Nostalgia [de Ángel Dámaso Soto]

La misma plaza grandiosa donde de niño yo jugaba, parecía haberse achicado porque, con doce pasos, ya la había cruzado.

 

No lo comprendía y, con gran sorpresa, me quedé confuso y, a la vez, extrañado. Pensé que la memoria me estaba traicionando porque habían pasado muchos años. Aunque parecía que tocaba los recuerdos con la mano, la verdad es que estaban muy lejanos.

 

Es curioso que la gran fuente que en el centro se hallaba… ni la veía, de lo pequeña que parecía ahora. Como si de un sueño se tratara, se había convertido en un simple pitorro del que abundante agua fría manaba.

 

Pensé que los recuerdos materiales de mi niñez habían empequeñecido. Lo positivo de todo era que el cariño y el amor por esos buenos momentos habían crecido. Es curioso lo sabia que es la vida: con el paso del tiempo, te evalúa y lo gracioso de todo es que la nota que te pone la vida, la recibes personalizada y certificada.

 

Me adentré en el barrio y, con gran sorpresa, me encontré las calles solitarias y mudas; ni un simple ruido emitían, las puertas de las casas estaban cerradas y la soledad del barrio se sentía en la piel y en el corazón.

 

Aquél barrio, en el que antaño todos los vecinos se sentaban en las puertas de sus casas a tomar el fresco como buenos hermanos, hablaban, discutían y se entretenían. Todos tenían problemas, pero a su manera los compartían. Eran vecinos, pero no como los de hoy en día, que son vecinos sin ningún sentido y, de hecho, lo podría demostrar.

 

Cerré los ojos y, por un momento, mis recuerdos se fueron a aquellos años donde la soledad ni se conocía, ¡y no sería por el hambre que la gente padecía!, a la niñez que yo recordaba, donde todos los críos del barrio por las tardes en sus calles corrían y reían… Todo sonrientes salíamos de nuestras casas, unos con el bocadillo de sobrasada en la mano, otros con un trozo de fuet, sin olvidar a aquellos que salían con los diminutos quesitos de El Caserío, de forma triangular, que le ofrecían sus madres con mucho cariño y esfuerzo.

 

Con nostalgia recuerdo que, en los trancos de las puertas todos sentados y muy animados, merendábamos. Era una gozada porque disfrutábamos de lo lindo: unos se manchaban las manos y, con ellas, los pantalones de chocolate Elgorriaga, ¡qué bueno que estaba! Cuando terminábamos de merendar, parecía que de la guerra habíamos salido. Nuestras madres nunca estaban vigilantes, no había nada que temer si no fuera por la pedrada que algún amigo, jugando, te pudiera obsequiar… pero, como había sido sin querer, no pasaba nada, aunque era inevitable el castigo que tu madre te iba a dar encima. Después de merendar, íbamos corriendo todos a la plaza, a jugar: unos se divertían con las canicas y otros jugaban a las chapas, las niñas a la rayuela y otras saltaban a la comba.

 

Fueron años muy felices, éramos pobres pero muy dichosos. ¡Hace tantos años que es extraño lo cercano que en nuestras mentes éstos recuerdos están!

 

Nunca se me olvidará el día que mi padre compró un televisor, la marca era Danubio. Mi madre lo ponía en el portal de la casa y en la calle todos los niños en las sillas nos sentábamos. ¡Cómo olvidar El Fugitivo, El Virginiano o Bonanza, entre otras series que tanto nos entusiasmaban. A las nueve de la noche, “los Peques” nos anunciaban que era hora de dormir, y nos cantaban:

 

Vamos a la cama,

que hay que descansar

para que mañana

podamos madrugar.

 

Hay quien dice que vivíamos engañados, y no lo pongo en duda. Hoy todo es diferente, porque no se piensa en los demás. El consumismo nos controla y, a la vez, nos devora; pero lo peor de todo es que hoy en día los niños no disfrutan de su propia infancia, todo son miedos.

 

Ahora todo es diferente. Y yo, sinceramente, me pregunto en voz alta: “¿Por qué puñeta habrá cambiado la vida si en nada ha mejorado?”

 

Visita a la Alcazaba [de Ángel Dámaso Soto]

Dos amigos fueron a visitar la Alcazaba de Almería. Es preciosa y está llena de historia: fue construida hace muchos años, coincidiendo con la proclamación de la ciudad como Medina. Sirvió de fortaleza militar. Todavía hay quien dice ver por las noches pasear por sus hermosos jardines al rey Al-Jairán; siempre va acompañado de bellas sirvientas para alegrar su caminar. Su historia son nuestras raíces y siempre formará parte de nuestras vidas, razón suficiente como para no olvidar.

 

Los dos amigos paseaban por ella. Llegaron a la Torre de la Vela y un mirador desde el que se podía contemplar toda la ciudad. Se podía divisar la Catedral, de estilo gótico; a sus cielos se alzaba la Torre del Homenaje, donde solían anidar las cigüeñas, esas aves zancudas de color blanco y alas negras que hibernan en África para luego regresar. Hoy es nuestra catedral, ayer fue una defensa militar que protegía de los piratas que se acercaban con sus grandes barcos a la costa de la ciudad.

 

A la izquierda, se contemplaba el Cerro de San Cristóbal; en la parte inferior derecha, entre nubarrones grisáceos, se encontraba el barrio de La Chanca y, al fondo, se distinguían dos barcos que la distancia los hacía pequeños fondeados en las aguas del puerto. Debajo se ve el casco antiguo de la ciudad, con sus humildes casas, que más bien parecían los flecos de la falda que eligió el fundador para vivir con su séquito personal.

 

no se podría ignorar, y menos dejar de mencionar sus emblemáticas calles, como la  Almedina, la plaza Bendicho, la calle Domínguez y, por supuesto, la Calle Real.

 

Sorprendido, Antonio le dijo a su amigo:

 

-¡que bonitas vistas tiene esta ciudad! Son asombrosas y aquí se llega a sentir una gran libertad.

 

El amigo, con pronta decisión, le comentó animadamente y con suma contundencia:

 

-Tarde se te está haciendo ya: cuéntame, háblame, dime hasta el último detalle que tú veas, que tú sientas, que tú contemples… ¡Por favor, dímelo!

 

Antonio, impresionado y comprensivo, le describió hasta el más mínimo detalle y volvieron a caminar.

 

Cuando salieron de la Alcazaba, entraron a tomar café en un bar situado en una encantadora plaza, quiero recordar que de nombre Pavía. El amigo empezó a susurrar una hermosa y ligera melodía. Antonio dijo:

 

-¡Me gusta cómo suena tú canción! ¿Cómo se llama? Parece como si tuviera vida.

 

El amigo, sonriente, le contestó:

 

-Te lo diré pero no te rías. Son las vistas de la Alcazaba con la brisa del viento que la abrazaba y los pájaros que le cantaban.

 

Antonio le sonrió con satisfacción. Su amigo se levantó y, con sorprendente decisión, se puso a caminar con la ayuda de su blanco bastón. Llevaba la felicidad en la cara.

 

Pensativo me quedé porque su sonrisa así lo manifestaba.

 

Realmente tenemos que ser consecuentes con nuestra situación, pero jamás podemos perder la ilusión. La vida son sentimientos, sensaciones, emociones… y eso lo tenemos todos. La visión se puede perder, pero la ilusión y las ganas de vivir… ¡jamás!

 

Las lámparas del jardín [de Ginés Bonillo]

Empezaba a anochecer. Sentado en el borde de la piscina, junto al laurel que prospera con vigor a orillas de la acera, descubrí con sorpresa cómo se encendía, a unos veinte metros, una de las dos lámparas solares que flanqueaban la puerta de acceso de la casa al jardín.

 

Llevaban tres días al sol las lámparas cargando sus baterías, los tres días necesarios según las instrucciones minuciosamente leídas por mi mujer mientras yo pensaba en otras cosas, tres días de ansiosa espera, los tres días que hacía que las habíamos comprado; y, por fin, una de ellas abría su luz ecológica y amarillenta al jardín y a la noche que se avecinaba.

 

Me incorporé con entusiasmo y empecé a acercarme a ella, ilusionado con la idea de inspeccionar su funcionamiento, que me resultaba mágico, sin cables, sin recarga eléctrica, sin nada… sólo cual eco póstumo del sol… De pronto la luz se tornó anaranjada, o así me pareció a mí; ante lo cual, dudé y me detuve unos segundos. Sí, estaba claro, era naranja, no amarilla, ¡qué va!, ni amarillenta. Lo de antes habría sido figuración mía, o confusión, consecuencia de la emoción.

 

Retomé la marcha, pero al momento, sin concederme tregua ni respiro, la luz se hizo rojiza, o eso me parecía a mí. Volví a detenerme, cada vez más extrañado e indeciso. ¡Era roja! Y al momento, violeta. ¡Pero violeta, estaba claro! ¡Violeta! Y a los dos o tres segundos, azul… ¡Azul, era azul, no violeta. ¡Azul! ¡Madre mía, cómo estaba! Azul, de un azul que azuleaba, y luego… verde, pero verde-verde, verdísima vamos, ¡o no!, verde no, más bien amarillenta otra vez, sí, amarilla, o no, casi tirando a naranja después… ¡Santo cielo! ¡Cómo estaba yo!

 

Entre tanto, a la otra lámpara no se le ocurrió nada mejor sino iluminarse también, pero iluminarse con una luz que era violeta cuando la primera me tenía casi convencido de que iban a ser amarillas las luces de las dos; y la segunda, queriendo hurgar un poco más en mi confusión, quizá queriendo competir en audacia con la primera, se transfiguró en azul al tiempo que la primera decidió parecer naranja; a lo que la segunda, altanera y arrogante, respondió convirtiéndose en verde, pero verde-verde… Estaba perdido. ¡Ya no sabía qué pensar! El jardín parecía una feria o, algo más, una discoteca… eso ¡si es que algún vecino no nos tomaba por un puticlub!

 

-¡Dios santo, pero qué mal estoy de la vista! ¡Esto ya no es la córnea! Va a tener razón mi mujer, voy a tener que ir de nuevo al oculista –pensaba yo, lamentándome en silencio, y me sujetaba cabizbajo la frente con una mano, cuando apareció mi mujer en la puerta de la casa y me dijo, toda dulce y emocionada:

 

-¿Has visto, cariño, qué chulas son? ¡Cambian de color ellas solas!

 

-¡Qué bien! –atiné a decir, callando el resto.