RELATOS

La flor del lililá (Cuento popular)

La flor del lililá

Había una vez un rey, que de tanto llorar la pérdida de su amada, se le secaron las lágrimas, y se quedó ciego. Los médicos dijeron que sólo la flor de Lililá podría curarlo. Pero nadie sabía dónde estaba esa flor. El rey mandó entonces a sus tres hijos a buscar la flor por todas partes y les dijo que aquél que se la trajera heredaría su corona.
Salió el hijo mayor en su caballo, y encontró por el camino a una pobre vieja que le pidió pan. Y él le dijo de muy malos modos:
– ¡Apártate de mi camino vieja bruja!
Siguió adelante pero pronto halló la desgracia. Se cansó de andar de un lado para otro sin llegar a ningún sitio, y cuando quiso volver atrás ya era demasiado tarde.
Al ver que no regresaba, salió en su caballo el de en medio a buscara a la flor. También se encontró con la misma pobre vieja yal pedirle pan, su respuesta fue idéntica:
– ¡Apártate de mi camino vieja bruja!
El bosque sin caminos se lo tragó como al primero.
Al ver que sus hermanos no llegaban, cogió el más pequeño su caballo y salió a probar suerte. Se encontró con la misma pobre vieja, que le pidió pan, y el muchacho le dio una hogaza entera. La vieja le preguntó:
– ¿Qué andas buscando, hijo?
– La flor de Lililá, para curar a mi padre enfermo.
La vieja sacó un huevo y le dijo:
– En el camino encontrarás una enorme piedra negra. Estrella el huevo contra ella y se abrirá un hermoso jardín donde está la flor. Pero has de tener cuidado porque lo guarda un león. Si tiene los ojos abiertos es que está dormido, y podrás pasar; pero si el león tiene los ojos cerrados es que está despierto.
Al día siguiente, el príncipe encontró la piedra negra. Estrelló el huevo y un hermoso jardín se abrió ante sus ojos, donde estaba la flor de lililá, que era blanca y resplandeciente y olía a gloria. El león tenía los ojos abiertos; podía pasar. Y cuando las yemas de sus dedos fueron a tocar el tallo, la flor se desprendió y se acostó en su mano.
Ya de regreso se encontró con sus dos hermanos. Se pusieron muy contentos al saber que el pequeño llevaba la flor de Lililá. Pero luego pensaron que si lo mataban y le quitaban la flor, ellos se repartirían el reino. Y aquella noche de luna llena, con un cuchillo tan frío como el hielo, los dos hermanos lo mataron, le quitaron la flor y lo enterraron. Pero…, un dedo quedó fuera, y de este dedo creció una caña y un pastor que la vio, la cortó, y se hizo una flauta. Al tocarla sonó una canción que decía así:
“Pastorcillo, no me toques,
ni me dejes de tocar,
que me han muerto mis hermanos,
por la flor de Lililá.”
El pastorcillo siguió tocando y llegó al pueblo. Entonces la canción llegó a oídos del rey, que ya había recuperado la vista con la flor, y mandó llamar al pastorcillo. Le pidió la flauta para tocarla y la canción dijo:
“Padre mío no me toques,
que tendré que denunciar
que me han muerto mis hermanos,
por la flor de Lililá.”
Y el rey entonces comprendió lo que había pasado. Fue corriendo al lugar donde el pastor había cortado la caña y desenterró a su hijo que resucitó. El rey, abrazado a su hijo, pronunció estas palabras
– He aquí a mi heredero. Esta es mi voluntad: ¡Que mis dos hijos traidores, vayan al destierro!

Mi Miniyo y yo (de María Jesús Cascales Mayor)

“¡Ostras qué frío!”
La voz no salió de la boca de Ángela, sus labios no se movieron para articular palabra; en todo caso, un leve arqueo de cejas acompañado por la subida de sus hombros para mitigar es escalofrío que la recorrió al sentir el gélido viento que le caló los huesos al salir de su edificio. Esa vocecita estaba en su cabeza, cómodamente instalada y calentita debajo de su melena y abrigada por la gorrita de pana rosa. Miniyo la llamaba Ángela, un ente incorpóreo y obstinado que no callaba casi nunca, e intervenía sin que ella le pidiese opinión, normalmente para fastidiarla. Solo en las ocasiones en que otro ente externo a ellas hacía o decía algo que molestase a Ángela, su Miniyo se ponía frenéticamente en su bando, apuntando argumentos para aniquilar a esa otra persona.

Ángela desplegó su bastón y comenzó decidida a moverlo de derecha a izquierda sincronizado con sus pasos largos y seguros. Había decidido cambiar la ruta. Marta, la técnico de rehabilitación básica de la Once, le había aconsejado un camino más largo porque era mucho más sencillo, con buenas referencias, semáforos sonoros, acera amplia y sin demasiados obstáculos… el trazado era un ángulo recto y en el vértice un ruidoso bar fácil de identificar; una ruta perfecta, pero mucho más larga, los días anteriores la había utilizado sin problema alguno, pero hoy iba retrasada, tenía que intentar algo para no llegar tarde.

-Haré la diagonal, tengo el plano en mi cabeza, es fácil y recuperaré los quince minutos de retraso. No puedo llegar tarde, aún no llevo trabajando ni una semana.

-Eso se piensa antes –interviene la miniyo- ya te lo he dicho yo cuando ha sonado por primera vez el despertados, pero tu a lo tuyo, que cinco minutitos más. Y claro como te pasas hasta las tantas con los correitos y los Chat… ¡Ah! Y el plano no lo veo yo por ninguna parte, así que tú verás, seguro que acabamos perdidísimas, como siempre que te da por investigar nuevos recorridos. Si Marta nos dijo que era el mejor camino, es porque lo era, ese es su trabajo y no te va a decir una cosa por otra.

-Vale ya. Si continúas con tus sermones, al final nos vamos a perder de verdad, necesito estar concentrada.

-Claro, ahora voy a tener yo la culpa, como siempre. ¿Pues sabes que te digo? Que no voy a decir ni mú. Allá te las apañes tu solita, total, yo no tengo prisa ninguna, ni frío tampoco.

Todo iba bien, Ángela plantó una sonrisa en su rostro, en parte porque su miniyo había cerrado el pico y en parte porque no había tenido ningún contratiempo, conseguiría llegar al trabajo con tiempo de sobra y además por un recorrido nuevo. Caminaba a buen ritmo, sin problemas, cuando a lo lejos comenzó a oír un sibilante sonido. Un aspersor. Eso era sin duda. Debía estar regando algún parterre con césped, seguramente. Pero al acercarse al lugar sintió horrorizada que lo que regaba era la acera, el viento disparaba las minúsculas gotitas de agua por todas partes, menos en el sitio adecuado. Tengo que dejarlo atrás rápida o acabaré perdida de agua, mis pantalones rosa palo de pana no podrán salir bien parados.

-La Miniyo interviene rauda: Ya te he dicho yo que eran mejor los pantalones azul oscuro, pero claro, tu ni caso, como siempre.

Apretó el paso y ahora el bastón se movía de derecha a izquierda con más velocidad. Pero por poco tiempo. Algo se interpuso en su camino, bueno en realidad estaba allí ya, pero Ángela no podía verlo.

-¿Y ahora qué?

-Pues un coche. Dijo la miniyo con sonrisa de oreja a oreja. No medirás que es la primera vez que te encuentras un coche atravesado en la acera.

-Pero me estoy mojando y además tengo prisa. Ángela gritó sus palabras, quizá para su Miniyo, quizá para liberar la tensión que le estaba apretando en el pecho. Una voz masculina le contestó como si fuese el destinatario de la cuestión.

-Perdone, lo siento. Pero es que estoy trabajando, ya lo quito, era el momento de dejar el paquete y a dado la casualidad de que ha pasado usted.

-Ja. Y encima te llama de usted, como si fueses una ancianita – Argumenta divertidísima la miniyo.

-Pero me estoy mojando con el maldito aspersor este, podría por favor llevarme al otro lado, si espero a que usted quite su vehículo… voy a terminar empapada. Y el chico la llevó, la cogió por los hombros mientras la empujaba por la ruta adecuada, como si estuviese manipulando uno de sus paquetes de reparto sobre el carrito… La chica no quiso pararse en explicaciones de cómo acompañar a un ciego sin transportarlo como si de un frigorífico se tratase. Ella no tenía tiempo de eso, hoy no. Así que se dejó empujar, hasta que el mozalbete le dijo que ya estaba al otro lado de la furgoneta.

Menos mal. Ya está a ver si puedo continuar sin incidentes, con lo bien que iba, he perdido un par de minutos pero eso no es nada.

Continuó caminando a buen ritmo, contenta de nuevo. Era una chica alegre y resuelta, le costaba poco estar de buen humor. De modo que con la nariz enrojecida por el frío y sonriente continuó, pero continuó poco. Esta vez fue una pared lo que se interpuso en su camino. La avisó de su existencia el bastón y después la tocó con la mano, como si no pudiese creer que hubiese aparecido u muro insalvable en mitad de la acera,

-¿Un edificio? ¿Qué hace aquí un edificio?

-La Miniyo se retorcía de la risa mientras argumentaba con ironía: Pues seguramente lo acabarán de hacer en un par de segundos.

-Déjame pensar, miniyo, me estás poniendo de los nervios. Debe ser que el repartidor ese no me ha dejado en la dirección adecuada, con el lío me he desorientado y…

-Claro –interrumpe la miniyo- aquí todo el mundo tiene la culpa de todo menos tu. Serías capaz hasta de culpar al edificio por ponerse en tu camino.

-No pasa nada, retrocederé un poco hasta la furgoneta y recuperaré la dirección correcta, no es más que un pequeño contratiempo.

Pero la furgoneta ya se había ido, Ángela estaba empezando a sentir calor y no precisamente porque la temperatura exterior a su cuerpo hubiese variado lo más mínimo. Era una sensación que brotaba de alguna parte de su cuerpo y se repartía mezclada con su sangre recorriendo hasta el último rincón de su sistema venoso, arterial e incluso por el linfático, casi sudaba. Su miniyo prefirió permanecer callada, no era un buen momento para intervenir. La que si intervino en la situación fue una amable señora que pasaba en ese momento junto a ellas. Era fácil adivinar que Ángela necesitaba ayuda por sus idas y venidas en todas direcciones intentando, con poca suerte, encontrar alguna referencia que la guiase al camino correcto para salir del oscuro laberinto en que se encontraba presa.

-¿Te puedo ayudar, guapa? Le dijo la dulce ancianita.

-¡Ay, sí! Muchas gracias, me vendría genial. Me he desorientado un poco y… necesitaría que me indicase como llegar a una panadería que debe estar por aquí cerca, pero la verdad es que no sé en qué dirección.

-¿La panadería? Sí, claro, bonita, está muy cerca. Pero a estas horas está cerrada. A mi me gusta comprar el pan en cuanto abren, porque luego está más sobado. Hay gente que pide una y luego cuando la chica la tiene en la mano para meterla en la bolsa, cambian de opinión y entonces la quieren más tostada o más grande o más pequeña o…

-No señora –cortó Ángela- no quiero comprar pan. Lo que pasa es que es una referencia para poder seguir el camino correcto. Desde allí ya se ir sola.

-Bueno, como quieras, pero no abren hasta las nueve y media. Antes, las panaderías era lo primerito que habría en el barrio. O más que abrir, como se pasaban la noche haciendo el pan… pero ahora es todo pan congelado y recalentado, si es que ya ni el pan es pan, porque…

-Sí señora, pero yo no quiero comprar pan. ¿Podría indicarme como llegar a la panadería?

-Hija, allí no venden otra cosa que no sea pan, por no tener no tienen ni magdalenas. Hay otra panadería un poco más…

-No se preocupe señora, usted lléveme a esta que está más cerca, yo solo quiero estar en la puerta para desde allí, poder orientarme hacia donde quiero ir.

-Bueno bonita, pero la vamos a encontrar cerrada, porque no abre hasta las…

-No importa, de verdad señora, usted solo indíqueme como llegar.

-Claro que sí, bonita, si está muy cerca ¿Pero como te lo explico yo?

-Pues dígame si dos calles a la derecha, o una a la izquierda… en fin, como pueda.

La miniyo, apunta: Sí, Sí, tu dile eso y te hará gestos diciendo por allí, donde está el coche rojo a la derecha, por ejemplo.

-Pues –titubea indecisa la buena mujer- Mira, hija, mejor te acompaño, total tengo que esperar a que abra la panadería. Es que yo duermo poco, en la cama, porque en el sofá… no sé que tienen los sofás hija, que es poner el culo en él y ya estoy frita.

Ángela se acomodó, en el brazo derecho de la señora mientras esta hablaba, y le pidió que comenzasen la marcha. Y la comenzaron, pero marcha, lo que se dice marcha, no era. La señora habría perdido seguro de haberse echado una carrerita con las muñecas de famosa. Sus pasos eran tan cortos y tan lentos, que Ángela no tenía claro si avanzaban o retrocedían, por si fuera poco de cuando en cuando, la buena señora interrumpía su monólogo para indicarle la posibilidad de que pisara una ramita o unas cuantas hojas secas en el suelo. Por supuesto que la joven intentó acelerar un poco el paso e insistió a la señora con las mejores palabras que pudo rebuscar en la documentación que miniyo tenía almacenada para estos casos. Pero ni por esas. La buena mujer argumentaba que quería llevarla a la panadería sana y salva, no podría cargar en su conciencia que se torciese un pie, se resbales y cayera o… o algo peor. La calle era toda ella un peligro, decía la abuelita, y más para la gente como vosotros, pobrecitos que no podéis ver. La verdad es que no deberíais ir solos por la calle ¿Bonita, no tienes una madre o algún hermano para que te acompañe?

-Dile que estás sola en el mundo, dijo la miniyo, que eso les gusta mucho a esta gente, así podrá sentir lástima de nosotras y sentirse afortunada de tener ochenta años y conservar su cansada visión de la vida. Eso seguro que le gustará.

-No. Miniyo. Es una buena señora. Tú eres una borde, y quieres que yo también lo sea. Esta mujer simplemente no conoce nuestra realidad, piensa que si no vemos no podemos hacer nada, que dependemos para todo de los demás…

-Miniyo vuelve a interrumpir decidida: ¿Y no es así, verdad? Pues no te veo yo muy independiente ahora mismito, por ejemplo.

-Cállate ya. Me estás poniendo de los nervios, entre la horita que debe ser, tu que no paras y la señora esta que no para de hablar, me estamos volviendo loca.

-¿Sabes lo que te digo? ¿Bonica cómo me has dicho que te llamas? ¿Me estás oyendo?

-Sí, sí, señor a, disculpe. Ángela. Me llamo Ángela ¿Podríamos ir un poquito más rápidas, le aseguro que no me voy a caer, es que llego tarde al trabajo.

-Fíjate, con lo joven y lo guapa que eres y ciega, qué pena hija de verdad!

-¡Toma! Eso para que la defiendas. Exclamó la miniyo súper divertida.

-Señora peor sería que fuese ciega, fea y vieja ¿no?

Y llegaron a la panadería, por fin, a Ángela se le hizo un viaje eterno, se deshizo de la señora como pudo, agradeciéndole infinitamente su ayuda y salió disparada una vez se supo en la puerta de la panadería y perfectamente orientada para llegar al trabajo. La panadería estaba ya en la calle perteneciente al trazado que Marta, la Tr de la Once le había hecho como mejor opción para llegar. Así que ahora ya no podía fallar nada, este era el camino fácil, pero… ¿Cuánto tiempo habría perdido ya?

-No te estreses –apuntó la miniyo- llegar ya no llegamos a tiempo, así que relájate y disfruta el paseo. Igual no te quedan muchos que hacer hasta este trabajo. Una pena, con lo bien que estaba y lo que nos costó encontrarlo.

-Pero te quieres callar, pesada. No creo que por llegar una vez tarde me vayan a echar. Además siempre puedo decir que no me encontraba bien, que esta mañana me ha dado diarrea… que sé yo… cualquier cosa.

-Mira igual ahí si llevas razón, porque con cara de diarrea si vas a llegar, es una pena que a mi nadie me vea aquí encerrada en tu azotea, con lo mona que yo soy, no como tú.

-Déjame tranquila Miniyo, no ves que necesito darme prisa y tengo que ir atenta al recorrido.

-¿Pero si yo no te molesto para nada. Tu a lo tuyo, que yo lo único que digo es que no estoy dispuesta a volver a pasar por lo de los currículos y las entrevistas de trabajo. Porque esa época fue horrible, no había quien te soportara.

-Mira miniyo, si hace falta me doy adrede un cabezazo con una farola para que te calles y así, de paso, tengo una excusa creíble para llegar tarde.

Y llegaron, tarde, pero llegaron, sanas y salvas a la oficina; por suerte solo con unos minutos de retraso sobre el horario previsto.

Prodigios en ojo siempre ajeno (de Ginés Bonillo)

Prodigios en ojo siempre ajeno

-Ginés Bonillo-

“[…] una señora monja, parienta del Corregidor, que le mandaba con el pie; y que una lavandera del monasterio de la tal monja tenía una hija que era grandísima amiga de una hermana de un fraile muy familiar y conocido del confesor de la dicha monja, la cual lavandera lavaba la ropa en casa. Y, como ésta pida a su hija, que sí pedirá, hable a la hermana del fraile que hable a su hermano que hable al confesor, y el confesor a la monja y la monja guste de dar un billete (que será cosa fácil) para el corregidor, donde le pida encarecidamente mire por el negocio de Tomás, sin duda alguna se podrá esperar buen suceso.” (Cervantes, La ilustre fregona)

Otra situación tan repetida como imperecedera, sin fecha de caducidad a la vista, la representan los buenos samaritanos que, con la mejor intención del mundo, para dar ánimos y esperanzas, ofrecen ejemplos de curaciones tanto menos creíbles cuanto más se aproximan a lo milagroso. Historias que circulan como las leyendas urbanas, sin lugar ni fecha, anónimas y atemporales.
Así, me contaba un día una amiga de mi amiga Montserrat lo que le había sucedido a la madre de una cuñada de un primo de un vecino del apartamento que tienen para vacaciones de verano unos conocidos suyos (conocidos, por si alguien ya ha perdido el hilo, de la que mi amiga Montserrat dice que es amiga suya y su marido, que también es conocido mío.
En fin, que cuentan que la madre de alguien, para abreviar las letras, tenía problemas graves de visión, por lo que estaba muy preocupada. Dicen que fue a un oftalmólogo en Barcelona, quien le recomendó que se operara cuanto antes, de inmediato, sin perderse en interminables listas de espera.
Dicen que la señora parece que no se conformó con aquel diagnóstico y pensó solicitar una segunda opinión profesional. Por ello, cuentan que acudió a otro oftalmólogo en Madrid.
-Me han dicho en Barcelona que tengo que operarme lo antes posible, que la operación cuesta 4360€, pero que no me garantizan los resultados –dicen que resumió la señora.
-Yo no digo –cuentan que respondió el oculista- que operándose no se solucione su problema, pero… si usted fuese mi madre, yo le recetaría un colirio para echárselo tres veces al día y una pomada para ponérsela por las noches, y vendría a ver los resultados dentro de un mes.
Así lo hizo la mujer –aseguraba la amiga de Montserrat- y cuentan que al mes, cuando volvió al médico madrileño, dicen que se había curado. ¡Con un colirio y una pomada!
Yo imaginaba, casi desde el principio, la resolución del caso. Son los inconvenientes de haber sufrido ya diecisiete operaciones entre los dos ojos, sin concederme la ciencia el favor de un mínimo prodigio en ojo propio; y de golpear a diario cientos de obstáculos –incluidos los automóviles cuyos conductores muy sutilmente aparcan sobrepasando el bordillo, ¡ellos más listos que nadie!- con el bastón blanco en las aceras impracticables de mi ciudad (como decimos todos de nuestras ciudades).
-¿Cómo se llama el oftalmólogo? –pregunté sin muchas esperanzas, sabiendo que el prodigio se quedaría en ojo ajeno.
-¿Y el colirio y la pomada? –inquirió muy interesada, disimulando el sarcasmo que solo yo sabía detectar, mi mujer.
-¡Ay, chica, yo ahora desconozco esos detalles!

El reconocimiento (de Félix Mª de Samaniego)

El reconocimiento
-Félix Mª de Samaniego-
(El jardín de Venus, 1780)

Una abadesa, en Córdoba, ignoraba
que en su convento introducido estaba
bajo el velo sagrado
un mancebo, de monja disfrazado;
que el tunante dormía,
para estar más caliente,
cada noche con monja diferente,
y que ellas lo callaban
porque a todas sus fiestas agradaban,
de modo que era el gallo
de aquel santo y purísimo serrallo.
Las cosas más ocultas
mil veces las descubren las resultas
y esto acaeció con las cuitadas monjas,
porque, perdiendo el uso sus esponjas,
se fueron opilando
y de humor masculino el vientre hinchando.
Hizo reparo en ello por delante
su confesor, gilito penetrante,
por su grande experiencia en el asunto,
y, conociendo al punto
que estaban fecundadas
las esposas a Cristo consagradas,
mandó que a toda priesa
bajase al locutorio la abadesa.
Ésta acudió al mandato
por otra vieja monja conducida,
pues la vista perdida
tenía ya del flato;
y al verla, el reverendo,
con un tono tremendo,
la dijo: ¿Cómo así tan descuidada,
sor Telesfora, tiene abandonada
su tropa virginal? Pero mal dije,
pues ya ninguna tiene intacto el dije.
¿No sabe que, en su daño,
hay obra de varón en su rebaño?
Las novicias, las monjas, las criadas…
¿lo diré?, sí: todas están preñadas.
– ¡Miserere mei, Domine!, responde
sor Telesfora. ¿En dónde
estar podemos de parir seguras,
si no bastan clausuras?
Váyase, padre, luego,
que yo hallaré al autor de tan vil juego
entre las monjas. Voy a convocarlas
y con mi propio dedo a registrarlas.
El confesor marchose;
subió sor Telesfora, y publicose
al punto en el convento
de las monjas el reconocimiento.
Ellas, en tanto, buscan presurosas
al joven, y llorosas
el secreto le cuentan
y el temor que por él experimentan.
– ¡Vaya! No hay que encogerse,
él dice. Todo puede componerse,
porque todas estáis de poco tiempo.
Yo me ataré un cordel en la pelleja
que cubre mi caudal cuando está flojo;
veréis que me la cojo
detrás, junto las piernas, y la vieja
cegata, estando atado a la cintura,
no puede tropezar con mi armadura.
Se adoptó el expediente,
se practicó, y las monjas le llevaron
al coro, donde hallaron
la abadesa impaciente
culpando la tardanza.
En fin, para esta danza
en dos filas las puso;
las gafas pone en uso
y, una vela tomando
encendida, las iba remangando.
Una por una, el dedo las metía
y después, “no hay engendro”, repetía.
El mancebo miraba
lo que sor Telesfora destapaba,
y se le iba estirando
el bulto, y el torzal casi estallando;
de modo que, tocándole la suerte
de ser reconocido,
dio un estirón tan fuerte
que el torzal consabido
se rompió y soltó al preso,
al tiempo que lo espeso
del bosque la abadesa lo alumbraba;
y así, cuando para esto se bajaba,
en la nariz llevó tal latigazo
que al terrible porrazo
la vela, la abadesa y los anteojos
en el suelo quedaron por despojos.
– ¡San Abundio me valga!,
ella exclamó. ¡Ninguna de aquí salga,
pues ya, bien a mi costa,
reconozco que hay moros en la costa!
Mientras la levantaron,
al mancebo ocultaron
y en su lugar pusieron
otra monja, la falda remangada,
que, siendo preguntada
de con qué a la abadesa el golpe dieron,
la respondió: Habrá sido
con mi abanico, que se me ha caído.
A que la vieja replicó furiosa:
– ¡Mentira! ¡En otra cosa
podrán papilla darme,
pero no en el olfato han de engañarme,
que yo le olí muy bien cuando hizo el daño,
y era un dánosle hoy de buen tamaño!

Nota

gilito: equivale a ’fraile’.

El tedio de la soledad (de Omar Cabezas)

[«El tedio de la soledad»]

Fragmentos extraídos de
La Montaña es algo más que una inmensa estepa verde (1981)

de Omar CABEZAS

[Nota: ¿Existe un parangón entre la soledad sentida en la montaña y el aislamiento en que sume la ceguera?]

* * *

[Yo sentía con frecuencia, estando en la montaña], ya a los meses de estar en ella, cuando te adaptás y te has convertido ya en un guerrillero, que lo más duro no es la pesadilla del abra, no es lo horrible de la montaña, no es la tortura de la falta de comida, no es la persecución del enemigo, no es que andés el cuerpo sucio, no es que andés hediondo, no es que tengás que estar mojado permanentemente… es la soledad, nada de eso es más duro que la soledad. La soledad es algo horroroso, el sentimiento de soledad es indescriptible, y ahí había mucha soledad… La falta de compañía, de la presencia de una serie de elementos que históricamente el hombre de la ciudad está acostumbrado a tener a su lado, a convivir con ellos, la soledad es el ruido de los carros que se te empieza a olvidar. La soledad por la noche del recuerdo de la luz eléctrica, la soledad de los colores porque la montaña sólo se viste de verde o de colores oscuros y verde es la naturaleza…
¿y el anaranjado qué se hizo?
No hay azul, no hay celeste, no hay morado, lila, no hay esos colores modernos que existen. La soledad de las canciones bonitas que a vos te gustan… la soledad de la mujer… la soledad del sexo, la soledad de la imagen de tu familia, de tu madre, de tus hermanos, la soledad de los compañeros del colegio, la ausencia, la soledad de no ver a los profesores, de no ver a los trabajadores, de no ver a los vecinos, la soledad de los buses de la ciudad, la soledad de no sentir el calor de la ciudad, el polvo… la soledad de no poder ir al cine, aunque vos querrás tener todas esas compañías no podés tenerlas… es una imposición de soledad contra tu propia voluntad, en el sentido de que vos quisieras tener esas cosas pero no podés, porque no podés dejar la guerrilla, porque has llegado a luchar, ha sido la decisión de tu vida. Ese aislamiento, esa soledad es lo más terrible, es lo más duro, es lo que más golpea. La soledad de no poder dar un beso… lo que para un ser humano es no poder acariciar algo… la soledad de no recibir una sonrisa, de que no te acaricien, si hasta los animales se acarician… una culebra ponzoñosa acaricia al macho… un jabalí… un pajarito… los peces de los ríos se acarician.
@@#[…] entonces, esa soledad, esa ausencia del mimo, que nadie te mima, y que a nadie podés mimar… eso es más duro, es más aguijonante que estar siempre mojado, que tener hambre, que tener que ir a buscar leña, que tener que andar peleando con los bejucos para que no se te caiga la leña y volverla a levantar, que limpiarte las nalgas con hojas, nada es más terrible, para mí, pues, que la soledad infinita que vivíamos, y lo peor era que no sabíamos cuánto tiempo íbamos a pasar así. Eso iba desarrollando en nosotros una especie de asimilación forzada de que teníamos que prescindir de todo el pasado, de las caricias, de las sonrisas, de los colores, la compañía de un sorbete, la compañía de un cigarrillo, la compañía del azúcar, porque no había azúcar… un año sin probar azúcar… Te vas resignando… Y por otro lado, si caminás un poquito te caés, aunque estés hecho y derecho, te caés como treinta veces… ya nadie se asusta…
@@# […] la comida es el mayor aliciente, pero te das cuenta que siempre es la misma […]. Aunque cada vez vas dominando el medio… aprendiendo a caminar[…], se nos fue perfeccionando el olfato… los reflejos… nos movíamos como animales. El pensamiento se nos fue curtiendo, puliendo el oído, es decir, nos íbamos revistiendo de la misma dureza del monte, de la dureza de los animales… nos fuimos revistiendo de una corteza de hombres-animales como hombres sin alma, aparentemente… Eramos palo, culebra, jabalíes […].
Así se fue forjando en nosotros un temple que nos hacía soportar el sufrimiento psíquico y físico, fuimos desarrollando una voluntad de granito frente al medio.
[…] Sin embargo, y éste es otro aspecto contradictorio, misterioso, aunque éramos sumamente duros y curtidos, también éramos tiernos aun con toda la vista dura, vos nos tocabas un poquito los ojos y le podías dar vuelta a la pupila, y entonces aparecía otro tipo de mirada. Es decir, nosotros éramos duros por fuera y por dentro, pero también gente muy tierna, muy dulce, éramos cariñosos también.

Hechizo (de Inma Ferre)

Hechizo

-Inma Ferre-

En las tardes serenas de invierno me gusta pasear junto al mar, mirar hacia atrás y ver las huellas de mis pies perderse a lo largo de la playa hasta más allá de donde llegan mis ojos.
Voy imaginando el mar como si fuera un gran cerebro y cada ola que arrima a mis pies como uno de sus pensamientos que arroja a mi encuentro: unos, suaves, agradables… casi dormidos llegan a la orilla; otros, fuertes, duros… de tan contundentes provocan daño al oído.
Hay noches en que apenas se percibe su oleaje, se ve tranquilo, en paz, dando el fruto de su vientre fecundo, feliz y sirviendo de espejo al cielo. En esas noches, mientras paseo por la playa cierro los ojos y respiro despacio para no romper el hechizo.
Durante el día parece que pierde intimidad. Se diría que durante el día es el mar y de noche, la mar… la mar que, como mujer enamorada, abre su inmensidad para que en ella penetre una luna que siempre cambia su hora de llegada, pero la mar, como mujer enamorada, siempre está ahí, nunca falta a la cita, nunca le falla. Esas noches soy la mar.

¿Por qué no te callas? (de Ángel Dámaso Soto)

¿POR QUÉ NO TE CALLAS?

-Ángel Dámaso Soto-

-¡No tira el agua! –me dijo mi mujer, enfadada.
Ella siguió hablando e, incluso, se estuvo lamentando. Yo la escuchaba y me decía a mí mismo: “¿Qué puñeta le pasará a esta mujer? ¡Pero bueno!…”
No me preocupé por sus palabras y seguí escribiendo mi relato. Al cabo de unos minutos se acercó a mí, pero esta vez aun más enfadada. Me dijo que se había roto la dichosa lavadora.
Tampoco era una cosa extraña porque, si no recuerdo mal, debía de tener alrededor de siete u ocho años y todos sabemos que los fabricantes le ponen a todo fecha de caducidad: el negocio del consumismo está a la orden del día y es una verdadera locura.
Mi mujer estaba preocupada, ya no solo por el hecho de que tendría que comprar una lavadora, sino por la cantidad de ropa amontonada que tenía pendiente de lavar.
Sin dejarme ni respirar, me dijo mi señora que me levantara del sillón y me pusiera un abrigo. ¡Uff!… ¡No hacía falta que me dijera ni una palabrita más!
Estuvimos en varias tiendas de electrodomésticos preguntando por las características de éstos cacharros, sin olvidarnos nunca de sus precios y de sus estrellitas.
Eran las ocho de la tarde. A esas horas estaba cansadísimo de recorrer tiendas y de hablar de lavadoras. Entramos en una y, de pronto, pensé: “Ésta es la mía. De aquí no salgo sin comprar la dichosa lavadora”.
Un comercial muy amable nos atendió y nos enumeró las ventajas de unas y otras. En algunas de ellas nos daba diez años de garantía si la posible avería era provocada por un fallo del motor. Otras sólo tenían dos años de garantía si era por defecto de fabricación.
En definitiva, estoy totalmente convencido por la forma de hablar del comercial que nos atendió, que al igual que yo, en su vida había puesto una lavadora.
Mi mujer le preguntó por todo: por el consumo, los tiempos de lavado… que si agua fría y agua caliente… ¡yo qué sé!
Egoístamente, queriendo o sin querer, yo le quise echar una mano a éste buen hombre. Al fin y al cabo, a mí sólo me interesaba comprar una lavadora… Ah, ¡y que llevara las dichosas estrellitas!
Por fin se había producido el milagro: mi mujer se decidió por una lavadora. Era una Samsung.
Yo empecé a recuperar el aliento y hasta el color… Por cierto, era la lavadora más cara; aunque eso no era de extrañar, conociendo a mi mujer.
Todo iba fenomenal, todo iba sobre ruedas, pero de pronto quedé en silencio, quedé perplejo.
No me lo podía creer: el vendedor, como si estuviera ausente, no dio por terminada la operación… ¡Ya había vendido la lavadora!
Tuvo la gran ocurrencia de decir que a él personalmente le gustaba más la marca Fagor. Mi señora me miró pensativa, no me dijo ni pío, ni habló… sólo me cogió del brazo y con suma contundencia le dijo al comercial que se lo iba a pensar y volvería otro día.
Me quedé de piedra. Por qué puñeta no se pudo callar éste puñetero vendedor.

Ratones colorados (de Ginés Bonillo)

Ratones coloraos

A Miguel Antolín,
por su labor de concienciación.

Nada más ingresar como afiliado, tras la pertinente sesión con la psicóloga, las clases de rehabilitación, el asesoramiento legal con vistas a mi ineludible jubilación… en la entrevista con el asistente social para informarnos acerca de las diversas medidas legales a nuestro alcance tendentes a facilitarnos en lo posible un mejor desenvolvimiento dentro de la nueva vida que teníamos que afrontar, nos aconsejó, entre otras cuestiones, que solicitáramos la tarjeta de minusvalía (o el eufemismo de moda en el presente del lector) para las plazas de aparcamiento reservadas para ello en vías públicas, supermercados, etc.
Nos pareció bien. Yo siempre había mirado con cierta envidia aquellas plazas sensiblemente más anchas que las con frecuencia estrechas destinadas al común de los mortales; próximas a las puertas de entrada a los establecimientos y, sobre todo, vacías, dos o tres plazas amplias vacías. ¡Idiota de mí! ¡Desear la suerte de las feas! No podía yo suponer entonces las ventajas de pertenecer al mayoritario grupo del común de los mortales.
Nos concedieron la tarjeta de inmediato. Nos explicaron las condiciones para su uso: aunque la tarjeta no porta ninguna identificación particular que revele el nombre del titular (por la ley de protección de datos personales) ni la matrícula del automóvil (para permitir que el titular pueda cambiar de vehículo), sólo puede usarse en un coche que en ese momento esté siendo utilizado por el titular de la tarjeta. En caso de pérdida o deterioro, se puede solicitar otra.
Al principio la usábamos poco, pues por la ciudad nos movemos a pie; y en otros lugares no suele haber problemas de aparcamiento.
La teníamos en casa y las pocas veces que podríamos haberla utilizado no la llevábamos encima, por lo que mirábamos de nuevo con envidia, y ahora con rabia justificada, las apetitosas plazas vacías.
Poco después, nos acostumbramos a dejar la tarjeta en nuestro coche; pero, como a veces me llevaba aquí o allá mi hija Clara en su coche, con frecuencia olvidábamos la tarjeta en el otro, con lo que estábamos en las mismas del principio. Alguien, no importa quién, pues el género humano da para todo, propuso la feliz idea de que dijésemos que habíamos extraviado la tarjeta para que nos diesen otra y, así, poder tener una en cada coche. De esta forma, no tendríamos que andar con la tarjeta de aquí para allá, amén de que nunca se nos olvidaría.
No acabó de gustarme la idea, puesto que suponía mentir; pero pensé que el fin razonable justificaba la pequeña mentira.
Tras unos minutos desagradables ante la funcionaria de turno, que nos miraba con mal disimulada suspicacia (y con razón), mintiendo acerca de cómo habríamos perdido la tarjeta (que ni nosotros mismos nos lo explicábamos), pensando que la señora estaría diciéndose: “¡Otros listos! Se creen que me engañan”… nos concedieron la segunda tarjeta. ¡Una vez pasado, valió la pena el rato de vergüenza! Se acabaron las miradas mezcla de envidia y rabia.
A partir de entonces ganamos en comodidad: fuésemos en el coche que fuésemos, siempre teníamos a mano una de las tarjetas; y estábamos despreocupados porque tampoco teníamos que pensar en qué coche estaría y si debíamos cambiarla de vehículo o no era necesario.
Con el paso del tiempo, cada día se fue haciendo más difícil encontrar en la calle o en los aparcamientos una plaza para minusválidos libre. No sé si los que proliferamos al cabo del tiempo fuimos los discapacitados con tarjeta o las tarjetas sin discapacitado. O es que los ayuntamientos van diezmando las plazas objeto de la envidia, que no creo. Pero sé de algún supermercado que ha enviado, aprovechando una mínima reforma, estas plazas al final del aparcamiento y al sol. Pensarán que a los discapacitados nos viene bien hacer ejercicio y tomar el sol. ¡Oh, excelsa y bienintencionada generosidad alemana!
De la progresiva escasez de plazas para discapacitados me percaté una tarde de fina lluvia, pero lluvia al fin y al cabo. ¡Quién iba a decirlo!, cuando todo el mundo ya sabe que en Almería casi nunca llueve. Puede parecerle a alguien extraño pero sí: llovía, y aquella fina lluvia nos recordaba la tarde ya remota, del siglo pasado, en que nos conocimos.
Aquella tarde de fina lluvia, la de la nueva centuria, mi mujer propuso que fuésemos al centro a tomarnos algo en la cafetería en que nos conocimos y hablamos por primera vez, de cosas tan transcendentes que ahora ninguno de los dos recuerda, mientras yo pensaba: “Con esta muchacha yo me liaba la manta a la cabeza en serio” y ella, según dice (no sé si por darme gusto), pensaba algo parecido: “Este muchacho me vendría muy bien a mí”.
-Además –añadió, para animarme-, enfrente de la cafetería han puesto dos plazas de aparcamiento para minusválidos que nos van a venir de perlas.
Media hora después, cuando llegamos frente a la cafetería, mi mujer lanzó varias imprecaciones -cuya literalidad no es conveniente plasmar- antes de soltar a los cuatro vientos, urbi et orbi:
-¡¡Pues no están ocupadas las dos plazas!! ¡Esto sí que es mala suerte!… Después voy a ver si tienen los dos tarjeta o alguno es un listo.
Nos vimos obligados a malaparcar en las proximidades de la calle Cita, a quince minutos a pie de la cafetería; que, para el caso, podríamos haber ido andando desde la casa. Cuando llegamos a la puerta de la cafetería, medio mojados -sobre todo yo que, intentando esquivar una bolsa de plástico, me había metido de lleno en un par de charcos, y que recibía el desagüe de una de las varillas del paraguas en un brazo sin notarlo hasta no tener remedio la cosa… mi mujer exclamó toda colérica:
-¡¡La mato!! ¡Cuando la pille, la mato! ¡Pero si uno de los coches de las plazas de minusválidos es el de tu hija! ¿Y con quién está, porque contigo no?… Boy a comprobar si el otro tiene tarjeta.
En efecto, ambos tenían bien visibles las tarjetas sobre los salpicaderos.
-Y este coche deportivo –me preguntó retóricamente- verde chillón, que pasa tan desapercibido, 1111 PIL (de “pillo”), ¿no es del niño de tu amiga Silvia?
-¿Qué Silvia? –pregunté a mi vez.
-Tu compañera de la ONCE.
-Ah, sí: de Nico. Menudo cachondeo con la matrícula: 11 11. ¿Por qué?
-Porque es el otro coche –dijo ella algo más tranquila- y tiene la tarjeta. Lo mismo está Silvia con su hijo en la cafetería.
Entramos algo recompuestos con la ilusión de tomarnos un café con Silvia.
-¡¡Serán sinvergüenzas!! –dijo mi mujer-. Si están los dos juntos…
Y, efectivamente, allí estaban los dos, Nico y Clarita, derramando cabelleras rubias en la misma mesita, o mejor dicho, en el mismo cantito de mesa, que les sobraban dos tercios largos, manteniéndola en difícil equilibrio, haciéndole casi zozobrar, ajenos a las infusiones que reposaban ya frías en las tazas, ni más acarameladitos ellos.
Allí estaban los dos. Quienes no estábamos éramos ni Silvia ni yo. ¡A saber a cuántas cuadras tendrían que aparcar Silvia y Javier, su marido, si decidieran tomarse un café en La Colonial, donde también se conocieron, intuyo que en un cantito de mesa también, pero cuando bastan sus ojos para sentirse en el cielo los enamorados… y la imagen me hizo sonreír, mientras no pude reprimir un estruendoso estornudo.
-¡Eso es por la niñica! –concluye mi mujer.
-¿El qué?
-El resfriado que vas a pillar. ¿No querías tener una hija?
-Claro que quería tener una hija.
-¡Pues toma hija!

ADENDA:
Un trabajo bien hecho, abordado en su día por alguno de los máximos dirigentes se vio coronado con la obtención para los invidentes -y sus acompañantes… cuando “acompañan”, claro- de la tarjeta de discapacidad para hacer uso legítimo de las plazas de aparcamiento reservadas a tal efecto. ¡Qué importa si lo consiguió después de un fin de semana de caza gloriosa o al alba de una noche inolvidable, iniciada con una cena opípara y remachada con un postre a la altura…!, como insinúan algunos. (Siempre hay gente dada a la hipérbole y la maledicencia: ¿Acaso no son inescrutables los caminos del Señor?).
Las ventajas de esas diligencias bien hechas las recibimos los discapacitados visuales y eso es lo que cuenta; y se consiguió porque por fin alguien con capacidad de decisión comprendió que los ciegos, aunque por principio no conduzcamos, alguien tiene que conducir por nosotros. Y porque alguien con decisión tuvo que ocuparse de hacerle comprender algo tan sencillo al sujeto con capacidad de decisión.
¡Lástima que, como siempre, el mal uso que de forma egoísta llevan a cabo algunos empañe el funcionamiento adecuado del sistema! Pero de eso, la culpa exclusiva la tienen esos usuarios que se otorgan derechos subsidiarios aprovechando que “el Tajo pasa por Toledo”.

La aventura de un miope (de Italo Calvino)

La aventura de un miope
-Italo Calvino / 1958-

Amilcare Carruga* aún era joven, no desprovisto de recursos, sin exageradas ambiciones materiales o espirituales; por ende, nada le impedía gozar de la vida. Sin embargo, se dio cuenta de que desde hacía algún tiempo, casi imperceptiblemente, su vida le resultaba insípida. Lo notó en pequeños detalles como, por ejemplo, el mirar a las mujeres. Antes, les echaba la mirada encima, con avidez; ahora las miraba quizá instintivamente, pero pronto le parecía que éstas pasaban como el viento, sin suscitar en él ninguna sensación y entonces bajaba los párpados, con indiferencia. Antes, las ciudades lo exaltaban —viajaba a menudo, pues se dedicaba al comercio—; ahora le provocaban fastidio, confusión, aturdimiento. Viviendo solo, antes le gustaba ir todas las noches al cine; se divertía con cualquier programa. Quien va todas las noches al cine es como si viera una sola película muy larga, en episodios: conoce a todos los actores, incluso las caricaturas y los extras, y el poder reconocerlos se vuelve algo divertido. Pero ahora todas esas caras le parecían desleídas, chatas, anónimas. Se aburría.

Al fin comprendió. Era miope. El oculista le recetó un par de anteojos. Su vida cambió desde ese momento, se convirtió en algo cien veces más rico e interesante que antes.

El simple hecho de ponerse los lentes era siempre emocionante. Cuando se hallaba, digamos, en una parada del tranvía y lo embargaba la tristeza de que todo, personas y objetos a su alrededor, fuera tan genérico, banal y desgastado, y él en medio de un mundo de formas blandas y de colores desvaídos, se ponía los lentes para leer el número del tranvía que llegaba, y entonces todo cambiaba. Las cosas más anodinas, como los postes de luz, se dibujaban entonces con todos sus minuciosos detalles, con líneas muy nítidas, y las caras, las caras desconocidas, se llenaban de pormenores, puntitos de barba, espinillas, matices expresivos antes insospechados; sabía de qué tela estaban hechos los trajes y vestidos, adivinaba el tejido, descubría el desgaste de los bordes. Ver se convertía en un espectáculo, una diversión; no ver esto o aquello, sino sólo el hecho de ver. De ese modo Amilcare Carruga se olvidaba de ver el número de los tranvías, perdía un tren tras otro, o bien abordaba un tren equivocado. Veía tal cantidad de cosas, que era como si ya no viera nada. Hubo de acostumbrarse a ello poco a poco, aprender desde un principio lo que era inútil ver y lo que era necesario.

Las mujeres que encontraba en la calle —quienes se habían reducido a impalpables sombras desenfocadas, las que ahora veía en su exacto juego de oquedades y protuberancias que producen sus cuerpos al moverse bajo los vestidos, pudiendo ahora apreciar la frescura de la piel y el calor contenido de sus miradas—, volvían a ser no sólo objetos de contemplación, sino cuerpos que poseía con la mirada. A veces caminaba sin los lentes (no se los ponía siempre, para no cansarse inútilmente, sino sólo cuando quería ver lejos) y veía perfilarse vagamente un vestido de color vivo frente a él, sobre la acera. Con un gesto ya automático Amilcare sacaba de la bolsa los lentes y se los montaba sobre la nariz. Esta indiscriminada avidez de sensaciones recibía a menudo un castigo: se trataba de una vieja. Amilcare Carruga se volvió más cauto. A veces, por el modo de caminar y por los colores del vestido, alguna mujer le parecía demasiado modesta o insignificante y no se tomaba la molestia de ponerse los lentes; pero cuando llegaban a rozarse e intuía en ella algo que lo atraía sensiblemente, quién sabe qué, creyendo captar en ese instante una mirada de ella, una mirada sostenida que él creía descubrir cuando ella comenzaba a alejarse, se ponía lentes. Pero ya era tarde; había dado vuelta en la esquina, abordado el autobús, o estaba más allá del semáforo, y no hubiera podido reconocerla. Así, mediante la necesidad de los lentes, poco a poco iba aprendiendo a vivir.

Pero el mundo más nuevo que le descubrían los lentes era el de la noche. La ciudad nocturna, envuelta ya en informes nubes de oscuridad y multicolores claridades, le revelaba ahora contornos exactos, relieves, perspectivas; las luces tenían perfiles precisos, los anuncios de neón, hundidos antes en un resplandor confuso, ahora escandían sus letras una por una. Sin embargo, lo bueno de la noche consistía en que los lentes conservaban a esa hora el margen de indeterminación que desaparecía durante el día. A veces, Amilcare Carruga sentía el deseo de ponerse los lentes, pero se daba cuenta de que ya los llevaba puestos; la sensación de plenitud no se equiparaba nunca al de la insatisfacción. La oscuridad era un terreno sin fondo en el cual jamás se cansaba de escarbar. Andando por las calles, recorriendo con la mirada las casas manchadas de ventanas finalmente cuadradas, alzaba los ojos hacia el cielo estrellado: descubría que las estrellas no estaban aplastadas en el fondo del cielo como huevos rotos, sino que eran punzaduras agudísimas de luz que abrían a su alrededor infinitas lejanías.

Estas nuevas preocupaciones acerca de la realidad del mundo externo iban emparejadas con las de lo que él mismo era, originadas por el uso de los lentes. Amilcare Carruga no se daba mucha importancia a sí mismo, pero —como le ocurre con frecuencia a las personas más modestas— estaba muy encariñado con su manera de ser. Sin embargo, el paso de la categoría de los hombres sin lentes a la de los hombres con lentes, parece cualquier cosa, pero se trata de un salto muy grande. No hay que olvidar que cuando se trata de definir a alguien que uno no conoce bien lo primero que se dice: es “el de los lentes”. Y así ese detalle accesorio, que quince días antes era una cosa completamente extraña, se convierte en nuestro primer atributo, se identifica con nuestra propia esencia. A Amilcare le molestaba un poco el hecho de haberse vuelto, de buenas a primeras, en “el de los lentes”. Pero lo más grave de todo esto está en que comience a insinuársenos la duda de que todo lo que tiene que ver con nosotros es puramente accidental, posible de transformación, que uno podría ser completamente distinto y nada importaría; y he aquí que por esta vía puede uno llegar a pensar que da lo mismo existir o no existir, y que la desesperación se halla a un solo paso. Por eso Amilcare, al escoger la montadura para sus lentes, optó instintivamente por la más sutil y minimizadora, nada más que un par de gráciles gafas plateadas que sujetaran los lentes por la parte superior y un puentecillo para unirlos sobre el tabique nasal. Así anduvo contento durante algún tiempo; luego se dio cuenta de que no era feliz. Si de pronto se veía en el espejo con los lentes puestos, experimentaba una viva antipatía por su cara, como si fuera la cara típica de una categoría de personas que le eran totalmente extrañas. Eran precisamente esos anteojos tan discretos y ligeros, casi femeninos, lo que lo hacía parecer más que nunca “el de los lentes”, uno que no hubiera hecho otra cosa en su vida que usar lentes, uno que ni siquiera se da cuenta de que los usa. Esos lentes entraban a formar parte de su vida, se amalgamaban con sus facciones, atenuando cualquier contraste natural entre lo que era su cara —una cara común, pero de cualquier modo una cara— y aquel objeto extraño, un producto de la industria.

No le gustaban; por eso no tardaron en caer al suelo y romperse. Compró otro par. Esta vez orientó su elección en sentido opuesto: escogió un par con montadura de plástico negro, un marco de dos dedos de ancho, dos placas laterales que partían de los pómulos como tapaojos de caballo y dos pesadas palancas que le doblaban los lóbulos de las orejas. Era una especie de antifaz que le tapaba media cara, pero bajo ese artefacto podía sentirse a sí mismo: no cabía duda de que él era una cosa y los anteojos otra muy distinta, completamente separada. Está claro que sólo ocasionalmente los usaba, y que, sin anteojos, era un hombre totalmente distinto. Volvió a sentirse feliz, en la medida que su naturaleza se lo consentía.

En ese tiempo tuvo que ir a V., a causa de ciertos negocios. V. era la ciudad natal de Amilcare Carruga, en la cual había transcurrido toda su juventud. Hacía diez años que la había dejado, y regresaba a ella muy de vez en cuando, en visitas pasajeras y esporádicas. Todo el mundo sabe lo que le sucede a cualquiera que se aleje de un ambiente en que haya vivido mucho tiempo; cómo al regresar a éste, después de largos intervalos de ausencia, se siente desarraigado y le parece que las aceras, los amigos, las charlas de café o lo son todo o pierden toda significación; se les frecuenta día tras día o no es posible ya entrar de nuevo en ese ambiente, y la idea de revisitarlo después de mucho tiempo provoca un cierto remordimiento. Así fue cómo Amilcare había desechado las ocasiones de volver a V., puesto que ocasiones no le habían faltado. En los últimos años, además de la actitud negativa hacia su ciudad natal y del estado de ánimo que lo aquejaba últimamente, era víctima de un sentimiento de desamor y desapego de todas las cosas, lo que identificaba con la progresión de su miopía. Ahora los lentes le proporcionaban un nuevo estado de ánimo y no desaprovecharía la oportunidad de regresar a V.

V. apareció entre sus ojos totalmente distinta a la de sus viajes anteriores. Pero no por los cambios sufridos: claro, la ciudad estaba muy cambiada, con nuevas construcciones por todas partes, tiendas, cafeterías y cines muy distintos a los de antes, una nueva juventud totalmente desconocida y el tráfico mucho mayor. No obstante, todas estas novedades no hacían más que acentuar y destacar lo viejo, permitiendo que Amilcare Carruga volviera a ver la ciudad con los mismos ojos de cuando era un muchacho, como si la hubiera dejado el día anterior. Con los lentes veía una infinidad de detalles insignificantes; por ejemplo, una cierta ventana, un barandal. Es decir, tenía conciencia de verlos, de escogerlos entre todos los demás, mientras que antes solamente los veía. Lo mismo ocurría con las caras: un voceador, un abogado, fulano, zutano y perengano, algunos de ellos avejentados. Amilcare Carruga ya no tenía parientes verdaderos en V.; el círculo de amigos íntimos se había dispersado. Sin embargo, contaba con una gran cantidad de conocidos, lo cual era muy natural en una ciudad tan pequeña —como lo había sido en los tiempos en que allí vivía—, en la cual todos se conocían, por lo menos de vista. La población había aumentado mucho, pues había llegado hasta allí —como en todos los centros privilegiados del Septentrión— una cierta inmigración de meridionales. La mayoría de las caras que veía Amilcare eran de desconocidos; pero precisamente por esto sentía la satisfacción de reconocer a la primera ojeada a los viejos habitantes, y recordaba anécdotas, relaciones, apodos.

V. era una de esas ciudades provincianas en la que no había desaparecido la costumbre de pasear de noche por la calle principal, cosa que no había cambiado desde los tiempos juveniles de Amilcare. Como sucede siempre en estos casos, una de las aceras estaba invadida por un flujo ininterrumpido de personas; la otra, menor. En sus tiempos, por una especie de anticonformismo, Amilcare y sus amigos paseaban siempre por la acera menos frecuentada, y desde allí dirigían miradas, saludos y piropos a las muchachas que caminaban por la acera opuesta. Ahora se sentía como entonces, incluso con una excitación mayor, así que comenzó a pasear por su vieja acera, viendo a toda la gente que pasaba. Ahora no le disgustaba hallar personas conocidas, sino que esto lo divertía sobremanera, y se apresuraba a saludarlas. Le hubiera gustado detenerse a saludarlas. le hubiera gustado detenerse para cruzar algunas palabras con alguien, pero la calle principal de V. estaba hecha de tal modo —con aquellas aceras tan estrechas, el apretujamiento de la gente que empujaba hacia delante y, para colmo, el considerable aumento del tráfico de vehículos—, que ya no era posible caminar un poco por el arroyo de la calle y atravesar por donde se quería. En fin, el paseo se llevaba a cabo con demasiada prisa o con demasiada lentitud, sin libertad de movimientos. Amilcare debía seguir la corriente o remontarla con trabajo y cuando divisaba una cara conocida apenas si tenía tiempo de dirigir un rápido saludo antes de que ésta desapareciera, y se quedaba con la duda de haber sido visto o no.

Vio venir a su encuentro a Corrado Strazza, su condiscípulo y compañero de billar durante muchos años. Amilcare le sonrió y fue a su encuentro agitando la mano. Corrado Strazza seguía caminando, viéndolo, pero con una mirada que parecía traspasarlo, como si Amilcare fuera transparente, y pasó a su lado sin detenerse. ¿Quizá no lo había reconocido? Había pasado algún tiempo, es cierto, pero Amilcare Carruga estaba seguro de no haber cambiado mucho; se había librado de la pinguosidad y de la calvicie hasta entonces, y su fisonomía no presentaba grandes alteraciones. Vio al profesor Cavanna. Amilcare le dirigió un saludo deferente, haciendo una ligera inclinación. En un principio, el profesor bosquejó una especie de saludo, instintivamente, luego se detuvo y miró a su alrededor, como si buscara a otra persona. ¡El mismo profesor Cavanna, famoso fisonomista que era capaz de recordar nombres, caras y calificaciones trimestrales de todos los alumnos que había tenido durante su larga carrera! Finalmente, saludó a Ciccio Corba, el entrenador del equipo de balompié, quien respondió al saludo; sin embargo, éste miró inmediatamente hacia otro lado y se puso a silbar con nerviosismo, como dándose cuenta de haber interceptado el saludo de un desconocido, dirigido a sabe Dios quién.

Amilcare comprendió que nadie lo reconocería. Aquellos lentes, que le hacían visible el resto del mundo, aquellos lentes con la enorme montadura negra, lo convertían en algo invisible. ¿Quién habría pensado que tras esa especie de máscara estaba Amilcare Carruga, ausente de V. desde hacía muchos años, al que nadie pensaba encontrar de un momento a otro? Acababa de formular mentalmente estas conclusiones cuando apareció Isa María Bietti. Era una amiga, con la cual solía pasear y ver escaparates. Amilcare se paró frente a ella, con la intención de decirle: “¡Isa María”, pero las palabras se le anudaron en la garganta.

Isa María lo apartó, levantando un codo, diciéndole a la amiga:

—¡Mira cómo se comportan ahora!

Y siguió caminando.

Ni siquiera Isa María lo había reconocido. Comprendió de improviso que sólo por Isa María Bietti había regresado, que por causa de ella se había alejado de V., que por la misma razón había vivido varios años lejos; que todo, todo lo significaba ella en su vida, y que ahora, finalmente, la había visto de nuevo, pero ella no lo reconoció. Tanta era su emoción, que no reparó en si estaba muy cambiada, gorda, avejentada; si era tan atractiva como antes. Sólo pudo ver que se trataba de Isa María Bietti y que ésta no lo reconoció.

Había llegado al término de la calle del paseo. En la nevería de la esquina la gente daba vuelta y volvía sobre sus pasos por la misma acera. Amilcare Carruga hizo lo mismo. Se quitó los lentes. El mundo volvió a ser una nube insípida, y él caminaba entre toda aquella gente parpadeando de continuo, como extraviado. No es que fuera incapaz de reconocer a alguien, pues en los puntos mejor iluminados siempre estaba a punto de reconocer alguna cara, pero seguía existiendo un margen de duda en la supuesta identificación, lo cual, a fin de cuentas, le importaba muy poco. Alguien saludó; posiblemente lo saludaban a él, pero no vio bien quién era. Luego lo saludaron dos tipos, pasando; quiso contestar al saludo, pero no tenía idea de quiénes eran. Un hombre le gritó desde la otra acera:

—¡Chao, Carrú!

Por la voz, podía ser un tal Stelvi. Con satisfacción, Amilcare vio que lo reconocían, que se acordaban de él. Una satisfacción relativa, porque ni siquiera los veía o no lograba reconocerlos; eran personas que se le confundían en la memoria, personas que, en el fondo, le eran más bien indiferentes: “¡Buenas noches!”, decía, cuando descubría que alguien lo saludaba con un movimiento de mano o una inclinación de cabeza. El que acababa de saludarlo debía ser Bellintusi, Carreti o tal vez Strazza. De ser Strazza, le hubiera gustado detenerse a hablar un poco con él. Pero ya había respondido a su saludo con prisa y, pensándolo bien, era natural que sus relaciones fueran solamente así, consistentes en convencionales y presurosos saludos.

Sus miradas ahora no tenían más que un solo objetivo: reencontrar a Isa María Bietti. Podía localizarla a lo lejos, pues llevaba un abrigo rojo. Durante un trecho Amilcare siguió un abrigo rojo; al pasar a un lado, vio que no era ella. Mientras tanto, había visto pasar dos mujeres con abrigo rojo, en sentido contrario. Ese año estaban de moda los abrigos rojos en media estación. Poco antes, por ejemplo, había visto a Gigina la tabaquera con un abrigo semejante. Lo saludaba ahora una mujer de abrigo rojo, pero Amilcare respondió con frialdad, porque seguramente se trataba de la tabaquera. Luego lo asaltó la duda de que no se tratara de Gigina, ¡sino de Isa María Bietti! ¿Cómo era posible confundir a Isa María con Gigina? Amilcare volvió sobre sus pasos para verificarlo. Encontró a Gigina, era ella, sin duda. Pero ésta venía en dirección contraria a la de él, imposible que hubiera dado la vuelta tan pronto, ¿o por algún motivo no había caminado todo el trecho y había vuelto sobre sus pasos? Si Isa María lo había saludado y él había respondido al saludo con tanta frialdad, todo ese viaje, toda esa espera, todos los años transcurridos eran inútiles. Amilcare iba y venía por aquellas aceras, quitándose y poniéndose los lentes, saludando a todos y recibiendo saludos de nebulosos y anónimos fantasmas.

En uno de los extremos del paseo la calle se prolongaba aún y se llegaba pronto a las afueras de la ciudad. Había una hilera de árboles, una zanja paralela a ésos y el campo. En sus tiempos, solían allí pasear del brazo de la novia al caer la noche; quien no la tenía, llegaba y se sentaba en una banca para oír el canto de los grillos. Amilcare Carruga prosiguió por esa calle; la ciudad se extendía ahora un poco más allá, pero no tanto. Seguían allí las bancas, la zanja y los grillos, como antes. Se sentó. De todo aquel paisaje la noche dejaba solamente en pie unas grandes franjas de sombra. Allí daba lo mismo ponerse o quitarse los lentes. Amilcare Carruga sabía que la exaltación originada por los lentes nuevos era tal vez la última de su vida, una exaltación acabada.

Una barra de pan y una botella de vino (de Ginés Bonillo)

Una barra de pan y una botella de vino
(Sólo son dos segundos)

Ginés Bonillo

Hay sugerencias que no se discuten, simplemente se acatan. Por lo demás, la experiencia le dice a uno cuándo una propuesta alcanza el grado de orden (diplomática). El postizo “cariño” que adorna la oferta ratifica la sospecha.
-¿Vamos –sugiere/propone/decreta con dulzura, eso sí, tu mujer- un momento al supermercado, cariño? Es un segundo, solo voy a comprar una barra de pan y una botella de vino; me acompañas y, de paso, te da un poco el aire y tomas el sol.
-¡Vino! ¿Qué celebramos? –pregunto con buen ánimo.
-¡Humor no te falta!… Que no se te olvide echar el sombrero.
-¿Para traernos la compra?
-No, para el sol.
-¡No quieres -replico- que me dé el sol!
-Sí –aclara ella-, pero no en la mollera. ¡Y no empieces ya, que es muy temprano y tengo muchas cosas en la cabeza!
Uno no sabe qué pensar, si es para bien o para mal, pero tenemos el supermercado a tiro de piedra de la casa. A los cinco minutos dejamos atrás el calor centelleante del aparcamiento y nos traspasa la cortina de aire polar que intenta cauterizar el bienestar artificial de los 18º del interior de los 36º del fuego exterior.
-¿No coges –digo yo- un carro? Mira que luego empiezas a echar cosas y la cesta pesa mucho y va hecha un ocho. Además, así puedo ir yo cogido.
-No, si es un momento –afirma ella-; ¿no te digo que voy a comprar nada y menos?
-Eso dices siempre –comento a media voz.
-Toma –me dice poniéndome una cesta entre los dedos- y así llevas algo en las manos.
-Para eso quería el carro -aclaro.
Pero ella no me oye, va a lo suyo, inmersa en su tejemaneje. Y, cogido de su codo, noto que gira a la derecha en vez de seguir recto para entrar al supermercado.
-¿A dónde vamos? –interrogo.
-Necesito -responde- sacar dinero del cajero automático.
-¿Ves? ¡Ya empezamos a dar vueltas! –le reprocho.
-¡Hay que ver cómo sois los hombres! Todo os molesta. Si son dos segundos…
Diez minutos después (que no comprendo cómo puede tardar tanto alguna gente en teclear una contraseña dos veces y dar una orden tan simple como seleccionar y pulsar “Reintegro”) llegó nuestro turno.
-¿Sabes? –dice, y presiento que empieza a articular su plan invasivo-. Debería aprovechar para comprar el fascículo de esta semana de la casita de muñecas en el quiosco de prensa.
6,95 € y otros diez minutos nos costó la broma de la septuagésima octava (78ª) pieza de la colección.
-¿Y cuántas entregas son? –se me ocurre preguntar por curiosidad
-Ciento treinta.
-¡Coño! –proferí en voz alta-. Si vale la dichosa casita tanto como un apartamento de verdad.
-¡Sí, igual! –dice ella, irónica.
-Pues con un poco más, da casi para la entrada –digo, sin dar mi brazo a torcer.
-¡Anda, calla! Es un cortijo andaluz antiguo, precioso: trae hasta las tejillas del tejado y las teselas de la piscina.
-Muy mal -replico-: los cortijos andaluces no tenían piscinas, sino albercas o balsas; y esperemos que no tenga goteras, porque dónde vamos a comprar tejillas si hacen falta luego…
-¡Desde luego –dice ella- que cuando no quieres… no hay forma! Eres único.
-¿Es que no tengo razón?
Por fin traspasamos las barreras automáticas que dan acceso al supermercado. Nada más entrar se pasa por delante de la sección de ropa. Supongo que lo tienen todo planificado: que quieres un disco de música, tienes que pasar por la droguería; que necesitas un cartón de leche, te interponen la sección de jardinería; que buscas la fruta y verdura, te obligan a atravesar el calzado o los productos de limpieza, el rollo del papel higiénico (ya sabemos)…
-Ya que estamos aquí-dice mi mujer, como quien no quiere la cosa-, ¿por qué no te pruebas un polillo para ir luego a la playa?
-Pero –le digo- si nosotros no somos muy playeros…
-Da igual. Luego decimos de ir y no tienes nada decente que ponerte. Además, están de oferta. ¿Lo prefieres azulillo turquesa, verde pistacho, verde prado o rojo teja?
-¿Y no hay amarillo? –sugiero, en un intento de torpedear la compra, evadiéndome del polo.
-No, hay de lo que te he dicho y punto –responde ella.
-El turquesa mismo –respondo con desinterés.
-Los turquesas los veo muy pequeños todos. Me parece que no quedan de tu talla.
-Los números medianos se agotan al momento. No sé cómo no hacen más medianos –comenta a mi izquierda una señora que también rebusca entre los polos y se marcha.
-¡“Números”, “números”! –suelta mi mujer-. ¡“Números” son los del calzado! ¡La ropa va por “tallas”, no por “números”! Esta es de los que dicen “pintalabios” en vez de “barra de labios”, como los niños. ¡Qué falta de educación! Si la gente supiera que esas cosas suenan como un petardo en el oído.
-Pues el pistacho mismo –digo, intentando interrumpir la retahíla de improperios que lanza mi mujer cada vez que oye algo mal dicho, cosa demasiado habitual.
-Los pistachos que quedan son muy grandes para ti.
-Bueno –respondo-, no pasa nada; el rojo mismo vale.
-Ese color –comenta ella- no me gusta para ir a la playa.
-Bueno –vuelvo a decir-, no importa mucho; el otro mismo.
-El único verde prado que queda de tu talla tiene un defecto en el costado al coserlo y, además, no acaba de convencerme.
-No importa -añado-, ¿ves cómo no entraba en mis planes comprarme hoy nada? Se hace justicia.
-¿Y un bañador? –sugiere ella-. ¿Por qué no te compras un bañador, que los que tienes ya tienen varios años y están feíllos? Luego va la gente de punto en blanco y tú de pena.
-Como si a mí me importara mucho eso –señalo, y aprovecho la ocasión para descargar mi furia contra la superficialidad de mucha gente de hoy-. O como si a ellos, con todo su golpe de punto en blanco, no se los fuesen a comer los gusanos, entrándoles en fila y a empujones por la nariz y saliéndoles rechonchos y hermosos por el ombligo. Además, A quien le parezca mal… que se vaya al juzgado de guardia. ¡A ver si algún juez le admite la querella.
-¿Qué trabajo –insiste ella- te cuesta elegir dos o tres bañadores y probártelos?
-Sí, para que pase igual que con los polillos…
-No seas negativo… -comenta ella, intentando convencerme.
– Si no es por ser negativo, pero ¿es que tengo que comprarme algo? Cómprate tú lo que quieras y a mí déjame en paz, que yo solo venía a que me diera un poco el aire, ¿recuerdas?
-Pues tú pierdes –dice ella-, para ti es… Ahora que me acuerdo, ¡a ver si han traído el hilo dental que le gusta a la niña!
En ese instante bordeamos la jardinería pero, como mi mujer no pierde ocasión para ir fijándose en todo (que parece que tiene antenas), las ve. Y me había escapado de los polillos y los bañadores, por los pelos; pero sé que del resto no podría escaparme así como así. ¡Temo que la cuota de suerte del día se ha agotado con los polillos!
-Mira –dice ella -, ya han puesto las pastillas para encender la chimenea. Por eso luego, en invierno, cuando de verdad hacen falta, no hay forma de encontrar. ¡Voy a aprovechar para comprar dos o tres cajas!
Yo empiezo la cuenta mentalmente: “Uno de quince, por lo menos; o mientras quepa en la cesta», dije.
-¡Ay –exclama, como si surgiera de golpe-, mira ya que estamos aquí, voy a echar un par de cosillas!
El par de cosillas son dos latas de atún, dos de maíz y un frasco de espárragos.
«Cuatro de quince», digo.
-¿Dónde tendrán –la oigo mascullar- el otro tomate frito, que este no me gusta? ¿Por qué no pueden tenerlos juntos?
-Para hacerte dar vueltas –le respondo- y que acabes comprando lo que no tenías pensado Son estrategias de venta del mercado capitalista.
-Pues a mí que no me tonteen. Anda que tardo yo mucho en mandarlos a tomar viento o peor.
-¿Y qué? –señalo con desgana-. Todos los supermercados a los que vayas son iguales.
A la vuelta de la estantería, la oigo decir satisfecha:
-Aquí está.
Siento caer el frasco en la cesta y digo: «Cinco de quince. Un tercio».
-Voy a echar un manojo de zanahorias, que las de ayer estaban chuchurrías y no quise llevarme. ¿Tú quieres que nos llevemos unos jínjoles? A ti te gustan mucho.
-¡Jínjoles! Sí –digo, con toda la intención y mi mujer capta el retintín con que lo he dicho.
-No sé por qué digo “jínjoles” -dice, entrando al trapo-, cuando yo siempre he dicho “azofaifas”. Ya me has pegado tu forma de hablar. ¡Me da una rabia! Y no es “jínjoles”.
-Que sepas que “azofaifas” es lo que menos es –comento yo-; en todo caso, “azufaifas”.
Su respuesta la descarga contra la cesta: un manojo de zanahorias y dos quilos de jínjoles/azufaifas (condesciendo). Y yo contabilizo: «Siete de quince».
-¿Echamos -pregunta- media sandía?
-Cómo vas a echar media sandía si nos vamos mañana de viaje. ¿Te vas a comer media sandía hoy?
-tiene muy buena pinta –insiste, empeñada en llevarse media sandía- y volvemos en dos días. En el frigorífico aguanta.
-Que no eches la sandía –digo, un tanto enfadado-. ¿Tanta necesidad tenemos de sandía? Aquí aguanta mejor.
-Es verdad -reconoce- que no tenemos necesidad de sandía… Pero un trozo de queso del curado que me llevé la última vez, sí. Y voy a aprovechar que has venido tú para llevarme una bolsa de patatas ojo de perdiz. Y a ver si encuentro masa para empanadillas.
-Esas papas tendrán buena vista, ¿no? –caigo en el chiste fácil.
Mi mujer (ella a lo suyo) ni me oye. Unos minutos después noto que la cesta recibe el impacto de la bolsa de patatas, el queso y la masa y sumo: «Diez de quince. Dos tercios y ni nombrar el pan y el vino».
-Que no se me olvide –me advierte ella- echar salmorejo y algunos helados.
-¿No ibas a comprar pan y vino? –le recuerdo.
-Sí, voy por el vino. Tú espérame aquí, son dos segundos. Sola voy más rápido.
¡Dos segundos!, no. Diez minutos después… aunque no sé por qué me extraño, si siempre es igual. Después de treinta años debería conocer ya los segundos de mi mujer.
-el vino –dice, dejando todo en la cesta-, un botellín de malta que he encontrado por casualidad y una bolsa de pipas Tijuana a la barbacoa picante, que a la niña le gustan mucho y, para cuando venga de pasar el verano en casa de tus padres, no tiene.
«Trece de quince. Dos para el pleno. Hoy me quedo corto», murmuro.
-Cógete –propone ella, ya entusiasmada y en plena faena-, vamos a ver si hay del desodorante tuyo y pañuelos de papel para mí.
Unas estanterías más allá: primero, al frente; y, luego, a la izquierda…
-¡Cada dos por tres –rezonga para sí (dudo que sea para mí), pero en voz alta- cambian las cosas de sitio!… Espera aquí, no te muevas. Ahora vengo.
«¿Moverme?, como si pensara yo ponerme a comprar también», pienso.
Otros diez o doce minutos parado y empiezo a sentir cansadas las piernas.
-te he cogido –dice a modo de aterrizaje- desodorante neutro, ¿lo prefieres, no?
-Sí –mascullo.
-Y, de paso, he echado limpiacristales, pañuelos de papel y una esponja de baño para mí.
«Diecisiete ya. ¡Iluso de mí!», dije. Y algo debió de oír, porque me preguntó:
-¿Qué dices ahora?
-Nada, cosas mías.
-¡Ay, llevo –habla como para sí- un mes diciendo que tengo que comprar palillos de dientes, alfileres para el tendedero y dos pilas para el reloj de la cocina! Cógete, vamos. Son dos segundos.
-¡Alfileres, alfileres! -exclamo-. ¿De dónde habréis sacado el nombre para las pinzas de tender la ropa?
-En Almería –me espeta- siempre han sido alfileres. Y pienso seguir llamándolos alfileres toda la vida… te pongas como te pongas y diga lo que diga la Real Academia.
Con los palillos, los alfileres/pinzas y las pilas, ya cuesta trabajo mover la cesta. Y yo contabilizo: «¡Veinte! Y el pan perdido en combate. ¡Solo llevamos el cincuenta por ciento de lo que íbamos a comprar en principio y la cesta está llena! Como hasta llegar al pan eche otro tanto como hasta el vino…»
-¿Sabes –pregunta, imagino que para justificar la compra- qué nos falta desde hace unos meses?
-¿Qué? –pregunto extrañado, sin la menor idea.
-Sal yodada. ¿No dices que es recomendable usar sal yodada para el tiroides?
-Eso oí en un documental.
-Voy a ver si hay. Espérame aquí. No tardo, son dos segundos.
Empezaba a desesperarme. Todos sabemos, a estas alturas, ya cuántos minutos tienen los dos segundos de mi mujer: de dos horas para arriba.
-Aquí está –comenta eufórica- la sal. Y también he echado espaguetis y unas costillillas de lechal para la cena.
«Veintitrés y sigue». La cesta está colmada.
-¿Qué te dije –pregunta con decisión- que no se me olvidara?
-Salmorejo y helados –contesto con resignación-, pero en la cesta no cabe ni un alfiler de los míos.
Los llevo yo –afirma ni más resuelta- en las manos. Ponte en la fila, que yo vengo en dos segundos.
-¿Dos segundos dices? –le digo, intentando con mi tono que solo sea un segundo.
-Perdemos más hablando -replica- que en ir.
Debe de ser uno de los momentos en que más nervios sufro: cuando me deja en la cola de la caja y se va por ahí, a saber qué hacer y a saber cuándo volver… y a saber cuánto avanza la cola y yo parado como un pasmarote allí en medio, y a saber cuánta gente mirándome y preguntándose “¿Qué le pasa a este tío?”, sin captar mi realidad a pesar del bastón blanco delator. Por suerte, esta vez tarda un segundo y medio.
-Ya estoy –dice, con aplomo-. He cogido dos cartones de salmorejo y helados de ron con pasas. ¡Ah, y una lima para las uñas!
-Ya decía yo… ¿Y el pan, que es por lo que hemos venido?
-¡Da igual! –añade con naturalidad-. Bajo ahora y lo compro en la cruasantería del barrio.
«¡No me lo puedo creer!», pienso, aunque no despego los labios.
Pasamos por la caja: 80 €. ¡Y solo habíamos comprado una de las dos cosas que pensábamos comprar! No comprendo cómo pueden gastarse 80€ en dos segundos y, menos aun, ¡que quepan en una cesta! Menos mal que siempre desciende el IPC los años electorales.
Ya fuera del supermercado, en el pasillo principal que lo separa de las tiendas contiguas, dice mi mujer:
-Tendría que mirar un bolso en la tienda.
-Si tiene que ser hoy… -comento con notable resignación y más retintín.
-Pues sí, porque un día por otro, nunca me lo compro.
Otros diez o doce minutos… (perdón, seamos coherentes con mi mujer) ¡dos segundos! comparando bolsos en el escaparate, para al final concluir:
-No acaba de convencerme ninguno, lo dejo para otro día… ¿Y tú no querías comprarte un sombrero panamá para la feria?
-¡¡¡No!!! ¡Y la cesta la llevas tú!