La mula y yo (de Juan Romero)

LA MULA Y YO

Juan Romero Moyano

Corrían los años 50, yo vivía en Alhucemas (Marruecos). Los españoles residentes podíamos hacer la mili en nuestro lugar de residencia.

Allí había un Grupo de Artillería, denominado “A lomo”, donde fui destinado a petición propia. Debe su nombre a que las piezas que componen un cañón eran transportadas a lomos de mulas.

La mula es un híbrido estéril, mixto de yegua y asno. Aquellas tenían muy mal carácter, tal vez por haber sido vapuleadas por sucesivas promociones de soldados, cada uno de su “leche”, o bien por su triste destino de acarrear siempre tan pesadas cargas.

Yo, que por aquellos entonces, lo más cerca que había visto a semejante cuadrúpedo había sido en la película de dibujos animados La Mula Francis, no esperaba que en fechas próximas iba a tener contacto directo con este animal.

No sabía yo lo que me esperaba cuando me comunicaron que, en el próximo desfile, iba a participar con mula inclusive; eso sí, con carga más liviana que las pesadas piezas del cañón, dado que yo pertenecía a la Plana Mayor de Mando y la mula iba cargada con material topográfico necesario para calcular la distancia de nuestra posición a la del enemigo.

Sin más preparación, llegó el día del desfile: las tropas de a pie abriendo la marcha, detrás la artillería “pesada”, las piezas del cañón a lomo de las mulas y, cerrando el desfile, mi mula y yo.

Cuando llegó el momento de seguir a los que me precedían, dijo mi compañera la mula: “¡De aquí no me muevo!”.

Al principio, de buenos modos; luego, a tirones y empujones, incluso con la ayuda de algún espectador paisano; pero no había manera de ponerla en marcha.

Mientras ella no se movía, yo veía con asombro y estupor cómo iba avanzando, paseo abajo, el grueso de la tropa. Así, mi mula y yo –por su mular gana- nos íbamos quedando descolgados de la formación.

Pedí ayuda, que me llegó tarde; pero aquel par de artilleros de refuerzo que dominaban el manejo de semejante animal, tras ímprobos esfuerzos, lograron ponerla en marcha.

Cuando pasamos frente a la tribuna, las autoridades militares y civiles, y el cura del pueblo (el franciscano padre Antonio), que siempre las acompañaba en esos eventos, ya se habían marchado.

Los escasos vecinos y familiares que esperaban mi paso, me recibieron con fuertes aplausos, risas y jolgorio general, a grito de “¡viva Juanito el del Oriente!”* y allí terminó la odisea.

Existe un viejo dicho popular que se aplica a muchos de nuestros congéneres cuando son muy cabezones y que dice: “Más terco que una mula”.

Suscribo totalmente esta afirmación y ahora, transcurridas tantas décadas de aquellas experiencias, recuerdo con nostalgia esta y otras muchas ocurrencias y peripecias vividas. También recuerdo la mula.

Septiembre 2016

* Oriente: Primer y único hotel de Alhucemas por entonces y, por tanto, conocido por todos. Era propiedad de la familia Romero-Moyano.

Mis primeros pasos. Volver a empezar (de María del Carmen Herrero)

Mis primeros pasos
(Volver a empezar)

María del Carmen Herrero

Aunque hoy todo parezca muy lejano, esta historia que necesito compartir se inició hace poco más de un año, exactamente en el mes de noviembre de 2002. Por aquellas fechas, llegó a mi localidad una Exposición itinerante de la ONCE. Dado que yo formo parte de dicha Institución por mis problemas de visión, no dudé en acudir a visitarla acompañada por mi hijo Juanjo. Allí pude conocer a los responsables de la muestra, y fueron ellos, precisamente quienes me brindaron la feliz idea del “perro guía”. Una idea que, ya de vuelta a casa, se convirtió en el centro de la conversación entre ambos, sembrando una extraña luz que de forma intermitente brillaba en mi corazón. El primer paso estaba dado. Desde aquel mismo instante empecé a madurar el sueño de una oportunidad impensable hasta hace poco, la de poder moverme sola, sin depender de ninguna otra persona, por el pueblo en el que resido desde hace más de 30 años.

Así, temerosa, pero llena de esperanza, me dispuse a cumplimentar el primero de los trámites para lograr ese objetivo instalado en mi cabeza, y ese no era otro que acudir a mi agencia de la ONCE para cursar la correspondiente solicitud. Era otro paso más que me llenaba de incertidumbre ante lo desconocido. Y aunque he de confesar mi total ignorancia sobre los procedimientos y requisitos que conllevaba, nada podía ya detenerme. De tal manera que todo siguió su curso, y tras los pertinentes informes médicos y psicológicos que requirieron un tiempo necesario, llegó al fin la respuesta que colmaba todos mis anhelos. El soñado viaje a Rochester, ciudad donde se erigía la Escuela de perros-guía, se hacía realidad. Y en la espera, impaciente y deseosa de partir hacia un destino más incierto que nunca, un sinfín de sentimientos confusos anidaban en mi interior, ocultos por la esperanza y ese sexto sentido que una y otra vez me hacía sentir que todo iba a acabar felizmente. Por ello, cuando llegué al aeropuerto y me encontré a los otros integrantes de la clase 04-05, supe que iba a ser así. Los temores y vacilaciones anteriores se disiparon y uno a uno fui saludando a los compañeros. Además de Bárbara, nuestra intérprete, allí estaban José Antonio, Miguel, Yolanda, Denisse y Cristina, mis nuevos amigos. Todos nos encontrábamos eufóricos y dispuestos a emprender el viaje cuanto antes. La “aventura americana• comenzaba y ya no había vuelta atrás…

La llegada a la Escuela Leader Dogs for the Blinds fue especialmente emotiva. El cansancio y la tensión acumulados durante el viaje desaparecieron sin dejar rastro, y el interés por conocer la Escuela y su entorno produjeron en mí tal hechizo que todo se me antojaba maravilloso, especialmente el personal de la casa y los entrenadores, gente encantadora, cuyo buen talante y ganas de agradar, allanaron sobremanera ese primer y fundamental contacto. En cierta forma, anunciaba cómo iba a ser la estancia allí. Tan intensa, tan cargada de actividades, de emociones, tan enriquecedora, que no había lugar ni tiempo para el desaliento, la tristeza o la morriña por los seres queridos dejados atrás. He de confesar que si tuviera que referirme al tiempo pasado en la Escuela, sólo podría calificarlo como una de las épocas más dichosas de mi vida, tan plena e intensa que, en ocasiones, ni siquiera me atrevía a llamar por teléfono a casa con la frecuencia debida por miedo a romper ese fino equilibrio que sólo podía experimentarse estando allí y viviendo esa situación.

Los tres primeros días llevamos a cabo un entrenamiento muy peculiar. Wendy, nuestra entrenadora, hacía de perro-guía tirando del arnés, al tiempo que nos enseñaba las órdenes básicas y nos preparábamos para el momento crucial en que conoceríamos a nuestro perro. Una espera dulce y difícil, en la que no dejábamos de acosarla, preguntándole sin cesar cómo sería nuestro perro-guía auténtico. Pero el día más esperado, el 29 de octubre, llegó, finalmente. Nos levantamos muy temprano y las horas transcurrían con la lentitud habitual en las esperas importantes. La hora convenida era a las cuatro de la tarde. En ese momento se haría la asignación a cada uno de nosotros de nuestro “leader dog”. Debido a que la ceremonia de entrega no era en grupo, sino individual, todos nos hallábamos en nuestras habitaciones, aguardando nerviosos e impacientes el momento del encuentro. Entretanto, para aliviar la tensa espera, los compañeros y yo no dejábamos de comunicarnos por teléfono cualquier novedad, cualquier movimiento o sospecha de lo que ocurría en el exterior, por intranscendente que pudiese parecer, lo que aumentaba la solidaridad y aliviaba la espera.
Al fin, unos golpes suaves en la puerta de la habitación me produjeron un ligero estremecimiento. El corazón latía desbocado y amenazaba con saltar hacia el lugar donde sonaron los toques de atención. El ritual convenido había empezado. Así que corrí hacia la puerta con la correa en la mano -más tarde, me enteraría de que había sido la primera en recibir mi “leader dog”- y abría la puerta. Allí se encontraba mi entrenadora, Wendy, acompañada de Bárbara, mi intérprete. La primera sonrió al verme y dijo:
– Es una chica. Se llama Vonnie. Es de raza Golden Retriever. Pesa 53 libras y nació el 30 de mayo de 2002.

De repente, una sofocante e inesperada sensación de ahogo me embargó y enrojecí sin acertar siquiera a saber dónde colocar las manos. Un nudo en la garganta me impedía pronunciar palabra alguna y unas lágrimas enormes delataban la emoción de aquel instante. ¡Tanto tiempo preparándome para mantener la compostura y cuando llegaba el momento reaccionaba de este modo! Así que, liberada ya de cualquier formalidad y no pudiéndome contener más, sólo acerté a decir “my God” y lloré largamente. Luego, tras unos minutos que me parecieron eternos, volvieron Wendy y Bárbara, pero esta vez con Vonnie, haciéndome solemnemente la entrega. Yo no sabía qué decir. Un mar de sentimientos me envolvía. Aturdida y confusa por tanta emoción desatada, y sabedora de estar ante un momento crucial en mi vida, no quería olvidar lo más importante, el que se me estaba haciendo entrega de una hermosa criatura que iba a ser parte de mí y que el sentido de la más elemental responsabilidad me comprometía dulcemente en su cuidado y atención.

A partir de entonces, la Escuela cambió por completo y las jornadas se sucedían unas a otras bajo el constante entrenamiento, mañana y tarde, con nuestros “leader dogs”. Paso a paso, avanzábamos en el mutuo conocimiento y en una mayor compenetración. Vonnie y yo convivíamos las veinticuatro horas del día y en el único momento en que la dejaba sola, al ducharme, encendía el televisor y le ponía algún programa de dibujos animados para que notara menos mi ausencia. El trabajo era tan intenso y apretado que cuando vinimos a darnos cuenta el curso estaba finalizando. ¡ No podía creerlo! ¡Con qué rapidez había transcurrido todo! Me parecía estar aún familiarizándome con las personas, con los olores, aprendiendo a moverme por las estancias y, sin embargo, el curso se consumía sin remisión. En aquel momento comencé a ser consciente de la formidable experiencia, del cúmulo de anécdotas vividas, de las vivencias compartidas, del aprendizaje interior, de la solidaria generosidad que liga a las personas ante un mismo reto, del cariño inexcusable que te ata para siempre a todos los que han hecho posible esta realidad y a los que directamente la han compartido, superando, junto a ti, las dificultades, y gozando de una convivencia inolvidable. Por ello, era inevitable la aparición de una nostalgia que iba amontonando recuerdos imborrables como el de aquellos dos domingos que salimos de compras por la ciudad. Uno de ellos fuimos a almorzar fuera de la Escuela. Nos dieron todas las explicaciones necesarias para encontrar el restaurante, pero aun así nos extraviamos no podíamos localizarlo. Después de dar vueltas y más vueltas al mismo edificio con los bastones blancos desplegados y sin hallar la entrada, pero con nuestro sentido del humor intacto y dispuesto a lo que hiciera falta, un amable señor se apiadó al fin de nosotros y amablemente nos acompañó al lugar que buscábamos. Tan sólo nos habíamos equivocado de edificio. Todavía hoy hemos de agradecerle no seguir dando vueltas al primero. Otro episodio memorable fue el de aquel día, casi expirando el curso, en el que teníamos que hacer un ejercicio consistente en abandonarnos por parejas en un punto desconocido de la población, teniendo que volver solos a la casa de la Escuela con el único auxilio de unas pistas que nos habían proporcionado para orientarnos. Lo cierto es que no era muy difícil conseguirlo, pero mi acompañante me propuso disfrutar plenamente del paseo sin pensar en el regreso, con lo que terminamos perdiendo el rastro de las pistas y absolutamente desorientados. Tuvo que salir hasta la entrenadora en nuestra búsqueda y aunque no se trataba de ninguna competición, ni qué decir tiene que llegamos los últimos, con el consiguiente jolgorio y las bromas del resto de los compañeros.

Y, finalmente, el adiós, la partida de la Escuela, ese último recodo del camino, tan importante o más que los anteriores. La vuelta a casa, tras un tiempo de desacostumbrada separación, no fue lo idílica ni tranquila que esperaba. Mi familia estaba expectante por conocer a Vonnie y ello hizo seguramente que me volcara en exceso sobre mi “leader dog”. Afortunadamente para mí, cuento con el apoyo, la comprensión y generosidad de toda mi familia que, también en esa ocasión, supo estar por encima de cualquier circunstancia que empañara lo esencial: la recepción a quien a partir de entonces se erigía en un miembro más de la misma, con todos los derechos y obligaciones que ello comporta.

El recuerdo del encuentro de Vonnie con Eduardo, mi marido, fue sencillamente inolvidable. Él aguardaba nuestra llegada y cuando nos vio a las dos juntas por primera vez, la emoción le embargó de tal modo que fue incapaz de articular palabra alguna. Pero es que, además, Vonnie saltó a sus brazos como si intuyera lo que acontecía en el interior de todos nosotros. Aún hoy me resulta difícil describir aquella escena por la intensidad y ternura que me evoca. Pero lo importante es lo que ha ido sucediendo desde entonces hasta hoy, pues con su trabajo y carácter, Vonnie ha conseguido que nos preguntemos cómo podíamos vivir antes sin ella. Ha conquistado el corazón de todos ellos exactamente igual que consiguió el mío, con la entrega y el esfuerzo generoso en su trabajo provoca la admiración de quienes la rodean o la ven actuar en cualquier lugar. Además es lista, cariñosa y paciente. A ello hay que sumarle la belleza que atesora: su pelo, lacio y suave; sus enormes ojos, mis ojos; las orejas, siempre alerta; la robustez de sus extremidades; la figura.

Una estampa preciosa ante la que es difícil permanecer impasible, y cuya imagen me hace a veces dudar sobre si todo esto no es un sueño del que no tardaré en despertar y lamentarme. Pero no, cuando eso ocurre extiendo mi brazo y allí aparece Vonnie y, con ella, toda la Escuela Leader Dogs for the Blinds, el Lions Club y su admirable potencial humano, el voluntariado, los entrenadores, y todo el personal entregado a la noble y generosa tarea de conseguirnos unos nuevos ojos, una nueva mirada, un nuevo punto de vista, una nueva visión que disipe la niebla que envuelve toda pesadilla, mostrando a todos ellos, allí, con una sonrisa tan ancha que hay que estar ciego para no verla. De cualquier manera, ese no es mi caso, porque yo cumplí mi sueño y no sólo les veo, sino que los conservo aquí, en este corazón con el que también es necesario mirar de vez en cuando al iris de la vida para saber qué nos depara.

A destiempo (de Inma Ferre)

A destiempo

Inma Ferre

Me contaba que vivió siempre a destiempo, esperando el día en que se equiparara su circunstancia con su edad. Era muy niña cuando la hicieron mujer. Le macularon sus ilusiones, el derecho a tropezar y caer; pero también aprendió a volar sin que nadie le cortara las alas.
Quizá por ese motivo, en los sueños se le repetía con frecuencia la misma pesadilla: volaba y volaba y, cuando todo era maravilloso delante de su vista, caía al precipicio igual que una cometa cuando le falta el viento.
La conocí en el ocaso de su vida y me llamaron poderosamente la atención sus ojos y su voz, que no habían envejecido.
A menudo manteníamos largas y amenas conversaciones, en las cuales me contaba las vicisitudes por las que había pasado a lo largo de su vida y que, a pesar de todo, había sido feliz, pues… «La felicidad –me decía- no la proporciona lo exterior. Si tú la llevas dentro, siempre la encontrarás. Hay que reír hasta cuando se llora». Era una gran enseñadora de la vida.
Nunca podré darle todas las gracias que merece. Me dejó una gran biblioteca en el corazón. Espero encontrármela de nuevo algún día en algún sitio y que siga transmitiéndome las lecciones de su magnífica enciclopedia.

ZAPATASTROS (de Ginés Bonillo)

Zapatastros

Ginés Bonillo

No es porque fuese lunes, que lo era; ni menos -creo- porque los lunes sean gafes, como sostenía don Gabriel, que quizá lo sean. Si hiciese una lista de lunes fatídicos… ¡Claro que si todos hiciésemos otra de martes! ¡Y de miércoles, jueves, viernes…! ¡Y de eneros, febreros…! ¡Y de años pares, años impares, bisiestos…!
Todo empezó en el desayuno, muy temprano para empezar, pienso ahora. Sin percatarme, porque si me hubiese percatado sería otra cosa… Pero no fue así. Fue sin percatarme como le eché mi azúcar al café del director, que esperaba diluir la artimaña de la pastillita de sacarina antes de recorrer el aparato digestivo de tan emérito anfitrión.
A pesar de sus dulces quejas, por un día le alegré el café al director gracias al renglón torcido del azucarillo; en cambio, a mí empezó a encorvárseme con el sabor plasticoso de la sacarina. Porque quise ser consecuente y me empeñé en tomar su sacarina en mi leche con cacao, por aquello de estar a las duras y a las maduras.
Ya en clase terminó de coronarse la mañana. Tenía examen con un grupo de segundo curso. Cuando llegué, los alumnos ya habían separado sus mesas cuanto habían podido, explotando al máximo el espacio del aula (como les tenía dicho). Por mi parte, conocedor del género, eché un vistazo y enderecé algunas filas sospechosamente torcidas, pues algunos alumnos siempre perdían en estas ocasiones el sentido de la línea recta y la equidistancia en favor de una mayor vecindad con aquellos otros con buenas notas.
Repartí el folio de examen y empecé a dar vueltas por la clase, aburrido, a la espera de que los mismos de siempre solicitasen mi colaboración para rellenar su examen a medias, quiero decir entre los dos.
-La nota, luego, la repartimos entre los dos –decía yo para frenar un poco el asedio de los mismos de siempre.
Cada alumno repetía sus gestos de costumbre ante los exámenes. Unos frotaban el bolígrafo entre las manos al comprobar que se sabían las preguntas y exclamaban: “¿Gracias, profe! Me las sé todas. Sabía que iba a poner la formación de palabras y la novela realista”. “Estaba segura de que el texto iba a ser de Larra”, afirmaba por lo bajo alguna alumna con entusiasmo. Otros miraban con resentimiento el folio una y otra vez y, después, a mí, y se lamentaban: “¡Ha puesto justo las que me he dejado!”
-¡Mala suerte! Siempre os pasa igual. El próximo día os pregunto qué os vais a dejar, para no ponerlo –respondía yo con sorna mal disimulada.
A la vista de semejantes expresiones, ora de alegría, ora de enfado, y antes de que las cosas pasasen a mayores, con el consiguiente aumento del barullo, yo siseaba y gesticulaba con la mano en el aire en señal de que se dedicasen a escribir en vez de hablar.
Con el tiempo, mediado el examen, surgía de vez en cuando cierto murmullo entrecortado de vocecillas agónicas que siempre me recordaba el trapicheo sordo que se traen los escarabajos, grillos zapateros, marranicas y otros animalejos de calaña similar en el césped del jardín en las noches tranquilas de verano.
Yo, para sorprender, cambiaba de táctica y cada vez actuaba de manera diferente. Aquel día se me ocurrió dar un taconazo contundente en el suelo, uno solo. Tuvo su efecto y cesó el susurro de inmediato. Estaba claro que alguien había captado el mensaje.
Al poco surcó la tranquilidad del aula un nuevo gorjeo impreciso. Yo respondí con un nuevo taconazo, esta vez con el otro pie, por aquello de repartir con equidad el trabajo de todos los miembros. Y creí notar un sonido diferente al producido con el primer taconazo. Pensé que no podía ser cuestión del suelo golpeado, sino impresión mía.
Cesó el leve gorjeo adolescente: de nuevo se había completado el acto de comunicación no verbal. Me satisfizo el resultado, pero la diferencia del sonido de ambos zapateos no se me iba de la mente, así que volví a dar un taconazo con el zapato derecho y, a continuación, otro con el izquierdo.
Varias alumnas levantaron la vista al instante, miraron en rededor y exclamaron también bajito:
-¡Profe, si ahora no está hablando nadie!
No agradecí su gesto de buena voluntad, porque yo seguía en lo mío. Y es que, en efecto, no cabía duda: existía una diferencia de sonido evidente.
-¿Habéis notado la diferencia? Pregunté en voz alta, sin percatarme de la causa.
Algunos alumnos, los que ocupaban las mesas más próximas, me miraron con indiferencia. Solo uno, pelirrojo y muy vivaracho, dijo, sin mostrar mucho interés:
-Profe, es que los zapatos que lleva son diferentes.
-¡Ajá! Por fin alguien se da cuenta –dije disimulando mi propia sorpresa.
Al entregar su examen la última alumna, me dio la clave lingüística de la situación:
-Profe, digo yo que hoy más que zapatos lleva usted “zapatastros”, si existe la palabra. Pero, ¿podría existir, no? Y podría ocupar una casilla vacía en la lengua.
-Por supuesto, la palabra tiene sentido… y responde al sistema de la lengua. Para que triunfe, solo es necesario actualizarla en el habla, como tú has hecho, y que los demás hablantes la acepten y se divulgue.
Al día siguiente, después de preguntar por las notas del examen, los alumnos se dividieron entre los que pensaban que yo llevaba desparejados los zapatos para comprobar si se daban cuentan y los que defendían que, con las prisas, simplemente me había equivocado al ponérmelos. Los dejé con la duda, ¡cómo confesarles que mezclé un zapato negro con otro marrón al vestirme con la luz apagada para no molestar a mi mujer con migrañas… y –peor aún- que las cataratas medicamentosas que sufría yo desde hacía dos meses bordaron el resto! Pero todo ello le permitió a una de las alumnas más brillantes poner en práctica con gran ingenio la formación de palabras en español.
Claro que mis compañeros de desayuno, incluyendo desde el dulcificado director a los camareros, tampoco notaron el cambiazo. O nadie le dio mayor importancia. ¡Qué poco veíamos ya todos! O, acaso, ¡qué poco nos fijábamos a aquellas alturas en los detalles intranscendentes!

El buen samaritano (de Ginés Bonillo)

El buen samaritano

Ginés Bonillo

“No se confundan. A pesar de todo, se agradece.
(Marvin “Dúñer” Ríos)”

Los saltitos de la cantera del bastón sobre los tetones de las losas (y su ras-ras ras-ras) me indicaron rápidamente que había llegado al semáforo. Pero dudé por un instante y, aunque estaba casi seguro de que me encontraba en la tercera calle desde la Avenida de Amatisteros, me detuve a recapitular por si me había equivocado. Necesitaba reorganizar la información.
Si mis cuentas eran correctas, en la acera de enfrente, al otro lado del semáforo, un poco más adelante, debía haber una cafetería muy conocida en la ciudad: El Unicornio Azul, aquella de la Nochevieja más triste, con los dos solos en medio de la fiesta general, sin cotillón al que ir ni ilusiones que cumplir. Al día siguiente rompimos y el mundo se hizo añicos, aunque no se hundió.
Yo recorría aquel trayecto con cierta frecuencia, por lo que lo tenía bien tomado. Pero ese día… pudo ser que llevara muchas cosas en la cabeza, o que el viento me descentrara por miedo a ser arrastrado, o a que una ráfaga caprichosa me quitara el sombrero para depositarlo amablemente bajo los neumáticos de un automóvil, o que me había dejado llevar por la voz al principio plácida y sinuosa de una muchacha que le comentaba a alguien por el móvil –deduje que sería una conversación por teléfono porque no se oían las intervenciones del interlocutor del otro lado del satélite, a pesar de las intimidades que le voceaban sin rubor alguno-, una muchacha que le comentaba a Ceci (a esta altura de la conversación ya podíamos, yo y todos los que pasaban en ese momento por la calle, aportar su nombre: tal vez Cecilia, porque nunca se sabe ¡con el sunami hipocorístico que corre) que apenas había pegado ojo en toda la noche -“abrazada a él, besándole el pecho”… Y yo pensé que tuvo que ser algo más que abrazado… y besándole algo más que el pecho… ¡con lo largas que son las noches de invierno ventosas!-, o simplemente que me confié… el caso es que me despisté un instante y dudé. Ese fue mi error.
Ante la duda, con la paciencia que uno desarrolla con los años y los desengaños, decidí detenerme y hacer acopio de datos: a lo lejos, en la acera opuesta, entre el ruido de los coches, creía percibir la algarabía de cantos de los pájaros –canarios, periquitos, cacatúas…- de la tienda de animales que había junto a la cafetería.
Todavía estaba parado, reorganizando la información, cuando, sin aviso previo, sin encomendarse a Dios ni al Diablo, alguien me agarró por el brazo y tiró de mí a la voz de zafarrancho “¡Yo le paso!”, cual consigna de guerra.
Entre la sorpresa –mínima, porque no era la primera vez que me pasaba algo parecido- y la urgencia de evitar que se me trastabillaran los pies con la samaritana arremetida, el leísmo (feo, aunque aceptado) no fue lo que más me molestó de semejante ataque de compasión.
Ya del otro lado, cuando consideró conveniente dejarme en posición vertical, el abnegado señor le puso la cinta con lazo a su buena acción:
-¡Aquí ya se arregla usted! –pregonó con suma amabilidad, seguramente satisfecho de la obra de caridad del día que acababa de hacer. Digo “pregonó” porque era de esas personas que, de buena fe, creen que los ciegos, además de ciegos, somos no sé si sordos o tontos, porque nos hablan a grito pelado, como solemos hablar a los extranjeros, desestimando la tan manida queja de que lo importante no es la cantidad ni el volumen sino la calidad y, por añadir algo, la velocidad (entendiendo, en este caso, calidad por ’buena vocalización’).
-Perdone, ¿en esta acera, un poco más adelante, se encuentra la cafetería El Unicornio Azul? -le pregunté.
-Sí, sí… Va bien.
-Pues…
-¿Qué le pasa? –inquirió, desconcertado.
-Que yo iba a la farmacia que está enfrente de la cafetería, en la otra acera.
-Y ¿por qué no lo ha dicho antes? –me espetó, ahora con tono un tanto molesto.
-Porque no me ha dado tiempo ni a respirar.
-Pues yo no puedo pararme más. Pídale a otro que le ayude… ¡Digo, encima que lo paso hasta sin pedírmelo…! –añadió conforme se alejaba calle abajo.
Por suerte, de nuevo los tetones de las losas me indicaron el camino de vuelta a la acera de enfrente. Y, por suerte, también en la farmacia tenían dexametasona.

Sin palabras (de Ángel Dámaso Soto)

SIN PALABRAS

Ángel Dámaso Soto

Lo tenía todo preparado y meditado. Sólo cumplía con su trabajo. Se presentó como toda buena comercial.
No quise que perdiera el tiempo y desde el primer momento, tras su presentación, intenté por todos los medios decirle que no estaba interesado.
Pero ella no dejaba hueco para mi intervención, así que la dejé hablar y hablar durante un buen rato. Pensé colgar el auricular. Hubiera querido interrumpirla pero, por educación, la dejé… de todos modos, estoy seguro de que no lo hubiera podido conseguir porque parecía extasiada con sus propias palabras. De no ser por la distancia física que nos separaba, le hubiera ofrecido hasta un vaso de agua.
Me habló de las ventajas que podía tener: disponía de tres modelos en stock (uno blanco, otro azul y un tercero de color negro), llevaban de fábrica todos los extras (incluido las llantas de aleación), el de color negro llevaba los asientos de piel, los otros dos de terciopelo…
Quise intervenir pero ella pasó a explicarme la financiación. Por un momento pensé que me hablaba una grabación.
Por fin se detuvo y sin mediar palabra me dijo que el próximo sábado a las diez de la mañana podría conducir el coche de mis sueños. Su intuición le decía que seguro que accedería a comprar el Audi negro, pues tenía referencias de que ese era mi color favorito.
Me quedé durante unos segundos sin palabras, no me salían, las tenía atrapadas, hacía más de una hora que hubieran querido salir en orden y ahora se peleaban entre ellas…
Respiré profundamente y le comenté a mi supuesta vendedora que no estaba interesado, que hacía ya dos años que no conducía. Ella, como un torbellino, me oía pero no me escuchaba, no le daba sentido a mis palabras, seguía erre que erre. Me estaba sacando de quicio y ésta vez si la callé, se lo pedí por favor, le dije que no tenía coche y menos facultades para poder conducir.
Volvió a ignorarme, no me oía. No tuve más remedio que colgar el auricular.
No habían pasado quince segundos cuando el teléfono volvió a sonar, era ella. No me lo podía creer: me recriminó que le hubiera cortado la llamada.
Esta vez no la dejé hablar: con tono suave pero con mucha claridad le dije que era invidente.
Esta vez debió de entenderme porque la llamada se cortó y no volvió a sonar el teléfono. Por fin me oyó.

‘Las primeras veces’ o ‘El chocolate del loro’, también llamado… [de Ginés Bonillo]

’Las primeras veces’ o ‘El chocolate del loro’, también llamado ’Un mundo feliz’, y trata del que nunca estuvo en Roma y volvió Papa

A los buenos samaritanos con que tropezamos a diario, con gratitud;
porque de bien ciegos es ser agradecidos.

Ginés Bonillo

Las primeras veces de la ceguera no resulta fácil para nadie. Todos, absolutamente todos, necesitan una terapia de rehabilitación. Con el agravante de que el técnico es también novato en estas operaciones, coincidiendo sujeto y objeto. Por tanto, hay que ayudarles a comprender la nueva situación, que lleva su tiempo asumirla. Al principio muchos de ellos, en el colmo de su buensamaritanismo, confunden los límites entre dar ánimos y hacer lo blanco negro; con lo cual , además de verse ciego, uno acaba teniendo la sensación de que muchos piensan que, con la vista, se pierden también otros sentidos, entre ellos el de la inteligencia. Y la fluoxetina no lo hace todo.
El otro día me encontré con un conocido en la calle y, supongo que para romper el hielo, nada más saludarnos y probablemente sin saber qué otra cosa decir, comentó:
-¡Hombre, mira qué bastones más apañados os dan en la ONCE!
-¡“Que nos dan”, dices! Sí, ¡a cambio de cuarenta euros! –le aclaré.
-¡No me digas –exclamó sorprendido- que os lo cobran!
-¡Digo! -respondí-. ¿O es que tú eres de los que creen que el mundo es una ONG continua?
-Hombre, yo creía que os lo darían.
-¿Tú ves a diario –le pregunté con retórica- a mucha gente dando algo por ahí así como así? Por cada ONG debe de haber veinte mil empresas, incluida alguna disfrazada de ONG.
-Pues sí. Estarás –insistía él en sacar tema de conversación- aprendiendo braille, ¿no?
-Pues no –dije lacónico, cansado de la falta de originalidad de la gente, de que todo el mundo me preguntara la misma sarta de tópicos, demostrando un desconocimiento absoluto del mundo de la ceguera.
-Hombre, el braille será muy importante ahora para ti.
-No necesariamente -dije-. Para algunas cuestiones es poco menos que imprescindible; para otras, menos. Para algunas personas llega a ser muy importante; para otras, nada. Y, aunque es verdad (tirando de tópico) que si no existiera, habría que inventarlo… hoy, por suerte, existen otros medios de comunicación que no dependen de la vista.
-Ah, sí, ¿cuáles? –preguntó con tono de sorpresa.
-Hay grabadoras, audiolibros, programas de voz para procesadores de texto…
-Entonces, ¿el braille ya no se utiliza? –preguntó.
-¡Cómo no! Tampoco es eso. Claro que sigue y seguirá utilizándose. Sólo que ¿tú sabes qué función cumple en los ejércitos modernos el vistoso cuerpo de caballería?
No obstante, él iba a lo suyo, y sin guardar los tiempos ni sopesar la conveniencia del momento, dejándose llevar por su fórmula de cortesía «¿Cómo estás?» y a mi respuesta universal de los últimos tiempos «No estoy muy mal», que formulo como poco explícita y menos comprometedora, debió de considerarse el hombre en la obligación de quitarle hierro a mi situación.
-¡Qué vas a estar mal! ¡Si estás mejor que quieres, mejor que nunca! –me soltó exultante, sin medir los términos de su arenga.
-¡Hombre, tampoco es eso! –le dije, con cierto desenfado, disimulando mi contrariedad ante la actitud samaritana que empezaba a adivinar en mi interlocutor.
-Pero, oye, ¿no te has jubilado? –argumentó como prueba concluyente y, sin anestesia (como acostumbran los muy sabihondos), añadió:
-¡Qué bien! ¡Cómo me alegro!
-Bueno, ¡tampoco es la situación ideal! Te aseguro que mi sueño de adolescente no era quedarme ciego algún día; ni cuando me preguntaban de niño qué quería ser de mayor decía que ciego.
-Hombre, ya… pero eso ¿qqué importancia tiene?
-¡Ninguna! Pero que si me han jubilado es por algo… No por guapo.
-Ya, pero que sí, hombre, que jubilado se está mejor. ¿Tú qué más puedes querer?
-Hombre, ¿mejor mejor…? Pero me contentaría simplemente con ver, ¡fíjate qué tontería!
-Que sí, que sí… Que te lo digo yo. Ahora puedes hacer todo lo que quieras.
-¡Menos ver! Si estuviese bien… si viese… pues sí, pero así…
-Que sí, hombre. Que puedes hacer lo que quieras, y con todo el tiempo del mundo. ¡Todo es cuestión de voluntad! –seguía argumentando él, metido de lleno en su papel de buen samaritano, yéndose arriba.
-Bueno… cuestión de voluntad y, sobre todo, de ver un poco, ¿no te parece?
-¡Hay que ver -dijo- la perrera que te ha entrado con lo de ver!
-¡Vaya! ¡Fíjate qué capricho pasajero me ha entrado hoy! ¡Yo creía que la visión es el principal nexo de unión con la realidad!
-¡Qué va! ¡Todo radica en la mente! Tengo un antiguo compañero de trabajo que ha perdido la vista y ahora hace más cosas que antes, cuando trabajaba.
Empezaba a sentirme molesto porque percibía que la conversación se encaminaba hacia derroteros ya transitados en otras ocasiones, con otros animadores espontáneos, cuando noté la presión de los dedos de mi mujer en el brazo que, más prudente que yo, me recomendaba callar y acatar las lecciones del nuevo ministro romero que nunca estuvo en Roma ni pisó en un ministerio. Yo me dispuse a seguir las sugerencias de mi mujer, pero él volvió obstinado a la carga.
-Este compañero mío, antes no hacía nada –profundizaba el sabihondo en el caso prodigioso en que sustentaba su teoría a prueba de balas de cañón-, y ahora no para: casi todas las mañanas va con su mujer a pilates y luego nadan un rato en la piscina municipal, toman el autobús, se pasan por nuestro trabajo y desayunan con nosotros, sale con su hija a pasear por el parque, los domingos van al campo con los amigos, van al teatro de vez en cuando… ¡No para!
-¿Y todo eso -pregunté- no lo haría mejor y lo disfrutaría más si viese un poco al menos?
-Pues no creas… ¡Eso tampoco tiene mayor importancia! ¡Él lo hace!
Aunque intentaba disimular el desagrado que empezaba a atosigarme a estas alturas de la clase magistral que todo un profano en la materia estaba largándole a un iniciado como yo, comenzaba a sentirme negro por dentro… y más cuando barrunté la posibilidad de un siniestro sentido irónico en sus aparentes buenas palabras.
-¿Y no te das cuenta de que va a todo con alguien?
-¿Y qué? ¡Pero él lo hace todo!
-Y si alguien le cambia el orden de los recipientes, puede echarle sal a la leche y azúcar a la ensalada.
-Bueno, ¡pero eso tampoco pasa todos los días!
-Y si alguien no le revisa la fruta, puede notar que está plagada de pequeñas larvas cuando la mitad de la inesperada tripulación ya sondea la salida del estómago.
-Ya, ¡pero de eso tampoco se muere nadie!
-Pero ¿a ti te gustaría comerte la fruta podrida?
-No, hombre.
-Y si alguien no le comprueba la fecha de caducidad de los huevos, pueden cantarle los sin ventura y quevedescos polluelos desde la tortilla.
-Bueno –dijo con un tono que transmitía total indiferencia hacia mi objeción-, ¡pero eso tampoco…!
-Y si alguien no le escoge la papeleta para introducirla en el sobre de votación en las elecciones, puede votarle a un partido cuyo programa no le interesa, o echarle una estampita de Santa Lucía, de las que alguna vez le hayan dado en la ONCE por Navidad.
-Bueno, ¡pero eso tampoco…!
-Y si alguien no le lee una carta certificada remitida por Hacienda, el juzgado o el ayuntamiento, puede encontrarse con una deuda cuantiosa, un desahucio, una multa… nada bueno.
-Ya, ¡pero eso tampoco…!
-Y si alguien no le controla con alguna frecuencia la orina y las heces, puede tirarse seis meses sangrando y venir a enterarse cuando ya no tiene remedio el pólipo o la úlcera.
-Bueno, ¡pero eso tampoco…!
-Y si alguien no le advierte de que el color del gas en el calentador o la cocina no es azul sino amarillo o naranja, puede reventar el edificio como un ciquitraque y morir algún vecino.
-Bueno, pero eso tampoco…
-Pero, ¿tú has oído realmente todo lo que he dicho?
-¡Sí-i!, ¡claro!
-Entonces, si tan maravilloso es no ver, ¿por qué la Naturaleza nos ha dotado de ojos? Y, ya puestos, ¿porqué, como el que no quiere la cosa, no te sacas los ojos un día de estos y te quedas ciego?
-¡¡Quita, hombre!! ¡Ni que estuviera loco! ¡¡Qué cosas tienes!! ¡Qué cachondo eres! –exclamó sobresaltado, riéndose y dándome un golpecito con el puño en el hombro, no sé si celebrando lo que él consideraba ocurrencia mía o, quizá, como forma de disimular el ridículo que había hecho en la última media hora.
-No, perdona, ¡cachondo tú! –y yo no me reí al apuntillarlo.

El árbol de la vida [de Inma Ferre]

El árbol de la vida

Inma Ferre

Reinaba en la estancia un profundo silencio. Marta, sentada en una hamaca, se balanceaba sigilosamente. En sus serenos rasgos se reflejaba la paz. Volvía, tras muchos años de ausencia, al lugar donde vio la luz por vez primera.

Entreabrió los ojos y, a través del visillo, miró el árbol que siendo niña plantara con la ayuda de su padre. Era tan alto que apenas dejaba entrar el sol por la ventana.

Siguió balanceándose en la vieja hamaca. Cerró los ojos y se dejó invadir por los recuerdos. Aquellos recuerdos que, de vez en cuando, acudían a su memoria; y se preguntaba qué hubiera sido de su vida de no haberse dejado llevar por la imposición de aquella madre fuerte de carácter y que, sin duda con la mejor intención, manipuló su existencia.

Dejó volar la imaginación y, como en una película, fueron pasando escenas de su corta adolescencia. Le dolía profundamente. Agitó la cabeza, negándose a seguir recordando tiempos pasados.

Se levantó de la hamaca y se dirigió al dormitorio. Se vio reflejada en el espejo del armario. Ya su imagen no era la que le devolvían tiempos pasados. Pegó la cara al cristal del espejo hasta aplastarla, queriendo sacar la niña que aún seguía llevando dentro. Se apartó bruscamente. Buscó el árbol con la mirada para convencerse de que, para alcanzar aquella altura, tenía que haber pasado muchos años.

El chirrear del viejo portón del jardín le hizo estremecerse. Buscó un claro entre las ramas del árbol para ver quién venía a romper el silencio de la casa y de su monótona vida.

Se le iluminaron los cansados ojos y una mueca de felicidad inundó su rostro. Andrea y Mario corrían hacia la casa. Eran sus dos nietos menores. Se disputaban cuál llegaría primero a darle un beso. Traían en las manos unas pequeñas semillas para sembrarlas al cobijo del gran árbol.

Los niños no imaginaban el sentimiento que para ella tenía aquel pequeño gesto. Pensó que, al igual que nadie sabía el significado de aquel viejo árbol que, para los demás, era casi molesto por su gran altura, pero que en verano se agradecía tanto su sombra y servía de refugio para tantos pajarillos que, con sus trinos y revoloteos, daban vida a las mañanas y las tardes de la vieja casa.

Tampoco nadie sabría en el futuro, cuando crecieran dos pequeños arbolitos al abrigo del viejo árbol, que eran cuatro generaciones de amor.

Gafas de oír de lejos [de Ginés Bonillo]

Gafas de oír de lejos

Ginés Bonillo

Portaba gafas y era peculiar, porque no se puede decir otra cosa ni que usara gafas. Y sin duda alguna era peculiar aquella profesora que nos enseñó a traducir La Guerra de las Galias (de Julio César) y el Pro Sexto Roscio Amerino (de Marco Tulio Cicerón), y quizá algo de la Aulularia o comedia de la olla (de Tito Maccio Plauto). Acaso se llamase Clara o Aurora.

Traía las gafas en las manos, revueltas entre el bolso blanco, algunos libros, un paquete de pañuelos de papel (que entonces eran indefectiblemente Kleenex), un par de tizas (de aquellas cuadradas, que soltaban tanto polvo que, al salir de clase, uno parecía más un yesaire que un profesor y, al cabo del día, siempre se acumulaban tres dedos de yeso al pie de la pizarra), entre otros utensilios dispares… unos guantes, un paquete de cigarrillos (que luego no devoraba, a diferencia de otros que consideraban el aula prolongación de un salón de opio), un mechero, una lupa pequeñita, un silbato negro de árbitro de fútbol, una moneda de chocolate fracturada en cuatro o cinco pedazos, dos o tres caramelos Pictolín de menta… Nada más sentarse en el sillón, dejaba sobre la mesa sin orden ni concierto las gafas y cuantos trastos acarreaba ese día. Apenas utilizaba las gafas después. Mas, cuando alguien le planteaba alguna duda en relación con la traducción del día, se aproximaba el micrófono y nos brindaba la ocasión de corear en voz baja –casi una salmodia- y al unísono, como siguiendo un ritual, su respuesta invariable:

-Un momento… Espera que me ponga la gafa, que sin la gafa no oigo de lejos –mientras todos asentíamos imperceptiblemente con un leve movimiento de cabeza confirmando la validez universal de nuestra hipótesis.

Claro que sus dificultades de “audición de lejos” no eran lo único que resolvía con las gafas. Treinta años después aún recuerdo el día que, intentando justificar su ausencia a clase en fechas próximas y tras unos segundos titubeando, al fin alcanzó a decir:

-… la cuestión es… ¡la gafa! –y se quedó tan pancha.

Treinta años después, y a pesar de las diversas veladas dedicadas a tan arduo cometido, ninguno de los asistentes a aquella clase memorable ha logrado descifrar tan escueto como trascendental mensaje. Suponemos que la profesora seguía el principio retórico de la abreviatio, reformulado en la máxima gracianesca.

Seis pares de botas [de Ángel Dámaso Soto]

Seis pares de botas
Ángel Dámaso soto

Han pasado muchos años… Quizás por esa razón todo ha cambiado tanto. Era terminando las fechas navideñas, aquéllas que hoy muchos añoramos, cuando las zambombas y panderetas acompañaban el jolgorio de nuestras voces: todos juntos cantábamos sin parar aquellos villancicos que se nos han quedado clavados en la mente a más de uno.

¡Eso sí que eran Navidades! No como las de hoy, que a bote pronto podría decir que son una mala imitación.

Era cinco de enero y la carta a los Reyes Magos no se la había enviado. Ni mucho menos fue por olvido, sino porque en mi barrio por no haber, no había ni buzón y de cartero ni me acuerdo. Me solía divertir jugando al escondite, a las chapas, bailando el trompo… ay!, olvidaba lo principal: con el tirachinas me lo pasaba genial.

eran tiempos diferentes, ni peores ni mejores que los de hoy, pero al menos vivíamos la realidad. Sinceramente creo que las nuevas tecnologías nos están confundiendo y, por olvidar, hasta los niños se han olvidado de jugar.

Aquel día en especial, mis hermanos y yo estábamos muy cansados porque todo el santo día estuvimos de un lado para otro sin parar, eso sí…siempre sonrientes porque disfrutábamos de lo esencial, el amor a la vida y a la amistad.

No se habían ido todavía los últimos rayos de sol cuando nos
fuimos a regañadientes a descansar y a dormir. Al día siguiente nos despertamos a las siete de la mañana, recuerdo muy bien que todavía era de noche, pero a nosotros nos daba igual, era día de Reyes y, cómo todos los niños, también teníamos sueños e ilusiones, aunque lo cierto es, que poco podíamos esperar.

La sorpresa que nos esperaba a mí y a mis hermanos fue de lo más original: nos encontramos con un montón de botas de agua de todos los tamaños y colores. Todavía no nos habíamos aseado, pero eso sí: todos estábamos con las botas puestas.

La gran alegría que me llevé nunca la podré olvidar. Al salir a la calle, empezó a llover, nos temían hasta los charcos. Son recuerdos que no se olvidan, todo lo contrario: los llevas con alegría. En mi mente todavía tengo clavada la cara de satisfacción que mi padre tenía al ver cómo disfrutábamos ese día de ilusiones…

¡Pobre hombre! Su cara lo decía todo.