El pueblecito (de Ángel Dámaso Soto)

EL PUEBLECITO
-Ángel Dámaso Soto-

Hacía un frío de mil demonios. Por otra parte, se encontraba un poco irritado porque había olvidado cambiar las escobillas del limpiaparabrisas el sábado anterior.

Lo cierto es que en Almería suele hacer mucho viento cualquier día del año, pero lo que es llover… no llueve ni en sueños.

¡Vaya sorpresa se llevó esa mañana! Porque no es precisamente que estuviera lloviendo -¡qué puñetas!-… lo que estaba era diluviando.

Con muchísima precaución, con su auto llegó a ese lugar, o mejor dicho llegó a ese pueblecito, nombre que con los años ha tomado ese bonito lugar.

Sin perder tiempo alguno aparcó su automóvil y se puso en contacto con su presunto nuevo cliente, que esperaba en el bar de la plaza Mayor.

Después de los mutuos saludos de cortesía, ocuparon una mesa, solicitándole al camarero una botella de Rioja, eso sí, debía ir acompañada de un buen plato de queso con jamón. Ese primer trago de vino fue más que suficiente para aliviar el frío que sentían sus huesos.

Por otra parte, a ese supuesto cliente no lo conocía de nada, tan sólo tenía buenas referencias por un amigo común.

El motivo de tal reunión era evidente: pretendía venderle para el negocio que tenía ese señor una envasadora.

Cuando empezó a hablar del tema ocurrió algo curioso, su propio instinto de vendedor le hizo recapacitar… –“No, no, no”, se dijo en voz baja-. Intuyó que no iba por buen camino.

Comprendió, como todo buen vendedor, que necesitaba urgentemente de estrategias, ya que no habían pasado dos minutos de conversación, y ya estaba notando que éste señor no estaba interesado por su maquinaria. Fue entonces cuando su instinto de vendedor hizo su trabajo.

Con gran maestría desvió la conversación y, con suma habilidad, provocó que su trabajo de comercial lo hiciera el cliente.

En modo alguno intentó venderle su producto, todo lo contrario: Juan, que era el nombre de su pretendido cliente, se lo debía comprar a él.

La verdad es que el resultado es el mismo, pero es muy diferente, aunque a más de uno le cueste entenderlo.

El negocio iba viento en popa: todo estaba saliendo según lo previsto.

Durante éste tiempo estuvo ajeno a todo aquello que no estuviera relacionado con su objetivo prioritario…que no era otro que vender su maquinaria.

Su falta de atención fue precisamente el motivo que originó algo gracioso, que a la vez le hizo pasar un mal rato.

Juan, su ya nuevo cliente, tenía dos manos ortopédicas. Aun así, este señor se manejaba en cierto modo bastante bien.

La copa de vino la cogía con mucha facilidad e, incluso, el jamón y el queso lo pinchaba con un tenedor que magistralmente utilizaba.

En definitiva, era un señor que había sido capaz de romper sus propias barreras, y de barreras precisamente no quiero hablar…De otras barreras también yo sé hoy mucho: ¡Casi na!

Continuaré con la historia.

Fue de pronto cuando su estimado cliente se levantó de la mesa, se dirigió a él y le pidió que por favor le acompañara a los servicios. Sin querer ni poder evitarlo, su cara cambió de color, sus piernas empezaron a temblar, empezó incluso a tartamudear. Juan le miró extrañado y sin mediar palabra empezó a reír. Jamás había visto reír tanto a nadie. Se dirigió al camarero y le pidió urgentemente un vaso de agua temiéndose lo peor. Al cabo de unos minutos, se calmó. Juan le sonrió diciéndole que no se preocupara, tan sólo necesitaba que le abriera la puerta del aseo, solo eso y nada más… Tras una larga carcajada, le dijo que lo demás lo podía hacer él.

Ola de calor (de Ginés Bonillo)

Ola de calor
(Derretibles, S.P.)

El día, de finales de enero, no era de finales de enero, sino más bien de finales de abril o de mayo. Así discurre nuestra tierra por el ciclo anual. Yo había salido a la calle en mangas de camisa, sin el pañuelo rodeado al cuello con que suelo protegerme la garganta, mi punto débil en invierno.
Íbamos apurados de tiempo, como siempre; y como siempre, con la lengua baja, a la altura del pecho. Nada más traspasar la puerta corredera de acceso al azulado hospital, sin dudar un milímetro, nos embistió una llamarada de calor artificial, una bofetada de vaho fornario. Tuve la sensación de que nos iban a hornear allí mismo, tomados por inocentes cochinillos; opté, no obstante, por no despegar los labios para evitar dar pie a ser acusado de homo quejicosus.
Al llegar a la octogonal sala de espera de oftalmología, mi acompañante se sorprendió de que hubiese tantos pacientes y dijo:
—¡Qué gentío para lo tarde que es! No cabe un alfiler. Sólo hay dos asientos libres, frente a la consulta de córnea. Ni que los hubieran reservado para nosotros.
Ya sentados, decidí contravenir las normas de buen comportamiento y me sequé el sudor de la frente y del cuello con un pañuelo de mano. Estaba empapado.
A falta de evidencias visuales, yo captaba cierto rumor de fondo que no se debía a lenguaje articulado, sino más bien a leves suspiros, resuellos, alguna boqueada, algún disimulado e incómodo carraspeo…
—¿Qué se oye? —mascullé, alzando el bigote (con lentitud), arqueando la nariz (con disimulo) y frunciendo el ceño (con e, de estoicismo).
—La gente… —contestó mi acompañante en voz baja, acercándoseme al oído, como si fuese a revelarme un secreto; y, a renglón seguido, exclamó, ya en voz alta—: ¡Qué calor hace aquí!
—Será porque venimos corriendo, como siempre —apunté, subrayando el sintagma comparativo.
—¡No empieces ya!
—¿Es que la actividad física no genera calor?
—No.
—¿Ah, no? —repuse sorprendido.
—No, déjate; que los demás están sudando igual que nosotros y ellos están aquí de antes.
El sudor me brotaba a raudales entre las greñas montaraces de la cabeza; las abominables gotitas concurrían en el altozano de la frente; sin detener su curso, fieles a la impertérrita ley de la gravedad, se bifurcaban para esquivar las erguidas serrezuelas de las cejas; resbalaban, serpenteando aún indecisas, por entre los montículos despejados de las mejillas; hasta precipitarse, ya convertidas en pequeños riachuelos, por los meandros del delta que se extiende por el bigote y la barba abajo y desembocar en el mar del pañuelo que sostenía entre las manos.
Mientras sopesaba la conveniencia de escurrirlo con la debida discreción, me asaltó una idea del diablo.
—¿Estás segura —pregunté— de que estamos en la sala de espera? ¿No estaremos en la sala de calderas?
—¿Qué sala de calderas?
—O una sala de calor —sugerí y añadí—: ¿No dicen que el calor es bueno para el reúma?
—¡Qué sala de calor ni qué ocho cuartos! Además, ¿tú estás aquí por la vista o por los huesos?
—Pues en un balneario o una sauna.
—¡Que no! ¡Tienes unas cosas…!
—Yo no, será el calor, que me hace desvariar.
—Será… —remachó ella sin mucha convicción.
A pesar de verme inmerso en aquel soporífero baño, volvió a invadirme una vieja idea:
—No comprendo —comenté, casi sin aliento— esta manía tercermundista de abusar de los servicios para luego tirarse dos meses o dos años sin ellos cuando se averían o agotan. Que hay calefacción, pues al máximo en invierno… hasta que se avería. Que hay aire acondicionado, pues al máximo en verano… hasta que se agota el presupuesto… ¿Y nadie —inquirí— se queja?
—¿Es que puede quejarse alguien? Si está todo el mundo como el queso fundido —aclaró mi acompañante—. Si vieras… hay gente que se ha desabotonado la camisa hasta casi el ombligo y se abanica con lo que puede. Yo creo que no habla nadie a causa del sofoco del calor.
Sintiéndome vagamente autorizado por la actitud de los demás, me remangué la camisa hasta los codos, no pude más, y me abrí un botón del cuello; al poco, me desabotoné dos; luego, tres…
—¡Huy, huy, pero si junto a la consulta de glaucoma una mujer se ha descalzado y se está quitando las…!
—¡Las qué! —pregunté sobresaltado.
—Las medias… ¿qué va a ser? ¿No he empezado a describírtela por los pies?
—No sé. Pero con este calor, ¡podría ser cualquier cosa femenina!
Mi acompañante no estaba para detenerse en mis florituras lingüísticas-vitales.
—¡Buenooo! —exclamó al instante—. Si vieras…
—¿Qué, quééé?
—Que delante de la puerta de campimetría, un hombre se ha quitado la camisa, pero enterica y la ha tirado al suelo.
—No me extraña. Y, sin embargo, ¡nadie protesta! ¿No podrían bajar la temperatura dos o tres grados?
—¿Dos o tres? ¡Y doce o trece!
—Con lo a gusto que estarán ahora mismo en Siberia los sibaritas, a 20 grados centígrados bajo cero…
—¿Los sibaritas? ¿Qué tendrán que ver los sibaritas con este calor? ¡Ya estás con tus cosas! De todas formas, no lo creas. Seguro que alguno se quejaría, aduciendo que habían olvidado puesto el aire refrigerado desde el verano.
—¡Los turistas quejicosus, que no sé para qué viajan fuera de su zona de confort!
Paulatinamente se iba haciendo más sordo aquel rumor de fondo que no respondía a lenguaje articulado, sino más bien a leves suspiros, cada vez más leves; resuellos y alguna boqueada, cada vez más inaudibles; algún disimulado carraspeo incómodo, cada vez menos velar y más apagado…
Nadie hablaba, ni siquiera se advertía un balbuceo inteligible: “A tal punto ha llegado —pensé— el grado de resignación”.
—Y no citan —me lamenté— a nadie de las consultas. Eso es que no se atreven a salir, o que están esperando a que nos aburramos y nos vayamos, o que dan tiempo a ver si alguno se muere y se lo quitan de la lista sin darle un palo al agua. ¡Con lo que cuesta una campimetría!
—¡Qué cosas tienes! Sigue, tú sigue analizando.
—¿Yo analizando? ¿Qué he dicho?
—Cada vez te pareces más a mi padre.
—Porque tu padre tiene mucha experiencia de vida anudada.
Desde hacía buen rato percibía cómo el sudor… no, el sudor no… los ríos de sudor se deslizaban espalda abajo y se expandían por los calzoncillos. Sentía como si me hubiera orinado encima dentro de un sueño traicionero de madrugada. Al final de la gravedad, los calcetines naufragaban en sudor dentro de los zapatos, bailando como en una pista de hielo. Notaba el cuerpo anegado de agüita licuada, como si nos estuviésemos disolviendo.
Yo creo que, en cierto momento, el calor aumentó, si es que podía agravarse una vuelta de tuerca un escenario tan infernal.
—Con este sofoco —presagió mi acompañante, quizá figuradamente—, más de uno se va a derretir en poco tiempo.
—No hará falta esperar mucho. Yo mismo estoy derritiéndome en sudor ya.
—Y yo —confesó ella en voz baja—. Llevo las bragas que parece que me he hecho pipí encima. Pero alguno se va a derretir de verdad, no metafóricamente. ¡Tú es que no ves, pero si vieras…!
—¿No creas!: No hace falta que vea, ya lo sufro.
Al rato se oyó a nuestra espalda, en el asiento de la otra fila, un ligero burbujeo seguido de un prolongado goteo. Preocupado porque no cesaban ni el glu-glu ni el ton-ton, pregunté:
—¿Qué es eso que se oye?
—No sé… Voy a ver.
Mi acompañante se giró y no pudo evitar la expresión de asco consiguiente.
—¡Aaggg! —y la imaginé abriendo un poco la boca, alzando ligeramente los pómulos, entornando los ojos y concentrando las cejas.
—Pero ¿qué hay?
—Yo juraría que antes había una persona. Pero ahora se ha reducido a un charco asqueroso de fluidos y huesos diluyéndose… ¡Aaggg!, no puedo mirar. Parece el vómito amarillento-rojizo de un borracho. Llevaba una camisa de franela amarilla y un pantalón de pana negro, con una boina a lo Pío Baroja.
—No me extraña. ¿“Amarilla”, has dicho? ¡Pobre Moliere! Pero ¿estás segura?
—Ya lo creo. ¡Y tan segura! Si ese hombre trabajaba de conserje en el colegio al que iba yo cuando era niña. ¡Vaya final ha tenido el pobre, después de aguantar durante años a tanto bárbaro!
De pronto, sin dar lugar a ninguna reacción, se oyó la voz del guarda de seguridad, un tenebroso ululato de búho al acecho en su percha, que solicitaba ayuda seguramente por Walki Talkie:
—Venid rápido a recoger otros restos, que aquí hay dos de última hora que empiezan a alterarse. Con un cubo de ocho litros es suficiente, era el viejecillo de la camisa amarilla, el que se escapó en noviembre porque resistió desde las once… Sí, sí… ¡Poca cosa! Este no debe pasar de no más de dos puntos en el baremo del Servicio de Salud. Es poco, pero siempre se empieza por poco.
—Oye —le mascullé a mi acompañante—, esto no me gusta, parece cosa de ciencia ficción… ¿y si nos vamos? ¿Quién nos va a regañar?
Al momento se dirigió a nosotros el guarda jurado, quién (sin duda) gozaba de un oído tan fino como la vista, y debió de oírme el muy plumado.
—No, hombre; si les va a tocar ya mismo —chucheó desde las tinieblas de su reino de la noche, depositando su mano en mi hombro como gesto convincente.
Las palabras del búho metamorfoseado en guarda me dejaron dubitativo ante el dilema de si ya nos tocaba entrar por fin a la consulta o si lo que nos tocaba era derretirnos allí mismo, literalmente, sin ambages. Pero antes de empezar a exponerle al guarda-búho mis reparos (que yo entendía razonables), oí una voz afligida de funcionario atento, que emitía un lamento retórico con ánimo decaído, pero de corazón (o así lo entendí yo):
—¿Sólo hemos arreglado a tres hoy? —interrogó vociacontecido El nuevo personaje.
—Sí, señor director —respondió una voz contundente de ordenanza eficiente, de los que se ganan sueldo y medio—. Pero todavía quedan treinta y siete minutos, y hay cuatro o cinco que están a punto de ceder, porque se encuentran a puntico de caramelo. ¡Esos caen hoy, don Pedro!
—Aun así —refutó el director— no salen las cuentas: ¡como la mayoría tiene edad avanzada… no aportan muchos puntos! Ya sabéis que en estos casos al primero que reducen desde Derretibles S.P. es al director, y no tengo ganas de que me derritan tan joven. Habría que subir el termostato un par de grados más para asegurarnos los objetivos del mes.
—O pasar a mensuales las revisiones trimestrales; y las anuales, a cuatrimestrales. ¿Ya que alargar el tiempo de espera…? —insinuó otro ordenanza, también muy servicial.
—Esa táctica no da más de sí —argumentó el doctor Botero, director del centro desde hacía dos años—. ¡Si ya los tenemos entretenidos aquí desde las ocho!
—¿Y abrir por las noches? –propuso el guarda jurado, que no ocultaba su propensión noctívaga.
—No, supondría más gastos y, en consecuencia, aumento de exigencias en el baremo —apuntó uno de los ordenanzas, que estaba bien instruido en legislación.
—¡Mire hacia allá, don Pedro! —conminó alborozado el otro ordenanza—. Dos más derritiéndose. ¡Empiezan a caer a pares! ¿No da gusto verlos?
—Sí, sí —respondió el director, al que imaginé se le animarían de súbito los ojillos detrás de las gafas redondas a lo Hilario Camacho, bastante confortado a la vista alentadora de los despojos recientes, todavía calientes—. Esto empieza a funcionar. Y sed atentos, muchachos; no seáis cicateros, que nadie dude de nuestra profesionalidad de abnegados funcionarios en pro del servicio público: al que resista hoy lo citáis a revisión para mañana mismo, no le demoréis un mes perdido la cita. ¡Acabemos con el equívoco mito de las listas de espera interminables!… Ah, y al de la camisa remangada hasta los codos, también –añadió, haciendo especial hincapié en el adverbio-. A ese, que es peligroso, porque es de los que analizan hasta la última iota, lo citáis a primerísima hora, a las ocho en punto, que tengamos tiempo de sobra para arreglarlo bien en el día.
—Descuide, señor —le respondieron al unísono los subalternos al calderero mayor, frotándose las manos uno de ellos, como si estuviese adentrándose en la tundra siberiana en pleno enero o se dispusiese a comer tras dos meses de ayuno.
Mi acompañante y yo no nos atrevimos a ir más allá del ademán de mirarnos de reojo, sin atrevernos a erizar un mísero pelo o pelusa que se ofreciera.
—Ah… —les ordenó con un susurro el director a los secuacillos—, y a quien se haya entretenido con esta historia… tomad nota: también me lo citáis mañana a primera hora, que lo arreglemos tan bien como al de la camisa remangada. ¡Vivan los servicios públicos, muchachos!

Prodigios en ojo siempre ajeno (de Ginés Bonillo)

Prodigios en ojo siempre ajeno

-Ginés Bonillo-

“[…] una señora monja, parienta del Corregidor, que le mandaba con el pie; y que una lavandera del monasterio de la tal monja tenía una hija que era grandísima amiga de una hermana de un fraile muy familiar y conocido del confesor de la dicha monja, la cual lavandera lavaba la ropa en casa. Y, como ésta pida a su hija, que sí pedirá, hable a la hermana del fraile que hable a su hermano que hable al confesor, y el confesor a la monja y la monja guste de dar un billete (que será cosa fácil) para el corregidor, donde le pida encarecidamente mire por el negocio de Tomás, sin duda alguna se podrá esperar buen suceso.” (Cervantes, La ilustre fregona)

Otra situación tan repetida como imperecedera, sin fecha de caducidad a la vista, la representan los buenos samaritanos que, con la mejor intención del mundo, para dar ánimos y esperanzas, ofrecen ejemplos de curaciones tanto menos creíbles cuanto más se aproximan a lo milagroso. Historias que circulan como las leyendas urbanas, sin lugar ni fecha, anónimas y atemporales.
Así, me contaba un día una amiga de mi amiga Montserrat lo que le había sucedido a la madre de una cuñada de un primo de un vecino del apartamento que tienen para vacaciones de verano unos conocidos suyos (conocidos, por si alguien ya ha perdido el hilo, de la que mi amiga Montserrat dice que es amiga suya y su marido, que también es conocido mío.
En fin, que cuentan que la madre de alguien, para abreviar las letras, tenía problemas graves de visión, por lo que estaba muy preocupada. Dicen que fue a un oftalmólogo en Barcelona, quien le recomendó que se operara cuanto antes, de inmediato, sin perderse en interminables listas de espera.
Dicen que la señora parece que no se conformó con aquel diagnóstico y pensó solicitar una segunda opinión profesional. Por ello, cuentan que acudió a otro oftalmólogo en Madrid.
-Me han dicho en Barcelona que tengo que operarme lo antes posible, que la operación cuesta 4360€, pero que no me garantizan los resultados –dicen que resumió la señora.
-Yo no digo –cuentan que respondió el oculista- que operándose no se solucione su problema, pero… si usted fuese mi madre, yo le recetaría un colirio para echárselo tres veces al día y una pomada para ponérsela por las noches, y vendría a ver los resultados dentro de un mes.
Así lo hizo la mujer –aseguraba la amiga de Montserrat- y cuentan que al mes, cuando volvió al médico madrileño, dicen que se había curado. ¡Con un colirio y una pomada!
Yo imaginaba, casi desde el principio, la resolución del caso. Son los inconvenientes de haber sufrido ya diecisiete operaciones entre los dos ojos, sin concederme la ciencia el favor de un mínimo prodigio en ojo propio; y de golpear a diario cientos de obstáculos –incluidos los automóviles cuyos conductores muy sutilmente aparcan sobrepasando el bordillo, ¡ellos más listos que nadie!- con el bastón blanco en las aceras impracticables de mi ciudad (como decimos todos de nuestras ciudades).
-¿Cómo se llama el oftalmólogo? –pregunté sin muchas esperanzas, sabiendo que el prodigio se quedaría en ojo ajeno.
-¿Y el colirio y la pomada? –inquirió muy interesada, disimulando el sarcasmo que solo yo sabía detectar, mi mujer.
-¡Ay, chica, yo ahora desconozco esos detalles!

Hechizo (de Inma Ferre)

Hechizo

-Inma Ferre-

En las tardes serenas de invierno me gusta pasear junto al mar, mirar hacia atrás y ver las huellas de mis pies perderse a lo largo de la playa hasta más allá de donde llegan mis ojos.
Voy imaginando el mar como si fuera un gran cerebro y cada ola que arrima a mis pies como uno de sus pensamientos que arroja a mi encuentro: unos, suaves, agradables… casi dormidos llegan a la orilla; otros, fuertes, duros… de tan contundentes provocan daño al oído.
Hay noches en que apenas se percibe su oleaje, se ve tranquilo, en paz, dando el fruto de su vientre fecundo, feliz y sirviendo de espejo al cielo. En esas noches, mientras paseo por la playa cierro los ojos y respiro despacio para no romper el hechizo.
Durante el día parece que pierde intimidad. Se diría que durante el día es el mar y de noche, la mar… la mar que, como mujer enamorada, abre su inmensidad para que en ella penetre una luna que siempre cambia su hora de llegada, pero la mar, como mujer enamorada, siempre está ahí, nunca falta a la cita, nunca le falla. Esas noches soy la mar.

¿Por qué no te callas? (de Ángel Dámaso Soto)

¿POR QUÉ NO TE CALLAS?

-Ángel Dámaso Soto-

-¡No tira el agua! –me dijo mi mujer, enfadada.
Ella siguió hablando e, incluso, se estuvo lamentando. Yo la escuchaba y me decía a mí mismo: “¿Qué puñeta le pasará a esta mujer? ¡Pero bueno!…”
No me preocupé por sus palabras y seguí escribiendo mi relato. Al cabo de unos minutos se acercó a mí, pero esta vez aun más enfadada. Me dijo que se había roto la dichosa lavadora.
Tampoco era una cosa extraña porque, si no recuerdo mal, debía de tener alrededor de siete u ocho años y todos sabemos que los fabricantes le ponen a todo fecha de caducidad: el negocio del consumismo está a la orden del día y es una verdadera locura.
Mi mujer estaba preocupada, ya no solo por el hecho de que tendría que comprar una lavadora, sino por la cantidad de ropa amontonada que tenía pendiente de lavar.
Sin dejarme ni respirar, me dijo mi señora que me levantara del sillón y me pusiera un abrigo. ¡Uff!… ¡No hacía falta que me dijera ni una palabrita más!
Estuvimos en varias tiendas de electrodomésticos preguntando por las características de éstos cacharros, sin olvidarnos nunca de sus precios y de sus estrellitas.
Eran las ocho de la tarde. A esas horas estaba cansadísimo de recorrer tiendas y de hablar de lavadoras. Entramos en una y, de pronto, pensé: “Ésta es la mía. De aquí no salgo sin comprar la dichosa lavadora”.
Un comercial muy amable nos atendió y nos enumeró las ventajas de unas y otras. En algunas de ellas nos daba diez años de garantía si la posible avería era provocada por un fallo del motor. Otras sólo tenían dos años de garantía si era por defecto de fabricación.
En definitiva, estoy totalmente convencido por la forma de hablar del comercial que nos atendió, que al igual que yo, en su vida había puesto una lavadora.
Mi mujer le preguntó por todo: por el consumo, los tiempos de lavado… que si agua fría y agua caliente… ¡yo qué sé!
Egoístamente, queriendo o sin querer, yo le quise echar una mano a éste buen hombre. Al fin y al cabo, a mí sólo me interesaba comprar una lavadora… Ah, ¡y que llevara las dichosas estrellitas!
Por fin se había producido el milagro: mi mujer se decidió por una lavadora. Era una Samsung.
Yo empecé a recuperar el aliento y hasta el color… Por cierto, era la lavadora más cara; aunque eso no era de extrañar, conociendo a mi mujer.
Todo iba fenomenal, todo iba sobre ruedas, pero de pronto quedé en silencio, quedé perplejo.
No me lo podía creer: el vendedor, como si estuviera ausente, no dio por terminada la operación… ¡Ya había vendido la lavadora!
Tuvo la gran ocurrencia de decir que a él personalmente le gustaba más la marca Fagor. Mi señora me miró pensativa, no me dijo ni pío, ni habló… sólo me cogió del brazo y con suma contundencia le dijo al comercial que se lo iba a pensar y volvería otro día.
Me quedé de piedra. Por qué puñeta no se pudo callar éste puñetero vendedor.

Ratones colorados (de Ginés Bonillo)

Ratones coloraos

A Miguel Antolín,
por su labor de concienciación.

Nada más ingresar como afiliado, tras la pertinente sesión con la psicóloga, las clases de rehabilitación, el asesoramiento legal con vistas a mi ineludible jubilación… en la entrevista con el asistente social para informarnos acerca de las diversas medidas legales a nuestro alcance tendentes a facilitarnos en lo posible un mejor desenvolvimiento dentro de la nueva vida que teníamos que afrontar, nos aconsejó, entre otras cuestiones, que solicitáramos la tarjeta de minusvalía (o el eufemismo de moda en el presente del lector) para las plazas de aparcamiento reservadas para ello en vías públicas, supermercados, etc.
Nos pareció bien. Yo siempre había mirado con cierta envidia aquellas plazas sensiblemente más anchas que las con frecuencia estrechas destinadas al común de los mortales; próximas a las puertas de entrada a los establecimientos y, sobre todo, vacías, dos o tres plazas amplias vacías. ¡Idiota de mí! ¡Desear la suerte de las feas! No podía yo suponer entonces las ventajas de pertenecer al mayoritario grupo del común de los mortales.
Nos concedieron la tarjeta de inmediato. Nos explicaron las condiciones para su uso: aunque la tarjeta no porta ninguna identificación particular que revele el nombre del titular (por la ley de protección de datos personales) ni la matrícula del automóvil (para permitir que el titular pueda cambiar de vehículo), sólo puede usarse en un coche que en ese momento esté siendo utilizado por el titular de la tarjeta. En caso de pérdida o deterioro, se puede solicitar otra.
Al principio la usábamos poco, pues por la ciudad nos movemos a pie; y en otros lugares no suele haber problemas de aparcamiento.
La teníamos en casa y las pocas veces que podríamos haberla utilizado no la llevábamos encima, por lo que mirábamos de nuevo con envidia, y ahora con rabia justificada, las apetitosas plazas vacías.
Poco después, nos acostumbramos a dejar la tarjeta en nuestro coche; pero, como a veces me llevaba aquí o allá mi hija Clara en su coche, con frecuencia olvidábamos la tarjeta en el otro, con lo que estábamos en las mismas del principio. Alguien, no importa quién, pues el género humano da para todo, propuso la feliz idea de que dijésemos que habíamos extraviado la tarjeta para que nos diesen otra y, así, poder tener una en cada coche. De esta forma, no tendríamos que andar con la tarjeta de aquí para allá, amén de que nunca se nos olvidaría.
No acabó de gustarme la idea, puesto que suponía mentir; pero pensé que el fin razonable justificaba la pequeña mentira.
Tras unos minutos desagradables ante la funcionaria de turno, que nos miraba con mal disimulada suspicacia (y con razón), mintiendo acerca de cómo habríamos perdido la tarjeta (que ni nosotros mismos nos lo explicábamos), pensando que la señora estaría diciéndose: “¡Otros listos! Se creen que me engañan”… nos concedieron la segunda tarjeta. ¡Una vez pasado, valió la pena el rato de vergüenza! Se acabaron las miradas mezcla de envidia y rabia.
A partir de entonces ganamos en comodidad: fuésemos en el coche que fuésemos, siempre teníamos a mano una de las tarjetas; y estábamos despreocupados porque tampoco teníamos que pensar en qué coche estaría y si debíamos cambiarla de vehículo o no era necesario.
Con el paso del tiempo, cada día se fue haciendo más difícil encontrar en la calle o en los aparcamientos una plaza para minusválidos libre. No sé si los que proliferamos al cabo del tiempo fuimos los discapacitados con tarjeta o las tarjetas sin discapacitado. O es que los ayuntamientos van diezmando las plazas objeto de la envidia, que no creo. Pero sé de algún supermercado que ha enviado, aprovechando una mínima reforma, estas plazas al final del aparcamiento y al sol. Pensarán que a los discapacitados nos viene bien hacer ejercicio y tomar el sol. ¡Oh, excelsa y bienintencionada generosidad alemana!
De la progresiva escasez de plazas para discapacitados me percaté una tarde de fina lluvia, pero lluvia al fin y al cabo. ¡Quién iba a decirlo!, cuando todo el mundo ya sabe que en Almería casi nunca llueve. Puede parecerle a alguien extraño pero sí: llovía, y aquella fina lluvia nos recordaba la tarde ya remota, del siglo pasado, en que nos conocimos.
Aquella tarde de fina lluvia, la de la nueva centuria, mi mujer propuso que fuésemos al centro a tomarnos algo en la cafetería en que nos conocimos y hablamos por primera vez, de cosas tan transcendentes que ahora ninguno de los dos recuerda, mientras yo pensaba: “Con esta muchacha yo me liaba la manta a la cabeza en serio” y ella, según dice (no sé si por darme gusto), pensaba algo parecido: “Este muchacho me vendría muy bien a mí”.
-Además –añadió, para animarme-, enfrente de la cafetería han puesto dos plazas de aparcamiento para minusválidos que nos van a venir de perlas.
Media hora después, cuando llegamos frente a la cafetería, mi mujer lanzó varias imprecaciones -cuya literalidad no es conveniente plasmar- antes de soltar a los cuatro vientos, urbi et orbi:
-¡¡Pues no están ocupadas las dos plazas!! ¡Esto sí que es mala suerte!… Después voy a ver si tienen los dos tarjeta o alguno es un listo.
Nos vimos obligados a malaparcar en las proximidades de la calle Cita, a quince minutos a pie de la cafetería; que, para el caso, podríamos haber ido andando desde la casa. Cuando llegamos a la puerta de la cafetería, medio mojados -sobre todo yo que, intentando esquivar una bolsa de plástico, me había metido de lleno en un par de charcos, y que recibía el desagüe de una de las varillas del paraguas en un brazo sin notarlo hasta no tener remedio la cosa… mi mujer exclamó toda colérica:
-¡¡La mato!! ¡Cuando la pille, la mato! ¡Pero si uno de los coches de las plazas de minusválidos es el de tu hija! ¿Y con quién está, porque contigo no?… Boy a comprobar si el otro tiene tarjeta.
En efecto, ambos tenían bien visibles las tarjetas sobre los salpicaderos.
-Y este coche deportivo –me preguntó retóricamente- verde chillón, que pasa tan desapercibido, 1111 PIL (de “pillo”), ¿no es del niño de tu amiga Silvia?
-¿Qué Silvia? –pregunté a mi vez.
-Tu compañera de la ONCE.
-Ah, sí: de Nico. Menudo cachondeo con la matrícula: 11 11. ¿Por qué?
-Porque es el otro coche –dijo ella algo más tranquila- y tiene la tarjeta. Lo mismo está Silvia con su hijo en la cafetería.
Entramos algo recompuestos con la ilusión de tomarnos un café con Silvia.
-¡¡Serán sinvergüenzas!! –dijo mi mujer-. Si están los dos juntos…
Y, efectivamente, allí estaban los dos, Nico y Clarita, derramando cabelleras rubias en la misma mesita, o mejor dicho, en el mismo cantito de mesa, que les sobraban dos tercios largos, manteniéndola en difícil equilibrio, haciéndole casi zozobrar, ajenos a las infusiones que reposaban ya frías en las tazas, ni más acarameladitos ellos.
Allí estaban los dos. Quienes no estábamos éramos ni Silvia ni yo. ¡A saber a cuántas cuadras tendrían que aparcar Silvia y Javier, su marido, si decidieran tomarse un café en La Colonial, donde también se conocieron, intuyo que en un cantito de mesa también, pero cuando bastan sus ojos para sentirse en el cielo los enamorados… y la imagen me hizo sonreír, mientras no pude reprimir un estruendoso estornudo.
-¡Eso es por la niñica! –concluye mi mujer.
-¿El qué?
-El resfriado que vas a pillar. ¿No querías tener una hija?
-Claro que quería tener una hija.
-¡Pues toma hija!

ADENDA:
Un trabajo bien hecho, abordado en su día por alguno de los máximos dirigentes se vio coronado con la obtención para los invidentes -y sus acompañantes… cuando “acompañan”, claro- de la tarjeta de discapacidad para hacer uso legítimo de las plazas de aparcamiento reservadas a tal efecto. ¡Qué importa si lo consiguió después de un fin de semana de caza gloriosa o al alba de una noche inolvidable, iniciada con una cena opípara y remachada con un postre a la altura…!, como insinúan algunos. (Siempre hay gente dada a la hipérbole y la maledicencia: ¿Acaso no son inescrutables los caminos del Señor?).
Las ventajas de esas diligencias bien hechas las recibimos los discapacitados visuales y eso es lo que cuenta; y se consiguió porque por fin alguien con capacidad de decisión comprendió que los ciegos, aunque por principio no conduzcamos, alguien tiene que conducir por nosotros. Y porque alguien con decisión tuvo que ocuparse de hacerle comprender algo tan sencillo al sujeto con capacidad de decisión.
¡Lástima que, como siempre, el mal uso que de forma egoísta llevan a cabo algunos empañe el funcionamiento adecuado del sistema! Pero de eso, la culpa exclusiva la tienen esos usuarios que se otorgan derechos subsidiarios aprovechando que “el Tajo pasa por Toledo”.

Una barra de pan y una botella de vino (de Ginés Bonillo)

Una barra de pan y una botella de vino
(Sólo son dos segundos)

Ginés Bonillo

Hay sugerencias que no se discuten, simplemente se acatan. Por lo demás, la experiencia le dice a uno cuándo una propuesta alcanza el grado de orden (diplomática). El postizo “cariño” que adorna la oferta ratifica la sospecha.
-¿Vamos –sugiere/propone/decreta con dulzura, eso sí, tu mujer- un momento al supermercado, cariño? Es un segundo, solo voy a comprar una barra de pan y una botella de vino; me acompañas y, de paso, te da un poco el aire y tomas el sol.
-¡Vino! ¿Qué celebramos? –pregunto con buen ánimo.
-¡Humor no te falta!… Que no se te olvide echar el sombrero.
-¿Para traernos la compra?
-No, para el sol.
-¡No quieres -replico- que me dé el sol!
-Sí –aclara ella-, pero no en la mollera. ¡Y no empieces ya, que es muy temprano y tengo muchas cosas en la cabeza!
Uno no sabe qué pensar, si es para bien o para mal, pero tenemos el supermercado a tiro de piedra de la casa. A los cinco minutos dejamos atrás el calor centelleante del aparcamiento y nos traspasa la cortina de aire polar que intenta cauterizar el bienestar artificial de los 18º del interior de los 36º del fuego exterior.
-¿No coges –digo yo- un carro? Mira que luego empiezas a echar cosas y la cesta pesa mucho y va hecha un ocho. Además, así puedo ir yo cogido.
-No, si es un momento –afirma ella-; ¿no te digo que voy a comprar nada y menos?
-Eso dices siempre –comento a media voz.
-Toma –me dice poniéndome una cesta entre los dedos- y así llevas algo en las manos.
-Para eso quería el carro -aclaro.
Pero ella no me oye, va a lo suyo, inmersa en su tejemaneje. Y, cogido de su codo, noto que gira a la derecha en vez de seguir recto para entrar al supermercado.
-¿A dónde vamos? –interrogo.
-Necesito -responde- sacar dinero del cajero automático.
-¿Ves? ¡Ya empezamos a dar vueltas! –le reprocho.
-¡Hay que ver cómo sois los hombres! Todo os molesta. Si son dos segundos…
Diez minutos después (que no comprendo cómo puede tardar tanto alguna gente en teclear una contraseña dos veces y dar una orden tan simple como seleccionar y pulsar “Reintegro”) llegó nuestro turno.
-¿Sabes? –dice, y presiento que empieza a articular su plan invasivo-. Debería aprovechar para comprar el fascículo de esta semana de la casita de muñecas en el quiosco de prensa.
6,95 € y otros diez minutos nos costó la broma de la septuagésima octava (78ª) pieza de la colección.
-¿Y cuántas entregas son? –se me ocurre preguntar por curiosidad
-Ciento treinta.
-¡Coño! –proferí en voz alta-. Si vale la dichosa casita tanto como un apartamento de verdad.
-¡Sí, igual! –dice ella, irónica.
-Pues con un poco más, da casi para la entrada –digo, sin dar mi brazo a torcer.
-¡Anda, calla! Es un cortijo andaluz antiguo, precioso: trae hasta las tejillas del tejado y las teselas de la piscina.
-Muy mal -replico-: los cortijos andaluces no tenían piscinas, sino albercas o balsas; y esperemos que no tenga goteras, porque dónde vamos a comprar tejillas si hacen falta luego…
-¡Desde luego –dice ella- que cuando no quieres… no hay forma! Eres único.
-¿Es que no tengo razón?
Por fin traspasamos las barreras automáticas que dan acceso al supermercado. Nada más entrar se pasa por delante de la sección de ropa. Supongo que lo tienen todo planificado: que quieres un disco de música, tienes que pasar por la droguería; que necesitas un cartón de leche, te interponen la sección de jardinería; que buscas la fruta y verdura, te obligan a atravesar el calzado o los productos de limpieza, el rollo del papel higiénico (ya sabemos)…
-Ya que estamos aquí-dice mi mujer, como quien no quiere la cosa-, ¿por qué no te pruebas un polillo para ir luego a la playa?
-Pero –le digo- si nosotros no somos muy playeros…
-Da igual. Luego decimos de ir y no tienes nada decente que ponerte. Además, están de oferta. ¿Lo prefieres azulillo turquesa, verde pistacho, verde prado o rojo teja?
-¿Y no hay amarillo? –sugiero, en un intento de torpedear la compra, evadiéndome del polo.
-No, hay de lo que te he dicho y punto –responde ella.
-El turquesa mismo –respondo con desinterés.
-Los turquesas los veo muy pequeños todos. Me parece que no quedan de tu talla.
-Los números medianos se agotan al momento. No sé cómo no hacen más medianos –comenta a mi izquierda una señora que también rebusca entre los polos y se marcha.
-¡“Números”, “números”! –suelta mi mujer-. ¡“Números” son los del calzado! ¡La ropa va por “tallas”, no por “números”! Esta es de los que dicen “pintalabios” en vez de “barra de labios”, como los niños. ¡Qué falta de educación! Si la gente supiera que esas cosas suenan como un petardo en el oído.
-Pues el pistacho mismo –digo, intentando interrumpir la retahíla de improperios que lanza mi mujer cada vez que oye algo mal dicho, cosa demasiado habitual.
-Los pistachos que quedan son muy grandes para ti.
-Bueno –respondo-, no pasa nada; el rojo mismo vale.
-Ese color –comenta ella- no me gusta para ir a la playa.
-Bueno –vuelvo a decir-, no importa mucho; el otro mismo.
-El único verde prado que queda de tu talla tiene un defecto en el costado al coserlo y, además, no acaba de convencerme.
-No importa -añado-, ¿ves cómo no entraba en mis planes comprarme hoy nada? Se hace justicia.
-¿Y un bañador? –sugiere ella-. ¿Por qué no te compras un bañador, que los que tienes ya tienen varios años y están feíllos? Luego va la gente de punto en blanco y tú de pena.
-Como si a mí me importara mucho eso –señalo, y aprovecho la ocasión para descargar mi furia contra la superficialidad de mucha gente de hoy-. O como si a ellos, con todo su golpe de punto en blanco, no se los fuesen a comer los gusanos, entrándoles en fila y a empujones por la nariz y saliéndoles rechonchos y hermosos por el ombligo. Además, A quien le parezca mal… que se vaya al juzgado de guardia. ¡A ver si algún juez le admite la querella.
-¿Qué trabajo –insiste ella- te cuesta elegir dos o tres bañadores y probártelos?
-Sí, para que pase igual que con los polillos…
-No seas negativo… -comenta ella, intentando convencerme.
– Si no es por ser negativo, pero ¿es que tengo que comprarme algo? Cómprate tú lo que quieras y a mí déjame en paz, que yo solo venía a que me diera un poco el aire, ¿recuerdas?
-Pues tú pierdes –dice ella-, para ti es… Ahora que me acuerdo, ¡a ver si han traído el hilo dental que le gusta a la niña!
En ese instante bordeamos la jardinería pero, como mi mujer no pierde ocasión para ir fijándose en todo (que parece que tiene antenas), las ve. Y me había escapado de los polillos y los bañadores, por los pelos; pero sé que del resto no podría escaparme así como así. ¡Temo que la cuota de suerte del día se ha agotado con los polillos!
-Mira –dice ella -, ya han puesto las pastillas para encender la chimenea. Por eso luego, en invierno, cuando de verdad hacen falta, no hay forma de encontrar. ¡Voy a aprovechar para comprar dos o tres cajas!
Yo empiezo la cuenta mentalmente: «Uno de quince, por lo menos; o mientras quepa en la cesta», dije.
-¡Ay –exclama, como si surgiera de golpe-, mira ya que estamos aquí, voy a echar un par de cosillas!
El par de cosillas son dos latas de atún, dos de maíz y un frasco de espárragos.
«Cuatro de quince», digo.
-¿Dónde tendrán –la oigo mascullar- el otro tomate frito, que este no me gusta? ¿Por qué no pueden tenerlos juntos?
-Para hacerte dar vueltas –le respondo- y que acabes comprando lo que no tenías pensado Son estrategias de venta del mercado capitalista.
-Pues a mí que no me tonteen. Anda que tardo yo mucho en mandarlos a tomar viento o peor.
-¿Y qué? –señalo con desgana-. Todos los supermercados a los que vayas son iguales.
A la vuelta de la estantería, la oigo decir satisfecha:
-Aquí está.
Siento caer el frasco en la cesta y digo: «Cinco de quince. Un tercio».
-Voy a echar un manojo de zanahorias, que las de ayer estaban chuchurrías y no quise llevarme. ¿Tú quieres que nos llevemos unos jínjoles? A ti te gustan mucho.
-¡Jínjoles! Sí –digo, con toda la intención y mi mujer capta el retintín con que lo he dicho.
-No sé por qué digo “jínjoles” -dice, entrando al trapo-, cuando yo siempre he dicho “azofaifas”. Ya me has pegado tu forma de hablar. ¡Me da una rabia! Y no es “jínjoles”.
-Que sepas que “azofaifas” es lo que menos es –comento yo-; en todo caso, “azufaifas”.
Su respuesta la descarga contra la cesta: un manojo de zanahorias y dos quilos de jínjoles/azufaifas (condesciendo). Y yo contabilizo: «Siete de quince».
-¿Echamos -pregunta- media sandía?
-Cómo vas a echar media sandía si nos vamos mañana de viaje. ¿Te vas a comer media sandía hoy?
-tiene muy buena pinta –insiste, empeñada en llevarse media sandía- y volvemos en dos días. En el frigorífico aguanta.
-Que no eches la sandía –digo, un tanto enfadado-. ¿Tanta necesidad tenemos de sandía? Aquí aguanta mejor.
-Es verdad -reconoce- que no tenemos necesidad de sandía… Pero un trozo de queso del curado que me llevé la última vez, sí. Y voy a aprovechar que has venido tú para llevarme una bolsa de patatas ojo de perdiz. Y a ver si encuentro masa para empanadillas.
-Esas papas tendrán buena vista, ¿no? –caigo en el chiste fácil.
Mi mujer (ella a lo suyo) ni me oye. Unos minutos después noto que la cesta recibe el impacto de la bolsa de patatas, el queso y la masa y sumo: «Diez de quince. Dos tercios y ni nombrar el pan y el vino».
-Que no se me olvide –me advierte ella- echar salmorejo y algunos helados.
-¿No ibas a comprar pan y vino? –le recuerdo.
-Sí, voy por el vino. Tú espérame aquí, son dos segundos. Sola voy más rápido.
¡Dos segundos!, no. Diez minutos después… aunque no sé por qué me extraño, si siempre es igual. Después de treinta años debería conocer ya los segundos de mi mujer.
-el vino –dice, dejando todo en la cesta-, un botellín de malta que he encontrado por casualidad y una bolsa de pipas Tijuana a la barbacoa picante, que a la niña le gustan mucho y, para cuando venga de pasar el verano en casa de tus padres, no tiene.
«Trece de quince. Dos para el pleno. Hoy me quedo corto», murmuro.
-Cógete –propone ella, ya entusiasmada y en plena faena-, vamos a ver si hay del desodorante tuyo y pañuelos de papel para mí.
Unas estanterías más allá: primero, al frente; y, luego, a la izquierda…
-¡Cada dos por tres –rezonga para sí (dudo que sea para mí), pero en voz alta- cambian las cosas de sitio!… Espera aquí, no te muevas. Ahora vengo.
«¿Moverme?, como si pensara yo ponerme a comprar también», pienso.
Otros diez o doce minutos parado y empiezo a sentir cansadas las piernas.
-te he cogido –dice a modo de aterrizaje- desodorante neutro, ¿lo prefieres, no?
-Sí –mascullo.
-Y, de paso, he echado limpiacristales, pañuelos de papel y una esponja de baño para mí.
«Diecisiete ya. ¡Iluso de mí!», dije. Y algo debió de oír, porque me preguntó:
-¿Qué dices ahora?
-Nada, cosas mías.
-¡Ay, llevo –habla como para sí- un mes diciendo que tengo que comprar palillos de dientes, alfileres para el tendedero y dos pilas para el reloj de la cocina! Cógete, vamos. Son dos segundos.
-¡Alfileres, alfileres! -exclamo-. ¿De dónde habréis sacado el nombre para las pinzas de tender la ropa?
-En Almería –me espeta- siempre han sido alfileres. Y pienso seguir llamándolos alfileres toda la vida… te pongas como te pongas y diga lo que diga la Real Academia.
Con los palillos, los alfileres/pinzas y las pilas, ya cuesta trabajo mover la cesta. Y yo contabilizo: «¡Veinte! Y el pan perdido en combate. ¡Solo llevamos el cincuenta por ciento de lo que íbamos a comprar en principio y la cesta está llena! Como hasta llegar al pan eche otro tanto como hasta el vino…»
-¿Sabes –pregunta, imagino que para justificar la compra- qué nos falta desde hace unos meses?
-¿Qué? –pregunto extrañado, sin la menor idea.
-Sal yodada. ¿No dices que es recomendable usar sal yodada para el tiroides?
-Eso oí en un documental.
-Voy a ver si hay. Espérame aquí. No tardo, son dos segundos.
Empezaba a desesperarme. Todos sabemos, a estas alturas, ya cuántos minutos tienen los dos segundos de mi mujer: de dos horas para arriba.
-Aquí está –comenta eufórica- la sal. Y también he echado espaguetis y unas costillillas de lechal para la cena.
«Veintitrés y sigue». La cesta está colmada.
-¿Qué te dije –pregunta con decisión- que no se me olvidara?
-Salmorejo y helados –contesto con resignación-, pero en la cesta no cabe ni un alfiler de los míos.
Los llevo yo –afirma ni más resuelta- en las manos. Ponte en la fila, que yo vengo en dos segundos.
-¿Dos segundos dices? –le digo, intentando con mi tono que solo sea un segundo.
-Perdemos más hablando -replica- que en ir.
Debe de ser uno de los momentos en que más nervios sufro: cuando me deja en la cola de la caja y se va por ahí, a saber qué hacer y a saber cuándo volver… y a saber cuánto avanza la cola y yo parado como un pasmarote allí en medio, y a saber cuánta gente mirándome y preguntándose “¿Qué le pasa a este tío?”, sin captar mi realidad a pesar del bastón blanco delator. Por suerte, esta vez tarda un segundo y medio.
-Ya estoy –dice, con aplomo-. He cogido dos cartones de salmorejo y helados de ron con pasas. ¡Ah, y una lima para las uñas!
-Ya decía yo… ¿Y el pan, que es por lo que hemos venido?
-¡Da igual! –añade con naturalidad-. Bajo ahora y lo compro en la cruasantería del barrio.
«¡No me lo puedo creer!», pienso, aunque no despego los labios.
Pasamos por la caja: 80 €. ¡Y solo habíamos comprado una de las dos cosas que pensábamos comprar! No comprendo cómo pueden gastarse 80€ en dos segundos y, menos aun, ¡que quepan en una cesta! Menos mal que siempre desciende el IPC los años electorales.
Ya fuera del supermercado, en el pasillo principal que lo separa de las tiendas contiguas, dice mi mujer:
-Tendría que mirar un bolso en la tienda.
-Si tiene que ser hoy… -comento con notable resignación y más retintín.
-Pues sí, porque un día por otro, nunca me lo compro.
Otros diez o doce minutos… (perdón, seamos coherentes con mi mujer) ¡dos segundos! comparando bolsos en el escaparate, para al final concluir:
-No acaba de convencerme ninguno, lo dejo para otro día… ¿Y tú no querías comprarte un sombrero panamá para la feria?
-¡¡¡No!!! ¡Y la cesta la llevas tú!

Mi carro (de Ángel Dámaso Soto)

MI CARRO

Ángel Dámaso Soto

Agarré el carro con firmeza, como todo buen conductor: Cinco kilos de patatas de ojo de perdiz, un kilo de tomates raf (de la tierra), una docena de huevos, una tableta de chocolate, dos paquetes de salchichas, tres rollos de papel de cocina, un paquete de servilletas, un queso de bola, una caja de leche sin lactosa, un paquete de café, un bote de Nescafé, dos kilos de manzanas y tres o cuatro peras que quedaban en la vitrina. De la charcutería cogimos unos chorizos y una morcilla de Los Gallardos.

había varias señoras haciendo cola en la pescadería, por lo cual tuvimos que esperar más de la cuenta. Nuestro turno llegó a cambio de mucha paciencia: la dependienta más bien parecía una relaciones públicas, pero no de esas que hablan cuando tienen que hablar, sino de las que no saben callar y hablan sin parar.

Una señora le pidió una dorada y ésta instintivamente empezó a contarle no sólo su vida, sino que continuó con la de su compañera la charcutera. El caso es que sólo tenía que limpiar la dorada y partirla en dos para hacerla a la plancha. ¡Puñeta con la señora! Hasta le dijo lo que pensaba hacer el próximo fin de semana y mucho más. Por cierto, tiene dos hijos: Juanito, de tres años, y Luisito, de cinco. (¡Como si a mí me importara!) Además, el pequeño, que es Juanito, todavía se hace pis… Yo la escuchaba moviendo la cabeza con resignación.
-la siguiente -dijo la pescadera.
-¡Oh! Es nuestro turno -exclamé con alegría.
Mi amiga levantó la mano y le señaló un enorme salmón. Sin mediar palabra le dijo a la dependienta que se lo llevaba así mismo.
Eran las dos de la tarde y todavía no habíamos salido del supermercado. Por cosas de la vida, Luisa se tuvo que ausentar y eso que mi mujer le repitió en varias ocasiones que no me dejara solo.
Yo me quedé esperando mi turno en caja solo, ya que a ella le surgió una necesidad tan primaria como inoportuna, de esas que educadamente llamamos fisiológicas… (¡Qué leche!: la pobre se estaba meando literalmente).
Mientras esperaba su regreso, me solté del carro que hasta ese momento había llevado agarrado, y bien agarrado, para hacer una llamada de teléfono. Agradecí que un amable chico me recogiera el bastón blanco que se me había caído al suelo.
Sólo pasaron unos segundos cuando llegó mi turno para pagar. Me sorprendió la prontitud con que la cajera me atendió. Fue realmente rápida, como un rayo; pero «Bueno -me dije yo-, alguna suerte tiene que tener uno de vez en cuando».
Pagué la compra con mi tarjeta y amablemente la chica me dijo que en menos de veinticuatro horas me llevarían la compra a casa. Al cabo de unos minutos apareció Luisa con una voz de agradecimiento. Yo le dije que no se preocupara, que todos somos hijos de Dios.
Al día siguiente llamaron a la puerta de la casa. Era el repartidor del supermercado. Mi mujer no supo qué decir. Al ver la compra, se quedó de piedra y diciendo para sí misma: «Esto, ¿qué puñeta es?»
Sobre el poyo de la cocina le habían dejado tres cajas de cerveza y dos paquetes de condones.
Se dirigió a mí pidiéndome la lista que me había dado. Yo, sin entender nada, le aseguré que no me había equivocado y que me acordaba todavía perfectamente de lo que ponía en la lista, pero instintivamente exclamé:
-¡¡joder, cambié de carro en la caja del supermercado!!

El «analisen» de sangre (de Andrés Sánchez Bonillo)

El «análisen» de sangre

Andrés Sánchez Bonillo

Aquella mañana me levanté temprano y decidí, por fin, pasar por el hospital para los análisis de sangre y orina que días atrás me recetó D. Victoriano, ángel custodio de mi salud desde principios de año. Digo “por fin” pues, en sucesivas veces, había dejado olvidado en Palacés el volante necesario para solicitar las pruebas. Palacés es mi terruño, al que me acercaba últimamente en viajes relámpago y, entre tanto ir y venir, siempre se me olvidaba algo.
En estos quehaceres destinados a escudriñar mi salud física, lo más desagradable -al menos, para mí- es ir a la extracción de sangre sin poder tomarse uno el cafelico de la mañana con su media de aceite. Sin él estoy de muy mal humor y, lo que es peor, transitoriamente me vuelvo pendenciero, aunque sin perder los buenos modales. Los vampiros del laboratorio no me asustan; soy de los que nos gusta mirar conmovido cómo se embota la vena, entra la aguja y comienza la sangre a salir, quedo maravillado de su rojo intenso, casi negro, y de su enigmático fluir en mi interior.
Apenas pasadas las ocho llegó mi turno. Me aproximé al mostrador. No me permitió articular palabra la auxiliar: sin apartar la mirada de su computadora, percibió la presencia del “siguiente” y, maquinalmente, la pelimorena enmarañada, soñolienta, con desdén dijo: “Dígame”. A mi, con sinceridad, aquella desagradable falta de calor humano estimuló, aun más, mi ánimo follonero, que empujaba por salir desde mi interior abriéndose camino como la lava incandescente derrite la tierra instantes antes de la erupción.
-Buenos días, señora. Venía a hacerme un “análisen” de sangre y otro de orines –contesté, tirando de mi léxico de infancia, superviviente en mi en ratos de humor y para recordar de dónde vengo.
Hice blanco: la pelimorena quedó petrificada, sólo pudo dirigir sus saltones ojos hacia mí a modo de lanzamisiles. Los cristales de sus enormes gafas hicieron las veces de escudo salvador.
-¡Será “análisis”! -espetó, con voz entre indignada y repulsiva.
El duende de la travesura sonreía al tiempo que maquinaba la próxima.
-Por favor, rellene estos documentos -exhortó la subalterna incauta, ya de pié, despojada del sopor inicial, seria y fría.
-Perdone, señora; pero soy discapacitado visual y no veo para escribir.
Esto la conmovió lo suficiente, la ablandó: su gesto perdió el fuerte olor a vinagre inicial y, en general, su tensión se aflojó.
-Bueno, aquí tiene el justificante para recoger los resultados y su tarjeta de mutualista -dijo transcurrido un instante, ahora sí, irradiando algo de calor fraternal.
Esto de no estar bien de la vista “amansa las fieras”: le permite a la gente realizar a bajo coste su buena obra del día.
-¿Es que los resultados no los envían por correo “electrógeno”? -pregunté.
-¡No, y se dice “electrónico”, “correo electrónico”! ¡A ver si nos ponemos al día en las nuevas tecnologías! -me contestó con cierto agrado en forma de media sonrisa y voz en color más suave.
-¡Ah, no! ¿Pues entonces?
-Lo puede usted descargar de la web oficial. Aquí tiene usuario y contraseña -dijo ella al tiempo que extendía la mano con el papel de las instrucciones.
-Mire usted, joven, a mí las “güess” no me van nada; mucho lío con eso de Inicio, Quiénes somos, Bienvenida, Noticias, Contactos, Área de clientes, Galerías, Ofertas… Manejo mejor el “basa” o el “tites”.
-Oiga, ¿ha dicho usted “tites”? Querrá decir twíter. Tampoco es “basa”, sino whats app. Y es web, “página web”.
-Será como usted dice, joven; yo me refiero a las “a pepes” del gorrioncico y del telefonico verde para el lado.
-Caballero, esas app no se utilizan por razones de seguridad.
-¿Ah, no? ¿Y por “facebuque”?
-Es facebook -me corrigió con hilaridad-. Y no se utiliza por lo mismo: protección de datos.
-Jovencica, usted está puesta en cuatro nombres en inglés, pero poco en nuevas tecnologías.
-¿Ah sí? ¿Y eso?
-Hombre, hasta el Papa y el presidente de los Estados Unidos de Norteamérica informan por “tites”. Eso sin contar que todo hijo de vecino exhibe su vida íntima por “facebuque” y “basa”, facilitando alegremente sus datos personales por el entramado de la red informática sin más precauciones.
-Caballero, un análisis es una cosa muy seria.
-Ya veo, ¿me quiere usted convencer de que le importa más a la gente mi nivel de glucosa en sangre, mi índice de TPH libre en ella o la velocidad de su sedimentación que cuántos hijos tengo, si me llevo bien o mal con mi esposa, si tengo o no amantes, si me queda mucho o poco pelo o si estoy muy gordo o me mantengo en medidas razonables?
-¡Ande, ande! No diga más tonterías esta mañana y deje el turno al siguiente.
-¡Sí, sí! Para ustedes las nuevas tecnologías es decir cuatro cosicas en inglés, ponerles a algunas “2.0” al final; pero de aligerarnos la burocracia… nada de nada, sobre todo si estamos lisiados.
Al poco sonó una voz perfumada envolviendo mi nombre: reclamaba que pasara a la extracción. Penetré al habitáculo y, entre la niebla, vislumbré un vampiro de descomunales ojos caramelo, sonrisa blanca que iba de lado a lado de su angelical rostro, cuerpo modelado en proporciones sexis y de modales delicados. Todo mi mal humor se disipó en la atmósfera creada por la tierna libadora.

Los pájaros intrusos (de Ginés Bonillo)

Los pájaros intrusos

Ginés Bonillo

A mi mujer, compañía nata,
También en los planteamientos;
Y cómplice en lo demás.

Aquellos pájaros no los había oído nunca. Ni visto.

Debían de ser algunos de los exóticos que se escaparon años atrás de una tienda de animales del vecino centro comercial y como se instalaron de okupas en el supermercado anexo -causando molestias y, sobre todo, daños en los artículos a la venta (algo tendrían que comer y en algo tendrían que entretenerse todo el día) y estragos en la limpieza del local, pues no debían de saber los pobres animales que los humanos (en su progresiva desnaturalización) han determinado que ciertas necesidades fisiológicas se cumplan en la intimidad y en cuartos especialmente acondicionados para ello- y dado asimismo que los empleados del supermercado no lograban atraparlos para reducirlos, el encargado decidió indultarlos–aprovechando que concurría por esas fechas la celebración de la Semana Santa, aunque no fuese Málaga- y concederles la libertad plena, puesto que desde hacía unos días ya gozaban de un anticipo.

Unos años después de la sonada fuga alada (que recogieron hasta los periódicos), y con todos los árboles grandes de la ciudad generosamente alfombrados de pegajosas cagadas de pájaro, estábamos mi mujer y yo en el instituto, esta vez como padres. Ese día de finales de junio acudimos los padres a que el tutor de nuestros hijos nos diera el boletín con las notas finales del curso y, de paso, nos transmitiera algunos comentarios e instrucciones sobre los menores con vistas al período vacacional.

Nos hallábamos en un pasillo de la segunda planta, ante el departamento de Lengua y Literatura (que tan buenos recuerdos me traía, pues en años ya lejanos había trabajado en él), y dudábamos dónde se encontraba el departamento de Geografía e Historia, donde –al parecer- el tutor estaba recibiendo a los padres.

Ante la falta de certeza, mi mujer decidió bajar a conserjería a preguntar. Yo me quedé solo, apoyado en la pared, con la consigna de que no me moviera de allí, que ella venía en un momento, en dos segundos (o eso me dijo).

Al poco, nada más irse, porque las cosas tienen la costumbre de ocurrir cuando me quedo solo, oí hacia mi izquierda un canto que nunca había oído. Un canto parecido a un silbido, un “¡fufufiífu!”, que asocié al esquema del pie latino tertius paeon, aunque barajé la posibilidad de que se tratase de una combinación de un pie pírrico y un troqueo, cargando el acento en la sílaba larga. ¡Fufufiífu!

De inmediato pensé que se trataba de un pájaro que, aprovechando alguna ventana abierta a fin de mitigar el calor de la época, se había colado en el instituto. No sería la primera vez. Me vinieron a la mente tantas ocasiones en clase… Un gorrión, una paloma…

En cierta ocasión fue un murciélago que andaría despistado con el cambio horario (era abril)… Semanas después se descubriría que unos cuantos -probablemente, según los alumnos, familia o colegas- habían hecho de la caja de la persiana su confortable dormitorio. El murciélago en cuestión se invitó esa mañana a clase y levantó en décimas de segundo una ola de emociones en los tiernos pechos adolescentes que no lograrían en dos días los dulces lamentos de Salicio y Nemoroso (ni siquiera comentados por El Brocense o Fernando de Herrera), ni los mejores versos de Virgilio, Ovidio y Horacio juntos… aquel quiróptero curioso levantó tal espanto sincero en unos cuantos alumnos y la algarabía en el resto que no había forma –ya lo sabía yo desde el primer momento- de recuperar el orden en quince minutos (por lo menos).

-¡Tenemos un invitado, profe! –gritaba en estos casos algún alumno, cuya alegre entonación denotaba más entusiasmo que temor, tocando a rebato y, tras dar la voz de alarma general, señalaba al intruso, el cual oteaba tan extraño horizonte para él desde el excelente mirador que le proporcionaba la caja de la persiana.

-¿Qué es, qué es? –preguntaba rápidamente alguno con la curiosidad e interés que rara vez mostraba en clase. Solo con los textos ambiguos…

-¡Un pájaro! –aclaraba a grito pelado alguien, como si tuviese al lado un león hambriento o una boa constrictor en actitud de peligrosa inquina.

-¡Es que quiere aprender lengua, profe! –apuntaba otra, soltando su gracia.

-¡Es que es una murciélaga y le gusta la poesía de Bécquer! –era la apuesta de otro.

-¡Poesía –declamaba alguien desde otra esquina de la clase- eres tú, murciélaga mía!

-¡Vamos…! –interrumpía yo, con poca convicción.

-¿A dónde, don Julián? –respondía a coro media clase, reproduciendo una anécdota que yo les había contado el primer día de curso sobre un viejo profesor mío; sin prever que, con ello, yo también acabaría siendo víctima de la misma broma por parte del adorable hato imberbe.

La bestezuela, quizá poco acostumbrada a semejante barullo, miraba y remiraba, a diestra y siniestra, se sacudía las alas, encogía el espinazo, doblaba la cabeza y, al final, decidió echar un vistazo más de cerca por el aula, agitando de nuevo los ánimos de los ya de por sí propensos adolescentes.

-¡Eees Dráaa cuuu laaa –vociferó, sílaba a sílaba y con tono cavernoso, la chica más vivaracha; para a continuación, de forma atropellada y veloz, exclamar:- yvieneaportí-Quinito! -con lo cual, salvo tres o cuatro audaces, la mayoría –encabezada por el susodicho Quinito, que no parecía muy animoso que se supiera (y menos desde ese día)- salió corriendo despavorida, tal si llevara cada uno un cohete en el culo, hacia el pasillo, chillando descosidos… como si les fuera la vida en ello o los persiguiera el mismo príncipe empalador de Valaquia. Para mí, que aquellos alumnos apuntaban al bachillerato de Artes Escénicas.

-Tened cuidado, no os vaya a comer… –decía yo en estos casos, resignado, sabiendo por experiencia que la clase de ese día ya era poco menos que capital perdido.

Mientras tanto, los tres o cuatro decididos abrían alguna ventana para, después de haber realizado el asustado animal cuatro vuelos rasantes desde la pizarra a la caja de las persianas y viceversa, devolverlo a la libertad plena de la calle.

Aquel día de finales de junio me recreaba en estos recuerdos cuando, en cuestión de segundos, oí que al primer ¡fufufiífu! le respondía otro ¡fufufiífu! que procedía de la derecha.

“¡Cucha, si hay dos pájaros! –pensé-. Esto es el calor… que se meten aquí buscando el consuelo de la sombra!”

Poco después cantó al frente y más cerca otro ¡fufufiífu!, que ya no supe a quién le respondía, si es que respondía, o si tal vez preguntaba… porque todos los ¡fufufiífus! eran iguales, un único canto monocorde, uniforme y uniformado, sin variaciones, sin chispa, sin gracia. Y luego, ahora por la izquierda, pero a mi lado, se oyó otro canto de los que nunca había oído, ni visto; y por la derecha, pero allá a lo lejos, otro ¡fufufiífu!, o es que se había alejado el primero… Dudé, ya no sabía qué pensar. ¡Fufufiífu!… ¡fufufiífu! se oía por todas partes. Estábamos rodeados. Yo, porque he aprendido a ser tranquilo, y espero a que lleguen las cosas… por si acaso no llegan.

“¡Jóder! ¡Esto está lleno de pájaros!” -pensé.

Menos mal que enseguida llegó mi mujer con la confirmación de que el tutor recibía en el departamento de Historia, no en el de Lengua. Mientras nos dirigíamos al otro departamento, sonaron otros cinco o seis ¡fufufiífus! y pensé que eran muchos pájaros para que les permitiesen permanecer allí. Entonces le dije a mi mujer:

-Oye, mira a ver que son todos esos pájaros que se oyen por todos lados… ¿Qué pájaros son?

-¿Pájaros? –dijo ella, cuyo tono daba a entender su incertidumbre al respecto-. Yo no veo pájaros por ninguna parte.

-Pues yo no paro de oír pájaros… -y exterioricé en voz alta mi pensamiento tal como surgía:- ¡Joóoder! Pues sí que tienen que estar mal los profesores…

-¿Por qué? -inquirió mi mujer, sospechando que yo debía de estar maquinando alguna idea nueva.

-Porque, con la reducción de las nóminas a los funcionarios por esto de la crisis y los recortes de los últimos años, que muy eufemísticamente llaman ajustes y quitar grasa, cuando lo que están haciendo es descarnar a los menos carnados… ¡no habrán sido capaces los profesores, para sacarse un sobresueldo, de montar en el instituto un criadero de pájaros para luego venderlos por las tardes!

-¡Qué cosas tienes! Eres temible. Lo que a ti no se te ocurra…

-Tú dirás lo que quieras, pero yo sigo oyendo pájaros cada dos por tres: ¡fufufiífu!, ¡fufufiífu!, ¡fufufiífu!

-¡Déjalo ya! -exclamó ella-, que me vas a volver loca con tanto ¡fufufiífu!

-Lo dejo, pero yo sigo oyendo los pájaros… -me atreví a decir solo en voz muy baja.

Llegamos frente al departamento de Historia y seguían sonando por doquier los dichosos ¡fufufiífus!; y a mi mujer se le debió de encender una luz:

-¡Ah! Ya sé: es algo de los teléfonos móviles, una señal de algo…

-¡No habrán puesto los profesores una tienda de móviles en el instituto! –pregunté sin poder creérmelo.

-Son móviles que lleva la gente –dijo mi mujer-. ¡Cómo van a poner una tienda en el instituto! ¿Ves cómo lo que no se te ocurra a ti no se le ocurre a nadie? –añadió, con retintín.

-Pues tampoco sería tan extraño… ¡Se ven a diario tantas cosas raras!

-Tu –me susurró al oído mi mujer-, porque no lo ves… Pero si vieras el montón de gente que está esperando como nosotros, y cada cual está con su móvil ahí tiquitiqui-tiquitiqui, embebidos en la pantalla, absortos del mundo, como zombis, que se chocan contigo por el pasillo y ni piden disculpas. Son adictos irremediables, y luego se quejan de los niños…

-Pues, sí. Porque los niños, al menos, tienen la excusa de que son adolescentes y están a medio formar, pero los padres son adultos…

-Adultos –me interrumpió ella- por el DNI, pero ¿tú crees que muchos de ellos están acabados de formar?

-Pues si no están, tarde han esperado.

-Ese silbido, ¡fufufiífu!, es la señal de que le han enviado un whatsapp –comentó la voz sugerente de una muchacha que, intuí, formaba parte también de la fila, para recoger el boletín de notas de algún hermano o hermana menor.

-¡Ya decía yo! ¡No pueden estar tan mal los profesores! –dije con alivio.

Tanto la risa irónica de mi mujer como la de la muchacha me dieron a entender que ambas pensaban lo mismo de mí y de mis ocurrencias.

-La gente –continuó queda la muchacha con sus razonamientos- está chiflada, yo no sé qué piensan.

-Pero ¿tú crees que piensan? –sugirió mi mujer, sin tapujos.

-¿Pensar?… Ni piensan, ni hablan, ni oyen –respondió, a media voz pero tajante, la muchacha-; la gente se ha convertido en simples terminales de las redes sociales, y aquí les traigan pienso para los pollos. Creo que somos los únicos que no estamos con el móvil en las manos y ahí empeñados en tiquitiqui-tiquitiqui, tiquitiqui que te crió…

-Pero si estamos hablando de ellos a su lado y ni se enteran.

-Porque yo tengo móvil –explicó la muchacha-, pero sé usarlo. Para un uso adecuado, el móvil es muy útil, es estupendo; pero el problema es que la gente lo ha tomado como un juguete y el móvil, si no eres inteligente, es muy adicto, es una droga mental que te engancha como cualquier droga física.

-La gente es idiota –prorrumpió una voz masculina rotunda que surgió por mi izquierda, despachándose a gusto-, así de claro; y quien se pique… ajos come. Parece mentira la cantidad de adultos que son peor que los niños, que se supone que no tienen uso de razón: Les ponen el caramelo delante y ahí están todo el día enganchados, chupa que chupa, como los tontos, alienados, esnifando pantalla por los ojos. Y, lo bueno es que se creen más modernos que nadie por eso, por estar a la última en las nuevas tecnologías…

-Que están a la última –rectificó la muchacha- es lo que les hacen creer, ¡pobres ignorantes!, sin darse cuenta de que la última a la que estamos todos es la última que quieren o les interesa que estemos a los de arriba. Y nosotros somos peleles en sus manos, pollos a los que echarles su ración de pienso diaria para que vivamos con la sensación de felicidad.

-Pues sí: Creo que fue Marx, o Feuerbach, quien decía que la religión es el opio del pueblo; y ahora resulta que el opio del pueblo de hoy son los móviles.

-No sé –opiné yo- si los de arriba los utilizan como opio para el pueblo; pero como sacarina, por lo menos… ¡seguro!

-Me adhiero a la idea: sí, los móviles son la sacarina del pueblo –sentenció la muchacha.

-opio, sacarina o pienso… es lo mismo: ¡Zarandajas! ¡Menudo sacarinazo! Porque los móviles se han convertido en una epidemia –señaló mi mujer.

-¿Una epidemia? ¡Son una plaga!, que no sé qué es peor –remachó la muchacha.

-Usted –me atreví a preguntarle al señor al intuir cierta sintonía-, ¿no tiene móvil?

-Sí, pero me lo dejo en el trabajo, que es para lo que lo tengo. Fuera del trabajo es mi vida, y en mi vida privada no permito que entren sandeces ni tonterías.

-Me alegro, ya somos cuatro sin adicción. Todavía hay esperanza.

-No se crea todo lo que dicen los medios interesados–dijo él-, por suerte somos más de cuatro.

La conversación había logrado abstraerme de las decenas de ¡fufufiífus! Que sonaban por todas partes, campando a sus anchas… ¡fufufiífu!

¡Fufufiífu!

¡Fufufiífu!

¡Fufufiífu!

-¡Vamos (¡fufufiífu!), que nos toca (¡fufufiífu!)…! –oí a la vez que una mano familiar me oprimía el brazo. ¡Fufufiífu!

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