿A que no sabes tú lo que son las flores?
-Pues las flores -dijo el ciego, algo confuso, acercándolas a su rostro- son… unas como sonrisillas que echa la tierra… La verdad, no sé mucho del reino vegetal.
-Madre Divinísima, ¡qué poca ciencia! -exclamó María, acariciando las manos de su amigo-. Las flores son las estrellas de la tierra.
-Vaya un disparate. ¿Y las estrellas, qué son?
-Las estrellas son las miradas de los que se han ido al cielo.
-Entonces las flores…
-Son las miradas de los que se han muerto y no han ido todavía al cielo -afirmó la Nela, con la convicción y el aplomo de un doctor-. Los muertos son enterrados en la tierra. Como allá abajo no pueden estar sin echar una miradilla a la tierra, echan de sí una cosa que sube en forma y manera de flor. Cuando en un prado hay muchas flores es porque allá… en tiempos de atrás, enterraron en él muchos difuntos.
-No, no -replicó Pablo con seriedad-. No creas desatinos. Nuestra religión nos enseña que el espíritu se separa de la carne y que la vida mortal se acaba. Lo que se entierra, Nela, no es más que un despojo, un barro inservible que no puede pensar, ni sentir, ni tampoco ver.
-Eso lo dirán los libros, que según dice la Señana, están llenos de mentiras.
-Eso lo dicen la fe y la razón, querida Nela. Tu imaginación te hace creer mil errores. Poco a poco yo los iré destruyendo, y tendrás ideas buenas sobre todas las cosas de este mundo y del otro.
-¡Ay, ay, con el doctorcillo de tres por un cuarto!… Ya… cuando has querido hacerme creer que el sol está quieto y que la tierra da vueltas a la redonda!… ¡Cómo se conoce que no lo ves! ¡Madre del Señor! Que me muera en este momento, si la tierra no se está más quieta que un peñón, y el sol va corre que corre. Señorito mío, no se la eche de tan sabio, que yo he pasado muchas horas de noche y de día mirando al cielo, y sé cómo está gobernada toda esa máquina… La tierra está abajo, toda llena de islitas grandes y chicas. El sol sale por allá y se esconde por allí. Es el palacio de Dios.
-¡Qué tonta!
-¿Y por qué no ha de ser así? ¡Ay! Tú no has visto el cielo en un día claro: hijito, parece que llueven bendiciones… Yo no creo que pueda haber malos, no, no los puede haber, si vuelven la cara hacia arriba y ven aquel ojazo que nos está mirando.
-Tu religiosidad, querida Nelilla, está llena de supersticiones. Yo te enseñaré ideas mejores.
-No me han enseñado nada -dijo María con inocencia- pero yo, cavila que cavilarás, he ido sacando de mi cabeza muchas cosas que me consuelan, y así cuando me ocurre una buena idea, digo: «esto debe de ser así, y no de otra manera». Por las noches, cuando me voy sola a mi casa, voy pensando en lo que será de nosotros cuando nos muramos, y en lo mucho que nos quiere a todos la Virgen Santísima.
-Nuestra madre amorosa.
-¡Nuestra madre querida! Yo miro al cielo y la siento encima de mí como cuando nos acercamos a una persona y sentimos el calorcillo de su respiración. Ella nos mira de noche y de día por medio de… no te rías… por medio de todas las cosas hermosas que hay en el mundo.
-¿Y esas cosas hermosas…?
-Son sus ojos, tonto. Bien lo comprenderías si tuvieras los tuyos. Quien no ha visto una nube blanca, un árbol, una flor, el agua corriendo, un niño, el rocío, un corderito, la luna paseándose tan maja por los cielos, y las estrellas, que son las miradas de los buenos que se han muerto…
-Mal podrán ir allá arriba si se quedan debajo de tierra echando flores.
-¡Miren el sabihondo! Abajo se están mientras se van limpiando de pecados; que después suben volando arriba. La Virgen les espera. Sí, créelo, tonto. Las estrellas, ¿qué pueden ser sino las almas de los que ya están salvos? ¿Y no sabes tú que las estrellas9 bajan? Pues yo, yo misma las he visto caer así, así, haciendo una raya. Sí, señor, las estrellas bajan cuando tienen que decirnos alguna cosa.
-¡Ay, Nela! -exclamó Pablo vivamente-. Tus disparates, con serlo tan grandes, me cautivan y embelesan, porque revelan el candor de tu alma y la fuerza de tu fantasía. Todos esos errores responden a una disposición muy grande para conocer la verdad, a una poderosa facultad tuya, que sería primorosa si estuvieras auxiliada por la razón y la educación… Es preciso que tú adquieras un don precioso de que yo estoy privado; es preciso que aprendas a leer.
-¡A leer!… ¿Y quién me ha de enseñar?
-Mi padre. Yo le rogaré a mi padre que te enseñe. Ya sabes que él no me niega nada. ¡Qué lástima tan grande que vivas así! Tu alma está llena de preciosos tesoros. Tienes bondad sin igual y fantasía seductora. De todo lo que Dios tiene en su esencia absoluta te dio a ti parte muy grande. Bien lo conozco; no veo lo de fuera, pero veo lo de dentro, y todas las maravillas de tu alma se me han revelado desde que eres mi lazarillo… ¡Hace año y medio! Parece que fue ayer cuando empezaron nuestros paseos… No, hace miles de años que te conozco. ¡Porque hay una relación tan grande entre lo que tú sientes y lo que yo siento!… Has dicho ahora mil disparates, y yo, que conozco algo de la verdad acerca del mundo y de la religión, me he sentido conmovido y entusiasmado al oírte. Se me antoja que hablas dentro de mí.
-¡Madre de Dios! -exclamó la Nela, cruzando las manos-. ¿Tendrá eso algo que ver con lo que yo siento?
-¿Qué?
-Que estoy en el mundo para ser tu lazarillo, y que mis ojos no servirían para nada si no sirvieran para guiarte y decirte cómo son todas las hermosuras de la tierra.
El ciego irguió su cuello repentina y vivísimamente, y extendiendo sus manos hasta tocar el cuerpecillo de su amiga, exclamó con afán:
-Dime, Nela, ¿y cómo eres tú?
La Nela no dijo nada. Había recibido una puñalada.

– CAPÍTULO VII –
Más tonterías

Habían descansado. Siguieron adelante, hasta llegar a la entrada del bosque que hay más allá de Saldeoro. Detuviéronse entre un grupo de viejos nogales, cuyos troncos y raíces formaban en el suelo una serie de escalones, con musgosos huecos y recortes tan apropiados para sentarse, que el arte no los hiciera mejor. Desde lo alto del bosque corría un hilo de agua, saltando de piedra en piedra, hasta dar con su fatigado cuerpo en un estanquillo que servía de depósito para alimentar el chorro de que se abastecían los vecinos. Enfrente el suelo se deprimía poco a poco, ofreciendo grandioso panorama de verdes colinas pobladas de bosques y caseríos, de praderas llanas donde pastaban con tranquilidad vagabunda centenares de reses. En el último término dos lejanos y orgullosos cerros que eran límite de la tierra, dejaban ver en un largo segmento azul purísimo del mar. Era un paisaje cuya contemplación revelaba al alma sus excelsas relaciones con lo infinito.
Sentose Pablo en el tronco de un nogal, apoyando su brazo izquierdo en el borde del estanque. Alzaba la derecha mano para coger las ramas que descendían hasta tocar su frente, por la cual pasaba a ratos, con el mover de las hojas, un rayo de sol.
-¿Qué haces, Nela? -dijo el muchacho después de una pausa, no sintiendo ni los pasos, ni la voz, ni la respiración de su compañera-. ¿Qué haces? ¿Dónde estás?
-Aquí -replicó la Nela, tocándole el hombro-. Estaba mirando el mar.
-¡Ah! ¿Está muy lejos?
-Allá se ve por los cerros de Ficóbriga.
-Grande, grandísimo, tan grande, que se estará mirando todo un día sin acabarlo de ver, ¿no es eso?
-No se ve sino un pedazo como el que coges dentro de la boca cuando le pegas una mordida a un pan.
-Ya, ya comprendo. Todos dicen que ninguna hermosura iguala a la del mar, por causa de la sencillez que hay en él… Oye, Nela, lo que voy a decirte… ¿Pero qué haces?
La Nela, agarrando con ambas manos la rama del nogal, se suspendía y balanceaba graciosamente.
-Aquí estoy, señorito mío. Estaba pensando que por qué no nos daría Dios a nosotras las personas alas para volar como los pájaros. ¡Qué cosa más bonita que hacer zas, y remontarnos y ponernos de un vuelo en aquel pico que está allá entre Ficóbriga y el mar!…
-Si Dios no nos ha dado alas; en cambio nos ha dado el pensamiento, que vuela más que todos los pájaros, porque llega hasta el mismo Dios… Dime tú, ¿para qué querría yo alas de pájaro, si Dios me hubiera negado el pensamiento?
-Pues a mí me gustaría tener las dos cosas. Y si tuviera alas, te cogería en mi piquito para llevarte por esos mundos y subirte a lo más alto de las nubes.
El ciego alargó su mano hasta tocar la cabeza de la Nela.
-Siéntate junto a mí. ¿No estás cansada?
-Un poquitín -replicó ella, sentándose y apoyando su cabeza con infantil confianza en el hombro de su amo.
-Respiras fuerte, Nelilla; tú estás muy cansada. Es de tanto volar… Pues lo que te iba a decir, es esto: Hablando del mar me hiciste recordar una cosa que mi padre me leyó anoche. Ya sabes que desde la edad en que tuve uso de razón, acostumbra mi padre leerme todas las noches distintos libros de ciencia y de historia, de artes y de entretenimiento. Esas lecturas y estos paseos se puede decir que son mi vida toda. Diome el Señor, para compensarme de la ceguera, una memoria feliz, y gracias a ella he sacado algún provecho de las lecturas; pues aunque éstas han sido sin método, yo al fin y al cabo he logrado poner algún orden en las ideas que iban entrando en mi entendimiento. ¡Qué delicias tan grandes las mías al entender el orden admirable del Universo, el concertado rodar de los astros, el giro de los átomos pequeñitos, y después las leyes, más admirable aún, que gobiernan nuestra alma! También me ha recreado mucho la historia, que es un cuento verdadero de todo lo que los hombres han hecho antes de ahora; resultando, hija mía, que siempre han hecho las mismas maldades y las mismas tonterías, aunque no han cesado de mejorarse, acercándose todo lo posible, mas sin llegar nunca, a las perfecciones que sólo posee Dios. Por último, me ha leído mi padre cosas sutiles y un poco hondas para ser penetradas de pronto; pero que suspenden y enamoran cuando se medita en ellas. Es lectura que a él no le agrada, por no comprenderla, y que a mí me ha cansado también unas veces, deleitándome otras. Pero no hay duda que cuando se da con un autor que sepa hablar con claridad, esas materias son preciosas. Contienen ideas sobre las causas y los efectos, sobre la razón de todo lo que pensamos y el modo como lo pensamos, y enseñan la esencia de todas las cosas.
La Nela parecía no comprender ni una sola palabra de lo que su amigo decía; pero atendía profundamente abriendo la boca. Para apoderarse de aquellas esencias y causas de que su amo le hablaba, abría el pico como el pájaro que acecha el vuelo de la mosca que quiere cazar.
-Pues bien -añadió él- anoche leyó mi padre unas páginas sobre la belleza. Hablaba el autor de la belleza, y decía que era el resplandor de la bondad y de la verdad, con otros muchos conceptos ingeniosos y tan bien traídos y pensados, que daba gusto oírlos.
-Ese libro -dijo la Nela queriendo demostrar suficiencia- no será como uno que tiene padre Centeno, que llaman… Las mil y no sé cuántas noches.
-No es eso, tontuela; habla de la belleza en absoluto… ¿no entenderás esto de la belleza ideal?… tampoco lo entiendes… porque has de saber que hay una belleza que no se ve ni se toca, ni se percibe con ningún sentido.
-Como, por ejemplo, la Virgen María -interrumpió la Nela- a quien no vemos ni tocamos, porque las imágenes no son ella misma, sino su retrato.
-Estás en lo cierto: así es. Pensando en esto, mi padre cerró el libro, y él decía una cosa y yo otra. Hablamos de la forma y mi padre me dijo: «Desgraciadamente tú no puedes comprenderla». Yo sostuve que sí; dije que no había más que una sola belleza y que esa había de servir para todo.
La Nela, poco atenta a cosas tan sutiles, había cogido de las manos de su amigo las flores, y combinaba sus risueños colores.
-Yo tenía una idea sobre esto -añadió el ciego con mucha energía- una idea con la cual estoy encariñado desde hace algunos meses. Sí, lo sostengo, lo sostengo… No, no me hacen falta los ojos para esto. Yo le dije a mi padre: «Concibo un tipo de belleza encantadora, un tipo que contiene todas las bellezas posibles; ese tipo es la Nela». Mi padre se echó a reír y me dijo que sí.
La Nela se puso como amapola y no supo responder nada. Durante un breve instante de terror y ansiedad, creyó que el ciego la estaba mirando.
-Sí, tú eres la belleza más acabada que puede imaginarse -añadió Pablo con calor-. ¿Cómo podría suceder que tu bondad, tu inocencia, tu candor, tu gracia, tu imaginación, tu alma celestial y cariñosa que ha sido capaz de alegrar mis tristes días; cómo podría suceder, cómo, que no estuviese representada en la misma hermosura?… Nela, Nela -añadió balbuciente y con afán-. ¿No es verdad que eres muy bonita?
La Nela calló. Instintivamente se había llevado las manos a la cabeza, enredando entre sus cabellos las florecitas medio ajadas que había cogido antes en la pradera.
-¿No respondes?… Es verdad que eres modesta. Si no lo fueras, no serías tan repreciosa como eres. Faltaría la lógica de las bellezas, y eso no puede ser. ¿No respondes?…
-Yo… -murmuró la Nela con timidez, sin dejar de la mano su tocado- no sé… dicen que cuando niña era muy bonita… Ahora…
-Y ahora también.
María, en su extraordinaria confusión, pudo hablar así:
-Ahora… ya sabes tú que las personas dicen muchas tonterías… se equivocan también… a veces el que tiene más ojos ve menos.
-¡Oh! ¡Qué bien dicho! Ven acá: dame un abrazo.
La Nela no pudo acudir pronto, porque habiendo conseguido sostener entre sus cabellos una como guirnalda de florecillas, sintió vivos deseos de observar el efecto de aquel atavío en el claro cristal del agua. Por primera vez desde que vivía se sintió presumida. Apoyándose en sus manos, asomose al estanque.
-¿Qué haces, Mariquilla?
-Me estoy mirando en el agua, que es como un espejo -replicó con la mayor inocencia, delatando su presunción.
-Tú no necesitas mirarte. Eres hermosa como los ángeles que rodean el trono de Dios.
El alma del ciego llenábase de entusiasmo y fervor.
-El agua se ha puesto a temblar -dijo la Nela- y no me veo bien, señorito. Ella tiembla como yo. Ya está más tranquila, ya no se mueve… Me estoy mirando… ahora.
-¡Qué linda eres! Ven acá, niña mía -añadió el ciego, extendiendo sus brazos.
-¡Linda yo! -dijo ella llena de confusión y ansiedad-. Pues esa que veo en el estanque no es tan fea como dicen. Es que hay también muchos que no saben ver.
-Sí, muchos.
-¡Si yo me vistiese como se visten otras!… -exclamó la Nela con orgullo.
-Te vestirás.
-¿Y ese libro dice que yo soy bonita? -preguntó la Nela apelando a todos los recursos de convicción.
-Lo digo yo, que poseo una verdad inmutable -exclamó el ciego, llevado de su ardiente fantasía.
-Puede ser -observó la Nela, apartándose de su espejo pensativa y no muy satisfecha- que los hombres sean muy brutos y no comprendan las cosas como son.
-La humanidad está sujeta a mil errores.
-Así lo creo -dijo Mariquilla, recibiendo gran consuelo con las palabras de su amigo-. ¿Por qué han de reírse de mí?
-¡Oh!, miserable condición de los hombres -exclamó el ciego, arrastrado al absurdo por su delirante entendimiento-. El don de la vista puede causar grandes extravíos… aparta a los hombres de la posesión de la verdad absoluta… y la verdad absoluta dice que tú eres hermosa, hermosa sin tacha ni sombra alguna de fealdad. Que me digan lo contrario, y les desmentiré… Váyanse ellos a paseo con sus formas. No… la forma no puede ser la máscara de Satanás puesta ante la faz de Dios. ¡Ah!, ¡menguados!, ¡a cuántos desvaríos os conducen vuestros ojos! Nela, Nela, ven acá, quiero tenerte junto a mí y abrazar tu preciosa cabeza.
María corrió a arrojarse en los brazos de su amigo.
-Chiquilla bonita -exclamó este, estrechándola de un modo delirante contra su pecho- ¡te quiero con toda mi alma!
La Nela no dijo nada. En su corazón lleno de casta ternura, se desbordaban los sentimientos más hermosos. El joven, palpitante y conturbado, la abrazó más fuerte diciéndole al oído:
-Te quiero más que a mi vida. Ángel de Dios, quiéreme o me muero.
María se soltó de los brazos de Pablo, y este cayó en profunda meditación. A la fenomenal mujer una fuerza poderosa, irresistible, la impulsaba a mirarse en el espejo del agua. Deslizándose suavemente llegó al borde, y vio allá sobre el fondo verdoso su imagen mezquina, con los ojuelos negros, la tez pecosa, la naricilla picuda, aunque no sin gracia, el cabello escaso y la movible fisonomía de pájaro. Alargó su cuerpo sobre el agua para verse el busto, y lo halló deplorablemente desairado. Las flores que tenía en la cabeza se cayeron al agua, haciendo temblar la superficie, y con la superficie, la imagen. La hija de la Canela sintió como si arrancaran su corazón de raíz, y cayó hacia atrás murmurando:
-¡Madre de Dios!, ¡qué feísima soy!
-¿Qué dices, Nela? Me parece que he oído tu voz.
-No decía nada, niño mío… Estaba pensando… sí, pensaba que ya es hora de volver a tu casa. Pronto será hora de comer.
-Sí, vamos, comerás conmigo, y esta tarde saldremos otra vez. Dame la mano, no quiero que te separes de mí.
Cuando llegaron a la casa, D. Francisco Penáguilas estaba en el patio, acompañado de dos caballeros. Marianela reconoció al ingeniero de las minas y al individuo que se había extraviado en la Terrible la noche anterior.
-Aquí están -dijo- el señor ingeniero y su hermano, el caballero de anoche.
Miraban los tres hombres con visible interés al ciego que se acercaba.
-Hace rato que te estamos esperando, hijo mío -dijo el padre tomando a su hijo de la mano y presentándole al doctor.
-Entremos -dijo el ingeniero.
-¡Benditos sean los hombres sabios y caritativos! -exclamó el padre, mirando a Teodoro-. Pasen ustedes, señores. Que sea bendito el instante en que ustedes entran en mi casa.
-Veamos este caso -murmuró Golfín.
Cuando Pablo y los dos hermanos entraron, D. Francisco se volvió hacia Mariquilla, que se había quedado en medio del patio inmóvil y asombrada, y le dijo con bondad:
-Mira, Nela, más vale que te vayas. Mi hijo no puede salir esta tarde.
Y luego, como viese que no se marchaba, añadió:
-Puedes pasar a la cocina. Dorotea te dará alguna chuchería.

– CAPÍTULO VIII –
Prosiguen las tonterías

Al día siguiente, Pablo y su guía salieron de la casa a la misma hora del anterior; mas como estaba encapotado el cielo y soplaba un airecillo molesto que amenazaba convertirse en vendaval, decidieron que su paseo no fuera largo. Atravesando el prado comunal de Aldeacorba, siguieron el gran talud de las minas por Poniente con intención de bajar a las excavaciones.
-Nela, tengo que hablarte de una cosa que te hará saltar de alegría -dijo el ciego, cuando estuvieron lejos de la casa-. ¡Nela, yo siento en mi corazón un alborozo!… Me parece que el Universo, las ciencias todas, la historia, la filosofía, la Naturaleza, todo eso que he aprendido, se me ha metido dentro y se está paseando por mí… es como una procesión. Ya viste aquellos caballeros que me esperaban ayer…
-D. Carlos y su hermano, el que encontramos anoche.
-El cual es un famoso sabio, que ha corrido por toda la América, haciendo maravillosas curas… Ha venido a visitar a su hermano… Como D. Carlos es tan buen amigo de mi padre, le ha rogado que me examine… ¡Qué cariñoso y qué bueno es! Primero estuvo hablando conmigo; preguntome varias cosas y me contó otras muy chuscas y divertidas. Después díjome que me estuviese quieto: sentí sus dedos en mis párpados… Al cabo de un gran rato dijo unas palabras que no entendí: eran palabras de medicina. Mi padre no me ha leído nunca nada de Medicina. Acercáronme después a una ventana. Mientras me observaba con no sé qué instrumento, ¡había en la sala un silencio!… El doctor dijo después a mi padre: «Lo intentaremos». Decían otras cosas en voz muy baja para que no pudiera yo entenderlas, y creo que también hablaban por señas. Cuando se retiraron mi padre me dijo: «Hijo de mi alma, no puedo ocultarte la alegría que hay dentro de mí. Ese hombre, ese ángel de Dios, me ha dado esperanza, muy poca esperanza; pero la esperanza parece que se agarra más, cuando más chica es. Quiero echarla de mí diciéndome que es imposible, no, no, casi imposible, y ella… pegada como una lapa…» Así me habló mi padre. Por su voz conocí que lloraba… ¿Qué haces, Nela, estás bailando?
-No, estoy aquí a tu lado.
-Como otras veces te pones a bailar desde que te digo una cosa alegre… ¿Pero hacia dónde vamos hoy?
-El día está feo. Vámonos hacia la Trascava, que es sitio abrigado, y después bajaremos al Barco y a la Terrible.
-Bien, como tú quieras… ¡Ay! Nela, compañera mía, si fuese verdad, si Dios quisiera tener piedad de mí y me concediera el placer de verte… Aunque sólo durara un día mi vista, aunque volviera a cegar al siguiente, ¡cuánto se lo agradecería!
La Nela no decía nada. Después de mostrar exaltada alegría, meditaba con los ojos fijos en el suelo.
-Se ven en el mundo cosas muy extrañas -añadió Pablo- y la misericordia de Dios tiene así… ciertos exabruptos, lo mismo que su cólera. Vienen de improviso, después de largos tormentos y castigos, lo mismo que aparece la ira después de felicidades que parecían seguras y eternas, ¿no te parece?
-Sí, lo que tú esperas será -dijo la Nela con aplomo.
-¿Por qué lo sabes?
-Me lo dice mi corazón.
-¡Te lo dice tu corazón! ¿Y por qué no han de ser ciertos estos avisos? -manifestó Pablo con ardor-. Sí, las almas escogidas pueden en casos dados presentir un suceso. Yo lo he observado en mí, pues como el ver no me distrae del examen de mí mismo, he notado que mi espíritu me susurraba cosas incomprensibles. Después ha venido un acontecimiento cualquiera, y he dicho con asombro: «Yo sabía algo de esto».
-A mí me pasa lo mismo -repuso la Nela-. Ayer me dijiste tú que me querías mucho. Cuando fui a mi casa, iba diciendo para mí: «Es cosa rara, pero yo sabía algo de esto».
-Es maravilloso, chiquilla mía -cómo están acordadas nuestras almas. Unidas por la voluntad, no les falta más que un lazo. Ese lazo lo tendrán si yo adquiero el precioso sentido que me falta. La idea de ver no se determina en mi pensamiento si antes no acaricio en él la idea de quererte más. La adquisición de este sentido no significa para mí otra cosa más que el don de admirar de un modo nuevo lo que ya me causa tanta admiración como amor… Pero se me figura que estás triste hoy.
-Sí que lo estoy… y si he de decirte la verdad, no sé por qué… Estoy muy alegre y muy triste, las dos cosas a un tiempo. Hoy está tan feo el día… Valiera más que no hubiese día, y que fuera noche siempre.
-No, no, déjalo como está. Noche y día, si Dios quiere que yo sepa al fin diferenciaros, ¡cuán feliz seré!… ¿Por qué nos detenemos?
-Estamos en un lugar peligroso. Apartémonos a un lado para tomar la vereda.
-¡Ah!, la Trascava. Este césped resbaladizo va bajando hasta perderse en la gruta. El que cae en ella no puede volver a salir. Apartémonos, Nela; no me gusta este sitio.
-Tonto, de aquí a la entrada de la cueva hay mucho que andar. ¡Y qué bonita está hoy!
La Nela, deteniéndose y deteniendo a su compañero por el brazo, observaba la boca de la sima que se abría en el terreno en forma parecida a la de un embudo. Finísimo césped cubría las vertientes de aquel pequeño cráter cóncavo y profundo. En lo más hondo, una gran peña oblonga se extendía sobre el césped entre malezas, hinojos, zarzas, juncos y cantidad inmensa de pintadas florecillas. Parecía una gran lengua. Junto a ella se adivinaba, más bien que se veía, un hueco, un tragadero, oculto por espesas yerbas, como las que tuvo que cortar D. Quijote cuando se descolgó dentro de la cueva de Montesinos.
La Nela no se cansaba de mirar.
-¿Por qué dices que está bonita esa horrenda Trascava? -le preguntó su amigo.
-Porque hay en ella muchas flores. La semana pasada estaban todas secas; pero han vuelto a nacer, y está aquello que da gozo verlo. ¡Madre de Dios! Hay muchos pájaros posados allí y muchísimas mariposas que están cogiendo miel en las flores… Choto, Choto, ven aquí, no espantes a los pobres pajaritos.
El perro, que había bajado, volvió gozoso llamado por la Nela, y la pacífica república de pajarillos volvió a tomar posesión de sus estados.
-A mí me causa horror este sitio -dijo Pablo, tomando del brazo a la muchacha-. Y ahora ¿vamos hacia las minas? Sí, ya conozco este camino. Estoy en mi terreno. Por aquí vamos derechos al Barco… Choto, anda delante; no te enredes en mis piernas.
Descendían por una vereda escalonada. Pronto llegaron a la concavidad formada por la explotación minera. Dejando la verde zona vegetal, habían entrado bruscamente en la zona geológica, zanja enorme, cuyas paredes, labradas por el barreno y el pico, mostraban una interesante estratificación, cuyas diversas capas ofrecían en el corte los más variados tonos y los materiales más diversos. Era aquel el sitio que a Teodoro Golfín le había parecido el interior de un gran buque náufrago, comido de las olas, y su nombre vulgar justificaba esta semejanza. Pero de día se admiraban principalmente las superpuestas cortezas de la estratificación, con sus vetas sulfurosas y carbonatadas, sus sedimentos negros, sus lignitos, donde yace el negro azabache, sus capas de tierra ferruginosa que parece amasada con sangre, sus grandes y regulares láminas de roca, quebradas en mil puntos por el arte humano, y erizadas de picos, cortaduras y desgarrones. Era aquello como una herida abierta en el tejido orgánico y vista con microscopio. El arroyo de aguas saturadas de óxido de hierro que corría por el centro, parecía un chorro de sangre.
¿En dónde está nuestro asiento? -preguntó el señorito de Penáguilas-. Vamos a él. Allí no nos molestará el aire.
Desde el fondo de la gran zanja subieron un poco por escabroso sendero, abierto entre rotas piedras, tierra y matas de hinojo, y se sentaron a la sombra de enorme peña agrietada, que presentaba en su centro una larga hendija. Más bien eran dos peñas, pegada la una a la otra, con irregulares bordes, como dos gastadas mandíbulas que se esfuerzan en morder.
-¡Qué bien se está aquí! -dijo Pablo-. A veces suele salir una corriente de aire por esa gruta; pero hoy no siento nada. Lo que se siente es el gorgoteo10 del agua allá dentro en las entrañas de la Trascava.
-Calladita está hoy -observó la Nela-. ¿Quieres echarte?
-Pues mira que has tenido una buena idea. Anoche no he dormido, pensando en lo que mi padre me dijo, en el médico, en mis ojos… Toda la noche estuve sintiendo una mano que entraba en mis ojos y abría en ellos una puerta cerrada y mohosa.
Diciendo esto sentose sobre la piedra, poniendo su cabeza sobre el regazo de la Nela.
-Aquella puerta -prosiguió- que estaba allá en lo más íntimo de mi sentido, abriose, como te he dicho, dando paso a una estancia donde estaba encerrada la idea que me persigue. ¡Ay, Nela de mi corazón, chiquilla idolatrada, si Dios quisiera darme ese don que me falta!… Con él me creería el más feliz de los hombres, yo, que casi lo soy ya sólo con tenerte por amiga y compañera de mi vida. Para que los dos seamos uno solo, me falta muy poco; sólo me falta verte y recrearme en tu belleza, con ese placer de la vista que no puedo comprender aún, pero que concibo de una manera vaga. Tengo la curiosidad del espíritu, pero la de los ojos me falta. Supóngola como una nueva manera del amor que te tengo. Yo estoy lleno de tu belleza; pero hay algo en ella que no me pertenece todavía.
-¿No oyes? -dijo la Nela de improviso, demostrando interés por cosa muy distinta de lo que su amigo decía.
-¿Qué?
-Aquí dentro… ¡La Trascava!… está hablando.
¡Supersticiosa! El agua no habla, querida Nela. ¿Qué lenguaje ha de saber un chorro de agua? Sólo hay dos cosas que hablan, chiquilla mía; esas dos cosas son la lengua y la conciencia.
-Y la Trascava -observó la Nela, palideciendo- es un murmullo, un sí, sí, sí… A ratos oigo la voz de mi madre, que dice clarito: «Hija mía, ¡qué bien se está aquí!»
-Es tu imaginación. También la imaginación habla; me olvidé de decirlo. La mía a veces se pone tan parlanchina, que tengo que mandarla callar. Su voz es chillona, atropellada, inaguantable; así como la de la conciencia es grave, reposada, convincente; y lo que dice no tiene refutación.
-Ahora parece que llora… Se va poquito a poco perdiendo la voz -dijo la Nela, atenta a lo que oía.
De pronto salió por la gruta una ligera ráfaga de aire.
-¿No has notado que ha echado un gran suspiro?… Ahora se vuelve a oír la voz: habla bajo, y me dice al oído muy bajito, muy bajito…
-¿Qué te dice?
-Nada -replicó bruscamente María, después de una pausa-. Tú dices que son tonterías. Tendrás razón.
-Ya te quitaré yo de la cabeza esos pensamientos absurdos -dijo el ciego, tomándole la mano-. Hemos de vivir juntos toda la vida. ¡Oh, Dios mío! Si no he de adquirir la facultad de que me privaste al nacer, ¿para qué me has dado esperanzas? Infeliz de mí si no nazco de nuevo en manos del doctor Golfín. Porque esta será nacer otra vez. ¡Y qué nacimiento! ¡Qué nueva vida! Chiquilla mía, juro por la idea de Dios que tengo dentro de mí, clara, patente, inmutable, que tú y yo no nos separaremos jamás por mi voluntad. Yo tendré ojos, Nela, tendré ojos para poder recrearme en tu celestial hermosura, y entonces me casaré contigo. ¡Serás mi esposa querida… serás la vida de mi vida, el recreo y el orgullo de mi alma! ¿No dices nada a esto?
La Nela oprimió contra sí la hermosa cabeza del joven. Quiso hablar, pero su emoción no se lo permitía.
-Y si Dios no quiere otorgarme ese don -añadió el ciego- tampoco te separarás de mí, también serás mi mujer, a no ser que te repugne enlazarte con un ciego. No, no, chiquilla mía, no quiero imponerte un yugo tan penoso. Encontrarás hombres de mérito que te amarán y que podrán hacerte feliz. Tu extraordinaria bondad, tus nobles prendas, tu seductora belleza, que ha de cautivar los corazones y encender el más puro amor en cuantos te traten, asegúrante un porvenir risueño. Yo te juro que te querré mientras viva, ciego o con vista, y que estoy dispuesto a jurarte delante de Dios un amor grande, insaciable, eterno. ¿No me dices nada?
-Sí; que te quiero mucho, muchísimo -dijo la Nela, acercando su rostro al de su amigo-. Pero no te afanes por verme. Quizás no sea yo tan guapa como tú crees.
Diciendo esto, la Nela había rebuscado en su faltriquera y sacado un pedazo de cristal azogado, resto inútil y borroso de un fementido espejo que se rompiera en casa de la Señana la semana anterior. Mirose en él; mas por causa de la pequeñez del vidrio, érale forzoso mirarse por partes, sucesiva y gradualmente, primero un ojo, después la frente. Alejándolo, pudo abarcar la mitad del conjunto. ¡Ay! ¡Cuán triste fue el resultado de sus investigaciones! Guardó el espejillo, y gruesas lágrimas brotaron de sus ojos.
-Nela, sobre mi frente ha caído una gota. ¿Acaso llueve?
-Sí, niño mío, parece que llueve -dijo la Nela sollozando.
-No, es que lloras. Pues has de saber que me lo decía el corazón. Tú eres la misma bondad; tu alma y la mía están unidas por un lazo misterioso y divino: no se pueden separar, ¿verdad? Son dos partes de una misma cosa, ¿verdad?
-Verdad.
-Tus lágrimas me responden más claramente que cuanto pudieras decir. ¿No es verdad que me querrás mucho lo mismo si me dan vista que si continúo privado de ella?
-Lo mismo, sí, lo mismo -dijo la Nela con vehemencia y turbación.
-¿Y me acompañarás?…
-Siempre, siempre.
-Oye tú -exclamó el ciego con amoroso arranque- si me dan a escoger entre no ver y perderte, prefiero…
-Prefieres no ver… ¡Oh! ¡Madre de Dios divino, qué alegría tengo dentro de mí!
-Prefiero no ver con los ojos tu hermosura, porque yo la veo dentro de mí clara como la verdad que proclamo interiormente. Aquí dentro estás, y tu persona me seduce y enamora más que todas las cosas.
-Sí, sí, sí -afirmó la Nela con desvarío- yo soy hermosa, soy muy hermosa.
-Oye tú -exclamó el ciego con amoroso arranque- tengo un presentimiento… sí, un presentimiento. Dentro de mí parece que está Dios hablándome y diciéndome que tendré ojos, que te veré, que seremos felices… ¿No sientes tú lo mismo?
-Yo… El corazón me dice que me verás… pero me lo dice partiéndoseme.
-Veré tu hermosura ¡qué felicidad! -exclamó el ciego con la expresión delirante que era propia de él en ciertos momentos-. Pero si ya la veo; si la veo dentro de mí, clara como la verdad que proclamo y que me llena todo…
-Sí, sí, sí… -repitió la Nela con desvarío, espantados los ojos, trémulos los labios-. Yo soy hermosa, soy muy hermosa.
-Bendita seas tú…
-¡Y tú! -añadió ella besándole en la frente-. ¿Tienes sueño?
-Sí, principio a tener sueño. No he dormido anoche. Estoy tan bien aquí…
-Duérmete, niño…
Principió a cantar como se canta a los niños para que se duerman. Poco después Pablo dormía. La Nela oyó de nuevo la voz de la Trascava, diciéndole:
-Hija mía… aquí, aquí.

– CAPÍTULO IX –
Los Golfines

Teodoro Golfín no se aburría en Socartes. El primer día después de su llegada pasó largas horas en el laboratorio con su hermano, y en los siguientes recorrió de un cabo a otro las minas, examinando y admirando las distintas cosas que allí había, que ya pasmaban por la grandeza de las fuerzas naturales, ya por el poder y brío del arte de los hombres. Por las noches, cuando todo callaba en el industrioso Socartes, quedando sólo en actividad los bullidores hornos, el buen doctor que era muy entusiasta músico, se deleitaba oyendo tocar el piano a su cuñada Sofía, esposa de Carlos Golfín y madre de varios chiquillos que se habían muerto.
Los dos hermanos se profesaban el más vivo cariño. Nacidos en la clase más humilde, habían luchado solos en edad temprana por salir de la ignorancia y de la pobreza, viéndose a punto de sucumbir diferentes veces; mas tanto pudo en ellos el impulso de una voluntad heroica, que al fin llegaron jadeantes a la ansiada orilla, dejando atrás las turbias olas en que se agita en constante estado de naufragio el grosero vulgo.
Teodoro, que era el mayor, fue médico antes que Carlos ingeniero. Ayudó a éste con todas sus fuerzas mientras el joven lo necesitara, y cuando le vio en camino, tomó el que anhelaba su corazón aventurero, yéndose a América. Allá trabajó juntamente con otros afamados médicos europeos, adquiriendo bien pronto fama y dinero. Hizo un viaje a España, tornó al Nuevo Mundo, vino más tarde para regresar al poco tiempo. En cada una de estas excursiones daba la vuelta a Europa para apropiarse los progresos de la ciencia oftálmica que cultivaba.
Era un hombre de facciones bastas, moreno, de fisonomía tan inteligente como sensual, labios gruesos, pelo negro y erizado, mirar centelleante, naturaleza incansable, constitución fuerte, si bien algo gastada por el clima americano. Su cara grande y redonda, su frente huesuda, su melena rebelde, aunque corta, el fuego de sus ojos, sus gruesas manos, habían sido motivo para que dijeran de él: «es un león negro». En efecto parecía un león, y como el rey de los animales, no dejaba de manifestar a cada momento la estimación en que a sí mismo se tenía. Pero la vanidad de aquel hombre insigne era la más disculpable de todas las vanidades, pues consistía en sacar a relucir dos títulos de gloria, a saber: su pasión por la cirugía y la humildad de su origen. Hablaba por lo general incorrectamente, por ser incapaz de construir con gracia y elegancia las oraciones. Eran sus frases rápidas y entrecortadas conforme a la emisión de su pensamiento, que era una especie de emisión eléctrica. Muchas veces Sofía, al pedirle su opinión sobre cualquier cosa, decía: «A ver lo que piensa de esto la Agencia Havas».
-Nosotros -solía decir Teodoro- aunque descendemos de las yerbas del campo, que es el más bajo linaje que se conoce, nos hemos hecho árboles corpulentos… ¡Viva el trabajo y la iniciativa del hombre!…
Yo creo que los Golfines, aunque aparentemente venimos de maragatos, tenemos sangre inglesa en nuestras venas… Hasta nuestro apellido parece que es de pura casta sajona. Yo lo descompondría de este modo: Gold, oro… to find, hallar… Es, como si dijéramos, buscador de oro… He aquí que mientras mi hermano lo busca en las entrañas de la tierra, yo lo busco en el interior maravilloso de ese universo en abreviatura que se llama el ojo humano.
En la época de esta veraz historia venía de América por la vía de New-York Liverpool, y según decía, su expatriación había cesado definitivamente; pero no le creían, por haber dicho lo mismo en otras ocasiones y haber hecho todo lo contrario.
Su hermano Carlos era un bendito, hombre muy pacífico, estudioso, esclavo de su deber, apasionado por la mineralogía y la metalurgia hasta poner a estas dos mancebas cien codos más altas que su mujer. Por lo demás, ambos cónyuges vivían en conformidad completa, o como decía Teodoro, en estado isomórfico, porque cristalizaban en un mismo sistema. En cuanto a él, siempre que se hablaba de matrimonio, decía riendo:
-El matrimonio sería para mí una Epigenesis o cristal pseudomórfico; es decir, un sistema de cristalización que no me corresponde.
Sofía era una excelente señora de regular belleza, cada día reducida a menor expresión, por una tendencia lamentable a la obesidad. Le habían dicho que la atmósfera de carbón de piedra enflaquecía, y por eso había ido a vivir a las minas, con propósito de pasar en ellas todo el año. Por lo demás, aquella atmósfera saturada de polvo de calamina y de humo causábale no poco disgusto. No tenía hijos vivos, y su principal ocupación consistía en tocar el piano y en organizar asociaciones benéficas de señoras para socorros domiciliarios y sostenimiento de hospitales y escuelas. En Madrid, y durante buena porción de años, su actividad había hecho prodigios, ofreciendo ejemplos dignos de imitación a todas las almas aficionadas a la caridad. Ella, ayudada de dos o tres señoras de alto linaje, igualmente amantes del prójimo, había logrado celebrar más de veinte funciones dramáticas, otros tantos bailes de máscaras, seis corridas de toros y dos de gallos, todo en beneficio de los pobres.
En el número de sus vehemencias, que solían ser pasajeras, contábase una que quizás no sea tan recomendable como aquella de socorrer a los menesterosos, y consistía en rodearse de perros y gatos, poniendo en estos animales un afecto que al mismo amor se parecía. Últimamente, y cuando residía en el establecimiento de Socartes, tenía un toy terrier que por encargo le había traído de Inglaterra Ulises Bull, jefe del taller de maquinaria. Era un galguito fino y elegante, delicado y mimoso como un niño. Se llamaba Lili, y había costado en Londres doscientos duros.
Los Golfines paseaban en los días buenos; en los malos tocaban el piano o cantaban, pues Sofía tenía cierto chillido que podía pasar por canto en Socartes. El ingeniero segundo tenía voz de bajo profundo, Teodoro también era bajo profundo, Carlos allá se iba; de modo que armaban una especie de coro de sacerdotes, en el cual descollaba la voz de Sofía como una sacerdotisa a quien van a llevar al sacrificio. Todas las piezas que se cantaban eran, o si no lo eran lo parecían, de sacerdotes sacrificadores y sacerdotisa sacrificada.
En los días de paseo solían merendar en el campo. Una tarde (a últimos de Setiembre y seis días después de la llegada de Teodoro a las minas) volvían de su excursión en el orden siguiente: Lili, Sofía, Teodoro, Carlos. La estrechez del sendero no les permitía caminar de dos en dos. Lili llevaba su manta o gabancito azul con las iniciales de su ama. Sofía apoyaba en su hombro el palo de la sombrilla, y Teodoro llevaba en la misma postura su bastón, con el sombrero en la punta. Gustaba mucho de pasear con la deforme cabeza al aire. Pasaban al borde de la Trascava, cuando Lili, desviándose del sendero con la elástica ligereza de sus patillas como alambres, echó a correr césped abajo por la vertiente del embudo. Primero corría, después resbalaba. Sofía dio un grito de terror. Su primer movimiento, dictado por un afecto que parecía materno, fue correr detrás del animal, tan cercano al peligro; pero su esposo la contuvo, diciendo:
-Deja que se lleve el demonio a Lili, mujer; él volverá. No se puede bajar, porque este césped es muy resbaladizo.
-¡Lili, Lili!…-gritaba Sofía, esperando que sus amantes ayes detendrían al animal en su camino de perdición, trayéndole al de la virtud.
Las voces más tiernas no hicieron efecto en el revoltoso ánimo de Lili, que seguía bajando. A veces miraba a su ama, y con sus expresivos ojuelos negros parecía decirle: «Señora, por el amor de Dios, no sea usted tan tonta».
Lili se detuvo en la gran peña blanquecina, agujereada, muzgosa, que en la boca misma del abismo estaba, como encubriéndola. Fijáronse allí todos los ojos, y al punto observaron que se movía un objeto. Creyeron de pronto ver un animal dañino que se ocultaba detrás de la peña, pero Sofía lanzó un nuevo grito, el cual antes era de asombro que de terror, y dijo:
-Si es la Nela… Nela, ¿qué haces ahí?
Al oír su nombre, la muchacha se mostró toda turbada y ruborosa.
-¿Qué haces ahí, loca? -repitió la dama-. Coge a Lili y tráemelo… ¡Válgame Dios, lo que inventa esta criatura! Miren dónde se ha ido a meter. Tú tienes la culpa de que Lili haya bajado… ¡Qué cosas le enseñas al animalito! Por tu causa es tan mal criado y tan antojadizo.
-Esa muchacha es de la piel de Barrabás -dijo D. Carlos a su hermano-. Mira dónde se ha ido a poner.
Mientras esto se decía en el borde de la Trascava, la Nela había emprendido allá abajo la persecución de Lili, el cual, más travieso y calavera en aquel día que en ningún otro de su monótona existencia, huía de las manos de la chicuela. Gritábale la dama, exhortándole a ser juicioso y formal; pero él, poniendo en olvido las más vulgares nociones del deber, empezó a dar brincos y a mirar con descaro a su ama, como diciéndole: «Señora, ¿quiere usted irse a paseo y dejarme en paz?»
Al final Lili dio con su elegante cuerpo en medio de las zarzas que cubrían la boca de la cueva, y allí la mantita de que iba vestido fuele de grandísimo estorbo. El animal, viéndose imposibilitado de salir de entre la maleza, empezó a ladrar pidiendo socorro.
-¡Que se me pierde, que se me mata! -exclamó gimiendo Sofía-. Nela, Nela, si me lo sacas, te doy un perro grande; sácalo… ve con cuidado… Agárrate bien.
La Nela se deslizó intrépidamente, poniendo su pie sobre las zarzas y robustos hinojos que tapaban el abismo; y sosteniéndose con una mano en las asperezas de la peña, alargó la otra hasta pillar el rabo de Lili, con lo cual le sacó del aprieto en que estaba. Acariciando al animal, subió triunfante a los bordes del embudo.
-Tú, tú, tú tienes la culpa -díjole Sofía de mal talante, aplicándole tres suaves coscorrones- porque si no te hubieras metido allí… Ya sabes que va tras de ti donde quiera que te encuentra… ¡Qué buena pieza!
Y luego, besando al descarriado animal y administrándole dos nalgadas, después de cerciorarse de que no había padecido nada de fundamento en su estimable persona, le arregló la mantita, que se le había puesto por montera, y lo entregó a Nela, diciéndole:
-Toma, llévalo en brazos, porque estará cansado, y estas largas caminatas pueden hacerle daño. Cuidado… Anda delante de nosotros… Cuidado, te repito… Mira que voy detrás observando lo que haces.
Púsose de nuevo en marcha la familia, precedida por la Nela. Lili miraba a su ama por encima del hombro de la Nela, y parecía decirle: «¡Ay, señora; pero qué boba es usted!»
Teodoro Golfín no había dicho nada durante el conmovedor peligro del hermoso Lili, pero cuando se pusieron en marcha por la gran pradera, donde los tres podían ir al lado uno de otro sin molestarse, el doctor dijo a la mujer de su hermano:
-Estoy pensando, querida Sofía, que ese animal te ocupa demasiado. Es verdad que un perro que cuesta doscientos duros no es un perro como otro cualquiera. Yo me pregunto por qué has empleado el tiempo y el dinero en hacerle un gabán a ese señorito canino, y no se te ha ocurrido comprarle unos zapatos a la Nela.
-¡Zapatos a la Nela! -exclamó Sofía riendo-. Y yo pregunto: ¿para qué los quiere?… Tardaría dos días en romperlos. Podrás reírte de mí todo lo que quieras… bien, yo comprendo que cuidar mucho a Lili es una extravagancia… pero no podrás acusarme de falta de caridad… Alto ahí… eso sí que no te lo permito (al decir esto tomaba un tono muy serio con evidente expresión de orgullo). Y en lo de saber practicar la caridad con prudencia y tino, tampoco creo que me eche el pie adelante persona alguna… No consiste, no, la caridad en dar sin ton ni son, cuando no existe la seguridad de que la limosna ha de ser bien empleada. ¡Si querrás darme lecciones!… Mira, Teodoro, que en eso sé tanto como tú en el tratado de los ojos.
-Sí, ya sé, ya sé, querida, que has hecho maravillas. No me cuentes otra vez lo de las funciones dramáticas, bailes y corridas de toros organizadas por tu ingenio para alivio de los pobres, ni lo de las rifas, que poniendo en juego grandes sumas, han servido en primer lugar para dar de comer a unos cuantos holgazanes, quedando sólo para los enfermos un resto de poca monta. Todo eso sólo me prueba las singulares costumbres de una sociedad que no sabe ser caritativa sino bailando, toreando y jugando a la lotería… No hablemos de eso: ya conozco estas heroicidades y las admiro: también eso tiene su mérito, y no poco. Pero tú y tus amigas rara vez os acercáis a un pobre para saber de su misma boca la causa de su miseria… ni para observar qué clase de miseria le aqueja, pues hay algunas tan extraordinarias, que no se alivian con la fácil limosna del ochavo… ni tampoco con el mendrugo de pan…
-Ya tenemos a nuestro filósofo en campaña -dijo Sofía con mal humor-. ¿Qué sabes tú lo que yo he hecho ni lo que he dejado de hacer?
-No te enfades, querida -replicó Golfín-; todos mis argumentos van a parar a un punto, y es que debías haberle comprado zapatos a la Nela.
-Pues mira, mañana mismo se los he de comprar.
-No, porque esta misma noche se los compraré yo. No se meta usted en mis dominios, señora.
-¡Eh!… Nela -gritó Sofía, viendo que la muchacha estaba a larga distancia-. No te alejes mucho; que te vea yo para saber lo que haces.
-¡Pobre criatura! -dijo Carlos-. ¡Quién ha de decir que eso tiene diez y seis años!
-Atrasadilla está. ¡Qué desgracia! -exclamó Sofía-. Y yo me pregunto, ¿para qué permite Dios que tales criaturas vivan?… Y me pregunto también, ¿qué es lo que se puede hacer por ella? Nada, nada más que darle de comer, vestirla hasta cierto punto… Ya se ve… rompe todo lo que le ponen encima. Ella no puede trabajar, porque se desmaya; ella no tiene fuerzas para nada. Saltando de piedra en piedra, subiéndose a los árboles y jugando y enredando todo el día y cantando como los pájaros, cuanto se le pone encima conviértese pronto en jirones…
-Pues yo he observado en la Nela -dijo Carlos- algo de inteligencia y agudeza de ingenio bajo aquella corteza de candor y salvaje rusticidad. No, señor, la Nela no es tonta ni mucho menos. Si alguien se hubiera tomado el trabajo de enseñarle alguna cosa, habría aprendido mejor quizás que la mayoría de los chicos. ¿Qué creen ustedes? La Nela tiene imaginación; por tenerla y carecer hasta de la enseñanza más rudimentaria, es sentimental y supersticiosa.
-Eso es, se halla en la situación de los pueblos primitivos -dijo Teodoro-. Está en la época del pastoreo.
-Ayer precisamente -añadió Carlos- pasaba yo por la Trascava y la vi en el mismo sitio donde la hemos hallado hoy. La llamé, hícela salir, le pregunté qué hacía en aquel sitio, y con la mayor sencillez del mundo me contestó que estaba hablando con su madre… Tú no sabes que la madre de la Nela se arrojó por esa sima.
-Es decir, que se suicidó -dijo Sofía-. Era una mujer de mala vida y peores ideas, según he oído contar. Carlos no estaba aquí todavía; pero nos han dicho que se embriagaba como un fogonero. Y yo me pregunto: ¿Esos seres tan envilecidos que terminan una vida de crímenes con el mayor de todos, que es el suicidio, merecen la compasión del género humano? Hay cosas que horripilan; hay personas que no debieran haber nacido, no señor, y Teodoro podrá decir todas las sutilezas que quiera, pero yo me pregunto…
-No, no te preguntes nada, hermana querida -dijo vivamente Teodoro-. Yo te responderé que el suicida merece la más viva, la más cordial compasión. En cuanto a vituperio, échesele encima todo el que haya disponible, pero al mismo tiempo… bueno será indagar qué causas le llevaron a tan horrible extremo de desesperación… yo observaría si la sociedad no le ha dejado abierta, desamparándole en absoluto, la puerta de ese abismo horrendo que le llama…
-¡Desamparado de la sociedad! Hay algunos que lo están… -dijo Sofía con impertinencia-. La sociedad no puede amparar a todos. Mira la estadística, Teodoro; mírala y verás la cifra de pobres… Pero si la sociedad desampara a alguien, ¿para qué sirve la religión?
-Refiérome al miserable desesperado que reúne a todas las miserias la miseria mayor, que es la ignorancia… El ignorante envilecido y supersticioso sólo posee nociones vagas y absurdas de la divinidad… Lo desconocido, lejos de detenerle, le impulsa más a cometer su crimen… Rara vez hará beneficios la idea religiosa al que vegeta en estúpida ignorancia. A él no se acerca amigo inteligente, ni maestro, ni sacerdote. No se le acerca sino el juez que ha de mandarle a presidio… Es singular el rigor con que condenáis vuestra propia obra -añadió con vehemencia, enarbolando el palo en cuya punta tenía su sombrero-. Estáis viendo delante de vosotros, al pie mismo de vuestras cómodas casas, a una multitud de seres abandonados, faltos de todo lo que es necesario a la niñez, desde los padres hasta los juguetes… les estáis viendo, sí… nunca se os ocurre infundirles un poco de dignidad, haciéndoles saber que son seres humanos, dándoles las ideas de que carecen; no se os ocurre ennoblecerles, haciéndoles pasar del bestial trabajo mecánico al trabajo de la inteligencia; les veis viviendo en habitaciones inmundas, mal alimentados, perfeccionándose cada día en su salvaje rusticidad, y no se os ocurre extender un poco hasta ellos las comodidades de que estáis rodeados… ¡Toda la energía la guardáis luego para declamar contra los homicidios, los robos y el suicidio, sin reparar que sostenéis escuela permanente de estos tres crímenes!
-No sé para qué están ahí los asilos de beneficencia -dijo agriamente Sofía-. Lee la estadística, Teodoro, léela, y verás el número de desdichados… Lee la estadística…
-Yo no leo la estadística, querida hermana, ni me hace falta para nada tu estadística. Buenos son los asilos; pero no, no bastan para resolver el gran problema que ofrece la orfandad. El miserable huérfano, perdido en las calles y en los campos, desamparado de todo cariño personal y amparado sólo por las corporaciones, rara vez llena el vacío que forma en su alma la carencia de familia… ¡oh!, vacío donde debían estar, y rara vez están, la nobleza, la dignidad y la estimación de sí mismo. Sobre este tema tengo una idea, es una idea mía; quizás os parezca un disparate.
-Dínosla.
-El problema de la orfandad y de la miseria infantil no se resolverá nunca en absoluto, como no se resolverán tampoco sus compañeros los demás problemas sociales; pero habrá un alivio a mal tan grande cuando las costumbres, apoyadas por las leyes… por las leyes; ya veis que esto no es cosa de juego, establezcan que todo huérfano, cualquiera que sea su origen… no reírse… tenga derecho a entrar en calidad de hijo adoptivo en la casa de un matrimonio acomodado que carezca de hijos. Ya se arreglarían las cosas de modo que no hubiera padres sin hijos, ni hijos sin padres.
-Con tu sistema -dijo Sofía- ya se arreglarían las cosas de modo que nosotros fuésemos padres de la Nela.
-¿Por qué no? -repuso Teodoro- Entonces no gastaríamos doscientos duros en comprar un perro, ni estaríamos todo el santo día haciendo mimos al señorito Lili.
-¿Y por qué han de estar exentos de esa graciosa ley los solteros ricos? ¿Por qué no han de cargar ellos también con su huérfano, como cada hijo de vecino?
-No me opongo -dijo el doctor, mirando al suelo-. ¿Pero qué es esto?… ¡sangre!
Todos miraron al suelo, donde se veían de trecho en trecho pequeñas manchas de sangre.
-¡Jesús!… -exclamó Sofía, apartando los ojos-. Si es la Nela. Mira cómo se ha puesto los pies.
-Ya se ve… Como tuvo que meterse entre las zarzas para coger a tu dichoso Lili. Nela, ven acá.
La Nela, cuyo pie derecho estaba ensangrentado, se acercó cojeando.
-Dame al pobre Lili -dijo Sofía, tomando el canino de manos de la vagabunda-. No vayas a hacerle daño. ¿Te duele mucho? ¡Pobrecita! Eso no es nada. ¡Oh, cuánta sangre!… No puedo ver eso.
Sensible y nerviosa, Sofía se volvió de espaldas, acariciando a Lili.
-A ver, a ver qué es eso -dijo Teodoro, tomando a la Nela en sus brazos y sentándola en una piedra de la cerca inmediata.
Poniéndose sus lentes, le examinó el pie.
-Es poca cosa; dos o tres rasguños… Me parece que tienes una espina dentro… ¿Te duele?… Sí, aquí está la pícara… Aguarda un momento. Sofía, echa a andar, si te molesta ver una operación quirúrgica.
Mientras Sofía daba algunos pasos para poner su precioso sistema nervioso a cubierto de toda alteración, Teodoro Golfín sacó su estuche, del estuche unas pinzas, y en un santiamén extrajo la espina.
-¡Bien por la mujer valiente! -dijo, observando la serenidad de la Nela-. Ahora vendemos el pie.
Con su pañuelo vendó el pie herido. Marianela trató de andar. Carlos le daba la mano.
-No, no; ven acá -dijo Teodoro, tomando a Marianela por los brazos.
Con rápido movimiento levantola en el aire y la sentó sobre su hombro derecho.
-Si no estás segura, agárrate a mis cabellos; son fuertes. Ahora, lleva tú el palo con el sombrero.
-¡Qué facha! -exclamó Sofía, muerta de risa al verlos venir-. Teodoro con la Nela al hombro, y luego el palo con el sombrero de Gessler…

– CAPÍTULO X –
Historia de dos hijos del pueblo

-Aquí tienes, querida Sofía -dijo Teodoro- un hombre que sirve para todo. Este es el resultado de nuestra educación, ¿verdad, Carlos? Como no hemos sido criados con mimos; como desde nuestra más tierna infancia nos acostumbramos a la idea de que no había nadie inferior a nosotros… Los hombres que se forman solos, como nosotros nos formamos; los que, sin ayuda de nadie, ni más amparo que su voluntad y noble ambición, han logrado salir triunfantes en la lucha por la existencia… sí ¡demonio!, estos son los únicos que saben cómo se ha de tratar a un menesteroso. No te cuento diversos hechos de mi vida, atañederos a esto del prójimo como a ti mismo, por no caer en el feo pecado de la propia alabanza y por temor de causar envidia a tus rifas y a tus bailoteos filantrópicos. Quédese esto aquí.
-Cuéntalos, cuéntalos otra vez, Teodoro.
-No, no… todo eso debe callarse; así lo manda la modestia. Confieso que no poseo en alto grado esta virtud preciosa; yo no carezco de vanidades, y entre ellas tengo la vanidad de haber sido mendigo, de haber pedido limosna de puerta en puerta, de haber andado descalzo con mi hermanito Carlos y dormir con él en los huecos de las puertas, sin amparo, sin abrigo, sin familia. Yo no sé qué extraordinario rayo de energía y de voluntad vibró dentro de mí. Tuve una inspiración. Comprendí que delante de nuestros pasos se abrían dos sendas: la del presidio, la de la gloria. Cargué en mis hombros a mi pobre hermanito, lo mismo que hoy cargo a la Nela, y dije: «Padre nuestro que estás en los cielos, sálvanos»… Ello es que nos salvamos. Yo aprendí a leer y enseñé a leer a mi hermano. Yo serví a diversos amos, que me daban de comer y me permitían ir a la escuela. Yo guardaba mis propinas; yo compré una hucha… Yo reuní para comprar libros… Yo no sé cómo entré en los Escolapios; pero ello es que entré, mientras mi hermano se ganaba su pan haciendo recados en una tienda de ultramarinos…
-¡Qué cosas tienes! -exclamó Sofía muy desazonada, porque no gustaba de oír aquel tema-. Y yo me pregunto: ¿a qué viene el recordar tales niñerías? Además, tú las exageras mucho.
-No exagero nada -dijo Teodoro, con brío-. Señora, oiga usted y calle… Voy a poner cátedra de esto… Oíganme todos los pobres, todos los desamparados, todos los niños perdidos… Yo entré en los Escolapios como Dios quiso; yo aprendí como Dios quiso… Un bendito padre diome buenos consejos y me ayudó con sus limosnas… Sentí afición a la medicina… ¿Cómo estudiarla sin dejar de trabajar para comer? ¡Problema terrible!… Querido Carlos, ¿te acuerdas de cuando entramos los dos a pedir trabajo en una barbería de la antigua calle de Cofreros?… Nunca habíamos cogido una navaja en la mano; pero era preciso ganarse el pan afeitando… Al principio ayudábamos… ¿te acuerdas, Carlos?… Después empuñamos aquellos nobles instrumentos… La flebotomía fue nuestra salvación. Yo empecé a estudiar la anatomía. ¡Ciencia admirable, divina! Tanto era el trabajo escolástico, que tuve que abandonar la barbería de aquel famoso maestro Cayetano… El día en que me despedí, él lloraba… Diome dos duros y su mujer me obsequió con unos pantalones viejos de su esposo… Entré a servir de ayuda de cámara. Dios me protegía dándome siempre buenos amos. Mi afición al estudio interesó a aquellos benditos señores, que me dejaban libre todo el tiempo que podían. Yo velaba estudiando. Yo estudiaba durmiendo. Yo deliraba, y limpiando la ropa repasaba en la memoria las piezas del esqueleto humano… Me acuerdo que el cepillar la ropa de mi amo me servía para estudiar la miología… Limpiando una manga, decía: «músculo deltoides, bíceps, gran supinador, cubital», y en los pantalones: «músculos glúteos, psoas, gemelos, tibial, etc…» En aquella casa dábanme sobras de comida, que yo llevaba a mi hermano, habitante en casa de unos dignos ropavejeros. ¿Te acuerdas, Carlos?
-Me acuerdo -dijo Carlos con emoción-. Y gracias que encontré quien me diera casa por un pequeño servicio de llevar cuentas. Luego tuve la dicha de tropezar con aquel coronel retirado, que me enseñó las matemáticas elementales.
-Bueno: no hay guiñapo que no saquen ustedes hoy a la calle -observó Sofía.
-Mi hermano me pedía pan -añadió Teodoro- y yo le respondía: «¿Pan has dicho?, toma matemáticas…» Un día mi amo me dio entradas para el teatro de la Cruz; llevé a mi hermano y nos divertimos mucho; pero Carlos cogió una pulmonía… ¡Obstáculo terrible, inmenso! Esto era recibir un balazo al principio de la acción… Pero no, ¿quién desmaya?, adelante… a curarle se ha dicho. Un profesor de la Facultad, que me había tomado gran cariño, se prestó a curarle.
-Fue milagro de Dios que me salvara en aquel cuchitril inmundo, almacén de trapo viejo, de hierro viejo y de cuero viejo.
-Dios estaba con nosotros… bien claro se veía… Habíase puesto de nuestra parte… ¡Oh, bien sabía yo a quién me arrimaba! -prosiguió Teodoro, con aquella elocuencia nerviosa, rápida, ardiente, que era tan suya como las melenas negras y la cabeza de león-. Para que mi hermano tuviera medicinas fue preciso que yo me quedara sin ropa. No pueden andar juntas la farmacopea y la indumentaria. Receta tras receta, el enfermo consumió mi capa, después mi levita… mis calzones se convirtieron en píldoras… Pero mis amos no me abandonaban… volví a tener ropa y mi hermano salió a la calle. El médico me dijo: «que vaya a convalecer al campo…» Yo medité… ¿Campo dijiste? Que vaya a la escuela de Minas. Mi hermano era gran matemático. Yo le enseñé la química… pronto se aficionó a los pedruscos, y antes de entrar en la escuela, ya salía al campo de San Isidro a recoger guijarros… Yo seguía adelante en mi navegación por entre olas y huracanes… Cada día era más médico. Un famoso operador me tomó por ayudante; dejé de ser criado… Empecé a servir a la ciencia… mi amo cayó enfermo; asistile como una hermana de la Caridad… Murió, dejándome un legado… ¡cosa graciosa! Consistía en un bastón, una máquina para hacer cigarrillos, un cuerno de caza y cuatro mil reales en dinero. ¡Una fortuna!… Mi hermano tuvo libros, yo ropa, y cuando me vestí de gente, empecé a tener enfermos. Parece que la humanidad perdía la salud sólo por darme trabajo… ¡Adelante, siempre adelante!… Pasaron años, años… al fin vi desde lejos el puerto de refugio después de grandes tormentas… Mi hermano y yo bogábamos sin gran trabajo… ya no estábamos tristes… Dios sonreía dentro de nosotros. ¡Bien por los Golfines!… Dios les había dado la mano. Yo empecé a estudiar los ojos y en poco tiempo dominé la catarata; pero yo quería más… Gané algún dinero; pero mi hermano consumía bastante… Al fin Carlos salió de la escuela… ¡Vivan los hombres valientes!… Después de dejarle colocado en Riotinto, con un buen sueldo, me marché a América. Yo había sido una especie de Colón, el Colón del trabajo; y una especie de Hernán Cortés; yo había descubierto en mí un Nuevo Mundo, y después de descubrirlo, lo había conquistado.
-Alábate, pandero -dijo Sofía riendo.
-Si hay héroes en el mundo, tú eres uno de ellos -afirmó Carlos, demostrando gran admiración por su hermano.
-Prepárese usted ahora, señor semi-Dios -dijo Sofía- a coronar todas sus hazañas haciendo un milagro, que milagro será dar la vista a un ciego de nacimiento… Mira, allí sale D. Francisco a recibirnos.
Avanzando por lo alto del cerro que limita las minas del lado de Poniente, habían llegado a Aldeacorba y a la casa del señor de Penáguilas, que echándose el chaquetón a toda prisa, salió al encuentro de sus amigos. Caía la tarde.

– CAPÍTULO XI –
El patriarca de Aldeacorba

-Ya la están ordeñando -dijo antes de saludarles-. Supongo que todos tomarán leche. ¿Cómo va ese valor, doña Sofía?… ¿Y usted, D. Teodoro?… ¡Buena carga se ha echado a cuestas! ¿Qué tiene María Canela?… una patita mala. ¿De cuándo acá gastamos esos mimos?
Entraron todos en el patio de la casa. Oíanse los graves mugidos de las vacas que acababan de entrar en el establo, y este rumor, unido al grato aroma campesino del heno que los mozos subían al pajar, recreaba dulcemente los sentidos y el ánimo.
El médico sentó a la Nela en un banco de piedra en un banco de piedra, y ella, paralizada por el respeto, no se atrevía a hacer movimiento alguno y miraba a su bienhechor con asombro.
-¿En dónde está Pablo? -preguntó el ingeniero.
-Acaba de bajar a la huerta -replicó el señor de Penáguilas, ofreciendo una rústica silla a Sofía-. Mira, Nela, ve y acompáñale.
-No, no quiero que ande todavía -objetó Teodoro, deteniéndola-. Además va a tomar leche con nosotros.
-¿No quiere usted ver a mi hijo esta tarde? -preguntó el señor de Penáguilas.
-Con el examen de ayer me basta -replicó Golfín-. Puede hacerse la operación.
-¿Con éxito?
-¡Ah! ¡Con éxito!… eso no se puede decir. ¡Cuán gran placer sería para mí dar la vista a quien tanto la merece! Su hijo de usted posee una inteligencia de primer orden, una fantasía superior, una bondad exquisita. Su absoluto desconocimiento del mundo visible hace resaltar más aquellas grandiosas cualidades… se nos presentan solas, admirablemente sencillas, con todo el candor y el encanto de las grandes creaciones de la Naturaleza, donde no ha entrado el arte de los hombres. En él todo es idealismo, un idealismo grandioso, enormemente bello. Es como un yacimiento colosal, como el mármol en las canteras… No conoce la realidad… vive la vida interior, la vida de ilusión pura… ¡Oh! ¡Si pudiéramos darle vista!… A veces me digo: «si al darle la vista le convertiremos de ángel en hombre…» Problema y duda tenemos aquí… Pero hagámosle hombre; ese es el deber de la ciencia; traigámosle del mundo de las ilusiones a la esfera de la realidad, y entonces, dado su poderoso pensar, será verdaderamente inteligente y discreto; entonces sus ideas serán exactas y tendrá el don precioso de apreciar en su verdadero valor todas las cosas.
Sacaron los vasos de leche blanca, espumosa, tibia, rebosando de los bordes con hirviente oleada. Ofreció Penáguilas el primero a Sofía, y los caballeros se apoderaron de los otros dos. Teodoro Golfín dio el suyo a la Nela, que abrumada de vergüenza se negaba a tomarlo.
-Vamos, mujer -dijo Sofía- no seas mal criada: toma lo que te dan.
-Otro vaso para el Sr. D. Teodoro -dijo D. Francisco al criado.
Oyose enseguida el rumorcillo de los menudos chorros que salían de la estrujada ubre.
-Y tendrá la apreciación justa de todas las cosas -dijo D. Francisco, repitiendo esta frase del doctor, la cual había hecho no poca impresión en su espíritu-. Ha dicho usted, señor D. Teodoro, una cosa admirable. Y ya que de esto hablamos, quiero confiarle las inquietudes que hace días tengo. Sentareme también.
Acomodose D. Francisco en un banco que a la mano tenía. Teodoro, Carlos y Sofía se habían sentado en sillas traídas de la casa, y la Nela continuaba en el banco de piedra. La leche que acababa de tomar le había dejado un bigotillo blanco en su labio superior.
-Pues decía, Sr. D. Teodoro, que hace días me tiene inquieto el estado de exaltación en que se halla mi hijo: yo lo atribuyo a la esperanza que le hemos dado… Pero hay más, hay más. Ya sabe usted que acostumbro leerle diversos libros. Creo que ha enardecido demasiado su pensamiento con mis lecturas, y que se ha desarrollado en él una cantidad de ideas superior a la capacidad del cerebro de un hombre que no ve. No sé si me explico bien.
-Perfectamente.
-Sus cavilaciones no acaban nunca. Yo me asombro de oírle y del meollo y agudeza de sus discursos. Creo que su sabiduría está llena de mil errores por la falta de método y por el desconocimiento del mundo visible.
-No puede ser de otra manera.
-Pero lo más raro es que, arrastrado por su imaginación potente, la cual es como un Hércules atado con cadenas dentro de un calabozo y que forcejea por romper hierros y muros…
-Muy bien, muy bien dicho.
-Su imaginación, digo, no puede contenerse en la oscuridad de sus sentidos, y viene a este nuestro mundo de luz y quiere suplir con sus atrevidas creaciones la falta de sentido de la vista. Pablo posee un espíritu de indagación asombroso; pero este espíritu de investigación es un valiente pájaro con las alas rotas. Hace días que está delirante, no duerme, y su afán de saber raya en locura. Quiere que a todas horas le lea libros nuevos, y a cada pausa hace las observaciones más agudas con una mezcla de candor que me hace reír. Afirma y sostiene grandes absurdos, y vaya usted a contradecirle… Temo mucho que se me vuelva maniático; que se desquicie su cerebro… ¡Si viera usted cuán triste y caviloso se me pone a veces!… Y coge un tema, y dale que le darás, no lo suelta en una semana. Hace días que no sale de un tema tan gracioso como original. Ha dado en sostener que la Nela es bonita.
Oyéronse risas, y la Nela se quedó como púrpura.
-¡Que la Nela es bonita! -exclamó Teodoro cariñosamente-. Pues sí que lo es.
-Ya lo creo, y ahora que tiene su bigote blanco -dijo Sofía.
-Pues sí que es guapa -repitió Teodoro, tomándole la cara-. Sofía, dame tu pañuelo… Vamos, fuera ese bigote.
Teodoro devolvió a Sofía su pañuelo después de afeitar a la Nela. Díjole a esta D. Francisco que fuese a acompañar al ciego, y cojeando entró en la casa.
-Y cuando le contradigo -añadió el señor de Aldeacorba- mi hijo me contesta que el don de la vista quizás altere en mí ¡qué disparate más gracioso!, la verdad de las cosas.
-No le contradiga usted y suspenda por ahora absolutamente las lecturas. Durante algunos días ha de adoptar un régimen de tranquilidad absoluta. Hay que tratar al cerebro con grandes miramientos antes de emprender una operación de esta clase.
-Si Dios quiere que mi hijo vea -dijo el señor de Penáguilas con fervor- le tendré a usted por el más grande, por el más benéfico de los hombres. La oscuridad de sus ojos es la oscuridad de mi vida: esa sombra negra ha hecho tristes mis días, entenebreciéndome el bienestar material que poseo. Soy rico: ¿de qué me sirven mis riquezas? Nada de lo que él no pueda ver es agradable para mí. Hace un mes he recibido la noticia de haber heredado una gran fortuna… ya sabe usted, Sr. D. Carlos, que mi primo Faustino ha muerto en Matamoros. No tiene hijos; le heredamos mi hermano Manuel y yo… Esto es echar margaritas a puercos, y no lo digo por mi hermano, que tiene una hija preciosa ya casadera; dígolo por este miserable que no puede hacer disfrutar a su único hijo las delicias honradas de una buena posición.
Siguió a estas palabras un largo silencio, sólo interrumpido por el cariñoso mugido de las vacas en el cercano establo.
-Para él -añadió el patriarca de Aldeacorba con profunda tristeza- no existe el goce del trabajo, que es el primero de todos los goces. No conociendo las bellezas de la Naturaleza, ¿qué significan para él la amenidad del campo ni las delicias de la agricultura? Yo no sé cómo Dios ha podido privar a un ser humano de admirar una res gorda, un árbol cuajado de peras, un prado verde, y de ver apilados los frutos de la tierra y de repartir su jornal a los trabajadores y de leer en el cielo el tiempo que ha de venir. Para él no existe más vida que una cavilación febril. Su vida solitaria ni aun tendrá el consuelo de la familia, porque cuando yo me muera ¿qué familia tendrá el pobre ciego? Ni él querrá casarse, ni habrá mujer de punto que con él se despose, a pesar de sus riquezas, ni yo le aconsejaré tampoco que tome estado. Así es que cuando el señor D. Teodoro me ha dado esperanza… he visto el cielo abierto; he visto una especie de Paraíso en la tierra… he visto un joven y alegre y sencillo matrimonio; he visto ángeles, nietecillos alrededor de mí; he visto mi sepultura embellecida con las flores de la infancia, con las tiernas caricias que aun después de mi última hora subsistirán acompañándome debajo de la tierra… Ustedes no comprenden esto; no saben que mi hermano Manuel, que es más bueno que el buen pan, luego que ha tenido noticia de mis esperanzas, ha empezado a hacer cálculos y más cálculos… Vean ustedes lo que me dice… (Sacó varias cartas que revolvió breve rato sin dar con la que buscaba)… En resumidas cuentas, él está loco de contento, y me ha dicho: «Casaré a mi Florentina con tu Pablito, y aquí tienes colocado a interés compuesto el medio millón de pesos del primo Faustino…» Me parece que veo a Manolo frotándose las manos y dando zancajos como es su costumbre cuando tiene una idea feliz. Les espero a él y a su hija de un momento a otro: vienen a pasar conmigo el 4 de octubre y a ver en qué para esta tentativa de dar luz a mi hijo…
Iba avanzando mansamente la noche y los cuatro personajes rodeábanse de una sombra apacible. La casa empezaba a humear, anunciando la grata cena de aldea. El patriarca, que parecía la expresión humana de aquella tranquilidad melancólica, volvió a tomar la palabra, diciendo:
-La felicidad de mi hermano y la mía dependen de que yo tenga un hijo que ofrecer por esposo a Florentina, que es tan guapa como la Madre de Dios, como la Virgen María Inmaculada según la pintan cuando viene el ángel a decirle: «el Señor es contigo…» Mi ciego no servirá para el caso… pero mi hijo Pablo con vista será la realidad de todos mis sueños y la bendición de Dios entrando en mi casa.
Callaron todos, hondamente impresionados por la relación tan patética como sencilla del bondadoso padre. Este llevó a sus ojos la mano basta y ruda, endurecida por el arado, y se limpió una lágrima:
-¿Qué dices tú a eso, Teodoro? -preguntó Carlos a su hermano.
-No digo más sino que he examinado a conciencia este caso, y que no encuentro motivos suficientes para decir: «no tiene cura», como han dicho los médicos famosos a quienes ha consultado nuestro amigo. Yo no aseguro la curación; pero no la creo imposible. El examen catóptrico que hice ayer no me indica lesión retiniana ni alteración de los nervios de la visión. Si la retina está bien, todo se reduce a quitar de en medio un tabique importuno… El cristalino, volviéndose opaco y a veces duro como piedra, es el que nos hace estas picardías. Si todos los órganos desempeñaran su papel como les está mandado… Pero allí, en esa república del ojo, hay muchos holgazanes que se atrofian…
-De modo que todo queda reducido a una simple catarata congénita -dijo el patriarca con afán.
-¡Oh, no, señor; si fuera eso sólo, seríamos felices! Bastaba decretar la cesantía de ese funcionario que tan mal cumple su obligación… Le mandan que dé paso a la luz, y en vez de hacerlo, se congestiona, se altera, se endurece, se vuelve opaco como una pared. Hay algo más, Sr. D. Francisco. El iris tiene fisura. La pupila necesita que pongamos la mano en ella. Pero de todo eso me río yo, si cuando tome posesión de ese ojo por tanto tiempo dormido, entro en él y encuentro la coroides y la retina en buen estado. Si por el contrario después que aparte el cristalino, entro con la luz en mi nuevo palacio recién conquistado, y me encuentro con una amaurosis total… Si fuera incompleta, habríamos ganado mucho; pero si es general… Contra la muerte del aparato nervioso de la visión no podemos nada. Nos está prohibido meternos en las honduras de la vida… ¿Qué hemos de hacer? Paciencia. El caso presente ha llamado extraordinariamente mi atención: hay síntomas de que los aposentos interiores no están mal. Su Majestad la retina se halla quizás dispuesta a recibir los rayos lumínicos que se le quieran presentar. Su Alteza el humor vítreo probablemente no tendrá novedad. Si la larguísima falta de ejercicio en sus funciones le ha producido algo de glaucoma… una especie de tristeza… ya trataremos de arreglarle. Todo estará muy bien allá en la cámara regia… Pero pienso otra cosa. La fisura y la catarata permiten comúnmente que entre un poco de claridad, y nuestro ciego no percibe claridad alguna. Esto me ha hecho cavilar… Verdad es que las capas corticales están muy opacas… los obstáculos que halla la luz son muy fuertes… Allá veremos, D. Francisco. ¿Tiene usted valor?
-¿Valor? ¡Que si tengo valor! -exclamó don Francisco con cierto énfasis.
-Se necesita mucho valor para afrontar el caso siguiente…
-¿Cuál?
-Que su hijo de usted sufra una operación dolorosa, y después se quede tan ciego como antes… Yo dije a usted: «La imposibilidad no está demostrada, ¿hago la operación?»
-Y yo respondí, y ahora respondo: «Hágase la operación, y cúmplase la voluntad de Dios. Adelante.»
-¡Adelante! Ha pronunciado usted mi palabra.
Levantose D. Francisco y estrechó entre sus dos manos la de Teodoro, tan parecida a la zarpa de un león.
-En este clima la operación puede hacerse en los primeros días de Octubre -dijo Golfín-. Mañana fijaremos el tratamiento a que debe sujetarse el paciente… Y nos vamos, que se siente fresco en estas alturas.
Penáguilas ofreció a sus amigos casa y cena, mas no quisieron estos aceptar. Salieron todos, juntamente con la Nela, a quien Teodoro quiso llevar consigo, y también salió D. Francisco para hacerles compañía hasta el establecimiento.
Convidados del silencio y belleza de la noche, fueron departiendo sobre cosas agradables; unas relativas al rendimiento de las minas, otras a las cosechas del país. Cuando los Golfines entraron en su casa, volviose a la suya don Francisco solo y triste, andando despacio y con la vista fija en el suelo. Pensaba en los terribles días de ansiedad y de esperanza, de sobresalto y dudas que iban a venir. Por el camino encontró a Choto y ambos subieron lentamente la escalera de palo. La luna alumbraba bastante, y la sombra del patriarca subía delante de él quebrándose en los peldaños y haciendo como unos dobleces que saltaban de escalón en escalón. El perro iba a su lado. No teniendo D. Francisco otro ser a quien fiar los pensamientos que abrumaban su cerebro, dijo así:
-Choto, ¿qué sucederá?

– CAPÍTULO XII –
El doctor Celipín

El señor Centeno, después de recrear su espíritu en las borrosas columnas del Diario, y la Señana, después de gustar el más embriagador deleite sopesando lo contenido en el calcetín, se acostaron. Habían marchado también los hijos a reposar sobre sus respectivos colchones. Oyose en la sala una retahíla que parecía oración o romance de ciego; oyéronse bostezos, sobre los cuales trazaba cruces el perezoso dedo… La familia de piedra dormía.
Cuando la casa fue el mismo Limbo, oyose en la cocina rumorcillo como de alimañas que salen de sus agujeros para buscarse la vida. Las cestas se abrieron y Celipín oyó estas palabras:
-Celipín, esta noche sí que te traigo un buen regalo; mira.
Celipín no podía distinguir nada; pero alargando su mano tomó de la de María dos duros como dos soles, de cuya autenticidad se cercioró por el tacto, ya que por la vista difícilmente podía hacerlo, quedándose pasmado y mudo.
-Me los dio D. Teodoro -añadió la Nela- para que me comprara unos zapatos. Como yo para nada necesito zapatos, te los doy, y así pronto juntarás aquello.
-¡Córcholis!, ¡que eres más buena que María Santísima!… Ya poco me falta, Nela, y en cuanto apande media docena de reales… ya verán quién es Celipín.
-Mira, hijito, el que me ha dado ese dinero andaba por las calles pidiendo limosna cuando era niño, y después…
-¡Córcholis! ¡Quién lo había de decir!… D. Teodoro… ¡Y ahora tiene más dinero!… Dicen que lo que tiene no lo cargan seis mulas.
-Y dormía en las calles y servía de criado y no tenía calzones… en fin, que era más pobre que las ratas. Su hermano D. Carlos vivía en una casa de trapo viejo.
-¡Jesús! ¡Córcholis! Y qué cosas se ven por esas tierras… Yo también me buscaré una casa de trapo viejo.
-Y después tuvo que ser barbero para ganarse la vida y poder estudiar.
-Miá tú… yo tengo pensado irme derecho a una barbería… Yo me pinto solo para rapar… ¡Pues soy yo poco listo en gracia de Dios! Desde que yo llegue a Madrid, por un lado rapando y por otro estudiando, he de aprender en dos meses toda la ciencia. Miá tú, ahora se me ha ocurrido que debo tirar para médico… Sí, médico, que echando una mano a este pulso, otra mano al otro, se llena de dinero el bolsillo.
-D. Teodoro -dijo la Nela- tenía menos que tú, porque tú vas a tener cinco duros, y con cinco duros parece que todo se ha de venir a la mano. Aquí de los hombres guapos. Don Teodoro y D. Carlos eran como los pájaros que andan solos por el mundo. Ellos con su buen gobierno se volvieron sabios. D. Teodoro leía en los muertos y D. Carlos leía en las piedras, y así los dos aprendieron el modo de hacerse personas cabales. Por eso es D. Teodoro tan amigo de los pobres. Celipín, si me hubieras visto esta tarde cuando me llevaba al hombro… Después me dio un vaso de leche y me echaba unas miradas11 como las que se echan a las señoras.
-Todos los hombres listos somos de ese modo -observó Celipín con petulancia-. Verás tú qué fino y galán voy a ser yo cuando me ponga mi levita y mi sombrero de una tercia de alto. Y también me calzaré las manos con eso que llaman guantes, que no pienso quitarme nunca como no sea sino para tomar el pulso… Tendré un bastón con una porra dorada y me vestiré… eso sí, en mis carnes no se pone sino paño fino… ¡Córcholis! Te vas a reír cuando me veas.
-No pienses todavía en esas cosas de remontarte mucho, que eres más pelado que un huevo -le dijo ella-. Vete poquito a poquito; hoy me aprendo esto, mañana lo otro. Yo te aconsejo que antes de aprender eso de curar a los enfermos, debes aprender a escribir para que pongas una carta a tu madre pidiéndole perdón y diciéndole que te has ido de tu casa para afinarte, hacerte como D. Teodoro y ser un médico muy cabal.
-Calla, mujer… ¿Pues qué creías que la escritura no es lo primero?… Deja tú que yo coja una pluma en la mano y verás qué rasgueos de letras y qué perfiles finos para arriba y para abajo, como la firma de D. Francisco Penáguilas… ¡Escribir!, a mí con esas… a los cuatro días verás qué cartas pongo… Ya las oirás leer y verás qué concéitos los míos y qué modo aquel de echar retólicas que os dejen bobos a todos. ¡Córcholis! Nela, tú no sabes que yo tengo mucho talento. Lo siento aquí dentro de mi cabeza, haciéndome burumbum, burumbum, como el agua de la caldera de vapor… Como que no me deja dormir, y pienso que es que todas las ciencias se me entran aquí, y andan dentro volando a tientas como los murciélagos y diciéndome que las estudie. Todas, todas las ciencias las he de aprender, y ni una sola se me ha de quedar… Verás tú…
-Pues debe de haber muchas. Pablo Penáguilas que las sabe todas, me ha dicho que son muchas y que la vida entera de un hombre no basta para una sola.
-Ríete tú de eso… Ya me verás a mí…
-Y la más bonita de todas es la de D. Carlos… Porque mira tú que eso de coger una piedra y hacer con ella latón. Otros dicen que hacen plata y también oro. Aplícate a eso, Celipillo.
-Desengáñate, no hay saber como ese de cogerle a uno la muñeca y mirarle la lengua, y decir al momento en qué hueco del cuerpo tiene aposentado el maleficio… Dicen que don Teodoro le saca un ojo a un hombre y le pone otro nuevo, con el cual ve como si fuera ojo nacido… Miá tú que eso de ver un hombre que se está muriendo, y con mandarle tomar, pongo el caso, media docena de mosquitos guisados un lunes con palos de mimbre cogidos por una doncella que se llame Juana, dejarle bueno y sano, es mucho aquel… Ya verás, ya verás cómo se porta D. Celipín el de Socartes. Te digo que se ha de hablar de mí hasta en la Habana.
-Bien, bien -dijo la Nela con alegría-: pero mira que has de ser buen hijo, pues si tus padres no quieren enseñarte es porque ellos no tienen talento, y pues tú lo tienes, pídele por ellos a la Santísima Virgen y no dejes de mandarles algo de lo mucho que vas a ganar.
-Eso sí lo haré. Miá tú, aunque me voy de la casa, no es que quiera mal a mis padres, y ya verás como dentro de poco tiempo ves venir un mozo de la estación cargado que se revienta con unos grandes paquetes; y ¿qué será? Pues refajos para mi madre y mis hermanas y un sombrero alto para mi padre. A ti puede que te mande también un par de pendientes.
-Muy pronto regalas -dijo la Nela sofocando la risa-. ¡Pendientes para mí!…
-Pero ahora se me está ocurriendo una cosa. ¿Quieres que te la diga? Pues es que tú debías venir conmigo, y siendo dos, nos ayudaríamos a ganar y a aprender. Tú también tienes talento, que eso del pesquis a mí no se me escapa, y bien podías llegar a ser señora, como yo caballero. ¡Qué me había de reír si te viera tocando el piano como doña Sofía!
-¡Qué bobo eres! Yo no sirvo para nada. Si fuera contigo sería un estorbo para ti.
-Ahora dicen que van a dar vista a don Pablo, y cuando él tenga vista nada tienes tú que hacer en Socartes. ¿Qué te parece mi idea?… ¿No respondes?
Pasó algún tiempo sin que la Nela contestara nada. Preguntó de nuevo Celipín, sin obtener respuesta.
-Duérmete, Celipín -dijo al fin la de las cestas-. Yo tengo mucho sueño.
-Como mi talento me deje dormir, a la buena de Dios.
Un minuto después se veía a sí mismo en figura semejante a la de D. Teodoro Golfín, poniendo ojos nuevos en órbitas viejas, claveteando piernas rotas y arrancando criaturas a la muerte, mediante copiosas tomas de mosquitos guisados un lunes con palos de mimbre cogidos por una doncella. Viose cubierto de riquísimos paños, con las manos aprisionadas en guantes olorosos y arrastrado en coche, del cual tiraban cisnes, que no caballos, y llamado por reyes o solicitado de reinas, por honestas damas requerido, alabado de magnates y llevado en triunfo por los pueblos todos de la tierra.

– CAPÍTULO XIII –
Entre dos cestas

La Nela cerró sus conchas para estar más sola. Sigámosla; penetremos en su pensamiento. Pero antes conviene hacer algo de historia.
Habiendo carecido absolutamente de instrucción en su edad primera; habiendo carecido también de las sugestiones cariñosas que enderezan el espíritu de un modo seguro al conocimiento de ciertas verdades, habíase formado Marianela en su imaginación poderosa un orden de ideas muy singular, una teogonía extravagante y un modo rarísimo de apreciar las causas y los efectos de las cosas. La idea de Teodoro Golfín era exacta al comparar el espíritu de Nela con los pueblos primitivos. Como en éstos, dominaba en ella el sentimiento y la fascinación de lo maravilloso; creía en poderes sobrenaturales, distintos del único y grandioso Dios, y veía en los objetos de la Naturaleza personalidades vagas que no carecían de modos de comunicación con los hombres.
A pesar de esto, la Nela no ignoraba completamente el Evangelio. Jamás le fue bien enseñado; pero había oído hablar de él. Veía que la gente iba a una ceremonia que llamaban misa, tenía idea de un sacrificio sublime; mas sus nociones no pasaban de aquí. Habíase acostumbrado a respetar, en virtud de un sentimentalismo contagioso, al Dios crucificado; sabía que aquello debía besarse; sabía además algunas oraciones aprendidas de rutina; sabía que todo aquello que no se poseía debía pedirse a Dios; pero nada más. El horrible abandono en que había estado su inteligencia hasta el tiempo de su amistad con el señorito de Penáguilas era causa de esto. Y la amistad con aquel ser extraordinario, que desde su oscuridad exploraba con el valiente ojo de su pensamiento infatigable los problemas de la vida, había llegado tarde. En el espíritu de la Nela estaba ya petrificado lo que podremos llamar su filosofía, hechura de ella misma, un no sé qué de paganismo y de sentimentalismo, mezclados y confundidos. Debemos añadir que María, a pesar de vivir tan fuera del elemento común en que todos vivimos, mostraba casi siempre buen sentido y sabía apreciar sesudamente las cosas de la vida, como se ha visto en los consejos que daba a Celipín. La grandísima valía de su alma explica esto.
La más notable tendencia de su espíritu era la que la impulsaba con secreta pasión a amar la hermosura física, donde quiera que se encontrase. No hay nada más natural, tratándose de un ser criado en soledad profunda bajo el punto de vista de la sociedad y de la ciencia, y en comunicación abierta y constante, en trato familiar, digámoslo así, con la Naturaleza, poblada de bellezas imponentes o graciosas, llena de luz y colores, de murmullos elocuentes y de formas diversas. Pero Marianela había mezclado con su admiración el culto, y siguiendo una ley, propia también del estado primitivo, había personificado todas las bellezas que adoraba en una sola, ideal y con forma humana. Esta belleza era la Virgen María, adquisición hecha por ella en los dominios del Evangelio, que tan imperfectamente poseía. La Virgen María no habría sido para ella el ideal más querido, si a sus perfecciones morales no reuniera todas las hermosuras, guapezas y donaires del orden físico, si no tuviera una cara noblemente hechicera y seductora, un semblante humano y divino al mismo tiempo, que a ella le parecía resumen y cifra de toda la luz del mundo, de toda la melancolía y paz sabrosa de la noche, de la música de los arroyos, de la gracia y elegancia de todas las flores, de la frescura del rocío, de los suaves quejidos del viento, de la inmaculada nieve de las montañas, del cariñoso mirar de las estrellas y de la pomposa majestad de las nubes cuando gravemente discurren por la inmensidad del cielo.
La persona de Dios representábasele terrible y ceñuda, más propia para infundir respeto que cariño. Todo lo bueno venía de la Virgen María, y a la Virgen debía pedirse todo lo que han menester las criaturas. Dios reñía y ella sonreía. Dios castigaba y ella perdonaba. No es esta última idea tan rara para que llame la atención. Casi rige en absoluto a las clases menesterosas y rurales de nuestro país.
También es común en éstas, cuando se junta un gran abandono a una gran fantasía, la fusión que hacía la Nela entre las bellezas de la Naturaleza y aquella figura encantadora que resume en sí casi todos los elementos estéticos de la idea cristiana. Si a la soledad en que vivía la Nela hubieran llegado menos nociones cristianas de las que llegaron; si su apartamiento del foco de ideas hubiera sido absoluto, su paganismo habría sido entonces completo habría adorado la Luna, los bosques, el fuego, los arroyos, el sol.
Esta era la Nela que se crió en Socartes, y así llegó a los quince años. Desde esta fecha su amistad con Pablo y sus frecuentes coloquios con quien poseía tantas y tan buenas nociones, modificaron algo su modo de pensar; pero la base de sus ideas no sufrió alteración. Continuaba dando a la hermosura física cierta soberanía augusta; seguía llena de supersticiones y adorando en la Santísima Virgen como un compendio de todas las bellezas naturales; haciendo de esta persona la ley moral, y rematando su sistema con las más extrañas ideas respecto a la muerte y la vida futura.
Encerrándose en sus conchas, Marianela habló así:
-Madre de Dios y mía, ¿por qué no me hiciste hermosa? ¿Por qué cuando mi madre me tuvo no me miraste desde arriba?… Mientras más me miro más fea me encuentro. ¿Para qué estoy yo en el mundo?, ¿para qué sirvo?, ¿a quién puedo interesar?, a uno solo, Señora y madre mía, a uno solo que me quiere porque no me ve. ¿Qué será de mí cuando me vea y deje de quererme?… porque ¿cómo es posible que me quiera viendo este cuerpo chico, esta figurilla de pájaro, esta tez pecosa, esta boca sin gracia, esta nariz picuda, este pelo descolorido, esta persona mía que no sirve sino para que todo el mundo le dé con el pie. ¿Quién es la Nela? Nadie. La Nela sólo es algo para el ciego. Si sus ojos nacen ahora y los vuelve a mí y me ve, caigo muerta… Él es el único para quien la Nela no es menos que los gatos y los perros. Me quiere como quieren los novios a sus novias, como Dios manda que se quieran las personas… Señora madre mía, ya que vas a hacer el milagro de darle vista, hazme hermosa a mí o mátame, porque para nada estoy en el mundo. Yo no soy nada ni nadie más que para uno solo… ¿Siento yo que recobre la vista? No, eso no, eso no. Yo quiero que vea. Daré mis ojos porque él vea con los suyos; daré mi vida toda. Yo quiero que D. Teodoro haga el milagro que dicen. ¡Benditos sean los hombres sabios! Lo que no quiero es que mi amo me vea, no. Antes que consentir que me vea, ¡Madre mía!, me enterraré viva; me arrojaré al río… Sí, sí; que se trague la tierra mi fealdad. Yo no debía haber nacido…
Y luego, dando una vuelta en la cesta, proseguía:
-Mi corazón es todo para él. Este cieguito que ha tenido el antojo de quererme mucho, es para mí lo primero del mundo después de la Virgen María. ¡Oh! ¡Si yo fuese grande y hermosa; si tuviera el talle, la cara y el tamaño… sobre todo el tamaño de otras mujeres; si yo pudiese llegar a ser señora y componerme!… ¡Ay!, entonces mi mayor delicia sería que sus ojos se recrearan en mí… Si yo fuera como las demás, siquiera como Mariuca… ¡qué pronto buscaría el modo de instruirme, de afinarme, de ser una señora!… ¡Oh! ¡Madre y reina mía, lo único que tengo me lo vas a quitar!… ¿Para qué permitiste que le quisiera yo y que él me quisiera a mí? Esto no debió ser así:
Y derramando lágrimas y cruzando los brazos, añadió medio vencida por el sueño:
-¡Ay! ¡Cuánto te quiero, niño de mi alma! Quiéreme mucho, a la Nela, a la pobre Nela que no es nada… Quiéreme mucho… Déjame darte un beso en tu preciosísima cabeza… pero no abras los ojos, no me mires… ciérralos, así, así.

– CAPÍTULO XIV –
De cómo la Virgen María se apareció a la Nela

Los pensamientos que huyen cuando somos vencidos por el sueño, suelen quedarse en acecho para volver a ocuparnos bruscamente cuando despertamos. Así ocurrió a Mariquilla, que habiéndose quedado dormida con los pensamientos más raros acerca de la Virgen María, del ciego, y de su propia fealdad, que ella deseaba ver trocada en pasmosa hermosura, con ellos mismos despertó cuando los gritos de la Señana la arrancaron de entre sus cestas. Desde que abrió los ojos, la Nela hizo su oración de costumbre a la Virgen María; pero aquel día la oración fue una retahíla compuesta de la retahíla ordinaria de las oraciones y de algunas piezas de su propia invención, resultando un discurso que si se escribiera habría de ser curioso. Entre otras cosas, la Nela dijo:
«Anoche te me has aparecido en sueños, Señora, y me prometiste que hoy me consolarías. Estoy despierta y me parece que todavía te estoy mirando y que tengo delante tu cara, más linda que todas las cosas guapas y hermosas que hay en el mundo».
Al decir esto, la Nela revolvía sus ojos con desvarío en derredor de sí… Observándose a sí misma de la manera vaga que podía hacerlo, pensó de este modo: -A mí me pasa algo.
-¿Qué tienes, Nela?, ¿qué te pasa, chiquilla? -le dijo la Señana, notando que la muchacha miraba con atónitos ojos a un punto fijo del espacio-. ¿Estás viendo visiones, marmota?
La Nela no respondió porque estaba su espíritu ocupado en platicar consigo mismo, diciéndose:
-¿Qué es lo que yo tengo?… No puede ser maleficio, porque lo que tengo dentro de mí no es la figura feísima y negra del demonio malo, sino una cosa celestial, una cara, una sonrisa y un modo de mirar que, o yo estoy tonta, o son de la misma Virgen María en persona. Señora y madre mía, ¿será verdad que hoy vas a consolarme?… ¿Y cómo me vas a consolar? ¿Qué te he pedido anoche?
-¡Eh!… chiquilla -gritó la Señana con voz desapacible, como el más destemplado sonido que puede oírse en el mundo-. Ven a lavarte esa cara de perro.
La Nela corrió. Había sentido en su espíritu un sacudimiento como el que produce la repentina invasión de una gran esperanza. Mirose en la trémula superficie del agua, y al instante sintió que su corazón se oprimía.
-Nada… -murmuró- tan feíta como siempre. La misma figura de niña con alma y años de mujer.
Después de lavarse, sobrecogiéronla las mismas extrañas sensaciones que había experimentado antes, al modo de congojas placenteras. Marianela, a pesar de su escasa experiencia, tuvo tino para clasificar aquellas sensaciones en el orden de los presentimientos.
-Pablo y yo -pensó- hemos hablado de lo que se siente cuando va a venir una cosa alegre o triste. Pablo me ha dicho también que poco antes de los temblores de tierra se siente una cosa particular, y las personas sienten una cosa particular… y los animales sienten también una cosa particular… ¿Irá a temblar la tierra?
Arrodillándose tentó el suelo.
-No sé… pero algo va a pasar. Que es una cosa buena no puedo dudarlo… La Virgen me dijo anoche que hoy me consolaría… ¿Qué es lo que tengo?… ¿Esa Señora celestial anda alrededor de mí? No la veo, pero la siento, está detrás, está delante.
Pasó por junto a las máquinas de lavado en dirección al plano inclinado y miraba con despavoridos ojos a todas partes. No veía más que las figuras de barro crudo que se agitaban con gresca infernal en medio del áspero bullicio de las cribas cilíndricas, pulverizando el agua y humedeciendo el polvo. Más adelante, cuando se vio sola, se detuvo, y poniéndose el dedo en la frente y clavando los ojos en el suelo con la vaguedad que imprime a aquel sentido la duda, se hizo esta pregunta:
-¿Pero yo estoy alegre o estoy triste?»
Miró después al cielo, admirándose de hallarlo lo mismo que todos los días (y era aquél de los más hermosos) y avivó el paso para llegar pronto a Aldeacorba de Suso. En vez de seguir la cañada de las minas para subir por la escalera de palo, se apartó de la hondonada por el regato que hay junto al plano inclinado, con objeto de subir a las praderas y marchar después derecha y por camino llano a Aldeacorba. Este camino era más bonito y por eso lo prefería casi siempre. Había callejas pobladas de graciosas y aromáticas flores, en cuya multitud pastaban rebaños de abejas y mariposas; había grandes zarzales llenos del negro fruto que tanto apetecen los chicos; había grupos de guinderos, en cuyos troncos se columpiaban las madreselvas, y había también corpulentas encinas, grandes, anchas, redondas, hermosas, oscuras, que parece se recreaban contemplando su propia sombra.
La Nela seguía andando despacio, inquieta de lo que en sí misma pasaba y de la angustia deliciosa que la embargaba. Su imaginación fecunda supo al fin hallar la fórmula más propia para expresar aquella obsesión, y recordando haber oído decir: Fulano o Zutano tiene los demonios en el cuerpo, ella dijo: -«Yo tengo los ángeles en el cuerpo… Virgen María, tú estás hoy conmigo. Esto que siento son las carcajadas de tus ángeles que juegan dentro de mí. Tú no estás lejos, te veo y no te veo, como cuando vemos con los ojos cerrados».
La Nela cerraba los ojos y los volvía a abrir. Habiendo pasado junto a un bosque, dobló el ángulo del camino para llegar a un sitio donde se extendía un gran bardo de zarzas, las más frondosas, las más bonitas y crecidas de todo aquel país. También se veían lozanos helechos, madreselvas, parras vírgenes y otras plantas de arrimo, que se sostenían unas a otras por no haber allí grandes troncos. La Nela sintió que las ramas se agitaban a su derecha; miró… ¡Cielos divinos! Allí estaba dentro de un marco de verdura la Virgen María Inmaculada, con su propia cara, sus propios ojos, que al mirar ponían en sí mismos toda la hermosura del cielo. La Nela se quedó muda, petrificada, y con una sensación que era al mismo tiempo el fervor y el espanto. No pudo dar un paso, ni gritar, ni moverse, ni respirar, ni apartar sus ojos de aquella aparición maravillosa.
Había aparecido entre el follaje, mostrando completamente todo su busto y cara. Era, sí, la auténtica imagen de aquella escogida doncella de Nazareth, cuya perfección moral han tratado de expresar por medio de la forma pictórica los artistas de diez y ocho siglos, desde San Lucas hasta los contemporáneos. La humanidad ha visto esta sacra persona con distintos ojos, ora con los de Alberto Dürer12, ora con los de Rafael Sanzio, o bien con los de Van Eick13 o Bartolomé Murillo. Aquella que a la Nela se apareció era según el modo Rafaelesco, que es el más sobresaliente de todos, si se atiende a que la perfección de la belleza humana se acerca más que ningún otro recurso artístico a la expresión de la divinidad. El óvalo de su cara era menos angosto que el del tipo sevillano, ofreciendo la graciosa redondez del tipo itálico. Sus ojos de admirables proporciones, eran la misma serenidad unida a la gracia, a la armonía, con un mirar tan distinto de la frialdad como del extremado relampagueo de los ojos andaluces. Sus cejas eran delicada hechura del más fino pincel y trazaban un arco sutil y delicioso. En su frente no se concebían el ceño del enfado ni las sombras de la tristeza, y sus labios un poco gruesos, dejaban ver al sonreír los más preciosos dientes que han mordido manzana del Paraíso. Sin querer hemos ido a parar a nuestra madre Eva, cuando tan lejos está la que dio el triunfo a la serpiente de la que aplastó su cabeza; pero la consideración de las distintas maneras de la belleza humana conduce a estos y a otros más lamentables contrasentidos. Para concluir el imperfecto retrato de aquella visión divina que dejó desconcertada y como muerta a la pobre Nela, diremos que su tez era de ese color de rosa tostado, o más bien moreno encendido que forma como un rubor delicioso en el rostro de aquellas divinas imágenes, ante las cuales se extasían lo mismo los siglos devotos que los impíos.
Pasado el primer instante de estupor, lo que primero fue observado por Marianela, causándole gran confusión, fue que la bella Virgen tenía una corbata azul en su garganta, adorno que ella no había visto jamás en las Vírgenes soñadas ni en las pintadas. Inmediatamente obser