A destiempo (de Inma Ferre)

A destiempo

Inma Ferre

Me contaba que vivió siempre a destiempo, esperando el día en que se equiparara su circunstancia con su edad. Era muy niña cuando la hicieron mujer. Le macularon sus ilusiones, el derecho a tropezar y caer; pero también aprendió a volar sin que nadie le cortara las alas.
Quizá por ese motivo, en los sueños se le repetía con frecuencia la misma pesadilla: volaba y volaba y, cuando todo era maravilloso delante de su vista, caía al precipicio igual que una cometa cuando le falta el viento.
La conocí en el ocaso de su vida y me llamaron poderosamente la atención sus ojos y su voz, que no habían envejecido.
A menudo manteníamos largas y amenas conversaciones, en las cuales me contaba las vicisitudes por las que había pasado a lo largo de su vida y que, a pesar de todo, había sido feliz, pues… «La felicidad –me decía- no la proporciona lo exterior. Si tú la llevas dentro, siempre la encontrarás. Hay que reír hasta cuando se llora». Era una gran enseñadora de la vida.
Nunca podré darle todas las gracias que merece. Me dejó una gran biblioteca en el corazón. Espero encontrármela de nuevo algún día en algún sitio y que siga transmitiéndome las lecciones de su magnífica enciclopedia.

ZAPATASTROS (de Ginés Bonillo)

Zapatastros

Ginés Bonillo

No es porque fuese lunes, que lo era; ni menos -creo- porque los lunes sean gafes, como sostenía don Gabriel, que quizá lo sean. Si hiciese una lista de lunes fatídicos… ¡Claro que si todos hiciésemos otra de martes! ¡Y de miércoles, jueves, viernes…! ¡Y de eneros, febreros…! ¡Y de años pares, años impares, bisiestos…!
Todo empezó en el desayuno, muy temprano para empezar, pienso ahora. Sin percatarme, porque si me hubiese percatado sería otra cosa… Pero no fue así. Fue sin percatarme como le eché mi azúcar al café del director, que esperaba diluir la artimaña de la pastillita de sacarina antes de recorrer el aparato digestivo de tan emérito anfitrión.
A pesar de sus dulces quejas, por un día le alegré el café al director gracias al renglón torcido del azucarillo; en cambio, a mí empezó a encorvárseme con el sabor plasticoso de la sacarina. Porque quise ser consecuente y me empeñé en tomar su sacarina en mi leche con cacao, por aquello de estar a las duras y a las maduras.
Ya en clase terminó de coronarse la mañana. Tenía examen con un grupo de segundo curso. Cuando llegué, los alumnos ya habían separado sus mesas cuanto habían podido, explotando al máximo el espacio del aula (como les tenía dicho). Por mi parte, conocedor del género, eché un vistazo y enderecé algunas filas sospechosamente torcidas, pues algunos alumnos siempre perdían en estas ocasiones el sentido de la línea recta y la equidistancia en favor de una mayor vecindad con aquellos otros con buenas notas.
Repartí el folio de examen y empecé a dar vueltas por la clase, aburrido, a la espera de que los mismos de siempre solicitasen mi colaboración para rellenar su examen a medias, quiero decir entre los dos.
-La nota, luego, la repartimos entre los dos –decía yo para frenar un poco el asedio de los mismos de siempre.
Cada alumno repetía sus gestos de costumbre ante los exámenes. Unos frotaban el bolígrafo entre las manos al comprobar que se sabían las preguntas y exclamaban: “¿Gracias, profe! Me las sé todas. Sabía que iba a poner la formación de palabras y la novela realista”. “Estaba segura de que el texto iba a ser de Larra”, afirmaba por lo bajo alguna alumna con entusiasmo. Otros miraban con resentimiento el folio una y otra vez y, después, a mí, y se lamentaban: “¡Ha puesto justo las que me he dejado!”
-¡Mala suerte! Siempre os pasa igual. El próximo día os pregunto qué os vais a dejar, para no ponerlo –respondía yo con sorna mal disimulada.
A la vista de semejantes expresiones, ora de alegría, ora de enfado, y antes de que las cosas pasasen a mayores, con el consiguiente aumento del barullo, yo siseaba y gesticulaba con la mano en el aire en señal de que se dedicasen a escribir en vez de hablar.
Con el tiempo, mediado el examen, surgía de vez en cuando cierto murmullo entrecortado de vocecillas agónicas que siempre me recordaba el trapicheo sordo que se traen los escarabajos, grillos zapateros, marranicas y otros animalejos de calaña similar en el césped del jardín en las noches tranquilas de verano.
Yo, para sorprender, cambiaba de táctica y cada vez actuaba de manera diferente. Aquel día se me ocurrió dar un taconazo contundente en el suelo, uno solo. Tuvo su efecto y cesó el susurro de inmediato. Estaba claro que alguien había captado el mensaje.
Al poco surcó la tranquilidad del aula un nuevo gorjeo impreciso. Yo respondí con un nuevo taconazo, esta vez con el otro pie, por aquello de repartir con equidad el trabajo de todos los miembros. Y creí notar un sonido diferente al producido con el primer taconazo. Pensé que no podía ser cuestión del suelo golpeado, sino impresión mía.
Cesó el leve gorjeo adolescente: de nuevo se había completado el acto de comunicación no verbal. Me satisfizo el resultado, pero la diferencia del sonido de ambos zapateos no se me iba de la mente, así que volví a dar un taconazo con el zapato derecho y, a continuación, otro con el izquierdo.
Varias alumnas levantaron la vista al instante, miraron en rededor y exclamaron también bajito:
-¡Profe, si ahora no está hablando nadie!
No agradecí su gesto de buena voluntad, porque yo seguía en lo mío. Y es que, en efecto, no cabía duda: existía una diferencia de sonido evidente.
-¿Habéis notado la diferencia? Pregunté en voz alta, sin percatarme de la causa.
Algunos alumnos, los que ocupaban las mesas más próximas, me miraron con indiferencia. Solo uno, pelirrojo y muy vivaracho, dijo, sin mostrar mucho interés:
-Profe, es que los zapatos que lleva son diferentes.
-¡Ajá! Por fin alguien se da cuenta –dije disimulando mi propia sorpresa.
Al entregar su examen la última alumna, me dio la clave lingüística de la situación:
-Profe, digo yo que hoy más que zapatos lleva usted “zapatastros”, si existe la palabra. Pero, ¿podría existir, no? Y podría ocupar una casilla vacía en la lengua.
-Por supuesto, la palabra tiene sentido… y responde al sistema de la lengua. Para que triunfe, solo es necesario actualizarla en el habla, como tú has hecho, y que los demás hablantes la acepten y se divulgue.
Al día siguiente, después de preguntar por las notas del examen, los alumnos se dividieron entre los que pensaban que yo llevaba desparejados los zapatos para comprobar si se daban cuentan y los que defendían que, con las prisas, simplemente me había equivocado al ponérmelos. Los dejé con la duda, ¡cómo confesarles que mezclé un zapato negro con otro marrón al vestirme con la luz apagada para no molestar a mi mujer con migrañas… y –peor aún- que las cataratas medicamentosas que sufría yo desde hacía dos meses bordaron el resto! Pero todo ello le permitió a una de las alumnas más brillantes poner en práctica con gran ingenio la formación de palabras en español.
Claro que mis compañeros de desayuno, incluyendo desde el dulcificado director a los camareros, tampoco notaron el cambiazo. O nadie le dio mayor importancia. ¡Qué poco veíamos ya todos! O, acaso, ¡qué poco nos fijábamos a aquellas alturas en los detalles intranscendentes!

El buen samaritano (de Ginés Bonillo)

El buen samaritano

Ginés Bonillo

“No se confundan. A pesar de todo, se agradece.
(Marvin “Dúñer” Ríos)”

Los saltitos de la cantera del bastón sobre los tetones de las losas (y su ras-ras ras-ras) me indicaron rápidamente que había llegado al semáforo. Pero dudé por un instante y, aunque estaba casi seguro de que me encontraba en la tercera calle desde la Avenida de Amatisteros, me detuve a recapitular por si me había equivocado. Necesitaba reorganizar la información.
Si mis cuentas eran correctas, en la acera de enfrente, al otro lado del semáforo, un poco más adelante, debía haber una cafetería muy conocida en la ciudad: El Unicornio Azul, aquella de la Nochevieja más triste, con los dos solos en medio de la fiesta general, sin cotillón al que ir ni ilusiones que cumplir. Al día siguiente rompimos y el mundo se hizo añicos, aunque no se hundió.
Yo recorría aquel trayecto con cierta frecuencia, por lo que lo tenía bien tomado. Pero ese día… pudo ser que llevara muchas cosas en la cabeza, o que el viento me descentrara por miedo a ser arrastrado, o a que una ráfaga caprichosa me quitara el sombrero para depositarlo amablemente bajo los neumáticos de un automóvil, o que me había dejado llevar por la voz al principio plácida y sinuosa de una muchacha que le comentaba a alguien por el móvil –deduje que sería una conversación por teléfono porque no se oían las intervenciones del interlocutor del otro lado del satélite, a pesar de las intimidades que le voceaban sin rubor alguno-, una muchacha que le comentaba a Ceci (a esta altura de la conversación ya podíamos, yo y todos los que pasaban en ese momento por la calle, aportar su nombre: tal vez Cecilia, porque nunca se sabe ¡con el sunami hipocorístico que corre) que apenas había pegado ojo en toda la noche -“abrazada a él, besándole el pecho”… Y yo pensé que tuvo que ser algo más que abrazado… y besándole algo más que el pecho… ¡con lo largas que son las noches de invierno ventosas!-, o simplemente que me confié… el caso es que me despisté un instante y dudé. Ese fue mi error.
Ante la duda, con la paciencia que uno desarrolla con los años y los desengaños, decidí detenerme y hacer acopio de datos: a lo lejos, en la acera opuesta, entre el ruido de los coches, creía percibir la algarabía de cantos de los pájaros –canarios, periquitos, cacatúas…- de la tienda de animales que había junto a la cafetería.
Todavía estaba parado, reorganizando la información, cuando, sin aviso previo, sin encomendarse a Dios ni al Diablo, alguien me agarró por el brazo y tiró de mí a la voz de zafarrancho “¡Yo le paso!”, cual consigna de guerra.
Entre la sorpresa –mínima, porque no era la primera vez que me pasaba algo parecido- y la urgencia de evitar que se me trastabillaran los pies con la samaritana arremetida, el leísmo (feo, aunque aceptado) no fue lo que más me molestó de semejante ataque de compasión.
Ya del otro lado, cuando consideró conveniente dejarme en posición vertical, el abnegado señor le puso la cinta con lazo a su buena acción:
-¡Aquí ya se arregla usted! –pregonó con suma amabilidad, seguramente satisfecho de la obra de caridad del día que acababa de hacer. Digo “pregonó” porque era de esas personas que, de buena fe, creen que los ciegos, además de ciegos, somos no sé si sordos o tontos, porque nos hablan a grito pelado, como solemos hablar a los extranjeros, desestimando la tan manida queja de que lo importante no es la cantidad ni el volumen sino la calidad y, por añadir algo, la velocidad (entendiendo, en este caso, calidad por ’buena vocalización’).
-Perdone, ¿en esta acera, un poco más adelante, se encuentra la cafetería El Unicornio Azul? -le pregunté.
-Sí, sí… Va bien.
-Pues…
-¿Qué le pasa? –inquirió, desconcertado.
-Que yo iba a la farmacia que está enfrente de la cafetería, en la otra acera.
-Y ¿por qué no lo ha dicho antes? –me espetó, ahora con tono un tanto molesto.
-Porque no me ha dado tiempo ni a respirar.
-Pues yo no puedo pararme más. Pídale a otro que le ayude… ¡Digo, encima que lo paso hasta sin pedírmelo…! –añadió conforme se alejaba calle abajo.
Por suerte, de nuevo los tetones de las losas me indicaron el camino de vuelta a la acera de enfrente. Y, por suerte, también en la farmacia tenían dexametasona.

Sin palabras (de Ángel Dámaso Soto)

SIN PALABRAS

Ángel Dámaso Soto

Lo tenía todo preparado y meditado. Sólo cumplía con su trabajo. Se presentó como toda buena comercial.
No quise que perdiera el tiempo y desde el primer momento, tras su presentación, intenté por todos los medios decirle que no estaba interesado.
Pero ella no dejaba hueco para mi intervención, así que la dejé hablar y hablar durante un buen rato. Pensé colgar el auricular. Hubiera querido interrumpirla pero, por educación, la dejé… de todos modos, estoy seguro de que no lo hubiera podido conseguir porque parecía extasiada con sus propias palabras. De no ser por la distancia física que nos separaba, le hubiera ofrecido hasta un vaso de agua.
Me habló de las ventajas que podía tener: disponía de tres modelos en stock (uno blanco, otro azul y un tercero de color negro), llevaban de fábrica todos los extras (incluido las llantas de aleación), el de color negro llevaba los asientos de piel, los otros dos de terciopelo…
Quise intervenir pero ella pasó a explicarme la financiación. Por un momento pensé que me hablaba una grabación.
Por fin se detuvo y sin mediar palabra me dijo que el próximo sábado a las diez de la mañana podría conducir el coche de mis sueños. Su intuición le decía que seguro que accedería a comprar el Audi negro, pues tenía referencias de que ese era mi color favorito.
Me quedé durante unos segundos sin palabras, no me salían, las tenía atrapadas, hacía más de una hora que hubieran querido salir en orden y ahora se peleaban entre ellas…
Respiré profundamente y le comenté a mi supuesta vendedora que no estaba interesado, que hacía ya dos años que no conducía. Ella, como un torbellino, me oía pero no me escuchaba, no le daba sentido a mis palabras, seguía erre que erre. Me estaba sacando de quicio y ésta vez si la callé, se lo pedí por favor, le dije que no tenía coche y menos facultades para poder conducir.
Volvió a ignorarme, no me oía. No tuve más remedio que colgar el auricular.
No habían pasado quince segundos cuando el teléfono volvió a sonar, era ella. No me lo podía creer: me recriminó que le hubiera cortado la llamada.
Esta vez no la dejé hablar: con tono suave pero con mucha claridad le dije que era invidente.
Esta vez debió de entenderme porque la llamada se cortó y no volvió a sonar el teléfono. Por fin me oyó.

‘Las primeras veces’ o ‘El chocolate del loro’, también llamado… [de Ginés Bonillo]

’Las primeras veces’ o ‘El chocolate del loro’, también llamado ’Un mundo feliz’, y trata del que nunca estuvo en Roma y volvió Papa

A los buenos samaritanos con que tropezamos a diario, con gratitud;
porque de bien ciegos es ser agradecidos.

Ginés Bonillo

Las primeras veces de la ceguera no resulta fácil para nadie. Todos, absolutamente todos, necesitan una terapia de rehabilitación. Con el agravante de que el técnico es también novato en estas operaciones, coincidiendo sujeto y objeto. Por tanto, hay que ayudarles a comprender la nueva situación, que lleva su tiempo asumirla. Al principio muchos de ellos, en el colmo de su buensamaritanismo, confunden los límites entre dar ánimos y hacer lo blanco negro; con lo cual , además de verse ciego, uno acaba teniendo la sensación de que muchos piensan que, con la vista, se pierden también otros sentidos, entre ellos el de la inteligencia. Y la fluoxetina no lo hace todo.
El otro día me encontré con un conocido en la calle y, supongo que para romper el hielo, nada más saludarnos y probablemente sin saber qué otra cosa decir, comentó:
-¡Hombre, mira qué bastones más apañados os dan en la ONCE!
-¡“Que nos dan”, dices! Sí, ¡a cambio de cuarenta euros! –le aclaré.
-¡No me digas –exclamó sorprendido- que os lo cobran!
-¡Digo! -respondí-. ¿O es que tú eres de los que creen que el mundo es una ONG continua?
-Hombre, yo creía que os lo darían.
-¿Tú ves a diario –le pregunté con retórica- a mucha gente dando algo por ahí así como así? Por cada ONG debe de haber veinte mil empresas, incluida alguna disfrazada de ONG.
-Pues sí. Estarás –insistía él en sacar tema de conversación- aprendiendo braille, ¿no?
-Pues no –dije lacónico, cansado de la falta de originalidad de la gente, de que todo el mundo me preguntara la misma sarta de tópicos, demostrando un desconocimiento absoluto del mundo de la ceguera.
-Hombre, el braille será muy importante ahora para ti.
-No necesariamente -dije-. Para algunas cuestiones es poco menos que imprescindible; para otras, menos. Para algunas personas llega a ser muy importante; para otras, nada. Y, aunque es verdad (tirando de tópico) que si no existiera, habría que inventarlo… hoy, por suerte, existen otros medios de comunicación que no dependen de la vista.
-Ah, sí, ¿cuáles? –preguntó con tono de sorpresa.
-Hay grabadoras, audiolibros, programas de voz para procesadores de texto…
-Entonces, ¿el braille ya no se utiliza? –preguntó.
-¡Cómo no! Tampoco es eso. Claro que sigue y seguirá utilizándose. Sólo que ¿tú sabes qué función cumple en los ejércitos modernos el vistoso cuerpo de caballería?
No obstante, él iba a lo suyo, y sin guardar los tiempos ni sopesar la conveniencia del momento, dejándose llevar por su fórmula de cortesía «¿Cómo estás?» y a mi respuesta universal de los últimos tiempos «No estoy muy mal», que formulo como poco explícita y menos comprometedora, debió de considerarse el hombre en la obligación de quitarle hierro a mi situación.
-¡Qué vas a estar mal! ¡Si estás mejor que quieres, mejor que nunca! –me soltó exultante, sin medir los términos de su arenga.
-¡Hombre, tampoco es eso! –le dije, con cierto desenfado, disimulando mi contrariedad ante la actitud samaritana que empezaba a adivinar en mi interlocutor.
-Pero, oye, ¿no te has jubilado? –argumentó como prueba concluyente y, sin anestesia (como acostumbran los muy sabihondos), añadió:
-¡Qué bien! ¡Cómo me alegro!
-Bueno, ¡tampoco es la situación ideal! Te aseguro que mi sueño de adolescente no era quedarme ciego algún día; ni cuando me preguntaban de niño qué quería ser de mayor decía que ciego.
-Hombre, ya… pero eso ¿qqué importancia tiene?
-¡Ninguna! Pero que si me han jubilado es por algo… No por guapo.
-Ya, pero que sí, hombre, que jubilado se está mejor. ¿Tú qué más puedes querer?
-Hombre, ¿mejor mejor…? Pero me contentaría simplemente con ver, ¡fíjate qué tontería!
-Que sí, que sí… Que te lo digo yo. Ahora puedes hacer todo lo que quieras.
-¡Menos ver! Si estuviese bien… si viese… pues sí, pero así…
-Que sí, hombre. Que puedes hacer lo que quieras, y con todo el tiempo del mundo. ¡Todo es cuestión de voluntad! –seguía argumentando él, metido de lleno en su papel de buen samaritano, yéndose arriba.
-Bueno… cuestión de voluntad y, sobre todo, de ver un poco, ¿no te parece?
-¡Hay que ver -dijo- la perrera que te ha entrado con lo de ver!
-¡Vaya! ¡Fíjate qué capricho pasajero me ha entrado hoy! ¡Yo creía que la visión es el principal nexo de unión con la realidad!
-¡Qué va! ¡Todo radica en la mente! Tengo un antiguo compañero de trabajo que ha perdido la vista y ahora hace más cosas que antes, cuando trabajaba.
Empezaba a sentirme molesto porque percibía que la conversación se encaminaba hacia derroteros ya transitados en otras ocasiones, con otros animadores espontáneos, cuando noté la presión de los dedos de mi mujer en el brazo que, más prudente que yo, me recomendaba callar y acatar las lecciones del nuevo ministro romero que nunca estuvo en Roma ni pisó en un ministerio. Yo me dispuse a seguir las sugerencias de mi mujer, pero él volvió obstinado a la carga.
-Este compañero mío, antes no hacía nada –profundizaba el sabihondo en el caso prodigioso en que sustentaba su teoría a prueba de balas de cañón-, y ahora no para: casi todas las mañanas va con su mujer a pilates y luego nadan un rato en la piscina municipal, toman el autobús, se pasan por nuestro trabajo y desayunan con nosotros, sale con su hija a pasear por el parque, los domingos van al campo con los amigos, van al teatro de vez en cuando… ¡No para!
-¿Y todo eso -pregunté- no lo haría mejor y lo disfrutaría más si viese un poco al menos?
-Pues no creas… ¡Eso tampoco tiene mayor importancia! ¡Él lo hace!
Aunque intentaba disimular el desagrado que empezaba a atosigarme a estas alturas de la clase magistral que todo un profano en la materia estaba largándole a un iniciado como yo, comenzaba a sentirme negro por dentro… y más cuando barrunté la posibilidad de un siniestro sentido irónico en sus aparentes buenas palabras.
-¿Y no te das cuenta de que va a todo con alguien?
-¿Y qué? ¡Pero él lo hace todo!
-Y si alguien le cambia el orden de los recipientes, puede echarle sal a la leche y azúcar a la ensalada.
-Bueno, ¡pero eso tampoco pasa todos los días!
-Y si alguien no le revisa la fruta, puede notar que está plagada de pequeñas larvas cuando la mitad de la inesperada tripulación ya sondea la salida del estómago.
-Ya, ¡pero de eso tampoco se muere nadie!
-Pero ¿a ti te gustaría comerte la fruta podrida?
-No, hombre.
-Y si alguien no le comprueba la fecha de caducidad de los huevos, pueden cantarle los sin ventura y quevedescos polluelos desde la tortilla.
-Bueno –dijo con un tono que transmitía total indiferencia hacia mi objeción-, ¡pero eso tampoco…!
-Y si alguien no le escoge la papeleta para introducirla en el sobre de votación en las elecciones, puede votarle a un partido cuyo programa no le interesa, o echarle una estampita de Santa Lucía, de las que alguna vez le hayan dado en la ONCE por Navidad.
-Bueno, ¡pero eso tampoco…!
-Y si alguien no le lee una carta certificada remitida por Hacienda, el juzgado o el ayuntamiento, puede encontrarse con una deuda cuantiosa, un desahucio, una multa… nada bueno.
-Ya, ¡pero eso tampoco…!
-Y si alguien no le controla con alguna frecuencia la orina y las heces, puede tirarse seis meses sangrando y venir a enterarse cuando ya no tiene remedio el pólipo o la úlcera.
-Bueno, ¡pero eso tampoco…!
-Y si alguien no le advierte de que el color del gas en el calentador o la cocina no es azul sino amarillo o naranja, puede reventar el edificio como un ciquitraque y morir algún vecino.
-Bueno, pero eso tampoco…
-Pero, ¿tú has oído realmente todo lo que he dicho?
-¡Sí-i!, ¡claro!
-Entonces, si tan maravilloso es no ver, ¿por qué la Naturaleza nos ha dotado de ojos? Y, ya puestos, ¿porqué, como el que no quiere la cosa, no te sacas los ojos un día de estos y te quedas ciego?
-¡¡Quita, hombre!! ¡Ni que estuviera loco! ¡¡Qué cosas tienes!! ¡Qué cachondo eres! –exclamó sobresaltado, riéndose y dándome un golpecito con el puño en el hombro, no sé si celebrando lo que él consideraba ocurrencia mía o, quizá, como forma de disimular el ridículo que había hecho en la última media hora.
-No, perdona, ¡cachondo tú! –y yo no me reí al apuntillarlo.

El árbol de la vida [de Inma Ferre]

El árbol de la vida

Inma Ferre

Reinaba en la estancia un profundo silencio. Marta, sentada en una hamaca, se balanceaba sigilosamente. En sus serenos rasgos se reflejaba la paz. Volvía, tras muchos años de ausencia, al lugar donde vio la luz por vez primera.

Entreabrió los ojos y, a través del visillo, miró el árbol que siendo niña plantara con la ayuda de su padre. Era tan alto que apenas dejaba entrar el sol por la ventana.

Siguió balanceándose en la vieja hamaca. Cerró los ojos y se dejó invadir por los recuerdos. Aquellos recuerdos que, de vez en cuando, acudían a su memoria; y se preguntaba qué hubiera sido de su vida de no haberse dejado llevar por la imposición de aquella madre fuerte de carácter y que, sin duda con la mejor intención, manipuló su existencia.

Dejó volar la imaginación y, como en una película, fueron pasando escenas de su corta adolescencia. Le dolía profundamente. Agitó la cabeza, negándose a seguir recordando tiempos pasados.

Se levantó de la hamaca y se dirigió al dormitorio. Se vio reflejada en el espejo del armario. Ya su imagen no era la que le devolvían tiempos pasados. Pegó la cara al cristal del espejo hasta aplastarla, queriendo sacar la niña que aún seguía llevando dentro. Se apartó bruscamente. Buscó el árbol con la mirada para convencerse de que, para alcanzar aquella altura, tenía que haber pasado muchos años.

El chirrear del viejo portón del jardín le hizo estremecerse. Buscó un claro entre las ramas del árbol para ver quién venía a romper el silencio de la casa y de su monótona vida.

Se le iluminaron los cansados ojos y una mueca de felicidad inundó su rostro. Andrea y Mario corrían hacia la casa. Eran sus dos nietos menores. Se disputaban cuál llegaría primero a darle un beso. Traían en las manos unas pequeñas semillas para sembrarlas al cobijo del gran árbol.

Los niños no imaginaban el sentimiento que para ella tenía aquel pequeño gesto. Pensó que, al igual que nadie sabía el significado de aquel viejo árbol que, para los demás, era casi molesto por su gran altura, pero que en verano se agradecía tanto su sombra y servía de refugio para tantos pajarillos que, con sus trinos y revoloteos, daban vida a las mañanas y las tardes de la vieja casa.

Tampoco nadie sabría en el futuro, cuando crecieran dos pequeños arbolitos al abrigo del viejo árbol, que eran cuatro generaciones de amor.

Gafas de oír de lejos [de Ginés Bonillo]

Gafas de oír de lejos

Ginés Bonillo

Portaba gafas y era peculiar, porque no se puede decir otra cosa ni que usara gafas. Y sin duda alguna era peculiar aquella profesora que nos enseñó a traducir La Guerra de las Galias (de Julio César) y el Pro Sexto Roscio Amerino (de Marco Tulio Cicerón), y quizá algo de la Aulularia o comedia de la olla (de Tito Maccio Plauto). Acaso se llamase Clara o Aurora.

Traía las gafas en las manos, revueltas entre el bolso blanco, algunos libros, un paquete de pañuelos de papel (que entonces eran indefectiblemente Kleenex), un par de tizas (de aquellas cuadradas, que soltaban tanto polvo que, al salir de clase, uno parecía más un yesaire que un profesor y, al cabo del día, siempre se acumulaban tres dedos de yeso al pie de la pizarra), entre otros utensilios dispares… unos guantes, un paquete de cigarrillos (que luego no devoraba, a diferencia de otros que consideraban el aula prolongación de un salón de opio), un mechero, una lupa pequeñita, un silbato negro de árbitro de fútbol, una moneda de chocolate fracturada en cuatro o cinco pedazos, dos o tres caramelos Pictolín de menta… Nada más sentarse en el sillón, dejaba sobre la mesa sin orden ni concierto las gafas y cuantos trastos acarreaba ese día. Apenas utilizaba las gafas después. Mas, cuando alguien le planteaba alguna duda en relación con la traducción del día, se aproximaba el micrófono y nos brindaba la ocasión de corear en voz baja –casi una salmodia- y al unísono, como siguiendo un ritual, su respuesta invariable:

-Un momento… Espera que me ponga la gafa, que sin la gafa no oigo de lejos –mientras todos asentíamos imperceptiblemente con un leve movimiento de cabeza confirmando la validez universal de nuestra hipótesis.

Claro que sus dificultades de “audición de lejos” no eran lo único que resolvía con las gafas. Treinta años después aún recuerdo el día que, intentando justificar su ausencia a clase en fechas próximas y tras unos segundos titubeando, al fin alcanzó a decir:

-… la cuestión es… ¡la gafa! –y se quedó tan pancha.

Treinta años después, y a pesar de las diversas veladas dedicadas a tan arduo cometido, ninguno de los asistentes a aquella clase memorable ha logrado descifrar tan escueto como trascendental mensaje. Suponemos que la profesora seguía el principio retórico de la abreviatio, reformulado en la máxima gracianesca.

Seis pares de botas [de Ángel Dámaso Soto]

Seis pares de botas
Ángel Dámaso soto

Han pasado muchos años… Quizás por esa razón todo ha cambiado tanto. Era terminando las fechas navideñas, aquéllas que hoy muchos añoramos, cuando las zambombas y panderetas acompañaban el jolgorio de nuestras voces: todos juntos cantábamos sin parar aquellos villancicos que se nos han quedado clavados en la mente a más de uno.

¡Eso sí que eran Navidades! No como las de hoy, que a bote pronto podría decir que son una mala imitación.

Era cinco de enero y la carta a los Reyes Magos no se la había enviado. Ni mucho menos fue por olvido, sino porque en mi barrio por no haber, no había ni buzón y de cartero ni me acuerdo. Me solía divertir jugando al escondite, a las chapas, bailando el trompo… ay!, olvidaba lo principal: con el tirachinas me lo pasaba genial.

eran tiempos diferentes, ni peores ni mejores que los de hoy, pero al menos vivíamos la realidad. Sinceramente creo que las nuevas tecnologías nos están confundiendo y, por olvidar, hasta los niños se han olvidado de jugar.

Aquel día en especial, mis hermanos y yo estábamos muy cansados porque todo el santo día estuvimos de un lado para otro sin parar, eso sí…siempre sonrientes porque disfrutábamos de lo esencial, el amor a la vida y a la amistad.

No se habían ido todavía los últimos rayos de sol cuando nos
fuimos a regañadientes a descansar y a dormir. Al día siguiente nos despertamos a las siete de la mañana, recuerdo muy bien que todavía era de noche, pero a nosotros nos daba igual, era día de Reyes y, cómo todos los niños, también teníamos sueños e ilusiones, aunque lo cierto es, que poco podíamos esperar.

La sorpresa que nos esperaba a mí y a mis hermanos fue de lo más original: nos encontramos con un montón de botas de agua de todos los tamaños y colores. Todavía no nos habíamos aseado, pero eso sí: todos estábamos con las botas puestas.

La gran alegría que me llevé nunca la podré olvidar. Al salir a la calle, empezó a llover, nos temían hasta los charcos. Son recuerdos que no se olvidan, todo lo contrario: los llevas con alegría. En mi mente todavía tengo clavada la cara de satisfacción que mi padre tenía al ver cómo disfrutábamos ese día de ilusiones…

¡Pobre hombre! Su cara lo decía todo.

Laberinto [de Inma Ferre]

• Laberinto
Inma Ferre

Sonó el despertador, me incorporé y lo apagué. Aunque no tengo necesidad de levantarme a una hora determinada, lo sigo haciendo quizá para no sentirme innecesaria. Me levanté, miré por la ventana: la mañana se presentaba gris pero apacible, al contrario de los días anteriores, que fueron huracanados. Me dirigí a la cocina, me preparé un café y una tostada y desayuné tranquilamente.
Me dispuse a dar mi paseo habitual, pues a causa del mal tiempo llevaba varios días sin hacerlo. Cogí un paraguas, salí a la calle y empecé a caminar sin rumbo.
Recordé mi antiguo barrio: hacía treinta y cinco años que me había cambiado al centro, aunque seguía conservando la antigua casa, en la que habían nacido mis hijos. Recorrí una por una las calles solitarias pero muy limpias. Ya no existía la panadería, ni la carbonería, la fragua… Me venían a la memoria muchas de las personas que habían vivido en aquellas casas y que ya habían fallecido, pues cuando yo era joven ellas tenían la edad que ahora tengo yo.
Poco a poco se fue apoderando de mí una sensación de tristeza; unas tímidas gotas empezaron a caer ,abrí el paraguas y seguí recorriendo el laberinto de calles. El chisporroteo de la lluvia en la tela era el único ruido que llegaba a mis oídos. Cuando llegué a mi antigua calle, me di la vuelta para no pasar por delante de mi casa, no quería trasladar allí la carga gris que me invadía.
Quise recordar aquellos años de casas de planta baja con las puertas abiertas, que dejaban oír lo que ocurría en su interior.
Por las mañanas una oleada de niños y niñas repeinados y oliendo a Heno de Pravia corrían alborotados al colegio. Mientras las madres, barriendo y rociando las calles de tierra, comentaban con la vecina qué iban a hacer de comer ese día; aunque era innecesario puesto que los olores de las ollas, al igual que las canciones de la radio, salían por las puertas.
A las cuatro de la tarde todos los hogares tenían sintonizada la radio en el mismo programa: Lucecita o Simplemente María, y tantas otras que nos hicieron echar alguna lágrima o enfadarnos con “el chulito” de turno o “la mala malísima”.
A las cinco, las calles se volvían a llenar de niños alegres con su bocadillo de mortadela o Nocilla. Las niñas saltando a la comba o al elástico, y los niños jugando a las canicas o al balón… y todas las tardes la misma historia: los chicos se sentaban en los trancos para verle las bragas a las niñas cuando saltaban. Las pobres se remetían las faldas entre las piernas, restándole agilidad; y se formaba la bronca, momento que aprovechaban las madres para dar por finalizado el juego y comenzar a hacer los deberes.
Con estos pensamientos me fui acercando a la Puerta de Purchena y otros recuerdos se fueron intercalando en mi mente. Me senté en el Kiosco Amalia, el único antiguo que perdura; y, mientras tomaba un café, recordé los viejos establecimientos como La Africana, conocida como La Africanilla, El Río de la Plata, La Tijera de Oro, Calzados El Misterio, almacenes Segura, Los Claveles… que impregnaban con su olor, y no por cierto a flores sino a un marisco a la plancha que se olía desde un kilómetro a la redonda.
Llevé la mirada hasta el rinconcillo donde, cuando yo era niña, había un fotógrafo con un caballo de cartón que a mí me parecía un poco ridículo, acostumbrada como estaba a los de verdad. ¡Cómo había cambiado Almería en sesenta años!
De pronto miré el reloj, era la una del día, tocaba volver a casa, a preparar la comida, no sin antes pasar por Simago (perdón, Carrefour), para hacer la compra. Toca volver al presente.

Luces de colores [de Ángel Dámaso Soto]

Luces de colores

Ángel Dámaso Soto

“Era entretenido y ahora es un puñetero desatino, las mariposas no están aquí, ¡pronto empezamos!”

Estuve buscando las rosas.

“Las había doradas, rojas y azules, éste año quiero las tres, el pasado sólo puse las rojas, aunque lo del color es lo de menos si no fuera porque no quiero contrariar a mi mujer, el año pasado las guardé en un cajón y por arte de magia parece que han volado, es raro porque aquí no suele tocar nadie, aquí no toca ni el gato, porque siempre me toca a mí poner el dichoso árbol”.

-No te oigo, cariño. ¡ah!, me dices que ya las has encontrado, gracias, mi amor. Ya me estaba inventando un cuento de hadas, ya sabes que últimamente pienso lo que no debo. Pero vamos a ver.

“Lo de ver lo digo en el buen sentido de la palabra, porque ver no veo ni un pijo, como a menudo dicen los marcianos, los marcianos no, los murcianos, y a lo mejor también los marcianos, ¿por qué no?… bueno, y ahora qué pasa, con qué puñeta me he pinchado, ha sido con el pico de la paloma, ¡joder! como si estuviera viva la dichosa paloma, suerte he tenido, tanto la he sobado que no sé cómo no me ha dado un picotazo, gracias a Dios todo ha quedado en un arañazo… tengo que seguir buscando, recuerdo perfectamente que había cuatro, ¡vaya tela!”

-Ya falta menos, cariño.

“Las manzanas ya están puestas y las peras van de camino, esto marcha a buen ritmo… cuando esté listo lo pongo en el rincón del salón junto al caballo, dicen mis hijos que así queda más lindo, pero de poner el árbol nada de nada, eso que lo haga papi aunque esté listo, sobre gustos no hay nada escrito, si fuera un reno al menos lo comprendería, pero un caballo, ¡qué pinta aquí un caballo?… son las ocho de la tarde y todavía no he terminado, sólo me faltan las guirnaldas, pero no voy a poner las que tienen 50 luces, ¡no!, esto tiene que tener magia, voy a poner las de 100 luces de colores, así quedará más bonito, mientras unas cuantas se encienden que las otras se apaguen, ¡ya ves…para qué puñeta quiero yo las luces, si no veo ni el árbol!”

-Niña, dame la estrella que ya he acabado… ¡FELIZ NAVIDAD A TODOS!