RELATOS

Tu palabra tiene el arte (de Jesús Orta Ruiz, Indio Naborí)

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

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 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

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Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

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Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

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 Háblame, que no hay manera

 

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 Solo así puedo mirarte

 

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Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

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 Háblame, que no hay manera

 

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 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

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Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

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 Háblame, que no hay manera

 

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Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

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Tu palabra tiene el arte

 

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Tu palabra tiene el arte

 

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Tu palabra tiene el arte

 

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Tu palabra tiene el arte

 

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Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

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 Solo así puedo mirarte

 

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Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

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 Háblame, que no hay manera

 

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Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

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 Háblame, que no hay manera

 

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 Solo así puedo mirarte

 

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Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

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Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

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 Háblame, que no hay manera

 

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 Solo así puedo mirarte

 

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Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

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Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

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 Háblame, que no hay manera

 

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 Solo así puedo mirarte

 

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 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

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 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

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Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

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Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

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 Háblame, que no hay manera

 

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 Solo así puedo mirarte

 

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Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

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 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

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Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

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 Háblame, que no hay manera

 

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 Solo así puedo mirarte

 

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Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

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 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

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Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

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 Háblame, que no hay manera

 

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 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

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 linternas de rotas pilas,

 

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 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

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Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

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Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

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Tu palabra tiene el arte

 

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 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

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 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

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 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

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 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

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 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Tu palabra tiene el arte

 

-Jesús Orta, “Indio Naborí”-

 

 

 

Tu palabra tiene el arte

 

 de iluminar la ceguera:

 

 Háblame, que no hay manera

 

 de verte sin escucharte.

 

 

 

 Solo así puedo mirarte

 

 exacta, como si un dios

 

 conmovido por mis dos

 

 linternas de rotas pilas,

 

 me hiciera nuevas pupilas

 

 con el cristal de tu voz.

 

Informe sobre ciegos (de Ernesto Sábato)

Informe sobre ciegos

(Primeros capítulos)

 

-Ernesto Sabato-

 

I

 

¿Cuándo empezó esto que ahora va a terminar con mi asesinato? Esta feroz lucidez que ahora tengo es como un faro y puedo aprovechar un intensísimo haz hacia vastas regiones de mi memoria: veo caras, ratas en un granero, calles de Buenos Aires o Argel, prostitutas y marineros; muevo el haz y veo cosas más lejanas: una fuente en la estancia, una bochornosa siesta, pájaros y ojos que pincho con un clavo. Tal vez ahí, pero quién sabe: puede ser mucho más atrás, en épocas que ahora no recuerdo, en períodos remotísimos de mi primera infancia. No sé. ¿Qué importa, además?

    Recuerdo perfectamente, en cambio, los comienzos de mi investigación sistemática (la otra, la inconsciente, acaso la más profunda, ¿cómo puedo saberlo?). Fue un día de verano del año 1947, al pasar frente a la Plaza Mayo, por la calle San Martín, en la vereda de la Municipalidad. Yo venía abstraído, cuando de pronto oí una campanilla, una campanilla como de alguien que quisiera despertarme de un sueño milenario. Yo caminaba, mientras oía la campanilla que intentaba penetrar en los estratos más profundos de mi conciencia: la oía pero no la escuchaba. Hasta que de pronto aquel sonido tenue pero penetrante y obsesivo pareció tocar alguna zona sensible de mi yo, algunos de esos lugares en que la piel del yo es finísima y de sensibilidad anormal: y desperté sobresaltado, como ante un peligro repentino y perverso, como si en la oscuridad hubiese tocado con mis manos la piel helada de un reptil. Delante de mí, enigmática y dura, observándome con toda su cara, vi a la ciega que allí vende baratijas. Había cesado de tocar su campanilla; como si sólo la hubiese movido para mí, para despertarme de mi insensato sueño, para advertir que mi existencia anterior había terminado como una estúpida etapa preparatoria, y que ahora debía enfrentarme con la realidad. Inmóvil, con su rostro abstracto dirigido hacia mí, y yo paralizado como por una aparición infernal pero frígida, quedamos así durante esos instantes que no forman parte del tiempo sino que dan acceso a la eternidad. Y luego, cuando mi conciencia volvió a entrar en el torrente del tiempo, salí huyendo.

    De ese modo empezó la etapa final de mi existencia.

    Comprendí a partir de aquel día que no era posible dejar transcurrir un solo instante más y que debía iniciar ya mismo la exploración de aquel universo tenebroso.

    Pasaron varios meses, hasta que en un día de aquel otoño se produjo el segundo encuentro decisivo. Yo estaba en plena investigación, pero mi trabajo estaba retrasado por una inexplicable abulia, que ahora pienso era seguramente una forma falaz del pavor a lo desconocido.

    Vigilaba y estudiaba los ciegos, sin embargo.

    Me había preocupado siempre y en varias ocasiones tuve discusiones sobre su origen, jerarquía, manera de vivir y condición zoológica. Apenas comenzaba por aquel entonces a esbozar mi hipótesis de la piel fría y ya había sido insultado por carta y de viva voz por miembros de las sociedades vinculadas con el mundo de los ciegos. Y con esa eficacia, rapidez y misteriosa información que siempre tienen las logias y sectas secretas; esas logias y sectas que están invisiblemente difundidas entre los hombres y que, sin que uno lo sepa y ni siquiera llegue a sospecharlo, nos vigilan permanentemente, nos persiguen, deciden nuestro destino, nuestro fracaso y hasta nuestra muerte. Cosa que en grado sumo pasa con la secta de los ciegos, que, para mayor desgracia de los inadvertidos, tienen a su servicio hombres y mujeres normales: en parte engañados por la Organización; en parte, como consecuencia de una propaganda sensiblera y demagógica; y, en fin, en buena medida, por temor a los castigos físicos y metafísicos que se murmura reciben los que se atreven a indagar en sus secretos. Castigos que, dicho sea de paso, tuve por aquel entonces la impresión de haber recibido ya parcialmente y la convicción de que los seguiría recibiendo, en forma cada vez más espantosa y sutil; lo que, sin duda a causa de mi orgullo, no tuvo otro resultado que acentuar mi indignación y mi propósito de llevar mis investigaciones hasta las últimas instancias.

    Si fuera un poco más necio podría acaso jactarme de haber confirmado con esas investigaciones la hipótesis que desde muchacho imaginé sobre el mundo de los ciegos, ya que fueron las pesadillas y alucinaciones de mi infancia las que me trajeron la primera revelación. Luego, a medida que fui creciendo, fue acentuándose mi prevención contra esos usurpadores, especie de chantajistas morales que, cosa natural, abundan en los subterráneos, por esa condición que los emparenta con los animales de sangre fría y piel resbaladiza que habitan en cuevas, cavernas, sótanos, viejos pasadizos, caños de desagües, alcantarillas, pozos ciegos, grietas profundas, minas abandonadas con silenciosas filtraciones de agua; y algunos, los más poderosos, en enormes cuevas subterráneas, a veces a centenares de metros de profundidad, como se puede deducir de informes equívocos y reticentes de espeleólogos y buscadores de tesoros; lo suficientemente claros, sin embargo, para quienes conocen las amenazas que pesan sobre los que intentan violar el gran secreto.

    Antes, cuando era más joven y menos desconfiado, aunque estaba convencido de mi teoría, me resistía a verificarla y hasta a enunciarla, porque esos prejuicios sentimentales que son la demagogia de las emociones me impedían atravesar las defensas levantadas por la secta, tanto más impenetrables como más sutiles e invisibles, hechas de consignas aprendidas en las escuelas y los periódicos, respetadas por el gobierno y la policía, propagadas por las instituciones de beneficencia, las señoras y los maestros. Defensas que impiden llegar hasta esos tenebrosos suburbios donde los lugares comunes empiezan a ralear más y más, y en los que empieza a sospecharse la verdad.

    Muchos años tuvieron que transcurrir para que pudiera sobrepasar las defensas exteriores. Y así, paulatinamente, con una fuerza tan grande y paradojal como la que en las pesadillas nos hace marchar hacia el horror, fui penetrando en las regiones prohibidas donde empieza a reinar la oscuridad metafísica, vislumbrando aquí y allá, al comienzo indistintamente, como fugitivos y equívocos fantasmas, luego con mayor y aterradora precisión, todo un mundo de seres abominables.

    Ya contaré cómo alcancé ese pavoroso privilegio y cómo después de años de búsqueda y de amenazas pude entrar en el recinto donde se agita una multitud de seres, de los cuales los ciegos comunes son apenas su manifestación menos impresionante.

 

 

II

 

Recuerdo muy bien aquel 14 de junio: día frígido y lluvioso. Vigilaba el comportamiento de un ciego que trabaja en el subterráneo a Palermo: un hombre más bien bajo y sólido, morocho, sumamente vigoroso y muy mal educado; un hombre que recorre los coches con una violencia apenas contenida, ofreciendo ballenitas, entre una compacta masa de gente aplastada. En medio de esa multitud, el ciego avanza violenta y rencorosamente, con una mano extendida donde recibe los tributos que, con sagrado recelo, le ofrecen los infelices oficinistas, mientras en la otra mano guarda las ballenitas simbólicas: pues es imposible que nadie pueda vivir de la venta real de esas varillas, ya que alguien puede necesitar un par de ballenitas por año y hasta por mes: pero nadie, ni loco ni millonario, puede comprar una decena por día. De modo que, como es lógico, y todo el mundo así lo comprende, las ballenitas son meramente simbólicas, algo así como la enseña del ciego, una suerte de patente de corso que los distingue del resto de los mortales, además de su célebre bastón blanco.

    Vigilaba, pues, la marcha de los acontecimientos dispuesto a seguir a ese individuo hasta el fin para confirmar de una vez por todas mi teoría. Hice innumerables viajes entre Plaza Mayo y Palermo, tratando de disimular mi presencia en las terminales, porque temía despertar sospechas de la secta y ser denunciado como ladrón o cualquier otra idiotez semejante en momentos en que mis días eran de un valor incalculable. Con ciertas precauciones, pues, me mantuve en estrecho contacto con el ciego y cuando por fin realizamos el último viaje de la una y media, precisamente aquel 14 de junio, me dispuse a seguir al hombre hasta su guarida.

    En la terminal de Plaza Mayo, antes de que el tren hiciera su último viaje hasta Palermo, el ciego descendió y se encaminó hacia la salida que da a la calle San Martín.

    Empezamos a caminar por esa calle hacia Cangallo.

    En esa esquina dobló hacia el Bajo.

    Tuve que extremar mis precauciones, pues en la noche invernal y solitaria no había más transeúntes que el ciego y yo, o casi. De modo que lo seguí a prudente distancia, teniendo en cuenta el oído que tienen y el instinto que les advierte cualquier peligro que aceche sus secretos.

    El silencio y la soledad tenían esa impresionante vigencia que tienen siempre de noche en el barrio de los Bancos. Barrio mucho más silencioso y solitario, de noche, que cualquier otro; probablemente por contraste, por el violento ajetreo de esas calles durante el día; por el ruido, la inenarrable confusión, el apuro, la inmensa multitud que allí se agita durante las horas de Oficina. Pero también, casi con certeza, por la soledad sagrada que reina en esos lugares cuando el Dinero descansa. Una vez que los últimos empleados y gerentes se han retirado, cuando se ha terminado con esa tarea agotadora y descabellada en que un pobre diablo que gana cinco mil pesos por mes maneja cinco millones, y en que verdaderas multitudes depositan con infinitas precauciones pedazos de papel con propiedades mágicas que otras multitudes retiran de otras ventanillas con precauciones inversas. Proceso todo fantasmal y mágico pues, aunque ellos, los creyentes, se creen personas realistas y prácticas, aceptan ese papelucho sucio donde, con mucha atención, se puede descifrar una especie de promesa absurda, en virtud de la cual un señor que ni siquiera firma con su propia mano se compromete, en nombre del Estado, a dar no sé qué cosa al creyente a cambio del papelucho. Y lo curioso es que a este individuo le basta con la promesa, pues nadie, que yo sepa, jamás ha reclamado que se cumpla el compromiso; y todavía más sorprendente, en lugar de esos papeles sucios se entrega generalmente otro papel más limpio pero todavía más alocado, donde otro señor promete que a cambio de ese papel se le entregará al creyente una cantidad de los mencionados papeluchos sucios: algo así como una locura al cuadrado. Y todo en representación de Algo que nadie ha visto jamás y que dicen yace depositado en Alguna Parte, sobre todo en los Estados Unidos, en grutas de Acero. Y que toda esta historia es cosa de religión lo indican en primer término palabras como créditos y fiduciario.

    Decía, pues, que esos barrios, al quedar despojados de la frenética muchedumbre de creyentes, en horas de la noche quedan más desiertos de gente que ningún otro, pues allí nadie vive de noche, ni podría vivir, en virtud del silencio que domina y de la tremenda soledad de los gigantescos halls de los templos y de los grandes sótanos donde se guardan los increíbles tesoros. Mientras duermen ansiosamente, con píldoras y drogas, perseguidos por pesadillas de desastres financieros, los poderosos hombres que controlan esa magia. Y también por la obvia razón de que en esos barrios no hay alimentos, no hay nada que permita la vida permanente de seres humanos o siquiera de ratas o cucarachas; por la extremada limpieza que existe en esos reductos de la nada, donde todo es simbólico y a lo más papeloso; y aun esos papeles, aunque podrían representar cierto alimento para polillas y otros bichos pequeños, son guardados en formidables recintos de acero, invulnerables a cualquier raza de seres vivientes.

    En medio, pues, del silencio total que impera en el barrio de los Bancos, seguí al ciego por Cangallo hacia el Bajo. Sus pasos resonaban apagadamente e iban tomando a cada instante una personalidad más secreta y perversa.

    Así descendimos hasta Leandro Alem y, después de atravesar la avenida, nos encaminamos hacia la zona del puerto.

    Extremé mi cautela; por momentos pensé que el ciego podía oír mis pasos y hasta mi agitada respiración.

    Ahora el hombre caminaba con una seguridad que me pareció aterradora, pues descartaba la trivial idea de que no fuera verdaderamente ciego.

    Pero lo que me asombró y acentuó mi temor es que de pronto tomase nuevamente hacia la izquierda, hacia el Luna Park. Y digo que me atemorizó porque no era lógico, ya que, si ése hubiese sido su plan desde el comienzo, no había ningún motivo para que, después de cruzar la avenida, hubiese tomado hacia la derecha. Y como la suposición de que el hombre se hubiera equivocado de camino era radicalmente inadmisible, dada la seguridad y rapidez con que se movía, restaba la hipótesis (temible) de que hubiese advertido mi persecución y que estuviera intentando despistarme. O lo que era infinitamente peor, tratando de prepararme una celada.

(del libro Sobre héroes y tumbas)

 

CONATO DE SECUESTRO (de Ginés Bonillo)

CONATO DE SECUESTRO

-Ginés Bonillo-

Cuando ya nos dirigíamos a una de las cajas del supermercado para pagar, mi mujer (como siempre, o como casi siempre) recordó algo que había olvidado e iba a dejarme a solas y sin respuestas ante el toro de la cola, expuesto a las preguntas insidiosas de las seguidoras (“¿Está usted en la cola o no? ¿Por qué no avanza?”), que parece que huelen sangre, que te adivinan la debilidad de que en el fondo estás rezando para que pase el tiempo y venga tu mujer con lo que ha olvidado, pero no captan –con lo listas que son- la gran debilidad, la visión reducida, que te aísla.
-Busca –me dijo- una caja que tenga poca fila y ponte, que yo voy en un periquete por un bote de orégano.
-Seguro –me dije- que de camino recuerda un par de cosas más y me tiene un cuarto de hora con el agua al cuello en la caja y algún insidioso al que le molesta que dejes medio metro entre tu carrito y el culo del cliente que te antecede.
Con una mano iba empujando el carrito con la compra y con la otra agarré a nuestra hija, que a veces se detenía y me veía obligado a tirar de ella un poco.
En un momento determinado la niña se soltó de mi mano y yo empecé a buscar alrededor sin mirar atrás, pensando que no debía de haberse alejado mucho; y, efectivamente, al instante encontré su brazo y la sujeté fuerte por la muñeca. Ella debió de sentir la presión de mi mano y forcejeaba por liberarse de nuevo. Yo la retenía con mayor fuerza. Pero la jodida de la niña se rebelaba y se aferraba al suelo como si fuese un árbol.
Yo me planteaba qué imagen iríamos dando: una caballería tirando de un arado clavado en la tierra, dejando un surco. Pero me daba igual: seguí tirando de la niña; todo menos perderla de nuevo.
Aquella situación se mantuvo varios minutos. Y la jodida de la niña cada vez más atascada y rebelde. Pero yo me obstiné y no la solté.
Ya me puse en una cola. Y la niña forcejeando por soltarse.
En ese instante oí por megafonía un mensaje para los clientes:
-Atención, por favor. En Información General se encuentra una niña que dice tener casi tres años, que se llama Alba, que su mamá se ha perdido y que su papá se ha ido con otro niño.
Miré instintivamente hacia atrás y, horror, retenía asido de la mano a un niño de unos cinco años que bregaba por soltarse. Al lado, un señor se reía comprendiendo la situación. Debía de ser el padre del pobre niño.
Dejé el carrito y me encaminé de inmediato hacia Información General. Llegamos a la vez mi mujer y yo, sobresaltados , y allí estaba (según entreví) bien tranquila, sosegada, como una reina, pintando y de palique con las empleadas del supermercado, la jodida de la niña. ¡Y yo expuesto a ser acusado de intento de secuestro! ¡Para matarla…! ¡De mayor, seguro que no se acordaría del rato que acababa de hacernos pasar!

Los ciegos y los inmigrantes (de Alexis Díaz-Pimienta)

Los ciegos y los inmigrantes

para Anaís Fernández

Los ciegos también tienen su color preferido.
David Mitrani

I

Los ciegos también tienen su color preferido,
su gusto por los días soleados o grisáceos.
No siempre están varados como grandes cetáceos
entre la oscuridad, la suerte y el olvido.
Los ciegos también tienen su color preferido.
Adoran las orquídeas. Odian el ocre oscuro.
Bastonean en calles de trazado inseguro,
en aceras estrechas y esquinas con sonido.
Los ciegos llevan gafas para ocultar los ojos.
Y bastones plegables, aunque no sean cojos.
Y temor a los otros. Y dolores ocultos.
Los ciegos nunca han visto al vendedor de gafas.
La sombra los protege de morales estafas.
La luz los ha salvado de insalvables insultos.

II

A las doce del día, en cualquier bocacalle
un ciego va vendiendo la luz de sus cupones
y un inmigrante pasa cargando cinturones,
flores, gafas, alfombras, llaveros al detalle.
Es natural que el ciego, cuando el hombre se halle
a un metro de su olfato afine los pregones.
La suerte numerada. La lid de los millones.
Es normal que uno grite. Es normal que otro calle.
Al vendedor de gafas le da lástima el ciego.
Y el ciego siente pena de intuir lo que él carga.
El vendedor de gafas se da cuenta del juego.
Son dos ciegos. Dos pobres. Dos sombras de alma larga.
Uno vende las gafas que el otro lleva luego
para vender la suerte que a los dos los embarga.

III

Los ciegos también tienen su color preferido
y los subsaharianos dientes blancos y hambre.
Los ciegos tienen tacto, voz, olfato y oído.
Los ojos del que emigra un oscuro calambre.
Los ciegos, inmigrantes de la luz, se despojan
de las gafas oscuras para ver quién se acerca.
Bajo sus cuencas blancas los cupones se mojan
(¿lágrimas o sudor?, ¿Internet o Atapuerca?)
Los ciegos, inmigrantes de la luz, no distinguen
la ausencia de color en la escala cromática.
En sus manos y oídos los colores se extinguen.
Las sombras y las luces son pura matemática.
Los ciegos no permiten que otras sombras los pringuen,
por eso llevan gafas de transparencia errática.

El pueblecito (de Ángel Dámaso Soto)

EL PUEBLECITO
-Ángel Dámaso Soto-

Hacía un frío de mil demonios. Por otra parte, se encontraba un poco irritado porque había olvidado cambiar las escobillas del limpiaparabrisas el sábado anterior.

Lo cierto es que en Almería suele hacer mucho viento cualquier día del año, pero lo que es llover… no llueve ni en sueños.

¡Vaya sorpresa se llevó esa mañana! Porque no es precisamente que estuviera lloviendo -¡qué puñetas!-… lo que estaba era diluviando.

Con muchísima precaución, con su auto llegó a ese lugar, o mejor dicho llegó a ese pueblecito, nombre que con los años ha tomado ese bonito lugar.

Sin perder tiempo alguno aparcó su automóvil y se puso en contacto con su presunto nuevo cliente, que esperaba en el bar de la plaza Mayor.

Después de los mutuos saludos de cortesía, ocuparon una mesa, solicitándole al camarero una botella de Rioja, eso sí, debía ir acompañada de un buen plato de queso con jamón. Ese primer trago de vino fue más que suficiente para aliviar el frío que sentían sus huesos.

Por otra parte, a ese supuesto cliente no lo conocía de nada, tan sólo tenía buenas referencias por un amigo común.

El motivo de tal reunión era evidente: pretendía venderle para el negocio que tenía ese señor una envasadora.

Cuando empezó a hablar del tema ocurrió algo curioso, su propio instinto de vendedor le hizo recapacitar… –“No, no, no”, se dijo en voz baja-. Intuyó que no iba por buen camino.

Comprendió, como todo buen vendedor, que necesitaba urgentemente de estrategias, ya que no habían pasado dos minutos de conversación, y ya estaba notando que éste señor no estaba interesado por su maquinaria. Fue entonces cuando su instinto de vendedor hizo su trabajo.

Con gran maestría desvió la conversación y, con suma habilidad, provocó que su trabajo de comercial lo hiciera el cliente.

En modo alguno intentó venderle su producto, todo lo contrario: Juan, que era el nombre de su pretendido cliente, se lo debía comprar a él.

La verdad es que el resultado es el mismo, pero es muy diferente, aunque a más de uno le cueste entenderlo.

El negocio iba viento en popa: todo estaba saliendo según lo previsto.

Durante éste tiempo estuvo ajeno a todo aquello que no estuviera relacionado con su objetivo prioritario…que no era otro que vender su maquinaria.

Su falta de atención fue precisamente el motivo que originó algo gracioso, que a la vez le hizo pasar un mal rato.

Juan, su ya nuevo cliente, tenía dos manos ortopédicas. Aun así, este señor se manejaba en cierto modo bastante bien.

La copa de vino la cogía con mucha facilidad e, incluso, el jamón y el queso lo pinchaba con un tenedor que magistralmente utilizaba.

En definitiva, era un señor que había sido capaz de romper sus propias barreras, y de barreras precisamente no quiero hablar…De otras barreras también yo sé hoy mucho: ¡Casi na!

Continuaré con la historia.

Fue de pronto cuando su estimado cliente se levantó de la mesa, se dirigió a él y le pidió que por favor le acompañara a los servicios. Sin querer ni poder evitarlo, su cara cambió de color, sus piernas empezaron a temblar, empezó incluso a tartamudear. Juan le miró extrañado y sin mediar palabra empezó a reír. Jamás había visto reír tanto a nadie. Se dirigió al camarero y le pidió urgentemente un vaso de agua temiéndose lo peor. Al cabo de unos minutos, se calmó. Juan le sonrió diciéndole que no se preocupara, tan sólo necesitaba que le abriera la puerta del aseo, solo eso y nada más… Tras una larga carcajada, le dijo que lo demás lo podía hacer él.

Ola de calor (de Ginés Bonillo)

Ola de calor
(Derretibles, S.P.)

El día, de finales de enero, no era de finales de enero, sino más bien de finales de abril o de mayo. Así discurre nuestra tierra por el ciclo anual. Yo había salido a la calle en mangas de camisa, sin el pañuelo rodeado al cuello con que suelo protegerme la garganta, mi punto débil en invierno.
Íbamos apurados de tiempo, como siempre; y como siempre, con la lengua baja, a la altura del pecho. Nada más traspasar la puerta corredera de acceso al azulado hospital, sin dudar un milímetro, nos embistió una llamarada de calor artificial, una bofetada de vaho fornario. Tuve la sensación de que nos iban a hornear allí mismo, tomados por inocentes cochinillos; opté, no obstante, por no despegar los labios para evitar dar pie a ser acusado de homo quejicosus.
Al llegar a la octogonal sala de espera de oftalmología, mi acompañante se sorprendió de que hubiese tantos pacientes y dijo:
—¡Qué gentío para lo tarde que es! No cabe un alfiler. Sólo hay dos asientos libres, frente a la consulta de córnea. Ni que los hubieran reservado para nosotros.
Ya sentados, decidí contravenir las normas de buen comportamiento y me sequé el sudor de la frente y del cuello con un pañuelo de mano. Estaba empapado.
A falta de evidencias visuales, yo captaba cierto rumor de fondo que no se debía a lenguaje articulado, sino más bien a leves suspiros, resuellos, alguna boqueada, algún disimulado e incómodo carraspeo…
—¿Qué se oye? —mascullé, alzando el bigote (con lentitud), arqueando la nariz (con disimulo) y frunciendo el ceño (con e, de estoicismo).
—La gente… —contestó mi acompañante en voz baja, acercándoseme al oído, como si fuese a revelarme un secreto; y, a renglón seguido, exclamó, ya en voz alta—: ¡Qué calor hace aquí!
—Será porque venimos corriendo, como siempre —apunté, subrayando el sintagma comparativo.
—¡No empieces ya!
—¿Es que la actividad física no genera calor?
—No.
—¿Ah, no? —repuse sorprendido.
—No, déjate; que los demás están sudando igual que nosotros y ellos están aquí de antes.
El sudor me brotaba a raudales entre las greñas montaraces de la cabeza; las abominables gotitas concurrían en el altozano de la frente; sin detener su curso, fieles a la impertérrita ley de la gravedad, se bifurcaban para esquivar las erguidas serrezuelas de las cejas; resbalaban, serpenteando aún indecisas, por entre los montículos despejados de las mejillas; hasta precipitarse, ya convertidas en pequeños riachuelos, por los meandros del delta que se extiende por el bigote y la barba abajo y desembocar en el mar del pañuelo que sostenía entre las manos.
Mientras sopesaba la conveniencia de escurrirlo con la debida discreción, me asaltó una idea del diablo.
—¿Estás segura —pregunté— de que estamos en la sala de espera? ¿No estaremos en la sala de calderas?
—¿Qué sala de calderas?
—O una sala de calor —sugerí y añadí—: ¿No dicen que el calor es bueno para el reúma?
—¡Qué sala de calor ni qué ocho cuartos! Además, ¿tú estás aquí por la vista o por los huesos?
—Pues en un balneario o una sauna.
—¡Que no! ¡Tienes unas cosas…!
—Yo no, será el calor, que me hace desvariar.
—Será… —remachó ella sin mucha convicción.
A pesar de verme inmerso en aquel soporífero baño, volvió a invadirme una vieja idea:
—No comprendo —comenté, casi sin aliento— esta manía tercermundista de abusar de los servicios para luego tirarse dos meses o dos años sin ellos cuando se averían o agotan. Que hay calefacción, pues al máximo en invierno… hasta que se avería. Que hay aire acondicionado, pues al máximo en verano… hasta que se agota el presupuesto… ¿Y nadie —inquirí— se queja?
—¿Es que puede quejarse alguien? Si está todo el mundo como el queso fundido —aclaró mi acompañante—. Si vieras… hay gente que se ha desabotonado la camisa hasta casi el ombligo y se abanica con lo que puede. Yo creo que no habla nadie a causa del sofoco del calor.
Sintiéndome vagamente autorizado por la actitud de los demás, me remangué la camisa hasta los codos, no pude más, y me abrí un botón del cuello; al poco, me desabotoné dos; luego, tres…
—¡Huy, huy, pero si junto a la consulta de glaucoma una mujer se ha descalzado y se está quitando las…!
—¡Las qué! —pregunté sobresaltado.
—Las medias… ¿qué va a ser? ¿No he empezado a describírtela por los pies?
—No sé. Pero con este calor, ¡podría ser cualquier cosa femenina!
Mi acompañante no estaba para detenerse en mis florituras lingüísticas-vitales.
—¡Buenooo! —exclamó al instante—. Si vieras…
—¿Qué, quééé?
—Que delante de la puerta de campimetría, un hombre se ha quitado la camisa, pero enterica y la ha tirado al suelo.
—No me extraña. Y, sin embargo, ¡nadie protesta! ¿No podrían bajar la temperatura dos o tres grados?
—¿Dos o tres? ¡Y doce o trece!
—Con lo a gusto que estarán ahora mismo en Siberia los sibaritas, a 20 grados centígrados bajo cero…
—¿Los sibaritas? ¿Qué tendrán que ver los sibaritas con este calor? ¡Ya estás con tus cosas! De todas formas, no lo creas. Seguro que alguno se quejaría, aduciendo que habían olvidado puesto el aire refrigerado desde el verano.
—¡Los turistas quejicosus, que no sé para qué viajan fuera de su zona de confort!
Paulatinamente se iba haciendo más sordo aquel rumor de fondo que no respondía a lenguaje articulado, sino más bien a leves suspiros, cada vez más leves; resuellos y alguna boqueada, cada vez más inaudibles; algún disimulado carraspeo incómodo, cada vez menos velar y más apagado…
Nadie hablaba, ni siquiera se advertía un balbuceo inteligible: “A tal punto ha llegado —pensé— el grado de resignación”.
—Y no citan —me lamenté— a nadie de las consultas. Eso es que no se atreven a salir, o que están esperando a que nos aburramos y nos vayamos, o que dan tiempo a ver si alguno se muere y se lo quitan de la lista sin darle un palo al agua. ¡Con lo que cuesta una campimetría!
—¡Qué cosas tienes! Sigue, tú sigue analizando.
—¿Yo analizando? ¿Qué he dicho?
—Cada vez te pareces más a mi padre.
—Porque tu padre tiene mucha experiencia de vida anudada.
Desde hacía buen rato percibía cómo el sudor… no, el sudor no… los ríos de sudor se deslizaban espalda abajo y se expandían por los calzoncillos. Sentía como si me hubiera orinado encima dentro de un sueño traicionero de madrugada. Al final de la gravedad, los calcetines naufragaban en sudor dentro de los zapatos, bailando como en una pista de hielo. Notaba el cuerpo anegado de agüita licuada, como si nos estuviésemos disolviendo.
Yo creo que, en cierto momento, el calor aumentó, si es que podía agravarse una vuelta de tuerca un escenario tan infernal.
—Con este sofoco —presagió mi acompañante, quizá figuradamente—, más de uno se va a derretir en poco tiempo.
—No hará falta esperar mucho. Yo mismo estoy derritiéndome en sudor ya.
—Y yo —confesó ella en voz baja—. Llevo las bragas que parece que me he hecho pipí encima. Pero alguno se va a derretir de verdad, no metafóricamente. ¡Tú es que no ves, pero si vieras…!
—¿No creas!: No hace falta que vea, ya lo sufro.
Al rato se oyó a nuestra espalda, en el asiento de la otra fila, un ligero burbujeo seguido de un prolongado goteo. Preocupado porque no cesaban ni el glu-glu ni el ton-ton, pregunté:
—¿Qué es eso que se oye?
—No sé… Voy a ver.
Mi acompañante se giró y no pudo evitar la expresión de asco consiguiente.
—¡Aaggg! —y la imaginé abriendo un poco la boca, alzando ligeramente los pómulos, entornando los ojos y concentrando las cejas.
—Pero ¿qué hay?
—Yo juraría que antes había una persona. Pero ahora se ha reducido a un charco asqueroso de fluidos y huesos diluyéndose… ¡Aaggg!, no puedo mirar. Parece el vómito amarillento-rojizo de un borracho. Llevaba una camisa de franela amarilla y un pantalón de pana negro, con una boina a lo Pío Baroja.
—No me extraña. ¿“Amarilla”, has dicho? ¡Pobre Moliere! Pero ¿estás segura?
—Ya lo creo. ¡Y tan segura! Si ese hombre trabajaba de conserje en el colegio al que iba yo cuando era niña. ¡Vaya final ha tenido el pobre, después de aguantar durante años a tanto bárbaro!
De pronto, sin dar lugar a ninguna reacción, se oyó la voz del guarda de seguridad, un tenebroso ululato de búho al acecho en su percha, que solicitaba ayuda seguramente por Walki Talkie:
—Venid rápido a recoger otros restos, que aquí hay dos de última hora que empiezan a alterarse. Con un cubo de ocho litros es suficiente, era el viejecillo de la camisa amarilla, el que se escapó en noviembre porque resistió desde las once… Sí, sí… ¡Poca cosa! Este no debe pasar de no más de dos puntos en el baremo del Servicio de Salud. Es poco, pero siempre se empieza por poco.
—Oye —le mascullé a mi acompañante—, esto no me gusta, parece cosa de ciencia ficción… ¿y si nos vamos? ¿Quién nos va a regañar?
Al momento se dirigió a nosotros el guarda jurado, quién (sin duda) gozaba de un oído tan fino como la vista, y debió de oírme el muy plumado.
—No, hombre; si les va a tocar ya mismo —chucheó desde las tinieblas de su reino de la noche, depositando su mano en mi hombro como gesto convincente.
Las palabras del búho metamorfoseado en guarda me dejaron dubitativo ante el dilema de si ya nos tocaba entrar por fin a la consulta o si lo que nos tocaba era derretirnos allí mismo, literalmente, sin ambages. Pero antes de empezar a exponerle al guarda-búho mis reparos (que yo entendía razonables), oí una voz afligida de funcionario atento, que emitía un lamento retórico con ánimo decaído, pero de corazón (o así lo entendí yo):
—¿Sólo hemos arreglado a tres hoy? —interrogó vociacontecido El nuevo personaje.
—Sí, señor director —respondió una voz contundente de ordenanza eficiente, de los que se ganan sueldo y medio—. Pero todavía quedan treinta y siete minutos, y hay cuatro o cinco que están a punto de ceder, porque se encuentran a puntico de caramelo. ¡Esos caen hoy, don Pedro!
—Aun así —refutó el director— no salen las cuentas: ¡como la mayoría tiene edad avanzada… no aportan muchos puntos! Ya sabéis que en estos casos al primero que reducen desde Derretibles S.P. es al director, y no tengo ganas de que me derritan tan joven. Habría que subir el termostato un par de grados más para asegurarnos los objetivos del mes.
—O pasar a mensuales las revisiones trimestrales; y las anuales, a cuatrimestrales. ¿Ya que alargar el tiempo de espera…? —insinuó otro ordenanza, también muy servicial.
—Esa táctica no da más de sí —argumentó el doctor Botero, director del centro desde hacía dos años—. ¡Si ya los tenemos entretenidos aquí desde las ocho!
—¿Y abrir por las noches? –propuso el guarda jurado, que no ocultaba su propensión noctívaga.
—No, supondría más gastos y, en consecuencia, aumento de exigencias en el baremo —apuntó uno de los ordenanzas, que estaba bien instruido en legislación.
—¡Mire hacia allá, don Pedro! —conminó alborozado el otro ordenanza—. Dos más derritiéndose. ¡Empiezan a caer a pares! ¿No da gusto verlos?
—Sí, sí —respondió el director, al que imaginé se le animarían de súbito los ojillos detrás de las gafas redondas a lo Hilario Camacho, bastante confortado a la vista alentadora de los despojos recientes, todavía calientes—. Esto empieza a funcionar. Y sed atentos, muchachos; no seáis cicateros, que nadie dude de nuestra profesionalidad de abnegados funcionarios en pro del servicio público: al que resista hoy lo citáis a revisión para mañana mismo, no le demoréis un mes perdido la cita. ¡Acabemos con el equívoco mito de las listas de espera interminables!… Ah, y al de la camisa remangada hasta los codos, también –añadió, haciendo especial hincapié en el adverbio-. A ese, que es peligroso, porque es de los que analizan hasta la última iota, lo citáis a primerísima hora, a las ocho en punto, que tengamos tiempo de sobra para arreglarlo bien en el día.
—Descuide, señor —le respondieron al unísono los subalternos al calderero mayor, frotándose las manos uno de ellos, como si estuviese adentrándose en la tundra siberiana en pleno enero o se dispusiese a comer tras dos meses de ayuno.
Mi acompañante y yo no nos atrevimos a ir más allá del ademán de mirarnos de reojo, sin atrevernos a erizar un mísero pelo o pelusa que se ofreciera.
—Ah… —les ordenó con un susurro el director a los secuacillos—, y a quien se haya entretenido con esta historia… tomad nota: también me lo citáis mañana a primera hora, que lo arreglemos tan bien como al de la camisa remangada. ¡Vivan los servicios públicos, muchachos!

La flor del lililá (Cuento popular)

La flor del lililá

Había una vez un rey, que de tanto llorar la pérdida de su amada, se le secaron las lágrimas, y se quedó ciego. Los médicos dijeron que sólo la flor de Lililá podría curarlo. Pero nadie sabía dónde estaba esa flor. El rey mandó entonces a sus tres hijos a buscar la flor por todas partes y les dijo que aquél que se la trajera heredaría su corona.
Salió el hijo mayor en su caballo, y encontró por el camino a una pobre vieja que le pidió pan. Y él le dijo de muy malos modos:
– ¡Apártate de mi camino vieja bruja!
Siguió adelante pero pronto halló la desgracia. Se cansó de andar de un lado para otro sin llegar a ningún sitio, y cuando quiso volver atrás ya era demasiado tarde.
Al ver que no regresaba, salió en su caballo el de en medio a buscara a la flor. También se encontró con la misma pobre vieja yal pedirle pan, su respuesta fue idéntica:
– ¡Apártate de mi camino vieja bruja!
El bosque sin caminos se lo tragó como al primero.
Al ver que sus hermanos no llegaban, cogió el más pequeño su caballo y salió a probar suerte. Se encontró con la misma pobre vieja, que le pidió pan, y el muchacho le dio una hogaza entera. La vieja le preguntó:
– ¿Qué andas buscando, hijo?
– La flor de Lililá, para curar a mi padre enfermo.
La vieja sacó un huevo y le dijo:
– En el camino encontrarás una enorme piedra negra. Estrella el huevo contra ella y se abrirá un hermoso jardín donde está la flor. Pero has de tener cuidado porque lo guarda un león. Si tiene los ojos abiertos es que está dormido, y podrás pasar; pero si el león tiene los ojos cerrados es que está despierto.
Al día siguiente, el príncipe encontró la piedra negra. Estrelló el huevo y un hermoso jardín se abrió ante sus ojos, donde estaba la flor de lililá, que era blanca y resplandeciente y olía a gloria. El león tenía los ojos abiertos; podía pasar. Y cuando las yemas de sus dedos fueron a tocar el tallo, la flor se desprendió y se acostó en su mano.
Ya de regreso se encontró con sus dos hermanos. Se pusieron muy contentos al saber que el pequeño llevaba la flor de Lililá. Pero luego pensaron que si lo mataban y le quitaban la flor, ellos se repartirían el reino. Y aquella noche de luna llena, con un cuchillo tan frío como el hielo, los dos hermanos lo mataron, le quitaron la flor y lo enterraron. Pero…, un dedo quedó fuera, y de este dedo creció una caña y un pastor que la vio, la cortó, y se hizo una flauta. Al tocarla sonó una canción que decía así:
«Pastorcillo, no me toques,
ni me dejes de tocar,
que me han muerto mis hermanos,
por la flor de Lililá.”
El pastorcillo siguió tocando y llegó al pueblo. Entonces la canción llegó a oídos del rey, que ya había recuperado la vista con la flor, y mandó llamar al pastorcillo. Le pidió la flauta para tocarla y la canción dijo:
«Padre mío no me toques,
que tendré que denunciar
que me han muerto mis hermanos,
por la flor de Lililá.»
Y el rey entonces comprendió lo que había pasado. Fue corriendo al lugar donde el pastor había cortado la caña y desenterró a su hijo que resucitó. El rey, abrazado a su hijo, pronunció estas palabras
– He aquí a mi heredero. Esta es mi voluntad: ¡Que mis dos hijos traidores, vayan al destierro!

Mi Miniyo y yo (de María Jesús Cascales Mayor)

“¡Ostras qué frío!”
La voz no salió de la boca de Ángela, sus labios no se movieron para articular palabra; en todo caso, un leve arqueo de cejas acompañado por la subida de sus hombros para mitigar es escalofrío que la recorrió al sentir el gélido viento que le caló los huesos al salir de su edificio. Esa vocecita estaba en su cabeza, cómodamente instalada y calentita debajo de su melena y abrigada por la gorrita de pana rosa. Miniyo la llamaba Ángela, un ente incorpóreo y obstinado que no callaba casi nunca, e intervenía sin que ella le pidiese opinión, normalmente para fastidiarla. Solo en las ocasiones en que otro ente externo a ellas hacía o decía algo que molestase a Ángela, su Miniyo se ponía frenéticamente en su bando, apuntando argumentos para aniquilar a esa otra persona.

Ángela desplegó su bastón y comenzó decidida a moverlo de derecha a izquierda sincronizado con sus pasos largos y seguros. Había decidido cambiar la ruta. Marta, la técnico de rehabilitación básica de la Once, le había aconsejado un camino más largo porque era mucho más sencillo, con buenas referencias, semáforos sonoros, acera amplia y sin demasiados obstáculos… el trazado era un ángulo recto y en el vértice un ruidoso bar fácil de identificar; una ruta perfecta, pero mucho más larga, los días anteriores la había utilizado sin problema alguno, pero hoy iba retrasada, tenía que intentar algo para no llegar tarde.

-Haré la diagonal, tengo el plano en mi cabeza, es fácil y recuperaré los quince minutos de retraso. No puedo llegar tarde, aún no llevo trabajando ni una semana.

-Eso se piensa antes –interviene la miniyo- ya te lo he dicho yo cuando ha sonado por primera vez el despertados, pero tu a lo tuyo, que cinco minutitos más. Y claro como te pasas hasta las tantas con los correitos y los Chat… ¡Ah! Y el plano no lo veo yo por ninguna parte, así que tú verás, seguro que acabamos perdidísimas, como siempre que te da por investigar nuevos recorridos. Si Marta nos dijo que era el mejor camino, es porque lo era, ese es su trabajo y no te va a decir una cosa por otra.

-Vale ya. Si continúas con tus sermones, al final nos vamos a perder de verdad, necesito estar concentrada.

-Claro, ahora voy a tener yo la culpa, como siempre. ¿Pues sabes que te digo? Que no voy a decir ni mú. Allá te las apañes tu solita, total, yo no tengo prisa ninguna, ni frío tampoco.

Todo iba bien, Ángela plantó una sonrisa en su rostro, en parte porque su miniyo había cerrado el pico y en parte porque no había tenido ningún contratiempo, conseguiría llegar al trabajo con tiempo de sobra y además por un recorrido nuevo. Caminaba a buen ritmo, sin problemas, cuando a lo lejos comenzó a oír un sibilante sonido. Un aspersor. Eso era sin duda. Debía estar regando algún parterre con césped, seguramente. Pero al acercarse al lugar sintió horrorizada que lo que regaba era la acera, el viento disparaba las minúsculas gotitas de agua por todas partes, menos en el sitio adecuado. Tengo que dejarlo atrás rápida o acabaré perdida de agua, mis pantalones rosa palo de pana no podrán salir bien parados.

-La Miniyo interviene rauda: Ya te he dicho yo que eran mejor los pantalones azul oscuro, pero claro, tu ni caso, como siempre.

Apretó el paso y ahora el bastón se movía de derecha a izquierda con más velocidad. Pero por poco tiempo. Algo se interpuso en su camino, bueno en realidad estaba allí ya, pero Ángela no podía verlo.

-¿Y ahora qué?

-Pues un coche. Dijo la miniyo con sonrisa de oreja a oreja. No medirás que es la primera vez que te encuentras un coche atravesado en la acera.

-Pero me estoy mojando y además tengo prisa. Ángela gritó sus palabras, quizá para su Miniyo, quizá para liberar la tensión que le estaba apretando en el pecho. Una voz masculina le contestó como si fuese el destinatario de la cuestión.

-Perdone, lo siento. Pero es que estoy trabajando, ya lo quito, era el momento de dejar el paquete y a dado la casualidad de que ha pasado usted.

-Ja. Y encima te llama de usted, como si fueses una ancianita – Argumenta divertidísima la miniyo.

-Pero me estoy mojando con el maldito aspersor este, podría por favor llevarme al otro lado, si espero a que usted quite su vehículo… voy a terminar empapada. Y el chico la llevó, la cogió por los hombros mientras la empujaba por la ruta adecuada, como si estuviese manipulando uno de sus paquetes de reparto sobre el carrito… La chica no quiso pararse en explicaciones de cómo acompañar a un ciego sin transportarlo como si de un frigorífico se tratase. Ella no tenía tiempo de eso, hoy no. Así que se dejó empujar, hasta que el mozalbete le dijo que ya estaba al otro lado de la furgoneta.

Menos mal. Ya está a ver si puedo continuar sin incidentes, con lo bien que iba, he perdido un par de minutos pero eso no es nada.

Continuó caminando a buen ritmo, contenta de nuevo. Era una chica alegre y resuelta, le costaba poco estar de buen humor. De modo que con la nariz enrojecida por el frío y sonriente continuó, pero continuó poco. Esta vez fue una pared lo que se interpuso en su camino. La avisó de su existencia el bastón y después la tocó con la mano, como si no pudiese creer que hubiese aparecido u muro insalvable en mitad de la acera,

-¿Un edificio? ¿Qué hace aquí un edificio?

-La Miniyo se retorcía de la risa mientras argumentaba con ironía: Pues seguramente lo acabarán de hacer en un par de segundos.

-Déjame pensar, miniyo, me estás poniendo de los nervios. Debe ser que el repartidor ese no me ha dejado en la dirección adecuada, con el lío me he desorientado y…

-Claro –interrumpe la miniyo- aquí todo el mundo tiene la culpa de todo menos tu. Serías capaz hasta de culpar al edificio por ponerse en tu camino.

-No pasa nada, retrocederé un poco hasta la furgoneta y recuperaré la dirección correcta, no es más que un pequeño contratiempo.

Pero la furgoneta ya se había ido, Ángela estaba empezando a sentir calor y no precisamente porque la temperatura exterior a su cuerpo hubiese variado lo más mínimo. Era una sensación que brotaba de alguna parte de su cuerpo y se repartía mezclada con su sangre recorriendo hasta el último rincón de su sistema venoso, arterial e incluso por el linfático, casi sudaba. Su miniyo prefirió permanecer callada, no era un buen momento para intervenir. La que si intervino en la situación fue una amable señora que pasaba en ese momento junto a ellas. Era fácil adivinar que Ángela necesitaba ayuda por sus idas y venidas en todas direcciones intentando, con poca suerte, encontrar alguna referencia que la guiase al camino correcto para salir del oscuro laberinto en que se encontraba presa.

-¿Te puedo ayudar, guapa? Le dijo la dulce ancianita.

-¡Ay, sí! Muchas gracias, me vendría genial. Me he desorientado un poco y… necesitaría que me indicase como llegar a una panadería que debe estar por aquí cerca, pero la verdad es que no sé en qué dirección.

-¿La panadería? Sí, claro, bonita, está muy cerca. Pero a estas horas está cerrada. A mi me gusta comprar el pan en cuanto abren, porque luego está más sobado. Hay gente que pide una y luego cuando la chica la tiene en la mano para meterla en la bolsa, cambian de opinión y entonces la quieren más tostada o más grande o más pequeña o…

-No señora –cortó Ángela- no quiero comprar pan. Lo que pasa es que es una referencia para poder seguir el camino correcto. Desde allí ya se ir sola.

-Bueno, como quieras, pero no abren hasta las nueve y media. Antes, las panaderías era lo primerito que habría en el barrio. O más que abrir, como se pasaban la noche haciendo el pan… pero ahora es todo pan congelado y recalentado, si es que ya ni el pan es pan, porque…

-Sí señora, pero yo no quiero comprar pan. ¿Podría indicarme como llegar a la panadería?

-Hija, allí no venden otra cosa que no sea pan, por no tener no tienen ni magdalenas. Hay otra panadería un poco más…

-No se preocupe señora, usted lléveme a esta que está más cerca, yo solo quiero estar en la puerta para desde allí, poder orientarme hacia donde quiero ir.

-Bueno bonita, pero la vamos a encontrar cerrada, porque no abre hasta las…

-No importa, de verdad señora, usted solo indíqueme como llegar.

-Claro que sí, bonita, si está muy cerca ¿Pero como te lo explico yo?

-Pues dígame si dos calles a la derecha, o una a la izquierda… en fin, como pueda.

La miniyo, apunta: Sí, Sí, tu dile eso y te hará gestos diciendo por allí, donde está el coche rojo a la derecha, por ejemplo.

-Pues –titubea indecisa la buena mujer- Mira, hija, mejor te acompaño, total tengo que esperar a que abra la panadería. Es que yo duermo poco, en la cama, porque en el sofá… no sé que tienen los sofás hija, que es poner el culo en él y ya estoy frita.

Ángela se acomodó, en el brazo derecho de la señora mientras esta hablaba, y le pidió que comenzasen la marcha. Y la comenzaron, pero marcha, lo que se dice marcha, no era. La señora habría perdido seguro de haberse echado una carrerita con las muñecas de famosa. Sus pasos eran tan cortos y tan lentos, que Ángela no tenía claro si avanzaban o retrocedían, por si fuera poco de cuando en cuando, la buena señora interrumpía su monólogo para indicarle la posibilidad de que pisara una ramita o unas cuantas hojas secas en el suelo. Por supuesto que la joven intentó acelerar un poco el paso e insistió a la señora con las mejores palabras que pudo rebuscar en la documentación que miniyo tenía almacenada para estos casos. Pero ni por esas. La buena mujer argumentaba que quería llevarla a la panadería sana y salva, no podría cargar en su conciencia que se torciese un pie, se resbales y cayera o… o algo peor. La calle era toda ella un peligro, decía la abuelita, y más para la gente como vosotros, pobrecitos que no podéis ver. La verdad es que no deberíais ir solos por la calle ¿Bonita, no tienes una madre o algún hermano para que te acompañe?

-Dile que estás sola en el mundo, dijo la miniyo, que eso les gusta mucho a esta gente, así podrá sentir lástima de nosotras y sentirse afortunada de tener ochenta años y conservar su cansada visión de la vida. Eso seguro que le gustará.

-No. Miniyo. Es una buena señora. Tú eres una borde, y quieres que yo también lo sea. Esta mujer simplemente no conoce nuestra realidad, piensa que si no vemos no podemos hacer nada, que dependemos para todo de los demás…

-Miniyo vuelve a interrumpir decidida: ¿Y no es así, verdad? Pues no te veo yo muy independiente ahora mismito, por ejemplo.

-Cállate ya. Me estás poniendo de los nervios, entre la horita que debe ser, tu que no paras y la señora esta que no para de hablar, me estamos volviendo loca.

-¿Sabes lo que te digo? ¿Bonica cómo me has dicho que te llamas? ¿Me estás oyendo?

-Sí, sí, señor a, disculpe. Ángela. Me llamo Ángela ¿Podríamos ir un poquito más rápidas, le aseguro que no me voy a caer, es que llego tarde al trabajo.

-Fíjate, con lo joven y lo guapa que eres y ciega, qué pena hija de verdad!

-¡Toma! Eso para que la defiendas. Exclamó la miniyo súper divertida.

-Señora peor sería que fuese ciega, fea y vieja ¿no?

Y llegaron a la panadería, por fin, a Ángela se le hizo un viaje eterno, se deshizo de la señora como pudo, agradeciéndole infinitamente su ayuda y salió disparada una vez se supo en la puerta de la panadería y perfectamente orientada para llegar al trabajo. La panadería estaba ya en la calle perteneciente al trazado que Marta, la Tr de la Once le había hecho como mejor opción para llegar. Así que ahora ya no podía fallar nada, este era el camino fácil, pero… ¿Cuánto tiempo habría perdido ya?

-No te estreses –apuntó la miniyo- llegar ya no llegamos a tiempo, así que relájate y disfruta el paseo. Igual no te quedan muchos que hacer hasta este trabajo. Una pena, con lo bien que estaba y lo que nos costó encontrarlo.

-Pero te quieres callar, pesada. No creo que por llegar una vez tarde me vayan a echar. Además siempre puedo decir que no me encontraba bien, que esta mañana me ha dado diarrea… que sé yo… cualquier cosa.

-Mira igual ahí si llevas razón, porque con cara de diarrea si vas a llegar, es una pena que a mi nadie me vea aquí encerrada en tu azotea, con lo mona que yo soy, no como tú.

-Déjame tranquila Miniyo, no ves que necesito darme prisa y tengo que ir atenta al recorrido.

-¿Pero si yo no te molesto para nada. Tu a lo tuyo, que yo lo único que digo es que no estoy dispuesta a volver a pasar por lo de los currículos y las entrevistas de trabajo. Porque esa época fue horrible, no había quien te soportara.

-Mira miniyo, si hace falta me doy adrede un cabezazo con una farola para que te calles y así, de paso, tengo una excusa creíble para llegar tarde.

Y llegaron, tarde, pero llegaron, sanas y salvas a la oficina; por suerte solo con unos minutos de retraso sobre el horario previsto.

Prodigios en ojo siempre ajeno (de Ginés Bonillo)

Prodigios en ojo siempre ajeno

-Ginés Bonillo-

“[…] una señora monja, parienta del Corregidor, que le mandaba con el pie; y que una lavandera del monasterio de la tal monja tenía una hija que era grandísima amiga de una hermana de un fraile muy familiar y conocido del confesor de la dicha monja, la cual lavandera lavaba la ropa en casa. Y, como ésta pida a su hija, que sí pedirá, hable a la hermana del fraile que hable a su hermano que hable al confesor, y el confesor a la monja y la monja guste de dar un billete (que será cosa fácil) para el corregidor, donde le pida encarecidamente mire por el negocio de Tomás, sin duda alguna se podrá esperar buen suceso.” (Cervantes, La ilustre fregona)

Otra situación tan repetida como imperecedera, sin fecha de caducidad a la vista, la representan los buenos samaritanos que, con la mejor intención del mundo, para dar ánimos y esperanzas, ofrecen ejemplos de curaciones tanto menos creíbles cuanto más se aproximan a lo milagroso. Historias que circulan como las leyendas urbanas, sin lugar ni fecha, anónimas y atemporales.
Así, me contaba un día una amiga de mi amiga Montserrat lo que le había sucedido a la madre de una cuñada de un primo de un vecino del apartamento que tienen para vacaciones de verano unos conocidos suyos (conocidos, por si alguien ya ha perdido el hilo, de la que mi amiga Montserrat dice que es amiga suya y su marido, que también es conocido mío.
En fin, que cuentan que la madre de alguien, para abreviar las letras, tenía problemas graves de visión, por lo que estaba muy preocupada. Dicen que fue a un oftalmólogo en Barcelona, quien le recomendó que se operara cuanto antes, de inmediato, sin perderse en interminables listas de espera.
Dicen que la señora parece que no se conformó con aquel diagnóstico y pensó solicitar una segunda opinión profesional. Por ello, cuentan que acudió a otro oftalmólogo en Madrid.
-Me han dicho en Barcelona que tengo que operarme lo antes posible, que la operación cuesta 4360€, pero que no me garantizan los resultados –dicen que resumió la señora.
-Yo no digo –cuentan que respondió el oculista- que operándose no se solucione su problema, pero… si usted fuese mi madre, yo le recetaría un colirio para echárselo tres veces al día y una pomada para ponérsela por las noches, y vendría a ver los resultados dentro de un mes.
Así lo hizo la mujer –aseguraba la amiga de Montserrat- y cuentan que al mes, cuando volvió al médico madrileño, dicen que se había curado. ¡Con un colirio y una pomada!
Yo imaginaba, casi desde el principio, la resolución del caso. Son los inconvenientes de haber sufrido ya diecisiete operaciones entre los dos ojos, sin concederme la ciencia el favor de un mínimo prodigio en ojo propio; y de golpear a diario cientos de obstáculos –incluidos los automóviles cuyos conductores muy sutilmente aparcan sobrepasando el bordillo, ¡ellos más listos que nadie!- con el bastón blanco en las aceras impracticables de mi ciudad (como decimos todos de nuestras ciudades).
-¿Cómo se llama el oftalmólogo? –pregunté sin muchas esperanzas, sabiendo que el prodigio se quedaría en ojo ajeno.
-¿Y el colirio y la pomada? –inquirió muy interesada, disimulando el sarcasmo que solo yo sabía detectar, mi mujer.
-¡Ay, chica, yo ahora desconozco esos detalles!

El reconocimiento (de Félix Mª de Samaniego)

El reconocimiento
-Félix Mª de Samaniego-
(El jardín de Venus, 1780)

Una abadesa, en Córdoba, ignoraba
que en su convento introducido estaba
bajo el velo sagrado
un mancebo, de monja disfrazado;
que el tunante dormía,
para estar más caliente,
cada noche con monja diferente,
y que ellas lo callaban
porque a todas sus fiestas agradaban,
de modo que era el gallo
de aquel santo y purísimo serrallo.
Las cosas más ocultas
mil veces las descubren las resultas
y esto acaeció con las cuitadas monjas,
porque, perdiendo el uso sus esponjas,
se fueron opilando
y de humor masculino el vientre hinchando.
Hizo reparo en ello por delante
su confesor, gilito penetrante,
por su grande experiencia en el asunto,
y, conociendo al punto
que estaban fecundadas
las esposas a Cristo consagradas,
mandó que a toda priesa
bajase al locutorio la abadesa.
Ésta acudió al mandato
por otra vieja monja conducida,
pues la vista perdida
tenía ya del flato;
y al verla, el reverendo,
con un tono tremendo,
la dijo: ¿Cómo así tan descuidada,
sor Telesfora, tiene abandonada
su tropa virginal? Pero mal dije,
pues ya ninguna tiene intacto el dije.
¿No sabe que, en su daño,
hay obra de varón en su rebaño?
Las novicias, las monjas, las criadas…
¿lo diré?, sí: todas están preñadas.
– ¡Miserere mei, Domine!, responde
sor Telesfora. ¿En dónde
estar podemos de parir seguras,
si no bastan clausuras?
Váyase, padre, luego,
que yo hallaré al autor de tan vil juego
entre las monjas. Voy a convocarlas
y con mi propio dedo a registrarlas.
El confesor marchose;
subió sor Telesfora, y publicose
al punto en el convento
de las monjas el reconocimiento.
Ellas, en tanto, buscan presurosas
al joven, y llorosas
el secreto le cuentan
y el temor que por él experimentan.
– ¡Vaya! No hay que encogerse,
él dice. Todo puede componerse,
porque todas estáis de poco tiempo.
Yo me ataré un cordel en la pelleja
que cubre mi caudal cuando está flojo;
veréis que me la cojo
detrás, junto las piernas, y la vieja
cegata, estando atado a la cintura,
no puede tropezar con mi armadura.
Se adoptó el expediente,
se practicó, y las monjas le llevaron
al coro, donde hallaron
la abadesa impaciente
culpando la tardanza.
En fin, para esta danza
en dos filas las puso;
las gafas pone en uso
y, una vela tomando
encendida, las iba remangando.
Una por una, el dedo las metía
y después, «no hay engendro», repetía.
El mancebo miraba
lo que sor Telesfora destapaba,
y se le iba estirando
el bulto, y el torzal casi estallando;
de modo que, tocándole la suerte
de ser reconocido,
dio un estirón tan fuerte
que el torzal consabido
se rompió y soltó al preso,
al tiempo que lo espeso
del bosque la abadesa lo alumbraba;
y así, cuando para esto se bajaba,
en la nariz llevó tal latigazo
que al terrible porrazo
la vela, la abadesa y los anteojos
en el suelo quedaron por despojos.
– ¡San Abundio me valga!,
ella exclamó. ¡Ninguna de aquí salga,
pues ya, bien a mi costa,
reconozco que hay moros en la costa!
Mientras la levantaron,
al mancebo ocultaron
y en su lugar pusieron
otra monja, la falda remangada,
que, siendo preguntada
de con qué a la abadesa el golpe dieron,
la respondió: Habrá sido
con mi abanico, que se me ha caído.
A que la vieja replicó furiosa:
– ¡Mentira! ¡En otra cosa
podrán papilla darme,
pero no en el olfato han de engañarme,
que yo le olí muy bien cuando hizo el daño,
y era un dánosle hoy de buen tamaño!

Nota

gilito: equivale a ’fraile’.