Ratones colorados (de Ginés Bonillo)

Ratones coloraos

A Miguel Antolín,
por su labor de concienciación.

Nada más ingresar como afiliado, tras la pertinente sesión con la psicóloga, las clases de rehabilitación, el asesoramiento legal con vistas a mi ineludible jubilación… en la entrevista con el asistente social para informarnos acerca de las diversas medidas legales a nuestro alcance tendentes a facilitarnos en lo posible un mejor desenvolvimiento dentro de la nueva vida que teníamos que afrontar, nos aconsejó, entre otras cuestiones, que solicitáramos la tarjeta de minusvalía (o el eufemismo de moda en el presente del lector) para las plazas de aparcamiento reservadas para ello en vías públicas, supermercados, etc.
Nos pareció bien. Yo siempre había mirado con cierta envidia aquellas plazas sensiblemente más anchas que las con frecuencia estrechas destinadas al común de los mortales; próximas a las puertas de entrada a los establecimientos y, sobre todo, vacías, dos o tres plazas amplias vacías. ¡Idiota de mí! ¡Desear la suerte de las feas! No podía yo suponer entonces las ventajas de pertenecer al mayoritario grupo del común de los mortales.
Nos concedieron la tarjeta de inmediato. Nos explicaron las condiciones para su uso: aunque la tarjeta no porta ninguna identificación particular que revele el nombre del titular (por la ley de protección de datos personales) ni la matrícula del automóvil (para permitir que el titular pueda cambiar de vehículo), sólo puede usarse en un coche que en ese momento esté siendo utilizado por el titular de la tarjeta. En caso de pérdida o deterioro, se puede solicitar otra.
Al principio la usábamos poco, pues por la ciudad nos movemos a pie; y en otros lugares no suele haber problemas de aparcamiento.
La teníamos en casa y las pocas veces que podríamos haberla utilizado no la llevábamos encima, por lo que mirábamos de nuevo con envidia, y ahora con rabia justificada, las apetitosas plazas vacías.
Poco después, nos acostumbramos a dejar la tarjeta en nuestro coche; pero, como a veces me llevaba aquí o allá mi hija Clara en su coche, con frecuencia olvidábamos la tarjeta en el otro, con lo que estábamos en las mismas del principio. Alguien, no importa quién, pues el género humano da para todo, propuso la feliz idea de que dijésemos que habíamos extraviado la tarjeta para que nos diesen otra y, así, poder tener una en cada coche. De esta forma, no tendríamos que andar con la tarjeta de aquí para allá, amén de que nunca se nos olvidaría.
No acabó de gustarme la idea, puesto que suponía mentir; pero pensé que el fin razonable justificaba la pequeña mentira.
Tras unos minutos desagradables ante la funcionaria de turno, que nos miraba con mal disimulada suspicacia (y con razón), mintiendo acerca de cómo habríamos perdido la tarjeta (que ni nosotros mismos nos lo explicábamos), pensando que la señora estaría diciéndose: “¡Otros listos! Se creen que me engañan”… nos concedieron la segunda tarjeta. ¡Una vez pasado, valió la pena el rato de vergüenza! Se acabaron las miradas mezcla de envidia y rabia.
A partir de entonces ganamos en comodidad: fuésemos en el coche que fuésemos, siempre teníamos a mano una de las tarjetas; y estábamos despreocupados porque tampoco teníamos que pensar en qué coche estaría y si debíamos cambiarla de vehículo o no era necesario.
Con el paso del tiempo, cada día se fue haciendo más difícil encontrar en la calle o en los aparcamientos una plaza para minusválidos libre. No sé si los que proliferamos al cabo del tiempo fuimos los discapacitados con tarjeta o las tarjetas sin discapacitado. O es que los ayuntamientos van diezmando las plazas objeto de la envidia, que no creo. Pero sé de algún supermercado que ha enviado, aprovechando una mínima reforma, estas plazas al final del aparcamiento y al sol. Pensarán que a los discapacitados nos viene bien hacer ejercicio y tomar el sol. ¡Oh, excelsa y bienintencionada generosidad alemana!
De la progresiva escasez de plazas para discapacitados me percaté una tarde de fina lluvia, pero lluvia al fin y al cabo. ¡Quién iba a decirlo!, cuando todo el mundo ya sabe que en Almería casi nunca llueve. Puede parecerle a alguien extraño pero sí: llovía, y aquella fina lluvia nos recordaba la tarde ya remota, del siglo pasado, en que nos conocimos.
Aquella tarde de fina lluvia, la de la nueva centuria, mi mujer propuso que fuésemos al centro a tomarnos algo en la cafetería en que nos conocimos y hablamos por primera vez, de cosas tan transcendentes que ahora ninguno de los dos recuerda, mientras yo pensaba: “Con esta muchacha yo me liaba la manta a la cabeza en serio” y ella, según dice (no sé si por darme gusto), pensaba algo parecido: “Este muchacho me vendría muy bien a mí”.
-Además –añadió, para animarme-, enfrente de la cafetería han puesto dos plazas de aparcamiento para minusválidos que nos van a venir de perlas.
Media hora después, cuando llegamos frente a la cafetería, mi mujer lanzó varias imprecaciones -cuya literalidad no es conveniente plasmar- antes de soltar a los cuatro vientos, urbi et orbi:
-¡¡Pues no están ocupadas las dos plazas!! ¡Esto sí que es mala suerte!… Después voy a ver si tienen los dos tarjeta o alguno es un listo.
Nos vimos obligados a malaparcar en las proximidades de la calle Cita, a quince minutos a pie de la cafetería; que, para el caso, podríamos haber ido andando desde la casa. Cuando llegamos a la puerta de la cafetería, medio mojados -sobre todo yo que, intentando esquivar una bolsa de plástico, me había metido de lleno en un par de charcos, y que recibía el desagüe de una de las varillas del paraguas en un brazo sin notarlo hasta no tener remedio la cosa… mi mujer exclamó toda colérica:
-¡¡La mato!! ¡Cuando la pille, la mato! ¡Pero si uno de los coches de las plazas de minusválidos es el de tu hija! ¿Y con quién está, porque contigo no?… Boy a comprobar si el otro tiene tarjeta.
En efecto, ambos tenían bien visibles las tarjetas sobre los salpicaderos.
-Y este coche deportivo –me preguntó retóricamente- verde chillón, que pasa tan desapercibido, 1111 PIL (de “pillo”), ¿no es del niño de tu amiga Silvia?
-¿Qué Silvia? –pregunté a mi vez.
-Tu compañera de la ONCE.
-Ah, sí: de Nico. Menudo cachondeo con la matrícula: 11 11. ¿Por qué?
-Porque es el otro coche –dijo ella algo más tranquila- y tiene la tarjeta. Lo mismo está Silvia con su hijo en la cafetería.
Entramos algo recompuestos con la ilusión de tomarnos un café con Silvia.
-¡¡Serán sinvergüenzas!! –dijo mi mujer-. Si están los dos juntos…
Y, efectivamente, allí estaban los dos, Nico y Clarita, derramando cabelleras rubias en la misma mesita, o mejor dicho, en el mismo cantito de mesa, que les sobraban dos tercios largos, manteniéndola en difícil equilibrio, haciéndole casi zozobrar, ajenos a las infusiones que reposaban ya frías en las tazas, ni más acarameladitos ellos.
Allí estaban los dos. Quienes no estábamos éramos ni Silvia ni yo. ¡A saber a cuántas cuadras tendrían que aparcar Silvia y Javier, su marido, si decidieran tomarse un café en La Colonial, donde también se conocieron, intuyo que en un cantito de mesa también, pero cuando bastan sus ojos para sentirse en el cielo los enamorados… y la imagen me hizo sonreír, mientras no pude reprimir un estruendoso estornudo.
-¡Eso es por la niñica! –concluye mi mujer.
-¿El qué?
-El resfriado que vas a pillar. ¿No querías tener una hija?
-Claro que quería tener una hija.
-¡Pues toma hija!

ADENDA:
Un trabajo bien hecho, abordado en su día por alguno de los máximos dirigentes se vio coronado con la obtención para los invidentes -y sus acompañantes… cuando “acompañan”, claro- de la tarjeta de discapacidad para hacer uso legítimo de las plazas de aparcamiento reservadas a tal efecto. ¡Qué importa si lo consiguió después de un fin de semana de caza gloriosa o al alba de una noche inolvidable, iniciada con una cena opípara y remachada con un postre a la altura…!, como insinúan algunos. (Siempre hay gente dada a la hipérbole y la maledicencia: ¿Acaso no son inescrutables los caminos del Señor?).
Las ventajas de esas diligencias bien hechas las recibimos los discapacitados visuales y eso es lo que cuenta; y se consiguió porque por fin alguien con capacidad de decisión comprendió que los ciegos, aunque por principio no conduzcamos, alguien tiene que conducir por nosotros. Y porque alguien con decisión tuvo que ocuparse de hacerle comprender algo tan sencillo al sujeto con capacidad de decisión.
¡Lástima que, como siempre, el mal uso que de forma egoísta llevan a cabo algunos empañe el funcionamiento adecuado del sistema! Pero de eso, la culpa exclusiva la tienen esos usuarios que se otorgan derechos subsidiarios aprovechando que “el Tajo pasa por Toledo”.

Una barra de pan y una botella de vino (de Ginés Bonillo)

Una barra de pan y una botella de vino
(Sólo son dos segundos)

Ginés Bonillo

Hay sugerencias que no se discuten, simplemente se acatan. Por lo demás, la experiencia le dice a uno cuándo una propuesta alcanza el grado de orden (diplomática). El postizo “cariño” que adorna la oferta ratifica la sospecha.
-¿Vamos –sugiere/propone/decreta con dulzura, eso sí, tu mujer- un momento al supermercado, cariño? Es un segundo, solo voy a comprar una barra de pan y una botella de vino; me acompañas y, de paso, te da un poco el aire y tomas el sol.
-¡Vino! ¿Qué celebramos? –pregunto con buen ánimo.
-¡Humor no te falta!… Que no se te olvide echar el sombrero.
-¿Para traernos la compra?
-No, para el sol.
-¡No quieres -replico- que me dé el sol!
-Sí –aclara ella-, pero no en la mollera. ¡Y no empieces ya, que es muy temprano y tengo muchas cosas en la cabeza!
Uno no sabe qué pensar, si es para bien o para mal, pero tenemos el supermercado a tiro de piedra de la casa. A los cinco minutos dejamos atrás el calor centelleante del aparcamiento y nos traspasa la cortina de aire polar que intenta cauterizar el bienestar artificial de los 18º del interior de los 36º del fuego exterior.
-¿No coges –digo yo- un carro? Mira que luego empiezas a echar cosas y la cesta pesa mucho y va hecha un ocho. Además, así puedo ir yo cogido.
-No, si es un momento –afirma ella-; ¿no te digo que voy a comprar nada y menos?
-Eso dices siempre –comento a media voz.
-Toma –me dice poniéndome una cesta entre los dedos- y así llevas algo en las manos.
-Para eso quería el carro -aclaro.
Pero ella no me oye, va a lo suyo, inmersa en su tejemaneje. Y, cogido de su codo, noto que gira a la derecha en vez de seguir recto para entrar al supermercado.
-¿A dónde vamos? –interrogo.
-Necesito -responde- sacar dinero del cajero automático.
-¿Ves? ¡Ya empezamos a dar vueltas! –le reprocho.
-¡Hay que ver cómo sois los hombres! Todo os molesta. Si son dos segundos…
Diez minutos después (que no comprendo cómo puede tardar tanto alguna gente en teclear una contraseña dos veces y dar una orden tan simple como seleccionar y pulsar “Reintegro”) llegó nuestro turno.
-¿Sabes? –dice, y presiento que empieza a articular su plan invasivo-. Debería aprovechar para comprar el fascículo de esta semana de la casita de muñecas en el quiosco de prensa.
6,95 € y otros diez minutos nos costó la broma de la septuagésima octava (78ª) pieza de la colección.
-¿Y cuántas entregas son? –se me ocurre preguntar por curiosidad
-Ciento treinta.
-¡Coño! –proferí en voz alta-. Si vale la dichosa casita tanto como un apartamento de verdad.
-¡Sí, igual! –dice ella, irónica.
-Pues con un poco más, da casi para la entrada –digo, sin dar mi brazo a torcer.
-¡Anda, calla! Es un cortijo andaluz antiguo, precioso: trae hasta las tejillas del tejado y las teselas de la piscina.
-Muy mal -replico-: los cortijos andaluces no tenían piscinas, sino albercas o balsas; y esperemos que no tenga goteras, porque dónde vamos a comprar tejillas si hacen falta luego…
-¡Desde luego –dice ella- que cuando no quieres… no hay forma! Eres único.
-¿Es que no tengo razón?
Por fin traspasamos las barreras automáticas que dan acceso al supermercado. Nada más entrar se pasa por delante de la sección de ropa. Supongo que lo tienen todo planificado: que quieres un disco de música, tienes que pasar por la droguería; que necesitas un cartón de leche, te interponen la sección de jardinería; que buscas la fruta y verdura, te obligan a atravesar el calzado o los productos de limpieza, el rollo del papel higiénico (ya sabemos)…
-Ya que estamos aquí-dice mi mujer, como quien no quiere la cosa-, ¿por qué no te pruebas un polillo para ir luego a la playa?
-Pero –le digo- si nosotros no somos muy playeros…
-Da igual. Luego decimos de ir y no tienes nada decente que ponerte. Además, están de oferta. ¿Lo prefieres azulillo turquesa, verde pistacho, verde prado o rojo teja?
-¿Y no hay amarillo? –sugiero, en un intento de torpedear la compra, evadiéndome del polo.
-No, hay de lo que te he dicho y punto –responde ella.
-El turquesa mismo –respondo con desinterés.
-Los turquesas los veo muy pequeños todos. Me parece que no quedan de tu talla.
-Los números medianos se agotan al momento. No sé cómo no hacen más medianos –comenta a mi izquierda una señora que también rebusca entre los polos y se marcha.
-¡“Números”, “números”! –suelta mi mujer-. ¡“Números” son los del calzado! ¡La ropa va por “tallas”, no por “números”! Esta es de los que dicen “pintalabios” en vez de “barra de labios”, como los niños. ¡Qué falta de educación! Si la gente supiera que esas cosas suenan como un petardo en el oído.
-Pues el pistacho mismo –digo, intentando interrumpir la retahíla de improperios que lanza mi mujer cada vez que oye algo mal dicho, cosa demasiado habitual.
-Los pistachos que quedan son muy grandes para ti.
-Bueno –respondo-, no pasa nada; el rojo mismo vale.
-Ese color –comenta ella- no me gusta para ir a la playa.
-Bueno –vuelvo a decir-, no importa mucho; el otro mismo.
-El único verde prado que queda de tu talla tiene un defecto en el costado al coserlo y, además, no acaba de convencerme.
-No importa -añado-, ¿ves cómo no entraba en mis planes comprarme hoy nada? Se hace justicia.
-¿Y un bañador? –sugiere ella-. ¿Por qué no te compras un bañador, que los que tienes ya tienen varios años y están feíllos? Luego va la gente de punto en blanco y tú de pena.
-Como si a mí me importara mucho eso –señalo, y aprovecho la ocasión para descargar mi furia contra la superficialidad de mucha gente de hoy-. O como si a ellos, con todo su golpe de punto en blanco, no se los fuesen a comer los gusanos, entrándoles en fila y a empujones por la nariz y saliéndoles rechonchos y hermosos por el ombligo. Además, A quien le parezca mal… que se vaya al juzgado de guardia. ¡A ver si algún juez le admite la querella.
-¿Qué trabajo –insiste ella- te cuesta elegir dos o tres bañadores y probártelos?
-Sí, para que pase igual que con los polillos…
-No seas negativo… -comenta ella, intentando convencerme.
– Si no es por ser negativo, pero ¿es que tengo que comprarme algo? Cómprate tú lo que quieras y a mí déjame en paz, que yo solo venía a que me diera un poco el aire, ¿recuerdas?
-Pues tú pierdes –dice ella-, para ti es… Ahora que me acuerdo, ¡a ver si han traído el hilo dental que le gusta a la niña!
En ese instante bordeamos la jardinería pero, como mi mujer no pierde ocasión para ir fijándose en todo (que parece que tiene antenas), las ve. Y me había escapado de los polillos y los bañadores, por los pelos; pero sé que del resto no podría escaparme así como así. ¡Temo que la cuota de suerte del día se ha agotado con los polillos!
-Mira –dice ella -, ya han puesto las pastillas para encender la chimenea. Por eso luego, en invierno, cuando de verdad hacen falta, no hay forma de encontrar. ¡Voy a aprovechar para comprar dos o tres cajas!
Yo empiezo la cuenta mentalmente: «Uno de quince, por lo menos; o mientras quepa en la cesta», dije.
-¡Ay –exclama, como si surgiera de golpe-, mira ya que estamos aquí, voy a echar un par de cosillas!
El par de cosillas son dos latas de atún, dos de maíz y un frasco de espárragos.
«Cuatro de quince», digo.
-¿Dónde tendrán –la oigo mascullar- el otro tomate frito, que este no me gusta? ¿Por qué no pueden tenerlos juntos?
-Para hacerte dar vueltas –le respondo- y que acabes comprando lo que no tenías pensado Son estrategias de venta del mercado capitalista.
-Pues a mí que no me tonteen. Anda que tardo yo mucho en mandarlos a tomar viento o peor.
-¿Y qué? –señalo con desgana-. Todos los supermercados a los que vayas son iguales.
A la vuelta de la estantería, la oigo decir satisfecha:
-Aquí está.
Siento caer el frasco en la cesta y digo: «Cinco de quince. Un tercio».
-Voy a echar un manojo de zanahorias, que las de ayer estaban chuchurrías y no quise llevarme. ¿Tú quieres que nos llevemos unos jínjoles? A ti te gustan mucho.
-¡Jínjoles! Sí –digo, con toda la intención y mi mujer capta el retintín con que lo he dicho.
-No sé por qué digo “jínjoles” -dice, entrando al trapo-, cuando yo siempre he dicho “azofaifas”. Ya me has pegado tu forma de hablar. ¡Me da una rabia! Y no es “jínjoles”.
-Que sepas que “azofaifas” es lo que menos es –comento yo-; en todo caso, “azufaifas”.
Su respuesta la descarga contra la cesta: un manojo de zanahorias y dos quilos de jínjoles/azufaifas (condesciendo). Y yo contabilizo: «Siete de quince».
-¿Echamos -pregunta- media sandía?
-Cómo vas a echar media sandía si nos vamos mañana de viaje. ¿Te vas a comer media sandía hoy?
-tiene muy buena pinta –insiste, empeñada en llevarse media sandía- y volvemos en dos días. En el frigorífico aguanta.
-Que no eches la sandía –digo, un tanto enfadado-. ¿Tanta necesidad tenemos de sandía? Aquí aguanta mejor.
-Es verdad -reconoce- que no tenemos necesidad de sandía… Pero un trozo de queso del curado que me llevé la última vez, sí. Y voy a aprovechar que has venido tú para llevarme una bolsa de patatas ojo de perdiz. Y a ver si encuentro masa para empanadillas.
-Esas papas tendrán buena vista, ¿no? –caigo en el chiste fácil.
Mi mujer (ella a lo suyo) ni me oye. Unos minutos después noto que la cesta recibe el impacto de la bolsa de patatas, el queso y la masa y sumo: «Diez de quince. Dos tercios y ni nombrar el pan y el vino».
-Que no se me olvide –me advierte ella- echar salmorejo y algunos helados.
-¿No ibas a comprar pan y vino? –le recuerdo.
-Sí, voy por el vino. Tú espérame aquí, son dos segundos. Sola voy más rápido.
¡Dos segundos!, no. Diez minutos después… aunque no sé por qué me extraño, si siempre es igual. Después de treinta años debería conocer ya los segundos de mi mujer.
-el vino –dice, dejando todo en la cesta-, un botellín de malta que he encontrado por casualidad y una bolsa de pipas Tijuana a la barbacoa picante, que a la niña le gustan mucho y, para cuando venga de pasar el verano en casa de tus padres, no tiene.
«Trece de quince. Dos para el pleno. Hoy me quedo corto», murmuro.
-Cógete –propone ella, ya entusiasmada y en plena faena-, vamos a ver si hay del desodorante tuyo y pañuelos de papel para mí.
Unas estanterías más allá: primero, al frente; y, luego, a la izquierda…
-¡Cada dos por tres –rezonga para sí (dudo que sea para mí), pero en voz alta- cambian las cosas de sitio!… Espera aquí, no te muevas. Ahora vengo.
«¿Moverme?, como si pensara yo ponerme a comprar también», pienso.
Otros diez o doce minutos parado y empiezo a sentir cansadas las piernas.
-te he cogido –dice a modo de aterrizaje- desodorante neutro, ¿lo prefieres, no?
-Sí –mascullo.
-Y, de paso, he echado limpiacristales, pañuelos de papel y una esponja de baño para mí.
«Diecisiete ya. ¡Iluso de mí!», dije. Y algo debió de oír, porque me preguntó:
-¿Qué dices ahora?
-Nada, cosas mías.
-¡Ay, llevo –habla como para sí- un mes diciendo que tengo que comprar palillos de dientes, alfileres para el tendedero y dos pilas para el reloj de la cocina! Cógete, vamos. Son dos segundos.
-¡Alfileres, alfileres! -exclamo-. ¿De dónde habréis sacado el nombre para las pinzas de tender la ropa?
-En Almería –me espeta- siempre han sido alfileres. Y pienso seguir llamándolos alfileres toda la vida… te pongas como te pongas y diga lo que diga la Real Academia.
Con los palillos, los alfileres/pinzas y las pilas, ya cuesta trabajo mover la cesta. Y yo contabilizo: «¡Veinte! Y el pan perdido en combate. ¡Solo llevamos el cincuenta por ciento de lo que íbamos a comprar en principio y la cesta está llena! Como hasta llegar al pan eche otro tanto como hasta el vino…»
-¿Sabes –pregunta, imagino que para justificar la compra- qué nos falta desde hace unos meses?
-¿Qué? –pregunto extrañado, sin la menor idea.
-Sal yodada. ¿No dices que es recomendable usar sal yodada para el tiroides?
-Eso oí en un documental.
-Voy a ver si hay. Espérame aquí. No tardo, son dos segundos.
Empezaba a desesperarme. Todos sabemos, a estas alturas, ya cuántos minutos tienen los dos segundos de mi mujer: de dos horas para arriba.
-Aquí está –comenta eufórica- la sal. Y también he echado espaguetis y unas costillillas de lechal para la cena.
«Veintitrés y sigue». La cesta está colmada.
-¿Qué te dije –pregunta con decisión- que no se me olvidara?
-Salmorejo y helados –contesto con resignación-, pero en la cesta no cabe ni un alfiler de los míos.
Los llevo yo –afirma ni más resuelta- en las manos. Ponte en la fila, que yo vengo en dos segundos.
-¿Dos segundos dices? –le digo, intentando con mi tono que solo sea un segundo.
-Perdemos más hablando -replica- que en ir.
Debe de ser uno de los momentos en que más nervios sufro: cuando me deja en la cola de la caja y se va por ahí, a saber qué hacer y a saber cuándo volver… y a saber cuánto avanza la cola y yo parado como un pasmarote allí en medio, y a saber cuánta gente mirándome y preguntándose “¿Qué le pasa a este tío?”, sin captar mi realidad a pesar del bastón blanco delator. Por suerte, esta vez tarda un segundo y medio.
-Ya estoy –dice, con aplomo-. He cogido dos cartones de salmorejo y helados de ron con pasas. ¡Ah, y una lima para las uñas!
-Ya decía yo… ¿Y el pan, que es por lo que hemos venido?
-¡Da igual! –añade con naturalidad-. Bajo ahora y lo compro en la cruasantería del barrio.
«¡No me lo puedo creer!», pienso, aunque no despego los labios.
Pasamos por la caja: 80 €. ¡Y solo habíamos comprado una de las dos cosas que pensábamos comprar! No comprendo cómo pueden gastarse 80€ en dos segundos y, menos aun, ¡que quepan en una cesta! Menos mal que siempre desciende el IPC los años electorales.
Ya fuera del supermercado, en el pasillo principal que lo separa de las tiendas contiguas, dice mi mujer:
-Tendría que mirar un bolso en la tienda.
-Si tiene que ser hoy… -comento con notable resignación y más retintín.
-Pues sí, porque un día por otro, nunca me lo compro.
Otros diez o doce minutos… (perdón, seamos coherentes con mi mujer) ¡dos segundos! comparando bolsos en el escaparate, para al final concluir:
-No acaba de convencerme ninguno, lo dejo para otro día… ¿Y tú no querías comprarte un sombrero panamá para la feria?
-¡¡¡No!!! ¡Y la cesta la llevas tú!

Mi carro (de Ángel Dámaso Soto)

MI CARRO

Ángel Dámaso Soto

Agarré el carro con firmeza, como todo buen conductor: Cinco kilos de patatas de ojo de perdiz, un kilo de tomates raf (de la tierra), una docena de huevos, una tableta de chocolate, dos paquetes de salchichas, tres rollos de papel de cocina, un paquete de servilletas, un queso de bola, una caja de leche sin lactosa, un paquete de café, un bote de Nescafé, dos kilos de manzanas y tres o cuatro peras que quedaban en la vitrina. De la charcutería cogimos unos chorizos y una morcilla de Los Gallardos.

había varias señoras haciendo cola en la pescadería, por lo cual tuvimos que esperar más de la cuenta. Nuestro turno llegó a cambio de mucha paciencia: la dependienta más bien parecía una relaciones públicas, pero no de esas que hablan cuando tienen que hablar, sino de las que no saben callar y hablan sin parar.

Una señora le pidió una dorada y ésta instintivamente empezó a contarle no sólo su vida, sino que continuó con la de su compañera la charcutera. El caso es que sólo tenía que limpiar la dorada y partirla en dos para hacerla a la plancha. ¡Puñeta con la señora! Hasta le dijo lo que pensaba hacer el próximo fin de semana y mucho más. Por cierto, tiene dos hijos: Juanito, de tres años, y Luisito, de cinco. (¡Como si a mí me importara!) Además, el pequeño, que es Juanito, todavía se hace pis… Yo la escuchaba moviendo la cabeza con resignación.
-la siguiente -dijo la pescadera.
-¡Oh! Es nuestro turno -exclamé con alegría.
Mi amiga levantó la mano y le señaló un enorme salmón. Sin mediar palabra le dijo a la dependienta que se lo llevaba así mismo.
Eran las dos de la tarde y todavía no habíamos salido del supermercado. Por cosas de la vida, Luisa se tuvo que ausentar y eso que mi mujer le repitió en varias ocasiones que no me dejara solo.
Yo me quedé esperando mi turno en caja solo, ya que a ella le surgió una necesidad tan primaria como inoportuna, de esas que educadamente llamamos fisiológicas… (¡Qué leche!: la pobre se estaba meando literalmente).
Mientras esperaba su regreso, me solté del carro que hasta ese momento había llevado agarrado, y bien agarrado, para hacer una llamada de teléfono. Agradecí que un amable chico me recogiera el bastón blanco que se me había caído al suelo.
Sólo pasaron unos segundos cuando llegó mi turno para pagar. Me sorprendió la prontitud con que la cajera me atendió. Fue realmente rápida, como un rayo; pero «Bueno -me dije yo-, alguna suerte tiene que tener uno de vez en cuando».
Pagué la compra con mi tarjeta y amablemente la chica me dijo que en menos de veinticuatro horas me llevarían la compra a casa. Al cabo de unos minutos apareció Luisa con una voz de agradecimiento. Yo le dije que no se preocupara, que todos somos hijos de Dios.
Al día siguiente llamaron a la puerta de la casa. Era el repartidor del supermercado. Mi mujer no supo qué decir. Al ver la compra, se quedó de piedra y diciendo para sí misma: «Esto, ¿qué puñeta es?»
Sobre el poyo de la cocina le habían dejado tres cajas de cerveza y dos paquetes de condones.
Se dirigió a mí pidiéndome la lista que me había dado. Yo, sin entender nada, le aseguré que no me había equivocado y que me acordaba todavía perfectamente de lo que ponía en la lista, pero instintivamente exclamé:
-¡¡joder, cambié de carro en la caja del supermercado!!

El «analisen» de sangre (de Andrés Sánchez Bonillo)

El «análisen» de sangre

Andrés Sánchez Bonillo

Aquella mañana me levanté temprano y decidí, por fin, pasar por el hospital para los análisis de sangre y orina que días atrás me recetó D. Victoriano, ángel custodio de mi salud desde principios de año. Digo “por fin” pues, en sucesivas veces, había dejado olvidado en Palacés el volante necesario para solicitar las pruebas. Palacés es mi terruño, al que me acercaba últimamente en viajes relámpago y, entre tanto ir y venir, siempre se me olvidaba algo.
En estos quehaceres destinados a escudriñar mi salud física, lo más desagradable -al menos, para mí- es ir a la extracción de sangre sin poder tomarse uno el cafelico de la mañana con su media de aceite. Sin él estoy de muy mal humor y, lo que es peor, transitoriamente me vuelvo pendenciero, aunque sin perder los buenos modales. Los vampiros del laboratorio no me asustan; soy de los que nos gusta mirar conmovido cómo se embota la vena, entra la aguja y comienza la sangre a salir, quedo maravillado de su rojo intenso, casi negro, y de su enigmático fluir en mi interior.
Apenas pasadas las ocho llegó mi turno. Me aproximé al mostrador. No me permitió articular palabra la auxiliar: sin apartar la mirada de su computadora, percibió la presencia del “siguiente” y, maquinalmente, la pelimorena enmarañada, soñolienta, con desdén dijo: “Dígame”. A mi, con sinceridad, aquella desagradable falta de calor humano estimuló, aun más, mi ánimo follonero, que empujaba por salir desde mi interior abriéndose camino como la lava incandescente derrite la tierra instantes antes de la erupción.
-Buenos días, señora. Venía a hacerme un “análisen” de sangre y otro de orines –contesté, tirando de mi léxico de infancia, superviviente en mi en ratos de humor y para recordar de dónde vengo.
Hice blanco: la pelimorena quedó petrificada, sólo pudo dirigir sus saltones ojos hacia mí a modo de lanzamisiles. Los cristales de sus enormes gafas hicieron las veces de escudo salvador.
-¡Será “análisis”! -espetó, con voz entre indignada y repulsiva.
El duende de la travesura sonreía al tiempo que maquinaba la próxima.
-Por favor, rellene estos documentos -exhortó la subalterna incauta, ya de pié, despojada del sopor inicial, seria y fría.
-Perdone, señora; pero soy discapacitado visual y no veo para escribir.
Esto la conmovió lo suficiente, la ablandó: su gesto perdió el fuerte olor a vinagre inicial y, en general, su tensión se aflojó.
-Bueno, aquí tiene el justificante para recoger los resultados y su tarjeta de mutualista -dijo transcurrido un instante, ahora sí, irradiando algo de calor fraternal.
Esto de no estar bien de la vista “amansa las fieras”: le permite a la gente realizar a bajo coste su buena obra del día.
-¿Es que los resultados no los envían por correo “electrógeno”? -pregunté.
-¡No, y se dice “electrónico”, “correo electrónico”! ¡A ver si nos ponemos al día en las nuevas tecnologías! -me contestó con cierto agrado en forma de media sonrisa y voz en color más suave.
-¡Ah, no! ¿Pues entonces?
-Lo puede usted descargar de la web oficial. Aquí tiene usuario y contraseña -dijo ella al tiempo que extendía la mano con el papel de las instrucciones.
-Mire usted, joven, a mí las “güess” no me van nada; mucho lío con eso de Inicio, Quiénes somos, Bienvenida, Noticias, Contactos, Área de clientes, Galerías, Ofertas… Manejo mejor el “basa” o el “tites”.
-Oiga, ¿ha dicho usted “tites”? Querrá decir twíter. Tampoco es “basa”, sino whats app. Y es web, “página web”.
-Será como usted dice, joven; yo me refiero a las “a pepes” del gorrioncico y del telefonico verde para el lado.
-Caballero, esas app no se utilizan por razones de seguridad.
-¿Ah, no? ¿Y por “facebuque”?
-Es facebook -me corrigió con hilaridad-. Y no se utiliza por lo mismo: protección de datos.
-Jovencica, usted está puesta en cuatro nombres en inglés, pero poco en nuevas tecnologías.
-¿Ah sí? ¿Y eso?
-Hombre, hasta el Papa y el presidente de los Estados Unidos de Norteamérica informan por “tites”. Eso sin contar que todo hijo de vecino exhibe su vida íntima por “facebuque” y “basa”, facilitando alegremente sus datos personales por el entramado de la red informática sin más precauciones.
-Caballero, un análisis es una cosa muy seria.
-Ya veo, ¿me quiere usted convencer de que le importa más a la gente mi nivel de glucosa en sangre, mi índice de TPH libre en ella o la velocidad de su sedimentación que cuántos hijos tengo, si me llevo bien o mal con mi esposa, si tengo o no amantes, si me queda mucho o poco pelo o si estoy muy gordo o me mantengo en medidas razonables?
-¡Ande, ande! No diga más tonterías esta mañana y deje el turno al siguiente.
-¡Sí, sí! Para ustedes las nuevas tecnologías es decir cuatro cosicas en inglés, ponerles a algunas “2.0” al final; pero de aligerarnos la burocracia… nada de nada, sobre todo si estamos lisiados.
Al poco sonó una voz perfumada envolviendo mi nombre: reclamaba que pasara a la extracción. Penetré al habitáculo y, entre la niebla, vislumbré un vampiro de descomunales ojos caramelo, sonrisa blanca que iba de lado a lado de su angelical rostro, cuerpo modelado en proporciones sexis y de modales delicados. Todo mi mal humor se disipó en la atmósfera creada por la tierna libadora.

Los pájaros intrusos (de Ginés Bonillo)

Los pájaros intrusos

Ginés Bonillo

A mi mujer, compañía nata,
También en los planteamientos;
Y cómplice en lo demás.

Aquellos pájaros no los había oído nunca. Ni visto.

Debían de ser algunos de los exóticos que se escaparon años atrás de una tienda de animales del vecino centro comercial y como se instalaron de okupas en el supermercado anexo -causando molestias y, sobre todo, daños en los artículos a la venta (algo tendrían que comer y en algo tendrían que entretenerse todo el día) y estragos en la limpieza del local, pues no debían de saber los pobres animales que los humanos (en su progresiva desnaturalización) han determinado que ciertas necesidades fisiológicas se cumplan en la intimidad y en cuartos especialmente acondicionados para ello- y dado asimismo que los empleados del supermercado no lograban atraparlos para reducirlos, el encargado decidió indultarlos–aprovechando que concurría por esas fechas la celebración de la Semana Santa, aunque no fuese Málaga- y concederles la libertad plena, puesto que desde hacía unos días ya gozaban de un anticipo.

Unos años después de la sonada fuga alada (que recogieron hasta los periódicos), y con todos los árboles grandes de la ciudad generosamente alfombrados de pegajosas cagadas de pájaro, estábamos mi mujer y yo en el instituto, esta vez como padres. Ese día de finales de junio acudimos los padres a que el tutor de nuestros hijos nos diera el boletín con las notas finales del curso y, de paso, nos transmitiera algunos comentarios e instrucciones sobre los menores con vistas al período vacacional.

Nos hallábamos en un pasillo de la segunda planta, ante el departamento de Lengua y Literatura (que tan buenos recuerdos me traía, pues en años ya lejanos había trabajado en él), y dudábamos dónde se encontraba el departamento de Geografía e Historia, donde –al parecer- el tutor estaba recibiendo a los padres.

Ante la falta de certeza, mi mujer decidió bajar a conserjería a preguntar. Yo me quedé solo, apoyado en la pared, con la consigna de que no me moviera de allí, que ella venía en un momento, en dos segundos (o eso me dijo).

Al poco, nada más irse, porque las cosas tienen la costumbre de ocurrir cuando me quedo solo, oí hacia mi izquierda un canto que nunca había oído. Un canto parecido a un silbido, un “¡fufufiífu!”, que asocié al esquema del pie latino tertius paeon, aunque barajé la posibilidad de que se tratase de una combinación de un pie pírrico y un troqueo, cargando el acento en la sílaba larga. ¡Fufufiífu!

De inmediato pensé que se trataba de un pájaro que, aprovechando alguna ventana abierta a fin de mitigar el calor de la época, se había colado en el instituto. No sería la primera vez. Me vinieron a la mente tantas ocasiones en clase… Un gorrión, una paloma…

En cierta ocasión fue un murciélago que andaría despistado con el cambio horario (era abril)… Semanas después se descubriría que unos cuantos -probablemente, según los alumnos, familia o colegas- habían hecho de la caja de la persiana su confortable dormitorio. El murciélago en cuestión se invitó esa mañana a clase y levantó en décimas de segundo una ola de emociones en los tiernos pechos adolescentes que no lograrían en dos días los dulces lamentos de Salicio y Nemoroso (ni siquiera comentados por El Brocense o Fernando de Herrera), ni los mejores versos de Virgilio, Ovidio y Horacio juntos… aquel quiróptero curioso levantó tal espanto sincero en unos cuantos alumnos y la algarabía en el resto que no había forma –ya lo sabía yo desde el primer momento- de recuperar el orden en quince minutos (por lo menos).

-¡Tenemos un invitado, profe! –gritaba en estos casos algún alumno, cuya alegre entonación denotaba más entusiasmo que temor, tocando a rebato y, tras dar la voz de alarma general, señalaba al intruso, el cual oteaba tan extraño horizonte para él desde el excelente mirador que le proporcionaba la caja de la persiana.

-¿Qué es, qué es? –preguntaba rápidamente alguno con la curiosidad e interés que rara vez mostraba en clase. Solo con los textos ambiguos…

-¡Un pájaro! –aclaraba a grito pelado alguien, como si tuviese al lado un león hambriento o una boa constrictor en actitud de peligrosa inquina.

-¡Es que quiere aprender lengua, profe! –apuntaba otra, soltando su gracia.

-¡Es que es una murciélaga y le gusta la poesía de Bécquer! –era la apuesta de otro.

-¡Poesía –declamaba alguien desde otra esquina de la clase- eres tú, murciélaga mía!

-¡Vamos…! –interrumpía yo, con poca convicción.

-¿A dónde, don Julián? –respondía a coro media clase, reproduciendo una anécdota que yo les había contado el primer día de curso sobre un viejo profesor mío; sin prever que, con ello, yo también acabaría siendo víctima de la misma broma por parte del adorable hato imberbe.

La bestezuela, quizá poco acostumbrada a semejante barullo, miraba y remiraba, a diestra y siniestra, se sacudía las alas, encogía el espinazo, doblaba la cabeza y, al final, decidió echar un vistazo más de cerca por el aula, agitando de nuevo los ánimos de los ya de por sí propensos adolescentes.

-¡Eees Dráaa cuuu laaa –vociferó, sílaba a sílaba y con tono cavernoso, la chica más vivaracha; para a continuación, de forma atropellada y veloz, exclamar:- yvieneaportí-Quinito! -con lo cual, salvo tres o cuatro audaces, la mayoría –encabezada por el susodicho Quinito, que no parecía muy animoso que se supiera (y menos desde ese día)- salió corriendo despavorida, tal si llevara cada uno un cohete en el culo, hacia el pasillo, chillando descosidos… como si les fuera la vida en ello o los persiguiera el mismo príncipe empalador de Valaquia. Para mí, que aquellos alumnos apuntaban al bachillerato de Artes Escénicas.

-Tened cuidado, no os vaya a comer… –decía yo en estos casos, resignado, sabiendo por experiencia que la clase de ese día ya era poco menos que capital perdido.

Mientras tanto, los tres o cuatro decididos abrían alguna ventana para, después de haber realizado el asustado animal cuatro vuelos rasantes desde la pizarra a la caja de las persianas y viceversa, devolverlo a la libertad plena de la calle.

Aquel día de finales de junio me recreaba en estos recuerdos cuando, en cuestión de segundos, oí que al primer ¡fufufiífu! le respondía otro ¡fufufiífu! que procedía de la derecha.

“¡Cucha, si hay dos pájaros! –pensé-. Esto es el calor… que se meten aquí buscando el consuelo de la sombra!”

Poco después cantó al frente y más cerca otro ¡fufufiífu!, que ya no supe a quién le respondía, si es que respondía, o si tal vez preguntaba… porque todos los ¡fufufiífus! eran iguales, un único canto monocorde, uniforme y uniformado, sin variaciones, sin chispa, sin gracia. Y luego, ahora por la izquierda, pero a mi lado, se oyó otro canto de los que nunca había oído, ni visto; y por la derecha, pero allá a lo lejos, otro ¡fufufiífu!, o es que se había alejado el primero… Dudé, ya no sabía qué pensar. ¡Fufufiífu!… ¡fufufiífu! se oía por todas partes. Estábamos rodeados. Yo, porque he aprendido a ser tranquilo, y espero a que lleguen las cosas… por si acaso no llegan.

“¡Jóder! ¡Esto está lleno de pájaros!” -pensé.

Menos mal que enseguida llegó mi mujer con la confirmación de que el tutor recibía en el departamento de Historia, no en el de Lengua. Mientras nos dirigíamos al otro departamento, sonaron otros cinco o seis ¡fufufiífus! y pensé que eran muchos pájaros para que les permitiesen permanecer allí. Entonces le dije a mi mujer:

-Oye, mira a ver que son todos esos pájaros que se oyen por todos lados… ¿Qué pájaros son?

-¿Pájaros? –dijo ella, cuyo tono daba a entender su incertidumbre al respecto-. Yo no veo pájaros por ninguna parte.

-Pues yo no paro de oír pájaros… -y exterioricé en voz alta mi pensamiento tal como surgía:- ¡Joóoder! Pues sí que tienen que estar mal los profesores…

-¿Por qué? -inquirió mi mujer, sospechando que yo debía de estar maquinando alguna idea nueva.

-Porque, con la reducción de las nóminas a los funcionarios por esto de la crisis y los recortes de los últimos años, que muy eufemísticamente llaman ajustes y quitar grasa, cuando lo que están haciendo es descarnar a los menos carnados… ¡no habrán sido capaces los profesores, para sacarse un sobresueldo, de montar en el instituto un criadero de pájaros para luego venderlos por las tardes!

-¡Qué cosas tienes! Eres temible. Lo que a ti no se te ocurra…

-Tú dirás lo que quieras, pero yo sigo oyendo pájaros cada dos por tres: ¡fufufiífu!, ¡fufufiífu!, ¡fufufiífu!

-¡Déjalo ya! -exclamó ella-, que me vas a volver loca con tanto ¡fufufiífu!

-Lo dejo, pero yo sigo oyendo los pájaros… -me atreví a decir solo en voz muy baja.

Llegamos frente al departamento de Historia y seguían sonando por doquier los dichosos ¡fufufiífus!; y a mi mujer se le debió de encender una luz:

-¡Ah! Ya sé: es algo de los teléfonos móviles, una señal de algo…

-¡No habrán puesto los profesores una tienda de móviles en el instituto! –pregunté sin poder creérmelo.

-Son móviles que lleva la gente –dijo mi mujer-. ¡Cómo van a poner una tienda en el instituto! ¿Ves cómo lo que no se te ocurra a ti no se le ocurre a nadie? –añadió, con retintín.

-Pues tampoco sería tan extraño… ¡Se ven a diario tantas cosas raras!

-Tu –me susurró al oído mi mujer-, porque no lo ves… Pero si vieras el montón de gente que está esperando como nosotros, y cada cual está con su móvil ahí tiquitiqui-tiquitiqui, embebidos en la pantalla, absortos del mundo, como zombis, que se chocan contigo por el pasillo y ni piden disculpas. Son adictos irremediables, y luego se quejan de los niños…

-Pues, sí. Porque los niños, al menos, tienen la excusa de que son adolescentes y están a medio formar, pero los padres son adultos…

-Adultos –me interrumpió ella- por el DNI, pero ¿tú crees que muchos de ellos están acabados de formar?

-Pues si no están, tarde han esperado.

-Ese silbido, ¡fufufiífu!, es la señal de que le han enviado un whatsapp –comentó la voz sugerente de una muchacha que, intuí, formaba parte también de la fila, para recoger el boletín de notas de algún hermano o hermana menor.

-¡Ya decía yo! ¡No pueden estar tan mal los profesores! –dije con alivio.

Tanto la risa irónica de mi mujer como la de la muchacha me dieron a entender que ambas pensaban lo mismo de mí y de mis ocurrencias.

-La gente –continuó queda la muchacha con sus razonamientos- está chiflada, yo no sé qué piensan.

-Pero ¿tú crees que piensan? –sugirió mi mujer, sin tapujos.

-¿Pensar?… Ni piensan, ni hablan, ni oyen –respondió, a media voz pero tajante, la muchacha-; la gente se ha convertido en simples terminales de las redes sociales, y aquí les traigan pienso para los pollos. Creo que somos los únicos que no estamos con el móvil en las manos y ahí empeñados en tiquitiqui-tiquitiqui, tiquitiqui que te crió…

-Pero si estamos hablando de ellos a su lado y ni se enteran.

-Porque yo tengo móvil –explicó la muchacha-, pero sé usarlo. Para un uso adecuado, el móvil es muy útil, es estupendo; pero el problema es que la gente lo ha tomado como un juguete y el móvil, si no eres inteligente, es muy adicto, es una droga mental que te engancha como cualquier droga física.

-La gente es idiota –prorrumpió una voz masculina rotunda que surgió por mi izquierda, despachándose a gusto-, así de claro; y quien se pique… ajos come. Parece mentira la cantidad de adultos que son peor que los niños, que se supone que no tienen uso de razón: Les ponen el caramelo delante y ahí están todo el día enganchados, chupa que chupa, como los tontos, alienados, esnifando pantalla por los ojos. Y, lo bueno es que se creen más modernos que nadie por eso, por estar a la última en las nuevas tecnologías…

-Que están a la última –rectificó la muchacha- es lo que les hacen creer, ¡pobres ignorantes!, sin darse cuenta de que la última a la que estamos todos es la última que quieren o les interesa que estemos a los de arriba. Y nosotros somos peleles en sus manos, pollos a los que echarles su ración de pienso diaria para que vivamos con la sensación de felicidad.

-Pues sí: Creo que fue Marx, o Feuerbach, quien decía que la religión es el opio del pueblo; y ahora resulta que el opio del pueblo de hoy son los móviles.

-No sé –opiné yo- si los de arriba los utilizan como opio para el pueblo; pero como sacarina, por lo menos… ¡seguro!

-Me adhiero a la idea: sí, los móviles son la sacarina del pueblo –sentenció la muchacha.

-opio, sacarina o pienso… es lo mismo: ¡Zarandajas! ¡Menudo sacarinazo! Porque los móviles se han convertido en una epidemia –señaló mi mujer.

-¿Una epidemia? ¡Son una plaga!, que no sé qué es peor –remachó la muchacha.

-Usted –me atreví a preguntarle al señor al intuir cierta sintonía-, ¿no tiene móvil?

-Sí, pero me lo dejo en el trabajo, que es para lo que lo tengo. Fuera del trabajo es mi vida, y en mi vida privada no permito que entren sandeces ni tonterías.

-Me alegro, ya somos cuatro sin adicción. Todavía hay esperanza.

-No se crea todo lo que dicen los medios interesados–dijo él-, por suerte somos más de cuatro.

La conversación había logrado abstraerme de las decenas de ¡fufufiífus! Que sonaban por todas partes, campando a sus anchas… ¡fufufiífu!

¡Fufufiífu!

¡Fufufiífu!

¡Fufufiífu!

-¡Vamos (¡fufufiífu!), que nos toca (¡fufufiífu!)…! –oí a la vez que una mano familiar me oprimía el brazo. ¡Fufufiífu!

b

La mula y yo (de Juan Romero)

LA MULA Y YO

Juan Romero Moyano

Corrían los años 50, yo vivía en Alhucemas (Marruecos). Los españoles residentes podíamos hacer la mili en nuestro lugar de residencia.

Allí había un Grupo de Artillería, denominado “A lomo”, donde fui destinado a petición propia. Debe su nombre a que las piezas que componen un cañón eran transportadas a lomos de mulas.

La mula es un híbrido estéril, mixto de yegua y asno. Aquellas tenían muy mal carácter, tal vez por haber sido vapuleadas por sucesivas promociones de soldados, cada uno de su “leche”, o bien por su triste destino de acarrear siempre tan pesadas cargas.

Yo, que por aquellos entonces, lo más cerca que había visto a semejante cuadrúpedo había sido en la película de dibujos animados La Mula Francis, no esperaba que en fechas próximas iba a tener contacto directo con este animal.

No sabía yo lo que me esperaba cuando me comunicaron que, en el próximo desfile, iba a participar con mula inclusive; eso sí, con carga más liviana que las pesadas piezas del cañón, dado que yo pertenecía a la Plana Mayor de Mando y la mula iba cargada con material topográfico necesario para calcular la distancia de nuestra posición a la del enemigo.

Sin más preparación, llegó el día del desfile: las tropas de a pie abriendo la marcha, detrás la artillería “pesada”, las piezas del cañón a lomo de las mulas y, cerrando el desfile, mi mula y yo.

Cuando llegó el momento de seguir a los que me precedían, dijo mi compañera la mula: “¡De aquí no me muevo!”.

Al principio, de buenos modos; luego, a tirones y empujones, incluso con la ayuda de algún espectador paisano; pero no había manera de ponerla en marcha.

Mientras ella no se movía, yo veía con asombro y estupor cómo iba avanzando, paseo abajo, el grueso de la tropa. Así, mi mula y yo –por su mular gana- nos íbamos quedando descolgados de la formación.

Pedí ayuda, que me llegó tarde; pero aquel par de artilleros de refuerzo que dominaban el manejo de semejante animal, tras ímprobos esfuerzos, lograron ponerla en marcha.

Cuando pasamos frente a la tribuna, las autoridades militares y civiles, y el cura del pueblo (el franciscano padre Antonio), que siempre las acompañaba en esos eventos, ya se habían marchado.

Los escasos vecinos y familiares que esperaban mi paso, me recibieron con fuertes aplausos, risas y jolgorio general, a grito de “¡viva Juanito el del Oriente!”* y allí terminó la odisea.

Existe un viejo dicho popular que se aplica a muchos de nuestros congéneres cuando son muy cabezones y que dice: “Más terco que una mula”.

Suscribo totalmente esta afirmación y ahora, transcurridas tantas décadas de aquellas experiencias, recuerdo con nostalgia esta y otras muchas ocurrencias y peripecias vividas. También recuerdo la mula.

Septiembre 2016

* Oriente: Primer y único hotel de Alhucemas por entonces y, por tanto, conocido por todos. Era propiedad de la familia Romero-Moyano.

Mis primeros pasos. Volver a empezar (de María del Carmen Herrero)

Mis primeros pasos
(Volver a empezar)

María del Carmen Herrero

Aunque hoy todo parezca muy lejano, esta historia que necesito compartir se inició hace poco más de un año, exactamente en el mes de noviembre de 2002. Por aquellas fechas, llegó a mi localidad una Exposición itinerante de la ONCE. Dado que yo formo parte de dicha Institución por mis problemas de visión, no dudé en acudir a visitarla acompañada por mi hijo Juanjo. Allí pude conocer a los responsables de la muestra, y fueron ellos, precisamente quienes me brindaron la feliz idea del “perro guía”. Una idea que, ya de vuelta a casa, se convirtió en el centro de la conversación entre ambos, sembrando una extraña luz que de forma intermitente brillaba en mi corazón. El primer paso estaba dado. Desde aquel mismo instante empecé a madurar el sueño de una oportunidad impensable hasta hace poco, la de poder moverme sola, sin depender de ninguna otra persona, por el pueblo en el que resido desde hace más de 30 años.

Así, temerosa, pero llena de esperanza, me dispuse a cumplimentar el primero de los trámites para lograr ese objetivo instalado en mi cabeza, y ese no era otro que acudir a mi agencia de la ONCE para cursar la correspondiente solicitud. Era otro paso más que me llenaba de incertidumbre ante lo desconocido. Y aunque he de confesar mi total ignorancia sobre los procedimientos y requisitos que conllevaba, nada podía ya detenerme. De tal manera que todo siguió su curso, y tras los pertinentes informes médicos y psicológicos que requirieron un tiempo necesario, llegó al fin la respuesta que colmaba todos mis anhelos. El soñado viaje a Rochester, ciudad donde se erigía la Escuela de perros-guía, se hacía realidad. Y en la espera, impaciente y deseosa de partir hacia un destino más incierto que nunca, un sinfín de sentimientos confusos anidaban en mi interior, ocultos por la esperanza y ese sexto sentido que una y otra vez me hacía sentir que todo iba a acabar felizmente. Por ello, cuando llegué al aeropuerto y me encontré a los otros integrantes de la clase 04-05, supe que iba a ser así. Los temores y vacilaciones anteriores se disiparon y uno a uno fui saludando a los compañeros. Además de Bárbara, nuestra intérprete, allí estaban José Antonio, Miguel, Yolanda, Denisse y Cristina, mis nuevos amigos. Todos nos encontrábamos eufóricos y dispuestos a emprender el viaje cuanto antes. La “aventura americana• comenzaba y ya no había vuelta atrás…

La llegada a la Escuela Leader Dogs for the Blinds fue especialmente emotiva. El cansancio y la tensión acumulados durante el viaje desaparecieron sin dejar rastro, y el interés por conocer la Escuela y su entorno produjeron en mí tal hechizo que todo se me antojaba maravilloso, especialmente el personal de la casa y los entrenadores, gente encantadora, cuyo buen talante y ganas de agradar, allanaron sobremanera ese primer y fundamental contacto. En cierta forma, anunciaba cómo iba a ser la estancia allí. Tan intensa, tan cargada de actividades, de emociones, tan enriquecedora, que no había lugar ni tiempo para el desaliento, la tristeza o la morriña por los seres queridos dejados atrás. He de confesar que si tuviera que referirme al tiempo pasado en la Escuela, sólo podría calificarlo como una de las épocas más dichosas de mi vida, tan plena e intensa que, en ocasiones, ni siquiera me atrevía a llamar por teléfono a casa con la frecuencia debida por miedo a romper ese fino equilibrio que sólo podía experimentarse estando allí y viviendo esa situación.

Los tres primeros días llevamos a cabo un entrenamiento muy peculiar. Wendy, nuestra entrenadora, hacía de perro-guía tirando del arnés, al tiempo que nos enseñaba las órdenes básicas y nos preparábamos para el momento crucial en que conoceríamos a nuestro perro. Una espera dulce y difícil, en la que no dejábamos de acosarla, preguntándole sin cesar cómo sería nuestro perro-guía auténtico. Pero el día más esperado, el 29 de octubre, llegó, finalmente. Nos levantamos muy temprano y las horas transcurrían con la lentitud habitual en las esperas importantes. La hora convenida era a las cuatro de la tarde. En ese momento se haría la asignación a cada uno de nosotros de nuestro “leader dog”. Debido a que la ceremonia de entrega no era en grupo, sino individual, todos nos hallábamos en nuestras habitaciones, aguardando nerviosos e impacientes el momento del encuentro. Entretanto, para aliviar la tensa espera, los compañeros y yo no dejábamos de comunicarnos por teléfono cualquier novedad, cualquier movimiento o sospecha de lo que ocurría en el exterior, por intranscendente que pudiese parecer, lo que aumentaba la solidaridad y aliviaba la espera.
Al fin, unos golpes suaves en la puerta de la habitación me produjeron un ligero estremecimiento. El corazón latía desbocado y amenazaba con saltar hacia el lugar donde sonaron los toques de atención. El ritual convenido había empezado. Así que corrí hacia la puerta con la correa en la mano -más tarde, me enteraría de que había sido la primera en recibir mi “leader dog”- y abría la puerta. Allí se encontraba mi entrenadora, Wendy, acompañada de Bárbara, mi intérprete. La primera sonrió al verme y dijo:
– Es una chica. Se llama Vonnie. Es de raza Golden Retriever. Pesa 53 libras y nació el 30 de mayo de 2002.

De repente, una sofocante e inesperada sensación de ahogo me embargó y enrojecí sin acertar siquiera a saber dónde colocar las manos. Un nudo en la garganta me impedía pronunciar palabra alguna y unas lágrimas enormes delataban la emoción de aquel instante. ¡Tanto tiempo preparándome para mantener la compostura y cuando llegaba el momento reaccionaba de este modo! Así que, liberada ya de cualquier formalidad y no pudiéndome contener más, sólo acerté a decir “my God” y lloré largamente. Luego, tras unos minutos que me parecieron eternos, volvieron Wendy y Bárbara, pero esta vez con Vonnie, haciéndome solemnemente la entrega. Yo no sabía qué decir. Un mar de sentimientos me envolvía. Aturdida y confusa por tanta emoción desatada, y sabedora de estar ante un momento crucial en mi vida, no quería olvidar lo más importante, el que se me estaba haciendo entrega de una hermosa criatura que iba a ser parte de mí y que el sentido de la más elemental responsabilidad me comprometía dulcemente en su cuidado y atención.

A partir de entonces, la Escuela cambió por completo y las jornadas se sucedían unas a otras bajo el constante entrenamiento, mañana y tarde, con nuestros “leader dogs”. Paso a paso, avanzábamos en el mutuo conocimiento y en una mayor compenetración. Vonnie y yo convivíamos las veinticuatro horas del día y en el único momento en que la dejaba sola, al ducharme, encendía el televisor y le ponía algún programa de dibujos animados para que notara menos mi ausencia. El trabajo era tan intenso y apretado que cuando vinimos a darnos cuenta el curso estaba finalizando. ¡ No podía creerlo! ¡Con qué rapidez había transcurrido todo! Me parecía estar aún familiarizándome con las personas, con los olores, aprendiendo a moverme por las estancias y, sin embargo, el curso se consumía sin remisión. En aquel momento comencé a ser consciente de la formidable experiencia, del cúmulo de anécdotas vividas, de las vivencias compartidas, del aprendizaje interior, de la solidaria generosidad que liga a las personas ante un mismo reto, del cariño inexcusable que te ata para siempre a todos los que han hecho posible esta realidad y a los que directamente la han compartido, superando, junto a ti, las dificultades, y gozando de una convivencia inolvidable. Por ello, era inevitable la aparición de una nostalgia que iba amontonando recuerdos imborrables como el de aquellos dos domingos que salimos de compras por la ciudad. Uno de ellos fuimos a almorzar fuera de la Escuela. Nos dieron todas las explicaciones necesarias para encontrar el restaurante, pero aun así nos extraviamos no podíamos localizarlo. Después de dar vueltas y más vueltas al mismo edificio con los bastones blancos desplegados y sin hallar la entrada, pero con nuestro sentido del humor intacto y dispuesto a lo que hiciera falta, un amable señor se apiadó al fin de nosotros y amablemente nos acompañó al lugar que buscábamos. Tan sólo nos habíamos equivocado de edificio. Todavía hoy hemos de agradecerle no seguir dando vueltas al primero. Otro episodio memorable fue el de aquel día, casi expirando el curso, en el que teníamos que hacer un ejercicio consistente en abandonarnos por parejas en un punto desconocido de la población, teniendo que volver solos a la casa de la Escuela con el único auxilio de unas pistas que nos habían proporcionado para orientarnos. Lo cierto es que no era muy difícil conseguirlo, pero mi acompañante me propuso disfrutar plenamente del paseo sin pensar en el regreso, con lo que terminamos perdiendo el rastro de las pistas y absolutamente desorientados. Tuvo que salir hasta la entrenadora en nuestra búsqueda y aunque no se trataba de ninguna competición, ni qué decir tiene que llegamos los últimos, con el consiguiente jolgorio y las bromas del resto de los compañeros.

Y, finalmente, el adiós, la partida de la Escuela, ese último recodo del camino, tan importante o más que los anteriores. La vuelta a casa, tras un tiempo de desacostumbrada separación, no fue lo idílica ni tranquila que esperaba. Mi familia estaba expectante por conocer a Vonnie y ello hizo seguramente que me volcara en exceso sobre mi “leader dog”. Afortunadamente para mí, cuento con el apoyo, la comprensión y generosidad de toda mi familia que, también en esa ocasión, supo estar por encima de cualquier circunstancia que empañara lo esencial: la recepción a quien a partir de entonces se erigía en un miembro más de la misma, con todos los derechos y obligaciones que ello comporta.

El recuerdo del encuentro de Vonnie con Eduardo, mi marido, fue sencillamente inolvidable. Él aguardaba nuestra llegada y cuando nos vio a las dos juntas por primera vez, la emoción le embargó de tal modo que fue incapaz de articular palabra alguna. Pero es que, además, Vonnie saltó a sus brazos como si intuyera lo que acontecía en el interior de todos nosotros. Aún hoy me resulta difícil describir aquella escena por la intensidad y ternura que me evoca. Pero lo importante es lo que ha ido sucediendo desde entonces hasta hoy, pues con su trabajo y carácter, Vonnie ha conseguido que nos preguntemos cómo podíamos vivir antes sin ella. Ha conquistado el corazón de todos ellos exactamente igual que consiguió el mío, con la entrega y el esfuerzo generoso en su trabajo provoca la admiración de quienes la rodean o la ven actuar en cualquier lugar. Además es lista, cariñosa y paciente. A ello hay que sumarle la belleza que atesora: su pelo, lacio y suave; sus enormes ojos, mis ojos; las orejas, siempre alerta; la robustez de sus extremidades; la figura.

Una estampa preciosa ante la que es difícil permanecer impasible, y cuya imagen me hace a veces dudar sobre si todo esto no es un sueño del que no tardaré en despertar y lamentarme. Pero no, cuando eso ocurre extiendo mi brazo y allí aparece Vonnie y, con ella, toda la Escuela Leader Dogs for the Blinds, el Lions Club y su admirable potencial humano, el voluntariado, los entrenadores, y todo el personal entregado a la noble y generosa tarea de conseguirnos unos nuevos ojos, una nueva mirada, un nuevo punto de vista, una nueva visión que disipe la niebla que envuelve toda pesadilla, mostrando a todos ellos, allí, con una sonrisa tan ancha que hay que estar ciego para no verla. De cualquier manera, ese no es mi caso, porque yo cumplí mi sueño y no sólo les veo, sino que los conservo aquí, en este corazón con el que también es necesario mirar de vez en cuando al iris de la vida para saber qué nos depara.

A destiempo (de Inma Ferre)

A destiempo

Inma Ferre

Me contaba que vivió siempre a destiempo, esperando el día en que se equiparara su circunstancia con su edad. Era muy niña cuando la hicieron mujer. Le macularon sus ilusiones, el derecho a tropezar y caer; pero también aprendió a volar sin que nadie le cortara las alas.
Quizá por ese motivo, en los sueños se le repetía con frecuencia la misma pesadilla: volaba y volaba y, cuando todo era maravilloso delante de su vista, caía al precipicio igual que una cometa cuando le falta el viento.
La conocí en el ocaso de su vida y me llamaron poderosamente la atención sus ojos y su voz, que no habían envejecido.
A menudo manteníamos largas y amenas conversaciones, en las cuales me contaba las vicisitudes por las que había pasado a lo largo de su vida y que, a pesar de todo, había sido feliz, pues… «La felicidad –me decía- no la proporciona lo exterior. Si tú la llevas dentro, siempre la encontrarás. Hay que reír hasta cuando se llora». Era una gran enseñadora de la vida.
Nunca podré darle todas las gracias que merece. Me dejó una gran biblioteca en el corazón. Espero encontrármela de nuevo algún día en algún sitio y que siga transmitiéndome las lecciones de su magnífica enciclopedia.

ZAPATASTROS (de Ginés Bonillo)

Zapatastros

Ginés Bonillo

No es porque fuese lunes, que lo era; ni menos -creo- porque los lunes sean gafes, como sostenía don Gabriel, que quizá lo sean. Si hiciese una lista de lunes fatídicos… ¡Claro que si todos hiciésemos otra de martes! ¡Y de miércoles, jueves, viernes…! ¡Y de eneros, febreros…! ¡Y de años pares, años impares, bisiestos…!
Todo empezó en el desayuno, muy temprano para empezar, pienso ahora. Sin percatarme, porque si me hubiese percatado sería otra cosa… Pero no fue así. Fue sin percatarme como le eché mi azúcar al café del director, que esperaba diluir la artimaña de la pastillita de sacarina antes de recorrer el aparato digestivo de tan emérito anfitrión.
A pesar de sus dulces quejas, por un día le alegré el café al director gracias al renglón torcido del azucarillo; en cambio, a mí empezó a encorvárseme con el sabor plasticoso de la sacarina. Porque quise ser consecuente y me empeñé en tomar su sacarina en mi leche con cacao, por aquello de estar a las duras y a las maduras.
Ya en clase terminó de coronarse la mañana. Tenía examen con un grupo de segundo curso. Cuando llegué, los alumnos ya habían separado sus mesas cuanto habían podido, explotando al máximo el espacio del aula (como les tenía dicho). Por mi parte, conocedor del género, eché un vistazo y enderecé algunas filas sospechosamente torcidas, pues algunos alumnos siempre perdían en estas ocasiones el sentido de la línea recta y la equidistancia en favor de una mayor vecindad con aquellos otros con buenas notas.
Repartí el folio de examen y empecé a dar vueltas por la clase, aburrido, a la espera de que los mismos de siempre solicitasen mi colaboración para rellenar su examen a medias, quiero decir entre los dos.
-La nota, luego, la repartimos entre los dos –decía yo para frenar un poco el asedio de los mismos de siempre.
Cada alumno repetía sus gestos de costumbre ante los exámenes. Unos frotaban el bolígrafo entre las manos al comprobar que se sabían las preguntas y exclamaban: “¿Gracias, profe! Me las sé todas. Sabía que iba a poner la formación de palabras y la novela realista”. “Estaba segura de que el texto iba a ser de Larra”, afirmaba por lo bajo alguna alumna con entusiasmo. Otros miraban con resentimiento el folio una y otra vez y, después, a mí, y se lamentaban: “¡Ha puesto justo las que me he dejado!”
-¡Mala suerte! Siempre os pasa igual. El próximo día os pregunto qué os vais a dejar, para no ponerlo –respondía yo con sorna mal disimulada.
A la vista de semejantes expresiones, ora de alegría, ora de enfado, y antes de que las cosas pasasen a mayores, con el consiguiente aumento del barullo, yo siseaba y gesticulaba con la mano en el aire en señal de que se dedicasen a escribir en vez de hablar.
Con el tiempo, mediado el examen, surgía de vez en cuando cierto murmullo entrecortado de vocecillas agónicas que siempre me recordaba el trapicheo sordo que se traen los escarabajos, grillos zapateros, marranicas y otros animalejos de calaña similar en el césped del jardín en las noches tranquilas de verano.
Yo, para sorprender, cambiaba de táctica y cada vez actuaba de manera diferente. Aquel día se me ocurrió dar un taconazo contundente en el suelo, uno solo. Tuvo su efecto y cesó el susurro de inmediato. Estaba claro que alguien había captado el mensaje.
Al poco surcó la tranquilidad del aula un nuevo gorjeo impreciso. Yo respondí con un nuevo taconazo, esta vez con el otro pie, por aquello de repartir con equidad el trabajo de todos los miembros. Y creí notar un sonido diferente al producido con el primer taconazo. Pensé que no podía ser cuestión del suelo golpeado, sino impresión mía.
Cesó el leve gorjeo adolescente: de nuevo se había completado el acto de comunicación no verbal. Me satisfizo el resultado, pero la diferencia del sonido de ambos zapateos no se me iba de la mente, así que volví a dar un taconazo con el zapato derecho y, a continuación, otro con el izquierdo.
Varias alumnas levantaron la vista al instante, miraron en rededor y exclamaron también bajito:
-¡Profe, si ahora no está hablando nadie!
No agradecí su gesto de buena voluntad, porque yo seguía en lo mío. Y es que, en efecto, no cabía duda: existía una diferencia de sonido evidente.
-¿Habéis notado la diferencia? Pregunté en voz alta, sin percatarme de la causa.
Algunos alumnos, los que ocupaban las mesas más próximas, me miraron con indiferencia. Solo uno, pelirrojo y muy vivaracho, dijo, sin mostrar mucho interés:
-Profe, es que los zapatos que lleva son diferentes.
-¡Ajá! Por fin alguien se da cuenta –dije disimulando mi propia sorpresa.
Al entregar su examen la última alumna, me dio la clave lingüística de la situación:
-Profe, digo yo que hoy más que zapatos lleva usted “zapatastros”, si existe la palabra. Pero, ¿podría existir, no? Y podría ocupar una casilla vacía en la lengua.
-Por supuesto, la palabra tiene sentido… y responde al sistema de la lengua. Para que triunfe, solo es necesario actualizarla en el habla, como tú has hecho, y que los demás hablantes la acepten y se divulgue.
Al día siguiente, después de preguntar por las notas del examen, los alumnos se dividieron entre los que pensaban que yo llevaba desparejados los zapatos para comprobar si se daban cuentan y los que defendían que, con las prisas, simplemente me había equivocado al ponérmelos. Los dejé con la duda, ¡cómo confesarles que mezclé un zapato negro con otro marrón al vestirme con la luz apagada para no molestar a mi mujer con migrañas… y –peor aún- que las cataratas medicamentosas que sufría yo desde hacía dos meses bordaron el resto! Pero todo ello le permitió a una de las alumnas más brillantes poner en práctica con gran ingenio la formación de palabras en español.
Claro que mis compañeros de desayuno, incluyendo desde el dulcificado director a los camareros, tampoco notaron el cambiazo. O nadie le dio mayor importancia. ¡Qué poco veíamos ya todos! O, acaso, ¡qué poco nos fijábamos a aquellas alturas en los detalles intranscendentes!

El buen samaritano (de Ginés Bonillo)

El buen samaritano

Ginés Bonillo

“No se confundan. A pesar de todo, se agradece.
(Marvin “Dúñer” Ríos)”

Los saltitos de la cantera del bastón sobre los tetones de las losas (y su ras-ras ras-ras) me indicaron rápidamente que había llegado al semáforo. Pero dudé por un instante y, aunque estaba casi seguro de que me encontraba en la tercera calle desde la Avenida de Amatisteros, me detuve a recapitular por si me había equivocado. Necesitaba reorganizar la información.
Si mis cuentas eran correctas, en la acera de enfrente, al otro lado del semáforo, un poco más adelante, debía haber una cafetería muy conocida en la ciudad: El Unicornio Azul, aquella de la Nochevieja más triste, con los dos solos en medio de la fiesta general, sin cotillón al que ir ni ilusiones que cumplir. Al día siguiente rompimos y el mundo se hizo añicos, aunque no se hundió.
Yo recorría aquel trayecto con cierta frecuencia, por lo que lo tenía bien tomado. Pero ese día… pudo ser que llevara muchas cosas en la cabeza, o que el viento me descentrara por miedo a ser arrastrado, o a que una ráfaga caprichosa me quitara el sombrero para depositarlo amablemente bajo los neumáticos de un automóvil, o que me había dejado llevar por la voz al principio plácida y sinuosa de una muchacha que le comentaba a alguien por el móvil –deduje que sería una conversación por teléfono porque no se oían las intervenciones del interlocutor del otro lado del satélite, a pesar de las intimidades que le voceaban sin rubor alguno-, una muchacha que le comentaba a Ceci (a esta altura de la conversación ya podíamos, yo y todos los que pasaban en ese momento por la calle, aportar su nombre: tal vez Cecilia, porque nunca se sabe ¡con el sunami hipocorístico que corre) que apenas había pegado ojo en toda la noche -“abrazada a él, besándole el pecho”… Y yo pensé que tuvo que ser algo más que abrazado… y besándole algo más que el pecho… ¡con lo largas que son las noches de invierno ventosas!-, o simplemente que me confié… el caso es que me despisté un instante y dudé. Ese fue mi error.
Ante la duda, con la paciencia que uno desarrolla con los años y los desengaños, decidí detenerme y hacer acopio de datos: a lo lejos, en la acera opuesta, entre el ruido de los coches, creía percibir la algarabía de cantos de los pájaros –canarios, periquitos, cacatúas…- de la tienda de animales que había junto a la cafetería.
Todavía estaba parado, reorganizando la información, cuando, sin aviso previo, sin encomendarse a Dios ni al Diablo, alguien me agarró por el brazo y tiró de mí a la voz de zafarrancho “¡Yo le paso!”, cual consigna de guerra.
Entre la sorpresa –mínima, porque no era la primera vez que me pasaba algo parecido- y la urgencia de evitar que se me trastabillaran los pies con la samaritana arremetida, el leísmo (feo, aunque aceptado) no fue lo que más me molestó de semejante ataque de compasión.
Ya del otro lado, cuando consideró conveniente dejarme en posición vertical, el abnegado señor le puso la cinta con lazo a su buena acción:
-¡Aquí ya se arregla usted! –pregonó con suma amabilidad, seguramente satisfecho de la obra de caridad del día que acababa de hacer. Digo “pregonó” porque era de esas personas que, de buena fe, creen que los ciegos, además de ciegos, somos no sé si sordos o tontos, porque nos hablan a grito pelado, como solemos hablar a los extranjeros, desestimando la tan manida queja de que lo importante no es la cantidad ni el volumen sino la calidad y, por añadir algo, la velocidad (entendiendo, en este caso, calidad por ’buena vocalización’).
-Perdone, ¿en esta acera, un poco más adelante, se encuentra la cafetería El Unicornio Azul? -le pregunté.
-Sí, sí… Va bien.
-Pues…
-¿Qué le pasa? –inquirió, desconcertado.
-Que yo iba a la farmacia que está enfrente de la cafetería, en la otra acera.
-Y ¿por qué no lo ha dicho antes? –me espetó, ahora con tono un tanto molesto.
-Porque no me ha dado tiempo ni a respirar.
-Pues yo no puedo pararme más. Pídale a otro que le ayude… ¡Digo, encima que lo paso hasta sin pedírmelo…! –añadió conforme se alejaba calle abajo.
Por suerte, de nuevo los tetones de las losas me indicaron el camino de vuelta a la acera de enfrente. Y, por suerte, también en la farmacia tenían dexametasona.