MEMORIA DE MONTEJÍCAR (de Ana Redondo Valdivia)

MEMORIA DE MONTEJÍCAR

(UNO)

-Ana Redondo Valdivia

 

Montejícar

 

Yo nací en Montejícar, un pueblo de la provincia de Granada, a sesenta quilómetros de la capital y otros sesenta de Jaén, a medio camino. El pueblo era pequeño, un pueblo pobre, de tierra, que la gente toda trabajaba en el campo. Había olivos, almendros y se sembraba mucho trigo, cebada y una cosa que se llama yeros o berza (para que comieran las cabras), garbanzos y cosas de esas, cosas de secano.

Había terrenos al lado del río para sembrar hortalizas, pero era casi todo montaña, de secano. Al río le llaman de la Fuente Cabra, que va al río Guadahortuna. Hay un nacimiento y un caño de agua, que está cayendo siempre, de día y de noche. Allí había unos pilones que es donde bebían los caballos, los burros, las cabras… todo eso.

Era un pueblo normal, de trabajadores, pero había algunos riquillos que tenían muchas tierras. Iban todos los hombres a la plaza, a buscar trabajo, y entonces le decían: «Tú te vienes conmigo, tú conmigo, tú conmigo…». Trabajaban así: iban a la plaza y les salía trabajo a los hombres para un día, para dos, para tres, para lo que fuera. Decían: «Vamos a segar la cebada, vamos a cortar olivos, vamos a esto… y así».

Se levantaban muy temprano, venían corriendo y ya la mujer o la madre le tenía preparada la talega con la comida. Antes no había cestas ni bolsos, era una talega de tela. Le echaban un trocillo de chorizo, salchichón, un huevo cocido, lo que había… Y se iban a trabajar hasta la noche, que volvían.

En Montejícar había una escuela y un colegio de monjas, las monjas de Cristo Rey estaban allí. Ya las han quitado. También había cine y una iglesia muy grande, de san Andrés, que es preciosa, parece una catedral, porque es de piedra por dentro. Y luego hay una ermita en todo lo alto, la Virgen de la Cabeza, que está en un cerro y es la patrona del pueblo. La bajan en mayo, para rezarle el rosario, y luego en las fiestas, que hacen moros y cristianos. Antes eran con caballos, pero ahora como no hay tantos caballos, van andando. Se visten y pelean en la plaza con las espadas. Y eso todos los años. Yo me acuerdo de pequeña que me llevaba mi madre, y sigue la tradición esa.

 

Juegos en la calle

 

Mi madre me tuvo a mí en 1947, ya con treinta y tantos años. Y recuerdo que los niños estábamos todo el día en la calle, jugando, en los ríos, en las pozas.

Dinero teníamos muy poco, nada. En las fiestas a lo mejor nos daban una peseta para los columpios. Nos montábamos en los columpios con dos reales y los otros dos reales eran para un helado y eso era lo que nos daban las abuelas o… Porque yo me quedé con un año sin padre y a mi madre no le quedó pensión ni nada, nada; y se tuvo que ir a la casa de mis abuelos hasta que yo tuve tres años y entonces, cuando ya tuve tres años mi madre se puso a trabajar.

Mis abuelos no tenían mucho, pero ellos nunca han pasado hambre ni nada. Siempre tenían sus conejillos, sus gallinas, su marranillo para la matanza.

Tenía un primo hermano de mi misma edad y era muy traviesillo, porque se iba a los huertos a jugar, y yo siempre me iba con él, porque éramos de la misma edad, y siempre estábamos jugando. En los árboles atábamos cuerdas y hacíamos meceores.

Una vez iba una niña de estas ricas con un helado muy grande y nosotros estábamos locos por un helado y ¿qué hicimos? Se lo quitamos y nos metimos en un portal y entre los dos nos lo comimos. ¡Fíjate!

En invierno jugábamos en las casas, porque allí nevaba mucho. En invierno había veces que llegaba a medio metro la nieve. Ya no pasa, pero antes… =tener que hacer con una pala un carril para poder ir a las tiendas o por agua! Ahora ya porque hay agua y todo; pero cuando yo era pequeña no había agua en las casas ni nada.

 

Cargada con un niño gordo a la escuela

 

Con trece años me fui a Granada a trabajar, a cuidar a unos niños del médico del pueblo. Mi madre estaba de cocinera con el médico; y entonces él le dijo: «Me voy a llevar a tu Anilla para que juegue con los niños» y mi madre le dijo: «Si mi niña tiene trece años, si no sabe hacer nada» y él: «No, si no es para hacer nada; si es para que juegue con los niños».

Así que me fui con ellos y mi primer sueldo fue de trescientas pesetas al mes, por cuidar a los niños. Estaban en el pueblo, pero tenían en Granada un chalé y a veces se iban allí y yo me quería ir porque iban a Motril a la playa y yo no había visto nunca la playa. La primera vez que vi la playa fue con trece años.

Cuando estábamos en el pueblo, yo tenía que llevar al niño al colegio y el niño pesaba más que yo, y lo tenía que llevar en brazos. Entonces no había coches de niños. Era un niño muy gordo y yo con trece años… ¡Ya ves! Yo me echaba al niño a la cintura. Me lo espatarraba en la cadera como si fuera un saco de paja, una pierna para un lado y la otra para el otro, así en la cadera. Si no, no podía con él. Allí estuve hasta que ya me busqué un trabajo.

 

Paseos para acá, paseos para allá… y bailes

 

La forma de divertirse entonces era ir desde la iglesia hasta donde paraban unas alsinas que iban todos los días a Granada a llevar gente, en la Calle del Medio que le llaman, desde la iglesia hasta las alsinas… paseos para acá, paseos para allá. Comprábamos pipas, comprábamos cacahuetes, caramelillos, lo que había… y para acá y para allá, paseando y esa era la diversión.

Cuando mi madre era joven, los bailes los hacían en las casas. Eran guitarras, acordeones y mandurrias. Pero cuando yo fui mozuelilla los hacían en una verbena, un salón grande, y en las fiestas y el día de la Virgen, en navidad siempre venían orquestas y eran tres días de verbena, de bailar. Había una verbena con conjuntos que tocaban y las niñas bailaban.

Había como un patio muy grande y todas las madres sentadas allí fuera tomando una cerveza, un vino o lo que fuera, y las niñas dentro, pero por los cristales nos veían bailar.

También en la plaza traían conjuntos y bailes, y todos los viejos y todo el mundo bailando. Los bailes eran agarraos, agarraítos, bien lentos, las canciones que había por aquellos tiempos: Los Sírex, Fórmula V, Los Pekenikes… Los que eran muy tímidos, que les daba vergüenza pedir a las niñas, se ponían en la barra, vaso de vino va y vaso de vino viene hasta que se emborrachaban.

Además del baile, en la calle ponían casetas de tiro, churros con chocolate, turrón, vinillos… Después traían al Bombero torero, pero cuando yo solo había el baile en la plaza y se acabó

 

Esperando en las esquinas

 

Para los noviajes, cuando yo era jovencilla, los muchachos se ponían en las esquinas esperando a que salieras a algún mandado para ir contigo, porque las madres no nos dejaban. Entonces, se ponían en la esquina hasta que salías; cuando salías pues detrás de ti a ver dónde ibas. Así se intentaban conquistar, porque en la casa hasta que no éramos mayores no dejaban.

 

Con una silla al cine y un gato al circo

 

Cuando yo era pequeña iba al cine con mis primas. Pero siempre venía una mayor, una madre o una hermana mayor. Solas no nos dejaban ir.

El cine no era muy grande y cuando había película famosa teníamos que llevarnos una silla de casa, porque si era una película bonita iba toda la gente y faltaban sillas, no había. ¡Como no había otra cosa nada más que el cine!, que echaba solo el jueves y el domingo.

Cuando a la plaza venía circo, todo el mundo tenía que llevarse también una silla de su casa. El circo venía una vez al año, pero circos de estos sin animales ni nada, circos de estos de acrobacias, por escaleras, que cantaban, de payasos… cosas de esas. Que no eran circos de trapecios ni nada de eso.

Una vez vino un circo, que le llamaban «Circo Monumental», a Guadahortuna, que está a diez quilómetros de Montejícar, y era un circo muy grande, que eso en los pueblos pequeños no los ponen. Pero venían de Jaén y pararon a descansar y vino una furgoneta a nuestro pueblo anunciando que actuaban.

Toda la gente fuimos andando al circo, diez quilómetros andando para allá y otros diez para acá, porque el circo traía muchos animales. Y como valía dinero entrar, el que no tenía dinero llevaba un gato y lo dejaban entrar gratis, para echárselo a los leones. Eso ya está prohibido, pero entonces los gatos que estaban por las calles pasaban peligro. Si le llevabas un gato no te cobraban la entrada. ¡fíjate!

La Boda (de Manuel Alonso Pino)

La Boda

-Manuel Alonso Pino-

 

El curso estaba acabando. Este año estábamos ubicados en tres sitios distintos de Almería, pero coincidiríamos en Níjar posteriormente. Poco a poco nuestros cursos fueron acabando y nosotros dirigiéndonos a Níjar. conforme acababa el curso, regresábamos a Níjar con alegría para pasar el verano.

Inicialmente hubo uno mas atrevido: cogió su DKW y, aunque no tenía carnet de conducir, quiso darse su vuelta. Sin embargo, en la primera curva, chocó por la derecha con la pared, que resultó ser de un estanco; y la parra que, por estar en un pueblo tradicional, salía del suelo y llegaba al terrao donde se expandía, fue partida.

El conductor le dijo a la dueña:

-No te preocupes, Matilde, que esto son cuatro ladrillos tabiqueros.

Pero Matilde le contestó al audaz conductor:

-No. El destrozo del balcón no se arregla con cuatro ladrillos tabiqueros.

Fuimos recibiendo a los nuevos, pero coincidíamos en que todos éramos adolescentes. Y la adolescencia lleva a las hormonas a sumar más presión. Éramos los controladores de Níjar desde nuestro centro de referencia en el parque.

Desde allí controlábamos tanto subidas como bajadas del personal. Pero en el jardín cercano, algunos esperábamos nuestras visitas.

Además, era camino de paso para los que bajaban de Huebro hacia Las Eras. Un novio, en su visita diaria, se paraba con nosotros a completar la charla. Total, que fuimos cogiendo amistad y nos invitó a su boda en Huebro. En principio no íbamos a ir porque nos coincidía con un partido de fútbol en Campohermoso, pero después de pensarlo mucho decidimos ir a la boda. Para el partido nos desplazaríamos en bicicleta puesto que todo era cuesta abajo y no sufriríamos demasiado.

Llegó el día de la boda y ascendimos a Huebro a pie. Delante de nosotros iba un motorista que no debía de conocer muy bien el camino puesto que, aunque nosotros íbamos a pie, cada vez estábamos mas cerca de él y, entre nosotros tres, íbamos haciendo comentarios de que al final lo pillaríamos. A la postre, el motorista dejó la moto en el camino porque no podía subir más y conseguimos llegar a la vez que él. Dirigiéndonos después a la iglesia donde se celebraría la ceremonia, una iglesia pequeñita pero coqueta.

Una vez acabada la ceremonia, nos dirigieron al domicilio de la novia, pasando bajo las arboledas de la plaza de Huebro. En el convite cogimos amistad con el motorista y nos ofreció su moto para volver mas rápido a Níjar y poder asistir al partido en Campohermoso.

Los tres iniciamos el camino de vuelta. Al llegar junto a la moto, nos subimos en ella. El conductor debía de ser el más atrevido. En este caso fue Paco Camacho.

No nos habíamos desplazado diez metros cuando nos caímos. Había muchas piedras sueltas en el camino. Tuvimos que seguir andando para poder llegar a tiempo a Campohermoso. Cuando conseguimos regresar a Níjar, cogimos nuestras bicis y fuimos haciendo el camino alegremente y casi adelantamos a los coches precedentes.

Con este ambiente festivo disputamos el partido de fútbol. El resultado fue 1-1. Por suerte, el viaje de vuelta fue plácido y tranquilo, aunque estábamos cansados.

 

CONATO DE SECUESTRO (de Ginés Bonillo)

CONATO DE SECUESTRO

-Ginés Bonillo-

Cuando ya nos dirigíamos a una de las cajas del supermercado para pagar, mi mujer (como siempre, o como casi siempre) recordó algo que había olvidado e iba a dejarme a solas y sin respuestas ante el toro de la cola, expuesto a las preguntas insidiosas de las seguidoras (“¿Está usted en la cola o no? ¿Por qué no avanza?”), que parece que huelen sangre, que te adivinan la debilidad de que en el fondo estás rezando para que pase el tiempo y venga tu mujer con lo que ha olvidado, pero no captan –con lo listas que son- la gran debilidad, la visión reducida, que te aísla.
-Busca –me dijo- una caja que tenga poca fila y ponte, que yo voy en un periquete por un bote de orégano.
-Seguro –me dije- que de camino recuerda un par de cosas más y me tiene un cuarto de hora con el agua al cuello en la caja y algún insidioso al que le molesta que dejes medio metro entre tu carrito y el culo del cliente que te antecede.
Con una mano iba empujando el carrito con la compra y con la otra agarré a nuestra hija, que a veces se detenía y me veía obligado a tirar de ella un poco.
En un momento determinado la niña se soltó de mi mano y yo empecé a buscar alrededor sin mirar atrás, pensando que no debía de haberse alejado mucho; y, efectivamente, al instante encontré su brazo y la sujeté fuerte por la muñeca. Ella debió de sentir la presión de mi mano y forcejeaba por liberarse de nuevo. Yo la retenía con mayor fuerza. Pero la jodida de la niña se rebelaba y se aferraba al suelo como si fuese un árbol.
Yo me planteaba qué imagen iríamos dando: una caballería tirando de un arado clavado en la tierra, dejando un surco. Pero me daba igual: seguí tirando de la niña; todo menos perderla de nuevo.
Aquella situación se mantuvo varios minutos. Y la jodida de la niña cada vez más atascada y rebelde. Pero yo me obstiné y no la solté.
Ya me puse en una cola. Y la niña forcejeando por soltarse.
En ese instante oí por megafonía un mensaje para los clientes:
-Atención, por favor. En Información General se encuentra una niña que dice tener casi tres años, que se llama Alba, que su mamá se ha perdido y que su papá se ha ido con otro niño.
Miré instintivamente hacia atrás y, horror, retenía asido de la mano a un niño de unos cinco años que bregaba por soltarse. Al lado, un señor se reía comprendiendo la situación. Debía de ser el padre del pobre niño.
Dejé el carrito y me encaminé de inmediato hacia Información General. Llegamos a la vez mi mujer y yo, sobresaltados , y allí estaba (según entreví) bien tranquila, sosegada, como una reina, pintando y de palique con las empleadas del supermercado, la jodida de la niña. ¡Y yo expuesto a ser acusado de intento de secuestro! ¡Para matarla…! ¡De mayor, seguro que no se acordaría del rato que acababa de hacernos pasar!

El pueblecito (de Ángel Dámaso Soto)

EL PUEBLECITO
-Ángel Dámaso Soto-

Hacía un frío de mil demonios. Por otra parte, se encontraba un poco irritado porque había olvidado cambiar las escobillas del limpiaparabrisas el sábado anterior.

Lo cierto es que en Almería suele hacer mucho viento cualquier día del año, pero lo que es llover… no llueve ni en sueños.

¡Vaya sorpresa se llevó esa mañana! Porque no es precisamente que estuviera lloviendo -¡qué puñetas!-… lo que estaba era diluviando.

Con muchísima precaución, con su auto llegó a ese lugar, o mejor dicho llegó a ese pueblecito, nombre que con los años ha tomado ese bonito lugar.

Sin perder tiempo alguno aparcó su automóvil y se puso en contacto con su presunto nuevo cliente, que esperaba en el bar de la plaza Mayor.

Después de los mutuos saludos de cortesía, ocuparon una mesa, solicitándole al camarero una botella de Rioja, eso sí, debía ir acompañada de un buen plato de queso con jamón. Ese primer trago de vino fue más que suficiente para aliviar el frío que sentían sus huesos.

Por otra parte, a ese supuesto cliente no lo conocía de nada, tan sólo tenía buenas referencias por un amigo común.

El motivo de tal reunión era evidente: pretendía venderle para el negocio que tenía ese señor una envasadora.

Cuando empezó a hablar del tema ocurrió algo curioso, su propio instinto de vendedor le hizo recapacitar… –“No, no, no”, se dijo en voz baja-. Intuyó que no iba por buen camino.

Comprendió, como todo buen vendedor, que necesitaba urgentemente de estrategias, ya que no habían pasado dos minutos de conversación, y ya estaba notando que éste señor no estaba interesado por su maquinaria. Fue entonces cuando su instinto de vendedor hizo su trabajo.

Con gran maestría desvió la conversación y, con suma habilidad, provocó que su trabajo de comercial lo hiciera el cliente.

En modo alguno intentó venderle su producto, todo lo contrario: Juan, que era el nombre de su pretendido cliente, se lo debía comprar a él.

La verdad es que el resultado es el mismo, pero es muy diferente, aunque a más de uno le cueste entenderlo.

El negocio iba viento en popa: todo estaba saliendo según lo previsto.

Durante éste tiempo estuvo ajeno a todo aquello que no estuviera relacionado con su objetivo prioritario…que no era otro que vender su maquinaria.

Su falta de atención fue precisamente el motivo que originó algo gracioso, que a la vez le hizo pasar un mal rato.

Juan, su ya nuevo cliente, tenía dos manos ortopédicas. Aun así, este señor se manejaba en cierto modo bastante bien.

La copa de vino la cogía con mucha facilidad e, incluso, el jamón y el queso lo pinchaba con un tenedor que magistralmente utilizaba.

En definitiva, era un señor que había sido capaz de romper sus propias barreras, y de barreras precisamente no quiero hablar…De otras barreras también yo sé hoy mucho: ¡Casi na!

Continuaré con la historia.

Fue de pronto cuando su estimado cliente se levantó de la mesa, se dirigió a él y le pidió que por favor le acompañara a los servicios. Sin querer ni poder evitarlo, su cara cambió de color, sus piernas empezaron a temblar, empezó incluso a tartamudear. Juan le miró extrañado y sin mediar palabra empezó a reír. Jamás había visto reír tanto a nadie. Se dirigió al camarero y le pidió urgentemente un vaso de agua temiéndose lo peor. Al cabo de unos minutos, se calmó. Juan le sonrió diciéndole que no se preocupara, tan sólo necesitaba que le abriera la puerta del aseo, solo eso y nada más… Tras una larga carcajada, le dijo que lo demás lo podía hacer él.

Ola de calor (de Ginés Bonillo)

Ola de calor
(Derretibles, S.P.)

El día, de finales de enero, no era de finales de enero, sino más bien de finales de abril o de mayo. Así discurre nuestra tierra por el ciclo anual. Yo había salido a la calle en mangas de camisa, sin el pañuelo rodeado al cuello con que suelo protegerme la garganta, mi punto débil en invierno.
Íbamos apurados de tiempo, como siempre; y como siempre, con la lengua baja, a la altura del pecho. Nada más traspasar la puerta corredera de acceso al azulado hospital, sin dudar un milímetro, nos embistió una llamarada de calor artificial, una bofetada de vaho fornario. Tuve la sensación de que nos iban a hornear allí mismo, tomados por inocentes cochinillos; opté, no obstante, por no despegar los labios para evitar dar pie a ser acusado de homo quejicosus.
Al llegar a la octogonal sala de espera de oftalmología, mi acompañante se sorprendió de que hubiese tantos pacientes y dijo:
—¡Qué gentío para lo tarde que es! No cabe un alfiler. Sólo hay dos asientos libres, frente a la consulta de córnea. Ni que los hubieran reservado para nosotros.
Ya sentados, decidí contravenir las normas de buen comportamiento y me sequé el sudor de la frente y del cuello con un pañuelo de mano. Estaba empapado.
A falta de evidencias visuales, yo captaba cierto rumor de fondo que no se debía a lenguaje articulado, sino más bien a leves suspiros, resuellos, alguna boqueada, algún disimulado e incómodo carraspeo…
—¿Qué se oye? —mascullé, alzando el bigote (con lentitud), arqueando la nariz (con disimulo) y frunciendo el ceño (con e, de estoicismo).
—La gente… —contestó mi acompañante en voz baja, acercándoseme al oído, como si fuese a revelarme un secreto; y, a renglón seguido, exclamó, ya en voz alta—: ¡Qué calor hace aquí!
—Será porque venimos corriendo, como siempre —apunté, subrayando el sintagma comparativo.
—¡No empieces ya!
—¿Es que la actividad física no genera calor?
—No.
—¿Ah, no? —repuse sorprendido.
—No, déjate; que los demás están sudando igual que nosotros y ellos están aquí de antes.
El sudor me brotaba a raudales entre las greñas montaraces de la cabeza; las abominables gotitas concurrían en el altozano de la frente; sin detener su curso, fieles a la impertérrita ley de la gravedad, se bifurcaban para esquivar las erguidas serrezuelas de las cejas; resbalaban, serpenteando aún indecisas, por entre los montículos despejados de las mejillas; hasta precipitarse, ya convertidas en pequeños riachuelos, por los meandros del delta que se extiende por el bigote y la barba abajo y desembocar en el mar del pañuelo que sostenía entre las manos.
Mientras sopesaba la conveniencia de escurrirlo con la debida discreción, me asaltó una idea del diablo.
—¿Estás segura —pregunté— de que estamos en la sala de espera? ¿No estaremos en la sala de calderas?
—¿Qué sala de calderas?
—O una sala de calor —sugerí y añadí—: ¿No dicen que el calor es bueno para el reúma?
—¡Qué sala de calor ni qué ocho cuartos! Además, ¿tú estás aquí por la vista o por los huesos?
—Pues en un balneario o una sauna.
—¡Que no! ¡Tienes unas cosas…!
—Yo no, será el calor, que me hace desvariar.
—Será… —remachó ella sin mucha convicción.
A pesar de verme inmerso en aquel soporífero baño, volvió a invadirme una vieja idea:
—No comprendo —comenté, casi sin aliento— esta manía tercermundista de abusar de los servicios para luego tirarse dos meses o dos años sin ellos cuando se averían o agotan. Que hay calefacción, pues al máximo en invierno… hasta que se avería. Que hay aire acondicionado, pues al máximo en verano… hasta que se agota el presupuesto… ¿Y nadie —inquirí— se queja?
—¿Es que puede quejarse alguien? Si está todo el mundo como el queso fundido —aclaró mi acompañante—. Si vieras… hay gente que se ha desabotonado la camisa hasta casi el ombligo y se abanica con lo que puede. Yo creo que no habla nadie a causa del sofoco del calor.
Sintiéndome vagamente autorizado por la actitud de los demás, me remangué la camisa hasta los codos, no pude más, y me abrí un botón del cuello; al poco, me desabotoné dos; luego, tres…
—¡Huy, huy, pero si junto a la consulta de glaucoma una mujer se ha descalzado y se está quitando las…!
—¡Las qué! —pregunté sobresaltado.
—Las medias… ¿qué va a ser? ¿No he empezado a describírtela por los pies?
—No sé. Pero con este calor, ¡podría ser cualquier cosa femenina!
Mi acompañante no estaba para detenerse en mis florituras lingüísticas-vitales.
—¡Buenooo! —exclamó al instante—. Si vieras…
—¿Qué, quééé?
—Que delante de la puerta de campimetría, un hombre se ha quitado la camisa, pero enterica y la ha tirado al suelo.
—No me extraña. Y, sin embargo, ¡nadie protesta! ¿No podrían bajar la temperatura dos o tres grados?
—¿Dos o tres? ¡Y doce o trece!
—Con lo a gusto que estarán ahora mismo en Siberia los sibaritas, a 20 grados centígrados bajo cero…
—¿Los sibaritas? ¿Qué tendrán que ver los sibaritas con este calor? ¡Ya estás con tus cosas! De todas formas, no lo creas. Seguro que alguno se quejaría, aduciendo que habían olvidado puesto el aire refrigerado desde el verano.
—¡Los turistas quejicosus, que no sé para qué viajan fuera de su zona de confort!
Paulatinamente se iba haciendo más sordo aquel rumor de fondo que no respondía a lenguaje articulado, sino más bien a leves suspiros, cada vez más leves; resuellos y alguna boqueada, cada vez más inaudibles; algún disimulado carraspeo incómodo, cada vez menos velar y más apagado…
Nadie hablaba, ni siquiera se advertía un balbuceo inteligible: “A tal punto ha llegado —pensé— el grado de resignación”.
—Y no citan —me lamenté— a nadie de las consultas. Eso es que no se atreven a salir, o que están esperando a que nos aburramos y nos vayamos, o que dan tiempo a ver si alguno se muere y se lo quitan de la lista sin darle un palo al agua. ¡Con lo que cuesta una campimetría!
—¡Qué cosas tienes! Sigue, tú sigue analizando.
—¿Yo analizando? ¿Qué he dicho?
—Cada vez te pareces más a mi padre.
—Porque tu padre tiene mucha experiencia de vida anudada.
Desde hacía buen rato percibía cómo el sudor… no, el sudor no… los ríos de sudor se deslizaban espalda abajo y se expandían por los calzoncillos. Sentía como si me hubiera orinado encima dentro de un sueño traicionero de madrugada. Al final de la gravedad, los calcetines naufragaban en sudor dentro de los zapatos, bailando como en una pista de hielo. Notaba el cuerpo anegado de agüita licuada, como si nos estuviésemos disolviendo.
Yo creo que, en cierto momento, el calor aumentó, si es que podía agravarse una vuelta de tuerca un escenario tan infernal.
—Con este sofoco —presagió mi acompañante, quizá figuradamente—, más de uno se va a derretir en poco tiempo.
—No hará falta esperar mucho. Yo mismo estoy derritiéndome en sudor ya.
—Y yo —confesó ella en voz baja—. Llevo las bragas que parece que me he hecho pipí encima. Pero alguno se va a derretir de verdad, no metafóricamente. ¡Tú es que no ves, pero si vieras…!
—¿No creas!: No hace falta que vea, ya lo sufro.
Al rato se oyó a nuestra espalda, en el asiento de la otra fila, un ligero burbujeo seguido de un prolongado goteo. Preocupado porque no cesaban ni el glu-glu ni el ton-ton, pregunté:
—¿Qué es eso que se oye?
—No sé… Voy a ver.
Mi acompañante se giró y no pudo evitar la expresión de asco consiguiente.
—¡Aaggg! —y la imaginé abriendo un poco la boca, alzando ligeramente los pómulos, entornando los ojos y concentrando las cejas.
—Pero ¿qué hay?
—Yo juraría que antes había una persona. Pero ahora se ha reducido a un charco asqueroso de fluidos y huesos diluyéndose… ¡Aaggg!, no puedo mirar. Parece el vómito amarillento-rojizo de un borracho. Llevaba una camisa de franela amarilla y un pantalón de pana negro, con una boina a lo Pío Baroja.
—No me extraña. ¿“Amarilla”, has dicho? ¡Pobre Moliere! Pero ¿estás segura?
—Ya lo creo. ¡Y tan segura! Si ese hombre trabajaba de conserje en el colegio al que iba yo cuando era niña. ¡Vaya final ha tenido el pobre, después de aguantar durante años a tanto bárbaro!
De pronto, sin dar lugar a ninguna reacción, se oyó la voz del guarda de seguridad, un tenebroso ululato de búho al acecho en su percha, que solicitaba ayuda seguramente por Walki Talkie:
—Venid rápido a recoger otros restos, que aquí hay dos de última hora que empiezan a alterarse. Con un cubo de ocho litros es suficiente, era el viejecillo de la camisa amarilla, el que se escapó en noviembre porque resistió desde las once… Sí, sí… ¡Poca cosa! Este no debe pasar de no más de dos puntos en el baremo del Servicio de Salud. Es poco, pero siempre se empieza por poco.
—Oye —le mascullé a mi acompañante—, esto no me gusta, parece cosa de ciencia ficción… ¿y si nos vamos? ¿Quién nos va a regañar?
Al momento se dirigió a nosotros el guarda jurado, quién (sin duda) gozaba de un oído tan fino como la vista, y debió de oírme el muy plumado.
—No, hombre; si les va a tocar ya mismo —chucheó desde las tinieblas de su reino de la noche, depositando su mano en mi hombro como gesto convincente.
Las palabras del búho metamorfoseado en guarda me dejaron dubitativo ante el dilema de si ya nos tocaba entrar por fin a la consulta o si lo que nos tocaba era derretirnos allí mismo, literalmente, sin ambages. Pero antes de empezar a exponerle al guarda-búho mis reparos (que yo entendía razonables), oí una voz afligida de funcionario atento, que emitía un lamento retórico con ánimo decaído, pero de corazón (o así lo entendí yo):
—¿Sólo hemos arreglado a tres hoy? —interrogó vociacontecido El nuevo personaje.
—Sí, señor director —respondió una voz contundente de ordenanza eficiente, de los que se ganan sueldo y medio—. Pero todavía quedan treinta y siete minutos, y hay cuatro o cinco que están a punto de ceder, porque se encuentran a puntico de caramelo. ¡Esos caen hoy, don Pedro!
—Aun así —refutó el director— no salen las cuentas: ¡como la mayoría tiene edad avanzada… no aportan muchos puntos! Ya sabéis que en estos casos al primero que reducen desde Derretibles S.P. es al director, y no tengo ganas de que me derritan tan joven. Habría que subir el termostato un par de grados más para asegurarnos los objetivos del mes.
—O pasar a mensuales las revisiones trimestrales; y las anuales, a cuatrimestrales. ¿Ya que alargar el tiempo de espera…? —insinuó otro ordenanza, también muy servicial.
—Esa táctica no da más de sí —argumentó el doctor Botero, director del centro desde hacía dos años—. ¡Si ya los tenemos entretenidos aquí desde las ocho!
—¿Y abrir por las noches? –propuso el guarda jurado, que no ocultaba su propensión noctívaga.
—No, supondría más gastos y, en consecuencia, aumento de exigencias en el baremo —apuntó uno de los ordenanzas, que estaba bien instruido en legislación.
—¡Mire hacia allá, don Pedro! —conminó alborozado el otro ordenanza—. Dos más derritiéndose. ¡Empiezan a caer a pares! ¿No da gusto verlos?
—Sí, sí —respondió el director, al que imaginé se le animarían de súbito los ojillos detrás de las gafas redondas a lo Hilario Camacho, bastante confortado a la vista alentadora de los despojos recientes, todavía calientes—. Esto empieza a funcionar. Y sed atentos, muchachos; no seáis cicateros, que nadie dude de nuestra profesionalidad de abnegados funcionarios en pro del servicio público: al que resista hoy lo citáis a revisión para mañana mismo, no le demoréis un mes perdido la cita. ¡Acabemos con el equívoco mito de las listas de espera interminables!… Ah, y al de la camisa remangada hasta los codos, también –añadió, haciendo especial hincapié en el adverbio-. A ese, que es peligroso, porque es de los que analizan hasta la última iota, lo citáis a primerísima hora, a las ocho en punto, que tengamos tiempo de sobra para arreglarlo bien en el día.
—Descuide, señor —le respondieron al unísono los subalternos al calderero mayor, frotándose las manos uno de ellos, como si estuviese adentrándose en la tundra siberiana en pleno enero o se dispusiese a comer tras dos meses de ayuno.
Mi acompañante y yo no nos atrevimos a ir más allá del ademán de mirarnos de reojo, sin atrevernos a erizar un mísero pelo o pelusa que se ofreciera.
—Ah… —les ordenó con un susurro el director a los secuacillos—, y a quien se haya entretenido con esta historia… tomad nota: también me lo citáis mañana a primera hora, que lo arreglemos tan bien como al de la camisa remangada. ¡Vivan los servicios públicos, muchachos!

Prodigios en ojo siempre ajeno (de Ginés Bonillo)

Prodigios en ojo siempre ajeno

-Ginés Bonillo-

“[…] una señora monja, parienta del Corregidor, que le mandaba con el pie; y que una lavandera del monasterio de la tal monja tenía una hija que era grandísima amiga de una hermana de un fraile muy familiar y conocido del confesor de la dicha monja, la cual lavandera lavaba la ropa en casa. Y, como ésta pida a su hija, que sí pedirá, hable a la hermana del fraile que hable a su hermano que hable al confesor, y el confesor a la monja y la monja guste de dar un billete (que será cosa fácil) para el corregidor, donde le pida encarecidamente mire por el negocio de Tomás, sin duda alguna se podrá esperar buen suceso.” (Cervantes, La ilustre fregona)

Otra situación tan repetida como imperecedera, sin fecha de caducidad a la vista, la representan los buenos samaritanos que, con la mejor intención del mundo, para dar ánimos y esperanzas, ofrecen ejemplos de curaciones tanto menos creíbles cuanto más se aproximan a lo milagroso. Historias que circulan como las leyendas urbanas, sin lugar ni fecha, anónimas y atemporales.
Así, me contaba un día una amiga de mi amiga Montserrat lo que le había sucedido a la madre de una cuñada de un primo de un vecino del apartamento que tienen para vacaciones de verano unos conocidos suyos (conocidos, por si alguien ya ha perdido el hilo, de la que mi amiga Montserrat dice que es amiga suya y su marido, que también es conocido mío.
En fin, que cuentan que la madre de alguien, para abreviar las letras, tenía problemas graves de visión, por lo que estaba muy preocupada. Dicen que fue a un oftalmólogo en Barcelona, quien le recomendó que se operara cuanto antes, de inmediato, sin perderse en interminables listas de espera.
Dicen que la señora parece que no se conformó con aquel diagnóstico y pensó solicitar una segunda opinión profesional. Por ello, cuentan que acudió a otro oftalmólogo en Madrid.
-Me han dicho en Barcelona que tengo que operarme lo antes posible, que la operación cuesta 4360€, pero que no me garantizan los resultados –dicen que resumió la señora.
-Yo no digo –cuentan que respondió el oculista- que operándose no se solucione su problema, pero… si usted fuese mi madre, yo le recetaría un colirio para echárselo tres veces al día y una pomada para ponérsela por las noches, y vendría a ver los resultados dentro de un mes.
Así lo hizo la mujer –aseguraba la amiga de Montserrat- y cuentan que al mes, cuando volvió al médico madrileño, dicen que se había curado. ¡Con un colirio y una pomada!
Yo imaginaba, casi desde el principio, la resolución del caso. Son los inconvenientes de haber sufrido ya diecisiete operaciones entre los dos ojos, sin concederme la ciencia el favor de un mínimo prodigio en ojo propio; y de golpear a diario cientos de obstáculos –incluidos los automóviles cuyos conductores muy sutilmente aparcan sobrepasando el bordillo, ¡ellos más listos que nadie!- con el bastón blanco en las aceras impracticables de mi ciudad (como decimos todos de nuestras ciudades).
-¿Cómo se llama el oftalmólogo? –pregunté sin muchas esperanzas, sabiendo que el prodigio se quedaría en ojo ajeno.
-¿Y el colirio y la pomada? –inquirió muy interesada, disimulando el sarcasmo que solo yo sabía detectar, mi mujer.
-¡Ay, chica, yo ahora desconozco esos detalles!

Hechizo (de Inma Ferre)

Hechizo

-Inma Ferre-

En las tardes serenas de invierno me gusta pasear junto al mar, mirar hacia atrás y ver las huellas de mis pies perderse a lo largo de la playa hasta más allá de donde llegan mis ojos.
Voy imaginando el mar como si fuera un gran cerebro y cada ola que arrima a mis pies como uno de sus pensamientos que arroja a mi encuentro: unos, suaves, agradables… casi dormidos llegan a la orilla; otros, fuertes, duros… de tan contundentes provocan daño al oído.
Hay noches en que apenas se percibe su oleaje, se ve tranquilo, en paz, dando el fruto de su vientre fecundo, feliz y sirviendo de espejo al cielo. En esas noches, mientras paseo por la playa cierro los ojos y respiro despacio para no romper el hechizo.
Durante el día parece que pierde intimidad. Se diría que durante el día es el mar y de noche, la mar… la mar que, como mujer enamorada, abre su inmensidad para que en ella penetre una luna que siempre cambia su hora de llegada, pero la mar, como mujer enamorada, siempre está ahí, nunca falta a la cita, nunca le falla. Esas noches soy la mar.

¿Por qué no te callas? (de Ángel Dámaso Soto)

¿POR QUÉ NO TE CALLAS?

-Ángel Dámaso Soto-

-¡No tira el agua! –me dijo mi mujer, enfadada.
Ella siguió hablando e, incluso, se estuvo lamentando. Yo la escuchaba y me decía a mí mismo: “¿Qué puñeta le pasará a esta mujer? ¡Pero bueno!…”
No me preocupé por sus palabras y seguí escribiendo mi relato. Al cabo de unos minutos se acercó a mí, pero esta vez aun más enfadada. Me dijo que se había roto la dichosa lavadora.
Tampoco era una cosa extraña porque, si no recuerdo mal, debía de tener alrededor de siete u ocho años y todos sabemos que los fabricantes le ponen a todo fecha de caducidad: el negocio del consumismo está a la orden del día y es una verdadera locura.
Mi mujer estaba preocupada, ya no solo por el hecho de que tendría que comprar una lavadora, sino por la cantidad de ropa amontonada que tenía pendiente de lavar.
Sin dejarme ni respirar, me dijo mi señora que me levantara del sillón y me pusiera un abrigo. ¡Uff!… ¡No hacía falta que me dijera ni una palabrita más!
Estuvimos en varias tiendas de electrodomésticos preguntando por las características de éstos cacharros, sin olvidarnos nunca de sus precios y de sus estrellitas.
Eran las ocho de la tarde. A esas horas estaba cansadísimo de recorrer tiendas y de hablar de lavadoras. Entramos en una y, de pronto, pensé: “Ésta es la mía. De aquí no salgo sin comprar la dichosa lavadora”.
Un comercial muy amable nos atendió y nos enumeró las ventajas de unas y otras. En algunas de ellas nos daba diez años de garantía si la posible avería era provocada por un fallo del motor. Otras sólo tenían dos años de garantía si era por defecto de fabricación.
En definitiva, estoy totalmente convencido por la forma de hablar del comercial que nos atendió, que al igual que yo, en su vida había puesto una lavadora.
Mi mujer le preguntó por todo: por el consumo, los tiempos de lavado… que si agua fría y agua caliente… ¡yo qué sé!
Egoístamente, queriendo o sin querer, yo le quise echar una mano a éste buen hombre. Al fin y al cabo, a mí sólo me interesaba comprar una lavadora… Ah, ¡y que llevara las dichosas estrellitas!
Por fin se había producido el milagro: mi mujer se decidió por una lavadora. Era una Samsung.
Yo empecé a recuperar el aliento y hasta el color… Por cierto, era la lavadora más cara; aunque eso no era de extrañar, conociendo a mi mujer.
Todo iba fenomenal, todo iba sobre ruedas, pero de pronto quedé en silencio, quedé perplejo.
No me lo podía creer: el vendedor, como si estuviera ausente, no dio por terminada la operación… ¡Ya había vendido la lavadora!
Tuvo la gran ocurrencia de decir que a él personalmente le gustaba más la marca Fagor. Mi señora me miró pensativa, no me dijo ni pío, ni habló… sólo me cogió del brazo y con suma contundencia le dijo al comercial que se lo iba a pensar y volvería otro día.
Me quedé de piedra. Por qué puñeta no se pudo callar éste puñetero vendedor.

Ratones colorados (de Ginés Bonillo)

Ratones coloraos

A Miguel Antolín,
por su labor de concienciación.

Nada más ingresar como afiliado, tras la pertinente sesión con la psicóloga, las clases de rehabilitación, el asesoramiento legal con vistas a mi ineludible jubilación… en la entrevista con el asistente social para informarnos acerca de las diversas medidas legales a nuestro alcance tendentes a facilitarnos en lo posible un mejor desenvolvimiento dentro de la nueva vida que teníamos que afrontar, nos aconsejó, entre otras cuestiones, que solicitáramos la tarjeta de minusvalía (o el eufemismo de moda en el presente del lector) para las plazas de aparcamiento reservadas para ello en vías públicas, supermercados, etc.
Nos pareció bien. Yo siempre había mirado con cierta envidia aquellas plazas sensiblemente más anchas que las con frecuencia estrechas destinadas al común de los mortales; próximas a las puertas de entrada a los establecimientos y, sobre todo, vacías, dos o tres plazas amplias vacías. ¡Idiota de mí! ¡Desear la suerte de las feas! No podía yo suponer entonces las ventajas de pertenecer al mayoritario grupo del común de los mortales.
Nos concedieron la tarjeta de inmediato. Nos explicaron las condiciones para su uso: aunque la tarjeta no porta ninguna identificación particular que revele el nombre del titular (por la ley de protección de datos personales) ni la matrícula del automóvil (para permitir que el titular pueda cambiar de vehículo), sólo puede usarse en un coche que en ese momento esté siendo utilizado por el titular de la tarjeta. En caso de pérdida o deterioro, se puede solicitar otra.
Al principio la usábamos poco, pues por la ciudad nos movemos a pie; y en otros lugares no suele haber problemas de aparcamiento.
La teníamos en casa y las pocas veces que podríamos haberla utilizado no la llevábamos encima, por lo que mirábamos de nuevo con envidia, y ahora con rabia justificada, las apetitosas plazas vacías.
Poco después, nos acostumbramos a dejar la tarjeta en nuestro coche; pero, como a veces me llevaba aquí o allá mi hija Clara en su coche, con frecuencia olvidábamos la tarjeta en el otro, con lo que estábamos en las mismas del principio. Alguien, no importa quién, pues el género humano da para todo, propuso la feliz idea de que dijésemos que habíamos extraviado la tarjeta para que nos diesen otra y, así, poder tener una en cada coche. De esta forma, no tendríamos que andar con la tarjeta de aquí para allá, amén de que nunca se nos olvidaría.
No acabó de gustarme la idea, puesto que suponía mentir; pero pensé que el fin razonable justificaba la pequeña mentira.
Tras unos minutos desagradables ante la funcionaria de turno, que nos miraba con mal disimulada suspicacia (y con razón), mintiendo acerca de cómo habríamos perdido la tarjeta (que ni nosotros mismos nos lo explicábamos), pensando que la señora estaría diciéndose: “¡Otros listos! Se creen que me engañan”… nos concedieron la segunda tarjeta. ¡Una vez pasado, valió la pena el rato de vergüenza! Se acabaron las miradas mezcla de envidia y rabia.
A partir de entonces ganamos en comodidad: fuésemos en el coche que fuésemos, siempre teníamos a mano una de las tarjetas; y estábamos despreocupados porque tampoco teníamos que pensar en qué coche estaría y si debíamos cambiarla de vehículo o no era necesario.
Con el paso del tiempo, cada día se fue haciendo más difícil encontrar en la calle o en los aparcamientos una plaza para minusválidos libre. No sé si los que proliferamos al cabo del tiempo fuimos los discapacitados con tarjeta o las tarjetas sin discapacitado. O es que los ayuntamientos van diezmando las plazas objeto de la envidia, que no creo. Pero sé de algún supermercado que ha enviado, aprovechando una mínima reforma, estas plazas al final del aparcamiento y al sol. Pensarán que a los discapacitados nos viene bien hacer ejercicio y tomar el sol. ¡Oh, excelsa y bienintencionada generosidad alemana!
De la progresiva escasez de plazas para discapacitados me percaté una tarde de fina lluvia, pero lluvia al fin y al cabo. ¡Quién iba a decirlo!, cuando todo el mundo ya sabe que en Almería casi nunca llueve. Puede parecerle a alguien extraño pero sí: llovía, y aquella fina lluvia nos recordaba la tarde ya remota, del siglo pasado, en que nos conocimos.
Aquella tarde de fina lluvia, la de la nueva centuria, mi mujer propuso que fuésemos al centro a tomarnos algo en la cafetería en que nos conocimos y hablamos por primera vez, de cosas tan transcendentes que ahora ninguno de los dos recuerda, mientras yo pensaba: “Con esta muchacha yo me liaba la manta a la cabeza en serio” y ella, según dice (no sé si por darme gusto), pensaba algo parecido: “Este muchacho me vendría muy bien a mí”.
-Además –añadió, para animarme-, enfrente de la cafetería han puesto dos plazas de aparcamiento para minusválidos que nos van a venir de perlas.
Media hora después, cuando llegamos frente a la cafetería, mi mujer lanzó varias imprecaciones -cuya literalidad no es conveniente plasmar- antes de soltar a los cuatro vientos, urbi et orbi:
-¡¡Pues no están ocupadas las dos plazas!! ¡Esto sí que es mala suerte!… Después voy a ver si tienen los dos tarjeta o alguno es un listo.
Nos vimos obligados a malaparcar en las proximidades de la calle Cita, a quince minutos a pie de la cafetería; que, para el caso, podríamos haber ido andando desde la casa. Cuando llegamos a la puerta de la cafetería, medio mojados -sobre todo yo que, intentando esquivar una bolsa de plástico, me había metido de lleno en un par de charcos, y que recibía el desagüe de una de las varillas del paraguas en un brazo sin notarlo hasta no tener remedio la cosa… mi mujer exclamó toda colérica:
-¡¡La mato!! ¡Cuando la pille, la mato! ¡Pero si uno de los coches de las plazas de minusválidos es el de tu hija! ¿Y con quién está, porque contigo no?… Boy a comprobar si el otro tiene tarjeta.
En efecto, ambos tenían bien visibles las tarjetas sobre los salpicaderos.
-Y este coche deportivo –me preguntó retóricamente- verde chillón, que pasa tan desapercibido, 1111 PIL (de “pillo”), ¿no es del niño de tu amiga Silvia?
-¿Qué Silvia? –pregunté a mi vez.
-Tu compañera de la ONCE.
-Ah, sí: de Nico. Menudo cachondeo con la matrícula: 11 11. ¿Por qué?
-Porque es el otro coche –dijo ella algo más tranquila- y tiene la tarjeta. Lo mismo está Silvia con su hijo en la cafetería.
Entramos algo recompuestos con la ilusión de tomarnos un café con Silvia.
-¡¡Serán sinvergüenzas!! –dijo mi mujer-. Si están los dos juntos…
Y, efectivamente, allí estaban los dos, Nico y Clarita, derramando cabelleras rubias en la misma mesita, o mejor dicho, en el mismo cantito de mesa, que les sobraban dos tercios largos, manteniéndola en difícil equilibrio, haciéndole casi zozobrar, ajenos a las infusiones que reposaban ya frías en las tazas, ni más acarameladitos ellos.
Allí estaban los dos. Quienes no estábamos éramos ni Silvia ni yo. ¡A saber a cuántas cuadras tendrían que aparcar Silvia y Javier, su marido, si decidieran tomarse un café en La Colonial, donde también se conocieron, intuyo que en un cantito de mesa también, pero cuando bastan sus ojos para sentirse en el cielo los enamorados… y la imagen me hizo sonreír, mientras no pude reprimir un estruendoso estornudo.
-¡Eso es por la niñica! –concluye mi mujer.
-¿El qué?
-El resfriado que vas a pillar. ¿No querías tener una hija?
-Claro que quería tener una hija.
-¡Pues toma hija!

ADENDA:
Un trabajo bien hecho, abordado en su día por alguno de los máximos dirigentes se vio coronado con la obtención para los invidentes -y sus acompañantes… cuando “acompañan”, claro- de la tarjeta de discapacidad para hacer uso legítimo de las plazas de aparcamiento reservadas a tal efecto. ¡Qué importa si lo consiguió después de un fin de semana de caza gloriosa o al alba de una noche inolvidable, iniciada con una cena opípara y remachada con un postre a la altura…!, como insinúan algunos. (Siempre hay gente dada a la hipérbole y la maledicencia: ¿Acaso no son inescrutables los caminos del Señor?).
Las ventajas de esas diligencias bien hechas las recibimos los discapacitados visuales y eso es lo que cuenta; y se consiguió porque por fin alguien con capacidad de decisión comprendió que los ciegos, aunque por principio no conduzcamos, alguien tiene que conducir por nosotros. Y porque alguien con decisión tuvo que ocuparse de hacerle comprender algo tan sencillo al sujeto con capacidad de decisión.
¡Lástima que, como siempre, el mal uso que de forma egoísta llevan a cabo algunos empañe el funcionamiento adecuado del sistema! Pero de eso, la culpa exclusiva la tienen esos usuarios que se otorgan derechos subsidiarios aprovechando que “el Tajo pasa por Toledo”.

Una barra de pan y una botella de vino (de Ginés Bonillo)

Una barra de pan y una botella de vino
(Sólo son dos segundos)

Ginés Bonillo

Hay sugerencias que no se discuten, simplemente se acatan. Por lo demás, la experiencia le dice a uno cuándo una propuesta alcanza el grado de orden (diplomática). El postizo “cariño” que adorna la oferta ratifica la sospecha.
-¿Vamos –sugiere/propone/decreta con dulzura, eso sí, tu mujer- un momento al supermercado, cariño? Es un segundo, solo voy a comprar una barra de pan y una botella de vino; me acompañas y, de paso, te da un poco el aire y tomas el sol.
-¡Vino! ¿Qué celebramos? –pregunto con buen ánimo.
-¡Humor no te falta!… Que no se te olvide echar el sombrero.
-¿Para traernos la compra?
-No, para el sol.
-¡No quieres -replico- que me dé el sol!
-Sí –aclara ella-, pero no en la mollera. ¡Y no empieces ya, que es muy temprano y tengo muchas cosas en la cabeza!
Uno no sabe qué pensar, si es para bien o para mal, pero tenemos el supermercado a tiro de piedra de la casa. A los cinco minutos dejamos atrás el calor centelleante del aparcamiento y nos traspasa la cortina de aire polar que intenta cauterizar el bienestar artificial de los 18º del interior de los 36º del fuego exterior.
-¿No coges –digo yo- un carro? Mira que luego empiezas a echar cosas y la cesta pesa mucho y va hecha un ocho. Además, así puedo ir yo cogido.
-No, si es un momento –afirma ella-; ¿no te digo que voy a comprar nada y menos?
-Eso dices siempre –comento a media voz.
-Toma –me dice poniéndome una cesta entre los dedos- y así llevas algo en las manos.
-Para eso quería el carro -aclaro.
Pero ella no me oye, va a lo suyo, inmersa en su tejemaneje. Y, cogido de su codo, noto que gira a la derecha en vez de seguir recto para entrar al supermercado.
-¿A dónde vamos? –interrogo.
-Necesito -responde- sacar dinero del cajero automático.
-¿Ves? ¡Ya empezamos a dar vueltas! –le reprocho.
-¡Hay que ver cómo sois los hombres! Todo os molesta. Si son dos segundos…
Diez minutos después (que no comprendo cómo puede tardar tanto alguna gente en teclear una contraseña dos veces y dar una orden tan simple como seleccionar y pulsar “Reintegro”) llegó nuestro turno.
-¿Sabes? –dice, y presiento que empieza a articular su plan invasivo-. Debería aprovechar para comprar el fascículo de esta semana de la casita de muñecas en el quiosco de prensa.
6,95 € y otros diez minutos nos costó la broma de la septuagésima octava (78ª) pieza de la colección.
-¿Y cuántas entregas son? –se me ocurre preguntar por curiosidad
-Ciento treinta.
-¡Coño! –proferí en voz alta-. Si vale la dichosa casita tanto como un apartamento de verdad.
-¡Sí, igual! –dice ella, irónica.
-Pues con un poco más, da casi para la entrada –digo, sin dar mi brazo a torcer.
-¡Anda, calla! Es un cortijo andaluz antiguo, precioso: trae hasta las tejillas del tejado y las teselas de la piscina.
-Muy mal -replico-: los cortijos andaluces no tenían piscinas, sino albercas o balsas; y esperemos que no tenga goteras, porque dónde vamos a comprar tejillas si hacen falta luego…
-¡Desde luego –dice ella- que cuando no quieres… no hay forma! Eres único.
-¿Es que no tengo razón?
Por fin traspasamos las barreras automáticas que dan acceso al supermercado. Nada más entrar se pasa por delante de la sección de ropa. Supongo que lo tienen todo planificado: que quieres un disco de música, tienes que pasar por la droguería; que necesitas un cartón de leche, te interponen la sección de jardinería; que buscas la fruta y verdura, te obligan a atravesar el calzado o los productos de limpieza, el rollo del papel higiénico (ya sabemos)…
-Ya que estamos aquí-dice mi mujer, como quien no quiere la cosa-, ¿por qué no te pruebas un polillo para ir luego a la playa?
-Pero –le digo- si nosotros no somos muy playeros…
-Da igual. Luego decimos de ir y no tienes nada decente que ponerte. Además, están de oferta. ¿Lo prefieres azulillo turquesa, verde pistacho, verde prado o rojo teja?
-¿Y no hay amarillo? –sugiero, en un intento de torpedear la compra, evadiéndome del polo.
-No, hay de lo que te he dicho y punto –responde ella.
-El turquesa mismo –respondo con desinterés.
-Los turquesas los veo muy pequeños todos. Me parece que no quedan de tu talla.
-Los números medianos se agotan al momento. No sé cómo no hacen más medianos –comenta a mi izquierda una señora que también rebusca entre los polos y se marcha.
-¡“Números”, “números”! –suelta mi mujer-. ¡“Números” son los del calzado! ¡La ropa va por “tallas”, no por “números”! Esta es de los que dicen “pintalabios” en vez de “barra de labios”, como los niños. ¡Qué falta de educación! Si la gente supiera que esas cosas suenan como un petardo en el oído.
-Pues el pistacho mismo –digo, intentando interrumpir la retahíla de improperios que lanza mi mujer cada vez que oye algo mal dicho, cosa demasiado habitual.
-Los pistachos que quedan son muy grandes para ti.
-Bueno –respondo-, no pasa nada; el rojo mismo vale.
-Ese color –comenta ella- no me gusta para ir a la playa.
-Bueno –vuelvo a decir-, no importa mucho; el otro mismo.
-El único verde prado que queda de tu talla tiene un defecto en el costado al coserlo y, además, no acaba de convencerme.
-No importa -añado-, ¿ves cómo no entraba en mis planes comprarme hoy nada? Se hace justicia.
-¿Y un bañador? –sugiere ella-. ¿Por qué no te compras un bañador, que los que tienes ya tienen varios años y están feíllos? Luego va la gente de punto en blanco y tú de pena.
-Como si a mí me importara mucho eso –señalo, y aprovecho la ocasión para descargar mi furia contra la superficialidad de mucha gente de hoy-. O como si a ellos, con todo su golpe de punto en blanco, no se los fuesen a comer los gusanos, entrándoles en fila y a empujones por la nariz y saliéndoles rechonchos y hermosos por el ombligo. Además, A quien le parezca mal… que se vaya al juzgado de guardia. ¡A ver si algún juez le admite la querella.
-¿Qué trabajo –insiste ella- te cuesta elegir dos o tres bañadores y probártelos?
-Sí, para que pase igual que con los polillos…
-No seas negativo… -comenta ella, intentando convencerme.
– Si no es por ser negativo, pero ¿es que tengo que comprarme algo? Cómprate tú lo que quieras y a mí déjame en paz, que yo solo venía a que me diera un poco el aire, ¿recuerdas?
-Pues tú pierdes –dice ella-, para ti es… Ahora que me acuerdo, ¡a ver si han traído el hilo dental que le gusta a la niña!
En ese instante bordeamos la jardinería pero, como mi mujer no pierde ocasión para ir fijándose en todo (que parece que tiene antenas), las ve. Y me había escapado de los polillos y los bañadores, por los pelos; pero sé que del resto no podría escaparme así como así. ¡Temo que la cuota de suerte del día se ha agotado con los polillos!
-Mira –dice ella -, ya han puesto las pastillas para encender la chimenea. Por eso luego, en invierno, cuando de verdad hacen falta, no hay forma de encontrar. ¡Voy a aprovechar para comprar dos o tres cajas!
Yo empiezo la cuenta mentalmente: «Uno de quince, por lo menos; o mientras quepa en la cesta», dije.
-¡Ay –exclama, como si surgiera de golpe-, mira ya que estamos aquí, voy a echar un par de cosillas!
El par de cosillas son dos latas de atún, dos de maíz y un frasco de espárragos.
«Cuatro de quince», digo.
-¿Dónde tendrán –la oigo mascullar- el otro tomate frito, que este no me gusta? ¿Por qué no pueden tenerlos juntos?
-Para hacerte dar vueltas –le respondo- y que acabes comprando lo que no tenías pensado Son estrategias de venta del mercado capitalista.
-Pues a mí que no me tonteen. Anda que tardo yo mucho en mandarlos a tomar viento o peor.
-¿Y qué? –señalo con desgana-. Todos los supermercados a los que vayas son iguales.
A la vuelta de la estantería, la oigo decir satisfecha:
-Aquí está.
Siento caer el frasco en la cesta y digo: «Cinco de quince. Un tercio».
-Voy a echar un manojo de zanahorias, que las de ayer estaban chuchurrías y no quise llevarme. ¿Tú quieres que nos llevemos unos jínjoles? A ti te gustan mucho.
-¡Jínjoles! Sí –digo, con toda la intención y mi mujer capta el retintín con que lo he dicho.
-No sé por qué digo “jínjoles” -dice, entrando al trapo-, cuando yo siempre he dicho “azofaifas”. Ya me has pegado tu forma de hablar. ¡Me da una rabia! Y no es “jínjoles”.
-Que sepas que “azofaifas” es lo que menos es –comento yo-; en todo caso, “azufaifas”.
Su respuesta la descarga contra la cesta: un manojo de zanahorias y dos quilos de jínjoles/azufaifas (condesciendo). Y yo contabilizo: «Siete de quince».
-¿Echamos -pregunta- media sandía?
-Cómo vas a echar media sandía si nos vamos mañana de viaje. ¿Te vas a comer media sandía hoy?
-tiene muy buena pinta –insiste, empeñada en llevarse media sandía- y volvemos en dos días. En el frigorífico aguanta.
-Que no eches la sandía –digo, un tanto enfadado-. ¿Tanta necesidad tenemos de sandía? Aquí aguanta mejor.
-Es verdad -reconoce- que no tenemos necesidad de sandía… Pero un trozo de queso del curado que me llevé la última vez, sí. Y voy a aprovechar que has venido tú para llevarme una bolsa de patatas ojo de perdiz. Y a ver si encuentro masa para empanadillas.
-Esas papas tendrán buena vista, ¿no? –caigo en el chiste fácil.
Mi mujer (ella a lo suyo) ni me oye. Unos minutos después noto que la cesta recibe el impacto de la bolsa de patatas, el queso y la masa y sumo: «Diez de quince. Dos tercios y ni nombrar el pan y el vino».
-Que no se me olvide –me advierte ella- echar salmorejo y algunos helados.
-¿No ibas a comprar pan y vino? –le recuerdo.
-Sí, voy por el vino. Tú espérame aquí, son dos segundos. Sola voy más rápido.
¡Dos segundos!, no. Diez minutos después… aunque no sé por qué me extraño, si siempre es igual. Después de treinta años debería conocer ya los segundos de mi mujer.
-el vino –dice, dejando todo en la cesta-, un botellín de malta que he encontrado por casualidad y una bolsa de pipas Tijuana a la barbacoa picante, que a la niña le gustan mucho y, para cuando venga de pasar el verano en casa de tus padres, no tiene.
«Trece de quince. Dos para el pleno. Hoy me quedo corto», murmuro.
-Cógete –propone ella, ya entusiasmada y en plena faena-, vamos a ver si hay del desodorante tuyo y pañuelos de papel para mí.
Unas estanterías más allá: primero, al frente; y, luego, a la izquierda…
-¡Cada dos por tres –rezonga para sí (dudo que sea para mí), pero en voz alta- cambian las cosas de sitio!… Espera aquí, no te muevas. Ahora vengo.
«¿Moverme?, como si pensara yo ponerme a comprar también», pienso.
Otros diez o doce minutos parado y empiezo a sentir cansadas las piernas.
-te he cogido –dice a modo de aterrizaje- desodorante neutro, ¿lo prefieres, no?
-Sí –mascullo.
-Y, de paso, he echado limpiacristales, pañuelos de papel y una esponja de baño para mí.
«Diecisiete ya. ¡Iluso de mí!», dije. Y algo debió de oír, porque me preguntó:
-¿Qué dices ahora?
-Nada, cosas mías.
-¡Ay, llevo –habla como para sí- un mes diciendo que tengo que comprar palillos de dientes, alfileres para el tendedero y dos pilas para el reloj de la cocina! Cógete, vamos. Son dos segundos.
-¡Alfileres, alfileres! -exclamo-. ¿De dónde habréis sacado el nombre para las pinzas de tender la ropa?
-En Almería –me espeta- siempre han sido alfileres. Y pienso seguir llamándolos alfileres toda la vida… te pongas como te pongas y diga lo que diga la Real Academia.
Con los palillos, los alfileres/pinzas y las pilas, ya cuesta trabajo mover la cesta. Y yo contabilizo: «¡Veinte! Y el pan perdido en combate. ¡Solo llevamos el cincuenta por ciento de lo que íbamos a comprar en principio y la cesta está llena! Como hasta llegar al pan eche otro tanto como hasta el vino…»
-¿Sabes –pregunta, imagino que para justificar la compra- qué nos falta desde hace unos meses?
-¿Qué? –pregunto extrañado, sin la menor idea.
-Sal yodada. ¿No dices que es recomendable usar sal yodada para el tiroides?
-Eso oí en un documental.
-Voy a ver si hay. Espérame aquí. No tardo, son dos segundos.
Empezaba a desesperarme. Todos sabemos, a estas alturas, ya cuántos minutos tienen los dos segundos de mi mujer: de dos horas para arriba.
-Aquí está –comenta eufórica- la sal. Y también he echado espaguetis y unas costillillas de lechal para la cena.
«Veintitrés y sigue». La cesta está colmada.
-¿Qué te dije –pregunta con decisión- que no se me olvidara?
-Salmorejo y helados –contesto con resignación-, pero en la cesta no cabe ni un alfiler de los míos.
Los llevo yo –afirma ni más resuelta- en las manos. Ponte en la fila, que yo vengo en dos segundos.
-¿Dos segundos dices? –le digo, intentando con mi tono que solo sea un segundo.
-Perdemos más hablando -replica- que en ir.
Debe de ser uno de los momentos en que más nervios sufro: cuando me deja en la cola de la caja y se va por ahí, a saber qué hacer y a saber cuándo volver… y a saber cuánto avanza la cola y yo parado como un pasmarote allí en medio, y a saber cuánta gente mirándome y preguntándose “¿Qué le pasa a este tío?”, sin captar mi realidad a pesar del bastón blanco delator. Por suerte, esta vez tarda un segundo y medio.
-Ya estoy –dice, con aplomo-. He cogido dos cartones de salmorejo y helados de ron con pasas. ¡Ah, y una lima para las uñas!
-Ya decía yo… ¿Y el pan, que es por lo que hemos venido?
-¡Da igual! –añade con naturalidad-. Bajo ahora y lo compro en la cruasantería del barrio.
«¡No me lo puedo creer!», pienso, aunque no despego los labios.
Pasamos por la caja: 80 €. ¡Y solo habíamos comprado una de las dos cosas que pensábamos comprar! No comprendo cómo pueden gastarse 80€ en dos segundos y, menos aun, ¡que quepan en una cesta! Menos mal que siempre desciende el IPC los años electorales.
Ya fuera del supermercado, en el pasillo principal que lo separa de las tiendas contiguas, dice mi mujer:
-Tendría que mirar un bolso en la tienda.
-Si tiene que ser hoy… -comento con notable resignación y más retintín.
-Pues sí, porque un día por otro, nunca me lo compro.
Otros diez o doce minutos… (perdón, seamos coherentes con mi mujer) ¡dos segundos! comparando bolsos en el escaparate, para al final concluir:
-No acaba de convencerme ninguno, lo dejo para otro día… ¿Y tú no querías comprarte un sombrero panamá para la feria?
-¡¡¡No!!! ¡Y la cesta la llevas tú!